Por supuesto estaba lloviendo. Entre Ron y yo, Hermione solloza amargamente. Molly y Arthur se confortan mutuamente cerca de nosotros. Bill, Charlie, Percy y Ginny apoyan a George, que parece desmoronarse por segundos. Frente a todos nosotros, el féretro que contiene el cuerpo de Fred reposa sobre un lecho de flores blancas.
(Por fuera me mantengo fuerte para mis amigos, pero por dentro mi alma y mi corazón no dejan de derrarmar lágrimas. ¿Por qué él? ¿Por qué tuvo que ser él? La injusticia del momento hace que la sangre hierva en mis venas.)
Hay muchas otras personas que merecen estar muertas, infinitamente más que algunos que han caído en la reciente batalla. Pienso en todos ellos.
(Fred Weasley. Remus Lupin. Nymphadora Lupin. Colin Creevey. Lavender Brown. Severus Snape. Otras cincuentas personas más de las que no sé el nombre. Todos ellos dieron sus vidas para ganar.)
El funeral termina y todos entran en el castillo. Pero yo noto un destello rubio junto al lago y mis pies deciden acercarme a él.
Draco Malfoy observa la calma de la superficie. Su pelo rubio se pega a los lados de su cara. La palidez de su piel se ve acentuada por el negro de sus ropas empapadas. No nota que me acerco. Está murmurando lo que me parece un poema.
Muerte, no te enorgullezcas
aunque algunos te llamen poderosa y terrible,
puesto que nada de eso eres;
porque todos aquellos a los que creíste abatir no murieron,
triste muerte,
ni a mí vas a poder matarme,
esclava de lado,
la fortuna, los reyes y los desesperados,
si con veneno, guerra y enfermedad y amapola o encantamiento
se nos hace dormir tan bien y mejor que con tu golpe,
de qué te jactas,
tras un breve sueño despertamos a la eternidad y
la muerte dejará de existir,
muerte, morirás.
(Sus palabras son como susurros en el viento, como una suave caricia reconfortante, como... la dulce voz de un amante.)
Sin querer, rompo una ramita que había en el suelo y él se gira rápidamente, con la mano cerca de la cadera. Nuestros ojos se encuentran.
(Sus iris grises revelan el más profundo dolor, la más dolorosa pena.)
Él vuelve a girarse hacia el agua y yo me quedo a su lado. No cruzamos una sola palabra. Como miles de veces antes, nuestra sola presencia es más que suficiente.
(No tengo ni idea de porqué él y yo, rivales jurados, nos sentimos más cómodos el uno con el otro. Debería ser todo lo contrario. Pero no me importa.)
En algún momento él se despide mirándome a los ojos y se marcha hacia el exterior de los terrenos para aparecerse. Yo entro.
La primera persona a la que veo es al pequeño Teddy llorar en los brazos de su abuela. Me acerco para cogerle y se calma.
Mientras miro a sus ojos cambiantes y su pequeña mano agarra uno de mis dedos, reconozco que la muerte es solo una etapa de la vida.
(No hay vida sin muerte y no hay muerte sin vida.)
Es aquí y ahora cuando juro proteger a este niño con todo lo que pueda, mi vida si es necesario, y conseguir que en el futuro se convierta en un hombre hecho y derecho. En un hombre del que sus padres puedan estar orgullosos.
En estos momentos difíciles, esta es la única salida que veo. Nadie más lo entiende. No tiene nada que ver con Dioses Errantes hasta ahora, pero en los próximos capítulos tendrá un sentido completo.
Espero leeros pronto,
Naraya
