Interrumpimos el cliffhanger anterior para traerles un extra recién salido del horno. Y el capítulo más largo, sino hasta ahora, de toda la historia probablemente.
Espero que lo disfruten. Sé que este personaje no ha aparecido demasiado hasta los "últimos acontecimientos", pero le agarré cariño escribiendo sobre ella en la historia. Sí, chicos, Nat aka Bielorrusia tiene su extra. Muuuuchas cosas aparecerán, sobretodo del drama de Feliks... al cual todavía le queda. Planeo hacer otro extra sobre él, aunque no sé si tan largo.
Sé que puede quedar un poco "anticlimático", teniendo en cuenta como terminó el capítulo anterior, pero espero que igual lo disfruten. Haré un recap tal vez de como terminó el capítulo anterior para orientarlos mejor cuando sigamos con la historia principal.
En fin. Espero disfruten mucho todo lo que viene a continuación. Denle amor a esta chica y recuerden, disfrutar de esto no es serle infiel al LietPol. Hay que replantearse la monogamia en ciertas ships (?.
Extra III
Natalia
Desde el primer día de clases en secundaria, Natalia no se había sentido cómoda. Intentó con todas sus fuerzas hacer amigos. Pero cada vez se desmotivaba más en aquella escuela.
Era demasiado grande, y la cantidad de personas la abrumaba.
Y a pesar de tanta cantidad de gente, no entendía como no había logrado hacer ni un amigo.
En realidad, sí lo sabía.
Ella era difícil de tratar, y el resto de las personas no estaban interesadas en su amistad... pero vaya que algunas estaban interesadas en otras cosas.
Odiaba tener que usar una falda a modo de uniforme. Que no la malinterpretara, las adoraba, pero odiaba tener que usarlas frente a adolescentes que se comportaban con ella como una manada de lobos famélicos. Y los que no eran babosos, le tenían miedo.
Lo mismo sucedía con las chicas. Había un montón de ellas con las cuales podrían haber sido buenas amigas, pero también había un buen número que parecía odiarla.
—¿Te crees muy linda con tu uniforme, rubiecita?
—Seguro que se operó, parece una barbie.
—Tremenda zorra. Tiene a media escuela detrás. Por algo será...
Cada una de esas frases le dolía, y desgraciadamente las escuchaba muy seguido.
Todo eso acabó el día en el cuál el grupo de chicas del coro, muy odiosas, quisieron golpearla en el baño. "Por haberle robado el novio" a alguien o algo así. Lo que era pura mentira, porque Natalia se escondía en cualquier lado con tal de no cruzarse con nadie del sexo opuesto.
Ella podía aguantar los insultos, poner la otra mejilla. Pero no toleraría que se pasaran físicamente con ella.
Ese día, Natalia no regresó a su casa con un ojo morado, pero sí con una suspensión.
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Todavía recordaba a la perfección la conversación con su hermana Katerina. Iván no estaba en casa, desde hacía unos años vivía en Rusia trabajando en la empresa de su padre; pero aún así llamó por teléfono dispuesto a demandar a la escuela. Como siempre, la mayor de los hermanos logró calmarlo.
Katerina sabía lo que le ocurría a su hermana menor. Y aunque había mantenido vivas sus esperanzas de que pronto pasaría, la realidad demostró lo contrario.
—Creo que no hay otra opción—suspiró la mayor—Intentaré que entres a la escuela en la que trabajo.
—Te agradezco, pero dudo que cambie demasiado.
—Sí que lo hará. Es mucho más pequeña, y los grupos son más pequeños también. Está especialmente dirigida a estudiantes extranjeros, así que la mayoría de la gente es de mente muy abierta y receptiva. Y el nivel de exigencia es alto. Tendrás que hacer una pequeña prueba, pero no dudo en que entrarás.
Natalia se permitió fantasear un poco.
—...además, el uniforme son sólo un par de jeans y un polo blanco. Y puedes usar chaquetas si quieres~.
La menor sonrió como hacía mucho tiempo no lo hacía.
—¡Muchas gracias, hermana! —exclamó abrazándola efusivamente.
Katerina sonrió también. Las cosas habían sido bastante difíciles desde que su madre había muerto, más en los últimos años sin Iván.
Pero todo parecería mejorar.
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Natalia recordaba muy bien su primer día en esa escuela. Su hermana tenía razón, era mucho mejor que la otra. La gente la seguía mirando en los pasillos, pero probablemente se debía a que simplemente era la chica nueva. Mucha gente amable la saludó y le hizo preguntas, aunque ella no se encontraba cómoda hablando demasiado sobre sí misma. Tal vez debido a eso, mucha gente pensó que era un poco intimidante o la estaban molestando, pero lo cierto es que prefería escuchar a los demás.
Cuando entró a su clase, se sorprendió al ver lo pequeña que era.
Una chica morena de pelo muy largo se la quedó mirando y le susurró algo a su amiga. Natalia apartó la mirada. Le empezaba a desagradar que hablaran de ella.
Hasta que pudo escuchar lo que estaban diciendo.
—Lleva puesta la misma ropa que yo pero le queda mejor que un vestido~—decía la chica más pequeña—¡Y mira ese pelo! ¡Es como la de Frozen pero en la vida real! ¡No, todavía más lindo!
—Michelle, no hables tan así, puede escucharte.
La bielorrusa se giró a verlas y ambas se paralizaron en su sitio. Quería decirles que aunque no le gustaba esa película, agradecía el cumplido. Que ellas también tenían un cabello bonito. Y que le gustaba más usar vestidos pero no lo hacía porque la gente le decía cosas y la miraba raro.
Pero ninguna palabra salió de su boca, así que continuó avanzando y se sentó en una silla vacía en la primera fila.
—Hola, ¿eres nueva? —la saludó un chico muy pequeño. Se sorprendió. Y supuso que su cara de sorpresa hizo que el otro se asustara un poco, ya que a continuación habló entrecortadamente—Soy Raivis. ¡Puedo ayudarte en lo que necesites!
Ella asintió con la cabeza, mientras el otro reía nerviosamente, y se volvía hacia un castaño que se sentía al lado suyo par a decir "Me da miedo~".
La gente era extraña, pero amable. Entendía por qué a su hermana le gustaba su trabajo.
Iba a preguntarle el nombre al chico castaño que el pequeño chico tenía a su lado y la miraba con curiosidad, pero un grupo de personas muy ruidosas acababa de llegar.
—¡Felks! ¡Dile que a Stefan que deje de tratarme así! —se quejaba un pelirrojo.
—Estás demasiado insoportable últimamente, Cian—masculló el tal Stefan.
—Ya. No discutan—intentó calmarlos un moreno.
—Paulo tiene razón, es demasiado temprano para que estén... —el rubio que estaba hablando paró de hablar inmediatamente. Natalia se preguntó por qué, aunque luego se dio cuenta de que la estaba mirando a ella.
Pero no apartó la mirada. El chico era muy bonito. De hecho, le parecía hermoso. Y los hombres normalmente no le parecían hermosos. Pero ese chico era bastante diferente. Sentía curiosidad, pero aquél rubio volteó la cara, un poco sonrojado y volvió a conversar con sus amigos. Qué lástima, ya no podía verle el rostro.
Se dio media vuelta e intentó entablar una conversación con el tal Raivis, aunque no tuvo demasiado éxito.
