Este mismo día, dos años atrás, el primer capítulo de Réquiem por un Loud era publicado en este sitio. Una idea que tenía en mi cabeza durante algunas semanas, que planeé de inicio a fin, que dividí en capítulos, y que finalmente dije "Bueno, ahora a escribirla". Dos años. Impresionante. Gracias a todos por seguir esta historia.
Estos últimos meses fueron muy duros para mí. No sólo tuve que lidiar con el inicio de un nuevo año de universidad, con todo lo que eso trae, sino que poco después de la publicación del capítulo anterior tuve la mala suerte de perder a mi abuelo. Fue un golpe muy duro, y me tomó mucho tiempo poder volver a sentarme y siquiera pensar en trabajar en mis historias o mis dibujos. Ésta en particular, como se imaginarán. No he hecho casi nada en este tiempo debido a esa desmotivación. Si me han visto publicando dibujos, es más que nada porque mi pésima situación económica me llevó a abrir comisiones, pero hacer esos dibujos incluso me trajo problemas con la Universidad por no poder disponer correctamente de mi tiempo.
Finalmente, sin embargo, les traigo el capítulo 23. El importantísimo capítulo 23. Este capítulo es lo que Infinity War fue para el Universo Cinematográfico de Marvel, la culminación de dos años de trabajo, de una maravillosa travesía que me llevó a conocer gente espectacular, a hacer nuevos amigos, a redescubrirme a mí mismo como autor.
Si algún día se toman el trabajo de releer la historia sin esperar meses entre capítulo y capítulo, notarán que en casi todos (no en todos, pero en muchísimos) hay una referencia al clima. Al cielo, el Sol, las nubes… La injerencia del clima con respecto al estado de salud de Lincoln (el primer cap es un soleado domingo en el que todos van al parque a jugar al aire libre) siempre ha sido un subtexto que he trabajado, y aquí llegamos al gran final, la culminación de todo lo que he estado preparando desde hace ya tantos capítulos.
Con ustedes, damas y caballeros: La Tormenta – Parte I.
¿Por qué parte 1? Pues porque el capítulo completo (ya está escrito) es de 33K palabras, lo cual es demasiado incluso para mí. Había un punto del capítulo, sin embargo, que era perfecto para cortarlo y dejarlo en un cliffhanger. Esta es la primera parte. No se preocupen, sin embargo, la segunda parte ya está escrita y será publicada el viernes de la semana que viene.
Disclaimer: The Loud House no me pertenece, todo lo referente al show es propiedad de Viacom, Nickelodeon y sus respectivos dueños.
.
Capítulo 23:
La Tormenta.
Parte I.
.
Lincoln se despertó sabiendo que había tenido una pesadilla, pero sin poder recordarla. Lo supo incluso antes de abrir sus ojos, cuando su conciencia activó sus sentidos y la realidad cayó sobre él, haciéndolo sentir oprimido, atrapado, acorralado contra su cama. Trató de pensar en qué había soñado y el esfuerzo probó ser en vano, pues no eran imágenes lo que recordaba, sino sensaciones. Emociones. Sea lo que fuese que había soñado, de lo que sí podía estar completamente seguro es que lo había afectado de alguna forma, pues sentía su espalda transpirada, su pecho bajo presión y su respiración ligeramente acelerada.
Intentó abrir los ojos, pero las lagañas mantuvieron sus párpados cerrados. Sólo cuando levantó uno de sus brazos para frotar y limpiar sus ojos fue que sintió un peso sobre su codo, lo que lo hizo detenerse por un instante antes de que su mente se pusiera alerta y comprendiera lo que estaba sucediendo, sus alrededores, y el motivo por el que se sentía atrapado.
Una tibia sonrisa asomó en su rostro mientras volvía a bajar su brazo y un suspiro entrecortado se escabullía por entre sus labios. Estaba convencido de que había tenido una pesadilla, pero sus temores se desvanecieron como las gotas de rocío con los primeros rayos del sol de la mañana en cuanto fue consciente de que la presión en su pecho no era más que la frente de Lucy apoyada contra él, y que su espalda transpirada y el peso sobre sus brazos era producto de la determinación con la que una dormida Lynn lo abrazaba desde atrás, asegurándolo en su agarre protector como si no quisiera dejarlo mover.
Definitivamente estaba cumpliendo su objetivo si es que era ese, pero a Lincoln no le importó. Mantuvo sus ojos cerrados y no se movió, optando por permanecer en la comodidad del capullo de contención, cariño y seguridad en el que sus hermanas lo habían encerrado. Respiró un par de veces, sintiendo el aroma del cabello de Lucy, perdiéndose en él y en la seguridad con la que el brazo derecho de Lynn se cruzaba por sobre su cuerpo.
Durante la última semana, Lincoln había dormido junto a alguna de sus hermanas muchas más veces de las que recordaba haberlo hecho en los últimos años. Con Luan en el sofá, con Lynn, con Luna en la tienda en el patio trasero de la casa, con las gemelas, y ahora con Lucy y Lynn, de nuevo.
Recordó que la noche anterior, Lana y Lola se habían asomado a su habitación para desearle las buenas noches. En aquel momento le había parecido tierno que se acercaran para que él pudiera despedirlas con un beso en la frente y un gran abrazo, pero ahora que pensaba en ello… Probablemente habían ido a preguntarle si podían dormir con él de nuevo, pero no dijeron nada al ver a Lucy y Lynn ocupando todo el espacio que su pequeña cama podía proporcionarles. Tendría que invitarlas a dormir con él esta próxima noche, aunque ¿qué podía hacer si Lucy también pedía por una segunda noche durmiendo junto a su hermano? ¿Y si Luna se acercaba a decirle que realmente se sentía mal y que necesitaba tenerlo en sus brazos? ¿Y si era Luan la que ahora lo necesitaba? Todas lo necesitaban, pero no podía dividirse en diez. Debía distribuir su tiempo de forma más justa, pues en verdad amaba estar con todas ellas y quería aprovechar el poco tiempo que le quedaba para—
Finalmente sus ojos se abrieron sin necesidad de frotarlos. Se sentó, sin preocuparse porque su repentino movimiento moviera el colchón, sacudiendo a Lucy y separándose de Lynn. Toda la tranquilidad y seguridad que sentía se desvaneció junto con el color de su rostro. Sus manos subieron para frotar con fuerza no sólo sus ojos, sino toda su cara, sacudiendo sus mejillas y acabando en las raíces de su cabello, aferrándose a sus castaños mechones, amenazando con tirar dolorosamente de ellos.
Ya no tenía el brazo de su hermana recostado sobre su pecho, pero aún así se sentía asfixiado, como si un niño se encontrase sentado sobre él, impidiéndole respirar con normalidad. Debió separar sus labios y respirar por la boca para asegurarse de que suficiente aire entrara a sus pulmones. Su estómago se retorció por dentro. Estaba por vomitar.
Se desprendió de sus frazadas sin siquiera preocuparse por estar destapando a sus hermanas, quienes continuaban durmiendo con tranquilidad. Estiró una pierna por sobre Lynn y de un pequeño salto salió de la cama. Casi cayó al suelo cuando sus rodillas cedieron ante el peso de su cuerpo, pero logró sostenerse de su escritorio a último momento. Mareado, desorientado, abrió la puerta de su habitación y caminó rápidamente hacia el baño. Abrió la puerta todo lo que el herraje le permitía y entró al pequeño cuarto.
Su primer instinto fue el de tirarse de rodillas frente al inodoro, esperando a que fuese lo que fuese que había comido lo abandonara pronto para poder sentirse mejor. Cuando los minutos pasaron y nada sucedió, sin embargo, Lincoln comenzó a calmarse. El primer paso fue reclinarse contra la pared, sentado en el suelo, y levantar la mirada hacia el techo. Cerró sus ojos y respiró profundamente.
Concentrándose en su respiración, en el frío de los azulejos y los cerámicos del suelo y en controlar sus temblorosas manos, fue capaz de despejar su mente y calmarse de a poco. Tras unos pocos minutos, logró recuperar el control de su propio cuerpo. Frotó sus ojos para finalmente quitarse las molestas lagañas y se levantó con cuidado. Se dirigió hacia el espejo y, una vez frente a él, se dio una nueva mirada.
No podía mentir, le costaba ver su cabello con aquel color tan similar al de Lynn o Luna. Era extraño, ver su reflejo y sentir que alguien más le devolvía la mirada desde el cristal. Con cuidado elevó una mano para tocar su siempre rebelde mechón, examinándolo distraídamente.
Era extraño, sí, pero este era el cabello que debería haber visto en su reflejo durante toda su vida. Su cabello blanco lo había hecho especial, pero él no quería ser único y diferente. En aquellos momentos, habría dado todo por poder ser normal. Por preocuparse por lo que un niño normal debería de tener como prioridades.
Abrió la canilla y echó agua fría sobre su rostro antes de que su mente pudiera volver a divagar en aquellos pensamientos que trataba de evitar. Lavó su cara, tomando una toalla de la pared para secarse y volver a verse. Esta vez, su reflejo le devolvió una imagen que él sí pudo identificar y en la cual se reconoció.
Vio una hermosa máscara de pétreo y pulido mármol, un símil piel que recordaba a un niño de once años como cualquier otro, pero cuya palidez y exagerada estoicidad traicionaba su función. Con sus decaídos y opacos ojos como cráteres en la superficie, era posible ver debajo de tan engañosa fachada los primeros indicios de un niño asustado y confundido, de alguien escapando, corriendo acalambrado una carrera que se sabía perdida de antemano.
Él podía aceptar verse de esa forma, pero no estaba dispuesto a dejar que su familia, en especial sus hermanas, lo hicieran también. No, no iba a permitir que sus memorias de él estuvieran manchadas por el recuerdo de un niño asustado y confundido. Quería… No, necesitaba mostrarles algo más. Y sabía cómo lograrlo, pues Lincoln Loud siempre tenía un plan para todo.
Decidiendo que no valía la pena ducharse aún —todos en la casa estaban durmiendo y no quería despertarlos con el ruido del agua—, salió del baño y caminó rumbo a su habitación para poder vestirse e iniciar el día con el pie derecho. Comenzó a organizar su mañana mentalmente, tratando de llenar cada pequeño hueco libre en su agenda para estar siempre ocupado, pues cuando estaba ocupado, le era difícil detenerse a pensar como lo había hecho algunos minutos atrás en su cama.
Y mientras no pensase, estaría bien.
Su presunción de que todos en la casa estaban durmiendo fue probada errónea cuando unos susurros se escaparon por las rendijas de la puerta de la habitación de Lisa. Se detuvo frente a ella. Levantó su muñeca, y el reloj de Adrien le marcó que eran las seis y trece de la mañana. Así fuera que ella se hubiera levantado muy temprano o que aún no se hubiera acostado a dormir, lo cierto es que había perdido valiosas horas de sueño que una niña de cuatro años no debería de prescindir.
