ADVERTENCIA: Lo que viene a continuación es súper importante, y quiero aclarar para que no me caiga el hate en cuanto lean. Se que este es un "tema" más atacado en el fandom gringo y capaz no tanto en el hispanohablante, pero por las dudas aclaro. En las siguientes escenas hay sexo entre un menor y un mayor de edad. Con esto me refiero a alguien de 17 años y alguien de 23. ¿Es consensuado? SÍ. Y con el menor en uso pleno de sus facultades (sin alterar sus decisiones por alcohol, drogas o intimidación/amenazas a su vida. No es violación. Simplemente la diferencia de edad capaz es algo que incomode. Fue completamente consensuado, repito. Ya lo verán. (Y no nos hagamos los boludos, sabemos que normalmente la gente tiene sexo a edades muy anteriores a los 17 años). Luego hay otra escena en la cual el personaje ya cuenta con 18 años, por lo que ya podríamos considerarlo mayor de edad legalmente.
Sólo quería decir eso y... ah, hay una mención a uso de drogas (marihuana). Sí, creo que eso es todo. Ya los dejo leer en paz :).
Extra II
Paulo
Para sus amigos, él siempre fue el más maduro. El más responsable. El que los sacaría de la cárcel pero que también recorrería kilómetros para buscar un lugar para enterrar un cadáver... luego de darles una larga reprimenda sobre la ética y la moral.
Para sus padres, era el hijo modelo. Responsable, colaborador, con buenas notas, sin darle problemas. Con un gran futuro por delante. Muy guapo y con grandes posibilidades de encontrarse una hermosa chica. Con los pies en la tierra, a diferencia de su hermano mayor.
Para el mundo, era básicamente un buen chico.
Para Paulo, esas cosas no definían para nada quién era él en realidad. Muy superficiales. No las negaba, pero no podía ser lo único que hubiera dentro de él. ¿Dónde estaba lo interesante en todas esas cosas por las cuales la gente lo felicitaba? Podían ser cosas buenas, pero no captaban la atención de nadie.
Y Paulo quería captar la atención. Lo hacía. De las chicas. Y aunque se sentía halagado, no era ese el tipo de atención que él buscaba.
Deseaba atención de chicos. Quería caminar por la calle y hacer a veinteañeros cuestionarse su orientación sexual. Quería crecer un par de centímetros y poner celoso a un modelo de Hollister. Pero lo que más quería encontrar era un novio que valiera la pena.
Ni siquiera tenía que ser algo tan formal como un novio. Quería un ligue, un amante, quería, ¿para qué ocultarlo?, tener sexo, probar cosas nuevas y pasarla bien con alguien lo suficientemente maduro con quien sea interesante conversar.
Sin desmerecer a sus amigos. Los adoraba. Pero ya no podía ver a la gente cercana a su edad como intereses románticos. Lo cuál era increíblemente difícil cuando tu vida giraba en torno al instituto.
Ya lo había intentado. Su primera vez había sido con un chico de 17, cuando él tenía 15 años (casi tres años atrás). No sólo le dolió, sino que no valió la pena. Pensando que había sido mala suerte, lo intentó al año siguiente con alguien también de 17. Un par de veces. No fue tan desastroso, pero seguía siendo... aburrido.
Comenzó a considerar el sexo como algo aburrido. Investigó en internet. ¿Y si era asexual? Las chicas estaban descartadas desde hacía tiempo. ¿Pero qué pasaba si descartaba también a los chicos? Además, experimentaba deseo sexual. Algo no cuadraba.
Ese fue el gran dilema del año anterior para el luso. Hasta que su hermano mayor, Antonio, lo invitó a pasar unos días en su piso compartido en París.
No tenía demasiadas expectativas, además de conocer la tan famosa ciudad. Todo el viaje se mentalizó de que para los amigos de su hermano sería el hermano pequeño y una carga constante.
