.

Después de dos meses y medio, les traigo un nuevo capítulo de Réquiem por un Loud. Para compensarlos un poquito les traigo el cap más largo y uno de los más… cargados, por así decirlo. Así que tómense su tiempo, lean un poquito cada día durante una semana y van a ver cómo la espera por el próximo cap se les hace más amena, lol.

En primer lugar, mis disculpas a quienes no se tomaron bien la broma del primero de Abril. A mí me pareció fenomenalmente divertido, lamento que no compartan mi sentido del humor, y pues también lamento haberles hecho pasar un mal trago, no era mi intención en absoluto. Quienes hayan dejado de seguir mi historia y me odien por ello, los entiendo. Quizás algún día vuelvan. O no.

Lo peor es que justo después del cap broma vino este gran parate. Mucha gracias por la paciencia para los que la tuvieron. Muchas gracias por los mensajes de apoyo que recibí en mi Tumblr ("UnderratedHero" al igual que aquí y donde he sido súper activo durante estas semanas). Gracias también a las 83 personas (los conté, sí) que me enviaron mensajes mientras tanto. A los que me preguntaron preocupados si estaba vivo/enfermo/con problemas, gracias por su preocupación (revisen mi Tumblr la próxima, ahí sabrán si estoy vivo o no). Y a todos los demás (la gran mayoría) que me enviaron mensajes de odio, diciéndome que actualice de una puta vez, que dé señales de vida al menos, que por qué abandoné la historia, que los traicioné al tardarme tanto (wtf?), que ojalá que me muera y que no me merezco tantos fans si voy a ser un irresponsable por tardarme tanto, gracias también. Supongo que si se toman tan a pecho dos meses sin un capítulo (con historias en el medio) es porque les gusta la historia.

No importa si estudio una carrera universitaria tan exigente como arquitectura, o si tengo un trabajo de medio tiempo que tengo que mantener para poder vivir, o si también tengo comisiones que realizar para ganar un dinerito extra, o si paso por una pequeña crisis familiar. Quédense tranquilos que Réquiem nunca va a ser cancelada. Ojalá pudiera actualizar día por medio, sería genial. Pero no soy el magnífico Baghn, él está a otro nivel y por algo es el mejor del fandom en español. Yo soy un tipo que necesita tomarse su tiempo para tratar de hacer algo más o menos pasable, y tengo una vida que no me permite escribir al ritmo que me gustaría.

Entramos en la recta final del fic. No voy a decir cuántos caps quedan porque … bueno, digamos que hay una pequeña sorpresa y podría agregarse algún cap más. Lo único que voy a decirles para que se den una idea es que puedo contar los caps restantes con una sola mano.

DISCLAIMER: The Loud House, sus personajes, y todo lo referente al show no es de mi propiedad, pertenece a Nickelodeon y sus respectivos dueños.


.

Capítulo 20: Un Lincoln diferente.

.

Lincoln no era el mejor alumno de su clase. Le costaba prestar atención a los temas mundanos o aburridos, y se distraía con facilidad. No soportaba cuando los profesores hablaban y hablaban sin detenerse. Las clases de historia, por ejemplo, se le hacían extremadamente difíciles de llevar. Él necesitaba entornos creativos, actividades donde pudiera dejar volar su imaginación, explayarse, demostrar que era un chico súper ingenioso. Por eso, de vez en cuando, encontraba cosas que estimulaban su imaginación y que lo motivaban a trabajar. A veces eran proyectos donde tenía la oportunidad de demostrar todo su ingenio, como cuando debió crear junto con Clyde un exitoso emprendimiento. Y otras veces eran cosas más sencillas, pequeños detalles que le llamaban la atención y que no se los podía sacar de su mente.

Por ejemplo, una vez habían estudiado obras de Mark Twain en sus clases de Literatura. Todo lo relacionado con ficción era de su agrado, llámese cómics, películas, series, animación, videojuegos o, por supuesto, novelas. Encontraba el estilo de Mark Twain muy agradable. Era divertido y no tan complicado como otras cosas que le hacían leer. Había partes que no entendía, pero nada que una rápida consulta con Lisa no pudiera solucionar.

Lo que más recordaba de Mark Twain era una frase que la profesora les había leído: "Si comes una rana viva a primera hora de la mañana, nada peor que eso va a pasarte durante el resto del día". La idea de comerse una rana viva era tan repulsiva y asquerosa como para plasmarse por completo en la mente de Lincoln. Todavía podía recordar la explicación de su maestra, de hacer las cosas que más nos cuestan o que menos queremos hacer lo más rápido posible para que luego fuera más fácil completar el resto de las obligaciones del día.

Mientras acariciaba las espaldas de Lola y Lana, quienes seguían acurrucadas contra él, llorando las últimas lágrimas que sus pequeños cuerpos podían producir, Lincoln consideró que había comido el equivalente a diez ranas vivas en las primeras horas de su mañana.

Tras haber entendido lo que le pasaba, las reacciones de sus hermanas habían sido tal y como él las había imaginado. Igual de dolorosas. Igual de terribles. El dolor que sentía en su pecho era más que una simple tristeza, una pequeña depresión. Era un dolor físico real, como si todos los músculos que rodeaban su caja torácica estuvieran entumecidos, como si alguien estuviera sentado sobre su pecho dando pequeños saltos, haciendo todo lo posible para que respirar no fuera una tarea fácil o agradable.

El día soleado no lo fue por mucho tiempo. El cielo despejado con el que Royal Woods había amanecido comenzó a cubrirse de espesas nubes, de forma tan gradual que Lincoln no pudo notarlo hasta cerca del mediodía, cuando las nubes anunciaban una lluvia entrante.

—Chicas…

Era difícil saber si sus hermanas habían volteado a verlo preocupadas por lo que tuviera para decirles o si lo habían hecho porque les llamaba la atención la increíble y espectacular forma en la que la voz le falló, sonando como el último aire que escapa de un globo desinflado. De ser el último caso, ciertamente no encontraron nada gracioso en la situación.

Se arrimó de valor, aclaró su garganta y las abrazó un poco más fuerte. Más cerca de su pecho, tratando de contenerlas, de consolarlas. Era, sin embargo, una tarea comparable a la de detener la lluvia con la palma extendida de la mano.

—Vamos a casa —les dijo finalmente.

Esperó pacientemente por una respuesta que no llegó. Durante once años había aprendido a ser un buen hermano mayor. Había aprendido a organizar a sus hermanas, a manejarlas, incluso a manipularlas llegado el caso. Once años de experiencia en resolver disputas familiares que de repente se volvían inservibles ante la realidad que le tocaba enfrentar. La habilidad con las palabras de Lincoln Loud era legendaria, era capaz de convencer a cualquiera de comprar arena en el desierto, pero su capacidad creativa estaba severamente atrofiada. La vista de sus dos hermanitas destrozadas por unas noticias que él mismo se encontraba con problemas para aceptar era demasiado, incluso para él.

Luego de que el silencio se transformara en una estruendosa muestra de dolor, y sabiéndose incapaz de pronunciar las palabras adecuadas, decidió sencillamente ponerse de pie. Los músculos de sus piernas estaban entumecidos tras haber estado cargando con el peso de las niñas durante lo que habían parecido horas y horas. Le costó levantarse, pero cuando finalmente lo hizo se llevó la sorpresa de que sus hermanas también lo hicieron. Lo tomaban de la mano de forma casi posesiva, como abrazarían a su posesión más preciada, sin estar dispuestas a dejarlo ir.

Apretó suavemente sus manos y comenzó a caminar.

Las largas calles se volvieron interminables al paso lento con el que se movían. Algunos transeúntes volteaban a verlos, y Lincoln imaginó que no eran fáciles de pasar por desapercibido. Tres menores de edad, con los rostros y ojos hinchados y rojos de tanto llorar, caminado lentamente, una de ellas con un vestido rasgado y lleno de manchas de lodo. Si Lola pudiese verse a sí misma en el espejo moriría del susto.

O quizás ya no le importaría.

Definitivamente no había sido la mejor manera de iniciar el día y la semana. Su mañana había sido un infierno. Pero aún si todo a su alrededor ardía en llamas y el corazón le dolía por la ya lamentablemente familiar sensación de abandono y futilidad, Lincoln se encontraba a sí mismo repitiendo un único pensamiento aliviado:

"No más secretos."

— ¿Una semana?

Lola no lo miraba a los ojos. Su mirada estaba perdida en las baldosas que pasaban bajo sus pies.

— ¿Sólo… una semana?

Lincoln volvió a apretar suavemente la mano de su hermana, de su princesa.

—Una semana —confirmó con suavidad.

Ninguna brisa sopló, pero sintió los escalofríos de ambas niñas.

— ¿Entonces…?

— ¿…sólo tenemos hasta el Lunes? —Completó Lana.

Una pregunta sencilla, una respuesta conocida, pero con tantas posibles ramificaciones y consecuencias como el movimiento de un caballo en una partida de ajedrez.

—No… no lo sé. Es difícil saberlo.

— ¿Más de una semana, entonces?

—Es… No, no creo.

— ¿M-Menos de una semana? —Dejó escapar la mecánica.

La dichosa rana de Mark Twain estaba luchando por no ser engullida.

—Escuchen, chicas, yo, eh… Es imposible decirlo. Nadie tiene una fecha exacta. Puede ser una semana, quizás dos, o… O quizás antes.

Sus falanges se vieron atrapadas en un apretón nervioso y desolado, y se arrepintió de haber hablado. Esos pequeños corazones no estaban diseñados para soportar tal maltrato.

— ¡¿Por qué?! —Preguntó Lola, limpiándose el rostro con sus ya inutilizables guantes, otrora rosa claro— ¡¿Por qué no nos dijiste?!

—Porque no quería verlas así. Quería seguir viéndolas felices. Lo siento, sabía que dolería decirles la verdad, y por eso preferí no…

— ¡Y ahora no tenemos tiempo! —Se quejó Lana mientras seguían caminando, con su rostro enterrado en los laterales de la camisa de polo de Lincoln— ¡Todos estos días estuve jugando con Charles y armando fuertes de lodo y reparando Vanzilla en lugar de estar contigo!

— ¡Fui a mis concursos de belleza! —Agregó Lola, su voz una octava más alta de lo normal— ¡Te dejé solo en casa mientras iba a divertirme! ¡Y ahora…! ¡Y ahora no tenemos tiempo!

— ¿Por qué no pensaste en eso? —Dijo Lana— ¿Por qué nos dejaste sin decirnos nada? ¿Por qué nos hiciste perder el tiempo?

Sabía que tarde o temprano esto también iba a suceder. Que le recriminaran. Que se enfadarían con él. Sabía que pasaría porque eran niñas, y porque sabía que lo que había hecho no iba a gustarles. Pero aún así…

— ¿Creen que esto es fácil para mí?

Las protestas de las niñas murieron ante aquellas palabras.

— ¿No creen que esto es todo en lo que puedo pensar cada segundo del día? ¿Que durante la noche me cuesta dormir? Yo también estoy… estoy triste. Estoy furioso. Estoy asustado. Sé que no es fácil para ustedes… ¿Pero saben qué? ¡Tampoco es fácil para mí! ¡No es fácil, y estoy haciendo todo lo que puedo para tratar de llevarlo mejor! ¡Así que perdón por hacer lo que creí que era mejor, pero no podía…!

Los renovados sollozos lo detuvieron. Sus hermanas seguían caminando junto a él, pero ahora tenían los ojos cerrados, cubiertos por las palmas de sus manos libres, sobre las cuales lloraban desconsoladamente una vez más. Lincoln tenía demasiado por decir. Demasiadas cosas que había guardado en su interior, demasiado conflictos que había pospuesto, realidades que no se atrevía a mencionar, a aceptar. Su cuerpo y mente le estaban diciendo a gritos que no podía seguir guardándose todo eso, que no podía continuar reprimiendo sus temores.

Lana y Lola, sin embargo, no merecían escuchar todo esto, ni recibir su descargo, ni hacerlas sentir aún peor. Si él estaba destrozado, no podía ni siquiera imaginar cómo estaban ellas.

Detuvo su marcha, se arrodilló sobre la acera y las abrazó con todas sus fuerzas, acariciando sus cabellos.

—Lo siento, lo siento —les dijo—. Perdonen, estoy… estoy nervioso. No debería haberles respondido así. No es su culpa. Lo siento.

Trataron de responderle, pero fue imposible para ellas dejar salir algo coherente. Su hermano las abrazó un poco más y luego les dio un beso en la frente a cada una, antes de separarse y acariciar sus mejillas. Verlas así de heridas seguía destrozándolo por dentro.

—Les prometo que estos días serán los mejores. No voy a dejarlas solas, estaré con ustedes. Estaré con todas. Se los juro. La pasaremos muy bien, nos reiremos, jugaremos, y así… Y… Y les demostraré lo mucho que las amo. Porque ustedes dos son mis gemelas favoritas. Mis dos pequeñas.

Habría seguido, pues tenía mucho que decirles, pero viendo lo emocionales que estaban y cómo incluso palabras hermosas sobre ellas parecían llevarlas al límite, decidió dejarlo allí. Dándose cuenta de que estarían llamando la atención demasiado si se quedaban abrazados en medio de la acera, volvió a ponerse de pie, y prácticamente arrastró a sus hermanas las calles que quedaban hasta llegar a su casa.

Cuando llegaron a la vereda de su hogar, fueron inmediatamente recibidos por los felices ladridos de Charles. Se acercó corriendo y comenzó a girar entre las piernas de Lincoln, su fiel dueño, su mejor amigo. Cuando notó que Lincoln no lo acariciaba —no podía, teniendo sus manos atrapadas en los agarres de sus hermanitas—, llevó su atención a Lana. De inmediato notó lo triste que su ama parecía verse, por lo que trató de lamer sus lágrimas, pero tampoco parecía interesada en él. Confundido, volvió a mirar a Lincoln.

—No ahora, amigo. Quizás luego.

Charles dejó escapar un breve aullido de dolor antes de retirarse hacia el patio trasero, quizás a jugar con Cliff. Los tres Louds, mientras tanto, subieron los escalones que llevaban al pórtico. Liberando su mano derecha del agarre de Lola —quien rápidamente lo abrazó por la cintura al encontrarse sin su contacto—, Lincoln buscó la llave de su casa y abrió la puerta. Los murmullos que oía se silenciaron abruptamente, incluso antes de que entrara. Cuando cerró la puerta y quedó de pie en el hall recibidor, siendo abrazado por las gemelas, volteó a ver.