Lincoln se detuvo junto a la puerta y no necesitó reflexionar demasiado para saber que debía entrar y hablar con ella. Había estado buscando alguna excusa para hablar con Lisa. Su hermanita apenas si salía de su habitación, y Lincoln sólo podía reunirse con ella durante la mañana y la noche para sus controles diarios, cuando bebía su "remedio contra la gripe". Incluso aquellos momentos se habían vuelto más insípidos durante los últimos días. Al principio ella no sólo tomaba muestras de sangre y saliva, sino que le hacía preguntas acerca de cómo se sentía, su estado de salud, su ciclo de sueño…. Últimamente, sin embargo, sus visitas no eran diferentes de un chequeo médico de rutina. Y él odiaba todo lo que le recordaba a un hospital.
Mientras tomaba aire y se preparaba para entrar, agudizó su oído para poder escuchar lo que su hermanita susurraba, y se llevó una sorpresa al escuchar una voz mucho más adulta.
—...definitivos bajo ningún concepto, sólo podemos teorizar acerca de los posibles resultados. Necesito más tiempo, más prue...
— ¡No hay tiempo! —Respondió Lisa, su voz luchando por no elevarse— ¡Necesito respuestas hoy mismo!
—Doctora Loud, entiendo su predicamento, pero sería irresponsable de nuestra parte administrar sueros experimentales sin las regulaciones necesarias. Mi reputación podría quedar manchada, la Junta podría quitarme mi licencia, las consecuencias son demasiado…
— ¡Tu reputación es obra mía, Cameron! —Estalló Lisa, volviendo a interrumpir a quien fuera que estuviera hablando con ella— ¡Fueron mis conjeturas y cálculos los que resolvieron tu investigación! ¿Cómo crees que la comunidad científica reaccionaría si yo publicara mis estudios y nuestras conversaciones? ¡Tus miedos están puestos en el lugar equivocado si es que temes a la Junta y no a mí!
Lincoln, repentinamente nervioso, apoyó una mano sobre el picaporte para tratar de girarlo con sigilo y entrar a escondidas a la habitación de sus hermanas más pequeñas. En cuanto sus dedos hicieron contacto con el frío metal, una luz roja se encendió junto a la cerradura y un pequeño pitido digital sonó dentro de la recámara.
El muchacho maldijo para sus adentros cuando Lisa se calló de repente. Ya descubierto, trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.
—Nuestra conferencia deberá terminar aquí, Doctor Cameron —dijo, su voz más controlada en esta oportunidad—. Tiene una hora para enviarme la fórmula.
—Le ruego que reconsidere sus…
—Una hora, Doctor.
Una breve pausa precedió a un suspiro derrotado.
—Muy bien. Quizás cuestione sus métodos, doctora, pero mi corazón está en su causa. Le enviaré mis avances de inmediato. Buena suerte con su…
—Una hora —repitió, y el sonido de una pantalla apagándose fue lo último que Lincoln consiguió oír.
Unos segundos más tarde, la luz de la cerradura se volvió verde, y la puerta se abrió para dejar ver a la pequeña Lisa Loud, vestida con su bata de laboratorio blanca, de pie frente a su hermano, con una expresión neutral y desinteresada en su rostro.
—Buenos días, hermano mayor. Observo que tus ciclos de sueño han sido interrumpidos temprano en esta mañana. Quizás resulte apropiado tomar esta oportunidad para realizar tus controles matutinos sin la intervención del resto de nuestras unidades familiares.
—Lisa, ¿has dormido algo? —Preguntó Lincoln, agachándose para estar a su altura.
—Lo suficiente —respondió ella, tomándolo de la muñeca y arrastrándolo dentro de su habitación.
El muchacho entró obligado a la oscura habitación, tratando de que sus pies no hicieran ruido en la alfombra para no despertar a Lily. Mientras Lisa lo arrastraba hacia el banquito donde solía hacer sus pruebas, él echó una mirada a la cuna para asegurarse de que su hermanita bebé estuviera durmiendo, cambiada, abrigada y con un pañal limpio. Después de aquella oportunidad donde él le recriminó a Lisa el haber dejado de lado sus obligaciones como hermana mayor, no había vuelto a haber problema alguno con Lily.
Lisa lo acompañó hasta su escritorio y lo obligó a sentarse. Encendió una lámpara de mesa que iluminó aquel sector de la habitación y abrió unos cajones, extrayendo los materiales que solía utilizar durante los controles diarios que le hacía a su hermano.
—Lisa, dime la verdad, ¿cuánto dormiste esta noche? —Inquirió él.
—Como te dije, lo suficiente para que mi cuerpo pueda continuar operando funcionalmente con ayuda de complementos vitamínicos especializados.
— ¿Y qué significa eso?
—Significa que tus preocupaciones carecen de bases sobre las cuales sostenerse, hermano —respondió Lisa, conectando electrodos a una máquina cuya función Lincoln desconocía—. Mi estado de salud no es relevante en este escenario, pero incluso adhiriendo a la teoría de que sí lo fuera, tu consciencia puede descansar tranquila sabiendo que mis hábitos no ocasionarán consecuencias permanentes en mi biología. Ahora, remueve tu prenda de dormir superior para poder iniciar las pruebas.
No pasó por alto la extrema formalidad con la que Lisa hablaba. Sí, solía usar palabras complicadas, pero en esta ocasión parecía incluso más desapegada de lo que normalmente se encontraba. Conociendo el procedimiento, Lincoln desabrochó su pijama naranja y lo dejó caer al suelo, frunciendo el ceño mientras lo hacía.
— ¿Permanentes? ¿O sea que…? ¡Aaah, frío! —Se quejó cuando su hermana colocó el líquido que ayudaba a adherir los electrodos a su pecho— ¿O sea que sí estás descuidando tu salud?
Lisa no respondió. Una vez que todos los electrodos estuvieron conectados, ella se dirigió a la computadora y comenzó a presionar distintos botones. Tomó también un pequeño casco con más cables conectados a él y lo colocó sobre la cabeza de Lincoln. Notando la obstinación con la que su hermanita se negaba a hablar, decidió dejar de lado las sutilezas.
—Lisa, escucha yo… Aprecio lo que estás haciendo. En verdad lo hago. Tú lo sabes.
Su hermana no pasó por alto su tono, y lentamente volteó a verlo. Él aprovechó el haber captado su atención para estirar un brazo y colocarlo sobre uno de sus pequeños hombros.
—No me permito pensar en esto porque… pues porque no quiero ilusionarme. Pero lo aprecio mucho, y te estoy agradecido.
—N-no hay por qué —dijo ella, su cabeza inclinándose hacia abajo, como si estuviera avergonzada—, sólo estoy haciendo lo que debería haber…
—Aún así, no quiero que te sobreexijas —la interrumpió—. No quiero que te sientas obligada a hacer nada de esto. Y… y si no lo lograses, no sería tu…
— ¡Voy a lograrlo! —Le dijo, levantando su voz y su cabeza, mirándolo con una mezcla de furia y dolor, como si se sintiera ofendida por su comentario— ¡Todos mis recursos, tiempo y presupuesto están centrados en estas pruebas! ¡Fallar no es una opción!
Miró con temor hacia la cuna, pero Lily seguía durmiendo. Con cuidado de bajar su voz, esperando que Lisa tomara nota y susurrara también, Lincoln volvió a contraatacar.
—Incluso los mejores pueden fallar alguna vez.
— ¡No así! ¡No cuando mi hermano está en juego! —Dijo, apretando sus puños con fuerza— No puedo permitirme fallar, así que no lo haré.
—Lisa, no quiero que esta situación te consuma. Por favor, sólo…
—Lincoln —lo interrumpió, con un tono tajante y determinado que parecía contradecir sus temblorosas rodillas, sus puños todavía apretados y sus ojos que parpadeaban para contener unas incipientes lágrimas—, desde tu vuelta a casa del hospital he estado ocupada con mi investigación. Sé que tú y las demás creen que no presto atención a lo que ocurre bajo estos techos, pero mi perspicacia no requiere de mi total concentración para saber lo que sucede a mi alrededor. Desde que llegaste, has estado cumpliendo los deseos de todas nuestras hermanas. Has dejado de lado tu propia felicidad y has descuidado tu estado emocional para concentrarte en que tus seres queridos fueran felices. Que tú, de todas las personas, recrimine mis métodos no es sino un acto de hipocresía.
Lincoln abrió y cerró su boca, sorprendido y un poco dolido por aquellas palabras. Una pequeña parte de su conciencia le decía que, quizás, Lisa tenía algo de razón en su argumento. Él definitivamente ponía la felicidad y bienestar de los demás antes que la suya propia, pero de ninguna forma podía permitirse perder aquella discusión.
—No es lo mismo —replicó, su tono comprensivo y reconciliador transformado ahora en uno mucho más cauteloso y calculado—. Tú sólo eres una niña de cuatro años, no puedes cargar con la res…
—Mi edad biológica resulta irrelevante en vista de que soy la única persona en el planeta capaz de salvarte —le dijo, dando un paso para bajar de su taburete y colocarse frente a frente con su hermano mayor—. Quizás tengas razón y yo no debiera cargar con esta responsabilidad, pero mis únicas alternativas son quedarme de brazos cruzados, superada por la situación, o poner las manos a la obra y curarte antes de que sea demasiado tarde.
Durante todo este tiempo, los sensores habían estado recopilando información acerca del cuerpo de Lincoln, y la máquina a la que todos ellos estaban conectados emitió un sonido agudo al tiempo que una luz azul comenzaba a titilar. Lisa inmediatamente volteó a verla.
—No hace falta ser un genio para entender que en verdad sólo hay una alternativa —finalizó, mientras comenzaba a despegar los sensores.
Lincoln volvió a colocarse la parte superior de su pijama. Quería responder, retrucar, contestar con tal lógica y buenos argumentos que pudiera hacer recapacitar a su hermana y ayudarla a entender lo que él veía como una realidad muy clara: ella no debía sentirse responsable del destino final de Lincoln. Por más que él deseaba de todo corazón que, quizás, la pequeña genio pudiera salvarlo, no quería que ella sintiera que el peso de su salvación caía sobre sus hombros.
Ganar una discusión contra Lisa Loud, sin embargo, era una hercúlea tarea para la cual Lincoln no se tenía confianza. Quizás si su estado de ánimo no estuviera tan bajo, si no se sintiera al borde de caer por el abismo de la derrota, de perderse a sí mismo en una espiral descendiente de angustia y decepción, entonces tal vez habría intentado discutir contra la fría e impersonal lógica de su hermana.
Pero no era el caso.
Cuando volvió a colocar el último botón de su camisa, no se levantó ni dijo nada. Quedó sentado donde estaba, mirando sus pies descalzos sobre la cálida alfombra de la habitación de sus hermanitas mientras Lisa revisaba sus anotaciones y resultados. No tuvo oportunidad de pensar en una mejor estrategia para hablar con su hermana, pues tan sólo unos pocos segundos luego de que la máquina anunciara que las pruebas estaban completas, ella se acercó a una estantería baja donde guardaba una pequeña colección de tubos de ensayo rellenos con aquel líquido azul que le había dado a Lincoln para beber desde hacía casi una semana.
