Muy bien, una semana más tarde, llega la parte dos. Este capítulo es uno de los que más quería escribir desde que empecé a pensar el fic. Literalmente empecé a pensar el fic desde este capítulo. Ojalá les guste.
Como siempre, muchas gracias a: Shadowmaster91, ald0789, cesar k-non, Jules Engels (te lo dije la otra vez, yo disfruto leyendo tus reviews, jajaja; no hace falta que aportes nada, con que me digas tus partes favoritas y lo que sentiste al leerlo está genial), zero003, Lux01, Phantom1812 (necesitaría un capítulo entero para agradecerte y contestarte punto por punto. Lo único que puedo decirte es que si tú fueras el único que leyera esta historia, con gusto la terminaría, porque tus comentarios me motivan hasta llegar a niveles impensados de inspiración. No me importa lo que opine el resto de la humanidad, sólo quiero que tú te vayas conforme con lo que escribo, porque te lo mereces), Sir Crocodile222 (tus comentarios también me motivan increíblemente, me encanta cuando me cuentas tus partes favoritas, jajaja), Fipe2 (tienes buen olfato, amigo), AstralWhip, Julex (NO, LA TAZA ROTA NO, POR FAVOR D: ), MorenoX25 (tampoco es que yo sea un experto en arte, pero creo que la idea del "período triste" -que en inglés cobra más sentido con lo de "blue period"- venía bien al caso. Lo del período rosa no lo pondré explícitamente, pero como siempre, diste en el clavo, comprendiendo el trasfondo y leyendo entre líneas), nahuelvera2 (Lincoln tiene una mufa encima… pobre pibe), supertotitoti, mmunocan (no puse un anuncio grande dedicándotelo a ti en esta ocasión, porque sería repetitivo, pero pienso en ti en todos los caps (L) jajajaja), xXnobu16Xx (me alegra poder generar emociones tan… potentes, jajajaja), Slash Torrance (el OS de terror tendrá que esperar, si es que algún día sale a la luz, jajaja; gracias por el comentario), JuniorVB, IvAnhell.
Y a todos los que siguen la historia y no comentan. O sea, los quiero mucho menos que a los que sí comentan, pero igual los quiero.
¡Venga!
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Capítulo 9:
Período azul:
Parte II – Monumentos
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Lincoln no tenía el conocimiento científico de su hermana Lisa. No conocía las leyes de la termodinámica, ni las leyes de Newton. Pero él era un entusiasta de los cómics, y más de una vez había leído acerca de una Ley muy particular: la Ley de Murphy. Esta Ley planteaba que todo lo que podría salir mal, saldría mal. Él nunca había terminado de entenderla, pero cuando Cristina apareció en el centro comercial, finalmente comprendió la belleza del universo conspirando contra uno.
Para empezar, el momento de la interrupción no podía haber sido menos oportuno. Él había planeado su "cita" con Ronnie Anne para prepararla para la noticia. La había llevado a comer al centro comercial, donde nadie podría molestarlos. Estaban comiendo sus hamburguesas y papas fritas, disfrutando del suave ruido de la fuente de agua detrás de ellos. Hablaban y reían como siempre hacían cuando se reunían. Se notaba a leguas que ambos disfrutaban de la compañía del otro. Lincoln era realmente feliz con ella, pues Ronnie Anne despertaba sensaciones nuevas en su interior. Por eso la había besado. Viéndola a los ojos, no pudo resistirse, tuvo que hacerlo. Y luego todo se fue al demonio. Finalmente se había decidido a darle la noticia, sintiendo que ya no podía seguir ocultándole la verdad. Necesitaba decirle. Pero justo cuando estaba por revelar su fatídico diagnóstico médico, ella lo había interrumpido.
Segundo punto del cual el Universo se había valido para aplicar la Ley de Murphy: el malentendido. Ronnie Anne creía que estaba por pedirle que fuera su novia. La idea no se le había cruzado nunca por la cabeza. Sí, la quería mucho… Probablemente incluso ya la amara. Pero era un niño de once años, no se sentía listo para tener una relación formal, para tener una novia. Y quizás allí él había tenido parte de la culpa, pues su reacción inicial fue muy desacertada. ¿En qué estaba pensando cuando le dijo que no quería ser su novio? Le hubiera encantado, pero no se sentía listo. Vio en el rostro de Ronnie Anne la decepción y la tristeza, y trató de explicarse. Pero estaba nervioso, y no lo había hecho a tiempo.
Toda esa sucesión de pequeños desastres parecía haber cumplido un único propósito: preparar el terreno para que la súbita aparición de Cristina desencadenara el desastre. Porque seguramente habría múltiples explicaciones acerca del por qué la chica, otrora amor platónico de Lincoln, había gritado su nombre y se había acercado a toda velocidad hacia él. Pero Ley de Murphy mediante, la mente de Ronnie Anne, claramente influenciada por el momento y el malentendido previo, decidió elegir la peor explicación.
— ¿Cristina? —Dijeron Ronnie Anne y Lincoln, al ver a la chica de pie frente a ellos.
Cristina se veía bastante mal. No en un sentido estético; era realmente una hermosa niña. Pero se veía muy triste, con sus brillantes ojos a punto de derramar lágrimas. Su miraba danzaba entre Lincoln y Ronnie Anne. Era obvio que había visto a Lincoln desde la distancia, pero no parecía haberse percatado de Ronnie Anne.
— ¿Ronnie Anne? —Preguntó finalmente, con la voz quebrada— ¿Qué haces aquí?
Lincoln giró la cabeza a su izquierda para ver a Ronnie Anne.
Ella miraba a Cristina, claramente tan confundida como él. Lentamente, volteó a ver a Lincoln. Él vio cómo los ojos de su amiga se dirigían directamente a sus pantalones elegantes, a sus zapatos marrones, a su camisa y a su peinado brillante. Ella luego volvió a mirar a Cristina, y una vez más a Lincoln. Casi podía oír los engranajes de la mente de Ronnie Anne trabajando. Y finalmente, vio cómo la confusión en su mirada se transformaba. Era una mirada que Lincoln sólo había visto una vez, cuando él la había insultado frente a sus amigos en el restaurante Jean Juan. Una mirada de decepción y tristeza, pero ante todo de ira.
—Ahora entiendo —dijo Ronnie Anne, poniéndose de pie—. ¿Es eso? ¿Por eso no puedes estar conmigo?
— ¿De qué hablas?
— ¡Ella! —Gritó, señalándola con un dedo, sin despegar sus ojos de Lincoln ni un segundo.
—Ronnie Anne, no sé de que…
— ¡No te hagas el tonto! ¡Yo también vi el video! ¡Sé que ella te gusta!
Lincoln sintió el rubor en sus mejillas. No se atrevió a mirar a Cristina. Aún estaba completamente avergonzado de aquel video en el que besaba una de las estatuas de Lucy con una fotografía de Cristina encima.
—P-Pero, Ronnie Anne…
— ¿Para eso me trajiste? —Preguntó ella, con una lágrima cayendo por su mejilla— ¿Para decirme que estás con alguien más?
— ¡Ronnie Anne! ¡¿Cómo podría estar con alguien más?! ¡Volví del hospital ayer!
— ¿Qué doctor te atendió? ¿Eh? ¿El doctor Chase?
Lincoln estaba completamente confundido. ¿Qué estaba sucediendo? Ronnie Anne parecía estar acusándolo de estar saliendo con Cristina, ¿y ahora le preguntaba quién había sido su doctor? ¿Quién demonios era el doctor Chase?
—Ronnie Anne, por favor, escúchame.
Ella tomó su patineta y le dedicó una última mirada.
—Si no fuera porque sé que ya estuviste en el hospital, yo misma te enviaría allí de nuevo.
— ¡Ronnie Anne, espera!
Sus súplicas fueron en vano. Ella se alejó corriendo a toda velocidad, dejándolo solo y confundido.
— ¡Rayos!
