.

Lo siento mucho, blablabla, la vida me mantuvo ocupado, blablabla, ya saben cómo es. A estas alturas sólo puedo pedirles disculpas. Quiero agradecer a todos los que me mandaron mensajes en este tiempo, su apoyo es lo que me ayuda a sobreponerme en tiempos duros y me hacen sacar el Ultra Instinto para seguir pelea- digo, escribiendo.

Tómense una ducha, acomódense en la cama, llévense una lata de su bebida favorita y prepárense, porque este es el cap más largo hasta ahora. Muchos de ustedes pedían a gritos por un personaje de este cap. Alguno me preguntará "Hero, ¿tengo que preparar pañuelos también?". Mi respuesta es "No". Digo, es muy personal, quizás alguno leerá alguna parte y le pegarán los feels, pero la idea de este cap es ir más por el lado tierno. Escenas de personajes ayudando a otros personajes. Momentos entre Lincoln y algunas de sus hermanas (las otras ya tendrán sus escenas en los caps que quedan). Por la naturaleza de la historia, los personajes están tristes, pero traté de no enfocarme en eso.

Oh, hablando de los caps que quedan, ¿mencioné que el final está a la vuelta de la esquina?

Así que nada, si tienen una hora/una hora y cuarto libre, siéntense y disfruten el cap en una leída. Si quieren que la espera no se les haga tan larga, algunos recomiendan leerlo de a partes. Yo personalmente amo los capítulos largos porque siento que te hacen meterte en la historia, así que supongo que mi consejo sería que esperen a tener un rato libre para desperdiciar en esta cosita fea que escribí para ustedes con cariño, amor, y un poquito de sudor y sangre.

¡Lean las notas al final porque tengo un anuncio pequeño, por favor!

Y por cierto: este capítulo contiene spoilers/información de los capítulos nuevos de TLH. Incluso de Net Gain, que se estrenó este viernes en USA. Así que nada, no son spoilers gigantes, pero quizás no entiendan todo si no los han visto.

Disclaimer: The Loud House es propiedad de Viacom, Nickelodeon y sus respectivos dueños, esto no me pertenece.


Capítulo 22:

La calma.

— ¡Réquiem! ¡Réquiem!

—No puedo.

— ¡Vamos! ¡Ha pasado una eternidad desde la última vez!

—Lo estoy guardando para el momento oportuno, la situación tiene que permitírmelo, todas las condiciones tienen que estar preparadas para que a la hora de lanzarlo el efecto sea mayor y…

— ¡Te están rodeando! ¡Tienes que lanzarlo!

— ¡Hazle caso, tienes que hacerlo!

— ¡No está listo!

— ¡HAZLO!

Ante la presión de su audiencia, Lincoln no pudo soportarlo más. Tras activar su ítem de inmunidad mágica para evitar que cancelen su asalto, realizó la técnica final de su héroe. Unos segundos más tarde, habiendo reuniendo los espíritus de los guerreros caídos, Shadow Fiend activó su Réquiem de Almas, creando una explosión que ocupó gran parte de la pantalla de la computadora y acabó instantáneamente con tres de los cinco héroes enemigos, hiriendo de gravedad al resto. Clyde y Ronnie Anne gritaron emocionados, más aún cuando el resto del equipo de Lincoln dio caza a los oponentes que huían, acabando con la totalidad de ellos y allanando el camino hacia la victoria, que se conseguiría no mucho después.

Mientras el ordenador anunciaba "TRIPLE KILL" y tanto su mejor amigo como su novia se regocijaban en felicitaciones para ellos mismos, diciéndole que era sólo gracias a sus consejos que él había prácticamente ganado el juego, Lincoln sonrió. Si hubiese esperado al momento justo, el impacto habría sido mayor. Habría conseguido mejores reacciones de su audiencia y una mayor satisfacción por su labor, pero quizás no debía esperar a que fuera el momento justo, sino hacer las cosas mientras podía.

Tiempo era algo que no podía darse el lujo de perder.

Las últimas horas habían sido absolutamente fantásticas. Sus hermanas, su novia y él jugaron varias partidas de diferentes juegos de mesa. Lynn ganó la mayoría, como era habitual, pero formó una poderosa alianza con Lincoln y Lana cuando Lisa trajo Los Colonos de Gatán, y los tres festejaron el triunfo en aquella oportunidad. Poder sentarse y disfrutar de una tarde de calidad con sus seres queridos era un pequeño placer que cada día se hacía más y más importante para el chico, otrora de cabello blanco. Los juegos habían pasado entre risas, bromas y amigables provocaciones, con solo un par de ocasiones en las que alguna de sus hermanas se había excusado para ir al baño durante diez minutos y volver con los ojos ligeramente rojos una vez recompuesta.

Después de un largo rato, cuando la hora de la escuela ya habría terminado, Lincoln decidió enviarle un mensaje a Clyde para que se les uniera. Cinco minutos más tarde, la camioneta roja de los McBride tocaba la bocina desde la calle, y su mejor amigo golpeaba la puerta, listo para sumarse a la diversión. Clyde estaba tan entusiasmado por haber sido invitado que ni siquiera se desmayó cuando Lori accidentalmente rozó su mano durante un juego de cartas; simplemente quedó mirando al vacío durante cinco minutos sin reaccionar a estímulos externos.

Eran ya las tres de la tarde cuando Leni les sugirió a todas sus hermanas que Lincoln seguramente quería tiempo a solas con Ronnie Anne.

— ¡N-No es cierto! — Él se había quejado, sus mejillas del mismo color que el vestido de Lola.

— ¡Quedémonos un poco más! —Pidió Lana, aferrándose al brazo de su hermano mayor.

—P-Pero… —comenzó Leni, arqueando las cejas y mordiéndose el labio inferior— Es que… Él… Yo…

Lincoln le dirigió una mirada llena de curiosidad. Leni se veía rara. Ahora que ponía a pensárselo, había actuado extraño durante toda la tarde. Casi siempre se tomaba las cosas con ligereza, distrayéndose fácilmente y actuando de forma despistada. No era raro que no se viera cien por ciento concentrada en los juegos de mesa, que no se diera cuenta de que era su turno, o que se olvidara de las reglas de lo que fuera que estaban jugando por quinta vez en veinte minutos. Nada fuera de lo ordinario en ello. Lo que sí le llamaba la atención a Lincoln era la mirada perdida de su hermana, sentada con las rodillas contra el pecho, mirando a través de la ventana de su habitación.

¿En qué estaría pensando?

Evidentemente había algo que quería decir, algo que no se atrevía a compartir o para lo que no encontraba la mejor forma de expresarse. Su adorable dubitación a la hora de terminar la oración era una clara señal que Lincoln, atento y perspicaz, no tardó en reconocer. Lori también pareció verlo, por supuesto. Si había alguien que conocía a sus hermanas mejor que él, aquella definitivamente era Lori. La hermana mayor cruzó la mirada con Leni, y la talentosa modista le dedicó una mirada llena de significado que Lincoln no consiguió descifrar.

—Creo que Leni tiene razón —dijo Lori tras unos segundos de silencio, provocando un leve suspiro en Leni, quien le sonrió con afecto—, ¿por qué no dejamos que Lincoln y sus amigos se diviertan por sí mismos un rato?

Las gemelas y Luan comenzaron a protestar, mientras Lincoln escrutaba con interés a sus dos hermanas mayores. ¿Qué estaban tramando?

—Vamos chicas, recuerden que Linky ahora tiene una novia. No los avergoncemos más de la cuenta.

— ¡Pero si nos vamos van a empezar a darse besitos y yo quiero verlo! —Se quejó Lola, pisando el suelo con fuerza.

— ¡Lola! —Exclamaron tanto Lincoln como Ronnie Anne, sus rostros mucho más allá del tono rosado de un leve rubor, teñidos ahora de un rojo escarlata que ponía al jersey de Lynn en vergüenza.

Lori se puso de pie y comenzó a guardar el juego de mesa con una tibia sonrisa.

—Lincoln, hace, eh… hace tiempo que no pasas simples momentos con tus amigos —dijo ella en su tono más calmo y amable posible, evitando extrañamente mirarlo a los ojos—. Puedes ir con ellos un rato. Pero sólo un rato, ¿ok?

—Sí, hermano —intervino Luna, dedicándole una sonrisa que se veía en sus labios pero que no se extendía al resto de su rostro—. No creas que te liberarás de nosotras tan fácil.

Lincoln recorrió la habitación con su mirada. Ronnie Anne y Clyde se veían entusiasmados ante la idea de poder estar junto a su amigo en un ambiente más privado, más íntimo. Lori miraba a Leni, quien parecía sumamente interesada en la alfombra de su habitación. Luna seguía mirándolo con una gran sonrisa y tristes ojos. Luan abrazaba sus rodillas contra su pecho, claramente disconforme con la idea de que Lincoln se fuera, pero sin protestar. Lynn tampoco puso objeción alguna, aunque los brazos cruzados sobre su pecho y los labios apretados hablaban por sí mismos. Apoyada contra su hombro, sorprendentemente, se encontraba Lucy. Apenas si había hablado a lo largo de la tarde, y ahora no parecía preocuparle que una simple mortal compartiera calor corporal con ella. Lola y Lana eran las únicas que no querían disimular su desazón.

Las dos voltearon a ver a su hermano mayor con ojos de cachorro herido. Las gemelas siempre habían sido uno de los puntos débiles de Lincoln, junto con Viper en Dota 2 y los waffles caseros con salsa de caramelo. Era como si los ojos de Lana y Lola fueran extremadamente expresivos, quizás debido a lo grande que se veían en sus pequeños rostros. Su maltratado corazón le dolió al verlas suplicándole con la mirada que se quedase con ellas.

Honestamente, no tenía ningún motivo para irse. ¡Estaba divirtiéndose junto a toda su familia! Quería quedarse, seguir así. No le agradaba la idea de que sus dos hermanas mayores sugirieran terminar el momento familiar, pero supuso que habría algún motivo. Volvió a mirar a Luna y sus hombros caídos. Miró a Luan, quien todavía tenía los ojos rojos por su última visita al baño. ¿Era acaso que todas necesitaban un descanso… de él? Sabía que era difícil para ellas estar junto a él, disfrutar su presencia sin pensar en lo que se vendría, pero lo mismo le sucedía a él, y sin embargo Lincoln lograba usar toda su fuerza de voluntad para evitar activamente pensar en que toda la diversión y risas que tenía carecían de valor a fin de cuentas. ¿No podían ellas hacer lo mismo y contener su tristeza al menos por unas horas más? ¿No podían hacerlo por él?

No se dio cuenta de que estaba apretando dolorosamente su puño hasta que una suave mano se posó allí encima, acariciando su muñeca con delicadeza. Giró la cabeza y se encontró con la atenta mirada de Ronnie Anne. Lo miraba sumamente preocupada, tratando de dedicarle una pequeña y tímida sonrisa. Recordó sus exabruptos hacia su novia aquella mañana. Definitivamente no quería enfadarse con sus hermanas. No lo merecían.

Volvió a voltear, esta vez mirando a las gemelas, y les dio la más cálida sonrisa que las circunstancias le permitían mostrar.

—Oigan, voy a jugar un rato con Ronnie Anne y con Clyde —les dijo, colocando una mano sobre sus hombros—, pero más tarde voy a regresar con ustedes, ¿está bien? Lo prometo.

Las dos bajaron la cabeza y miraron el suelo. No se las veía del todo animadas. El hombre del plan trató de pensar en una idea.

—Y si me dejan, quizás más tarde podamos jugar a algo los tres juntos. Sólo nosotros. ¿Qué dicen?

Les fue imposible ocultar la pequeña sonrisa que apareció en sus rostros. Levantaron la mirada –mas no la cabeza– y asintieron lentamente. Una vez más, Lincoln se sintió orgulloso. No sería el chico más inteligente de su colegio, y no sabría ser cool y estar a la moda, pero conocía a sus hermanas. Si la habilidad de hacerlas sonreír cuando más lo necesitaban era lo único que podía llevarse a la tumba, aquello era más que suficiente.

—Bueno, vamos chicos —les dijo a sus dos mejores amigos.

Los tres se pusieron de pie, y tras algunos breves saludos, salieron de la habitación de las dos hermanas mayores y se internaron en el pasillo. Apenas pasaron la escalera cuando oyeron la puerta abrirse y unos pasos acercándose.

—Oye, Ronnie Anne.

Voltearon, no sin cierto nerviosismo, ante la voz de Lynn. Allí estaba ella, parada con las manos detrás de su espalda, mirando ligeramente en otra dirección, con los labios fruncidos, balanceando su cuerpo de los talones a la punta de sus pies. La mencionada chica miró a su novio, quien levantó las manos y dio un paso hacia atrás, tomando la astuta y cobarde decisión de mantenerse fuera de lo que fuese que estaba por suceder. Ella resopló y lo miró ligeramente enfadada antes de dar un paso hacia delante y enfrentar a Lynn.

Sólo esperaba que las cosas no volvieran a escalar. Le había costado varios días recuperarse de la paliza que había recibido, y su oponente ya no tenía una muñequera, por lo que contaría con ambas manos para golpear esta vez.

— ¿Sí, Lynn? —Preguntó, poniendo los puños dentro de los bolsillos de su sudadera.

La deportista levantó la mirada hacia el techo, todavía sin atreverse a mirar a la novia de su hermano a los ojos.

—Escucha, yo… —Comenzó, rascándose la cabeza— L-Lo… lo siento, ¿está bien?

Ronnie Anne y los dos chicos detrás de ella abrieron los ojos sorprendidos. Lynn se mordía el labio inferior, y aunque la impresión de Ronnie Anne fue que la chica en verdad no quería disculparse y lo estaba haciendo por obligación, pronto entendió que era otra cosa la que la hacía actuar así. Vergüenza.

—No tendría que haberte tratado tan mal —continuó la castaña—, estaba… es sólo…

—Lynn, yo… te entiendo —la interrumpió, sonriendo lentamente—. Descuida, te perdono. Estabas tratando de cuidar a Lincoln, y yo no me había portado bien con él. Me merecía la paliza que me diste.

Lynn finalmente levantó la vista para mirarla a los ojos, y las dos se sonrieron al mismo tiempo.

—En serio sabes pelear —continuó Ronnie Anne.

—Tú también sabes tus movimientos —le dijo Lynn, acariciándose el mentón—, ese gancho derecho tuyo es bastante fuerte.

—Pero te levantaste como si nada y me tiraste al suelo con dos golpes, eso fue bastante radical.

Las dos comenzaron a reír, y la tensión en el ambiente se disipó inmediatamente.

—Entonces, ¿estamos bien? —Preguntó Ronnie Anne, sacando una mano de los bolsillos de su sudadera y extendiéndola hacia Lynn.

—Bienvenida a la familia —respondió Lynn, estrechando la mano de su nueva cuñada, y las dos quedaron sonriéndose hasta que una voz las distrajo.

—Deberían abrazarse para sellar la nueva amistad —sugirió Lincoln con una sonrisa pícara, unos pasos detrás de Ronnie Anne.

—Cállate, tonto —dijeron ambas chicas al mismo tiempo. Clyde rió y Lincoln se llevó dramáticamente una mano hacia el rostro.

—Oh, Dios Santo, ¿qué he hecho? Ahora las dos chicas más rudas y geniales que conozco están en mi contra.

Todos en el pasillo rieron, pero Lincoln no supo qué tan acertadas estaban sus palabras hasta que su novia y su hermana intercambiaron una fugaz mirada, se sonrieron maliciosamente, y un segundo más tarde cada una de ellas había tomado a Lincoln de un hombro, atrayéndolo para incluirlo en un triple abrazo. Él no pudo sino sonreír y dejarse perder en el amor de dos de las chicas más importantes de su vida. Siempre había creído que Ronnie Anne y Lynn podrían llevarse bien. Tenían gustos y pasiones muy similares, y esperaba que esto pudiera ser el inicio de una bella amistad.

El abrazo eventualmente terminó. Lincoln se tomó el atrevimiento de dejar su brazo alrededor de la cintura de Ronnie Anne, y su novia no se lo reprochó. Lynn les deseó que se divirtieran —"¡Pero no tanto, las paredes son muy finas!"— y luego regresó a la habitación de Lori, permitiendo que Clyde, Lincoln y Ronnie Anne finalmente fueran al ex-armario de limpieza al final del pasillo, donde se entretendrían durante un buen rato.

Luego de la partida que Lincoln ganó, tocó el turno a Clyde de jugar. Se sentó en el escritorio y en seguida encontró una sala a la cual unirse, a la espera de que comenzara la partida. Lincoln fue hacia su cama y se sentó junto a Ronnie Anne. Su instinto lo hizo dejar un espacio entre ambos, como siempre había hecho, pero ella bufó y se acomodó hasta que sus hombros se tocaron. Él sonrió y permitió que su cuerpo descansara contra el de ella.

La mañana no había comenzado del todo bien. Ver las ojeras de Lisa durante el control matutino, su madre casi quebrándose mientras escribían un nuevo capítulo de su libro —había sido muy tierno hablar de su relación con sus hermanas menores en el capítulo que titularon "Hermano Mayor"—, y luego todo el drama que su frágil estado emocional había causado en la casa de Ronnie Anne. Sí, definitivamente no había sido lo que podía considerarse empezar con el pie derecho. Poco a poco, sin embargo, las cosas habían mejorado. Ahora ya tenía novia. Se habían dado muchos besos. Muchos. Había pasado unas increíbles horas con su familia y amigos. Lynn y Ronnie Anne se habían perdonado. Todo parecía estar saliendo muy bien.

