Jojojo, ¡Papá Noel (Santa Claus para los internacionales) les trae un capítulo de regalo para esta Navidad!

Acabo de subir también una pequeña historia de Navidad que les recomiendo, llamada "El Santa Secreto". Una linda y cálida historia navideña.

Hay algo que quiero decir, y trataré de ser breve, porque de por sí el cap es bastante largo:

Es acerca del capítulo anterior. Leí muchos comentarios (sobre todo en la versión en inglés) acerca de Luan y el tratamiento que le di en la historia. Como aclaré en algunas ocasiones, ese es mi headcanon de ella, y está perfecto si ustedes tienen otra idea de ella, sobre sus amigos y su popularidad en la escuela. Son distintas miradas del personaje y su trasfondo, me parece genial que no todos la veamos igual. Y cuando dice que "ama a más a Lincoln", pues… Yo no subestimo a los lectores (aunque hace un par de capítulos les refregué el simbolismo por la cara), y estoy convencido de que todos ustedes comprenden que lo que un personaje dice es consecuencia del contexto, de sus emociones, de lo que está sucediendo a nivel general y en cada escena en particular. Pero si necesitan la "Palabra de Dios", mi opinión es que Lincoln es el hermano favorito de todas… porque es su único hermano. No se puede comparar el cariño que le tienen a Lincoln con el cariño que le tienen a Lola, porque Lincoln es diferente. El capítulo "One of the boys" muestra lo extremadamente preocupadas que se ponen cuando le pasa algo.

De todas formas, como dije, está en ustedes darle las connotaciones que cada uno quiera. No los subestimo, considero que son muy listos. En este cap, por ejemplo, hay un personaje que miente, y es bastante evidente que miente. Pero no les ando señalando con el dedo "OIGAN, MIREN, ESTO ES MENTIRA PORQUE LO QUE DIJO AQUÍ SE CONTRADICE CON...", dejo que ustedes hagan las observaciones y descubran dónde el personaje comete un error.

Ah, y un pequeño detalle que me llena de orgullo: ¡Réquiem por un Loud ha superado los 200 reviews! ¡Abran la sidra, carajo, y brindemos!

Como siempre, gracias a todos por seguirme hasta este punto. Quiero agradecer al comentador más rápido del viejo oeste Fipe2, a GamesLOL, a mi buen amigo Slash Torrance, a mi compatriota MontanaHatsune92, a mi querida Adriana-Valkyrie, a SoryesV, a zero003, al único, inigualable e increíble Phantom1812, a LadyBunnybell, a supertotitoti, al excelente artista Julex93, a Iv Anhell, a nahuelvera2, a CaritaFeliz, a Aquiles Vaesa, al anon, a las siempre bienvenidas críticas de jva98 (no es que no quiera parar con el drama… ¡es que no se puede detener una vez que empieza! ;-; ), a J Nagera, a JB-Defalt, a metaltony, a los siempre atractivos e interesantes análisis de Sir Crocodile222, al pervertido xXnobu16Xx, al invitado anónimo, a sombra02, a Lucy, a james anderson y a pirata.

¡Todos a bordo del tren de los feels!


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Capítulo 12:
Culpa de nadie.

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—Hijo.

Lincoln gruñó algo incomprensible y se acurrucó aún más contra aquella cómoda almohada que lo envolvía. Sentía calidez, protección, seguridad. Estaba perdido en un mar de sensaciones placenteras, acrecentadas por la hermosa nebulosa del sueño.

—Lincoln, levántate.

Cuando una mano comenzó a moverlo suavemente por el hombro, Lincoln finalmente abrió los ojos.

Lo primero que notó fue que su padre estaba tratando de despertarlo. Inmediatamente reconoció también que no estaba en su habitación, sino acostado en el sofá. Y lo tercero que notó fue que no era una almohada lo que lo envolvía sino su hermana Luan. Las memorias de la noche anterior volvieron a él, e inconscientemente se acomodó un poco más contra ella. Tras aquella intensa charla, Luan le había pedido que durmiera allí con ella. Recordó que se habían acostado con su espalda contra ella, tomados de la mano. Durante la noche, sin embargo, Luan había cruzados sus brazos sobre el pecho de Lincoln, abrazándolo como si estuviera evitando que alguien se lo llevara.

Lo cual, de hecho, era el caso.

—Lincoln, ¿me escuchas? —Preguntó su padre, susurrando.

Lincoln se refregó el dorso de la mano sobre sus ojos y dejó escapar un gran bostezo. Cuando finalmente recuperó el uso de su garganta, respondió.

— ¿Qué hora es? —Le preguntó a su padre.

—Son las seis y veinte. Lincoln, ¿está todo bien?

— ¿A qué… a qué te refieres? —Dijo, mientras volvía a bostezar. Su padre trataba de iniciar una conversación, pero su cuerpo le pedía que volviera a dormir cuanto antes. Había tenido la mejor noche de sueño que podía recordar, y necesitaba continuar descansando.

— ¿Pasó algo a la noche? ¿Por qué Luan y tú están durmiendo aquí?

Aún en su confundido y cansado estado, comprendió la preocupación de su padre.

—Me desperté para… para ir al baño, y Luan estaba aquí.

— ¿A qué hora?

—No lo sé… ¿Medianoche? ¿Una de la mañana?

— ¿Y qué estaba…?

—Ella está bien —lo interrumpió, cerrando los ojos y colocando su mano sobre el brazo de Luan—. Sólo estaba… confundida.

Su padre no habló durante algunos segundos, cosa que él tomó como una invitación a continuar durmiendo. Estaba a punto de rendirse ante el llamado de Morfeo cuando su padre volvió a moverlo, regresándolo al aburrido mundo de la realidad.

—Lincoln, es viernes, Luan tiene que ir a la escuela.

—Ella no quiere ir —murmuró.

—Tiene que —contestó su padre, mientras delicadamente retiró los brazos de Luan de su agarre sobre su hermano menor.

Ella gruñó en disconformidad, y sus brazos trataron de cerrarse sobre él de nuevo, pero el señor Lynn tomó a su hijo en brazos y lo cargó.

— ¿Qué…? —Preguntó Lincoln, abriendo los ojos nuevamente.

—Shh… Te llevaré a tu habitación —le dijo su padre, mientras comenzaba a dirigirse hacia la escalera.

Demasiado cansado como para quejarse, sólo atinó a dirigir una última mirada a Luan. Continuaba durmiendo, pero su mano izquierda se movía lentamente sobre el espacio vacío del sofá, buscando algo que ya no estaba allí.

Mientras subían los escalones, Lincoln cerró los ojos y dejó que su padre lo cargara. Confundido, en un extraño estado entre el sueño y la vigilia, comenzó a recordar imágenes de su infancia, recuerdos de él quedándose dormido en cualquier lugar de la casa y de su padre cargándolo hasta su cama. A veces incluso sólo fingía estar dormido para que lo llevara hasta su habitación sin tener que caminar. Su sueño y la realidad se mezclaban, sin que él pudiera distinguir entre ambos. Por un momento él era un niño y su padre colocaba a Bun-Bun sobre su pecho para protegerlo de las pesadillas, y de repente su padre, con mucho menos cabello, lo cubría con sus frazadas en su habitación y le daba un beso en la frente, mientras Lincoln sentía algunas gotas caer sobre su rostro. Lo más extraño es que no parecía que estuviera lloviendo.

La confusión no duró mucho más, pues tan sólo un par de respiraciones más tarde Lincoln volvió a caer presa del sueño.

Cuando finalmente volvió a abrir sus ojos, el reloj de su habitación le decía que eran casi las diez de la mañana. Se sentó en su cama y comenzó a desperezarse. Inmediatamente recordó dónde y con quién había pasado la noche, y cómo había llegado a su cama. Una parte de él se sintió mal por no haber desayunado junto a su familia, pero por otro lado, sentía que había rejuvenecido cinco años en una noche. No había vuelto a despertarse sobresaltado por ninguna pesadilla, sino que de hecho había tenido sueños muy cálidos y placenteros.

Poniéndose de pie con un nuevo ánimo, rápidamente tomó uno de sus marcadores y se dirigió a su calendario. Tachó el jueves, el día que había pasado, por lo que aún le quedaban nueve antes de la fecha límite. También dio un vistazo a su lista de objetivos, y comenzó a actualizarla. Tachó "Hablar con Luan" y "Descubrir qué le pasa", los cuales formaban uno de los tándems con mayor prioridad en su lista. También agregó cruces en los casilleros de "Arreglar el malentendido con Ronnie Anne" y "Pedirle a mamá que me ayude a escribir un libro". Aún le quedaba mucho por hacer en muy poco tiempo, pero él se tenía fe. Mentalmente eligió algunos objetivos para cumplir esa misma tarde.

Salió de su habitación ya vestido, con intenciones de bajar a desayunar finalmente, pero fue interrumpido antes de poder llegar a las escaleras.

—Lincoln —lo llamó una voz detrás de él.

Lisa estaba saliendo de su habitación, caminando ligeramente hacia él.

—Hey, Lisa. Buenos días —la saludó con una sonrisa, recordando cómo él la había acomodado en su cama la madrugada anterior.

—Buen día. Es menester que me acompañes unos minutos a mi laboratorio para realizar unas pruebas de control sobre tu estado físico, neurológico y psicosomático en relación al avance del deterioro celular en las fibras cardíacas.

— ¿Que te duele qué? —Preguntó él, sintiendo que estaba hablando con R2-D2 sin ningún traductor cercano.

Lisa suspiró y se acomodó sus gafas.

—Ven a mi habitación por favor para que pueda ver cómo estás.

—Oh, claro. ¿Por qué no lo dijiste así antes?

