Capítulo 24
Trapitos y cía. (¡Sorpresa!)
Cuando ese sábado, Nikolai se dio cuenta de que se despertó con un fuerte dolor de garganta, quiso maldecir. Llevaba bastante tiempo sin salir con sus amigos, lo único que le faltaba era enfermarse. Además, el lunes era su cumpleaños, por lo que quería disfrutar al máximo esa noche.
Bueno, no era tan malo. Se tomaría algo e intentaría no pasar frío, aunque el verano se acercaba. Era raro que le doliera así. Probablemente se debiera al cambio de estación.
Cuando bajó a desayunar y escuchó a su madre quejarse de un virus que su padre se había contagiado, Nikolai quiso llorar. No literalmente, pero sí maldijo en voz baja.
—Hermano, cuando decimos la palabra con "p", la maestra nos deja salir sólo a la mitad de la pausa—lo interrumpió su hermano con un tono de voz muy serio.
—Estoy enfermo. Tengo derecho a enojarme—contestó el rubio, e inmediatamente se arrepintió. Su hermano, obviamente con las mejores intenciones del mundo, se lo contaría a su madre.
Y ahí le pondrían pegas para salir. ¡No podía suceder! Tenía demasiadas ganas de encontrarse con los demás fuera de la escuela. Sobre todo con Stefan, ¿a quién iba a engañar?
—¡Mamá! —gritó Andrei, listo para "ayudarlo". Nikolai le cubrió la boca.
—¿Qué sucede? —preguntó la mujer.
—¡Nada! —se apresuró a añadir Nikolai—¡Lo estaba molestando!
—¿Acaso no estás grande para eso? Por favor, es lo que me faltaba...
—¡Lo lamento! —se disculpó, y arrastró a su hermano hacia la habitación de éste—Escucha, Andrei, olvida lo que dije. Estoy enfermo pero debo hacer algo importante hoy, así que no puedo estar enfermo. Estaré enfermo mañana.
—Estás loco—soltó el niño, haciendo una mueca—¿Por qué quieres estar enfermo mañana?
—No es que quiera... será así.
—¿¡Hermano, ves el futuro!?
—¡Claro que no!
—¡Pero sabrás que estarás enfermo!
—Es porque soy mayor y ya conozco los síntomas.
—¿Me pueden decir mi futuro?
—Ay, Andrei...
—¿Me va a dejar de molestar la chica de la escuela que pinta y tiene cejas grandes?
—Andrei, si te molestan en la escuela...
—¡Se me tira encima a abrazarme, es peor que la vecina Adelita!
—Entonces no creo que te moleste con malas intenciones precisamente—Nikolai rodó los ojos—Tal vez le gustas.
—Me molesta igual.
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El joven rumano consideró un logro el poder escabullirse de su casa sin que su madre se diera cuenta de que estaba enfermo. Parecía imposible. Además fue con una camiseta de manga larga, por lo que su madre estaba contenta de no tener que recordarle que llevara un abrigo. Creyó que ese hecho lo haría parecer más sospechoso todavía, pero al parecer su suerte había cambiado a esa altura del día.
Como siempre, se encontró con Cian luego de un par de calles.
—Eh, Nikolai, ¿emocionado?
—¿Por qué debería estar emocionado? —preguntó el aludido.
—Oh... nada—parecía haber metido la pata.
—¿Qué pasa? Ahora habla.
—Nada. Nada—repitió, caminando rápido para intentar dejar atrás al rumano.
—¿Es broma? ¿Qué estás tramando?
—No estoy tramando nada, hombre.
—¿A qué te referías entonces? No me esquives, Cian.
—¡Ok, te lo diré! Pero no me pegues—pidió, un poco enojado consigo mismo por haber metido la pata—Lo decía porque en unos días es tu cumpleaños, ¿no?
—Ah, ¿era eso? —Nikolai no estaba muy convencido, pero al irlandés le salió bastante natural aquella respuesta. No parecía preocupado, y así lucía cuando mentía. Pero al mismo tiempo, notó cierta ansiedad en su amigo. Decidió confiar en él—La verdad es que no mucho. Cae un lunes, así que no creo que pueda festejar mucho. Tal vez mi madre me haga mi comida favorita o me den algún regalo. Y todos están bastante ocupados como para hacer algo luego de la escuela...
