IT'S HERE. Por fin el extra de Cian. ¿Qué pasó con Eduard la otra noche? Se enterarán en breve.

Aviso que, al igual que con el extra de Jack, las últimas escenas estarían situadas en capítulos que todavía no ocurrieron. Así que cuando continuemos con la timeline de siempre, no se confundan~.

Espero lo disfruten :D


Extra V

Cian

Nunca tuvo buenos ejemplos de relaciones amorosas a lo largo de su vida. Y tal vez esa era la razón por la que no se enamoraba.

De momento.

Comenzando por su padre. La única mujer con la que podría haber tenido algo medianamente duradero podría haber sido la madre de Deian, pero ésta murió en el parto. Al menos, se trataba de un hombre con ciertos códigos morales que lo llevaron a hacerse cargo de los hijos que había ayudado a concebir.

Aunque eso era lo más racional, dada la situación del resto de sus "aventuras". La madre de Arthur era una importante diplomática inglesa que viajaba demasiado, la de Scott una periodista que decidió instalarse en el Medio Oriente para ejercer su profesión, y la suya era una profesora del Trinity College Dublin. Y aunque no viajaba tanto, se la pasaba encerrada en dicha institución. Era razonable que su padre, que trabajaba desde su hogar, se hiciera cargo de su crianza, ya que las mujeres no podían debido a falta de tiempo o espacios adecuados.

Al menos lograba ver a su madre en Navidad.

Sus hermanos tampoco podían considerarse dignos ejemplos a seguir. Deian era bastante joven como para implicarse seriamente con alguien. Nada más allá que novias de kindergarden. A Scott nunca lo vio con la misma chica más de una vez. Y aunque Arthur tenía "ligues" más duraderos que el mayor de los hermanos, todos, fueran chicas o chicos, lo dejaban después de un tiempo de salir juntos. El necesario para comenzar a notar sus defectos detrás de esa fachada de príncipe. O para aburrirse. Nunca lo supo exactamente: se hablaban de muchas cosas en su núcleo familiar, pero el amor y las relaciones no eran uno de ellos.

Por eso y más, se sorprendió enormemente cuando sintió aquél interés sobrehumano por uno de sus nuevos compañeros de clase.

—¿Quién es ese? —le preguntó sin vueltas a Feliks, a quien aún acabando de conocer minutos atrás, estaba convencido de que serían buenos amigos. Al igual que con Paulo y Stefan.

—Bombón. Eduard Bombón—respondió el polaco, sin interesarse demasiado en las razones que el pelirrojo tendría para preguntar tal cosa.

—Bombón—repitió el pelirrojo, distraído.

—Von Bock, en realidad, pero es bastante aburrido llamarlo así... —corrigió el rubio.

No importaba. Sí que era un bombón. Su cabello lacio y dorado se mantenía impecable. A pesar de tener un estilo algo "nerd", parecía tener una onda interesante. Parecía bastante cool, de hecho. Y detrás de esas gafas habían un par de ojos hermosos, aunque no podía mirarlo demasiado tiempo sin llamar la atención del otro.

Después de inspeccionarlo meticulosamente de arriba a abajo, notó el cosquilleo en el estómago del que tanto había leído y escuchado, pero que nunca logró experimentar.

No tenía sentido. Ni siquiera lo conocía.

Además, estaba convencido de que esos nerds que parecían modelos sólo existían en internet. Pero estaba observando uno con sus propios ojos. Probablemente, a eso se debiera su interés por aquél chico.

.

No podía dejar de observarlo. Se escondía, intentando no parecer demasiado sospechoso, en la biblioteca para poder inspeccionarlo mejor.

Aunque no era experto en arte, pero estaba seguro de que si alguien trazaba uno de esos espirales o cuadrados o cualquier forma geométrica, Eduard encajaría perfectamente de cualquier modo. No sólo por ser una obra de arte, sino por la perfección de sus rasgos.

No se podía cansar de observarlo. A pesar de no poder escuchar siempre lo que decía, el sólo ver su expresión de seguridad y leve sonrisa le aceleraba el corazón. La forma en que sus ojos brillaban cuando, muy probablemente, hablaba sobre algo que le interesaba.

También se divertía por dentro cuando veía sus expresiones de molestias a causa de comentarios que Feliks hacía. Le daban ganas de defenderlo. De hablarle. De presentarse, porque, pasaban los meses, y no le había dicho ni "hola".