Naturalmente, eso sólo podía significar que el universo estaba conspirando en que su vida volviera a ser miserable. Pronto. Y todo empezó con la más banal y sencilla de las preguntas.

—Oye Lincoln, ¿por qué no traes un poco de jugo? —Preguntó Ronnie Anne.

— ¡Que sea de naranja! —Pidió Clyde, justo antes de gritar por el micrófono— ¡La Torre! ¡Olvídense del mago, ataquen a la Torre!

Lincoln por supuesto no podría nunca negarle un vaso a sus invitados; su colección de monedas y sus habilidades como anfitrión eran algo de lo que siempre se había jactado. Clyde tenía ahora su colección de monedas, pero los modales todavía eran suyos. Se excusó de su habitación —estuvo tentado de despedirse de Ronnie Anne con un beso en la mejilla, pero no era tan cursi— y se preparó para bajar hacia la cocina, pero se detuvo al notar algo.

La calma. El silencio.

Desde hacía ya nueve días, la Casa Loud había dejado de ser tan ruidosa. El caos familiar en el que se había criado y del cual tantas veces se había quejado ya no existía, y Lincoln se encontró a sí mismo extrañándolo. Esta vez, sin embargo, le pareció notar algo distinto. Si bien las noticias de su enfermedad claramente habían afectado a todas sus hermanas, y sus decaídos estados de ánimo se hacían evidentes en la falta de motivación con la que realizaban sus actividades, nunca era realmente un silencio absoluto como el que ahora sentía en su casa. Ni la televisión, ni el murmullo de lejanas conversaciones, ni el sonido de pasos en los rechinantes escalones, nada se oía en las afueras de su habitación.

Olvidándose del jugo por un momento, Lincoln se dirigió hacia el final del pasillo, golpeando con su puño la puerta de la habitación de las mayores de sus hermanas.

— ¿Lori?

Tras no recibir ninguna respuesta, consideró sus opciones. Usualmente nunca trataría de entrar en la habitación de Lori sin un consentimiento escrito por parte de ella, pero desafortunadamente para todos, las circunstancias habían cambiado. Así que sin preocuparse porque algo pudiera llegar a sucederle, abrió la puerta y asomó la cabeza hacia el interior. El piso era un gran desorden, con las cajas de los juegos todavía apiladas junto a la cama, sábanas sin hacer y algunas prendas tiradas en el suelo, perdidas entre los cojines donde todos se habían sentado antes de jugar. No había rastro de Lori ni Leni, sin embargo.

Con una gran dosis de curiosidad y una pizca de preocupación, Lincoln recorrió el resto de las habitaciones de sus hermanas, pero solo la de Lisa parecía estar ocupada. A juzgar por los ruidos eléctricos y mecánicos que se oían por detrás de la puerta cerrada, se imaginó que la pequeña genio estaría demasiado ocupada con su investigación como para hacer las veces de anfitrión de sus unidades familiares. Bajó las escaleras, esperando encontrarlas a todas en la sala de estar, o quizás en la cocina, pero no estaban allí tampoco.

¿A dónde podrían haberse ido? ¿Por qué se irían todas sin avisarle? No tenía sentido, y por algún motivo comenzó a ponerse nervioso. No le agradaba la idea de que lo dejaran solo. No cuando su calendario —oculto tras su cama para que nadie más lo viera ahora que ya no lo dejaban cerrar la puerta con llave— estaba quedándose tan corto. Él, más que nadie, tenía presente la idea de que cada minuto bien podría ser el último. ¿En serio creían prudente el irse de la nada sin siquiera avisarle? ¿Sin…?

¿Sin despedirse? ¿En serio podrían vivir con ese peso en sus hombros si es que…?

El sonido de una voz le devolvió el color al rostro. Se apresuró en lanzarse hacia la ventana de la sala de estar, correr la cortina y echar un vistazo a quien se encontraba fuera. La sonrisa de alivio que había comenzado a esbozar flanqueó al ver que no se trataba de sus hermanas, sino de su madre, cargando a Lily con un brazo y hablando por teléfono con la otra. Seguía desconociendo el paradero de sus hermanas, pero si alguien en la casa podía ayudarlo a entender por qué todas se habían ido sin decirle nada, esa era su madre.

Fue hacia la puerta de entrada y salió hacia el pórtico de la casa. El aire frío acarició su rostro, y por un segundo miró al cielo, pero el Sol no podía verse detrás de las nubes. Volvió a bajar la mirada, posándola esta vez sobre su madre.

—...no lo sé, no menos de una hora y media —estaba diciendo al teléfono, y Lincoln inmediatamente se dio cuenta de que lo decía muy afligida; fuera lo que fuera de lo que estaba hablando, no parecía ser algo bueno—. No depende de mí, depende de cuánto decida... Sí, lo sé. De acuerdo. Me lo llevaré y…

— ¡Wincon! —Gritó Lily en cuanto notó que su hermano mayor estaba cerca. Comenzó a reír sin motivo aparente, extendiendo su brazos en dirección a él.

Rita volteó de inmediato, y el rostro sorprendido y ligeramente asustado que le dirigió definitivamente estaba lejos de la reacción que Lincoln imaginaba que su madre debería tener al verlo. Ella se quedó pasmada durante unos breves segundos, antes de pegar el teléfono contra su oreja y girar la cabeza ligeramente.

—Cariño, tengo que irme, por favor cuídense y no vuelvan tarde, las amo —dijo antes de finalizar abruptamente la llamada.

— ¿Quién era? —Preguntó.

—Lincoln, ¿qué haces aquí fuera? —Repreguntó, evitando con elegancia el responder.

Lily continuó haciendo gestos con sus brazos hacia Lincoln, por lo que el chico se acercó y con cuidado la tomó por debajo de los brazos, cargándola contra su hombro. Ella sonreía y balbuceaba feliz, frotando su mejilla contra la cabeza de Lincoln, quien no pudo sino contagiarse de aquella inocente felicidad. La envidiaba, a decir verdad. Desearía poder vivir ignorante de todo lo malo que ocurría y de lo que pronto sucedería.

—Estaba buscando a las chicas —dijo, mientras soplaba en el estómago de su hermanita bebé, haciéndola estallar en risas—. ¿Las has visto?

—Ellas… tuvieron que irse. No me dijeron a dónde —agregó rápidamente; demasiado rápido para el gusto de Lincoln—. ¿Dónde están Ronnie Anne y Clyde?

—En mi habitación, jugando. Tendría que llevarles jugo. Pero, ¿por qué se fueron todas juntas? ¿Por qué no me invitaron, o al menos no me dijeron que se iban?

Rita sonrió con amargura y acarició la cabeza de su pequeño hijo varón. Lincoln sintió los suaves dedos de su madre perdiéndose entre sus cabellos, y flashbacks de su niñez se precipitaron en su mente, recuerdos de momentos más simples, más cálidos, más felices. Cerró los ojos y suspiró mientras sentía los mechones de su flequillo siendo peinados por Rita, quien eventualmente arrastró suavemente sus manos por el rostro de Lincoln hasta colocarlas en sus mejillas llenas de pecas. Lincoln abrió los ojos y miró a su madre. Se encontró con un rostro que parecía haber envejecido una década en el transcurso de la última semana. Las ojeras debajo de sus ojos eran dolorosas de ver, y estaba seguro de que esas arrugas en la frente no habían estado allí hasta hace muy poco. Se apretó más contra Lily, sin quejarse cuando la bebé tomó unos mechones castaños y comenzó a tirar de ellos.

—Estoy segura de que solo querían que jugaras con tus amigos sin preocuparte por ellas —le dijo con tranquilidad, mientras calmaba a Lily para que no dejara calvo a su hermano mayor—. ¿Estás divirtiéndote?

—Sí —confesó con una sonrisa—, estamos jugando en mi computadora, tomamos turnos. Nos estamos riendo mucho. Y Ronnie Anne… bueno, ella está más amable desde, uh, bueno… desde que somos n-novios…

Quizás nunca se acostumbraría a habar de ellos en esos términos. Se sentía increíblemente bizarro, pero también se sentía bien. Como si fuera lo correcto. Lincoln no sabía mucho de amor, pero en su ignorancia, lo único que tenía claro es que estar junto a Ronnie Anne lo volvía feliz por dentro. Y los besos tampoco estaban mal, para ser honestos. La sonrisa de Rita lo avergonzó un poco, pero la forma en la que ella mordió sus labios y parpadeó para contener unas traicioneras lágrimas lo hizo arrepentirse de haber hecho aquel comentario.

—Cariño, escucha —dijo ella, carraspeando para aclarar su garganta—, ve arriba y sigue jugando con tus amigos, ¿de acuerdo? Pero… pero sólo por una hora más.

— ¿Una hora? ¿Por qué?

Rita cerró los ojos y se tomó una pequeña pausa para tomar aire y prepararse. Incluso antes de que le explicara, Lincoln ya se imaginaba que algo malo estaba a punto de suceder, algo que arruinaría su maravillosa tarde. Porque el universo odiaba a Lincoln Loud, y no estaba dispuesto a permitirle disfrutar de una agradable tarde con su familia y amigos.

Cinco minutos más tarde, Lincoln subió las escaleras con pasos temblorosos, arrastrando los pies contra la alfombra una vez llegó a la planta alta. Abrió la puerta de su habitación y se sentó lentamente en la cama junto a Ronnie Anne.

—Oye, ¿por qué te tardaste tanto? ¿Y qué pasó con el jugo? —Le reprochó la joven Santiago. Su socarronería desapareció tan pronto como notó la preocupación en el rostro de su novio— ¿Lincoln? ¿Qué ocurre?

Clyde también volteó, olvidándose de la partida y permitiéndole a sus rivales matarlo sin oposición. Los dos se fijaron en los puños apretados de Lincoln, en sus labios temblorosos, pero sobre todo en sus ojos asustados. Ronnie Anne lo vio girar su cabeza lentamente hasta cruzar su mirada con la de ella, y el pánico que vio en sus ojos casi le rompe el corazón. En cuanto él estiró sus brazos hacia ella, Ronnie Anne lo abrazó con todas sus fuerzas.

Tardó unos diez minutos en calmarse lo suficiente como para explicarles lo que su madre le había dicho. Su nerviosismo no le permitió explicarse con claridad en un principio, pero la frase con la que inició fue suficiente para activar las alarmas de sus amigos:

—No sé si pueda hacerlo.


Una hora, más tarde, Lincoln viajaba en uno de los asientos traseros de Vanzilla junto a la silla de bebé de Lily, asegurándose de que nada le pasara. Atrás habían quedado ya los edificios céntricos de Royal Woods, y todo lo que veía pasar eran los majestuosos árboles de la periferia que le daban a la ciudad su nombre. Solía pasearse por esta ruta a las afueras de la ciudad un par de veces al mes. Siempre era su madre la que lo llevaba hasta allí, y normalmente, el viaje era muy entretenido, lleno de preguntas y conversaciones alegres que lo distraían y lo hacían entusiasmarse por llegar a su destino.

Esta vez, la radio era lo único que se oía, con absurdos y banales comentarios acerca del clima.

Luego de varios días amenazando y no cumpliendo, mañana las nubes finalmente dejarán caer una pesada lluvia en nuestra ciudad. Si tenían pensado ir a pescar, cancelen sus planes amigos, porque la tormenta será muy fuerte y peligrosa. El servicio metereológico planea lanzar una alerta y pedir a las personas que se queden en sus casas para evitar accidentes. Pasamos a los deportes, en el ámbito internacional, y Lionel Messi ha roto un nuevo récord en el Barcelona. Otras noticias: el agua moja.

Por lo menos ya sabía de qué podría hablar con Lynn una vez que regresara a casa. Eso es, claro, si tenía algún tipo de interés en hablar con alguien tras terminar lo que iba a hacer. Su pie derecho no había dejado de sacudirse desde que habían salido de casa, y honestamente dudaba que pudiera detenerse pronto. Estaba extremadamente nervioso.

Tras más de una semana sabiendo que tenía sus días contados, debiendo aceptar el hecho de que no faltaba mucho para descansar en paz, uno creería que ya nada podría ponerlo nervioso. Había tenido que enfrentarse a sus hermanas mayores, ocultado la verdad de las menores, lidiado con decirle la verdad a sus dos mejores amigos, tratado con episodios depresivos de Luan, Lynn y Luna, correr tras Lucy cuando ella se enteró de lo que le sucedía y finalmente tener que admitir la verdad frente a Lola y Lana. Los niveles de estrés, melancolía y dolor emocional que había sufrido habrían enfermado a cualquier persona sana. La habrían quebrado, la habrían dejado sin fuerzas. Lincoln Loud, para bien o para mal, no era como los demás. Había una chispa dentro suyo que lo hacía resistir, no rendirse y hacer todo lo posible para no perderse en el vórtice de oscuridad que a cada segundo amenazaba con absorberlo. Había soportado cada una de las embestidas del destino.

Y sin embargo, cada nuevo desafío que se le presentaba resultaba tan o más difícil que los anteriores. De alguna forma había logrado sobrevivir hasta ahora, pero la idea de tener que revivir el dolor le ponía los pelos de punta. Lo aterraba. Lo hacía sudar en frío, y su mente por momentos trataba de buscar excusas para poder ahorrarse el mal trago.

Aún así, sabía que debía hacerlo. Siempre lo supo, incluso si había tratado de no pensar mucho en ello. Le dolería, sí. Sería terrible, sí; pero debía hacerlo.

Su madre también parecía presentir el inmenso dolor que esto significaría, pues apenas si habían hablado durante todo el trayecto, y ahora que subían la colina final y bajaban la velocidad, los dos podían sentir la tensión aumentando con cada segundo que pasaba. Cuando la camioneta finalmente se detuvo, ninguno de los dos dijo nada. La radio se apagó, y sólo los balbuceos de Lily mientras intentaba chuparse los dedos de los pies interrumpían el maldito silencio. Lincoln vio las manos de su madre apretando el volante.

— ¿S-Seguro…? ¿Estás seguro que quieres ir solo? —Preguntó ella, con dificultad.

No, no lo estaba. No sabía qué hacer, cómo hacerlo, qué decir, cómo accionar. Ni siquiera estaba seguro de si podría encontrar las fuerzas dentro de sí para llevar a cabo semejante proeza. ¿Podían culparlo si es que no lo hacía? ¿Podía alguien reclamarle algo a estas alturas? En una semana había sufrido más de lo que muchas personas sufren en su vida. Incluso el hombre con el plan tenía derecho a verse abrumado por las circunstancias.

—Sí —respondió, sin embargo—. Quiero… tengo que hacerlo yo. Es… es como debe ser.

Rita no respondió. Asintió en silencio, bajando la cabeza.

—Estaré esperándote aquí. Ten cuidado, y… y si algo… si algo pasa sólo… tú llámame y…

—Lo haré.

—Te amo, hijito.

—Yo también, ma.

Bajó de la camioneta sin mirar atrás. Sabía que su madre estaba a punto de llorar y no quería verlo. Si lo hacía, definitivamente no podría continuar, se quebraría él también. Caminó por la acera del estacionamiento hasta llegar a la entrada de aquel lugar que tantas veces había visitado, y en el que tanta diversión había tenido. Las puertas acristaladas bajo el gran pórtico de entrada lo hicieron detenerse por un segundo. El paisaje se reflejaba en su superficie, los bosques, la colina de llegada, y también la figura del pequeño niño frente a ellas. Reparó en su cabello recién teñido, y por primera vez desde que tomó la decisión de deshacerse de su viejo look, Lincoln sintió culpa y arrepentimiento. Esto no sería fácil de explicar.

Tomando aire un par de veces, haciendo un esfuerzo consciente para que sus manos dejaran de temblar y preparándose para volverse el saco de boxeo del destino una vez más, Lincoln finalmente ingresó a la recepción de la Casa de Retiro Cañón Sunset.

Nunca le había gustado el edificio. Había algo acerca de los relucientes pisos, las pulcras ventanas, la tranquila música de jazz que sonaba de fondo, la suave iluminación y el olor a desinfectante y perfume de lavanda que nunca lo había convencido. Durante mucho tiempo no había sabido qué era lo que lo incomodaba acerca de aquel lugar en apariencia inofensivo y ordenado. Ahora, sin embargo, los sucesos de la última semana lo habían vuelto claro como el agua. Apenas puso un pie dentro de aquel triste lugar, sus flashbacks le revelaron el por qué nunca se había sentido cómodo allí:

No se sentía como un hogar, sino como un hospital.

Respiró hondo y trató de alejar esos pensamientos. Tenía su misión muy clara, y sabía lo que tenía que hacer. Su madre se lo había dicho: tenía que darle las noticias a su abuelo Albert. Tras su diagnóstico y a pedido de él, nadie fuera de sus padres y sus hermanas mayores habían sido informados de su condición. Habían respetado sus deseos pese a no estar del todo de acuerdo, pero ya había pasado más de una semana desde entonces. Toda la escuela se había enterado. Amigos, compañeros de clase, sin mencionar el resto del núcleo familiar. Todos estaban al tanto de la enfermedad de Lincoln. No podían seguir teniendo a Pop Pop en la oscuridad, sin decirle que su único nieto tenía pocos días de vida. Él era una parte importante en la vida del chico, y tenía derecho a saber la verdad, por más dolorosa que fuera.

