Ok, finalmente está terminado el capítulo 3. Podría haberlo subido ayer, pero tenía que terminar la traducción en inglés, que me lleva mucho tiempo. Y podría haber subido el capítulo 3 hace cuatro días. Pero de hacerlo, no estarían frente a... *música de John Cena* EL CAPÍTULO DEFINITIVO. EL ACERCAMIENTO EMOCIONAL MÁS BRUTAL JAMÁS REALIZADO A LOS PERSONAJES DE THE LOUD HOUSE. UNA EDICIÓN ESPECIAL DOBLE QUE ES UN 15% MÁS LARGA QUE LOS DOS CAPÍTULOS PREVIOS COMBINADOS. UNA MÁQUINA DE PALABRAS ESCRITAS QUE GARANTIZAN QUE LLORES Y TRABAJA A OVERCLOCKING PARA ASEGURARTE DE QUE RECIBAS LA PALIZA EMOCIONAL QUE EL RESUMEN DE ESTA HISTORIA TE PROMETIO QUE TENDRÍAS. ESTE CAPÍTULO TIENE UN 100% DE PROBABILIDAD DE HACERTE LLORAR, CON UN 66% DE POSIBILIDADES DE SER UN GOLPE CRÍTICO. AL MENOS QUE TENGAS UNA FRÍA E INERTE PIEDRA EN TU CORAZÓN, ESTE CAPÍTULO TE HARÁ LLORAR COMO NO LO HAS HECHO DESDE TY INFANCIA. CON LA PRESENCIA ESTELAR DE UNO DE LOS PERSONAJES MÁS ICÓNICOS DE LA HISTORIA MODERNA DE LA TELEVISION, Y UNA INVESTIGACIÓN MÉDICA REALIZADA POR EL AUTOR PARA QUE ESTO FUERA LO MÁS CERCANO A LA REALIDAD POSIBLE. ARE - YOU - READY?!
Sin nada mas que decirles, tras esa increíble presentación, los dejo con el cap. Muchísimas gracias como siempre a quienes me dejaron sus comentarios. Son los que me dan fuerzas para seguir adelante con este drama.
Disclaimer: The Loud House no me pertenece. Estoy bastante seguro de que si me acercara a Nickelodeon con este fic a modo de propuesta para una película para cuando decidan terminar la serie, entonces sí podría pertenecerme. Hasta entonces, no.
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Capítulo 3:
Loud y House
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Los vecinos, por lo general, miraban con desprecio la casa del 1216 de la Franklin Avenue, la casa de los Loud. No había hora del día en la que no se escuchara el alboroto que se gestaba en esa casa de locos. Las inmobiliarias ya habían recibido algunas demandas por no haber avisado a sus clientes que su propiedad se encontraba a metros de una casa donde vivían diez niños hiperactivos, ruidosos y con poco respeto por la privacidad ajena. Sin otras opciones, los vecinos simplemente habían aprendido a convivir con el ruido. Era como salir a caminar bajo la lluvia, sin paraguas. Al principio es bastante molesto, pero llega un momento en el que tu cerebro decide que no vale la pena continuar gastando energía en reconocer el impacto de cada gota sobre tu cuerpo, y pasa a un modo en el que sabes que está lloviendo —y quizás alguna gota en tus ojos te lo recuerde—, pero en general ya no te importa. Así de acostumbrados a los Loud estaban los vecinos.
Fue por ello que, aquella noche de domingo, fueron capaces de notar que la tormenta torrencial de todas las noches ahora era tan sólo una simple llovizna. Alguien que viviera en otro barrio se habría sorprendido del sonido de guitarras eléctricas, televisión, y lo que parecían ser autos de karting. Pero los vecinos de toda la vida se percataron de sutiles diferencias. Obviamente, nadie decidió darle demasiada importancia hacia el asunto. En primer lugar, porque no era asunto suyo. En segundo lugar, porque un poco menos de ruido siempre sería bienvenido. Y finalmente, porque en verdad no estaban muy seguros de que su impresión fuera correcta. Después de todo, ciertamente aún se oía una conmoción. Quizás su intuición se equivocaba.
Lo cierto es que su intuición no podía estar más acertada. La clave estaba en los detalles.
Por ejemplo, Luan veía, como todas las noches, su programa favorito de comedia, Fail Armada. La televisión estaba a todo volumen, como siempre era necesario para poder oír algo por encima del resto de la casa, pero esta noche faltaban sus carcajadas cada vez que alguien se caía o hacía algo tonto. Los vecinos tampoco oían un balón de fútbol americano rebotar por todas las paredes de la casa, derribando muebles a diestra y siniestra. Solo se escuchaba un golpeteo contra el dintel de la puerta producido por la pelota de béisbol que Lynn lanzaba, mientras esperaba sentada en la escalera. El show de luces y explosiones de la habitación de Lisa también brillaba por su ausencia; no hacía falta tantos aparatos para leer sus libros de medicina. Lola y Lana, a primera vista, parecían estar haciendo lo mismo de siempre, manejando el karting por la casa y jugando con sapos e iguanas. Sin embargo, las dos trataban de estar lo más cerca posible de la puerta de entrada, esperando que se abriera en cualquier momento. Luna también parecía cumplir con su rutina, tocando su guitarra con los amplificadores al máximo. Pero no estaba tocando nada de Smooch, Wink-182, Bomb Yovi, Aero is Myth, o Rhymes 'n' Proses como solía hacer para descargar su energía acumulada. Estaba tocando una canción de We Totally Have a Name, la banda que toda la familia Loud sabía que Luna sólo escuchaba o tocaba cuando se sentía particularmente vulnerable. Los vecinos no encontrarían mucha diferencia, pues oirían los enérgicos riffs de guitarra y creerían que era una simple canción de punk rock, como siempre. Por supuesto, no tenían forma de medir el sentimiento y la preocupación que la chica le daba a los versos de 'Dumb Reminders'.
—Honestly, I'd give anything, to be with you, right now...
Lucy era la única que parecía continuar con sus actividades normalmente. Nadie la había visto desde que habían llegado a la casa, así que suponían que estaba escondida en los ductos de ventilación, escribiendo algún poema.
Mientras tanto, Lori y Leni estaban en su habitación cuidando a Lily. Leni estaba acostada en su cama, levantando en el aire a su hermana bebé, que disfrutaba enormemente separarse del suelo, estallando en risas y moviendo sus pequeños brazos con emoción. Lori trataba de sonreír ante aquella vista. En verdad quería hacerlo, sonreír, divertirse y distraerse. Pero lo único que hacía era ver la pantalla de su teléfono. Le había enviado cuatro mensajes a sus padres, preguntándoles dónde estaban, cómo estaba Lincoln y si llegarían a la hora de la cena. Los cuatro mensajes habían sido enviados, recibidos y leídos, pero ella no había recibido ninguna respuesta.
Quería calmarse. Realmente, lo único que quería era tranquilizarse y convencerse a sí misma de que todo estaba bien. Pero si en algo la había afectado ser la hermana mayor de una familia tan grande como la suya, era que se preocupaba mucho por todos y cada uno de sus hermanos. Y, aunque jamás se lo diría en voz alta a nadie, ni siquiera a Bobby, lo cierto era que quizás ella se preocupaba un poquito más por Lincoln. Que él estuviera en el hospital la ponía muy nerviosa. Estar sin noticias sólo empeoraba todo.
