¡Hola, estimados lectores! Evidentemente, mis horarios me impiden publicar los fines de semana. Me encantaría poder hacerlo, porque nadie tiene tiempo realmente de ponerse a leer durante la semana. Pero bueno, claramente mis horarios no se ponen de acuerdo con la conveniencia.
Este capítulo es bastante especial. Quizás a algunos les parezca que este debía estar antes del anterior, pero el capítulo 4 me permitió plantear algunos elementos conceptuales sutiles que son muy necesarios para el desarrollo de la historia. No es que estoy diciendo que soy Jorge Luis Borges, pero mis trabajos siempre tienen algunos elementos metafóricos y alegóricos, sencillamente porque mis historias no se basan simplemente en el argumento, sino en un tema central que quiero transmitir. El argumento, o la trama, es sencillamente la herramienta que utilizo para presentar de forma interesante dicho tema.
Este capítulo hace avanzar la trama, pero también tiene algunos elementos muy importantes para el resto de la historia, esta vez no tan ocultos. Bastante evidentes, diría yo. Pero no hace falta que se molesten en buscarlos, porque en el capítulo 7 quedarán expuestos y cumplirán su función (importantísima) en la historia.
Antes de empezar, quiero agradecer a Fipe2, The Swordslinger (gracias por la recomendación de la canción, no sé si la usaré pero me diste la excusa para ponerme a escuchar Queen esta noche triste), Chiara Polairix Edelstein, MorenoX25 (gracias por tus comentarios, en su momento el comentario de Darth Atrox por ser de los primeros me dejó pensando en "Oh, demonios, así ven estos capítulos?", jajaja), mmunocan, Tonii272, Junior VB, Jules Engel, Phantom1812 (espero que este capítulo cumpla tus expectativas, jajaja) y a Sir Crocodile222. ¡Muchas gracias por sus reviews! Sigan así, que me nutro de los reviews, son la energía vital que uso para seguir escribiendo, ja.
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Capítulo 5:
Adrien
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El segundo día en el hospital de Lincoln fue muchísimo más difícil que el primero.
Que poco después de un fallido desayuno y una extraña charla con un muy particular doctor sus cinco hermanas mayores se enteraran de su situación fue realmente... dramático. Nunca las había visto tan desoladas. Cuando entraron a su habitación parecía que estaban viendo un fantasma. Temblaban. No querían siquiera acercarse. Cuando él lo hizo y finalmente salieron de su trance, todas se lanzaron a abrazarlo. Aquel abrazo grupal con llantos desconsolados fue el momento más triste que había vivido hasta entonces. Diez minutos por reloj permanecieron allí, abrazados, llorando. No era un simple llanto de lágrimas. Eran más bien gritos desgarradores. Él, entre lágrimas también, trató de calmarlas, pero no había forma. Incluso cuando se separaron, era difícil para Lincoln ver el estado de sus hermanas y no llorar un poco más.
Leni era la única que parecía ligeramente controlada. Lloraba, más que nunca en su vida, pero parecía estar tratando de mantener el volumen lo más bajo posible. Luan no estaba ni remotamente interesada en controlar su volumen. Había quedado de rodillas en el suelo, con sus manos cubriendo sus ojos, aunque no servía de mucho para contener las lágrimas. Y su llanto salía de lo más profundo de su ser. Gritos de dolor, mientras sentía que una fría cuchilla se hundía cada vez más profundo en su pecho. Justo cuando parecía que ya toda la hoja había penetrado, la herida se abría un poco más. Estaba hiperventilando. Sentía que le estaban arrebatando el oxígeno de los pulmones. Parecía el llanto histérico de una niña pequeña, frágil, asustada.
A su lado, Lincoln tenía a Luna, sentada en una silla. La rockera sostenía una de sus manos, la cual acariciaba y apretaba al mismo tiempo. Tenía una caja de pañuelos a su lado, pero en cualquier momento necesitarían pedir otra más. Era la más silenciosa de las hermanas, pero sólo porque al igual que Luan estaba sin aliento, y toda su energía estaba destinada a mantenerla consciente y respirando.
El no haber dormido en toda la noche y el tremendo agotamiento emocional que habían significado tanto la charla con el doctor House como aquel doloroso encuentro con sus hermanas tenían a Lincoln sumamente cansado. Con cuidado se acostó en su cama, lo cual no fue nada fácil considerando que Lynn estaba prácticamente colgada de su cuello. La más pequeña de las mayores lo abrazaba con la fuerza de una toma de judo, llorando directamente en su hombro. Él la rodeaba con su brazo derecho (su mano izquierda era propiedad de Luna), y trataba de calmarla, pero la chica sólo podía decirle "Lo siento, perdóname" una y otra vez.
Sentada también en la cama, abrazando a Leni, estaba Lori. La chica tampoco podía parar de llorar, pero se las arreglaba para hablarle a Lincoln entre sollozos.
—Linky… Lo que quiera que necesites… Lo que sea… Sólo… Tu dímelo, ¿ok?
—Lori…
—Te compraré todos los cómics que quieras —lo interrumpía—. Te llevaré a donde quieras ir. Tú sólo… Sólo pídemelo.
—Chicas, por favor, sólo… Escúchenme un momento —pidió, tratando de serenarse lo suficiente como para hablar fluido.
