Capítulo 15
Navidad especial
Mientras caminaba por aquél barrio tan distinto del suyo, Nikolai rezaba por no perderse. O porque nadie lo mirara extraño (a pesar de que había intentado arreglarse lo mejor posible). O peor aún, que algún perro el doble de grande que él saltara una de esas verjas y corriera hacia él. Podía escuchar sus ladridos amenazantes.
Pero estaba convencido de que ese día debía llegar sano y salvo costara lo que costara. Probablemente, ésta sería una noche que recordaría... por un buen tiempo como mínimo.
Claro que, por más confianza que se tuviera, sólo había visitado una vez la casa del búlgaro. Y aunque los dueños de aquellas enormes propiedades parecían esforzarse porque las casas fueran distintas, llegó un momento en que no pudo distinguirlas una de otra. Ni siquiera podía hallar un cartel con el nombre de la calle de Stefan.
Así que tuvo que renunciar a su orgullo y tomar su celular para llamarlo.
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—Así es. Toma la calle esa. Sí, está bien si pasas en frente de una casa que tiene una estatua de un enano semidesnudo—Stefan hizo una pausa, escuchando con el auricular del teléfono lo que su invitado le preguntaba—No, tampoco sé por qué tienen eso ni me interesa averiguarlo.
Daba vueltas por el living de su casa, nervioso, jugueteando con su playera. Todavía no estaba seguro de si se había vestido adecuadamente. Por un lado, no quería desmerecer al otro vistiéndose como si estuviera en su casa. Pero es que estaba en su casa. Podía andar de pijamas si lo deseara, y es que lo consideró; ayudaría a que el lugar no pareciera tan intimidante. Finalmente, decidió que la mejor opción sería vestirse como cuando iba a la casa del otro. Al final, no eran necesarias tantas vueltas, sólo una camiseta y unos vaqueros. La calefacción estaba bastante alta, así que no pasarían frío.
—...la casa del buzón rojo—decía el rumano al teléfono—¡Contéstame! —exigió.
—Esa no, es al frente y dos más a la derecha.
—Ah, creo que la veo desde aquí. Sí, creo que he llegado.
—Estoy en la ventana. Tal vez me ves.
—No lo creo, en este barrio las ventanas de las casas están bastante alejadas de la calle.
—¿Quieres que salga a recibirte?
—Hace demasiado frío. Deja, ya estoy casi allí. Sólo ábreme la puerta. Es una suerte que este portón sea tan fácil de abrir. Y de que no tengas ningún Pastor alemán escondido atrás de los rosales... —mascullaba.
El búlgaro sonrió ante eso, y ensanchó la sonrisa aún más cuando vio a su interlocutor asomarse por el jardín. Nikolai levantó una mano enguantada, y pareció decir algo, porque vio un poco de vaho que escapaba de su boca ante el frío. Stefan no escuchó de qué se trataba, porque ya había cortado la comunicación y se dirigía a abrirle la puerta a su hogar.
—...por eso odio este clima—se estaba quejando el rubio en cuanto el otro le abrió.
—Me perdí la primera parte—dijo el de ojos verdes, permitiendo que el otro pasara.
—Con permiso—comentó al ingresar—Porque a pesar del frío que hace, no cae nieve. Es odioso. Si vamos a sufrir así, que al menos nos motiven un poco con eso.
—Yo creo que este tipo de frío igual es hermoso.
—Sí... bueno, aquí adentro es tan "hermoso" sentir el frío que me dan ganas de quitarme toda la ropa, en serio.
Stefan se dio la vuelta bruscamente, exigiéndose a sí mismo no sonrojarse. Sólo cuando Nikolai se quitó todo el abrigo que llevaba encima y la mochila, se percató de lo que había dicho.
—Estaba exagerando—le aclaró al moreno.
—Sí, lo sé—Stefan intentó aparentar normalidad al decir eso—De todas formas, puedes sentirte como en tu casa. Así que si te quieres sacar la ropa...