—Oh, haremos algo. ¡Es tu cumpleaños! —se alegró Cian.
—Supongo. Pero decidí aprovechar y disfrutar hoy, que estaremos todos.
—Eso, es muy sabio de tu parte—el irlandés le sonrió de oreja a oreja, y ambos doblaron a la derecha para tomar la calle que llevaba al bar Van Houten Broeders.
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Cuando se acercaron a la fachada del lugar, Cian parecía más emocionado y ansioso que nunca, así que Nikolai comenzó a sospechar. Y sospechó más cuándo vio un par de bicicletas que le sonaban de la escuela, pero no eran exactamente pertenecientes a su grupo de amigos...
—Cian, ¿qué está pasando? —inquirió, acomodándose el pañuelo que llevaba en el cuello.
El pelirrojo no respondió, pero rápido como un gato, se puso detrás de Nikolai y le cubrió los ojos.
El rumano se quejó y pataleó, pero no pudo zafarse del pequeño irlandés, que lo metió en el bar sin destaparle los ojos.
—¿Qué pasa? —chilló, impaciente—¡Quiero ver!
—¿Quieres ver? —cuestionó Cian.
—¡Quiero ver...! —repitió, e inmediatamente volvió la vista. Por suerte el bar no tenía una iluminación muy fuerte, por lo que no le impactó tanto.
Pero, lo que sí le impactó enormemente, fue ver a toda su clase reunida allí.
—¡Sorpresa! —gritaron todos, algunos con más emoción que otros.
Nikolai estaba anonado. El primero que se lanzó a abrazarlo fue Feliks, revolviéndole el cabello con cariño.
—¿Creíste que iba a ser un encuentro normal y corriente? No, mi trapito favorito, ¡es una fiesta sorpresa de cumpleaños!
—Adelantada—aportó Cian, y luego le tironeó el pelo a Feliks—Creí que yo era tu trapito favorito. A este trapito me costó mucho traerlo, casi se entera de todo.
—Porque seguramente metiste la pata. Ahora no molestes, el especial de la noche es Nikolai~.
—Move, bitch, get out the way—escuchó decir a Jack, que le dio al rumano un apretón que le dolió—Happy Birtdhay Vampireso.
Nikolai, aunque entendía lo que estaba pasando, no entendía porque toda su clase estaba ahí. Lo agradecía mucho, pero no creyó que se preocuparían tanto por asistir a su fiesta. Y la verdad, se alegraba mucho.
Mientras Feliks regañaba a Cian por casi arruinar la sorpresa, Yong Soo se acercó a él. Al principio tomó como buena señal que lo saludara inmediatamente después que Jack, pero al ver que el coreano lo esquivó completamente, se dio cuenta de que no era así.
—Feliz cumpleaños—dijo, abrazándolo—Y gracias por lo del otro día.
—No fue nada.
—En realidad... —el coreano tuvo que callarse, porque se dio cuenta de que un montón de gente quería saludarlo. Emprendió una huida rápida.
Todos los demás se acercaron a saludarlo, bastante alegres. Nikolai seguía sin creérselo. Hasta Natalia se esforzó por levantar un milímetro la comisura del labio para formar una sonrisa. Lo consideró todo un logro, honestamente.
Luego de que la gente se dispersara, se acercó a Paulo y a Stefan.
—Toda una quinceañera—bromeó el portugués, chocándole los cinco.
—No esperaba esto... —murmuró Nikolai.
—Fue todo idea de Feliks. Agradéceselo a él.
—Pero, ¿por qué?
—Porque te lo merecías, saltamontes—interrumpió el polaco, mientras le pedía a Emma, la chica que atendía en el bar junto con el tulipán intimidante, un Martini.
—Gracias, Feliks. No me esperaba esto—Nikolai no sabía cómo agradecerle.
—Ay, no es nada. Todos están hambrientos de fiesta, nadie se iba a negar—aunque le polaco volteó la cara, un poco sonrojado por el agradecimiento del otro.
—Miren eso. Feliks tiene humildad—se burló Stefan.
—¡Tú, silencio! Además, no te vi felicitar a tu novio—le reprochó el polaco, desafiante.
El búlgaro rodó los ojos.