Sus hermanas seguían llorando, y se negaban a escucharlo. Apenas abría la boca para hablar, Lynn lo abrazaba más fuerte, o Luan volvía a llorar. La situación estaba comenzando a descontrolarse. Lincoln no soportaba ver a sus hermanas tan mal. Era lo que más temía desde que lo habían diagnosticado. No es que pudiera culparlas. Tan sólo imaginarse cómo reaccionaría él si alguna de sus hermanas estuviera en su lugar le daba escalofríos, y lo hacía llorar un poco más. Pero no podía verlas así. Él era el "hombre con el plan", un especialista en sus hermanas, debía encontrar una forma de calmarlas. Dudaba que fuera fácil, pero necesitaba tranquilizarlas de cualquier forma.
—Chicas, cálmense un segundo.
Si lo escucharon, ninguna lo dejó entrever.
—Chicas —las llamó, de nuevo.
Leni abrió los ojos para mirarlo, pero ninguna más. Luan continuaba llorando desconsoladamente en el suelo. Verla así le partió el corazón a Lincoln, pero también le dio una pequeña idea.
— ¡Toc, toc! —Gritó, tratando de hacerse oír por encima de sus hermanas.
Todas de inmediato lo miraron confundidas. Lynn se separó apenas lo suficiente como para poder verlo a la cara, y Luan logró controlar su llanto, y ahora sólo estaba respirando rápida y entrecortadamente. Teniendo la atención ahora de sus cinco hermanas, Lincoln se permitió a sí mismo sonreír un poco.
—Dije, "toc, toc" —repitió, con un tono de voz deliberadamente mucho más calmado. Ellas continuaban mirándolo sin entender, hasta que desvió la vista hacia Luan. La chica, desde el suelo, estaba tan tomada por sorpresa como sus hermanas, pero luego de unos segundos sus irritados ojos se abrieron ligeramente. Lincoln le sonrió y asintió.
— ¿Q-Quién es? —Preguntó Luan, sonándose la nariz con un pañuelo. Tantos minutos de llanto le habían causado un ligero dolor de garganta, y le costó pronunciar las palabras.
—La vaca que interrumpe —dijo Lincoln, nuevamente con un tono tan sereno y tranquilo que parecía una frase fuera de contexto. Luan trató de continuar con la broma, pero todavía estaba demasiado afectada. Abrió la boca para hablar, pero no pudo lograr que las palabras salieran. Fue Lori quien finalmente le siguió el juego a Lincoln.
— ¿Qué vaca que inte…?
—MUUUUy bien, ahora que tengo su atención —la interrumpió Lincoln, finalizando la mala broma—, necesito que me escuchen un segundo, ¿si?
Ninguna se rió con el chiste, pero la sorpresa y la serenidad de Lincoln las calmaron lo suficiente como para que pudieran escucharlo. Las lágrimas continuaban cayendo de sus ojos, ahora un poco más espaciadas, pero por lo menos estaban recuperando su respiración normal. Lincoln se limpió sus propias lágrimas y se sentó más erguido, levantando consigo a Lynn. La abrazó un poco más fuerte, apretó cariñosamente la mano de Luna, y le dirigió una mirada llena de amor a Lori, Leni y Luan. Durante unos segundos, dejó que su cuerpo hablara por él. Quería transmitirles lo mucho que las amaba, cuánto las quería, y también lo difícil que iba a ser lo que estaba a punto de decirles.
—Sé que están tristes. Yo también lo estoy. No quiero decirles que no se sientan mal. Sólo quiero pedirles que se tranquilicen un poco.
— ¿Que nos tranquilicemos? —Dijo Leni, mirándolo sin entender—. Lincoln… Tú… Tú…
Ni siquiera podía decirlo. Abrazó a Lori para ocultar su nueva ola de lágrimas. Lincoln respiró hondo.
—Sí. Yo… Voy a morir.
Fue como si alguien disparara desde el cielo un flechazo a cada una de las chicas. Todas sintieron una nueva apuñalada en su corazón, que dolía tanto como la primera. Lynn se lanzó contra él nuevamente, esta vez con su rostro enterrado en su pecho y sus manos apretando la bata del hospital.
— ¡Cállate! ¡Sólo cállate! —Le gritó, apretando más fuerte aún su ropa.
—Lynn, Lynn, cálmate —le susurró Lincoln, poniendo una de sus manos sobre sus puños y acariciándolo suavemente, para que soltara su ropa. Funcionó. Las caricias calmaron ligeramente a Lynn, quien de todas formas siguió empapando su bata.
—No nos pidas que nos calmemos, hermano —le dijo Luna, con un hilo de voz.
—Lincoln… No podemos… Tú… —Trataba de decir Lori, pero no podía completar ni siquiera una frase.
—Lo sé, lo sé, es duro para mí también —les dijo—. Pero escúchenme: no pueden dejar que el resto de las chicas las vea así.
—Ellas s-se enterarán tarde o temprano —dijo Luna.
—Lo sé. Pero no aún. Son demasiado pequeñas. Ellas no… No entenderían.
— ¿Entender? —Dijo Luan, finalmente poniéndose de pie y acercándose con una mirada que además de dolor parecía mostrar un poco de enfado—. ¿Qué hay por entender? ¡Lincoln, estás muriendo!
— ¡Ya lo sé!
— ¿Y nos pides que estemos tranquilas? ¿Nuestro hermano está muriendo y pretendes que nos tranquilicemos?
—Miren, sé que esto no es fácil...
