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Disculpas obligatorias: yo estaba absolutamente convencido de que True Colors era una canción original de Phil Collins. No sabía que él simplemente había hecho una versión. De todas formas, es una de sus canciones más conocidas (la toca siempre en vivo), así que no siento que haya quedado mal. Pero yo no lo sabía, así que pido disculpas de todas formas.
Bien, este cap es un pequeño oasis. Vamos a bajar el ritmo, vamos a descansar un poco con los feels. Yo tengo una imaginación muy visual a la hora de escribir y pensar las escenas, y la segunda parte de este cap está más pensada para una escena de película que para una novela/fanfic, jajaja. Pero creo que de todas formas cumple muy bien con su propósito. Al que le interese intercambiar opiniones teóricas y filosóficas al respecto, que me mande un mensaje privado.
En este cap hablo apenitas un poco de Michigan. Dado que estoy en la otra parte del continente y nunca viajé a Norteamérica, me baso en lo poco que pude leer de Wikipedia y en mi imaginación. Si hay errores, lo siento :v
Muchísimas gracias a:
Sam the Stormbringer (me gusta tu playlist), Fipe2, Nextation, Gonzox-kun, Sir Dark (en lo único que coincido es que el capítulo tiene errores; todos los tienen. El resto la verdad no coincido en nada, pero es tu opinión y la respeto), supertotitoti, pirata, DESTACADO117 (por eso no se come en la hora sad D': ), Espartano (como dice Lincoln: déjalo doler, deja que las lágrimas fluyan! Jajaja), acosta perez jose ramiro, guest #1 (no es mi idea que sean más o menos tristes, yo sólo cuento lo que tiene que pasar :c ), nahuelvera2, plusboom, Chiara Polairix Edelstein, Flyper the Dolphin (me hiciste trabajar para descifrar ese código, jajajaja. Mil gracias por todo lo dicho, sobre todo me gustó que notaras que Tabby no lloró por Lincoln, fue algo que quería mostrar, que no es que todo el mundo llorará por él), Steven 002 (pues muchísimas gracias por todo xD Aunque no sé a qué te refieres con Lynncoln, si mi historia está libre de eso 7-7), kave36, mmunocan (te quiero!), andrew579, sombra02, CaritaFeliz, Julex93 (el strike 3 vendrá pronto, amigo, jajaja), AvengersJLA4ever, ImTheJuggernautBITCH (quizás, amigo, quizás aparezca esa canción), metaltony, Junior VB, Phantom1812, Doce Espadas (precisamente, el cap anterior no se trataba de solucionarle todo a Luna: se trataba de llorar, de rendirse al dolor. Es muy triste cuando te pones a pensar en ello, jajaja), guest #2, J Nagera, Sir Crocodile222 (un análisis superlativo, como siempre), X-Siri(coincido totalmente, es necesario sentir el drama para poder escribirlo. Nunca estuve en una situación como la de mi historia, pero simplemente con imaginármelo y sumergirme en esos sentimientos me alcanza para sentir el dolor de la familia y de ahí transmitirlo), JB-Defalt (me arrepiento completamente de no haber escrito un monólogo interno de Luna donde ella se compara con la primera parte de The Wall, ¡maldita sea, era perfecto!), elhijodelsos (no sé nada de WM, jajajaja, puse esa referencia como un guiño a un amigo que sí es fanático), NFC94 (aguante Argentina, vieja, no me importa nada! Ejem… Yo también veo la versión en inglés, tengo los capítulos en la computadora; no tengo la paciencia como para esperar a que pasen los que quiero ver en Nickelodeon) y cesar k-non (a estas alturas ya no sé cuándo lo voy a terminar).
DISCLAIMER: The Loud House y sus personajes pertenecen a Chris Savino y Nickelodeon.
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Capítulo 16: Lago de Plata.
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En aquella ocasión, desde el mismo momento en el que despertó, Lincoln supo que estaba durmiendo en la carpa que había armado en el patio trasero de su casa. El ruido del viento y la semi oscuridad no lo confundieron ni asustaron. Tampoco le extrañó sentir que sus pies estaban sumamente fríos, pues habían estado fuera de la frazada toda la noche, y aunque a juzgar por la luz que se filtraba el día prometía tener un buen clima, la carpa no ofrecía mayor protección ante el frío nocturno. Sólo sus pies tenían aquel problema, sin embargo. Toda la parte superior de su cuerpo estaba cómoda y cálida. No sólo era porque esa parte sí estaba cubierta por las frazadas, sino porque estaba literalmente acostado sobre Luna, apoyando su cabeza sobre su pecho y con los brazos de su hermana rodeándolo por sobre sus hombros.
La noche había sido larga. Habían llorado mucho. Se habían descargado. Según su reloj, habían estado despiertos hasta las tres de la mañana, por lo cual habían pasado cinco horas dejando salir todos sus miedos, toda su tristeza, todo su dolor. Cuando el cansancio hubo consumido todas sus energías y sus ojos se quedaron sin lágrimas, Luna se acostó. En ningún momento sus brazos habían soltado a su hermanito, así que lo arrastró junto a ella, quedando él sobre ella. Quizás una semana y media atrás hubiese encontrado aquella situación algo incómoda, pero ahora sólo podía sentirse agradecido por tener hermanas que lo amaran tanto. La posición le recordó a cuando él era niño, muy pequeño, y alguna de sus hermanas mayores decidía acompañarlo en una siesta.
—Luna, ¿recuerdas la canción que me cantabas cuando era niño? —Le había preguntado.
—Sí —respondió ella, acariciando pequeños mechones de su cabello.
— ¿Crees que…? ¿Podrías…?
Había tenido miedo de que sonara ridículo, de que sonara muy infantil. No pudo terminar la pregunta, pero Luna lo entendió de todas formas, y ni siquiera cruzó por su mente el burlarse de él. Simplemente comenzó a cantarle la canción con la cual tantas veces lo había dormido años atrás. La cantó, sintiendo el pecho de Lincoln moviéndose con cada respiración, hasta que el movimiento fue lento y parejo. Sólo cuando su hermanito se durmió ella se permitió también caer rendida ante el cansancio.
Ambos se habían desahogado. Y si bien la idea de Lincoln había sido ayudar a su hermana, ayudarla a que se descargara de todas las emociones que había estado conteniendo dentro suyo, lo cierto es que a él también le había servido. No se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba poder llorar abiertamente, poder lamentarse junto a alguien más de lo que estaba sucediéndole. Para él también había sido quitarse una mochila de encima.
Le pareció oír el sonido de algunas voces desde lejos, por lo que con cuidado se levantó y se sentó a un lado de su hermana. Ella también comenzó a moverse y murmurar cosas. Tras dejar salir un gran bostezo y estirar sus brazos, Lincoln se fijó en la hora en el reloj que llevaba en su muñeca, el reloj de Adrien. Eran las nueve de la mañana del domingo. Todas sus hermanas estarían ahora desayunando.
—Luna —la llamó, gentilmente sacudiéndola por el hombro.
Su hermana reaccionó finalmente, abriendo los ojos. Ella sí pareció estar confundida durante unos instantes, pero en seguida sus ojos se quedaron fijos en Lincoln. Ella también se sentó y estiró sus brazos, tratando de desperezarse.
—Buenos días, hermano —dijo, acercándose lo suficiente como para darle un beso en la mejilla como saludo matutino.
—Perdón por despertarte.
—No, está bien —le aseguró ella, con una pequeña mueca de dolor y llevando una mano a la parte baja de su espalda—. Ouch. Ya no eres tan liviano como antes, hermano. Creo que ya sé por qué dejé de tener siestas contigo.
Lincoln no pudo evitar que sus mejillas adquirieran un poco de color, para el regocijo de su hermana.
—No te preocupes, Linky —dijo ella, entre risas—. ¿Qué hora es, a todo esto?
—Las nueve. Deberíamos ir a desayunar.
Amagó a levantarse, pero Luna lo tomó por la manga. Él volteó a ver qué quería, pero antes de reaccionar, su hermana le dio un pequeño beso en la mejilla, nuevamente.
—Vamos, sweet child o' mine —susurró, sonriéndole, mientras se ponía de pie y comenzaba a abrir la entrada de la carpa.
Escucharla hacer una referencia musical fue suficiente como para que el rostro de Lincoln se transformara en una gran sonrisa. Luna salió de la carpa, y él se levantó para seguirla, pero a último momento recordó que había dejado la llave de su habitación dentro del estuche de la guitarra de Luna, para que no se le perdiera. Luego de tantos años sin ningún tipo de privacidad, aún le costaba acostumbrarse a tener una llave. Una vez que la tomó y la guardó en uno de sus bolsillos, salió de la carpa.
El día, como había supuesto, era muy agradable. Sólo pequeñas pinceladas de blanco interrumpían el brillante azul del cielo. Había una pequeña brisa que, estando en sus pijamas, los incomodó un poco, pero no demasiado. Cruzaron el patio trasero hasta llegar a la cocina, lamentándose por no haber llevado zapatos y caminando sobre el césped mojado y la tierra. Mientras caminaba junto a su hermana, Lincoln notó que se sentía diferente. Se sentía con más energía, más optimista más… vivo. Era más que la sensación de saber que su hermana estaba un poco mejor. Era más que sentir que se había quitado un gran peso de encima junto con ella. Era más que un estado emocional. Era como si su cuerpo hubiera descansado varias semanas en tan solo unas pocas horas de sueño.
Le pareció extraño un cambio tan notable sólo por una noche de llanto junto a su hermana, pero no estaba dispuesto a quejarse. Hacía mucho que no se sentía así de bien.
— ¿Pensaste en qué le vamos a decir a Lucy, Lola, Lana y Lisa si preguntan dónde estábamos? —Le preguntó Luna, mientras se acercaban cada vez más a la puerta de la cocina.
—Em… No, en realidad —dijo él, llevando una mano a su nuca—. Supongo que podemos, no sé, ¿improvisar algo?
Luna giró la cabeza para sonreírle.
—Algo se nos ocurrirá. Aunque… —Dijo, y su sonrisa vaciló—, ¿cuándo piensas decirle a las chicas? Tienes a cuatro de tus hermanas en la oscuridad, Lincoln. Sigo creyendo que tienen derecho a saberlo.