—Eso es cosa nuestra. Y todavía no es el cumpleaños.
—Que frío de mierda. Y no es por el clima, que hace calor. Sigues siendo una puta roca, Stefan—lo insultó Feliks luego de beberse media copa de Martini de un solo trago.
—Gracias—contestó sarcásticamente.
—A no ser que... —reparó en lo que el rumano llevaba puesto—Ya hayan estado juntos hoy.
—¿De dónde sacas eso? —quiso saber Nikolai.
—Estás usando un pañuelo. ¿Cuántos chupetones tratas de ocultar?
—¿Chupetones? Oh, no... —se defendió—Es que estoy un poco enfermo.
—Ugh, qué aburrido—se quejó el polaco—En fin, que disfrutes. Voy a molestar a Natalia un poco.
—Eso será digno de verse—rió Paulo, aunque reparó en que alguien lo estaba observando—No ahora por favor.
—Al menos ve y salúdalo—sugirió el búlgaro, dándose cuenta de la mirada de Dirck sobre su amigo—Entenderá que estás en una fiesta. Además, ya han hablado...—Paulo hizo una cara extraña al escuchar eso.
—Es normal que te ponga un poco nervioso. Es guapo—soltó Nikolai—Sin rencores, Stef.
—Para nada, secundo la moción, aunque no es mi tipo—confesó su novio.
—¡Cállense, viene hacia aquí! —siseó Paulo, y sacó el celular para aparentar indiferencia. El rumano tuvo que aguantar la risa.
—Hey—saludó el holandés, desde el otro lado de la barra. Lucía incómodo—¿Tú eres el cumpleañero, no? —le preguntó a Nikolai. Éste asintió, e inmediatamente le pusieron una jarra con cerveza tamaño Oktoberfest—Cortesía de la casa. Gefeliciteerd met je verjaardag.
—No sé qué significa eso, pero gracias y sólo por las dudas, lo mismo le deseo a tu madre.
Esperaba no sonar desubicado, pero el holandés sonrió divertido, así que lo tomó como una buena señal.
—La mejor respuesta del mundo—comentó Stefan, girándose para darle la espalda a Paulo. Estaba tratando de indirectamente dejarlo conversar a solas con el barman. Aunque no podrían hacerlo mucho rato, ya que gracias a la pequeña fiesta de Feliks, había muchos clientes para atender.
—Sutil, Stef—reconoció Nikolai.
—Lo sé. ¿Puedo preguntar por qué ahora me llamo Stef?
—Surgió de forma natural—admitió, y bebió un sorbo de cerveza. El frío lo hizo toser.
—¿Estás bien? Si quieres irte temprano no creo que haya problema. Puedo acompañarte a tu casa. Los demás entenderán.
—Sobreviviré. Quiero disfrutar esta noche al máximo.
—¿Y pasar tu cumpleaños en cama?
—Valdrá la pena. Para mí, mi cumpleaños es hoy.
—¿En serio? Que feo de mi parte no haberte dicho siquiera feliz cumpleaños—dijo el búlgaro, entrelazando su mano disimuladamente con la de Nikolai.
—Muy feo, pero te perdono porque no avisé.
—Me alegro—Stefan hizo una pausa, en la que solamente observó a su novio en silencio, sonriendo estúpidamente—Feliz cumpleaños, Nikolai—susurró, dándolo un rápido beso en los labios.
El rumano rió nerviosamente, y sintió calor en la cara. Al parecer, sólo Feliks y Natalia los habían visto. El polaco sonrió pícaramente y la chica no parecía para nada sorprendida. De hecho, alzó un pulgar hacia arriba y a los dos chicos casi les da algo. Muy bizarro. El polaco rió a carcajadas.
—Eso fue raro—murmuró Nikolai—En fin, muchas gracias.
—Tenía un regalo para ti, pero creo que vas a estar enfermo.
—Mmm, eso es raro. ¿Qué tipo de regalo es?
—Un plan.
—¿Un plan? ¿Para dominar el mundo? ¿Para evitar que Trump domine el mundo? Para... ¡arrebatarle a Trump el mundo! Stefan, eres un genio...
—No seas tonto—el búlgaro parecía divertirse con las ocurrencias del otro—Me refería a un plan para nosotros.
