Capítulo 10
El brindis del polaco.
Feliks alzó su copa, la cual contenía algún cocktail rosado.
—Queridos hermanos y hermanas...—comenzó a anunciar.
—Que conste que no hay "hermanas"—lo corrigió Cian—Somos todos hombres.
—Estamos aquí reunidos—continuó, desde su taburete alto del bar Van Houten Broeders (*)—Para celebrar el largo camino que Nikolai ha atravesado en estos últimos meses. No sólo desde la mística Rumania hasta un nuevo país, sino también en nuestro colegio, gozando de la compañía del ser más fantástico en esa cárcel que se hace llamar "escuela"...—y se señaló a sí mismo, orgulloso—Pero ahí no termina. Ha sobrevivido a la malvada perra blanca y a Eduard Bombón—Cian se atragantó ante la mención de éste último nombre, y el polaco lo fulminó con la mirada, ya que creyó que la reacción la generó Natalia y no el chico—Ha sobrevivido a los diabólicos profesores, especialmente a Gengis Kan. Y en este mismo momento, cuenta con amigos. El fabuloso yo, pero también el búlgaro amargado.
—Eh—se quejó Stefan.
—...Un enano portugués—continuó el polaco.
—Te voy a matar—murmuró Paulo, con un aura oscura a su alrededor.
—Y un leprechaum sacado del infierno, o del sótano de un bar irlandés. Las dos son igualmente probables y similares.
—El mío es el más cool de todos—sonrió el irlandés, aplaudiendo.
—Por eso, querido amigo Nikolai—siguió Feliks—Eres un sobreviviente. Y por eso, brindamos hoy todos juntos—finalizó—¡Por Nikolai! ¡Salud! Na zdrowie! (**)—y alzó su cocktail rosado, chocando la copa con los demás. Se escuchó "salud" en varios idiomas distintos. Al rumano le parecía genial.
Escuchó unos aplausos del otro lado de la barra. Los dueños del bar (un par de hermanos de Bélgica u Holanda, no estaba muy seguro) aplaudían. La bonita chica rubia lo hacía con más energía que su hermano mayor.
—Oh, ése fue un discurso genial, Feliks~—dijo ella, abrazando al polaco. Nikolai entendía cómo habían logrado entrar ahí a pesar de ser menores de edad: Feliks conocía a los dueños—En fin, ¿a quién debo felicitar?
El polaco señaló a Nikolai con un dedo.
La chica esbozó una sonrisa gatuna y se acercó al rumano, depositando un pequeño beso en la mejilla. El joven rió un poco, porque no le daba mucha importancia al asunto. Se ponía un poco nervioso porque la chica era realmente bonita, pero tampoco le quitaría el sueño.
Escuchó a Cian silbar, pero sus ojos se posaron en Stefan, quién parecía un poco incómodo, y Nikolai apostaba a que no era porque Feliks lo había llamado "búlgaro amargado". Pero si no era por eso, ¿por qué era, entonces? Tal vez él quería que la chica lo besara también... quién sabe. Nikolai comenzó a beber, olvidando el asunto.
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El intimidante barman les sirvió la segunda ronda de bebidas. Paulo recibió un Martini, a pesar de no haber ordenado nada.
—Disculpe, yo no pedí nada—murmuró el portugués, avergonzado. No tenía suficiente dinero aquella noche.
El joven hombre clavó sus extraños ojos verdes en el chico.
—Cortesía de la casa—anunció, e increíblemente, le guiñó un ojo en cuanto creyó que los amigos del moreno no estaban prestando demasiada atención.
Paulo parecía a punto de echarse a delirar.
—P-pero... —tartamudeó el ibérico. El holandés lo fulminó con la mirada: era un regalo, y el chico no podía discutir—...Gracias—respondió por lo bajo, completamente intimidado.
—Oh, qué suerte tienes—comentó Cian, que no había reparado en el guiño o el intercambio de miradas.
Paulo miró con desconfianza la servilleta que le habían dado junto con su vaso. Nikolai lo entendió, el uniforme color rojo del papel estaba adornado por un par de letras negras.