Lo que más preocupaba a Lincoln era que las noticias pudieran propinarle un doloroso golpe a su abuelo, un golpe que su viejo cuerpo quizás no podría soportar. Sí, estaba excepcionalmente en forma para alguien de su edad. Sí, todavía podía enviar a marines llorando a su casa tras un juego de paintball, pero seguía siendo un hombre mayor. Nadie sabía con exactitud cómo podría llegar a tomar las noticias de su único nieto varón tenía una enfermedad terminal, ni qué tan peligrosa aquella revelación podría ser para su propia salud.

Aquel era uno de los motivos por los que Lincoln había insistido en ser el único heraldo en tal terrible empresa. El apoyo de su madre le habría venido bien, probablemente. Poder rendirse ante el abrazo de la persona que lo había protegido y mimado desde su concepción habría sido un pequeño consuelo dentro de lo que probablemente se convertiría en un verdadero martirio. Pero conocía a su madre, sabía lo mucho que toda la situación le dolía, y no confiaba en que ella lograra mantenerse serena para darle las noticias a su padre. El gran miedo de Lincoln, y el motivo por el que le había pedido que se quedara en la camioneta, era que Rita comenzara a llorar incluso antes de decirle la noticia a Albert.

Uno de los grandiosos tratos de Lincoln siempre había sido su capacidad para comunicar y persuadir. Conocía algunos pequeños secretos que le ayudaban a convencer a sus padres o hermanas de seguir con sus alocados planes. Uno de ellos era el simple principio de que todos somos espejos de nuestras emociones. Si uno lograba mostrarse convencido, seguro, positivo y con la actitud general de alguien quien sabe que tiene la razón, era mucho más factible que otras personas decidieran seguirlo. Así era como convencía a sus padres. Gel en el pelo, un traje elegante, una presentación en diapositivas para explicar su razonamiento, todo acompañado siempre con un gran optimismo que volvía a su discurso irresistible.

No había forma de verse positivo o seguro a la hora de anunciar su enfermedad, pero tener a su madre llorando desesperada solo volvería las cosas peor para Pop-Pop.

Sabía de memoria dónde se encontraba la habitación de su abuelo. La había visitado numerosas veces desde que Albert se había mudado a la casa de retiro. Respirando hondo, comenzó a caminar hacia la escalera que lo llevaría al primer piso, y el ala de habitaciones.

Todo va a salir bien —pensó, tratando de convencerse a sí mismo, queriendo ahuyentar la idea de que algo podría salir mal, y justo cuando aquellos pensamientos cruzaban su mente, un pequeño timbre eléctrico sonó.

Lincoln levantó la vista, y vio un sensor de movimiento ubicado en la pared encima de la recepción. En seguida oyó el sonido de pasos acercándose velozmente hacia la entrada. Antes de que pudiera alejarse corriendo o esconderse detrás de una de las plantas que decoraban la residencia, una figura apareció desde uno de los pasillos, preparada para recibir al intruso.

Vestida con un traje de enfermera, la pequeña y rechoncha mujer se acercó con pasos cortos y rápidos. Lincoln tragó saliva cuando aquellos pequeños y saltones ojos se fijaron en él. Odiaba ese rostro de sapo, forzando una sonrisa de oreja a oreja que no engañaba a nadie. Trató de pararse lo más derecho posible, levantando la barbilla desafiante y preparándose para una confrontación.

—Muy buenas tardes, pequeño. ¿Qué hace un niño tan… adorable aquí solo? —Preguntó la mujer entre dientes, el esfuerzo por sonar amable notándose a leguas— ¿Vienes a visitar a algún familiar acaso? ¡Qué… ternura!

Lincoln alzó una ceja. Él sabía que Sue lo odiaba desde aquella visita donde había puesto a todos los ancianos en su contra. ¿Por qué fingir que todo estaba bien entre ellos?

—Pues claro, vengo a visitar a…

— ¡TÚ! —Gritó Sue de repente, dando un paso hacia atrás y señalando con un dedo al pobre y ahora asustado Lincoln — ¡Cambiaste tu cabello, pero reconozco esa voz!

Por supuesto, pensó Lincoln, llevando una mano a su cabeza para acariciar su nuevo look.

— ¿Cómo podría olvidarla? —Continuó la enfermera mientras avanzaba en dirección a Lincoln, sus ojos entrecerrados fijos en él, su papada asomando por debajo de su barbilla— La voz de la discordia. Susurrando mentiras en los oídos de los pobres ancianos, haciéndoles creer que todavía son jóvenes y que no necesitan cuidarse. ¿Cómo podría olvidarme de la voz que arruinó este lugar?

Lincoln retrocedió un paso cuando vio a Sue acercándose a él, pero inmediatamente sacudió la cabeza y volvió a su posición original, sacando pecho para parecer más grande de lo que en verdad era. Aquella mujer era malvada, y él ya no tenía que preocuparse en no ofender a sus mayores. Con todo lo que estaba atravesando, ser educado con extraños no era algo que realmente le importase.

—Yo no arruiné este lugar, lo salvé de ti —respondió desafiante—. Tú le hacías creer a los amigos de mi abuelo que ya no podían divertirse. Los hacías sentir mal y los castigabas sin motivo.

Las fosas nasales de Sue se movían como si tuvieran vida propia, cada respiración haciéndolas duplicar su tamaño amenazadoramente. Si acaso su cuello no estuviera oculto tras una doble papada, quizás hasta se podrían haber visto sus venas hinchadas en cólera.

—No sé qué clase de cuento te han contado, pero esa… esa aventura a la cual arrastraste a tu abuelo sólo ha causado problemas para esta institución y todos los que trabajamos en ella.

— ¿Problemas? ¿Sonrisas en el rostro de gente mayor es un problema para ti?

—Lo son cuando el costo por ellas son la imprudencia y la falta de seguridad —contestó en voz baja, las palabras apenas escapando por entre sus dientes apretados.

—Sólo estás enfadada porque ahora toda esta gente puede divertirse y hacer lo que quieren —dijo Lincoln, siendo ahora él quien dio un paso hacia delante, dispuesto a decirte todas sus verdades a aquella tan terrible mujer que tanto mal le había causado a su abuelo—. Ahora que saben que pueden divertirse, ya no hacen caso a tus tontas reglas, y eso te molesta porque no puedes controlarlos tan fácil como antes.

Sue cerró sus puños con tanta fuerza que sus dedos tronaron, y la forma con la que sus labios temblaban consiguió incluso asustar un poco a Lincoln. Él decidió que no se rendiría, sin embargo, y respondió a sus iracundos ojos con una mirada llena de decisión, retándola a que se atreviera a contradecirlo.

Permanecieron en silencio, desafiándose con la mirada durante un momento que se extendió más de lo que Lincoln consideraba cómodo. No había mucha gente con la que Lincoln no mantuviera buena relación. Los bravucones del equipo de fútbol, aquel tonto millonario de Tetherby, Chandler, y también Sue formaban parte de ese selecto grupo de gente que le desagradaban. Había gente que se había redimido a los ojos de Lincoln, como el Director Huggins, que pasó de ser un estricto director a un gran compañero de lectura de cómics, pero no podía ni siquiera imaginar la posibilidad de que alguien tan malvada como Sue pudiera llegar a volverse su amiga.

—Diecisiete —dijo a enfermera para romper el silencio, sus pequeñas pupilas enfocadas en el niño frente a ella.

— ¿Huh?

—Diecisiete —repitió, antes de caminar hacia el mostrador de la recepción y tomar un teléfono; presionó unos botones y esperó unos segundos con el tubo junto a su rostro—. Hola. Sí, soy yo. Hay un niño pequeño que vino a verte, te está esperando en la entrada. Sí, sí, cámbiate, te esperamos aquí.

Lincoln la vio finalizar la llamada abruptamente, y se preguntó qué rayos estaba pasando. ¿Había llamado a su abuelo? Antes de que pudiera preguntarle, Sue tomó un libro del escritorio y lo abrió por la mitad.

—En lo que va del año, el Centro de Retiro Cañón Sunset ha tenido un total de diecisiete accidentes que requirieron asistencia médica—le explicó con asco, mientras seguía pasando las páginas, hasta que su dedo índice se detuvo en una—. ¿Quieres saber cuántos de ellos ocurrieron desde que tú y tu abuelo iniciaron esa… revuelta?

Lincoln bufó y se cruzó de brazos.

— ¿Estás diciendo que es mi culpa que…?

—Todos, Lincoln Loud —lo interrumpió, alzando su tono de voz—. Todos y cada uno de ellos ocurrieron desde que tú llegaste.

Abrió la boca para responder, pero Sue bajó la mirada nuevamente a su libro y comenzó a leer.

—Tres fracturas y una luxación tan solo en el primer día, cuando cuatro residentes del centro y un niño de once años trataron de levantar en brazos a un hombre de sesenta y siete años que pesa ciento tres kilos —leyó, cada palabra escapando de su boca bañada en desprecio—. Las otras trece lesiones incluyen dos luxaciones más, dos fisuras de hueso, dos tendinitis, tres esguinces de grado dos, dos esguinces de grado tres, y dos fracturas, una de fémur y una de cadera que requirió hospitalización inmediata.

Los brazos de Lincoln lentamente se separaron y bajaron hasta colgar de sus lados. Respiró hondo e hizo un esfuerzo por mantener la expresión enfadada en su rostro.

—Lo dices como si fuera mi culpa —murmuró, más bajo de lo que pretendía.

—Oh, por supuesto que es tu culpa —se apresuró en responder, cerrando con fuerza su libro y acercándose una vez más a Lincoln—. Todos esos accidentes se dieron porque le hiciste creer a unos pobres abuelos que está bien para ellos el practicar deporte, saltarse sus comidas o no tomar sus medicinas sólo porque no les gusta. No todos los ancianos tienen la energía de tu abuelo. Necesitan descansar, dejar que su cuerpo repose tras décadas de trabajo. Me llevó meses convencerlos de entrar en una rutina sana para cuidarlos, y tú en una sola tarde tiraste mis esfuerzos a la basura. Nadie quiere llegar a su edad tan cansados, agotados y con el cuerpo demasiado débil para hacer lo que solían hacer, y tú les hiciste creer que está bien para ellos el ser impulsivos y no medir las consecuencias. Tú crees que yo sólo busco hacerlos sentir unos inútiles, pero mi prioridad no es hacer que se diviertan, es mantenerlos vivos y saludables.

—La gente necesita ser feliz para estar bien —retrucó, las palabras de alguna forma escapando el apretado nudo de su garganta.

—Felicidad, ¿eh? —Dijo Sue, dejando salir una falsa risa— ¿Crees que son felices gracias a ti?

Los ojos de Sue se separaron de Lincoln y se concentraron en algo a sus espaldas. Fue entonces cuando oyó unas ruedas que gritaban por un cambio de aceite deslizándose por los relucientes pisos de cerámico pulido.

— ¿A-Anthony? —Preguntó una voz familiar.

Lincoln volteó, y tuvo que tragar el aliento al ver quién se acercaba.

— ¿Bernie? —Dijo en voz alta, retrocediendo un paso.

Conocía por supuesto al amigo de su abuelo, aquel que en aquella ocasión se había plantado contra las estrictas normas de Sue y les había otorgado una llave de repuesto para entrar a la habitación de Albert. Se veía casi igual a como lo recordaba. Un rostro largo, acentuado por la arrugada piel que colgaba de sus mejillas y cuello, aquella larga nariz que se alzaba entre unas gafas redondas que amplificaban varias veces el tamaño de sus ojos, y su postura encorvada.

Era casi igual a como lo recordaba, excepto que ahora tenía unos pequeños conductos saliendo de su nariz que bajaban hacia un tubo de oxígeno acoplado en el lateral de una vieja silla de ruedas.

—Anthony —repitió con una gran sonrisa, su voz sonando increíblemente parecida a un globo desinflándose—, eres… eres tú… n-no esperaba…

Cuando finalmente quedó a unos metros de Lincoln, la sonrisa se congeló en su rostro al mismo tiempo que su brazo dejó de empujar la rueda de su silla. Levantó una temblorosa mano para ajustar sus gafas.

—Oh… tú… No eres Anthony —dijo, para luego quedarse callado y encorvarse un poco más.

—No, Bernie, no es Anthony —aclaró Sue, acercándose al anciano y acariciando su hombro con una delicadeza impropia de una bruja cara de sapo como ella; cuando levantó la vista hacia Lincoln, sus ojos estaban inyectados de maldad—. Pero tú lo conoces. Fíjate bien.

La enfermera empujó la silla, reduciendo la distancia entre el joven y el anciano. Bernie entrecerró los ojos y estudió el rostro de Lincoln por largos segundos, hasta que finalmente sonrió.

— ¡Oh, sí! —Festejó, silbando cuando el aire pasó entre sus dientes para pronunciar la última palabra— ¡Eres el nieto de Al!

Lincoln tragó saliva. Desvió la mirada hacia Sue para distraerse del respirador de Bernie, pero el malvado rostro de la mujer fue igual de perturbador.

—Hola Bernie —lo saludó, agitando la mano y mostrando todos sus dientes—. Sí, soy yo, Lincoln. Me teñí el cabello.

—Lincoln, Lincoln, claro. Todavía recuerdo cuando te vi en la televisión corriendo tras el viejo Al. Ese tipo es un caso aparte —finalizó entre risas—. Qué agradable sorpresa. Creí que… bueno, creí que eras mi nieto. Se llama Anthony. Vive en Wisconsin, al otro lado del Lago Míchigan. Es de tu edad, ¿sabes? Un chico muy listo. Muy listo, sí…

Bernie cerró sus ojos y levantó ligeramente la cabeza. Parecía la expresión de quien degustaba una deliciosa comida, perdiéndose en el sabor. Lincoln llegó a temer que se hubiera quedado dormido -en el mejor se los casos-, pero en seguida abrió los ojos.

—Lo siento. Hace mucho que no lo veo. Pero cuéntame, ¿me necesitabas para algo?

—Yo, eh… —La mirada asesina de Sue lo apremió a inventar una rápida excusa— Vine a ver a mi abuelo, ¡p-pero quería saber cómo está mi buen amigo Bernie!

El susodicho comenzó a reír, hasta que una leve tos lo cortó. Sue colocó una mano detrás de la espalda encorvada del hombre, pero él le hizo un gesto de restar importancia mientras se recuperaba.

—Lo siento… ¿En qué estábamos?

—Yo quería, eh, saber cómo estás. ¿Qué te…?

En lugar de terminar la oración, movió las manos señalando la silla.

—Oh, ¿esto? —Dijo el hombre, mirando a sus costados las ruedas que lo llevaban de un lugar a otro— El tonto Bernie se cayó y se quebró la cadera. Mis huesos ya no son lo que eran. Mi hermano Robert y yo solíamos participar en rodeos cada año, y los golpes no nos hacían nada de nada. Una vez un toro me golpeó cerca de las costillas. ¡Volé por los aires y caí de pie junto a las gradas! Robert no tuvo tanta suerte. Hasta el día de su muerte quedó con la marca de un cuerno justo por encima de su rodilla. Ah… Robert…

Su mirada volvió a desviarse, esta vez hacia la ventana más cercana, perdiéndose en el paisaje y el cielo nublado. Lincoln decidió ignorar el pinchazo que había sentido en su pecho, ligeramente a la izquierda.

— ¿Por qué no le cuentas qué estabas haciendo cuando te caíste? —Sugirió Sue.

Bernie negó con la cabeza lentamente.

—Estábamos jugando al Twister con Seymour y Charles. Me tocó pierna derecha al rojo, pero nunca llegué —se lamentó.

—Twister —repitió Sue, sus acusadores ojos fijos en Lincoln.

—Solía jugarlo hace algunos años —continuó Bernie—. Mi hijo Paul y Anthony lo aman. Todas las Navidades, cuando ell-

Un ataque de tos lo interrumpió. Sue tomó una mascarilla que se encontraba junto al tanque de oxígeno, pero Bernie le palmeó la muñeca para detenerla.

—Estoy bien, Sue —le dijo cuando recuperó el aliento; sus grandes ojos volvieron a fijarse en el niño frente a sí—. Lamento que me veas así, hijo. Mi cuerpo ya no me acompaña. La edad no me ayuda.

Lincoln no sabía qué decir. Estaba atrapado en una conversación que no había planeado, y lo que veía no lo motivaba en absoluto. Peleó para encontrar las palabras, y en un acto casi de desesperación, finalmente dijo lo único que su corazón le decía.

—Lo importante es llegar, Bernie —dijo con total honestidad y la voz baja, tratando de mantenerse neutral.

El hombre levantó la comisura de sus labios, sus mejillas llenándose de nuevos surcos.

—Pero no así, niño. No así —suspiró, y su sonrisa se hizo más pronunciada—. Ojalá tuviera las energías de tu abuelo. El Loco Al se mueve como si todavía estuviera en sus cuarenta. De hecho, el otro…

La tos lo detuvo por tercera vez, pero esta vez sonaba como si estuviera a punto de escupir sus pulmones. Lincoln retrocedió temblando, el sonido de Bernie atragantándose con su propia saliva quedándose grabado en su mente. Sue actuó rápidamente, colocándole la mascarilla. Tras un par de respiraciones del aire, el anciano finalmente se calmó.