Se sentó nuevamente en el borde de la fuente, con sus codos sobre sus rodillas y la cabeza gacha. Nada parecía estar saliendo bien últimamente. No sólo se había enterado de que iba a morir, sino que todo lo que había hecho desde entonces había sido un total y completo fracaso. Sus hermanas estaban reaccionando peor de lo que él había imaginado. Lori estaba teniendo serios problemas para controlarse, Leni… Bueno, seguía siendo Leni. Lynn estaba mucho más agresiva, Luan no hablaba, Luna estaba todo el día encerrada en el garaje o su habitación tocando música y Lisa había tomado la decisión de salvarlo a como dé lugar. Estaba constantemente mintiendo a sus hermanas menores, lo cual lo hacía sentir una basura. La noticia había devastado a Clyde y a sus padres, y ahora había fracasado en decirle la verdad a Ronnie Anne, y ella se había escapado, probablemente odiándolo.
Definitivamente, la peor semana de su vida.
—Lo siento —dijo entonces Cristina, devolviéndolo a la realidad—. No era mi intención.
Lincoln levantó la vista. Cristina. De todas las personas en el mundo, ¿por qué había sido ella la que había aparecido? Era cierto que había sido la primera chica en la que Lincoln había puesto sus ojos. Era una chica muy linda. Pero ella nunca le había prestado atención, y las pocas veces en las que él se había acercado a hablarle, ella se mostraba sumamente desinteresada. Luego de que aquel terrible video saliera a la luz, ella incluso se había cambiado de algunas clases para no verlo más. Al principio le había dolido, pero poco después su relación con Ronnie Anne comenzó a mejorar, y Lincoln prácticamente la había olvidado. Y ahora se aparecía justo a tiempo para arruinar su momento con ella. ¿Es que un chico no puede pedir un poco de tranquilidad para decirle a la gente que quiere que va a morir?
Él frunció el ceño y miró hacia un costado.
— ¿Qué haces aquí? —Preguntó, un poco más rudo de lo que había pretendido.
Cristina se acercó lentamente hasta ponerse justo delante de él. Aún así, Lincoln continuó mirando hacia su derecha.
—Yo… Vine a verte.
Eso despertó su curiosidad. La miró, aún ligeramente molesto.
— ¿A mí? Pero, ¿cómo sabías que estaría aquí?
—Llamé a tu casa —respondió ella, jugando nerviosamente con uno de sus rulos—. Tu mamá me dijo que estabas en el centro comercial. Y ya que vivo a cinco calles… Quería verte.
— ¿Y por qué querías verme? No somos amigos, precisamente. De hecho, si la memoria no me falla, tú le dijiste a Jordan que me diga que me mantuviera alejado de…
— ¿Es cierto? —Lo interrumpió.
Cristina lo miraba como si estuviera a punto de llorar. Tenía las dos manos ocupadas en su cabello. Lincoln quizás había fallado como el Gurú de Chicas, pero estaba convencido de que las chicas sólo jugaban así con su cabello cuando estaban nerviosas. No sabía con exactitud a qué se refería Cristina con esa pregunta, pero una parte de él inmediatamente pensó en lo peor.
— ¿Qué cosa? —Preguntó, cautelosamente.
— ¿Vas a morir?
Lincoln recordó su encuentro con el Dr House. El doctor le había hablado acerca de cómo aparentemente él había aceptado de forma muy madura su fatal destino. No estaba muy seguro de que eso fuera cierto. Cada vez que alguien tocaba el tema —cosa que afortunadamente no ocurría demasiado seguido— él no podía evitar sentir que el destino le daba una nueva bofetada. Era horrible que le recordaran que sus días estaban contados. Mucho peor era que la chica de la que él había estado enamorado se lo preguntara en la cara, al borde del llanto, cuando se suponía que nadie fuera de su familia lo sabía.
Muchas cosas comenzaron a pasar por su cabeza, pero lo único que tenía claro era que no había necesidad de mentirle.
— ¿Quién te lo dijo? ¿Clyde?
Cristina llevó ambas manos a su boca, cubriéndola.
—Entonces es cierto —susurró, justo antes de comenzar a llorar.
Él estaba muy enfadado con Cristina. Quizás estaba siendo injusto, ya que ella no había hecho nada malo realmente, pero el hecho de que su aparición arruinara su momento con Ronnie Anne la había vuelto una buena candidata sobre quien apuntar su enojo. Pero sin importar lo enfadado que se sintiera con la vida, ver a una chica llorar siempre lo hacía sentirse fatal. Que llorara por él era incluso peor.
Trató de ignorarla. Miró hacia otro lado. No estaba llorando fuerte o desesperadamente como sus hermanas lo habían hecho aquella noche en el hospital. Era más bien un llanto silencioso, con sólo el ruido de su cortada respiración. Estaba de pie, con sus manos cubriendo su rostro, sus hombros convulsionando lentamente al ritmo de su llanto. Si miraba hacia otro lado y tarareaba un poco, probablemente podría haberla ignorado por completo. Pero ni siquiera el alma más insensible del mundo podría permanecer indiferente ante una niña llorando.
Con un suspiro, Lincoln se puso de pie y se acercó a Cristina. Apenas necesitó apoyar una mano sobre su hombro para que la chica se lanzara a sus brazos. Él la abrazó, con cuidado de no hacerlo tan fuerte como ella lo estaba sujetando, pues podría lastimarla. Por suerte, sus hermanas lo habían acostumbrado a las dolorosas muestras de cariño. Simplemente la sostuvo. No se atrevía a acariciar su espalda, como sin lugar a dudas habría hecho con alguna de sus hermanas, o con Ronnie Anne. La contuvo, dejando que se descargara.
Lo curioso acerca de la Ley de Murphy es que normalmente es llevada al extremo. No se trata de que pequeños accidentes puedan ocurrir, o que haya algo que salga mal, no. Es más acerca de que TODO lo que pueda salir mal, saldrá mal. Es por eso que, mientras Lincoln abrazaba a Cristina, una chica lo observaba desde las lejanas escaleras. Desde la distancia, no podía distinguir mucho, apenas si podía reconocer la camisa naranja y el cabello blanco. No veía a Cristina llorar, sólo a los dos abrazados. Furiosa, defraudada y muy, muy triste, la chica tomó su patineta y se alejó lo más rápido posible de aquel centro comercial.
— ¡¿Qué?! —Preguntó Clyde, apoyando sus pies en el suelo para frenar el columpio y quedar quieto en su lugar— Lincoln, te juro que no le dije a nadie, ¡jamás lo haría! ¡Te di mi palabra de que me mantendría callado!
—Lo sé —lo tranquilizó Lincoln, mientras continuaba columpiándose, tratando de llegar cada vez más alto—. Resulta que su tío trabaja en el hospital. Cristina Chase. Debería haberlo sabido.
—Oh… ¿Él le dijo?
Lincoln asintió columpiándose incluso con más fuerza.
—Esta mañana fue a almorzar a la casa de Cristina. Al parecer, el doctor que tomó mi caso es una especie de celebridad en el hospital, y sólo toma los casos más difíciles. Sus casos se hacen conocidos. Y la noticia de un niño de once años diagnosticado con una increíblemente rara enfermedad terminal es lo que este tipo considera apropiado discutir durante el almuerzo. Se pusieron a hablar de lo terrible que una noticia así sería para la familia, y entonces el doctor mencionó el hecho de que el niño tenía diez hermanas.
Clyde suspiró.
—No fue difícil para Cristina atar los cabos. Que tú estuvieras triste hoy en clases, que yo no hubiera ido en toda la semana… Llamó a mi casa y mi mamá le dijo que yo estaba en el centro comercial. Ella vive cerca, así que fue a verme.
—Pero… ella… Creí que te odiaba desde que subiste ese video donde aparecías besando una foto de ella.
Lincoln dejó de mover sus piernas, y poco a poco fue perdiendo impulso. El movimiento pendular continuó por un minuto, hasta que finalmente se detuvo junto a Clyde.
—Me dijo que yo le gusto —dijo Lincoln, mirando hacia el suelo.