—Lisa sabe —dijo él simplemente. Venía caminando detrás de su hermana, por lo que la chocó cuando ella se detuvo de repente y volteó a verlo.
— ¿Lisa? —Preguntó, alzando las cejas— Pero… ¿Cuándo…?
—Lo descubrió por sí misma —respondió.
Luna parecía realmente sorprendida por aquella revelación. Se quedó en silencio durante varios segundos, con la mirada ligeramente perdida.
—Wow… Supongo que debería haberlo imaginado. Pero… ¿Cómo se lo tomó? —Preguntó, mordiéndose ligeramente el labio inferior.
Lincoln suspiró. ¿Valía la pena decirle a Luna que su hermana menor estaba buscando una cura para su enfermedad? No. No podía hacerle eso. No podía darles a sus hermanas una luz de esperanza. ¿Y si Lisa no lo conseguía? Sus hermanas mayores estaban sufriendo como no lo habían hecho en toda su vida. Él sentía y veía su dolor, la carga que llevaban, la agonía de la resignación. Estaban sufriendo demasiado como para darles la esperanza de que quizás todo podría evitarse. Si les daba esa esperanza y luego se las quitaba, entonces estaría causándoles el doble de daño. Él mismo prefería pretender que Lisa no estaba trabajando en una cura, porque ni él se atrevía a creer que había una posibilidad de que todo se resolviera. Era demasiado bueno para ser verdad. No podía permitirse esa ingenuidad.
—Está lidiando con ello a su manera —respondió, evitando la mirada de Luna, temiendo que su hermana pudiera ver lo que ocultaba—. Ya hablaré con ella, pero por ahora creo que necesita un tiempo a solas. Hablaré con todas, pronto. Yo… Sé que no puedo esconderlo por más tiempo. Te prometo que lo haré.
Si notó algo extraño en Lincoln, Luna no lo dejó saber. Simplemente le asintió, echó una rápida mirada a la puerta de la cocina para asegurarse de que nadie los estaba viendo, y abrazó fuerte a Lincoln contra ella.
—Está bien, hermano. Toma… Tómate tu tiempo. Sabes que puedes contar con el resto de nosotras para lo que sea que necesites, ¿no?
—Por supuesto —le aseguró, abrazándola también—. Y tú sabes que cuando quieras hablar, jugar, o simplemente estar conmigo sólo tienes que pedírmelo, ¿no?
—Sí —dijo con una sonrisa, separándose lentamente de él; se notaba que no quería emocionarse de más y entrar a la cocina llorando—. Lo sé. Vamos a desayunar, hermano.
Subieron los pequeños escalones hasta llegar a la entrada trasera de la cocina, y Luna abrió la puerta, entrando a la casa seguida por su hermano. Lamentablemente, todas sus hermanas estaban allí, por lo cual Lincoln supo que iba a tener que inventar una excusa de por qué había dormido en una carpa junto a Luna. Afortunadamente, sin embargo, pequeñas discusiones estaban teniendo lugar en aquel momento entre las gemelas y entre Lucy y Lynn. Quizás, si jugaban bien sus cartas, podrían pasar desaperci…
— ¡Í co!
Lily se acercó gateando hacia Lincoln, balbuceando todo el camino hasta llegar a sus piernas, tirando suavemente de su pijama para llamar su atención. No sólo llamó la atención de Lincoln, sino que las otras ocho niñas se percataron de que Lincoln y Luna acababan de entrar, en pijamas, desde el patio trasero. Las discusiones acabaron de inmediato. Los pequeños segundos de silencio se hicieron eternos para Lincoln, esperando a que la sorpresa pasara y las preguntas lo asediaran. Y dicho y hecho, apenas tres segundos luego de que Lily acabara con su posibilidad de escabullirse, las gemelas, Lucy, Lynn y Luan se acercaron a ellos, todas hablando al mismo tiempo y preguntándoles dónde habían estado. Luan parecía estar apenas preocupada, más que nada interesada en saber dónde había dormido Luna. Lynn sí se veía preocupada por Lincoln, aunque él no pudo tomar su preocupación muy en serio, pues estaba distraído por los guantes de cocina que llevaba puestos. Lucy estaba preguntándole con suspicacia, mientras que las gemelas habían dejado sus diferencias de lado para quejarse al mismo tiempo de no haber sido invitadas a una fiesta secreta.
Lincoln suspiró, mientras sus hermanas seguían acosándolo con preguntas. Tenía suficiente experiencia en caos de preguntas y en todas sus hermanas hablando al mismo tiempo como para simplemente ignorarlas hasta que se calmaran. Se agachó y levantó a Lily del suelo, alzándola en sus brazos. Ella no le preguntaba dónde había estado, no le exigía saber dónde había pasado la noche ni por qué no la había invitado. Ella sólo estaba feliz por verlo, y se lo hacía saber tomando mechones de su cabello y jugando con ellos con su mano, jalando dolorosamente de ellos. Él se dejó hacer, hasta que su hermanita amenazó con arrancarle el cuero cabelludo de raíz. En seguida le dio un pequeño beso en la nariz, para hacerla reír y que aflojara su agarre.
— ¡Lincoln, estamos hablándote! —Se quejaron Lola y Lana, llamando la atención de su hermano.
—De acuerdo —dijo él finalmente, resignado, acunando a su hermana bebé de manera que no pudiera jalarlo del cabello—. ¿Qué decían?
— ¡Queremos saber dónde estabas! —Preguntó Lana, con los brazos cruzados.
— ¡Y qué hacía Luna contigo! —Agregó Lola, con sus manos en la cintura.
—Oh, eso, sí —comenzó a decir él, tratando de ganar tiempo para que se le ocurriera una excusa—. Bueno… Verán…
Se le ocurrieron muchas excusas que decir, cada una más improbable y menos creíble que la anterior. Sus hermanas menores eran inocentes y fácilmente manejables para alguien con una mente tan astuta y perspicaz como la de Lincoln. Pero de todas formas no eran tontas, y cuando estaban enfadadas, ni siquiera la mejor de las excusas podría convencerlas. Eran capaces de no creerle incluso si decía la verdad. Afortunadamente, Luna le ahorró el trabajo de explicarse.
—Chicas, es culpa mía —dijo, dando un paso hacia delante—. Estaba muy enfadada anoche, así que me escapé y armé la tienda de papá en el patio trasero. No quería estar con nadie. Pero Lincoln me escuchó y decidió ir a dormir conmigo para que no estuviera sola.
Las chicas, con excepción de Lori, Leni, Lisa y Lily, miraron preocupadas a Luna. El recuerdo de lo que había hecho dos noches atrás seguía fresco en sus memorias. Luan y Lynn, sin embargo, miraron a Luna y Lincoln respectivamente, y con un simple intercambio de miradas comprendieron que había más en esa historia de lo que podían hablar frente a las menores. Sus rostros se relajaron un poco.
— ¿Pero por qué lo dejaste entrar si no querías estar con nadie? —Preguntó Lola.
Luna sonrió y cruzó un brazo sobre los hombros de su hermano.
—Él puede ser muy convincente —dijo en un suspiro, cerrando los ojos y abrazándolo un poco más fuerte con su brazo.
Lincoln vio cómo las mayores observaban la escena con una imposible mezcla de tristeza y alegría. Simpatía y resignación. Y también vio a las menores mirándolo con una ceja alzada.
—Oye, Lynn, ¿por qué tienes guantes de cocina? —Preguntó Lincoln, en un obvio y pobre intento por cambiar de tema.
—Oh —dijo ella, y Lincoln notó que sus mejillas llenas de pecas comenzaban a adquirir color—. Sí, esto…
—Ella decidió prepararte un desayuno especial —respondió Lucy por ella, cruzándose de brazos, como si estuviera reprochándole algo.
Él no recordaba haber visto a Lynn tan sonrojada en mucho tiempo. Miraba hacia el suelo y jugaba con sus dedos nerviosamente, sin atreverse a mirarlo. Las gemelas parecieron no estar particularmente interesadas en aquella discusión, así que volvieron a la mesa de los niños, donde tenían servidos sus desayunos. En cuanto se sentaron, comenzaron a pelear de nuevo. Lincoln no supo qué decirle con exactitud a Lynn. Desvió la mirada hacia la encimera, y vio un plato con lo que parecían ser varios hotcakes algo quemados y con bordes desprolijos.
— ¿Eso es para mí? —Preguntó Lincoln, separándose suavemente de Luna y caminando hacia la encimera.
—Yo… Sí. Sí, son para ti —dijo Lynn, apenada—. Pero creo que los dejé demasiado tiempo al fuego, y se quemaron un poco. Puedes dárselos a Charles si quieres.
Señaló al perro que estaba comiendo de su plato en el suelo. El animal volteó unos segundos tras escuchar su nombre, pero en seguida volvió a lanzarse de cabeza hacia su alimento.
—Estoy seguro que estarán deliciosos —le aseguró con una sonrisa.
—Eso es, como que, súper tierno, Lynn —dijo Leni, sonriendo como sólo ella sabía hacer, contagiando alegría.
Los cumplidos sólo sirvieron para avergonzar aún más a Lynn, aunque detrás del sonrojo, su rostro escondía una pequeña sonrisa.
—Pero, ¿por qué decidiste preparar el desayuno? —Preguntó Lucy, aún con sus brazos cruzados sobre su pecho— Tú nunca has cocinado.
Lincoln, quien había tomado el plato y un vaso de leche con intenciones de dirigirse a la mesa de niños a desayunar, se detuvo. Lynn miraba a Lucy, y ya no se la veía avergonzada ni tímida. Se la veía como cuando alguien insinuaba que no era capaz de batir su récord anterior, o cuando iba perdiendo en el Monopoly.
—Siempre hay una primera vez, ¿no?
—¿Y por qué sólo le preparaste el desayuno a Lincoln? Ni siquiera te preparaste para ti.
—Porque… Pues porque…
— ¿Si?
Era difícil decirlo por los guantes de cocina, pero Lincoln estaba seguro que Lynn estaba apretando sus puños. Parecía estar a punto de gritar algo, pero para sorpresa de Lincoln, su hermana mayor simplemente suspiró, y su rostro de repente adoptó una mueca burlona.