—Asumo que ya estás familiarizado con el procedimiento —comentó ella con seriedad, tomando uno de los tubos y acercándoselo a Lincoln.
A estas alturas él estaba más que acostumbrado al extrañísimo líquido burbujeante y humeante que su hermana le hacía beber dos veces al día. Recordaba su impresión el primer día, cuando debió probar por primera vez el extraño brebaje.
Y recordó también las mentiras.
— ¿Todavía sigo enfermo de la gripe? —Preguntó, examinando el tubo de ensayo que acababa de tomar en su mano, moviendo sus dedos para que el líquido girase lentamente y se revolviera en el pequeño recipiente.
—Los resultados preliminares de las pruebas indican que el virus en cuestión se encuentra aún en estado de incubación dentro de tu organismo —respondió ella de inmediato—. Resulta recomendable tomar medidas preventivas y continuar bebiendo el antídoto para evitar cualquier posible alteración de tu delicado estado de salud.
—El antídoto —repitió, frunciendo los labios mientras miraba concentrado el líquido que estaba a punto de beber—. No lo tenías hace unas semanas cuando todos nos enfermamos. Usamos unas pistolas de agua con sopa de pollo. ¿Lo descubriste hace poco?
La pequeña científica separó la vista de sus análisis para poder cruzar la mirada con su hermano. Sus ojos se encontraron durante inacabables segundos, sin siquiera parpadear.
—Sí, Lincoln —dijo, cortante—, claramente es un nuevo descubrimiento.
— ¿Cuándo dijiste que descubriste que tenía el virus?
—Como te lo dije el primer día, entré a tu habitación la noche anterior y realicé pruebas sin tu consentimiento. Los resultados arrojaron…
Lincoln se puso de pie y bebió de un trago hasta la última gota de la supuesta cura para su gripe. El repentino movimiento sirvió para silenciar a Lisa, quien continuó, de todas formas, observando con los ojos entrecerrados y la mirada aguda a su hermano.
Habiendo terminado con su chequeo matutino y sabiendo que nada de lo que dijera podría ayudar a Lisa en este momento, decidió salir de la habitación y tratar de concentrarse en lo que sí podía hacer, en todas las cosas que había planeado para su mañana y que lo ayudarían a despejar su mente y encontrar, con suerte, algo de paz.
Lisa no trató de detenerlo, interrumpirlo o de terminar lo que estaba diciendo. En cuanto él comenzó a caminar hacia la puerta, la pequeña niña volvió a concentrar su atención en las computadoras y papeles con los que trabajaba. Lincoln abrió la puerta delicadamente para tratar de no hacer ruido ni despertar a Lily. Justo antes de salir, su mano se apoyó en el marco de la puerta. Suspiró.
Quizás tan sólo por capricho, pero quería irse con la última palabra.
—Esa noche no dormí en mi cama —dijo sin voltear—. Dormí con Luan en el sofá. Papá me llevó de regreso a mi habitación después de las seis de la mañana.
Esperó varios segundos, pero no oyó respuesta alguna. Contuvo el aliento, con la esperanza de que Lisa sufriera un ataque de honestidad y pudiera decirle la verdad, pero no quería presionarla. Después de todo, entendía que ella también estaba pasando por momentos difíciles y que nada de esto era fácil para ella tampoco.
—No sé qué es lo que estoy bebiendo, pero… Sea lo que sea, me ayuda a dormir en las noches —confesó con una sonrisa—. Al principio las pesadillas no me dejaban descansar. Ahora, casi todos los días puedo dormir hasta tarde. No sé qué es… pero… quizás esté funcionando.
Y así sin más, cerró la puerta detrás de sí.
Una vez en el pasillo, dejó escapar finalmente el aire que había atrapado dentro de sus pulmones. Sus manos subieron a masajear sus temples. No podía permitir que un mal inicio de la mañana arruinara su día entero, con todas las posibilidades que se le presentaban para hacer todo lo que había planeado.
Silenciosamente entró a su habitación. En su ausencia, Lynn y Lucy habían instintivamente buscado comfort entre ellas, habiendo reducido la distancia entre ambas lo suficiente como para que los brazos de la mayor rodearan a la pequeña. Aquel pequeño gesto protector y cariñoso fue una pequeña vela encendida en las tinieblas dentro de las cuales Lincoln se hallaba atrapado. Una señal de calor, de amor, de fraternidad en tiempos donde todo se percibía gélido y carente de esperanza.
Aprovechó su visita para tachar un día más de su calendario. Adiós, martes. Ya era miércoles. Diez días desde aquel fatídico domingo en el que todo había cambiado, pero también donde todo debería haber terminado para él. Cada uno de los días tachados había sido una segunda oportunidad, y los que le quedaban por marcar no eran más que hojas en blanco para que él pudiera escribir su nueva historia por la cual todos lo recordarían.
Pues bien, el hombre del plan no iba a desaprovechar sus oportunidades. Con algo de pudor, y esperando que sus hermanas no despertasen, se cambió allí mismo en su habitación antes de salir, bajar las escaleras e internarse en la planta baja de su casa. Estaba amaneciendo, y algo de luz natural se filtraba a través de las cortinas cerradas de la sala de estar. Caminó en la semioscuridad a través del comedor, y directo hacia la cocina, donde finalmente encendió la luz.
Se dirigió hacia el refrigerador y revisó todo lo que tenía a disposición para trabajar.
Los primeros en despertar fueron sus padres, quienes fueron conducidos por una batería de señales sensoriales hacia la cocina. Las luces que se escapaban hacia el comedor, el sonido de los platos siendo apoyados en la encimera, y sobre todo el agradable y dulce aroma de un desayuno bien preparado.
Llegaron justo a tiempo para verlo agregar una espesa capa de jarabe y mantequilla sobre un plato con una docena de waffles.
—Buen día —los saludó en cuanto los vio, con una gran y cálida sonrisa en su rostro.
—Lincoln… ¿Qué haces tan temprano? —Preguntó su padre, acercándose junto a su esposa hacia su hijo para encerrarlo en un fuerte abrazo.
—Me desperté, y… pues decidí preparar el desayuno para todos —respondió con tranquilidad, mientras su madre acariciaba los rebeldes mechones de su cabello.
Sus padres dedicaron una mirada a todo lo que Lincoln había preparado. Una gran variedad de huevos -del estilo que cada miembro de su familia los prefería-, el plato con una pequeña montaña de waffles con jarabe y mantequilla, dos docenas de tiras de tocino, y una canasta con tostadas francesas.
Era consciente de que había ocupado los ingredientes para, al menos, los desayunos de dos días, pero por una vez en su vida, creyó conveniente hacer a un lado el limitado presupuesto de la canasta familiar. Era, después de todo, por una buena causa.
Se separó de su madre y se acercó a la encimera, donde rápidamente se apresuró a tomar dos platos, servir sus porciones, llenar dos tazas de café espresso caliente y alcanzárselos.
—Tengan. No quiero presumir, pero creo que los encontrarán deliciosos —dijo con exagerada confianza y presuntuosidad.
Lynn Sr. rió por lo bajo y aceptó su desayuno, mientras que Rita lo tomó sin decir nada y se apresuró a salir de la habitación. La sonrisa de Lincoln se desvaneció al mismo tiempo que sus ojos perdieron el poco brillo que les quedaba. Su padre bebió un par de sorbos de su taza y dejó escapar un fuerte suspiro antes de colocar una mano sobre el hombro de su hijo.
—Muchas gracias, Lincoln. En verdad eres maravilloso.
Ante aquel cumplido, no pudo evitar sino volver a asomar una sonrisa.
—Avísame si necesitas ayuda con el desayuno. Y por favor, recuerda preparar un plato para ti, hijo.
—Lo haré —le aseguró.
Lynn Sr. sonrió y lo acercó para darle un paternal beso en la frente.
—Te amo.
—Yo también, papá.
Su padre tomó su plato y se dirigió a su habitación, para desayunar y acompañar a su esposa, quien claramente lo necesitaba.
Pocos minutos más tarde, Lincoln oyó la primera señal de actividad, en la forma del sonido de unos pasos reverberando en el entrepiso de madera, antecediendo los suaves golpecitos en las puertas y la voz de Lori, despertando al resto de sus hermanas. Apresuró la preparación de los últimos detalles del gran desayuno, mentalizándose para tener listas sus mejores y más radiantes sonrisas.
En seguida oyó el sonido de pasos bajando a toda velocidad la escalera y segundos más tarde, Lori, aún con su ropa de dormir, llegó casi trotando a la cocina. Se detuvo en el umbral de la puerta en cuanto vio a Lincoln, quien tomó aire y le dedicó la primera de sus sonrisas.
— ¡Buen día! —Le dijo, reluciendo sus dientes.
El ligeramente preocupado rostro de su hermana mayor se tranquilizó de repente, y dejó escapar un suspiro con suficiente aire como para llenar un globo. Tras cerrar los ojos un instante, una cálida y moderada sonrisa —absolutamente diferente a la gran sonrisa de oreja a oreja de Lincoln— se hizo presente en su semblante, y se acercó a paso lento hacia su hermano menor. Él dejó a un lado su guante de cocina y el plato que tenía en mano para poder recibir y corresponder el abrazo que ella le regaló. Presionó su rostro contra el vientre de su hermana, sintiendo las caricias que ella le propinaba a su espalda y cabello. Su exagerada sonrisa se volvió más moderada y honesta en cuanto ella le dio un tierno beso en la frente.
—Buen día —respondió Lori, separándose de él pero con sus manos acomodando innecesariamente el cuello de su polo naranja—. ¿Qué haces despierto a estas horas?
—Me levanté temprano —le dijo, evitando entrar en detalles—, y ya que estaba despierto, decidí sorprenderlas con un desayuno especial.
Entusiasmado, se acercó a la encimera y tomó uno de los platos y una taza de café espresso caliente, acercándoselas a su hermana.
—Ten. Para que empieces bien el día.
Lori, con su sonrisa siempre presente, se agachó un poco y sacudió el cabello de Lincoln.
—Se ve delicioso. Me muero por probarlo —le dijo con suavidad.
Lincoln notó, pese a la serenidad de sus palabras, unos nuevos reflejos de la luz de la cocina en sus ojos.
—Iré a despertar a Lynn y Lucy; no llegué a hacerlo. Gracias por acompañarlas, lo necesitaban —dijo ella, enderezándose y tomando su desayuno—. Mañana yo prepararé tu desayuno, Lincoln.
—No es necesario.
—Aún así lo haré. Te lo mereces.
