He tenido unas semanas súper ocupadas. Estoy cansado y ligeramente desmotivado. Quiero agradecerles a todos por el apoyo recibido, y espero que este capítulo sea de su agrado.

Disclaimer: Loud House y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Chris Savino y sus respectivos dueños.


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Capítulo 17: El deshuesadero.

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En la oscuridad del ático, donde la luz no se filtraba por ninguna ranura y el ruido de la casa quedaba de alguna forma disminuido, Lucy se sentía como si estuviera en su hábitat natural. Lo único que se podía oír en aquel lugar era el aleteo y los chillidos emocionados de su pequeña colonia de murciélagos, a los que se encontraba alimentando. No tenía que hacerlo en verdad, pues sus murciélagos eran expertos en cazar polillas, pero eran lo más cercano que tenía a un vampiro, y ella estaba desesperada por poder hablar con alguien como Edwin, su amor platónico.

Edwin había vivido más de cuatrocientos años, con diferentes identidades a lo largo de las generaciones, buscando una mujer a quien cederle el don de la inmortalidad para convertir en su esposa. Era una criatura de la oscuridad, con instintos malvados, pero cuya humanidad latente —o al menos lo que quedaba de ella— lo habían llevado a mezclarse entre las altas clases. Pasaba sus días leyendo y sus noches cazando, relacionándose con la gente adecuada para aumentar sus influencias. Era una bestia, sí, pero también era la criatura más culta e inteligente que habitaba Transilvania. Él seguramente tendría respuestas para las preguntas que Lucy se hacía.

En cualquier otra situación, ella habría recurrido inmediatamente a Lincoln. Su hermano mayor siempre estaba allí para ella. Lincoln, pese a su afición por cazar fantasmas, era en verdad un niño muy asustadizo. Lucy sabía que a él no le gustaba hablar de murciélagos, la oscuridad o los rituales que la conectaban con el más allá. Y sin embargo, cuando nadie más quería acompañarla, cuando no tenía con quién estar, él era el primero en ofrecerse para que no tuviera que estar sola. Quería acudir a él, hablarlo directamente, pero eso no era una opción. Lo que la tenía preocupada estaba íntimamente relacionado con él.

En los casos en los que Lincoln no era una opción, fuera porque no estaba disponible o porque ella estaba enfadada con él —lo que sucedía bastante seguido, dada la tendencia de su hermano de meter la pata y ganarse el odio de todas—, Lucy siempre acudía a su hermana más cercana, Lynn. No era la más cercana en cuanto a edad, pero eran compañeras de habitación, y con los años habían formado un vínculo muy fuerte. Lynn era la chica menos femenina de la casa. Era ruda, bruta, con un mal temperamento y sin respeto por las normas generales de convivencia. Hacía todo a su modo, y si este molestaba a alguien más, pues no era su problema. Y al mismo tiempo, mostraba una fortaleza y una determinación por cuidar de todos sus hermanos, en especial de los menores. Con Lucy, por ejemplo, no dejaba pasar ocasión para molestarla por su aura oscura, pero que Dios se apiadara de la pobre alma que se atreviera a molestar a su hermanita delante de ella.

Lynn no era precisamente la chica más lista, ni era particularmente capaz de darle los mejores consejos o las mejores charlas. Pero si Lucy la necesitaba ella la escucharía, y aunque quizás no pudiera darle una gran respuesta, estaría allí para apoyarla, y por lo menos haría el intento. Era agradable saber que contaba con ella.

Y por lo tanto, también era más doloroso el no tenerla.

Esta última semana Lynn había estado actuando muy extraño. Se comportaba muy violenta, incluso para sus estándares. El martes al mediodía, cuando Lucy volvió a la casa junto al resto de sus hermanas y se encontró con que Lincoln había sido dado de alta del hospital, Lynn estuvo a punto de golpearla, sólo porque Lincoln se había asustado cuando ella lo saludó por detrás. Entendía que estuviera nerviosa, todas lo estaban, pero…

Luego había estado todo el incidente en la escuela. Sus padres les habían dicho a todos que tenían prohibido hablar del incidente con Lynn, preguntarle qué es lo que había pasado o molestarla por ello. No quisieron darles detalles, sólo que era algo muy personal y que no debían decirle nada. Lucy estaba sumamente preocupada por su hermana mayor. Si bien su temperamento era muy… especial, por así decirlo, tenía un buen autocontrol para no lastimar seriamente a nadie. Los rumores que le habían llegado hablaban de una Lynn descontrolada.

Esa misma tarde, Lynn la había culpado de haber extraviado su bola de béisbol autografiada. Lucy jamás la había tocado, y estaba segura de que Lynn lo sabía. Aún así, le había gritado que hasta que no la recuperara, no pensaba dormir en la misma habitación que ella, que dormiría con Lincoln.

Más tarde, esa noche, ocurrió lo de Luna. Lincoln también durmió con ella al día siguiente.

Apenas unas horas atrás, Lynn se había despertado antes que nadie para prepararle un desayuno a Lincoln. Lynn, cocinando.

Lucy sabía que algo estaba sucediendo. Lo sabía. Lo sabía desde que había escuchado la voz de su padre en las ventilas. Sabía que había algo malo, sabía que tenía que ver con Lincoln. Necesitaba hablar con alguien, pero no parecía posible poder hacerlo con alguien de su familia. Por lo tanto, esa tarde de domingo, Lucy le avisó a su madre que se reuniría con unas de sus amigas.

La única que podría escucharla.


El club de poesía se reunía todos los martes, jueves y domingos en un café en el centro de la ciudad. Era un lugar con paredes de ladrillo, pisos y techos de madera, y un sector con sillones y una pequeña biblioteca que servía como punto de reunión para los aficionados de la poesía. Por un convenio social, los domingos eran el día asignado para los góticos. No es que le prohibieran a simples mortales compartir su poesía, pero era difícil que alguien decidiera leer un poema de rosas y amor frente a un público que consistía en su mayoría de adolescentes monocromáticos.

Este era uno de los grupos favoritos de poesía de Lucy. No era tan pesimista como el de los sábados, lamentablemente, pero el grupo de los sábados le había perdido un poco de respeto a Lucy luego de aquel día en el que había asistido disfrazada de Lola como castigo por engañar a Pop Pop. Además, dos de sus mejores amigas en el mundo terrenal solían asistir allí. Maggie se encontraba en un viaje a París –donde, por algún motivo, esperaba encontrarse con mimos–, pero Lucy le había enviado un mensaje a Haiku, y habían acordado reunirse allí.

En efecto, su amiga estaba sentada en uno de los sillones más alejados del círculo donde se paraba quien quería compartir algún poema. Lucy apreciaba mucho a Haiku. Era una gran amiga, sabía muchísimo de poesía y la había ayudado en más de una ocasión a contactar a los espíritus del más allá para resolver problemas personales. Por no mencionar el hecho de que había aceptado sin dudar ayudarla cuando necesitaba conseguirle una cita a Lincoln para el baile de Sadie Hawkings de la escuela. Era una buena consejera y una aún mejor amiga.

Justo lo que necesitaba.

—Haiku —la saludó, sentándose a unos prudenciales treinta centímetros de ella. Era importante respetar los espacios personales.

—Buenas tardes, Lucy —respondió ella, sin levantar la vista de un anotador en el cual estaba escribiendo lo que parecía ser un nuevo poema con un bolígrafo con alas de murciélago en la punta—. Te ves particularmente desanimada este día.

—Gracias.

—Debo reconocer que tu mensaje me tomó por sorpresa. No estaba en mis planes venir al club de poesía esta tarde. Demasiado sol como para salir de mi habitación.

—Lo siento —se disculpó Lucy.

—Descuida. Hace tiempo que he aprendido a aceptar que cualquier esfuerzo por establecer planes en este caótico mundo es un fútil gasto de energía. No tenemos mayor control sobre nuestras circunstancias que el pez que sigue la corriente.

—Algunos peces nadan contra la corriente.

Haiku detuvo su bolígrafo y levantó la vista hacia el techo, pensando. Durante varios segundos permaneció en silencio, reflexionando acerca de las palabras de su pequeña amiga.

