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¡Buenas tardes! Hoy publico un rato antes porque estoy aburrido. Je.

Agradezco muchísimo todo el apoyo que he recibido en el último capítulo. Como dije, personalmente no estoy del todo satisfecho con cómo lo resolví, pero me alegró muchísimo ver que a la mayoría de ustedes sí les gustó. Quisiera, al respecto, repetir y aclarar que el capítulo no estaba incompleto en el sentido de que me faltaron escribir páginas pero lo subí de todas formas. Me refería a que estaba incompleto en el sentido de que siento que no lo pude resolver como quería, y que probablemente algún día vuelva a revisarlo para que quede mejor. Claramente el capítulo sí estaba terminado, independientemente de la calidad del resultado. También quiero agradecer por los saludos de cumpleaños, jajaja. Muchas gracias, gente.

También quiero decir que sé que algunos de los nuevos episodios interfieren un poco con el canon de mi historia. Por ejemplo, en Vantastic Voyage vemos a Lynn cocinando bastante bien para sus padres, y también que el padre de Lynn Sr era en realidad un hippie y no un tipo serio como yo lo planteé, jajaja. Pero bueno, es de esperarse que, teniendo en cuenta que escribo mientras la serie aún está saliendo al aire, no pueda estar 1005 metido con el canon. Una observación tonta, pero que vale la pena mencionar.

Y también recibí algunos mensajes sobre porqué no puse los agradecimientos en el capítulo anterior. Cualquier que me haya enviado un Mensaje Privado sabe que los respondo a todos y cada uno (y eso que me llegan bastantes...). No soy alguien que ignore a la gente, lol. Pero lo cierto es que estoy llegando a un punto donde recibo demasiados reviews como para responder uno por uno. Tuve más de 40 en la versión en español y más de 80 en la versión en inglés. Cuando empecé con los agradecimientos uno por uno estaba recibiendo menos de 15 reviews por capítulos. Era más fácil.

De todas formas, leo todos y cada uno de los mensajes y reviews que me mandan/dejan. Los aprecio a todos y cada uno de ustedes, y es su apoyo el que me motiva para seguir adelante. Muchísimas gracias a todos los que leen, a todos los que comentan, a todos los que me envían sugerencias e ideas. Básicamente, a todos los que hicieron de esta historia algo más que una historia.

Hablando de eso, en el remoto caso de que alguno de ustedes sea un coreano que habla español y lee esta historia, es un orgullo decirles que "Réquiem por un Loud" cuenta ahora con una traducción al coreano que un usuario ha decidido llevar adelante. Si quieren el link pueden enviarme un mensaje privado y con gusto se los pasaré. O pueden revisar la página de TV Tropes de Réquiem, donde también está listado.

Y para los que no les gustan mis notas de autor largas, pues lo siento, soy un tipo al que le gusta interactuar. Son libres de saltearlas, jajaja, no voy a enojarme.

Disclaimer: The Loud House y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Chris Savino y Nickelodeon.


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Capítulo 18: Emociones compartidas.

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Agnes Johnson estuvo a punto de llegar tarde a clases esa mañana de lunes. El despertador sonó a la hora de siempre, y el tráfico no fue más accidentado de lo normal. Su casi retraso se debió, simplemente, a los largos minutos que pasó sentada dentro de su coche en el estacionamiento para profesores de la Escuela Primaria de Royal Woods. Sentada con las manos en el volante y la mirada perdida en algún punto del parabrisas, sin nada en lo que fijarse realmente, con la radio apagada y las ventanillas cerradas.

Sólo reaccionó cuando oyó el timbre de la escuela, que llegó a ella incluso por encima del ruido de la calle cercana y del murmullo inherente a cualquier lugar que aglutina a más de cuatrocientos niños de entre tres y trece años. Fue ese llamado a su trabajo lo que la hizo reaccionar. La necesidad de aferrarse a su profesión, a su vocación, fue lo que le dio las fuerzas para salir de su auto y dirigirse a su salón de clase, donde sus alumnos la esperaban.

Casi todos.

Agnes había sabido desde niña que quería ser profesora. Desde pequeña disfrutaba ayudando a su hermana menor con sus tareas, y en su escuela siempre había sido la alumna ejemplar. Sus amigas le pedían ayuda todo el tiempo, y ella con gusto prestaba sus informes para que "adaptaran" —y pensar que sus alumnos creían que ella no se daba cuenta cuando se copiaban de un compañero—, no tenía problemas en reunirse luego de la escuela para explicarles las lecciones que no habían entendido.

Siempre había tenido vocación de profesora, y cuando ingresó en la universidad, tomó la decisión de que enseñaría a alumnos de escuela primaria. A decir verdad, su pasión por la historia la habría hecho una mejor candidata como profesora de alumnos de secundaria —sino de universidad—, pero el desafío de enseñar a niños le parecía mucho más importante. Recordaba a la Señorita Smith, su profesora de cuarto grado, y el impacto que había tenido en su vida.

Amaba trabajar con niños, además. Cualquier tipo de cansancio o fastidio que a veces pudiera sentir se debía principalmente a las restricciones del sistema educativo, o quizás a su bajo salario. Pero jamás se cansaría de ver la sonrisa en un niño de once años que finalmente entendía cómo resolver un problema de matemáticas. La inocencia, la felicidad, los pequeños dramas de la niñez. Trabajar con niños era terapéutico para ella.

Mientras cruzaba el corredor y evitaba chocarse con distraídos niños que trataban de sacar cosas de sus casilleros a último momento, Agnes llevó una mano al pequeño broche de plástico que llevaba en su cabello, aquel prendedor naranja que nunca antes había usado.

Comenzó a pensar en sus alumnos. Era inevitable llegar a quererlos como si fueran pequeños sobrinos suyos. Los veía en promedio cinco horas por día, cinco días a la semana, durante dos semestres. Pasaba más tiempo con ellos que con su hermana o sus padres. Era imposible compartir todo ese tiempo, verlos crecer, aprender, resolver problemas, verlos jugar, y no formar un vínculo especial con todos ellos.

Llegaba a conocerlos a veces mejor que sus propios padres. Sólo con ver cómo se sentaban, Agnes era capaz de saber si habían tenido problemas en su casa o si se habían peleado con algún amigo. Conocía sus miedos, sus gustos, sus fortalezas, sus talentos. Y aunque pareciera imposible con la cantidad de rostros que pasaban por su salón cada año, recordaba los nombres de casi todos. Le gustaba reencontrarse con ex-alumnos fuera de la escuela, sobre todo cuando eran ellos quienes se acercaban corriendo a verla con una sonrisa.

Amaba a todos sus alumnos como si fueran parte de su familia.

Cuando colocó una mano sobre el picaporte de la puerta de su salón, tomó aire. Llevó su otra mano nuevamente hacia el broche naranja que durante tanto tiempo había tenido tirado dentro de uno de sus cajones. Lo acarició un segundo, cerró los ojos, tomó aire, y entró tratando de actuar con normalidad.

Sus alumnos definitivamente actuaban con normalidad. Todos hablando, la mitad de ellos parados y riendo a carcajadas, haciendo típicas cosas de niños de once años. La mayoría tenía un teléfono celular en mano. Cuando ella entró, el ruido disminuyó un poco, y sus alumnos se ubicaron en sus lugares. Agnes caminó hasta su escritorio y apoyó su bolso. Comenzó a sacar su cuaderno de anotaciones, sus registros de alumnos, su cartuchera. Luego comenzó a organizarlos sobre su escritorio, alineados, ordenados. Se tomó todo el tiempo del mundo en hacerlo. Cada movimiento en cámara lenta. Pensando.

Eventualmente se quedó sin excusas. Levantó la vista y se encontró con la mirada preocupada de sus alumnos, y de un gran silencio. Estaban esperando que los saludara, normalmente era lo primero que hacía al entrar.

—Buenos, uh, buenos días, clase —dijo, tratando de fingir entusiasmo y fracasando estrepitosamente en el intento.

—Buenos días, señorita Johnson —respondieron a coro los alumnos, intercambiando miradas de costado entre ellos.

Agnes inspeccionó rápidamente el salón con la mirada. Todos se veían algo confundidos por su actitud, pero bien, más allá de eso. La única persona que parecía sumamente triste era el pobre Clyde McBride. Agnes se sintió profundamente culpable. Lo había visto deprimido durante los últimos días de la anterior semana. Había tratado de hablarlo con él, pero el chico se había refugiado en "problemas fuera de la escuela, nada grave". Ella no le había creído que no fueran graves, pero no lo presionó.

Pero ahora era dolorosamente obvio que el problema de Clyde era el asiento vacío detrás de él, el lugar donde Lincoln Loud solía sentarse.

El director Huggings la había llamado el viernes después de clases. El llamado la había tomado por sorpresa, y sólo pudo sorprenderse aún más cuando le dijo que tenía terribles noticias que le llegaban de la secundaria. Una niña, ex alumna de Agnes, había enviado al hospital a un compañero en un ataque de ira.

Y luego le explicó los motivos.

Agnes quería a todos sus alumnos como si fueran parte de su familia. Los profesores siempre tienen alumnos favoritos, es imposible no generar vínculos más cercanos con algunos que con otros. Mientras aquella preferencia no afectara su forma de trabajar, no era una problemática. Ella tenía algunos alumnos favoritos, por distintos motivos. Clyde era uno de sus predilectos por el entusiasmo y la responsabilidad en sus tareas. Jordan también era una de sus favoritas, porque siempre preguntaba lo que no entendía.