Ninguna lo diría abiertamente, pero en realidad era bien sabido que Lincoln era el hermano favorito de todas. Ninguna pasaba mucho tiempo con él; no más que con el resto de sus hermanas, por lo menos. Tampoco era que pelearan menos con él. Ni por asomo. Ellas normalmente lo racionalizaban argumentando que era porque él era el único niño entre tantas mujeres. ¿Cómo no ser sobreprotectoras con su único hermano?
Quizás era por el hecho de que todas lo quisieran muchísimo, o porque realmente era el único miembro de la familia que se las arreglaba para tener tiempo para todas las hermanas. Sea cual fuere el motivo, Lori había llegado a la conclusión desde hacía un tiempo de que Lincoln era el eslabón más fuerte de la familia. No importa qué tan tristes, solas o desesperadas estuvieran, todas sabían que siempre contarían con Lincoln para calmarlas y ayudarlas en todo lo que pudiera. Lo amaban. Y en aquel momento, estaban sumamente preocupadas.
—No lo entiendo, Lori —dijo de repente Leni, mientras seguía jugando con Lily—. En los hospitales te dan medicinas, ¿no?
—Sí.
— ¿Y por qué no le dan a Lincoln la medicina que necesita así se cura? ¿Por qué todavía está ahí?
—No lo sé.
—Pero está bien, ¿verdad? Mamá y papá nos avisarían si no estuviera bien, ¿no?
Lori no le respondió. Estaba revisando su teléfono, esperando encontrar alguna respuesta a esa misma pregunta. Cerró los ojos y llevo una mano a su frente. Le dolía la cabeza de los nervios. Tampoco ayudaba que la casa estuviera tan ruidosa. Hasta ahora había estado siendo piadosa —no quería molestar a sus hermanas sabiendo que estaban tan afectadas como ella. Pero sus padres la habían dejado a cargo, y debía asegurarse de que todo estuviera bajo…
¡DING!
Tras los breves segundos que ocurrieron luego de que tocaran el timbre, cualquier pizca de control que quedaba en la casa se perdió por completo. Lori y Leni corrieron escaleras abajo, pisándole los talones a Luna. Al llegar a la base de las escaleras, se encontraron con que el resto de sus hermanas estaban peleándose para abrir la puerta.
— ¡Basta! —Gritó Lori, deteniendo inmediatamente a sus hermanas—. Lynn, abre la puerta.
Ya que era la que estaba más cerca, Lynn rápidamente abrió la puerta, con las gemelas asomándose por detrás de ella para ver mejor.
— ¿Lincoln? —Dijeron las tres chicas al mismo tiempo, antes de ver lo que tenían delante de ellas.
—Um, no, me llamo Jeff —respondió un muy confundido adolescente con problemas de acné, que llevaba dos inconfundibles cajas cuadradas—. ¿Pizza Planeta?
Nunca, en sus cinco semanas en aquel empleo de medio tiempo, Jeff había visto diez personas te decepcionadas por recibir sus pizzas a tiempo. Las tres niñas que le habían abierto la puerta de la casa lo miraron casi con repudio.
—Estúpida pizza —dijo Lynn, alejándose furiosamente de la puerta, buscando de nuevo su pelota de béisbol.
Lori recibió y pagó las pizzas. Logró llevarlas hasta la mesa sin que nadie tratara de derribarla, lo cual sólo acentuaba el estado de ánimo de todas las hermanas. De todas formas, en cuanto abrió la primera caja de su pizza especial de doce porciones, nadie dudó en tomar la suya. Comenzaron a cenar, disfrutando del delicioso sabor del queso derretido. No habían pensado mucho en eso, pero no habían comido en casi todo el día, y estaban hambrientas. Con sus estómagos comenzando a llenarse, el humor de las hermanas Loud mejoró considerablemente.
—Oigan, ¿saben qué queso le pone Sherlock Holmes a sus pizzas? Emmental, Watson. Ja ja, ¿entienden?
— ¡Está a punto de empezar un nuevo episodio de Princesas y Dragones, y alguien va a tener que verlo conmigo! —Exclamó Lola, entre bocados.
—Puaj, no yo. Hoy me toca cuidar a Izzy. ¡Creo que está a punto de mudar de piel!
—Eso es, o sea, totalmente desagradable —le dijo Leni a Lana.
—Esta pizza es lo único que logra llenar parcialmente el vacío interior de mi oscura alma.
—Es deliciosa —agregó Lynn.
—Eat the rich, take one bite now, come back for more —tarareó Luna, entre bocados.
—El queso parece estar sólo medio grado centígrado debajo de su punto de fusión, lo cual lo deja en el punto perfecto para disfrutar de sus cualidades sensibles al gusto.
— ¡Pues no sé ustedes! —Dijo Lana, terminando de comer su porción y poniéndose de pie sobre la mesa—. ¡Pero yo estoy lista para pelear por la última…!
Su sonrisa y determinación se apagaron al ver la caja. No había una última porción. Había dos.
—No hace falta pelear —se apresuró a decir Lori, notando de inmediato que todas sus hermanas miraban la porción que no debería estar sobrando—, pedí dos pizzas.
Abrió la otra caja, y todas pudieron repetir. La segunda parte de la mesa fue mucho más silenciosa que la primera.
Cuando acabaron de cenar, cada hermana volvió a lo que estaba haciendo antes de que el delivery llegara. Lori estaba subiendo la escalera cuando su teléfono comenzó a vibrar. Rápidamente lo revisó. Quedó de pie en medio de la escalera, congelada en su lugar, leyendo el mensaje. Una y otra vez.
Finalmente, fue hasta su habitación a paso acelerado. Tomó su silbato y bajó de nuevo hasta la sala. Sopló con todas sus fuerzas, haciéndose oír por encima de todo el ruido. Podrían estar distraídas, pero todas las chicas sabían que no acudir a un silbatazo de Lori sólo podría traer consecuencias. En cuestión de segundos, todas las hermanas y las mascotas estaban ordenadas en una fila de mayor a menor. Lynn y Lucy se miraron al notar que había un hueco entre ellas.
—Muy bien, escuchen —dijo Lori, caminando nerviosamente frente a todas sus hermanas. No tenía sus gafas ni su chaqueta militar, pero no por eso inspiraba menos respeto y temor —. Son casi las nueve de la noche, y mañana es lunes. Eso significa que todas tenemos escuela, y ya estamos pasados del horario para tener un buen descanso.
—En realidad, los ciclos de sueño duran una hora y media en promedio, y una noche de descanso se consigue fácilmente con…
—Lisa —la interrumpió Lori, colocándose frente a la pequeña—, no hablarás si no se te pide que lo hagas. ¿Entendido?
—Si, señora —respondió la niña, con la mirada firme hacia el frente.
—Excelente. Como les decía, es hora de ir a dormir. Así que tienen diez minutos para arreglarse, y luego TODAS irán a sus habitaciones, donde se quedarán acostadas en silencio hasta dormirse.
—Pero Lincoln todavía no…
— ¡Esas son las órdenes! —Gritó Lori, silenciando las protestas—. Ahora, a sus habitaciones. Si llego a enterarme de que alguna de ustedes sale a algún lugar que no sea el baño, desearán no haber sido tan valientes.