Sin responder, Lisa volteó sobre sus talones y volvió a su habitación. Con una sonrisa, Lincoln la siguió. Lily no estaba en su cuna, por lo que seguramente estaba abajo, siendo cuidada por su madre. Las mesas todavía estaban llenas de libros de todos los tamaños y colores acerca de anatomía, enfermedades y condiciones del cuerpo humano, y toda la maquinaria médica que Lisa había conseguido quién sabe dónde estaba encendida y haciendo extraños sonidos digitales.

—Toma asiento, esto sólo tomará algunos minutos.

"Algunos minutos" más tarde, Lincoln había sido pasado por tres escáneres de cuerpo completo y había donado una nueva muestra de sangre para la causa. No emitió ninguna queja, dejó que su hermanita trabajara e hiciera lo que creía necesario. Mientras ella estaba ocupada haciendo sus cosas, él paseó su vista por la habitación. Recordaba lo que había visto la noche anterior allí, y estaba tratando de ver algún frasco, tubo de ensayo o cualquier cosa nueva. ¿Dónde guardas una enzima?

—Muy bien, Lincoln —dijo Lisa finalmente, tras comparar los diferentes estudios—, tu cuerpo parece estar luchando contra la enfermedad, evitando que acelere su expansión por el torrente sanguíneo.

— ¿Eso es bueno?

—Por supuesto. Eso significa que mis proyecciones iniciales acerca del tiempo disponible se mantienen correctas.

Lincoln asintió en silencio. Eran buenas noticias, significaba que quizás llegaría a vivir para terminar con su calendario.

—Sin embargo, los estudios reflejan que tienes tienes el virus de la gripe en incubación.

— ¿La gripe? —Dijo Lincoln, sumamente preocupado; lo único que le faltaba era que debiera pasar sus últimos días enfermo, sin poder salir de su habitación— Pero, ¿cómo puede ser? Nadie más en la casa está enfermo.

—De hecho, puedo tomar crédito por eso. Verás, me desperté a altas horas de la madrugada por una alteración en mi ciclo de sueño normal, y sólo por precaución decidí dirigirme a tu habitación para controlar que todo estuviera en orden. Te encontré durmiendo plácidamente, pero noté que hacía mucho frío; lo cual es lógico, teniendo en cuenta que la calefacción central no llega allí. Temiendo que las bajas temperaturas debilitaran tu sistema inmunológico, decidí rociar un poco de mi Spray Mata-Virus, patente pendiente. Evidentemente, logré acabar con el virus antes de que se expandiera por los ductos de ventilación e infectaran al resto de la familia, con excepción tuya, que ya lo habías contraído. Luego de eso, regresé a mis aposentos y continué durmiendo. Pero no temas.

Lisa se dirigió a lo que parecía ser un mini-bar, introdujo un código en el teclado, presionó su pulgar derecho para que leyera sus huellas dactilares y colocó su retina frente a un láser para que fuera analizada. La puerta finalmente se abrió, dejando escapar un vapor blanco, como si tuviera nitrógeno líquido o un poco de hielo seco para efectos especiales. Con cuidado, extrajo una serie de probetas, todas llenas con un líquido azulado que parecía jugo de arándanos.

—Afortunadamente, tengo guardadas una serie de muestras de antídoto para la gripe, que con mucho gusto dejaré que utilices.

— ¿Antídoto para la gripe? —Preguntó Lincoln, comenzando a creer que había algo raro en toda la situación — ¿Tienes antídoto para la gripe?

—Es lo que acabo de decir.

—Pero tú nunca tuviste eso. Hace un mes, cuando todos estaban con gripe, tú nos diste unas armas para disparar caldo de pollo. No tenías ningún antídoto.

—Mira, si no lo quieres, puedes encerrarte en tu habitación y esperar a que los síntomas se presenten —respondió ella, sonando fastidiada.

Lincoln fue tomado por sorpresa. Era muy raro que Lisa se enfadara o molestara, o que expresase alguna emoción. Lisa solía estar por encima de cosas tan banales como las emociones humanas.

—Está bien, está bien. Dame un poco de ese antídoto.

—Excelente —dijo ella, mientras tomaba la primera probeta y vaciaba su contenido en un vaso de vidrio—. Desconozco la fortaleza de esta cepa en particular del virus de la gripe, así que creo conveniente que bebas dos dosis diarias del antídoto, una a la mañana y una a la noche, hasta que podamos estar convencidos de que estás curado.

— ¿Y cuándo sabremos eso? —Preguntó Lincoln, mientras recibía el vaso y analizaba su contenido.

—Yo te haré saber.

Dirigiendo una mirada desconfiada a Lisa, Lincoln comenzó a beber. No sabía a remedio. Tenía un sabor extraño, dulce, como un no muy sabroso y frío té con miel. Era bastante bueno, y se bebió todo el vaso sin respirar. Cuando hubo acabado, dejó el vaso a un lado y volvió a mirar a Lisa. Ella tenía una libreta y un lápiz a mano, y lo observaba con interés.

— ¿Y bien? ¿Cómo te sientes?

—Pues… Bien, supongo. ¿Dices que esto me ayudará a que no me engripe?

—En teoría, sí. Pero… Necesito que me notifiques de cualquier cambio que sientas —dijo ella, sonando ansiosa—. Si descubres efectos negativos o si, por el contrario, te sientes… diferente.

— ¿"Diferente"?

—Ya sabes… Con más energía, más activo, cualquier cambio físico que sientas.

—Ok.

— ¿Entiendes lo que te digo? —Repitió ella, sonando como su madre cuando le decía que sacara la basura— Debes notificarme inmediatamente de cualquier cambio.

—De acuerdo, de acuerdo, ya entendí —dijo él, sorprendido por esta actitud de Lisa—. Tranquila, Dexter. Es sólo una gripe…

Lisa pareció estar a punto de replicar algo, pero se detuvo segundos antes de que las palabras escaparan de su boca.

—Tienes razón. Una gripe. Puedes bajar a desayunar.

Y sin decirle más nada, volvió a su computadora, realizando cosas que Lincoln ni siquiera estaba interesado en intentar entender. Él abandonó la habitación de su hermana menor, sumamente confundido. Mientras bajaba las escaleras, no pudo evitar pensar que había algo acerca de la historia de Lisa… Por alguna razón, había algo que lo hacía dudar…

Cuando llegó a la sala de estar, vio que Lily estaba en el suelo, jugando con un llavero de juguete. En cuanto vio a Lincoln, comenzó a balbucear y a mover sus brazos.

— ¡Ícon! — Balbuceó, poniéndose de pie y tratando de caminar hacia él. Sin embargo, en su tambaleo, tropezó con su propio pie y cayó con la cara contra el suelo.

— ¡Lily!

Lincoln se apresuró a llegar con su hermanita, quien empezó a llorar en cuanto su cerebro registró que se había golpeado. Se sentó en el suelo junto a ella y la tomó en brazos.

—Tranquila, Lily, está bien, sólo fue una caída. Tu hermano mayor está aquí. Todo está bien. Mira, aquí esta tu llavero —dijo, tomando el juguete del suelo y sacudiéndolo en el aire para que hiciera ruido como un sonajero—. Uuuh, ¡cuántas llaves! ¡Y son muy coloridas!

Tras unos segundos donde continuó llorando, Lily comenzó a reír y a estirar sus manos para atrapar las llaves, pero cada vez que estaba a punto de alcanzarlas, Lincoln, las alejaba un poco más.

—Tienes que estirarte un poco más.

Riendo, la bebé volvió a estirar el brazo, y esta vez Lincoln se las alcanzó.

— ¡Muy bien! ¡Bien hecho, Lily!

En una muestra de cariño poco usual por parte de la niña, ella abrazó el llavero y se recostó contra el pecho de Lincoln. Él, más que feliz, la abrazó y comenzó a acunarla en sus brazos. Apenas diez segundos después de haber estado llorando, ya era feliz de nuevo. Si había algo que amaba de su hermana más pequeña era no sólo las libertades que tenía por ser una bebé, sino su facilidad para que nada le afecte demasiado. Su memoria en desarrollo le hacía olvidar rápidamente sus problemas.

Ella… Ella olvidaba todo. Ella olvidaría todo esto al crecer. Y eso lo incluía a él.

—Oh, cariño, no te escuché desper… Lincoln, ¿estás bien? —Preguntó su madre, saliendo de su habitación tras haber escuchado a Lily llorando y la voz de su hijo.

—Sí, estoy bien… Lily me pegó con su llavero en el ojo, no es nada grave —mintió, mientras se limpiaba el rostro con la manga de su camisa.

—A veces temo que tengamos a otra Lynn cuando crezca —bromeó Rita, acercándose junto a sus hijos—. ¿Cómo dormiste?

—Bien, bien. Yo… ¿Papá te contó que dormí aquí con…?

—Con Luan, sí. Hijo… No sé qué le dijiste, pero ella no se puso su traje de mimo esta mañana. Y habló con sus hermanas y conmigo.

Lincoln sonrió. Dudaba haber acabado con todas las inseguridades y miedos de su hermana, pero era un inicio.

— ¿Quieres que te prepare el desayuno?

—Claro. Y después… ¿Podríamos seguir con…?

El teléfono comenzó a sonar, interrumpiendo a Lincoln.

—Por supuesto, cariño —le aseguró su madre, entendiendo qué era lo que él iba a pedirle—. Ya hice las compras, así que podemos escribir hasta que tus hermanas lleguen de la escuela.

Su madre se dirigió a atender el teléfono, mientras Lincoln continuaba jugando con Lily.

—Casa Loud —Anunció, levantando el teléfono—. Sí. Oh, buen día director Finnigan.