Lori, Luna y Luan los miraban desde el sofá. El teléfono de Lori estaba en la mesa ratona, lejos de su alcance. Luna tenía sus auriculares colgando de su cuello y su teléfono en mano, mordiendo su labio inferior mientras los miraba. Luan, sentada en el suelo y abrazando sus rodillas, apenas si podía encontrar fuerzas para mirar en su dirección. Unos pasos y el balbuceo de una bebé tratando de pronunciar el nombre de su hermano lo hizo mirar hacia arriba, hacia las escaleras. Leni cargaba a Lily en sus brazos, y ellas dos eran las únicas que le sonreían. Lynn, a su lado y con una pequeña bolsa de hielo sobre sus nudillos que trataba de ocultar, también trató de sonreír, pero no lo logró. No había rastros de Lucy, y Lisa parecía estar aún encerrada en su habitación.

No era la típica postal de la familia Loud. Con temor, se preguntó si acaso esta sería la nueva imagen de ellos.

— ¿Todas sabían?

Los ojos de todos inmediatamente se dirigieron a Lana. Ella las observaba con su labio inferior temblando, aún tomando de la mano a Lincoln. Las escrutaba con la mirada, esperando que alguna se atreviera a responderle.

Lynn y Leni comenzaron a bajar lentamente las escaleras.

— ¿Por eso estuvieron actuando raras? —Siguió Lola— ¿Todas sabían y ninguna nos lo dijo? ¿Nos dejaron tratarlo mal, ignorarlo por una semana y no nos dijeron nada? ¿Cómo pudieron haber…?

—Oh, por favor —la interrumpió Lynn, colocándose frente a ella y mirándola con verdadero enfado en sus ojos—, ¿vas a culparnos?

—Lynn… —trató de detenerla Luna, poniéndose de pie.

— ¿Crees que a nosotras no nos duele? —Continuó la deportista, sin embargo— ¿Crees que esta semana fue fácil? No tienes… No tienes una idea de lo que me cuesta dormir todas las noches. ¡¿Tienes una idea de lo que…?!

—Lynn.

La chica de las pecas volteó a ver a Leni. Tenía una mano sobre su hombro, pero lo que la detuvo fue el rostro sereno de su hermana mayor. Un rostro que mostraba en parte decepción, y en parte entendimiento. Era un rostro que podrían esperar de su padre, una actitud serena que quizás Lori fuera capaz de imitar. Pero ver tal… templanza en Leni, era cuanto menos sorprendente.

—Lo que Lynn trata de decir —dijo Lori, poniéndose de pie también y acercándose a los recién llegados—, es que Lincoln nos pidió que no dijéramos nada. Y chicas… Ahora que saben… que saben lo que… Ahora que saben, si Lincoln les pidiera algo, ¿no lo harían?

Las gemelas desviaron la mirada hacia el suelo. No tenían ningún contra-argumento, ninguna respuesta ante aquel planteo. Las quejas acabaron en ese instante. Lincoln decidió volver a tomar la palabra.

—No estaba listo para decirles. Creo… creo que si Luna, Luan y Lynn no hubieran ido al hospital sin permiso tampoco les habría dicho nada a ellas. No quería que supieran, porque… —Lincoln creía que había agotado su reserva de emociones profundas para lo que quedaba del día, pero claramente había errado sus cálculos— Pues porque no me gusta verlas tristes. Y porque no tenía la… fuerza, o… no sé, la resistencia para decirles la verdad. No sé si hice bien o mal, pero sé que a todas las lastimé un poco por haber actuado así. A algunas las lastimé por mentirles, y a las otras por obligarlas a mentir. Y… Sólo… Sólo quiero decirles que yo, eh… Lo siento. Lo siento mucho.

Las primeras en lanzarse a él fueron las gemelas. Lynn estaba enterrando su rostro en su pecho poco después, y antes de que pudiera saberlo, todas sus hermanas estaban abrazándolo. Incluso sintió unos nuevos brazos encerrándose alrededor de su cadera, y se preguntó dónde había estado escondiéndose Lucy.

Cerró los ojos y se rindió ante la agradable sensación de un abrazo grupal. La última vez que había experimentado uno había sido el domingo pasado, en el hospital, poco antes de enterarse de su condición. En aquel momento había sido un abrazo de alivio. Esta vez era difícil saber cuál era el verdadero mensaje del abrazo. ¿Unión? ¿Apoyo? ¿Dolor? Trató de interpretarlo, de darse cuenta qué era lo que sentía enredado entre tantos brazos. Se concentró y buscó en su corazón qué era lo que sentía.

No sabía qué era, pero incluso si dolía un poco, se sentía como si fuera lo correcto.

— ¿Qué vas a hacer hoy, hermano? —Preguntó Luna, varios minutos después del inicio del abrazo.

—No lo sé —dijo Lincoln—. Hay tantas cosas que quiero hacer… Quizás más tarde me reúna con Clyde, pero quiero estar con ustedes. Con todas ustedes, ahora que… bueno, ahora que lo saben.

— ¿Qué quieres que hagamos? —Preguntó Lana, limpiándose la nariz en las mangas de su propia remera.

—Cualquier cosa. Lo que ustedes quieran.

— ¡Un juego de mesa!

Todas rompieron el abrazo grupal para poder mirar a Leni. La chica, que aún sostenía a la pequeña Lily en sus brazos, los miraba a todos con una gran y sincera sonrisa, entusiasmada… feliz. No podía decirse lo mismo de algunas de las chicas. Lori, Lola, Lana y Luan la miraban como si estuvieran planeando cómo decirle sutilmente que cerrara la boca y no volviera a hablar. No podían entender que dijera algo tan tonto, tan fuera de lugar. Que sonriera en una situación como esta.

Lincoln, sin embargo, tenía una mirada distinta. Un juego de mesa, una actividad normal, algo que todos podrían jugar, con lo que podrían reír y quizás distenderse. Necesitaba con urgencia un toque de normalidad en su vida.

—Es una excelente idea, Leni —dijo, para sorpresa de muchas y absoluta felicidad de una—. ¿A qué quieren jugar?

Todas intercambiaron miradas confundidas.

—Eh… ¿"Monopoly"? —Sugirió Lynn.

—No, el tablero se rompió la última vez que peleamos cuando Luan compró condominios.

— ¿El "Clue"? —Preguntó Luna.

—Lola lo rompió cuando Leni la acusó de matarse a sí misma de seis disparos en la cabeza —dijo Lucy.

— ¿Qué tal… qué tal el "Life"? —Dijo Lola, haciendo su mejor esfuerzo para no llorar.

Lincoln miró a todas sus hermanas, esperando que alguna le dijera que habían roto el tablero luego de que alguien cayera en una casilla de "Venganza" e hiciera retroceder diez casilleros a otro, pero dado que nadie dijo nada, asumió que el juego estaba en condiciones.

—Eso suena fantástico, Lola —dijo suavemente, agachándose para estar a la altura de sus hermanitas—. Escuchen, nosotros vamos a preparar todo aquí en la sala de estar, ¿sí? ¿Por qué no van a bañarse y ponerse unas ropas limpias?

Era evidente que ambas necesitaban higienizarse luego de los juegos bruscos que habían realizado en el parque, pero Lincoln también quería que pudieran relajarse un poco. Y si algo había aprendido en sus once años de vida, era que nada como una ducha de agua caliente para relajar el cuerpo y la mente.

Las niñas, sin embargo, se miraron entre ellas y luego a su hermano. Tenían los ojos fijos en él, y no parecían estar dispuestas a irse.

—Estaré aquí cuando salgan —les aseguró Lincoln, adivinando sus pensamientos—. No voy a irme a ningún lado, se los prometo. Las esperaré, y les guardaré lugares a mi lado, ¿está bien?

Les sonrió y con suavidad apretó sus narices. Aquel gesto nunca fallaba para hacerlas reír, y aunque no estallaron en carcajadas, una pequeña sonrisa se plantó en sus rostros. Le dieron un último abrazo antes de dirigirse lentamente escaleras arriba, rumbo a sus habitaciones y luego al baño.

—Iré a buscar el juego al ático —se ofreció Lori.

—Yo te acompaño —dijo Lucy. Lori colocó una mano sobre la espalda de la niña gótica, acariciándola lentamente, y Lincoln vio con interés y algo de dolor cómo las dos subían las escaleras, con Lucy apoyando su cabeza contra la cintura de Lori. La pobre seguía muy afectada, no cabía duda alguna.

—Deberíamos traer cojines para sentarnos en el suelo —dijo Luna—. Puedo traer varios de mi habitación, pero voy a necesitar músculos extra para traer el sillón puff. Lynn, ¿me ayudas?

—Sí… Sí, claro.

Dio una última mirada a Lincoln, y luego acompañó a Luna hacia su habitación.

—Iré a preparar palomitas de maíz o algo para comer —dijo Luan, tratando de sonreír—. Prepararía un poco de comida mexicana, pero esTACOmplicado.

Para variar, Leni y Lincoln rieron ante la broma de Luan. Lily incluso comenzó a aplaudir mientras balbuceaba feliz, y Luan se dirigió a la cocina con una gigantesca sonrisa en su rostro. Leni estuvo a punto de dirigirse hacia las escaleras, tratando de buscar la forma de ayudar con la preparación, pero Lincoln la tomó por encima del codo y la detuvo.

—Oye, ¿Leni?

— ¿Sí, Linky?

—Gracias —le dijo desde lo más profundo de su corazón—. En serio.

Su hermana no dijo nada. Se acercó un poco y le dio un beso en la frente.

—De nada —respondió, sonriéndole con esa ternura y sinceridad que sólo ella era capaz de transmitir.

Finalmente se alejó, y Lincoln decidió que lo mínimo que podía hacer era acomodar los sillones para que todos tuvieran espacio para sentarse. Mientras se dirigía hacia allí, su teléfono volvió a vibrar. Revisó y notó que tenía más de cuarenta mensajes y dos llamadas perdidas. Todas de amigos y compañeros de su escuela. Miró su teléfono con algo de culpa, pero inmediatamente lo colocó en modo avión.

Esta mañana era de él y sus hermanas.


— ¡Nueve, sí! —Celebró Lincoln tras hacer girar la ruleta.

Varios gritos de felicidad se escucharon, junto con el ruido de Luna golpeándose suavemente la frente con la palma de su mano en un falso gesto de irritación. Lana también comenzó a reír nerviosamente sobre el regazo de Lincoln, agarrando su gorra con sus pequeñas manos, tirándola hacia abajo con todas sus fuerzas, como si quisiera ocultar su cabeza.

El juego estaba a una jugada de terminar. La gran mayoría de las hermanas habían quedado fuera, perdiendo al acumular deudas o tras haberse rendido por considerar que ya no tenían posibilidades de hacer una buena partida. Los únicos jugadores que tenían posibilidades de ganar eran Lincoln, Lana y Luna. Luna y Lana ya se habían retirado como "Millonarias" y estaban a la espera de que Lincoln lo hiciera para poder contar el dinero y ver quién había ganado.

— ¡Lincoln, Lincoln, Lincoln! —Gritaban todas las demás, riendo y apoyando a su hermano mientras avanzaba las casillas que le hacían falta. Tras los nueve espacios, Lincoln llegó a estar tan sólo dos casillas antes de "¡Millonario!".

— ¿Qué dice? —Preguntó Lynn.

Lincoln movió un poco la cabeza de Lana para leer, haciendo reír inocentemente a la niña.

—Dice: "Sube el precio del petróleo. Si tiene acciones, gana $500.000.000."

De inmediato Lana y Luna cubrieron su rostro con ambas manos, Luna dejándose caer de espalda sobre el suelo, mientras el resto de las chicas gritaba extasiadas, molestando en broma a las hermanas que básicamente acababan de perder. Todas comenzaron a felicitar a Lincoln anticipadamente, pero aún faltaba un último turno y el conteo final.

Lincoln giró nuevamente la ruleta, obteniendo un seis, llegando finalmente a la meta y declarándose como el tercer y último "Millonario" de la partida.

—Muy bien, hagan el conteo —dijo Lori, quien había oficiado como banquera oficial y la encargada de que nadie hiciera trampa.

—Lincoln, ¿me ayudas a contar? —Pidió Lana, girando para ver a su hermano.

— ¡Claro! ¿Lola, puedes contar mi dinero mientras ayudo a Lana con el suyo?

Tuvo que mirar por encima de su hombro, pues estaba sentado sobre un cojín, y Lola estaba de pie detrás de él, prácticamente apoyada en su espalda, rodeando el cuello de su hermano mayor con sus pequeños brazos. No había hablado mucho en toda la mañana. Simplemente se había dedicado a abrazarlo desde atrás, a reírse de sus chistes y, de vez en cuando y cuando todos parecían distraídos en otra cosa, darle pequeños y disimulados besos en la mejilla.

No respondió a la pregunta de Lincoln, no con palabras al menos. Asintió suavemente y a regañadientes extendió una mano, rompiendo el abrazo que tenía con su hermano. Él le pasó su gran montaña de dinero, mientras ayudaba a Lana a contar sus billetes, explicándole cómo sumar de a cien millones y qué pasaba luego de los mil millones.

Cuando Luna, Lola, Lana y Lincoln terminaron de contar sus respectivas fortunas y las compararon, quedó claro que Lincoln había ganado por la escasa diferencia de doscientos millones, una pequeña suma para los estándares del juego. Lana había quedado en segundo lugar y Luna tercera.

Todas, incluso las dos que habían acabado muy cerca, celebraron la victoria de Lincoln en el juego de mesa. Y mientras quedaba atrapado en los aplausos, las felicitaciones y los chillidos felices de sus hermanas, el muchacho sólo pudo pensar en que esto era la vida, realmente. Estar rodeado de las personas que más quería, pasando un buen momento, sin pensar en lo que evidentemente sucedería más pronto que tarde.

¡Click!

El sonido digital y el sollozo apenas contenido los hicieron voltear. Asomándose por el umbral que conectaba la habitación matrimonial con la sala de estar, Rita Loud miraba la pantalla de su teléfono con la sonrisa más triste que Lincoln había visto en su vida. En general, la imagen de su madre era cada día más triste. Se le hacía más difícil verla conforme pasaban los días. Hasta hacía muy poco —tan sólo una semana atrás— su madre había sido una mujer que se preocupaba mucho en mantener su figura, en verse bella en todo momento. Siempre peinada, siempre bien vestida, siempre maquillada.

Esa imagen no tenía nada que ver con la Rita desaliñada, con grandes ojeras, sin maquillaje y casi sin peinar que estaba de pie a pocos metros de ellos, observando la foto que acababa de tomar casi sin poder resistir las lágrimas.