Rápidamente, todas subieron por la escalera, rumbo a sus respectivas habitaciones. Lori volteó suspirando, sacando su teléfono para leer una vez más el mensaje que había recibido.
— ¿Lori?
La rubia volteó. Luan estaba de pie en la base de la escalera, unos escalones por debajo de Luna.
—Luan —dijo Lori, recuperando su postura dictatorial—, creo que fui clara cuando dije que…
— ¿Le pasó algo a Lincoln? —Preguntó su hermana menor, con las manos juntas sobre su pecho.
La mayor no respondió de inmediato. Se quedo mirando su teléfono.
— ¿Te dijeron algo? —Volvió a preguntar Luan.
—Yo… No lo sé…
—Lincoln también es nuestro hermano —dijo Luna, acercándose un tanto enfadada hacia Lori—. Si algo… Si te dijeron algo, más vale que nos digas, porque…
— ¡No sé nada! —Dijo Lori, mostrándoles la pantalla de su teléfono. Las dos hermanas se acercaron a leer el mensaje.
"Lori, que tus hermanas se acuesten temprano y asegúrate de que lleguen a tiempo a la escuela. Tu madre y yo nos quedaremos aquí esta noche."
— ¿Sólo eso? —Dijo Luan—. ¿Por qué se quedan en el hospital? ¿Está bien? ¿Le pasó algo? ¿Por qué no te lo dicen?
—Shh, shh, tranquila —le dijo, abrazándola para calmarla, pues parecía al borde del llanto—. Cálmate. Seguramente… Seguramente todavía no tienen los resultados de los exámenes. El hospital no puede dejar que se vaya sin saber qué es lo que tiene. Quizás tenga que pasar una noche en observación. Mamá y papá no deben querer que se quede sólo en un hospital, ¿está bien? No se preocupen.
Pese a que estaba tratando de convencerse a sí misma, sus palabras parecieron calmar a Luan. Lori se acerco a Luna.
—Todo va a estar bien. Vayan a dormir. Todas necesitamos descansar.
—Muy bien. Lucy, Lana, Lola, aquí les toca —dijo Lori, dejando a las más pequeñas en la entrada de su escuela primaria.
Las tres chicas bajaron inmediatamente de la camioneta, dirigiéndose hacia sus respectivos salones. Habiendo dejado a Lisa en la Universidad, donde pronto estaría dando una disertación acerca de la colisión de partículas y su posible uso en la industria de la gelatina, sólo quedaban en el auto las cinco hermanas mayores. La secundaria sólo estaba a tres calles de distancia, así que pronto estarían entrando a clases. La escuela y estar con sus amigas era justamente lo que necesitaban para distraerse un poco.
—Nuestra profesora de educación física dijo que hoy nos dejará usar verdaderas raquetas de tennis, y no esas tontas paletas de madera. Estoy seguro de que puedo enviar una pelota desde el gimnasio hasta la calle de enfrente.
—Más vale que lo disfrutes, porque será la última vez que te dejen usarlas.
—Pff, por favor, en cuanto vea mi drive va a rogarme para que participe en las regionales.
—Me imagino.
Lori estacionó la camioneta en el estacionamiento de la escuela. Estaba a punto de bajar junto a sus hermanas cuando su teléfono comenzó a vibrar nuevamente. Pensando que sería Bobby, impaciente por verla, lo revisó. Todo su cuerpo se tensó cuando vio que era un mensaje de sus padres, y a medida que iba leyendo lo que le habían enviado, la sangre de sus venas comenzó a congelarse.
"Lori, en cuanto dejes a todas tus hermanas en la escuela, ven con Leni al hospital. Sólo ustedes dos. Que las otras no se enteren."
Comenzó a respirar profundamente, y su corazón entró a trabajar a doble velocidad. No le habían dicho nada raro. No le habían dicho nada para preocuparse. Nada en aquel mensaje insinuaba que algo malo había pasado. ¿Por qué, entonces, su corazón parecía estar preparándose para recibir terribles noticias?
— ¡Lori! Vas a llegar tarde —le gritó Lynn, viendo que su hermana se había quedado dentro de la camioneta.
Lori trato de serenarse. Tenía que ir con Leni al hospital sin que el resto de las chicas se entere. Había que inventar una excusa para llevársela.
—Ustedes vayan. Leni, ven conmigo —la llamó.
—Pero la escuela está hacia allá —respondió Leni, señalando hacia el restaurante italiano de la esquina, antes de corregir la dirección de su brazo.
—Solo ven, tenemos que ir a casa —dijo irritada.
— ¿Por qué tienes que volver a casa? —Preguntó Luna—. ¿Y por qué te llevas a Leni?
—Porque… —El cerebro de Lori buscaba una excusa que la sacara del aprieto y evitara que siguieran preguntándole. ¿Pero qué podría…? Por supuesto. —Tuve uno de esos incidentes. Y saben… Esa clase de incidentes.
—Ooooh —respondieron las cuatro hermanas, de pronto comprensivas.
— ¿Y por qué quieres que vaya contigo? —Preguntó Leni.
—Porque me quedé sin provisiones, y necesito que me prestes, ¿está bien? Y no sé dónde las guardas, así que sube al auto en este instante y vamos a casa.
Lo irritada que sonaba ciertamente ayudó a que su coartada fuera más creíble. Leni se despidió de sus hermanas y subió a la camioneta junto a Lori. Ella rápidamente encendió la camioneta y se alejó de la escuela calle arriba.
—Eso es extraño —dijo Lynn, con suspicacia—, nuestra casa está hacia el otro lado.
—Y Lori ya tuvo eso este mes. Y esa es una regla que no puedes romper. Ja ja.
—Se veía un poco nerviosa. ¿Por qué estaría…?
Luna no terminó la frase, pero las tres inmediatamente pensaron en lo mismo.
— ¡Lincoln! —Dijeron.
— ¡El hospital está hacia allá! —Señaló Luan, en la dirección por la cual Lori había manejado.
— ¿Creen que le haya pasado algo? —Preguntó Lynn, preocupada.
—Estaba leyendo un mensaje antes de irse. ¿La habrán llamado para que vaya al hospital? —Dijo Luan.
—Puede ser… Should we stay or should we go? —Preguntó Luna.
— ¿Qué dices? ¡Por supuesto que tenemos que ir!
—Pero, Lynn, ¿qué hay acerca de nuestras clases? ¿Y tu clase de tennis?
—Luan, estamos hablando de Lincoln. Que se pudra esa puta clase de tennis.
Normalmente la habrían regañado por decir groserías, pero ni Luna ni Luan estaban interesadas en hacerlo.
Tras veinte minutos del peor tráfico de la historia, Lori finalmente llegó al hospital. Estacionó en el primer lugar vacío que encontró, y bajó junto a Leni. Comenzó a caminar rápidamente hacia la entrada.
—Vaya Lori, sí que debe ser terrible para que tengas que venir al hospital —dijo Leni, compadeciéndola y tratando de seguirle el paso.
—No vinimos por mí.
— ¿Qué? ¡Pero si yo estoy bien! ¿Por qué me trajiste si…?
Lori se detuvo de repente y volteó a ver a su hermana, quien casi la choca.
— ¡Vinimos a ver a Lincoln, Leni! ¡Por el amor de Dios, ¿es que no puedes entender nada?!