Lincoln volteó la cabeza. El señor Finnigan era el corpulento director irlandés de la secundaria de Royal Woods. Lo había conocido en algunos actos de secundaria a los que había asistido para ver a sus hermanas. ¿Qué hacía llamando a su casa? ¿Era algo relacionado con él? ¿Se habrían enterado los profesores de sus hermanas de su condición?

—Sí, ella es mi hija.

Lincoln levantó una ceja. ¿Tenía que ver con alguna de sus hermanas? ¿Serían buenas o malas noticias?

— ¡¿Ella hizo QUÉ?! —Gritó su madre al teléfono, despejando cualquier tipo de duda acerca de la naturaleza de aquel llamado.


Para el último Halloween, Lincoln había decidido vestirse de Ace Savvy. Todas sus hermanas le advirtieron que no era prudente. Las menores se concentraban en el evidente pero no por ello poco serio asunto de la ropa interior por fuera. Ellas creían que eso era denigrante y vergonzoso. Sus hermanas mayores, por su parte, estaban tratando de explicarle que él ya era grande para dos cosas. En primer lugar, para salir a pedir dulces junto a Clyde. Y en segundo lugar, para vestirse con disfraces infantiles. Trataron de explicarle que llegada cierta edad, uno ya no podía vestirse de Peter Pan o de Mickey Mouse. Lori le sugirió que se vistiera de zombie, la última tendencia según las redes sociales. Luna le dijo que se disfrazara como Eddie, la mascota de la banda inglesa Metal Maiden. Luan sugirió un payaso asesino. Pero Lincoln decidió vestirse como Ace Savvy de todas formas, asegurándoles que todo estaría bien.

Lynn creía que su hermano sacaría algunas risas de los chicos mayores, pero en el fondo —cosa que nunca, jamás admitiría ante nadie— le parecía un poco adorable. Su hermano era auténtico. Hacía lo que le gustaba, y no temía mostrarse al mundo tal cual era. Ir por la calle con la ropa interior por fuera era un gran acto de valor, y si alguien sabía de valor, esa era Lynn, la que nunca se acobardaba ante un reto. Y respetaba mucho a su hermano por atenerse a las consecuencias.

Los niños Loud habían descubierto, con sus años de experiencia, que era más fácil obtener dulces si se dividían en pequeños grupos que si iban todos juntos. Así que las mayores se agrupaban con las menores y las llevaban por distintos recorridos. Lori y Leni iban con Lily y Lisa, Luna, y Luan con las gemelas, y el último grupo normalmente consistía en Lynn, Lincoln y Lucy. Pero este año Lincoln quería estar con Clyde, por lo que sus padres habían decidido que ellos acompañarían a Lynn y a Lucy.

La pequeña iba vestida, no tan sorprendentemente, de vampiro. Lynn, por su parte, se había puesto su uniforme de béisbol, el cual Leni había modificado ligeramente para que fuera una réplica de Babe Ruth. Iba con su bate y una bola autografiada, golpeándola de vez en cuando y yendo luego a buscarla. En una ocasión, golpeó demasiado fuerte la bola, que voló más de cincuenta metros, hacia el parque.

—Uh oh— dijo, al ver lo que había hecho.

— ¡Lynn Jr! —La regañó su padre.

— ¡No se preocupen, yo iré a buscarla! —Dijo, tratando de calmarlo antes de que la castigaran, confiscándole la bola o el bate— Ustedes sigan, los encontraré más tarde.

Se dirigió corriendo hacia el parque, y en seguida recuperó la bola. Pero antes de regresar, levantó la vista y vio que Lincoln y Clyde se acercaban caminando, cabizbajos.

— ¿Qué hay de nuevo, perdedores? —Los saludó riendo. Pero su risa se apagó en cuanto notó que ninguno cargaba su bolsa con dulces, y que el rostro de Lincoln estaba raspado.

— ¡Lincoln! ¿Qué pasó? —Preguntó, acercándose preocupada a su hermano.

—Tenían razón —dijo él, en voz baja y con la mirada en el suelo—. Unos chicos se burlaron de mí. Se rieron de mi disfraz, me tiraron al suelo y nos quitaron nuestros dulces.

—Quisimos detenerlos, pero eran muy fuertes —agregó Clyde, disfrazado de One Eye Jack, el fiel compañero de Ace Savvy.

Lynn apretó los dientes y la mano que sostenía su bate casi lo reduce a astillas.

— ¿Quién hizo eso?

Le dieron una descripción, y Lynn hizo lo que toda hermana mayor haría: dio caza a los dos bravucones que habían insultado a su hermano. Acompañada por unos temerosos Lincoln y Clyde, recorrió el vecindario durante casi media hora, hasta que finalmente ellos le señalaron a quienes les habían robado sus dulces.

De más está decir, Lynn les dio la golpiza de su vida. Cada uno de ellos le llevaba unos veinte centímetros de altura, pero ni siquiera se enteraron de qué los golpeó. Para cuando pudieron reaccionar, los dos estaban de rodillas en el suelo, con moretones en músculos que no sabían que tenían. Lynn recuperó los dulces de su hermano y de Clyde —junto con la colecta propia de los bravucones— y pasó el resto de la noche junto a ellos, escoltándolos. Más de uno trató de reírse de Lincoln, pero las ganas de reírse por un niño que lleva la ropa interior por fuera se ven disminuidas cuando dicho niño va acompañado de una muy enojada Babe Ruth con un bate de béisbol en la mano.

Lincoln acabó disfrutando aquel Halloween. Todo gracias a Lynn.

Esa era la forma en la que Lynn siempre había cuidado a su hermano. ¿Alguien le robaba sus dulces? Lynn lo golpeaba hasta que los devolvían. ¿Algún bravucón de la escuela se quedaba con su dinero del almuerzo? Ella lo golpeaba hasta que el chico se ofrecía a guardarle un lugar a Lincoln en la fila de la cafetería por el resto de su vida. Ella siempre había encontrado la forma de proteger a su hermano. No había nada que ella no pudiera resolver a los golpes.

Excepto salvarle la vida.

Ella no podía ayudarlo. Ella no podía salvarlo. Él estaba enfermo, estaba muriendo, y no había nada que ella pudiera hacer por él. Sólo podía sentarse a esperar. Esperar que los días pasaran, a que tan terrible momento llegara, y su hermano, su hermanito querido, su único hermano en el mundo, se marchara para siempre. No había forma de describir lo que sentía. Era como si estuviera perdiendo la final de la Copa del Mundo por siete goles de diferencia, con tres jugadores menos, esperando a que el referí pitara el final y sentenciara la derrota. Pero esto era peor, mucho peor. No había tiempo extra, no había partido de vuelta, no había posibilidad de pedir tiempo fuera, no habría una próxima temporada. No habría revancha. Lincoln moriría, y ese era el final. Punto. Fin del juego.

Varias veces al día se encontraba a sí misma preguntándose si no sería todo un sueño, un malentendido. Y es que todo se sentía tan irreal… No tenía apetito. No tenía sueño. Las conversaciones a su alrededor sonaban a la distancia. Se sentía como cuando estaba en las competencias de natación. Cuando nadaba bajo el agua, podía escuchar los gritos de la gente, pero se sentía lejano, amortiguado por el líquido, con una interferencia que la ayudaba a concentrarse en ella misma.

Le costaba concentrarse. De por sí ella no era precisamente una alumna ejemplar, pero esta última semana no había hecho absolutamente nada. No había tomado notas, no había hecho las tareas, no había escuchado lo que los profesores decían. Tenía la lucidez suficiente como para mantener la mirada fija en la pizarra y fingir cierto grado de interés, pero las palabras rebotaban en ella. Era como en la final de hockey regional contra las Arpías de Armville, que se había jugado en medio de una tormenta torrencial. El cielo se caía, y había tanta agua que la ropa pesaba varios kilos extra. Pero en medio del partido, Lynn no la sintió. Era consciente de que llovía, pero su cerebro había decidido ignorar el impacto de las gotas y el frío del agua. Sabía que estaba sucediendo, pero no lo notaba. Algo así estaba pasando con su vida. Los días pasaban, ella lo sabía, pero era como si el tiempo no estuviera moviéndose realmente.

Sus amigas y compañeras de equipo sabían que había algo raro sucediendo. Notaban la forma en la que ella había comenzado a entrenar. Ella siempre era la mejor en todos los deportes, y lo demostraba en cada entrenamiento. Pero estos últimos días, había sido distinto. En fútbol, pateaba desde cualquier punto del campo, y la pelota entraba por la escuadra a la velocidad de un misil. En tennis, todos sus saques eran aces, puntos directos que, de tener algún medidor de velocidad como en los Grand Slams, seguramente podrían establecer algún récord. En las prácticas de fútbol americano, ella tomaba la bola y avanzaba como un rinoceronte en embestida, quitándose del medio a cualquier insensato que intentara detenerla. Su sensei de karate incluso la envió a practicar sola la clase anterior, cuando dejó muy dolorido a un cinturón blanco que no llegó a bloquear su golpe.

—Tienes que controlarte cuando practicas con alguien de menor rango —la regañó—. Y tienes que avisar cuando planeas ir en serio con un golpe, para que el otro pueda prepararse.

—Yo siempre voy en serio —le había respondido ella, aunque aceptando su castigo y practicando sola por el resto de la clase.

Todos los que la conocían sentían que estaba pasando por algo, pero nadie le dio demasiada importancia. Creían que finalmente había sucumbido ante el desgaste físico y emocional de practicar tantos deportes de forma tan profesional. Quizás, si hubieran notado que no estaba bien, que algo la estaba afectando demasiado, sus profesores de educación física no la habrían enviado a practicar con los chicos. Habrían tratado de bajarle la intensidad a su práctica, no de enviarla al grupo de varones para "enseñarles cómo se hace".