Le costaba enormemente hacerlo. Sentía que, después de todo el tiempo que llevaba observándolo de lejos, lo conocía de memoria mejor que a sí mismo. Se dieron los momentos en los cuáles estaba a punto de decirle algo, pero no podía abrir la boca. Pensaba demasiado las cosas, y cuando se sentía apenas preparado, su oportunidad había pasado.

Sabía que tenía infinidad de excusas. No sólo eran compañeros de clase, Eduard también era el delegado del grupo (junto con Michelle), así que era el deber del estonio escuchar cualquier inquietud o sugerencia que sus compañeros tuvieran. No, no era cuestión de excusas: en el fondo lo sabía. Cian estaba atrapado en un círculo sin salida: stalkearlo desde hacía tanto tiempo sin dar ni un paso adelante o enfrentarlo, lo llenaba de ansiedad y un sentimiento de culpa que le impedía no sólo presentarse directamente ante Eduard, sino que también impedía que pudiera hablarle a sus amigos sobre ello.

Era un asunto completamente suyo. Aunque explotaba por dentro, aunque lo torturaba mirarse al espejo y reconocer que espiar a la gente así no era nada sano ni aceptado socialmente, no podía hacer más que guardárselo.

Y sin poder dejar esos hábitos.

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Aunque se intentaba convencer a sí mismo de que aquello era pura obsesión, comenzó a sospechar que era enamoramiento cuando comenzó a conocerlo a nivel personal.

Que no se malinterpretara. Jamás le dirigió la palabra en persona.

Pero gracias a sus habilidades de búsqueda en internet y gran perseverancia, encontró a Eduard en diversas redes sociales. De hecho, encontró su blog y canal de YouTube.

El canal no era nada del otro mundo. Jamás aparecía Eduard, pero sí hablaba en un inglés prácticamente sin acento, y podía escucharlo hablar sobre juegos que él jamás jugaría, ya que no eran su tipo, como World of Warcraft o League of Legends. A él le iban los juegos más clásicos tipo Nintendo. Pero era capaz de jugarlos con tal de tener temas de conversación con él. Claro que, ¿quién necesita temas de conversación cuando sabes que no tendrás conversación alguna?

Eso explicaba porque no se había encontrado nunca con su canal. A pesar de que tenía muchos suscriptores.

Su blog era otro asunto. Todavía más exitoso en su opinión. Se pasaba horas leyendo y releyendo todo lo que Eduard escribía, desde que cosas relacionadas con sus juegos, hasta reflexiones, experiencias personales, consejos y otras cosas compartidas. Le encantaba. Era todavía más increíble que escucharlo (y verlo) hablar en la vida real.

Sentía que estaba conociendo al verdadero Eduard. Que estaba enterándose de pensamientos que jamás diría en la vida real. Y eso le hacía sentirse especial. Además, estaba seguro de que nadie más en la clase conocía la existencia de aquél blog. De lo contrario, conversarían seguido sobre él. Porque, ¡era verdaderamente increíblemente!

Sus hábitos de stalkeo en la vida real cesaron bastante, pero ese tiempo fue invertido en inspeccionar sus acciones en internet. Sobre todo en aquél blog. Era su droga en aquél momento.

A pesar del hecho de que normalmente fuera más aceptado el stalkeo por internet, la culpa no cesó. Siguió sin hablarle. Pero se ponía más nervioso y su corazón latía todavía más fuerte cuando lo veía.

.

A eso se resumió su interacción por Eduard durante todo ese año. Y así creyó que continuaría.

Pero el tiempo hizo que las cosas se salieran de control.

Para empezar, se atrevió a contarle a alguien. Eso había sido un gran paso para él.

Intentaba hablarle. Eso se decía. Nunca lo lograba, ni siquiera con el apoyo de su único confidente y más reciente amigo, Nikolai.

(Y tal vez, el hecho de que lo conociera desde hace menos tiempo, fue lo que lo llevó a hablar del tema con él en lugar de los demás. No se atrevería a juzgarlo. Todavía).

Todo cambió cuando le envió aquél mensaje estando borracho. Por eso tuvo que tomar todas las precauciones posibles, para que Eduard no se enterara de que se trataba de él.

Pero había abierto una puerta que ya no podría cerrar. Se podría decir, en cierto modo, que se había comunicado con él. Estableció contacto. No había vuelta atrás, incluso aunque reprimió todas sus ganas de continuar haciéndolo. Era peligroso, pero la protección que el anonimato le brindaba era adictiva y tentadora.