"0598 125431. Dirck Van Houten".
—Oh la lá~—silbó el rumano. El ibérico arrugó la servilleta. Parecía un poco consternado. Observó solemnemente a Nikolai.
—Me siento como una puta—confesó, molesto.
Aunque el de ojos rojos vio cómo se guardaba el papel arrugado (pero no por eso roto) en el bolsillo delantero de su pantalón.
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—Entonces le dije—decía Cian, entre risotadas—¡Mujer! Con la cara que pones cada vez que un hombre se acerca a tu mejor amiga, ¡diría que estás enamorada de ella!
—¿Y qué te dijo? —inquirió Feliks, gran amante de los chismes.
—¡Nada! ¡Pero se puso más roja que la ropa interior de Nikolai! —rió el irlandés histéricamente.
—¿Cómo es que sabes el color de mi ropa interior? —cuestionó el rumano, incómodo. Ni siquiera él mismo se acordaba del color de bóxers que llevaba puestos.
—¡Porque te olvidaste de subirte la bragueta al volver del baño, hic! —le reprochó el polaco con un pequeño hipo al final, porque ya se le había subido el alcohol a la cabeza. Igual que a Cian y a Stefan. Y Nikolai iba por el mismo camino, al menos hasta que la billetera llorara y le rogara que ahorrara un poco. Paulo era el responsable, como siempre.
—Nikolai, loquillo exhibicionista... —lo molestó Stefan, quién ponía una sonrisa boba en el rostro cada vez que el rumano lo miraba.
—No soy exhibicionista—se sonrojó Nikolai—Sólo me olvidé de subir el cierre.
—No te molestes en razonar con borrachos—le aconsejó Paulo, divertido—Y te recomiendo mantenerte lo suficientemente sobrio como para observar a Stefan borracho y recordarlo. Es algo que no sucede muy seguido...
—Yo no estoy borrado—protestó el búlgaro—Quiero decir, borracho. Eso. No estoy bo... rrachooo~.
Nikolai rió. Paulo tenía razón, sería algo muy interesante.
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—Nikolai—escuchó que lo llamaban. El aludido se giró y se encontró con Stefan, apoyando todo su peso en la barra. Su pelo negro estaba desordenado y observaba al rumano con expresión soñadora.
—¿Qué pasa? —preguntó el rubio, un poco nervioso por la imagen que tenía ante él. Y por lo cercana que estaba aquella imagen...
—Tengo que ir al baño—dijo el búlgaro, acercando su rostro al del más bajo.
—Ok. ¿Y? —el rumano no veía el problema.
—Que quiero que me acompañes—pidió, picándole la mejilla con su índice.
Nikolai observó a su alrededor, nervioso. ¡Como si alguien lo fuera a rescatar! Lo dudaba. Cian miraba fijamente su celular, aunque no escribía nada. Parecía estar tomando una decisión difícil. Luego estaba Feliks, que reía con un grupo de chicas y la belga que atendía el bar. Y por último, Paulo, que había ido a aclarar un par de cosas con el otro tipo del bar ("¡Sólo porque me haya regalado algo, no significa que me vaya a acostar con él! ¡No soy ninguna puta, no sé qué se piensa!", había dicho). Las intenciones del Barman no habían sido esas, aunque se le notaba un poco en la mirada que tenía aunque sea un poco de ganas de robarle un beso al portugués. Ambos parecían muy interesados en conocerse.
Mientras tanto, Stefan exigía atención.
—Nikolai, ¿me acompañas al baño? —repetía una y otra vez.
—Está bien, está bien. Si estuvieras sobrio, éstas cosas no pasarían... —se quejó el aludido, mientras se ponía de pie para acompañar al borracho.
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—Niko~—dijo el búlgaro, luchando con el botón de sus vaqueros.
—¿Qué? —preguntó el aludido, frente a él, con un tic en la ceja.
—¿Me ayudas? —preguntó con ojos inocentes.
—No—se negó abruptamente el rubio. El otro no estaba tan borracho como para no poder desprender un botón.