Y luego estaba Lincoln Loud. Ella había sido maestra de sus cinco hermanas mayores, y había oído muchísimo de él incluso antes de tenerlo en su clase. Era todo lo que los reportes de sus hermanas mayores decían. Un niño sumamente impresionable, con una creatividad extraordinaria y que siempre trataba de impresionar a todos con sus ideas y proyectos originales. Agnes lo entendía. Con tantas hermanas talentosas —la vitrina de trofeos de la escuela estaba llena de Louds—, el pobre chico estaba necesitado de atención. No era el más brillante, ni tenía las mejores notas, y de hecho era bastante difícil hacer que prestara atención...

Ella debería haberlo notado. Debería haber sabido que su falta de atención no era normal. Debería haberlo enviado con la psicopedagoga de la escuela, ella quizás habría sabido que se trataba de un trastorno déficit de atención con hiperactividad. Podrían haberle hecho estudios. Quizás… Quizás podrían haberlo salvado.

— ¿Señorita Johnson?

Agnes salió de sus pensamientos y buscó con la mirada a quien le había hecho una pregunta. Molly tenía la mano medio camino en el aire.

—Sí, eh, lo siento. ¿Qué pasa Molly?

— ¿Está… está todo bien? —Preguntó.

—Sí, sí, no se preocupen —aclaró su garganta y comenzó a mover nerviosamente los papeles de su escritorio, buscando alguna nota sobre qué es lo que debían hacer en esta clase—. Muy bien. Clase, hoy veremos… Uh… Continuando con lo visto en la clase pasada, hoy nos toca…

Las palabras morían en su garganta mientras trataba de pensar. No podía concentrarse en la lección. No podía pensar en lo que debía decir. Lo único en lo que podía pensar era en el broche de plástico naranja que tenía ahora en su cabello, regalo por el día del profesor por parte de un alumno muy despistado. Un alumno que se había acordado a último momento del día especial, y que había comprado lo primero que había encontrado en la tienda junto a la escuela. Ella lo había guardado junto con todos los regalos que sus alumnos le habían hecho a lo largo de los años, pero nunca lo había usado. Era demasiado insulso.

En aquellos momentos dudaba que volviera a salir de casa sin él.

Su idea original había sido continuar con las clases normalmente, dejarles la tarea para el hogar, y aprovechar los últimos minutos para hablar con los niños y darles las terribles noticias. Pero su rol como educadora iba más allá de enseñarles temas nuevos. Su deber era prepararlos como personas, no como gente que sabe repetir de memoria cosas escritas en libros. Debía prepararlos para la vida. Y la vida, a veces, tenía momentos donde era mejor hacer una pausa.

No tenía ningún problema en sacrificar una clase. La situación lo ameritaba.

—Guarden sus libros —dijo de repente, sentándose en la silla detrás de su escritorio—. Hoy no los necesitaremos.

Cerró los ojos y masajeó sus sienes, y aún así pudo sentir las miradas confundidas de sus alumnos, preguntándose qué era lo que estaba sucediendo.

—Chicos… Hay algo que debo contarles.

El silencio era terriblemente doloroso.

—El director… En un principio no queríamos decírselos, pero ustedes merecen saber. Sí. Merecen saber.

Escuchó un jadeo y abrió los ojos. Todos sus alumnos la miraban, decididamente asustados, pero ninguno se veía tan aterrado como Clyde. Agnes miró a los ojos al pobre chico, quien rápidamente entendió lo que estaba sucediendo. Tratar de transmitirle seguridad o tranquilidad no tenía sentido. Solamente lo miró con tristeza. Y Clyde entendió. Agnes vio cómo metía su mano por debajo de los lentes y comenzaba a frotarse los ojos, antes de recostarse cabizbajo sobre la mesa, con su rostro oculto entre sus brazos.

—Como habrán notado… Uno de sus compañeros no ha venido a clases en toda la semana.

Todos inmediatamente voltearon hacia el lugar donde Lincoln solía sentarse.

—Así es. Lincoln… Él… Él está enfermo. Y… Y p-por eso.. Él n-no…

Agnes no pudo sostenerse. Comenzó a llorar sobre su escritorio. Su llanto pronto se mezcló con el de Clyde, y el resto de los alumnos comenzaron a atar cabos en sus mentes.

— ¿Lincoln? —Dijo Rusty, preocupado.

— ¿Qué…? ¿Está... enfermo? —Preguntó Whitney, con un hilo de voz.

—Lo vimos el miércoles —dijo Liam, negando con la cabeza—. Estuvo aquí afuera. Se fue con Ronnie Anne.

—Se veía bien —agregó Zach.

— ¿Y por qué no vino a clases?

Ante la pregunta de Cookie, todos voltearon a ver a la única persona que tendría las respuestas.

— ¿Clyde? —Preguntó Molly— ¿Lincoln está bien?

Él siguió llorando en silencio, sin mirarlos. Sin responder.

Eran niños de once años, pero no eran tontos. Ver llorar al mejor amigo de Lincoln y a la profesora fue suficiente. Todos acusaron el golpe, algunos más rápido que otros. Muchos se quedaron callados, tratando de convencerse de que estaban entendiendo mal. Otros comenzaron a hacer preguntas que ni Clyde ni la señorita Johnson estaban en condiciones de responder. Algunos comenzaron a llorar también. Eventualmente la profesora pudo controlarse y explicarles todo lo que ella sabía. No hicieron ninguna tarea aquel día.

Fue la peor clase de sus vidas.


Lincoln tachó un nuevo día en el calendario luego de volver a su habitación tras ducharse. Contando el del lunes, sólo quedaban seis casilleros blancos. El resto eran todos rojos, los que no podía dar por sentados. En verdad, no podía dar ninguno por sentado. Los doctores solo le habían dado una estimación, podría morir en cualquier momento. Y sin embargo…

Se observó en el espejo. Apenas un par de días atrás recordaba haberse levantado y ver en su reflejo el rostro de un chico estresado, cansado, un rostro que había envejecido añares en tan sólo unos días. Recordaba despertarse varias veces durante la noche, sufriendo de pesadillas y terrores nocturnos. Aquellos primeros días luego de haber recibido su diagnóstico habían sido terribles. Todo había comenzado a cambiar, notó, la madrugada del viernes.

Se había despertado de una nueva pesadilla y había bajado a la sala, encontrándose con Luan. Habían tenido un momento de unión muy profundo, y luego habían dormido abrazados el uno con el otro. Lincoln no había vuelto a despertarse esa noche, durmió como un bebé. Lo mismo la noche siguiente, cuando fue Lynn quien lo acompañó, esta vez en su habitación. Se habían despertado con la discusión entre Luna y Lori, y Lincoln se había quedado sumamente nervioso, pero los brazos de su hermana lo habían calmado y lo habían ayudado a volver a tener otra pacífica noche de sueño. Exactamente lo mismo había sucedido al día siguiente, esta vez durmiendo con Luna en la tienda que habían armado.

Había tenido cuatro noches imposibles y tres noches de pacífico descanso. Era claro para él que era por sus hermanas. Sus presencias lo ayudaban a dormir. Era una forma de sentirse protegido, amado, en compañía. Por eso, la noche anterior, se había acostado asustado. Lucy no había tomado la iniciativa de dormir con él, sino que había vuelto a su habitación y había permanecido allí con Lynn. Ni siquiera bajaron a cenar. Se las habían arreglado para que no se escuchara nada a través de las finas paredes, pero Lincoln no necesitaba oírlas para saber que sus dos hermanas debían estar llorando juntas, permitiéndose a sí mismas entregarse al dolor.

Había tardado muchísimo tiempo en dormirse. En su mente tenía la idea de ir a la habitación de Lori y perdirle dormir con ella. Lori no se burlaría de él. Seguramente lo habría hecho sin dudar. Lincoln, sin embargo, no quería molestarla con algo tan… ¿infantil? ¿Podía considerarse la necesidad de estar dormir con una de sus hermanas como debilidad teniendo en cuenta las circunstancias? Fuera o no infantil, Lincoln no se atrevía a molestarla. Le daba vergüenza pedirlo. Pero la posibilidad estaba, y el hecho de pensar en que quizás había una manera de dormir más fácil lo mantuvo despierto, con su mente ocupada en un eterno debate entre ir a despertar a Lori o no.

Finalmente el cansancio lo había vencido, y Lincoln tuvo que conformarse con abrazar a Bun-Bun hasta dormirse. Y extrañamente, había vuelto a dormir como si todo estuviera bien. Se había despertado con energías. Incluso antes de darse una ducha sentía que estaba preparado para afrontar el día. Le pareció sumamente extraño, considerando los antecedentes. Mucho más teniendo en cuenta el gran desgaste emocional que había significado decirle la verdad a Lucy. Debería estar exhausto, y sin embargo, se sentía como nuevo.

Tenía una teoría al respecto.

Se vistió y salió de su habitación. El resto de sus hermanas estaban preparándose dentro de sus habitaciones o ya habían bajado a desayunar. Golpeó en la primera puerta a su izquierda.

—Lisa, ¿estás despierta? —Preguntó.