— ¿En serio crees que probaría mis habilidades de cocina en mí? Ni hablar. Para esto tengo a mi pequeño tonto de prueba, que probará mi comida a riesgo de sufrir dolor de estómago más tarde.
Mientras se burlaba de él, rodeó un brazo por alrededor de su cuello, atrapándolo en lo que normalmente era una llave de lucha libre. Pero en aquella ocasión Lynn no apretaba su cuello tratando de dejarlo sin respiración. Muy disimuladamente, para no levantar sospechas, lo tenía suavemente tomado, acercándolo contra ella, en una especie de abrazo disfrazado.
—Hace un minuto dijiste que podía darle los hotcakes a Charles por estar un poco quemados—remarcó Lucy—, pero ahora estás implicando que no te importa si Lincoln los disfruta o no. ¿Cuál es la verdad, Lynn?
Lincoln sintió los músculos del brazo de Lynn tensándose alrededor de su cuello.
—Quisiera que alguien los pruebe para que me diga la verdad acerca de cómo salieron, y sé que sólo Lincoln aceptaría si se lo pido —explicó suavemente Lynn, demasiado calmada—. Es la primera vez que hago esto, así que estoy un poco nerviosa, y tampoco quiero obligarlo a que coma algo que no quiera. ¿Eso satisface tu curiosidad, Lucy?
— ¿Y por qué…?
—Suficiente, Lucy —intervino finalmente Lori, colocando una mano sobre el hombro de la pequeña—. ¿Te molesta que Lynn le haya cocinado a Lincoln?
—No, pero…
— ¿Te afecta de alguna forma?
—No…
—Entonces déjalos ser, Lucy —dijo con una sonrisa.
La chica gótica dejó salir un gran suspiro, tomó su desayuno y se dirigió a la mesa de los niños, a desayunar junto a Lisa, Lily y las gemelas. Lincoln también amagó a seguirla, pero Leni lo detuvo.
—Oye, Linky… ¿No quieres ir con nosotras a la mesa de los grandes? —Le preguntó con una sonrisa.
El resto de sus hermanas mayores lo miraron expectantes, conteniendo la respiración mientras aguardaban por su respuesta. Leni, sin embargo, lo miraba con tranquilidad, con una sonrisa demasiado sincera. Leni seguía siendo un misterio para Lincoln. ¿Cuánto entendía de lo que estaba pasando? ¿Era consciente de lo que iba a suceder? Sentía que pronto debería preguntarle a Lori su opinión, para saber qué era lo que estaba sucediéndole a su segunda hermana mayor. Era una incógnita, aunque en definitiva, Lincoln no podía decir que lo molestaba.
Echó un vistazo a la mesa de los niños. Lucy y Lisa habían iniciado una pequeña guerra de comida entre ellas. Lily comía tranquilamente, haciendo ruidos con su cuchara. Las gemelas volvían a estar discutiendo. Un ambiente que no parecía ser muy tranquilo, en verdad.
— ¿Qué dices? —Insistió Leni, sin presionarlo.
—Yo… Sí, ¿por qué no? —Dijo Lincoln finalmente, sonriéndole.
A juzgar por sus rostros, uno podría haber creído que las hermanas mayores de Lincoln se habían enterado de que Navidad llegaba antes ese año. Lo acompañaron hasta la mesa de los grandes con las más sinceras sonrisas que él recordaba haber visto en ellas en mucho tiempo. Cuando se sentó, notó que Lynn inmediatamente tomaba asiento junto a él, y Leni ocupaba el otro lugar a su lado. Luna y Luan se sentaron juntas, cerca de él también, y Lori eligió estar justo frente a Lincoln, en el otro lado de la mesa.
—En serio, Lincoln, si no quieres no tienes por qué probarlos —dijo Lynn nuevamente, mirando con desconfianza sus hotcakes.
— ¿Bromeas? ¡Se ven deliciosos! —Dijo. Se apresuró a cortar un trozo y servirse su primer bocado del día. Estaban algo quemados, sí, pero de hecho sabían mucho mejor de lo que él había esperado. — ¡Lynn, son muy buenos!
El rostro de su hermana se iluminó.
— ¿En serio? No tienes que mentirme, sabes…
—No, en serio, están geniales. ¿En serio es la primera vez que los haces?
—Yo… Sí. Sí, es la primera vez —respondió con un leve sonrojo.
—Te felicito, entonces.
Lynn se apresuró a tomar su taza de café y la llevó a su boca. No era fácil beber con una sonrisa de oreja a oreja, pero se las arregló para no derramar nada.
—Lincoln, no te peinaste, ¿verdad? —Preguntó Leni, mirando su cabello con el ceño fruncido.
—No, no pude ir al baño aún —respondió Lincoln.
—Descuida, yo me encargo —dijo ella con una sonrisa.
Creyó que sacaría un peine de su vestido —Lincoln había visto a sus hermanas sacar cosas más extrañas de sus vestidos—, pero Leni se limitó a comenzar a peinar su cabello con sus dedos. Comenzó a acomodar sus mechones blancos, sin jalar y sin que le doliera. Lincoln de hecho se encontró disfrutando de aquella suerte de masaje, de esas suaves caricias con las que su hermana lo peinaba.
— ¿Así que la tienda de papá? —Preguntó Luan, mirando a Luna.
—Sí. Aunque, ya sabes —dijo, bajando el tono de voz para que no lo escucharan desde la cocina—, fue todo idea de Lincoln.
—Lo imaginé —agregó, sonriendo ligeramente—. Y… ¿Pudieron hablar?
—Sí, tuvimos una charla —dijo Luna, mirando con tristeza su taza de café—. Me hacía falta una.
Luan colocó una mano sobre la de Luna, acariciándola suavemente.
—Lincoln da buenas charlas —dijo sencillamente, y ambas desviaron sus miradas hacia su hermano menor.
Lo miraban con cierta nostalgia y tristeza, lo cual incomodó un poco a Lincoln. Quiso sonreírles para aliviar la tensión, pero se olvidó que estaba comiendo sus hotcakes, por lo que al separar sus labios un poco de la masa se escapó de su boca, cayendo sobre su pijama. Todas sus hermanas comenzaron a reír tras ver aquello. Lincoln supuso que un acto embarazoso valía la pena para que todas rieran, incluso si era a costa suya.
—Bueno, estoy segura que la charla de Lincoln te sirvió para que entiendasque te queremos, Luna —dijo, riendo un poco al final—. ¿Entiendes?
Lincoln, Lynn y Lori dejaron escapar un breve quejido, aunque las sonrisas en sus rostros dejaban más que claro que estaban felices de volver a escuchar las bromas de su hermana. Luna sí se permitió dejar escapar una suave risita, mirando con cariño a su hermana menor. Y luego volteó a ver a Lori, esta vez mirándola con mucho arrepentimiento.
—Lori… Lo siento. Perdón por todas las cosas que te dije. Estaba…
—Está bien, Luna —la interrumpió Lori—. Yo también estuve mal.
—No, fue todo mi culpa. Hice… Hice tantas tonterías —dijo Luna, preparándose para llorar.
Lori desvió la mirada hacia la mesa de los niños. Cuando vio que ninguna de sus hermanas menores estaba interesada en lo que pasaba en el comedor, se puso de pie y se acercó a Luna. La rockera no tardó ni un segundo en ponerse de pie y lanzarse a los brazos de su hermana mayor. Las dos se abrazaron, con Lori acariciándole suavemente la espalda.
—Luna, te perdono —le dijo con tranquilidad—. En serio. Sólo estaba preocupada.
—Te prometo que no lo haré de nuevo.
—Al menos hasta que tengas dieciocho —agregó Lori, separándose de su hermana. Luna rió un poco, y tras secarse los ojos con el dorso de su mano, volvió a sentarse junto a Luan, mientras Lori regresaba a su asiento y le preguntaba a Lincoln cómo estaban sus hotcakes, ganándose una ruda advertencia de Lynn de que no se atreviera a burlarse de sus habilidades culinarias.
Lincoln no pudo evitar sentirse feliz. Todas sus hermanas mayores estaban sentadas con él en la mesa, y todas sonreían. Luna y Luan charlaban felizmente, tomadas de la mano. Lori provocaba con una sonrisa a Lynn, preguntándole si estaba pensando en unirse al equipo de cocina de la escuela media, y la deportista respondía agresivamente que si ella quisiera podría ganar el Súper Tazón de la cocina, que no había oro que pudiese escapar de su alcance si se lo proponía. Y mientras tanto, Leni continuaba acariciando el cabello de Lincoln, incluso aunque él estaba seguro de que ya no necesitaba peinarse. Ella seguía jugando con mechones de su cabello, tarareando una melodía cualquiera.
En sus once años, nunca le había prestado mayor atención a los desayunos. Normalmente estaba soñoliento, y era una de las obligaciones de la rutina, como lavarse los dientes, no era algo que se detenía a apreciar. Aquella mañana, sin embargo, dedicó mucho tiempo a ver a sus hermanas desayunando en la mesa. A verlas reír, a verlas fingir una pelea, a disfrutar del contacto con ellas. Disfrutar del tiempo compartido.
Mientras terminaba su segundo hotcake, Lincoln se lamentó el no haber disfrutado antes de los desayunos junto a sus hermanas.
El ruido proveniente desde la cocina, donde estaba la mesa de los niños, había estado creciendo paulatinamente desde que los grandes se habían ido al comedor. No fue sino hasta que escucharon el ruido de un objeto de vidrio rompiéndose en pedazos que los mayores se vieron forzados a intervenir. Todos se pusieron de pie y se dirigieron a la cocina. Lisa, Lucy y Lily miraban boquiabiertos a las gemelas, quienes estaban frente a frente, separadas por centímetros apenas, gritándose. En el suelo, un vaso de leche completamente destrozado.
— ¡Siempre arruinas todo!
— ¡Todo tiene que ser siempre a tu manera!
— ¡¿Te mataría tener un poco de clase?!
— ¡¿Tanto te cuesta compartir?!
— ¡Voy a decirle a mamá que rompiste un vaso!
— ¡Pues yo le diré que TÚ rompiste un vaso!
— ¡Suficiente! —Gritó Lori, mientras Lynn y Luna separaban a las gemelas— ¿Qué pasó?
— ¡Era mi turno de servirme un vaso de leche! —Gritaron ambas niñas al mismo tiempo, mirándose con odio y recelo.