—Muy bien —dijo la enfermera con autoridad—, ve al salón y usa la mascarilla por…

— ¡No! ¡No, no la necesito! —Se quejó el hombre, quitándose la mascarilla con sus temblorosas manos.

—Todavía faltan muchos meses para Navidad, Bernie —le recordó Sue con un extraño tono que Lincoln no supo identificar. Sonaba a una amenaza, ¿pero con algo de tristeza en ella?

Sea lo que fuese que aquella banal observación significase, tuvo un efecto inmediato en Bernie. El anciano se quedó callado y bajó la cabeza, hundiéndose en la silla de ruedas. Nuevas arrugas aparecieron en su frente, y finalmente dejó escapar un largo suspiro.

Cuando volvió a mirar a Lincoln, los ojos de Bernie, magnificados por los grandes lentes redondos, se notaban sin brillo. Apagados.

—Fue un placer verte —lo saludó educadamente, agachado la cabeza en un gesto de despedida—. Eres un buen chico. Buen chico, sí.

No sin cierta dificultad, volvió a colocarse la mascarilla, respiró un par de veces, y finalmente giró la silla de ruedas, alejándose a paso de tortuga en dirección a la sala. Lincoln lo siguió con la mirada.

—Bernie tiene ochenta y cuatro años —comentó Sue con suavidad, sin separar la vista del susodicho—. Para un cuerpo tan desgastado, una fractura de cadera es mucho más que un hueso roto. Cada día está más débil, y sus defensas siguen bajando.

No agregó nada más, y tanto ella como Lincoln continuaron observando a Bernie hasta que giró en un pasillo y se perdió de vista. Lincoln se encontraba mordiendo su labio inferior, tratando de contenerse.

— ¿Qué significa lo de la Navidad? —Preguntó, acaso tan sólo para generar conversación y distraerse, pues el incómodo silencio dolía demasiado.

—Su familia vive en otro Estado, y sólo pueden venir a visitarlo en Navidad —le explicó, y en seguida su tono pasó de triste y calmado a furioso y acusador—. Pero la última vez no pudieron venir porque se quedaron sin dinero tras pagar la hospitalización y su operación de cadera. Ahora Bernie lucha día a día, porque sabe que es probable que no llegue a la próxima Navidad, y le aterra la posibilidad de no volver a ver a su hijo o a su nieto.

Lincoln acusó el golpe, cerrando los ojos y tomando aire entrecortadamente.

—N-no… no sabía… Esto no es mi culpa —se apresuró a decir, sacudiendo la cabeza—. Bernie es… él debería saber qué puede y qué no puede hacer. Yo no lo obligué a hacerlo.

—Los convenciste de que podían hacer lo que querían. Les dijiste que yo los trataba como bebés en lugar de cuidarlos. En lo que a mí respecta, tú eres el culpable de que Bernie se haya roto la cadera. ¿Y crees que es feliz porque pudo jugar a un estúpido juego? Quizás estuvo contento por quince minutos, pero ahora vive cada día sintiendo que la Muerte le pisa los talones y que puede llegarle sin darle la posibilidad de despedirse de su familia. Un niño como tú no tiene idea de lo aterrador que eso es para un hombre.

Lincoln no respondió. Quiso decirle que sí, que lo sabía muy bien. Que durante muchos días aquel miedo le había quitado el sueño. Que sólo la compañía de alguna de sus hermanas y el latido de sus corazones contra su pecho le permitían ignorarlo lo suficiente como para que el cansancio lo consumiera y cayera rendido al sueño. Que no pasaba un minuto sin sentir la presencia de aquel oscuro miedo en su mente, esperando pacientemente a que se desocupara o se distrajera para atacarlo en el más inesperado de los momentos. Que cada sonrisa que esbozaba se sentía como una excusa, una pequeña máscara que ocultaba el verdadero rostro asustado y abatido de un niño que se enfrentaba a algo para lo que no se encontraba listo.

Quiso decir todo eso y mucho más, pero su lucha por controlar sus emociones acaparó todos sus esfuerzos.

—Todos aquí te consideran un héroe, Lincoln Loud —le dijo Sue, inclinándose sobre él, mirándolo a los ojos y dedicándole la mirada de desprecio más elocuente que había visto en su vida—, pero yo sé qué eres en verdad. En lo que a mí respecta, no eres más que un niño que cree saber lo que hace. Tomas decisiones egoístas sin pensar en los demás. Ignoras la autoridad y pretendes que sabes más que todos. Te mientes a ti mismo para… Oh, ¿vas a llorar? ¿Tanto te duele oír la verdad?

— ¡Lincoln!

Sue se irguió derecha tan pronto escuchó la voz de una mujer. Lincoln aprovechó para pasar su antebrazo por su rostro en un rápido movimiento, frotándose los ojos y respirando hondo para calmarse. Al voltear, se encontró con dos figuras conocidas que se acercaban tomados de los brazos.

— ¡Pop-pop! ¡Myrtle! —Los saludó con una sonrisa al tiempo que se lanzaba en carrera hacia ellos.

Ignorando el sorprendido jadeo de su abuelo, corrió hasta que sus brazos se estiraron alrededor de su amplia cadera, enterrando su rostro en la camisa de Albert. Lo abrazó con fuerza, como hacía mucho no lo había hecho. Pudo sentir la confusión de su abuelo, pero en seguida también sintió sus fuertes brazos abrazando sus hombros.

— ¡Pero si es mi pequeño soldado! —Lo saludó entre risas, dándole unas fuertes palmadas en la espalda que Lincoln apenas sintió mientras se aferraba a Albert.

—Te extrañé —dijo, sin poder evitar que su voz temblase un poco.

—Yo también, Lincoln. Pero dime, ¿qué le pasó a la nieve en tu tejado? —Preguntó Pop-Pop, separándose del abrazo para poder apreciar con la mirada confundida al cabello de su nieto.

Lincoln ya había previsto esta pregunta. Y era probablemente la más difícil de responder. Albert siempre había estado orgulloso de que su nieto tuviera el mismo cabello que él. Incluso Lincoln había logrado sobreponerse al bullying que su extraño color de cabello le generaba al encontrar orgullo en el hecho de parecerse a su abuelo. Siempre le había gustado, y lo hacía sentirse especial y conectado con uno de sus héroes.

¿Cómo podría explicarle ahora que el blanco de su cabello no era sino un síntoma de una enfermedad terminal? ¿Cómo decirle que los doctores no lo habían tratado a tiempo porque su parecido con su abuelo los había engañado? ¿Que se había teñido de color castaño porque no soportaba mirarse en el espejo y sólo ver a alguien enfermo, moribundo? Sólo podía imaginarse que su abuelo se sentiría increíblemente culpable. Que quizás se sentiría avergonzado por haber estado tan orgulloso de la nieve en el tejado de su nieto.

Por otro lado, acababan de darle el pie para explicarles por qué estaba allí en primer lugar. Era el momento de decir la verdad y sacarse el gigantesco peso de encima. Quizás ser sincero aliviaría la bola de nervios en la boca de su estómago que le daba náuseas y le dificultaba respirar. Las palabras de Sue ya lo habían ablandado, decir la verdad y permitirse llorar podrían ayudarlo a que todo terminase más rápido. Acortar el sufrimiento.

—Déjame adivinar —dijo de repente Myrtle con una gran sonrisa—, fue una broma de Luan, ¿no es cierto?

Lincoln miró a la novia de su abuelo. Pese a algunas incomodidades iniciales, él y sus hermanas habían aceptado a Myrtle en su familia. Era difícil no querer a una mujer tan atenta, amable y con tanto amor para regalar, incluso si a veces se excedía con su entusiasmo.

—Oh, claro, debí imaginarlo —rió Albert, sacudiendo el cabello de su nieto—. Esa Luan se supera cada día.

Lincoln tragó saliva. No pensaba mentirle a su abuelo, pero cuando vio por el rabillo del ojo que Sue los miraba con los brazos cruzados, decidió no corregirlo. No aún.

Pop-Pop también reparó en la presencia de la enfermera.

—Oh, hola Sue. ¿Todo en orden?

—Por ahora, Albert. Por ahora.

—Me alegra oírlo. En fin, Lincoln, ¿por qué no vamos los tres a mi habitación a buscar un juego de mesa?

—Eso, eh, eso suena bien —dijo. Al menos en la habitación tendrían privacidad.

Los tres comenzaron a caminar hacia las escaleras que llevaban al primer piso. Antes de subir, Lincoln dio una última mirada por encima de sus hombros, sólo para encontrarse con los ojos entrecerrados de Sue, siguiéndolo a cada paso.

Mientras se dirigían a la habitación, Myrtle y Pop-Pop comenzaron a contarle historias del centro de retiro. Las escapadas de Scoot, los chistes de Seymour, los dolores de cabeza a Sue. Se reían y las contaban con mucho entusiasmo. Lincoln trató de contagiarse de ellos, pero apenas lograba fingir sonrisas forzadas.

Su mente pensaba en Bernie, y en la posibilidad de que pudiera morir sin despedirse de su familia. Casi como le habría pasado a él si Lynn no lo hubiera golpeado en la cabeza con un balón de fútbol. Le dolía pensar que él podría tener algo que ver en el triste destino de Bernie. ¿En serio había sido una mala influencia para el centro? Él no lo veía así. Nunca lo habría imaginado, y en verdad no sabía si creerle a alguien tan malvada como Sue. Pero, ¿y si tenía razón? ¿Y si a pesar de sus buenas intenciones sólo había causado mal a todos los residentes del centro?

¿Tendría tiempo para corregirlo, o moriría con esa mancha en su legado?

Casi no notó cuando llegaron a la habitación. Los tres entraron, y Pop-Pop comenzó a buscar en sus cajones por quién sabe qué juego. Lincoln aprovechó para revisar la habitación, quizás por última vez. Su abuelo era bastante mezquino con la decoración, pero aún así había algunas medallas de su pasado, una pintura al óleo de Royal Woods que había comprado hace tiempo, y una gran, gran foto de sus once nietos sonriendo a la cámara.

Lincoln se quedó de pie, mirándola. Recordaba ese día. Todos estaban jugando en el patio de su casa cuando su madre los llamó para una foto. Se concentró en los rostros de sus hermanas. Se sorprendió al verlas tan jóvenes, hasta que recordó que la fotografía no tenía más de 4 meses. ¿Cómo podían sus rostros haber envejecido tanto tan rápido? O quizás era el hecho de que todas lucían radiantes sonrisas, sus rostros llenos de felicidad.

Suspiró. Pagaría una fortuna por la posibilidad de ver sus rostros tan felices una última vez.

— ¿Hijo? ¿Me escuchas? —Lo llamó Albert, sacando a Lincoln de su trance.

—Sí, lo siento, ¿qué decías?

Su abuelo levantó una ceja.

—Te pregunté si estás listo para que te dé una lección de ajedrez —repitió, levantando la caja con las piezas que cargaba en sus manos.

Lincoln no pudo evitar sonreír. Amaba el ajedrez.

—Claro, pero estuve practicando —respondió con confianza.

— ¡Ja! Conozco todos tus trucos, niño. Yo te los enseñé.

Albert trajo una mesa y la colocó en el centro de la habitación, con dos sillas enfrentadas. Colocaron el tablero y se sentaron, con Myrtle quedándose en la cama para observar.

— ¿Blancas? —Preguntó Albert.

—Sí, claro.

Una vez listos, Lincoln movió su primer peón.

—Oh, la apertura eslovaca —anunció Myrtle.

Pop-Pop sonrió y movió su peón de reina.

—Vaya, Albert, la defensa de Karchavov —dijo con admiración su novia—. No te tenía tan agresivo.

Lincoln y su abuelo se miraron y rieron. Myrtle no sabía absolutamente nada de ajedrez.

Continuaron con el juego, con los relatos de una mujer entusiasta que inventaba nombres para todas las jugadas y hacía referencias a sucesos inexistentes, como "la partida del mundial '76 entre Birshnikovic y Tachikawa". Lincoln y su abuelo estaban muy parejos en nivel. Pop-Pop había sido un gran jugador en su juventud, pero décadas sin jugar lo habían oxidado. Sólo había retomado el deporte cuando descubrió que su nieto varón estaba interesado en aprenderlo. Por su parte, Lincoln era bastante capaz. Era el único deporte o juego se mesa donde podía ganarle a Lynn, quien por eso mismo evitaba a toda costa jugar con él, excusándose en que ella no era una nerd. Estaba muy a gusto con sus capacidades, incluso si nunca había logrado ganar un torneo y llevar un trofeo a casa.

Trofeos…

Movió distraídamente su caballo a una casilla estratégica, olvidándose por completo de que era la única pieza que defendía a su peón adelantado. Pop-Pop inmediatamente castigó su error, comiendo el peón y ganando un centro fuerte.

—Oye, cariño —dijo, volteando sobre su hombro para mirar a Myrtle—, creo que Seymour me dijo hoy que necesitaba ayuda para encontrar sus llaves. ¿Por qué no vas a ver si ya está todo bien?

Lincoln estaba ocupado tratando de ver cómo solucionar su error, y no prestó atención a la mirada que intercambiaron, ni a la escueta respuesta de Gran-Gran, quien en seguida salió de la habitación. Movió su alfil justo cuando la puerta se cerró.

—Muy bien —dijo Albert sin levantar la vista del tablero y moviendo su caballo a una peligrosísima posición para Lincoln—, ya estamos solos. ¿Quieres decirme qué es lo que te ocurre?

Lincoln tragó saliva. Sabía lo que se venía, y sabía que no podía evitarlo.

—No me ocurre nada —respondió, moviendo su torre, preparándose para el golpe.

—Estás distraído desde que llegaste. No te reíste de mis chistes y te ves como si no hubieras dormido desde Navidad —comentó, moviendo un alfil y levantando la vista para ver a su nieto a los ojos—. Te conozco, hijo, sé que algo te ocurre. Jaque.

Rayos. Tenía la esperanza se que su abuelo no lo notara, pero nada se le escapaba al otrora campeón.

—Sí… es...—dijo, sintiendo la voz atascándose en su garganta al tiempo que movía por obligación a su torre para comer al alfil—, complicado.

Albert finalmente movió al caballo que había preparado y comió la torre de Lincoln, ganando en el intercambio de piezas.

—Bueno, hijo, estás hablando con un viejo aburrido que no tiene planes ni nada que hacer por el resto del día. Si necesitas alguien con quien hablarlo, sabes que tu abuelo estará aquí para escucharte.

Sabía que Pop-Pop lo escucharía. No había nada en el mundo que fuera más importante para el hombre que sus nietos, y siempre que lo visitaban él sólo tenía ojos y oídos para ellos. Los amaba profunda e incondicionalmente, y ese gran amor era precisamente lo que asustaba a Lincoln. Las noticias serían un golpe muy duro para su abuelo, y Sue lo había dicho, la gente a esa edad es más frágil. Si una cadera rota podía causar tantos problemas a Bernie, ¿cómo podría el cuerpo de Pop-Pop soportar un corazón roto?

Además, probablemente por culpa de su déficit de atención por hiperactividad, realmente seguía ocupado pensando en lo que Sue le había dicho. La dolía creer en la posibilidad de que quizás fuera cómplice en el crimen de negarle a una familia un último adiós antes de la muerte de un ser destino le había dado a él una segunda oportunidad. Había recibido el regalo del tiempo. Tiempo para despedirse, para dejar las cuentas claras. Para, por lo menos, allanar el camino para su familia y seres queridos. Era doloroso el vivir con una fecha de caducidad, sí, pero era más de lo que mucha gente recibía.

La idea de que sus consejos le hubieran arrebatado esa posibilidad a Bernie lo aterraba.

— ¿Soy… soy una mala persona? —Preguntó, continuando con la partida.

—Claro que no, ¿por qué creerías eso? —Respondió Albert, aceptando el sacrificio de peón de Lincoln.

La posición no era favorable para el chico. Colocó los codos sobre la mesa y apoyó el mentón sobre sus manos. Mientras trataba de serenarse, calculó sus siguientes movimientos. Su abuelo no lo apresuró ni insistió, sino que esperó en silencio, dándole espacio y tiempo.

—He hecho cosas malas —dijo tras un largo silencio, moviendo una pieza y resumiendo el juego.

—Todo el mundo hace cosas malas de vez en cuando.

—Pero mis hermanas… ellas… ellas me perdonan por todo —se lamentó—. Me tratan como si fuera perfecto, como si no me hubiera comportado como un idiota en tantas otras ocasiones.

—Vamos, Lincoln, no seas tan duro contigo mismo. Eres su familia, por supuesto que van a perdonarte, tal y como tú las perdonarías si ellas…

— ¡Pero no lo merezco! —Dijo furioso, alzando la voz y golpeando su Dama con tanta fuerza que el tablero tembló.

Pop-Pop levantó la vista del tablero y alzó las cejas.

—Lincoln, ¿qué te…? Oh, rayos —dijo, interrumpiéndose a sí mismo al ver que había movido mal una pieza por distraerse.

El chico, en un súbito ataque de rabia, no tardó en castigarlo.

— ¡Me tratan como si fuera un santo, olvidándose de todas las estupideces que hice! —Estalló, avanzando sobre el enroque del Rey.

—No creo que sea para tanto —respondió Albert, lamentándose por su error y tratando de preparar su defensa.