Estaban jugando al fútbol, y a sólo quince minutos del inicio del juego, Lynn ya había marcado cuatro goles. Los chicos odiaban cuando ella los humillaba de esa forma. ¿Que una chica los pasara como si fueran conos de tránsito y luego marcara goles dignos de Lionel Messi? Definitivamente no podían permitirlo. Poco a poco, comenzaron a presionarla de forma más ruda. Comenzaron a usar sus codos para tratar de quitársela de encima, y sus piernas quizás se estiraban un poco más de lo necesario, golpeándola en el tobillo. Pero ella no se quejó. Estaba concentrada en el juego, en ser la mejor, en la pelota y en nada más.

Ahí fue cuando uno de ellos decidió utilizar otra táctica. Una muy mala decisión.

Lynn se dirigía a la portería contraria. Estaba a punto de disparar, pero uno de los chicos la pateó desde atrás, derribándola.

— ¡Falta! —Gritó la profesora, señalando tiro libre y sacándole la tarjeta amarilla al infractor— ¡Y tienes suerte que no sea roja!

Lynn no se molestó porque le cometieran una falta. Estaba acostumbrada. Se agachó para atarse las agujetas de sus botines, cuando el chico que la había pateado se acercó.

—Lo siento, Lynn —dijo él, sonando bastante divertido para alguien que estaba pidiendo disculpas—. No te vi.

Lynn se levantó y miró a los ojos al chico, fulminándola con la mirada.

—Por supuesto que me viste, Ryan. Tuviste una clara vista de mis talones cuando te pasé. Por doceava vez.

—Tienes razón, me pasaste. Es que eres muy buena para nosotros. El domingo, en el parque, nos humillaste a mis amigos y a mí por completo.

Lynn se congeló al pensar en el domingo, en lo que había sucedido en el parque. Con todo lo que vino después casi se había olvidado, pero ahora recordaba que en cuanto llegó al parque ella se había unido a un partido de fútbol que unos chicos estaban jugando allí. Se había acercado sólo porque era una oportunidad de practicar, pero al llegar vio que Ryan estaba jugando. Al parecer, era el cumpleaños de uno de sus amigos. Él había tratado de evitar que ella jugara, pero el resto de los chicos, que no la conocían, pensaron que sería divertido dejar que una chica jugara con ellos. Luego, cuando ella había marcado cinco goles, decidieron echarla.

Eso la había dejado muy dolida. Se había alejado hacia un árbol cercano para sentarse y tratar de calmarse. Allí fue donde Lincoln la encontró, donde se ofreció a jugar con ella…

—Hablando de eso, no pude preguntarte, ¿está bien tu hermano?

Lynn volvió a la realidad. Ryan la estaba mirando con una mueca socarrona, una sonrisa irónica.

—Vimos todo el revuelo que armaste. En serio, Lynn, eres increíble. ¿Enviaste a tu hermano al hospital? ¿A tu hermano menor? Sabía que eras competitiva, pero nunca creí que podrías enviar a tu hermano al hospital sólo por un juego. ¿Qué clase de hermana eres, eh? ¿Cómo puedes dormir sabiendo que…?

Sucedió tan rápido que nadie pudo detenerla. Se lanzó contra Ryan, lo derribó al suelo y lo golpeó en la cara. Primero con la derecha, luego con la izquierda. Una y otra vez lo golpeó. Su sensei siempre le hablaba del auto-control, pero ella había perdido cualquier tipo de racionalidad. Lo único que quería era callar a Ryan. No sólo para borrarle esa estúpida sonrisa del rostro, no era sólo contra él, por ser un idiota. Estaba golpeando las palabras que había dicho, la idea detrás de la provocación.

Quizás, si lo golpeaba lo suficientemente fuerte, sería mentira que ella había enviado a Lincoln al hospital, que ella había causado todo.

Estaba fuera de sí. Sentía que su mente estaba viendo una película donde ella golpeaba al chico que tenía debajo de sí. Una parte de ella sabía que no debía hacer eso, pero no pudo detenerse. Las manos que trataron de separarla no lograron moverla. Sólo cuando la profesora la tomó por los brazos y la alejó de Ryan fue que logró reaccionar.

— ¡...COMPLETAMENTE INACEPTABLE! —Le gritaba la profesora— ¡UN COMPORTAMIENTO INDIGNO! ¡ESTO AMERITA UNA SUSPENSIÓN, JOVENCITA, Y CRÉEME QUE LE DIRÉ AL DIRECTOR QUE…!

El peso de lo que acababa de hacer comenzó a caer sobre ella. Acababa de dejar sangrando a un compañero de clase. Miró sus nudillos y los sintió doloridos. Las palabras de la profesora se perdieron nuevamente en la nebulosa del mundo exterior, y Lynn sólo atinó a hacer una cosa.

Correr.


No sabía qué hacer. No sabía a dónde se dirigía, pero sus piernas parecían conocer el camino. Vestida con el uniforme de educación física, Lynn caminaba las calles de Royal Woods, mirando hacia todos lados, esperando que el director, la profesora o la policía apareciera en cualquier momento. Había atacado a un chico de su escuela, y luego se había escapado. Había salido de la escuela sin que nadie pudiese detenerla. La iban a expulsar, estaba segura. No había forma de escapar de esto. Sus padres tendrían que buscar una nueva escuela. ¿O quizás la enviarían a un internado?´¿O la cárcel? ¿Podrían presentarle cargos por haber golpeado así a Ryan? Ella era cinturón negro tercer dan en karate, se supone que tenía una responsabilidad acerca del uso de su propia fuerza. ¿Esto la metería en problemas?

No estaba segura, pero en el fondo no le importaba. Quizás se merecía que la expulsaran, o que la enviaran a la cárcel. Merecía un castigo. Si no era por lo de Ryan, al menos alguien debería castigarla por matar a su hermano.

Ryan no sabía de lo que hablaba, pero de todas formas tenía razón. Ella había enviado a su hermano al hospital. Sus padres le habían explicado todo. Lincoln tenía tumores en su cabeza que hasta ahora no le habían causado ningún problema. Pero el pelotazo había desprendido una parte de las células cancerígenas, extendiéndolas por la sangre hasta su corazón. Ahora su corazón estaba infectado, pronto dejaría de funcionar, y su hermano menor moriría a causa de ello. No había nada que pudieran decirle para que se sintiera mejor.

Lori le había dicho que había sido un accidente. Sus padres le dijeron que iba a suceder tarde o temprano. Luan había sido la única en echárselo en cara, en la mañana del miércoles, dos días atrás. Y pese a que esta mañana en la camioneta, luego de dejar a sus hermanas menores en la primaria, Luan se había quebrado y había llorado mientras le pedía perdón, el daño ya estaba hecho. Lynn sabía que su familia estaba al tanto también de que ella había enviado a Lincoln al hospital.

Sabía que no la culpaban, pero lo que su familia opinara de ella no le importaba. El punto es que ella nunca podría perdonarse por haber hecho lo que hizo. Ella había matado a su hermano.

Todas las noches, luego de que Lucy se durmiera, Lynn lloraba hasta dormirse. Se sentía tremendamente culpable. Una vez había fallado el punto decisivo en un partido de básket, y su equipo había perdido el campeonato por ello. Hasta ahora, esa era su única final perdida, pero incluso dos años después, la angustia de haber fallado ese disparo la acompañaba a todos lados. Pero ni siquiera ese dolor podía compararse con la sensación de sentirse la asesina de su hermano menor.

¿Y si Lincoln no se hubiera ofrecido a jugar con ella esa tarde? ¿Y si ella no hubiera pateado tan fuerte? ¿Y si solo se hubiera quedado sentada junto a él bajo la sombra de aquel árbol, preguntándole acerca de su día? Lincoln odiaba los deportes. Odiaba el esfuerzo físico. Si lo practicaba, era sólo para hacerla feliz, para poder pasar tiempo con ella. Él siempre había sido así. Nunca se había quejado de que ella no hiciera lo que él quería, de que no lo acompañara a leer cómics o cazar fantasmas en el ático. Nunca se quejaba de que ella lo utilizara como sparring para todos sus deportes.

Mientras sus pies continuaban paseándola por la ciudad, ella recordó una charla que había tenido con él, algunas semanas atrás, donde ella le había explicado por qué lo consideraba un ejemplo deportivo.


Lynn acababa de volver a su casa del hospital, tras el último juego de la temporada de fútbol americano de la liga escolar de Royal Woods. Lincoln y ella habían engañado a toda la ciudad durante meses, con Lynn haciéndose pasar por Lincoln en sus juegos. Al final, su jugarreta se había descubierto cuando una lesión obligó a salir a Lynn y Lincoln tuvo que ocupar su lugar. Había sufrido un esguince en su tobillo derecho, pero decidió quedarse a ver el final del partido antes de ir al hospital a tratarse. Lincoln corrió con el balón durante un minuto entero, evitando al equipo contrario, aunque al final había anotado en la zona equivocada, y su equipo había perdido el campeonato.

Apenas llegó a su casa, Lynn subió las escaleras con sus muletas, dirigiéndose a la habitación de Lincoln. Tenía algunas cosas para decirle.

Lincoln, soy yo, abre la puerta —dijo, mientras golpeaba con sus muletas la puerta del armario.

Pero Lincoln no respondió. Fastidiada, abrió ella misma la puerta, y entró en la habitación de su hermano. Él estaba acostado en su cama, mirando hacia el techo. Todavía vestía el uniforme de fútbol, y su rostro estaba cubierto de lodo. No miró a su hermana cuando entró a su habitación. No dio señales de reconocer que ella estaba allí. Simplemente continuó contemplando las maderas del techo.