Leni retrocedió un paso, sorprendida por el exabrupto de su hermana. Iba a decir algo, cuando un grito la interrumpió.
— ¡Lo sabía!
Lori y Leni voltearon a ver a Lynn, que se acercaba corriendo seguida por Luna y Luan.
— ¿Qué están haciendo aquí? —Dijo Lori, completamente sorprendida por ver a sus hermanas allí—. ¿Cómo llegaron?
—Chunk nos dio un aventón —respondió Luna, claramente enfadada—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Por qué viniste al hospital sin nosotras?
—Escuchen, mamá y papá me dijeron que venga. No sé qué…
— ¿Por qué no nos dijiste nada? —Exigió saber Luan.
— ¡Me dijeron que sólo le diga a Leni!
— ¿Cómo pudiste no decirnos nada? ¡Él es nuestro hermano!
Su reacción instintiva hubiera sido gritarle a Lynn que ya lo sabía. Quizás su instinto más primitivo la hubiera llevado a querer golpearla por la rabia e impotencia. Pero Lori estaba entrenada para no perder la calma. Así que cerró los ojos y respiró tres, cuatro veces.
—Miren… Tienen razón. No debería habérselos ocultado. Ellos me dijeron que no querían que todas ustedes vinieras, pero ahora están aquí, así que no hay nada que hacer. No sé por qué me llamaron, ni qué quieren decirme, así que no me pregunten. Sólo… Quédense en silencio, y vamos a ver a nuestro hermano.
Nadie le discutió, y las cinco hermanas entraron al hospital en silencio.
— ¡Ahí está! —Dijo Lynn, olvidándose por completo de la regla de mantener silencio en los pasillos del hospital.
De alguna manera habían logrado pasar a la zona de las habitaciones sin que ningún doctor las detuviera. Sin embargo, el grito de Lynn seguramente acababa de alertar a todos los enfermeros del piso de su presencia allí. Rápidamente todas se acercaron a la habitación donde Lincoln había estado el día anterior. La puerta estaba cerrada, pero la misma tenía un gran paño de vidrio en medio de la plancha de madera. Las cinco hermanas se apoyaron contra el cristal.
De inmediato reconocieron la figura de Lincoln, de pie junto a la ventana, mirando hacia el exterior del edificio. El doctor del día anterior estaba de pie junto a él, hablándole.
— ¡Lincoln! —Lo llamó Lynn, mientras trataba de abrir la puerta, la cual estaba cerrada.
—Lynn, no grites —trató de decirle Lori.
— ¡Lincoln! ¡Somos nosotras!
El doctor las miró a través de la ventana, pero Lincoln continuo mirando hacia el exterior. Los dos intercambiaron algunas palabras que las chicas no lograron descifrar. El doctor parecía estar insistiendo en algo, pero Lincoln sólo negaba con la cabeza. Finalmente, el doctor suspiró y se acercó hacia la puerta.
— ¡Lincoln! ¡Lincoln! —Gritaba Lynn, confundida al ver que su hermano volteaba hacia su cama, acostándose sin siquiera voltearse a verlas.
Se alejaron apenas lo suficiente como para que el doctor pudiera abrir la puerta y salir. Inmediatamente después, comenzaron a instigarlo con preguntas. Eran demasiadas chicas hablando nerviosas al mismo tiempo como para que el profesional pudiera entenderlas.
—De acuerdo, de acuerdo, tranquilas.
— ¿Cómo está Lincoln? —Preguntó Luan.
—Escuchen, sus padres fueron a la cafetería, ya deben estar por volver y…
— ¿Podemos entrar a verlo? —Dijo Lynn, decidiendo ignorar el hecho de que el doctor había evitado la pregunta de Luan.
—Él… Lincoln prefiere estar sólo.
— ¿Qué? —Dijeron todas al mismo tiempo. Comenzaron de nuevo a hablar atropelladamente.
— ¡Chicas!
Afortunadamente para el doctor, los señores Loud se estaban acercando por el pasillo, cargando una bandeja con dos cafés y unos tostados.
— ¡Lori, te dijimos que sólo trajeras a Leni! —La reprochó el señor Loud.
— ¿Qué está pasando? ¿Por qué no fueron a casa anoche? —Preguntó Luan.
— ¿Por qué no nos dicen qué pasa? ¿Por qué sólo Lori? ¡Nosotras también queremos saber! —Gritó Luna, claramente enfadada.
Los padres se miraron entre ellos. Finalmente suspiraron. El cambio de actitud confundió a las chicas.
—Está bien. Está bien. Escuchen, Lincoln quiere estar sólo ahora, así que no lo molestemos. Vayamos a la sala de espera y hablemos allí, ¿está bien?
Dirigiendo una última mirada a la habitación de su hermano, las cinco chicas finalmente asintieron, y siguieron a sus padres hasta la vacía sala de espera. Una vez que estuvieron todos sentados, los padres bebieron un sorbo de café, y fue entonces cuando las chicas repararon en cómo se veían. Estaban completamente despeinados, desaliñados. Su madre estaba sin maquillaje, por lo que se había estado lavando la cara. Los dos tenían unas gigantescas ojeras debajo de los ojos, que se veían hinchados. No parecían haber pasado una buena noche de sueño.
—Miren, chicas… —comenzó la madre, aunque se detuvo al no encontrar las palabras adecuadas.
—Lamentamos haber hablado sólo con Lori. Creímos que, por ser la mayor, era mejor tratar de hablar sólo con ella.
— ¿Hablar de qué? —Preguntó Lynn, que al igual que sus hermanas, estaba con las manos agarrando el asiento de su silla.
Durante unos interminables segundos, lo único que se oía era el nervioso zapateo de Luna, cuyos pies trataban de buscar un ritmo que la tranquilizara. Sin éxito alguno.
—Lincoln…
— ¿Qué hay con él? —Pregunto Luan, impaciente, sintiendo que la tensión en el aire podía cortarse con un dedo.
—Él… está enfermo —dijo el padre.
— ¿Enfermo? ¿De qué? Sólo fue un golpe. Lo golpeé y se desmayó —dijo Lynn, apresuradamente.
—No. No fue eso. Lincoln estaba enfermo desde antes, sólo que no… No lo sabíamos. No… No nos dimos cuenta —dijo la madre, con la voz y la mirada perdidas, como si estuviera pensando en voz alta.
— ¿Cómo que desde antes? ¿Desde cuándo? —Pregunto Lori, tratando de pensar en el mejor desenlace posible para esta conversación. Deseando con todo su corazón que todo esto llevara a un final feliz.
—Desde hace mucho. Él tiene…
El señor Loud llevó sus manos a su rostro, frotándolo un par de veces, quitándose el sudor de la frente y masajeando sus sienes.
—Escuchen, por favor, tómenlo con calma. No se… No entren en pánico, ni…
— ¡¿Pánico?! ¡¿Por qué entraríamos en pánico?! —Pregunto Leni, entrando en pánico.
El señor Loud finalmente suspiró. Tomó su vaso de café y bebió un gran sorbo. Miró el líquido durante unos segundos, y luego habló.
—Chicas, Lincoln tiene tumores en su cabeza.