No hizo esfuerzo por discutir. Volvió a ultimar los detalles finales del desayuno y, mientras lo hacía, el resto de sus hermanas bajó a la cocina, con reacciones e intercambios similares al que acababa de experimentar con Lori. Luan fue la primera en bajar, y casi vuelca todo el capuccino caliente sobre ellos al darle un fuerte abrazo que lo tomó por sorpresa. Leni fue la siguiente, y Lincoln debió frotar su mejilla durante cinco minutos para quitarse el doble beso con sabor al macchiato con caramelo que él le había preparado.. Las gemelas no tardaron en bajar, y él fue lo suficientemente precavido como para esperar a que corrieran y saltaran a sus brazos antes de pasarles los platos con sus desayunos y vasos de jugo de naranja exprimido. Luna no fue tan efusiva, pero a diferencia del resto, decidió tomar su taza de café americano y quedarse en la cocina, sentada en la encimera, para poder entablar conversaciones con su hermano. Él, por supuesto, no objetó y disfrutó de la amena y distendida charla que su hermana le ofrecía.
Las últimas en llegar fueron sus compañeras de cuarto por la noche, Lynn y Lucy. Lynn entró a la cocina bostezando y frotando sus ojos, con Lucy pegada a su lado. Lincoln y Luna notaron de inmediato que la pequeña gótica no se separaba de su hermana mayor, quien parecía no tener problema en caminar tomada de la mano por Lucy, y en cambio sí se la veía preocupada porque su largo cabello suelto no quedase apoyado sobre sus hombros..
Las dos se acercaron a Lincoln, y Lucy apenas si se soltó para darle un fugaz y rápido abrazo antes de volver a refugiarse detrás de su hermana. Lynn, aún cansada y soñolienta, le tiró un suave golpe al hombro que él apenas sintió.
—Te escabulliste —le reprochó con una sonrisa.
—No fue fácil; dormir abrazado a ti es como dormir con una camisa de fuerza —dijo él, preparando un vaso de jugo para Lucy y un mocaccino como los que su hermana deportista gustaba de beber por las mañanas.
Luna rió por lo bajo, posiblemente al imaginarse a la ruda niña de trece años siendo secretamente cariñosa. Lynn, por su parte, se limitó a dirigirle una fea mirada que duró varios segundos.
—Tengan —ofreció Lincoln, alcanzándoles sus desayunos—. Es la comida más importante del día, y hoy será un gran día.
— ¿Por qué? —Preguntó Lucy.
—Porque tenemos tiempo, iniciativa, y un mundo con increíbles posibilidades para nosotros —respondió—. Cada día es una oportunidad para aprovecharlas.
—Si la televisión tiene razón como siempre, de lo que sí hay muchas posibilidades es de que llueva —señaló Lynn, moviendo su mano en dirección a la sala de estar al tiempo que bebía el primer trago de su bebida—. ¡Oh, vaya! ¡Es delicioso!
—Gracias.
—De nada —agregó, volviendo a girar su cabeza para que parte de su cabello saliera de su hombro.
—Oye hermana, ¿qué le pasó a tu cola de caballo? —Preguntó Luna, sus ojos fijos y estudiando el cabello de Lynn incluso mientras bebía un nuevo sorbo de su americano.
Lincoln sintió a Lynn tensándose. Detectó su mandíbula apretada, su taza de mocaccino temblando y sus pupilas contraídas y fijas en su hermana.
—Decidí probar algo nuevo —respondió, espiando a Lincoln por el rabillo del ojo mientras continuaba echando una desafiante mirada a la rockera—. ¿Algún comentario?
—De hecho, sí —dijo, dejando su taza a un lado y bajando de la encimera de un salto.
Se acercó hasta colocarse a una baldosa de distancia de Lynn, observándola desde arriba con una sonrisa imposible de interpretar. Lynn tenía el ceño fruncido, los labios apretados y el pecho inflado, tratando de parecer más grande de lo que era para compensar la diferencia de altura entre ambas.
Justo cuando Lincoln comenzaba a creer que quizás su intervención sería necesaria para evitar una confrontación femenina a primeras horas de la mañana, la extraña sonrisa de Luna, a medio camino entre jocosa y divertida, se transformó en una mucho más cálida y genuina.
—Te queda precioso así, LJ —le dijo con suavidad, levantando una mano para acariciar un mechón del cabello de su hermana—. Te hace ver incluso más linda que de costumbre.
Lincoln había asistido a decenas de torneos de karate de Lynn, pero pocas veces había visto una patada sacudirla tanto como las palabras de Luna lo hicieron. Su pecho inflado se quedó sin aire, sus puños apretados se relajaron tanto que casi deja caer su taza de café, y comenzó a balbucear palabras de agradecimiento que no encontraron coherencia hasta que finalmente llevó la taza a su boca para beber un trago y ocultar sus sonrojadas mejillas. Lincoln sonrió y le dedicó una mirada de agradecimiento a Luna, quien le devolvió el gesto acompañado de un guiño de su ojo.
Ya con toda la familia despierta y con sus desayunos en mano, Lincoln tomó su propio plato y, acompañado por sus tres hermanas, se dirigió al comedor, donde el resto de sus hermanas con excepción de Lisa se encontraban desayunando en silencio.
Se sentó en su lugar favorito, la cabecera de la mesa que lo hacía sentir más adulto de lo que en verdad era, y tras un largo rato despierto sin nada que comer, sació su hambre con un gran bocado de sus waffles. Mientras masticaba en silencio felicitándose mentalmente por sus grandes habilidades culinarias, dirigió una rápida mirada al resto de la mesa. Todas estaban comiendo, pero la mitad miraba fijamente su plato con la mirada perdida, y la otra mitad trataba de fingir que no las había atrapado mirándolo cuando creían que él estaba distraído. Ninguna hablaba, sin embargo, y eso le molestó.
Todas las responsabilidades caían sobre él. Aprovechaba el haberse despertado temprano para cocinarles un gran desayuno, preparaba sus platos preferidos, los huevos como a cada una de ellas les gustaban, sus tipos de café favoritos, las recibía con una sonrisa, un abrazo y bonitas palabras para iniciar el día… Todo servido en bandeja de plata y, sin embargo, también debía ser él quien tomase la iniciativa para iniciar una conversación.
Todo tenía que hacerlo él. Asegurarse de que estuvieran felices, pasar tiempo con ellas, perseguirlas una por una para alegrarles el día, para compartir experiencias, para hablar, para reír, para llorar. En esta familia era imposible relegar responsabilidades a alguien más. Todo pasaba por él.
Abrió la boca para preguntarles qué les parecían sus desayunos, pero debió tragarse sus palabras y su crítica cuando Lola bebió un último sorbo de su vaso de jugo y carraspeó, llamando la atención de todos. La pequeña princesa, aún vestida con su cómodo camisón rosado se encontraba con el ceño fruncido y lo ojos cerrados. Ambas manos estaban sobre la mesa, con la espalda derecha y el mentón ligeramente levantado.
Nadie dijo nada, esperando a que hiciera una declaración.
—Muy bien, el desayuno está delicioso, pero no podemos seguir ignorando el elefante en la habitación.
Casi todas las miradas se centraron en Lincoln, quien tomó aire, preparándose para lo que fuera que Lola estuviera por decir. La única que no volteó a verlo a él fue Leni, quien se agachó para ver debajo de la mesa en búsqueda del elefante.
Tras una pausa dramática, Lola abrió sus ojos y rápidamente giró la cabeza para mirar a la hermana que tenía sentada frente a ella. Dio un salto, poniéndose de pie en su silla e inclinando todo su cuerpo sobre la mesa, como si quisiera poder cruzar al otro lado, y su mirada seria y hasta preocupada se iluminó. Sus ojos brillaban de emoción y su sonrisa dejaba ver su reluciente e incompleta dentadura.
— ¡Lynn está intentando un nuevo look! —Dijo casi cantando antes de dejar salir un chillido de emoción.
Lincoln sopló todo el aire que tenía dentro de sus pulmones, aunque nadie notó su desahogo, pues la atención colectiva estaba ahora puesta en la muchacha con el rostro color carmesí que se deslizaba hacia abajo en su silla, tratando de desaparecer. Ciertamente, todas las chicas, con su sexto instinto femenino que las ayudaba a detectar estos detalles, habían notado que Lynn no llevaba su cabello recogido en una cola de caballo. Quizás no creyeron que sería algo que ameritase un comentario, quizás no querían avergonzar a Lynn, quizás estaban muy distraídas o tristes como para decir algo, pero ahora Lola les había dado la excusa perfecta para hablar de ello.
Lincoln observó con cierta pena a su hermana mayor, quien de repente era bombardeada por docenas de preguntas simultáneas. Desde Leni y Lola preguntando cuándo podrían hacerle un make-over, pasando por Lori y Luan questionando si es que había algún chico en especial por el que hubiera cambiado su peinado, hasta Lana, quien preguntaba con mirada caída si ahora Lynn iba a volverse "aniñada" y dejaría de jugar en el lodo con ella.
— ¡Jamás! —Dijo Lynn, golpeando la mesa con su puño, el repentino movimiento haciendo que un mechón de su ahora suelto cabello cayera por delante de su rostro, obligándola a soplar para quitárselo— ¡Sólo estoy probando nuevas alternativas, pero Lynn Loud Jr no dejará jamás de ser la chica más ruda, atlética, ganadora y genial de Royal Woods y del mundo!
—Me dijo que quiere aprender a pintarse las uñas —murmuró por lo bajo Lincoln, dejando escapar una risita entre palabras.
Todas las hermanas estallaron en gritos agudos y punzantes, poniéndose de pie y efectivamente rodeando a Lynn, quien le dirigió una última mirada enfadada y traicionada a su hermano menor antes de que le hecatombe femenina la atrapase. Lincoln comenzó a reír. Mientras lo hacía, notó no sólo a Lucy consolando a una deprimida Lana, sino también a Lori susurrando algo en el oído de Luan, quien asintió y le susurró algo de regreso. Tras unos segundos, los suficientes como para tratar de fingir que no estaba relacionado con esa secreta conversación, la comediante se acercó con una sonrisa hacia su hermano.
Lincoln dejó de reír y bebió un trago de jugo para calmarse, dirigiéndole una curiosa mirada a su hermana mayor cuando ella se sentó en el lugar que Luna había estado ocupando hasta hace tan sólo unos segundos.
— ¿Qué ocurre? —Le preguntó, cortando un nuevo bocado de waffles.
— ¿Estás ocupado? Estaba pensando que después de desayunar podríamos ir a continuar con el proyecto. ¿Qué dices?
Ah, sí, su proyecto. El secreto mejor guardado de la casa Loud. Habían avanzado muchísimo en casi una semana, completando los primeros objetivos que Lincoln había tenido en mente al sugerir esta idea. Sin embargo, mientras aún pudiera trabajar en él, lo haría, pues si bien ya había cumplido con la parte fundamental y original del proyecto, todo lo que pudiera agregar vendría bien, y cada día se encontraba a sí mismo pensando en nuevas cosas que sumar al que, quizás, se convertiría en su último regalo para sus hermanas.