—Supongo que no hablarás de estudiar o salir con los demás. Aunque no está mal.
—Me refería a una cita.
—Oh—Nikolai estaba sorprendido—No me esperaba algo tan tradicional. No quiero que estés obligado a hacerlo porque estemos juntos...
—Lo hago porque quiero. Y porque creo que te gustará—sonrió Stefan—Y espero que sea un poco menos aburrido que una cita "tradicional".
—Confío en que así será.
—Bien—la sonrisa del búlgaro no desapareció—Tal vez debas socializar un poco. Es decir, toda esta gente está aquí por ti.
—Eso suena un poco egoísta. La mayoría siempre tiene otras razones. Pero estoy de acuerdo, voy a socializar~.
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Michelle reía a carcajadas, un poco borracha probablemente. Estaba recostada en las piernas de su amiga. Gisèle parecía preocupada por su estado, pero no lo suficiente como para apartarla de ahí. Nikolai decidió hacer caso omiso, y continuó con su anécdota, lo que hizo que la seychellense se riera todavía más.
—Esa chica, Eli, parece divertida. ¡Quiero conocerla! —decía Michelle.
—Un poco peligrosa diría yo—admitió la otra.
—Ambas tienen razón—respondió el rumano, hasta que Michelle paró de reír y se levantó, corriendo al baño.
—Mierda—maldijo la otra, corriendo detrás de ella.
—Ew. Vómito. ¿Tan temprano? —dijo Cian, acercándose a él—Bueno, son las dos de la mañana, pero ni modo.
—¿Dónde estabas? Creí que te habías ido.
—Por favor, ¿acaso hay alguien que ya se haya ido?
—Raivis y Toris.
—Irrelevante.
—Lo que no es irrelevante es que Eduard no se haya ido con ellos. Suelen estar bastante pegados.
Cian se ruborizó, y el rumano estaba seguro de que no era simplemente por el hecho de haber mencionado a esa persona.
—¿Cian?
—¿Qué?
—¿Qué hiciste?
—Nada...
—Cuánto tomaste—demandó.
—Un... par... de pares... de cervezas.
—Y estabas con Eduard.
—Ajá—Nikolai esperó pacientemente una respuesta—Oh, no... —el irlandés se dio cuenta, ruborizándose—No, no. No pasó nada. Sólo hablamos.
—No te creo.
—Nikolai, apenas lo saludo. Ojalá fuera tan valiente como para que sucediera algo entre nosotros...
—Cuando bebes, eres otra persona.
Al pelirrojo se le iluminó la mirada. Parecía haber encontrado la respuesta a todos sus problemas.
A Nikolai no le gustó eso.
—¡Eso es! —exclamó Cian—Aunque no estoy lo suficientemente borracho como para atreverme a hacer cosas, ¡Eduard entendería que todo lo que hago lo hago por estar borracho!
Oh, no.
—Si estás pensando lo que estoy pensando... no creo que sea buena idea, Cian.
—Es la mejor idea que he tenido para acercarme a él, honestly—el chico parecía realmente confiado, y hasta feliz. Abrazó efusivamente a su amigo—¡Siempre puedo contar contigo! ¡Feliz cumpleaños!
Nikolai suspiró. No podría detenerlo. Se dirigió a dónde estaban Paulo y Stefan conversando.
—Pareces disgustado, Niko~. ¿Te duele algo? —se preocupó el búlgaro al verlo. El aludido notó el sobrenombre, recordando la última vez que habían estado en ese bar. Al parecer, el alcohol ya le había hecho efecto.
—Estoy bien. Pero creo que incentivé a Cian a pecar.
Paulo se rió a carcajadas, llamando la atención de todos alrededor.
—Ay, Nikolai, no te preocupes. Lo más seguro es que Cian te haya incentivado a ti a que pecaras de incentivarlo a pecar.
—Gracias, padre, por tu perdón.
—Mmm... ¿Niko? —lo llamó Stefan, acariciándole el brazo—¿Me acompañas al baño?
Flashbacks de aquella noche acudieron a la cabeza del rumano.
Stefan intentando desprenderse el pantalón y mirándolo mientras le dice "¿Me ayudas?".
Stefan susurrándole "Niko" al oído.