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En la primera pausa, el chico hermoso se había acercado, aunque no para hablar con ella, sino para hablar con el castaño que la miraba de vez en cuando. El rubio le susurró algo al que parecía ser su amigo, y la miró de reojo. Eso le molestó un poco. ¿Estaría hablando de ella?
Pero tenía que controlarse. No quería problemas en su primer día. De hecho, no quería problemas por el resto de su vida pre universitaria.
Aún así, los dos chicos se dieron cuenta de que los estaba mirando.
—H-hola—dijo nervioso el que parecía más alto—Soy T-toris. ¿Cómo te llamas?
—Natalia—contestó ella, de forma algo seca. El rubio arrugó la nariz, pero no la miró ni le dijo nada.
—Un gusto conocerte—continuó el otro, sonriendo y con un poco más de confianza—Disculpa a Feliks. Le da vergüenza hablarle a gente nueva.
Ella lo entendía. Quiso decirle algo, pero el tal Feliks se dio media vuelta para irse, no sin antes acusar a Toris de "traicionarlo". Debía ser feo que un amigo dijera algo tan personal a alguien tan extraño. Pero al menos ahora sabía su nombre.
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Sus primeras semanas, sin darse cuenta, terminó formando una especie de grupo de estudio con Raivis, Toris, y un chico algo nerd llamado Eduard. Le caían bien, más o menos. Toris la incomodaba un poco, ya que siempre la miraba con esa cara estúpida con la que algunos chicos en su escuela anterior la miraban. Pero decidía ignorarlo. Por suerte, de vez en cuando Feliks estaba con él, lo cual probablemente lo distraía un poco. Luego estaba Eduard, que no era mal tipo, pero a veces era algo insoportable hablando de cosas que a ninguno de los demás le interesaba. Raivis era quién le caía mejor, ya que ni era insoportable, ni la miraba raro. Punto para él.
Aunque lo de Feliks la inquietaba un poco. Al principio estaba todo bien. De hecho, le había comenzado a hablar de a poco. Lo había juzgado como una persona tímida, pero era todo lo contrario.
Sin embargo, luego de un tiempo, comenzó a tratarla con cierta hostilidad. Y no entendía por qué. Bien, no había sido la persona más simpática del mundo con él, pero tampoco lo trató mal. No trataba mal a nadie, ni siquiera a Eduard cuando monopolizaba las conversaciones con sus temas de programación y videojuegos.
Un día, decidió preguntarle qué le pasaba. Nunca hablaron demasiado, pero conociendo la verdadera personalidad "lanzada" del polaco, supuso que no le molestaría que le dijera las cosas de frente.
—Hola, Feliks—lo saludó, en la pausa. El aludido, que estaba con sus inseparables amigos, apenas la miró—¿Podemos hablar?
Los otros chicos se miraron entre sí, algo nerviosos. Pero el polaco asintió con la cabeza, diciéndoles que se adelantaran.
—¿Qué? —preguntó Feliks, cortante.
—¿Te hice algo malo? —preguntó sin tapujos.
—¿Eh? —el rubio parecía confundido—¿Qué te hace pensar eso, rubia?
Intentó no fruncir el ceño, pero falló.
—Siento que me tratas un poco mal.
—Y yo siento que estás un poco, o mejor dicho, bastante, perseguida—resopló, acomodándose el cabello.
—No estoy perseguida—se defendió, molestándose.
—Bueno, ¡tal vez simplemente me caigas mal! —soltó, cruzándose de brazos.
A Natalia eso la molestó todavía más. ¡No tenía razones para caerle mal! Y no quería caerle mal. Feliks era, aunque no lo pareciera, una de las personas más inteligentes y con temas de conversación interesantes en toda la clase. Quería ser su amiga, porque valoraba mucho esas cosas. Pero entre su timidez inicial y la hostilidad que le siguió, nunca pudo acercarse realmente a él.
Quiso preguntarle por qué, pero ya no tenía ganas de hablar con alguien que la tratara así. Por más que Feliks le interesara como potencial amigo, no iba a rogarle a nadie.
—No pienso hacer nada para arreglar eso—sentenció la bielorrusa—Nunca te hice nada malo, así que el hecho de que te caiga mal es tu problema—eso no era completamente cierto, pero tampoco iba a romperse la cabeza por él—Arréglate con tus dramas.
Esperó unos segundos para ver si el polaco reaccionaba de alguna forma, pero se mantuvo tan impasible como ella. Así que dio media vuelta para irse.
—¡Bien! —soltó el polaco, para irse él también. A comer con sus amigos, supuso ella.
Pero Natalia fue al baño. No estaba de humor para ver a nadie.
No quería problemas, pero de alguna forma los encontró. No era nada grave, pero le incomodaba la situación. No era racional. Si se hubiera comportado como una arpía con él, lo entendería, pero jamás le había faltado el respeto. ¡Él había comenzado! No comprendía por qué eso había ocurrido, y por qué sentía que había perdido la oportunidad de entablar una amistad. Se sentía mal, no al punto de llorar (hacía tiempo no lo hacía), pero se le había arruinado inmensamente el día. Tal vez incluso la semana.
Se lavó la cara con agua fría. Todavía le quedaba el resto del día. Suspiró. Tal vez todo era pasajero y dentro de un tiempo, el polaco olvidaría lo que había sucedido.
Tan ensimismada estaba en sus pensamientos, que al salir del baño de mujeres, se dio de bruces contra alguien. Ambos casi cayeron al suelo.
—You okay? —preguntó el chico, y se dio cuenta de que era Cian. Ah, él sí era su modelo a seguir. Siempre estaba alegre y energético. Le habría gustado ser más como él.
—Estoy bien. Perdón.
El pelirrojo iba a decir algo, pero pareció percatarse de con quién se había dado de bruces. Parecía levemente asustado. Y Natalia se sintió bastante impotente. ¿Pero qué iba a decir? Empeoraría más las cosas.
—Buen día—se excusó, y fue hacia algún otro lugar tranquilo.
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El tiempo pasó. Lo de Feliks nunca mejoró, sino que al contario: si antes era demasiado seco con ella, luego comenzó a buscar pelea en serio.
No físicamente. Pero llegaba a casi insultarla, y discutir con ella a la primera oportunidad.
A Natalia eso la enojaba muchísimo. Decidió que si el otro, por alguna razón, iba a asumir que ella era una completa perra, entonces iba a comportarse como tal. Para al menos sentirse un poco más cómoda con el papel que el otro pareció asignarle. No era su favorito, pero al menos al seguirle la pelea a Feliks, desahogaba un poco esa impotencia que tenía guardada desde que las cosas comenzaron a ir mal sin razón aparente.
Pero si había algo que la incomodaba más, era que no estaba satisfecha con sus amigos. Estaba cómoda con su grupo conformado por aquellos chicos bálticos, pero no se sentía del todo bien. No tenían nada en común además de estudiar en el mismo lugar. Encima Toris parecía enamorado de ella (esperaba, realmente, que fuera pasajero: no tenía interés romántico por ninguno de sus compañeros de clase). Así que era bastante incómodo dirigirse a él. Con Raivis hablaba más, pero algunas veces, cuando intentaba sacar temas de conversación un poco más personales o "femeninos", el otro se asustaba. Tal vez porque parecía olvidar que ella era algo más que una máquina de estudiar y pelearse con cierto polaco.