¿Y bien? ¿Vas a saludarme o necesitas que te golpee para que me mires? —Dijo Lynn, algo fastidiada, mientras cerraba la puerta y se acercaba a la cama de Lincoln.

Viendo que él no respondía, Lynn suspiró y se sentó en el borde de la cama. Usó su muleta para acercar una silla y apoyó su pie enyesado allí. Sólo entonces Lincoln volteó a verla.

¿Es grave? —Preguntó, con un hilo de voz.

Nah, es sólo un esguince. El doctor dice que en tres semanas ya podré volver a hacer deporte, pero yo conozco un método para volver en dos —le dijo, con una sonrisa de satisfacción.

Esperó a que él respondiera algo, pero Lincoln se veía a punto de llorar.

Muy bien, lo que sea que crees que tengas que decir, es el momento de hacerlo —dijo ella finalmente.

Lincoln se sentó y abrazó a Lynn. Ella fue tomada por sorpresa. Confundida, no atinó a devolverle el abrazo.

Eh, ¿Lincoln? ¿Qué onda?

Lo siento, Lynn, lo siento mucho, mucho, mucho —dijo él, abrazándola más fuerte—. Todo esto es mi culpa, si yo no fuera tan malo en los deportes no tendría que haberte pedido que jugaras por mí, no te habrías lesionado y no tendrías que quedarte sin jugar por tres semanas. ¡Perdóname, por favor!

Lynn comenzó a reír, y Lincoln lentamente se separó de ella. La miró sin poder creer lo que veía, pero Lynn continuó riendo.

¿De qué te ríes? —Preguntó finalmente.

¡De ti, tonto! —Le respondió, con una gran sonrisa— Lincoln, no tienes que pedir disculpas.

Pero… Pero, te lastimaron.

Pff, una lesión jugando deportes de contacto, qué novedad —dijo irónicamente, restándole importancia al asunto—. El riesgo es parte del deporte. Estas cosas ya no me duelen tanto. Además, ¡estoy sumamente orgullosa de ti, hermano!

Y con su brazo rodeó violentamente el cuello de Lincoln, en un gesto que la mayoría de las personas consideraría una toma de lucha libre, pero que Lincoln sabía era una de las pocas formas de cariño que Lynn conocía.

¿Orgullosa? ¿De qué estás hablando?

¡Lincoln, entraste en el último minuto de la final del campeonato! ¿Tienes idea de lo valiente que fue hacer eso?

Pero hice que el equipo perdiera el torneo.

¡Pero antes de eso corriste más de sesenta yardas, evitando a todos los rivales! ¡Y llegaste a la zona de anotación!

Llegué a la zona de anotación equivocada —remarcó él, creyendo que Lynn había perdido la cabeza.

Eso es sólo porque no conoces las reglas. El punto es que nunca había visto a un principiante correr de esa forma. ¡Estoy sumamente impresionada!

Lynn, creo que no lo estás entendiendo: fui el peor jugador del campeonato, ¡y sólo jugué un minuto!

No, tú eres el que no está entendiendo —dijo ella, liberando a Lincoln de su agarre/abrazo para poder verlo a los ojos—. Estás comparándote con chicos que entrenan todo el año para mejorar y entender el juego. Tú eres alguien que nunca ha entrenado, y lo que hiciste tiene mucho más valor.

No entiendo a qué te…

¡Déjame terminar! Lincoln, el deporte no se trata de ser ganarle al rival, de ser mejor que el otro. El deporte se trata de superarse a sí mismo. Yo no entreno para ser mejor que mi rival; que él se preocupe de su nivel. Yo entreno para mejorar, para ser la mejor versión de mí misma. Tú odias los deportes, pero hoy, cuando el equipo necesitaba un jugador, no dudaste en ocupar ese lugar, y diste lo mejor de ti. Hay un dicho en el fútbol, de que "Los penales sólo los erran quienes los patean". Siempre está la posibilidad de fallar, pero se requiere mucha grandeza para tomar el riesgo. Y tú, hermanito, corriste un riesgo enorme. Seguramente el resto de la escuela te odie por regalar el campeonato, pero, al menos por hoy, tú eres mi héroe, Lincoln.

Las palabras de su hermana significaron mucho para Lincoln. Sus ojos comenzaron a brillar, y lentamente su boca se transformó en una sonrisa.

¿Puedo abrazarte de nuevo? —Preguntó.

Lynn echó una mirada hacia la puerta de la habitación.

De acuerdo. Pero si alguien entra, te tiraré al suelo y diré que estábamos jugando a la lucha libre.

Y, también sonriendo, abrió sus brazos y abrazó a su hermano menor.


Lincoln odiaba los deportes y se consideraba a sí mismo un fracaso en ellos. Sin embargo, pese a sus quejas, nunca rechazaba una invitación de su hermana para practicar con ella. Y Lynn lo admiraba y amaba por ello. Él no lo sabía, pero tenía un potencial enorme para ser un excelente jugador si es que alguna vez se decidía a entrenar. Por supuesto, nunca podrían saberlo, ya que no Lincoln ya no podría practicar nunca más.

Cuando pasó por delante de las canchas auxiliares, Lynn finalmente entendió a dónde la habían llevado sus pies. Cruzó el estacionamiento y entró por la puerta principal del Club Atlético Royal Woods. Conocía aquel edificio como la palma de su mano. Sus padres la habían hecho socia del club cuando era una niña, y ella se había anotado en todos los deportes. En sus trece años, ella había practicado al menos una vez cada una de las diecisiete disciplinas que el club le ofrecía. Era conocida por todos los socios del club y por el personal, quienes la consideraban como parte de la familia.

El club era bastante grande, y tenía muchos lugares hacia los que dirigirse, pero ella sabía por qué su inconsciente la había llevado hasta aquel lugar, y sabía lo que necesitaba. Subió las escaleras, pasó por delante de la sala de trofeos (donde su nombre aparecía incontables veces) y se dirigió directamente al cuarto de servicio. Golpeó la puerta y esperó. Algunos momentos más tarde, un hombre algo mayor, de unos sesenta y tantos años abrió la puerta. Su cabello lleno de canas contorneaba un rostro pequeño y bondadoso, con algunas arrugas alrededor de los ojos y en el cuello. El hombre llevaba puestos unos grandes anteojos, cuyo aumento hacía que sus ojos se vieran increíblemente grandes, como si fuera una gran mantis religiosa. Estaba vestido como un conserje, pero todos sabían que aquel hombre era mucho más que un simple empleado de limpieza.

— ¡Pero si es la pequeña Loud! —Sonrió el hombre extendiendo una algo arrugada y temblorosa mano hacia Lynn.

—Buenos días, Phillip —lo saludó ella, estrechando suavemente la mano del hombre.

Phillip llevaba más de cuarenta años trabajando allí, y aunque su cargo oficial era de Encargado General de Limpieza y Mantenimiento, los que vivían el día a día en el club sabían que aquel hombre era el corazón de la institución, un hombre que sabía todo acerca de la historia deportiva de Royal Woods, y que tenía la increíble habilidad de recordar a todas las personas que habían pasado por la institución. Tenía acceso a todas las áreas, y si alguien necesitaba algo, Phillip era el hombre a quien recurrían.

— ¿Qué haces un viernes a estas horas aquí, Lynn Jr.? —Preguntó él, con una amable sonrisa.

—Vine a ver al sensei Royce.

—Oh, el señor Royce, sí, por supuesto. Pero este no es tu horario de práctica —dijo Phillip, llevando una mano a su mentón—. Si no me equivoco, tu categoría tiene karate los martes y jueves por la tarde, no los viernes a la mañana.

—Lo sé, pero estoy preparándome para dar el examen de cinturón, y el sensei accedió a darme una clase extra —mintió, sintiéndose fatal por no decirle la verdad a Phillip. Ella pasaba gran parte de su tiempo libre en el club, y Phillip era prácticamente un amigo, un miembro más de su familia.

—Oh, eso es fabuloso —dijo con felicidad el hombre—. Siempre exigiéndote más, ¿no es cierto, Lynn?

—Sí, claro. Escucha, la cosa es que mi madre puso a lavar mi karate gi anoche después de la práctica, y no tengo con qué practicar ahora —dijo, revelando finalmente a qué había ido a aquel lugar.

—No se diga más —respondió Phillip con una sonrisa, tomando sus llaves y cerrando la puerta detrás de él—. Tengo un uniforme perfecto para ti en el salón de utilería. Vamos, está a la vuelta de la esquina.


Cuando entró al dojo, se encontró con que estaba casi vacío. El primer turno para adultos no comenzaría hasta dentro de cuarenta minutos. La única persona que se encontraba allí era el sensei Royce. Era un hombre no demasiado alto, casi de la misma altura que Lori, y su cabello castaño prolijamente peinado lo hacía parecer más un bibliotecario que un maestro de karate. Pero detrás de aquella apariencia amigable se encontraba un pentacampeón nacional de artes marciales, que se había asentado en Royal Woods tras finalizar su carrera como competidor profesional y que ahora preparaba a la próxima generación.

Ya tenía puesto su karate gi y su cinturón rojo de octavo dan, y se encontraba barriendo el suelo del dojo mientras cantaba una movediza canción pop.

Everybody was kung fu fighting… Those kicks were fast as lighting —decía, mientras bailaba y barría al mismo tiempo.

— ¿Sensei? —Lo llamó Lynn, acercándose ya vestida.

El sensei Royce se detuvo en mitad de la frase siguiente y volteó a ver a su alumna.