A pesar de que en el fondo sabía que eso de los mensajes anónimos nunca podía terminar bien. Ahora, ¿fue suficiente para dejar de hacerlo? No. Ni siquiera lo intentó demasiado. Hubieron más papelitos y algún otro mensaje. Y sin duda, no cesó su stalkeo cibernético.

Por eso, con todo ese conjunto de cosas encima de él, el día en que Eduard lo supo fue la peor catástrofe de su vida en la secundaria.

Obvió el detalle más grande: estaba tan emocionado por la sorpresa de Nikolai (y ver a Eduard sin el uniforme de la escuela), que no se percató del fácil acceso que le dio al otro al ser incluido sin precaución en el grupo de Whatsapp para planear la fiesta.

Porque ni siquiera se dio cuenta a causa de que Eduard se lo dijera. Luego de que todo sucedió, se dio cuenta de que podrían haber pasado meses, e incluso años, sin que el estonio le comunicara siquiera que sabía quién era el que le enviaba esos mensajes anónimos.

Ni siquiera se lo dijo en el que reunió fuerzas que llevaba acumulando por más de un año para decirle "hola".

Se acercó nerviosamente a él, que estaba con sus amigos. Le temblaban las piernas, y por eso se apoyó sobre la barra.

—H-hola chicos—tartamudeó, llamando la atención de los otros tres europeos.

—Hola—respondió amablemente Toris—¿Te encuentras bien, Cian? —le preguntó inmediatamente, tal vez detectando su "inusual" nerviosismo.

—¡Estoy bien! —chilló apresuradamente—Ehm, ¿se están divirtiendo?

Toris y Raivis asintieron, no muy convencidos con la respuesta. Eduard, por su parte, esbozó una sonrisa que casi le provocó un desmayo.

—Preferiría estar en mi casa, pero no es tan nefasto como creía que sería.

A pesar de esas palabras, ¿cómo podría haberse percatado de que algo no andaba bien, si tenía esa hermosa sonrisa frente a él?

No sabía qué hacer. Estaba convencido de que ese gesto había sido para él y sólo para él. ¿Era una invitación para acercarse a él? ¿Debía responder afirmativamente? (Como si pudiera permitirse otra clase de respuesta...). Porque no tenía valor para hacerlo. Para nada.

Una vez más sus amigos eran la única respuesta posible.

Se encontró a Nikolai. Quería contarle exactamente todo lo que había ocurrido. Pero, ¿no sería demasiado apresurado? ¿Y si Eduard no quería decir nada? ¿Se estaba montando una película en su cabeza?

Cinco palabras. Cinco palabras fueron su idea de plan perfecto y desgracia al mismo tiempo.

—Cuando bebes, eres otra persona—comentó Nikolai, casi sin darse cuenta. Sólo estaba resaltando lo obvio, pero lo obvio nunca había estado en los planes de Cian.

Bueno, ahora lo estaba. Debía agradecérselo después.

O eso tenía pensado, hasta que todo se pudrió.

.

No era difícil. Ni él y sus nervios podían arruinarlo. Simularía estar borracho (aunque era cierto que el alcohol ya le estaba afectando un poquito), y intentaría algo con Eduard. Si salía mal, tenía una excusa, y hasta podría fingir no recordarlo. Si todo salía bien... bueno, no se atrevía a soñar hasta ese punto estando en público. Se pondría rojo y quedaría con la boca semi abierta, soñando despierto en el medio de un bar frente a mucha gente conocido. No era recomendable.

Su plan era impecable. No había forma alguna de fallar.

Se acercó a Eduard, que parecía estar chequeando su teléfono antes de irse. Justo a tiempo.

Meterse en el personaje. Tenía que meterse en el personaje de un borracho sexy sinvergüenza.

—Eduard, ¡no te vayas! —exclamó, y la voz le salió más chillona de lo que habría esperado Carraspeó—Es temprano todavía.

—Tal vez para jugar lol es temprano, pero no para estar en este lugar—comentó el estonio, acomodándose sus anteojos. Pero no hizo ademán de irse.

—Vamos, Eduard—continuó, haciendo todo el esfuerzo del mundo para no desvanecerse ahí mismo. Aunque debía admitir, que una vez que logró unir dos frases seguidas, el miedo inicial se había evaporado—Bebamos algo juntos.