—Es cierto —dijo, agachando la cabeza y señalándola con el bolígrafo, concediéndole la razón—. De todas formas, aunque no estuviera en mis planes, reunirme contigo siempre es una experiencia enriquecedora. En tan sólo un minuto me has hecho reflexionar acerca del rol del ser humano en un mundo que nos impone una corriente de pensamiento y comportamiento predeterminado.

A Lucy no le pareció extraño escucharla hablar de esa forma. La poesía y la literatura ayudaban a la gente a abrir la mente, a ver el mundo desde otra perspectiva, a reflexionar. Haiku, quien pasaba gran parte de su vida encerrada en su habitación leyendo, tenía una facilidad para llegar a conclusiones interesantísimas partiendo de las más mundanas conversaciones.

—Dijiste en tu mensaje que necesitabas hablar de algo —comentó Haiku, finalmente cerrando su anotador.

Lucy suspiró, y su amiga sonrió; los suspiros eran música para sus oídos.

—Hay algo que me tiene preocupada —le dijo, juntando sus manos sobre sus rodillas y comenzando a balancear nerviosamente sus pies—. He tratado de discutirlo con Edwin, pero siento que… quizás necesito la opinión de un humano. Alguien en este plano de existencia.

—Te entiendo. El Más Allá es sabio, pero a veces carece del tacto o la claridad que un ser de carne y hueso puede ofrecer.

—Exacto.

— ¿Qué es lo que te carcome, entonces?

Lucy se tomó algunos minutos para pensar con cuidado sus palabras. Una persona normal se habría impacientado con su silencio, pero Haiku la esperó, sin reclamar ni apurarla.

—Algo está sucediendo en mi familia —dijo finalmente, creyendo que no había mejor forma de enunciar su problema.

Haiku arqueó ligeramente sus cejas, casi imperceptiblemente. Esa fue toda la reacción que Lucy pudo sacar de ella.

—Algo que te perturba —dijo la gótica de once años, acomodando ligeramente su vestido.

—Sí.

—A juzgar por el impacto que esto parece tener en ti, puedo asumir que se trata de un cambio inesperado, algo para lo que no estabas preparada y que te genera cierta incomodidad.

Lucy suspiró.

—No lo entiendo —se quejó—. Sé que los sucesos del mundo terrenal no deberían afectarme, que no tiene sentido preocuparme por lo que ocurre en nuestro paso transitorio por este finito plano de existencia. Y sin embargo, la situación me genera emociones a las que creí que había renunciado cuando asumí mi identidad como una mota de polvo en el cosmos.

—Incluso en nuestra insignificancia frente a la vastedad del infinito, cada persona es un pequeño universo —le comentó Haiku, con el más pequeño indicio de compasión y tranquilidad en su monótona voz—. Nosotros, aquellos que aceptamos nuestro reducido rol en el gran esquema, no estamos nunca exentos de sufrir los mismos problemas que el resto de las personas. No somos débiles por ceder ante nuestras emociones de vez en cuando.

—Lo sé… Yo… lo sé —repitió—. Pero no estoy acostumbrada. Haiku… Estoy asustada.

—A nada en la vida se le debe temer, sólo se le debe comprender —recitó Haiku, claramente citando alguna frase célebre.

—Es sobre Lincoln —soltó de repente.

Haiku movió su cabeza para ver a Lucy a una velocidad que parecía impropia de alguien que se tomaba las cosas con tanta calma.

—Tu hermano, Lincoln —dijo, señalando lo obvio.

—Sí. Él… Él estuvo hospitalizado la semana pasada.

Brevemente, sin entrar en demasiados detalles, Lucy le explicó a su amiga el incidente que había ocurrido en el parque exactamente siete días atrás.

—Pero él está bien ahora, ¿no es cierto? —Preguntó Haiku, y por un breve segundo, Lucy creyó oír algo de preocupación en su tono de voz.

—Sólo estuvo dos noches allí. Ya está en mi casa, y parece estar bien.

El rostro de Haiku permaneció en todo momento inalterable, pero aún así Lucy logró detectar cierto alivio.

— ¿Entonces cuál es el problema?

—Yo creo… Creo que él estuvo cerca de morir —dijo con pesar.

Le explicó lo que había oído desde los ductos de ventilación, a su padre lamentándose. Le contó acerca del espiral de depresión en el que sus hermanas mayores habían entrado: el silencio de Luan, la violencia de Lynn, la irresponsabilidad de Luna. Le habló de lo ausente que Lori parecía estar últimamente, como si de repente ya no estuviera preocupada por controlar todo lo que sucedía en la casa, y de cómo había visto a Leni tomando una siesta con Lincoln, algo que no sucedía en años.

—No son sólo mis hermanas mayores, él también actúa extraño —explicó—. En toda la semana no lo he visto pelearse por la televisión, ni ha estado leyendo sus cómics o haciendo nada, realmente. Pasa mucho tiempo con mamá, haciendo algo que no quiere que nadie se entere, y nuestras hermanas mayores no paran de consentirlo. Yo creo… Creo que estuvo cerca de morir, y todos están afectados por imaginarse qué habría sucedido si él… Si al final...

Su voz tembló ligeramente, y no fue capaz de terminar la frase. Sólo con pensarlo…

—Lucy —comenzó Haiku, habiendo escuchado con suma atención todo lo que su amiga tenía para decir—, ¿estás segura de que tu hermano está bien? Por lo que me cuentas… El comportamiento de tus hermanas no parece ser el de alguien aliviado por haber evitado lo peor.

—Él está bien —le aseguró.

— ¿Cómo lo sabes?

—Se lo pregunté, y me prometió que estaba bien —dijo con seguridad.

Haiku aguardó unos segundos antes de continuar.

— ¿Y no crees que quizás pudo haberte mentido?

Lucy giró su cabeza para ver mejor a su amiga.

—No.

— ¿Segura?

—Él me lo prometió —repitió, con la misma fe con la que habría respondido que el negro era su color favorito.

Haiku abrió la boca como para responder, pero evidentemente cambió de parecer a último momento. No dijo nada, y las dos niñas permanecieron en silencio, oyendo los poemas que un chico de catorce años recitaba para el deleite de todos.

—Haiku…

— ¿Sí?

—Tú sabes que me siento cómoda con la muerte como concepto, ¿no?

—Por supuesto.

Lucy subió sus pies al sillón, arriesgándose a que el encargado del local la regañara, pero su necesidad de abrazar sus propias rodillas superaba cualquier miedo de recibir un llamado a la atención.

—Y sin embargo… De tan sólo pensar que Lincoln podría haber estado cerca de morir… —no pudo evitar que un escalofrío recorriera su columna— Me asusta sólo pensarlo.

Por un momento, su voz dejó de sonar como solía hacerlo. Sus últimas palabras no fueron monótonas y susurrantes, sino que estaban claramente teñidas de miedo, tristeza, confusión. Decir que no tenía emociones era mentira. Ella amaba, temía, se alegraba y se entristecía, como cualquier persona. La gran diferencia es que nunca dejaba que sus emociones sacaran lo mejor de ella, nunca se dejaba controlar por impulsos irracionales. Podía controlarse. Podía esconder sus sentimientos detrás de una máscara de seriedad. Al menos, así había sido desde que tenía memoria, así había sido hasta que había comenzado a pensar en la posibilidad de que Lincoln hubiera estado cerca de la muerte. Específicamente, cuando pensaba en qué habría sucedido si hubiera muerto.

Al pensar en eso, perdía cualquier tipo de auto control.

—Por supuesto que te asusta. Es normal.

—Pero yo no soy normal.

—Lucy —dijo su amiga, con las comisuras de sus labios arqueadas en una pequeña sonrisa—, aún te queda mucho por aprender. Nuestra fascinación por el más allá no nos vuelve distintos al resto de las personas. Podemos maquillar nuestras inseguridades, escondernos detrás de una máscara de apatía y ropa negra, pero en verdad somos tan vulnerables como lo es un deportista o un maestro de escuela. En el fondo, todos somos iguales.

—Pero…

—Sólo podrás aceptarte a ti misma cuando entiendas que tu forma de vida no te vuelve superior o inferior al resto de las personas. Sentirte vulnerable o aterrada no es algo de lo que debieras arrepentirte.