—Subí un vídeo vergonzoso de todas ellas a Internet. Jaque.

Albert movió el Rey a otra casilla.

—El verano pasado compré una piscina para mí solo y no quise compartirla con ellas —dijo, sumando su caballo al ataque y riendo sarcásticamente—, pero ellas no dudaron en invitarme a la suya. Jaque.

—Lincoln… —Pop-Pop trató de intervenir, pero en cuanto apoyó a su peón, Lincoln lo comió con su Dama.

—En la venta de garaje empecé a vender cosas que no eran mías sólo porque estaba cansado de perder. Jaque. Las obligué a dejar de usar electricidad para ganar un concurso pero no me atreví a cancelar una reunión de videojuegos. Jaque.

Pop-Pop ya no podía responder, estaba muy ocupado tratando de salir del enredo en el que había metido a su rey. El enfado de Lincoln se hacía ver no sólo en las lágrimas que comenzaban a aparecer en el rabillo de sus ojos, sino en la velocidad a la que jugaba, como si la partida fuera ahora una partida rápida con límite de tiempo.

—Les hice creer que era mala suerte porque… ¡porque no quería ir a apoyarlas a sus torneos! ¡Toda la familia fue, pero yo quería tiempo para mí! ¡Jaque!

—Lincoln, escucha…

— ¡Las cambié por un viaje en limusina con un viejo rico que no conocía! ¡Jaque!

—Lincoln...

— ¡Cuando… cuando creímos que nuestros papás querían quedarse s-sólo con uno yo… yo… yo q-quería ser el hijo único! ¡Jaque!

— ¡Lincoln!

Pop-Pop ya no prestaba atención a la partida, la cual se había definido algunas jugadas atrás. Sólo tenía ojos para su nieto. Jamás lo había visto así, con un berrinche tan dramático, tan enfadado consigo mismo, al borde del llanto. Quería darle palabras de aliento, consolarlo, aliviar la evidente culpa que sentía, pero no podía hacer ninguna de esas cosas sin saber qué era lo que lo tenía tan sensible.

— ¡No soy una b-buena persona! ¡Soy un cretino, y ahora por mi culpa Bernie no sabe si podrá despedirse de su familia!

Tomó a su Dama y la colocó en la casilla protegida por su caballo, bajando la cabeza en cuanto lo hizo, sus puños cerrados apoyados contra el borde de la mesa, apretados con tanta fuerza que sus nudillos se veían blancos. Ni siquiera anunció el Mate. Los dos sabían el inevitable resultado, pero más importante aún, ninguno de los dos estaba ya interesado en una tonta partida de ajedrez. Ni Albert pudo sentirse orgulloso por los avances de su nieto, ni Lincoln pudo siquiera emocionarse por haber vencido a su abuelo, su mentor.

— ¿Bernie? ¿De qué estás hablando? —Preguntó Pop-Pop, incrédulo.

Lincoln se puso de pie y caminó hacia la ventana de la habitación, dándole la espalda a su abuelo y apoyando las manos en el marco. Ni siquiera se detuvo a apreciar el paisaje. Ni las nubes del cielo, ni la colina donde el Centro se alzaba, ni los bosques que la rodeaban. Miró su propio reflejo en el cristal, sólo para encontrarse con el rostro de un niño enfadado, confundido y aterrado al mismo tiempo. Se frotó los ojos bruscamente.

— ¿Qué pasó? —Preguntó su abuelo.

Con cierta dificultad, Lincoln le contó de su encuentro con Sue, el intercambio de palabras con Bernie, y de todo lo que se había enterado. En ningún momento volteó para ver a Albert. No se sentía lo suficientemente fuerte como para hacerlo.

—No le hagas caso a esa bruja —le dijo Pop-Pop en cuanto acabó su relato—. Sólo está enfadada contigo porque ahora no puede prohibirnos divertirnos. Además, no seas tonto, tú no tuviste la culpa de que Bernie se quebrara la cadera. Él es un señor mayor, sabía los riesgos, pero decidió divertirse. Nada malo en ello, fue sólo un acc…

— ¡¿Nada malo?! —Exclamó Lincoln, golpeando el marco de la ventana con sus puños antes de voltear a ver a su abuelo con el ceño fruncido— ¿Cómo puedes decir eso? ¡Se quebró la cadera y su cuerpo está más débil! ¡Y ahora… ahora no sabe si sobrevivirá hasta Navidad! ¿Qué hay de su familia? ¿De s-su hijo y su n-nieto? ¿Y qué hay… qué…?

Cerró los ojos, y sus manos subieron hasta su cabello, cerrando sus dedos entre mechones castaños que apretó y tiró en total impotencia. Sintió temblar su pecho, y las primeras lágrimas de rabia abandonaron sus ojos.

—Oh, hijo… —dijo con suavidad Albert, acercándose hasta Lincoln y colocando sus manos sobre sus hombros—. Eres un chico maravilloso y muy inteligente, y has hecho muchas cosas geniales, pero no puedes tomar crédito por inventar la muerte. Bernie tiene más de ochenta años, perdió un riñón hace poco más de dos años. Quebrarse la cadera puede haberlo dejado mal, pero el pobre apenas si podía caminar antes de eso. Es duro decirlo, pero ya le estaba llegando la hora de todos modos.

El ex marine movió lentamente sus manos de los hombros de Lincoln hasta sus muñecas, obligándolo a soltar el cabello que amenazaba con arrancarse.

—P-pero… pero… s-su familia… —Dijo Lincoln, sollozando como un niño pequeño.

—Muchacho… Su familia sabe que a Bernie no le queda mucho —le explicó Albert con algo de tristeza—. Supongo que están preparados. La gente muere cuando es vieja, Lincoln, todo el mundo lo sabe. No hay nada que se pueda hacer, es como funcionan las cosas.

No pudo resistir más. El complicado enredo en la mente de Lincoln no soportó una nueva estocada. Sus sentimientos embotellados finalmente escaparon en un explosivo llanto, enterrando el rostro en la camisa de su abuelo, llorando violentamente. Sus piernas temblaron, y si Pop-Pop no lo hubiera sostenido, Lincoln habría caído al suelo de rodillas.

Todo era demasiado injusto. La gente vieja es la que moría, la que llegaba a un punto donde sus vidas ya estaban hechas y podían descansar en paz finalmente. Cuando sus cuerpos ya no eran lo que habían sabido ser, cuando sus sueños y metas ya habían sido, por lo menos, intentados. La gente mayor podía prepararse para aceptar su destino. Sus familias podían hacerse de la idea de que un ser querido pronto los dejaría, podían prepararse, y a fin de cuentas, podrían encontrar consuelo en que, tal y como Pop-Pop había dicho, aquello era parte de la vida.

No era el caso de Lincoln. Su muerte no sería entendible. Nadie la había esperado. Su familia no había tenido la posibilidad de prepararse. Peor aún: él mismo no había tenido la chance de hacerse con la idea de que tendría que morir. No lo podía entender, y como todo ser humano, Lincoln temía a lo que no conocía.

No sabía cómo encontrar consuelo en su situación, y la rabia que sentía era la que lo tenía ahora gimiendo y llorando con la fuerza de una persona vomitando, con el estómago revuelto y la garganta ardiendo. Podía sentir su rostro rojo, y el único motivo por el que luchaba para controlarse en lugar de rendirse a la rabia y el dolor era el hecho de que su abuelo estaba allí, abrazándolo. Debía ser fuerte por él, al menos. Encontrar las fuerzas para por lo menos explicarle lo que sucedía.

—P-P-Pop-Pop… Y-Yo… —Las palabras se interrumpían con su entrecortada respiración y los violentos espasmos de su llanto—. Tengo… tengo… m-miedo…

Sintió las caricias de su abuelo y unas suaves palmadas en su espalda.

—Oh, Lincoln, ya entiendo —le susurró con una sonrisa—. ¿Tienes miedo de que tu abuelo ya es viejo y pueda pasarle como a Bernie?

Quiso responderle. Quiso decirle que no tenía dudas de que alguien con tanta energía y vitalidad como Pop-Pop debía llegar a los noventa como mínimo. Que nunca se le había pasado siquiera por la cabeza la idea de que su abuelo estuviera próximo a la tumba. Todo eso quiso decirle, pero no fue capaz de serenarse lo suficiente.

—No llores, muchacho, no tienes que preocuparte —continuó Albert—. Todavía me queda gasolina en el tanque. Este viejo amarrete es muy testarudo para dejarse estar tan pronto.

—P-pero… yo… yo…

—Oye, oye. Escucha a tu abuelo. Incluso si me fuera mañana, no tienes por qué estar triste. Sé que es difícil entenderlo ahora. Cuando uno es joven, sólo quiere vivir para siempre. ¡Toda esa energía, todos esos proyectos…! La muerte es aterradora entonces.

Aquellas palabras sólo lo hicieron llorar más fuerte.

—Pero con el tiempo, tu mirada cambia. Yo ya no le temo a la muerte. El único motivo por el que no voy a dejar que me alcance todavía es porque quiero ver en qué clase de hombre y mujeres tú y tus hermosas hermanas se convierten. Pero mi vida ya ha estado completa desde el momento en el que ustedes nacieron. Ustedes son mi legado, el mayor de mis trofeos. No presumo mis medallas con estos viejos, sus fotos en mi billetera son las que muestro con orgullo. Y muchacho, el día que me vaya, no me llores. Porque me habré ido sabiendo que dejo a una hermosa familia que me ama, y seguiré viviendo en todo lo que ustedes hagan.

Por un momento, Lincoln se dio cuenta de lo intrascendente que palabras bonitas eran en una situación tan dramática. Se puso en el lugar de todas sus hermanas, y se sintió incluso más impotente al entender que ninguno de sus discursos podría haberles dado la tranquilidad que él esperaba. Toda la preparación y los ensayos que había hecho para esas palabras, en vano. Y se sintió como un idiota por creer que en realidad podría estar ayudándolas. Escuchando a su abuelo repetir las mismas frases trilladas y cliché que él había dicho lo hizo sentir aún peor.

Y también lo hizo darse cuenta de que era prácticamente el mismo discurso que había preparado para darle a su abuelo. Casi las mismas palabras, el mismo mensaje.

Aún con el rostro empapado en sus propias lágrimas, volteó ligeramente hacia la derecha e inclinó la cabeza hacia abajo, para que su abuelo no viera su rostro.

—L-Lo… siento… lo siento…

Su abuelo lo abrazó más fuerte y me aseguró que estaba bien, que todo estaba bien y que no tenía de qué preocuparse, sin sospechar en ningún momento que Lincoln no se estaba disculpando por llorar, sino por ser débil y no tener las fuerzas para decirle la verdad.


Poco más de una hora había pasado cuando Lincoln bajó las escaleras sin nadie que lo acompañara. Sus pies se arrastraban por los escalones, y cada paso que bajaba era como caer por un pequeño precipicio. Sus brazos colgaban sin energía a un lado de su cuerpo, balanceándose inertes a cada paso. La mirada gacha no se enfocaba en nada. Su cuerpo se movía en piloto automático hacia la salida, mientras su mente batallaba contra sí misma.

Parte de él quería dar media vuelta, subir corriendo las escaleras hacia la habitación de su abuelo, lanzarse nuevamente a sus brazos y contarle la verdad. Hacer lo que, en definitiva, había ido a hacer en primer lugar. Su abuelo merecía saber. Merecía estar al tanto de lo que le sucedía a su único nieto varón. Era parte de la familia, y no estaba bien mantenerlo ignorante de la gran tragedia que sacudía a los Loud. Por otro lado, había también una parte de Lincoln que estaba preocupada por la salud de su abuelo. Tenía serios temores de que Pop-Pop pudiera sufrir un ataque al corazón al escuchar las noticias. Eso realmente apestaría. No sólo eso, sino que una tercera parte también le decía que no había nada de malo con retrasar las noticias un poco. Después de todo, Lincoln ya había sufrido mucho, y tener que decirle la verdad a su abuelo sólo sería un golpe más a su maltratado estado emocional. Era quizás la parte más egoísta de su ser la que susurraba en su oído, pero Lincoln se recordó a sí mismo que no era perfecto, ni tan buen hombre como le gustaría creer que había sido, y que incluso él se merecía su pequeño momento egoísta.

Así fue como logró convencerse a sí mismo de seguir adelante. Ya había estado un buen rato en el centro de retiro, podría ignorar los consejos de Blarney el Dinosaurio y mentirle a su madre, diciéndole que había hablado con su abuelo. Le dolía, y se sentía decepcionado consigo mismo, pero tras todo lo que había pasado, sinceramente no se sentía capaz de hacer lo que había ido a hacer.

Llegó a la planta baja del centro de retiro. Una vez más, los olores, la iluminación, el silencio; todo le recordó a un hospital, y cualquier motivo que tenía para quedarse se esfumó de inmediato. Cerró los ojos y tomó aire, para luego meter las manos en sus bolsillos y bajar la cabeza.

Caminó con la idea de irse de aquel lugar lo antes posible. Quería volver a su casa, olvidarse de todo esto, estar con sus hermanas. Quizás tomaría la oferta de Lori y le pediría un abrazo. Llegó hasta la mitad del hall de llegada, y justo cuando parecía que su martirio finalmente terminaría…

—Eso fue rápido. Por suerte.

Se detuvo en la baldosa donde estaba. No se movió ni dijo nada.

—No llamaron a mi interno, así que imagino que nadie resultó herido esta vez. Vamos mejorando de a poco. Pasos de bebé.

Ahora sí, Lincoln levantó la cabeza. Sentada tras su escritorio, llenando algunas planillas, se encontraba Sue. Tenía puestos unos lentes de lectura y la mirada fija en sus hojas, sin siquiera dignarse a mirar a Lincoln. Él estaba allí de pie, mirándola. Pensándose en cómo responder; o si debía responder en primer lugar.

Su primer instinto era el de contestarle a esa vieja bruja y decirle todas sus verdades. Entrar en una discusión con ella, decirle cosas feas que nunca antes se habría atrevido a decirle a un adulto. Enfadarse y dejarse llevar por la rabia era catártico, como había descubierto últimamente. Y pese a sus exabruptos contra sus hermanas y amigos, hasta ahora no había estallado realmente. Quizás eso era lo que necesitaba, dejarse llevar por las más básicas y bajas de sus emociones y desquitarse con Sue. No podía decir que no lo merecía.

Por otro lado, lo más maduro probablemente habría sido irse sin decir nada, y él lo sabía. No darle el gusto de caer en su provocación. No entrar en un conflicto innecesario. Estaba cansado y exhausto, lo último que necesitaba era estresarse aún más. Sería fácil tragarse su orgullo, sus demonios internos, e irse sin decir nada.

Y entonces pensó: todo lo que había aprendido ese día, todas las cosas que quería decir, ¿en serio podría irse de allí sin decir nada? No tendría otra oportunidad para volver y tratarlo otro día. Esta probablemente sería su última visita al Centro de Retino Cañón Sunset. Era muy probable que muriera antes de tener la posibilidad de regresar. ¿Por qué dejar este capítulo sin terminar en su libro? ¿En serio quería que a provocación de Sue fuera su última experiencia allí?

Mordiéndose la lengua, sacó las manos de su bolsillo y se acercó al escritorio de Sue. Se detuvo junto a él, y su silencio hizo que la enfermera levantara la mirada desinteresada.

— ¿Qué? —Preguntó, sonando casi molesta.

Esa mujer realmente sabía hacerse odiar.

—Yo… lo siento —dijo, aclarándose la garganta.

Sue apoyó su bolígrafo en la mesa.

— ¿Lo sientes?

—Sí. Lo siento. Lo siento mucho. Yo sólo quería jugar con mi abuelo —explicó, levantando las manos en un gesto incrédulo—, no sabía que… que las cosas cambiarían así. ¡Sólo quería jugar con él!

Sue lo escrutinó con la mirada, probablemente tratando de discernir cuánta verdad había en aquella disculpa. Tras unos segundos bufó y volvió su atención a los papeles en su escritorio.

—El daño ya está hecho. Aprecio las disculpas, pero ya no hay nada que hacer.

Tomó una vez más su bolígrafo, pero Lincoln la interrumpió antes de dejarla continuar con su trabajo.

—Todavía creo que podrías haberles dejado divertirse un poco más —dijo, ganándose una mirada asesina—, pero ahora entiendo que sólo hacías lo que creías mejor. Estabas tratando de cuidarlos. Y… y tú sabes más que yo. Yo no… Sólo soy un niño y, y, y a veces no me doy cuenta de que no sé tanto como creo.

La mirada y postura de Sue se transformó. Se quitó las gafas, inclinó ligeramente la cabeza y observó a Lincoln con los ojos entrecerrados. Lincoln, por su parte, se mordió el labio inferior. Fue en ese momento que entendió que no escaparía de decir la verdad.

—Tú sabes cómo… cómo tratar con la gente mayor —le dijo, y ahora Sue lo miraba definitivamente con sorpresa y preocupación tras notar los ojos brillosos del niño—. Y yo… necesito t-tu ayuda.


El viaje de regreso a casa fue aún más silencioso que el de ida. Lincoln no supo qué había hecho su madre durante la poco más de una hora que él había tardado en el centro de retiro. A juzgar por la forma en la que revisaba su teléfono en cada semáforo en rojo, supuso que habría hablado con alguien, pero se sentía demasiado alicaído y desanimado como para preguntarle.