— ¡¿Qué?! ¿Cristina? Pero… ¿Que le gustas en el sentido de amigo o en el…?
—Clyde —lo interrumpió, mirándolo seriamente—. Que le gusto.
La elocuencia de Lincoln fue clara. Clyde dejó escapar un silbido de sorpresa.
—Vaya. Eso es… Es decir… ¿Cómo te lo tomaste?
Lincoln rió suave y sarcásticamente.
— ¿Cómo me lo tomé? Me quedé anonadado. No sabía que decirle. Me dijo que no se había dado cuenta hasta que se empezó a correr el rumor de que Ronnie Anne y yo somos novios. Entonces se puso a pensar y llegó a la conclusión de que le parezco un chico muy tierno, y blablabla. Yo no sabía qué hacer, pero al final le dije que me gustaba Ronnie Anne. Ella pareció entenderlo, pero siguió llorando, y me decía que lamentaba mucho haberme hecho sentir mal, evitándome y todo eso. Me quedé con ella hasta que se calmó. Me contó cómo se había enterado de mi situación, y luego fui directo a tu casa para hablar contigo.
—Wow. Lo siento, amigo. Al menos fuiste honesto.
—Clyde, siento que el Universo está divirtiéndose haciéndome miserable.
Se puso de pie y comenzó a caminar a través del parque. Clyde se apresuró a seguirlo.
—Es como si no tuviera suficiente con saber que voy a morir —se quejó en voz alta, caminando hacia el gran estanque del parque de Royal Woods—. No, no, claramente no es suficiente. No sólo tengo que soportar esa idea, sino que todo a mi alrededor tiene que comenzar a irse al demonio.
—Lincoln…
— ¿Es que no lo entiendes? —dijo, deteniéndose frente al estanque, agachándose para tomar una piedra del suelo— Mi familia está destruida, y no sé cómo hacer para solucionarlo.
Lanzó la primera piedra. Si había algo en lo que podía vencer a Lynn, además de matemáticas, definitivamente era en lanzar piedras para que rebotaran en el agua. Lynn podía lanzarlas más lejos y con mucha más energía, pero no podía hacerlas rebotar. Siempre había estado celosa de que Lincoln pudiera lanzar cualquier roca y que ésta rebotara cuatro o hasta cinco veces.
No como aquella que lanzó, que se hundió al primer intento.
—La mitad de mis hermanas no saben cómo hacer para mantenerse en pie, y estoy ocultándoselo a la otra mitad —dijo, volviendo a lanzar otra piedra.
También se hundió al primer impacto con el agua.
—Bueno, en realidad, Lisa ya sabe la verdad, y Lily es sólo una bebé. Así que sólo estás ocultando la verdad a tres de tus hermanas.
—Eso no me hace sentir mejor —respondió amargamente, lanzando una nueva piedra.
SPLASH. Hundida.
—Apenas estaba empezando a lidiar con todo eso, y ahora la chica que me gusta no quiere hablarme, y la que antes solía gustarme dice que ahora le gusto. Un triángulo amoroso justo cuando lo único que quiero es un poco de paz. ¡Es como si nada me saliera bien!
Tiró la última piedra al estanque con tanta fuerza y violencia que ni siquiera tuvo que verla para saber que no la había hecho rebotar. Se dejó caer en el pasto, y comenzó a pasarse una mano por la cabeza, arruinando el perfecto peinado que su madre le había hecho. Clyde se sentó junto a él y pasó un brazo sobre sus hombros.
—Lincoln, amigo, no te sientas así —le dijo, tratando de mantenerse fuerte para poder consolar a su amigo; no quería llorar frente a él, no de nuevo—. Nada de esto es tu culpa. Es culpa de nosotros, todos los demás. Es difícil tomar la noticia de que vas a… de que… de tu enfermedad.
Lincoln sintió cómo Clyde se quitaba los lentes con una mano y pasaba la manga de su suéter por sus ojos para quitarse las lágrimas.
—Eres el mejor chico que he conocido en mi vida. Eres la mejor persona que cualquiera de nosotros haya conocido alguna vez. Eres bueno, eres gracioso, te preocupas por todos. Es difícil para nosotros aceptar que… que vas… que tú…
—Te entiendo, Clyde. En serio te entiendo. Pero, ¿qué hay de mí? —Preguntó, abrazando sus rodillas contra su pecho—. Yo también tengo miedo. Yo también estoy triste. Y cada día que pasa, me siento peor.
Lincoln sentía que estaba a punto de llorar. Clyde lo abrazó, y él también abrazó a su mejor amigo.
—Lincoln… No sé qué decirte. No sé por qué pasa esto, ni porqué tiene que pasarte a ti. Pero estaré contigo hasta el fin del camino, amigo. Siempre contigo.
Lincoln, dejando finalmente que algunas lágrimas escaparan de sus ojos, sonrió.
—Lo sé, Clyde. Eso es todo lo que quiero.
Volver a su casa estaba comenzando a convertirse en el vía crucis de Lincoln.
Estaba llegando a la entrada cuando escuchó el ruido de la música proveniente del garaje. Las puertas estaban completamente cerradas, pero el ruido pasaba de todas formas. Decidió acercarse. Necesitaba saber cómo estaba Luna. Desde la acera había estado escuchando el sonido de una guitarra eléctrica altamente distorsionada, pero al acercarse de pronto comenzó a escuchar un ruido mucho más limpio, un arpegio hermoso pero que al mismo tiempo sonaba increíblemente triste. Lincoln trató de abrir la puerta, pero estaba trabada. Necesitaba desesperadamente ver a su hermana. Notó uno de los botes de basura que parecía estar vacío y lo colocó debajo de una de la altas ventanas del garaje. Mientras trataba de subirse sin caer, Luna comenzó a cantar, con el arpegio de guitarra sonando de fondo.
—Things are not what they used to be, missing one inside of me… Deathly loss, this can't be real, cannot stand this hell I feel (Las cosas no son lo que solían ser, faltando alguien en mi interior… Pérdida letal, esto no puede ser real, no puedo soportar este infierno que siento)
Lincoln sintió algo raro en la forma de cantar de Luna. Ella tenía una grandiosa voz para cantar rock, con un estilo propio muy parecido al de la cantante de The Interrupters, y sin embargo a ella le gustaba tratar de imitar las voces de los cantantes originales de los temas que ella tocaba. Se notaba que estaba tratando de imitar el estilo de un hombre, pero había algo que sonaba extraño.
Logró subirse al bote de basura y espiar por la ventana, y vio a su hermana tocando su guitarra eléctrica conectada a una pedalera que tenía junto a sus pies. Estaba tocando con los ojos cerrados, sumamente concentrada y completamente sumergida en la canción. Y en seguida, Lincoln descubrió por qué Luna cantaba de esa forma: estaba luchando por no llorar.
—Emptiness is filling me, to the point of agony. Growing darkness taking dawn, I was me, but now he's gone (El vacío está llenándome, al punto de la agonía. La oscuridad creciente me posesiona, yo era yo, pero ahora él no está).
Mientras terminaba aquel verso, Luna apretó uno de los botones de la pedalera, y el el sonido de la guitarra volvió a ser fuerte y distorsionado. Empezó a tocar con energía, haciendo que las ventanas vibraran, completamente absorta en el ritmo y los acordes de quinta. Lincoln se bajó del bote de basura y se alejó lentamente. Luna no lo escucharía si golpeaba la puerta, y de todas formas no sabía qué decirte, qué hacer para que se sintiera mejor.
Lincoln la conocía. No estaba llorando porque tenía la música para descargarse. Siempre hacía lo mismo cuando se sentía mal, se encerraba en sus canciones. Él no era psicólogo, pero suponía que a Luna le ayudaba tocar canciones que hablaran sobre lo que ella sentía, porque le permitía expresarse indirectamente. No tenía que admitir o reconocer su problema, cantaba una canción desde la perspectiva de otra persona, y aunque se identificaba en el proceso, en el fondo lo que hacía era evitar hablar del tema. Una artística distracción para no lidiar con sus sentimientos. Lincoln creía que, en lo que a formas de lidiar con el dolor se refería, no estaba tan mal. La ayudaba a distraerse. Pero había cosas de las que uno simplemente no puede abstraerse.