— ¿Fácil? Lincoln, estamos destrozadas —le dijo Lynn, enfatizando su punto al llorar más fuerte contra su pecho.
— ¡Lo sé, lo entiendo! ¿Está bien? —Se quejó, levantando el tono.
— ¿Y qué quieres entonces? —Preguntó Leni honestamente, con preocupación en su voz.
—Sólo… No sé… No quiero verlas así.
— ¡Estás muriendo, ¿cómo quieres que…?!
— ¡NO ESTOY MUERTO!
Gritó, tan fuerte que todas sus hermanas se sobresaltaron. Quedaron en silencio varios segundos, durante los cuales Lincoln recuperó su aliento y volvió a secarse las lágrimas de los ojos.
—No estoy muerto todavía. Estoy aquí con ustedes. Y me duele mucho verlas llorar. No quiero verlas así —dijo, abrazando a Lynn, que en ningún momento se había separado de él—. No quiero. No puedo. Sé que es mucho pedir. Pero háganlo por mí, y por nuestras hermanas, sobre todo por ellas. Tienen que ser fuertes.
—No podemos ser fuertes —le dijo Lori, mientras una nueva lágrima caía por su mejilla—. Lincoln, literalmente no podemos.
—Y las chicas… Ellas merecen saberlo, hermano —le dijo Luna, oficialmente terminando con el contenido de la caja de pañuelos.
— ¡Les dije que…! —Empezó gritando Lincoln, pero se detuvo a mitad de la frase, cerró sus ojos y respiró hondo para tranquilizarse—. Miren, estuve hablado con papá y mamá anoche, y están de acuerdo. No podemos decirles todavía. Hay que esperar…
— ¿Esperar a qué, Lincoln? —Dijo Lori—. ¿A que te mueras? ¿Crees que lo hará más fácil para ellas si se enteran más tarde?
—No… No lo sé… Pero…
— ¿Pero qué? —Lo apresuró Lori, vehementemente.
Inmediatamente se arrepintió de hacerlo. El labio inferior de Lincoln comenzó a temblar, y él hizo todo lo que pudo para no quebrarse una vez más. Luna, notando rápidamente el cambio de ánimo de su hermano, se levantó para abrazarlo junto a Lynn. Lincoln las dejó el tiempo suficiente como para calmarse un poco. Una vez que lo hizo, las separó suavemente.
—Lincoln... —dijo Leni.
—No lo hará más fácil para ellas, pero sí para mí. ¿Está bien? —Dijo finalmente—. No quiero tener que despedirme tan pronto de ellas. Yo no, no… No puedo. Sencillamente no puedo. No estoy preparado para eso.
—Lincoln… No podemos ocultar algo como esto. Ellas… Ellas tienen que saberlo.
—Lori, por favor, se los suplico —pidió, casi con desesperación.
—Hermano, yo querría saber si algo te pasara —le dijo Luna—. Odiaría que me ocultaran algo así.
Sus cinco hermanas comenzaron a hablar al mismo tiempo, diciéndole que no podía hacerle eso a sus hermanas, que tenían derecho a saber la verdad, que sólo estaba ocultándoles la verdad.
Sí. Él quería ocultarles la verdad. ¿Qué había de malo con eso? La gente oculta cosas todo el tiempo por el bien de los demás, sobre todo con los más pequeños. Lincoln sabía, por ejemplo, que cuando de pequeño sus padres le contaron sobre los bebés y la cigüeña no era porque no confiaran en él, o porque quisieran deliberadamente confundirlo y hacerle mal. Era sólo porque no estaba listo para entenderlo. De la misma forma, no quería causarle un mal a sus hermanas menores no diciéndoles aún la verdad; ellas tampoco estaban listas aún. No era tonto. Sabía que no podría mantenerlo en secreto mucho tiempo, y también sabía que sólo estaba retrasando el momento doloroso. Sabía también que era una decisión egoísta. Pero él realmente no se sentía preparado para despedirse de sus hermanitas. Las conocía demasiado bien. Era difícil saber cómo reaccionaría Lisa, pero su hermana lo quería demasiado como para que no le afectara, y quizás eso era lo más aterrador. Un golpe tan duro, a tan temprana edad… Algo parecido pasaba con Lucy. En teoría, ella debería ser quien llevara el asunto con más facilidad, o quien tuviera una mirada distinta de la muerte. Pero Lincoln la conocía mejor que nadie, y sabía que detrás de ese flequillo se escondía una chica muy sensible que leía cómics de ponis. No había forma de que la noticia le fuera indiferente. Y ni siquiera quería ponerse a pensar en cómo podrían llegar a reaccionar Lola y Lana.
Así que sí, quizás estaba siendo egoísta. ¿Podía alguien culparlo? ¿Por qué deberían juzgarlo? ¿Con qué derecho podían hacerlo? Él era quien iba a morir, al fin y al cabo. Él era quien había recibido el terrible ultimátum. Con el tiempo, todas sus hermanas llegarían a superar el dolor de su partida, continuarían con sus vidas. Él no. Él iba a morir. ¿No le daba eso el derecho de elegir a quién contarle y cuándo y cómo hacerlo?
Sus hermanas claramente no estaban de acuerdo, pues seguían diciéndole que era una mala idea. Todas hablando al mismo tiempo, diciéndole qué tenía que hacer, qué era lo mejor. No aceptaban su decisión. Normalmente, Lincoln era muy paciente con sus hermanas. Pero el contexto había agotado su paciencia.