Nikolai pensó que ese era el peor momento para que el otro le siguiera el juego. Así que, por una vez en la vida, decidió cortarlo.
—Bueno. ¿Qué hay de comer? —quiso saber el rubio.
—La pregunta más importante de la noche, ¿eh?
—Sin duda alguna estarás de acuerdo conmigo.
—Claro que sí. Tenemos gastronomía italiana de primera calidad.
—¿Ah, sí? —se ilusionó Nikolai—¿Qué cosa?
—Me gusta llamarlo "Pasta delicadísima y de fácil cocción".
Al rumano le costó unos instantes entenderlo.
—Maldito Stefan, ¿¡cocinas fideos instantáneos para Navidad!?
—Lo siento. Es que no sé cocinar—confesó, desviando la mirada—Era eso o salchichas con arroz. Pero como ya las comí ayer, era esto o nada.
—No hay problema con que no sepas cocinar, ¡pero podrías haberme dicho y conseguía algo!
—Eres mi invitado, no iba a cargarte con esas incomodidades. Además, te prometí que me encargaría de todo.
—¿Al menos tienes salsa para los fideos?
—...Los como con mayonesa.
Nikolai lanzó un insulto al cielo. Menos mal que estaban sólo ellos dos en la casa, junto con un pequeño árbol de Navidad puramente simbólico con algunas luces.
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El rumano se las arregló para improvisar una salsa con algunos vegetales y queso que, gracias al cielo, la madre de Stefan había dejado en el congelador.
—¿Y así pensabas sobrevivir solo en esta casa, Stefan? —lo interrogaba mientras cocinaba. El dueño de la casa se encontraba sentado en un taburete cerca de él, observando cómo realizaba esa tarea, pero sin aprender nada en realidad aparte de cómo se flexionaban los músculos de los brazos de su amigo.
—Eh, no es la primera vez que me quedo solo. Y he aquí yo.
—Comer estas cosas un fin de semana está bien, hasta yo lo hago. ¿Pero no crees que dos semanas ya es mucho?
—El tiempo pasa volando. Y soy joven—se encogió de hombros el búlgaro—Y el arroz es sano.
—¿Esa es la única conclusión que sacas de todo esto? —gruñó Nikolai, soplando una cucharada de salsa para probar cómo había quedado. No era un gran cocinero, pero su madre le había enseñado algunas cosas básicas. Regla número 1: aprovechar todo lo que haya en la heladera y más allá.
Madres salvando la cena de Navidad por otra vez.
—¿Hay algo en especial que quieras beber? —preguntó Stefan, empezando a sentirse como un verdadero inútil.
—No lo sé, ¿qué tienes?
—Lo que quieras—ofreció—Vino, cerveza, champagne. O cosas más fuertes.
—¿Tienes una licorería en tu casa? ¿Acaso tu madre bebe demasiado?
—Ella no bebe casi nada, pero sus amigas sí. Y vienen más a menudo de lo que me gustaría—el búlgaro hizo una mueca al recordar eso. Nikolai supuso que exageraba, como todo lo relacionado con su progenitora. Le daba curiosidad conocer a la persona que había criado al que ahora era uno de sus amigos más cercanos.
Aunque lo cierto era que no conocía a ninguna de las familias de sus nuevos amigos.
—Bueno, ¿qué quieres entonces? —insistió Stefan.
—Lo que tú creas que pega mejor con tu "refinada pasta italiana envasada".
El moreno se puso de pie y salió del recinto mostrándole el dedo medio.
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Stefan curioseó en el sótano lo que su madre tenía guardado. No recordaba cuáles vinos eran los que estaban completamente prohibidos tomar por ser demasiado finos, los que guardaba para sus amigas, y cuáles eran los que recibía de regalo y ni le gustaban.
Luego rodó los ojos, ¿para qué iba a complicarse tanto con eso? Eran muy jóvenes para tener un paladar así de desarrollado.
Se llevó unas cuantas cervezas frías y algo de sidra para beber más tarde. Cuando le desee feliz Navidad y le diera el regalo que con tanto esmero había logrado pensar.