Pero fueron las mejores vacaciones de su vida. Y París no tenía mucho que ver con ello. No importó el lugar. Lo que importó fue la gente. Alguien en especial, de hecho.
Lo conoció su segunda noche allí. Los amigos y compañeros de piso de Antonio (Gilbert y Francis), considerando que ya había descansado del viaje, lo arrastraron a una fiesta universitaria.
Nadie le llamó la atención físicamente. Fue simpático y entabló conversación con varios. El propio Gilbert intentó coquetear con él, pero Paulo rió y lo rechazó de forma tan encartadora que el alemán ni siquiera se sintió ofendido.
Hasta que un brazo peludo y fuera le bloqueó el paso.
—Mon petit, ¿alguien que pueda ofrecerte? —dijo Francis, bebiendo una copa de vino. Cómo consiguió esa elegante copa de vidrio entre tanto vaso de plástico, eso Paulo no lo sabría nunca.
Pero no se alarmó por el gesto. De hecho sabía que el (ex) mujeriego se estaba dedicando a la tarea de tiempo completo de "cortejar" a un británico.
—¿"Alguien"? No sabía que eras un proxeneta, Fran—bromeó, pasando fácilmente por debajo del brazo del otro. Ventajas de ser bajito.
—Moi? Proxénète? Prefiero pensar en mi como un Cupido.
—Gracias, Fran, pero no se me antoja estar con nadie.
—Oh~. Qué decepción. Tu hermano me dijo que estás apagado en el amor—bebió un sorbo largo de vino—¿Tragedias del pasado?
—Para nada. Sólo es... aburrido.
—¿Aburrido? —se horrorizó el francés—Nunca. El amor es lo que anima esta vida. No me gusta forzarte si esa es tu decisión... pero no eres muy joven para negarte completamente a él.
—Te agradezco, en serio. Pero nunca encontré a nadie interesante.
—¡Pero estás en París! Una ciudad que dio a luz a un individuo magnífico como yo, oculta gente maravillosa y exquisita—Francis tomó su mano y la besó galantemente—Mon cher, ¿aceptarías la recomendación del chef?
Con semejante invitación, el portugués no podía negarse.
—De acuerdo, Chef. ¿Qué tienes para mí?
El francés sonrió enormemente, con sus ojos azules brillando.
—Escandinavos.
Paulo intentó no mostrar incredulidad. Se esperaba griegos fogosos, latinos seductores o algún asiático exótico. Pero, ¿escandinavos? Frío, muy frío. Rozando lo aburrido. Alcohólicos, probablemente. Ricos. Open-minded.
Aunque guapos.
No eran ni cerca su primera opción... pero podía darles una oportunidad.
Francis pareció darse cuenta de sus pensamientos.
—Oh, no. No es lo que está pasando por tu hermosa cabeza. Aunque no lo creas, nunca vi gente tan abierta con su sexualidad como los del norte de Europa. En las sábanas son bastante más atrevidos de lo que su estereotipo aparenta—le guiñó un ojo.
El francés lo acercó a un grupo de rubios no hablaban, pero que estaban rodeados de botellas vacías de licor, vodka y cerveza.
—Mis queridos amigos del norte~—saludó Francis—Este es Paulo, el amigo de Antonio.
Uno de los más altos dijo "Oh, el del buen culo, sí, sí. Un gusto". Parecía el más simpático de todos. Se presentó como Mathias.
—Aunque no tenga el culo de su hermano, tiene el resto de la belleza repartida por el cuerp-ooajsbdja—un tipo con mucho acento finlandés fue callado al decir esto por uno alto y aterrorizante.
—Esos son Tino y Berwald—los dos chicos anteriores lo saludaron, el más pequeño agitando su mano enérgicamente y el más alto simplemente asintiendo con la cabeza—Él es Lukas—continuó Francis, señalando a un chico que estaba de perfil, un poco oculto en la oscuridad. No lo distinguió muy bien.
—Hola—murmuró Paulo, un poco intimidado por no poder observar el rostro del extraño, pero no recibió respuesta alguna.