Quizás habló con alguna de mis hermanas, pensó. Todavía le intrigaba saber a dónde se habían ido a la tarde, cuando lo dejaron solo con sus amigos y su madre.

Más allá de aquellos esporádicos pensamientos, Lincoln no pensó en nada, realmente. Apoyó la cabeza contra la ventana y se concentró en su respiración. La temperatura estaba bajando, y le dio crédito a los reportes que había escuchado sobre una lluvia cayendo al otro día en Royal Woods. Con cada bocanada de aire que largaba, el vidrio de la camioneta se empañaba un poco más, y Lincoln se distrajo en ello para matar el tiempo.

No tardaron en llegar al 1216 de la Avenida Franklin, pero Rita no entró a la trotadora, deteniéndose en la calle frente a la casa. Lincoln levantó la vista para ver su hogar, y el ahora familiar choque de emociones encontradas se produjo nuevamente en su interior: la felicidad que le daba el volver a reunirse con su familia, contra la tristeza de saber que quienes vivían allí ya no eran las felices y alegres personas que siempre habían estado ahí para él. Volvía ahora a un lugar donde estaría obligado a ser fuerte. Fuerte por sus hermanas, fuerte por sus padres. Debía enterrar todas sus emociones y miedos en lo más profundo de su ser para que no afectaran al resto de su familia, y eso le costaba horrores.

Para colmo, Lola y Lana estaban sentadas en los escalones del pórtico. Lola tenía el cuerpo reclinado, apoyando su hombro contra el de su gemela, y las dos tenían la cabeza gacha. Tendría que ocultar sus sentimientos, y tendría que hacerlo rápido.

—Voy a hacer las compras, me llevo a Lily —le dijo Rita, con Vanzilla todavía en marcha—. Tu padre fue al supermercado. Nos encontraremos ahí y… y compraremos las… cosas para la cena.

Lincoln asintió, mientras pensaba en cuánto podría estar doliéndole esto a su madre como para que le costara finalizar incluso una oración.

— ¿Qué quieres comer? —Le preguntó.

Él trató de pensar. No era una pregunta que les hicieran seguido. Normalmente apenas si tenían presupuesto como para cocinar lo que fuera. Los chicos Loud no tenían el lujo de elegir qué comer.

—No sé. ¿La lasagna de papá?

—De acuerdo. Sí, comeremos eso.

Tras un segundo de silencio, Rita desabrochó su cinturón de seguridad y se inclinó hacia su hijo, atrapándolo en un gran abrazo. Acarició su cabello y llenó su frente de besos mientras lo apretaba contra ella como si fuera a última vez que lo abrazaría —y ese pensamiento hizo temblar a Lincoln.

—Volveré pronto —susurró, antes de abrirle la puerta.

El hijo varón de los Loud bajó a la acera, e instantes después su madre aceleró con la camioneta, no sin antes dar un suave bocinazo. El ruido fue suficiente para que Lola y Lana levantaran la vista, e incluso a diez metros de distancia, él fue capaz de ver sus ojos iluminándose.

— ¡LINCOLN!

Las dos se pusieron de pie y corrieron hacia él. Sabiendo que iba a tener que plantarse si no quería que lo derribaran, Lincoln se arrodilló para estar a la altura de sus hermanitas y para tener un poco más de agarre al suelo. Dicho y hecho, las dos gemelas prácticamente saltaron a cada lado de él, encerrándolo en un doble abrazo.

— ¡Te extrañamos! —Dijeron ambas al mismo tiempo, sus rostros refregándose contra el pecho de Lincoln.

—Yo también las extrañé. ¿Qué estaban haciendo aquí afuera?

—Estábamos esperándote —le dijo Lana en voz baja, separándose de él.

—Queremos… jugar —agregó Lola con timidez, abrazándolo más fuerte.

Le dolía, le causaba mucho dolor. Lincoln sufría junto con sus hermanas, sentía su dolor multiplicado por dos. Y aún así, lo que también sentía era amor. Amor y una pizca de felicidad por saber que tenía unas hermanas tan hermosas, maravillosas y queribles como las gemelas.

—Por supuesto, ¿a qué quieren jugar? —Les preguntó, obligando a Lola a separarse de él lo suficiente como para poder verla a los ojos.

Las gemelas intercambiaron una mirada insegura.

—Estaba pensando… ¿una fiesta de té? —Sugirió, sorpresivamente, Lana. Lincoln parpadeó sorprendido.

— ¿Segura?

Ella comenzó a jugar nerviosamente con los botones de su overol.

—S-Si no quieres… podemos…

—No, no, yo sí quiero. Pero, ¿no te gustaría hacer otra cosa?

Lana se mordió el labio inferior y lentamente levantó la vista para ver a su hermano. Lincoln se vio reflejado en aquellos ojos azules, y le sonrió para transmitirle tranquilidad. Su sonrisa calmó un poco a Lana, quien finalmente habló.

—Yo sólo quiero jugar contigo.

Lincoln asintió y se puso de pie. Lola tuvo que separarse del abrazo, pero rápidamente lo tomó de la mano. Lana, para no ser menos, se apresuró en tomarlo de la otra. No se molestó en decir que aceptaba. Simplemente caminó junto a ellas hacia la puerta. Lola abrió el picaporte, y los tres entraron.

Se dirigieron hacia la escalera, pero los tres se detuvieron cuando Lincoln oyó algo que llamó su atención. Se quedó petrificado en su lugar e inclinó la cabeza. Le había costado unos segundos darse cuenta de la diferencia, pues durante once años nunca había sido algo raro. Sólo ahora, tras nueve terribles días, es que lo normal se volvía extraño. Un par de segundos oyendo le bastaron para confirmar que no era su imaginación, y una gran sonrisa se dibujó en su rostro.

Música.

Animado y con renovadas energías, subió las escaleras, casi arrastrando a sus dos hermanas menores. Una vez arriba, en lugar de voltear hacia la derecha, tomó un giro hacia la izquierda.

— ¡Espera! —Dijeron ambas niñas, plantando los pies y deteniendo a su hermano.

— ¿Qué?

—No puedes ir allí.

— ¿Por qué no?

Las dos se miraron sin decir nada. Lincoln las adoraba y les tenía una enorme paciencia, pero lo que realmente quería era ir a la habitación de Luna y ver con sus propios ojos a Luna tocando su guitarra eléctrica una vez más. ¿Se había comprado una nueva, o le había quedado alguna de repuesto tras destruir a Chloe?

Retomó su marcha en dirección a la habitación de sus hermanas mayores, pero una vez más, sus hermanitas hicieron fuerza para que se detuviera.

— ¡No vayas!

— ¡Dijiste que jugarías con nosotras!

—Lo voy a hacer, pero quiero ver a…

— ¡Vamos ahora!

— ¡Habla con Luna más tarde!

— ¡¿Por qué?! —Preguntó, levantando su tono de voz, soltando las manos de sus hermanas y volteando rápidamente para verlas.

Al soltarlas, sin embargo, la fuerza que hacían para detenerlo las tiró al suelo, cayendo pesadamente. Las dos levantaron la vista hacia su hermano, las bocas entreabiertas, y se acercaron instintivamente una a la otra. Lincoln vio la pizca de miedo en sus ojos y quiso golpearse en la cara con una maza. Ni siquiera notó que la música se detuvo.

—Lo siento, lo siento —les dijo, agachándose con rapidez y abrazándolas—. No quise gritarles.

Temió que no lo perdonaran tan fácilmente, pero en cuanto extendió los brazos hacia ellas, las dos se lanzaron hacia él. Cerró los ojos, y se insultó a sí mismo. No era culpa de las niñas. Ellas no tenían nada que ver con todo lo que estaba pasando. No merecían que les respondiera enfadado.

— ¿Hermano?

Los tres voltearon al oír la voz de Luna, y a Lincoln le pareció que Lola susurraba un "uh-oh". Asomando la cabeza desde la puerta de su habitación, la rockera lo miraba con ojos preocupados y rojos, como si no hubiera dormido en mucho tiempo, o como si hubiera estado… Bueno, no podía asegurarlo, pero estaba seguro de qué era lo que había causado esos ojos. Si no hubiera dejado de maquillarse en la última semana, probablemente habría un rastro delator de maquillaje cayendo por su rostro.

Genial, pensó Lincoln. Ahora había dejado de tocar. Y sus esperanzas de que hubiera estado tocando felizmente prácticamente se habían desvanecido.

— ¡Luna! —La saludó, sin embargo, fingiendo una gran sonrisa— ¿Cómo estás?

— ¿Pasó algo? ¿Por qué gritaste? —Preguntó la chica, evadiendo la pregunta y dando un paso fuera de su habitación, cerrando ligeramente la puerta detrás de ella. Lincoln, siempre atento, observador, y con una perspicacia que pondría orgulloso a Ace Savvy, notó rápidamente aquel detalle. Como si Luna no quisiera que él entrara allí.

Volvió la cabeza para mirar a las gemelas una vez más. Se las veía nerviosas, muy nerviosas. Ni siquiera se atrevían a mirar a Luna a los ojos. Entrecerró los ojos y alzó una ceja. ¿Qué estaban ocultando?

—Nada, fue una tontería. No debería haber levantado la voz —admitió el chico—. Te escuché tocar… Sonaba muy lindo.

—G-Gracias, pero, uh…

Luna se mordió el labio inferior y echó una rápida mirada hacia dentro de su habitación. Lincoln oyó movimiento, y estaba listo para ver a Luan salir de allí, pero entonces escuchó el inconfundible sonido de una guitarra desconectándose de un amplificador. Luna nunca dejaría a Luan tocar sus costosos instrumentos y equipo de sonido. Su sorpresa no pudo sino aumentar a un alarmante ritmo cuando se oyeron unos susurros, Luna volteó la vista hacia el interior de su habitación, suspiró, dio un paso al costado y alguien inesperado salió de allí adentro.

Por supuesto, la reconoció de inmediato. La chaqueta azul claro, los jeans púrpura, y el cabello rubio con un mechón azul… era difícil confundirla.

—Sam —dijo, sorprendido.

Volvió la mirada a Luna. Sabía de los sentimientos ocultos que su hermana tenía para aquella muchacha. Sam por supuesto había visitado la casa en varias ocasiones, pero lo sorprendió muchísimo el verla allí en vista de las circunstancias. Hasta donde él sabía, ninguna de sus hermanas había estado reuniéndose con sus amigos desde que el proceso de duelo anticipado había comenzado. Sencillamente no se sentían con energías como para ver a alguien más. Sólo Lori seguía escapándose de vez en cuando para estar con Bobby.

—Hey, Lincoln —Dijo la chica, con ojos tristes y esa voz tan suave que la caracterizaba. Echó una rápida mirada a Luna y luego a Lincoln.

—Eh… Nosotras… —comenzó Lola.

—...estaremos en nuestra habitación —terminó Lana—. No nos hagas esperar mucho.

Las gemelas se pusieron de pie y corrieron hacia su habitación, dejando a las rockeras y a Lincoln a solas. Aprovechando que había un poco más de privacidad, Sam se acercó al hermano de su amiga y se agachó para estar un poco más a su altura.

—Lincoln, yo… Lamento… Quería decirte… —sacudió su cabeza de lado a lado, luciendo frustrada—. Mira, lo que quiero decir es…

Se preparó para recibir condolencias. Palabras vacías, como las que todo el mundo le había enviado a su teléfono cuando se hizo pública en la escuela su situación. Palabras de tristeza, palabras de esperanza, frases trilladas que no lo ayudaban en lo más mínimo y que no lo hacían sentir para nada mejor. No es que los culpara. Claramente hacían lo único que creían correcto, pero a veces, mientras leía los mensajes, le gustaría que fueran más honestos. Más reales.

—...es que eres un chico maravilloso —le dijo Sam, mirándolo intensamente—. Siempre fuiste gentil conmigo, y con lo mucho que Luna habla de ti, y el amor con el que siempre lo hace… Me basta para saber que eres increíble, y que todos los que te conocemos somos afortunados de tenerte en nuestras vidas.

Lincoln sintió su mandíbula cayendo y sus ojos abriéndose.

—Luna también me dice que tocas la guitarra. Eso es genial —comentó la chica con una pequeña sonrisa.

Había visto muchas sonrisas últimamente. De sus hermanas, de sus amigos. Había visto su propia sonrisa en el espejo. Grandes sonrisas de oreja a oreja. Y sin embargo, aquella pequeña sonrisa, ese minúsculo gesto de una comisura de labios levantándose… Era un pequeño destello de alegría dentro de la oscuridad de la tristeza.

—No soy… no soy tan bueno —respondió, bastante abrumado por esta conversación que nunca había siquiera esperado—. Pero una vez toqué el cello para la feria de familias.

Sam le sonrió una vez más.

—Me hubiera encantado estar allí. ¡Seguramente la rockeaste!

Lincoln no pudo evitar sonrojarse un poco ante los cumplidos. La chica rió suavemente, y tras mirarlo durante unos segundos, le dio un breve abrazo.

—Eres un chico muy cool, Lincoln. Y sobre todo eres amable. Que nunca se te olvide.

Antes de irse, le sacudió un poco el cabello.

—Te queda lindo.

Sam caminó hacia Luna, quien estaba sonriendo, pero claramente conteniendo las ganas de llorar. Su amiga puso una mano sobre su hombro derecho, y las dos caminaron de nuevo dentro de la habitación, probablemente a calmarse y luego continuar tocando. Lincoln decidió dejarlas solas. Luna se merecía poder estar con una de sus mejores amigas y la chica que había conquistado su corazón.

Se dirigió entonces hacia la habitación de las gemelas. pasando por delante de la puerta de la habitación de Lucy y Lynn. No oyó nada.

Las gemelas ya habían preparado la mesa redonda de té. Había una silla libre en el lugar donde Lola solía sentarse, junto al cual Lana estaba sentada. El resto de los asientos estaban ocupados por los peluches de Lola y por Hops, invitado de honor. Lola estaba de pie junto a la silla libre, y esperaba con una sonrisa a que Lincoln se sentara. No queriendo decepcionarla, Lincoln ocupó su lugar en la mesa. Para su sorpresa, Lola se apresuró a ir a su cocina de juguete, de donde tomó la tetera y la colocó en una bandeja.

— ¿Quiere té, Príncipe Linkington? —Ofreció.

Lincoln la miró durante varios segundos.

— ¿No quieres sentarte y que yo te sirva té? —Preguntó.

— ¡Claro que no! —Se quejó Lola, mirándolo enfadada— ¡Tú eres el anfitrión de esta fiesta! ¡Ahora dame tu taza!

El "anfitrión" se apresuró a levantar su taza, temiendo que Lola le clavara un tenedor de plástico en la garganta si volvía a sugerir algo tan evidentemente fuera de discusión. El rostro enfadado de Lola rápidamente se transformó en una sonrisa mientras hacía el ruido del té imaginario cayendo dentro de la taza vacía. Hizo su ronda, sirviendo té a todos los invitados.

—Muy bien, Príncipe, ¿de qué quieres hablar? —Preguntó Lana, bebiendo un sorbo de té imaginario y eructando al terminar.

Lola apretó los labios y entrecerró los ojos.

—Me gustaría saber dónde están todas nuestras hermanas —dijo, levantando lentamente la copa hasta su boca, fingiendo beber un poco y luego secándose los labios con una servilleta.

—Están ocupadas haciendo cosas —respondió Lola, apresurándose a recargar la taza de Lincoln—. Luna está a cargo de cuidarnos.

— ¿Qué cosas?

—No sabemos, no preguntamos —respondieron las gemelas al mismo tiempo, sin mirar a su hermano.

Las gemelas solían hablar al mismo tiempo. Era uno de sus talentos, pero esta vez la coordinación había sido demasiado perfecta. Demasiado.

—Por cierto, ¿a dónde fueron esta tarde? —Les preguntó, y las vio ponerse tensas y rígidas apenas terminó de preguntarles— Ni siquiera se despidieron, y me dejaron solo con Ronnie Anne y Clyde.

Lola hizo una nueva ronda llenando tazas de té antes de responder.

—No queríamos molestarlos…

—Sí, estabas muy contento con tu novia —enfatizó Lana, en voz baja—. No queríamos distraerte.

—Chicas, por favor, ustedes son mis hermanas. ¡Saben que siempre tendré tiempo para ustedes! —Les respondió, sacudiendo la cabeza, incrédulo—. Pero no importa. ¿A dónde fueron, de todas formas?

Hasta Hops pareció sentir la tensión en el aire tras la pregunta de Lincoln, croando para romper el silencio.

— ¿Alguien quiere emparedados? —Preguntó Lola, yendo hacia otra mesa donde tenía pequeños sándwiches preparados— Estos son reales.

Comenzó a repartir los aperitivos, y Lana en seguida se apresuró a felicitarla por sus habilidades culinarias. Lincoln suspiró, pero una sonrisa se plantó en su rostro.

Las dejaría salirse con la suya en esta oportunidad.


El resto de sus hermanas volvieron a la casa en distintos horarios. Lynn fue la primera en volver, pocos minutos después de que la fiesta de té de Lola hubiera comenzado. Lucy y Luan fueron las siguientes, seguidas por Leni y Lori. Todas se acercaron a saludarlo, pero ninguna aceptó la invitación de unirse a la fiesta de té, diciendo que tenían otras cosas que hacer. Las gemelas tampoco dejaron que Lincoln se levantara de la mesa ni siquiera para ir al baño. Oyó mucho movimiento en el pasillo, y Luna y Sam se mudaron al garaje para practicar, pero nadie le dejó saber qué es lo que estaba sucediendo.