— ¡Basta! —Les dijo, callándolas al instante—. Miren, no voy a decirles a las chicas que voy a morir, y ustedes tampoco.
—Pero…
— ¡Pero nada! —Interrumpió a Luan, quien retrocedió, sorprendida por la reacción de su hermano—. ¡Es mi decisión! ¡Yo soy el que está en el hospital! ¡Quiero que sea así, y si realmente les importo, háganlo por mí!
Algo de lo que dijo debió de lastimar a sus hermanas, pues todas se veían como si hubieran recibido un golpe bajo, como si no pudieran creer lo que acababan de oír. Lynn lentamente se separó de él, cosa que no había hecho desde que había llegado. Parecía a punto de decir algo, pero fue Luna quien habló.
— ¿"Si les importo"? ¿Cómo que "si les importo"? —Repitió, mirándolo enojada—. ¡Por supuesto que nos importas, idiota! ¡Te amamos! ¡¿Por qué crees que estamos así?! ¡Eres un idiota, Lincoln!
— ¡Luna! —La regañó Lori.
—Creo que es mejor que se vayan —dijo finalmente Lincoln, cruzándose de brazos y recostándose sobre su lado izquierdo, dándole la espalda a Lynn y desviando la mirada al suelo para no ver a Luna ni al resto de sus hermanas.
—Lincoln, por favor —le pidió Lori, acercándose a su hermano—. No nos hagas esto.
Parecía estar a punto de llorar nuevamente, y eso casi hizo que Lincoln también lo hiciera, pero logró contenerse.
—No dormí en toda la noche, estoy cansado. Quiero dormir —le dijo a su hermana mayor.
Lori se quedó mirándolo. Su hermanito, tan frágil, tan vulnerable. Ella quería quedarse junto a él, abrazarlo por siempre. Pero notaba que él estaba tan destrozado por la noticia como ellas. No podía culparlo, claramente. Quizás necesitaba un tiempo a solas.
—Volveremos más tarde, ¿si? —Le dijo, acercándose para darle un beso en la frente; acarició su mejilla, pero él seguía sin mirarla—. Dejaremos que tú les digas cuando estés listo.
—Lori… —comenzó Lynn.
—Nadie va a decir nada —repitió la mayor, más severamente—. Vamos.
Ninguna tenía las fuerzas para discutir realmente. Luna parecía arrepentida de haberle hablado así a su hermano, pero no se atrevió a decir nada. Luan y Lynn salieron de la habitación en silencio, conteniendo el impulso de abrazar a Lincoln y apenas si reprimiendo una nueva oleada de lágrimas. Leni no dijo nada. Parecía fuera de sí, como si su mente estuviera en un lugar lejano. Lori fue la última en salir, dedicando una última mirada a su hermanito.
Lincoln tampoco se sentía bien con cómo había tratado a sus hermanas. Estaba seguro de que habría habido muchas mejores maneras de manejar la situación. Pero todo sucedía demasiado rápido, eran muchas emociones juntas, y su cabeza le dolía tratando de asimilar todo. No mentía tampoco cuando dijo que estaba muy cansado. En cuanto quedó sólo, suspiró, quitándose todos los nervios de encima. Apoyó la cabeza en la almohada, y antes de que se diera cuenta, estaba dormido.
Su madre lo despertó para que almorzara, lo cual hizo casi en trance, e inmediatamente después volvió a dormirse. Durmió toda la tarde, sin soñar nada, hasta que la señora Loud lo despertó una vez más, avisándole de que era el horario de visita y que sus hermanas entrarían a verlo. Eso despertó rápidamente a Lincoln. Estaba feliz por verlas ya que las extrañaba, sobre todo a sus hermanas menores. Pero gran parte de él también estaba aterrada. Aterrado de que sus hermanas no hubieran cumplido con su promesa, o que sus hermanas menores lo hubieran descubierto de todas formas. Aterrado de que no soportara verlas sin llorar, y ¿qué explicación podría darles entonces? Tendría que decirles la verdad. Y no estaba listo para eso.
Su madre lo abrazó y le dijo que dejaría que tuviera tiempo con ellas a solas. Salió de la habitación e, instantes después, las cinco hermanas menores de Lincoln entraron.
— ¡Lincoln! —Gritaron al mismo tiempo las gemelas, peleándose entre ellas para ver quién llegaba a abrazar primero a su hermano.
— ¡Wow, cuánta energía! —Dijo él, abrazando a las dos al mismo tiempo. Cerró sus ojos y disfrutó del abrazo. No eran las más afectivas de sus hermanas, pero quizás por su edad, era más común que demostraran tan efusivamente su cariño hacia él. Normalmente diría que era un gajo del oficio de hermano mayor, pero en verdad disfrutaba mucho aquellos abrazos, aquellos "¡Gracias, Lincoln!", y sobre todo esas pequeñas sonrisas incompletas.
— ¡Te trajimos un dibujo! —Volvieron a decir al mismo tiempo, mientras le mostraban orgulloso una cartulina con una figura de palos con pelo blanco, un hermoso vestido de princesa y lo que parecía ser una serpiente alrededor de su cabeza.
—Vaya… Me veo muy lindo en el dibujo —dijo Lincoln.
—Por supuesto, yo me encargué de tu vestuario —respondió con orgullo Lola.