Inmediatamente comenzó a oír muchos ruidos. Cajas moviéndose, elementos metálicos chocando contra otras superficies. Parecía como si alguien estuviera preparando una mudanza en cinco minutos.

— ¿Lisa? —Volvió a preguntar, esta vez tratando de abrir la puerta.

Estaba completamente cerrada. No se movía ni siquiera un milímetro. Lincoln maldijo internamente las medidas de seguridad que su hermana tomaba. No era común que se encerrara de esa forma.

—Lisa, abre la puerta ahora —dijo, golpeando insistentemente con su puño.

¡Un segundo!

Escucharla al menos le trajo cierta tranquilidad. Comenzó a mover su pie impacientemente, esperando con brazos cruzados frente a la puerta. Menos de un minuto más tarde, Lincoln oyó un nuevo sonido, esta vez mucho más digital, y la puerta se abrió.

—Te levantaste temprano —dijo Lisa simplemente, mirándolo de arriba a abajo durante varios segundos, antes de voltear y volver hacia su computadora—. Ya tengo preparada la dosis de esta mañana.

—Sí. Hablando de eso, ¿puede ser que…?

— ¡I con! ¡Uhg!

Lincoln rápidamente volteó hacia la cuna de Lily. Su hermanita bebé estaba de pie, apoyada contra el borde de su cuna, y lo miraba suplicante. Se la veía incómoda, con su cara casi en una mueca de dolor, y no paraba de balancearse sobre sus rodillas. Comenzó a llamarlo y a hacer ruidos como si tuviera una molestia. Lincoln rápidamente se acercó a ella.

— ¿Qué tienes, Lily? ¿Te duele…?

Incluso antes de alzarla Lincoln ya había identificado el problema. Volteó furioso a ver a su otra hermana menor.

— ¡Lisa! ¿Cuándo fue la última vez que cambiaste el pañal de Lily? —Preguntó, mientras comenzaba a despejar un escritorio para poder cambiar a Lily allí.

— ¿Disculpa? —Dijo ella, desinteresadamente.

— ¡Se supone que tú tienes que cuidarla hasta que mamá o Lori se levantan! —Le recriminó, mientras se apresuraba a cambiarle el pañal a su hermanita bebé— Pareciera que no se lo cambiaste desde después de la cena.

—Ahora que lo dices, quizás eso sea cierto.

Lincoln terminó de cambiar a su hermanita, y aprovechó también para vestirla, con sus pequeños pantalones azules y su remera lila. Sabía que pronto ella se cansaría de la ropa y continuaría caminando por la casa tan sólo en pañales, pero al menos había que intentarlo. Una vez terminado, la alzó en sus brazos y comenzó a mecerla suavemente. La risa de la niña inundó la habitación.

—Lisa, no puedo creer que la dejaras así toda la noche.

—Fallo en comprender por qué tanto alboroto.

—Es. Tu. Hermana. Tu hermana bebé —le dijo, ya decididamente molesto—. No puedes dejarla de lado.

—No la dejé de lado, Lincoln. Estaba ocupada haciendo otras cosas.

— ¡Eso no es una excusa! ¡No hay nada que pueda estar por encima de cuidar de tu hermana!

—Por supuesto que sí —respondió ella, finalmente volteando a verlo.

La seriedad de su tono de voz bastó para que Lily dejara de balbucear, y mirara también a Lisa, sintiendo que algo andaba mal.

— ¿Qué crees que será más importante para ella? —Preguntó Lisa— ¿Una noche con un pañal sucio o crecer sin su hermano mayor?

Lincoln inhaló profundamente, mientras sentía un pequeño vacío en su estómago.

—El pañal sucio no le causó ningún dolor, no le causó ninguna complicación, no le hizo nada que pudiera ser considerado nocivo. Así que, ¿me arrepiento de no haberle cambiado un pañal sucio? No, Lincoln. Para nada. Es prudente informarte que seguramente no le cambie otro esta noche tampoco. Porque yo tengo mis prioridades claras.

Lincoln observó a su hermana. Lisa lo miraba intensamente, con seriedad pero también con cierta tensión en sus facciones. Como si estuviera esforzándose por mantener un rostro neutral. No le causaba ninguna gracia que Lisa se olvidara de atender a Lily, la bebé de la familia. Que se metiera tanto en su investigación que no prestara atención a su hermanita menor. Pero… Lincoln no podía enojarse con ella. Era una niña genio de cuatro años tratando de salvar a su hermano. En todo caso, todo esto sólo le causaba más preocupación.

Lincoln se arrodilló frente a su hermana.

—Lisa… No tienes que hacer esto —le dijo, sumamente preocupado—. No deberías sentir que es tu responsabilidad el…

—Detente —lo interrumpió, sorprendiéndolo.

—Lisa, te lo dije la otra vez, no…

— ¡Basta!

Lisa pisó fuerte con su pie derecho, y llevó sus manos por debajo de sus gafas, frotando sus ojos nerviosamente.

—No hagas eso —le pidió, bajando sus brazos y desviando la mirada—. No ahora. Necesito trabajar. No puedo permitirme… Sólo toma tu dosis y ve a desayunar. Déjame hacer esto.

Apretaba sus puños con tanta fuerza que parecían estar temblando, y tenía los ojos cerrados con la cabeza mirando hacia su derecha, rehusándose a verlo. Lily dejó escapar un balbuceo preocupado, mientras que Lincoln sencillamente se había quedado sin palabras.

—Por favor —agregó ella después de unos momentos.

—Lisa…

Lincoln estiró uno de sus brazos para abrazar a su hermana, pero Lisa lo detuvo tomándolo por el antebrazo.

—No… Sólo… Déjame hacer esto. Toma tu dosis y vete. Por favor. Haz… Hazlo por mí.

Quería discutir. Quería convencerla de que lo que estaba haciendo no era sano. Que no debía llevar aquella pesada carga sobre sus hombros. Que él podía hacerlo por ella, que con gusto lo haría. Pero ya se lo había dicho antes, y eso no la había detenido. Y además, su estoica hermana estaba a punto de quebrarse. Era obvio, no podía esconderlo.

Suspiró, poniéndose de pie y dirigiéndose a la mesa donde un pequeño vaso lleno de un líquido azul lo esperaba. Dirigió una rápida mirada a Lisa sólo para que le confirmara que esa era su antídoto y no algún químico que le haría crecer una segunda cabeza o lo transformara en un conejo. Lisa apenas si asintió, y Lincoln lo bebió de un trago. Ya se había acostumbrado al sabor. Lily trató de quitarle el tubo, pero Lincoln lo guardó rápidamente.

Sabiendo que Lisa no iba a decirle nada más, decidió dejar sus preguntas acerca de los efectos secundarios del antídoto para la noche. Caminó hasta colocarse bajo el umbral de la puerta. Antes de cerrarla, sin embargo, dirigió una última mirada a Lisa. Su hermanita estaba de nuevo frente a su computadora, usando un extraño periférico para revisar un modelo en tres dimensiones demasiado complejo como para que Lincoln lo entendiera.

—Lisa —la llamó.

Su hermana continuó trabajando.

—Sólo cuídate, ¿está bien? —Dijo resignada y tristemente, antes de cerrar la puerta. Quedó apoyado contra la pared del pasillo, dejando escapar un suspiro.

Lily llevó una mano al rostro de Lincoln, acariciándolo suavemente.

— ¿Boo boo? —Preguntó, mirándolo curiosa y con algo de preocupación.

Lincoln sonrió ampliamente.

—Algo así, Lily —le dijo, abrazándola y disfrutando el contacto con su más pequeña hermana.

Ella rió, y su suave y aguda risa fue para Lincoln como un bálsamo curativo. Y luego, para su sorpresa, Lily le plantó un pequeño beso en la mejilla. Se separó un poco para mirarla.

—Boo boo —dijo ella simplemente, volviendo a estirar sus brazos para abrazarlo.

Ella quizás no supiera cómo hablar, pero tenía su forma de hacerse entender. Y Lincoln supo que ella lo veía triste, lastimado, y trataba de animarlo. Así como le besaba los golpes para hacerlo sentir mejor, ahora estaba tratando de devolverle la sonrisa al rostro.

Dos puertas se abrieron en el pasillo, y pronto tanto Lucy como Luna salieron de sus respectivas habitaciones. Las dos estaban mirando hacia el suelo, pero de inmediato notaron la presencia de Lincoln. Lucy quedó paralizada en su lugar, mientras que Luna se apresuró en acercarse a él.

—Hermano, ¿cómo estás? —Le preguntó, abrazándolo— ¿Todo en orden? ¿Dormiste bien? ¿Necesitas que…?

—Estoy bien, Luna —le respondió con una sonrisa, separándose lentamente de ella—. Estoy bien.

—Sí, lo siento, es que… No lo sé…

—No te preocupes, está bien.

Ella le acarició el cabello, despeinándolo despreocupadamente, aunque a él no le interesó. De hecho cerró los ojos e inclinó un poco la cabeza para poder disfrutar un poco mejor de las caricias de su hermana. Luna rió al ver aquello.

—Pareces el conejo de Luan, Gary, cuando le acariciamos detrás de las orejas —dijo entre risas, juguetonamente—. Te pones feliz como él, ¿no?