Stefan abrazándole la cintura y peligrosamente cerca de él.
Aquél día en particular, Nikolai no tenía confianza en sus sentimientos, y tenía miedo de las posibles consecuencias. Pero las circunstancias habían cambiado enormemente desde entonces. Aunque obviamente no se aprovecharía de Stefan, tampoco tenía miedo de que éste tomara la iniciativa.
—Vamos—le dijo, tomándolo del brazo.
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No sucedió nada raro como aquella otra vez. Stefan fue directo al baño y luego a lavarse las manos, mientras el rumano lo observaba, un poco desconfiado.
—Nikolai, ¿seguro que estás bien? ¿Ya te enfermaste?
—No, está bien, Stefan. Sólo que estás inusualmente serio para estar borracho.
—¿Quién dijo que estaba borracho?
—Eh... ¿me estabas llamando Niko?
—Creo que das por sentado muchas cosas.
Nikolai se volteó a verlo, boquiabierto.
—¿Estabas jugando conmigo?
Stefan se rió, mientras lo arrastraba hacia afuera.
—Recuerdo perfectamente esa noche. Estuve días arrepintiéndome de lo estúpido que debí haberte parecido. Quería saber cómo reaccionarías si sucediera lo mismo.
—Pero... no hiciste que sucediera lo mismo.
—No. Parecías muy confiado, y no tenía gracia. Quería ver si te ponías nervioso.
—Ay, no puedo creer que hayas notado eso—se lamentó el rumano, recostándose contra la fría pared. Unos metros lejos, Yong Soo y Jack parecían discutir. No quiso entrometerse, ambos parecían muy serios, y tampoco podía escuchar de qué se trataba la discusión.
—Bueno, lo noté. Reconozco que tengo lagunas, pero... fue un buen momento—admitió Stefan.
—¿Entonces no estás borracho?
—He tomado algo, pero no estoy borracho. ¿Tú?
—Me estoy cuidando.
—Qué extraño suena eso.
—Estoy medio enfermo, ¿recuerdas?
—Es cierto. Y estás tomando frío—Stefan se quitó su chaqueta, cubriendo a Nikolai con ella. No era muy abrigada, pero todo sumaba.
—Esto no es necesario—suspiró Nikolai, aunque tampoco se la devolvió.
—Claro que sí. Quiero que estés lo mejor posible para nuestro plan.
—Me gusta que le llames "nuestro plan" y no simplemente cita—el rumano sonrió, acomodándose la chaqueta del más alto, pero pegándose a él para abrazarlo.
—Me encanta que te guste—susurró, besándole la coronilla.
Permanecieron abrazados en silencio, intercambiando algún beso. Durante ese rato, Jack pareció haberse enfurecido y dejado al coreano plantado, quién lo imitó inmediatamente pero en la dirección contraria. Eduard también se fue, aunque al verlos alzó una ceja, incrédulo, pero sin preguntar nada. Gisèle salió arrastrando a su amiga, quien parecía muy cansada, y apenas se inmutó de que estaban abrazados.
—Es como que media clase nos ha visto juntos y nadie dice nada. Esperaba escándalo—confesó Stefan.
—Yo también. Supongo que simplemente nos vemos... naturales.
—Naturales—repitió, divertido.
—Es como que a nadie le sorprende y pareciera lo correcto.
—Creo que dice mucho.
—O están ciegos.
Se rieron, hasta que escucharon unos pasos apresurados.
Cian salió del bar, muy consternado. De hecho, no parecía haberlos visto a pesar de pasarles por al lado. Y eso no lo pudieron dejar pasar.
—¿Cian? —lo llamó el búlgaro.
—La cagué—se dio media vuelta—Oh, Dios, la cagué. Soy idiota—decía sistemáticamente, a punto de llorar.
—¡Cian! —Nikolai soltó a Stefan, para abrazar a su otro amigo—¿Qué ocurrió?
—Él lo sabe, Nikolai, lo sabe...
—¿Quién?
—¡Eduard! ¡Sabe que fui yo quién le escribió mensajes todo este tiempo!
—¿... A qué te refieres?
—Él tenía mi número. Dios, que estúpido. Tenía mi número del grupo de Whatsapp.
—Lo siento, Cian—no sabía qué hacer. Stefan, a su lado, frunció el ceño.