—¡Y él es el hermano pequeño de Lukas, Emil!
Paulo se había fijado en el más pequeño. Tal vez era de su edad o apenas un poquito más grande. Entendió lo que Francis pretendía, e intentó transmitirle la desesperación son su mirada. No quería que lo "emparejara" con aquél chico. Se sentía mal por no querer darle una oportunidad sin siquiera conocerlo, pero estaba lleno de gente mayor. Quería explorar un poco más.
Francis Bonnefoy parecía tener un sexto sentido en aquél tipo de situaciones, así que sin perder su sonrisa escaneó la mesa con la mirada. El tal Mathias estaba demasiado borracho, y al captar la mirada del francés sobre Tino, Berwald puso una expresión aterradora que básicamente parecía decir "ni lo sueñes".
El francés observó el perfil de Lukas, no muy convencido, y chasqueó la lengua.
—Amigos míos, tengo un juego muy interesante para proponerles~—comenzó el francés. Tino y Mathias chillaban al unísono: "juego, juego, juego"—Ven con nosotros también, Emil—pidió.
Ni siquiera tuvo que invitar a Berwald, éste los siguió voluntariamente.
Paulo tragó saliva: se había quedado a solas con el misterioso chico. Éste no parecía decir nada acerca de cómo los demás parecían haberlo ignorado. No podía verle la cara.
Tomó asiento en frente suyo, y pudo verlo un poco mejor. Parecía esbelto, no podía verle la cara muy bien porque tenía un largo mechón de cabello cubriéndolo, y los ojos del extraño parecían atravesarlo incluso en la oscuridad. Se estremeció.
—Hola—dijo, y la voz le sonó muy extraña. Tenía que calmarse—Soy Paulo.
—Ya lo sé—respondió una voz suave y varonil—Lukas.
—Un gusto, Lukas~.
El otro joven no le respondió.
—Así que... ¿eres escandinavo? —Paulo luchaba por iniciar una conversación.
—Noruego.
—Qué genial... nunca conocí a nadie de Noruega.
El chico no le contestaba, pero Paulo estaba seguro de que lo estaba observando fijamente.
—¿Cuántos años tienes? —quería enterrarse vivo. El portugués pensó que debería haber bebido muchísimo más alcohol. Estaba muy nervioso.
—Tengo veintitrés—contestó el noruego, bebiendo las pocas gotas que quedaban en su vaso—¿Tú?
Al luso se le aceleró el pulso. ¿Debía mentir? ¿Debía decir la verdad?
—Tengo... diecisiete.
—Eres bastante joven.
Ya estaba. Admiraba los esfuerzos de Francis, pero probablemente ya lo estaban tachando de infantil. Debería haberse ido con Tino, parecía mucho más simpático y hasta le había dicho algo lindo...
—Pero me alegra que hayas dicho la verdad—murmuró Lukas—La mayoría miente.
—Mmm... yo también me alegro.
—Pareces mayor.
—¿Gracias?
El noruego se encogió de hombros. Paulo sintió que los ojos del chico lo recorrían de arriba a abajo.
—¿Qué quieres hacer?
El portugués sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. ¿Debía malpensar?
—Eh... no sé, lo que tú quieras. Soy nuevo aquí—se excusó.
—No me refería a eso—cortó Lukas.
Paulo maldijo en su mente. Se sentía un poco intimidado. No estaba listo para eso.
—Pero... podemos ir a algún otro lado. ¿Vives muy lejos?
—Estoy de visita—aclaró—No es muy lejos.
—Te acompaño.
El ibérico no pudo evitar fruncir el ceño. ¿Lo estaba "echando", por así decirlo, de una fiesta?
—No pareces estarte divirtiendo mucho... y yo tampoco. Podemos hacer otras cosas si nos vamos de aquí—continuó el noruego, calmadamente.
