Hola!

Quería avisarles que el formato del capítulo, sobretodo la primera mitad, puede ser un poco confuso. Se intercalan flashbacks con las escenas del "presente", pero se van a dar cuenta fácilmente. Espero no haga confusa la lectura, pero quería variar un poquito.

Espero disfruten leyendo~.


Capítulo 13

Me gusta que eso sea así.

—¿Falta mucho para llegar a tu casa? —preguntó Nikolai, intentando seguirle el ritmo a su amigo al caminar.

—No—contestó Stefan mirando a ambos lados.

El otro suspiró, haciendo un esfuerzo para continuar más o menos a su lado. Comenzó a recordar los eventos de la semana.

¿Te regañaron? —le había preguntado Cian al encontrárselo al otro día de "la peda en el bar de los holandobelgas".

No. Pero tendré que hacerle la cama a mi hermano pequeño durante dos semanas—suspiró Nikolai.

No es tan malo, hombre. Se nota que nunca hiciste tratos con hermanos como los míos.un estremecimiento pareció recorrerlo.

En fin. ¿Pero cómo es que tú sabes eso?

Paulo me contó—contestó el irlandés. Luego, bajó la voz—Acabo de ver a Eduard. Creo que no sospecha nada.

Al rumano le costó discernir sobre a qué asunto se refería el pelirrojo.

Entonces, no se enteró—respondió finalmente el de ojos rojos.

Eso te acabo de decir, oh, Sherlock—rodó los ojos—Mandó un mensaje preguntando quién era, pero no respondí—aseguró, muy orgulloso de sí mismo.

Y mejor que no lo hagas... hasta el día en el cuál se te ocurra confesarle lo que sientes.

Algún día, pero hoy no es ese día—Cian sacó la lengua.

¿De qué están hablando? —preguntó Paulo, acercándose a ellos.

Nada de nada—se apresuró a cortarlo el pelirrojo.

Tú sí que no sabes disimular—rió el portugués—Pero así te queremos—al instante se puso serio—Aunque si tienes algo que contar, podrías confiar en nosotros sin problemas.

Claro—el chico sonrió nerviosamente.

Eso no explicaba exactamente qué hacía ahí, pero tampoco es como buscara eso desde el principio. Miró hacia el cielo nublado.

Ya se habían tomado un ómnibus, pero al parecer la parada quedaba muy lejos de la casa de Stefan. De hecho, era fuera de la ciudad. El rumano iba a decir algo más, pero entonces comenzó a divisar casas grandísimas. No, el término "casas" les quedaba chico. Eran mansiones.

—Como verás, la gente por aquí no necesita transporte público—Stefan arrugó la nariz con desagrado al decir eso, más cuando un impertinente hombre que conducía un Mercedes les tocó bocina.

—Entonces, ¿por qué tú sí?

—Porque me gusta. Aunque deba caminar media hora dos veces cada día, me gusta.

Nikolai permaneció un momento en silencio, y luego volvió a hablar.

—¿Por qué? ¿Qué es tan interesante?

—No es interesante. Es... —el búlgaro suspiró—Es algo normal. Nada extravagante. Me gusta porque es común y corriente.

—¿Te gusta todo lo que es normal y corriente?

—Deberías saber, a esta altura, que eso no es cierto. Sólo me gustan algunas cosas normales, ¡no todas! —suspiró—¿Sabes? Haces demasiadas preguntas.

—Es normal—bromeó el rubio.

—No, no lo es—sonrió Stefan—Me suele irritar que la gente me pregunte tantas cosas—hizo una pausa, bajando la mirada—Pero... no me molesta cuando tú lo haces. Me gusta.

Nikolai intentó no enrojecer. ¿Contaba eso como un cumplido? ¿¡Por qué las cosas que lo ponían nervioso llegaban de repente y sin avisar!?

Se tuvo que distraer con algo. Algún recuerdo increíblemente cotidiano, vamos, tan aburrido como aquél maldito profesor...

Supongo que es la hora—fue lo que anunció solemnemente el profesor Roderich Edelstein, apenas entró a clases.

¿Hora de jubilarse? —bromeó Feliks, lo que arrancó algunas risas entre los jóvenes. El docente no llegaba a los 30, así que era algo cruel y completamente sin sentido.

(Aunque mentalmente, muchos decían que se comportaba como un anciano de 75).

No, Łukasiewicz, todavía vamos a vernos las caras durante un tiempo—aclaró el austríaco, al parecer sumamente decepcionado respecto a aquél pronóstico—A lo que iba: el año ha avanzado sorprendentemente rápido. Todos saben que se acerca...