—¿Lo supo todo este tiempo y nunca te lo dijo? —interrumpió el búlgaro.
—Me dijo que... esperaba a que yo confesara—masculló el pelirrojo.
—Es más idiota de lo que creí.
—No tienes por qué defenderme. Dios, me preocupé por todos los detalles... todos... y no me di cuenta de que él podía acceder a mi número de un día para el otro.
—Pero, Cian, creí que no estabas en el grupo de Whatsapp. Se creo luego de que le enviaras esos mensajes a Eduard, así que pusiste excusas para explicar que no estabas en él. Fue muy complicado, pero funcionó, ¿no? Así que no pudo haberse enterado, no aparece en el grupo de la clase...
—Lo sé. Pero, hicimos un grupo aparte para planear la fiesta, ¡y ahí quedé en vergüenza!—exclamó, y se largó a llorar. El rubio le acarició el cabello, intentado tranquilizarlo. Se sentía un poco culpable.
—¿Qué mierda pasó? —Feliks había aparecido, y quedó sorprendido al ver la escena. Llevaba de la mano a Natalia, y no parecía preparado para aquella escena. La chica se soltó rápidamente, y le dijo un "Nos vemos", yéndose con paso apresurado, no sin lanzar una mirada ¿preocupada? a Cian.
—¡Eduard descubrió mi número! —el irlandés se soltó del abrazo de su amigo, y se sentó en el suelo, tapándose la cara con las manos.
—¿Por qué? Se suponía que eso no sucedería hasta que te casaras y tuvieras trabajo estable, casa, hijos graduados, perro... —Feliks no entendía, pero luego llegó a la conclusión solito—Mierda, es culpa mía.
—No es culpa de nadie—interrumpió Nikolai.
—Yo hice el maldito grupo y agregué a Cian. La cagué completamente. Ay, lo siento. No puedo con esto. ¿Dónde está Bombón?
—Se fue—contestó Stefan.
—Tengo que hablar con él. Cian, no te preocupes. Podemos arreglarlo—el polaco parecía realmente esperanzado—¿Recuerdas que él creía que era una broma mía? Puedo decir que tomé tu celular y lo hice yo. ¡Así que deja de llorar, tienes una coartada!
El irlandés intentó secarse las lágrimas, pero seguía desesperado.
—No la tengo, Felks. Lo agradezco, pero es que... ya le confesé todo.
—Idiota—el nombrado se dejó caer al piso, junto a su amigo—Es mi culpa por hacer el grupo.
Nikolai se sintió un poco mal también. El grupo era por su cumpleaños, ¿no?
—Cian, si hay algo que podamos hacer... —comenzó, pero el irlandés ya estaba negando con la cabeza.
—No sé ni siquiera que puedo hacer yo. Eduard no estaba enojado. Pero tampoco estaba feliz. Estaba inexpresivo. Hubiera preferido que me golpeara incluso, pero, ¡no expresó nada! —gimoteó, disgustado—¡Y eso es lo que me pone mal! No sé qué va a pasar.
—Es porque es así. Nació con el corazón inexpresivo. Y eso hace sufrir a la gente—suspiró el polaco—Créeme, estoy saliendo con alguien así. Nadie tiene la culpa... en todo caso yo.
Todos se quedaron en silencio, procesando las palabras de Feliks.
—¿Es oficial lo tuyo con Natalia? —murmuró Cian, distrayéndose de su problema.
—Oops... —soltó el polaco, aunque probablemente había sido más que intencional el comentario. Todo sea para distraer al pequeño irlandés.
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A Nikolai le sorprendía la capacidad de recuperación que un momento de reflexión seguido por alcohol podía darle a sus amigos. Lo había visto en navidad con Stefan, en año nuevo con Feliks, y lo estaba viendo en ese momento con Cian.
Como siempre, sólo quedaban ellos en la fiesta. Al parecer había sido una noche muy dramática. Pero no estaba molesto con eso. De hecho, había llegado a pasar un buen rato con todos, y por más que buena parte de sus amigos y compañeros no hubieran estado precisamente felices luego, sabía que se había dado un espacio para hablar o solucionar ciertos asuntos que podían estarse arrastrando desde hacía tiempo atrás. Y le parecía que eso, además del hermoso gesto por parte de todos de asistir, era muy importante. Era mejor decir las cosas cuanto antes, para ahorrarse algo peor después.