La expectativa sacudió su cuerpo. Lukas se puso de pie, y el más bajo lo siguió. Las luces eran mucho más fuertes afuera que adentro, por lo que pudo verlo mejor.
Era el hombre más hermoso que había visto.
El escandinavo lo abrazó fuertemente por la cintura mientras caminaban. Paulo agradeció que Antonio se hubiera ido a visitar a su novio italiano, ya que tendría su habitación libre.
.
Juzgó a Lukas como una persona paciente. Se equivocó. Apenas estuvieron a puertas cerradas en el apartamento vacío, el noruego comenzó a besarlo apasionadamente, enterrando sus manos en los cabellos rizados de Paulo.
—Tienes un cabello muy lindo—lo elogió el rubio, soltándole la liga que lo sujetaba—Es... diferente.
Paulo notó un deje de nostalgia en la voz del noruego. A veces miraba hacia arriba, como si esperara ver a alguien más alto. Pero tenía que mirar hacia abajo, él no era alto pero estaba ahí, y sólo era un chico que se moría de ganas de follar al dios que tenía adelante. No le importaba que Lukas estuviera enamorado de alguien más. Ya se había asegurado de camino a casa de lo que consideraba más importante: ¿Pareja? No. ¿Condones? Sí. Perfecto.
Aún así, Lukas parecía tener una última duda.
—No quiero tener problemas, ¿estás cien por ciento de acuerdo y consciente de lo que va a pasar?
El noruego le acarició una mejilla con delicadeza. Paulo creyó que se derretiría allí mismo. Sabía que tenía que mentalizarse de que eso sería algo de una sola noche. Ni siquiera sabía si Lukas se quedaría mucho tiempo más en París.
Pero se permitió soñar, incluso después de que le dijo que sí, muy seguro. Sintió al instante la boca del rubio contra su cuello, devorándolo con ansias.
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Paulo recordaba haberse acostado y dormido con Lukas a su lado, después de haber tenido el mejor revolcón de la historia. Por eso se sorprendió al despertarse y ver que no había nadie en la habitación. Ni ropa. Ni siquiera su número. Nada.
Ninguno de los compañeros de su hermano lo había visto irse. Francis parecía realmente apenado, y pidió disculpas por haberlo "emparejado" con alguien así. Prometió compensarlo.
Al parecer, esos chicos nórdicos viajaban bastante por Europa, y aunque solían pasar seguido por París, probablemente ya se habían ido a otro lado. El francés se ofreció a tratar de ubicarlo, pero no parecía convencido de poder lograrlo.
Y Paulo estuvo de acuerdo. Estaba decepcionado, pero estuvo de acuerdo. Sintió ganas de salir corriendo a buscar al dios de la noche anterior, pero decidió que sería mejor así. Seguramente el otro no tenía interés en volver a verlo. Lo más dulce que le había dicho era que su pelo era bonito y diferente.
A pesar de todo, lo buscó en Instagram. Las pocas fotos suyas que había apenas le hacían justicia. Nunca más lo volvió a ver, pero pasó el verano suspirando y fantaseando con él. Tenía miedo de olvidar esa belleza y quedarse con una simple idea abstracta. Había sido la mejor experiencia sexual de su corta vida.
Pero lo superó. Tenía que concentrarse en sus amigos y el estudio.
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Todo funcionó hasta aquél día en el cual fueron al bar a festejar.
Por supuesto que el holandés le llamó la atención. En cierto modo, le recordaba un poco a Lukas: guapo, serio, rubio, alto, mirada penetrante. Pero al miso tiempo, eran muy diferentes. El dueño del bar parecía intimidante, pero físicamente. El noruego era intimidante pero más que nada por su aura de misterio. Y si bien el holandés era más que agradable a la vista, tal vez "hermoso" no habría sido la primer palabra que hubiera usado para describirlo.
Pero decidió no prestarle atención después del semi fracaso del verano anterior. Podía ser su tipo, pero quedó demostrado que para los chicos mayores, él sólo servía para desquitarse sexualmente por alguna añoranza del pasado.