Entendía que esa era la imagen que daba a los demás. Por eso no culpaba al letón de "asustarse". Pero realmente necesitaba algún amigo de verdad. Gracias a sus peleas constantes con el polaco, podía descartar a los mejores amigos de éste: no porque ellos la odiaran, pero porque conociendo la personalidad del rubio, jamás se los perdonaría. Jack era demasiado hiperactivo, y aunque a veces le hablaba, nunca duraba demasiado. Tenía muchos frente que atender. Y Yong Soo directamente no trataba a nadie en clase.
Sus únicas esperanzas eran las otras dos chicas. Pero parecían muy unidas entre ellas, y no quería molestar. Además, le parecía que tal vez hasta eran novias o algo así. No estaba segura.
La mayor parte de su primer año la pasó así. Sin duda no se podía quejar: estaba mucho mejor que en su escuela anterior, y sacando a Feliks, nadie la trataba mal. Tampoco quería molestar a su hermana contándole la verdad, bastante dolores de cabeza le había dado ya.
Podía sobrevivir todavía dos años más así.
De eso se trataba de convencer, hasta que las circunstancias cambiaron un poco.
Todo ocurrió uno de los últimos días antes de las vacaciones de verano. Se habían juntado muchas cosas: su hermano había tenido un accidente, y aunque estaba bien, permanecía en el hospital. Ella no podía viajar hasta Rusia, por lo que Katerina fue. Su hermana le aseguró que Iván se recuperaría pronto, que era muy fuerte, y que la llamaría seguido para que no se sintiera tan sola. Que no se preocupara. Pero Natalia estaba preocupada. Y sola. Extrañaba a su madre en esos momentos.
A eso se le sumó que estaba en su período. Y el estrés de los exámenes.
Por último, aquél día Feliks parecía haber sido más hostil de lo normal. O tal vez la trató como siempre. Pero no estaba con fuerzas para aguantarlo.
Y no entendía cómo había aguantado hasta el final del día. En cuanto el timbre sonó, se retiró apresuradamente del salón sin siquiera despedirse de sus compañeros más cercanos.
Sabía de que se habían dado cuenta de que no estaba cómo siempre. No sólo sus "amigos", porque por un segundo creyó que, por primera vez en la vida, Feliks le iba a pedir perdón. Parecía a punto de hacerlo. Eso le había dado un poco de esperanza. Pero se dio cuenta de que debía ser por lástima y porque ella parecía a punto de llorar, no porque de verdad lo quisiera.
Caminó apresuradamente hacia la parada de ómnibus. No la de la escuela, sino una más lejana: no tenía ganas de encontrarse con nadie conocido. Por suerte su hermana no estaba allí, de lo contrario se habría dado cuenta de que ella estaba mal instantáneamente.
Por desgracia, su día no podía hacer más que empeorar.
Estaba tan ensimismada en alejarse del instituto, que no vio la parte rota de la acera, y se tropezó.
No fue uno de esos casos donde uno trastabilla pero recupera el equilibrio fácilmente y sigue caminando, a pesar de la amenaza de caer. No, cuando Natalia ya sintió el obstáculo, era demasiado tarde para evitarlo: tropezó y se enredó con sus piernas, cayendo de rodillas.
A un dolor punzante en la rodilla derecha, que fue la que soportó el mayor peso, le siguió la vergüenza de que la hubiera visto mucha gente. Algunas personas se volvieron, y vio que querían acercarse, pero se puso de pie nuevamente.
—Estoy bien. Gracias—dijo, intentando que la voz no se le quebrara. No estaba muy lejos de la otra parada. Aguantaría.
Mientras caminaba, consciente de que estaba cojeando, intentó ignorar una gota de algún líquido caliente que le caía. No se miraría la rodilla. Esperaría a llegar a casa. Sabía que se le había ensuciado y roto el pantalón, así que con menos razón quería ver.
Estaba a una cuadra y media de llegar, cuando sintió unos pasos apresurados detrás de ella. Alguien venía corriendo. Aunque era raro que no se desviaran para esquivarla...
—¡Natalia! —gritó una voz femenina—¿Estás bien?
Se puso nerviosa. Alguien que la conocía la había visto. Sintió una mano apoyarse en su espalda y se dio la vuelta bruscamente.
Vio como Michelle, un poco asustada por la reacción, retiraba su mano apresuradamente.
—¡P-perdón! —tartamudeó—Te vimos caer, aunque de lejos no estábamos muy seguras de que eras tú...
¿Por qué hablaba en plural? Sus nervios incrementaron. ¿Más gente conocida había presenciado su torpeza?
—Estoy bien. Gracias—repitió, intentando ignorar las punzadas constantes de dolor en su rodilla.
—No lo creo—dijo Gisèle, acercándose a ellas, tan preocupada como su amiga—Vamos a sentarnos.
—Realmente, no es... —insistió Natalia, pero las chicas la tomaron cada una de un brazo y la arrastraron hasta el escaparate de una tienda cercana.
—Con permiso—dijo Gisèle, aunque no esperó una respuesta. Subió un poco el borde del pantalón de Natalia.
Éste, dándose cuenta de sus intenciones, le sujetó fuertemente la muñeca.
—No—sentenció la rubia—No quiero.
—Natalia, tienes un poco de sangre en el pantalón.
—No quiero verlo.
—Pues no lo mires—insistió la malgache—No mires. Pero déjanos, aunque sea, limpiar un poco.
Se dio cuenta de que no podía ganarles. Suspiró, y se dejó hacer. Le dolió un poco cuando la tela le rozó la herida, pero al instante sintió el aire fresco.
La cara de Gisèle se mantuvo impasible. Pero vio que Michelle hacía una mueca, por lo que probablemente su rodilla no estuviera bien.
—Michelle, dame tu botella de agua—pidió la mayor. La aludida obedeció al instante.
El agua se sintió increíblemente bien, aunque no era mucha.
—¿Y gel antiséptico? —volvió a pedir Gisèle.
—¿Qué es eso? —preguntó la seychellense.
—La botellita de alcohol en gel que tienes para desinfectarte siempre en la mochila.
—Oh~. Lo siento. Aquí tienes.
—Y algún pañuelo—hizo una pausa—Por favor.
—¡No soy una farmacia! —exclamó Michelle, aunque seguía sacando cosas de su mochila.
Gisèle suspiró, y puso el gel desinfectante en el pañuelo. A Natalia le escoció mucho, pero no se quejó. No estaba mirando. No quería mirar. Pero por suerte la mueca de Michelle se había ido. Tan malo no podía ser.
Respiró hondo y miró. No era tan malo como había imaginado. Era apenas un pequeño corte. Rió nerviosamente, y las dos chicas se asustaron. Probablemente nunca la habían oído reír.
—Lo siento—se disculpó—Puedo hacerlo yo—le dijo a Gisèle, y ésta le pasó otro pañuelo para que detuviera el sangrado.
—Ahora está mucho mejor—la tranquilizó Michelle—Perdón si puse cara rara, no estoy muy acostumbrada a ver heridas. ¡Gisèle es mucho mejor en eso!
—No es algo de lo que estar muy orgullosa, pero gracias de todos modos—agradeció la más alta, un poco sonrojada.
—Deberías ser enfermera—continuó. Gisèle negó con la cabeza ante las ocurrencias de ésta.
Natalia las escuchó parlotear un rato más. Hasta que dijo:
—Ustedes dos son muy buenas amigas.