Aunque obviamente, él no estaba al tanto ni de la mitad de los problemas que ocurrían. Y su problema en ese momento era que quería comerse a besos a Stefan, pero estaba con sus amigos y sería muy incómodo.
—Quiero ir a bailar—soltó Cian de repente.
—Mira, puedo hacerte entrar a un bar cool y que te dejen alcohol a precios de supermercado chino, pero no tengo los contactos necesarios para entrar en una discoteca... al menos no esta noche—le contó Feliks.
—Disculpa, escuché que querían bailar—interrumpió Emma, sonriendo luego de limpiar el baño. Era increíble. ¿Cuánto nivel de optimismo había que tener para sonreír luego de una tarea así a una hora así?—Podríamos poner música y hacer nuestro propio baile~.
—Por supuesto, Em. Tu bar, tus reglas—aceptó Feliks, poniéndose de pie y sacando a bailar al irlandés, quien daba saltitos emocionado.
—Increíble—murmuró Paulo, cruzándose de piernas mientras observaba divertido al trío.
—Parece que se están divirtiendo—comentó Stefan, que estaba medio dormido, recostado contra el costado Nikolai.
Dirck le hizo señas a Paulo, y éste se puso de pie parsimoniosamente.
—Mmm... iré afuera a fumar, si no les molesta.
—Pensé que no fumabas—comentó Nikolai.
—No fumo tabaco—cortó el portugués dejándolos solos.
—Puta madre con sus confesiones. De si Feliks se acostó o no con la bielorrusa, que si fuma marihuana o cigarro... es como que tenemos tan naturalizado el ser amigos que las cosas nuevas ni se cuentan—se quejó el búlgaro, haciendo un puchero.
—Déjalo. Al menos no te lo ocultan.
—Cierto—Stefan bostezó, desperezándose.
—Si te quieres ir, no me molesta—comentó Nikolai—De hecho, también debería irme. Creo que estoy un poco afiebrado—lo dijo como al pasar, pero el más alto puso una mano en su frente, preocupado.
—Estás bastante caliente.
—Gracias—el rumano le guiñó un ojo, y Stefan puso los ojos en blanco—¿Sólo "bastante"? ¿Cómo llego al "muy"?
—Siendo estúpido y haciéndote el que puedes festejar toda la noche.
—Que poco humor, Stef. Se ve que tu broma hace unas horas fue una dosis suficiente de humor como para un sólo día, ¿no?
—Estoy preocupado, Nikolai.
—Tranquilo. Me tomaré algún autobús e iré a casa. No creo que me quede más tiempo...
—No voy a dejar que te vayas solo. Y no quiero que pases frío en la parada.
—Stefan, no es tan lejos. Y estamos en primavera, no está frío.
—Pero la noche tampoco es precisamente cálida y... ay, ya está. Te quiero acompañar.
—Con eso basta.
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Nikolai se despidió de sus amigos, aunque no le dieron mucha importancia al hecho de que se fuera, (excepto Paulo, que como siempre se aseguró de que todo estuviera en orden).
Al llegar a la parada, el rumano gritó de exasperación.
—¿¡Qué significa esto!?
"La línea D nocturna estará cortada por obras públicas hasta nuevo aviso. Disculpe las molestias".
—¿Quieres que consiga un taxi? Si no tienes suficiente dinero puedo prestarte, no tengo problema...
—No quiero molestarte, Stef. Puedo esperar unas horas a que pasen las líneas diurnas.
—Necesitas descansar. Estás acabado—el búlgaro parecía estar considerando alguna idea—Quédate en casa.
—Pero... tu madre...
—Se fue a una reunión de negocios. No hay problema en que vayas conmigo. La línea que lleva a casa no parecería estar cortada.
—Pero...
—Piensa rápido, que pasa en unos minutos.
Nikolai no necesitó pensarlo. Jamás se le habría pasado por la cabeza otra cosa que aceptar la propuesta. Era mejor de lo que esperaba inicialmente.