Ya que estaba por el garaje, decidió entrar por la puerta de la cocina. No tenía sentido dar toda la vuelta para entrar por el estar. Pero en cuanto pasó por la cerca y entró al patio trasero, vio que ya había alguien allí. De pie frente a una tabla de madera semienterrada se encontraba Lynn. Vestía su ropa de siempre, pero parecía estar entrenando karate. La madera estaba cubierta en una parte con lo que parecía ser caucho, y era allí donde Lynn golpeaba una y otra vez. Lincoln la había escuchado hablando alguna vez con su padre, pidiéndole que la ayudara a preparar su propio makiwara, un aparato de madera para practicar los golpes. Al parecer, su padre finalmente había accedido, o Lynn sencillamente había decidido hacerlo sola.
Con cuidado, se acerco a ella. La escuchaba expulsar aire con cada golpe, y también oía el ruido de sus nudillos impactando contra el caucho, casi como un martilleo constante. Golpeaba siempre con la derecha, y cuando Lincoln se acercó lo suficiente, notó que tenía los nudillos de su mano izquierda sangrando. Se detuvo en seco al notar aquel detalle. Sabía que su hermana llevaba las cosas al extremo, pero, ¿golpear un trozo de madera hasta que sus nudillos sangraran? Eso no era entrenamiento. Eso era rabia. O peor aún, autoflagelación.
— ¡Ugh! —Se quejaba Lynn con cada golpe. Sus rodillas temblaban ligeramente, y Lincoln imaginó que estaría doliéndole mucho. Pero en lugar de golpear más despacio, ella parecía estar aumentando la intensidad. Cada golpe sonaba más fuerte que el anterior, y la tabla de madera se balanceaba más y más.
Finalmente, tras un golpe que podría haber roto una puerta, Lynn dejó escapar un grito de dolor y cayó de rodillas, tomando rápidamente su muñeca.
— ¡Lynn! —Gritó Lincoln, acercándose rápidamente a su hermana.
Lynn apretaba su muñeca, con una clara mueca de dolor. Lincoln no era un traumatólogo, pero parecía que su hermana se había torcido la muñeca al golpear el makiwara. Se arrodilló junto a ella, preocupado.
— ¿Estás bien?
Lynn levantó la vista y miró a su hermano menor. Sus ojos estaban llenos de dolor, pero no por la posible lesión en su muñeca. Se puso de pie y, trató de alejarse, pero Lincoln fue más rápido y la tomó por el codo.
—Lynn, deberías ponerte hielo o algo —le dijo.
—Suéltame —le pidió, tratando de no hacer contacto visual con él.
—Lynn, por favor, no hagas esto. ¿Podemos hablar?
— ¡Mantente alejado de mí! —Gritó ella, separándose bruscamente del agarre de Lincoln. Una vez libre, entró corriendo a la casa.
Si hubiera estado molesta con Lincoln, él probablemente habría soportado aquel grito. No era nada nuevo que alguna de sus hermanas se enfadara por algo que había hecho. Pero no había habido enojo o enfado en la voz de Lynn, sino tristeza, dolor, melancolía. Culpa. Y eso era algo que lo lastimaba mucho más que cualquier enfado. Un insulto, podría soportarlo. Una bofetada, podría superarla. ¿Que su hermana continuara sintiendo cualquier tipo de culpa por su enfermedad? Eso sí que no podía soportarlo. Necesitaba tener una charla con ella, para aclarar las cosas.
No tenía sentido continuar lamentándose en el patio. Se dirigió a la puerta de la cocina y entró. Antes de dirigirse a su habitación, decidió servirse un vaso de jugo de naranja. Tomó el cartón de jugo, se dirigió a la mesada, tomó el primer vaso limpio que encontró y comenzó a servirse.
— ¡Poo-poo!
Miró hacia la derecha. En el comedor, Lily estaba sentada en su silla especial junto a la mesa. Luan también estaba a su lado, tratando de alimentarla. Movía la cuchara en el aire, simulando un avión, pero no decía nada. Estaba dándole la espalda a Lincoln, así que él no sabía cómo estaba. Pero a juzgar por la lentitud de sus movimientos y sus hombros caídos, no podía imaginarse que estuviera muy feliz.
Luan era, entre sus hermanas, la que más disfrutaba jugar con Lily. Era la única que podía más o menos interpretar los balbuceos de la más pequeña Loud, y dado que Lily reía por todo, Luan disfrutaba haciendo morisquetas o ruidos extraños para entretenerla. Amaba a su hermanita menor, y siempre jugaba con ella. Pero en aquella ocasión, parecía estar ayudándola a comer casi por obligación. No tenía entusiasmo, y quizás para mantener su rutina de mimo, estaba en silencio. El maquillaje de por sí parecía divertir a la bebé, pero Lincoln sintió un nuevo cachetazo a su espíritu al ver a su hermana así.
Quería acercarse, saludarla, ver qué reacción podía conseguir de ella. Pero sólo con verla podía imaginarse el tipo de respuesta que le daría. En el mejor de los casos, le haría alguna seña muda y se iría junto a Lily. En el peor de los casos, lo ignoraría por completo. Decidió dejarla, por ahora. No quería molestarla. En otra ocasión tendría una charla con ella.
Amargamente, se dio cuenta de que necesitaba tener una charla con cada una de sus hermanas.
No pudo terminar su jugo. Dejó el vaso medio lleno, sabiendo que Lana probablemente lo bebería más tarde "para no desperdiciarlo", y con cuidado se dirigió a su habitación. Luan estaba de espaldas, así que no se enteró de su presencia. Quien sí lo vio fue Lily, y la pequeña comenzó a mover sus brazos para llamarlo. Él le hizo una morisqueta, y la niña rió. Antes de que Luan pudiera voltear, Lincoln ya estaba subiendo las escaleras.
Una vez dentro de su habitación, se quitó los zapatos de vestir que su madre le había hecho ponerse, y los cambió por unas zapatillas, mucho más cómodas. Encendió su computadora y abrió UTube en su navegador. Necesitaba distraerse, buscar algo gracioso, algo entretenido, lo que fuera que pudiera hacerlo pensar en otra cosa. Pero no se le ocurría nada que pudiera animarlo.
Inevitablemente, volvió a pensar en su muerte. En las consecuencias que su muerte tendría en su familia. ¿Se convertirían todas sus hermanas en una sombra de lo que solían ser? ¿Cuánto tiempo estarían de duelo? ¿Podrían superarlo algún día?
Y entonces, uno de los mayores miedos de Lincoln volvió a aparecer. ¿Qué pasaría cuando superaran su pérdida? No podrían vivir el resto de sus vidas deprimidas. En algún momento lo superarían. Y, por más que el quisiera lo mejor para sus hermanas y que verlas tristes le dolía en lo más profundo de su corazón, la idea de que continuaran sus vidas sin él le daba miedo. Mucho miedo. Recordó la charla que había tenido con Adrien, acerca de lo maravilloso de las pirámides. Él no era ningún faraón egipcio, no tenía monumentos en los que inmortalizarse. ¿Qué marca dejaría en este mundo?
— ¿Linky? ¿Estás ahí?
Desde fuera de su habitación, Leni lo llamaba. Lincoln se puso de pie y abrió la puerta. Su hermana estaba de pie en el pasillo, con su teléfono en mano, sonriendo como siempre.
—Hola, Leni —dijo él, tratando de mostrarse feliz. El buen humor de Leni todavía era un misterio para él. La explicación más fácil era que ella no había entendido que iba a morir. No sería nada raro, teniendo en cuenta lo… distraída que podía llegar a ser. Pero había llorado junto al resto de sus hermanas en el hospital, y la noche anterior había visto su cara de tristeza en la mesa de los grandes durante un segundo. No sabía qué era lo que estaba pasando por la cabeza de Leni, pero ciertamente no iba a quejarse porque una de sus hermanas se esforzara por sonreír cerca suyo.