Por eso se sorprendió enormemente cuando el holandés le regaló aquél Martini.
Debido a su mala experiencia, y porque esas cosas de regalar tragos no eran su estilo, no se lo tomó muy bien. De hecho, fue a exigirle explicaciones, aunque más por orgullo que por otra cosa. Le daba mala vibra lo que el holandés pudiera pretender con aquello.
Se había equivocado, una vez más.
Cuando lo fue a encarar, Dirck Van Houten se puso bastante nervioso, y pidió disculpas por si lo había ofendido.
—No... ya está. Sólo fue un malentendido—lo tranquilizó Paulo, sonriéndole desde el otro lado de la barra—Dirck, ¿no? Mi nombre es Paulo.
—Un placer.
Probablemente el único placer en aquél momento era escuchar esa voz profunda haciéndole preguntas e interesándose por conocerlo.
Durante mucho tiempo, lo único que esperaba de conocer gente nueva era básicamente encontrar a alguien lo suficientemente espectacular como para tener sexo.
Era una agradable sorpresa saber que estaba disfrutando de una conversación tan inocente. Dirck no tenía escrúpulos en escucharlo hablar, pero se mostraba levemente sorprendido cuando el portugués se interesaba por él. En algún momento no pudo evitar reírse, pillando al otro con la guardia baja y haciéndolo sonrojar.
Se sintió bien, y se forzó a sí mismo a tomarse las cosas con calma. No a paso de tortuga, pero tampoco apresurarse. No quería echar las cosas a perder. Dirck le interesaba mucho. Tenía 24 años. Había estudiado Administración y estaba comenzando a estudiar algo de economía teórica. Aunque no podía dedicarle mucho tiempo a su formación académica, debido a que él y Emma llevaban adelante el bar sin ayuda de nadie más. Estaban viviendo juntos, aunque su hermana menor quería irse a Bélgica en cuanto terminara la universidad.
Hizo nota mental de agradecerle a Feliks por llevarlo allí (pero, ¿¡por qué rayos no los llevó antes!?), pero había desaparecido, igual que la hermana del holandés.
—Emma ya se ha ido... tenemos que cerrar. Lo siento—se disculpó el mayor—No quiero echarte, pero tendremos problemas con el municipio si no cerramos a una hora aproximada.
—Lo entiendo—dijo Paulo—Bueno, buscaré a mis amigos para irme...
—Puedes quedarte aquí si quieres—saltó, sin perder la seriedad.
—¿Pero acabas decirme que van a cerrar...?
—Me refiero a que puedes quedarte en mi casa, si quieres.
Qué inocente era. El portugués tragó saliva. Ganas no le faltaban. Pero, ¿en dónde quedaba entonces lo de tomarse las cosas con calma?
Tuvo que juntar toda su fuerza de voluntad para responderle.
—Te agradezco, pero debería irme con mis amigos. No puedo dejarlos tirados—reconoció, viendo al borracho de Cian. Se dirigió a hablar con Nikolai, que parecía el más normal de todos.
Antes de irse con el irlandés colgado de él, se giró para ver a Dirck.
—Volveré pronto a visitarte—sonrió, para luego salir apresuradamente de allí.
—Te estaré esperando—fue lo que llegó a oír antes de cerrar la puerta tras de sí.
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Paulo esperó unos días para hablarle. La servilleta con el número del holandés ya estaba demasiado arrugada y borrosa. Pero por suerte se había guardado el número en su celular.
Le tembló la mano cuando presionó el ícono de "llamar" al lado del nombre Dirck Van Houten.
No le respondió. Escuchó el tono, y se dio cuenta de que le había cortado. Se la cayó el alma al piso. Le había dado su teléfono para que también lo tuviera. ¿Lo estaría evitando? Tal vez simplemente quería tener sexo con él aquella noche, y no le interesaba demasiado lo que él pensara.
No, no podía ser. Nadie podría fingir el interés con el cual el mayor lo escuchaba hablar sobre lo que le gustaba, ¿o sí?