—Me pone feliz estar contigo —la respuesta le salió del corazón, ni siquiera tuvo que pensarlo. Abrió los ojos tras decirlo, para ver su reacción. ¿No habría sonado muy infantil? Sin embargo, Luna lo miró con una gran sonrisa. Se veía conmovida.

—Lincoln… Eres tan tierno.

Su sonrisa pronto comenzó a temblar, sin embargo, y sus ojos se llenaron de lágrimas. La sonrisa de Lincoln también vaciló, y dio un paso hacia adelante para abrazarla otra vez. Lily comenzó a aplaudir y balbucear alegremente. Le encantaban los abrazos en grupo.

—Lo siento —se disculpó Luna, usando el dorso de su mano para secarse las lágrimas antes de que cayeran y su llanto iniciara—. Mejor ve a desayunar. No quiero que Lola y Lana me vean así.

—No te preocupes por eso —Dijo Lincoln, abrazándola aún más fuerte—. Hoy… Hoy les diré.

Mientras el chico, la bebé y la rockera compartían un abrazo, una cuarta figura se acercó silenciosamente, metiéndose a la fuerza entre los brazos de los dos mayores. Lincoln y Luna se separaron un poco y miraron a Lucy. Ella no dijo nada, para variar. Simplemente los abrazó a ambos, ligeramente más inclinada hacia Lincoln. Los dos mayores intercambiaron una rápida mirada y luego también la abrazaron. Lincoln disfrutó la muestra de cariño. Se sintió rodeado de amor, y aunque pudo detectar una gran cuota de tristeza y desazón en aquel abrazo, la principal sensación fue la de felicidad. Se habría dejado llevar por aquellas placenteras emociones durante mucho tiempo, pero tenía una misión sumamente importante para aquella mañana, y por más dolorosa que estuviera destinada a ser, Lincoln quería hacerla. Necesitaba quitarse ese peso de sus hombros.

—Vamos a desayunar, ¿si? —Dijo Lincoln tras unos minutos, sabiendo que no podían seguir retrasando el bajar a desayunar.

Sus hermanas asintieron y se separaron de él, aunque no mucho. Bajaron lentamente las escaleras, con Luna rodeando los hombros de Lincoln con un brazo y Lucy tomándolo de la mano, caminando tan cerca a él que sus hombros se rozaban. Lily seguía balbuceando.

Cuando bajaron, toda la familia estaba ya desayunando. Sus hermanas mayores y sus padres estaban, como siempre, en la mesa del comedor. Rápidamente saludaron a Lincoln —parecieron olvidarse de las otras hermanas, pero ellas no se sintieron ofendidas— y se acercaron para ver cómo estaba.

—Estoy bien —les aseguró, separándose del abrazo en el que Luan lo había encerrado.

—Hijo —lo llamó el señor Loud—, ¿estás listo?

Su madre y el resto de sus hermanas lo miraron con preocupación. Lincoln sabía a qué se refería su padre, lo habían hablado el día anterior en el Lago de Plata, y se lo había recordado durante la cena. Lori había sido puesta al tanto también de lo que iba a pasar. La hermana mayor miraba a Lincoln con una mirada indescifrable. Lincoln tuvo problemas para interpretarla. ¿Esa mueca era por preocupación o por tristeza? ¿Esos ojos intensos brillaban para mostrarle apoyo o estaban tratando de decirle que no era necesario que lo hiciera solo, que ella podría hacerlo por ella?

Lincoln sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía. Después de lo de Lucy, lo había aceptado. Y sin embargo…

— ¿Estás listo? —Volvió a preguntar su padre.

Se tomó un segundo para pensar su respuesta, y en ese momento sintió cómo Lucy le apretaba la mano. La miró y, tras una breve pausa, suspiró.

—No.

Escuchó a toda su familia soltando el aire de sus pulmones, y los vio adoptando una expresión de tristeza.

Apretó con más fuerza la mano de Lucy.

—Nunca lo estaré. Pero tengo que hacerlo de todas formas.

—Entiendo. ¡Chicas! —Dijo su padre, levantando el tono de voz para que lo escucharan desde la cocina— Vengan aquí un segundo.

Algunos segundos más tarde, las gemelas entraron al comedor. Caminaban separadas por un metro, y no se veían muy contentas. Su aparente enfado se transformó en confusión al ver a toda la familia allí reunida. Lana dejó de mover el dedo que hurgaba en su nariz y levantó una ceja, mientras que la mirada de Lola se dirigió directamente hacia el punto donde la mano de Lucy se unía con la de Lincoln. Cuando levantó la vista hacia los ojos de su hermano, lo miró como si acabara de romper una de sus tiaras favoritas.

— ¿Qué está sucediendo? —Preguntó Lana.

— ¿Por qué ni Lincoln ni Lucy fueron a desayunar con nosotros? —Preguntó también Lola, desconfiada.

—Sólo se levantaron tarde, cariño —respondió Rita.

— ¿Y por qué no nos invitaron a la reunión familiar?

—No es una reunión familiar, Lola —dijo Luan.

—Sí lo es —dijo el señor Loud.

—Sí lo es —se corrigió la comediante inmediatamente.

—Chicas… Hoy no irán a la escuela.

No sólo las gemelas jadearon. Con excepción de Lori y Leni, ninguna de las otras chicas sabía de la decisión tomada por sus padres.

— ¿No hay escuela? —Preguntaron las gemelas al mismo tiempo, claramente emocionadas, antes de dejar escapar un muy agudo chillido.

— ¡Voy a poder ir al centro comercial a comprar un nuevo vestido!

— ¡Voy a poder revisar los cestos antes de que pase el camión de basura!

Las gemelas comenzaron a decir en voz alta las maravillosas cosas que podrían aprovechar a hacer en un día sin escuela, dejando volar su imaginación sin límites, llegando a considerar posibilidades como viajes en avión a lugares exóticos. Tan inmersas estaban en sus fantasías que no prestaron atención a lo que sus hermanas mayores decían.

— ¿Es en serio? —Preguntó Luna— ¿Sin… sin escuela por hoy?

—No tendrán que ir hasta… —Rita aclaró su garganta y se esforzó porque su mirada no se desviara hacia Lincoln— Volverán cuando ustedes quieran. Cuando estén listas para volver.

Sintiendo que todo estaba a punto de volverse demasiado emocional en el comedor de la casa, Lincoln suavemente se separó de Lucy —quien no tenía realmente intenciones de dejarlo ir—, le pasó Lily a su madre y miró a toda su familia, con excepción de las gemelas, detrás suyo, y Lisa, quien continuaba encerrada en su habitación.

—Vamos a tener tiempo. Tendré tiempo con todos —les aseguró, paseando la mirada por cada una de sus hermanas y sus padres—. Pero primero tengo que darles tiempo a ellas.

Nadie dijo nada. Nadie asintió. Sólo se le quedaron mirando. Lincoln suspiró, preparándose. Llevó una mano a su estómago, pero pese a recién haberse levantado, no tenía nada de apetito. Los nervios no lo dejarían comer. Podía saltearse un desayuno. Decidió enterrar todas sus preocupaciones. Necesitaba mostrarse contento. Feliz. Al menos por ahora.

— ¿Chicas? —Llamó, acercándose a las gemelas con la mejor sonrisa que era capaz de mostrar.

Las dos rubias dejaron de divagar y lo miraron. Lana estaba sonriendo, pero Lola pareció mirarlo un poco ofendida.

— ¿Quieren ir al parque? —Preguntó.

—Uh, no gracias —dijo Lola, despectivamente—. Preferiría ir al centro comercial.

—Lo siento, Lincoln. Puedo ir al parque cuando quiera, sería mejor aprovechar que hoy no tengo escuela y hacer algo que no puedo hacer todos los días —se excusó Lana.

Habiendo terminado sus desayunos, las dos comenzaron a caminar, pasando a su lado. Sin embargo, Lincoln extendió sus brazos para no dejarlas pasar.

— ¿Qué estás haciendo? —Preguntó Lola.

Lincoln se arrodilló para estar a la altura de sus hermanitas menores. Tenía la mirada hacia el frente, mordiendo ligeramente su labio inferior.

— ¿Estás bien? —Preguntó Lana.

— ¿Y qué tal si les compro helado, eh? —Les ofreció, sonriendo de repente.

Las dos intercambiaron una mirada, antes de sonreír traviesamente.

—Trato —dijeron al mismo tiempo.

Finalmente, la sonrisa falsa de Lincoln se transformó en una verdadera, extendiéndose también a sus ojos. Podía sacrificar un poco de dinero de su billetera. No es como que lo necesitara, realmente.

—De acuerdo, vamos —les dijo, poniéndose de pie.

—Hijo, ¿no quieres que…?

—No, gracias, papá —se apresuró a decir Lincoln—. No quisiera que llegases tarde a tu trabajo.

Lynn Sr asintió en silencio. Lincoln salió de la casa, escoltado a cada lado por una de sus hermanas menores. Comenzó a caminar por la acera, y cuando se alejaron lo suficiente como para que nadie de su familia pudiera verlos, Lola rápidamente tomó la mano izquierda de Lincoln. Él se sorprendió por el brusco y repentino movimiento, y miró a su hermanita menor.

Ella ya no se veía tan feliz como hasta hace unos momentos atrás, cuando les había prometido helado. Ahora miraba hacia delante, tratando de pretender que no era la gran cosa para ella, pero Lincoln notó la mandíbula apretada y las mejillas ligeramente ruborizadas. Cuando él se le quedó viendo, Lola finalmente lo miró por el rabillo de los ojos.