— ¿Lynn? ¿Qué estás haciendo aquí? —Preguntó, dejando su escoba a un lado y acercándose con una mirada confundida.

—Sensei —dijo ella, mientras hacía una gran reverencia, señal de respeto japonesa de gran importancia en la práctica del karate—, por favor, combata conmigo.

— ¿Qué?

El señor Royce era un excelente luchador. Por más que ya tuviera más de cuarenta años, su estado físico seguía siendo envidiable, y lo que había perdido de potencia lo había ganado en experiencia y técnica. Sin embargo, pese a que de vez en cuando participaba de algún seminario con otros ex karatecas, el señor Royce se rehusaba a practicar combate con sus alumnos. Se limitaba a verlos y corregirlos desde la distancia.

—Por favor —repitió ella, bajando aún más la cabeza, como si estuviera tratando de besarse las puntas de sus pies descalzos—, practique combate conmigo.

—Lynn, sabes que no hago eso.

—Sensei, se lo suplico. Necesito… Necesito luchar —confesó, sin despegar la vista del suelo.

No vio el rostro de su sensei. Sólo escuchó su silencio.

—No practico combates con mis alumnos —dijo finalmente, con severidad—. Y aunque lo hiciera, este no es tu horario de práctica. De hecho, deberías estar en la escuela. ¿Qué haces aquí?

—No importa la escuela —dijo ella, apretando los puños y sonando bastante molesta—. Por favor, haga una excepción.

—No. Llama a tus padres y diles que vengan a recogerte. Te meterás en problemas si ellos no saben que estás aquí.

Lynn sintió que sus ojos ardían. Su cuerpo la había traído aquí porque necesitaba alguien con quien practicar, alguien con quien desquitarse. Desde el lunes, había descubierto que golpear cosas la hacía sentir un poco mejor consigo misma. Era como si cada golpe le ayudara a deshacerse de una pequeña parte de la frustración que cargaba encima suyo. Pero en verdad, lo que más la ayudaba a relajarse era el dolor. Los primeros días, algunas cuantas horas golpeando su bolsa de boxeo dejaban sus manos doloridas, sus nudillos hinchados de tanto golpear. Luego había comenzado a practicar más duramente con su makiwara, con el que eventualmente se torció su muñeca. Y el día anterior, cuando había peleado con Ronnie Anne… Había buscado deliberadamente esa pelea, era algo que necesitaba. Necesitaba poder pelar con alguien más. En el fondo no quería lastimarla, realmente, por lo que contuvo la mayoría de sus golpes. Y tampoco se preocupó demasiado por mantener su guardia alta; podría haber evitado algunos golpes, pero el dolor físico funcionaba en ella como un calmante.

Sabía algo acerca del cuerpo, gracias a sus constantes entrenamientos y lecciones de anatomía por parte de sus entrenadores. Sabía que el cuerpo, al detectar lesiones, se concentra en las más importantes, las más peligrosas. Era un mecanismo de defensa, que hacía que uno ignorara pequeños golpes y se enfocara en aquellas lesiones que podrían, potencialmente, poner en peligro su vida. Así, por ejemplo, si uno tenía un hueso quebrado, el dolor del hueso anularía el dolor de un raspón o una pequeña torcedura.

Lynn no era una científica como Lisa, pero tenía la teoría de que el agotamiento y las pequeñas dosis de dolor que sufría como consecuencia de su entrenamiento extremo estaban ayudándole a ignorar la tremenda angustia que sentía en su corazón. En el fondo sabía que esto estaba mal, que era una actitud autodestructiva que sólo podría acabar mal. Pero su mente no estaba pensando a largo plazo. Necesitaba un alivio, y lo necesitaba pronto.

Furiosa, preparó sus piernas y se lanzó hacia su sensei. Él observó con sorpresa cómo Lynn le lanzaba una patada a la altura del pecho. Se quedó paralizado por algunos instantes, pero en una milésima de segundo, adoptó una forma defensiva, y desvió la patada de Lynn con un rápido y preciso movimiento de su muñeca.

— ¡Lynn! ¿Qué estás haciendo? ¡Esa patada podría haberme lastimado si no la desviaba!

— ¡Sabía que la desviaría! —Dijo ella, mirándolo con fiereza— ¡Yo no podría ni tocarlo si usted se defendiera como sabe!

— ¡Lynn Jr., deja esta actitud y vuelve a tu casa! ¡No combatiré contigo! —Dijo él, colocándose en una posición normal, aunque sus hombros se veían tensos y listos para reaccionar.

— ¡Sí lo hará!

Y con un grito, Lynn volvió a la carga. Comenzó a lanzar golpes, patadas, a intentar derribos como su sensei le había enseñado todos estos años. Realizó todas las combinaciones que había aprendido de los katas, realizando ataque tras ataque sin detenerse a pensar. Era la mejor alumna del señor Royce, pero los reflejos del ex campeón, si bien no eran los mismos de antes, le permitieron bloquear todo lo que la chica le lanzaba.

— ¡Suficiente! —Dijo finalmente, mientras realizaba un agarre sobre la muñeca de Lynn y la golpeaba en el pecho con su palma abierta, quitándosela de encima— ¡Acabas de perder tu cinturón negro hasta que aprendas a respetar a tu maestro!

— ¡No me importa el cinturón! —Gritó, sintiendo un pequeño malestar en el esternón, donde él la había golpeado— ¡Sólo quiero que me ataque!

Volvió a golpear a su sensei, quien continuó desviando los golpes. Ella estaba demasiado concentrada en atacar como para notarlo, pero había comenzado a llorar. Trataba de no pensar en nada, pero había algo que no podía evitar. Durante sus años de competencia en torneos de karate, ella siempre se había mentalizado de una forma muy particular para poder vencer a sus oponentes: se imaginaba que quien fuera que tenía en frente suyo había lastimado a Lincoln. Se repetía una y otra vez aquello en la cabeza, y a la hora de atacar, su instinto de hermana enfadada la ayudaba a ser mucho más peligrosa, a encontrar fuerzas donde no tenía con tal de hacer pagar a quien tenía frente suyo. Pero en esta ocasión, mientras trataba de golpear a su maestro, lo único que podía pensar era que era ella quien había lastimado a Lincoln. Estaba mentalizándose a ella misma en lugar de su sensei. Tenía tantos conflictos en su interior que comenzó a llorar sin darse cuenta.

Quien sí lo notó fue el señor Royce. Vio a su alumna fuera de sí, atacándolo sin motivo, buscando pelea donde no la había. Esa no era la alumna que él había entrenado durante todos estos años, no era la misma Lynn de la cual él estaba tan orgulloso. Aquellas lágrimas sólo le confirmaron que algo malo estaba sucediendo.

Lynn lanzó un nuevo golpe al pecho de su sensei, convencida de que lo desviaría. Pero cuando él bajó los brazos, dejando su pecho expuesto, ella apenas logró detener su puño a milímetros del impacto.

— ¿Qué está haciendo? —Dijo con voz temblorosa— ¡Defiéndase!

Su sensei no dijo nada. Se paró firme y extendió sus brazos hacia abajo, con su palma derecha cubriendo los nudillos de su mano izquierda. Era una postura de karate utilizada al empezar y finalizar las formas, que denotaba la no intención de luchar.

— ¡Dije defiéndase! —Gritó Lynn, quien, furiosa, golpeó a su sensei en el pecho, sin demasiada fuerza.

Él no se inmutó. No se defendió ni dijo nada tras el golpe. Eso enojó aún más a Lynn.

— ¡Defiéndase! —Repitió, golpeándolo nuevamente en el pecho, esta vez un poco más fuerte.

De nuevo, sin respuestas.

Sintiendo unas mayores ganas de llorar, Lynn comenzó a golpear a su sensei, repitiendo una y otra vez que se defendiera, diciéndole que combatiera, rogándole que la atacara. La fuerza de sus golpes estaba muy bien medida. Lo estaba golpeando, sí, pero no estaba causándole más que una pequeña molestia. Ni siquiera le dejaría marcas luego de la práctica. Durante algunos minutos, continuó golpeándolo, desquitándose, descargando toda su ira, y a medida que lo hacía, la intensidad de su llanto aumentaba. Ya no eran sólo lágrimas que caían de su rostro, sino sollozos que interrumpían su respiración y gemidos de dolor. Finalmente, dejó caer sus brazos y apoyó la frente sobre el pecho de su maestro. Rendida ante el llanto, lloró sobre él. El sensei Royce colocó una mano sobre el hombro de Lynn, pero no dijo más nada.

Los sollozos resonaban en el dojo vacío.


Era evidente que no podía hacer de cuenta que nada había pasado, así que, luego de que se calmara un poco, se sentaron en uno de los bancos del dojo y le contó a su sensei lo que le estaba sucediendo. Le dijo que su hermano menor estaba enfermo y que moriría en algunos días, pero no se atrevió a decirle que había sido culpa suya. No podía decirlo. Era demasiado doloroso. Él inmediatamente comprendió la gravedad del asunto, y entendió por qué Lynn estaba actuando de esa forma últimamente. Le explicó algo acerca de que aquellos que mueren siguen vivos en los corazones de quienes los conocieron, pero Lynn no necesitaba sabiduría. No necesitaba palabras lindas acerca de cómo eventualmente llegaría a superar la pérdida de su hermano. Cuando no dijo nada ante sus palabras, el señor Royce comprendió lo que le pasaba.

—Lynn, entiendo que esto es muy duro. Sé por lo que estás pasando. Cuando era un niño, perdí a primo en un accidente de tránsito. Sé la angustia que estás sintiendo. Y sé por qué viniste aquí.

Ella lo miró, secándose las lágrimas en el traje que Phillip le había conseguido.