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—Um, quise poner la mesa pero no sabía dónde estaban las cosas—confesó el rumano avergonzado en cuanto Stefan apareció en el umbral de la cocina.
—Deja que yo me encargue—su anfitrión frunció el ceño y le tiró una cerveza—Ya has hecho suficiente, Nikolai.
El rubio permaneció bebiendo mientras el otro, con un poco más de seguridad, se encargaba de terminar todos los detalles.
Fue un alivio cuando ambos apoyaron el trasero en las sillas para, por fin, comerse el festín.
—Bueno, para ser fideos instantáneos, son los mejores que he probado~—reconoció Nikolai.
—Ídem—apoyó el otro con la boca llena.
Cuando hay comida de por medio, las conversaciones no son las más elocuentes. A veces ni hay conversaciones, como en este caso. Pero ya con el segundo plato, la comunicación volvió a fluir entre los dos chicos.
—...entonces, según Feliks, una de las dos tiene que habérsele declarado a la otra. Vio un corazón con sus iniciales en un pupitre y todo—chismorreó Stefan.
—Para mí fue Giselè. Por algo se sonrojó cuando Felks le dijo eso el otro día.
—"El otro día" dices, ¡si eso fue como hace tres meses! —Stefan bebió un largo trago de su tercera cerveza—Yo creo que podría ser Michelle.
—Pero tenemos la evidencia de que...
—Tal vez se sonrojó porque en realidad fue Michelle la que se confesó primero.
—... Es una posibilidad.
—¿A que sí? No lo habías pensado.
—Hay muchas cosas que no he pensado, Stefan. Por ejemplo, como salvar tu salud de la comida sumamente procesada.
—Eso no es responsabilidad tuya, Nikolai. Puedo cuidarme solo.
—Al menos tienes a tu madre.
Stefan señaló una silla vacía.
—¿En serio? —ironizó el azabache.
—Eh, que se preocupó por dejarte bastante comida en la nevera... sólo que no la aprovechas.
—¿Y si te dijera que no fue ella, sino la mujer que suele venir a limpiar, cocinar y de paso hacer algunas compras?
—...Alguien tiene que pagarle a ella.
—Aquí es muy fácil solucionar todo con dinero—bufó el de ojos verdes—No me gusta. No es normal.
—Por lo que me dices, para la gente de aquí sí lo es.
—¡Pero no para el resto del mundo! En... la vida real, ya sabes. Hay que resolver los problemas por otros métodos.
—Y estoy seguro de que sabes hacerlo. En el poco tiempo que llevo conociéndote, lo has hecho.
—Sí, pero... no es suficiente. Todavía sigo rodeado de vidas que parecen tan fáciles pero a la vez sofisticadas.
Nikolai reflexionó unos minutos, observando fijamente a su amigo. Éste intentaba apartar la mirada de vez en cuando, pero no lo conseguía por mucho tiempo.
—¿Por eso siempre te andas esforzando por ser normal? ¿Por no destacar demasiado en el colegio, ir en autobús aunque no te convenga, y repetirme constantemente que soy raro?
—Algo así—admitió Stefan, algo sonrojado.
—Pero, ¿por qué?
—¡Ya lo sabes! Me gusta sentirme normal. No destacar. Es más fácil. Ser invisible. Que nadie me moleste, sólo las personas a las que se lo permito.
—Stefan... te sale todo mal.
El aludido lo observó, ofendido.
—Porque no eres invisible, ni siquiera esforzándote por parecer el ser humano más plano y aburrido que exista—se explicó Nikolai—Tal vez no seas la persona más excéntrica y foco de las conversaciones de toda la ciudad, pero aún así vas a tener algo único. Por más que intentes que no sea así.
El búlgaro permanecía en silencio, con los ojos algo brillantes. Nikolai tenía miedo de que se pusiera a llorar o se enojara con él, pero aún así continuó hablando.
—Si no tuvieras algo que no llamara la atención, tal vez no estaríamos teniendo esta conversación. Porque me diste curiosidad y quise hablarte, ¿sabes? Así que, aunque no sé de qué se trata, tiene que haber algo, ¿me entiendes?