—Nosotros enterramos nuestros sentimientos, los negamos —se quejó Lucy, no entendiendo lo que Haiku trataba de decirle—. Todos estos años, me dijeron que no debía ceder ante las emociones.

—Eso no significa que tener sentimientos está mal.

— ¿Y entonces por qué los negamos?

—Porque, en general, pretender que nada nos afecta es menos doloroso.

Lucy no estaba convencida. Sabía que Haiku era mucho más madura y experimentada en el estilo de vida gótica que ella, pero no pudo evitar pensar que era precisamente ella, Haiku, quien no entendía. Durante años, había aprendido que los góticos no tenían emociones, que no tenían corazón, que sólo los simples mortales podrían sentirse afectados. Había acudido a Haiku para que le dijera que no debería sentirse afectada, que quizás le diera algún consejo sobre cómo evitar esas emociones.

En cambio, Haiku la hacía cuestionarse todo lo que había dado por sentado durante tanto tiempo.

Pese a que trataba de mantener su rostro tan imperturbable como siempre, algo de su preocupación y confusión debió de verse reflejado allí.

—Lucy, ¿has leído el último libro de Las Crónicas de Edwin? —Preguntó Haiku de repente.

—Sí —Respondió Lucy, levantando la vista.

— ¿Recuerdas por qué Edwin asesinó al Conde Le Valliere en la Noche de la Luna Sangrienta?

—Porque necesitaba la sangre de un hombre que hubiera matado seis veces para el ritual de la purificación.

— ¿Y por qué necesitaba hacer eso?

—Para salvar a Rebeca del veneno de la serpiente del Rey Francoise.

— ¿Y por qué asesinó a su principal socio político, quien estaba a punto de volverlo un miembro de la corte del rey? ¿Por qué arruinó los planes en los que había estado trabajando por treinta años? ¿Por qué sacrificó todo su esfuerzo por Rebeca?

—Porque no quería que muriera—respondió con obviedad, comenzando a preguntarse a dónde quería llegar su amiga con todo esto.

—Exacto. Edwin, el Acechador Nocturno, el Príncipe de las Tinieblas, temía perder a quien más amaba.

Dos adolescentes y un adulto tuvieron tiempo de recitar sus poemas, mientras las dos niñas en el alejado sillón permanecían en silencio. La más joven reflexionaba, y su amiga simplemente respetaba su silencio, dándole el tiempo que necesitara para aclarar su mente. Los minutos seguían pasando, sin embargo, y Lucy no parecía estar llegando a ninguna conclusión que la tranquilizara.

—Lucy, tu hermano te ama —dijo finalmente Haiku, dejando salir un gran suspiro—. Estoy segura de que él no querría verte tan preocupada. Ve a hablar con él y sé directa. Dile todo esto que me dijiste, dile que te asusta pensar que haya podido estar mal. Él sabrá tranquilizarte.

—Mi papá lo llevó al museo, no vendrá hasta tarde —dijo Lucy, con mucho pesar.

—Entonces aprovecha y escribe un poema para él, diciéndole todo lo que sientes.

—Yo… —Lucy suspiró— Muy bien. Eso haré. Gracias, Haiku. Eres una gran amiga.

—De nada. Suerte.

Lucy se levantó y caminó varios pasos, hasta que escuchó que Haiku la llamaba. Cuando volteó, su amiga estaba apenas a centímetros de ella. Su sigilo a la hora de aparecerse era legendario.

—Una cosa más —dijo Haiku, lentamente—. Cuando respondí a tu pedido y fui al baile de Sadie Hawkings para acompañar a tu hermano, él me engañó durante toda la noche, haciéndome creer que estaba sólo conmigo.

Lucy sintió una imperiosa necesidad por defender a Lincoln. Había sido culpa suya por mentirle a sus hermanas, sí, pero lo cierto es que había hecho todo lo posible para tratar igual de bien a Giggles, Polly, Tabby y a la misma Haiku. Cualquier otro chico las habría ignorado o no se hubiera preocupado por ellas, pero Lincoln había hecho el esfuerzo, incluso si era sólo por la presión de sus hermanas.

—En su defensa… —comenzó.

—No —la interrumpió Haiku—. Me engañó, pero lo hizo de la forma más tierna y considerada posible, tratando de que yo me divirtiera y que el resto de las chicas no se sintieran solas tampoco. Él me mintió, sí, pero lo hizo con buenas intenciones.

— ¿Qué quieres decir con eso?

—Tú sabes lo que quise decir.

Haiku volvió a su lugar y Lucy salió del café, dirigiéndose a su casa en silencio, pero con la mente llena de interrogantes.


Eran cerca de las cuatro de la tarde, y Lucy estaba sentada en el pequeño escritorio de su habitación, habiendo terminado finalmente un gran poema dedicado a su hermano. No era uno de sus mejores trabajos, la métrica se perdía por momentos, y en una estrofa había rimado con sí misma la palabra "siempre". Pero era un poema que trataba de explicarle a Lincoln lo mucho que ella lo quería, lo preocupada que estaba por él. Estaba segura de que no le importarían los pequeños errores.

La puerta de su habitación se abrió, y Lynn entró, con su bata roja y una toalla alrededor de su cabello húmedo. Acababa de terminar una de sus sesiones de ejercicio y se había dado una ducha. La mayoría de las personas no lo creería posible, pero Lynn era definitivamente la persona que más veces se bañaba al día en la casa de los Loud. Con todas las sesiones de ejercicio que tenía, era necesario que se higienizara regularmente, aunque incluso con cinco duchas diarias era difícil que oliera tan bien como Lola.

No le dijo nada al verla escribiendo sus poemas. La miró durante una fracción de segundo y luego se dirigió a su cama para cambiarse. Lucy supuso que aún seguiría molesta por el interrogatorio al que la había sometido durante el desayuno.

Tragándose su orgullo, Lucy tomó su poema finalizado y se puso de pie.

— ¿Sabes a qué hora vuelve papá? —Le preguntó a su hermana mayor. Preguntó por su padre, no por Lincoln, para no levantar sospechas.

Lynn, mientras se ponía sus clásicos shorts rojos, apenas si levantó la vista.

—No —respondió a secas.

Lucy no necesitó escuchar más para confirmar que las cosas claramente no estaban bien entre ellas. Con un suspiro, salió de su habitación. Una pequeña parte de ella esperaba que Lynn la llamara y le dijera que lo sentía.

Una pequeña parte de ella se decepcionó.

Salió de su habitación y se internó en el pasillo. Habría bajado hacia la sala de estar, a esconderse en la chimenea como solía hacer, pero su mirada se desvió instintivamente a la habitación de Lincoln. En cualquier otro caso, habría entrado a la habitación de su hermano y se habría escondido debajo de la cama, esperando a que volviera a casa para sorprenderlo apareciendo de la nada cuando menos se lo esperara. Pero desde que sus padres le habían dado una llave de repuesto, era imposible acceder a la habitación de Lincoln.

Tras asegurarse de que ninguna de sus hermanas estaba en el pasillo, Lucy se acercó a la puerta de la habitación de su hermano. Sabía que era un esfuerzo en vano, pero de todas formas le gustaba probar que efectivamente estuviera cerrada, sólo por la remota posibilidad de que…

El picaporte giró en su mano, y oyó el inconfundible 'click'.


Lincoln estaba de pie bajo el umbral de la puerta de su habitación, petrificado, sin poder moverse. Deseaba que un terremoto ocurriera, que la tierra se abriera en dos y lo llevara hasta el rincón más profundo del Tártaro. Recordó aquella ocasión en la que Clyde y él habían acabado en la cueva de un oso, y se habían salvado haciéndose los muertos. Lincoln quería hacerse el muerto, pero no podía. No podía escapar de la situación.

Lucy había entrado a su habitación. Ella estaba de pie, de espaldas a él, mirando no sólo su nuevo calendario, sino que tenía su lista de objetivos en sus manos, aparentemente leyéndola con detenimiento. La situación era mala. Muy mala. Terrible. Era una especie de pesadilla para Lincoln.