— ¿Y la serpiente fue idea tuya, Lana?
— ¡Claro que sí!
—Es muy linda. ¿Me está abrazando? —Preguntó, preocupado de que la serpiente lo estuviera estrangulando.
—No, duh, está manteniéndote caliente. Eso hacen los reptiles para mostrar cariño, porque son de sangre fría —le explicó, como si fuese algo obvio.
—¡Oh, ahora lo entiendo! Muchas gracias, chicas —les dijo, abrazándolas nuevamente. Mientras lo hacía escuchó un click y sintió un escalofrío, como si todos los vellos de su cuerpo se erizaran. Confundido vio hacia un costado. Lisa estaba de pie junto a la cama, con un extraño aparato emitiendo luces y sonidos, apuntando hacia Lincoln.
—No te preocupes, Lincoln —dijo con tranquilidad la pequeña—. Este aparato sólo está escaneando tus niveles hormonales y tus signos vitales básicos. Medidas de precaución necesarias en un ambiente tan ambiguo en cuanto a los cuidados como un hospital público.
—Lisa, ven aquí —dijo el chico, levantando en sus brazos a su hermana menor, cosa que no le gustó para nada pero que decidió dejarle pasar—. ¿Que no me extrañaste?
—Claramente tu ausencia es un cambio en las caóticas variables de nuestra casa, lo cual afecta mis cálculos y predicciones acerca de los posibles desenlaces diarios en las más inocuas tareas que uno pueda imaginarse. La alteración de los factores conlleva irremediablemente una modificación en los resultados esperables a los cuales nos hemos llegado a acostumbrar, y como científica, suelo sentirme más cómoda en un ambiente controlado donde las variables son constantes, esperables y medibles. Cuando el status quo se ve alterado como lo está ahora, el modelo teórico sobre el cual baso mi existencia sufre también sus consecuencias, las cuales no pueden tildarse sino como negativas.
— ¿Todo eso para decirme que me extrañas? —Preguntó Lincoln con una sonrisa.
Lisa puso los ojos en blanco.
—Sí —dijo finalmente, permitiéndose abrazar a Lincoln, aunque fuera sólo durante un segundo y de inmediato acomodara sus lentes y se bajara de la cama, fingiendo estar ocupara revisando sus aparatos.
— ¡Poo-poo!
Lily, cargada por Lucy, miraba a Lincoln y movía sus brazos, tratando de abrazarlo. Lucy la llevó junto a Lincoln, quien rápidamente la alzó.
— ¡Lily! ¿Extrañaste a tu hermano mayor? ¿Lo extrañaste? —Le preguntó, con la voz que uno utiliza para hablar con bebés.
Lily sólo reía, acariciando toda la cara de Lincoln con sus pequeñas manitos.
— ¡Oh, y trajiste tu cobija! —Le dijo Lincoln, señalando la manta que Lily tenía en sus manos.
— ¡I-ja! —Repitió la bebé, colocando una parte de la manta en su boca. Se acurrucó contra Lincoln, mitad abrazándolo mitad usándolo como cuna. Él estaba más que feliz cumpliendo esa función.
— ¿Y tú, Lucy? ¿Cómo estás? —Le preguntó.
Fue en ese momento que comenzó a sudar, al notar que algo andaba mal. Su hermana estaba de pie junto a él, con los brazos cruzados detrás de su espalda. Miraba fijamente a Lincoln, como si pudiera leer detrás de la seguridad y felicidad que él estaba dejando ver. Era como si a través de los ojos de su hermano estuviera mirando a lo más profundo de su corazón, leyendo sus sentimientos como un libro abierto. A Lincoln le aterraba qué podría estar leyendo.
—Lincoln, ¿estás bien? —Preguntó finalmente, con su típica monotonía.
Él temió que todo el hospital hubiera escuchado la saliva que acababa de tragar. ¿Serían visibles a simple vista las frías gotas de sudor que sentía que en cualquier momento comenzarían a bajar por su frente? El momento había llegado. Tenía que decirles la verdad. Lucy lo sabía. ¿O no? ¿Y si sólo estaba preocupada? No había dicho nada que implicara que sabía más que el resto de sus hermanas.
Sólo por si acaso, decidió pretender que estaba todo bien. Ver si podía mantener la mentira piadosa un poco más.
— ¿Yo? Sí, Lucy, estoy bien. Es decir, estoy aquí todavía, pero eso es porque…
—Dime la verdad —lo interrumpió Lucy, tomándolo por los hombros, sorprendiéndolo y asustando a Lily—. No me mientras, Lincoln. ¿Estás bien?
Sonaba verdaderamente angustiada, pero no parecía saber la verdad. Lincoln se quedó momentáneamente sin palabras, sin saber cómo responder. Creyó que podía salirse con la suya, evitar que sus hermanas menores supieran la verdad tan sólo evitando el tema. No se imaginó que tendría que recurrir a una mentira directa tan rápido. Mientras pensaba en qué responder, sin embargo, Lucy fue apartada violentamente de su lado por parte de las gemelas.
— ¿Qué crees que estás haciendo? —La increpó Lola, parándose junto a su gemela entre Lucy y Lincoln.
—Sí, ¿por qué molestas así a Lincoln? ¿Qué no ves que está en el hospital? —Agregó Lana, mirándola enfadada.
—Sólo estoy preguntándole cómo se encuentra —respondió Lucy, que parecía un poco sorprendida por la reacción de las gemelas.