Michelle asintió enérgicamente con la cabeza, aunque Gisèle se sonrojó un poco.
—¡Sí! Nos conocemos hace mucho tiempo~. Como desde la primaria—la otra asintió con la cabeza—Pero, ¡tú también puedes ser nuestra amiga si quieres! —exclamó, dirigiéndole una sonrisa a Natalia.
—Sonaste como una niña, Michelle—Gisèle rió, pero luego también le dirigió una sonrisa amigable a la bielorrusa—Pero Michelle tiene razón. La verdad no te lo dijimos porque no queríamos molestarte... pero puedes hablar con nosotras cuando necesites algo.
—O salir a algún lado—añadió la seychellense.
—O simplemente pasar tiempo con chicas. No sé cómo aguantaste tanto tiempo juntándote sólo con el grupo de Eduard, honestamente... No me malinterpretes, no me caen mal, pero...
—No son los más divertidos... y a veces necesitas una charla de chicas—Gisèle asintió, dándole la razón.
Natalia las escuchó atentamente, y tragó saliva. Le encantaría decir que sí. Pero no se esperaba que eso sucediera en la realidad. Estaba bastante atónita.
Las otras dos se miraron, un poco incómodas.
—Nadie te obliga si no... —comenzó Michelle, apenada.
—Sí—la cortó la rubia, con la voz un poco ronca.
El rostro de las otras dos se iluminó. La más pequeña aplaudió, y comenzó a hacer planes para una pijamada.
Aquél día, Natalia regresó a su casa con un pantalón roto y sucio, una bandita de Garfield en la rodilla, y planes para el fin de semana.
Un buen día.
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A partir de ahí, sintió que su vida mejoraba enormemente. En la escuela no pasaban tanto tiempo juntas, así que nadie habría asegurado que eran amigas. Pero lo cierto era que sí. Y fue lo mejor que le había ocurrido en mucho tiempo. Había olvidado esa sensación de tener a alguien ahí para ella, además de su familia.
Aunque había algo que no cambiaba: como Feliks la trataba.
Decidió esperar, y ver cómo se comportaba con ella luego de las vacaciones de veranos. Tendría mucho tiempo para pensar. Tal vez se daba cuenta de que todo era una estupidez, y podrían comenzar de nuevo.
Se lo contó a las chicas un día muy caluroso en el que estaban bebiendo limonada en la casa de Gisèle.
—Vaya—soltó Michelle—Después de cómo se pelean, es muy lindo de tu parte querer empezar de nuevo.
—¿Por qué tanto interés en eso, de todas formas? —inquirió Gisèle.
La bielorrusa le había dirigido una mirada muy seria. Más le valía que no comenzara a hacerle preguntas raras sobre Feliks. Porque ella tenía preguntas muy raras para hacerlo también, pero sobre la chica que estaba sentada entre ellas.
—Feliks es una persona interesante. O eso creo—añadió Natalia, ya que no estaba tan segura de eso.
—Es... una forma amable de decirlo—opinó Gisèle.
—¿Natalia? ¿Te gustaba Feliks? —interrumpió la seychellense.
La rubia la observó, bastante seria.
—¿Gustar?
—Es la primera vez que dices que alguno de los chicos de la clase es interesante.
—... No lo decía en ese sentido—aclaró, y bebió el resto del contenido de su vaso. Observó con atención los hielos en el fondo, y suspiró, revelando la verdad—Aunque es cierto que es el chico más lindo de la clase.
Gisèle la observó con la boca abierta, quitándose los anteojos para revelar su expresión atónita. Michelle, por su parte, se puso de pie muy emocionada.
—¡Oh Dios mío! —exclamó la seychellense—¿¡Es así, Nat!? ¡Nunca me lo habría imaginado!
Natalia suspiró. Tenía ganas de contárselo a alguien, pero no lo hacía precisamente por esas reacciones.
—¿Y tú, Michelle? ¿Quién crees que es el chico más lindo? —preguntó la bielorrusa, intentando desviar el tema de su persona.
La aludida dudó, mucho tiempo.
—No puedo decidirme—sentenció, tapándose la cara—Todos son muy distintos. ¿Qué hay de ti, Gisè?
Ésta última se encogió de hombros.
—Ninguno merece la pena. Pero volviendo a Natalia... —la nombrada maldijo para sus adentros—Espero que Feliks te trate mejor después de las vacaciones.
—Ya dije que no me gustaba... —se defendió ella.
—No lo digo por eso. Te tiene que tratar mejor, porque si no se trata del peor compañero del mundo. Estamos tratando de ser una clase unida—explicó Gisèle—Pero si algún día necesitas ayuda para conquistarlo... —Michelle asentía con la cabeza a lo que la mayor decía, pero Natalia se negaba.
No quería conquistar a Feliks. Con que la tratara mejor era suficiente.
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Desgraciadamente, eso no fue así cuando las clases comenzaron nuevamente.
Obviamente, su segundo año en aquél lugar pintaba mucho mejor ahora que tenía amigas de su lado. Pero el detalle de que el polaco buscara siempre pelea con ella, le arruinaba un poco los días.
Al poco tiempo, se dio cuenta que algo cambió. Pero no sabía si era malo o bueno.
Feliks y Toris ya no se juntaban. Eso le entristecía, porque ambos parecían buenos amigos. Aunque al menos no tendría al polaco mirándola mal tan de cerca.
Al contrario, ahora lo tenía mirándola todavía peor. Pero de lejos.
No tenía ni idea de que había sucedido entre esos dos. El lituano no parecía querer decirle nada, ni siquiera que gustara de ella ayudaba a eso.
Por suerte, Feliks tenía su grupo ruidoso de amigos, en el cual integró a Nikolai, el chico nuevo. Era una lástima, allá iba otro potencial amigo a terreno prohibido. Encima parecía una persona inteligente.
El único momento durante el cual se permitió tener esperanzas de que todo cambiaría, fue durante la primer fiesta que Jack realizó en el año escolar.
Sus amigas no podían asistir por compromisos de distinto tipo, pero aún así fueron a su casa para ayudarla a prepararse. No era que Natalia tuviera interés en llamar demasiado la atención, pero era divertido. Más el hacerlo en grupo.
Después de dos horas de discusión, las dos le ganaron, y terminó poniéndose una falda negra. Aunque arriba se puso una de las blusas con menos escote que tenía. Bastante estaba mostrando ya.
—¡Estás hermosa! ¡Déjame maquillarte un poco~!—pidió Michelle.
También tuvo que ceder a eso.
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Todo iba bastante bien. Por suerte su grupo de ¿amigos? bálticos estaba allí, así que no se quedó mucho tiempo sola. Hasta que se retiraron temprano. No se enteró, porque estaba concentrada en su celular y ellos no le avisaron.
Decidió seguir su ejemplo, pero desgraciadamente, un grupo de imbéciles la había acorralado.
—¿Cómo te llamas, preciosidad? —inquirió uno de ellos. El rubio alto y flacucho.
No respondió. Intentó esquivarlo, pero el rubio robusto y bajito le bloqueó el paso.
—¿Tímida?
—Fuera de mi vista—gruñó, y se dio media vuelta, pero estaba acorralada contra la pared. Sintió como el tercero de ellos, el rubio alto y flacucho número dos, reía.
Eso la enojó mucho. Apretó los puños, clavándose las uñas que Gisèle le había pintado.