El simple hecho de tener que imaginarse a sí mismo diciéndole la verdad a sus hermanitas menores era terrible, lo asustaba como nunca antes nada lo había asustado, un miedo que ni siquiera The Harvester le había llegado a ocasionar. Aquella mañana de lunes cuando sus hermanas mayores se habían enterado, Lincoln había vivido las peores horas de toda su vida. Durante toda la semana, había pasado momentos muy emotivos, dolorosos y sencillamente deprimentes con sus hermanas, con sus amigos, con sus padres. Lincoln había notado, en sus observaciones, que la parte más dolorosa era el enterarse de la noticia. El enterarse de algo tan terrible sin estar preparados, sin ningún tipo de advertencia. El dolor parecía no disminuir con el paso de los días, a juzgar por lo que veía en sus hermanas mayores, pero al menos ellas tenían la capacidad de disimularlo. ¿Al momento de enterarse, sin embargo? No había forma de ocultar el terrible dolor.

Verlas sufrir de esa forma destruía el frágil corazón de Lincoln. Por eso había pedido tiempo para confesar la verdad a sus hermanas menores. Porque sencillamente no estaba preparado para hacerlo. Era quizás una decisión egoísta, pero es que no quería volver a vivir lo que había pasado con sus hermanas mayores. Era demasiado doloroso. Además, no es que no planeara decírselos nunca, sólo había tratado de posponerlo un poco. No le había mentido a su padre cuando le dijo que estaba dispuesto a decírselos al día siguiente. Sabía que no sería fácil, pero se imaginaba sentándose a solas con ellas y contándoselos de la forma menos… dolorosa posible, en vista de las circunstancias. Incluso había buscado en internet un poema para recitarle a Lucy al respecto.

Pero ahora Lucy se había enterado por sí misma, de la nada, sin que él pudiera explicarlo. Estaba aterrado. No sabía qué hacer. No sabía qué pasaba por la mente de Lucy. Su corazón latía como el de un caballo de carreras, amenazando con escapar de su pecho. Apenas tuvo la claridad mental suficiente como para entender que no podía quedarse allí de pie sin hacer nada.

—Lucy —dijo, acercándose a su hermana menor, cerrando la puerta detrás de sí.

Colocó una temblorosa mano en el hombro de la niña. La volteó con suavidad, y ella se dejó hacer. Lincoln vio que Lucy leía con atención su lista de objetivos. Con sólo leer el título, "Operación Despedida", ya podría haber terminado de atar los cabos sueltos. Leer cada uno de los pequeños objetivos parecía ser solamente una forma de alargar el dolor, de disipar cualquier posibilidad que tuviera Lincoln para explicarse.

—Lucy, tranquila —le dijo, aunque realmente era él quien necesitaba tranquilizarse urgentemente—. Vamos a sentarnos.

Trató de llevarla a su cama, para sentarse y poder explicarle lo que estaba sucediendo, pero Lucy finalmente reaccionó y se soltó del suave agarre de Lincoln. Levantó la vista hacia su hermano, y aunque Lincoln no podía ver sus ojos detrás de aquel flequillo, sintió la mirada que lo atravesaba como dos cuchillas afiladas.

—Lucy…

Los dedos de la niña se cerraron sobre el papel, arrugándolo.

—Estás muriendo —dijo finalmente, extendiendo su brazo para mostrarle la lista de objetivos.

Lincoln tragó saliva, y sintió que tragaba una roca envuelta en alambre de púas.

—Escucha, vamos a sentarnos y hablar, ¿está bien? —le repitió, dando un paso hacia ella para abrazarla, rodearla con un brazo, algo. Pero Lucy retrocedió.

—No estás bien —le dijo, negando rápidamente con la cabeza—. Me… Tú… Me dijiste que estabas bien.

—No hagas esto, por favor…

—Pero estás muriendo.

Lincoln cerró los ojos y llevó sus manos a sus sienes, apretándose la cabeza y cerrando sus dedos alrededor de su cabello.

—Yo… Lucy… Escucha, no es lo que parece —comenzó a decir, arrepintiéndose inmediatamente por su pésima elección de palabras.

— ¿No lo es? ¿"Despedida"? ¿"Ver un atardecer", "Escribir una canción feliz con Luna"? —Dijo, leyendo en voz alta algunos de los objetivos de Lincoln— Tienes… Tienes un calendario hecho a mano. ¿Por qué tiraste el viejo? ¿Por qué… por qué ni siquiera llega a fin de mes?

Había visto a Lucy triste anteriormente, como cuando ella creía que Rocky no la quería por ser demasiado rara. No era una imagen muy diferente a la Lucy de todos los días: suspiraba un poco más seguido y hablaba un poco más lento. Pero nunca había visto a Lucy como la veía ahora, temblando, trabándose para hablar, con su voz vacilando. Era algo para lo que no estaba preparado.

—Lucy, mírame —le dijo, tratando de mantener algún tipo de control sobre la situación—, sentémonos un segundo para poder hablar, ¿de acuerdo?

— ¡No! —Dijo ella, con fiereza— ¡No evites el tema! ¡Dime… Sólo dime la verdad! ¡¿Estás muriendo?!

Lincoln le sostuvo la mirada. Desde aquella tarde de lunes en que sus hermanas menores lo habían visitado al hospital, él sabía que tendría que enfrentarse a esto. Le había prometido que estaba bien. Ella le había creído, lo había abrazado con un cariño y un alivio sin precedentes en la pequeña niña. Sabía que había cavado su propia tumba al mentirle, pero ¿qué otra opción tenía? Desde el primer momento había sabido que tendría que enfrentarse a las consecuencias de su mentira.

—Sí.

Las manos de Lucy se abrieron, dejando caer la hoja de objetivos de Lincoln. Comenzó a respirar por la boca, con su pecho moviéndose exageradamente, como si cada bocanada de aire requiriera de un esfuerzo sobrehumano. Mientras sus ojos comenzaban a picarle, Lincoln vio a su hermanita menor tambaleándose hasta apoyarse en su escritorio para no caerse. Eso bastó para acabar con la poca fortaleza que le quedaba. Rápidamente se acercó a ella y la abrazó.

—Lucy, tranquila —le dijo, acariciando suavemente su cabello—. Estoy aquí. Estoy aquí contigo. Siempre voy a estarlo.

Tenía preparadas decenas de frases para decirle a sus amigos y familiares. Había detallado hasta tres posibles guiones acerca de cómo decirle la verdad a sus hermanitas. Y sin embargo, en aquel momento, a duras penas podía recordar su propio nombre. Sentía a Lucy temblando entre sus brazos. Consideró en llamar a Lori para que lo ayudara, pero eso sólo atraería la atención de todos, y no quería eso tampoco. Estaba perdido, sencillamente no sabía que hacer.

—Me mentiste.

Las palabras de Lucy, en un doloroso susurro, lo hicieron sentir aún peor.

—Me lo prometiste.

—Lo sé. Lo siento.

—Me lo prometiste.

—Lucy, yo…

— ¡No!

Lucy trató de alejarse de él, de quitárselo de encima, pero Lincoln la tomó con más fuerza.

—Lucy, tranquilízate —le pidió.

— ¡Aléjate!

Los dos comenzaron a forcejear. Lincoln era más grande y tenía la ventaja, pero Lucy estaba haciendo todo lo posible para soltarse, y las niñas de ocho años podían ser extremadamente violentas cuando se lo proponían. Lincoln trató de contenerla, pero ella no se quedaba quieta.

— ¡Lucy, por favor, déjame explicártelo!

— ¡No!

— ¡No quise lastimarte, no quería…!

— ¡SUÉLTAME!

El agarre de Lincoln se aflojó de repente, y Lucy aprovechó para liberar uno de sus brazos. Lo extendió hacia el escritorio y tomó el primer objeto que encontró, un libro de matemáticas, y lo lanzó contra el rostro de Lincoln. El inesperado impacto lo hizo caer hacia atrás, y Lincoln quedó en el suelo tomándose el rostro con dolor, sólo escuchando el ruido de la puerta abriéndose de golpe y unos rápidos pasos bajando por la escalera. Para cuando se levantó, el resto de las chicas estaban asomando la cabeza al pasillo.