— ¿Estás ocupado? —Preguntó ella, entusiasmada.
—No, a decir verdad no. Estoy bastante aburrido, de hecho —le confesó, con algo de timidez.
— ¡Excelente! Ven conmigo.
Sin pedirle ni siquiera permiso, lo tomó de la mano y comenzó a caminar rumbo a su habitación.
— ¿Leni? ¿A dónde vamos? —Preguntó Lincoln, tratando de mantener el ritmo de su hermana mayor.
—A mi habitación, duh —dijo juguetonamente, como si fuera algo obvio.
— ¿Y Lori?
—Ella está en una cita con Bobby. Cuando se siente muy triste siempre le ayuda estar con él.
Como siempre, la brutal honestidad de Leni fue un duro golpe para Lincoln. Cualquier otra de sus hermanas le habría dicho que Lori había salido con amigas, o simplemente que estaba con su novio. No había necesidad de recordarle que su hermana mayor también estaba destruida por la noticia.
Entraron en la habitación que las dos mayores compartían, y Leni lo hizo sentarse junto a ella en su cama.
— ¿Necesitas ayuda con algo?
— ¡Sí! —Respondió alegre ella.
Él esperó a que especificara en qué necesitaba ayuda, pero Leni daba por hecho que él ya lo sabía. O algo así.
—Ok. ¿En qué necesitas que te ayude?
—Bueno, verás, estuve revisando mi Instagram y como que tengo muchísimas fotos con Lori y el resto de las chicas, pero casi ninguna contigo. Entonces pensé que, o sea, como que tú también eres parte de la familia.
—Gracias, me alegra que lo hayas notado.
— ¡De nada! Entonces, ¿qué dices? ¿Quieres que nos saquemos unas selfies?
Lincoln se movió incómodo en su lugar. Él tenía el autoestima lo suficientemente alto como para no sentirse mal con su apariencia, pero no era un fanático de las fotografías. ¿Qué chico de once años lo era?
—Um, Leni, lo siento, pero yo no salgo bien en las fotografías.
— ¡Eso no es cierto! —Le dijo ella, con una sonrisa— Eres un chico lindo, todas mis amigas siempre me lo dicen.
Sintió el calor en sus mejillas tras oír aquellas palabras.
—En serio, Leni, ¿no quieres que te ayude con tu costura?
— ¡Vamos, sólo unas selfies!
Antes de que pudiera quejarse, ella lo tomó por debajo de los hombros, como si fuera un niño, y lo colocó sobre su regazo.
— ¡Selfie! —Dijo, poniendo cara de foto y levantando el téfono.
— ¡Leni, suéltame! —Se quejó él, tratando de soltarse, pero su hermana lo tenía abrazado como a un oso de peluche, sin dejarlo salir.
— ¡Ahora otra! —Avisó Leni, esta vez colocando su rostro contra el de Lincoln, apretando sus mejillas— ¡Como cuando éramos niños!
— ¡Basta!
Pese a su queja, Lincoln estaba sonriendo. Era cierto: cuando era niño, siempre habían tenido que ponerse así para las fotografías familiares. Principalmente porque la cámara que tenían era muy pequeña y había que estar apretados para que pudiera capturarlos a todos. Por cuestiones que escapaban a él, siempre acababa junto a Leni en las fotografías, con sus mejillas apretadas.
Esta vez sí escuchó el sonido de la cámara al sacar la foto, y al imaginarse el resultado empezó a reír.
—Así esta mejor. Ahora una para que mis amigas se pongan celosas —dijo, mientras giraba la cabeza, cerraba los ojos y apoyaba sus labios sobre la mejilla de Lincoln. Se mantuvo quieta unos segundos, mientras su teléfono sacaba la foto.
Estar viviendo esto apenas cinco minutos después de haber tenido planteos existenciales en la soledad de su cuarto le parecía demasiado bizarro. No pudo evitar reír un poco más, mientras se ponía a pensar en lo mucho que amaba a Leni. Muchas veces podía sacar de quicio a la familia con sus deslices mentales, pero no había nadie en el mundo tan inocente y libre de maldad como ella. Peleaba con el resto de la familia, como todos, pero nunca haría nada que pudiera herir o molestar a alguien intencionalmente. Para ella todo era amor y cariño. Y Lincoln estaba necesitando amor para combatir a la tristeza.
—Leni —la llamó suavemente, cuando ella se separó de él.
—Está bien, no más fotos —se rindió, un tanto desilusionada.
La desilusión fue reemplazada por sorpresa y luego alegría cuando Lincoln volteó sobre su regazo y cruzó ambos brazos por detrás de su espalda, apoyando su cabeza en el pecho de su hermana.
—Te quiero mucho —le dijo, abrazándola con una sonrisa.
Ella sonrió y apoyó su cabeza sobre la de él. También rodeó un brazo alrededor de su hermanito, mientras con la otra mano preparaba su teléfono y sacaba una última foto.
—Yo también te quiero, Linky.
Permanecieron abrazados durante algunos minutos. Lincoln sentía que ella hacía algo con su teléfono, pero no se sintió ofendido, ni nada. Sentía la respiración relajada de su hermana, los suaves latidos de su corazón, y también sentía cómo Leni movía sus dedos sobre su cabello, acariciándolo suavemente. Sintió que volvía a tener cinco años, cuando sus hermanas mayores se portaban mucho más cariñosas con él, y era cosa de todos los días que Lori, Leni o hasta Luna se acostaran con él y durmieran alguna siesta abrazados. Se sintió contenido, querido, seguro. Y ante todo, tranquilo.
Tan tranquilo, que en cuestión de minutos se quedó dormido.
— ¡Lincoln! ¡Lincoln! ¡Lola, ve a buscar a Lincoln!
La voz de su madre, proveniente del piso de abajo, despertó al chico. Abrió los ojos, y lo primero que vio fue el rostro dormido y sonriente de Leni. Ella estaba recostada sobre la cama, y él sobre ella, con la cabeza sobre su pecho. Recordó la sesión de fotos y sonrió. Con cuidado, se levantó lentamente, tratando de no despertarla. Se puso de pie junto a la cama y estiró los brazos, tratando de despertarse del todo. Notó que el teléfono de Leni estaba apoyado en la mesa de luz, con su Instagram abierto en una foto. Habría mirado hacia otro lado, como siempre hacía cuando alguna de sus hermanas dejaba su teléfono desbloqueado o abierto en alguna aplicación, pero era un collage de las fotos que se habían sacado antes de dormir.
En una columna estaban las primeras tres fotos, una sobre la otra. La primera mostraba a Lincoln algo molesto, tratando de escapar del agarre de Leni, mientras ella sonreía. En la segunda, un primer plano de sus rostros con las mejillas apretadas, ella mirando a la cámara y él dirigiéndole una mirada graciosa a ella. La tercera era el perfil de Leni besando su mejilla, y él riendo. Y a un lado de la columna formada por las tres fotos pequeñas, una foto más grande de él sentado sobre el regazo de Leni, mirando hacia ella, mientras los dos se abrazaban con los ojos cerrados.
La descripción de la foto decía: "Con el mejor y más lindo hermanito menor del mundo ! #Amor #Hermano #Hermana #Familia #Abrazo #Felicidad" y varios emojis de corazones. Tenía más de doscientos 'Me Gusta', y treinta y siete comentarios. Leer los comentarios ya sería invadir la privacidad de su hermana. Dejó el teléfono donde estaba y salió de la habitación, justo cuando Lola se dirigía hacia allí.
— ¿Qué hacías en la habitación de Lori? —Preguntó, alzando una ceja.
—Tomaba una siesta con Leni —admitió Lincoln. No tenía sentido pensar en una mentira.
—Ok… raro —le dijo, mirándolo con confusión—. Mamá te llama, hay una señora en la puerta que quiere verte.