—Niños, yo… Yo…

Sea lo que fuera que la mujer trató de decir, no pudo terminarlo. Apenas tuvo la fuerza suficiente como para regresar rápidamente a su habitación ante de quebrarse frente a diez de sus once hijos.

El ameno y alegre ambiente que el juego había ayudado a forjar fue olvidado de inmediato. Lily, jugando con algunas de las piezas, parecía ser la única que no había quedado prácticamente petrificada tras la intervención de Rita. El resto había perdido de inmediato cualquier tipo de sonrisa, ánimos o buen humor que podrían haber recuperado. Algunas, como Leni, Luna y Lucy miraban la alfombra, sin atreverse a mirar a ningún otro lado. Otras, como Luan y Lynn, abrazaron sus rodillas contra sus pechos, tratando de darse algún tipo de confort. Las gemelas volvieron a abrazar con todas sus fuerzas a Lincoln, a quien tenían rodeado por delante y por detrás.

Lincoln mismo no sabía qué hacer. Su madre… Es cierto que todos los días pasaba algunas horas con ella, escribiendo sus memorias en aquella especie de proyecto de novela que habían comenzado. Y pese a que debían realizar pausas regulares debido a su llanto, Lincoln sentía que no tenía dimensión del dolor que ella seguramente estaba sufriendo. Si la idea de perder un hermano era tan terrible para todas las chicas, no podía imaginarse lo que su madre debía sentir, teniendo que perder a un hijo.

—Permiso —dijo Lincoln, tratando de ponerse de pie.

—No te vayas —le pidió Lana, sin querer moverse de su regazo.

—Lincoln… —pronunció Lola con dolor.

—No me estoy yendo —aclaró pacientemente—. Tengo que hablar con mamá.

—Puedo ir yo si no quieres —se ofreció Lori, quien sonaba terriblemente angustiada.

Lincoln negó suavemente con la cabeza, mientras usaba su ventaja física para ponerse de pie, muy a pesar de las gemelas.

—Les prometo que estaré con ustedes mucho, mucho, mucho tiempo, más que nunca —les aseguró—, pero mamá también me necesita. Y me necesita ahora.

Ni siquiera él fue capaz de convencerlas. Fue necesario que Luna y Lynn se acercaran y abrazaran a Lola y Lana respectivamente para que dejaran ir a Lincoln. Él trató de no mirar hacia atrás mientras caminaba hacia la habitación, pues temía que ver los rostros dolidos de sus hermanas podría hacerlo arrepentirse y se quedara allí con ellas.

Cuando en verdad quien lo necesitaba era su madre.

Al abrir la puerta de la habitación matrimonial se encontró con que las luces estaban apagadas, las cortinas casi completamente cerradas, la televisión desconectada. Lincoln arrugó la nariz al sentir el olor a humedad en el ambiente.

Él nunca había entrado a un calabozo, pero ahora ya podía hacerse una idea de cómo sería entrar a uno. Las únicas señales de vida eran la poca luz que se filtraba mediante las rendijas de la persiana, y los sollozos ahogados por la almohada de Rita.

Lincoln había tenido una mañana verdaderamente complicada. Si bien toda su semana había sido una montaña rusa de emociones fuertes, los últimos días habían sido particularmente dolorosos. Ronnie Anne, Luan, Lynn, Luna, su padre, Lucy, las gemelas… Estaba llegando al límite de lo que podía soportar. Estaba sufriendo de un frágil estado emocional. Y ver a su madre llorar no lo estaba ayudando en absoluto. Ver a sus hermanas o a sus amigos llorar era una cosa. Un tipo de dolor. Pero había algo sobrenaturalmente desgarrador en ver a su propia madre llorar. Era una empatía totalmente distinta, era sentir el dolor de una forma mucho más real, mucho más traumática, mucho más impactante, como si aún tuviera algún cordón que lo conectara con ella, y el dolor de su madre fuera también suyo.

No dijo nada. No pidió permiso para entrar como había sido educado a hacer. Esquivó pañuelos usados en el suelo, subió a la cama, y antes de que su madre pudiera terminar de voltear y quitarse la almohada del rostro, Lincoln la abrazó. Se sintió como un niño pequeño, abrazado a su madre, escuchando y sintiendo los latidos de su corazón. Y a decir verdad, una parte de él disfrutaba sentirse tan… protegido. Contenido. Mimado.

Pasada la sorpresa inicial, que duró apenas unos segundos, Rita no tardó en abrazarlo, en enredar a su hijo en sus brazos. Su llanto aumentó en intensidad. Sus manos buscaron apretarlo contra ella, acariciando su cabello, masajeando su espalda. Su pecho convulsionaba al ritmo de su lamento, el llanto desconsolado de una madre, un corazón roto sin arreglo.

Él le susurró palabras de amor. Le dijo que la amaba, una y otra vez. Le dijo que no estuviera triste, que él siempre la iba a querer, que eso era lo único que importaba. Que ella había sido… no, que ella era la mejor madre.

—Lincoln… Cariño… Eres el niño más… más maravilloso del mundo —dijo, haciendo un gran esfuerzo por modular palabras—. No puedo creer… ¿Cómo no…? ¿Cómo no nos dimos cuenta? ¿Por qué no lo vimos, por qué no te llevamos al doctor? ¿Por qué…?

— ¡No! —Se quejó Lincoln, abrazándola más fuerte y negando con la cabeza con la poca movilidad que el abrazo de su madre le permitía— ¡No hagas eso, mamá! ¡Por favor! No… no busques culpas. No es culpa de nadie, ¡y menos de ustedes!

—Lincoln…

—El doctor que tomó mi caso me dijo… me dijo que mi caso era especial. Dijo que ningún doctor podría haberlo visto. Mamá, si los doctores no podrían saberlo, ¿cómo podrías haberlo visto tú? No es… no es tu culpa. Por favor, no quiero que te culpes por lo que me pasó. No es… justo. No es justo para ti.

Rita no parecía estar en condiciones de atender a la razón. Cada palabra de su hijo, sin importar cuan acertada o reconfortante fuera, sólo enterraba el puñal un poco más profundo en su corazón. Lincoln se sintió increíblemente inútil. Trató de hacerla sentir mejor. De aliviar su pena de alguna forma. Una parte de él le decía que quizás debía seguir el mismo rumbo que había tomado con Luna, de dejarla descargarse, dejarla expresar todo el dolor que indudablemente llevaba dentro y que había tenido que reprimir durante más de una semana para evitar que sus hijas la descubrieran. Una parte de él quería quedarse simplemente junto a ella, abrazándola y esperando a que se tranquilizara.

Pero incluso si sentía que no había forma de lograrlo, lo que Lincoln en verdad necesitaba era que su madre dejara de llorar. Sólo eso quería. Era demasiado doloroso como para soportarlo.

— ¿Podemos escribir un capítulo para el libro? —Preguntó de repente, levantando la cabeza para ver a su madre a los ojos.

Veía el reflejo perfecto de su propio rostro en la superficie aguada.

— ¿Es… escribir…? —Dijo Rita, mientras continuaba acariciando su cabello.

—Acabo de recordar algo y quiero escribirlo —dijo, casi rogando con su tono de voz—. ¿Podemos? ¿Por favor?

Lincoln hizo el acto más vil que recordaba haber hecho jamás. Puso su mirada triste, la misma que ponía siempre que pedía algún favor a sus padres o hermanas. Una mirada que sabía que su madre nunca podía resistir. En el contexto actual, era la forma de manipulación más malvada y efectiva que se le podía ocurrir.

— ¿Qué quieres escribir? —Preguntó su madre, poniéndose de pie, resuelta a cumplir con cualquier deseo de su hijo, su pequeño.

No estaba orgulloso de sí mismo, pero Lincoln habría hecho lo que fuera con tal de distraerla y evitar que siguiera llorando. Incluso si sólo era una solución temporal. Incluso si no resolvía nada en el largo plazo. La necesidad urgente primó sobre cualquier otra cosa.

—Quiero escribir sobre el día que descubrí que mi mamá era mucho más que una dentista —dijo con seguridad—. El día que descubrí que pasar un día con ella podía ser tan divertido como ir al trabajo de papá. Quiero… quiero escribir lo mucho que me divertí ese día.

Si el plan era evitar que llorara, no había hecho un buen trabajo.


El almuerzo tuvo algunas sorpresas en la casa Loud.

La primera de ellas fue el anuncio de que Lynn, asistida por Lori y con el apoyo incondicional de Lincoln —quien aún así permaneció en la habitación de sus padres casi hasta la hora misma de la comida—, sería la encargada de cocinar. La mayoría de las chicas no supo cómo reaccionar ante ello. Lucy y Lori parecían ser las únicas que entendían los motivos que llevaban a la deportista de la familia a preparar un almuerzo para trece personas.

Y esa fue la segunda sorpresa, la llegada de Lynn Sr minutos antes de que los platos fueran servidos. Era bien sabido que el señor Loud trabajaba de lunes a sábado y no llegaba a casa hasta bien entrada la tarde, cuando el Sol iniciaba su curva descendente. Tenía sus almuerzos en la oficina, por lo que todos se sorprendieron cuando golpeó la puerta. Al parecer había decidido que usaría los minutos de su descanso para dirigirse a su hogar y pasar tiempo con su familia. Fue Luan quien, algo preocupada, preguntó si no podía meterse en problemas si regresaba tarde, considerando la distancia de la casa al trabajo.

—Eso no podría preocuparme menos, hija —fue su contundente respuesta.

La tercera sorpresa fue la decisión de que armarían la "mesa grande" en el comedor. Casi todos los días la familia se dividía en la mesa de los grandes y la mesa de los niños, pero también existía la posibilidad de traer la extensión de la mesa principal del sótano y preparar una mesa grande en donde entraran los trece Louds e incluso alguna visita. Por cuestiones organizativas y de espacio, la mesa grande sólo se utilizaba en ocasiones especiales, como cuando alguno de los chicos había ganado un trofeo más para su vitrina, cuando había importantes anuncios, o para los cumpleaños de algún miembro de la familia, los cuales estaban distribuidos a lo largo del año de manera que cada mes había un cumpleaños que celebrar. La mesa grande, por lo tanto, era siempre sinónimo de felicidad, de celebrar.

Cuando Lincoln se sentó y miró a ambos lados, se dio cuenta que era la mesa grande más triste que había visto en su vida.

Leni y Lily, sentada a su lado y jugando con su cuchara, eran las únicas sonriendo. La sonrisa de Lynn Jr duró algunos minutos desde que sirvió la comida y Lincoln le dijo que se veía fantástica, hasta que la atmósfera general de la mesa la consumió a ella también. La comida no era tan buena como las que su padre cocinaba, pero aún así era deliciosa, y Lincoln la disfrutó mucho. Le dolía ver que el resto de la familia apenas si estuviera probando sus platos. Miraban la comida y la movían con los tenedores, pero apenas si comían pequeños bocados de vez en cuando.

Y el silencio, por Dios, el maldito silencio. ¿Dónde estaban las conversaciones cruzadas? ¿Las quejas por el ruido? ¿Dónde estaban los pedidos a gritos de que alguien alcanzara la sal, gritos que se repetían ininterrumpidamente hasta que alguien lanzara el salero a la cabeza de quien lo pedía? ¿Dónde estaban las pequeñas guerras de comida, los gritos de sus padres para que las finalizaran de inmediato? ¿Los chismes entre las hermanas mayores, las canciones de las hermanas menores?

¿Dónde estaba la familia que él conocía?

Los intentos de Leni o de su padre por iniciar conversaciones no fueron particularmente prolíficos. Lincoln respondía cuando le preguntaban acerca de un show que había visto la noche anterior, o cuando se interesaron por saber si iría a lo de Clyde esta tarde. Pero ante preguntas más generales, nadie, ni siquiera su madre, parecía estar dispuesto a responder. Y Lincoln estaba tan cansado, tan exhausto… no tenía energías para intentar animarlos a todos.

Había llegado a un punto donde ya no podía hacerlo.

Pero entonces, alguien apoyó su cuchillo sobre el plato, y el ruido del metal chocando con la porcelana hizo voltear a todos. Lucy tenía ambas manos sobre su regazo y miraba hacia el suelo. Apenas si había tocado su comida. Todos dejaron de comer y se quedaron en silencio cuando subió lentamente la mirada.

Como siempre, su cabello ocultaba sus ojos, pero el fino rastro de unas lágrimas no podía ser disimulado.

—Tengo algo que decir.

Los jadeos de todos los demás miembros de la familia le recordaron a Lincoln que nadie más la había escuchado el día anterior en el deshuesadero, cuando le había hablado con su verdadera voz, con la asustada voz de una niña de ocho años. La única que no parecía realmente sorprendida era Lynn, y Lincoln se preguntó todo lo que habría pasado la noche anterior en la habitación de sus hermanas más cercanas en edad.

—Lincoln… Él no…

Se detuvo un segundo para limpiar sus ojos con una de sus mangas rayadas.

—Él no desbordó el retrete el mes pasado —admitió, arrugando su vestido cuando sus dedos se cerraron sobre la tela de su regazo—. Fui… fui yo. Yo estaba leyendo Princesa Poni en el baño, yo tapé el retrete.

Lincoln también dejó su cuchillo sobre su plato, mirando a su hermanita menor con la boca abierta. Su rostro debía estar expresando la misma sorpresa que veía en el resto de su familia. ¿Qué estaba haciendo Lucy?

—Todos lo culparon y… y él trató de averiguar quién había sido. N-No quería que supieran que había sido yo p-porque sabía que iban a m-molestarme… Y él… Y L-Lincoln tomó la culpa por mí. ¡Y no fue justo! ¡Él no había hecho nada, y yo…! ¡Yo dejé…!

Luna, sentada junto a ella, la rodeó con un brazo y acercó sus sillas para poder contenerla.

—Lo siento… Lo siento… —susurraba y repetía Lucy, llenando de lágrimas la remera de su hermana.

—Lucy… No tienes que disculparte —dijo Lincoln, hablando con suavidad—. Lo hice porque quise, y porque no estabas lista para admitirlo. Volvería a hacerlo de nuevo.

—Eres… demasiado bueno —dejo escapar entre sollozos la pequeña gótica—. Demasiado amable para este mundo.

—Es nuestra culpa —intervino entonces Lori, mirando con el ceño fruncido a su plato—. Nosotras nos reímos de Lincoln. Nos hubiéramos reído de Lucy. Todo… todo ese incidente fue culpa nuestra.

—Fue una tontería —se apresuró a decir Lincoln, temiendo el rumbo que esta conversación podría tomar—. No fue culpa de nadie, es normal reírse de…

—Siempre nos perdonas, incluso cuando no lo merecemos —dijo Lynn, su rostro también un retrato de la culpa—. Puse a todos en tu contra al decir que tenías mala suerte, y aún así nos perdonaste a todos. Soy una terrible hermana.