Stefan asintió lentamente, cerrando los ojos.
—Me parece admirable que no quieras destacar, tal vez por la influencia de... todo esto—dijo Nikolai englobando el recinto con un gesto—Pero no intentes ser algo que no quieres ser. Y valora un poco más lo que tienes. Estoy seguro de que tu madre hizo un gran sacrificio cuidando de ti, aunque no te parezca.
—Tienes razón—reconoció el búlgaro con voz ronca—Lo siento. Di la impresión de ser un pendejo malcriado todavía más, ¿eh?
—No, no fue... ni siquiera me has dado esa impresión alguna vez...
—Pero hay algo en lo que te equivocas—interrumpió Stefan—Mi madre no cuida de mi como... como lo haría una madre normal. ¿Entiendes?
—No puedes pretender que todas las madres sean iguales. Tienen distintas formas de expresar su cariño, y distinta cantidad de tiempo para ello.
—Nikolai, estoy prácticamente solo. Y libre. Pero solo. Con ella está todo bien siempre y cuando no me saque malas notas en el colegio ni llegue drogado o borracho a casa. Mi madre vive para su trabajo, sus amigas, sus ligues, y un poco después, para mí y el resto de su familia.
El rumano no sabía que decir. Obviamente no podía discutir la realidad del otro.
—Pero no es mala madre. Me da lo que necesito, y muchas veces lo que quiero. Probablemente tengo las posibilidades de viajar o estudiar lo que quiera. Puedo dedicarme a vivir mi vida libremente, algo que ella está haciendo también ahora desde que se desentendió de mi crianza en cuanto cumplí 10 años.
—Entonces sí te prestaba atención.
—Muchos prestan atención a los cachorros, pero cuando ya están lo suficientemente grandes dejan de tener ese encanto adorable y pasan a ser una parte más instalada en la familia. Ya parte de la rutina. Darles de comer, llevarlos al veterinario si es necesario... y sólo eventualmente jugar con ellos y hacerles mimos.
Nikolai intentó no mirar al otro con lástima, porque sabía que era casi una falta de respeto, pero no podía entender como le faltaba algo tan elemental como eso. Claro que, por lo que Stefan continuó contándole, su madre tampoco lo ignoraba del todo, pero estaba claro que tampoco era su preocupación principal. Y no podía culparla. No la conocía. Tal vez veía la madurez de su hijo como un momento propicio para hacer todo lo que no pudo hacer con su vida. Él también esperaba el día en que su madre pudiera hacer algo más que encargarse de la casa y cuidar de él y su hermano. Al menos parecía a gusto con su trabajo de enfermera...
El búlgaro paró de hablar, y tomó otro trago de cerveza. Creía que se echaría a temblar por contarle historias tan personales a Nikolai. Pero lo cierto es que quería seguir. Sabía que era deprimente y hasta tedioso escucharlo una noche así, pero era la primera vez que podía abrirse tanto con alguien. No le importaba lo que el rumano opinara luego de él.
Sólo quería seguir hablando ante la calidez de aquella mirada. Y eso hizo, contándole a Nikolai cosas que nunca había considerado necesario compartir con alguien.
Aprovechando la elocuencia de su amigo, el rumano no pudo evitar preguntarlo. Sabía que no era lo más prudente en aquel momento, pero el otro parecía necesitar desahogar todo lo que llevaba dentro.
—¿Y tú padre? ¿Qué pinta en todo esto?
El búlgaro se calló repentinamente. Tragó saliva antes de continuar.
—Mi padre hace que mi madre parezca la Madre Teresa de Calcuta. Él no esperó a que el cachorro llegara a un tamaño razonable. Cuando se da cuenta de que los perritos, o en este caso, los bebitos crecen, decidió desentenderse del tema.
Nikolai lo observó horrorizado. Sabía que esas cosas pasaban, pero era crudo oírlo, sobre todo cuando era impensable que hubiera vivido una situación así. No quería pronunciarlo en voz alta. "¿Los abandonó?".