— ¿A mí?
Confundido, Lincoln bajó las escaleras. En la entrada, su madre hablaba con una señora. Lincoln nunca la había visto antes, aunque su rostro le resultaba familiar. Era una mujer de unos treinta y tantos años, con el cabello castaño que caía hasta casi llegar a sus hombros, parcialmente oculto bajo una pequeña boina negra. Vestía un largo vestido negro que llegaba casi hasta el suelo, dejando ver sus zapatos de tacón, también negros. En sus manos llevaba una pequeña caja cuadrada, que tenía apretada contra su pecho. Las dos mujeres hablaban en susurros, probablemente para que nadie las escuchara.
— ¿Mamá? —La llamó, deteniéndose en la base de las escaleras— ¿Me buscabas?
Su madre volteó, y Lincoln se asustó al notar que se la veía sumamente triste. Se acercó a él y colocó una mano sobre su hombro derecho.
—Lincoln, cariño, esta señora vino a traerte algo, ¿si? Ve a la acera y habla con ella. No quiero que tus hermanas los interrumpan.
Rita parecía estar suplicándole a su hijo para que saliera a hablar con una extraña, lo cual iba en contra de todo lo que sus padres le habían enseñado durante once años. Sin entender mucho lo que estaba sucediendo, Lincoln asintió. Estaba confundido, pero confiaba en que su madre nunca le pediría que hiciera algo que podría lastimarlo. Al parecer la señora tenía algo para darle. ¿Sería un obsequio?
La señora comenzó a caminar hacia la acera, junto a un auto que estaba estacionado en la calle. Dirigiendo una última mirada a su madre, Lincoln siguió a la mujer. Cuando llegaron al auto, la mujer abrió la puerta del acompañante y sacó un sobre de la guantera. Volteó a ver a Lincoln, y fue entonces cuando el chico se dio cuenta de que la mujer tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando durante días.
—Lincoln, es un gusto conocerte —dijo la señora, tratando de sonreír.
Tenía un acento muy marcado, pero Lincoln no lograba distinguir de donde. Sonaba europeo.
—El gusto es mío, señora…
—Marlène. Puedes llamarme Marlène.
La mujer se quedó viéndolo durante algunos segundos, pero Lincoln tuvo la extraña sensación de que mientras lo hacía pensaba en alguien más.
—Entonces… Marlène, ¿usted quería verme?
—Sí. Tengo… Tengo algo para ti.
Extendió su mano, ofreciéndole el sobre que había sacado del auto. Lincoln lo tomó con cuidado. Tanteó con sus dedos para ver si podía sentir algo, pero sólo sentía lo que parecía ser papel. El sobre no estaba sellado ni tenía estampilla. Lo único que decía era "Para Lincoln Loud", escrito a mano por alguien con una no tan buena caligrafía.
— ¿Qué es esto? —Preguntó Lincoln, no entendiendo nada de lo que estaba sucediendo.
—Es una carta que mi hijo te escribió —respondió Marlène, en voz baja.
— ¿Su hijo?
—Adrien.
Aquella palabra lo golpeó como una bola de demolición. Adrien, el chico que había conocido en el hospital dos días atrás. El chico que le había dicho que estaba casi una semana por encima de la fecha límite que le habían dado. No lo había visto por ninguna parte el martes en el hospital, y ahora su madre aparecía entregándole una carta, vestida toda de negro. No necesitaba ser un genio para comprender lo que había pasado.
Llevó una mano a su pecho y se apoyó en el auto para sostenerse, esperando que Marlène no se enfadara. Claramente a la mujer no le importaba en absoluto que un niño se apoyara en su auto. Esperó respetuosamente a que Lincoln digiriera la noticia en silencio. Le llevo más minutos de los que él hubiera querido, pero finalmente encontró la fuerza para hablar.
—Lo siento mucho —dijo.
Y en cuanto lo dijo se sintió un idiota.
"Lo siento mucho". Tres palabras que no significaban absolutamente nada. ¿Qué alivio podían darle a una mujer que había perdido a su hijo? Las palabras sonaban extremadamente vacías, sin sentido. Se preguntó cuántas veces habría oído aquellas palabras la mujer hasta ahora. Y luego recordó lo que Adrien le había dicho, de que no conocía a nadie en la ciudad, que no tenía amigos producto de sus constantes viajes. Y se preguntó si acaso él habría sido el primero en ofrecerle sus condolencias a Marlène.
—Gracias, Lincoln. Por todo.
— ¿Todo? ¿A qué se refiere?
—Adrien me contó acerca de ti —le explicó, mientras comenzaba a llorar silenciosamente—. Él… Él no ha tenido muchos amigos. Y en parte es culpa mía. Seguí mi sueño de viajar por el mundo, creyendo que sería una experiencia muy buena para él. Pero un niño no necesita viajar. No necesita saber cuatro idiomas. Un niño necesita amigos. Y sin darme cuenta, privé a mi pequeño Adrien de eso. Estaba tan feliz de haberte conocido… Te escribió una carta. Y también te dejó otra cosa.
Marlène bajó la mirada hacia la caja que tenía contra su pecho. Parecía dolerle el tener que separarse de ella, pero finalmente lo hizo, y se la ofreció a Lincoln. Él notó lo difícil que era para ella desprenderse de lo que fuera que se encontraba dentro de esa caja, pero ella asintió con la cabeza, y Lincoln finalmente tomó la pequeña caja de madera.
—Lincoln Loud… Muchas gracias.
Lincoln respondió algo, pero estaba tan emocionado y confundido que ni siquiera él supo qué fue lo que trató de decir. Los siguientes momentos fueron sumamente confusos. Para cuando pudo entender lo que estaba sucediendo, Marlène se había despedido de él, y el auto se alejaba por la calle, para nunca más volver. Lincoln miró la carta y la pequeña caja que tenía ahora en sus manos. Volteó la mirada hacia su casa. Su madre estaba todavía en el puerta, observándolo. Y todas sus hermanas estaban contra la ventana, tratando de verlo.
Entró a la casa y nadie le preguntó nada. Sus hermanas parecían desesperadas por hacerle preguntas, pero su madre las miraba a todas, advirtiéndoles con la mirada que debían dejar a Lincoln tranquilo. Él le agradeció silenciosamente, y subió a su habitación. Se encerró allí, encendió la pequeña lámpara de su escritorio y se quedó contemplando el sobre y la caja. Pensando en qué es lo que podría estar allí dentro. Escuchó a algunas de sus hermanas volviendo a sus habitaciones a hacer sus cosas. El mundo seguía girando, pero él continuaba viendo los dos objetos que Adrien le había enviado.
Finalmente su curiosidad pudo más. Con manos temblorosas tomó el sobre y lo abrió. Dentro había una hoja doblada a la mitad. La abrió también, y descubrió una pequeña carta escrita a mano, con la misma letra del sobre.
"Lincoln:
Para cuando leas esto, ya estaré muerto. Apesta, pero es la verdad. Le pedí a mi doctor que
me dijera dónde vivías. Al parecer no es algo que el hospital pueda decirte normalmente,
pero logré convencerlos. Ojalá que tu familia no los demande; me sentiría culpable.
Quizá te preguntes por qué decidí escribirte. Espero que no lo tomes a mal. Es sólo que
eres la única persona de mi edad con quien he hablado en mucho tiempo. Y quizás suene
tonto, pero eres lo más cercano que tuve a un amigo. Y también estás pasando por la
misma situación que yo, y quería decirte algunas cosas que estuve pensando.
Después de nuestra charla estuve pensando mucho acerca de nuestra muerte. De lo
que viene después de nuestra muerte. Estuvimos hablando de Egipto, ¿recuerdas?
Hablamos de las pirámides, y te dije que para mí eran geniales porque tenían muchos
años y todavía estaban allí. Monumentos a los faraones, lo que ellos habían dejado
para que los recordemos. Y ya que estoy por morir, me puse a pensar en qué es lo que
yo estaría dejando para que me recuerden.