El rubio lo inspeccionó de arriba a abajo a través de sus anteojos. Cian se puso nervioso. ¿Lo estaba juzgando?

—Bien. Pero sólo un rato. No quiero irme muy tarde.

—Para no perder tiempo en lol—continuó Cian, ganándose una de las miradas de molestia edición Bombón.

—El lol no es una broma.

—Lo siento, es que está tan lleno de fuckboys... ¡no es que tú seas uno de ellos, claro! —exclamó rápidamente, atragantándose con su cerveza.

Eduard suspiró.

—Eso no lo puedo discutir. Hay mucha gente insoportable, es cierto—admitió—¿Y cómo lo sabes? No sabía que jugaras.

—Oh, lo intenté varias veces. Pero no es mi estilo—admitió el irlandés, sentándose sobre un taburete.

La conversación se prolongó un buen rato, más que nada porque el tema de conversación era videojuegos. Probablemente Eduard no sentía que estaba perdiendo tiempo de jugar videojuegos porque lo estaba sustituyendo con una charla sobre ellos. Aún así, no parecía muy cómodo.

Tal vez realmente quería irse a su casa. Eso creía Cian. Poco sabía que esa molestia no tenía nada que ver con su adicción a la computadora.

Se puso en vergüenza él solito.

—Es muy divertido hablar contigo. Deberíamos hacerlo más seguido—comentó Cian inocentemente, cómodo con la protección que la falsa borrachera le brindaba.

—Sí... supongo que es bueno estar fuera del colegio.

—Es genial que hayas venido.

—Bueno... hicieron un grupo con toda la clase. No podía quedar mal—se justificó, mirándolo de forma extraña. Cómo esperando a que Cian dijera algo. Pero éste no sabía qué le tocaba decir.

—Sí, esas cosas pueden complicarse a veces. Además, dos por tres se van por las ramas hablando de otras cosas...

—Exacto—cortó Eduard—Después de todo, tú también estás ahí—Cian lo miró, sin entender—Quiero, decir en el grupo.

—Claro. De eso estoy hablando—el irlandés no lograba entender.

—Pero no estás en el de la clase.

—Oh, ¿te diste cuenta? Qué tonto... lo hicieron en una época que no tenía Whatsapp y luego me olvidé de pedirles que me invitaran—mintió, nervioso, y fingiendo una risita estúpida. Algo no le gustaba.

—Lo cual es raro, porque tienes un Smartphone desde que te conozco.

Deseó que algún pandillero borracho saliera de debajo de alguna mesa y lo golpeara hasta dejarlo inconsciente. No sabía dónde meterse. No tenía argumentos para eso.

Había sido una idea muy mala y no le gustaba el rumbo que las cosas estaban tomando.

—También es raro—continuó el estonio, cruzándose de brazos, pero sin moverse del taburete que estaba al lado del de Cian—Que me hayan llegado mensajes extraños en los últimos meses de un número idéntico al tuyo.

No pudo responderle. Se dio cuenta de que estaba temblando sólo porque la cerveza de su vaso se estaba moviendo.

¿Qué le iba a decir? Nunca fue bueno mintiendo. Deian era el que podía ocultar cosas sin que se le reprochara nada, Scott tenía unas excusas espectaculares para todo, y Arthur era un maestro en el arte de mentir. Él no sabía hacer ninguna de esas cosas, y aunque su padre le decía que esa cualidad era bastante honorable, en ese momento el honor no le servía para nada.

—¿No vas a decir nada? —lo interrogó Eduard. Cian apenas negó con la cabeza. No era capaz de contestar—¿En serio? No voy a mentirte. Sé que esto es una broma, y tal vez ni siquiera haya sido tu idea. Tal vez Feliks te convenció. Me molesta, pero prometo no meterlos en problema si dejan de molestarme con sus mensajes a la madrugada y notitas en la mochila. No es gracioso.

Cian tragó saliva. Seguía mudo.

—¿De acuerdo? Sólo prométeme que no lo volverás a hacerlo. Si es que eras tú. Tal vez ni te enteraste de que alguien está usando tu teléfono...

—No. Fui yo—lo interrumpió Cian, con un hilo de voz.

Eduard frunció el ceño, pero asintió.

—Pensé que eras mejor que eso. Es una broma de mal gusto—lo fulminó con la mirada.

No podía dejarlo pensar que se trataba de una broma. Sintió que su corazón habló antes de que la parte más racional de su cerebro lo pudiera detener.