El otro pareció adivinar lo que estaba pensando.
—Se fue, sí, apenas cumplía 2 años. Ni siquiera llegó a casarse con mi madre, apenas vivió con ella. Sus únicos aportes consistieron en una gran suma de dinero en aquél momento, para que ella pudiera salir adelante y conseguir sus propios ingresos. Y el resto de la historia son transferencias impersonales de dinero. Mi padre es sólo un nombre junto a un montón de números—la voz del búlgaro parecía estar a punto de quebrarse—Al parecer, esa es su forma de que su moral lo deje tranquilo. Cubrir necesidades económicas es suficiente como para cumplir con haber engendrado un hijo y no querer ayudar a criarlo, al parecer.
Nikolai estaba estupefacto. Entendía perfectamente por qué el otro no quería hablar sobre su familia, y mucho menos sobre su padre. No podía decir nada en aquella situación, o hacer. Sólo atinó a apoyar su mano en el antebrazo de su amigo. La única forma de reconfortarlo que se le ocurría. Stefan no rechazó este gesto.
—¿Sabes qué es lo peor? —continuó Stefan, y esta vez una lágrima amenazó con caerse—Que me encantaría decir que es un hijo de puta. ¡Pero ni siquiera lo conozco!
Apenas dijo esas últimas palabras, el búlgaro se quebró definitivamente. Se le cayeron las lágrimas una tras otra. Apartó el brazo de Nikolai violentamente para cubrirse el rostro.
Al rumano le afectó verlo así. Siempre creyó que si uno de los dos se largaba a llorar, sería él y no Stefan. Parecía tan serio, tan seguro de sí mismo y prácticamente impasible.
Se había construido un muy buen caparazón para ocultar esos sentimientos y recuerdos.
A Nikolai se le encogió el corazón, y no pudo evitar levantarse de la silla para ir a abrazar al otro.
No era la primera vez que lo hacía. Estaba aquél día en su casa, cuando el moreno le agradeció por cuidar de él. Además, el rubio había abrazado a gente llorando anteriormente. Amigos y amigas, y a su hermano menor. Por supuesto que se preocupaba por ellos y les brindaba la contención que necesitaban en esos momentos difíciles.
Pero era la primera vez que Nikolai percibía tanta fragilidad en una persona.
Sentir el temblor y las sacudidas generadas por el llanto lo hizo reforzar más el agarre de su amigo. Los sollozos incesantes le retumbaban en el cerebro. Ese contacto era demasiado real. Más que cualquier golpe o beso que hubiera recibido en su vida.
—Perdón—intentaba decir Stefan, con dificultad a causa de los hipidos—Feliks, Paulo y Cian saben algo de la historia, lo básico. Pero nunca me había puesto así... —y al terminar de decir eso abrazó con todas sus fuerzas a Nikolai, llorando más fuerte.
El rubio se estremeció al darse cuenta de que Stefan debía haberse estado guardando eso desde hacía mucho tiempo. Ese pensamiento casi le daba ganas de llorar a él también. Pensar que su amigo nunca echó de menos nada, excepto un abrazo desinteresado. Se aguantó las ganas. Tenía que soportarlo por él.
Sintió que no podía abandonarlo. Stefan podría vivir solo y con su comida congelada, pero Nikolai no podía permitir que no recibiera cariño cuando lo necesitaba.
No podía culpar a nadie. Incluso podría ser peor, honestamente. Pero el rumano, sintiendo esos espasmos sobre él, lo consideró como lo más doloroso en aquél momento. Cada vida era distinta y no podía comparar los tipos de dolor que cada uno acarreaba.
—Stefan—musitó—No lo puedo creer. ¿Cuánto tiempo te has aguantado todo esto?
—Demasiado—sollozó el de ojos verdes.
Nikolai sabía que no era el mejor momento para regañarlo, pero lo tuvo que hacer de todas formas. ¡Uno no podía guardar tanto dentro sí sin descargarse!