—Váyanse. O déjenme ir—gruñó, enojada—Es la última vez que se los digo.
—Qué encantadora. Me encantan las chicas difíciles—dijo el rubio flacucho número uno.
Se arrepentía de haber puesto un pie en aquél lugar. Debería haber permanecido en su casa. ¿Cómo pretendía la sociedad que aguantara las ganas de empujar a semejante escoria por la ventana?
—Esto no se trata de ser difícil ni nada. Me están molestando—sentenció la chica, apretando los dientes—Y me importa una mierda lo que te guste o no. Déjame ir.
—¿Con esa boquita dices "mamá"?—comentó el rubio bajo.
Se congeló cuando escuchó eso. No era gracioso. No estaba bueno. Ojalá pudiera volver a decirle mamá. Sintió un nudo en la garganta. Hacía diez años que no lo decía, porque hacía diez años que su madre ya no estaba con ella y sus hermanos. Porque directamente ya no vivía.
Sabía que la intención de aquella frase era con tinte burlón, pero la hirió bastante. Y le dio miedo en aquél momento. Se sintió muy desprotegida. Quería estar en su casa de niña y con su madre viva. O en su casa con Katerina e Iván. En cualquier lado, excepto a mereced de esos tipos horribles.
—Tal vez te pueda hacer decir otra cosa~—continuó el que había dicho aquello. Tal vez hasta se habían dado cuenta de que ella se sentía sin fuerzas.
—Y yo te voy a hacer decir el nombre de tu mamá entre lloriqueos, pedazo de mierda—interrumpió alguien.
Antes de ver quién era, vio que el rubio alto número dos desaparecía de su vista. Porque se dirigía al suelo. Y se dio un golpe que sonó a victoria.
Ante el hueco que dejó la desaparición de esa silueta, distinguió a Feliks, con su vaso en la mano y el rostro enojado con el que siempre la miraba. No, tal vez mostraba más enojo de lo usual.
—¿Q-qué? —interrogó el rubio caído—¿Qué mierda haces? ¿O acaso la pinta de gay es una fachada y quieres a la belleza para ti?
—Qué desagradable—interrumpió Natalia, enojada—Deja de hablar como si yo fuera una cosa—apartó de un empujón a uno de los otros chicos que seguía a su lado, y se alejó de ellos.
Lo más lejos posible. Sintió que alguno la llamaba, pero no quería saber nada más. Aunque se detuvo.
Estaba dejando a Feliks a solas con esos idiotas.
Podría haber seguido, y cobrarse su venganza por lo mal que la había tratado. Pero no estaba bien. Después de todo, él se metió en el problema para sacarla de ahí. Se lo debía.
—¿Quién te crees qué eres? —llegó a escuchar que le espetaba el chico que había caído al suelo, mientras se ponía de pie torpemente—¿Quién te conoce? Pareces travesti. Me dijeron que el dueño de la casa era cool.
—Precisamente es cool porque me conoce—se pavoneó Feliks, atándose el pelo. Su mirada lucía bastante amenazante, a pesar del alcohol y su apariencia delicada—Ahora, me decepciona ver gentuza como ustedes aquí. Eso sí que no es nada cool.
—¿Crees que un afeminado puede con nosotros tres?
Natalia lo dudaba. Tal vez físicamente, no. Pero si se trataba de persistencia... bueno, Feliks aguantaría hasta el final.
—Creo, no, estoy seguro—se mofó el polaco—Y honestamente, dudo que todos ustedes juntos lleguen siquiera a uno solo...
Escuchó el ruido de una puerta abrirse, y vio a Jack y Yong Soo salir de ahí. No quería saber que estarían haciendo. Aunque sus rostros no indicaban que nada "feliz" hubiera ocurrido ahí.
—¿Qué está pasando? —preguntó el australiano.
—Alguien te trajo un par de fuckbois—explicó Feliks, poniéndose las manos en la cintura—Recomiendo que fumigues la casa antes de que se reproduzcan.
Natalia reprimió una sonrisa. Le gustaba el humor de aquél chico. Lástima que sus insultos creativos iban casi siempre dirigidos a ella.
—No tengo idea de quiénes son—sentenció Jack, muy serio—¿Los estaban molestando?
—Estaban acosando a Natalia como unas larvas rastreras—continuó el polaco. Vaya, sí se había dado cuenta de que la estaban molestando a ella. Tal vez sólo quería buscar problemas por estar borracho. Pero definitivamente se había percatado de que estaba en apuros.
—Les pido que se vayan—sentenció Jack, cruzándose de brazos. Le agradaba que ese australiano ruidoso pudiera imponer respeto si la situación lo ameritaba—Lo siento. Averiguaré quién los invitó—se disculpó luego de que los idiotas se fueran, suspirando, y puso una mano en el hombro de Feliks—¿Estás bien? ¿Y tú Natalia?
Ambos asintieron. Pero ella se retiró al instante. Estaba sumamente agradecida con ellos, pero no quería estar más tiempo allí.
Aunque tampoco se sentía con fuerzas de regresar a casa. Su hermana estaría despierta y vería que no se encontraba bien. No quería preocuparla.
Corrió a aislarse un poco en el escondido baño de arriba. Probablemente nadie iría a molestarla.
Así podría controlarse un poco, en paz, para llegar a su casa de una pieza.
Las ganas de llorar la amenazaban. Por un lado, no quería soltar las lágrimas, porque alguien podría entrar en cualquier momento.
Pero se permitió dejar salir algunas.
Un ruido sordo la sobresaltó enormemente, haciendo que incluso la tristeza se le vaya. A causa de la sorpresa que sintió.
—Uh, mierda—dijo la voz de Feliks. La puerta se cerró detrás de sí.
¿En serio? ¿De todas las personas tenía que ser él?
—¿¡Es que no tocas antes de entrar!? ¡Idiota! —exclamó, secándose las lágrimas rápidamente. El polaco era la última persona que deseaba que la viera llorar.
—¿Te estabas masturbando? —le soltó él, y eso la dejó todavía más pasmada. ¿Qué pasaba en la mente de aquél ser humano?
—Tarado—suspiró, sin energías para negarlo. Aunque casi prefería que se hubiera tratado de eso.
Pensándolo mejor, no. Sería un escándalo mayor. Preocuparía mucho más a su hermana. Mejor ser invisible, al fin y al cabo. Volvió a refregarse la cara, porque Feliks la miraba extraño, y creyó que sospechaba algo.
—Lo siento—se rió nerviosamente el polaco. Era raro que no la tratara mal. Tal vez era el alcohol. O tal vez lo que había ocurrido minutos atrás—¿Quieres un poco? —ofreció.
—No—contestó ella, poniéndose de pie. No quería ni acercarse a ese vaso baboseado con alcohol destilado. Le recordaba al aliento de los estúpidos de antes—Déjame pasar—quiso pedirlo amablemente, pero le salió muy cortante.
Lo siguiente sucedió rápidamente. En un altercado para poder salir de la pequeña habitación, vio como el rubio se ponía pálido. Y verde. Iba a vomitar. Se apartó rápidamente, y sintió una de las manos de Feliks tocarle un pecho. Quiso decirle algo, pero al instante sintió las arcadas y el sonido del líquido cayendo.
Quiso sujetarle el pelo mientras vomitaba, o al menos decirle algo, pero no pudo. Además, la situación bastante más asquerosa de lo normal. Pero tenía que devolverle el favor con lo de antes. Se había comportado excepcionalmente bien con ella aquella noche.