—Por Dios… ¿Literalmente se pelaron por ver quién se servía un baso de leche primero?
— ¡Es culpa de ella! —Gritaron las dos voces al mismo tiempo.
—Vamos, chicas, no pueden pelearse siempre —dijo Leni con ternura, agachándose para estar a la altura de las dos pequeñas.
Trató de hacer que se miraran, pero Lana se zafó del agarre de Luna.
— ¡Ya está! ¡No voy a desayunar con ella!
Incluso antes de que Lynn pudiera reaccionar, lo cual era un hecho a destacar, Lana se escapó corriendo entre las piernas de sus hermanos mayores, directo a las escaleras. Todos se quedaron en silencio durante varios segundos. Como casi siempre, fue Lori quien reaccionó primero.
—Lynn, Luna, vengan conmigo. Vamos a ver a Lana. Leni, Luan, quédense con Lola.
— ¿Amerita esto a llevar el nivel de alerta a "tormenta eléctrica"? —Preguntó Lisa, en referencia al protocolo de pelea de hermanas.
—No. Esto no entra en el protocolo, vamos a solucionarlo antes de que pase a mayores —dijo Lori, finalmente alejándose junto con las dos hermanas designadas para ir a hablar con Lana.
Se podía sentir la tensión en el aire. Lola se había sentado en su silla, con los brazos cruzados, aparentemente sin apetito. Lucy y Lisa se turnaban en mirarse entre ellas y dirigirle una mirada a la rubia, quien simplemente miraba su plato. Lincoln no pudo evitar sentirse culpable. Si se lo decía a sus hermanas, seguramente tratarían de decirle que no debía culparse a sí mismo, que él no tenía nada que ver. Pero Lincoln estaba convencido de que en parte era su culpa. Lana y Lola siempre se peleaban, como era de esperarse entre dos gemelas con personalidades tan distintas. Siempre había sido con cierto nivel de broma, sin embargo. Nunca habían tenido peleas tan serias de forma tan seguida, en tan poco tiempo. Lincoln estaba seguro de que esta animosidad entre ellas no era casual. Era claro que había comenzado desde que Lincoln había sido internado en el hospital, exactamente una semana atrás. No era la primera vez que las chicas actuaban distinto por culpa del ambiente de la casa. En otras ocasiones, como cuando su padre había sido operado por una hernia, o cuando Lynn se había fracturado un codo, la tristeza general de la casa se había manifestado en las gemelas en forma de pelea. Era su forma de descargar la tensión. Evidentemente, ellas podían sentir que algo andaba mal en la casa, pero eran demasiado pequeñas e inocentes como para entender qué.
Sintiendo que era responsable de lo que había sucedido, Lincoln se puso como objetivo arreglar las cosas entre sus hermanas menores. Leni se había acercado a Lola y trataba de hacerla entrar en razón, pero la pequeña no quería escucharla. Luan había ido a buscar un trapeador para limpiar la leche que se había derramado al suelo, así que esquivándola, Lincoln fue al otro lado de Lola.
—Hey —la llamó, arrodillándose al suelo para estar a su misma altura.
Lola seguía cruzada de brazos, sin mirarlo.
—Lola, mírame —le pidió con suavidad.
Su hermana era sumamente autoritaria. No sólo era bella como una princesa, sino que vivía como si un día tuviera que tomar el trono del reino, practicando su aire de superioridad y suficiencia. No le gustaba recibir órdenes, sólo dejaba que unos pocos miembros de la familia trataran de ordenarla. Obedecía a sus padres porque debía hacerlo, y porque sabía que en el fondo querían lo mejor para ella. Obedecía a Lori porque respetaba su liderazgo y su forma de ponerse al hombro a todos sus hermanos.
Y finalmente, obedecía a Lincoln, porque lo quería mucho, y porque confiaba en él. Era más que su hermano mayor, era un ejemplo a seguir. Nunca lo admitiría en voz alta, pero por más que tuviera el asqueroso hábito de pasearse en ropa interior por la casa para leer sus cómics, Lola lo admiraba en más de un sentido.
Por eso, cuando él le pidió de forma tan gentil que lo mirara, ella lo hizo.
—Estás con ella, ¿no es así? —Le preguntó, mirándolo a los ojos con el ceño fruncido y haciendo puchero.
— ¿Qué?
—Crees que yo tengo la culpa y apoyas a Lana, ¿no? —Volvió a decir.
Lincoln quedó atónito.
—Lola, ¿de qué hablas? —Dijo, sin poder creer lo que escuchaba.
— ¡Lo que oíste! ¡Antes de ayer fuiste a jugar con Lana a plantar árboles, y me dejaste sola! ¡Y ahora que nos peleamos de nuevo vienes a regañarme y a decirme que es mi culpa! ¡Porque tú la quieres más a ella!
El cerebro de Lincoln comprendió lo que estaba sucediendo: su hermanita estaba celosa.
—Lola, sabes que eso no es cierto —intervino Luan.
—Lincoln no quiere más a Lana, Lincoln nos quiere a todas por igual —agregó Leni con una sonrisa, aunque ésta vaciló de repente, mientras miraba a su hermano—. ¿No?
Él no pudo evitar sonreír un poco.
—Por supuesto que sí. Todas ustedes son especiales para mí, y las amo a todas lo mismo. Tú, por ejemplo —le dijo, apretando suavemente con un dedo la nariz respingada de su hermanita—, eres mi princecita especial. Siempre lo serás, Lola. Siempre.
La dura expresión de la niña se suavizó tras aquellas palabras. Ahora ya le costaba trabajo mirar a los ojos a Lincoln, y de repente parecía sumamente interesada en las baldosas de la cocina.
—Ahora, ¿qué te parece si vamos a pedirle perdón a Lana, está bien? —Le sugirió Lincoln.
—Pero no fue completamente mi culpa —replicó, aunque sin demasiada convicción.
—No digo que lo haya sido. No te estoy culpando, estoy seguro de que las dos fueron igualmente responsables. Tú pide disculpas por tu parte, y yo me aseguraré de que ella pida disculpas por la suya. Yo te acompañaré. ¿Estás de acuerdo?
Le ofreció su mano. Ella la miró, después a sus ojos, y luego a la mano de nuevo. La más pequeña de las sonrisas fue insinuada en sus labios, pero Lincoln la detectó de inmediato. Ella puso su mano sobre la de él, dejó que él la tomara, y permitió que Lincoln la ayudara a ponerse de pie. Sin poder resistirse, abrazó la pierna de Lincoln, mientras él acariciaba suavemente su cabello. Lucy y Lisa miraban con interés la escena, Lily babeaba sobre su comida, y Luan y Leni tenían ganas de sonreír y de llorar al mismo tiempo, aunque estaba todo disimulado en una sonrisa producto de la ternura de la escena que acababan de ver.
Lincoln y Lola, tomados de la mano, caminaron en dirección a la habitación de las gemelas, pero se detuvieron en el comedor cuando vieron que Lori volvía caminando de la mano de Lana. Luna y Lynn aparecieron detrás de ellos. La mayor y el único chico de la familia intercambiaron una sonrisa. Al ver que su gemela se acercaba, ambas se escondieron parcialmente detrás del hermano que las acompañaba, pero cuando quedaron frente a frente, no tuvo más sentido tratar de ocultarse.
—Creo que las dos tienen algo que decirse —dijo Lori, con tranquilidad.
Lana miró a Lori, y Lola a Lincoln. Él asintió y apretó suavemente su mano, para darle seguridad. Las dos gemelas suspiraron y, con la mirada fija en el suelo, dijeron al mismo tiempo:
—Lo siento.
No parecían estar del todo convencidas de sus palabras, pero estaban haciendo el intento, y los otro nueve hermanos sonrieron ante la escena.
— ¡Oh, genial, están todos aquí!
El señor Lynn apareció por el umbral que comunicaba el comedor con la sala de estar. Estaba sonriendo de oreja a oreja, y todos notaron que no vestía su suéter verde y pantalones marrones, sino que llevaba unas bermudas de jean que dejaban ver sus peludas piernas, y una camisa de manga corta aguamarina. Era una linda mañana, pero aún así era extraño verlo vestido de esa forma.
— ¿Cómo están, chicos, ya desayunaron? —Preguntó, de muy buen humor.
Sus once hijos se quedaron mudos.
— Tomaré eso como un sí. Bueno, Lincoln, ve a tu cuarto a cambiarte.
— ¿Por qué?
—Vamos a ir al Museo de Ciencias Naturales. Te gustan las monedas, ¿no? Leí que hay una exposición de viejos dracmas y óbolos de la Grecia antigua. ¡Será divertido!
Coleccionar monedas era un pasatiempo maravilloso. La historia de las monedas era una historia tan interesante como cualquier cómic de Ace Savvy. Siempre que compartía su pasión por las monedas, la gente se le quedaba mirando, juzgándolo sin saber. A él no le importaba, disfrutaba haciendo lo que le gustaba. En cualquier otra ocasión, habría estado encantado de poder acompañar a su padre a un museo para ver monedas de más de dos mil quinientos años de antigüedad.
Pero, ¿valía la pena perderse una tarde con sus hermanas para ir a ver unas estúpidas monedas? ¿De qué le servía a él ahora apreciar la textura, el tamaño, las inscripciones de algo que había pasado miles de años atrás? Su lista de objetivos no incluía nada relacionado a su colección de monedas, y en cambio estaba llena de casilleros sin marcar aún que sí estaban relacionados a sus hermanas, amigos y familiares. Sus prioridades habían cambiado de repente. Ahora dejaría de lado todos sus hobbies sólo para seguir disfrutando de un desayuno junto a su familia.
—Papá, no sé si sea una buena…
—Hijo, hazme caso, ve a cambiarte —dijo.
Su sonrisa no flaqueó en ningún momento, pero Lincoln sintió el cambio de tono. Quedó claro que no había otra opción.
—Yo… De acuerdo.
Derrotado, subió las escaleras hasta su habitación. Con la mente en otro lado, se golpeó la cara contra la puerta cuando quiso abrirla y ésta no se movió. Con fastidio, buscó en su bolsillo la llave de su habitación.
Todavía no se acostumbraba a tenerla.