—Cuando era más joven, yo también sentía que el karate me ayudaba a olvidarme de los problemas que tenía en mi vida. Cuando me peleaba con mis padres o fallaba en la escuela, entrenaba obstinadamente, a veces incluso hasta lastimarme a mí mismo —le dirigió una significativa mirada, y Lynn se preguntó si su sensei no tendría la capacidad de leer la mente—. Pero con el tiempo aprendí que la belleza del karate está en separar la mente del espíritu. La catarsis que esta disciplina puede darte no está en canalizar tu ira y tristeza, sino en encontrar la paz interior. Estás sufriendo porque estás negando lo que está sucediendo. Estás buscando desesperadamente una forma de convencerte de que esto no está pasando, pero sólo encontrarás la paz cuando puedas aceptar esta situación.

— ¡No! ¡No quiero aceptarlo! ¡No quiero que muera! —Gritó, cubriendo su rostro con sus manos.

—Por supuesto que no.

— ¡No puedo… No puedo aceptar que se vaya! ¡No puedo sentirme bien!

—Lynn, no estoy diciendo que no te aflijas —le dijo, acariciando su espalda—. Es natural que esto te angustie. Es sano que te sientas así. No es una situación que puedas superar, sino una con la que aprenderás a vivir. Y para ello necesitas dos cosas: tiempo, y el apoyo de tus seres queridos.

Lynn estaba comenzando a tranquilizarse, no porque se sintiera mejor, sino porque estaba quedándose sin energías, incluso para sentirse mal.

—Será mejor que vayas al vestuario y te cambies. Deja el karate gi allí, yo se lo llevare a Phillip.

—No quiero irme —dijo ella, secándose el rostro—. Me escapé de la escuela, y todavía no estoy lista para ver a mi familia.

—Pues ponte lista, porque tu familia vino a verte —dijo él, señalando con un dedo hacia la entrada del dojo.

Lynn levantó la vista y vio, de pie junto a la puerta, a su hermano Lincoln.


Ya cambiada, abandonó el dojo junto a él. Al principio no intercambiaron palabras más que un saludo inicial donde él le preguntó cómo estaba y ella sólo evitó la pregunta. Comenzaron a caminar, salieron del club, y Lincoln la guió hacia una plaza cercana. Ella lo siguió sin decir nada, sabiendo que no podía escaparse de esto también. La plaza estaba prácticamente desierta, pero Lincoln aún así la llevó hasta la sombra de un árbol bastante recluido, donde nadie podría molestarlos. Él se sentó con las piernas cruzadas, y ella con la espalda contra el tronco, con sus rodillas cubriendo su pecho y sus brazos abrazando sus piernas.

Estaba esperando a que Lincoln comenzara a hablar, a regañarla por haberse escapado de la escuela, pero él parecía estar esperándola. No decía nada, tan sólo la miraba, con algo de tristeza y comprensión en su mirada. No soportando el silencio, Lynn finalmente rompió el hielo.

— ¿Qué haces aquí? —Preguntó en voz baja.

—Llamaron de la escuela. Le dijeron a mamá que te habías escapado luego de golpear a uno de tus compañeros. Estábamos preocupados.

— ¿Dónde está mamá?

—En casa. Le pedí que me dejara hablar contigo a solas.

— ¿Por qué?

—Porque estoy preocupado —respondió, inclinándose ligeramente hacia ella.

Lynn suspiró. Ese era su hermanito menor. Él estaba muriendo, pero aún así se preocupaba por cómo estaba ella.

— ¿Cómo me encontraste?

—Siempre vas al club cuando te sientes mal. ¿Recuerdas cuando me golpeaste en la boca con tu bate de béisbol? —Dijo él entre risas, señalando sus paletas rotas— Escapaste de casa, y estuvimos buscándote por horas en el vecindario hasta que llamaron del club avisando que estabas en el gimnasio levantando demasiado peso para tu cuerpo.

Su intención claramente había sido alegrarla al contarle una anécdota que él evidentemente consideraba graciosa, pero el efecto logrado en Lynn fue el contrario.

—Siempre terminas lastimado cuando juegas conmigo, ¿no es así? —Preguntó, sintiendo que se estaba hundiendo en un pozo sin fondo.

—No siempre —respondió él con calma, midiendo sus palabras—. Algunas veces eres demasiado ruda, pero yo sé que tú nunca me lastimarías intencionalmente. Y te conozco muy bien, sé que en el fondo, muy en el fondo, detrás de una puerta cerrada con cadenas y candados… tú te preocupas por mí.

— ¡Por supuesto que me preocupo por ti! ¡Te amo, idiota! —Respondió, levantando el tono de voz.

—Lo sé, lo sé, sólo bromeaba —la tranquilizó Lincoln—. Lo que quiero decir es que te preocupas por mí, no temo que me lastimes cuando jugamos. Nunca harías nada que pudiera hacerme mal.

—Y sin embargo, aquí estamos.

Ahí. Lo dijo. No se atrevió a mirar a Lincoln, no se atrevió a ver su rostro. Se concentró en el suelo, y su mano comenzó a arrancar pedazos de césped. Lincoln no le dijo nada durante algunos segundos.

— ¿Y qué significa eso?

—Eres muy listo, sabes bien lo que quise decir —respondió, mientras rompía los pastitos como si cada uno de ellos le hubiera realizado una gran ofensa personal.

—Si dices lo que creo que estás queriendo decir, pues…

— ¡Déjate de bromas, Lincoln! —Dijo ella, golpeando el suelo con su puño.

Él se quedó mirándola, claramente sorprendido y confundido.

—Te juro que no te entiendo —dijo Lynn, llevando sus manos a su cabeza, moviéndolas nerviosamente sobre su cabello, despeinándolo—. Estás… Estás comportándote como si todo estuviera bien. Preparas nuestros desayunos, sigues sacando la basura, juegas con Lana, Lola y Lucy… ¿Por qué demonios haces eso? ¿Por qué te comportas como si nada estuviera mal? ¿Por qué demonios te preocupas por cómo estoy, cuando eres tú quien está muriendo?

—Porque te amo y me preocupo por ti —respondió con decisión, como si estuviera contestando una pregunta de examen.

— ¡Pues no deberías! —Le gritó Lynn, arrodillándose frente a él y tomándolo por los hombros— ¡Yo soy la hermana mayor, yo debería cuidarte a ti! ¡No la revés! ¡Es mi trabajo protegerte y asegurarme de que nada te afecte! ¡Tú no deberías tener que preocuparte por cómo estoy! ¡No lo merezco!

— ¡Por supuesto que lo mereces! ¡Eres mi hermana!

— ¡Yo te maté! —Estalló, sacudiéndolo por los hombros, tratando de hacerlo reaccionar— ¡Te maté!

Lincoln trataba de mantenerse derecho, pero Lynn lo tenía firmemente agarrado, y sus sacudidas lo movían mucho. Además, no todos los días podía ver a su hermana mayor llorando, y quedó algo sorprendido por ello.

— ¡No tienes que preocuparte por mí, no tienes que quererme! ¡Ódiame, enfádate conmigo! ¡Aléjate de mí, dime que es mi culpa! —Le decía, jadeando como si hubiera corrido una maratón— ¡No me trates como si todo estuviera bien, porque sabes que no es así, maldita sea!

Lo empujó suavemente y se puso de pie. Dio dos pasos rápidos hacia el árbol y golpeó el tronco con fuerza. Todo su brazo tembló tras el golpe, y sus nudillos sintieron cada veta de la corteza clavándose en ellos. No tuvo ningún corte, pero su mano se enrojeció rápidamente. Escuchó que Lincoln se ponía de pie. Ella lo conocía muy bien, él era inaguantablemente ingenuo. Ahora comenzaría a decirle que todo había sido un accidente, que no le guardaba rencores ni la culpaba, que todavía la amaba y la amaría por siempre. Así era él. Podía sacarlas de quicio casi todos los días, y tenía sus días donde metía la pata y todas lo odiaban, pero a fin de cuentas, él siempre se preocupaba por sus hermanas.

—Tú no me mataste —dijo Lincoln, de pie detrás de ella.

Completamente predecible.

—Lincoln, puedes decir lo que quieras, que no fue mi culpa, que fue un accidente, pero los dos sabemos muy bien lo que pasó.

—No. Yo sé bien lo que pasó, pero creo que tú sólo conoces una parte de la historia.

— ¡Deja de mentir! ¡Mi pelotazo acabó jodiendo tu corazón, ¿qué parte de eso no entiendes?!

— ¡Cállate y escúchame! —Respondió el con fiereza, mientras colocaba una mano sobre el hombro de Lynn y la obligaba a voltear a verlo.

Ella observó a Lincoln con la boca abierta. Se veía cansado y enojado. Estuvo a punto de decirle cosas que le valdrían por un año de castigo si su madre la escuchaba, pero finalmente cerró la boca y bajó la mirada. Retrocedió un paso y apoyó la espalda contra el tronco del árbol. Entendiendo que estaba dándole pie para hablar, Lincoln suspiró y comenzó a explicarle.

— ¿Recuerdas cómo estaba antes de que me golpearas con el balón en la cabeza?

Lynn cerró los ojos y sintió que una pequeña aguja se clavaba en su corazón al recordar el incidente.

—No lo sé, hermano, no lo sé. Sólo te recuerdo a ti en el suelo, desmayado —respondió, secándose el rostro con el dorso de su mano.

—Hacía un par de días que me sentía raro, con dolores de cabeza y sin poder dormir bien. Y cuando comenzamos a jugar, en seguida me sentí muy agitado —le contó, recordando todas las horribles sensaciones que había experimentado—. Y el cuerpo dejó de responderme. Era como si no pudiese controlarme a mí mismo.