Dejar su legado firme en el mundo era realmente importante para él. Sus pequeños monumentos para que lo recordasen. Estaba entusiasmado por poder continuar con su proyecto, pero en lugar de responder de inmediato, su mirada se desvió hacia el resto de sus hermanas. Todas reunidas alrededor de Lynn, su atención puesta no en fingir estar bien alrededor de Lincoln, sino en mundanas e inconsecuentes conversaciones sobre qué tipo de rímel combinaría mejor con los ojos avellana de Lynn, o si uñas francesas era la mejor forma de introducirla al mundo de pintarse las uñas o no. No fingían, estaban realmente emocionadas, felices, distraídas.
—Por supuesto, Lu —le dijo, ganándose una sonrisa y una caricia a su cabello al usar el apodo cariñoso que a su hermana tanto le gustaba—, pero déjame terminar el desayuno primero.
Justo en ese momento, Lynn accedió a pasar una tarde con Lola para trabajar en pequeños detalles de su look, y el grito de felicidad de todas las Loud debió oírse desde la Estación Espacial Internacional.
—Hace mucho que no disfrutaba una comida así —finalizó Lincoln con una gran sonrisa.
Una hora más tarde, Lincoln se hallaba de pie en la vacía habitación de Luan. Tenía una botella de agua en mano, de la cual bebía desesperados tragos para humedecer su seca y dolorida garganta. Hablar durante mucho tiempo cansaba a cualquiera, y considerando que el contenido de las palabras que abandonaban su boca tenían además un gran peso emocional, no era sorpresa que se cerrara su garganta. Un par de tragos saciaron su sed y calmaron sus nervios, pero aún así esperó un par de minutos para tranquilizarse y asegurarse de que su rostro no revelase las intensas emociones que lo inundaban por dentro antes de dirigirse a la puerta cerrada y golpear.
Una vez, pausa, dos veces, pausa, una vez.
Quien estaba sentada del otro lado del pasillo con la espalda contra la puerta sintió las vibraciones, y Lincoln la escuchó ponerse de pie y abrir con cuidado la entrada a la habitación. La cabeza de Luan se asomó con cautela, y sus ojos preocupados y una sonrisa tímida se enfocaron en el niño.
— ¿Terminaste? —Preguntó en voz baja, mientras se quitaba un audífono de su oído izquierdo. Parecía estar escuchando un podcast, o quizás la radio.
—Suficiente por hoy —respondió Lincoln.
Luan entró, dudó por un segundo, le dio un rápido abrazo que él no tuvo tiempo de corresponder, y luego volteó para comenzar a quitar los pedazos de goma y periódico que habían colocado en el filo de la puerta para tratar de aislar acústicamente aquel punto crítico. Las finas paredes de aquella habitación eras las únicas de la casa que contaban en su interior con espesas capas de aislación. Era una aislación barata, como todo en la casa, y Luna se las arreglaba para que incluso así todo el mundo escuchara su música, pero probaba ser más que suficiente para que las extensas palabras de Lincoln no escapasen de la habitación y llegasen a oídos ajenos.
Todas las escucharían eventualmente, pero no todavía.
Luan, habiendo terminado de quitar todo, volteó tímidamente hacia su hermano.
—Entonces, ya hiciste lo que tenías que hacer.
—Sí, creo. No sé, quizás agregue algo más tarde, pero creo que está bien por hoy. ¿Y las chicas? —Preguntó.
Su pregunta había sido absolutamente inocente. Tenía curiosidad por saber si quizás alguna de sus hermanas había tratado de entrar, o si se preguntaban por qué Luan se hallaba sentada en el pasillo con la espalda apoyada contra la puerta de su habitación con los audífonos puestos. No tenía ninguna intención maliciosa, y no podía imaginarse qué habría de malo con su pregunta. Por eso mismo, la forma en la que Luan se tensó antes de responder le llamó la atención.
—Casi todas están mirando televisión —se apresuró a responder.
—Ya veo. ¿Nadie te molestó mientras yo estaba aquí dentro?
—No, no. Las gemelas querían jugar contigo, pero les dije que estabas ocupado. Lucy también intentó entrar, y a ella sí que costó convencerla para que no lo hiciera. Por suerte Lynn apareció para ayudarme, y ya que Luna iba a salir con Sam, decidieron llevar a Lucy también para comprar los- ¡ES DECIR! L-La llevaron al centro c-comercial. P-Para comprar, eh, c-cosas. No sé qué.
Él parpadeó sorprendido un par de veces. Luan se puso roja como un tomate y se apresuró a voltear y dirigirse hacia su escritorio, fingiendo que buscaba algo. Pese a su usual perspicacia y astucia para resolver crímenes como Ace Savvy, Lincoln se encontró totalmente perdido. ¿Qué le estaba pasando a Luan? ¿Por qué se la veía tan nerviosa en cuanto él preguntó por el resto de sus hermanas? La notaba nerviosa, angustiada, asustada…
—Luan, ¿estás bien? —Preguntó preocupado.
Ella continuó revisando los cajones de su escritorio.
—Sí, sí, lo siento —dijo sin voltear a verlo—. Sólo estoy… cansada, creo. No dormí muy bien.
Se acercó a ella, midiendo sus pasos casi tanto como medía sus palabras.
— ¿No te…? Luan, ¿no te quedaste revisando videos sobre mí hasta tarde otra vez, o sí?
Ella dejó de inspeccionar la baraja de cartas de su rutina mágica y dejó caer sus manos sobre el cajón abierto. Su cabeza bajó, y si bien no respondió con palabras, Lincoln supo la respuesta de inmediato.
—Mira, yo no… no estoy enojado —aclaró, extinguiendo la distancia entre ambos para apoyar una mano sobre la espalda de su hermana mientras la otra buscaba entrelazar sus dedos con la de ella—. Sólo estoy preocupado.
—Siempre lo estás —comentó ella—. Por mí. Por todas.
—Lo estoy porque me importas. Y escucha, no estoy tratando de decirte que no puedes verlos. Todos… todos estamos lidiando con esto a nuestra manera, y si esa es la tuya, no soy quién para querer cambiarla —dijo pensativo—. Pero no quiero que vuelvas a estar como hace una semana. Callada, sin hablar con nadie. Sin compartir con nosotros. Somos tus amigos, Lu, si te sientes mal, ven con cualquiera de nosotros.
Su hermana volteó y los dos se miraron a los ojos. Los de él estaban llenos de preocupación. Los de ella de tristeza. Luan levantó sus manos y las colocó suavemente en el rostro de Lincoln, para luego inclinarse ligeramente y dejarle un suave beso en la frente.
—Es difícil —le dijo ella, su voz casi quebrada—. Todo esto, no es fácil. Me duele. Me cuesta. Y sé que todas estamos igual. No quiero sumarle problemas a nadie.
—No eres un…
—Siempre traté de lidiar con mis problemas sola. O con Luna. Pero ahora ella está igual que yo, y a diferencia de mí, ella puede desahogarse con Chunk, David, Sam, cualquiera de sus amigos. Yo sólo los tengo a ustedes. Y aunque sé que puedo contar con ustedes, yo sólo… Yo…
Quedó a la deriva, su entereza y fortaleza naufragando en un tormentoso mar de angustia, pero cuando más lo necesitase y mientras le fuese aún posible, Lincoln siempre estaría allí para ser su salvavidas, rodeándola en un cálido abrazo de contención y afecto. Apoyó su cabeza contra el pecho de su hermana y la estrujó en su abrazo.
—Siempre estaremos aquí para ti —le aseguró.
—Lo sé, lo siento, yo solo… Es que...
No encontró las fuerzas para terminar sus palabras. Se concentró, en cambio, en sus manos vagando por el cuerpo de su hermano, apretando su cabello, su espalda, sus hombros, sosteniéndolo por todos lados en un intento por sentirlo, por evitar que se fuera, temiendo quedarse aún más sola. Lincoln lo sintió en sus desesperados dedos, en su respiración entrecortada, en cómo apoyaba su cabeza sobre la de él, frotando su mejilla contra su cabello.
—Y todavía sigues con esas tonterías —le reprochó, tratando de que la firmeza de su voz no se perdiera en el cariño y preocupación en el que sus palabras se encontraban ineludiblemente teñidas—. Creí que habíamos dejado en claro que eres una chica maravillosa y no una antisocial.
—Puedes decir lo que quieras, pero la única verdad es que no tengo amigos.
—Podrías tenerlos —dijo él, separándose lo suficiente como para mirarla a los ojos.
Luna puso los ojos en blanco, mordió su labio inferior y sacudió ligeramente la cabeza.
—No es tan fácil como desearlo y ya —le dijo con suavidad mientras una de sus manos acariciaba su mejilla—. No puedo hacer que la gente me quiera sin más.
—No, pero puedes hacer un esfuerzo.
— ¿Crees que no lo hago?
Cerró los ojos, hizo una mueca como si la hubieran golpeado en la cara con un pie de banana que llevaba varios días al Sol, y se separó de Lincoln dándole un suave empujón. Se alejó hasta colocarse en la ventana, sus dedos poniéndose blancos por la fuerza con la cual se aferraba al alféizar.
— ¿Crees que no me gustaría tener amigos? ¿Que estoy feliz siendo ignorada por todo el mundo, deseando todos los días que Luna no esté ocupada para tener a alguien con quien sentarme en la cafetería? ¡Me encantaría tener amigos, pero no puedo! ¡Sólo la gente de mi escuela de payasos quiere pasar tiempo conmigo, siempre y cuando tenga puesta mi peluca! ¡Nadie quiere ser mi amigo, sólo soy una insoportable bromista!
Golpeó el alféizar con ambos puños y volteó nuevamente, mirando casi con enfado a su hermano menor. Abrió la boca para continuar con su descargo, pero las palabras se extinguieron en cuanto sus ojos se posaron en su hermano menor. Lincoln estaba de pie, mirándola sin despegar los ojos de ella y con el cuerpo inclinado ligeramente hacia atrás, buscando alejarse de los exabruptos que Luan estaba teniendo mientras su mente buscaba alguna estrategia para calmarla y hacerla sentir mejor.
Ella cerró lentamente la boca y, con un suspiro derrotado, se dirigió a su cama, donde se dejó caer boca arriba antes de cubrir su rostro con sus manos.
—Mírame —dijo, su voz escapando entre sus dedos—, quejándome y haciendo una escena. Como si no tuvieras ya suficientes cosas con las que lidiar.
—Oye, me importa más…
—Sí, ya sé, te importamos más nosotras, lo sé, ya lo entendí —lo interrumpió, sus ojos llenándose de traicioneras lágrimas—. Eso sólo lo hace peor.
Lincoln masajeó sus temples antes de acercarse a la cama de su hermana mayor. Se sentó cerca de ella, aunque por su posición no pudo evitar darle la espalda. Quizás fuese lo mejor, pues necesitó algunos segundos para calmarse y elegir sus palabras con criterio. Trató de pensar en una rápida estrategia para salir de aquel aprieto.
Pensó en su héroe, Ace Savvy. No sólo era el mejor detective del mundo y un justiciero temido por su destreza y valor, sino que también era un inteligente hombre que siempre decía las palabras justas para salir de aprietos. La cantidad de duelos que ganaba con sus puños era la misma que la que ganaba con su astucia y su parla.