Una vez allí dentro, lo primero que hizo fue tachar el sábado en su calendario. Con eso, la primera de las dos semanas que le quedaban ya había acabado. Comenzó a temblar ligeramente cuando vio los pocos casilleros que faltaban para llegar al próximo domingo. Una semana. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas.
No quería pensar en ello. Se quitó su pijama y se colocó su ropa de día lo más rápido que pudo. Quería alejarse de allí, ir a distraerse con su padre. Prácticamente escapó de su habitación, dando un portazo a su puerta mientras se alejaba a toda velocidad. La puerta de entrada estaba abierta, y escuchó el ruido de la puerta de Vanzilla cerrándose. Mientras caminaba hacia la puerta, echó una mirada al resto de la casa. Lori y Leni estaban todavía en el comedor, terminando sus desayunos, mientras que Luna, Luan y Lynn estaban sentadas en el sofá, encendiendo la televisión, aunque ninguna se veía particularmente animada. Las menores parecían estar todas en la cocina.
Cerrando la puerta de entrada detrás de sí, Lincoln lamentó el repentino cambio de humor en sus hermanas mayores.
Subió a la camioneta en el asiento del pasajero, ajustó su cinturón de seguridad y esperó a que su padre encendiera el motor.
— ¿En serio vamos a ir al museo? —Le preguntó. No dudaba que su padre creyera que eso podría animarlo, pero realmente se le hacía difícil imaginarlo decidiendo que precisamente eso sería la mejor forma de pasar el que podría ser su último domingo.
—Por supuesto que no —respondió el señor Lynn, finalmente logrando que la camioneta arrancara—. Lo dije para que ninguna de las chicas quisiera venir con nosotros.
— ¿Eh? —Dijo Lincoln, completamente sorprendido— ¿Y a dónde vamos?
Vanzilla abandonó la acera, y se alejó por la calle, en el sentido contrario al museo.
—Vamos a pescar, hijo.
El viaje de cincuenta minutos hasta el Lago de Plata, el lago más famoso de Royal Woods, pasó increíblemente rápido para Lincoln. Al principio, ni él ni su padre hablaban mucho, este último haciéndole triviales preguntas acerca del desayuno, el tráfico, e incluso llegó a hablar del clima. Lincoln respondió como pudo, aunque le costaba sentirse cómodo.
No era fácil hablar cuando ambos sabían que había una conversación más importante y evidente que ninguno de los dos quería empezar.
Afortunadamente, su padre cambió a una estación de radio que estaba pasando una canción que ambos reconocieron de inmediato, aunque sus opiniones al respecto fueran muy diferentes.
—Oh, Santo Cielo, ¿qué han hecho? —Se quejó en voz alta Lynn Sr, completamente indignado— ¿Cómo se atreven a profanar de esta forma Life is a Highway, la mejor canción de Tom Cochrane? ¡Esta canción tenía alma, cómo pueden volverla un éxito pop así como nada!
—A mí me gusta esta canción —dijo Lincoln con una sonrisa—. Está en 'Cars', cuando el Rayo McQueen está dentro de su amigo camión y conducen por la carretera interestatal.
—Por supuesto que te gusta, es una gran canción, pero si conocieras la original, no dirías lo mismo.
—Aún así, esta está muy bien —dijo, subiéndole un poco más al volumen—. Hace unos años Luna me encontró escuchándola en mi habitación, y cuando le dije que me gustaba mucho se la aprendió en una hora. Fuimos al garaje y estuvimos toda la tarde cantándola.
Su padre sonrió ante el entusiasmo de Lincoln, quien había empezado a mover la cabeza al ritmo de la letra. Lynn Sr tenía sus motivos para siempre preferir a Tom Cochrane, pero en el fondo no pudo evitar darle la razón: era una excelente versión. Antes de que ninguno se diera cuenta, ambos estaban cantando el estribillo a todo volumen.
—Life is a highway, I wanna ride it all night long! If you're going my way, I wanna drive it all night long! (La vida es una carretera, quiero conducirla toda la noche. Si vas por mi camino, quiero conducir por él toda la noche).
Los dos sabían la letra, así que se divirtieron turnándose para cantar los distintos versos. Cuando la canción terminó, padre e hijo reían en el asiento delantero de la camioneta.
—Bueno, no estuvo tan mal después de todo, ¿no? —Rió Lincoln.
—Tengo que admitirlo, sonó bastante bien —concedió Lynn—. Aunque nadie le gana a Tom Cochrane.
— ¿Y quién es ese, a todo esto?
Su padre le dedicó una mirada de falso desprecio.
—Estos niños… No conocen a las leyendas… ¡Un gran cantante, eso es! Para tu información, tu hermana Lynn se llama así por él.
— ¿Qué? —Preguntó Lincoln, mirándolo sin entender, creyendo que era otra de sus malas bromas— ¿Cómo que se llama así por él?
—Tom Cochrane nació en Lynn Lake, una ciudad de Canadá —ante el silencio de su hijo, Lynn Sr volteó a verlo, encontrándose con una cara de sorpresa y estupefacción—. ¿Qué? ¡Es en serio! ¿Por qué creíste que se llamaba así?
—Oh, no lo sé —dijo Lincoln, con mucho sarcasmo en sus palabras—. Tenía la tonta idea de que quizás se llamaba así porque era el nombre de su padre.
Lynn Sr dejó escapar una risa.
—Oh, Lincoln, ¿crees que tu madre me habría dejado ponerle ese nombre si no fuera porque ella también es fanática del buen Tom? No fue tan difícil convencerla, en especial cuando… ¡Oh, esta es otra gran canción!
La estación puso una movida canción de los ochenta que el señor Loud había bailado en su época y que Lincoln conocía gracias a Luna. Comenzaron a cantar nuevamente. Y a la canción que le siguió. Y la siguiente también.
Michigan es conocido como el Estado de los Grandes Lagos. Limita con cuatro de los cinco grandes lagos de Norteamérica, lo cual lo vuelve uno de los Estados más hermosos para visitar y apreciar la belleza de la naturaleza. Lincoln, en teoría, sabía estas cosas. Se lo habían enseñado en la escuela, lo había oído de parte de sus padres y había visto varias fotos en internet de los lagos de su Estado. Sabía que vivía en un lugar con maravillas naturales, como el cañón Grand Venture. Pero no fue sino hasta que se detuvo en la orilla del Lago de Plata que fue plenamente consciente de aquel hecho.
Su padre había conducido por la carretera hasta llegar a un pequeño camino de tierra sin señalizar que se internaba en uno de los bosques. Había seguido varios minutos más, hasta que los árboles se fueron abriendo y llegaron finalmente al lago. Era muy grande. Parado cerca de la orilla, Lincoln suponía que debía haber más de doscientos metros hasta el otro lado. No sólo se podía ver la hermosura del agua reflejando toda la vegetación que lo rodeaba y el cielo azul, sino que también se podían apreciar en el horizonte las siluetas de las montañas.
Lincoln se detuvo de pie, contemplando el hermoso paisaje. De haber sabido que algo tan hermoso como lo que tenía frente a sí existía tan cerca de su casa, lo habría incluido en su lista de objetivos. El lago se veía tan hermoso, tan espejado… No pudo resistir la tentación. Tomó la piedra más lisa que pudo encontrar y la lanzó con fuerza. Rebotó cinco veces sobre la superficie del agua antes de hundirse definitivamente. Lincoln cerró su puño en el aire, contento. Lynn habría estado completamente celosa de aquel lanzamiento.
— ¡Lincoln! ¿Es que quieres ahuyentar a todos los peces? ¡Ven aquí y ayúdame a bajar las cosas de la camioneta!
Lincoln atendió al llamado de su padre y fue a ayudarlo. En el asiento trasero, tapados bajo una frazada para que ninguna de sus hermanas pudiera verlos por error, Lincoln encontró todos los elementos de pesca que la tarde anterior había visto preparados en el garaje. Su padre tomó las cañas de pescar, la ropa y una pequeña heladera portátil con carnada y sus almuerzos. Lincoln, por su parte, tomó las dos sillas plegables que estaban allí y con cierta dificultad las llevó hasta la orilla del lago. Las armó a varios metros del agua.
—De hecho, Lincoln —sugirió su padre, apoyando las cosas en el suelo—, ¿por qué no ponerlas en la orilla? No hay nada como pescar con el agua en los tobillos.
Sonriendo ante la idea, Lincoln se quitó sus zapatillas, sus calcetines, arremangó sus pantalones y colocó las sillas como su padre le había dicho. El agua estaba algo fría, pero la sensación de pisar el suelo arcilloso del agua fue sumamente agradable. Su padre le pasó uno de los chalecos, un sombrero para proteger su rostro del sol, una caña, y en cuestión de minutos padre e hijo lanzaban sus líneas lo más lejos posible.
— ¿Y ahora qué? —Preguntó Lincoln con una sonrisa.
—Y ahora, esperamos.
Lincoln asintió. Sabía que no había mucho más que hacer ahora que la carnada estaba en el lago. La pesca era el deporte de la paciencia.
—Oye, ¿papá?
— ¿Si?
— ¿Es cierto lo de Lynn? ¿En serio le pusieron ese nombre porque fue la ciudad donde nació aquel cantante?
—Absolutamente —respondió Lynn, mientras hacía un pequeño movimiento con su caña para ajustar la tensión de la línea—. Es decir, obviamente también ayudó que fuera mi nombre. Pero, verás, no sólo es uno de los cantantes favoritos de tu madre y de mí, sino que fue su música la que sonaba cuando…
Lynn carraspeó y ganó tiempo acomodando innecesariamente los adornos de anzuelo que colgaban de su sombrero.
—Bueno, basta con decir que estuvo muy involucrado en la… concepción de Lynn Jr.
— ¡Papá! —Se quejó Lincoln entre risas, moviendo su pie para salpicar un poco a su padre— ¡Demasiada información!
— ¡Tú fuiste quien preguntó!
Los dos comenzaron a reír. Un verdadero pescador habría estado indignado por el ruido que hacían, pero ninguno de los dos Loud estaba preocupado por ello.
— ¿Y cómo es que eligieron nuestros nombres? O sea, ¿por qué todos empiezan con la misma letra? —Quiso saber Lincoln.