—Es que no me gusta llorar—contestó Stefan, sin querer alzar el rostro oculto en el pecho de su invitado—Parece que nunca dejaré de hacerlo, Nikolai. Cuando creo que ha acabado, es como que todavía queden más lágrimas—intentó reprimir otro hipido.
—Eso es lo que haces mal, Stefan—lo reconfortó, pronunciando el nombre de su amigo con toda la ternura posible. Se apartó levemente, para arrimar una silla y sentarse a su lado—No intentes que se detenga. Si no, siempre quedará algo más ahí dentro.
Stefan apenas alzó el rostro. Tenía los ojos hinchados, y el color verde de éstos resaltaba como nunca. Intentó limpiarse las lágrimas con las manos, sin mucho resultado.
Así que volvió al refugio que los brazos de Nikolai le brindaban.
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Nikolai no supo cuanto tiempo estuvieron así, fue mucho, pero lo consideró suficiente en cuanto el llanto del búlgaro comenzó a amainar. Aunque le destrozaba el corazón ver a Stefan así, en uno de sus peores momentos, se sentía esperanzado de que se hubiera desahogado en mucho tiempo. Incluso, en el fondo de su corazón, el pensamiento egoísta de que él era la única persona con la que el otro pudo abrirse tanto le inquietaba bastante y lo ponía feliz.
El búlgaro se lavó la cara en la pileta de la cocina, todavía sorbiéndose los mocos y dando hipidos, aunque apenas lagrimeaba. Seguía muy afectado, pero ya no temblaba tanto.
Se estaba recuperando del miedo de dejar fluir tantas experiencias y pensamientos guardados, que la rutina había reprimido dentro de sí. Sentía que había aflojado un nudo demasiado tenso. Era un alivio bastante grande.
Qué mal se había portado. Arruinar la noche de Navidad de Nikolai poniéndose a llorar como pocas veces en la vida. Le debía una disculpa muy grande.
Cuando Stefan se consideró lo suficientemente tranquilo, se volteó para enfrentar al rumano.
Éste lo observaba con cierta preocupación en la mirada, que en realidad lo hizo sentirse peor. No tenía ninguna obligación de hacerse cargo de su dolor, pero sin embargo lo había recibido de brazos abiertos y dispuesto a escucharlo más que cualquier otra persona.
—Perdóname, Nikolai. En serio—pidió Stefan, hipando un poco—No quería ponerme así, pero es que... no podía soportarlo.
—Está bien, Stefan. No tienes que disculparte. Yo... me siento bien sabiendo que te conozco mejor. Y espero que esto te haya hecho bien.
—Supongo—murmuró, apretándose el brazo—Pero es injusto para ti.
Nikolai negó con la cabeza.
—Claro que no. Soy tu amigo, Stefan. Esto no se trata de dar o recibir más o menos justicia.
—Lo sé—hizo una pausa—Muchas gracias por ser mi amigo.
—De nada. Te lo mereces. Todos merecen tener un amigo cuando lo necesitan— el más bajo sonrió lo mejor que pudo—Además, te había dicho hace tiempo que podías confiarme tus secretos.
—Lo recuerdo—admitió Stefan, esbozando una tímida sonrisa.
Nikolai lo ayudó a levantar la mesa, viendo que el otro se esforzaba por volver a un ambiente más normal y menos agitado. El rubio le puso una mano en el hombro, preguntándole si no deseaba tomar aire.
Éste asintió, pero pidiéndole que lo acompañara.
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El aire frío era bien recibido, al menos para Stefan. Nikolai se estaba arrepintiendo de no haber tomado una bufanda cuando tuvo la oportunidad. Además, el búlgaro había metido sus pies por debajo de las piernas de su amigo, ya que no había querido ponerse zapatos sólo para salir un momento afuera.
El rumano se alegró de que la vagancia del azabache era al menos una señal de que su estado de ánimo de siempre estaba reflotando.
—Yo quería que pasáramos una agradable noche juntos—suspiró Stefan, de la nada.