— ¡Yo ayudé a que todos creyera que era mala suerte!

—Yo también me comporté como una idiota —se lamentó Luan—. Siempre haciendo bromas, a veces lastimándolos a todos… Lincoln tuvo que estar dos días en cama después del último Día de las Bromas… Y me puse tan celosa cuando se volvió mi asistente y la gente lo quería más a él… Nunca… nunca quise lastimarlo.

—No lo hiciste, yo…

—Siempre se lleva la peor parte —dijo Lana—. Las últimas vacaciones estuvo haciéndonos favores, casi no pudo disfrutarlas.

—Y todo porque fuimos nosotras quienes no nos pusimos de acuerdo sobre a dónde ir para nuestras vacaciones —dijo Luna—. Él nos dio la oportunidad de elegir entre la playa y el parque de diversiones, y nosotros lo arruinamos todo. Peleándonos, sin ponernos de acuerdo.

—De no ser por él, todas seguiríamos quejándonos de nuestras compañeras de cuarto —dijo Lola, abrazándose con Lana a su lado—. Linky… Linky es el que siempre nos une… Y ahora…

Cuando todos comenzaron a sollozar, Lincoln llegó a desear que la mesa volviera a estar en aquel terrible silencio.


La última vez que había estado frente a aquella puerta, había tardado casi diez minutos en reunir las fuerzas necesarias para tocar el timbre. En esta ocasión también tuvo su momento de duda, debiendo tomarse algunos segundos para pensar sus palabras. Aún así, en seguida oprimió el pequeño botón y escuchó la melodía digital del timbre sonando dentro de la casa. Oyó unos pasos acercándose y respiró hondo, justo cuando la puerta principal se abría.

— ¡Oh por Dios, Lincoln! ¡Harold, Harold, ven aquí, Lincoln está en la puerta!

Ante el insistente llamado de su pareja, Harold McBride y su suéter azul llegaron rápidamente a la puerta de entrada.

— ¡Lincoln! —Dijo el robusto hombre, acercándose a él y levantándolo veinte centímetros del suelo en un suave abrazo.

—Buenas tardes, señores McBride —saludó Lincoln, pasando de los brazos de Harold a los de Howard.

—Oh, Lincoln, ¿por qué no nos avisaste que venías? ¡Habríamos preparado un almuerzo! —Se lamentó Howard.

—No se preocupen, ya almorcé en mi casa… un poco —dijo Lincoln, tratando de que el amargo recuerdo de la mesa grande no se hiciera notar en su tono de voz.

— ¡Entonces te prepararemos un postre! —Dijo rápidamente Harold, dirigiéndose a toda velocidad hacia la cocina.

Sin darle tiempo a responder, objetar, agradecer o siquiera pensar en qué decir, Howard tomó a Lincoln por el brazo y lo llevó directamente a la sala de estar, sentándolo frente a la mesa ratona. Comenzó a preparar todo, quitando las revistas de decoración de interiores y arquitectura de la mesa y arreglando los cojines del sofá.

—Disculpa el desorden, Lincoln, no esperábamos visitas.

—No se preocupe, señor McB —dijo Lincoln, sentándose en el sofá y quitándose la mochila que cargaba en su espalda.

Howard lo notó.

—Oh, deja que la guarde en el vestidor para…

— ¡No! —Lo interrumpió Lincoln, abrazando la mochila contra su pecho— E-Es decir… No se preocupe, sólo… Sólo…

El papá de Clyde lo miró confundido durante unos segundos, pero en seguida recuperó su serenidad.

—Puedes dejarla aquí también, por supuesto, no hay problema, no hay problema —le dijo con suavidad, mirando intrigado a la mochila.

—Gracias… Y, eh, ¿Clyde no llegó todavía de la escuela? —Preguntó, aflojando su agarre en la mochila y mirando al reloj de la pared.

Howard también desvió su mirada hacia allí, y Lincoln vio la preocupación en sus ojos.

—Las clases terminaron hace poco más de media hora. Ya debería estar aquí, pero… él se… últimamente se toma su tiempo para volver.

La llegada de Harold rompió el incómodo silencio que se había formado entre el niño y el padre de su mejor amigo. Harold dejó una bandeja en la mesa frente a Lincoln, y pese a que acababa de almorzar —poco, sí, pero había comido al fin y al cabo—, no pudo evitar que se le hiciera agua a la boca con lo que tenía frente a sí. Varias porciones de pastel, galletas recién horneadas con chispas de chocolate, masas dulces… El paraíso al alcance de su mano.

—Por favor, come cuanto quieras —le ofreció Harold, acercándole aún más la bandeja antes de sentarse junto a su esposo—, y si te quedas con hambre sólo dínoslo y te prepararemos más.

—Vaya, yo… Muchas gracias, señores McBride. En serio.

Le dijeron que no se preocupara, y a estas alturas no sólo parecería descortés rechazar la comida que le habían preparado, sino que realmente deseaba probar esas galletas. Apoyó su mochila a un lado y tomó la primera. El olor de la masa recién horneada lo hizo cerrar los ojos. Amaba la comida casera de los McBrides. Siempre era deliciosa.

Mientras comía las galletas y probaba un poco del delicioso pastel que le habían preparado, pretendió no notar las miradas nerviosas que los papás de Clyde intercambiaban entre ellos y los susurros que trataban de ocultar de él. No sabía qué estarían discutiendo, pero suponía que estaba relacionado con él.

Tenía la ligera esperanza de que no iniciaran una conversación sobre él.

— ¿Lincoln?

Rayos.

— ¿Sí, señor McB? —Preguntó, llevando un último bocado de pastel a su boca y dejando lo que quedaba sobre la mesa.

—Nosotros… Yo…

Howard miró a Harold, sus labios temblando y sus defensas amenazando con ceder. Harold llevó una mano a la espalda de su pareja y la acarició reconfortantemente.

—Lincoln, sabemos que no… que no estás pasando un momento fácil —comenzó, su profunda voz llena de emoción, en un cuasi susurro que parecía querer tranquilizar a Lincoln, asegurarle de que estaba en un ambiente seguro—. Y no queremos causar problemas, no queremos hacértelo más difícil.

Una pequeña parte de Lincoln, la más exhausta y desesperada, la que él con tanto empeño trataba de ocultar, estuvo tentada de decir "Y sin embargo...".

—Pero ya que estás aquí… Sólo queríamos darte las gracias.

Lincoln dejó de masticar de repente. Esperaba palabras de compasión. De impotencia. Esperaba que le dijeran que era todo muy injusto, que él no se lo merecía, que su familia no lo merecía. Esperaba quizás alguna palabra de aliento, que le dijeran que podía contar con ellos para lo que necesitara. ¿Que le dieran las gracias? No estaba en sus consideraciones, realmente.

— ¿Las gracias? ¿Por qué? —Preguntó tras tragar finalmente lo que le quedaba de pastel.

—Por todo —respondió Howard, finalmente encontrando las fuerzas para hablar—. Lincoln, no te das una idea de todo lo que hiciste por nuestra familia. No entiendes todo lo que nos has ayudado, lo que has hecho por nosotros. Nunca… nunca te lo dijimos, porque no es la clase de cosas para las que uno encuentra la ocasión adecuada. Uno siempre tiene tiempo para pedir, para enfadarse, o incluso para reír o jugar, pero rara vez alguien se toma el tiempo para agradecer. Y no queremos… no queremos perder la oportunidad de agradecerte.

Decir que Lincoln se había quedado sin palabras era subestimar la situación.

—Siempre has estado ahí para Clyde —dijo Harold—. Él siempre fue un chico inseguro, con problemas para tomar la iniciativa, ¿sabes? Siempre tuvo dificultades para hacer amigos… Hasta que te conoció. En ti encontró finalmente el amigo que tanto necesitaba, y nunca nos alcanzarán las palabras para agradecerte por ello.

—Yo, eh…

Lincoln no sabía qué decir. Sus manos se movían nerviosamente sobre el apoya-brazos del sofá, mientras pensaba las palabras que podía decir para responder a tan… exagerados cumplidos.

—Muchas gracias, pero… no fui el amigo perfecto. Me peleé muchas veces con Clyde, por cosas tontas, y casi siempre fue mi culpa. Y yo… también lo metí en muchos problemas.

Para su sorpresa, Howard dejó escapar una pequeña risa.

—No te disculpes por ser un niño, Lincoln. Así es como son. Todos fuimos así. No creas que fuiste una mala influencia para nuestro hijo, porque no podrías estar más equivocado.

—Tú lo cambiaste, Lincoln —agregó Harold, mirándolo ahora con una seriedad pocas veces vista en el amable y divertido hombre—. Lo volviste más seguro de sí mismo, lo ayudaste a que no se avergonzara de ser quien es. Lo aceptaste por quien era, y eso… eso es lo más maravilloso que puedes hacer por una persona. Quererla no por quien pretende ser o por quien todos esperan que sea, sino por quien en verdad es.

—Eso habla de la clase de persona que eres, Lincoln. Esos pequeños gestos son los que hablan por ti. Por eso… por eso eres un chico maravilloso. Y no sólo has demostrado ser comprensivo con Clyde.

Para enfatizar su punto, Howard y Harold se tomaron de las manos, ambos pares de ojos fijos en Lincoln con una intensidad que lo abrumaba, casi intimidándolo.

—Jamás, en ningún momento en los tantos años que has sido amigo de Clyde ni en las decenas de veces que has venido a nuestro hogar nos trataste de forma diferente. Nunca nos miraste raro, ni trataste de ser exageradamente educado con nosotros, temiendo ofendernos o algo así. No creo que puedas entender lo que significa eso para nosotros.

—Tú también nos aceptaste por quienes somos —dijo Howard, acomodando su cabello rojo—, y Clyde nos ha contado sobre cómo nos has defendido en más de una ocasión cuando otros chicos se han burlado de él por sus padres. Esa clase de apoyo no es algo que abunde ni siquiera hoy en día, en los tiempos que corren. La… naturalidad con la que nos has tratado es… sumamente c-conmovedora, y yo…

Harold abrazó a su pareja, reconfortándolo y haciéndole sentir el apoyo incondicional que tenía para darle.

—Lo que Howie quiere decir —siguió en su lugar— es que tenerte junto a nosotros todos estos años también nos ayudó a ver que aún podemos soñar con un mundo donde no se nos divida, no se nos trate como algo más de lo que somos: dos personas que se aman profundamente. En cierta parte, tú nos devolviste las esperanzas. Y esa clase de comprensión… ese amor… Nunca lo olvidaremos, Lincoln.

—Fuiste como un hermano para Clyde —dijo Howard, ahogando un sollozo—, y… y fuiste como un hijo para nosotros.

Las palabras de los señores McBride movieron el interior de Lincoln. Tuvieron un impacto muy poderoso en él. Nunca se había puesto a pensarlo realmente, pero en aquel momento se dio cuenta de que los McBride siempre habían sido como una segunda familia. Siempre con las puertas abiertas para él, dispuestos a recibirlo, escucharlo, contenerlo, ayudarlo en lo posible. Lincoln tenía varias tías y tíos, pero realmente eran los señores McBride a quienes él podía ver como verdaderos tíos, verdaderas extensiones de su familia.

Él nunca los había discriminado ni tratado distinto. No entendía a quienes sí lo hacían. Sabía que algunas personas grandes habían nacido en épocas donde no se trataba bien a la gente como los papás de Clyde, pero también conocía a muchos chicos de su misma edad que no parecían ser tan abiertos como él, y sencillamente no los entendía.

No veía por qué algunas personas hacían un escándalo por los señores McBride. Tan sólo eran dos personas que se amaban. ¿Qué había por juzgar?

Se dio cuenta de que en todos estos años, sin embargo, había un gesto que no había tenido con ellos. Un gesto que merecían casi tanto como cualquiera de sus hermanas o sus padres. Viendo lo sensibles que estaban y tras las bellas palabras que habían tenido para él, Lincoln se puso de pie, caminó hasta estar frente a ellos y, para sorpresa de los señores McBride, los abrazó.

La sorpresa duró poco, y en seguida Lincoln se vio envuelto en un abrazo tan sincero como el que sus hermanas o sus propios padres podrían darle.

Cuando se separaron, Lincoln preguntó si podría ir a esperar a Clyde en su habitación. Los señores McBride, sumamente conmovidos por el gesto de Lincoln, le dijeron que por supuesto. Así, tomó con cuidado su mochila y se dirigió a la habitación de su mejor amigo, el lugar al que tantas veces había entrado. Recordaba cuando hacía casi una semana atrás había tenido que darle la noticia a Clyde allí mismo. No se lo había tomado para nada bien. Su impoluta habitación había quedado hecha un desastre tras un ataque de nervios que lo había llevado a tirar sus estanterías al suelo.

La habitación estaba ahora ordenada, sí, pero no era la misma. Lincoln lo notó de inmediato. Pues en la pizarra de corcho donde usualmente tenía sus calendarios escolares, recordatorios sobre sus citas con la doctora López, las fotografías junto a Lori que se había sacado en aquella ocasión en la que había sido su pareja en la feria —seguía sin poder recordar absolutamente nada de lo que había sucedido aquella tarde—, se encontraba ocupada con otras cosas.

Fotografías de Lincoln y Clyde. Una fotocopia del anuario escolar con Clincoln McLoud como partes del staff oficial de edición. La entrada del concierto de SMOOCH al que ellos dos habían asistido, con ayuda con Luna. Decenas de dibujos de Ace Savvy que habían hecho entre los dos, resúmenes de locas ideas para cómics, incluso sus gigantescas teorías sobre cómo se podría hacer una película de su superhéroe favorito con actores de verdad y que fuera un éxito.

Lincoln quedó de pie frente a aquella pizarra durante largos e interminables minutos. Cada fotografía, cada dibujo, cada cosa allí colgada encerraba tardes enteras de diversión. Años de amistad resumidos en un gran collage, un mural que, Lincoln sintió, resumía una gran parte de su vida.

Su corta vida.

Ni siquiera escuchó cuando Clyde llegó a la casa. Apenas lo vio cuando su amigo abrió la puerta de su habitación, gritó su nombre y se lanzó a abrazarlo.

— ¡Oh, Lincoln, estaba sumamente preocupado! ¡No contestaste mis mensajes! — Le dijo, paseando sus manos por los brazos de Lincoln, como si estuviera tratando de corroborar que estaba entero, que no estaba viendo un fantasma.

Lincoln sintió una pequeña puntada de culpa.