El por qué todos tenían las mismas iniciales era uno de los grandes misterios de la familia, y nunca nadie se había detenido a preguntárselo a sus padres.
—Es una muy buena pregunta, hijo. Tienes todo el derecho de no creerme, pero la verdad es que no lo hicimos a propósito. Tuvimos un motivo para ponerles los nombres que les pusimos a cada uno de ustedes. Algunos tendrán más sentido que otros, algunos serán más importantes, pero tuvimos motivos para nombrarlos como lo hicimos.
— ¿Y cuáles fueron?
—Bien, vamos desde el principio. Lori es el nombre de una vieja amiga mía, que me dio el doceavo mejor regalo que he recibido en mi vida.
— ¿El doceavo? —preguntó Lincoln, alzando una ceja.
—Nos presentó a tu madre y a mí —respondió sencillamente—. Se mudó a otro estado varios años luego de habernos presentado, y perdimos contacto con ella. Pero verás… Tu madre y yo estuvimos juntos durante unos tres años y medio, y entonces tuvimos una pelea. Una pelea bastante fuerte.
La sonrisa de Lincoln abandonó su rostro.
— ¿Tú y mamá se pelearon? —Preguntó.
—Sí. Fue una tontería, en serio, ni siquiera puedo recordar por qué fue. Pero éramos jóvenes y muy susceptibles y… Y decidí terminar con ella —dijo con tristeza, la mirada perdida en el reflejo de las montañas en el lago.
Lincoln tragó aire.
— ¿Terminaste con ella? Pero… ¿Cómo…? ¿Qué pasó para que se reconciliaran?
—Lori.
— ¿Volvió de donde se había mudado?
—No, no… Lori, tu hermana —le explicó—. Tu madre estaba embarazada. Cuando se enteró, al principio no quería decírmelo. Pero finalmente nos reunimos y me lo contó. Y… Bien, lo cierto es que no estábamos en los mejores términos. Pero era nuestra hija, ya no se trataba sólo de nosotros. Teníamos que pensar en lo mejor para ella. Así que arreglamos nuestras diferencias y volvimos a tratar de formar una familia. Para cuando ella nació, Rita y yo estábamos enamorados de nuevo. Y nos dimos cuenta de que habíamos vuelto gracias a la bebé. Ella nos había unido, y decidimos ponerle el nombre de la chica que nos había presentado en un principio, para recordar por siempre que era gracias a ella que estábamos juntos y felices.
—Vaya —dijo Lincoln, alzando las cejas y dejando salir un silbido—. No… Nunca me hubiera imaginado que habían estado a punto de separarse.
—Pero el destino quiso que formáramos una familia —dijo, tratando de tranquilizarlo—. Y creo que cumplimos con creces.
El chico de camisa naranja rió.
— ¿Y qué hay del resto? ¿Por qué 'Leni'?
—Oh, esa es una historia que no nos gusta contar —respondió, negando con la cabeza—. Verás, ella tuvo… problemas durante el embarazo.
— ¿Problemas?
—Leni nació un mes antes de lo planeado. No fue tan grave, en verdad, el hospital estaba muy bien preparado. Pero nosotros aún éramos padres primerizos, hacía menos de un año que Lori había nacido, y ver a nuestra pequeña en una incubadora… No fue fácil. Estábamos muy asustados. Y entonces, durante la segunda noche desde el nacimiento, una enfermera se nos acercó. Parecía más una cocinera de prisión, Lincoln, te lo juro. Sus brazos eran más grandes que mis piernas. Por un momento creí que venía a golpearme. Pero no. Se quedó con nosotros durante horas, explicándonos que todo iba a estar bien, calmando a Rita, incluso acunando a la pequeña Lori hasta que se durmiera. Estábamos muy asustados, y esa maravillosa enfermera nos ayudó.
Hizo una pequeña pausa, en la cual su sonrisa volvió, y giró la cabeza para mirar a Lincoln.
— ¿Crees poder adivinar cómo se llamaba esa maravillosa señora?
—Leni —dijo Lincoln, comprendiendo de repente.
Su padre asintió, y los dos sonrieron en silencio durante algunos segundos.
—Te prometo que el resto de los motivos no son tan tristes —le aseguró—. Cuando tu madre estaba embarazada de nuestra tercera hija, hubo una noche que salimos a pasear, llevando a Lori y Leni en su carrito doble. Estábamos pensando en qué nombre ponerle a esta nueva niña, cuando nos detuvimos a observar el cielo. Las estrellas brillaban aquella noche, y la Luna estaba llena. El reflejo de aquella luz plateada en un estanque del parque fue la vista más hermosa que habíamos tenido en mucho tiempo, y fue por eso que decidimos llamarla Luna.
— ¿Y qué hay de Luan? —Preguntó Lincoln, fascinado por estar descubriendo toda esta información acerca del pasado de su familia— ¿Por qué le pusieron ese nombre?
—Esta historia sí que es graciosa —dijo Lynn Sr dejando escapar una pequeña risa—. Lo cual es irónico. Verás, para cuando tu mamá quedó embarazada de nuestra cuarta hija, Lori estaba a punto de cumplir tres años. Estábamos tratando de enseñarle a que pronunciara los nombres de la familia, y no había forma de lograr que dijera "Luna" correctamente. Siempre lo pronunciaba "Luan". No me preguntes por qué, pero así era. Y pues…
Tuvo que detenerse algunos segundos para reír antes de seguir.
—Ok, escucha esto: me pareció que sería graciosísimo ponerle Luan a la nueva bebé, sólo para confundir un poco más a Lori. Y no sólo Lori: todos ustedes han tenido serios problemas para aprender a diferenciar a Luna y Luan.
Lincoln sacudió la cabeza, sonriendo de oreja a oreja.
—Estás mintiendo.
—No, en serio, hijo.
— ¿Y cómo es que mamá aceptó?
—Pues resulta que ella también tiene sentido del humor después de todo.
—Bueno… Digamos que por ahora te creo —dijo Lincoln, sonriendo e insinuando con su tono de voz que no estaba del todo seguro de que aquella historia fuera cierta—. Ya me dijiste por qué le pusieron ese nombre a Lynn. Y luego…
—Claramente estabas esperando este momento. Bien, como sabes, luego del nacimiento de Lynn, pasó un tiempo antes de que decidiéramos tenerte.
—Lo dices como si fuera un gran parate, pero creo que lo normal en cualquier familia es…
—La cuestión —lo interrumpió su padre—, es que decidimos tener otro bebé. Y cuando nos dijeron que sería un niño… Mira, lo cierto es que había perdido toda esperanza de tener algún chico en la familia. ¡No me estoy quejando! Amo a todas mis niñas, ellas y tú son los once mejores regalos que me ha dado la vida. Y siempre lo serán. Pero cuando supe que tendría un niño, decidí que no podía nombrarlo a la ligera. Siempre supe que serías un niño extraordinario, lo supe desde el principio. Y por eso decidí que te llamarías como el mejor hombre que este maravilloso país ha generado, como el mejor presidente que los Estados Unidos de América han tenido.
—Oh. Entonces sí me llamo así por Abraham Lincoln, después de todo —dijo, ligeramente desanimado. Todos sus amigos siempre habían tenido esa teoría acerca de su nombre. Y no es que le molestara. Pero luego de tan interesantes historias alrededor del origen de los nombres de sus hermanas, Lincoln esperaba quizás algo un poco más… interesante.
—Lincoln… En verdad lamento si no te gusta tu nombre —dijo con tristeza su padre—. Son riesgos que todos los padres debemos tomar. No sabemos si nuestros hijos estarán satisfechos con el nombre que les imponemos. Pero tienes que saber que te puse ese nombre porque desde que vi tu ecografía supe que eras un niño destinado a grandes cosas. Quizás… Quizás no puedas cambiar el mundo. Pero… Pero has cambiado nuestra familia para siempre, tenlo por seguro.
Su padre interrumpió su explicación diciendo que había sentido que algo había picado su anzuelo. Se puso de pie y comenzó a hacer movimientos con su caña, pero Lincoln sabía que ningún pez había tocado la carnada. No se quejó, sin embargo, porque la pausa también le sirvió a él para controlarse.
—Rayos, creo que se escapó —dijo Lynn, sin mucha convicción, mientras volvía a lanzar la línea a la parte profunda del lago y se sentaba en su silla nuevamente.
—Y… ¿qué hay del resto de los nombres?
Dejando atrás la conversación acerca de Lincoln, su padre le contó acerca del origen del nombre de sus hermanas menores. Le explicó que Lucy se llamaba así por la conocidísima canción que la ponía en el cielo junto a unos diamantes, canción que sonaba una noche en la radio durante el séptimo embarazo y que Luna le enseñó al resto de sus hermanas para que toda la familia cantara a coro. El señor Loud le explicó que Lola había sido el apodo con el que todos conocían a quien había sido la abuela paterna de Lincoln, y que Lana había sido el nombre de su abuela materna, la esposa del abuelo Albert. Lisa había sido llamada así por una vieja amiga de su madre que la había a conseguir trabajo para entrar en la universidad. Y finalmente, Lily debía su nombre a la madre de Harry Potter.
— ¿Desde cuando te gusta Harry Potter? —Preguntó Lincoln entre risas, sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—Hijo, tú eras un bebé, así que no lo recordarás, pero pasé veinte horas haciendo una fila disfrazado de Sirius Black para conseguir mi copia de Las Reliquias de la Muerte el día de su lanzamiento. Me hubiese gustado ponerle Emma a nuestra décima hija, por la actriz, pero… Bueno, ¿recuerdas que te dije que no habíamos elegido los nombres a propósito para que fueran todos iguales? Pues bien, creo que terminamos eligiendo Lily porque entonaba con el resto de ustedes.
—Vaya. Es… es increíble. No puedo creer que no supiera todo esto.
—Ninguno de ustedes nunca se detuvo a preguntar —dijo con simpleza el señor Loud—. No los estoy juzgando. Es sólo que todos vivimos muy acelerados, tenemos tantas cosas que hacer que no nos detenemos a… simplemente hablar. ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos una charla padre e hijo, eh?
—Creo que… Sí, cuando me enseñaste a preparar tu linguine especial.
—Oh, cierto, mi Lynn-guine —dijo, riendo de la misma forma que Luan lo hacía tras contar sus chistes.