Un avión podría haberse estrellado en el estacionamiento del hospital. Un hombre podría haber entrado en aquel pasillo con un arma de fuego y comenzado a disparar a todos lados. Un tornado podría arrancar el techo del hospital y arrastrarlos por los cielos. Cualquier cosa podría haber sucedido, y las chicas no se habrían enterado. Todas sintieron una fuerza invisible que tomaba sus corazones en sus frías manos, apretándolo, impidiéndole latir con normalidad. Sus diafragmas olvidaron su tarea, y luego de que el aire se les escapara, tardaron varios segundos en volver a respirar. Permanecieron en silencio, observando a sus padres. Todas sabían que Luan había heredado el muy mal sentido del humor de él. Esperaban que en cualquier momento les dijera que era una broma. Así podrían gritarle, golpearlo, odiarlo por el resto de sus vidas por hacer una broma de muy mal gusto. Estaban dispuestas a renunciar a sus mesadas, a dejar de ser mantenidas por él y a no dirigirle más la palabra con tal de que fuera broma. Tenía que ser una broma. Debía serlo.
Pero nunca, jamás en sus vidas, lo habían visto tan serio.
— ¿Qué? —Fue todo lo que Luna pudo decir, en un susurro.
—Tiene tumores —repitió el señor Loud.
— ¿Qué tiene de malo con tener humores? —Dijo Leni. Estaba cien por ciento segura de que no había escuchado "humores", pero sabía que era ligera de mente y a veces oía mal. Deseaba ser incluso más tonta de lo que pensaba que era, de que esa fuera la explicación de por qué había oído mal.
—Tumores, Leni. Tumores. Son masas inflamadas que… Son pequeñas pelotitas que no deberían estar —explicó la madre.
—P-Pero… Él… ¿Cómo…? —Luan no podía ni siquiera terminar una oración.
—Es una enfermedad con un nombre muy largo —dijo el señor Loud, apretando la mano de su esposa—. Es un desorden genético. Una de esas enfermedades que se dan sólo una vez en cientos de miles.
— ¿Cómo es que estaba enfermo desde hace tiempo? —Preguntó Lori, tratando de que su cerebro no pensara en lo que esto significaba—. ¿Por qué nadie lo vio antes? Nunca le pasó algo así.
—Es una enfermedad que lleva su tiempo en aparecer. Tenía síntomas pero… No importa. Ya no importa.
— ¿Y ahora qué? —Preguntó Lynn, que había quedado paralizada tras escuchar a su padre—. ¿Cómo lo curan?
Los padres miraban en suelo, sin dirigir la mirada a sus hijas.
— ¿Lo tienen que operar? —Preguntó Lynn de nuevo, con sus dedos blancos por apretar el asiento.
Silencio.
— ¿No lo van a operar? —Volvió a preguntar, tomando el silencio de sus padres como una negación.
Silencio.
— ¿Entonces qué? —Gritó, poniéndose de pie, pateando lejos un vaso descartable que había en el suelo—. ¿Cómo se trata? ¿Con rayos? ¿Radiación? ¿Pastillas? ¿Inyecciones? ¿Cómo se hace? ¿Hay que conseguir un donante? ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo se puede curar Lincoln?
Su madre levantó la vista, y Lynn retrocedió hasta su asiento para no caerse, pues sus atléticas y bien entrenadas piernas olvidaron como sostener su cuerpo al ver a su madre llorando.
—No se puede curar.
Dos semanas. Tal vez tres.
Lincoln pensó en los Juegos Olímpicos. Todo el mundo esperaba durante años esa competición. La gente comenzaba a volverse realmente loca algunas semanas antes de que iniciaran. Los países gastaban fortunas, los atletas verdaderos dedicaban cada minuto de su vida preparándose para ellos. Adecuaban sus horarios, su entrenamiento, su dieta, sus costumbres, todo en pos de llegar en condiciones a los Juegos. Un día iniciaban, y todos los canales hablaban de ello a cada hora, cada día. De repente todo el mundo era experto en deportes de los que nunca jamás habían oído hablar. Se vivía una fiebre deportiva.
Dos semanas después, terminaban. Los atetas volvían a casa y la gente se olvidaba de ellos. Ya nadie hablaba de lo interesante que sonaba la arquería. Todos se olvidaban de Michael Phelps. Parecía increíble pensar que tanta alegría y emoción podría entrar en dos semanas. Tantos años de espera, llenos de sueños, metas, desafíos y preparación, condensados en dos semanas. Visto así, dos semanas parecían una eternidad.
Pero los atletas volvían a su casa a entrenar. La gente volvía a distraerse con su trabajo. Los países seguían siendo países.
Lincoln sólo moriría.
El doctor se lo había dicho la noche anterior. Estaba enfermo. Tenía tumores en su cerebro, que se habían expandido. No había forma de saber cuándo, pero pronto llegarían a su corazón, que dejaría de funcionar, y él moriría. El doctor se había tomado su tiempo explicando todo el proceso de la enfermedad. Detalló las causas, el por qué, las respuestas del organismo. Parecía que leía un manual, un libro de medicina. Un capítulo muy interesante de la sección "Cosas que te matarán y no sabemos cómo curar, volumen cinco". El doctor parecía simplemente estar preparando una lección, estudiando para un examen.
Pero Lincoln no lo escuchó. Él no era médico. No le interesaba la fascinante historia del tumor. Sólo le interesaba que le habían dicho que iba a morir. A los once años. En dos semanas. Tal vez tres.
Lincoln nunca se había detenido a pensar en la muerte. ¿Quién piensa en la muerte, además de Lucy? Nadie. La gente vive pensando en la vida, porque está viva. Todo el mundo tiene una pequeña idea acerca de la muerte. Saben que es algo que no se puede evitar, y que a todos les llegará en algún momento. Pero nadie trata de comprenderla, porque ese "momento" está muy lejos. Quizás los ancianos piensen en la muerte. Tal vez un soldado se encuentre a sí mismo pensando en la muerte. Un niño definitivamente no debería tener que pensar en la muerte. Mucho menos tener que entenderla como algo cercano. Tratar de pensar que esa será su realidad en dos semanas. Tal vez tres.
Lo cierto es que no lloró. No lloró cuando el doctor se lo dijo. Tampoco lloró cuando vio a sus padres hacerlo, destrozados por la noticia. Los alaridos desesperados de su madre estuvieron a punto de hacerlo llorar, pero más por ver a su madre triste que por saber que sus días estaban contados. No lloró durante toda la noche, la cual pasó despierto sin siquiera cerrar los ojos, junto a sus padres. Tampoco lloró cuando el médico volvió poco después del amanecer, a revisar sus signos.
No estaba triste. Más que nada, estaba enojado. Porque era injusto.
Toda la situación era una gran injusticia. Y eso lo enojaba. Por eso había tirado la bandera de comida contra la pared. Por eso sus padres tuvieron que ir a la cafetería a comprarle un nuevo desayuno, y por eso el doctor se le quedó hablando, aunque él no lo escuchaba. Porque no estaba triste, estaba enojado.
Y entonces escuchó la voz de Lynn. Y escuchó que sus hermanas querían abrir la puerta, y las escuchó llamándolo. Y entonces sí, estuvo a punto de llorar. Lo habría hecho, pero no quería. Le pidió al doctor que no las dejara entrar. Y se acostó en su cama, tratando de pensar en otra cosa, porque no quería llorar.