—Lo siento, Clyde, hoy desactivé mi teléfono y… pues, olvidé encenderlo. Es que estaba recibiendo muchos mensajes de los chicos de la escuela, y yo… Tenía que estar con mis hermanas.

Clyde cerró los ojos dolorosamente y asintió con suavidad.

—Sí, hoy la… la Señorita Johnson le contó a toda la clase. Fue… Fue terrible.

—Honestamente, prefiero no saberlo —dejó salir en un suspiro, antes de tomar su mochila—. Oye Clyde, hay algo… Quiero sacar esto del camino cuanto antes. Yo… tengo algunas cosas para ti.

Sin esperar invitación, se dirigió a la cama de su amigo, movió algunos de los peluches y se sentó, abriendo la mochila y colocándola a su lado. Clyde en seguida lo siguió, sentándose junto a él sin decir ni una palabra. Tomando aire y convenciéndose una vez más de que era lo correcto —pese a que había pasado casi una hora encerrado en su habitación mirándose al espejo y preparándose para esto—, Lincoln finalmente extrajo el primer objeto de la mochila, haciéndolo tintinear con el movimiento.

— ¿L-Lincoln?

—Clyde… —dijo, tomando el libro con ambas manos, observándolo con nostalgia durante varios segundos antes de extender sus brazos, invitando a su amigo a que lo tome— esta es mi colección de monedas.

Los ojos de Clyde eran lo único que se movía, tomando turnos entre ver el libro y la cara de su amigo. Estaba respirando hondo, como si quisiera prepararse para hacer un clavado desde el trampolín de seis metros hasta la piscina. Casi parecía como si no entendiera lo que estaba sucediendo. Pero Lincoln lo conocía bien, y sabía que su amigo comprendía a la perfección lo que ocurría.

—Tengo todas las denominaciones de sesenta y siete países, incluyendo la colección completa de Norte América, América del Sur, México, Europa occidental, Rusia, Japón, China, Corea del Sur y Australia. Tengo empezadas las páginas de otros cincuenta y cinco países. Aún me falta mucho, pero es una de las colecciones más importantes de Royal Woods. He trabajado en ella por tres años. Y tú me ayudaste a armarla. Todos los veranos, cuando viajaste a otros países con tus padres, siempre me trajiste todas las monedas que pudiste. Y por eso… Por eso quiero que la tengas.

Sacudió ligeramente el libro para que Clyde lo tomara, haciendo sonar una vez más las monedas, como un pesado sonajero. Ante la insistencia, Clyde no tuvo otra opción más que aceptar el regalo que Lincoln le ofrecía, tomando su pequeño legado de recolector de monedas y apretándolo contra su pecho con todas sus fuerzas, como si nunca fuera a despegarse de él.

Antes de que pudiera decir algo, Lincoln extrajo otra bolsa de su mochila. Clyde jadeó al reconocer de qué se trataba.

—N-No… no traje toda mi colección porque… No lo sé… tengo la esperanza de que quizás Lily crezca y descubra que le gustan —dijo Lincoln, abriendo la bolsa y tomando el primer cómic de la pila, Ace Savvy volumen cuatro, tomo cuarenta y cinco—. Pero traje los cómics que sé que te faltan para completar algunos arcos argumentales. T-Tengo el tomo seis de la saga de Zodiaco, el tomo cuarenta y cinco de la última edición, donde se revela la identidad de RoboGato, el crossover entre Ace Savvy y el universo de Dragon Fall X…

—Lincoln, no… no puedo… no puedo aceptarlo —se quejó Clyde, negando furiosamente con la cabeza—. No puedo… no puedo…

—Vamos, Clyde, sólo tómalos —le pidió Lincoln, colocando el tomo 45 una vez más dentro de la bolsa y alcanzándosela—. ¡No vas a servir de nada en una caja en mi habitación! Así al menos… Así por lo menos sé que estarán ayudando a completar tu colección. Servirán para algo. Por favor… tómalos.

—Lincoln…

Con cuidado, Clyde dejó el libro de monedas a un lado y tomó casi con religiosa admiración la bolsa de cómics que Lincoln le alcanzaba. Sus dedos temblaban mientras alisaba los pliegues de la bolsa, con la delicadeza con la que acariciaría a un bebé recién nacido. Las gafas de Clyde siempre generaban un efecto como de lupa, aumentando el tamaño de sus ojos considerablemente. Con aquel zoom, Lincoln casi podía ver al detalle las lágrimas que comenzaban a acumularse en las esquinas de los ojos de su amigo, quien con mucho valor y mucho esfuerzo estaba haciendo lo posible para no dejarlas caer por sus mejillas.

Lo más fácil para Clyde hubiera sido llorar, dejar salir toda la tristeza que estaba sintiendo en esos momentos, y Lincoln lo sabía. Pero estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para ser fuerte, y no por él. No para fingir una fortaleza que no tenía, o para no mostrarse débil frente a su mejor amigo. Clyde estaba siendo fuerte por Lincoln. Porque, mejor que nadie, Clyde comprendía o al menos intuía su cansancio emocional. No quería ser una carga más para su amigo, por lo que se tragaba su dolor, se tragaba toda la angustia, tristeza y desazón que sentía. Todo por su mejor amigo.

Muchos se burlaban de Clyde por no gustarle las películas de terror como The Harvester, pero en aquel momento, Lincoln veía a su mejor amigo como la persona más valiente que había conocido.

—Guardaré esto por el resto de mi vida —dijo Clyde con un hilo de voz—. Le diré a mis papás que me ayuden a plastificarlos. Los cuidaré como si fueran mi mayor tesoro.

—También traje mi copia de Super Mega Brawlers Turbo Fighters XXIV —Lincoln se apresuró a decir, dándose vuelta para abrir su mochila y tomándose su tiempo para buscar el videojuego, dándole la oportunidad a Clyde para que limpiara disimuladamente sus ojos antes de voltear nuevamente—. Este… este no puedo regalártelo, algunas de mis hermanas juegan muuuuy de vez en cuando y no quiero… Como sea, lo que quiero decir es que planeo enseñarte los movimientos finales de todos los personajes, incluso los ocultos.

Una vez que retiró el videojuego de la mochila, la dejó tirada en el suelo y se puso de pie rápidamente.

—Hay algunos que son muy difíciles de lograr, y otros que necesitas cumplir con algunos requisitos durante la pelea para poder hacerlos, como dar tres golpes críticos, o no usar el bloqueo ni una vez.

Comenzó a hablar sumamente entusiasmado, caminando y tratando por todos los medios de hacer notar en su tono de voz toda la emoción y la alegría que el juego, aparentemente, le provocaba.

— ¿Lincoln?

—Ya verás, Clyde, para cuando termine de enseñarte mis combos secretos vas a poder ganarle a quien sea —continuó Lincoln, ignorando el llamado de su amigo—. Mi récord de cuarenta y seis victorias contra dos de Rusty va a pasar a ser tuyo, créeme.

—Lincoln…

—N-No, en serio, voy a enseñarte todo lo que sé. Hay un nivel secreto en la Torre de Desafíos que desbloqueas si ganas dos partidas seguidas usando el movimiento especial del personaje cuatro veces por cada round, y…

—Lincoln.

No pudo continuar ignorando a Clyde cuando éste se puso de pie y se acercó a él. Dejó salir el aire de sus pulmones por sus fosas nasales, obligándose a sí mismo a calmarse.

—Lincoln… ¿quieres hablar? —Preguntó Clyde, preocupado.

Rayos, pensó Lincoln. Clyde lo conocía demasiado bien. Podía leerlo como un libro abierto.

—No —respondió secamente, su voz habiendo perdido súbitamente todo el entusiasmo.

— ¿Estás seguro? —Insistió— Mira, sólo… sabes que puedes cont…

—Clyde —lo interrumpió, desviando la mirada; quizás su amigo tuviera la fuerza y la valentía como para mostrarse fuerte, pero Lincoln estaba quedándose sin ninguna de las dos—, por favor, no… no necesito hablar.

Cerró los ojos. Cada vez era más difícil.

—Hace una semana que lo único que hago es hablar. No quiero seguir haciéndolo. Yo… Necesito jugar —dijo, sintiendo sus manos temblar alrededor del videojuego—. ¿Podemos sólo jugar?

No vio la reacción de Clyde, pero pudo interpretarla a través de extenso silencio que se produjo.

—Iré a preparar la consola —dijo finalmente el anfitrión—. Ve cuando… cuando estés listo.

Clyde se dirigió a la sala de estar, dejando a Lincoln solo y de pie en el centro de la habitación durante varios minutos, hasta que decidió ir a jugar con su mejor amigo.

Tuvo que ir al baño a lavarse la cara primero.


La alargada sombra de Lincoln lo guiaba de regreso a casa, mientras caminaba por la acera, pateando suavemente una roca con cada paso.

Tras cinco increíbles horas le había demostrado a Clyde cómo realizar todos los movimientos finales, todos los combos secretos, cómo desbloquear los niveles de bonus, las mejores estrategias para cada personaje. Había comenzado como una clase, con Lincoln demostrando y explicando toda la teoría detrás de su conocimiento y Clyde tomando notas. Afortunadamente, después de la primera media hora todo se relajó. Las siguientes horas fueron muchísimo más divertidas. Rieron, bromearon, insultaron a la consola cuando les ganó en una batalla doble, e incluso lloraron de la risa cuando un bug después de un ataque final dejó la cabeza de MuscleFish en su axila. Todo esto acompañado por el aparentemente inacabable suministro de galletas caseras y pastel que los señores McBride les alcanzaban. Durante todas esas horas, Lincoln fue un niño normal, divirtiéndose con su mejor amigo.

Ya en el camino a casa, sin embargo, había comenzado a sentirse miserable una vez más. Y eso lo hacía sentir como una basura. No debería caminar lentamente para tratar de retrasar la llegada a su casa. No debería sentir que estaba llegando a un campo enemigo. No debía sentir que estaba acercándose a un lugar donde sólo le sería recordado el dolor. Es decir, aquella misma mañana, antes del almuerzo, todos se habían divertido. Habían jugado al Life y la habían pasado de maravilla. Esta última semana había sido terrible para él, pero también le había dado la oportunidad de compartir momentos con sus hermanas como nunca antes. Momentos de verdadera unión fraternal, donde había llegado a conocerlas mejor que nunca.

Recordó haber dormido junto a Luan, junto a Lynn, junto a Luna. Las profundas charlas que habían compartido. Recordó los abrazos de Lori y Leni. Tener a Lana en su regazo, Lola abrazándolo por detrás. Para cuando llegó a la puerta de su casa, de alguna forma había logrado levantar su estado de ánimo hasta un punto donde por lo menos pudo mantener una sonrisa en su rostro al entrar a la casa.

Para su grata sorpresa, la casa se escuchaba mucho más ruidosa que lo que había sido durante los últimos días. No era el caos habitual con el que había crecido, pero tras un semana viviendo en una casa que casi sonaba como una casa normal, el ruido se le hizo reconfortante.

La planta baja estaba bastante vacía, sin embargo. El comedor estaba vacío, las luces de la cocina apagadas, y sólo una persona se encontraba en la sala de estar, donde la televisión sonaba con fuerza. Luan, sentada en el sofá y con su computadora portátil en su regazo, parecía sumamente concentrada en lo que fuera que veía en la pantalla. Se veía relativamente bien, relativamente normal, pero sus hombros caídos, sus párpados hinchados y la caja de pañuelos vacía en el suelo eran suficientes para que Lincoln supiera que no todo estaba bien.

Desde aquella noche de jueves cuando habían tenido aquella importante charla, Luan había sido una de las hermanas con las que Lincoln pasaba más tiempo. Desafortunadamente, y para aumentar la culpa que sentía que lo consumía por dentro, todos los ratos que pasaban juntos difícilmente podían considerarse tiempos de calidad, de compartir, de jugar. Uno de sus más ambiciosos proyectos finales —que ocupaba una de las primeras posiciones en su lista de objetivos— sólo podía ser completado con la ayuda de Luan, y todos los días le dedicaban al menos una hora y media a la preparación. Sabía que no viviría para ver el proyecto finalizado, pero ese no era el punto. Todo lo que necesitaba hacer era dejar las bases para que Luan pudiera terminarlo eventualmente.

Su hermana, por supuesto, lo ayudaba con gusto. Trataba de disimular lo doloroso que era para ella formar parte de eso y le daba todo el apoyo que le era posible. Aún así, Lincoln se sintió culpable. Ella no era su asistente. Era su hermana.

—Hola, Luan —la saludó, mientras se acercaba.

Cuando no volteó a verlo, Lincoln descubrió que tenía puesto los pequeños auriculares. Aprovechando la invisibilidad que los auriculares le otorgaban —pequeño truco que había aprendido durante sus años de escabullirse alrededor de sus hermanas—, fue hasta detrás del sofá. Quería ver qué estaba viendo Luan.

Por supuesto, debió haber imaginado que se trataba de videos caseros. A juzgar por los pocos segundos que vio, se trataba de su última fiesta de cumpleaños, cuando había cumplido once. Alcanzó a ver el momento en el que soplaba las velas de cumpleaños, justo antes de que Lynn lo tomara por la nuca y enterrara su rostro en una parte del pastel, para risa y disfrute de todos los demás.

Luan rió por lo bajo.

—Eso no es higiénico —dijo Lincoln desde detrás del sofá al tiempo que suavemente le quitaba un auricular de la oreja a su hermana.

Ella rápidamente cerró la computadora y volteó, feliz por verlo pero nerviosa por haber sido descubierta de esa forma.

— ¡Lincoln! N-No te oí llegar —dijo, rápidamente fregando sus ojos con el dorso de una de sus manos.

— ¿Estás ocupada? —Preguntó Lincoln, saltando con cierta dificultad el respaldo del sofá y cayendo pesadamente a un lado de su hermana.

Luan apoyó su computadora en la mesa ratona.

—No, no, sólo estaba… Revisando algunas cosas. ¿Quieres seguir con…? —Volteó a ambos lados, asegurándose de que no había nadie más a su alrededor— ¿..."el proyecto"?

—A decir verdad —dijo con una sonrisa—, estaba pensando que quizás podríamos ir a la cocina para practicar tus pasteles. Creo que tengo una receta para mejorar la consistencia de la crema.

Sus ojos abiertos, su quietud y sus dientes la hacían ver como una liebre en la carretera, sorprendida por la luz de un auto.

— ¿En serio? —Preguntó, algo confundida— ¿No prefieres hacer algo más… más…?

—Creo que nada me pondría más feliz que cocinar con mi linda hermana mayor mientras me hace reír con sus increíbles bromas —la interrumpió, sonriéndole con sinceridad.