Ojalá él pudiera ser como Ace.
—No sé por qué no eres popular —admitió finalmente, dejando caer sus hombros y sacudiendo ligeramente su cabeza—. Siempre creí que tú serías la chica más popular de la escuela, el centro de atención. No sé por qué no es así, y lamento mucho estar enterándome tan sólo ahora.
—Nadie lo sabe —lo tranquilizó ella—. Luna lleva tiempo sospechando, pero siempre me las arreglo para engañarlas a todas. Y aunque hubieras sabido antes, no hay nada que pudieras hacer.
—Claro que sí.
— ¿Como qué?
—No lo sé. Trabajar en cómo hablas con la gente. Asegurarme de que no inicies conversaciones con un shock eléctrico. Buscar maneras de que la gente entienda que no eres una bromista, sino alguien que lleva felicidad a las demás personas. Cualquier cosa que estuviera a mi alcance para que vean lo genial que eres, para que todo el mundo pudiera verte como yo te veo.
Luan se sentó de golpe y lo rodeó con sus brazos, atrayéndolo contra sí con violencia, casi con desesperación. Durante un buen rato, poco le importó a Luan lo que "todo el mundo" pudiera creer de ella, pues todo lo que realmente le importaba estaba allí acunado entre sus brazos.
El llamado llegó a las diez y veintisiete de la mañana.
Lincoln estaba sentado en el sofá de la sala de estar junto a su padre, o mejor dicho, contra él. Tenía los pies sobre la tela, pero todo su cuerpo estaba recostado contra el de Lynn Sr, quien estaba más que dispuesto a dejar que su hijo lo utilizara como almohada. Su brazo izquierdo estaba rodeando los hombros de Lincoln, y sus ojos se turnaban entre la televisión y el entusiasmado rostro de su hijo.
— ¿Y estás seguro de que no tiene súper resistencia o alguna otra mejora? —Preguntó con una sonrisa mientras veía en la televisión un episodio de la serie animada del superhéroe favorito de su hijo.
Lincoln negó enérgicamente con su cabeza.
—Ace entrenó durante décadas con los mejores maestros de artes marciales del mundo —le explicó—. Es un ejemplo de trabajo duro y disciplina. Él no necesita superpoderes para ser un héroe. Por eso es el mejor de todos, porque demuestra que para ser un superhéroe sólo necesitas valentía y la voluntad de hacer lo correcto.
—Y millones de dólares para financiar tu guarida secreta y todos los aparatos tecnológicos que necesita para combatir el crimen —señaló.
Lincoln se separó ligeramente para dirigirle una mirada de reproche antes de que ambos rieran y él volviera a apoyar su cabeza contra el pecho de su padre, oyendo el suave latido de su corazón.
Tras pasar la primera parte de la mañana con Luan, y considerando que Lucy, Luna y Lynn no estaban en casa, había pensado en quizás pasar tiempo con las gemelas, ya que lo habían estado buscando. Para su sorpresa, sin embargo, ambas habían salido junto a su madre y Lily a realizar unas compras. No era normal que las gemelas acompañasen a su madre a realizar las compras a menos que hubiera algo para ellas a cambio, pero intuyó que quizás Rita había querido calmarlas o tenerlas distraídas. Lori también había salido, pero nadie le había sabido decir a dónde, tan sólo que había ido a encontrarse con Bobby. Sólo Leni, Luan, Lisa y su padre estaban en la casa con él, y al bajar a la sala, fue a este último a quien se encontró.
No pasaban mucho tiempo juntos, pues sus hermanas parecían estar siempre capitalizando su atención. En cuanto vio a su padre sentado solo en el sofá, con los hombros caídos, cambiando de canal sin realmente prestar atención a lo que pasaba en la pantalla, sin embargo, supo de inmediato que ya tenía con quién pasar el resto de la mañana.
Se acercó al sofá, le preguntó si había algo interesante en la televisión, y en cuanto Lynn Sr le dijo que no, pidió el control y se sentó junto a su padre. No recibió queja alguna cuando puso el canal de las caricaturas, donde se encontraban transmitiendo "Ace Savvy: Vigilante de la Noche", la serie animada del mejor superhéroe de la historia. Hubiera tratado de sintonizar ARGGH!, pero no pasaban ese programa a la mañana. Ace no era una mala opción tampoco, sin embargo, y Lincoln estuvo más que encantado en responder todas las preguntas que su padre comenzó a hacerle. Creyó que a estas alturas todos en la familia conocerían las increíbles aventuras de Ace Savvy, pues él pasaba días enteros recreándolas junto a Clyde con sus disfraces, pero era tan divertido contarlas nuevamente que no le importó.
Habían visto ya tres episodios cuando el teléfono de la sala sonó.
—Ya vuelvo —dijo Lynn Sr, intentando ponerse de pie, pero Lincoln lo detuvo.
—No, espera, esta es la mejor parte —se apresuró a decir, señalando la pantalla—. Yo ya vi este episodio cuatro veces, deja que yo vaya.
Su padre aceptó, y Lincoln se apresuró a correr hacia el teléfono. Lo había visto cuatro veces, pero era tan genial que quería verlo una quinta vez de ser posible.
— ¿Hola? —Dijo en cuanto llevó el tubo del teléfono a su oído.
— ¡Lincoln!
La voz de Rusty Spokes lo recibió del otro lado de la línea.
—Oh, hola Rusty —lo saludó, mordiéndose el labio y con sus dedos jugando con el cordón del teléfono.
Rusty era uno de sus mejores amigos. Después de Clyde y Ronnie Anne, era probablemente la persona en quien más confiaba y con quien más se divertía. Siempre que la profesora decidía separar a Clyde y Lincoln para las tareas, él sabía que podía contar con Rusty para reunirse, trabajar, y pasar un buen rato entre risas y chismes. No era tan fanático de los cómics o de coleccionar monedas como Lincoln hubiese querido, pero era un gran amigo y una persona muy importante en su vida.
Por supuesto que debería haber esperado alguna llamada de él. Había recibido muchísimos mensajes de él y del resto de sus amigos y compañeros de escuela desde el lunes, cuando la noticia de su condición finamente había tomado conocimiento público. Debería haberle respondido sus mensajes. Debería haberlo hecho, pues realmente apreciaba la amistad de Rusty, pero le había pedido a Clyde que le transmitiera a todos sus conocidos que por ahora sólo quería pasar tiempo con sus seres queridos —su familia, pero también incluía en aquel paquete a Clyde y a Ronnie Anne.
No lo había hecho porque, en parte, tenía demasiados mensajes como para poder ponerse a responderlos todos, pero lo cierto es que otra parte de él se negaba a responder los mensajes porque hablar con ellos no sería sino sumar otra preocupación a su interminable lista de problemas.
—Hola, amigo —dijo Rusty, su voz de repente un poco menos entusiasmada—. Eehh… ¿Cómo es-? ¡Ouch! Liam, ¿qué demonios?
— ¡No preguntes eso, cerebro de maíz! —Se oyó de fondo con acento sureño.
—Sí, Rusty, casi lo arruinas —agregó la acusadora voz de Zach.
— ¿Y qué se supone que…?
— ¡Dame el teléfono, idiota! —Rugió entonces una voz mucho más aguda; Lincoln escuchó el ruido del teléfono siendo pasado de mano en mano, un golpe seco, un pequeño alarido de dolor, y finalmente la misma voz, esta vez suave y serena— Hola Lincoln, habla Jordan.
Jordan Niña era también una buena amiga de Lincoln. No era parte de su círculo más íntimo de amistades, pero era una de las pocas compañeras de clase que parecía no huír de su presencia. Había sido la primera de todas las niñas de la escuela en acercarse a hablar con él tras el fiasco del Gurú de Niñas, y también la primera en decirle que lo que había hecho al subir su video vergonzoso le parecía lindo en cierta forma. Incluso lo había invitado junto al resto de sus amigos a la fiesta de inauguración de la piscina de su casa, y tras el gran fiasco que eso había sido para ellos, los había vuelto a invitar con la condición de que esta vez sí llevaran traje de baño.
—Hey, Jordan. ¿Todo en orden? —La saludó, tratando de sonar tranquilo, como si fuera una conversación común y corriente.
Volteó a ver hacia el sofá, y se encontró con la mirada de su padre. Lynn Sr asintió ligeramente, pero Lincoln no supo interpretar el gesto.
—Supongo… Oye, lamento mucho molestarte. Clyde nos dijo que… bueno, que en lo posible no te molestáramos.
—No, no, está bien. No son una molestia —se apresuró a aclarar—. Son mis amigos.
El otro lado de la línea se mantuvo en silencio por unos segundos, hasta que Jordan carraspeó.
—Como sea, sólo queríamos decirte que estamos casi todos aquí en casa de Rusty, y pensábamos que quizás… bueno, ya sabes… Si no tienes nada más que hacer…
Dejó el resto de la oración en el aire, pero Lincoln no necesitó más para entender. Su mano libre soltó el cable del teléfono por miedo a acabar rompiéndolo si seguía girándolo, y en cambio decidió comenzar a tamborillear la superficie de madera de la mesa de luz.
— ¿No deberían estar en la escuela? —Preguntó Lincoln para ganar algo de tiempo mientras le daba una nueva mirada a su padre.
—Deberíamos, pero… Pues… Pensamos que quizás sería más fácil verte a la mañana. Mira, si estás ocupado o si no quieres lo entendemos, no te preocupes por nosotros. Sólo queríamos hablarte y decirte que…
—Un segundo —dijo, interrumpiéndola y dejando el teléfono colgando.
Se dirigió hacia el sofá a paso desconfiado. Lynn Sr lo seguía con la extrañísima combinación de ojos tristes y una sonrisa tranquilizadora.
—Oye, ¿pa? —Le dijo con timidez— Son los chicos. Están en casa de Rusty y quieren que vaya con ellos.
— ¿Quieres que te lleve?
—No, yo… Es que… Estamos mirando Ace Savvy —dijo, bajando la cabeza—. La estamos pasando bien.
Su padre suspiró y colocó una mano sobre el hombro de Lincoln.
—Hijo, ellos también son personas importantes. Son tus amigos. Ve a jugar con ellos.
— ¿Y qué hay de…?
—Te diré algo: yo voy a quedarme viendo los cinco episodios que quedan y trataré de memorizarlos todos para esta noche —le dijo con una sonrisa—. Y después de cenar, los dos podemos jugar una trivia de Ace Savvy. ¿Qué tal suena eso?
No era la situación ideal para Lincoln, elegir entre ver a sus amigos o continuar junto a su padre, pero la idea de que quizás podrían seguir hablando de Ace Savvy más tarde fue suficiente para que Lincoln sonriera.
— ¿Me lo prometes?
Lynn Sr enderezó la espalda y llevó una mano sobre su pecho.
—Palabra de Guardia de la Reina —dijo en su mejor acento inglés—. Avísame cuando quieras ir, pero mientras más pronto sea, mejor. Dicen que se viene una tormenta más tarde.