—No era una broma—dijo, sintiendo un calor insoportable en el rostro.

Eduard lo observó, extrañado.

—¿Perdón? —inquirió el rubio, con una expresión de desconcierto.

—No era una broma—repitió el irlandés, sintiendo que le dolía cada palabra y que el corazón le latía muy rápido—Va en serio. Todo.

El estonio lo observó meticulosamente, con el rostro serio. Luego, una pequeña sonrisa se asomó en su rostro. El corazón de Cian seguía latiendo con fuerza, pero una luz de esperanza brilló junto a ese gesto. Tal vez las cosas no tenían que terminar mal. Tal vez a Eduard no le desagradaba la idea.

—Sorprendente.—confesó, descruzando los brazos y poniéndose de pie—No puedo creer que cayeras tan bajo.

Eso apagó completamente la luz de esperanza que Cian había encontrado.

—¿Eh? —musitó, tirando su vaso, el cual rodó a lo largo de la barra, desparramando cerveza sobre la superficie. Por suerte los dueños estaban muy ocupados como para haber notado el desastre.

—¿En serio tienes que recurrir a una excusa como esa? —espetó el rubio.

—N-no, no es ninguna excusa. Lo digo en serio.

—Como si pudiera creerte. En serio. Hoy es la primera vez que me hablas como una persona, ¿y debo creer que todo lo que esos mensajes decían es cierto?

—¡Pero... lo son! —confirmó, desesperado.

—Desde luego, Cian. Estás enamorado perdidamente de alguien que no conoces—rodó los ojos—Completamente creíble.

—Lo... lo siento. Pero digo la verdad. ¿Estás...? —quiso preguntar, pero no se atrevía a decirlo.

—¿Enojado? —completó el estonio. Pestañeó un par de veces, pero luego esbozó una sonrisa amable. De esas que a Cian le gustaba verle—¿Qué te parece?

—... ¿Que no lo estás? —murmuró el irlandés.

La sonrisa de Eduard se borró tan rápido como apareció, mostrando una inexpresividad que al pelirrojo le heló la sangre.

—Deberías aprender a diferenciar una sonrisa falsa de una real—sentenció Eduard.

Y ahí se le congeló también el corazón, para luego romperse en pedazos.

¿Todo ese tiempo había estado enamorado de algo falso? ¿De un muñeco?

No. Eduard no era un muñeco. Lo estaba lastimando con sus palabras, y un muñeco no hacía esas cosas. Pero tal vez ese era el problema.

No se dio cuenta de que estaba idealizando a un ser humano. Siempre creyó que Eduard era perfecto.

Y alguien perfecto no podía destrozarlo así.

—Hace cuánto... ¿hace cuánto lo sabías? —preguntó, torturado, y sintió las ganas de llorar invadirlo.

—Desde el grupo, obviamente.

—¿Y... por qué? ¿Por qué no me lo dijiste? —se mordió el labio, aguantando las lágrimas.

—Esperaba que tú confesaras primero—sentenció Eduard, dándose media vuelta para irse—Pero el hecho de que no lo hicieras me decepcionó más que tu triste excusa del enamoramiento.

Y se fue. Vio que Dirck se acercó a él, enojado por haber ensuciado toda la barra, pero cambió de opinión al verlo. Eso demostraba que lucía tan desgraciado como se sentía: lo suficientemente desgraciado para que un fanático de la limpieza no le reclamara por un desastre así.

Estaba anonado. Todos sus sentimientos habían sido pisoteados cruelmente. Habría preferido que Eduard se enojara y lo golpeara. Pero que no hiciera nada le dio miedo, mucho miedo. El no saber qué pasaba realmente por su cabeza.

Esa no era la persona de la cual se había enamorado.

Tuvo que recordarse que no se había enamorado de una persona, sino de una idea de él. Eduard no era tan cool como en su blog. Sus sonrisas no significaban nada. Habían perdido lo lindo.

Entonces, ¿por qué le dolía tanto?

.

Era horrible. Verlo en clase y que no le dirigiera ni la mirada. Bueno, nunca lo hacía. Pero ahora se sentía peor. Sobre todo porque sabía que si lo miraba no sería lindo. Al mismo tiempo, quería que todo pasara rápido. Pero, ¿qué tenía que pasar? ¿Tenía que esperar algo? ¿Todavía no llegaba lo peor?

Gracias a sus amigos se podía distraer un poco, pero no era fácil. Sentía un peso en el corazón que le impedía disfrutar sus días al máximo, como siempre intentaba hacer.