Tal vez soñar con Feliks tratándola con la cortesía de un ser humano estándar no era un sueño tan descabellado después de todo.
—Voy a buscar a Paulo—le dijo, aunque dudó que el polaco entendiera algo. Parecía ido.
Bajó las escaleras rápidamente. Algunas personas la trataron de borracha, porque casi se tropezó, pero llegó sana y salva a dónde el portugués bebía con los de su grupo. Cian estaba bailando estúpidamente, y Stefan conversaba con el chico nuevo y su objetivo. Aunque parecía prestarle mucha más atención al búlgaro que a Paulo.
Le tocó el hombro al portugués. Éste se dio vuelta, y se sobresaltó al ver que era ella.
—Lo siento—se disculpó—Pero Feliks está borracho en el baño de arriba, vomitando. Creí que avisarte a ti sería buena idea.
—Creíste bien—contestó el portugués, aunque no parecía sorprendido por el hecho de que Feliks estuviera borracho vomitando. Tal vez lo que lo sorprendía era que ella le dirigiera la palabra. Para hablarle de Feliks. Para hablarle preocupada de Feliks, mejor dicho—Gracias por avisarme.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó, con un poco de dudas.
—No. Además, supongo que ya te vas—Natalia llevaba su abrigo y cartera en la mano. Probablemente por eso lo dedujo. Pero no tenía que irse si necesitaban su ayuda—Ya me encargo yo.
Ella asintió con la cabeza. Paulo le sonrió amablemente. Y lamentó que también fuera amigo de Feliks, porque le caía bien. Parecía maduro para su edad.
Pero claro, no tenía caso. Los amigos del polaco eran terreno prohibido para futuras amistades. Lo tenía más que claro.
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El lunes llegó a la escuela sintiéndose un poco más animada que de costumbre. Creyó que podría tener una conversación normal con Feliks. La conversación en el baño había sido probablemente lo que más se le acercaba a eso.
Sus esperanzas se derrumbaron nuevamente. El polaco la miraba con el mismo enfado de siempre.
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Los siguientes meses, intentó mentalizarse. Se concentraría en otras cosas. Las cosas con Feliks jamás cambiarían. Tal vez tendría que buscar amistades con gente de otras clases, aunque era difícil. O darle oportunidad a la gente idiota de su clase (como Jack), lo cual parecía todavía más difícil.
Por eso se decidió para ir a la fiesta de Jack de año nuevo: para ver si conocía a alguien más. Se habría quedado en casa con su hermana e Iván que estaba de visita, pero ambos la convencieron de ir.
Y no se arrepentía. No había hablado con demasiada gente, pero la estaba pasando bien. Además, tenía a Michelle y a Gisèle cerca por si ocurría algo similar a la última vez.
Todo estaba bien. Se sentía tranquila. Sería un buen año. Los fuegos artificiales eran bonitos. Hablaba con sus hermanos por teléfono en ruso. Tendría nuevos amigos. Todo iría bien.
Hasta que vio que Feliks se acercaba a ella.
—Perdón, hermano, tengo que cortar—dijo ella, despidiéndose apresuradamente de Iván.
Se volvió hacia él. Esta vez no tendría paciencia. No tenía ningún derecho de fastidiarle los primeros segundos de un nuevo año.
—No tengo ganas de comenzar el año con tus tonterías, la verdad... —dijo. Tenía ganas de agregar mucho más. Muchísimo más.
Que la tenía completamente harta. Que era injusto llevar más de un año aguantando sus estupideces. Que él empezó. Que la dejara en paz por el resto de la secundaria.
Feliks la tomó por la chaqueta. Sintió un frío recorrerle el cuerpo. Sus peleas nunca pasaron a lo físico. Se defendería, pero sospechaba que el chico era más fuerte de lo que parecía. Si tenía mala suerte, sería más fuerte que ella. Lo suficiente como para hacerla pasar un mal rato.
Vio que su rostro se acercaba. No sabía si gritar, patearlo, intentar escapar. Estaba paralizada. A pesar de que la agarraba fuertemente, no notaba ansias de pelea en el otro. ¿Qué estaba sucediendo?
Lo odió un poco más. Tenía que defenderse. Estaba a punto de hacerlo, hasta que vio que Feliks sonreía. Una sonrisa sincera. Sin malicia alguna.
Antes de que pudiera hacer nada más, sintió algo suave sobre sus labios. Sus sentidos se abrumaron con el olor y sabor de la combinación cigarrillos-alcohol. Abrió enormemente los ojos, pero el otro se apartó rápidamente. Algo le decía que había durado muy poco. Pero le pareció que fue mucho más.
Su mente intentaba de comprender que Feliks Łukasiewicz la acababa de besar. Casi lo lograba. El grito de Michelle le había ayudado a volver en sí. Pero el nombrado volvió a sonreírle, como si nunca hubieran intercambiado palabras horribles entre ellos.
—Lo siento, preciosa, pero tenía que hacerlo—le dijo. Hasta le sorprendía que la llamara así—Feliz año nuevo.
A la mierda el año nuevo. Primero la golpeó el enojo, pero luego la vergüenza. ¿¡Cómo se atrevía a hacer eso frente a toda esa gente!? ¿¡Cómo se atrevía a besarla después de como se trataban!? No tenía sentido. No entendía. Se sentía mal. Invadida. Jamás había consentido eso. Al menos un golpe lo podía devolver, ¿pero esto?
Se apartó por inercia. Lo más rápido que pudo, recogió sus cosa y se fue.
Le hubiera gustado despedirse de sus amigos. Pero no podía. Lo único que salía de su boca eran insultos hirientes hacia el polaco. Ni siquiera sabía en qué idioma los estaba diciendo. ¿Importaba algo? Sentía la necesidad de alejarse de allí casi tanto como el día de la última fiesta a la que había asistido.
Caminó muy rápido. No sabía cuántas calles había transitado a toda velocidad, hasta que tuvo que detenerse a tomar aire. Se percató de que estaba caminando por la calle, sola. Era una fecha especial, pero eso no la eximía de algunos peligros que una solía correr por ser mujer y transitar sola de noche.
Quiso llamar a un taxi, pero naturalmente nadie se trasladaba en ese horario. Apenas había pasado la media noche. Todos estaban en sus hogares festejando. No había ómnibus. Tampoco quería llamar a sus hermanos: los preocuparía más, y además habían tomado alcohol.
Discó el 911 en su teléfono, sólo por si acaso, y decidió caminar rápidamente hacia su casa. Sería un largo camino. Pero podía hacerlo. Al menos el tiempo necesario hasta que pudiera llegar a su hogar.
Sintió unos pasos fuertes, y el corazón le comenzó a latir aceleradamente. Era más de una persona. Ya estaba desbloqueando el celular para llamar, pero escuchó una voz familiar gritar a todo pulmón.
—¡Natalia! —gritaba Gisèle—¡Espera un poco, mujer!
Respiró hondo. No estaba lista para enfrentar a nadie conocido, pero si tenía que decidirse por alguien, obviamente se decidiría por ella y Michelle, que intentaba alcanzarla.
—Nat—comenzó la malgache—Sé que quieres estar sola, pero no es buena idea. No tienes por qué hablar de lo que sea que haya ocurrido. Pero al menos déjanos acompañarte un rato.