—¿Todavía te sigues mortificando? Te dije que no pasaba nada. Mírale el lado positivo, el cielo está hermoso.
El búlgaro observó hacia arriba, pero frunció el ceño, volviendo la mirada hacia su acompañante.
—El cielo está lleno de nubes grises, Nikolai. Apenas se ve la sombra de la luna.
—Pero míralo bien. ¿No es bonita como la luz se difumina entre esas nubes?
—...Tiene su encanto.
—¿A que sí? Incluso cuando las cosas están así de oscuras puedes encontrar algo que no lo sea.
—Eso fue demasiado poético hasta para un sujeto como tú. ¿Seguro que no te sientes mal?
Nikolai estaba tan absorto en el cielo que le costó un poco darse cuenta de que el otro se estaba burlando (un poco) de él.
—Si me siento mal es porque me cayó mal tu pasta congelada—contraatacó.
—O podría ser tu salsa.
—Eh, que si insultas mi salsa, insultas las horas que invirtió mi madre tratando de enseñarme a hacerla.
—¿¡Hablamos de que tardaste horas en aprender eso!?
El rumano lo observó con su rostro de ofendido, con la boca abierta y las cejas juntas. La risa de Stefan no se hizo esperar, haciendo que al rubio se le quitara rápidamente esa cara. Ya estaba casi seguro de que lo peor había pasado.
—Sabes que me encantó. Todo quedó más delicioso que... bueno, que lo que yo podría haber logrado—admitió una vez sus risas cesaron.
—Me alegro que te haya gustado—fue el turno de Nikolai de regalarle una sonrisa.
Stefan apartó la mirada, pero recargó su frente en el hombro del rubio.
Éste último se sobresaltó, pero le permitió al otro quedarse así. Como no sabía muy bien qué hacer, ojeó el reloj de su amigo para saber en qué hora vivían.
—En un rato ya será Navidad~—anunció el rumano, aunque rezando para sus adentros por que el otro no se le ocurriera cambiar de posición. Estaba muy bien así, aunque el cabello de Stefan le hiciera cosquillas en la mejilla.
—Realmente, eso me parece tan poco importante en este momento... —suspiró el búlgaro—A no ser que tengas frío, deja las cosas como están.
—Mmm... ¿hay fuegos artificiales?
—No. Bueno, algún individuo a veces suelta alguno—murmuró—Pero por lo general se gastan el presupuesto en esas cosas para el año nuevo.
—Entonces no habrá mucho que ver.
—No. Pero como tú dijiste, hasta el cielo así está bonito.
Nikolai no pudo discrepar ante sus propias palabras. Así que se recostó contra la pared exterior, dejando que Stefan volviera a recostarse contra su hombro. No le parecía lo más cómodo, pero allá él.
Se quedaron así un momento, hasta que el rumano se percató de un tímido roce contra su mano, que descansaba apenas afuera de sus bolsillos.
Se dijo que si ése era Stefan queriéndole tomar de la mano, le iba a dar un paro cardíaco en ese mismo instante. Afortunadamente, no tenía control voluntario sobre eso, porque de lo contrario sí se le habría parado el corazón porque Stefan sí quería tomarlo de la mano.
Ni siquiera se le ocurrió pensar por qué el otro querría hacerlo. Sólo murmuró un "no hay problema", y tuvo su mano envuelta por las frías manos del moreno.
Nikolai había fantaseado muchas veces con ellos dos besándose y abrazándose, incluso haciendo otras cosas más fuertes. Caminando de la mano por la calle incluso. Pero nunca un contacto tan simple como ese... pero a la vez tan íntimo.
¡Y cómo contrastaba con el abrazo de antes! Stefan se había aferrado a él como si no hubiera un mañana, pero esta vez le tomaba las manos con una delicadeza, como si hacer eso le ocupara toda la concentración y no quisiera hacer nada más que disfrutar de acariciarle suavemente con el pulgar.
El rumano deseó que el otro no estuviera interesado en verlo a la cara, porque incluso con la tenue luz se le iba a notar el sonrojo. Ya era muy difícil tratar de no respirar rápida o entrecortadamente.