Lincoln, en respuesta, dejó escapar el mismo gruñido de cansancio que hacía con su hermana.
—Hijo… —Comenzó, con la mirada perdida en el horizonte— Sé que soy tu padre, y que mi trabajo es cuidarte, enseñarte todo lo que sé y asegurarme de que no prendas fuego la casa. Pero por hoy, ¿crees que podríamos ser simplemente amigos?
— ¿A qué te refieres? —Dijo Lincoln, distrayéndose momentáneamente con una bandada de aves que se elevaba por las copas de los árboles del otro lado de la orilla.
—Me refiero a que… Quiero conocerte, hijo.
Lincoln se olvidó de los pájaros, y volvió a centrar su atención en su padre.
—Papá…
—Quiero saber más de ti. ¿Cuál es tu color favorito? ¿Cuál es tu banda favorita? ¿Hubo algún deporte que alguna vez te hubiera gustado hacer y no nos dijiste, o nos dijiste y no te dejamos? ¿De qué trata ese Ace Savvy que tanto te gusta? Quiero… Sólo quiero conocerte. Quiero saber más de mi pequeño campeón —dijo resignadamente.
Lincoln pensó en la charla que había tenido con su hermana Lynn apenas dos días atrás. Era una de las hermanas con las que pasaba más tiempo, y sin embargo había montones de cosas que él nunca había sabido de ella. Vivir bajo el mismo techo los volvía cercanos, los volvía familia, pero hacía falta más que eso para poder conocer en profundidad a una persona.
—Naranja —dijo Lincoln, mientras movía lentamente sus pies descalzos en el agua.
Su padre se le quedó mirando.
—Mi color favorito es el naranja —se explicó—. Creo que siempre fue así. Y SMOOCH es mi banda favorita, Luna siempre me mostraba canciones de ellos, y creo que son la mejor banda de la historia.
—Dime más —pidió Lynn, estando tan concentrado en su hijo que ni siquiera notó cuando algo en el lago comenzaba a tirar de su caña.
Su padre le pidió que hablara más, y Lincoln cumplió con creces. Le habló de todos sus gustos. De cómo Bobby lo había vuelto un fanático de los camiones monstruo. De sus novelas favoritas. Se tomó una hora entera para explicarle los principales arcos argumentales de Ace Savvy incluyendo la Crisis en Mazos Infinitos, la Carta de Búhos y su histórico enfrentamiento con Captain Yahtzee, el superhéroe más poderoso de Casino Comics. Su padre decidió que era un buen momento para almorzar, por lo que dejaron las cañas de lado y tomaron unos sandwiches de la heladera.
Mientras comían, su padre le preguntó si había alguna chica que le gustara. Un poco sonrojado, Lincoln comenzó hablando de cómo Cristina le había gustado en su momento, pero cómo ahora todo su interés en el género femenino pasaba por Ronnie Anne. Le habló de la evolución de su relación, de su primer y fallido beso, de su doble cita en Jean Juan's. Se tomó su tiempo para explicarle detalladamente todo lo que sentía cuando estaba con ella, de esa sensación de saber que podía ser auténtico sin temor a ser juzgado.
—Vaya, hijo. En verdad, nunca me imaginé que podrías tener pensamientos tan maduros siendo tan joven —dijo su padre, impresionado—. Cuando tenía tu edad no me interesaban las chicas, seguían pareciéndome cosas raras.
—No es algo que discuta normalmente —admitió Lincoln—. Ni siquiera le he dicho estas cosas a Clyde. Nunca creí que las estaría discutiendo con mi papá.
—Te entiendo. Yo no hablaba mucho con tu abuelo. Mi padre era… Bueno, había sido criado en otra época. Las cosas eran distintas entonces. Era un hombre muy estricto, con valores muy claros. Estaba dedicado a su trabajo, y su familia venía después.
— ¿No te quería? —Preguntó Lincoln, preocupado.
—Por supuesto que sí. Mi padre me amaba. Sólo que no era tan afectivo, ¿sabes? Nunca le gustaron mis bromas, ni que me gustara tanto bailar. No era el tipo de padre que se acercaba a leerme un cuento para ayudarme a dormir, o que fuera a verme a las obras escolares.
—Eso… Eso está mal —dijo Lincoln, frunciendo el ceño—. Los papás tienen que estar ahí con sus hijos. Tienen que demostrarles que los aman. Como tú y mamá hacen con nosotros.
—Lincoln, no tengas una mala imagen de tu abuelo. Él se levantaba a las seis de la mañana y volvía a casa a las ocho de la noche del trabajo, todo para que nunca faltara la comida en la mesa. Había tenido que dejar la escuela a los diez años para ir a trabajar a la fábrica junto a su padre, mi abuelo. Y trabajó toda su vida para que yo pudiera estudiar y no tener que repetir sus pasos.
Lynn cerró los ojos y sonrió lentamente, recordando épocas pasadas.
—Cuando terminé la secundaria, él pidió el día libre para poder asistir a mi graduación. No me lo había dicho, simplemente apareció allí. Nunca había estado más feliz en mi vida, y él tampoco. Ese mismo día me regaló mi primera camioneta. Me dijo que me la había ganado. Y cuando nos mudamos con tu madre, la casa estaba a medio terminar. Tu abuelo gastó los ahorros de toda su vida para que pudiéramos comprar los materiales que nos hacían falta para terminarla.
— ¿En serio?
—Sí. Es una pena que muriera tan pronto. Luan todavía no había nacido. Sé que le hubiera encantado poder conocer al resto de ustedes. Y también le hubiese gustado poder estar aquí con nosotros. Él siempre me traía aquí a pescar. Amaba esas tardes con él...
Lincoln sintió un pequeño vacío en el pecho. Nunca se había sentido tan cercano a su padre, y quería hacerle muchas preguntas. Quería saber tantas cosas. Pero… ante todo, había ahora una pregunta que no se atrevía a hacer. No quería arruinar el momento, no quería que esta agradable charla se volviera un momento incómodo o triste. Pero Lincoln se moría por preguntarle si después de tantos años desde la muerte de su padre, de un ser querido… Si aún pensaba en él. Si aún lo extrañaba. Si ese tipo de cosas se superan en algún momento.
Quería preguntárselo, pero no logró reunir el valor suficiente.
— ¿Lo querías mucho, entonces? —Preguntó en su lugar.
—Por supuesto, Lincoln. Siempre estuvo cuando lo necesité, fue todo lo buen padre que pudo. Y Dios sabe que yo no le hacía la vida fácil. Yo no era precisamente un ángel.
Aquellas palabras le recordaron a Lincoln uno de los objetivos de su lista.
— ¿Papá?
—Dime.
—Tengo algo que decirte…
— ¿Qué cosa?
—Yo… Bueno… —Lincoln tomó aire, reunió el valor necesario, y finalmente lo dijo— Yo rompí tu bola de disco. Estaba jugando con mi avión a control remoto y no pude esquivarla y… Y estalló en pedazos. Yo… Debería habértelo dicho. Pero no quería que me castigaras, y luego Lola tomó la culpa porque quería ganarse nuestra confianza, y yo…
—Hijo —lo detuvo—, tranquilo.
—No, papá, te mentí. No te dije la verdad, y dejé que castigaran a Lola por cosas que ella no había hecho.
—Lincoln, no importa.
—Pero…
—Honestamente, ¿crees que en estos momentos puedo enojarme porque hayas roto un tonto premio?
—Yo… Supongo que no.
—Claro que no. Ya no importa lo que hiciste, hijo. Aprecio que digas la verdad, de todas formas. No es fácil reconocer nuestros errores.
Lincoln no estaba del todo convencido de las palabras de su padre. Seguía sintiéndose mal.
—Hablando de cosas rotas —dijo Lynn Sr—, ¿qué pasó hoy en el desayuno?
—Oh, eso.
Trató de resumirle lo mejor posible todo lo que había sucedido. La pelea entre las gemelas, el vaso roto, lo que Lola le había dicho, cómo él y Lori habían hablado con cada una de las chicas para tratar de calmarlas. Su padre escuchó atentamente, sonriendo al escuchar lo que Lincoln le había dicho a Lola.
—Lincoln, estoy orgulloso de ti. Lamento que nunca te lo hayamos dicho, pero tu madre y yo apreciamos muchísimo todo lo que haces por tus hermanas. Nos ayudas a cuidar a tus hermanas menores, te aseguras de que tus hermanas mayores no se salgan de control…
—No tienen que agradecerme —dijo, restándole importancia—. Son mis hermanas. Es mi trabajo quererlas y cuidarlas.
—Sí, pero haces más que eso. Hijo… Quizás tú no te des cuenta, pero casi sin saberlo has tomado una responsabilidad que no te correspondía. Eres el niño del medio, eres el único varón, podrías ser un niño irresponsable que sólo se preocupara por sí mismo, podrías dejar que Lori, Leni o Luna se ocupen de mantenerlos a todos en su lugar. Pero en lugar de eso vives tratando de hacerles la vida más fácil a todos. Y eso… Lincoln, eres el hijo que todo padre desearía tener. Y no puedo… No puedo dejar de sentirme afortunado por haber tenido la posibilidad de ser tu padre.
—P-Papá…
—Lo siento, lo siento, yo tampoco quiero llorar, pero tengo que decirlo. Naciste en una familia diferente al resto, una familia muy grande, y… Y yo los amo a todos ustedes, y sólo quiero darles lo mejor. Y a veces me pregunto… me pregunto si no he fallado en eso.
— ¿De qué hablas?
— ¡Me refiero a que no les he dado la vida que se merecen! —Dijo, aumentando su volumen de voz y tirando la caña de pescar al agua, ahuyentando a todos los peces de los alrededores— Después del nacimiento de Lucy tu madre tuvo que conseguir un nuevo trabajo, porque mi salario ya no alcanzaba, y… Y aún así el dinero apenas y nos sobra. La casa se cae a pedazos, el auto se cae a pedazos…
—Papá —lo detuvo Lincoln, dejando de lado su caña también e inclinándose en su silla para estar más cerca de su padre—, no digas eso. No somos… No somos pobres. Nos compran las cosas que queremos.
—Son cosas de segunda mano, Lincoln. Y tú... tú duermes en un armario.
—Me gusta mi habitación.