¡Navidad! —exclamó Cian.

¡Vacaciones de invierno! —gritó Jack.

Las pruebas de mitad de año—se lamentó Raivis, y la clase ahogó un grito.

Exactamente, Galante—dio la razón (por una vez) el profesor—Y no serán fáciles, dado que muchos de ustedes—y miró pesadamente tanto a Feliks como a Jack—se están jugando el año.

Pero todavía queda la otra mitad—lo desafío el polaco.

Me temo que usted, (si me disculpa la expresión), "está en el horno"—y fue una de las pocas veces que sonrió—Aunque consiguiera notas óptimas en las dos pruebas importantes, de nada sirve si no ha hecho cierto esfuerzo durante el año. Y la primera mitad ha volado, ¿a que sí?

Feliks intentó replicar. (Él nunca se quedaba sin la última palabra). Pero cierto rumano lo sujetó del brazo, negando con la cabeza. No lograría nada discutiendo con aquél hombre.

Y apenas el triunfante Roderich dejó la clase, Feliks comenzó a insultarlo duramente. No había forma de pararlo.

Sería muy gracioso que el profesor te abriera la puerta en este mismo momento—comentó Stefan, y Nikolai no pudo evitar reír. En respuesta, el polaco le enseñó su dedo medio, aunque se aseguró de continuar insultando en su lengua materna... sólo por si acaso.

(A pesar de que el austríaco probablemente entendería que le andaba diciendo "Kurwa" a su austríaca madre).

Tuvo que ahogar una risita. Sí que se divertía con aquellas personas.

Por suerte, antes de seguir pareciendo sospechoso, llegaron a lo que parecía ser la casa (mansión) de Stefan.

Bien, cierto que tenía muchas ganas de ir ahí. Y era cierto que se imaginó mentalmente cómo sería. Se había imaginado una situación no muy agraciada, tal vez influenciado por el estereotipo de "los problemas familiares en casita son proporcionales al poder adquisitivo de una". Algo muy estúpido de su parte.

Cualquiera podía tener problemas de cualquier tipo.

(De todas formas, todo esto no quitaba que estuviera sorprendido).

—No puedo creer que vivas aquí—comentó Nikolai, asombrado; ambos atravesaban las rejas del predio, dejando atrás la calle llena de lujosas casas y quedando frente a... bueno, no una mansión de multimillonarios, pero sí frente a una casa considerablemente grande.

—Bienvenido. Hogar, dulce hogar—masculló el búlgaro, con el ceño fruncido.

El rumano estaba maravillado. La entrada de la casa estaba adornada con hermosas plantas, además de una pequeña pero bonita fuente.

—Es... asombroso—halagó Nikolai. También le agradaba mucho la arquitectura del lugar.

—No es para tanto—se sonrojó Stefan—Ven, entremos.

En aquél momento, otro recuerdo aleatorio (pero, esta vez sí, relacionado con su presencia en aquél lugar), atravesó fugazmente su cabeza.

Oye, Nikolai... —comenzó Stefan, mientras Feliks continuaba su interminable berrinche—Con esto de la prueba, ¿te molestaría...?

...¿Ayudarte? —completó el rubio. El otro asintió con la cabeza—Estaba esperando a que me lo preguntaras. Tampoco es que pudieras continuar sin mis clases...

Stefan suspiró, aliviado.

Aunque podríamos ir a tu casa, para variar—bromeó el menor, pero inmediatamente hizo una mueca. Recordó que el búlgaro no parecía cómodo con su situación familiar. ¡Otra vez metiendo la pata...! —Perdón por el atrevimiento. Sabes que puedes seguir viniendo a mi casa, en serio—se excusó torpemente—No me molesta que me robes café.

No sabía si lo estaba arreglando, o empeoraba más las cosas. El otro lucía apenado.

Tienes razón—accedió entonces el azabache.

Oye, que era broma... —insistió.

No, no—repitió—no pasa nada. Iremos a mi casa.

A Nikolai le daban ganas de golpearse la cabeza contra la ostentosa puerta de la casa ante su torpeza en aquél momento. Stefan entró como si nada (bueno, después de todo, era su casa), y por un segundo el rubio se esperaba que apareciera un mayordomo llamado "Walter" o "Alfred", diciendo "lo esperábamos, joven amo".

Ahora sí tenía que golpearse en serio.