— ¿Por qué me cuentas estas cosas?

—Porque, en aquel momento, yo debía morir.

Lynn jadeó y levantó la vista. Lo miró a los ojos, y se dio cuenta de que estaba hablando en serio.

— ¿Qué estás diciendo?

—Había un tumor bloqueando una de las venas en mi cabeza. Estuve a punto de morir. Debería haber muerto entonces.

— Pero… ¿Y por qué…? ¿Cómo…?

—La ambulancia no hubiese podido llegar a tiempo —continuó él, notando la falta de palabras de su hermana, y se acercó un poco más a ella, tomándola de las manos—, pero por suerte recibí un golpe en la cabeza que hizo que el tumor se desprendiera.

Esta vez Lynn tan sólo pudo abrir la boca, sin que ningún sonido pudiera escapar de su garganta.

—El doctor a cargo de mi caso me lo explicó. Yo debería haber muerto aquella misma tarde, pero tú… Accidentalmente, sí, pero tú me salvaste la vida.

La mente de Lynn estaba trabajando demasiado lento. A veces, los shocks emocionales hacen que la mente no pueda establecer simples conexiones, que no pueda realizar un correcto análisis de las ideas y las evidencias presentadas. Todos estos días ella se había convencido a sí misma de que accidentalmente había provocado la muerte de su hermano, y ahora que él le decía que en realidad lo había salvado, su mente se veía incapaz de comprender lo que eso significaba.

—Yo… —dijo ella, con la mirada perdida.

—Tú me salvaste —repitió él, apretando un poco las manos de su hermana.

Aquel gesto pareció devolver a la realidad a Lynn, quien inmediatamente se separó de Lincoln y comenzó a retroceder.

—No… ¡No! ¡Sé lo que estás haciendo! —Dijo, señalándolo con un dedo— ¡Te conozco, Lincoln! ¡Estás inventando esto para que yo me sienta mejor!

— ¿Qué? ¡No! Lynn, es en serio.

— ¡Es típico de ti! ¡Dirías lo que fuera con tal de hacerme sentir mejor!

Ella seguía retrocediendo, y en uno de sus pasos tropezó con una de las raíces del árbol. Cayó al suelo, y allí se quedó, cubriendo su rostro con sus manos. Lincoln se agachó junto a ella.

—Lynn, mírame.

— ¡No!

—Mírame.

Tardó uno o dos minutos, pero finalmente Lynn miró a su hermano menor. Su rostro estaba muy cerca del suyo, y se lo veía extremadamente preocupado.

—Lynn, tú evitaste que muriera.

—No —dijo ella, negando con la cabeza, tratando de encontrar un poco de claridad en aquella irreal situación—. Si… Aunque lo que dijiste fuera cierto… Tu corazón de todas formas va a fallar por mi culpa.

—El golpe envió las células del tumor a mi corazón, eso es cierto —dijo Lincoln, asintiendo suavemente, y Lynn estalló en un desconsolado llanto al escuchar eso—. ¡Pero!

Y Lincoln colocó su mano debajo del mentón de Lynn, obligándola a verlo a los ojos.

Pero —repitió—, tú me regalaste dos semanas más de vida. Míralo como yo lo veo: iba a morir de todas formas, no se puede cambiar eso, pero gracias a ti tengo la posibilidad de despedirme.

Ella seguía llorando, sin despegar la mirada de su hermano.

—Dime… Prométeme que lo que estás diciendo es verdad —le dijo.

—Te lo prometo.

— ¡Lincoln, hablo en serio! —Repitió, tomándolo por el cuello de su camisa— ¡No me mientas con algo como esto! ¡Dime la verdad!

—Lynn —le dijo con suma tranquilidad—, te juro que es cierto. Jamás te mentiría así.

Quizás ella habría dudado más de su palabra, en cualquier otra situación. Estaría convencida de que Lincoln sólo estaba diciéndole lo que ella quería escuchar. Era muy engatusador, muy hábil con las palabras, y siempre sabía qué decir para convencer a los demás, o para que se sientan mejor. Quizás habría creído que él estaba mintiendo, pero en aquel momento ella quería creerle… Necesitaba creerle.

Fue como si alguien le hubiera quitado un gran peso de sus hombros. Suspiró, y junto con el aire de sus pulmones sintió también que se le escapaba una gigantesca bola de nervios, una camisa de fuerza que había estado oprimiendo su pecho durante todo este tiempo. Sintió que podía volver a respirar con normalidad, que su corazón latía un poco mejor. Y se odió a sí misma por sentirse aliviada, porque su hermanito aún iba a morir, pero no pudo evitar sentir que las cosas estaban un poco mejor que hasta hace cinco minutos atrás. Ella no había matado a su hermano. Ella no era la culpable de todo.

Todavía estaba tomando a Lincoln por el cuello de su camisa. Cuando lo notó, soltó su agarre, y lo acomodó suavemente, tratando de quitarle las arrugas. Luego volvió a centrar su mirada en el rostro de su hermano. Observó sus pecas, algo que sólo ellos dos y Luna compartían. Observó sus dientes, los que ella había roto algún tiempo atrás. Y finalmente, observó sus ojos. Cansados, algo asustados, pero intensos, centrados en ella, haciéndole saber que él estaba allí para acompañarla.

Lynn nunca había sido la más cariñosa de sus hermanas. Leni, Luan, y en menor medida Luna siempre habían sido las que más consentían a Lincoln. Especialmente cuando eran más niños, ellas tendían a abrazarlo más, a besarlo. Lynn, si bien amaba y quería a su hermano como todas, siempre había sido un poco más reacia a ese tipo de cosas. Pero arrodillada frente a él en aquel parque, sabiendo que sería una de las últimas veces que vería ese rostro, no tuvo ninguna duda. Lo tomó por las mejillas, besó su frente, y luego lo abrazó. No fue una toma, ni un agarre, ni nada violento. Fue un abrazo que salió desde su alma.

Para cuando se separaron, el horario de escuela debía de haber acabado, pues veían pasar a varios chicos cargando sus mochilas por el parque.

—No podemos quedarnos aquí para siempre —comentó Lincoln, quien en verdad podría haber permanecido abrazado por su hermana por mucho más tiempo del que estaba dispuesto a admitir.

— ¿Por qué no? —Preguntó ella.

—Pues… Mamá todavía debe estar preocupada.

—Puedo llamarla. Le diré que estoy contigo, y que puede castigarme cuando vuelva. Puede prohibirme entrenar por un mes, no me importa.

— ¿Y qué quieres hacer? —Preguntó, con una ligera sonrisa.

—Quiero estar contigo —dijo Lynn, separándose de él—. Tengo dinero. ¿Quieres ir a comer? ¿Quieres ir a…? No sé, ¿la tienda de cómics? ¿A un arcade?

—Tú no sabes jugar a los videojuegos —comentó él, levantando una ceja.

—Pero… Tú… ¿Podrías... enseñarme? —Preguntó ella tímidamente, aprovechando que estaba secándose las lágrimas con la manga de su remera para ocultar su rostro.

Lincoln sonrió, y Lynn supo que cualquier castigo valdría la pena sólo por haber tenido la oportunidad de ver sonreír a su hermano de esa forma una vez más.

—Vamos —dijo él, poniéndose de pie y extendiendo una mano para ayudarla a levantarse—. Hay una nueva hamburguesa de Burpin' Burger que quiero probar. Y hay mucho que enseñarte acerca de los videojuegos.

Ella sonrió también. Tomó la mano de Lincoln para levantarse, y no la soltó hasta que la cajera les entregó sus combos extra grandes.


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Hay algo con lo que estoy luchando, y que seguramente estén notando (quizás les gusta, quizás no). Siento que ya hay demasiadas lágrimas en este fic. O sea, me estoy quedando sin formas de contar que los personajes lloran, que se abrazan y que se quedan mirando en silencio. El problema es que sentiría que estoy mintiendo si no pongo a Lynn llorando al pensar en que su hermano menor va a morir. De todas formas, cada personaje tiene como su propio arco con sus propios problemas, así que creo que por ahora no está tan mal que todos tengan en común el hecho de que lloren y se sientan tan mal. Es decir, Luan tiene sus inseguridades y su sensación de que ya no vale la pena reír en un mundo sin Lincoln, y Lynn cargaba con una culpa terrible que la hacía buscar pelea en cualquier lado, necesitando golpear y ser golpeada para llevar mejor esa carga. Ojalá sepan entender que no puedo obviar el dolor y concentrarme sólo en estos rasgos característicos.

Hay también algo que me olvidé de comentar en el capítulo anterior. No sé si se habrán enterado, pero salió un video en el Instagram oficial de The Loud House en el cual Lincoln admite que Ronnie Anne no es su novia, oficialmente. Que por ahora son amigos y que él la quiere mucho. Esto generó un gran revuelo en el fandom, que se puso en plan "SAVINO MALDITO SEAS". Pero yo me puse contento, porque ese video me dio la razón cuando escribí la relación entre Ronnie Anne y Lincoln, de que sólo eran amigos con miedo a oficializar su relación y de convertirla en algo serio.

Yo creía que este capítulo iba a ser mucho más corto, así que creo que hago mal en decirles que el próximo cap seguramente sea más corto que este. Pero bueno, el próximo cap va a ser la primera parte de una de las hermanas, así que seguramente será un poco más breve… Aunque no prometo nada.

Ah, y ¡qué bueno que Lincoln no va a tener problemas con la gripe! Esa Lisa está en todos los detalles.

¡Que tengan una muy feliz Navidad y un próspero año nuevo, y nos vemos en el 2017 con el próximo capítulo de Réquiem por un Loud: "Desconectada"!