— ¿Algún problema, Lincoln? —Preguntó, sin mirarlo directamente.

Lincoln dejó escapar una pequeña risa.

—No. Ninguno.

Estiró su otra mano para también tomar a Lana. La pequeña mecánica no se esperaba eso, pero tras una sonrisa amigable de Lincoln, se dejó llevar.

No hablaron mucho durante el camino, pero sus sonrisas permanecieron siempre encendidas.


— ¡Más fuerte, Lola! —La alentó Lana entre risas, mientras alcanzaba cada vez mayores alturas.

— ¡Mis brazos se están cansando, salta ya! —Se quejó la chica en el vestido rosado, mientras empujaba una vez más el columpio.

— ¡Bien! ¡Tres! ¡Dos! ¡Uno! ¡WIIIIIIII!

Lana saltó en el punto más alto, cayendo de pie sobre la arena. Trastabilló un poco, pero logró detenerse justo antes de caer de cara sobre el charco de lodo. Cuando finalmente logró encontrar estabilidad, levantó sus brazos en el aire y dejó escapar un gran grito de felicidad.

— ¡Bien hecho, Lana! —Aplaudió Lincoln desde un banco, sonriendo— ¡Te doy un diez!

— ¡Mi turno, mi turno! —Dijo Lola, estando ya sentada en el columpio.

Lana corrió para comenzar a empujarla, y Lincoln sonrió, mientras retomaba la degustación de su helado. Tras llegar al parque, él y sus hermanas habían disfrutado de jugar en los toboganes y perseguirse mutuamente. Pero en cuanto el puesto de comidas del parque abrió sus puertas, las niñas habían reclamado sus helados, incluso si hacía menos de una hora que habían acabado de desayunar. Lincoln no tuvo más opción que comprar tres helados, y los tres se sentaron a comer. Él estaba más preocupado por hablar con ellas, sin embargo, y por eso aún estaba sentado, tratando de terminarlo mientras ellas ya habían ido a jugar.

Les hizo muchas preguntas. Le preguntó a Lola por sus concursos de belleza. Después del helado pareció dejar de estar celosa por haberlo visto tomando a Lucy de la mano, y estuvo más que dispuesta a hablar de su tema favorito de discusión: ella misma. Se tomó su tiempo para hablar de todos los chismes que había recolectado detrás del telón últimamente. También respondió con entusiasmo sobre las mejores técnicas de belleza. Luego fue el turno de Lana, quien no podía creer que Lincoln le preguntase por todas y cada una de sus mascotas.

Él ahora estaba sentado, simplemente disfrutando el verlas jugar. Se veían tan felices e inocentes. Justo lo que él quería. Lo había pensado todo muy bien, quería llevarlas a un lugar donde pudieran pasarla bien, donde podrían divertirse. Quería tener una última imagen de ellas sonriendo antes de darles la noticia. Quería disfrutar un momento de inocente y sincera felicidad antes de que todo cambiara para ellas.

Su teléfono vibró dentro de su pantalón, y él decidió revisarlo creyendo que quizás sería alguna de sus hermanas preguntando cómo estaban. Alejó el helado de su boca cuando vio que el mensaje era de Liam.

"Lincoln, acabo de enterarme, lo siento mucho..."

Se quedó mirando su teléfono. La escuela sabía de su condición desde el viernes. Sabía que sólo era cuestión de tiempo para que todos sus compañeros se enteraran. En seguida le llegó otro mensaje, esta vez de Mollie.

"OMG Lincoln, no puedo creerlo :'( No sabía nada, creí que tendrías la gripe :'("

Curioso, pensó Lincoln. No recordaba que Mollie alguna vez le hablara en clase a menos que fuera necesario.

Una catarata de mensajes inundó su teléfono celular, sin darle tiempo a leerlos todos, mucho menos responder. Simplemente vio cómo los chats comenzaban a superponerse, con cada uno de sus compañeros de clases escribiéndole, y pronto también de otros chicos que conocía de la escuela. Incluso recibió un mensaje de Cristina jurándole que ella no había dicho nada. A este paso, supuso, toda la escuela sabría pronto del niño de quinto grado que estaba a punto de morir.

¿Sería eso lo único que recordarían de él? ¿Lo recordarían, de hecho?

Recibió también un mensaje de Ronnie Anne, confirmándole que los profesores habían dado la noticia a los alumnos. Pensó en Ronnie Anne. No le había hablado desde el sábado, cuando había dejado a ella y a Clyde plantados para poder ir a la casa de Tabby y tratar de solucionar las cosas con Luna. Debería haberla llamado al menos el domingo, pero con el viaje al lago y todo lo que sucedió con Lucy se había olvidado. Decidió que la llamaría esa noche. Para hablar, al menos. Quizás para arreglar cuándo podrían verse.

Los mensajes de sus compañeros le recordaron por qué estaba allí. Para qué había llevado a sus hermanas menores al parque. Levantó la vista, justo a tiempo para ser testigo del desastre.

— ¡Lana, más despacio! —Se quejó Lola, agarrando con fuerza las cadenas del columpio, sus ojos llenos de terror.

— ¿Bromeas? ¡Estás yendo incluso más alto que yo! ¡Salta! —La alentó Lana, empujándola cada vez más fuerte.

— ¡Voy muy rápido! ¡No voy a poder!

— ¡Sólo inténtalo!

— ¡Quiero bajarme!

— ¡SALTA!

Lola cerró los ojos y se soltó en el punto más alto del columpio. Voló casi lo mismo que Lana. Su caída fue también muy similar, trastabillando. Pero a diferencia de Lana, Lola llevaba puesto un vestido que se enredó en sus pies y la hizo caer de lleno en el lodo.

Lincoln dejó caer lo que quedaba de su helado y se acercó corriendo a su hermana menor.

— ¡Lola! ¿Estás bien? —Le preguntó, levantándola del lodo y ayudándola a sentarse. Su hermanita parecía estar en estado de shock. Miraba su vestido, lleno de manchas de lodo. Además, al haberlo pisado y luego haberse caído hacia delante había sobre-exigido la delicada tela, la cual se desgarró a la altura de sus rodillas, dejando al descubierto parte de sus piernas.

—Mi… Mi vestido —dijo, tocando con sus manos la parte donde se había roto su prenda.

—Lola… Descuida, iremos a casa a cambiarte, ¿si? —Le aseguró Lincoln, colocando una mano sobre el hombro de su hermanita.

Ella lo miró, sus ojos preparándose para llorar.

— ¿Estás bien? Esa fue una fea caída —dijo Lana, acercándose lentamente a su gemela.

Lola giró su cabeza para verla, dirigiéndole la mirada más aterradora que Lincoln jamás había visto. Ni Ace Savvy podría haberse resistido ante aquella furia.

— ¡Esto es tu culpa! —Gritó, poniéndose de pie y acercándose a Lana — ¡Te dije que estabas empujando muy fuerte!

— ¿Qué? ¡Pero si caíste bien! ¡Saltaste igual que yo! —Se quejó ella, cruzándose de brazos.

— ¡Me empujaste muy fuerte! ¡Te dije que no quería hacerlo y tú me forzaste! ¡Y ahora… Y ahora mi vestido favorito está arruinado!

Lola había comenzado a llorar suavemente, y Lincoln vio que Lana se veía claramente afligida y algo culpable por lo que había sucedido..

—Pues… ¡Pues no deberías traer un vestido para jugar al parque! —Dijo, sin embargo.

— ¡Oh, claro, porque todas deberíamos vernos como vagabundos sucios todo el tiempo!

— ¡Lola! —Se quejó Lincoln, tratando de intervenir tras ver el rostro de Lana, herida por las palabras de su gemela. La pequeña amante de los animales cambió inmediatamente su actitud.

— ¡Pues deberías hacerlo alguna vez! ¡Quizás si te bajaras de tu carroza imaginaria y dejaras de actuar como si fueras mejor que todos, entonces otras niñas sí querrían ser tus amigas!

— ¡Lana! —Dijo Lincoln nuevamente, dirigiéndole una fea mirada a su hermana.

— ¡Pues si tengo que ser tan desagradable como tú para tener amigos, entonces prefiero no tener ninguno!

— ¡De todas formas nadie querría ser tu amigo! ¡Eres insoportable!

— ¡Y tú eres una insensible!

— ¡Odio cuando te pones así!

— ¡Y yo cuando te comportas como una salvaje! —Gritó Lola, secándose las lágrimas de sus mejillas— A veces… ¡A veces desearía no tener una gemela!

Fue como si una bomba hubiera explotado. Lincoln nunca había estado cerca de una, pero había visto películas donde pasaba. Todo se veía en cámara lenta, todos estaban paralizados. Incluso se podía escuchar ese pitido en los oídos, un ruido constante y molesto, que en este caso era básicamente todo el ruido del parque. Las risas de los niños, la brisa golpeando sus rostros, los autos circulando por la calle. Ruidos que de repente sólo eran una pequeña molestia, un fondo que parecía estar ahí solamente para que ellos supieran que el tiempo no se había detenido. Lincoln tenía la boca abierta por la sorpresa, y los músculos de sus cejas le dolían por lo mucho que las tenía levantadas. Lola miraba a Lana como miraría a un chico que fuera a una cita con sandalias y medias.