—Lola, Lana, ¿están peleando de nuevo? —Preguntó Lori, frunciendo el ceño.

— ¡No! —Dijeron las gemelas al unísono.

— ¿Y por qué gritaste así, Lola? —Preguntó Luna.

— ¿Yo? ¡Fue Leni quien gritó así!

— ¡Claro que no! ¡Yo no tengo la voz tan aguda! —Se quejó Leni.

— ¿Y de quién fue ese grito? —Preguntó Luan, confundida.

— ¡Lucy!

Las nueve niñas voltearon a ver a Lincoln, quien había tomado la llave que había dejado en su escritorio aquella mañana y cerraba la puerta de su habitación a toda velocidad. Cuando la cerró, volteó y dirigió una rápida mirada a sus hermanas mayores, desde Lynn, la más cercana, hasta Lori, al fondo del pasillo. Incluso si su rostro pálido no hubiera sido suficiente, y si no hubieran comprendido lo que sucedía con la mirada que les dedicaba, su tono de voz extremadamente aterrorizado bastó para hacerlas entender.

— ¡Fue Lucy! —Dijo, antes de lanzarse a correr escaleras abajo.

Hubo una conmoción en el piso de arriba, pero no le importó. Todo en lo que su mente podía pensar era en que debía alcanzarla antes de que se fuera. La puerta de entrada estaba entreabierta. Salió al patio delantero tan rápido como pudo. Miró hacia la derecha y la izquierda. No había señales de Lucy. Todo estaba normal, los barriletes en los árboles, su frisbee en la cuneta, la bicicleta contra… Espera…

Corrió hacia la calle. Miró a su derecha, y no vio nada. Luego miró a su izquierda.

— ¡LUCY!

Comenzó a correr, pero la pequeña figura se alejaba a toda velocidad, montada en la ex bicicleta de Lynn, la que había pasado a ser de Lincoln y que él había intentado dar a Lana. La pequeña había aceptado el primer día, pero tras repararla y mejorar los frenos, se la devolvió a Lincoln. Prefería ser la mecánica oficial antes que usarla, realmente.

Y lamentablemente, había hecho un excelente trabajo mejorándola. Lucy se alejaba a una velocidad imposible de alcanzar a pie.

— ¡LUCY! — Volvió a gritar a todo pulmón, deteniéndose apenas unos metros después de haber comenzado a perseguirla — ¡LUCY!

Si logró o no escuchar sus gritos, ella no lo dejó entrever. Continuó pedaleando hasta que su silueta se volvió casi indistinguible. Lincoln estaba completamente aterrado. ¿A dónde estaba yendo? ¿Qué tan mal estaba? Evidentemente muy mal, eso estaba claro, pero ¿y si estaba tan afectada que no se cuidaba? Estaba pedaleando demasiado rápido, no parecía frenar en las esquinas. ¿Y si un conductor distraído la chocaba?

Escuchó muchísimos pasos acercándose a él a toda velocidad, y no necesitó voltear para saber que se trataba de sus hermanas.

— ¿Qué pasó? —Preguntó Leni, sumamente preocupada.

Lincoln volteó y buscó con la mirada los ojos de Lori, encontrándolos de inmediato, enfocados con preocupación en él. No tuvo que decirle nada más, su mirada era demasiado elocuente. Luna y Luan también lo comprendieron de inmediato.

—Voy a avisarle a papá —dijo la rockera, corriendo de regreso a la casa.

—Lori, ¡se está escapando! ¡No sabemos a dónde se fue! —Dijo, implorante, Lincoln.

— ¡Estoy en eso!

Trataron de voltear, pero una figura roja pasó a su lado a una increíble velocidad, y debieron volver a mirar hacia la calle para ver a Lynn, vestida con su casco y sus rollers, yendo a toda velocidad en la dirección que Lucy había tomado. Había mucha distancia entre Lucy y Lynn, pero Lincoln conocía a su hermana mayor, y sabía que no se rendiría hasta alcanzarla.

—Lola, Lana, ustedes vayan adentro con mamá. Luan, quédate aquí para hablar con nosotras por si algo sucede —ordenó Lori de inmediato, con tanta vehemencia que ninguna de las menores se atrevió a cuestionarla—. Leni, tú ven conmigo.

— ¿A dónde van? —Preguntó Lincoln, mientras todas sus hermanas hacían lo que Lori había dicho y las dos mayores caminaban hacia la camioneta.

—Al cementerio, ¿a dónde más? —Respondió Lori— Seguramente está yendo allí para que nadie la moleste y para poder estar sola con sus amigos del más allá o algo así.

Lincoln no estaba del todo convencido.

— ¿Vienes con nosotras?

Lo pensó un poco. No creía que su hermanita estuviera yendo realmente al cementerio. Pero era innegable que era una clara opción, y no estaba en posición de andar rechazando ideas.

—De acuerdo. Vamos.


Lynn llamó a Lincoln mientras él, Leni y Lori estaban llegando al cementerio. Completamente apenada y al borde del llanto, le dijo que había perdido el rastro de Lucy en un semáforo cerca del parque. Lincoln tuvo que calmarla y decirle que no era su culpa, que había hecho todo lo posible. Ella se ofreció a recorrer la ciudad, pero Lincoln la envió a la casa para ayudar a Luan y sus padres a cuidar de las menores, quienes sin duda estarían haciendo muchas preguntas.

Cuando sus dos hermanas mayores y él llegaron finalmente al cementerio, Lincoln sintió un escalofrío recorriendo su columna. Se bajó de la camioneta, pero no pudo dar un paso hacia allí. De por sí lo asustaba mucho la idea de entrar en un lugar tan tétrico, incluso si era de día.

Pero también lo ponía extremadamente nervioso el pensar que dentro de muy poco aquel lugar sería donde sus restos descansarían por el resto de la eternidad.

— ¿Lincoln? —Preguntó Leni, notando que su hermanito se había quedado petrificado en su lugar, mirando con terror las puertas abiertas del cementerio.

Lori también volteó a verlo. Lincoln trató de evitar que su mirada lo traicionara. Lo importante ahora era encontrar a Lucy, no quería que se preocuparan por él. Pero sencillamente no podía moverse. No podía decir nada. Aquellos altos muros de concreto que separaban a los vivos del lugar de descanso de los muertos lo asustaban demasiado.

Su hermana mayor lo miró confundida por muchos segundos, hasta que finalmente entendió.

—Oh, Lincoln…

Se acercó a él y se arrodilló a su lado, abrazándolo con fuerza.

—Lo siento, lo siento, no sabía… No me di cuenta…

—No, está… Está bien —le dijo, aunque con gusto le devolvió el abrazo.

Lori se separó y acomodó innecesariamente el flequillo de su hermano, buscando quizás alguna excusa para darle un pequeño cariño.

— ¿Quieres quedarte aquí? Leni y yo podemos entrar y buscar a Lucy, y te enviamos un mensaje si la encontramos.

Lincoln asintió suavemente. Lori, con ojos llenos de culpa y arrepentimiento, se puso de pie y levó a Leni hacia el cementerio. La segunda mayor parecía no entender qué es lo que estaba sucediendo, pero de todas formas se dejó llevar por Lori. Así, el chico de once años quedó solo junto a la camioneta de la familia, frente a la entrada del cementerio de Royal Woods, en los límites de la ciudad.

Quería ir a buscar a su hermanita, ayudar a encontrarla cuanto antes. No había nada más importante para él en aquel momento que asegurarse de que Lucy estuviera bien. Incluso si lo odiaba por haberle mentido. No importaba, sólo quería saber que nada le había pasado. Tratar de ayudarla a comprender. Y sin embargo, no quería entrar al cementerio. No quería estar allí, no quería acercarse. Era una tontería, era tan tonto… pero no podía evitar sentirse aterrado.

Pateó el cordón de la vereda, sintiendo una tremenda impotencia. No era momento para estar preocupado por su inminente… Por él. Su máxima preocupación debería ser Lucy. Ayudar a encontrarla.