Deseaba que terminaran las clases, así al menos no tendría que ver a Eduard por un tiempo. Tal vez podría mentalizarse correctamente para no pensar en él. Debía someterse a un régimen de no jugar videojuegos que a él pudieran gustarle, no pensar en él, y sobre todo, no chequear sus redes sociales.

Funcionaron tanto como aquellos intentos de dirigirle la palabra antes de la noche de la catástrofe. Es decir, nada. Si bien lo intentaba, no podía no chequear su blog. Allí estaban sus pensamientos más íntimos. Pero, ¿realmente conocía a Eduard por eso? ¿Y si su vida en internet era también otra fachada? ¿Habría estado cerca de conocer alguna vez al verdadero Eduard?

Eso no ayudaba para nada. Y luego se dio cuenta de que no quería que llegara el verano.

Porque prefería sufrir viendo todos los días a un inalcanzable a Eduard, a no verlo y encima tener que fingir que estaba bien frente a sus hermanos. Porque inicio del verano, significaba reunión de los Kirkland.

Los extrañaba, pero no estaba listo para eso.

.

Sus planes fracasaban últimamente, pero ese tenía que salir bien. No pasar demasiado tiempo a solas con ellos. Desviar temas de conversación que se centraran en él. Bromear mucho. Fingir coma etílico de ser necesario.

Cian se dio cuenta de que a veces el funcionamiento de los planes no depende de uno mismo. A veces los factores externos podían echarlo todo por los suelos.

Mensaje Nuevo

De: Dad

Hora: 09:45

Arthur me llamó y avisó que tomó un vuelo antes de lo esperado. Tuve que ir al ayuntamiento por unos trámites, y Deian todavía tiene clases. ¿Puedes ir a recibirlo tú al aeropuerto? Llega alrededor de las 12:30. Hay dinero para el taxi arriba de la heladera.

Lo que necesitaba para sus planes de evasión. Nada mejor que un hermoso viaje en taxi de casi una hora.

Además, ¿¡cuánto creía su padre que costaba un taxi!? Que Arthur esperara un par de horas en el aeropuerto. Suspiró. Nadie hacía esas cosas por él. Si tenía que ir a buscar también a Scott, haría huelga.

.

—Tanto tiempo, enano—saludó Arthur, cariñosamente, encontrándoselo fuera de la sección de arribos.

—Ajá. ¿Tienes todo? —comentó, desinteresadamente.

—Por supuesto. No me habría retirado de allí sin todo mi equipaje—sentenció el inglés, frunciendo el ceño.

—Bien. Hoy estás de suerte, porque nos vamos en taxi. Costará lo mismo que una limusina, pero sin el glamour.

—No me hables de glamour, por favor—suplicó Arthur, mirando hacia el cielo en cuanto salieron.

—Oh, cierto. Porque estuviste viviendo en París últimamente. So much glam.

—No es para nada lo que parece—desmintió el rubio, guardando sus maletas en la parte trasera del taxi—¿Y qué es este mal humor que llevas encima?

—¿Mal humor? —repitió Cian inocentemente, subiéndose al vehículo—No sé de qué hablas.

Arthur lo observó, queriendo decir algo más, pero guardó silencio.

Le dio la sensación de que no se libraría del cuestionario.

.

La puerta principal se abrió como si alguien la hubiera pateado. Lo cual no dudaba, porque Scott acababa de llegar. Se dirigió a revolverle el cabello, feliz, mientras Arthur mascullaba "cavernícola" y Deian forcejeaba con el equipaje del mayor de los hermanos.

—¿Cómo es que no creces ni un poquito, Cian? —bromeó Scott, riéndose a carcajadas.

Ja ja ja—rió sarcásticamente—¿Cómo es qué no se te ocurre cambiar tus chistes?

Scott frunció el ceño, extrañado.

—¿Sarcasmo? —luego miró a Arthur, quién levantó las manos.

—Yo no fui. Lo que sea que haya sido esa respuesta, no lo aprendió de mí—se defendió, cruzándose de brazos.

En ese momento no le dijeron nada, pero Cian se percató de la mirada de preocupación que sus hermanos mayores intercambiaron.

.

Después de la clásica Barbecue de todos los años, que su padre se retirara a dormir una siesta y Deian fuera a su entrenamiento de rugby, los tres hermanos permanecieron haciendo sobremesa.