El rostro de Lana, sin embargo, era suficiente como para romper el corazón de Lincoln. Miraba casi sin entender, quizás creyendo que no había escuchado bien. Pero con el lento transcurso de los segundos, pareció entender que sus oídos funcionaban a la perfección. Su primera reacción fue comenzar a llorar silenciosamente, con lágrimas cayendo de su rostro como dos pequeños arroyos. Sus brazos y piernas temblando ligeramente, esforzándose al máximo para sostenerse en pie.

Su segunda reacción fue lanzarse sobre Lola y tirarla al suelo.

Lincoln había presenciado incontables peleas entre sus hermanas, sobre todo entre las dos gemelas. Pasaban la mitad del día haciendo todo juntas, como si no hubiera nadie en el mundo que pudiera separarlas, y la otra mitad la pasaban peleando por las cosas más insulsas. Lincoln jamás las había visto así, sin embargo. Se golpeaban no para quitarse a la otra de encima, sino buscando lastimar. No se guardaban ningún golpe. Atacaban y atacaban, sin importarles nada.

Lincoln miró hacia los costados. La gente del parque estaba mirándolos. Muchas madres tomaban a sus hijos de las manos y se los llevaban, no queriendo exponerlos a tal nivel de violencia. Sus diez hermanas atendían al llamado "protocolo de pelea de hermanas", donde intervenían lo menos posible en los conflictos entre ellas, dejando que las afectadas lo solucionaran por sí mismas. Él no lo entendía, pero al parecer ellas creían verdaderamente que funcionaba.

Lincoln tenía su propio protocolo.

— ¡Basta!

Sabiendo que se estaba exponiendo a recibir golpes y heridas de todo tipo, Lincoln se internó en el torbellino que eran sus dos hermanas menores peleando. Haciendo uso de una fuerza que normalmente era impropia en él, logró separarlas. Colocó una mano sobre la frente de cada una, evitando que avanzaran para seguir golpeándose entre ellas.

— ¡Deténganse! —Les gritó, haciendo su mayor esfuerzo por detenerlas.

— ¡Te odio!

— ¡Te odio!

— ¡YA BASTA!

El grito de Lincoln terminó de ahuyentar a toda la gente del parque, pero sobre todo hizo callar de inmediato a sus hermanas. Las dos se quedaron paralizadas de terror, mirándolo como si temieran que las lastimara. Sus caras asustadas no lo calmaron ni mucho menos. Las tomó por las muñecas, con un poco más de la fuerza necesaria, y comenzó a caminar rápidamente hacia algún lugar donde nadie los molestara. Se alejó del camino principal, buscando algún árbol bajo el cual poder mantener una conversación tranquila.

—Sólo quería poder pasar un tiempo a solas con ustedes dos —comenzó a murmurar entre dientes, mientras continuaba arrastrándolas detrás de sí—. Quería verlas divirtiéndose, riendo, disfrutando. Y ni siquiera pueden darme eso.

—Lincoln… ¿Qué haces? —Preguntó Lola, preocupada.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Lana.

—A donde no molestemos a nadie. Porque por si no se dieron cuenta, le arruinaron el día a mucha gente con su pequeño espectáculo.

Siendo que tenía la mirada al frente, no pudo ver el rostro de sus hermanas, pero el tono de voz de Lana fue suficiente como para darle una buena idea.

—Nosotras… No… Estás exagerando…

Finalmente encontró un buen lugar. Un hermoso roble que daba una agradable sombra. Se detuvo allí y las soltó.

—Siéntense.

Fue consciente de que había sonado como su padre. La postura corporal, el tono de voz, la actitud. Las niñas obedecieron de inmediato, más por una cuestión de miedo que por respeto. Lincoln comenzó a caminar en círculo delante de ellas. Estaba muy enfadado. Quería pensar sus palabras con cuidado, porque si hablaba sin pensar era capaz de decir algo que las lastimara. Y eso estaba lejos de sus intenciones.

—Las amo.

Lo soltó de repente. Simplemente se detuvo, suspiró, y se los dijo, sin mirarlas. Luego sí volteó a verlas. Las dos estaban sentadas, separadas por cincuenta centímetros. Tenían pequeñas marcas de lágrimas en sus mejillas, y lo miraban confundido. Estaba enfadado, sí, pero aún tenía corazón, y verlas de esa forma lo ablandó. Se arrodilló frente a ellas y con cuidado y delicadeza comenzó a secarles las lágrimas.

—Ustedes y el resto de las chicas son lo que más amo en el mundo. Estoy dand… Es decir, daría todo por ustedes. Todo. Sé que no fui el hermano perfecto, sé que he sido egoísta y que las he hecho enfadar muchísimas veces. Pero las amo como no se pueden imaginar.

—Nosotras también te amamos —dijeron al mismo tiempo, en voz baja y desviando la mirada.

—Sé que me aman. Sé que me quieren, y sé que aunque hayamos tenido diferencias, siempre buscamos la manera de solucionarlo.

— ¿A qué quieres llegar?

—Que no entiendo cómo puede ser que ustedes busquen excusas para pelearse —les respondió, mirándolas con decepción—. Por cualquier cosa.

Lola se movió incómoda en su lugar.

—No somos las únicas que peleamos…

—No, no lo son. Lynn y Lucy suelen pelear, pero sólo cuando pasa algo que agota sus paciencias más allá de lo razonable. Lori y Leni pelean de vez en cuando, pero en su retorcida lógica femenina sus peleas siempre tienen un sentido. Y cuando cualquiera de ustedes se pelea conmigo, normalmente es porque hice algo para merecerlo. Pero, ¿ustedes? Ustedes pelean por nada. Es como si les gustara pelearse. Ni siquiera intentan arreglarlo. Y me da miedo que a medida que crecen, sus peleas se hacen más duras y más frecuentes. Tienen que… Tienen que aprender a resolver sus problemas, a evitar que sucedan, porque no… ¡Porque no pueden contar con que yo las ayude a amigarse! ¡No voy a estar siempre allí para separarlas!

Lola y Lana se miraron durante un segundo tras las palabras de su hermano, pero en seguida volvieron a mirar a sus regazos. Los dedos de Lola se enredaban en el tajo que se había hecho en su vestido, acariciando con tristeza la parte expuesta de sus piernas.

—Lana —comenzó Lincoln, mirándola seriamente—, no debiste haberla forzado a saltar. Sabes que ella no está tan acostumbrada a juegos bruscos como tú. No puedes forzarla a hacer cosas que no quiere. Y lo que dijiste acerca de que nadie querría ser su amigo fue muy malo. Lola tiene muchas amigas, y mucha gente la quiere. No deberías haberlo dicho.

Lana se quitó su gorra roja y comenzó a apretarla con sus manos, ocultando ligeramente su rostro detrás de ella, avergonzada por lo que había dicho.

—Y Lola —continuó, mirando a la otra chica—, sabes tan bien como yo que ella no quería que te lastimaras, y que lo de tu vestido fue un accidente. Ella sólo quería divertirse contigo, por más brusco que haya sido el juego. Pero nada justifica lo que le dijiste. Ella es tu hermana, tu hermana gemela, y lo que le dijiste fue algo horrible.

Lola no pudo sostenerle la mirada.

— ¿Estás… estás enojado conmigo? —Preguntó con debilidad, abrazando sus rodillas contra su pecho.

—No —se apresuró a responder Lincoln—. Quizás un poco decepcionado. Mira, sé que no lo dijiste en serio, que fue una cosa del momento. Pero, Lola, no puedes decir eso. No puedes. La familia… La familia es lo más importante. Más que nada, más que ninguna otra cosa. Ustedes han estado juntas desde antes de nacer, no pueden pelearse así. Están jugando con fuego. Un día una de sus peleas se les irá de las manos y…

Se sentó delante de ellas, de repente un poco más cansado, habiendo perdido su ímpetu inicial.

—Chicas, no pueden dar por sentada a la familia —se lamentó—, al contrario. Somos tantos que a veces no nos damos cuenta, pero tendríamos que agradecer día a día que nos tenemos los unos a los otros.

No tuvo mucho para reaccionar en cuanto sus hermanitas se lanzaron para abrazarlo, apoyando sus cabezas sobre sus hombros.

— ¡Lo sentimos, Lincoln! —Dijeron ambas, abrazándolo con todas sus fuerzas.

Él disfrutó el abrazo. Rodeó sus cinturas con sus brazos y las apretó contra él, cerrando los ojos.

Tras separarse, Lincoln se sentó con las rodillas cruzadas en el suelo y ambas niñas sentadas en su regazo. Las dos se pidieron disculpas mutuamente. Admitieron haber exagerado, que las cosas que le habían dicho no eran ciertas, que no lo habían dicho en serio. Sellaron su reconciliación con un abrazo de hermanas. Eso era lo que Lincoln quería ver. Lo que quería recordar.

— ¿Podemos volver a jugar? —Preguntó Lana, mirando a su hermano mayor.

—En realidad… Siéntense. Hay algo que tengo que decirles —les dijo mientras acariciaba suavemente sus espaldas.