Sus pensamientos destructivos fueron interrumpidos por un mensaje de texto.
"Perdona, no te puedo atender, estoy en clase. Te llamo luego".
Suspiró. Qué dramático que era. Todo estaba bien.
Apretó su teléfono contra el pecho, y sonrió ante la expectativa de poder hablar con el holandés.
.
La llamada llegó luego de cenar, mientras estaba lavando la loza. Miró hacia fuera de la cocina. Sus padres estaban bastante alejados, mirando televisión. Suspiró, mientras respondía la llamada con las manos mojadas, intentando acomodar el teléfono entre su hombro y la oreja.
Claro que, con un smartphone, que cada vez eran más planos, se le zafó y cayó al suelo.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó su madre ante el ruido sordo del teléfono.
—Todo en orden—respondió. Se dio cuenta de que Dirck técnicamente estaba escuchando. Se llevó el celular al oído rápidamente—Hola. Disculpa la molestia.
—No entendí muy bien que pasó, pero es bueno volver a escucharte—le respondió la voz del otro lado de la línea.
—¿Cómo estuvieron tus clases? —preguntó casualmente y en voz algo baja, rindiéndose al intento de hacer dos cosas a la vez.
—Nada del otro mundo. ¿Qué tal las tuyas?
—Bueno, Dirck, la secundaria no es muy apasionante~. No tengo mucho que contar.
Un silencio un poco incómodo siguió a eso.
Pero Paulo sabía seguir las conversaciones.
Tuvo que cortarle luego de 10 minutos, ya que sus padres sospecharían que no estaba haciendo precisamente las tareas del hogar.
—Pásate por el bar algún día de estos, si tienes tiempo.
—Eso haré—prometió el portugués, mirando con preocupación si sus padres seguían ocupados. Por suerte ese era el caso.
—Hasta entonces... bueno, podemos seguir hablando así. Me gusta escuchar tu voz.
Paulo sintió sus mejillas enrojecer.
—A mí también me gusta bastante. Es más entretenido que escribir.
—¿Verdad que sí? —la voz del holandés sonaba un poco entusiasmada—Me siento un poco chapado a la antigua haciendo esto, pero creo que por ti vale la pena.
El menor se rió, un poco nervioso. No estaba acostumbrado a que le dijeran esas cosas.
—Lo sé. Si me dices esas cosas, tendré que apurar un poco mi visita~.
.
Fue a visitarlo varias veces a lo largo de las semanas que pasaron. Trataba de verlo aunque fuera una vez a la semana.
A la tercer visita, Dirck lo besó.
Se sorprendió bastante, porque siempre que estaban juntos, Emma estaba por ahí (bueno, era su casa después de todo), y no tenían la oportunidad de hacer nada demasiado íntimo, más que hablar y rozarse inocentemente, como si fuera totalmente accidental.
Ese día, ella había salido a algún lado.
Siempre pensó que si Dirck lo besaba, iba a sentir algo similar a la noche en la que estuvo con el noruego. Un calor en el cuerpo y ganas de seguir rápidamente adelante.
No ocurrió nada de eso. El beso del holandés fue muy tierno. Dulce. Y le gustó bastante. El rubio acariciaba suavemente su mejilla, y se besaban sin prisa.
Creía que si comenzaba a besarlo, no podría detenerse. En parte era así, pero podía vivir haciendo sólo eso, si era sincero. Estaba satisfecho con sólo poder besar a Dirck, seguirse llamando por teléfono, y encontrarse a conversar y reírse un poco; a veces fumar marihuana juntos (no era como que nunca lo hubiera hecho: la había probado el verano pasado con su hermano Antobnio). La mayoría de sus reuniones fueron así de inocentes. El holandés no quería forzarlo a nada, y no se esforzaba por darle a entender que quería dar el siguiente paso.