Stefan hizo un puchero, pero realizó la tarea él mismo. Se bajó los pantalones y se los quitó. En ropa interior, se recostó contra el lavabo al igual que el rumano.
—¿Qué mierda, Stefan? —soltó el rubio, sonrojado.
Con toda la naturalidad del mundo, el búlgaro pasó un brazo por detrás del más bajo, y lo abrazó por la cintura.
—Stefan—siseó el de ojos rojos, que no dejaba de imaginarse los peores escenarios. Como que alguien entrara al baño y los viera así. O que el estómago del borracho decidiera que era hora de expulsar el contenido.
O que Stefan continuara con aquella actitud, y el rollo de andar en ropa interior y abrazándolo así por la cintura pasara a mayores...
El de ojos verdes interrumpió sus desvaríos, porque se le acercó más, para así susurrarle al oído.
—Niko~—dijo, y a Nikolai casi se le escapa un suspiro o algún sonido de ese estilo, porque esa acción hizo que se estremeciera y le temblaran las piernas. No estaba seguro de qué buscaba Stefan con todo eso, o de si deseaba que el búlgaro continuara—Niko—volvió a susurrar, y el aludido se aferró fuerte al lavabo, sin saber qué hacer.
Si Stefan seguía seduciéndolo así (porque, siendo sinceros, no había otra palabra para describir lo que su amigo hacía), el rumano estaba seguro de que haría cosas de las que se arrepentiría al día siguiente, y no podría echarle la culpa al alcohol...
—Creo que estoy borracho—remató Stefan.
Los nervios y leve excitación que el más bajo había experimentado, se transformaron en ganas de golpear al azabache en la cara.
—¡Imbécil! —exclamó, zafándose del agarre del mayor—¡Ve a mear de una puta vez, y acabemos con esto!
—Ok~—canturreó Stefan, como si nada hubiera ocurrido, y se metió a un cubículo a orinar. Nikolai escuchó un par de golpes, como si el otro tuviera problemas manteniendo el equilibrio.
"Ojalá meta un pie en el inodoro" pensó el rubio, molesto.
El otro se tomó su tiempo para hacer sus necesidades de borracho, aunque de todas formas Nikolai lo aprovechó para tranquilizarse un poco. Lo que el otro hizo, en realidad no parecía la gran cosa; no lo besó, ni le dijo cosas extrañas. No tenía razones para enojarse.
Suspiró. Se había puesto muy nervioso. Se consoló diciéndose que el alcohol ponía a Stefan así de "raro". Por más que, en el fondo, la idea de Stefan haciendo esas cosas voluntariamente no le desagradara.
—¡Estoy listo! —anunció el búlgaro, dirigiéndose a lavarse las manos.
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—¿Dónde estaban ustedes, pillos? —les preguntó Cian al verlos llegar.
—En el baño. El borracho quería orinar—explicó Nikolai.
—No te creo. Tardaron demasiado—sospechó el irlandés.
—¡Es que me tropecé con el inodoro y casi meto el pie adentro! —exclamó Stefan, riendo.
Bueno, eso explicaba los ruidos raros que el rumano había oído. Cian rió con su amigo, y luego observó a Nikolai con el rostro realmente serio.
—Hice algo malo—confesó con tono fúnebre, y en voz baja, para que sólo el rubio pudiera oírlo.
—¿Qué cosa? —preguntó el de ojos rojos. Con ese tonito, ya podría tratarse de enterrar un cadáver o matar a alguien al estilo pandilla.
—Le escribí un mensaje a Eduard.
—Mierda.
—Eso mismo. Pensará que soy un acosador porque tengo su número, y no porque él me lo diera.
—¿Y de dónde sacaste su número?
—Ah, una vez acompañé a Feliks a la Secretaría (porque quería despotricar contra el Primer Mundo, como siempre) y vi una carpeta con los datos de la gente de nuestra clase... y bueno, uno tiene que aprovechar las oportunidades, ¿no?
—No se equivocaría al pensar que eres un acosador...
—No ayudas, Nikolai. ¿Es que no estás de mi lado?