La puerta se abrió. Suspiró, sin dejar de ver la pared donde había tirado la comida. Escuchó que entraban y cerraban la puerta nuevamente. No eran sus hermanas, ni sus padres. Seguramente era el doctor. Pero había algo extraño. Los pasos iban acompañados de un ruido seco, como si golpearan el piso con algo.
—Oh, está bien, ignórame si quieres. Puedes quedarte mirando la pared. Estoy seguro de que es muy interesante, sobre todo ahora que tiene las manchas de la comida que le arrojaste encima. Fan de Pollock, ¿eh?
Lincoln volteó para ver al hombre que le hablaba. No lo había visto nunca. Era un hombre sumamente alto, que vestía un jean gastado y una remera negra debajo de un saco de vestir. Tenía el pelo canoso y despeinado, con una barba de dos días que no parecía molestarle en absoluto. La cara arrugada y marcada lo hacía parecer un tipo serio, pero nada más en su figura daba esa impresión. Lo más llamativo era el bastón que llevaba para caminar. Negro, con unas llamas anaranjadas en la parte de abajo.
— ¿Quién es usted? —Preguntó Lincoln, tratando de sonar amable.
—Soy tu doctor —respondió el hombre, sentándose encima de la otra cama desocupada de la habitación.
—No, no lo es. Mi doctor es más bajo y…
— ¿Menos apuesto? Sí, también —lo interrumpió, mientras sacaba un pequeño tubo de su bolsillo, extraía una píldora y la tomaba sin agua ni ningún líquido—. Pero ese es uno de los doctores que trabaja para mí. Yo soy Gregory House. El doctor a cargo de tu caso.
— ¿A cargo de mi caso?
—No te creas especial. Es sólo que hay casos que son más difíciles de diagnosticar que otros. El cuerpo tiene muchas partes, como seguramente sabes, y hay muchas cosas que pueden pasar a cada parte, y a veces es más difícil descubrir cuál es. Y resulta que yo soy muy bueno adivinando. Me encantan los enigmas médicos.
— ¿Y yo soy un enigma médico? —Dijo Lincoln, confundido.
—No exactamente. Un caso muy particular, sin dudas, pero no fue un desafío tan intenso como creí en un principio. De todas formas, tienes suerte de que yo tomara tu caso, o habrías pasado varios días internado sin nadie que te dijera qué es lo que tienes. Dios sabe que la comida de este lugar es espantosa.
— ¿Por qué suena tan feliz? Me dijeron que voy a morir, pero usted habla como si esto fuera un juego.
—Y tú hablas como si te dijeran que tu novia decidió ir a jugar a los "ositos cariñosos" con el bravucón idiota que se queda con el dinero de tu almuerzo —respondió el doctor, inclinando su cabeza con interés—. Mi ayudante, el doctor menos guapo, me dijo que no has llorado ni te has quejado desde anoche. Y no cree que sea un mecanismo de defensa del cerebro, porque dice que hace un rato estuviste a punto de quebrarte, pero no lo hiciste. Esto significa que no entiendes lo que esto significa, o que lo entiendes y aceptas. Cualquiera de las dos opciones, para un niño de once años, es bastante rara. Así que vine a ver si es que eres un idiota o eres de hecho el chico más maduro que vi en mi vida.
Lincoln no le respondió. Se quedó mirando las manchas en la pared. Recordó que el día anterior había discutido con sus hermanas y sus padres, y le habían dicho que era muy maduro. Parecía tan lejano…
—Nota invisible —dijo el doctor en voz alta, sosteniendo una imaginaria grabadora junto a su boca—, todo parece indicar que es un idiota.
—Sé lo que me dijeron —respondió Lincoln, frunciendo el ceño—. Voy a morir en dos semanas. No soy un idiota.
— ¿Y por qué no estás llorando como cualquier persona cuerda haría en el mundo?
—A veces distintas personas reaccionan igual ante la misma situación. En una familia tan grande como la mía, aprendes eso.
—Ah, sí, me dijeron de tus padres mormones.
—Ellos no son…
—Aún así, yo soy el doctor aquí, y yo he tenido que decirle a mucha gente que va a morir. Créeme, todo el mundo tiene algún tipo de reacción al enterarse de que va a morir.
—Tiré una bandeja de comida contra la pared. ¿Eso no es una reacción?
—Sí, es una reacción lógica… para cuando pierde tu equipo de baloncesto. O cuando te sacas una mala nota en el colegio. Rayos, es una reacción lógica para cuando se te ocurre una excelente contestación para una discusión que tuviste hace un rato. Pero, ¿que te recuerden tu propia mortalidad diciéndote que sólo quedan unas pocas semanas de vida? Eso amerita algo más grande. ¿Qué te genera saber eso?
A Lincoln definitivamente no le gustaba este doctor. Hablaba rápido, y no se comportaba como un doctor. Se tomaba la situación como si fuera una simple charla de café, sin darle la importancia que se merecía. Pero mientras pensaba en eso, Lincoln recordó a su otro doctor, el que le decía de memoria la enfermedad que tenía, como si leyera un apunte. Este doctor House parecía preocuparse por él, Lincoln, como persona. Aunque fuera en un retorcido sentido de enigma médico, le interesaba saber de él. Y por algún motivo, eso convenció a Lincoln para continuar hablando.
—No lo sé. Estoy triste, sí. Pero no tanto. No creo que haya digerido todavía la noticia.
—Eso tiene sentido. Pero cuando eres consciente de que no has digerido la noticia es porque sabes que hay más de lo que te has puesto a pensar, por lo que tienes una ligera idea de las implicaciones que esto tiene, o sea que sabes la gravedad del asunto. Por lo cual no tiene sentido.
—Tal vez. Pero sí estoy enojado.
— ¿Con quién?
—Con nadie. Con todos. Es injusto.
—La vida no es justa, niño.
—Pues debería. ¿Por qué yo tengo que morir a los once años? ¿Por qué hay gente mala que vive mucho tiempo, y gente buena que muere cuando no debería? ¿Por qué los doctores no me diagnosticaron cuando estaban a tiempo de salvarme?
—Oh, por favor —dijo el doctor, levantándose y caminando por la habitación—. Hay más de siete mil millones de personas en el mundo, y nosotros sólo somos un pequeño grano de arena en esta galaxia, la cual ni siquiera es la única del cosmos. ¿En serio crees que al Universo le importa si está siendo 'justo' con un niño de once años en esta ciudad, que ni siquiera tiene Google Street View actualizado? Al menos que creas en la existencia de un hombre barbudo sentado en el espacio que lleva la cuenta de la muerte de cada gorrión en el universo, entonces no debería sorprenderte descubrir que a veces las cosas malas pasan y ya. No hay justicia o injusticia. Sólo hay cosas que pasan, a veces nos gustan y a veces no.
Lincoln lo miró. Definitivamente era el peor doctor del mundo. Un hombre de cuarenta y tantos años, gritándole a un niño de once que acababa de enterarse de que tenía una enfermedad terminal. Normalmente, estaría asustado de que un adulto le hablara así, pero en aquellos momentos sólo quería golpearlo. Pensó en qué harían sus hermanas si supieran cómo le estaba hablando aquel tipo.