No creo en esas cosas como el destino. Pero si lo hiciera, estaría seguro de que el
destino quiso que nos encontráramos en el hospital. Porque ahora que te conozco,
siento que tengo una chance de dejar una marca: puedo ayudar a que un chico
de once años deje una marca mucho más grande de la que yo jamás podría dejar.
Ese podría ser mi monumento, ayudarte a construir el tuyo. Nuestra pirámide.
Te quedan dos semanas (tal vez más, tal vez menos). El tiempo es precioso.
Piensa en el estribillo de Full Circle. Eres americano y te gusta el rock, así que
no puedes decirme que no la conoces, pues yo la conocí en Marruecos. Aprovecha
el tiempo que te queda.
Yo pasé mis últimos meses lamentándome acerca de mi muerte, llorando
junto a mi madre. Y a donde quiera que vaya a parar, sé que estaré arrepintiéndome
de ello por toda la eternidad. No dejes que te pase lo mismo con tus padres y
hermanas, Lincoln, o te juro que cuando nos encontremos de nuevo te patearé el trasero.
Quizás esto no sea el templo de Karnak, o la Tumba de Ramsés, pero este es mi
legado, esta frase es todo lo que puedo dejar en esperas de un mundo
mejor: No dejes que el tiempo te pase, Lincoln. Vive estas últimas semanas, y
allana todo lo que puedas el camino para tus hermanas. Que te recuerden
por todo lo que has hecho, y si no has hecho mucho hasta ahora… Bueno,
tienes dos semanas para construir tu pirámide.
Ojalá con esto hayas entendido la frase de la foto. Y si todavía no viste la foto,
pues lo siento, se suponía que abrirías la caja primero. ¿Quién abre primero
un aburrido sobre y no la caja misteriosa?
Hasta pronto;
Adrien L. Deschamps"
Dejó el papel sobre la mesa. Estaba seguro de que todavía no había comprendido del todo lo que su amigo había tratado de decirle. Probablemente debería leerlo varias veces hasta comprender el profundo significado de sus palabras. Antes de ponerse a pensar en aquellas palabras, decidió abrir la caja, que supuestamente debería haber abierto primero.
En efecto, dentro de la caja había una fotografía. Parecía ser una polaroid, pero era más rectangular, no tan cuadrada. La foto mostraba a un chico de unos nueve o diez años, de pie junto a lo que era inconfundiblemente una antigua tumba egipcia. Tenía el cabello castaño peinado hacia un costado, y sonreía señalando hacia un cartel a su lado. En la base de la foto, en la parte blanca que a Lincoln le recordaba a las polaroid, decía "Inscripción en la tumba: Tus actos son tus monumentos".
Lincoln sonrió. Estaba comenzando a entender a lo que se refería Adrien. Leyó la carta tres veces más, con la nueva perspectiva que aquella frase en una antigua tumba egipcia le había dado. Definitivamente estaba entendiendo hacia dónde apuntaba su amigo con aquella carta. Tomó la foto para ver mejor a Adrien; era extraño verlo más joven y con cabello. Pero en cuanto levantó la foto, se dio cuenta de que había algo más en la caja.
Con cuidado, tomó el viejo reloj de bronce. Las agujas estaban inmóviles, y tenía pegado con cinta adhesiva la pieza faltante en la parte de atrás. Lincoln se sintió triste. Adrien había estado trabajando muy duro para reparar ese reloj, y al final no lo había conseguido. Era su posesión más preciada, y se la había dejado a Lincoln. Comprendió por que le había costado tanto a Marlène desprenderse de ella. Era un recuerdo tanto de su esposo como de su hijo. Se sintió mal por haberlo aceptado, pero ya no había caso. Observó el reloj durante unos instantes, y luego se puso de pie.
Abandonó su habitación y rápidamente entró en la de Lisa y Lily.
— ¿Lisa, tienes un momento? —Pregunto.
Su hermana menor estaba trabajando en su súper computadora portátil, con unos modelos en tres dimensiones de lo que parecían ser células y proteínas.
—Estoy ocupada, Lincoln. Estas enzimas no se resolverán por sí mismas —le dijo, sin mirarlo.
— ¿Podrías ayudarme?
— ¿Qué crees que estoy haciendo?
—No, no, me refiero a ayudarme con otra cosa.
Con un suspiro, Lisa volteó y dirigió una mirada hacia su hermano. Rápidamente notó el reloj que cargaba.
—Asumo que eso es lo que la señora de negro te entregó —dijo, completamente segura.
—Sí. Verás esto era… Era de un amigo. Estaba arreglándolo, pero no pudo hacerlo. Ya casi lo tenía, pero le faltaba encontrar dónde iba esto —le dijo, mostrándole la pequeña pieza que volvía inutilizable al reloj—. ¿Crees que podrías arreglarlo?
Lisa se acercó y tomo al reloj en sus manos. Comenzó a analizarlo desde fuera, sin abrirlo.
—Hmm. Interesante. Un reloj mecánico de pulsera, con piezas de estaño, bronce y una aleación de acero galvanizado. Si la memoria no me falla, estos sistemas funcionan con un complejo sistema de engranajes.
—Exacto —dijo Lincoln, entusiasmado.
—Muy bien. Veré que puedo hacer. Nunca he podido jugar con uno de estos —dijo la niña con una sonrisa, antes de levantar la vista y dedicarle una aburrida mirada a su hermano—. ¿Hay algo más que necesites?
—No en verdad.
—Entonces largo. Necesito la menor cantidad de distracciones.
Lincoln puso los ojos en blanco y abandonó la habitación de su hermana menor. Pensó en volver a su habitación, pero escuchó unos acordes acústicos provenientes de la habitación de Luna, y recordó un detalle que no le había quedado claro de la carta de Adrien. Rápidamente fue a la habitación de su hermana mayor. La puerta estaba abierta, así que entró sin más.
— ¿Luna? —La llamó.
Su hermana estaba acostada en su cama, tocando pequeños acordes al aire. En cuanto vio a Lincoln, dejó su guitarra sobre la almohada y bajó de su litera.
— ¡Lincoln! ¿Qué haces, hermano? —Preguntó, tratando de sonar animada, pero tenía la voz cansada de tanto cantar, y sus hombros estaban caídos. Claramente la estaba pasando fatal.
—Quería hacerte una pregunta —dijo, tratando de recordar el nombre de la canción.
—Adelante. Soy toda oídos.
— ¿Conoces una canción llamada… uh… Full Circle?
Luna llevó una mano a su mentón.
— ¿Full Circle? —Frunció el ceño, pensando— Conozco un par de canciones que se llaman así. Hay una de la chica esa, la de Alaska Nebraska, y un par de bandas tienen canciones así. Full Moon Fun, Aero is Myth. ¿Por qué lo preguntas?
—Un amigo me recomendó que la escuchara —admitió Lincoln; Luna era su única esperanza para ver a qué se refería Adrien con esa frase—. Me dijo que era una canción de rock, y que la escuchó en Marruecos, así que supongo que debe ser muy conocida.
Luna chasqueó los dedos.
—Say no more, hermano. Seguramente habla de la canción de Aero is Myth. La canción en sí no es de las más famosas, pero la banda es conocida en todo el mundo, y el disco en el que está es fantástico. Deja que te la toque, hermano.
—Creo que con el estribillo estaría bien —se apresuró a decir Lincoln. Después de todo, eso era lo que Adrien le había dicho.
Luna tomó su guitarra, la afinó en ocho coma dos segundos y comenzó a tocar una pegadiza melodía, mientras cantaba.