Lincoln saltó en los brazos de su padre, y con la promesa hecha de que continuarían compartiendo tiempo durante la noche, regresó hacia el teléfono con una nueva motivación.
— ¿Jordan? —Preguntó.
—Sí, estoy aquí —respondió la voz preocupada de la niña.
—Dijiste la casa de Rusty, ¿no es cierto?
—Sí, sí, allí mismo —dijo ella, mucho más entusiasmada. Debió de hacer algún gesto, pues en seguida escuchó al resto de sus amigos celebrando.
—Bien, mi padre va a llevarme en cuanto le diga. Sólo tenemos que esperar a que el motor de la camioneta encienda.
—Oh, no te preocupes, le dijimos a Clyde que pase por tu casa, debería llegar en cualquier momento.
Con una coordinación divina, en seguida se escuchó el ruido de la bocina de una SUV roja desde la acera. Lincoln sabía que no se encontraban en una videollamada, pero le dedicó al tubo una mirada acusadora y divertida al tiempo que rodaba los ojos.
—Lo siento, pero no íbamos a aceptar un no por respuesta —se disculpó Jordan, intuyendo quizás la reacción de Lincoln.
Los papás de Clyde condujeron a su hijo y a Lincoln hasta la casa de Rusty, al otro lado de la ciudad. No era decir mucho, pues Royal Woods no era precisamente una metrópolis, pero aún así el trayecto fue lo suficientemente largo como para que Clyde y Lincoln pudieran hablar acerca de los mejores momentos de los episodios que el último acababa de ver con su padre. Ambos amaban al vigilante nocturno, y pese a que ya habían discutido teorías y explicaciones acerca de los episodios docenas de veces, no tuvieron problema en hacerlo una vez más.
Cuando faltaban un par de calles para llegar a su destino, Clyde le dijo que tenía algo importante que confesarle..
—Se supone que no te diríamos nada porque no sabíamos cuál iba a ser tu reacción, pero prefiero que lo sepas y no que te tome por sorpresa —le dijo con seriedad—. Cristina nos pidió venir, y le dijimos que sí.
De repente, la felicidad que hablar de superhéroes le traía se esfumó de su rostro como la pequeña llama de una vela de cumpleaños soplada por el cumpleañero y toda su familia.
—Cristina, ¿eh? —Dijo, volteando la cabeza para ver a través de la ventana cómo la casas y los árboles quedaban atrás.
—Es amiga de Jordan, sus hermanos van a natación juntos —se apresuró a explicar—, y lo cierto es que ella en verdad se lo está tomando muy duro. Desde que se enteró de tu situación por parte de su tío ella apenas si habla en clase. Hace dos días que va a clase con las tareas sin hacer. Y… bueno, Jordan debe haberle contado que teníamos pensado reunirnos contigo porque me envió un mensaje esta mañana pidiéndome por favor que la dejara venir. Sé que tu situación con Cristina es complicada, pero…
—"Complicada" es simplificar las cosas.
Su relación con Cristina era mucho más que complicada. Hasta hacía poco había sido bastante simple: era la chica que solía gustarle a Lincoln, pero ella no estaba ni remotamente interesada en saber nada de él. Él había fantaseado con poder acercarse a ella, hablarle, invitarla a salir, robarle un beso, ser felices por siempre. Había sido, en verdad, la primera chica de la que él se había sentido enamorado. Por supuesto, arruinó todas sus posibilidades con ella por defender el honor de sus hermanas, subiendo a internet un video tan ridículo de él que nadie en la escuela pareció recordar las cosas vergonzosas que habían visto de sus hermanas. Cristina se había cambiado de clases, le había mandado a decir a través de otras de sus amigas que no quería volver a hablarle, y lo había evitado desde entonces.
Bastante simple; un amor no correspondido. Sin embargo, tan sólo un par de días atrás ella le había confesado que en verdad había comenzado a corresponder los sentimientos que él alguna vez había tenido por ella. Justo cuando Lincoln había encontrado en Ronnie Anne a la chica que realmente le había robado más que el dinero de su almuerzo, su antiguo amor volvía a aparecer.
—Quizás —concedió Clyde—, pero ella en verdad quiere verte ahora que no vas a la escuela. Y supuse que no te molestaría ya que estarías con nosotros de todas formas. Si te sientes incómodo yo puedo sentarme con ella y mantenerla distraída para que no te moleste.
—No es que me moleste —respondió Lincoln, volviendo a mirar a su amigo como si estuviera diciendo tonterías—. Es sólo… raro, ¿sabes? Un par de meses atrás habría dado todo porque ella quisiera reunirse conmigo, y ahora...
De repente jadeó y se golpeó la frente con su mano.
— ¡Clyde, tengo novia! —Dijo, tomando al pequeño McBride por los hombros y sacudiéndolo— ¡Ronnie Anne va a matarme si me ve mirando a Cristina!
Podía imaginarse a su flamante novia dándole la paliza de su vida si es que él cometía el fatal error de sonreírle a la chica que solía gustarle.
—Ronnie Anne no va a venir —dijo Clyde, con las ideas acomodándosele en la cabeza tras los fuertes sacudones que Lincoln le propinaba.
— ¿Qué? ¿No la invitaron?
—Lo hicimos, pero dijo que tenía que salir con su hermano.
—Pero Bobby está con Lori, ¿por qué la llevarían a…?
—Llegamos —anunció Harold, deteniendo la camioneta.
Las respuestas a sus preguntas tendrían que esperar, pues la acogedora casa de Rusty estaba frente a ellos. Lincoln apenas oyó los saludos, despedidas e instrucciones de último momento que los señores McBride les dieron. Estaba más ocupado mirando la ventana que daba a la calle, donde podía ver a Liam espiando entre las cortinas y haciendo gestos para que los demás se acercaran. La última vez que había visto a sus amigos había sido el jueves de la semana anterior, cuando fue al mediodía a la escuela para invitar a Ronnie Anne a almorzar al centro comercial. Los había visto desde lejos, ni siquiera se había acercado a hablarles. Y ahora tendría que enfrentarlos a todos.
Él estaba contra la puerta, así que debió bajar primero. Se detuvo en la acera y observó la distancia que lo separaba de la puerta de entrada. Si había podido contarle la verdad a sus hermanas, pasar una tarde con sus amigos no debería ser un problema.
— ¿Estás listo, amigo?
Miró a su derecha. Clyde estaba de pie a su lado, su mirada fija en él con decisión. Incluso en estos momentos difíciles y de gran tristeza y dolor, su mejor amigo estaba allí para él, preparado para seguirlo hasta el final del mundo. Lo acompañaría en un viaje hasta Mordor si se lo pidiese. Algún día debería agradecerle a Lynn por haber corrido en aquel Halloween, ocasionando que Lincoln, en su afán por perseguirla, chocase con Clyde, y su amistad pudiera dar inicio.
—Tan listo como puedo estar.
Clyde le sonrió tímidamente, y los dos avanzaron hacia las hostiles tierras de la casa de Rusty.
Antes de que pudiesen tocar el timbre, la puerta se abrió, y Rusty los recibió con una mirada nerviosa.
—H-Hey, Lincoln! Clyde —los saludó su mirada deteniéndose sólo por un instante en el cabello castaño de Lincoln antes de dirigirse hacia el suelo mientras una de sus manos rascaba su cabeza—. Pasen.
Lincoln entró, y de inmediato escuchó un par de jadeos. Cerró sus ojos y forzó una sonrisa antes de abrirlos de nuevo y voltear hacia donde el resto de sus amigos se encontraban. Zach y Liam estaban al frente, intercambiando rápidas miradas entre ellos, con la boca abierta en un intento de saludo que parecía no abandonar sus gargantas. Jordan Niña estaba un poco más hacia el costado, con ambas manos sujetando y apretando su larga trenza. Ella, al igual que Rusty, también estaba mirando el nuevo look de Lincoln, pero a diferencia de su amigo, tardó varios segundos en caer en cuenta que él la estaba observando. Avergonzada, miró en otra dirección por un segundo antes de voltear nuevamente hacia él y dirigirle un intento de sonrisa. Detrás de Jordan, como si tratase de pasar desapercibida, Cristina echaba furtivas miradas hacia él observándolo por el espacio entre el hombro y el cuello de su amiga.
Nadie parecía interesado en hablar, o al menos así se sintió Lincoln durante los incómodos segundos de silencio, por lo que carraspeó y llevó una mano a su cabello, señalándolo con el dedo índice.
—Cuando nací tenía el cabello castaño —les explicó—. Al año más o menos se me fue el color. Tenía ganas de ver cómo me vería actualmente si no se me hubiera puesto blanco.
Consideró que no era necesario entrar en más detalles. Sus amigos eran inteligentes, podrían hacer las conexiones si es que se detenían a pensar en ello.
—Sigo siendo el mismo. Y todavía estoy aquí —dijo, relajando un poco su sonrisa—, así que sacúdanse el miedo y salúdenme como si de verdad me quisieran aquí.
Como un balde de agua fría, sus palabras parecieron sacar del trance a sus amigos. Liam y Zach se acercaron a saludarlo. Hubo un pequeño e incómodo momento en el que no supieron si abrazarlo, darle un apretón de manos o qué, hasta que él levantó una mano y ellos, con una tímida sonrisa, decidieron chocarle los cinco. Jordan no se preocupó demasiado por la etiqueta y simplemente se acercó y le dio un fuerte abrazo, rodeando su cuello con sus brazos. Él le dio un par de palmaditas en la espalda hasta que ella se separó.
Finalmente, Lincoln volteó hacia Cristina. La pelirroja estaba todavía a un par de pasos de distancia. Lincoln podía ver cómo sus dedos jugueteaban con el cuello de su blusa, y su rostro sonrojado no sabía en dónde posar la mirada. De haber sido cualquier otra chica, él quizás se habría acercado a abrazarla, pues era obvio que lo necesitaba.
—Hola —le dijo, sin embargo, apenas sacudiendo la cabeza en su dirección.
Ella respondió un saludo por lo bajo, y Jordan se acercó para tomarle la mano. Lincoln volteó a ver al resto de sus amigos, tratando de ignorar aquella pequeña escena.
—Así que, ¿qué quieren hacer? ¿Un Battle Royale? ¿Un poco de Dota?
Liam y Zach dirigieron una mirada a Rusty, quien todavía tenía el rostro tan colorado como su cabello.
—Ah, sí, supongo… eh… Quizás… Eh…
Y entonces, Rusty le dio un codazo en las costillas a Liam.
— ¡Ouch! —Se quejó— ¿Qué te pasa, compadre?
—Di algo —murmuró el más alto entre dientes, como si eso evitase que Lincoln, de pie a menos de dos metros, lo oyera.
Zach se llevó una mano al rostro y le dio un empujón que lo llevó directo contra Liam. Mientras los dos se quejaban, el más pequeño del grupo dio un paso hacia delante, sus dedos entrelazados y los ojos fijos en su amigo incluso con su cabeza ligeramente inclinada hacia abajo.