Natalia asintió. Estaba bien con eso. Quería pensar. No quería hablar con nadie. Le dio un efusivo abrazo a Gisèle, intentando expresar el agradecimiento que sentía. Michelle llegó a tiempo para unírseles.
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Sus amigas conversaban amenamente entre ellas, lo que le daba tiempo de pensar un poco antes de llegar a su casa.
No sabía por dónde empezar. Sentía muchas cosas, pero la mayoría no eran buenas. Tenía que poner sus ideas en orden.
Hechos, primero que nada. Feliks la había besado. Había sido su primer beso y había sido horrible. Enfrente de mucha gente. No le pidió permiso. Le sonrió de forma divina y le dijo preciosa y le deseó feliz año. Pero no fue un feliz año.
Tal vez si la hubiera besado en cualquier otra circunstancia no le habría molestado tanto. Definitivamente, lo peor fue el público y la falta de permiso por parte de ella. Había sido una estupidez, pensándolo objetivamente, pero no cambiaba que fuera su espacio personal el que fue invadido. No lo toleraba fácilmente.
¿Y por qué rayos? Si quería llevar a un nuevo nivel lo de hacerle la vida imposible, entonces lo había logrado. Jamás lo habría visto venir.
Más allá de lo que pensaran, ¿qué pasaría a partir de ahora? Eso no podía quedar así. Aunque nadie hubiera sido testigo, no podía quedar así. Ella no haría como que nada ocurrió. Fue muy personal. Demasiado. Feliks tampoco podría hacerse el idiota. Estaba seguro de que Toris no estaría feliz. Ellos eran amigos, el polaco debía ser consciente de los sentimientos del lituano.
Miró su celular, para ver si había algún tipo de mensaje que la ayudara a decidirse. Lo único que vio fue que Yong Soo subió una foto del preciso instante en que el rubio la besó.
Dejando aparte la pregunta de cómo rayos había logrado tal toma (había que reconocerlo), se extrañó. Feliks parecía muy natural. No parecía nada fingido ni demasiado premeditado (excepto la decisión con la que se había desenvuelto). Ella daba un poco de miedo. Tenía el ceño fruncido y se notaba el enojo en sus ojos. Entendía por qué cierta gente la evitaba.
Era increíble contemplar eso. Ahí estaba la prueba de que fue real. Que Feliks, por alguna razón, la besó y con ganas.
Definitivamente, no lo dejaría pasar. Se las vería con ella cuando se reanudaran las clases. No tenía derecho a aquello. Le debía una explicación más grande que su ego.
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Tuvo que juntar demasiadas energías para asistir a la escuela aquél día. A pesar de su decisión inicial, su motivación fue descendiendo a medida que las vacaciones de invierno terminaban.
Pero lo hizo. Se las arregló para aparecerse ahí, ignorando las miradas. También creyó que su amenaza le salió bastante decente. Aunque la respuesta despreocupada del polaco la hizo dudar un poco.
Fue la espera hasta la hora del almuerzo más larga de su vida. Intentó concentrarse en las clases, pero no lo lograba. Demasiada expectativa. Los sentimientos de indignación y sorpresa de aquella noche volvían a despertar en ella.
Todo el mundo pareció dejar el salón rápidamente, aunque algunos curiosos parecieron dudar. Ella los fulminó con la mirada.
Feliks se le acercó con parsimonia.
—¿Seguro quieres hablar aquí? ¿No quieres ir afuera, o algo un poco mejor que este pedazo de cárcel? —preguntó el rubio, como si nada hubiera sucedido jamás.
Natalia negó con la cabeza. No quería que se escabullera.
—Como prefieras, rubia—bostezó. Ninguno dijo nada, entonces perdió la paciencia.
—Comienza a explicarte. ¿Qué mierda pasó en la fiesta de Jack?
El polaco parecía sorprendido de escucharla maldecir, y pestañeó, confundido, pero le respondió.
—Oh, muchas cosas. Me enojé con mis amigos con mis dramas mentales, me enteré de algunas cosas... lo de siempre—ella esperó pacientemente—También me fumé un cigarro, que hace tiempo no hacía. Quebré mi récord.
La bielorrusa frunció el ceño.
—Y me besaste—agregó.
—Y te besé—recordó el rubio, sonriendo pícaramente—Qué bueno que lo notaras.
Tuvo que aguantar el impulso de golpearlo.
—Claro que lo noté, imbécil. Es mi cuerpo—dijo entre dientes, conteniéndose.
—Sí, como que sería raro que no lo hicieras—continuó él, como si no fuera la gran cosa.
Natalia cerró los ojos, contando mentalmente hasta diez. Lo logró. La conversación no estaba yendo a ningún lado y eso la ponía nerviosa. Sintió un deja-vú. No sería el primer intento de conversación fallida con Feliks.
Esta vez no lo dejaría ir. La última vez la ignoró sin darle mayores explicaciones. No caería en lo mismo.
—¿Por qué? —preguntó ella, recostándose contra el pizarrón—¿Por qué me besaste?
—Porque quería. Es un poco obvio el hecho de que no hago las cosas que no me gustan...
—¿Fue una de tus técnicas para arruinarme la vida?
—¿Qué te hace pensar eso?
—Porque te salió bien.
—Mira, sé que nunca fui la mejor persona contigo. Y no espero que un simple perdón lo borre. No soy tan idiota. Pero... ¿por qué te lo tomas tan en serio? —preguntó, un poco preocupado—No es normal. Objetivamente, sólo fue un beso.
—Tal vez para ti. Fue mi primer beso, estúpido—soltó ella, mordiéndose el labio.
Feliks abrió sus ojos verdes enormemente. Fue una de las pocas veces en las que Natalia lo vio sorprenderse de verdad.
—¿En... serio? —balbuceó, tapándose la boca con la mano—Oh... oh, no. No sabía. No tenía ni puta idea. Me tienes que estar jodiendo.
—No sé por qué se te hace tan difícil entenderlo.
—Porque... —Feliks movió las manos, mirándola de arriba a abajo—Inconcebible.
—Inconcebible es que tú me hayas besado. ¿Por qué lo hiciste? —insistió.
El polaco suspiró, un poco sonrojado.
—Ni yo estaba muy seguro hasta momentos antes de hacerlo. Pero no es por las razones que tú crees. No quería fastidiarte.
—Igualmente lo hiciste.
—Supongo que eso se debe al tipo de relación horrible que llevamos—al menos lo reconocía—Lo siento. Me disculpo por... no haber preguntado antes.
—Entonces, ¿por qué? —se le volvía a agotar la paciencia. ¿Y por qué sólo se disculpaba por eso?
Feliks comenzó a dar vueltas por el salón, lo que no hizo más que acrecentar el nerviosismo de la chica. Se mordía los labios, y se despeinó un poco el cabello. Insólito.
—Supongo que tengo que decirlo tarde o temprano—soltó finalmente él, colocándose nuevamente frente a ella—Yo... antes me gustaba Toris. Un poco. Pero me auto convencía de que estaba realmente enamorado de él.
Eso aclaraba algunas cosas. No lo principal, pero al menos algunos cabos podían atarse. Eso consiguió apaciguar un poco los nervios de Natalia. Era un buen comienzo para obtener todas las respuestas. Veía esperanzas.
Aunque le rechinaba un poco eso. ¿Por qué alguien tenía que convencerse a sí mismo de algo como el amor? Lo sientes o no lo sientes.