Tenía la sensación de que esa noche estaban pasando demasiadas cosas juntas. Cosas importantes. Pero a la misma vez, parecía como si fuera obvio. Que probablemente al día siguiente todo volvería a estar relativamente normal. Que en ese momento no importaba la vergüenza o las explicaciones. Un oasis temporal donde un gesto que normalmente alarmaría a cualquiera de los dos, pasaba por algo natural. Fue un acuerdo silencioso, sellado mientras la pirotecnia hacía su explosiva presencia, intentando rivalizar con el obstáculo que eran las nubes.
Aunque eso no quitaría que Nikolai se sentía casi como flotando en una nube. Una nube fría y con cabello negro que olía a champú.
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Si aquella mañana le hubieran dicho que iba a terminar consolando a Stefan de un ataque de llanto, Nikolai no lo hubiera creído. Pero, efectivamente, sucedió.
Si en ese momento en el que Stefan lloraba le hubieran dicho que iban a terminar tranquilamente observando el cielo, algunos fuegos artificiales y dándose la mano en vez de desearse Feliz Navidad, Nikolai no lo hubiera creído. Pero, efectivamente, sucedió también.
Y si durante la medianoche le hubieran dicho que después de tantas lágrimas y tanta paz las cosas iban a transformarse en una fiesta desenfrenada mano a mano, Nikolai tampoco lo habría creído.
Pero estaba sucediendo.
A Nikolai no le agradaba demasiado la música que Stefan estaba escuchando, pero había aprendido a tolerarla: era lo que siempre se solía escuchar cuando se combinaban los jóvenes, el alcohol y las fiestas.
La diferencia es que ahora al búlgaro se le había ocurrido hacer un karaoke improvisado.
—I say what does it feels so good, so good to be bad~.
Al menos pronunciaba ben las palabras, al contrario de cierto pelirrojo meses atrás.
—Eh—la voz del moreno lo sacó de sus pensamientos—Ven a bailar conmigo, Niko.
Que lo llamara así era señal de que ya había ingerido alcohol suficiente.
—No me gusta esta música. Además, ¿cómo es posible bailarla? —preguntó, a la vez que el DJ soltaba una exclamación y la habitación se inundaba con el familiar punchi punchi de la música electrónica.
—¡Todo se puede bailar! —gritó Stefan, saltando y moviéndose como si tuviera convulsiones.
—Lo siento, no puedo fingir un ataque epiléptico tan bien como tú.
—¡Sólo déjalo fluir!
Si el rígido de Stefan hablaba sobre dejar las cosas fluir, tal vez ya era hora de esconderle el vodka.
También era hora de que el rumano se esforzara por no dejarse convencer tan fácilmente por el moreno, porque sí creyó que tenía que dejarlo fluir y disfrutar. Así que el rumano se empinó un buen trago de alcohol, y dejó que la música, la noche y Stefan (sobretodo Stefan) "fluyeran". Era lo menos que podía hacer por su amigo. Se alegraba de que el otro estuviera feliz después de esa recaída de horas atrás.
También se alegró de observarlo bailar eufórico (en la fiesta de Jack no lo haría jamás, demasiada gente conocida y a la vez de poca confianza); de que riera y lo abrazara diciéndole una y otra vez lo mucho que lo quería; y haber terminado (sin saber cómo) acostado en su cama de dos plazas, con él a un lado intentando quitarse la playera y confesando.
—A veces le miento a la gente. Pero cuando te digo que te quiero es en serio, Nikolai...
Pero no agregó nada más, porque cayó dormido. Y al rumano también lo arrastró el cansancio.
Esto fue intenso. Uno de los capítulos que también disfrute muchísimo escribiendo :) Espero que la parte de Stefan triste haya quedado medianamente bien. Escribir drama todavía me hace dar un pasito afuera de la zona de confort (que no está mal). Espero que lo hayan disfrutado, aunque quedó un poco (bastante) tardío con respecto a las festividades.