— ¡Ya te dijo que se encuentra bien! —Le dijo Lana.
— ¿Es que siempre tienes que ser tan dramática y… y… aterradora?
Las gemelas no se dieron cuenta. Eran muy pequeñas y además estaban muy ocupadas preocupándose por Lincoln como para fijarse en los sentimientos de Lucy. Pero Lincoln notó claramente en el semblante de su hermana que aquellas palabras le habían dolido. Lucy bajo la mirada al suelo, triste.
—Hey.
Lincoln se puso de pie, dejando a Lily en brazos de Lisa, y se acerco a Lucy. Las gemelas lo dejaron pasar, con algo de desconfianza. Cuando se detuvo frente a ella, Lincoln colocó un brazo sobre el hombro de Lucy.
—Chicas, no sean tan rudas con ella. Está preocupada igual que todas, eso es todo —luego la movió suavemente para que levantara la vista del suelo, hasta que los dos se miraron a los ojos—. Lucy, estoy bien.
— ¿Lo prometes? —Preguntó, casi en un susurro.
Lincoln no dejó que se viera lo conflictuado que se sentía, ni que la duda y el dolor de mentirle a su hermana se trasladara a su rostro o su tono de voz.
—Lo prometo —dijo finalmente.
Apenas terminó de decirlo, Lucy lo abrazó, aliviada. Él le devolvió el abrazo, y enseguida las gemelas, Lily y Lisa se unieron a ellos. Este abrazo era mucho más feliz que el que había compartido esa mañana con sus hermanas mayores, pero a Lincoln le dolió casi lo mismo. Con la única diferencia de que esta vez no pudo permitirse llorar.
—Lori, ¿estás segura?
—Sí, Lincoln. El doctor dijo que esto podría servirte.
—No lo sé…
—Mira, nadie te obliga, ¿de acuerdo? Si no te gusta, yo estaré en tu habitación, esperando a que mi teléfono agarre señal o algo. Podemos jugar algo allí más tarde. Sólo inténtalo, ¿está bien?
Tras pensarlo un poco más, Lincoln finalmente asintió.
—Está bien.
Abrió la puerta y entró en la sala.
Luego de recibir a todas sus hermanas (las mayores entraron luego de las menores), Lori le dijo a Lincoln que había hablado con sus padres y que esta noche ella pasaría la noche con él, para que su madre pudiera descansar e ir al trabajo a la mañana siguiente. Él le dijo que no hacía falta, que podía quedarse sólo una noche y que no era necesario que perdiera un día de escuela, pero Lori le dijo que ni de broma lo dejaría sólo. Y que sólo un día perdido de escuela no era el fin del mundo. Sus padres le habían dicho todo lo que necesitaba saber, y más tarde el médico de Lincoln habló con ella para explicarle algunas cosas.
Entre ellas, le dijo que a Lincoln quizás le serviría visitar el ala pediátrica de aquella parte del hospital, donde había lugar para que los niños cuyo estado clínico se los permitía pudieran jugar y distenderse. Le dijo que además de los juegos, podría ser muy importante que Lincoln hablara con algunos de los niños. Que podría darle una nueva perspectiva, y aprender algunas cosas.
No del todo convencido, decidió hacerle caso a lo que el doctor y su hermana mayor le decían. Entró y, tuvo que admitir, el lugar era mejor de lo que se esperaba. Una sala muy colorida, con sillones, mesas, bloques, juegos de mesa e incluso una pequeña televisión con una consola vieja de videojuegos. No había muchos chicos en la sala en aquel momento. Había dos chicos que parecían ser de la edad de Lola y Lana, una niña de la edad de Lucy coloreando unos dibujos en una pizarra, y un chico un poco más grande que Lincoln sentado en una mesa trabajando en algo con unas herramientas. Parecía muy concentrado en lo que hacía.
Lincoln, sin saber bien qué hacer, decidió ir directo hacia la televisión con la consola. Tomó uno de los controles y vio los juegos que tenía disponibles. Ninguno de última generación, pero había una vieja copia de un juego de carreras, el cual inició. No estaba del todo familiarizado con los controles, pero no era demasiado complicado, y pronto se encontró llevando una ventaja en la delantera. Entonces tomó una curva cerrada y su auto, en lugar de girar hacia la derecha, hizo un extraño movimiento hacia la izquierda que lo hizo chocar.
— ¡Oh, vamos! —Se quejó Lincoln, mirando el control.
—Ni lo intentes, el juego tiene algunos problemas —dijo entonces el chico que estaba en una de las mesas, con una sonrisa.
Lincoln volteó y lo miró con atención. Lo primero en lo que reparó, sin poder evitarlo, fue en que el chico estaba completamente calvo. Lo miró un instante, y rápidamente desvió la mirada hacia el rostro del chico. Debía tener unos doce o trece años, no era mucho más grande que él. Tenía ojos verdes y una pequeña cicatriz en su ceja derecha, lo cual le daba a su sonrisa un cierto aire de travesura, aunque sólo parecía quedar la sombra de eso. Lincoln nunca había visto a un chico tan joven con un rostro can cansado. Pesadas bolsas debajo de sus ojos, los cuales parecían estar brillando casi por obligación, con un brillo ajeno. Sus hombros prácticamente colgaban, como si a su cuerpo le costara trabajo incluso mantenerse sentado erguido.