El único consuelo que podía encontrar para su debilidad era el hecho de que no veía factible que Lucy estuviera en el cementerio. Entendía por qué sus hermanas creían que estaría allí. Definitivamente Lucy se habría dirigido hacia algún lugar donde se sintiera cómoda, y ella se sentía cómoda en lugares donde pudiera estar sola, lugares donde la muerte pudiera palparse. Pero Lucy también era una niña excepcionalmente lista. No a los niveles de Lisa, pero sí lo suficiente como para saber que si quería estar sola, no era recomendable ir al primer lugar donde toda la familia trataría de buscarla.

Lincoln comenzó a pensar en todos los lugares a los que Lucy podría haberse dirigido fuera del cementerio. La casa abandonada de los Jenkins era una buena opción; muchos decían que estaba habitada por fantasmas. El árbol de la colina más alta era un lugar donde supuestamente mucha gente se había ahorcado, quizás Lucy preferiría ir allí. O podría haber ido al estanque del parque. No era tétrico, pero era un buen lugar para pensar. Continuó pensando hasta que levantó la vista del suelo y la paseó por la calle. A tan sólo unas cinco calles se encontraba el deshuesadero.

Se quedó mirándolo durante algunos minutos, considerando las posibilidades. Volteó hacia el cementerio. Sus hermanas habían entrado apenas unos minutos atrás, tardarían en recorrerlo completamente. En lugar de quedarse allí parado como un inútil, lo mínimo que podía hacer era tratar de contribuir con la búsqueda.

Caminó a paso rápido las pocas calles que lo separaban del deshuesadero, sólo para llegar y encontrarse con que aparentemente los domingos estaba cerrado. Sacudió la reja cerrada con cadena y candado, pero no hubo forma. Suspiró, derrotado. Comenzó a caminar de regreso a la camioneta, con la mirada gacha y las manos dentro de los bolsillos de su pantalón de jean. Vio una lata tirada y decidió patearla con toda su fuerza. La vio volar, alejándose hacia la derecha, cayendo a pocos metros de un arbusto cercano a la reja lateral del deshuesadero. De no haber seguido la trayectoria de la lata, Lincoln no había caído en cuenta de que había algo escondido entre los arbustos. Sólo podía ver un pequeño reflejo metálico, por lo que decidió acercarse a verlo.

La sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que se trataba de su propia bicicleta. Desesperado, comenzó a buscar con la mirada. Se imaginó que algún transeúnte que pasara a su lado lo vería con confusión y algo de pena. Un niño de once años girando la cabeza como una suricata, mirando en todas las direcciones posibles en busca de algún indicio. Y finalmente lo halló: un pequeño hueco en los alambres.

Lincoln rápidamente sacó su teléfono y envió un mensaje a Lori:

"Creo que la encontré. Voy a entrar al deshuesadero. Espérennos afuera."

Se acercó al lugar donde alguien había cortado tiempo atrás un pequeño hueco. Trató de abrirlo lo más posible, aunque no consiguió mucho. Tuvo que tirarse al suelo y arrastrarse para poder pasar, y aún así un alambre suelto le raspó la cabeza y se enganchó en su polo naranja, dejándole un pequeño hoyo a la altura de sus costillas. Entre todas sus polos naranjas esa era su favorita, pero no le importó en lo absoluto. Apenas se sacudió el polvo antes de comenzar a correr entre las gigantescas paredes de chatarra apilada. Estuvo tentado a llamar a los gritos a Lucy, pero si en verdad estaba por allí, no quería asustarla o darle la posibilidad de que se escapara de él.

Recorrió el lugar durante varios minutos, buscando alguna señal de Lucy. El lugar era inmenso, y había muchos lugares donde ella podría estar ocultándose. Caminó y caminó, hasta que finalmente vio, sobre el capó de un viejo y oxidado Camaro, una pequeña figura negra y blanca. Lincoln dejó salir un gran suspiro, y se ocultó detrás de un auto, tratando de pensar qué hacer.

Se había imaginado esta situación muchísimas veces durante la semana. Había planeado distintas formas de hablar con ella, frases que pudieran hacerla sentir mejor. Aunque claro, no se había imaginado tener que hablar con ella en un deshuesadero luego de que se enterara por sí misma y escapara de su casa. Comenzó a pensar en cómo actuar ahora.

Los tumores en su cerebro lo estaban matando, y Lincoln los odiaba con todo su ser. Pero además de acabar prematuramente con su vida, le habían dado dos rasgos distintivos. Eran los causantes de su característico cabello blanco, y también le habían ocasionado un trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Por eso él era tan original con sus planes, tan rápido para encontrar soluciones ingeniosas. Y en aquel momento, oculto detrás de un auto a la espera de ser compactado o desarmado, Lincoln le pidió a su cerebro que tomara ventaja de los efectos secundarios de su enfermedad. Que al menos le sirviera para algo.

Así como en alguna ocasión había planeado en cinco minutos una obra de teatro para convencer a sus padres de que los llevaran al lujoso hotel de vacaciones, Lincoln deseó poder imaginar un buen plan de acción para hablar con Lucy. Cerró los ojos y se concentró, tratando de que las ideas llegaran a él. Se concentró y se concentró, pero sencillamente no se le ocurría qué hacer. Entonces volteó una vez más para ver a Lucy. Era claro que estaba llorando, sentada sobre el capó de un viejo auto. ¿De qué le habían servido todos sus planes, al fin y al cabo?

Sintió que su teléfono vibraba en su bolsillo, y lo revisó. Tenía algunos mensajes de Lori. Rápidamente le respondió que por favor los dejaran solos, que esperaran con la camioneta fuera del deshuesadero. También le dijo dónde Lucy había escondido su bicicleta, para que la guardaran. Lori le preguntó si realmente no necesitaba ayuda, y Lincoln lo pensó. Estuvo tentado a decirle que sí. Parte de él quería decirle que sí. Pero Lucy merecía una explicación de su parte, y Lincoln debía enfrentarla sola. Quizás no tenía mucho sentido, pero Lincoln sentía que debía ser él quien hablara con ella, por lo que le repitió a Lori que los esperaran.

Antes de guardar su teléfono, sin embargo, le envió un mensaje a Luan. Le dijo que le pida a sus padres una llave de repuesto de su habitación y que tratara de no espiar a las cosas que tenía en sus paredes. Le escribió instrucciones sobre cómo desbloquear su computadora, y le pidió que le enviara por mensaje de texto un link que tenía guardado en los marcadores de su navegador. Una vez enviado el mensaje, Lincoln suspiró y se preparó mentalmente para lo que estaba por suceder.

No tenía ningún plan.

Simplemente caminó hacia el auto, y a medida que se acercaba, el llanto de su hermanita se hizo cada vez más evidente. Era tan extraño oír a Lucy llorar como cualquier otra niña de ocho años… Era una imagen que creyó nunca vería. Una que hubiera deseado no tener que conocer jamás. Con el corazón agrietado, continuó acercándose, hasta que quedó de pie frente al auto.

—Lucy.

Otra imagen extraña: Lucy sobresaltándose. No era común que alguien lograra asustarla. Ese era su trabajo. Lucy levantó la vista y miró a Lincoln. Las lágrimas caían por sus pálidas mejillas, y sus labios temblaban como si estuviera siendo sometida a temperaturas bajo cero.

—Por favor, no corras —le pidió Lincoln, mientras lenta, muy lentamente, apoyaba las manos sobre el capó del auto y se subía allí.

Lucy retrocedió hasta que su espalda chocó con el parabrisas, pero no parecía tener intenciones de alejarse corriendo nuevamente, lo cual Lincoln consideró una pequeña, pequeñísima victoria. Continuó acercándose, lentamente, hasta que finalmente quedó frente a ella. Su hermana seguía llorando y temblando, con sus hombros y pecho convulsionando con cada jadeo que escapaba de su garganta.

Una vez que estuvo allí, sentado frente a su hermana, Lincoln fue consciente de lo pequeña que ella se veía. Lloraba a todo pulmón, con sus rodillas presionadas contra su pecho y los dorsos de sus manos tratando de secar las lágrimas, aunque era imposible mantener sus mejillas secas considerando la velocidad a la que las lágrimas caían. Lincoln honestamente no recordaba haberla visto nunca tan afectada.