—Hijo, es más que eso. Yo… Pasaré el resto de mi vida lamentándome todas las cosas que no pude darte —se lamentó, y el dolor en su voz hizo estremecer a Lincoln—. No pude llevarte a conocer otro país. No pude llevarte a esas convenciones caras que te gustaban. Hace un año me pediste empezar un curso de dibujo y yo no tenía dinero para pagártelo. Te dije que no. Y ahora ya no podrás aprenderlo...
—No me importa —le dijo, y lo decía con total honestidad—. Papá, en serio, no me molesta. Yo soy feliz con lo que tengo. En especial… En especial por tenerlos a todos ustedes.
A estas alturas no había necesidad de seguir pretendiendo fortaleza. Su padre se puso de pie y lo alzó en sus brazos como cuando era un niño. Lincoln rodeó con sus brazos el cuello de su padre, y dejaron que los minutos corrieran en el bello y ya no tan silencioso Lago de Plata. En unas pocas horas de tiempo compartido a solas, Lincoln había aprendido muchas cosas de su padre. Había aprendido el origen de los nombres de todas sus hermanas, de momentos críticos que el matrimonio de sus padres había sufrido, había aprendido más acerca de su abuelo paterno. Y también, lamentablemente, tuvo la posibilidad de descubrir algo más. Tuvo la oportunidad de ver, sentir y escuchar el dolor de un hombre adulto perdiendo lo más importante de su mundo, de su vida.
Conoció el llanto de un hombre perdiendo a su hijo.
No fue como llorar con sus hermanas. Fue distinto a llorar con Luan o con Lynn. Fue incluso diferente a llorar con Luna, y eso que no se había guardado nada la noche anterior. Fue una intensidad diferente, imposible de comparar, imposible de ignorar.
Pasó mucho tiempo hasta que los dos lograron calmarse, tomaron sus cañas y volvieron a sentarse en las sillas. Pasó más tiempo aún hasta que uno de los dos rompió el silencio.
—Lincoln, hay algo que tengo que decirte.
— ¿Qué cosa?
—El viernes, después de que Lynn se escapara… Tu madre tuvo que ir al colegio a hablar con el director. Y tuvo que explicarle lo que estaba pasando.
Lincoln largó un suspiro que se extendió por más de cinco segundos. No había querido pensar mucho en ello, pero suponía que algo así habría sucedido.
—Entiendo.
—La habrían expulsado —explicó, como si debiera justificar lo que habían hecho—. Hablamos con la familia del chico y con el director y… Entendieron. Cuando se enteraron de lo que había pasado, varios compañeros de clase confirmaron que ese chico había dicho las cosas equivocadas en el momento equivocado. La suspendieron por tres semanas.
Lincoln asintió.
—Finalmente les avisamos que por eso no habías vuelto a la escuela. Y también… Les hicimos saber que el resto de las chicas tampoco asistirán por un tiempo.
— ¿Ninguna?
—No. Tu madre y yo creemos que merecen poder disfrutar el tiempo que les queda con su hermano. El director dijo que no nos preocupemos, que podrán reintegrarse cuando se sientan preparadas. ¿Sabes lo que esto significa?
—Creo… Creo que sí.
Se quedaron en silencio, mientras Lincoln comenzaba a pensar en todo lo que esto implicaba.
—Lo siento, hijo, pero ya es hora de que hables con tus hermanas menores. No podemos… No puedes seguir esperando.
—Lo sé. Lo sé. Yo… Mañana hablaré con ellas. ¿Está bien?
—Por supuesto. ¿Quieres que estemos contigo?
—No. Quiero… decírselos. Personalmente.
—Muy bien.
Diez minutos de silencio más tarde, Lynn se puso de pie.
— ¿Quieres volver a casa?
—Pero no pescamos nada…
—Lo sé, eso fue un desastre. Por eso odio ir a pescar —agregó en voz baja, mientras tomaba la silla y la sacaba del agua.
— ¿Odias ir a pescar? Pero, ¿no dijiste que amabas las tardes de pesca con tu padre?
—Lincoln...
Mientras comenzaba a guardar la carnada y los anzuelos, su padre le sonrió.
—Uno no lleva a su hijo de pesca porque quiera pescar.
Vanzilla se estacionó en la entrada del garaje a las cuatro y media de la tarde. Lincoln y su padre bajaron todo el equipo de pesca y lo guardaron en su lugar. Lincoln se llevó la agradable sorpresa de ver que muchos de los instrumentos de Luna ya no estaban allí, por lo que seguramente los había llevado de regreso a su habitación. Se sintió muy bien al creer que por lo menos la había ayudado a entender que la música no era el problema. Ahora podría concentrarse a tratar de ayudarla a alivianar el dolor.
Su mente hiperactiva comenzó a trazar varios planes de acción en relación a cada una de sus hermanas, y tan distraído estuvo que antes de que se diera cuenta su padre y él ya habían ordenado todo.
—Bueno, hijo, no voy a robarte más tiempo por hoy —dijo el señor Loud, cerrando la puerta del garaje.
—Papá, no digas eso —replicó Lincoln, mientras abrazaba a su padre—. Me divertí muchísimo hoy. Gracias.
—No, Lincoln —dijo Lynn Sr, agachándose para poder darle un abrazo en toda regla a su hijo—. Gracias a ti. Ahora ve y diviértete haciendo lo que quieras, ¿está bien?
—De acuerdo.
Se separaron del abrazo y Lincoln comenzó a caminar hacia la entrada de la casa, cuando su padre lo llamó una vez más.
—Oh, y Lincoln… Cualquier cosa que necesites o que quieras hacer, sólo tienes que pedírmelo. Lo que sea que esté en mis manos hacer… dalo por hecho.
Él sólo asintió y le sonrió.
—Gracias.
Abrió la puerta de la casa y fue recibido por el clásico ruido de los Loud. Oía mucho movimiento arriba, lo cual seguramente era obra de Lynn. Y también escuchó música, una batería, lo cual sólo podía ser gracias a Luna. Parecía que las cosas poco a poco volvían a la normalidad. La pregunta era cuánto tiempo duraría esta pequeña calma. Cuánto podría mantenerla hasta que la tormenta cayera con toda su furia.
— ¡Lincoln!
Luan, que estaba sentada en el sofá, se levantó rápidamente y se acercó a él. Lo abrazó, casi levantándolo del suelo, pero en seguida lo liberó. Dio medio paso hacia atrás, y su mano derecha casi que inconscientemente fue a parar a la mejilla izquierda de su hermano, acariciándolo suavemente, casi como si tan sólo quisiera comprobar que podía tocarlo, que aún estaba allí.
— ¿Todo bien? ¿Te divertiste en el museo? —Preguntó, y no lo decía para molestarlo, sino que lo preguntaba con total honestidad.
—Estoy bien, Luan —Dijo él, poniendo una mano sobre la de su hermana—. Me divertí mucho.
—Me alegra oír eso.
Él quería ir a su habitación, al menos para sentarse un poco y comenzar a procesar la larga charla que había tenido con su padre, pero podía ver que Luan estaba luchando para que a su mente se le ocurriera alguna forma de iniciar una conversación, para tener una excusa para que hablaran. Así que esperó en silencio a que ella rompiera nuevamente el hielo.
—Entonces, um, estaba pensando… Acerca de este proyecto que estamos trabajando —dijo, bajando un poco la voz.
Lincoln sabía de qué estaba hablando. Luan la estaba ayudando a preparar algo que ocupaba una de las prioridades más altas de su lista, sólo por debajo de aquellos objetivos que se enfocaban directamente en ayudar a sus hermanas y hacerlas sentir mejor. Era, en gran parte, una de las cosas más importantes que podía hacer antes de morir, y todo era posible únicamente gracias a la participación de Luan.
—Sí, ¿qué sucede? —Preguntó, interesado.
—Bueno… Sé que seguramente tienes muchas cosas por hacer, pero, si quieres, podríamos seguir avanzando un poco esta tarde —sugirió, algo preocupada o avergonzada.
—Tengo muchas cosas por hacer, sí, pero creo que estaría bien si avanzamos, Luan —le aseguró, contagiándole una sonrisa—. Sólo déjame ir a mi habitación a revisar unas cosas, ¿está bien?
— ¡Sí, de acuerdo! ¡Iré a preparar todo!
Luan se alejó corriendo a toda velocidad hacia su habitación. Lincoln lentamente subió los escalones. Llegó frente a su puerta, y recordó el golpe que se había dado esa mañana por no haber abierto la cerradura. Sonriendo, llevó una mano a su pantalón, buscando la…
Su sonrisa desapareció en un instante. Revisó su otro bolsillo, encontrando aire y polvo, y entonces comenzó a pensar.
Esa mañana… Su padre lo había mandado a cambiarse… Él se había golpeado… Se había cambiado rápidamente, y entonces…
—Oh, no.
Colocó una temblorosa mano sobre la perilla y la giró. Para su completo terror, la puerta se abrió.
Cualquier tipo de miedo que hubiera sentido, sin embargo, se multiplicó por diez cuando abrió del todo la puerta de su habitación y descubrió, de pie frente a su calendario y con su lista de objetivos en la mano, a su pequeña hermana Lucy.
.
Hello darkness, my old friend.
Este capítulo fue un muy necesitado respiro. No digo que no haya tenido ninguna parte sentimental o profunda (lo más importante de la charla entre Lincoln y su padre fue lo que no se dijo), pero ciertamente no fue lo mismo. Toda la segunda mitad, como dije al principio, la imaginaba más para una película. La idea del mismo escenario, un lago, casi como una foto, y la escena transcurre solamente con el poder de las palabras. No hay factores externos, no hay elementos ajenos. Son ellos, sus ideas, sus sentimientos, sus corazones.
Pero esta historia tiene que comenzar su camino hacia el fin. Falta mucho todavía, no se preocupen, pero Lincoln tiene cada vez menos tiempo, y hay que comenzar a cerrar heridas, a atar los cabos sueltos. A muchos no les gustará el ritmo que lleva la historia quizás, pero yo lo encuentro sumamente poético. No quiero explayarme mucho al respecto.
La cuestión es que Lucy sabe. Ella sabe, maldita sea. Y si tienen algo de humanidad, ustedes temen por ella tanto como yo.
Espero volver a vernos pronto.