Lincoln disfrutó la larga fiesta de té en la cual Lana y Lola lo trataron como si realmente fuera miembro de la realeza, asegurándose de que tuviera todas las comodidades y que nada le faltase. Lo dejaron hablar de cómics, haciéndole preguntas sobre Ace Savvy y mirándolo con religiosa atención y admiración mientras explicaba el arco argumental de Crisis en los Mazos Infinitos.

Cuando finalmente terminó, fue a la habitación de Luan. Allí hablaron un poco antes de continuar grabando el proyecto secreto con el que su hermana mayor lo ayudaba. Lori casi entró a la habitación en un momento, y los dos se asustaron, porque realmente no querían que nadie se enterara de lo que estaban preparando. No todavía, al menos.

La hora de la cena llegó increíblemente rápido, y una vez más, todos comieron en la mesa grande. La gran diferencia fue que, siendo tan tarde, Lynn Sr y Rita invitaron a Sam a quedarse. La presencia de una invitada tan especial —todas las hermanas y Lincoln sabían de los sentimientos de Luna— ayudó a mantener un ambiente ameno, con conversaciones y charlas divertidas.

Lincoln disfrutó cada segundo de esa cena porque, por un momento, mientras todos reían y comían la lasagna de Lynn Sr, realmente se sintió como una cena familiar más, y no como si fuera la última.

Tras cenar y cambiarse a su ropa de dormir, Lincoln entró a su habitación, tomó la llave que sus padres le habían conseguido y cerró su puerta. Había dejado de hacerlo luego de que Lucy y las gemelas se enteraron de su situación. No quería negarles la entrada si es que querían estar con él, pero en aquel momento, tenía algo que hacer.

Tomó unos papeles doblados que había ocultado detrás de su cama y los extendió.

Su calendario y su lista de objetivos. La Operación Despedida. Lo primero que hizo fue tomar su calendario y, dado que ya había pasado la hora de la cena, decidió tachar un nuevo día. Adiós al Martes. Miércoles, Jueves, Viernes y Sábado eran los casilleros blancos que le quedaban. La próxima semana, la semana de casilleros rojos, estaba cada vez más cerca. Y ni siquiera era seguro que llegase hasta ahí.

En cuanto sintió un escalofrío recorrer su espalda y sus piernas temblaron, cerró el calendario y lo tiró debajo de su cama. Abrió en cambio su lista de objetivos, pues tenía algunas cosas que marcar. Marcó los casilleros de "Besar a Ronnie Anne una vez más", "Jugar una última vez online junto a Clyde", "Tener una fiesta de té con Lola" y la casilla de "Solucionar las cosas entre Ronnie Anne y Lynn", que había sido agregada tras aquel día en que las dos chicas tuvieron una fuerte pelea. Se puso contento no sólo al ver la gran cantidad de objetivos que había cumplido en un día, sino el hecho de que el último se había solucionado sin su intervención.

Ronnie Anne y Lynn, ahora amigas.

Lynn…

Revisó su lista. Había algunos objetivos que había estado agregando desde aquel primer borrador que hizo una noche. Era fácil ver cuáles eran los nuevos, pues los originales estaban escritos en bolígrafo azul, y todos los nuevos en bolígrafo negro, porque había perdido el azul. Había varios objetivos que había agregado tras charlas con sus hermanas, y mientras miraba la lista, se detuvo en algunos de los que habían aparecido tras hablar con Lynn el viernes, luego de que ella escapara del colegio y huyera a su clase de karate.

Suspirando, guardó la lista de objetivos bajo la cama y salió decidido. Fue directo hacia la habitación del medio del pasillo y golpeó con suavidad.

Adelante —dijo la voz cansada de Lynn. ¿Estaría ya acostada para dormir?

Abrió la puerta y entró. Lucy no estaba a la vista, pero su hermana mayor se hallaba acostada transversalmente en su cama, con la cola de caballo colgando por el borde, la cadera y la piernas apoyadas contra la pared formando una L con su cuerpo, y lanzando una pelota de béisbol hacia el techo. Vestía aquel jersey que solía usar como camisón para dormir, con sólo eso por encima de su ropa interior, dejando sus piernas al descubierto sin importarle la ventana abierta por la cual entraba un frío viento.

Lynn atrapó la bola e inclinó hacia atrás la cabeza, encontrándose con su hermano menor.

— ¡Lincoln! —Dijo, rodando hacia atrás y cayendo de pie en el suelo de su habitación. Dejó a un lado su pelota y se acercó a él. — ¿Qué hay, hermano?

— ¿Todo en orden? —Preguntó él.

—...supongo —respondió, sin sonar realmente convencida, y Lincoln supo que era una estúpida pregunta. Claramente no estaba bien.

— ¿Tienes un segundo? Se me ocurrió una idea —le dijo con una sonrisa que, sorpresivamente, no tuvo que fingir.

La tristeza y otras emociones bajas creaban una atmósfera que, como un torbellino, arrastraba a todos a su alrededor en un espiral sin fin de negatividad, pero de la misma forma, una radiante y sincera sonrisa podía expandirse como el fuego en un pastizal. Lynn se contagió de la sonrisa de Lincoln y asintió enérgicamente, su cola de caballo rebotando detrás de su cabeza. Lincoln la tomó por el brazo, encima de su codo izquierdo, y gentilmente la llevó hacia el escritorio de Lucy. La hizo sentar en la silla sin respaldo y movió los libros, plumas y tinteros de su hermanita gótica para que no hubiera nada entre Lynn y el espejo.

—Uh, ¿Lincoln? —Dijo ella, mirándolo a través del reflejo.

— ¿Recuerdas lo que hablamos el otro día?

Lynn tomó aire y suspiró. Sus hombros decayeron, y su mirada bajó. No necesitó preguntar a qué día se refería, y de hecho no hizo ningún comentario. Se quedó en silencio esperando a que su hermano continuara.

—Me gustó poder hablar contigo así. Creí que te conocía mejor que nadie… y lo sigo creyendo —agregó, y Lynn sonrió un poco—, pero aún así había mucho de lo que no tenía ni idea acerca de ti. Como todas las cosas que me dijiste sobre… bueno… pues sobre cómo te ves a ti misma.

Lincoln lo recordaba a la perfección. Él le había pedido que le hablara de ella, sólo para matar el tiempo, y Lynn no se guardó nada. Le habló de sus miedos, de sus hobbies secretos, de lo que le encantaría aprender a hacer. Le había dicho que le encantaría saber cocinar. Que estaba interesada en aprender a pintarse las uñas. Que le gustaba Francisco, un chico que conocía por jugar al béisbol y que iba a su clase de tenis. Y también le había dicho que no se atrevía a hablar con él porque no se sentía lo suficientemente bonita. Le había mandado una carta anónima, sí, pero jamás se había atrevido a confesarle sus sentimientos cara a cara. Ella le había dicho que nadie se fijaba en ella porque no era lo suficientemente bonita, ni lo suficientemente aniñada.

—Lynn, yo creo que eres hermosa —le dijo sencillamente, como si no fuera la gran cosa.

Lynn rió y le dedicó una media sonrisa.

—Lo digo en serio —se defendió Lincoln, apoyando sus manos sobre los hombros de Lynn, sentada delante de él.

—Te creo, pero eres mi hermano —le dijo, poniendo una mano sobre la de Lincoln y acariciándola distraídamente—, para ti todas somos hermosas.

—Sí, pero también puedo apreciar si una chica es bonita o no. Y yo creo que eres bonita. Mírate al espejo, vamos.

Lynn le alzó una ceja, pero accedió al pedido de su hermano. Se miró al espejo y dedicó varios segundos a apreciar su rostro y cuerpo.

—No veo lo bonito —susurró, apenas lo suficientemente fuerte como para que Lincoln oyera. Él apretó suavemente los hombros de su hermana.

—Para empezar, creo que tienes unos bonitos ojos avellana —le dijo, mirándola a través del espejo—. Siempre me pareció que tú y Luan tienen los ojos más bonitos de la casa.

—Las gemelas tienen ojos azules —comentó Lynn, con la sombra de una sonrisa empezando a aparecer en su rostro.

—Sí, y son muy lindos también, pero tus ojos no son menos. Y además tienes pecas. A todo el mundo le gustan las pecas, sólo los más atractivos seres humanos las tienen—dijo Lincoln, sacando pecho y mostrando orgulloso su propio rostro.

Lynn rió e hizo rodar sus ojos, dedicándole luego una mirada divertida.

—Sin mencionar que tienes las mejillas más apretables de la casa —agregó, llevando sus manos a los cachetes de Lynn y apretándolos juguetonamente.

— ¡Basta! ¡Lincoln! ¡Detente! —Se quejó su hermana, sacudiendo la cabeza para alejarse de las manos de su hermano.

Lincoln no mentía con respecto a las mejillas de Lynn. Por algún motivo, ella siempre había tenido mejillas tiernas y redondas, y todos en la familia las encontraban adorables. Siempre que podían las pellizcaban o apretaban con un dedo, diciéndole lo tierna que se veía. Esto por supuesto hacía enfadar y sonrojar a la pequeña deportista que, con el rostro rojo de la vergüenza, usualmente gritaba obscenidades, defendía su honor diciendo que no era tierna, y perseguía a quien la hubiera ofendido, buscando darle una paliza. Siempre se mostraba enojada, pero Lincoln sabía que en el fondo le gustaban esas muestras de cariño.

Lynn finalmente lo detuvo al tomarlo por las muñecas y separando sus manos de sus mejillas.

— ¡No hagas eso! —Se quejó, hinchando las mejillas en su enfado, lo cual sólo la hizo ver más adorable.

— ¿Ves? —Le dijo Lincoln, señalando el espejo nuevamente— Te ves linda.

—Claro que no.

—Pues yo creo que sí.

—Pues estás loco.

—Yo confío en el instinto femenino de todas ustedes, ¿por qué tú no confías en mi instinto masculino?

—Porque tú no eres como todos los chicos. Eres mejor —se apresuró a aclarar—, definitivamente mejor que todos. Pero yo sé que el resto de los chicos no se fijan en mí.

Todavía lo tenía tomado de las muñecas, las cuales apretó un poco más. Lincoln se inclinó un poco, su cabeza junto a la de su hermana.

—Estoy convencido de que eres bonita, sólo espera a que algún otro chico lo note.

Lynn bufó y volvió a rodar los ojos.

—Si vas a darme el sermón de "Tarde o temprano alguien va a notarte y quererte tal y como eres", agradezco la intención, pero…

—De hecho —la interrumpió—, creo que uno o dos cambios no te vendrían mal.

Lynn le dedicó una mirada asesina.

—No digo cambiar tu forma de ser o un cambio completo de look —se apresuró a aclarar—. Yo creo que eres bonita en este mismo momento, pero no todos los chicos son lo suficientemente afortunados como yo para ver tu rostro todos los días. Creo que un par de pequeños cambios serían suficientes como para hacerte destacar. Por ejemplo, ¿qué opinas de cambiar la cola de caballo?

Lynn soltó las muñecas de su hermano, tomó su cola de caballo y giró el cuerpo para verlo al rostro, horrorizada.

— ¡¿Estás loco?! ¡Es aerodinámica! ¡La necesito para jugar deportes!

—Lo entiendo, pero cuando no estás practicando deportes…

—Siempre estoy practicando deportes.

—…cuando no estés compitiendo, ¿por qué no soltar tu cabello?

Ella lo miró como si estuviera sugiriendo un pecado capital.

—Lincoln, yo no puedo tener el cabello suelto. Es molesto. Muy de niña, no como… como yo.

— ¿Me dejarías intentarlo? —Preguntó— Dame una oportunidad. Si no te gusta, no volveré a sugerirlo, pero no puedes descartarlo sin haberlo intentado, ¿no?

Lynn desvió la mirada. Una de sus manos acarició inconscientemente su cola de caballo mientras ella mordía sus labios y sus ojos se movían indecisos. Volteó a ver la ventana abierta de su habitación antes de ver a Lincoln. Una vez más, volvió a hinchar sus mejillas, mirándolo amenazadoramente.

Nadie puede enterarse, ¿oíste? —Le dijo en voz baja.

Soltó su cabello y se sentó mirando hacia el espejo, con la espalda derecha y las mejillas ruborizadas. Lincoln sonrió, y en un suave movimiento deshizo la cola de caballo de Lynn. El cabello de su hermana cayó libre hasta más allá de sus hombros, casi hasta la altura de su esternón. Tan acostumbrado a estar peinado en una coleta, su cabello no caía lacio ni parejo. Sin mencionar que Lynn no era de las que se preocupaban por usar múltiples productos en la ducha, por lo que no era el peinado más fácil de trabajar.

Lincoln tenía mucha experiencia ayudando a sus hermanas, especialmente Lola, con sus peinados. Buscó en los cajones de Lucy por un peine, y en seguida volvió a colocarse detrás de Lynn. Colocó el peine en la parte superior del cabello de Lynn, y lo deslizó suavemente hacia abajo. Incluso con su suavidad, los dientes del peine se engancharon con mechones de cabello, tirándolo y causándole cierto dolor a Lynn.

— ¡Lincoln!

—Lo siento, lo siento —le dijo, tratando de buscar la forma de hacerlo más cuidadosamente—. ¿Qué acondicionador usas?

—No tenemos aire condicionado, tonto.

—Wow. Esto llevará tiempo.

Y un largo tiempo llevó. Los primeros minutos los dedicó a desenredar el cabello de Lynn, deshaciendo todos los nudos que encontraba. Una vez que el peine podía pasar sin obstrucciones, Lincoln pudo relajarse y concentrarse en peinar con suavidad el largo cabello de su hermana. La diferencia al tacto era notable al compararlo con Leni o Lola, pero no iba a rendirse. Con años de experiencia bajo la manga, trató con delicadeza y cuidado la cabellera de su hermana, acariciándola con el peine y dejándolo cada vez más lacio.

Tan concentrado estuvo que sólo notó que algo andaba mal cuando Lynn movió su brazo para arrastrar el dorso de su mano por sus ojos, secándose las lágrimas. Se detuvo de inmediato.

— ¿Qué pasa?

Lynn no dijo nada. Con ambas manos frotando sus ojos, se tiró hacia atrás, apoyando su espalda en el pecho de Lincoln. Él tiró el peine al suelo y la abrazó por detrás, el peinado olvidado de pronto. Con un tembloroso suspiro, Lynn apretó sus manos a los brazos de Lincoln.

—Lo siento, yo… Ugh… Estoy… sensible.

Suspiró, hundiéndose aún más en el reconfortante abrazo de su hermano. Él la abrazó más fuerte, y arriesgándose a que ella dijera algo, le dio un beso en la sien. No recibió ninguna queja.

Temió que quizás Lynn se dejara llevar por la tristeza y comenzara a llorar. Él estaría allí para contenerla y tratar de ayudarla a sentirse al menos un poco mejor, pero realmente no tenía los ánimos ni las energías para lidiar con ello. Fue un alivio cuando Lynn cambió su respiración, tomando largas bocanadas de aire y soplándolo lentamente. En tan solo unos minutos, se había relajado, y ahora se la notaba más tranquila. Había logrado apaciguar su llanto antes de que la dominara por completo.

— ¿Lincoln?

— ¿Sí?

— ¿En serio crees que soy bonita?

Lincoln sonrió.

—Por supuesto, tonta —le dijo, separándose ligeramente del abrazo.

Tomó su cabello, ya peinado, y lo acomodó un poco para que ella pudiera apreciarlo en el espejo. Caía lacio sobre su espalda, con tan sólo unas pequeñas ondulaciones donde la cola de caballo solía apretarlo y por donde Lincoln la había abrazado. Él había colocado unos mechones para que cayeran encima de sus hombros, y Lynn giró ligeramente su cabeza para verse desde todos los ángulos.

—Un peinado así enmarca mejor tu rostro —le explicó Lincoln—. Si llegas a la escuela con este peinado, todo el mundo va a voltear a verte, y van a estar obligados a volver a prestar atención a tu rostro. Lo que necesitas ahora es hacer que tus ojos resalten. Con un poco de delineador fino en el párpado de arriba, la mirada de las personas va a desviarse a tus ojos, y ahí los conquistarás. Créeme, Francisco no va a poder resistirte.

Ella se sonrojó, y continuó mirándose. Sus piernas se balanceaban hacia atrás y adelante en la silla, y la sonrisa en su rostro era tan honesta y feliz que disimulaba sus ojos rojos y las mejillas brillosas por las lágrimas que habían caído apenas unos minutos atrás. Lincoln nunca había visto a Lynn así, pero conocía a Lola y Leni lo suficiente como para saber que, en aquel momento, su hermana deportista se sentía coqueta.

—Con razón Lola te tiene como preparador. Si lograste cambiarme a mí para que me vea bien, debes hacer maravillas con ella—dijo con suavidad.

—No te cambié. Sigues siendo tú; sólo te sugiero un peinado para destacar la belleza que ya tienes.

—Supongo que puedo intentarlo… Cuando no esté jugando, claro está. Mi cola de caballo no sólo evita que mi cabello moleste mi visión; es también de buena suerte.