No podía verla así.

—Lucy, sé que hice algo malo —le dijo, con todo el arrepentimiento que le era posible poner en su voz—. Sé que te prometí que estaba bien, y que te lastimé al mentirte.

Trató de esperar a que ella dijera algo, pero Lucy seguía quieta en su lugar, simplemente llorando. Mientras tanto, sintió que su teléfono volvía a vibrar. Supuso que sería Luan.

—Lo cierto… —Continuó— Lo cierto es que no quería decírselos. A ti, ni a Lola, ni a Lana, ni a Lisa. No quería decírselos, porque… Porque sabía que la noticia iba a dolerles. Sabía que iba a destrozarlas, que iba a…

Se detuvo a mitad de su improvisado discurso. Volvió a concentrarse en la figura de su hermana menor, llorando, posiblemente odiándolo por lo que le había hecho. Y tras pensarlo un poco, Lincoln suspiró, tomando una importante decisión.

No más mentiras.

—La verdad es que no quería decírselos porque no estaba listo —dijo finalmente, derrotado—. No estaba tratando de protegerlas a ustedes, estaba tratando de protegerme a mí mismo. No quería verlas mal, pero no por ustedes, sino por mí. Yo no… No soporto verlas llorar. Me rompe el corazón verte así. Y además… Además...

Apretó sus puños y cerró los ojos. Necesitaba ser fuerte.

—Tampoco quería decírselos porque cada vez que se lo digo a alguien que quiero se me hace más difícil —confesó—. Creí que sería más fácil, pero no. Porque cuando lo digo estoy aceptando que voy a… que va a pasar, y yo… Y tengo miedo. Tengo miedo, y no sé qué hacer. Y supuse que con ustedes tendría que explicarles muchas cosas, y la verdad es que no quería… bueno, no quiero pasar por eso.

Se detuvo un poco para tomar aire. Estaba comenzando a divagar, a lamentarse por su muerte, cuando en verdad debía preocuparse por Lucy.

—Debí haber sabido que sólo las estaba lastimando al ocultarles la verdad. Debería haber sabido que si hay alguien que entiende acerca de la muerte, esa eres tú, que no te estaba "protegiendo" al mentirte; todo lo contrario. No debería haberte mentido. Estuve mal. Y si me odias por eso… te entiendo.

Incluso si el flequillo de su hermana no lo dejaba verla a los ojos, podía sentir la intensa mirada. Sentía la decepción, el peso de la traición que había cometido a su confianza. Tuvo que mirar hacia otro lado.

—N-No te o-odio.

Fue como si alguien más hubiera hablado. Lincoln necesitó voltear para confirmar que sólo estaban ellos dos, porque por primera vez en años, Lucy había hablado con su voz natural. No era ese tono rasposo y casi susurrante que usaba todo el tiempo para sentirse más oscura. Había hablado como una niña normal. Como una niña de ocho años. Como una niña asustada.

— ¿No? —Preguntó Lincoln, más que nada para invitarla a seguir hablando.

—P-Por supuesto que no —respondió ella, entre sollozos—. No estoy llorando p-porque me mentiste.

Lincoln quedó honestamente sorprendido.

—Creí que… Pensé que por eso tú…

— ¡¿Qué no es obvio?! —Lo interrumpió, en un exabrupto que parecía totalmente fuera de personaje en ella— ¡Estoy mal porque estás muriendo!

Apenas acabó de decirlo, volvió a estallar en llanto. Era extremadamente doloroso verla así, llorando como cualquier niña pequeña. Esa no era Lucy.

O quizás, esa era la verdadera Lucy, una que Lincoln tontamente había olvidado que existía.

Se arrastró sobre el capó del auto para acercarse a ella y la rodeó con sus brazos. Lucy no se resistió y dejó que él la acomodara sobre su regazo, hasta que quedó recostada casi en posición fetal contra el pecho de Lincoln, mojando su camisa favorita con sus lágrimas. Los ojos de Lincoln también comenzaron a repartir su cuota de lágrimas, pero ella no podía verlo, por lo que decidió no darle importancia, esperando que quizás pudiera pasar desapercibido.

—Está bien —le dijo, acariciando con delicadeza su espalda—. Estoy aquí ahora, Lucy. Estoy contigo. Siempre lo estaré.

—No…

—Claro que sí. Aunque no puedas verme o escucharme, estaré contigo, acompañándote a donde vayas —le dijo, finalmente pudiendo recordar algunas de las cosas que había ensayado para decirle a sus hermanas menores—, en cada paso del camino.

—L-Lincoln…

—Voy a seguir cuidándote, Lucy. Nunca te voy a dejar sola. Cuando me necesites, voy a…

— ¡Pero te necesito aquí!

Lucy presionó su rostro en el pecho de Lincoln, moviendo la cabeza de lado a lado, como si estuviera tratando de enterrarse allí.

—Y-Yo no… no te quiero allá. Tengo amigos allá, pero te necesito aquí. Necesito tocarte. Abrazarte. Escucharte. Q-Que… que me ayudes con mis poemas. Que escuches las cosas que escribo. Que m-me preguntes cómo fue mi día.

—Lucy… Tú… No estarás sola, si eso es lo que te asusta —le dijo, comenzando a acariciar su cabello—. Nunca podrías estarlo en nuestra familia.

—No es lo mismo.

—Quizás no… Pero estoy seguro que descubrirás que es mejor de lo que pensabas.

— ¿Cómo podría ser algo bueno si tú no estás? —Preguntó, casi sin aire— Tú no entiendes… La muerte… El olvido… Te necesito conmigo.

Él sólo atinó a abrazarla un poco más fuerte. No sabía qué decirle. Trató de inventarse algo, pero no sabía qué palabras decirle. Afortunadamente, él no necesitaba conocer las palabras adecuadas; sólo saber dónde encontrarlas. Y durante los últimos días, en especial entre el miércoles y el jueves, él había buscado mucho, y había encontrado algo especial para Lucy.

Con algo de dificultad, usó una de sus manos para tomar su teléfono celular de su bolsillo. Inmediatamente revisó el mensaje pendiente que tenía de Luan —quien había sido lo suficientemente considerada como para no hacerle ninguna pregunta al respecto ni agregar ningún comentario— y abrió el link que le había enviado. Esperó a que su lenta conexión a internet cargara por completo la página.

—Tengo un poema para ti —dijo en voz baja, mientras movía la pantalla con su pulgar para llegar al comienzo del poema.

Lucy no dijo nada ni movió la cabeza de su pecho, pero de alguna forma logró disminuir el volumen de sus sollozos. Lo suficiente como para que Lincoln aclarara su garganta y pudiera comenzar a recitar el poema de la forma más serena y tranquila que le era posible.

No te detengas en mi tumba a llorar.
No estoy dormido. No estoy allá.
Soy de miles de vientos el silbido,
de diamante en la nieve soy el brillo,
sobre el grano maduro soy el sol,
la lluvia suave del otoño soy.
Cuando en la quietud de la mañana estás despierto
soy de despegue el impulso muy ligero
de silenciosos pájaros en vuelo circular.
De la estrella en la noche soy el tenue brillar.
En mi tumba no pares para llorar así,
Allí no estoy, pues no morí.

Apoyó su teléfono contra el parabrisas del auto, y aprovechó el silencio para secar disimuladamente algunas de sus lágrimas.

—Hablas del olvido… También me asusta eso, Lucy. Pero… Dime la verdad, ¿crees que podrás olvidarme?

Ella se acurrucó aún más contra él, negando furiosamente con la cabeza.

—Eso es todo lo que necesito, entonces. Saber que mi hermanita me recordará. Con eso… Con eso puedo i-irme satisfecho.

Tragó saliva.

—No necesitarás una bola de cristal para poder hablar conmigo, Lucy —le aseguró—. Cuando te sientas sola, cuando quieras compartir uno de tus poemas, o… o cuando sólo quieras hablar conmigo, podrás sentarte y hacerlo.

—P-P-Pero no voy… No voy a poder e-escucharte…

—No hará falta.

—Sí lo hará.