Lola y Lana lo miraron, un tanto confundidas. Era difícil para Lincoln tenerlas tan cerca, con esos dos pares de brillantes e inocentes ojos mirándolo con interés. Perdido en su propio rostro, reflejado en las pupilas de sus hermanas, se preguntó cómo es que la gente lo hacía. Seguramente había muchas personas en el mundo como él, que debían despedirse de sus seres queridos. Se preguntó dónde encontraban la fuerza necesaria, cómo podían hacerlo sin quebrarse.

Y en seguida recordó todo lo que había tratado de explicarle a Luna. A veces había que dejar que doliera.

Le costaba comenzar, sin embargo. Era obvio que por más que supiera qué decirles, por más que entendiera que era necesario, simplemente no lograba reunir el valor necesario para hacerlo.

— ¿Vas a contarnos por qué todos están tristes? —Preguntó Lola, con un hilo de voz.

Lincoln no se esperaba eso. Dejó escapar un gran suspiro.

— ¿Se dieron cuenta?

—No sabemos qué es —aclaró Lana, también hablando en voz baja—, pero hace días que todos actúan extraño.

—Sí, ya nadie nos dice nada cuando hacemos ruido, o cuando nos peleamos. Excepto tú.

—Y se están metiendo en muchos problemas. Lynn…

—Luna…

—Lucy…

—Lisa no sale de su habitación…

—Luan ya no nos prepara historias con marionetas durante la tarde…

—Ayer le pedí a Leni su maquillaje y me lo dio sin pelear…

—Y Lori se acerca a vernos todas las noches —dijo Lana finalmente—. Nos desea buenas noches y nos arropa.

—No hace eso desde que teníamos cuatro —agregó Lola.

—Y mamá y papá… —mencionó con tristeza Lana.

—Sí, ellos también están raros. Mamá está todo el día trabajando en su habitación. Ya no me ayuda a peinarme antes de ir a clases de ballet.

—Y papá está cansado, ya no me quiere ayudar a arreglar el motor de Vanzilla.

Lincoln tenía una bola de culpa en su estómago. Creyó que ellas no se darían cuenta. Eran niñas, pero evidentemente no eran ciegas. Por supuesto que habrían notado que algo andaba mal. Que algo andaba muy mal. También le dolió enterarse de aquellos pequeños detalles, como que Luan ya no jugaba con ellas como solía hacerlo, o como que Lori las arropaba. Se dio cuenta de que ni siquiera él captaba por completo el impacto que su pronta muerte estaba teniendo en sus seres queridos.

De la misma forma que ninguno de ellos parecía entender lo mucho que él mismo lo estaba sufriendo.

— ¿Tú sabes qué es lo que está pasando? —Preguntó Lana.

Lincoln volvió a la realidad. No estaba allí para lamentarse por él. Estaba allí porque tenía que decirles la verdad.

—Sí. Lo sé. Pero antes de decírselo… Les quiero pedir perdón.

Ellas se miraron por un segundo, antes de volver a verlo, inclinando ligeramente las cabezas hacia un costado.

— ¿Por qué? —Preguntó Lola.

—Porque es mi culpa que ustedes no sepan nada.

Las dos fruncieron el ceño.

— ¿Tu culpa?

—Les pedí a todos que no les dijeran nada.

— ¡¿Qué?! —Preguntaron las dos al mismo tiempo, mostrándose ligeramente enfadadas.

— ¿Por qué harías eso?

—Porque no quería decírselos. No quería que se enteraran. Pero tienen que saberlo.

— ¿Qué está pasando?

Él volvió a acariciarles la espalda, tratando de calmarlas un poco.

—Verán, yo… ¿Recuerdan cuando estuve en el hospital? —Les dijo, debiendo aclarar su garganta y haciendo fuerza para no emocionarse antes de tiempo.

—Pues sí, duh, fue la semana pasada —dijo Lola, como si fuera obvio.

Lana no dijo nada. Entrecerró un poco sus ojos, mirándolo fijamente.

—Bueno, pues… Digamos que… Me revisaron, y descubrieron… Descubrieron que…

¿Hacía falta explicarles todo el asunto de los tumores? Si lo hacía, tendría que tomarse un tiempo para aclararles que no había sido culpa de Lynn, que ella de hecho le había salvado la vida. Acababa de aprender que no debía subestimar a sus hermanitas sólo por su edad, pero aún así, ¿serían capaces de entender los detalles de su enfermedad?

Bueno, eso podrían preguntarlo cuando fueran más grandes. Cuando estuvieran listas. Cuando quisieran saber.

—Descubrieron que estoy enfermo. Mi corazón está enfermo.

El efecto fue inmediato. Arquearon sus cejas, sus labios se separaron lentamente. Las vio parpadear un par de veces, tratando de entender.

— ¿Tu…?

— ¿...corazón?

—Sí. Está, eh… No está sano. Tiene unos problemas, y… Bueno, pronto… más o menos en una semana, no va a poder seguir funcionando —las vio y oyó tragando aire—, y cuando eso pase… voy a… voy a m-morir.

Apenas hubo acabado de decirlo, sintió una molestia en sus ojos, debiendo parpadear muchas veces para poder mantenerse entero. Fue tan terrible y doloroso como había imaginado que sería. Quizás un poco más, porque no reaccionaron como él creyó que harían. Él se imaginó que estallarían en llanto. Que llorarían inconsolablemente, pero él estaría allí para calmarlas. Lloraría con ellas, las acompañaría como había hecho con Lucy el día anterior. Como había hecho con Luna la otra noche. Las abrazaría hasta quedarse dormido como había hecho con Luan. Creyó saber a lo que estaba por enfrentarse.

Pero nada lo habría podido preparar para la reacción de sus hermanas.

—No es gracioso, Lincoln —dijo Lola, hablando lentamente.

—No estoy… No estoy bromeando.

—No digas eso —dijo también Lana, negando suavemente con la cabeza, sus ojos fijos en los de su hermano—. ¿Por qué dices esas cosas?

— ¡Si estás tratando de darnos una lección para que dejemos de pelearnos, estás haciendo un terrible trabajo! —Le gritó Lola, comenzando a respirar agitadamente— ¡No sabes cómo hacerlo!

—Chicas… Es la verdad.

— ¡Es mentira, y lo sabes! —Volvió a quejarse Lola, saliendo de su pierna y poniéndose de pie junto a él, mirándolo con verdadero enfado.

—Lola…

— ¡No! ¡Estás bien! —Lo interrumpió— ¡Estás bien y lo vas a seguir estando! ¡No digas esas cosas feas!

—Tú no puedes… No puedes estar enfermo —le dijo Lana, quien todavía seguía sentada sobre el muslo de su hermano; ella no se veía enfadada como Lola, se la veía simplemente confundida —. Te dejaron salir del hospital.

— ¡Exacto! ¡Tiene razón! —Se apresuró a decir Lola, asintiendo enérgicamente— ¡Los doctores no te dejarían ir si tuvieras algo malo! ¡Estás con nosotros, así que estás bien! ¡Deja de mentir!

—No les estoy mintiendo. En serio estoy enfermo. Les prometo que digo la verdad.

Lola cerró sus ojos y sacudió la cabeza violentamente.

—Pero… ¡Pero si estás enfermo tienes que ir con el doctor! ¡Ellos lo arreglarán!

—Me dejaron ir del hospital porque no hay forma de salvarme. No se puede hacer nada.

Lana miraba el rostro de Lincoln. Simplemente lo miraba.

—N-No… Ellos… Ellos arreglan a las personas —seguía diciendo Lola, dando un paso hacia su hermano—. Cuando estás enfermo vas al doctor, ellos te dicen qué está mal y te curan. Ese es su trabajo. ¡Les pagan por curar a las personas!

—A veces no pueden salvar a todos, Lola —explicó Lincoln con pesar—. No pudieron salvarme a mí.

— ¡Pues lo harán! —Le gritó, acercándose lo suficiente como para tomarlo por el cuello de su camisa y comenzar a sacudirlo— ¡Voy a llevarte al hospital y van a curarte! ¡No – puedes – morir!

Él puso una mano sobre las de Lola para evitar que continuara sacudiéndolo, y el contacto pareció frenarla.

—Lo siento, Lola, pero... sí puedo morir.

—No… No, no puedes —se quejó ella, arrugando su pequeña nariz y parpadeando para contener las lágrimas—. No puedes.

— ¿Por qué no?

—Porque… Porque eres mi hermano —le dijo, mientras la primera lágrima escapaba de sus párpados.

—La gente grande muere —dijo Lana, suavemente, todavía mirando a Lincoln con ojos inocentes; a diferencia de los de Lola, donde las lágrimas reflejaban la luz como si hubiera pequeñas llamas atrapadas allí dentro, danzando, los ojos de Lana parecían haber perdido el brillo, como si alguien les hubiera arrebatado la vida—. Como la abuela de Hannah. Tú… Tú… No eres grande. Eres más chico que Lori. Más chico que papá. N-No… No puedes…

Su boca continuó moviéndose un poco, pero las palabras no podían salir de su garganta. Era como si estuviese teniendo arcadas, tratando de hablar, pero muy débil, muy aterrada como para poder hacerlo. A estas alturas, la fortaleza de Lincoln ya había sido llevada al límite, y su camisa estaba comenzando a mojarse con sus lágrimas. El llanto de Lola también había comenzado, y su máscara de pestañas comenzaba a caer lentamente por sus mejillas, ramificándose en formas irregulares como una gota de tinta que cae en un vaso de agua.