Sus hermanas…
El doctor House vio el semblante del chico pasar de un gran enfado e irritación a una tristeza absoluta. Bajó la mirada y cerró los ojos. No parecía estar a punto de llorar, pero tampoco estaba muy lejos. Con un suspiro, se acomodó en la cama del chico, con cuidado de no sentarse encima de sus piernas. Los dos permanecieron en silencio, sin mirarse.
—No es culpa de los doctores —dijo finalmente House.
Lincoln levantó la vista.
—Quizás, si alguno hubiera ordenado algún examen innecesario por una corazonada, entonces tal vez podrían haberse enterado. Pero como te dije, tu caso es muy particular. Muchas variables y coincidencias. ¿Te explicó el doctor qué es lo que tienes?
—Si. Es fibra… Fibrato…
—Neurofibromatosis —completó House—. Es cuando se forman tumores en los pares craneales, los nervios del cerebro. Suele ser hereditaria, pero hay un poco menos del uno por ciento de posibilidades de que ocurra en familias sin antecedentes.
—Qué afortunado —bromeó Lincoln, con una sonrisa resignada en su rostro. Esto generó una honesta sonrisa en el amargo doctor.
—Es una enfermedad que se presenta de distintas formas. Puede tardar años en manifestarse, o puede estar latente y explotar de un día para el otro. La tuya fue una de las primeras. Hay varios síntomas. Uno de los más clásicos es el trastorno de hiperactividad y déficit de atención.
— ¿Yo tengo eso? —Dijo Lincoln, sorprendido—. ¿Cómo es que nadie se dio cuenta?
—Oh, estoy seguro de que todo el mundo notó que seguramente te distraes con facilidad, tienes problemas de concentración, vives haciendo intrincados planes y eres particularmente bueno haciendo muchas tareas cortas en poco tiempo, una tras otra, seguramente ayudando hermana tras hermana en hacer sus cosas de hermanas.
La mandíbula abierta de Lincoln confirmó las sospechas del doctor.
—Pero, ¿adivina qué? Naciste en la era de la comunicación, donde el umbral de atención del ser humano promedio se redujo a veinte minutos. Y vives con diez hermanas, maldición. Si tuvieras un nivel de concentración normal, serías sordo o autista. Sólo con leer tu historial familiar y ver todos esos nombres los doctores imaginan que tienes algún tipo de problema. Es decir, me extraña que tus padres no estén en un loquero a estas alturas.
Lincoln no encontró tan graciosa la broma.
—En fin, ese es uno de los síntomas. Pero si haber nacido en la familia más grande del Estado te parece una desastrosa coincidencia que conspiró en tu contra para que no detectaran esta enfermedad, vas a amar esta otra: tu abuelo materno es albino.
— ¿Pop-Pop? —Preguntó Lincoln, confundido.
—Exactamente. Supongo. No lo sé, pero tu abuelo nació con una condición genética, usualmente hereditaria y que puede saltar generaciones que ocasiona que tenga, entre otras cosas, el cabello blanco. Genial, ¿no? Cuando a los dos años tu cabello comenzó a volverse blanco, cualquier doctor diría que fue una reacción tardía del gen de tu abuelo. Por supuesto, no tenían ningún otro lugar para revisar. En un año o dos, habrías empezado a crecer cabellos castaños por todos lados, y quizás entonces habrían considerado la posibilidad de que tu cabello blanco fuera resultado de la decoloración producida por pequeños tumores que afectaban la correcta distribución de melanina en el cuero cabelludo. Y si eso no te parece una serie de eventos desafortunados, escucha esto: normalmente un tumor sólo produce decoloración en un mechón, pero resulta que los tuyos estuvieron perfectamente distribuidos para que toda tu cabeza fuera un pequeño copo de nieve.
Lincoln se recostó contra la almohada. Llevó una mano a su cabello.
—Yo… ¿No debería tener el cabello blanco?
—Si tuviera que adivinar, diría que deberías tenerlo castaño o rubio.
—Todo este tiempo…
—Si. Las señales estuvieron siempre a la vista, pero las circunstancias hicieron que todo el mundo las pase por alto.
Parecía un sueño. Parecía una intrincada trama de un programa de televisión. Era una trama perfecta para una película cómica. Parecía completamente irreal que pudiera estar pasándole. Y sin embargo, sabía que era cierto. Estaba muriendo.
— ¿Sabes? No suelo retractarme. Pero ahora que dije en voz alta las particularidades de tu caso… Bueno, creo que el universo fue un poco injusto contigo. Es decir, ¿toda esta porquería y ni siquiera pudiste disfrutar privilegios de hijo único, como tus padres comprándote ropa nueva en vez de heredar la ropa de tus hermanas? Debes de haber metido la pata mal en otra vida para que tengas tanta mala suerte. Yo tenía tres primos al crecer, y normalmente era inaguantable. Realmente te compadezco, niño.
Lincoln levantó la vista hacia el doctor. House lo miraba con una pequeña sonrisa, como esperando alguna reacción. Y entonces lo entendió. No le estaba explicando esto para que se sintiera mejor. Sólo quería verlo llorar, diciéndole los detalles de su desafortunado destino. Era sólo una morbosa charla esperando ver su reacción.
No toleraría que siguiera burlándose de él.
— ¿En serio vino hasta aquí sólo para ver si lloro o no? ¿Le gustaría verme llorar? ¿Su curiosidad quedaría satisfecha si me ve hacerlo? Pues mala suerte. ¿Quiere que le diga por qué no lloro? Porque estoy pensando en mí. Estoy pensando en el tiempo que me queda, en todas las cosas que no hice y las que no podré hacer nunca. Porque pienso en si me dolerá o no cuando muera, o si se sentirá como dormirse o como desmayarse. Pienso en mí, y me enojo, y me pongo triste, pero no me importa tanto. ¿Sabe por qué? Por que sé que voy a morir en dos o tres semanas, y que luego de eso ya no voy a tener que preocuparme. Y pensando en mí, evito pensar en los demás. Evito pensar en mamá y papá. Evito pensar en lo mucho que van a llorar cuando me vaya, y cómo eso puede afectarlos. Y sobre todo, pensando en mí dejo de pensar en mis hermanas.
Se interrumpió un segundo para limpiarse los ojos, que habían comenzado a sudar.
—Dejo de pensar en que ya no voy a poder jugar más con ellas. Que ya no voy a pelear, ni a hablar con cada una. ¡Dejo de pensar en que Lori ya no va a llevarme al centro comercial a comprar cómics, y después me compre un helado si me porto bien! ¡En que Leni no me va a usar de modelo para sus ropas hechas a mano! ¡Me distraigo de pensar en que Luna no va a volver a cantarme canciones cuando me siento mal, o que Luan no va a levantarme el ánimo con videos de gente cayéndose en bicicletas! ¡No pienso en que nunca más voy a poder jugar a la pelota con Lynn, ni escuchar los poemas de Lucy! ¡No pienso en si Lola va a ganar finalmente el concurso nacional de Miss Niña, o si Lana crecerá para ser la mejor plomera del mundo! ¡No pienso en si Lisa descubrirá algo que cambie la historia de la humanidad! ¡Y definitivamente, no me detengo a pensar en que no voy a tener la posibilidad de ver en qué tipo de chica Lily crecerá para convertirse! ¡Por eso no lloro, porque no me detengo a pensar en todas esas cosas! ¡¿Contento?!