No había mayordomo, aunque sí una sala de colores monocromáticos y exquisitamente decorada que los aguardaba. Cuadros de estilo moderno adornaban las paredes blancas. En el centro había una escalera hacia la planta más alta.

—¿Quieres ver algo en especial, o vamos derecho a mi habitación? —inquirió Stefan.

Si no hubiera estado embelesado con la belleza del lugar, Nikolai se hubiera ruborizado hasta las orejas al escuchar eso. Asintió con la cabeza, pidiéndole que le mostrara la casa.

.

En el primer piso había un gran comedor, una cocina de proporciones bastante exageradas, un cómodo living, y además un baño.

Arriba parecían estar las habitaciones: un cuarto de invitados, y las respectivas habitaciones de Stefan y su madre. Y el azabache enfiló hacia la suya.

En ese momento, Nikolai se puso muy nervioso. ¡Estaba a punto de entrar en la recámara de su amigo por vez primera! Intentó conservar la calma, tampoco era la gran cosa...

Mentira, sí que lo era. No era sólo su amigo, le tenía ganas; por no decir que estaba enamorado. Y era Stefan. Si hubiera una forma de describir ese sentimiento, esa probablemente sería apretar todas las letras del teclado.

Pero no tenía un teclado, y tenía que disimular. Si no, se enfrentaría a una charla incómoda como la de el día anterior...

¿Te molesta si hablamos contigo? —preguntó Paulo, inusualmente serio. Feliks lo seguía, haciendo una mueca extraña.

Nikolai se asustó un poco ante la escena, pero el portugués se apresuró a tranquilizarlo.

No es nada demasiado grave—y se esforzó en acompañar sus palabras con una sonrisa para el rumano.

A no ser que tengas algo malvado, traicionero y cruel que ocultarnos—advirtió Feliks maliciosamente—En ese caso, será realmente grave.

¡Feliks! —lo reprendió el moreno.

Estoy siendo sincero. El mundo necesita honestidad directa, querido, no cariñitos conciliadores de mamá gallina.

Paulo lo ignoró, aunque parecía un poco avergonzado.

Oigan, ¿qué es lo que tenemos que hablar? —preguntó Nikolai, que estaba nervioso a pesar de no haber hecho nada.

¿Se lo dices tú o se lo digo yo? —preguntó el ibérico, pero cuando el polaco abrió la boca, pareció obtener por sí mismo la respuesta—Olvídalo, si hablas tú lo harás llorar.

Mientras Feliks inflaba sus mejillas, el portugués explicó la situación.

Verás, Nikolai, te consideramos nuestro amigo. Uno muy querido, a pesar de que no nos conocemos hace demasiado tiempo. Pero Feliks y yo hemos notado algo un poco inusual en los últimos tiempos. Obviamente, puede ser que nos estemos, por así decirlo, "persiguiendo"...

Pero no somos unos paranoicos cualquiera—interrumpió Feliks.

... Aún así, no podemos negar que estamos preocupados por la integridad de nuestro grupo.

Paulo, eres un maldito diplomático. Dilo directamente.

No me interrumpas, Feliks. Últimamente, Cian parece contarte las cosas sólo a ti...

¡No vas al grano! —se enojó el polaco—O sea, lo que quiere decir es, como que, ¡pareciera que te estás robando a nuestro leprechaum alcohólico! Y no lo niegues, que hasta el aislado de Yong Soo se daría cuenta—rezongó el polaco, apuntando a Nikolai con un dedo acusador (quién no había dicho una palabra desde que Paulo empezó a hablar).

El rumano frunció el ceño. Obviamente, esa no era su intención. Si bien era cierto que Cian le contaba lo de Eduard sólo a él, no le parecía que pasara menos tiempo con los demás. Bueno, podía ser así, ¡pero él no tenía la culpa de nada!

No planeo quitarles a Cian ni nada por el estilo. De hecho, le he dicho que debería compartir sus cosas con ustedes. Pero no puedo forzarlo a nada—se defendió firmemente, juntando coraje—Si él confió en mi silencio, no voy a traicionarlo.

Feliks silbó de admiración.

¿No pensaste en actuar en un drama? Porque eso fue como que muy intenso.

Eso está bien—dijo Paulo—Pero no te alteres. Nos pusimos un poco preocupados.

Hombre, es que parece que el enano nos deje de lado—se entristeció el polaco—Supongo que no tienes nada que ver, transilvano.

Nos alegra que todo esté en orden—sonrió el luso.