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Al rumano le costaba acostumbrarse a tener que caminar casi media hora desde la parada de autobús a la casa de Stefan, pero se le hacía muy ameno cuando el otro lo llevaba abrazado y contándole sobre uno de los últimos libros que había leído. Cuando Stefan se emocionaba, era un regalo escucharlo hablar. Estaba disfrutando enormemente de eso, hasta que un perro enojado ladró y los sobresaltó a ambos, más que nada a Nikolai.
Soltó una grosería en rumano que hizo reír a su novio.
—¿Qué se supone que significa?
El resto del camino lo pasó intentando enseñarle groserías a Stefan en su idioma natal, e intentando que el búlgaro lograra pronunciarlas, lo que no hacía nada mal. Era muy divertido. Cambiaron turnos, y mientras Nikolai aprendía a decir algo así como "cabeza de pene", llegaron a la casa de su amigo.
—Es Peeshka Glava, y esto ya se ha tornado muy bizarro. Seguiremos otro día—cortó Stefan, abriéndole la puerta.
Le daba un poco de miedo, estar en una casa tan grande en la oscuridad, pero su novio se manejaba con total naturalidad. Bueno, era su hogar después de todo, pero de todas formas le sorprendía.
Alumbrándose con su celular, buscó la habitación de su amigo a oscuras. Por suerte no se perdió, y al entrar y encender la luz la encontró tan impecable como siempre.
Tenía curiosidad sobre si habría alguna pista de su regalo de cumpleaños, pero sentía que traicionaría la confianza de Stefan si comenzaba a curiosear sin permiso por su habitación. Así que le escribió un mensaje a su madre avisando que se quedaría en lo de un amigo.
Stefan regresó con un vaso de agua y un paquete de paracetamol.
—Tómate aunque sea media píldora. Te va a ayudar a dormir y a que no estés tan mal mañana. ¿Quieres tomar una ducha para bajar la fiebre?
—Gracias, Stef. Creo que sí tomaré una ducha—aunque no quería abusar, por experiencia eso sería lo mejor—¿Toalla?
—Están en el baño. Y puedes usar ropa mía para dormir. Esto...
—¿Sí?
—Supongo que no te molesta si dormimos en la misma cama.
—Sólo si no te molesta contagiarte.
—Tengo buenas defensas.
—Que conste que no me hago cargo si el que termina enfermo para nuestro plan terminas siendo tú.
—Tomaré toda la responsabilidad—sonrió Stefan—Y toda la medicación que deba para poder aguantarlo. No me lo perdería ni enfermo.
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Cuando salió de la ducha, ya seco y en ropa interior, vio que Stefan estaba acostado en su cama, concentrado en su celular. Se había quedado en bóxers y una camiseta sin mangas.
Rápidamente abrió el armario, y tomó lo más parecido a un pijama que encontró. Supuso que por el tamaño y por lo desteñido que estaba, era de hacía varios años. A Stefan le quedaría corto.
—Oh, años sin ponerme eso—comentó el búlgaro, dejando el teléfono de lado—Todavía lo guardo por motivos sentimentales.
—¿Cuáles motivos? —preguntó el otro, tomando el medicamento.
—Muchas buenas películas y muchos buenos libros con ese pijama puesto—rió, dejándole más espacio de la cama a su amigo.
Poder relajar el cuerpo en aquél colchón había sido lo mejor que le sucedió a Nikolai aquella noche, probablemente después de la sorpresa y los cariños de Stefan. Éste último apagó la luz, y ambos quedaron a oscuras, sólo con la tenue iluminación del jardín colándose por la persiana.
—Gracias por dejarme quedar aquí—murmuró, deseando dormir—Y por toda la noche en general.
—Un placer—aunque Nikolai no lo podía ver, Stefan estaba muy nervioso. Con el cansancio que el rumano tenía, no se había parado a pesarlo dos veces, pero era la primera vez que dormían juntos sin estar uno de ellos ebrio.
—Buenas noches—le dijo, girándose para darle un beso en el primer lugar que alcanzara. Era un poco duro, y resultó ser el hombro—Y antes de que lo preguntes, sí, puedes abrazarme mientras duermo.
—No lo iba a preguntar—masculló el mayor.
Sintió los brazos de Stefan rodearlo, y juraba que pocas veces había dormido de forma tan placentera y rápida como en aquél momento.