No sabía qué era lo que tenía ese chico, pero Lincoln ya podía sentir lástima por él.
—Oh, bueno, gracias por avisarme. ¿Hay algún juego que sí funcione?
—No realmente —respondió el chico, volviendo su atención a lo que tenía sobre la mesa—. Me llamo Adrien, por cierto.
—Lincoln —dijo también, tratando de ver desde donde estaba qué era lo que tenía el chico.
Adrien siguió con lo suyo, hasta que notó que Lincoln miraba con interés. Dejó una de sus pequeñas pinzas a un costado.
— ¿Quieres ver algo genial?
Tomándolo como una invitación, Lincoln se puso de pie y se acercó a la mesa. Para su sorpresa, Adrien tenía en sus manos un viejo reloj de muñeca. Se veía sumamente antiguo, metálico, de color bronce y con una correa de cuero marrón. Adrien lo tenía dado vuelta y con con la tapa desarmada, permitiendo ver el complejo sistema de engranajes.
— ¿Qué estás haciendo? —Le preguntó.
—Este reloj era de mi padre —comenzó a explicarle—. Murió cuando yo era niño, y es lo único que me queda de él. Siempre lo usé. Es un reloj mecánico, ¿sabes? Muy retro. Hace unas semanas me caí y dejó de funcionar.
— ¿Estás tratando de arreglarlo?
—Sinceramente, no creí que podría ser tan complicado —admitió, frunciendo el ceño—. Dije "Bueno, podría hacerlo yo mismo, será divertido". Conocí a un hombre en Marruecos, Hamid, que armaba uno en veinte minutos.
— ¿Estuviste en Marruecos? —Pregunto Lincoln, intrigado.
—Estuve en todos lados. Nací en Francia, de hecho.
— ¿Eres francés?
—Je pensais qu'il était évident —dijo, riéndose segundos después al ver la cara de desconcierto de Lincoln—. Si, bueno, viví ahí sólo hasta los cinco años. Después empecé a viajar, y tuve que aprender inglés. Hablo mejor inglés que francés.
— ¿Viajaste mucho? —Le preguntó, sentándose a su lado.
—Oh, sí. Mucho. Mi mamá y yo. Ella es maestra, ¿sabes? Y escribe libros de autoayuda, y créeme, esas cosas venden. Cuando cumplí cinco ella decidió que estaba cansada de la rutina y lo cotidiano. Vendió nuestra casa y empezamos a viajar por todo el mundo. Dos años en Italia, dos años en Inglaterra, uno en España, un año en Marruecos, uno en Egipto, y luego vine aquí. Catorce años, y siete países.
—Vaya, eso suena genial —dijo Lincoln, con una sonrisa soñadora, imaginándose a sí mismo viajando por el mundo, conociendo tantos lugares y culturas nuevas.
— ¿Y si te dijera que tampoco tuve que ir a la escuela? Mi mamá me educaba en casa.
— ¿En serio? Amigo, ¡eso es genial! ¿Viajaste por todo el mundo, estudiando en tu casa?
Adrien rió, pero Lincoln de inmediato notó que no sonaba muy feliz. Apoyó sus herramientas en el suelo y se quedó en silencio unos segundos.
—No es tan divertido como suena.
— ¿Bromeas? ¡Yo nunca me fui de este Estado! Sería genial poder viajar por todo el mundo, conocer gente nueva.
—Bueno, ese el problema, Lincoln —dijo Adrien, con tristeza.
Lincoln perdió su sonrisa soñadora al escuchar al chico.
— ¿A qué te refieres?
—Nunca tuve amigos. Conocí algunas personas, pero no es fácil hacer amigos cuando necesitas seis meses para aprender lo básico del idioma del lugar. Y menos si ni siquiera iba a la escuela. ¿Sabes lo que es que tu única compañía sea tu madre?
Adrien se vio completamente descolocado cuando Lincoln comenzó a reír lentamente.
—No, de hecho no.
Y durante los próximos veinte minutos, Lincoln le contó a Adrien sobre su vida con diez hermanas. El chico escuchó con atención, primero asombrado, y luego riendo junto a Lincoln acerca de las locuras que implica vivir en una familia tan grande. Luego Lincoln le habló de Ace Savvy, ARGGH y el Señor de los Aros, y descubrieron que tenían mas en común de lo que imaginaban. Pronto se olvidaron de que estaban en un hospital, o que hasta hacía menos de una hora no se conocían. Hablaron como si fueran mejores amigos. Los padres del resto de los chicos los llevaron de regreso a sus habitaciones, y Lincoln estuvo seguro de que vio por el rabillo del ojo que Lori se acercaba a ver cómo estaba, pero no lo interrumpió.
—Adrien, ¿sabes cómo arreglar un reloj de esos? —Le preguntó en un momento, observando lo complicado que se veía el interior del reloj.
—Sí. Bueno, no del todo. Hamid me enseñó lo básico. Hace tres semanas que estoy tratando de que esto funcione.
— ¿Hiciste algún avance?
—Oh, por supuesto —dijo con una sonrisa, mientras tomaba una pequeña tuerca, de menos de tres milímetros de diámetro.
— ¿Qué es eso? —Pregunto Lincoln, teniendo problemas tan sólo tratando de verla. Era una pieza demasiado pequeña.
—Esto, mi estimado Lincoln, es la pieza que falta —le explicó Adrien—. Logré colocar todas las piezas en su lugar, excepto por esta. No tengo ni idea de dónde es que va. Pero, hey, por lo menos ahora sé cuál es el problema.