Su frase pasó peligrosamente cerca del límite de ternura que ella podía soportar sin quebrarse. Afortunadamente, la reacción de Luan fue ponerse de pie de un salto, levantarlo de un abrazo, estrujarlo contra ella y llevarlo de la mano a la cocina.

—A decir verdad cocinar no es lo mío, pero estoy muy satisfecha con cómo hago mis pasteles, Linc —le dijo alegremente—. Llevo años perfeccionando esa receta.

—Por favor, estás hablando con el Rey del Soufflé.

—Ya lo veremos.

—Oye, siempre quise saberlo, ¿quién fue el primero en empezar con el chiste del pastel a la cara?

Luan detuvo de inmediato su marcha hacia la cocina y volteó a ver a Lincoln. Tenía una ceja arqueada y una gran sonrisa a lo largo de su rostro.

—Ooooh, créeme Lincoln, no quieres hacerme una pregunta sobre historia de la comedia —le advirtió.

Lincoln imitó la expresión de su hermana.

—De hecho, sí quiero —respondió con seguridad.

Luan dejó escapar una risa de sorpresa.

—No sabes en lo que acabas de meterte, Linc.

Mientras era arrastrado hacia la cocina, Lincoln sonrió para sus adentros. Era muy consciente de lo que había provocado.


— ¿Estás segura?

—Por supuesto.

—No me siento cómodo con esto.

—Vamos, sé que todos han querido estar del otro lado al menos una vez.

—Bueno… sí, pero…

—No te preocupes, Lincoln, hago esto todos los días.

—Pues… si tú lo dices…

Lincoln preparó su brazo. Calculó la distancia. Pensó en la fuerza a aplicar. Finalmente, tras estar seguro de que no iba a lastimarla, tomó aire y lanzó el pastel directo al rostro de Luan.

El sonido de la crema golpeando el rostro, aplastándose y saltando en todas direcciones fue magnífico. Parecía un efecto de sonido de una película. Luan retrocedió un paso por el golpe y llevó ambas manos al rostro, tomando la base del pastel y retirándola. Lincoln no pudo evitar largar una carcajada al ver el rostro de su hermana cubierto de crema, con la cereza pegada en una de sus mejillas. Mientras usaba sus dedos para despejar sus párpados, Luan también comenzó a reír.

— ¡Increíble! Tenías razón, Lincoln, esta crema es mucho mejor. El golpe es más suave y vuela por todos lados, es mucho más visual —explicó con una sonrisa, mirando en el suelo de la cocina todos los lugares a donde la crema había volado.

Lincoln se acercó a ella y tomó un poco de la crema de su rostro con sus dedos antes de probarla.

—Y además sabe muy bien —dijo, felicitándose a sí mismo.

Para su sorpresa y ligero disconfort, Luan aprovechó la cercanía para darle un beso en la mejilla, llenando su rostro de crema en el proceso.

— ¡Luan! —Se quejó, aunque sin poder evitar una sonrisa, sobre todo cuando su hermana comenzó a reír— No hagas eso.

Su queja causó incluso más risa a Luan. Se dirigió hacia el fregadero para limpiarse la crema del rostro. Mientras estaba allí, mojando y secando su rostro, no pudo evitar notar, a través de la ventana de la cocina, a cierta figura sentada en el patio trasero. La observó durante unos segundos antes de cerrar la canilla y voltear a ver a Luan.

—Me divertí mucho —le dijo a su hermana, alcanzándole la toalla con la que se había limpiado.

Luan notó el tono de voz de Lincoln, entendió que su tiempo juntos estaba por acabar, y su sonrisa cedió un poco.

—Sí. Lo fue —dijo simplemente, aceptando la toalla—. Gracias.

Por tener la toalla sobre su rostro se perdió el momento en el que Lincoln la abrazó por la cintura. Fue tomada por sorpresa, y apenas pudo devolverle el gesto antes de que se separara.

— ¡Nos vemos después! —Le dijo, mientras salía hacia el patio trasero.

Una vez fuera, Lincoln fue recibido por la brisa de la tarde, mucho más fría que hacía un rato atrás, antes de entrar a la casa. Las nubes negras seguían cubriendo gran parte del cielo. El frío, las nubes, el viento, todo parecía indicar que Royal Woods estaba preparándose para una fuerte lluvia. Nada de eso parecía importarle a Lynn. Ella estaba sentada contra el árbol, con su bolsa de boxeo descansando a un lado. No había señales de sus guantes por ningún lado. Lincoln comenzó a caminar hacia su hermana. Lynn levantó la vista al escuchar unos pasos acercándose, y los dos intercambiaron una larga mirada. Lynn sólo miró hacia otro lado cuando Lincoln se sentó junto a ella.

Él estaba buscando las palabras indicadas para hablar. Ya había tenido la oportunidad de pasar una larga tarde con ella, de compartir muchísimo con su hermana mayor. Supuso que repetir las cosas que ya le había dicho no sería de mucha utilidad. Por suerte para él, ella habló primero, rompiendo el silencio.

—Polly quería que te dijera que… que lo siente mucho. Y que nunca tuvo la oportunidad de decirte lo mucho que disfrutó aquella noche contigo en el baile de Sadie Hawkings —Lynn dejó escapar una pequeña risa, aunque no se sintió como si fuera algo gracioso; se sintió como una risa ahogada por sus sentimientos—. Dice que nunca antes había encontrado a un chico que pudiera seguirle el paso.

—Supongo que me entrenó la mejor —dijo Lincoln, sacándole una sonrisa a Lynn—. Así que… ella sabe.

—Ella, Margo, Emma y otras chicas de mis equipos vinieron a verme esta tarde —le comentó, desviando los ojos al césped—. Algunas se enteraron en la escuela… Otras cuando les dije que abandonaba todos mis equipos.

— ¿Dejaste tus equipos? —Preguntó Lincoln, ligeramente preocupado.

Su hermana lo miró casi con enfado.

—Por supuesto que los dejé, tonto— le dijo.

Disimuló su insulto al estirar su brazo y colocar su mano sobre la de su hermano, acariciándola con una suavidad impropia en ella.

—Al menos por ahora. Me ocupan mucho tiempo —explicó—. Además, no quiero… perder el control otra vez.

Lincoln apretó la mano de Lynn y ella dejó escapar un pequeño gemido de dolor. Sorprendido, notó que apenas si movía su muñeca. Su mente ató los cabos.

—Lynn, ¿puedo pedirte un favor? —Preguntó con total seriedad.

—Lo que sea —dijo ella de inmediato, volteando a verlo.

Lincoln se puso de rodillas y se movió hasta quedar sentado directamente frente a su hermana, todavía tomándola de la mano.

—Estás lastimándote —le dijo—. Te vi esta mañana con hielo en la muñeca, y no me olvido de la muñequera que tuviste que usar la semana pasada. Lynn, no te lastimes. No te… Hey, mírame. Mírame.

Arriesgándose a que lo golpeara, Lincoln colocó una mano bajo su mentón y la obligó, con suavidad, a que posara sus tristes ojos en él. Usó su pulgar para acariciar su mejilla.

—Lynn, prométeme que no seguirás haciendo esto.

—Lincoln…

—No quiero que te esfuerces de más, que te lastimes. No lo hagas. Eso… eso me pone triste.

Lynn comenzó a respirar con dificultad, tratando con todas sus fuerzas de contener un llanto.

—Una muñeca lastimada duele menos que… esto —confesó con un hilo de voz. Lincoln mordió sus labios.

—Lynn… no estás sola. Sé que nunca fuiste la más… abierta a compartir cómo te sientes, pero esto es… bueno, es algo muy grande —le dijo, tratando de encontrar las palabras adecuadas—. No tienes que ser la chica fuerte. Nadie puede ser siempre fuerte. Todavía estoy aquí, puedes venir a verme cuando te sientas mal, y… y cuando no puedas, tendrás nueve hermanas más con quienes puedes… hablar, o simplemente estar con ellas.

Lynn lo soltó y movió sus manos para cubrir sus ojos.

Se mantuvo silenciosa, pero Lincoln sin dudas pudo ver lo que sucedía detrás de sus manos. Se acercó aún más y la abrazó, dejando que se descargara. Que dejara salir las cosas que le dolían por dentro. Lincoln, mejor que nadie, sabía lo que mantener sus emociones embotelladas dentro podía causar. Por eso se aseguró de que su hermana, a diferencia de él, contara con alguien para descargarse realmente.

La abrazó durante diez minutos mientras ella lloraba en silencio. No le dijo nada, simplemente la abrazó. Ya habían pasado por algo similar algunos días atrás, no había nada por agregar. Al menos no para Lincoln.

—L-Lo siento —dijo Lynn.

—Te perdono.

Ella rió amargamente.

—Ni siquiera sabes por qué iba a disculparme…

—Eso no habría cambiado mi respuesta.

Se acomodó incluso más contra él.

—Dios… Esto es lo que me jode —dijo, sin preocuparse por el lenguaje que usaba frente a su hermano menor—. Siempre perdonando. Nunca enfadándote.

—No soy un santo, Lynn —le dijo con una sonrisa—. Lo sabes tan bien como yo.

Ella no agregó nada. Se mantuvo en silencio, un silencio algo incómodo que Lincoln supo detectar e interpretar.

— ¿Sobre qué querías disculparte? —Preguntó.

Lynn suspiró.

—Todo. Tantas cosas… Tantas veces que te golpeé… Tantas bromas que te hice… Todas las veces que me enojé contigo… Lincoln, en serio, lo siento mucho. Lo que te hice aquella vez… con lo de la mala suerte…

—Ya me pediste disculpas y te perdoné por ello. Pasó hace meses, ¿en serio no lo superaste aún?

—Creí que lo había hecho… Creí que estaba bien, pero no —admitió con dolor—. Sé que me has dicho que me perdonas… y… y te creo cuando lo dices. Pero que me perdones tan fácil me hace sentir aún peor. Además…

— ¿Qué? —Preguntó Lincoln tras el silencio de su hermana.

Luego de un largo rato Lynn volvió a mirarlo a los ojos. Sus ojos rojos, ligeramente hinchados, lo miraban con renovada emoción.

—Cada vez que me sentía mal por ello… siempre me decía a mí misma q-que… que algún día te lo repararía. Que algún día me portaría bien contigo. Cada vez que te molestaba o te obligaba a practicar deportes me decía "La próxima lo trataré mejor, otro día será". Y por tanto tardar…

Usó su antebrazo para secarse las pequeñas lágrimas de los ojos, queriendo ver claramente a su hermano a los ojos.

—Nunca pude tratarte bien. Nunca pude decírtelo. P-Pero quiero que lo sepas: eres el mejor hermanito menor del mundo y… y no te merecías que tu hermana mayor te tratara así.

Ahora era Lincoln a quien comenzaban a picarle los ojos. Parpadeó, sonrió ampliamente y volvió a abrazar a su hermana. Lynn era increíblemente testaruda. Casi inaguantablemente ingenua. No era capaz de perdonarse a sí misma por cosas que él ya la había perdonado. Se culpaba por cosas que él comprendía, que incluso amaba de ella. Y sobre todo, tenía la loca idea de que él podría llegar a creer que ella no lo quería. Temía que él creyera que había sido una mala hermana. Cuando lo cierto es que, incluso con toda su rudeza, brusquedad y falta de tacto, Lynn era para Lincoln tan perfecta como cualquier otra de sus hermanas.

—No cambiaría absolutamente nada de ti, Lynn —le dijo, acariciando su espalda—. Te quiero tal como eres. Y el hecho de que me digas estas cosas ahora es más que suficiente. Todavía tenemos tiempo para jugar, divertirnos y… pues, hacer cosas de hermanos. Estoy libre en este momento, ¿qué quieres hacer?

La vieja Lynn, la Lynn de toda la vida, seguramente habría sugerido lucha libre, fútbol, béisbol o un circuito de parkour en la casa. Lincoln sabía que no estaba hablando con la vieja Lynn, sin embargo. No había forma de negarlo, algo había cambiado en sus hermanas, ya nadie era la misma de antes. Suponía que diría otra cosa, alguna actividad que pudieran hacer juntos, algo más tranquilo, algo más apto para su condición actual.

Lo que no esperaba era que Lynn lo mirara con esos ojos tristes, que se mordiera los ojos y que suspirara. Mucho menos que dijera lo que dijo.

—Dejaría todo, mis deportes, mis trofeos, todo por estar más tiempo contigo— le dijo separándose de él, casi rehuyendo de su contacto—. Pero… ya te robé mucho tiempo. El otro día… la otra noche…

—Wow, espera un momento, no me "robaste" tiempo —comenzó a protestar él, pero Lynn lo calló colocando no un dedo, sino toda la palma de la mano sobre sus labios.

—Lincoln, no soy la única que te necesita —dijo con dolor—. Lucy… deberías verla a ella. Ayer estuve con ella toda la tarde, incluso dormimos juntas en mi cama. Y Lincoln… no sé cómo ayudarla.

Lucy. Lincoln temblaba con tal solo pensar en cómo debía estar su hermana menor. Cómo estaría llevando esta tragedia. Desde aquel fatídico domingo que la reacción de Lucy se le había presentado como una de las más difíciles de predecir. Su pequeñísima charla en el deshuesadero de autos apenas si lo había ayudado a comprenderla. La mayor conclusión que había podido sacar de aquel encuentro había sido el hecho de que Lucy, después de todo, temía a la muerte tanto como cualquiera de ellos.

—Ya veo —dijo finalmente, considerando sus opciones—. Bien, si tú lo dices…

Se puso de pie, preparado para dirigirse nuevamente hacia la casa, a la habitación de Lynn y Lucy. Dio una última mirada a la deportista, sentada contra el árbol y mirándolo como quien despide a un familiar en la estación de trenes. Tan sólo necesitó alejarse dos pasos antes de cambiar de parecer.

—Ven conmigo —la invitó.

— ¿Qué? No, no, ella te necesita a ti.

—Nos necesita a todos. Todos nos necesitamos los unos a los otros.

—Lincoln… Sé lo que tratas de hacer, pero… Créeme, conozco a Lucy —le dijo, absolutamente convencida—. Contigo es diferente. Necesita a su hermano, no a mí.

—Lynn…

—Sólo ve —le dijo, sonando ligeramente impaciente y altamente emocionada—. Ve con ella. Por favor.

Lucy y Lynn podrían pelear extremadamente seguido, pero nadie podría decir que no se amaban profundamente o que no se preocupaban la una por la otra.