—Time, don't let it slip away. Raise your drinkin' glass, here is to yesterday. In time, we're all gonna trip away, don't piss haven off, we got hell to pay. Come full circle… (Tiempo, no lo dejes escapar. Levanta tu vaso, un brindis por el ayer. Con el tiempo, todos nos vamos a ir, no enojes al Cielo, tenemos el Infierno para pagar. Volvemos al mismo lugar*)
Al principio Luna había comenzado a cantar con entusiasmo, pero a medida que fue entendiendo el significado de los versos, se fijó en Lincoln. Para cuando terminó el estribillo, apenas si sostenía su guitarra. Estaba de pie, mirando a su hermano. Lincoln también comprendió cómo esa letra podía aplicarse a él, sobretodo en el contexto de la carta de Adrien. Claramente no era la mejor referencia musical que uno podría haber encontrado, pero Adrien no sabía tanto de música como Luna. Y dentro de todo, la elección no estaba tan errada.
— ¿Lincoln? —Preguntó Luna, mirando con preocupación a su hermano.
Él trató de sonreírle.
—Gracias, Luna. Eres la mejor.
Sin decir nada más, se apresuró en regresar a su habitación. Cerró la puerta detrás de sí y comenzó a pensar en todo lo que estaba sucediendo.
Estaba muriendo. Eso era una realidad y no había nada que hacer al respecto. Lo que Adrien había tratado de decirle era que básicamente tenía dos opciones: acostarse en su cama y lamentarse hasta quedar dormido, como había hecho desde que se había enterado de la noticia, o aceptar lo que iba a sucederle, y vivir sus últimas dos semanas tratando de que valieran la pena. Tratando de dejar una marca.
Se preguntó cómo sería hacer que sus últimos días valieran la pena. ¿Ir al parque de diversiones? ¿Ir a ver todas las películas que pudiera en el cine? ¿Comer helado de chocolate todas las noches? No. No se trataba de cosas banales. De hecho, ni siquiera se trataba de él. Recordó todo lo que había visto al llegar a su casa. Luna, escondiéndose tras la música. Lynn, golpeando una madera hasta lastimarse. Luan, quien había perdido su ánimo y su buen humor. Pensó en todas sus hermanas, en sus padres, y en cómo todos sufrirían cuando él muriera.
¡Eso era!
No se trataba de él, se trataba de lo que dejara. Si se iba ahora, dejaría a sus hermanas indefensas, tristes, incapaces de afrontar su partida. Pero quizás él podía hacer algo al respecto. Tenía dos semanas para hacerlo. Dos semanas para preparar a sus hermanas y evitar que sufrieran tanto. No podría evitar que se sintieran tristes; eso lo tenía claro. Pero podía ayudarlas. Podía pasar tiempo con ellas, crear nuevas memorias con todas, para que lo recordaran con cariño. Incluso, si se esforzaba, podría dejar su marca, asegurarse de que su recuerdo significara algo para ellas. Que sus actos se convirtieran en sus monumentos.
Estaba comenzando a entusiasmarse con esta nueva idea, con su nueva misión en la vida, cuando Lisa abrió la puerta de su habitación.
—Tu amigo hizo un buen trabajo, lamentablemente —dijo, mientras colocaba con cuidado el reloj sobre el escritorio de Lincoln—. Bastó una mirada para descubrir dónde estaba el problema. La próxima vez, apreciaría un desafío.
Lincoln tomó el reloj. La aguja del segundero estaba moviéndose.
— ¡Lisa, eres una genio!
—Lo sé, lo sé. Si me disculpas, volveré a trabajar en tu cura.
La pequeña se fue tan rápido como llegó. Lincoln se quedó observando el reloj. Cincuenta segundos… Cincuenta y cinco… Cincuenta y nueve… La aguja de los minutos también se movió. El reloj funcionaba. Sonrió al pensar en la pequeña pieza faltante que Adrien no había podido colocar. Todas las piezas en una maquina cumplen una función. ¿Por qué las empresas gastarían tiempo y dinero en partes que no sirven? Todas las partes servían para algo. Lincoln también era una parte de la familia. No estaba allí sólo porque sí. Estaba para cumplir una función.
Recordó la charla que había tenido con Bobby, acerca de Dios y el por qué esto estaba sucediéndole a él. Bobby había empezado diciéndole que todo era parte de un gran plan. Esa idea no convencía del todo a Lincoln, pero luego el joven Santiago había llegado a otra conclusión: "Quizás tengas razón y no haya un sentido detrás de todo esto. Eso no significa que tú no puedas darle uno." Esa idea sí que le agradaba a Lincoln. La suerte estaba echada, iba a morir. Ahora estaba en sus manos actuar, tomar las riendas de lo que quedaba de su vida y hacer lo mejor para sus hermanas. Ellas eran su legado.
Sintiendo un ataque de motivación e inspiración, tomó el reloj y lo colocó sobre su muñeca. Ahora que todas las piezas estaban en su lugar, el tiempo estaba corriendo. Tomó una hoja de su cuaderno y comenzó a hacer unos bocetos. Mientras comenzaba a escribir y dibujar, habló en voz alta, para sí mismo, y se sorprendió al escuchar la seguridad y confianza que ahora tenía en su voz:
—Hora de poner la Operación Asegurarme-De-Que-Estas-Últimas-Semanas-Valgan-La-Pena-Ayudando-A-Mis-Hermanas-Y-Haciendo-Todo-Lo-Posible-Para-Que-Sea-Más-Fácil-Para-Ellas-Y-También-Pensar-En-Un-Nombre-Más-Corto-Para-Esta-Operación… ¡en acción!
.
.
Holy F-U-C-K.
Me costó horrores escribir este cap. No se dan una idea las escenas que empecé a escribir y luego borré, porque sabía que me estaba quedando demasiado largo y no quería poner cosas que no aportaran a la trama. Y antes de que digan nada, la escena de las selfies ES FUNDAMENTAL EN LA TRAMA… Ok, no, pero ¿se imaginan eso? ¿Leni jugando con Lincoln a sacarse selfies? ¿Cómo podría borrar eso? ¡¿ES QUE NO TIENEN CORAZÓN?!
Ejem… En otro orden de noticias, probablemente muchos me quieran matar por lo de Ronnie Anne. Sólo les digo: recuerden, es una historia con muchos capítulos, hay tiempo para el desarrollo de las cosas. No hace falta apurar todo.
La canción que Luna tocaba en el garaje es Fade to Black, de Metallica. Y la que Adrien le recomendó, Full Circle de Aerosmith. Las traducciones las hice yo, así que si están mal es mi culpa, ja. El final del estribillo de la canción de Aerosmith, cuando dice "full circle", yo lo interpreto como volver a empezar, volver al punto de partida, como dar una vuelta de 360°. Desconozco si eso es lo que trata de decir la canción, pero es como yo siempre lo interpreté.
Después, perdón por tirarles todo el simbolismo en la cara esta vez. Lo de los monumentos, el reloj, las piezas del mecanismo… En mi idea original, estas cosas eran mucho más sutiles. Pero no sé, después del capítulo 4 (el de Lucy, que trataba el tema de las máscaras) hubo algunas críticas por gente que no vio la metáfora que estaba detrás de todo eso. Y como no soy Jorge Luis Borges y no estoy tan seguro de mí mismo como para hacer lo que yo quiera sin importar la opinión del resto, decidí que las alegorías estuvieran bastante evidentes, para que no haya dudas de lo que quise decir. Como siempre digo, mátenme si no les gusta, pero ya esta hecho.
Ahora, las noticias tristes: en Noviembre tengo dos exámenes finales, una entrega final de arquitectura (con maqueta y todo, lo cual lleva una semana sin dormir mínimo para poder hacer algo presentable) y un viaje de estudios, así que prácticamente doy por descartada la idea de actualizar en este mes. Existe la pequeña posibilidad de que pueda actualizar entre el 20 y 30 de Noviembre, pero nada es seguro.
Y para terminar, ¡las buenas noticias! : Después de Noviembre, oficialmente empiezan mis vacaciones de verano. Playa, amigos, fiestas, trabajo, pero sobre todo: MUCHO tiempo libre para escribir. Así que a partir de diciembre el ratio de un capítulo por semana (salvo circunstancias especiales) se reducirá a un capítulo cada 4 días, o algo así. ¡Hurra!
Muy bien, con esto, me despido. Deséenme suerte. ¡Y feliz Halloween!