Cian sentía la urgencia de escapar, pero sería todavía más obvio. Y había comido tanto que sentía que vomitaría ante cualquier movimiento brusco.

Cuando Scott encendió un cigarrillo y Arthur no lo regañó por hacerlo dentro de la casa, supo que la cosa iba en serio.

—¿Qué te pasa, enano? —rompió el hielo el inglés—No estás como siempre.

—Bueno, hace mucho que no nos vemos—se excusó Cian, desviando la mirada—Muchas cosas cambian.

—Ya... pero otras cosas no cambian—contraatacó Scott, entrecerrando los ojos—¿Te pasó algo?

—Por supuesto que le ocurrió algo—saltó Arthur, mirando al mayor con cierto reproche.

—¿Qué sabrán ustedes? —discrepó Cian.

—Más de lo que te imaginas—sentenció fríamente el escocés, para luego darle una calada a su cigarro—Estás como apagado. Sombrío. Un zombie. Hasta Artie parece tener más onda que tú, y eso que es el hermano aburrido.

—Discreparía, pero tiene razón. Si realmente estuvieras bien, no estaríamos sentados teniendo esta conversación tranquilamente. Ya deberías haber roto un par de cosas, comenzado dos peleas y tres concursos de beber, y probablemente habrías arrojado los cigarrillos de Scott al inodoro para que no fumara mientras esté aquí.

—Exacto. Aunque lo último puede quedarse como está... —comentó Scott.

—Tal vez... sólo esté pasando por un mal momento—cedió Cian. No podía ocultarle las cosas a sus hermanos.

—¿Es sólo un mal momento? ¿Qué ocurrió? —interrogó Scott—¿Tan malas fueron tus notas? El viejo no parecía molesto.

—Como si las notas pudieran hacerle esto a Cian—rezongó el inglés, poniendo los ojos en blanco—Esto tiene que ser otra cosa. ¿No estás metido en nada extraño, no?

—¿En qué cosa extraña estaría metido? —probó el irlandés. No era nada de eso, pero sentía curiosidad sobre las especulaciones de sus hermanos.

—Drogas—sentenció Scott.

—Una secta—continuó Arthur.

—Te están amenazando por internet.

—Te endeudaste.

—Woah, sólo les falta la red de prostitución y la mafia rusa—cortó Cian—No sería nada de eso, pueden quedarse tranquilos.

Los otros dos suspiraron, aliviados.

—Entonces, ¿qué sucedió? —continuó Scott.

El pelirrojo se sintió muy pequeño ante las miradas inquisitivas de sus hermanos. Sabía que era su forma de demostrar preocupación, pero no quería contarles. Era una estupidez. Pero se sentía presionado.

—Yo... yo... bueno—tartamudeó, nervioso. Se bebió el resto del whisky de Scott de un trago, sorprendiendo al mayor. La garganta le ardió—Hay un chico...

—¿Te lastimó? —lo interrumpió la súbitamente fría voz de Arthur. Scott no dijo nada, pero apagó su cigarro, y se sentó de tal forma que parecía estar a punto de salir disparado a buscar a alguien si era necesario.

—Yo... él... no... no físicamente.

Oh shit—siseó Arthur—Esos son los peores.

—No hay evidencia física para devolverle el golpe—lamentó Scott—Ya sabes, si él empieza, siempre puedes devolverlo...

—¿Qué te hizo?

—¡No hizo nada! Sólo me gustaba y me rechazó... creo—respondió Cian.

—¿Creo? —repitió Arthur, y su cara de pocos amigos se hizo más severa—¿Cómo que "creo"?

—No me dijo que nada.

—Asunto arreglado. Es todo tuyo hasta que se demuestre lo contrario—concluyó Scott, relajándose.

—Pero tampoco dijo que sí—aclaró Cian.

—Podemos decir que es un vacío legal—insistió el pelirrojo.

—El amor no es una ley, Scott—interrumpió Arthur.

—Oh, miren quién habla de amor~—lo molestó el irlandés, aprovechando la atención. Tal vez los otros dos se pondrían a tontear y molestarse entre sí, olvidándose de él.

Normalmente, el rubio lo habría negado y se habría defendido como un niño de cuatro años al cuál le hablan de amor por el sexo opuesto. Pero eso no fue lo que ocurrió.

—A quién le importan mis asuntos, Cian, estamos discutiendo los tuyos—sentenció el inglés, severo.