¡Pero! —exclamó Feliks, alarmando a los otros dos—Una cosa más.

Antes de llegar a la parte inquietante, Stefan abrió la puerta de su habitación. Nikolai casi pudo imaginarse una luz dorada celestial salir de ahí.

Pero lo cierto era que el lugar no tenía nada de especial, a no ser el tamaño. ¡Todo parecía tan grande en aquella casa, que el rumano se sentía pequeño!

—Bueno. Ésta es mi habitación—Stefan aclaró lo obvio, rascándose la cabeza.

—Me gusta~—fue el veredicto por el cual se decidió el rubio, mientras se dejaba caer en un sillón negro que no era para más de dos personas.

—Me alegra—suspiró el búlgaro—Realmente, no tengo muchas ganas de estudiar. Mejor hagamos algo más. ¿Qué quieres hacer?

—Elige tú. Es tu casa.

—Elige tú. Eres mi invitado.

El rumano lo fulminó con la mirada.

—Muy ingenioso, Stefan—susurró, entrecerrando los ojos. El búlgaro rió. Nikolai se había acostumbrado bastante a que el otro lo hiciera, pero no por eso dejaba de gustarle mucho aquél sonido —Está bien. Dime, ¿qué hay para hacer?

—Lo que quieras.

—Entonces, si me dan ganas de explorar una cripta subterránea; con telarañas, murciélagos y ataúdes de vampiro abandonados, ¿significa que tienes una de esas en el sótano?

Stefan lo observó, impasible.

—Ahora tú te haces el listo, ¿eh, Nikolai? —notó el anfitrión, y rompió su cara de póker con una sonrisa. Le dio un puñetazo juguetón al rumano en el hombro.

Éste se puso de pie al instante, devolviéndoselo. El otro hizo lo mismo. Así sucesivamente, hasta que ambos reían fuertemente.

—Pegas como niña—se burló Stefan, aunque el tiro le salió por la culata. Nikolai se le rió aún más fuerte en la cara: conocía los golpes de Elizabetha, por lo tanto, estaba orgulloso de "pegar como niña"; eso significaba golpear mejor que muchos chicos—¿Por qué ríes?

—Porque no conoces a mi amiga de la infancia. De lo contrario ya tendrías miedo de las niñas~—explicó, sonriendo—¿Quieres probar la furia de un chico que pega como niña, Stefan? —lo retó.

Do it—lo alentó él, burlonamente.

El rubio tomó el brazo de su amigo e intentó hacerle una llave de lucha.

—¡Es el peor intento que he visto! —chilló Stefan, y con su brazo libre apresó a Nikolai por el cuello—¿Es todo lo que tienes, pequeño?

Insultar sus 172 centímetros de altura fue un golpe bajo por parte del búlgaro. ¡Y ni que fuera tan pequeño, Dios!

El rumano tenía la cara contra el pecho del más alto. Tironeó hacia abajo y se zafó del otro, jadeando un poco. Funcionó aunque su cabello era un desastre.

Stefan intentó inmediatamente volver a agarrar al rubio. Éste último se defendía dando patadas a diestra y siniestra cada vez que el búlgaro intentaba acercarse.

Chilló cuando Stefan logró sostenerle la pierna derecha. Y luego lo que sintió fue el suave colchón de la cama de su amigo.

—¿Qué pasó con tus patadas de princeso? —continuó burlándose el azabache, sentándose sobre sus piernas. El rumano le sacó la lengua, y sacudió violentamente las piernas para sacarse a Stefan de encima. Éste comenzó a reír, dejándose caer encima de su invitado.

Nikolai sintió que dejaba de respirar. Agradeció profundamente que el búlgaro se estuviera riendo contra su estómago y que no pudiera ver su sonrojo. Dejó de sacudirse: ya no tenía ganas de quitárselo de encima. No sabía si las cosquillas que sentía en el estómago era porque el otro se movía o por otra cosa. En cualquier caso, era todo culpa de Stefan.

Éste último levantó la cabeza, todavía sonriendo, despeinado y con sus ojos verdes brillando. Era hermoso, eso creía Nikolai. Tan hermoso que el mirarlo y no tener excusas para abrazarlo, dolía.

Stefan dejó de reír lentamente, sin levantarse de encima del otro. No estaban muy seguros de qué hacer.

—Eh—dijo Nikolai, el rompedor de silencios incómodos por excelencia. Es que si seguía así iba a terminar rindiéndose a sus impulsos, y luego se arrepentiría—Nunca te había visto tan feliz.