—Quizás —concedió él finalmente, no queriendo discutir con ella—, pero sabrás que estoy contigo. Lo sabrás aquí.

Y con delicadeza, apoyó su dedo índice sobre el pecho de su hermanita, justo encima de su corazón.

—No hace falta que me escuches para saber que te amo, que te amé y que te amaré por siempre. Siempre seré tu hermano mayor —le dijo, mientras colocaba suavemente una mano bajo el mentón de Lucy, levantando su rostro para que lo viera—. La muerte no cambiará eso.

Ella seguía llorando, mirándolo a los ojos. Y aunque él también estaba visiblemente emocionado, logró regalarle una sonrisa a su hermanita menor, mientras continuaba acariciando una de sus mejillas. Usó uno de sus pulgares para limpiar una lágrima que había quedado estancada sobre sus pómulos, y en el proceso —en parte por accidente y en parte a propósito—, movió parte de su flequillo.

Por primera vez en años, Lincoln pudo ver a su hermana menor directamente a los ojos, sin ningún cabello en medio. Fue como volver a conocerla. Parecía tonto, pero Lincoln casi había olvidado los pequeños ojos de Lucy. Pequeños, redondos y brillantes, como dos piedras preciosas. Lo más asombroso, sin embargo, era el hecho de que incluso luego de años ocultos tras una espesa capa de cabello negro, sus ojos seguían siendo tan claros y hermosos como Lincoln recordaba alguna vez haberlos visto.

Decenas de momentos comenzaron comenzaron a desfilar por la mente de Lincoln. Lucy, él y Luan en el caballo mecánico del mercado. Él y Lucy durmiendo juntos en los ductos de ventilación, cubiertos por una mantita mientras toda la familia los buscaba. Lucy sonriendo como pocas veces cuando Lincoln decidió vestirse de vampiro para acompañarla a buscar dulces en Halloween.

Recordando todos aquellos momentos que había compartido con Lucy, Lincoln no pudo evitar inclinarse hacia ella y besar su frente con ternura.

—T-Te… Te amo —dijo ella colocando una mano sobre la de Lincoln, presionándola aún más contra su mejilla.

Lincoln asintió suavemente, cerrando los ojos.

—Y yo a ti.


Cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de los edificios del lado oeste de la ciudad, Lincoln consideró que los mensajes de Lori no podían seguir siendo ignorados. Con cuidado, uno de sus brazos soltó a Lucy, quien continuaba abrazándolo como una koala bebé, y tomó su teléfono. Le escribió para confirmarle que estaban bien, y que ya saldrían.

—Lucy —dijo, descubriendo de repente que le dolía la garganta; no debería haberle sorprendido, considerando las últimas horas—, tenemos que ir. Todos están preocupados.

Ella no dijo nada. No reaccionó. Siguió abrazándolo en silencio, como había hecho desde que se había calmado, con el ocasional jadeo de un tenue y agotado llanto. Lincoln decidió tomar la iniciativa, y con cuidado logró bajarse del capó del auto y ponerse de pie, arrastrando consigo a Lucy. Con el cambio de posición, ella debió conformarse con simplemente abrazar uno de los brazos de su hermano, apoyando su cabeza contra su hombro y tratando de estar lo más cerca posible de él. Los dos comenzaron a caminar lentamente hacia el hueco por donde habían entrado.

—Lincoln —dijo ella, y su voz seguía sonando como la de una niña normal, aunque ahora sonaba raspada, como si las palabras se resquebrajaran al atravesar su garganta—, ¿cómo me encontraste?

—Estaba en la entrada del cementerio —le explicó—. Sabía que no habrías ido a un lugar tan obvio. Y cuando vi el deshuesadero… Esto es lo más cercano que pudiste encontrar, ¿no? Un lugar donde los autos mueren, donde son reciclados. Los autos, y con ellos todos los sueños y experiencias que la gente vivió en ellos.

Lucy no dijo nada, simplemente lo abrazó con más fuerza. Cualquier otra palabra se sentía innecesaria, por lo que Lincoln solamente inclinó su cabeza para apoyarla sobre la de su caminando hasta que llegaron al hueco en el alambrado. Con alguien sosteniendo los alambres, fue más fácil para ellos cruzar sin rasparse ni engancharse.

Lori y Leni estaban esperándolos dentro de Vanzilla. Lori estaba en el asiento del conductor, y Leni en la parte trasera, esperándolos. Abrió la puerta, y Lincoln y Lucy entraron. Se sentaron sin preocuparse por el punto dulce. Nadie dijo nada. Lucy quedó sentada entre Leni y Lincoln, recostada contra él. Leni, siendo más grande, estiró sus brazos para poder abrazarlos a los dos.

—Eso que dijiste del deshuesadero... —Dijo Lucy de repente, tras varios minutos de silencio, alarmando con su voz a sus hermanas mayores— No es por eso que fui ahí.

Lincoln la miró.

— ¿Y por qué viniste entonces?

Lucy se movió un poco entre sus hermanos, tratando de abrazar más a Lincoln.

—Ahí fue donde papá recuperó a Vanzilla después de deshacerse de Verónica. Ahí es donde todo volvió a la normalidad.

El resto del camino a casa fue muy silencioso.


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Este capítulo no está terminado.

Escribir Fanfiction es mucho más sencillo que escribir una novela. Uno pude aspirar a que sea un trabajo súper profesional y magnífico, pero no lo es, en verdad. Yo intento que esto sea (con algunas excepciones y licencias artísticas que me doy para que sea un poco más entretenido para mí de escribir) lo más profesional posible, pero no deja de ser un trabajo de un fan algo loco que quiere contar una historia. No debería haber mayores pretenciones, y eso hace que haya muchas menos presiones a la hora de escribir esto.

Sin embargo, hay algo que me juega en contra. Y es que publico los capítulos a medida que los escribo. No tengo el beneficio de escribir toda la historia y después comenzar a revisarla. Busquen cualquier guía sobre cómo escribir una novela y sabrán que primero va el borrador, y luego sucesivas re-escrituras. La primera versión nunca es perfecta. Jamás.

Soy un estudiante de arquitectura, y he estudiado la Ville Savoye de Le Corbusier (esa casa es el paradigma de la arquitectura del movimiento moderno) y los primeros planos son horribles. Los primeros conceptos del Gran Maestro Le Corbusier tienen errores que cualquier estudiante puede detectar. Pero siguió trabajando sobre ellos hasta que construyó una casa perfecta.

Como dije, el capítulo no está terminado. No sé qué les haya parecido, pero la escena final entre Lucy y Lincoln se me hizo corta y carente del peso emocional que demanda. Hay muchas cosas que me quedé con ganas de transmitir, inseguridades de Lucy, explorar un poco más la relación entre los dos. Pero requiero tiempo para hacerlo. Estas tres semanas no tuve tiempo, y creo que necesitaría mucho más para poder traerles algo digno.

Pero no puedo seguir estancado con este cap. No funciono así. Necesito continuar con la historia, ganar perspectiva, cambiar de aire y después sí, volver aquí y arreglar este capítulo. Así que seguiré con la historia, seguiré con el cap 18 y los que le siguen, y cuando esté terminada, entonces sí volveré a este cap y agregaré más diálogos, descripciones y peso a la escena final.

Lamentablemente no todo puede salir bien en el primer intento, y cualquiera que escriba con un mínimo interés en hacer algo profesional sabrá entender que no es que uno pueda solucionar estas cosas de un día para el otro.

Pueden entenderme, apoyarme y darme ideas, si quieren, y estaré agradecido. O pueden odiarme, decirme que esto no se hace, que el cap fue una mierda, que nadie me obliga a actualizar y que estoy siendo súper dramático. Seguramente tengan razón, pero honestamente no me importa.

Mañana es mi cumpleaños. Por lo menos voy a poder disfrutarlo si sentir el peso de "no actualicé" en mis hombros.

¡Nos vemos!

EDIT: En vista de las confusiones, me explico. No es que está sin terminar. Que lo publiqué incompleto. Por eso hablé de los borradores y las re-escrituras. Me refiero a que este capítulo necesita ser trabajado, necesita perspectiva. Por supuesto que no publicaría algo sin terminar, ¿qué me creen?