—Por favor, dime que es mentira —le suplicó, jadeando—. Juro que no me enfadaré. No me enfadaré nunca más contigo. No volveré a gritarte. No me quejaré de que leas en ropa interior, pero por favor, dime que no es cierto. Por favor.

Lincoln todavía tenía su mano encima de las de su hermanita. Presionó suavemente, y Lola inmediatamente se arrodilló a su lado, siguiendo el movimiento que su hermano sutilmente le marcaba. Cuando la tuvo allí, Lincoln levantó su mano y acomodó parte del flequillo de Lola. No pudo responderle. No pudo contestarle, pero no hizo falta. Su silencio era elocuente.

—Por favor —repitió Lola, con sus lágrimas llegando ahora a sus labios—. No me hagas esto. No te vayas.

—No puedo hacer nada, Lola —se disculpó Lincoln, tratando de que su voz no temblara.

—No... No... Tienes que mejorar. Tienes... Tienes que curarte. Te haré una fiesta de té —lloró Lola, cerrando sus ojos—. Tú serás el invitado de honor, y tendrás la mejor taza. Y las chicas estarán invitadas, y... y todos nos reiremos... Y podrás comer todas las galletas que quieras.

—Lola...

—Plantamos un árbol —dijo Lana de repente.

Él miró a su otra hermana.

—Es nuestro árbol —continuó—. Va a crecer. Vamos a hacer nuestra casa allí, para que tú leas tus cómics y yo pueda jugar con mis juguetes sin molestar a nadie. Es… es nuestro.

—Por eso te pedí que lo cuides, Lana —le dijo.

Y Lincoln supo que ese fue el momento en el que Lana entendió. Lo vio en sus ojos. Vio cómo sus pupilas se dilataban, y también vio algo quebrándose dentro de ella, un frágil cristal rompiéndose en mil pedazos. Lana jadeó, y llevó una mano a su pecho, como si quisiera controlar su respiración, o como si la hubieran atravesado con una estaca. Durante un minuto, el rostro de Lana adoptó la más acertada y expresión de terror que Lincoln había jamás presenciado. Una referencia que cualquier artista moriría por tener, pero que Lincoln desearía nunca tener que haber visto.

Pasado el shock por haber finalmente comprendido la noticia, la reacción de Lana no se hizo esperar.

—No… No, no, no, no, Lincoln… No puedes morir —le dijo, rápidamente comenzando a llorar—. Tenemos… Tenemos que cuidar el árbol…

—Sé que tú sabrás hacerlo, Lana.

—Me p-prometiste que m-m-me regalarías un vestido cuando ganara el S-Señorita América Jr —le dijo Lola, con su llanto haciendo difícil que se entendiera lo que quería decir—. Me prometiste q-que estarías en mi boda. Tú ibas a ayudarme con el peinado.

—Encontrarás a alguien mejor que yo para…

— ¡NO! —Gritó Lola, moviendo con tanta fuerza su cabeza que su tiara cayó al suelo.

— ¡No digas eso! —Se quejó Lana, comenzando a golpearlo en el pecho con sus puños cerrados— ¡No lo digas!

— ¡No hay nadie mejor que tú! —Lloró la princesa— ¡Eres mi hermano! ¡Yo… Yo... soy tu princesa! ¡No puedes dejarme sola!

—Tuve… Tuve que enterrar a muchas mascotas —dijo por su parte Lana, dejando de golpearlo y optando en su lugar por cerrar sus manos sobre la camisa de Lincoln, arrugándola por completo—. No me gusta. No es lindo. No… no quiero… no quiero enterrarte.

—Necesito que me ayudes a practicar mis saludos…

—Que me ayudes a entrenar a Charles…

—...que me abraces cuando tengo miedo…

—...que me ayudes a colorear mis dibujos…

—...veas películas con nosotras…

—...nos cuentes historias de cuando éramos pequeñas…

Comenzaron a hablar al mismo tiempo, superponiéndose sin dejar que Lincoln entendiera qué le decían. No es como que hiciera falta escuchar las palabras para saber la idea detrás de ellas. La comunicación era clara y precisa, aún sin las palabras. Lincoln no tuvo las fuerzas para pedirles que se tranquilizaran. Sólo las rodeó con sus brazos y las atrajo contra sí. Las dos rápidamente se dejaron hacer, y presionaron sus mejillas húmedas y manchadas de máscara tan fuerte contra su pecho como para dejar la impronta de sus rostros allí marcados.

Siguieron hablándole, hasta que el llanto las dominó por completo y se volvieron incapaces de conectar palabras, pudiendo dejar salir únicamente gemidos y jadeos de dolor, que se sumaba al sonido de sus cortadas respiraciones para crear la sinfonía más triste. El paso de los minutos no pareció tranquilizarlas. Por el contrario, el dolor comenzó a aumentar. Gritaban como si estuvieran prendidas fuego. Se retorcían contra su pecho, manchándolo con todo lo que salía de sus ojos, boca y nariz.

Eventualmente, sin embargo, sus gargantas y pulmones no pudieron seguirle el ritmo a sus sentimientos, por lo que bajó la intensidad de su lamento. Lincoln, quien no estaba precisamente sereno tampoco, las abrazó fuertemente y aprovechó el momento para hablarles.

—Lamento no poder cumplir todas mis promesas —les dijo, dándoles rápidamente un pequeño beso en sus cabezas—. Quisiera poder cumplirlas todas y muchas más también. Pero incluso muerto, nunca las voy a dejar solas. Desde donde esté voy a cuidarlas. Las seguiré a donde vayan, y las protegeré de todo.

—T-Te necesitamos... —dijeron ambas al mismo tiempo.

—Y siempre que lo hagan voy a estar. Cuando no sepan qué hacer, yo voy a ser la vocecita en sus cabezas que las aconseje —explicó, tratando de sonreír incluso si no lo estaban viendo; tratando quizás de que sintieran que lo hacía al menos—. Cuando necesiten una caricia, voy a ser el viento que les mueva el cabello y les susurre un "Te amo" al oído. Voy a ser el Sol que las despierte todos los días, las palomas y mariposas que se acerquen a saludarlas. Pero más que todo…

Se separó apenas lo suficiente como para poder verlas a los ojos. Las contempló con cuidado. Tenían distintos peinados. Una llevaba puesta una gorra roja, la otra había perdido su tiara. Una tenía ropa común y corriente, la otra un elegante —aunque sucio y roto— vestido. Una tenía manchas de maquillaje, la otra no.

Y aún así, sus llantos eran idénticos. Sus lágrimas paralelas. Su dolor igual de terrible.

—…sin importar cuánto tiempo pase, a dónde las lleve la vida… Sin importar a cuántos conozcan, de cuántas personas se enamoren… hagan lo que hagan… Siempre van a poder recordarme como su hermano mayor, el que las amó más que nadie en este mundo.

Decir que las tranquilizó sería exagerar. No había nada que las palabras realmente pudieran hacer para aliviar el dolor que sentían en sus corazones. Era una tristeza imposible de cubrir, imposible de maquillar. El dolor se había arraigado en sus corazones, y estaba allí para quedarse. No planeaba irse. Quizás no las abandonara nunca.

Pero incluso con todo aquel dolor, en sus corazones aún quedaba lugar para otras emociones, como el amor. Cuando Lincoln terminó de decirles aquellas hermosas palabras y las abrazó una vez más, ellas sintieron todo el amor que les daba. Una cálida sensación que las envolvía e inundaba desde dentro como una taza de chocolate caliente en una mañana de invierno. Un suave e invisible abrazo a sus corazones. Una emoción directamente proporcional al dolor. Precisamente, todo aquel dolor se desprendía del inmenso amor que sentían por su hermano. Dos sensaciones muy opuestas pero íntimamente relacionadas. Las dos estaban presentes. Y aunque fueran muy niñas como para entenderlo desde una racionalización, instintivamente supieron que no se trataba de que una tapara a la otra, de que una emoción expulsara a la otra.

Las dos emociones estaban allí para quedarse. Eran ellas quienes decidían en cuál preferían perderse.

Pasaron el resto de la mañana llorando sobre el pecho de Lincoln, pero sus lágrimas ya no estaban teñidas del amargo dolor; estaban saturadas del agridulce sabor del amor más puro e incondicional: el amor por su hermano mayor.


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Esta vez sí estoy satisfecho con el resultado del cap. No sé qué les habrá parecido a ustedes.

Uff... Cómo decir esto...

Ya toda la familia sabe lo que está sucediendo. Ya no es un secreto. Lincoln ha hablado con todos sus seres queridos. Hemos tenido 18 capítulos que, espero, todos ustedes hayan disfrutado. Más de 160K palabras. Muchas lágrimas derramadas. Y... pues estamos cerca del final de la historia.

Más cerca de lo que creen.

El próximo cap es muy especial. Quizás se lleven una sorpresa. Quizás me odien.

Llegará más pronto de lo que imaginan, puesto que es un cap que ya me sé de memoria en mi mente, porque lo he pensado y repensado, y cambiado y arreglado en mi mente durante mucho tiempo. También vendrá con un anuncio que, considerando las circunstancias, claramente merece ser dado junto con le próximo cap.

Mis eternos agradecimientos a todos ustedes, fieles lectores.

Gracias totales.