— ¿Esa pequeña pieza hace que el reloj entero no funcione?
—Bueno, así funcionan las máquinas, sobre todo las viejas. Todas las piezas cumplen su función, ¿sabes?
—Vaya. ¿Y cuánto crees que te lleve encontrar su lugar?
—No lo sé… Ni siquiera sé si voy a poder terminar de arreglarlo —dijo, con mucha tristeza.
Se quedaron en silencio durante un rato. Ninguno de los dos había hablado de sus enfermedades, ni de su situación. Habían evitado conscientemente tocar el tema, pero ahora parecía que no había forma de ignorarlo.
— ¿Cuánto…? —Comenzó Lincoln, pero no logró terminar la pregunta. De todas formas, Adrien lo entendió.
—Hace diecisiete días me dieron dos semanas, así que en realidad ya tendría que haberme ido. Podría ser en cualquier momento.
—No te ves mal —le dijo Lincoln, ganándose una mirada sarcástica de Adrien que le sacó una sonrisa—. Bueno, no TAN mal.
—Estoy muy medicado. Pero es cuestión de tiempo.
—Ya veo —dijo Lincoln.
Sabía que no debía decir nada. ¿Qué podía decir? ¿Las mismas palabras insípidas que su doctor le había dicho? Sabía muy bien que no servían para nada.
—Me dijeron que me quedan dos semanas. Tal vez tres.
Adrien asintió en silencio. Luego, tentativamente, colocó una mano sobre el hombro de su nuevo amigo.
—Apesta, ¿no?
—Sí… Sí, lo hace.
—Estos días estuve preguntándome mucho por qué me sucedía esto. Por qué a mí. Pero al final… creo que no vale la pena darle muchas vueltas al asunto, ¿sabes? Las cosas sólo pasan.
—Todavía no le dije nada a mis hermanas menores —le confeso Lincoln. Adrien suspiró.
—Eso será duro. Pero, Lincoln… No sé si te interesa lo que te pueda llegar a decir, pero te lo diré de todas formas. Cuando yo muera, casi nadie de mis conocidos lo sabrá. No tengo ningún amigo que esté preocupado por mí, sólo mi mamá. Es un poco triste pensar en que ella será la única que me recuerde cuando me vaya. Desde que me diagnosticaron leucemia, hace un año y medio, estuve pensando mucho en eso. Y estoy seguro de que ella también lo está pensando. Me hubiese encantado poder tener amigos, más personas con quienes compartir mis últimos momentos. Porque, ¿qué es lo que le da sentido a la vida? ¿Nuestro trabajo? ¿Nuestros estudios? No lo sé, quizás para algunas personas sí. Pero yo creo que la vida vale la pena ser vivida por las personas que conocemos. Nuestra familia, nuestros amigos, las personas con las que compartimos momentos. Yo tengo sólo a mi mamá, pero tú tienes una grande y hermosa familia. Diles cuando estés listo, pero no te pierdas de estar con todas tus hermanas y tus amigos. Después de todo, no tendrás otra oportunidad.
Se quedaron en silencio, o casi. Adrien fue muy respetuoso y no dijo nada cuando Lincoln comenzó a llorar suavemente. Permanecieron sentados uno junto a otro durante un rato, hasta que Lincoln se calmó. Finalmente, se levantó.
—Gracias, Adrien. Yo… creo que volveré a mi habitación.
—Está bien. Cuidate, Lincoln.
Lincoln se alejó hacia la puerta, pero se detuvo a último momento.
— ¿Adrien?
El muchacho, que había vuelto su atención a la pequeña pieza que faltaba de su reloj, levantó la vista.
— ¿Si?
—No será por mucho tiempo, pero… Yo también te recordaré.
Adrien sonrió. Se miraron unos segundos más, y luego Lincoln finalmente se alejó, rumbo a su habitación.
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Amo a Lincoln. ¿Qué puedo decir? Cuando creo personajes propios quizás es más difícil, pero cuando trabajo con personajes inventados (definición de fanfiction), siempre trato de que sean los personajes quienes manejan la historia. Yo les tiro algunas circunstancias aquí y allá, los coloco en algunas situaciones, pero son ellos quienes hablan, son ellos quienes reaccionan y son ellos quienes hacen que la historia se mueva. En este capítulo dejé que Lincoln (mi interpretación de Lincoln, claro está) fuera quien me llevara. Yo hice que sus hermanas lo visitaran, y le presenté a Adrien, pero fue él quien en todo momento me manejó los tiempos y las discusiones con sus hermanas. Y lo respeto mucho por eso.
Un caso... no sé si contrario al de Lincoln, pero que me llama la atención, es el de las gemelas. No eran de mis hermanas favoritas, pero escribiéndolas en este fic preocupadas por Lincoln, defendiéndolo así de Lucy (exagerado de su parte, si), me dan mucha ternura, jajaja. Voy a llorar escribiendo cuando se enteren.
Díganme qué les pareció, qué les gustó, qué no les gustó, si Adrien les pareció interesante o innecesario (en dos capítulos más podrán ver qué tan necesario resulta para la historia), y básicamente cualquier cosa que se les ocurra. Ojalá les siga gustando la historia, que comienza a ganar profundidad, y los problemas van a ir subiendo cada vez más.
¡Saludos!