Encontrar a Lucy acostada inmóvil en su cama no era nada nuevo. Uno de sus pasatiempos favoritos era hacerse la muerta. En teoría, debería haber sido un alivio para Lincoln encontrarla así. Pero las circunstancias habían cambiado, y Lincoln no podía siquiera pensar en que las cosas estaban bien cuando la vio en posición fetal sobre la cama, con su cuaderno de poemas tirado en el suelo rodeado de varias páginas arrancadas y hechas un bollo. Ella no se movió cuando él abrió la puerta, ni cuando entró al cuarto, ni cuando jadeó al ver el estado del mismo. Lo único que hacía era mirar hacia la pared.

Hora de ser el hermano mayor.

—Lucy, ¿estás bien? —Preguntó, más por cortesía que porque necesitara una respuesta a tan obvia pregunta.

Quizás había pensado que se trataba de Lynn y por eso es que no había reaccionado, pues al escuchar la voz de su hermano Lucy se estremeció. Tomó su almohada y la utilizó para limpiar su rostro. Arregló apresuradamente su flequillo antes de sentarse, enfrentándolo. No lo miraba a los ojos, parecía más bien interesada en sus zapatos.

—L-Lincoln —dijo, haciendo su mayor esfuerzo por sonar monótona y desinteresada.

— ¿Qué son todas estas hojas? —Preguntó el muchacho, esquivando los restos de papel mientras se acercaba a la cama.

Lucy no le respondió. En cuanto Lincoln se sentó junto a ella simplemente lo abrazó. En sus ocho años, Lucy nunca había sido una chica de muchas palabras. Pedirle elocuencia o que se explayara durante el que sin lugar a dudas era el momento más difícil de su vida hubiera sido demasiado. Y pese a que le parecía que estaba mal sentirse así, Lincoln no pudo reprimir esa pequeña sensación de alivio. Abrazar a sus hermanas nunca sería un inconveniente para él. Podría hacerlo por el resto de su vida —lo cual, de hecho, no era decir mucho—, con gusto cedería a cualquier abrazo que alguna de ellas le pidiera.

Lo que le costaba soportar eran las palabras. Las charlas emotivas. Era imposible evitarlas, estaban a la orden del día. Era lo lógico y esperado, ver a sus hermanas vulnerables y hablarles para tratar de hacerlas sentir mejor. Era uno de sus objetivos, después de todo, arreglar las cosas con sus hermanas. Las recientes experiencias, sin embargo, no eran muy alentadoras.

Luan seguía encerrada en su mundo de videos. Lynn continuaba llevándose al límite, hasta el punto de herirse. Antes de ir a la habitación de Lucy se había asomado a la habitación de Luna y Luan, sólo para encontrarse con que la roquera estaba acostada en su cama con los auriculares al máximo. Desde la puerta, Lincoln había reconocido la playlist. Era la misma que había escuchado cuando la radio anunció la muerte del baterista de aquella banda inglesa que tanto le gustaba. Las mismas canciones que había escuchado durante una semana luego de su breve pelea con Sam.

Sólo estaba acumulando fracasos. Todas las charlas que tenía con sus hermanas lo desgastaban emocionalmente, lo estresaban, lo reducían a un manojo de nervios y dolor. Y lo peor de todo es que no estaban sirviendo de nada. No estaban ayudando a sus hermanas. Todos sus esfuerzos resultaban ser inútiles. Por ello agradeció internamente el silencio de Lucy. Al quedarse callada y permitir que él la abrazara, le estaba ahorrando palabras, explicaciones y pensamientos que no cambiarían nada. Economizaba tiempo, pero sobre todo lo ayudaba a ahorrarse al menos un poco de dolor.

Lo mejor para él habría sido quedarse callado y sencillamente esperar a que Lucy se tranquilizara. Tratar de evitar generar un nuevo momento que continuara desgastándolo. Pero Lincoln era sencillamente incapaz de hacer eso. Con su asustada hermanita en brazos, él simplemente no podía quedarse de brazos cruzados y dejarla sufrir. Una voz desde su interior le decía que hiciera algo al respecto.

—Puedes confiar en mí, Lucy —le dijo, moviéndose muy ligeramente, como si estuviera tratando de mecerla en sus brazos—. ¿Qué le hiciste a tu cuaderno?

—N-No puedo…

Se atragantó con sus palabras. Él no la apresuró, simplemente continuó acariciando su espalda, dándole tiempo para que se recompusiera.

—Ya no puedo hacerlo.

— ¿Qué cosa? —Preguntó Lincoln con suavidad.

—Escribir —respondió Lucy, enterrando su rostro en el pecho de Lincoln—. No puedo… Todo lo que escribo… todo en lo que puedo pensar… Toda mi vida disfruté mis poemas, p-pero ahora cada vez que… Cada vez que pienso en "eso"…

Todo su cuerpo tembló como una frágil hoja frente a la brisa.

—Ya no quiero escribir más poesía —dijo finalmente—. Se supone que mis poemas eran una forma de escapar de la realidad. Debían… debían ayudarme a superar situaciones difíciles. No deberían hacerme sentir tan… m-mal…

Lincoln ya estaba tratando de pensar en una solución para el problema. Su hermanita amaba la poesía, era una excelente poeta, sumamente creativa y con un gigantesco potencial. No podía renunciar a una de sus pasiones por esto. Era como Luna queriendo renunciar a la música para no sentirse triste por todas las canciones que le recordaban a Lincoln. No podía permitir que eso sucediera.

Estaba comenzando a cansarse un poco por la posición en la que estaba sosteniendo a su hermana, por lo que se acomodó en su lugar. Al moverse, sin embargo, escuchó un ruido. Descubrió, entre las sábanas, una hoja de papel arrugada. Lucy notó la mirada de su hermano.

—Eso es… Traté de escribir un poema —admitió.

— ¿Te importaría leérmelo? —Preguntó Lincoln.

El silencio y la impasibilidad de Lucy le dijeron a Lincoln que ella no estaba especialmente interesada en compartirlo.

—Por favor —suplicó—. Amo tus poemas.

Por primera vez desde el día anterior, Lucy suspiró. Fue música para los oídos de Lincoln. Los suspiros de Lucy eran parte de su vida casi tanto como las bromas de Luan o los experimentos de Lisa. Con manos temblorosas, Lucy tomó la hoja de papel y la aplanó, tratando de deshacer los pliegues y las arrugas. Observó el manuscrito y dio una última mirada a Lincoln.

Él asintió con confianza, y Lucy comenzó a recitar:

No culpo al que no ve poesía,
le temo al que al verla no siente.
Prefiero una lágrima fría a cuencas vacías
que por callar llantos se mienten.

¿Y cómo sé que lo eterno es injuria?
Si nadie otorga un minuto al reloj.
¿Y quién protege al paraguas de la lluvia?
Si nadie alumbra a la sombra del Sol.

Sólo soy huesos y piel… ¿en qué sucio motel
debe haber los manuales de Dios?
Si la vida es tener que aprender a firmar un papel
que al nacer lleva escrito un adiós.

Si quieres la flor por su tacto,
no ignores la espina ni el fruto.
Resumen de amor en dos actos:
vestirse de blanco y acabar de luto.

No se pueden ver lunas brillantes
si no partes de la oscuridad.
Qué infinito se torna un instante.
Y qué efímera es la eternidad.

En cuanto hubo terminado de leerlo, Lucy volvió a abrazar a Lincoln. Él no era el mejor a la hora de analizar poesía. No entendía mucho de figuras retóricas o métrica, y su vocabulario no era particularmente amplio. Le costó entender algunos versos del poema que acababa de oír, pero aún así comprendió el mensaje general del poema. Y supo qué era lo que estaba pasándole a su hermana. Aquel poema era una radiografía a los sentimientos de Lucy.

—Eso fue muy hermoso, Luce —le dijo, honestamente impresionado—. Increíble.

—Gr-Gracias —dijo entre sollozos.

— ¿Puedo hacerte una sugerencia?

—Sí.

—Eres muy buena escribiendo poemas sobre lo que sientes. Eres maravillosa en ello, y no deberías dejar de hacerlo.

—Pero… lo que siento ahora…

— ¿Qué sientes? —La interrumpió— ¿Qué sientes en este momento? Y sé que ha sido un día muy difícil para ti. Sé que seguramente te sientes triste, furiosa, preocupada. Pero ahora mismo, hablando conmigo mientras te abrazo, ¿qué es lo que sientes?

La niña se tomó su tiempo para responder. Cerró los ojos y comenzó a respirar con profundidad. Lincoln sintió cada movimiento de su pecho, cada bocanada de aire. Parecía ser una pregunta sencilla, pero él sabía que no lo era. Y más importante aún, sabía que Lucy entendería a qué se refería. Después de todo, era una niña muy lista. Tras unos silenciosos minutos de reflexión, Lucy finalmente respondió.

—Amor —dijo sencillamente, volteando su cabeza para ver a Lincoln a los ojos.

Finalmente, Lincoln pudo permitirse sonreír. Acarició con cariño la mejilla de Lucy.

—Nunca he hecho esto, pero ¿puedo pedirte que me escribas un poema?

— ¿Un… poema?

—Sé que te gustan las cosas aterradoras y oscuras, pero si estás de acuerdo, me gustaría que me escribieras un poema acerca de nuestra relación. Quiero saber qué opina mi vampiresa favorita acerca de mí.

Cuando el rostro de Lucy se transformó en una sonrisa, Lincoln supo que había cumplido con su deber como hermano mayor una vez más. Ver a Lucy sonreír siempre había sido uno de esos pequeños placeres que sólo podía darse de vez en cuando. En el contexto actual, esa pequeña, casi imperceptible, pero absolutamente honesta sonrisa era todo lo que Lincoln podía pedir.

—Lo haré —dijo Lucy, sonriéndole una vez más antes de separarse de su abrazo y recoger su cuaderno de poemas.

Sintiendo que había hecho su parte, Lincoln decidió irse de la habitación. No había nada más que hacer allí, y además su vejiga lo estaba llamando. Se alejó en dirección a la puerta.

—Lincoln.

Ante el llamado de Lucy, él volteó una vez más. Ella tenía su cuaderno abrazado contra su pecho. Su cabeza parecía no poder decidirse entre mirar la alfombra de la habitación o la pared de la izquierda. Finalmente suspiró y levantó la vista, fijando sus ojos en su hermano mayor.

—Te quiero mucho.

Decir que se sorprendió sería subestimar la situación. Como también lo sería simplemente decir que aquellas simples palabras lo habían alegrado de sobremanera. Lincoln, por algún motivo, se emocionó al escuchar a su hermana menor, una de las más reacias a compartir sus sentimientos, diciéndole algo tan lindo de forma tan espontánea. Por supuesto, él sabía que ella lo amaba. Todos se amaban, eran hermanos muy cercanos, no había duda de que compartían lazos muy fuertes.

Últimamente, sin embargo, Lincoln había descubierto que gestos sencillos comenzaban a ganar significados mucho más grandes.

Le dio las gracias, le dijo que él también la quería mucho, y se dirigió rápidamente al baño.

El baño era el segundo pequeño santuario de la casa Loud, además de su propia habitación. Si bien es cierto que compartía el baño con sus diez hermanas y que por lo tanto siempre había alguien pidiéndole de mala manera que se apresurara, lo cierto es que todos respetaban la privacidad del local. Durante estos once años, el baño había sido un pequeño refugio.

Por ello, sabiendo que estaba protegido de intromisiones, encendió el agua de la ducha para que hiciera ruido y nadie pudiera escuchar su llanto.

Lloró por diez minutos, sin siquiera saber el motivo. Un llanto intenso que él trataba de controlar tanto como le era posible. Un llanto que salía desde dentro. Apretó sus puños hasta que los dedos le dolieron y sus nudillos se pusieron blancos. Se sonó la nariz al menos veinte veces, utilizando una gigantesca cantidad de papel. Tenía ganas de tomar uno de los palos de golf de Lori y comenzar a destrozar los azulejos, el espejo, las estanterías. Trató de respirar hondo para controlarse, pero cada pequeño gesto sólo parecía empeorarlo todo.

La ducha que había iniciado como fachada para ocultar su llanto acabó convirtiéndose en una verdadera. Sólo el agua caliente cayendo sobre su rostro y su espalda lograron relajarlo. Y aún así, cuando salió de la ducha y comenzó a secarse con una toalla frente al espejo, no pudo evitar notar su rostro y sentirse completamente drenado de sus energías, agotado, deprimido. Lo cierto es que, increíblemente, sus ojeras habían mejorado notoriamente. Apenas si eran un poco más pronunciadas de lo normal. Suponía que el "antídoto de la gripe" de Lisa tenía algo que ver. Pero más allá de que sus ojeras habían disminuido y las arrugas de sus ojos eran menos, notó que le faltaba brillo a sus iris. Una chispa que ya no estaba allí.

Y finalmente, reparó en su cabello. Su cabello blanco pulcro. Durante todos estos años, ese cabello había sido una de sus características más sobresalientes. Todo el mundo lo conocía como el chico de cabello blanco casi tanto como por ser el chico de las diez hermanas. El peculiar color le había ocasionado múltiples problemas, dícese de bravucones que se metían con él o de burlas en a cafetería. Aún así, Lincoln siempre había estado orgulloso de su cabello. Él creía que lo hacía especial. Era feliz con su cabello blanco.

Al menos así lo había sido hasta que se enteró que ese color era producto de los tumores en su cabeza. Ahora, mientras a su reflejo, lo único que podía sentir era asco. Desprecio. Furia. Miró a un lado, hacia la estantería. Todos los productos de cabello de sus hermanas estaban allí. Tinturas, sprays… y tijeras.

Las tomó con una temblorosa mano. Mientras se miraba al espejo, tomó un mechón con su mano izquierda, lo estiró y abrió las tijeras. Un simple movimiento y ese condenado cabello, ese recordatorio de lo que le estaba sucediendo caería al lavabo. Sólo sería cuestión de repetir. Una y otra vez, hasta quedar calvo. La gente con cáncer en las películas siempre quedaba calva por los tratamientos, ¿no es cierto? Él no tenía cáncer exactamente, pero a quién le importaba. Todo el mundo lo trataba como un niño vulnerable y débil, ¿por qué no mostrarse así?

Su cabello no lo definía. Él no era quien era por tener cabello blanco. Él era mucho más que eso. ¡Mucho más! Él era…

¿Qué era?

¿Quién era?

¿Quién era Lincoln Loud realmente?

Soltó de repente las tijeras, que cayeron peligrosamente cerca de sus pies desnudos. No se había dado cuenta de lo mucho que temblaba. No, no valía la pena. ¿Por qué arruinar su cabello? El "peinado" no era el problema.