—Claro que lo estoy. De todas forma, ¿qué le escribiste?
El pelirrojo no respondió. Observó a Stefan, que admiraba su reflejo en un pedazo de vidrio.
—Cian, ¿qué le escribiste? —exigió saber Nikolai.
El nombrado suspiró, y le mostró su teléfono al rumano.
Sábado 3 de Diciembre de 201X, 02:40 am.
A: Estonia
Eduarddd, soy tu admiradfor secreto,,,' Te aamoooo!¡!
Firma: Yo.
—...Eres un idiota. Un borracho idiota—suspiró Nikolai, que no sabía si reírse o sentir lástima por su amigo—Pero un borracho idiota con mucha suerte.
—Dudo que la palabra "suerte" sea adecuada en ésta situación.
—No, no. No pusiste tu nombre, así que él no debería saber quién eres. Por lo que sé, no le has dado tu número, ¿o sí?
—No—admitió Cian, esperanzado—Él no tiene mi número.
—Entonces no tienes de qué preocuparte.
—¿Y si luego lo descubre?
—Le dices que Feliks le jugó una broma desde tu celular.
—¿Y si se da cuenta de que miento? —el irlandés comenzó a entrar en pánico—¿Y si luego me odia y no me quiere ni ver...? —el pobre chico parecía a punto de echarse a llorar.
—Tranquilo. Nadie puede tener tan mala suerte—lo tranquilizó—Y si no, él se lo pierde.
Cian continuaba triste, y abrazó a Nikolai en busca de apoyo y/o consuelo. El rumano suspiró, pero le devolvió el gesto a su amigo.
—Todo estará bien~—dijo el rubio, dándole palmaditas en la espalda.
Dio un vistazo panorámico al ambiente. Feliks estaba sentado como un macho ganador, rodeado por un montón de chicas, las cuáles reían tontamente. Emma, la dueña del bar, atendía a un par de clientes. Luego estaba Paulo, que reía a carcajada limpia ante el sonrojado mastodonte rubio, quién a su vez parecía estar también sonriendo un poco.
Por último, se fijó en Stefan. También estaba un poco sonrojado (por el alcohol) y los miraba de reojo.
—¿Qué hay? —preguntó Nikolai—¿Es que tú también quieres un abrazo? —bromeó, sonriendo. La cuál se borró en cuanto el búlgaro asintió lentamente con la cabeza—¿Es en serio? —Stefan volvió a asentir—De acuerdo... —murmuró, haciéndole señas para que se acercara. El azabache lo hizo, dando saltitos (Dios, que distinto era cuando tenía alcohol en la sangre), y abrazó a Nikolai del lado izquierdo (porque el otro lado tenía que compartirlo con Cian).
El rumano suspiró. Jamás habría imaginado que su noche terminaría con él siendo abrazado por un irlandés borracho queriendo llorar a causa de que le escribió a su amor platónico una confesión anónima por SMS, y un búlgaro (también borracho) que sacaba a relucir una personalidad muy cariñosa e infantil (lo que no ayudaba mucho a que Nikolai se mantuviera cuerdo).
Muy interesante.
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—Mira, Dirck me dijo... —comenzó Paulo.
—¿Quién es Dirck? —interrumpió Nikolai, aunque sospechaba que se refería al tulipán.
—El dueño—explicó el portugués. Correcto, se refería al tulipán.
—Ah~. ¿Ahora lo llamas por su nombre de pila? —le dio un codazo juguetón al ibérico, quien se ruborizó.
—Digamos que nos conocimos—masculló el moreno—En fin, me dijo que tienen que cerrar. Y además... —bajó un poco la voz—Me dijo que si quería podía pasar la noche en su apartamento.
—¿¡Eh!? ¿No es muy repentino eso?
—¡Baja la voz, te va a escuchar! —chistó—Lo sé. Le dije que era muy amable, pero que ésta noche me iría con mis amigos.
—"Ésta noche"—repitió Nikolai, burlón—¿Significa que habrá una próxima noche en la cual dormirás con él?