—Pero Toris, como ya debes saber porque eres una chica lista, te quiere a ti.
—¿Por eso me odias? ¿Fue el beso una venganza contra Toris?
—No exactamente. Por eso me la agarré contigo, es verdad. Pero no fue esa la causa por la que te besé. Al menos, no directamente—Feliks parecía nuevamente nervioso—Me di cuenta de que en algún momento dejé de tener esos sentimientos por Toris... si es que en algún momento existieron realmente...
—¿Por qué seguiste tratándome así?
—Costumbre, supongo. Y por qué llegó un momento en el que pensaba más en cómo me fastidiabas tú que en cómo me gustaba Toris.
Natalia comenzó a sospechar cosas que no quería.
—Eso... eso sólo indica que tus sentimientos por Toris no eran tan fuertes como creías—opinó ella.
—Puede que tengas razón. Pero no es lo único. Seguí pensando que era sólo cuestión de costumbre el pelearme contigo—continuó él—Y me di cuenta esa noche. Antes de besarte.
Sabía lo que iba a decir. No quería escucharlo.
—No tiene sentido—soltó, antes de que el otro lo dijera.
—Lo sé. Por eso no quería aceptarlo. Yo también soy un ser racional, ¿sabes? —suspiró él—Y entiendo que tú no quieras aceptarlo, pero es la pura verdad. En algún momento, la persona que comenzó a ser el centro de mi vida fuiste tú...
—Eso no tiene nada que ver con que yo te guste o algo así—lo cortó.
—Bien, yo acepto que no tengo derecho a besarte, mucho menos después de cómo te he tratado. Pero tú tampoco puedes cuestionar cómo me siento. Son mis sentimientos y yo juzgo como los interpreto.
—Sigue sin tener sentido, Dios. ¿Por qué yo?
—Eso me gustaría saber—esbozó una sonrisa irónica—Pero es así. Te besé para convencerme, en parte. Y sentí que fue la mejor decisión de mi vida. Aunque parece que hice más daño en realidad.
Natalia negaba con la cabeza. Tenía ganas de llorar.
—¿No escuchaste todas las historias en las cuáles la gente va de enemigos a amantes? No es tan extraño... —bromeó él.
—Claro que las vi. ¡Pero entre medio hay otras cosas! ¡No es tan abrupto! —exclamó la bielorrusa.
Feliks la miró a los ojos, y ella sintió que esa mirada quería decirle algo que ella no quería entender.
—Entonces, déjame intentar que sucedan esas cosas.
Esa frase la dejó sin palabras. Parecía decirlo en serio. ¿Por qué? ¿Por qué todo eso? Era tan surreal.
—¿En serio crees que puedes hacer eso? Feliks, llevamos tratándonos como mierda desde que nos conocimos. No puedes hacer como que nada ocurrió—espetó.
—Lo sé, Natalia. Por eso sé que es difícil. Y no voy a intentar disculparme. No va a cambiar nada, como dije antes—le tomó la mano, pero ella se apartó rápidamente—Si yo fuera tú, no me perdonaría.
—Entonces, ¿¡qué quieres!? —se desesperó.
—Lo que cualquier persona con un cerebro y alguien que le gusta desearía. Estar con esa persona, naturalmente—declaró Feliks—Pero no puedo aspirar a tanto, dado que desde el principio arruiné toda posibilidad de eso.
—Bueno... yo tampoco ayudé demasiado—reconoció ella. Sólo porque el otro estaba siendo honesto.
—Reaccionaste defendiéndote, y aunque no es ejemplo de Madre Teresa de Calcuta, es algo perfectamente normal para un ser humano.
Natalia respiró hondo, intentando calmarse. No sabía que pensar. No estaba preparada para eso. Todavía no podía asimilar la idea. Todo era una mala broma del polaco, ¿no?
—Sé que parece que te esté tomando el pelo, pero no es así. Soy un exagerado y te traté muy mal. Tengo todas las razones en contra para que no salgas conmigo y ninguna a favor. Excepto que soy guapo, claro—añadió, pero inmediatamente volvió a la seriedad de antes—Pero todas las razones por las que creí que Toris era ideal para mí las veo en ti. Eres guapa, tal vez la chica más hermosa que vi en la vida; muy fuerte, inteligente, honesta. Y estoy segura de que debes tener mucha paciencia y hasta cierto grado de amabilidad. Bien, tal vez no seas el ser más simpático y alegre del mundo, pero creo que es porque nadie se toma el trabajo de conocerte—hizo una pausa—Aunque no puedo hablar. Porque yo tampoco lo hice.
Eso caló hondo en Natalia. Sintió que sus mejillas se ponían rojas. Podía aceptar los sentimientos de Feliks. Pero no estaba de acuerdo con eso. Un gesto lindo comparado a toda la porquería de antes. Si fuera una de esas personas que se divertía teniendo problemas, tal vez olvidaría todo, pero no era así. No disfrutaba de las discusiones mezquinas y peleas.
—¿Qué hacemos? —preguntó ella, en un hilo de voz—No sé qué decirte. Ya lo sabes. Yo no tuve esa transformación de sentimientos que tuviste.
—No espero que tengas una respuesta—coincidió Feliks—Pero yo tengo una propuesta.
No le agradaba eso, pero accedió a escucharlo.
—Empecemos otra vez—pidió él.
—Sabes que no podemos borrar nada.
—No espero eso. Pero al menos poner un punto final y continuar. Piénsalo, Natalia.
Era lo que llevaba esperando casi desde el principio. Entonces, ¿por qué dudaba en aceptarlo de buena gana?
Probablemente por saber los verdaderos sentimientos y razones del rubio. Y haber decidido para sus adentros de que esa posibilidad estaba descartada.
—No tienes que preocuparte por los demás—continuó él, como si eso fuera un problema para ella. Lo era, pero no en gran medida—Si quieres no nos hablamos en clase. No tengo ningún problema. Pero hablemos afuera. Vayamos a lugares lindos. Conozcámonos. Mandémonos imágenes por Whatsapp que nos hagan recordar al otro. Pasémosla bien. Juntos.
Natalia no sabía qué hacer. Era una oferta tentadora. Pero a una parte de ella le costaba confiar en Feliks. O sólo confiar en alguien que le ofrecía lo que más quería. Ni siquiera explicitó que debía haber romance de por medio. No estaba obligada a hacer nada más que... disfrutar.
—¿Natalia? —preguntó, sacándola de su ensoñación—¿Qué opinas?
—Feliks... —murmuró—Todo lo que dices, ¿va en serio?
—Va en serio—aseguró, asintiendo rápidamente.
La bielorrusa se mordió el labio nerviosa.
—Más te vale. Porque si no lo es... vas a pasarla peor que... —hizo una pausa, buscando algo malo—Pero de lo que los dos la hemos pasado estos últimos años.
Feliks parpadeó un par de veces, intentando seguirla.
—¿Vas a...? —comenzó, y ella asintió.
—Dame un tiempo. Pero quiero confiar en ti—zanjó ella—No me decepciones, por favor.
Él sonrió de oreja a oreja, casi tanto como la noche en que la besó por primera vez.
—Te lo prometo, Nat—aseguró, tomándola nuevamente de la mano.
Esta vez, ella no se apartó.
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Ufff, esto fue largo. Gracias por leer! En unos días continuamos con el RoBul ;) besitos