El doctor permaneció allí sentado, mirando hacia la pared. Fingió que ignoraba por completo los espasmos y la agitada respiración de Lincoln. Fingió que no sabía que la bata del hospital del chico estaba ahora húmeda, y que continuaba mojándose con las pesadas lágrimas que caían sobre ella. Permaneció en silencio durante diez largos minutos, hasta que Lincoln logró calmarse. Disimuladamente, le acercó una caja de pañuelos, con los que el chico se limpió.
Lincoln ya no le dirigía la mirada. Estaba con los brazos cruzados, mirando hacia ningún lado. No quería hablar más con ese hombre. Con ese detestable hombre. Desafortunadamente, el doctor habló.
—Deberías haber muerto.
—Gracias.
—No. Me refiero a que estuviste a minutos de morir. Los dolores de cabeza que tuviste estas últimas semanas eran los tumores creciendo contra las arterias de tu cerebro. Ayer, uno de ellos finalmente se desprendió, y se atoró en una de las principales venas. La presión intercraneal comenzó a elevarse. De haber esperado unos minutos más, la vena habría estallado, y habrías tenido una hemorragia cerebral que te hubiera matado.
Lincoln no levantó la vista, pero escuchaba con atención.
— ¿Y por qué no pasó eso?
—Porque tu hermana te golpeó en la cabeza con una pelota de fútbol. El golpe, por una de esas grandes coincidencias de la vida que parece que sólo te suceden a ti, hizo que el tumor se partiera y circulara por la sangre. La súbita baja de presión fue lo que hizo que te desmayaras, y una pequeña vena de tu nariz reventó. Eso explica el sangrado por la nariz.
—El otro doctor dijo que el tumor llegó a mi corazón. Es eso lo que me va a matar.
— ¿Estás escuchando lo que te estoy diciendo? Los tumores en tu cabeza son lo que te matan, lo que deberían haberte matado ayer. Podría haber sido antes, podría haber sido después, no importa. Tu fecha de expiración había llegado ayer, y tu hermana te regaló tres semanas. Te regaló una oportunidad de despedirte, algo que la mayoría de la gente nunca tiene. Piensa en eso.
Lincoln sintió que sus ojos se humedecían nuevamente. No respondió. No quería pensar en eso último. Si fuera por él, preferiría poder dejar de pensar durante algunas horas. Sólo quería que este día terminara.
—No eres un idiota —dijo House sin mirarlo, pero con un tono que dejaba entrever un gran respeto.
—Ojalá pudiera decir lo mismo de usted.
—La gente es idiota. Por lo general, vivimos rodeados de idiotas. De vez en cuando nos encontramos con alguien que no lo es. Y yo traté cientos, tal vez miles de pacientes en toda mi carrera. Y estoy seguro de que eres la persona más madura que conocí.
Lincoln lo ignoró. No cedió ante el halago. House se puso de pie, apoyándose en su bastón. Se alejó un par de pasos, pero se detuvo. Finalmente volteó.
—Tus hermanas estaban en el pasillo cuando entré, y seguramente siguen ahí. Querían verte. Tu decisión de no pensar en ellas para no sentirte mal es muy lógica. La decisión más racional sería alejarte de ellas, para hacer todo más fácil; para que duela menos. Pero, y te lo dice alguien que ama las decisiones racionales, a veces no son las adecuadas. Aún no estás muerto, Lincoln. Te queda tiempo aquí. Y si hay un motivo por el que vale la pena vivir, es por las personas que nos hacen sentir vivos. Yo no tengo muchas personas así en mi vida. Ni siquiera tengo una familia en la cual apoyarme. Tú tienes una hermosa familia. Al final, será doloroso. Será muy angustiante. Pero si en verdad quieres disfrutar tus últimos días, no deberías renegar de ver a tus hermanas.
Se quedó de pie, esperando que el niño le dijera algo, pero Lincoln no lo miraba. Tras esperar algunos segundos, House asintió con la cabeza, sabiendo que a veces es mejor no presionar. Su mano tocó la puerta cuando Lincoln le habló.
—Dígales que pasen. Por favor.
House volteó a verlo una vez más. Lincoln seguía sin mirarlo. Asintió una vez más.
—Hasta luego, Lincoln.
El doctor House dejó la habitación.
La puerta permaneció abierta un minuto. Escuchaba algunas voces que provenían desde el pasillo, pero nadie entraba. Lincoln no sabía si estaba realmente preparado para esto. Se había quebrado hacía quince minutos, y estaba seguro de que un pequeño empujoncito lo haría llorar de nuevo. Una parte de él estaba comenzando a arrepentirse cuando escuchó varios pasos. Con miedo a mirar, continuó observando la mancha de su comida en la pared. Ni siquiera se atrevía a respirar fuerte. Toda su atención estaba en la mancha. Hasta que finalmente no pudo más. Lentamente, levantó la vista.
De pie, dos pasos adentro en la habitación, estaban sus cinco hermanas mayores. Estaban vestidas para ir a la escuela. Lori y Leni tenían pantalones que combinaban a la perfección con sus blusas. Luna vestía ropa no tan punk, más adecuada a un ámbito académico, pero igualmente tenía una remera con el logo de Rhymes 'n' Proses en el centro. Luan usaba una remera con mangas, y Lynn estaba ligeramente peinada. Lo que todas tenían en común eran ojos rojos e hinchados, y las tres mayores tenían todo el maquillaje de sus ojos cayéndoles por la mejilla.
Las cinco estaban de pie, inmóviles. Veían a Lincoln como si no creyeran que realmente fuera él. Con recelo, como si temieran que fuera un holograma, y no querían acercarse por miedo a tocarlo y que se desvaneciera. Lincoln también quedó quieto en su cama. Se preguntó si ellas serían capaces de ver que había llorado también. No quería preocuparlas.
Finalmente, viendo que ninguna de ellas parecía en condiciones de moverse, Lincoln decidió levantarse. Se puso de pie, y lentamente se acercó a sus hermanas. Lori era la más cercana. Se detuvo de pie frente a ella. Normalmente él la veía muy alta, muy grande. Una gran figura que imponía respeto y miedo sobre sus hermanos menores. En aquel momento, sin embargo, Lori parecía una niña pequeña. Delicada. Frágil. Permanecieron frente a frente durante algunos segundos. Lincoln notó inmediatamente sus labios temblorosos y los ojos acristalados que parecían a punto de derretirse. Le dolía ver a su hermana así. Quería decirle que todo iba a estar bien. Quería decirles a todas que no se preocuparan, que todo iba a salir bien. Pero sabía que no era cierto, y que no podría convencerlas al respecto. Quizás el doctor House tenía razón. Uno no puede evitar las situaciones por más dolorosas que fueran. Quizás estas cosas debían doler.
Volvió a mirar a los ojos a Lori. Sorprendiéndose a sí mismo, logró sonreír con gran facilidad. Era una sonrisa resignada, sí, pero una sonrisa al fin y al cabo. Lori se mordió su labio inferior al ver ese gesto. Y cuando Lincoln extendió sus brazos, invitándola a un abrazo, la chica se dejó caer de rodillas para estar a la altura de su hermano menor. Y lo abrazó como nunca había abrazado a nadie. Y enseguida el resto de las hermanas se acercaron y lo abrazaron también. Seis almas uniéndose en un momento íntimo que las palabras no podrían jamás describir.
Y los seis lloraron.