—Nikolai... —siseó Paulo—Prefiero no hablar de eso ahora. Tenemos asuntos más importantes—y señaló a los dos borrachos que dormitaban sobre el rumano. Éste último se dio cuenta de una cosa.
—¿Dónde está Feliks?
—Se fue con sus amigos. Una preocupación menos, si me preguntas... pero no sé qué hacer con Stefan.
—¿No podemos llevarlo a su casa?
—Ése es el problema. Él preferiría que lo dejáramos abandonado en un callejón, a llevarlo a casa con su madre.
—¿De veras? —Nikolai estaba realmente sorprendido. Debía preguntarle a Stefan qué era lo que sucedía en su casa.
—Si no queda de otra, Dirck dejará que permanezca durmiendo detrás de su auto.
Nikolai observó al búlgaro semi dormido sobre él. Pensó en sus abrazos, en su sonrisa, en sus charlas y discusiones, las preguntas que le hacía y esa forma en la cual lo miraba siempre. No podía dejarlo borracho y a la suerte, de ningún modo.
Aunque se metiera en problemas, lo ayudaría.
—Yo me lo llevo—le dijo a Paulo.
—¿Seguro? —se preocupó el ibérico—¿Tus padres no te harán problemas si llegas con un borracho colgando del brazo?
—Claro que harán—aunque intentaría ser lo más discreto y silencioso posible. Con suerte no lo descubrirían.
—No me gusta la idea de que te metas en problemas por culpa de este idiota—suspiró el portugués—Pero la verdad es que estoy peor que tú. Es más cómodo dormir en el parque a la intemperie que en la cucha de mi perro.
—Me las arreglaré—sabía que ni siquiera tenía un colchón extra en su habitación.
—Entonces, te agradezco mucho—sonrió Paulo.
—No eres tú precisamente el que debería agradecerme—el rubio rodó los ojos al decir esto—¿Qué pasa con Cian?
—A él lo puedo arrojar en la puerta de su casa sin problemas. Su familia ya se acostumbró...
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—¿A dónde vamos, Niko~?—preguntó Stefan, confundido, mientras el rumano lo arrastraba agarrándolo del brazo.
—A casa—contestó el más bajo, intentando leer los horarios del Bus. Sonrió al ver que era lo suficientemente tarde (o temprano) para que pasara uno.
—¡Pero...! —el de ojos verdes se puso pálido, y por primera vez en la noche dio rastros de poseer sentido común—¡No quiero ir a casa! ¡Puedes dejarme en la calle, pero no con mi madre...! —gritó.
—Tranquilízate. No vamos a tu casa, sino a la mía—el búlgaro pareció tranquilizarse al escuchar eso—Además, ¿qué problema tienes con tu madre?
—No quiero hablar de eso. Es... secreto—balbuceó.
—Hace unos días, te dije que podías contarme tus secretos—le recordó.
—Es que es complicado—suspiró, sentándose en la sucia acera.
—Tenemos tiempo—dijo, apoyándose en el cartel que indicaba "Parada de Autobús".
—...Mis padres no están juntos—murmuró. A Nikolai no le pareció extraño. Era bastante normal.
—¿Hace cuánto? —preguntó.
—Quince años—eso significaba que sucedió cuando Stefan tenía apenas dos años de edad—¿Y vives solo con tu madre?
—Solo, o con mi madre—corrigió.
—¿Qué significa eso?
—Significa que ella no siempre está en casa.
—Oh, ¿tiene que trabajar?
—Algo así—gruñó Stefan.
—¿Y ves a tu padre seguido?
—No lo he visto.
—¿Qué?
—Que no lo he visto. Y no quiero hablar más del tema—zanjó, malhumorado.
—...Perdón por sacar el tema—se disculpó en voz baja.
El azabache sólo gruñó un poco, y se perdió en sus pensamientos, hasta que su transporte llegó.
(*) "Hermanos Van Houten" (holandés :3).
(**) "Salud" en polaco. Jooo, como me encanta el idioma~.
Amé escribir este capítulo :D espero que hayan disfrutado leyendo tanto como yo disfrute escribiéndolo!