—Es tu culpa—lo acusó. El rubio no se sintió mal por eso, sólo muy orgulloso.

—¿En serio? —se ilusionó.

—Las cosas que logras, Nikolai... —negó con la cabeza el búlgaro—Sí, por tu culpa nos ponemos a actuar como niños pequeños.

—Mi idea de las criptas no era tan mala después de todo.

—¿No tan mala? Quién sabe—dijo Stefan—Tal vez te asustas y empiezas a chillar y abrazarme.

—Stefan, si no te conociera, diría que tienes ganas de que chille asustado y te abrace.

El búlgaro se puso serio enseguida. Nikolai supo que había arruinado el ambiente con eso, pero es que no pudo callarse. Cerró los ojos un momento.

Dime—alentó Nikolai, aliviado de que el primer asunto quedara zanjado.

¿Estás saliendo con Stefan? —dejó caer la bomba sin rodeos.

El rumano se quedó de piedra.

Quiso gritar que no salían, pero el "me gusta" obstaculizaba eso. Quiso apresurarse a contestar, antes de que su silencio y sorpresa dieran una idea equivocada. O aún peor, una idea acertada.

Claro que no salimos. ¿De dónde sacas esas cosas?

Yo no tengo nada que ver con esto—aclaró el moreno, observando a Feliks confundido. Pero no demasiado sorprendido.

Están muy juntos—sospechó el rubio de ojos verdes—Comparten mucho tiempo entre ustedes. Además, a veces cruzan miradas como especiales.

¿Especiales? —repitió Nikolai.

Como Bella mirando a Edward en la primer película de Crepúsculo, ya sabes. Yo creo que no es tan bueno, pero como que todo el mundo estaba con eso y yo no quería ser menos... ¡O sea, no soy Twilighter ni nada por el estilo...! —balbuceó, sonrojándose.

Nikolai se limitó a horrorizarse ante la comparación. Por suerte, cierto luso salió al rescate.

Fels, ni siquiera sabes si Nikolai es homosexual, o siquiera bi...

Casi todos en esta escuela lo son—el polaco rodó los ojos—No me preguntes por qué. Con la excepción de la perra blanca, que dudo que sea capaz de sentir pasión por algo en esta vida.

Pobre chica. ¿No puedes ser bueno con ella por una vez en la vida?

Feliks negó con la cabeza, derrotado, como si nadie en la faz de la Tierra pudiera entenderlo a él y sus argumentos.

Stefan se incorporó, un poco sonrojado. Al parecer, no sabía que contestarle al rumano. Éste último podría haberlo tomado como una pequeña victoria, pero entonces reparó en el estante lleno de libros que tenía su amigo.

El búlgaro se percató de ello, y corrió queriendo ocultar algunos títulos, pero la curiosidad del rumano era más rápida: ya había leído alguno que tenía letra grande.

Grande fue su sorpresa cuando vio que estaban sus favoritos; favoritos que el otro había asegurado que no le gustaban.

—¡Me dijiste que Stieg Larsson te parecía una porquería! —reprochó Nikolai, un poco descolocado.

—No son míos—farfulló el azabache, encogiéndose sobre sí mismo, y queriéndose camuflar con la pared—Son de mi madre.

—¿Qué hacen en tu cuarto, entonces? —se mofó el otro, acercándose a ver la estantería con más atención.

—¡Esa mujer simplemente deja las cosas tiradas por todos lados! —mintió.

—Las deja tiradas... ordenadamente en tu estantería—era la primera vez que Nikolai lo veía tan nervioso.

—Ya sabes, mujeres...

—Sí, sí... también te gusta Drácula, por lo que veo. Genial, otro de mis favori...

—¡De acuerdo, los quería leer! ¡Lo admito! —chilló Stefan, completamente rojo, y dando vueltas en círculos. Nikolai dio un salto, alzando las manos inocentemente.

—¡Tranquilo! No tiene nada de malo querer leerlos. No hay de qué preocuparse—Stefan pareció ablandarse con eso—No creeré que me estás copiando para ser tan cool como yo...

—¡No es eso lo que me preocupa, idiota! —el búlgaro perdió los estribos nuevamente. Nikolai se sorprendió; ¿entonces qué le preocupaba?

Al ver que acababa de dejarse en vergüenza él solito, Stefan volvió a sonrojarse y murmurar ininteligiblemente.

—Olvídalo. E-era eso lo que me preocupaba—volvió a mentir, rezando porque el rumano no hubiera notado su gran desliz.