Al portugués le tranquilizaba saber que el otro lo respetaba así, pero en el fondo, aunque adorara besarse con el holandés, quería intentarlo. Quería saber lo que se sentía. Y si había algo que sabía de Dirck, era que al día siguiente estaría ahí. No lo conocía de toda la vida, pero sí lo suficiente para saber que no era indiferente. Incluso si todo sabía mal, le quedaba el consuelo de que existió algo de afecto entre los dos.
.
Pero se dio. Las últimas veces que se habían reunido, Paulo no se sacaba de la cabeza la idea de tomar la iniciativa y hacer que las cosas avanzaran un poco. Pero le daba un poco de vergüenza. Sentía que esa vez tendría algo que perder. No quería arruinar las cosas con Dirck. Sí, sabía cómo lo miraba, y recordaba que la primera vez que se habían visto lo invitó a pasar la noche en su hogar. Pero cuando observaba los ojos del holandés, y la forma en que éste lo miraba, con cierta ternura, le daba un poco de pena. Sentía que el otro todavía lo veía como alguien bastante inocente. Aunque no era sí. Y podía revertirlo cuando quisiera, lo sabía, pero no era fácil.
Ocurrió poco antes de sus vacaciones de invierno. Stefan le había contado que pasaría la Navidad con Nikolai. Ya estaba seguro de que el búlgaro estaba enamorado del chico no-tan-nuevo. Nunca se lo dijo, pero lo adivinó por como su amigo se comportaba alrededor del rumano. Stefan no lo confirmó, pero a veces le contaba cosas así y soltaba comentarios como "Espero no arruinarlo", "¿Crees que suceda algo... entre nosotros?". Nunca jamás confirmó nada, pero precisamente por eso sentía que podía soltar esas preocupaciones cerca de Paulo.
Eso le inspiró. Si el frío de Stefan podía juntar coraje para pasar una noche especial con una persona especial completamente a solas, él podía intentar llevar las cosas más allá con Dirck. No era la primera vez que lo hacía. No debería haber problema alguno. Todo saldría bien.
Pero, tal vez, en el fondo, Paulo tenía miedo de volver a sentirse aburrido. Tal vez con él era aburrimiento o dolor.
Bueno, si era así, no le molestaba sacrificarse por el holandés. En cierto modo... lo quería bastante. ¿Y qué si no disfrutaba tanto? El otro no tenía porque darse cuenta. Podía soportarlo. Quería estar con Dirck, por un buen tiempo más.
Se decía que lo del "momento perfecto" era un mito. Pero existió para él, o tal vez eso le pareció por las ganas que tenía de intentarlo. El holandés se había levantado a buscar algo a la cocina, y Paulo lo imitó.
—¿Qué sucede...? —inquirió Dirck, cuando se percató de la presencia del otro.
El luso lo acorraló contra la mesada de la cocina. Bien, no era muy intimidante, el otro era demasiado alto para él. Pero el rubio parecía nervioso, y un poco sonrojado. Lo miraba expectante.
Paulo se aferró a su camiseta, plantándole un beso apasionado en la boca. No pasó mucho tiempo hasta que el rubio lo sentó sobre la encimera, dejando que el portugués lo rodeara con sus piernas.
Entre medio del fogoso intercambio, el portugués se separó un poco, tomando aire.
—Vamos a tu habitación—le exigió al más alto, jadeando.
—Paulo, ¿estás seguro...? —cuestionó, dudando—No tenemos que hacer nada si no quieres...
—Dirck—suspiró—Es bastante obvio que eso es lo que quiero, ¿no?
Fue una de las pocas veces en la que Paulo vio tan sonrojado al holandés. Murmuró algo, pero accedió a lo que el otro proponía.
El portugués no pudo evitar sonreír cuando sintió como la encimera desaparecía dejaba de ser su principal apoyo, y era cargado por Dirck. Flotando en el aire, con nada a lo que aferrarse excepto la persona que tenía ante él.