Scott soltó un silbido de admiración y murmuró por lo bajo "Arturito maduró".

—Bien—resopló el irlandés—El punto es que nada bueno salió de eso.

—Pero, ¿te hizo daño? —insistió Scott.

—Claro que me hizo daño. ¿El cigarro te consumió el cerebro en vez de los pulmones, Scott? A cualquiera le hace daño que lo rechace la persona que ama.

Woah, ¿lo amas? —se sorprendió el escocés—No sabía que iba tan en serio.

—Ya no sé. No quiero saber más nada.

—Cian—interrumpió el inglés—¿Qué hizo exactamente?

El irlandés inspeccionó sus recuerdos. Era doloroso. Pero se las arregló para contarles todo, incluso lo que no le había contado a sus amigos. Incluso su stalkeo.

Un silencio sepulcral se cernió sobre los hermanos, que fue roto por el golpe que Arthur le dio a la mesa.

Bloody Git. Cunt. Fucking...

Woah, woah,language—interrumpió Scott—Hasta yo me estoy controlando de no decirle cosas a ese hijo de puta. Ten más respeto por esa mierdecilla. Es el imbécil del cuál Cian se enamoró. Tenemos que respetarlo.

—Gracias, Scott—soltó Cian, ofendido. No estaba bueno que le dijeran esas cosas a Eduard—Estás ayudando y respetando un montón. Lo mismo para ti, Arthur.

—Lo respetaré como persona cuándo el respete tus sentimientos—cortó éste último, cruzándose de brazos.

—Me cuesta enormemente decir esto, pero estoy de acuerdo con Arthur—Scott hizo una mueca—Y ya van varias veces en los últimos minutos. Espero esto te ayude a darte cuenta de la gravedad del asunto, Cian.

—Me parece que están exagerando—se quejó Cian.

—Tú deberías exagerarlo. Salir a defenderte—sugirió Scott.

—No voy a hacer eso.

—¿Entonces pretendes arruinarte la vida y deprimirte con lo que sucedió con este pequeño...?

—Sí.

—Cian—suspiró Arthur—No te obligaremos a que lo golpees.

—Aunque te incitamos a hacerlo—añadió Scott.

—Y tienes nuestro apoyo. Para golpearlo—aclaró el inglés.

—Completamente.

—Pero tienes que superarlo—continuó Arthur—No es fácil, pero puedes empezar por otras cosas.

—¿Otras cosas? —preguntó Cian.

—Claro. Como destruirlo psicológicamente—respondió el inglés.

—¡No voy a hacerle daño! ¡No físicamente! —dijo, mirando enfurecido a Scott—¡Y definitivamente no voy a hacerle daño psicológico como tú pretendes! ¡Eso es peor! —añadió, fulminando a Arthur con la mirada.

—¿Seguro que eres nuestro hermano? —cuestionó el escocés—Eso que pretendes es bastante noble.

—Cómo quieras—resopló Arthur—Pero intenta hacer otra cosa. Me llevaré tu laptop a París si es necesario para que no lo stalkees.

—¿Sabes que existen los Smartphone, no es así, oldie? —le recordó Scott.

Shut up. Estoy tratando de ayudar—se defendió el inglés—Pero lo digo en serio. Ten cuidado con eso. Intenta mirar a tu alrededor.

—Me hablas como si fuera ciego—se quejó el irlandés.

—Sólo digo que prestes más atención a otra gente. Con todo el tiempo que le dedicaste, te habrás perdido a un montón de personas interesantes. Tal vez encuentres a alguien que valga mucho más la pena que ese maldito...

—Entendí el punto—cortó Cian, poniéndose de pie. Se arrepintió, porque la comida dio brincos en su estómago—No tienen que esforzarse por meterse en mi vida.

—No nos vamos a meter en tu vida—discrepó Scott—Odiamos verte así y queremos que te mejores.

—Y que el responsable pague—añadió Arthur.

—Sobre todo eso—confirmó Scott, maliciosamente.

Cian negó con la cabeza, retirándose a su habitación. Pero sintió que se había quitado un peso de encima. De alguna forma, tomó consciencia de que un montón de gente, y no sólo sus hermanos, lo apoyaban enormemente.

Podría superarlo. Seguiría adelante a pesar de todo.

La lucecita de esperanza que Eduard había apagado aquella noche se encendió. Muy tenue, pero se encendió.

Sólo que esa esperanza ya no dependía de lo que Eduard opinara de él.

.