Un hombre de veintitantos años cogió su maleta negra de la cinta transportadora del aeropuerto y se dirigió a las puertas. Sentía las miradas apreciativas de todas las mujeres a su alrededor y sonrió ligeramente. Su entrenamiento pseudo-militar estaba dando sus frutos y ahora tenía un cuerpo atlético a pesar de pasarse horas sentado en una silla o el sofá para escribir sus manuscritos.
Al salir a la calle fría, el viento agitó su pelo negro. Cogió unas gafas que colgaban de la cremallera de la chaqueta y se las puso ocultando los ojos verdes. Por último se ajustó la bufanda roja alrededor del cuello.
Cuando llegó junto a sus amigos estos le miraron incrédulos.
-¿Cómo puedes llevar solo una chaqueta de cuero y una bufanda con este frío?
-Están hechizadas. Convierten el frío en calor y mantienen una temperatura estable en el interior. ¿Vamos ya? Tengo que llamar para decir que he llegado a salvo.
Subieron al coche gris y la mujer de pelo castaño empezó a conducir hacia la Madriguera, el hogar de la familia Weasley.
-¿Cómo te va en Nueva York?
-Entretenido. Aunque mi editor sigue presionándome para que acabe mi nuevo libro. Y ha habido otra pelea entre mis amigos, así que le he dejado las llaves del piso a Des hasta que se le pase el enfado a Shaun. ¿Quién diría que un historiador puede ser tan imaginativo con los insultos?
-Todavía tienes que presentarnos.
El hombre pelinegro observó los otros coches a través de la ventana empañada.
-Quizás vengan estas Navidades, si Des consigue que su jefe le deje libre las vacaciones.
-¿Des era el camarero?
-Sí. El tres veces mejor camarero de todo Nueva York. Creo que ese era el motivo de la última pelea. Le han aumentado las horas de trabajo.
Soltó una risa divertida. El hombre pelirrojo le observó.
-¿Vas a Grimmauld Place?
-¿Debería?
-Bueno, querrán darte las gracias. Hace ya cinco años que les dejaste la casa y todavía no han podido hacerlo.
El pelinegro suspiró y sonrió a su amiga.
-Por supuesto tienes razón, Mione. Me pasaré mañana a saludar.
El coche se mantuvo en silencio hasta que llegaron a la Madriguera. Por supuesto la señora Weasley abrazó con fuerza al pelinegro.
-Harry, querido, hace mucho que no nos vemos. ¿Cómo has estado? Estás muy delgado.
El pelinegro rió divertido.
-Y mi peluquera diciendo que estoy genial. ¿Qué sabrá ella?
La señora Weasley sonrió y por fin le soltó. Todos se sentaron en el salón.
-¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
-Un mes o algo más. Con tal de librarme de mi editor y las fechas de entrega...
Todos rieron. Justo en ese momento sonó un móvil y Harry cogió el suyo para mirar el identificador. Por supuesto soltó un gemido exasperado, lo que provocó todavía más risas. Se disculpó un momento y se fue a la cocina para contestar.
Una vez allí su actitud cambió de una relajada a una tensa.
-Rápido.
-Señor, hemos reducido el rango a la ciudad de Londres. No hemos podido averiguar más, uno de los especialistas se desmayó antes de conseguirlo.
-No importa, es más de lo que esperaba. Que todos descansen. Ahora empieza el segundo acto y el príncipe de la oscuridad entra en escena junto a su séquito. Os llamaremos en el tercer acto.
-Sí, señor.
Colgó y suspiró, observando la nieve que caía lentamente del cielo gris. Desde que recordó su misión en la vida veía el mundo de otro modo. Tantos siglos...
-¿Ya has terminado, compañero?
-Han reducido el límite a Londres. Tendremos que buscarle nosotros, Ron.
Su amigo pelirrojo asintió y se acercó a su lado.
-¿Cuándo empezamos?
-Lo antes posible. El mundo necesita de nuevo a su Señor de los Cielos. Las noticias son cada día más preocupantes.
-Sí, las guerras se están expandiendo por el mundo.
Ambos miraron hacia la nieve blanca, sabiendo que pronto se ensuciaría.
-Bueno, será mejor que vaya a despedirme. Tengo que ir a registrarme al hotel.
-¿De verdad vas a quedarte en un hotel? Sabes que aquí hay habitaciones.
-Sí, pero prefiero tener mi propio espacio. Mis horarios son complicados. Me acuesto tarde y me despierto en mitad de la noche para escribir alguna idea.
-Está bien, tú verás. Pero eres tú quién se lo diga a mi madre.
Harry sonrió y los dos se dirigieron al salón para despedirse.
-¿Te llevo, Harry?
-No, me apareceré. Volveré mañana después de ir a Grimmauld. No tengo ni idea de la hora a la que puede ser, así que no me esperéis para comer. Después también quiero ir a visitar a Teddy y Androméda.
-Entonces hasta mañana.
Harry cogió su maleta del coche y se alejó un poco para aparecerse al punto más cercano al hotel. Se registró con su acrónimo de escritor, lo que le permitió una suite privada. Subió al ático y dejó la maleta a los pies de la cama. Después se acercó a las cristaleras.
Había pasado más de mil años encerrado en una habitación, ahora que estaba fuera de ella observaba el cielo cada vez que podía. También le gustaba caminar bajo la lluvia, sobre todo si había tormenta con rayos y truenos. Y por supuesto odiaba los espacios cerrados y las multitudes. Un pequeño efecto secundario de la soledad voluntaria.
Suspiró pesadamente y decidió avanzar un poco más con el nuevo libro. Había dejado a sus protagonistas hablando en el museo. A saber cómo salía de ahí...
De algún modo Harry me gusta más como alguien oscuro, me parece que tiene más juego con esa clase de personalidad.
¿Cómo os parece que va? ¿Tenéis alguna idea de quiénes pueden ser los que viven en Grimmauld Place? Me habría gustado avanzar algo más, pero prefiero dejarlo aquí. El próximo capítulo será completamente diferente, contará las cosas desde otro punto de vista y quizás encuentre al Señor de los Cielos...
Espero leeros pronto,
Naraya