Lincoln la miró con curiosidad. Nunca antes lo había preguntado, y supuso que ya no había motivo para quedarse con la duda. Si no lo preguntaba ahora, ¿cuándo lo haría?

—Con todo lo que entrenas y lo genial que eres, todavía me cuesta creer que le des tanta importancia a la suerte —le comentó con honestidad.

Lynn lo miró por encima de su hombro y le alzó una ceja.

—La suerte siempre ha sido importantísima en el deporte. Por algo existe el término "la suerte del campeón". Puedo ser la mejor jugadora del partido, pasarme a cuatro rivales y patear al arco. Pero si le pego al balón un centímetro por arriba de donde debería, el disparo puede ir a cualquier lado. O el campo de juego podría tener un pequeño pozo y el balón rebota de forma extraña. O un tiro de basketball puede rodar por el aro, y es la corriente de aire del estadio la que decide si cae dentro o fuera.

Mientras ella continuaba explicándole que el deporte estaba lleno de muchísimos momentos aleatorios que podían cambiar e influenciar el resultado, él no pudo evitar sonreír para sus adentros al ver la pasión con la que ella defendía sus creencias. El deporte no era lo único que definía a su hermana mayor, pero era claramente su actividad favorita en el mundo, y le traía felicidad a su corazón ver que incluso entre tanta tristeza, hablar de ello alcanzaba para hacerla sonreír y olvidarse de todo por unos minutos al menos.

—Por supuesto que el trabajo duro es importante. Cuando entré los Turkey Jurkey's yo era la única buena jugadora, y perdimos el primer campeonato, pero las entrené durante el resto de la temporada, y ganamos el torneo siguiente. Finalmente pude completar mi FLIBBR —dijo con alegría—. Pero sí, la suerte también cuenta. Y vamos, no me mires así, no puedes culparme por ser supersticiosa. Hace seis años que comparto habitación con Lucy. Con todo lo que he visto, estoy más que dispuesta a hacer rituales para alejar las malas energías.

Lincoln alzó las cejas impresionado. Nunca se le había ocurrido que la naturaleza supersticiosa de Lynn estuviera relacionada con su compañera de cuarto.

—Hablando de Lucy… ¿dónde está ella? —Pregunt, volviendo a mirar al resto de la habitación vacía. ¿Acaso estaría dentro de su ataúd, debajo de la cama?

Lynn volteó en la silla, y su rostro se entristeció nuevamente. Con su mano izquierda señaló a la ventana abierta.

—Subió al techo —le explicó con pesadumbre—. No sé qué fue a hacer. Estuve tratando de hablar con ella, pero no me deja.

Lincoln miró hacia la ventana. El aire entraba muy frío.

—Lincoln… Ve con ella.

El chico miró a su hermana. No sonaba del todo convencida de sus propias palabras, y él tan sólo pudo imaginar lo mucho que ella realmente deseaba que se quedara allí. Sus ojos debieron haber reflejado su preocupación, pues ella en seguida fingió una sonrisa y lo golpeó en el brazo.

—No me mires así —dijo—. Estoy preocupado por ella. Por primera vez no sé cómo ayudarla. Te necesita.

Lincoln suspiró. Permanecieron en silencio por algunos segundos, hasta que él tomó su decisión. Si bien no estaba precisamente eufórica, por lo menos ya había ayudado a Lynn un poco. Si podía ayudar a otra hermana más, bienvenido sea.

—Continuaremos con tu maquillaje mañana —le advirtió, mirándola con una sonrisa.

Lynn dejó escapar una risita y levantó el puño para golpearlo. Él cerró los ojos, preparándose para el impacto, pero en su lugar la sintió ponerse de pie, y Lincoln cayó presa de un abrazo de oso que duró un segundo. Iba a decirle lo mucho que la quería en cuanto lo soltó, pero Lynn fue más rápida y le dio dos golpes en el hombro.

Dejó escapar un quejido de dolor y la miró con sorpesa, confusión, y sintiéndose traicionado.

—Dos por moverte —dijo ella con una sonrisa, encogiéndose de hombros y caminando hacia su cama.

Lincoln quedó allí de pie, sin saber qué decir. Fue hacia la ventana, preparado para subir al techo. Mientras subía al pequeño mueble y ponía un pie sobre la cornisa exterior, sonrió. Le pidió al cielo que Lynn nunca cambiase.

Su felicidad no duró mucho cuando el viento frío de la noche lo golpeó de lleno. Todo su cuerpo tembló, y se agarró al marco de la ventana con fuerza. ¿Cómo podía Lucy estar allí afuera soportando este frío? Sacudió la cabeza y decidió acabar con esto cuanto antes. Subir desde la cornisa de la ventana hacia el techo no era tarea fácil. La mayoría de las personas lo considerarían peligroso, impráctico y hasta suicida, pero en una casa tan grande donde la privacidad era imposible de conseguir, los niños habían aprendido a escapar hacia el techo de vez en cuando.

Haciendo uso de una agilidad que nunca había demostrado en las clases de educación física en la escuela, Lincoln no tardó en llegar al techo de pizarra. Sus manos y pies descalzos se resintieron al tocar la fría superficie, pero no le importó. Levantó la cabeza, y en seguida vio a la figura de Lucy.

Su hermanita estaba hecha una bola, sentada mirando al cielo, vistiendo sus pantalones y remera de dormir, abrazando sus rodillas contra su pecho. Temblaba ligeramente.

—Lucy, ¿qué haces aquí arriba? —Le preguntó, acercándose a ella— Vas a congelarte.

Su hermana no respondió. Ni siquiera volteó a verlo. Continuó con la cabeza ligeramente levantada, mirando por encima del árbol del patio trasero. Una nueva brisa sopló, y ambos niños temblaron. Lincoln se sentó junto a su hermanita.

Una vez, él y Clyde habían decidido probar suerte con un negocio llamado "el Gurú de Niñas". Él, Lincoln Loud, se promocionó como un experto en mujeres, tratando de darle consejos a sus compañeros de clase sobre cómo interactuar con chicas para enamorarlas. Su plan había fallado miserablemente al no tener en cuenta que no todas las niñas son iguales, y que todas se comportan de forma distinta. En retrospectiva, Lincoln debería haber notado la gigantesca falla en su plan, pues él sabía al cien por ciento que no todas las niñas eran iguales. Lo sabía de primera mano, pues convivía con diez hermanas muy diferentes una de otra.

Lo que servía para una no servía para todas. Algunas de sus hermanas necesitaban hablar. Otras necesitaban cariño físico. Lucy, su pequeña hermanita gótica, necesitaba tiempo. Silencio. Espacio para pensar, para sentir. No había mucho que podía hacer para ayudarla más que estar allí para ella. Y eso hizo. Permaneció sentado junto a ella, decidido a esperar todo lo que fuera necesario. El frío le hacía temblar la mandíbula, pero no se quejó. Por Lucy, soportaría ese frío y mucho más.

Ninguno de los dos habló por un buen rato. Lucy miraba las espesas nubes que cubrían el cielo, teñidas de tonos anaranjados por las luces de la ciudad debajo de ellas. Lincoln sólo la miraba a ella. Nada más le importaba en el mundo en aquel momento.

Tras lo que se sintió como media hora, la suave voz de la niña rompió el silencio de la noche.

—Estoy esperando una estrella fugaz —dijo, sencillamente.

Lincoln parpadeó, sorprendido. Levantó la vista al cielo.

—Está nublado —comentó, señalando lo obvio.

—El viento mueve las nubes. Cada tanto se puede ver un trozo de cielo —comentó, apretando sus rodillas contra su pecho aún más fuerte—. Si… si tengo suerte, quizás pueda ver una estrella fugaz.

Lincoln mordió el interior de sus labios. Estaba comenzando a entender lo que sucedía. Su mano derecha subió a rascar su cabeza, pensando en qué decir. Por mucho que conociera a su hermana, era difícil encontrar las palabras adecuadas para ella. Cambiar de tema no parecía ser la mejor forma de proceder. No podía distraerla con banalidades. Tampoco tenía las palabras adecuadas. Estaba, honestamente, perdido, sin saber qué hacer.

Fue entonces cuando su ojo captó algo en el cielo, y la respuesta se presentó ante él.

—Lucy, mira —la apremió, señalando enérgicamente el cielo—. Una estrella fugaz.

Ella se sentó rápidamente, girando la cabeza hacia donde su hermano señalaba. Abrió su boca emocionada, sólo para cerrarla inmediatamente y dejar caer sus hombros, decepcionada.

—Es un avión —dijo con tristeza.

Los dos miraron mientras la pequeña luz blanca titilaba mientras cruzaba el cielo lejano.

—A mí me parece una estrella fugaz —dijo él, sonriéndole cálidamente en la fría noche—. ¿Por qué no le pides un deseo?

Lucy agachó la cabeza. No se dignó a responderle a su hermano, y por un momento él se preguntó si quizás no habría herido sus sentimientos.

— ¿No vas a pedirle nada?

—Tú sabes lo que quiero pedir —dijo en un susurro, enterrando su cabeza entre sus rodillas—, y no quiero hacerlo en broma.

Sí, definitivamente había herido sus sentimientos. La idea sonaba mejor en su cabeza. Se acercó un poco más hacia su lado, hasta que sus hombros se tocaron, y la rodeó con un brazo. De inmediato, Lucy movió su cabeza para apoyarla contra él.

—Yo voy a pretender que es una estrella fugaz de verdad —dijo Lincoln, con la cabeza alzada; cerró los ojos por unos segundos, y los volvió a abrir con una sonrisa—. Listo. ¿Sabes qué pedí?

Un auto cruzó la calle, el sonido de su motor rompiendo la monotonía de la silenciosa noche.

—Le pedí que mis hermanas nunca olviden que las amo —explicó, acercando a Lucy contra sí—. Y que… y que cada vez que me extrañen, ellas recuerden que no me gusta verlas tristes. Y que sepan que incluso si no lo sienten, voy a estar ahí abrazándolas cuando lo necesiten.

Podría haber seguido. Tenía muchas cosas que realmente desearía, y podría enumerarlas todas de corazón sin titubear. Lo habría hecho si Lucy lo hubiera necesitado, pero cuando su hermanita se subió a su regazo, rodeó su pecho con sus brazos y enterró su rostro en su pijama, Lincoln decidió que ya había sido suficiente.

La contuvo como pudo, acariciando su espalda, su cabello, y susurrándole palabras bonitas al oído mientras ella se descargaba. El avión desapareció detrás de las siluetas de los edificios de la ciudad, y con las nubes ocultando las estrellas y la Luna, no hubo astro en el cielo que acompañara a los dos niños en el tejado. Fue como si la misma naturaleza entendiera que aquel momento era sólo de ellos.

Permanecieron juntos durante un largo rato, hasta que Lucy estornudó. Lincoln colocó una mano sobre el brazo descubierto de su hermana.

—Estás helada —le dijo—. Si seguimos aquí vas a resfriarte. Vamos adentro, ¿está bien?

Notó la resistencia de su hermanita, quien se aferró aún más fuerte a su cuerpo.

—Necesitas calentarte. ¿Por qué no duermes conmigo esta noche? —Sugirió, sonriendo cuando ella levantó la cabeza para verlo— Así estarás más cálida.

Para el ojo desentrenado, habría parecido que el rostro de Lucy no cambió en absoluto, pero Lincoln la conocía como la palma de su mano, y notó de inmediato la felicidad que inundó a su hermanita en cuanto oyó su sugerencia. Lucy se limitó a asentir suavemente, y los dos se pusieron de pie. Con cuidado de no resbalarse caminaron hacia el borde del tejado. Lincoln estaba a punto de bajar a la ventana cuando ella tiró de su manga.

— ¿Qué pasa?

—Sí sabes que no tienes que decir los deseos que pides a las estrellas fugaces, ¿no? —Preguntó, con una pizca de preocupación—. Si los dices, no se cumplen.

Lincoln se encogió de hombros y le dedicó una nueva sonrisa.

—Era un avión —dijo con sencillez—, quizás no dependa de las estrellas, sino de nosotros en hacer cumplir ese deseo.

La dejó pensando mientras maniobraba para bajar nuevamente hacia la ventana de la habitación de sus hermanas. Con cuidado, colocó un pie en el mueble, y en seguida cayó de pie sobre la alfombra. Lynn lo miraba sentada sobre su cama, jugando una vez más con su bola de la suerte.

Un minuto más tarde, la pequeña figura de Lucy se unió a ellos, cerrando la ventana tras de sí. Los tres suspiraron aliviados ahora que la corriente de aire fría había desaparecido.

—Vamos —le dijo Lucy a Lincoln, tomándolo por la muñeca y llevándolo hacia la puerta.

— ¿A dónde van? —Preguntó Lynn.

El chico y la gótica se detuvieron. Intercambiaron una mirada, y luego miraron a Lynn.

—Va a dormir conmigo esta noche —explicó Lincoln—, ¿está bien?

—Oh —dijo Lynn, fallando en atrapar la bola que había lanzado al aire—. Sí, eh, claro. Por supuesto. Buenas noches, entonces.

Se agachó a tomar la bola, y retomó su juego una vez más, evitando activamente mirar a sus dos hermanos menores. Lincoln sintió un nudo en el estómago al verla así. Se preguntó si Lynn estaría bien durmiendo sola en su habitación por esta noche. Sintió un poco de culpa, pero principalmente sintió el codazo que Lucy le propinó en las costillas. Volteó a ver a su hermanita con ganas de preguntarle qué rayos le pasaba, pero la seria mirada con la que se encontró silenció sus quejas. Tardó unos segundos en interpretarla, pero cuando lo hizo, no pudo reprimir una pequeña sonrisa.

—Oye, Lynn —la llamó.

Su hermana levantó la cabeza de inmediato.

— ¿Recuerdas cuando tú y Lucy tuvieron una pelea de pasta en esta habitación? —Le dijo— Esa noche tuvieron que mudarse conmigo. Estábamos un poco apretados, pero entrábamos en mi cama. ¿Qué dices?

La transición del rostro de Lynn de tristeza y resignación a felicidad extrema fue todo un espectáculo en sí mismo. Casi tan impresionante como lo que hizo luego, poniéndose de pie sobre su cama y dando un salto mortal hacia delante, cayendo de pie frente a sus dos hermanos.

— ¡Suena a un plan, hermano! —Le dijo, mientras rodeaba con los brazos su cuello y el de Lucy, acercándolos a un abrazo que ambos correspondieron.

Las cosas no estaban bien; la situación seguía siendo tan terrible como siempre. Pero tomando tan sólo aquel momento, aquel instante en donde sus dos hermanas más cercanas en edad lo tenían atrapado en un doble abrazo, Lincoln pudo sentirse tranquilo. Tranquilo porque podía vivir y disfrutar el momento, sin pensar en lo que se venía, sin pensar en nada que no fuera el inmenso amor que tenía para su familia, y el que recibía de ella de regreso.

La calma era realmente agradable.

Con altibajos, sí, pero definitivamente había sido un día muy positivo. Había completado varios objetivos de su lista, había… dejado preparado todo para que su abuelo supiera la verdad, había jugado con Clyde, consiguió una novia, y lo cerraba con un maravilloso momento junto a sus hermanas.

No podía pedir nada más.

Lynn se separó de ellos y los miró con una sonrisa.

—Ustedes vayan preparando todo. Yo voy a ir al baño a desagotarme —dijo entre risas, palmeando su estómago antes de salir disparada hacia el pasillo.

Lincoln y Lucy intercambiaron una mirada preocupada. Su lista de objetivos era muy larga, pero definitivamente no tenía ningún ítem reservado a recibir un horno danés.


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Vaya, ¿se les hizo largo? Espero que hayan podido disfrutarlo. Las hermanas, Lynn y Ronnie, los tres amigos jugando, Sue, Bernie, Pop-Pop, las gemelas, Sam, Lynn, Lucy… Mucho que contar. Esto es porque ya queda MUY poco. Y por "muy poco", me refiero a "no se dan una idea de lo cerca que estamos del fin".

Este capítulo está titulado "La calma". Hubo dos lugares donde metí el título como para justificar el nombre en relación a este capítulo, pero el hecho de que no haya tenido muchos momentos tristes tiene que ver con el siguiente capítulo. De nuevo, si este se llama "La Calma", seguramente se imaginarán cómo se llama el siguiente…

Quiero aprovechar para invitarlos a leer "Sombras de la noche", que es un collab de terror que tengo el honor de escribir junto a uno de los más talentosos escritores de este fandom y un gran amigo mío, Slash Torrance. El primer capítulo lo va a publicar Slash Torrance en cualquier momento, así que busquen su usuario y denle Follow si todavía no lo siguen, porque él va a publicarlo. Será una historia corta, de unos 6 caps. Estoy entusiasmado por este proyecto.

Por cierto, había prometido que iba a responder a todos los reviews, y creo que respondí los primeros 25, pero me dejé estar y ahora me quedaron otros 25 sin responder, lol. Es mucho. Así que nada, a partir de este voy a responder ni bien me lleguen los reviews así no se me acumulan. Promesa de explorador.

Eso es todo por hoy. Este año no va a haber capítulo de broma para el 1ero de Abril, así que no se preocupen. Espero poder traerles el siguiente cap cuanto antes, pero a estas alturas ustedes ya me conocen.

Saludos.