Si bien Nikolai podía ser a veces distraído y olvidadizo, no era así cuando se trataba de Stefan. Por lo que obviamente no pasaría eso por alto.

—No mientas. A ver, ¿qué hay de malo, entonces? —interrogó el rubio. Tenía ya una loca posibilidad en mente, pero no había chances de que fuera cierta. Simple sentido común.

—No discutamos por tonterías... —intentó disuadirlo Stefan, sin éxito.

—No voy a dejarte en paz, y lo sabes.

—Maldito sea el día en el que te invité a venir—suspiró el búlgaro, golpeándose la frente. Nikolai retrocedió, ofendido y un poco dolido—¡No lo decía en serio! Pero es que puedes llegar a ser jodidamente insistente.

El rumano sonrió de la forma más inocente e infantil que pudo. Stefan intentó ocultar un sonrojo, cubriéndose la cara.

—Mira, mejor nos vamos a estudiar—sentenció el de ojos verdes.

—Claro. Utiliza tus responsabilidades académicas para dejar plantadas las dudas de tu amigo...

—¡Vamos a estudiar! —repitió el otro, bajando la escalera.

—¡No olvidaré esto, Stefan! —aseguró el menor, siguiéndolo.

.

Feliks—reiteró el otro rubio, cuidadosamente, porque no quería dejar el tema flotando, pero tampoco dar la impresión de que se preocupaba de sobremanera—Stefan y yo sólo somos amigos.

El primer aludido lanzó una carcajada.

¡Cuántas veces habré escuchado eso, y ahora están casados! —exageró el polaco.

Paulo se cubrió la cara con las manos, diciendo "pero si no tienes amigos casados...".

Ya lo perdimos—se lamentó el portugués, y luego observó al nervioso rumano a los ojos—Perdón por incomodarte. Y que conste que lo último son puras ideas de Feliks: se sabe que Stefan es una roca helada en el ámbito romántico.

Los dos chicos se retiraron, dejando a Nikolai en paz, pero con cierta pesadez debido a la idea de que el búlgaro era inmune a cualquier intento de relación romántica.

El sentimiento de amargura volvió a él, y el causante inconsciente de ello pareció darse cuenta.

—¿Por qué esa cara larga? ¿Es que te diste cuenta que soy, después de todo, un caso perdido? —esto último lo dijo un poco decepcionado.

—¿Eh? ¡No! —contestó rápidamente. De hecho, Stefan había mejorado un montón.

Sólo preguntaba las cosas tres o cuatro veces, en vez de 8, lo que parecía un milagro.

—¿Entonces?

—Estaba pensando.

—¿En qué?

—¿Hoy te picó el bichito de la curiosidad, eh, Stefan?

—Es mi casa. Yo hago las preguntas aquí—argumentó el de cabello negro.

—Sólo pensaba en la Navidad—mintió, sonriendo amablemente.

—Creo que estoy sufriendo un Déjà vu. —sonrió Stefan, también—Podrías innovar un poco más con las mentiras—le guiñó un ojo.

—No son mentiras—intentó defenderse Nikolai, aunque en ese momento confirmó que era realmente malo mintiéndole a Stefan. (Y más si usaba más de una vez la misma excusa)—Lo siento—se avergonzó.

—No pasa nada. Uno no tiene que compartir todo lo que piensa. Es sólo que te veías triste y me preocupé.

—¿Te preocupaste? —Nikolai se sorprendió un poco.

—Bueno... sí—admitió su amigo, desviando la mirada.

Un silencio incómodo, como aquellos de sus primeras conversaciones, reapareció en aquel momento.

(Suerte que Nikolai sabía romperlos).

—Si sirve de algo—comentó—En este mismo momento sí que me puse a pensar en la Navidad.

Stefan rió suavemente hasta convertir sus risitas en carcajadas. Cuando se tranquilizó, observó al rubio profundamente a los ojos.

—Nikolai, no eres normal.

—Me dices a mí que no soy normal—le espetó el más bajo—Pero yo creo que tú tampoco eres muy normal.

—No me lo digas como su fuera un insulto—lo observó, molesto—Me gusta que eso sea así.

Nikolai se mordió el labio, nervioso, pero sin poder apartar su mirada de la de su amigo.

—Sí... —murmuró—A mí también, Stefan.


Espero les haya gustado :D me divertí bastante escribiéndolo. Les juro que vamos a tener capítulo navideño después de tanta joda con la Navidad, yas.