El problema era otro. Y era mucho más fácil de solucionar.

Vistiéndose de nuevo y con el cabello mojado, Lincoln salió del baño y abrió la primera puerta a su derecha. Jamás en su vida se abría atrevido a entrar sin avisar, pero esa ya no era una preocupación para él. Entró a la habitación, encontrándose con que su hermana mayor estaba acostada en su cama con una revista en sus manos.

— ¡Lincoln! —Gritó Leni, sobresaltada, escondiendo inmediatamente la revista bajo la almohada.

— ¿Qué era eso? —Preguntó él, sorprendido por la reacción de su hermana.

—E-Eso… es… bueno, yo… —Leni comenzó a tartamudear, y Lincoln pudo ver una gota de sudor formándose en su frente; tras unos segundos de tartamudeo, Leni suspiró—. Linky… No sé mentir. Nunca supe cómo hacerlo. Si me lo preguntas no voy a poder ocultártelo y… Y de veras, de veras necesito que sea un secreto.

Leni tratando de ocultar algo era nuevo para Lincoln. Ella era demasiado pura e inocente como para tener secretos oscuros, preparar maldades o no querer compartir algo. Que le pidiera tan encarecidamente que no le hiciera preguntas significaba que algo importante estaba sucediendo. Y por supuesto, su curiosidad fue disparada. Quería saber a toda costa qué era lo que su adorable hermana ocultaba. Aún así, respetaba su privacidad, y la quería demasiado como para presionarla luego de que ella le pidiera que no lo hiciera.

—No te preocupes, Leni —le dijo con un intento de sonrisa—. Pero, uh, ¿estás ocupada?

— ¡Para nada! —Dijo ella, de repente feliz como siempre.

—Genial, genial. Porque… yo… tengo que pedirte un favor. Un gran favor.

Leni se puso de pie, se acercó a él y lo tomó de las manos. Llevaba la sonrisa más hermosa, alegre y honesta que Lincoln jamás había visto.

—Lo que sea, Linky.

Cuando él explicó lo que quería y por qué lo quería, sin embargo, ni siquiera Leni pudo mantener la sonrisa.


Una hora y media más tarde, Leni había convocado una reunión de emergencia en su habitación. Todas habían dejado lo que se encontraban haciendo, Lori había vuelto a la casa tan rápido como le fue posible, y Lynn incluso forzó a Lisa a abandonar su laboratorio para asistir a la reunión. Todas estaban nerviosas. Leni las había convocado por mensaje de texto, pero ni ella ni Lincoln se aparecían. Estaban comenzando a especular sobre qué podría haber sucedido, por qué Leni no estaba, y sobre todo por qué Lincoln no aparecía. Las gemelas estaban a punto de llorar por los nervios de no saber qué estaba sucediendo, cuando Leni finalmente abrió la puerta.

Lola saltó sobre ella y casi la derriba, mientras todas las demás se acercaban y hablaban al mismo tiempo. Leni parecía sumamente asustada, y fue Lori quien tuvo que intervenir y separarlos a todos.

—Leni, ¿qué está pasando? ¿Por qué nos llamaste?

La segunda mayor les pidió a todos que tomaran asiento. Sus hermanas se miraron, confundidas, pero finalmente accedieron. Se sentaron en las camas y en el suelo, aún nerviosas, aún ansiosas por saber qué estaba ocurriendo, preguntándose dónde demonios estaba Lincoln. Leni se paró delante de la puerta cerrada de la habitación.

—Chicas, Lincoln está bien —dijo, ante lo cual todas suspiraron aliviadas; Lola se dejó abrazar por Lana—. Me pidió un favor.

— ¿Qué favor? —Preguntó Luan rápidamente.

—Déjala terminar —la regañó Lynn—. Leni, ¿qué favor?

—Verán, él… Él tiene… Uh… O sea, los doctores le dijeron a Lincoln que su cabello no es blanco por Pop-Pop.

— ¿Qué? —Preguntaron las gemelas al mismo tiempo— ¿Qué significa eso?

—La falta de pigmentación de su cabello se debe a la acción de los tumores que restringen la distribución de melanina a lo largo y ancho de su cuero cabelludo —explicó de mala manera Lisa, quien aún consideraba que su presencia allí era irrelevante y sólo la distraía de sus importantes investigaciones.

— ¿Entonces… su cabello es blanco por la enfermedad? —Preguntó Lola, cubriendo su boca con sus manos.

— ¿Por qué no nos lo dijo? —Preguntó Lana, angustiada.

— ¿Entonces él estuvo enfermo todos estos años? —Lucy, al igual que las gemelas, tampoco conocía los detalles de la enfermedad que estaba matando a su hermano.

—Chicas, chicas, o sea, concéntrense —dijo Leni, haciendo un gesto con la mano como si no tuviera importancia—. El punto es que Lincoln dice que nunca lo conocimos como es realmente.

Todas entrecerraron los ojos.

— ¿Leni? ¿Qué significa eso? —Preguntó con cautela Lori.

—Buscamos los álbumes de mamá, y encontramos las primeras fotos de Lincoln —explicó ella con una gran sonrisa—. Antes de que… bueno, antes de que se enfermara.

—Hermana, estás matándonos, dinos qué está pasando —Suplicó Luna.

Leni volvió a sonreír y dio un paso al costado, colocando una mano sobre el picaporte de la puerta.

—Chicas, les presento a nuestro hermano. Nuestro verdadero hermano.

Abrió la puerta, y Lincoln entró a la habitación.

Las reacciones fueron mucho más dramáticas de lo que Lincoln había supuesto. Todas jadearon. Lo miraban sin pestañear, sin respirar. Estaban petrificadas, nueve estatuas de niñas que veían frente a ellas algo inaudito. Lincoln sabía que su decisión iba a causar controversia. Se imaginaba a algunas de ellas enfadadas con él. Se imagina que le dirían que eso no lo definía, que él era quien era más allá de ese detalle. Pero en su vulnerable situación, Lincoln se sentía mucho mejor. Un pequeño gesto para muchos, pero que para él significaba muchísimo. Aún así, estaba nervioso. Quería saber qué opinaban sus hermanas. Sus opiniones eran las únicas que le importaban.

—S-Según las fotos… este soy yo… este debería ser yo —dijo Lincoln con cierto pudor, mientras pasaba una mano por su cabello.

Por su flamante y recién teñido cabello castaño oscuro.

La primera de todas en reaccionar fue Lola. Y su reacción fue comenzar a llorar.

Todos la miraron, y Lincoln se sintió mal. No esperaba esa reacción, específicamente. Se acercó a ella y se arrodilló frente a su hermana.

—Hey, princesa, ¿por qué lloras? —Le preguntó con suavidad.

Lola siguió con su llanto ahogado. Lo miraba casi con adoración, con sus ojos cristalinos por las lágrimas. Abrió la boca pero no podía hablar. Fue Luan la primera que logró encontrar su voz.

—Lincoln… tú… Te teñiste —dijo, sin poder creer lo que sus ojos veían.

—Sí. Así es como debería ser. Como debería haber sido.

A estas alturas, Lola no era la única llorando. Casi todas estaban dejando caer lágrimas, en mayor o menor medida.

—Con Leni solíamos decir que eras nuestro copito de nieve —dijo Lori, mirándolo con una sonrisa extremadamente triste y limpiándose las lágrimas de sus ojos—. Siempre creímos que eso te hacía especial y adorable. De haber sabido… Oh, Dios...

—A mí me gusta cómo te queda así —se apresuró a decir Lynn, también emocionada—. Lincoln, te ves… te ves…

—Hermoso.

Todos voltearon a ver a Lola. Seguía mirándolo fijamente, con las lágrimas cayendo por sus mejillas como dos pequeños hilos. Sus labios temblaban mientras trataba de reunir las fuerzas para hablar.

—Te ves hermoso —repitió, antes de que el llanto la consumiera por completo.

Lincoln la abrazó. Luego Lana abrazó a su gemela y a Lincoln. Luego todas se acercaron y empezaron un abrazo grupal. Todas lloraron y le dijeron lo mucho que lo amaban, que se veía muy bien, que ese color definitivamente le quedaba. Lisa fue la única que se mantuvo apartada, aprovechando la conmoción para abandonar la habitación y dirigirse a su laboratorio. Todas las demás se quedaron con él. Todas emocionadas.

La única que parecía ligeramente confundida era Lily. Miraba a Lincoln con curiosidad, pero no lo abrazaba ni le daba besos. Simplemente lo miraba, hasta que Lincoln también la miró.

—Lily, soy yo, Lincoln —le dijo con una sonrisa, tomándola en brazos—. Sé que me veo distinto, pero soy yo.

Pudo ver la confusión de Lily. Ella miraba a su alrededor, probablemente buscando el origen de aquella voz que conocía tan bien, sin darse cuenta de que estaba justo frente a ella.

—Lily —la volvió a llamar, comenzando a ponerse ligeramente nervioso; ¿y si su hermanita bebé ya no podía reconocerlo?

La bebé lo miró fijamente. Y en un acto completamente desesperado, Lincoln le dio un beso en la nariz, como siempre hacía cuando la acostaba a dormir. Lily llevó su cabeza hacia atrás por la sorpresa y miró a Lincoln con ojos bien abiertos. Lo miró durante unos diez segundos antes de sonreír como sólo una bebé podía hacerlo.

— ¡Íncon! —Dijo finalmente, abrazando a su hermano.

Todas las chicas comenzaron a aplaudir y a reír aliviadas, mientras Lincoln abrazaba a su hermana bebé y se quitaba aquel horrible miedo de encima.

Al menos por aquel instante, todo estuvo bien.


Acostado en su cama y tras pasar algunos minutos peinando su nuevo cabello castaño frente al espejo, Lincoln tomó su teléfono celular. Tras un día sumamente ocupado, donde había estado con todas y cada una de sus hermanas y con Clyde, decidió que ya sabía qué hacer al día siguiente. O por lo menos en una parte del día. Marcó el número que sabía de memoria y se acostó boca arriba, mirando a su techo. Esperó apenas diez segundos hasta que respondieron la llamada.

¡Lincoln! —Dijo la entusiasmada voz del otro lado de la línea.

—Hola, Ronnie Anne —la saludó él, sonriendo a la nada—. ¿Te desperté?

La adorable risa de su amiga le alegró el corazón.

¿Con quién crees que hablas, tonto? No, estaba… pensando.

—Yo también pensaba en ti —se animó a decir, sabiendo lo que estaba provocando.

¡N-Nunca dije…! —Ronnie Anne se detuvo a mitad de su oración— Sí. Estaba pensando en ti. C-Como sea, ¿cómo te encuentras?

—Muy bien. ¿Y tú?

Bien. Bien…

Era raro encontrarse en silencio con Ronnie Anne. Sus conversaciones solían ser muy animadas y entretenidas.

¿Por qué me llamaste? —Preguntó ella finalmente.

—Por varias cosas. Primero quería disculparme.

¿Disculparte?

—Estos días apenas hablé contigo. Lo siento mucho, en serio, es sólo que mis hermanas y…

Lincoln, Lincoln —lo interrumpió—, no tienes nada por lo que disculparte. Lo entiendo. No te preocupes, en serio.

Él sonrió un poco más.

—Gracias.

Y… ¿por qué más me llamaste?

—Porque quería escuchar tu voz —respondió lisa y llanamente, sin preocuparse por aparentar. A estas alturas ya no importaba.

L-Lincoln… Yo… Rayos —dijo, y tan sólo con oírla Lincoln se imaginaba su rubor.

—Me gustaría poder verte mañana. ¿Estás libre después de la escuela?

¿Bromeas? Lincoln, ven a mi casa a la mañana.

— ¿En serio? Pero, ¿qué hay con las clases?

Puedo faltar un día… o dos…

Lincoln rió. No era la primera vez que Ronnie Anne le sugería que se saltearan clases para hacer algo divertido. Estaba a punto de hacer un comentario acerca de lo que le gustaría hacer, pero alguien abrió la puerta de su habitación. Giró y vio a Lola y Lana, vestidas en sus pijamas, con sus almohadas bajo el brazo.

— ¿Lincoln? —Dijeron las dos al mismo tiempo, mirándolo con ojos de cachorrito.

— ¿Podemos dormir contigo esta noche? —Preguntó Lana.

— ¿Por favor? —Agregó Lola.

Sólo había una respuesta a esa pregunta.

— ¡Claro que sí, chicas! Sólo denme un segundo —dijo, señalando el teléfono celular—. Oye, ¿Ronnie Anne?

Lo escuché, Lincoln —dijo ella con tranquilidad desde el otro lado—. Ve a descansar. Te esperaré mañana con un gran desayuno.

—Estaré esperando esos waffles —dijo, haciéndose agua a la boca.

Los dos rieron.

—Buenas noches, Ronnie Anne.

Buenas noches, Lincoln.

Dejó su teléfono a un lado y miró a sus hermanitas.

—Vamos, súbanse a la cama —las invitó, colocándose en el medio para que hubiera lugar a ambos lados de él.

Las niñas rápidamente se acomodaron, cada una de ellas acurrucándose contra él. Lincoln colocó sus brazos alrededor de las niñas y las trajo contra sí un poco más.

—Te amo —le dijeron las dos chicas al mismo tiempo, antes de cerrar los ojos.

Lincoln sonrió.

—Y yo a ustedes.


.

.

Breve repaso de lo que pasó para que sepan qué poner en sus reviews(?): los hermanos jugando al Life, Lincoln y Rita, el almuerzo donde se disculparon, Lincoln con los padres de Clyde y con Clyde más tarde, Lincoln y Luan, Lincoln y Lynn, Lincoln y Lucy, Lincoln se tiñó el cabello y Lincoln hablando con Ronnie Anne. Uff, ¡cuántas cosas!

Estoy súper emocionado porque cada vez falta menos para terminar. Aún así, con la universidad, mi trabajo y demás responsabilidades no veo con buenos ojos una actualización rápida. Mi objetivo es tener listo el nuevo episodio para el aniversario del primer año del fic, el 2 de Agosto (si no me equivoco, lol). Así que calculen entre uno y dos meses. Ojalá pudiera ser antes, pero no lo creo.

Gracias por su apoyo. Quinientos sesenta reviews en tan sólo 19 capítulos, casi setenta mil visitas… Su apoyo en Tumblr… Los amo, chicos. Esta historia es para ustedes.

Cuídense, y nos vemos en la próxima.

EDIT: ¡POR CIERTO! Me olvidaba de aclararlo. El "poema" de Lucy es en realidad parte de la letra de la canción "Eternidad", del buen Brock Ansiolitiko, un rapero muy poético.