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Paulo intentó calmar su respiración. Había terminado. A pesar de estar hecho un desastre, no quería cubrirse con las sábanas: todavía tenía calor.
Dirck se levantó brevemente para tirar a la basura el condón usado. El portugués respiró hondo, cubriéndose la cara con las manos.
Había salido muy bien. Demasiado. Estaba extremadamente cansado, e ignoraba que hora era, cuánto tiempo habría pasado, y hasta dónde había dejado su celular. Tampoco era que le importara demasiado ese desconocimiento. Todavía estaba tratando de asimilar lo que había ocurrido.
No quería compararlo con su breve aventura de verano, pero no podía evitarlo: era su única referencia.
Pero había estado muchísimo mejor. La seguridad de saber que Dirck se preocupaba por él, incluso después de haber terminado de tener sexo, le hacía sentirse mucho mejor.
—¿Te duele la cabeza?
Como si sus dudas todavía no estuvieran despejadas. Se quitó las manos de la cara, y pudo ver al holandés observarlo preocupado, sentado en una punta de la cama.
—Estoy bien—contestó Paulo, dejándole un lugar. Se cubrió la desnudez para no incomodar al otro—Yo... bueno, creo que sólo estoy pensando en lo que acaba de pasar.
—... ¿No te arrepientes, o sí?
—Claro que no—le sonrió para tranquilizarlo. No esperaba que el rubio tuviera ese tipo de inseguridades—Estuvo genial.
A Dirck se le subieron los colores a la cara. Ese día le ocurría bastante seguido. Pareció querer decirle algo, pero cerró la boca inmediatamente.
Paulo, sin perder su sonrisa, le apartó el cabello de la frente (se había despeinado bastante, por lo que su usual cabello peinado hacia arriba ya no estaba), acercando su rostro a él.
—Estoy feliz de que lo hiciéramos—admitió, cerrando sus ojos. Si había metido la pata al decirlo, no quería verlo. No sabía hasta qué punto se podía ser cursi en una situación así.
Se dio cuenta de que ese no era el caso en cuanto sintió los labios de Dirck posarse suavemente sobre los suyos. Sintió que su suerte del día se estaba agotando. ¿Era real todo aquello?
No tenía mucho sentido pensarlo. Prefería disfrutar completamente de aquél momento tan íntimo.
Tal vez no era cuestión de suerte. Tal vez la única suerte era que ellos dos tuvieron la oportunidad de encontrarse. Tal vez el resto sólo fue obra de dos personas que buscaban algo y lo encontraron en el otro. Tal vez no importaba si al fin y al cabo, los dos querían lo mismo.
Rompió el beso, despacio. Al abrir los ojos, se encontró con la mirada del otro. Era extraño. Parecía cálido, pero el verde no era un color cálido.
—¿Está bien... —comenzó dudoso el portugués, apretando las sábanas. Pero tenía que sacarse la duda de una vez y para siempre—... si esto dura un buen tiempo más?
Dirck no le preguntó qué quería decir con "esto" o cuánto tiempo era "un buen tiempo". Hundió las manos en el cabello del portugués, dándole un beso en la mejilla.
—Eso es lo que más quiero.
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So, esto era un fic romántico, pero el romance no llegaba más (?. Espero que les haya gustado esto. Sé que a vari s de los que leen les gusta Paulo (y a quién no lolololo), así que espero hayan disfrutado especialmente este breve punto de vista. No está tan metido en la plot como el de Feliks, pero honestamente tenía ganas de escribir sobre él y el holandés (do it for the ship).
Btw lo siento por esa mini pareja crack que se deslizó ahí. Mi amiga Neam lo bautizó como... Porno r. A mí me gusta agregarle la r al final para no dar lugar a malentendidos. Si a alguien se le ocurre escribir de ellos... bueno, avisen. Sería muy interesante leerlo lol.
En fin~. Muchas gracias por leer hasta ahora, en un par de días continúa la historia principal ;) (capítulo de año nuevo~. Uno de mis favoritos también :D).