—Lo que estos tontos quieren decir es que… Nosotros… Todos nosotros, y el resto de la clase, lo sentimos. Lo sentimos mucho.
—Y sólo queríamos decirte gracias por venir hoy —agregó Jordan, todavía sosteniendo la mano de Cristina—. Sabemos que estás... ocupado, y significa mucho para nosotros que estés aquí.
—Está bien, chicos —los tranquilizó Lincoln, con una honesta sonrisa pintada en sus labios, incluso si sus ojos temblaban de una emoción reprimida por la que no estaba dispuesto a dejarse llevar—. También significa mucho para mí que me llamaran para venir.
No estaba en sus planes comenzar la reunión con una de esas charlas que ya había tenido con sus hermanas, pero había ciertas cosas que no podía darse el lujo de continuar guardándose.
—Nunca he tenido muchos amigos. Como todos saben, he hecho cosas muy vergonzosas y estúpidas, y eso ha alejado a mucha gente —se detuvo un segundo para mirar en dirección a Cristina—, pero ustedes siempre permanecieron aquí conmigo. Son mis amigos. Y siempre lo serán.
Clyde fue el primero que le dio un abrazo, y tras ver el gesto, todos los demás lo hicieron también. No era común para él encontrar muestras de afecto tan cálidas fuera de su casa, y se permitió a sí mismo disfrutar del abrazo grupal de sus amigos más cercanos. Todos parecieron necesitar aquel gesto para poder desahogar algunas de sus emociones, pues si bien aún se notaba la inherente tristeza de sus ojos, sus hombros se veían mucho más relajados.
—Sabes, el castaño no te queda mal —le dijo Rusty—. ¡Te ves como un galán!
—Comparado contigo cualquiera es un galán —bromeó Zach, haciendo que todos rieran.
— ¿Y si jugamos a algo antes de que empecemos a pelearnos y odiarnos? —Sugirió Lincoln, entusiasmado por empezar algo que distrajese a sus amigos y que todos pudieran disfrutar sin preocupaciones o pensamientos fatídicos.
—Puedo traer el Monopoly —dijo Rusty antes de irse corriendo a su habitación, dejando atrás a todos sus amigos intercambiándose nerviosas miradas.
Si había algo por lo que el Monopoly era conocido, era precisamente por su capacidad para destruir amistades.
— ¡Alguien cayó en mi hotel! —Cantó Jordan Niña, señalando al pingüino plateado que acababa de posarse sobre una casilla roja.
Todos rieron, y Clyde llevó ambas manos a su cabeza.
—Clyde, deja de darle dinero a Jordan, nos está destrozando —se quejó Liam, haciendo énfasis en señalar la gran cantidad de propiedades que su amiga tenía.
— ¿Por qué quedarse en tu casita en Nueva York cuando puede venir a mi grandioso hotel en Kentucky Avenue? —Dijo ella despectivamente mientras contaba los billetes que Clyde acababa de proporcionarle.
Lincoln tomó los dados y comenzó a agitarlos en su mano.
—Destrózala, Lincoln, ¡venga mi bancarrota, que mi sacrificio no sea en vano! —Dijo Rusty, elevando sus puños al aire y hablando con un tono dramático.
El aludido sonrió ligeramente y lanzó sus dados sobre el tablero.
— ¡Once! —Dijo con entusiasmo y alegría, aunque su sonrisa fue desvaneciéndose con cada paso que daba, hasta que finalmente cayó en prisión— Rayos.
—Tengo una carta para salir de la cárcel —se apresuró a decir Zach, buscando entre sus propiedades la pequeña tarjeta naranja.
Lincoln levantó la vista para ver a su amigo y la carta que le ofrecía intercambiar. Frunció el ceño.
— ¿Y qué quieres a cambio?
El pelirrojo acomodó su gafas y empezó a revisar el tablero.
—Eh… Qué tal… No lo sé, ¿diez dólares?
— ¿Diez dólares? —Repitió Lincoln, sus ojos fijos en su amigo— ¿Estás último en la partida y quieres ofrecerme una carta para salir de la cárcel por sólo diez dólares?
Todos miraron expectantes a Zach, quien carraspeó incómodo y llevó una mano a barbilla, frotándola por unos segundos.
—Eh… ¿Qué tal veinte?
Lincoln apretó sus puños y sus dientes tratando de que nadie lo notase. Respiró un par de veces antes de esbozar la más falsa de sus sonrisas hasta la fecha.
—Creo que esperaré a tirar dobles —le dijo a su amigo.
— ¿Seguro? Si quieres te la rebajo a…
—Tu turno —lo interrumpió, tomando los dados y alcanzándoselos en la mano a Cristina.
La chica a su lado tiró los dados, pero Lincoln no prestó atención a cuánto sacaba ella, en dónde caía, o las negociaciones que siguieron. Él estaba ocupado mirando su pequeña parte del tablero. Estaba teniendo un buen juego. Jordan los estaba machacando a todos, pero él estaba cómodo en el segundo puesto, con propiedades aquí y allá, e incluso un Monopolio en las casillas verdes. Estaba teniendo una muy buena partida, pero no estaba para nada feliz con ello.
Era la tercera vez que alguno de sus amigos le ofrecía una tarjeta para salir de la cárcel. La primera vez Clyde se la había regalado, y él la había aceptado con gusto a pesar de las quejas de los demás. Luego, Cristina había intentado regalarle una también, pero él insistió en que se la compraría. Ella le había dicho que se la daría por veinte dólares porque en aquel momento ella estaba primera y no lo necesitaba. Y ahora Zach, quien necesitaba dinero más que nadie en el juego, le estaba prácticamente regalando una tarjeta.
Tarjetas para salir de la cárcel no era lo único en lo que todos le daban una mano a Lincoln. Más de una vez había tirado mal los dados, y de repente Rusty inventó una regla sobre que si salía del tablero debía tirar de nuevo para que no cayera en el hotel de Jordan. O Liam, quien actuaba como banquero, accidentalmente le había dado dinero de más en un par de ocasiones.
Lo estaban ayudando en el Monopoly. ¡Monopoly! La última vez que habían jugado, Zach se había quedado sin cabello tras pelearse con Liam y Rusty se había lastimado la garganta de tanto gritar y maldecir. Clyde y Lincoln aprendieron muchísimas malas palabras aquel día. Un juego extremadamente competitivo que tenía el poder y la capacidad para destruir amistades como castillos de naipes en una tormenta, y sin embargo todos parecían hacer un esfuerzo para que él ganase. Trataban de cobrarle lo menos posible. Se equivocaban en cuentas sencillas para que no tuviese que pagar demasiado o para darle dinero extra. Liam incluso le había guiñado el ojo en una oportunidad y le había dado un billete de cien dólares extra.
Todos ayudándolo por un simple motivo: estaba muriendo y le tenían lástima. Esa era la única explicación. Querían hacerlo sentir bien porque era un niño enfermo, un niño condenado a morir. Sabían que no le quedaba mucho tiempo así que intentaban que pasara un buen rato, ganando un estúpido juego de mesa, como si eso pudiera hacerlo sentir mejor. Como si la felicidad de coronarse victorioso pudiera durarle más de cinco minutos. Como si eso pudiera hacerle olvidar que de todas formas estaría muriendo antes de darse cuenta.
Él no quería eso. No necesitaba que todos le tuvieran lástima, que lo estuviesen velando en vida. Él quería que lo hicieran sentir vivo, que lo tratasen como si todo estuviera bien. Que intentasen mantenerlo distraído, para que su mente pudiera olvidarse al menos por un momento que estaba en la cuerda floja. Clyde parecía ser la única persona en el planeta que entendía lo que él necesitaba. Ni siquiera su familia se tomaba la molestia de intentar que sus días fueran más llevaderos. Eso era lo único que él quería, lo único que necesitaba. Lo único que podría llegar a pedirles si es que se armaba de valor para hacerlo, cosa que no creía posible dado el poco tiempo que tenía disponible.
Estaba tratando con todas sus fuerzas de mantener la calma y no dejar trascender su enfado, pero su actuación debió de haber dejado mucho que desear, pues Cristina colocó una mano sobre su brazo izquierdo, sobresaltándolo.
Tras recuperarse de la sorpresa, volteó a verla con una mezcla de enfado e indignación.
— ¿Estás bien? —Preguntó Cristina.
No, no lo estaba. No estaba ni remotamente cerca de estar bien. Estaba comenzando a ponerse nervioso. Podía sentir cómo se mareaba cada vez más con cada segundo que pasaba, le costaba comenzar a respirar. Recordó su incidente esta mañana, y bajo ningún concepto quería volver a pasar por ello.
—Sí, no te preocupes —respondió con más rudeza de la necesario, pero no le importó. Con un pequeño sacudón del brazo se quitó la mano de Cristina y volvió a mirar al tablero.
Estaba corto de paciencia, y lo último que quería era tener que lidiar con ella de todas las personas allí presentes.
Cristina no era ninguna tonta, tenía excelentes notas en clase. Fue obvio para él que ella notó su animosidad, pero no estaba de humor para andar pidiendo disculpas. Tomó su teléfono celular del bolsillo para fingir estar ocupado leyendo mensajes o revisando las redes sociales de sus hermanas. Lori se había quejado algunos días atrás —días que se sentían como siglos para Lincoln— de que estaba a muy pocos likes de alcanzar a su eterna rival. Quizás él podría ser el granito de arena que ella necesitaba para finalmente salir victoriosa en su competencia online.
—Oye, ¿Lincoln? —Susurró ella, aprovechando que Jordan, Zach y Liam estaban iniciando una discusión acerca de las reglas y el número máximo de casas que un jugador podía tener antes de poder progresar a un hotel.
Dejó salir un suspiro y bajó su teléfono celular. Cristina, al parecer, no estaba dispuesta a dejarlo tranquilo.
— ¿Qué? —Le dijo, mirándola a los ojos.
—Lo que pasó el otro día en el centro comercial —comenzó, con sus mejillas comenzando a sonrojarse y sus dedos yendo a jugar con los rulos de su cabello—, en serio lo siento. No sabía que ibas a estar con Ronnie Anne. Ya no está enojada contigo, ¿verdad?
Iba a decir que no casi por instinto, pero una maquiavélica idea se le ocurrió, y por más que creyera que no era una buena idea, en aquel momento no pudo evitarlo. Quería ver la reacción de Cristina. Después de todos los malos tragos que él había pasado por su culpa, una pequeña y malvada parte de él quería ver qué le diría ella. ¿Qué iba a hacer? ¿Discutir con él? ¿Enojarse? Nadie podía enojarse con él.
Después de todo, sólo era un pobre diablo al que todos le tenían lástima porque estaba muriendo. Tenía total impunidad para hacer y decir lo que quisiera.
—Somos novios ahora —le reveló.
Ella parpadeó un par de veces y su torso se inclinó ligeramente hacia atrás, como recuperándose del impacto de la noticia. Sus dedos dejaron a su cabello en paz, y su mano cayó lentamente hasta quedar sobre la alfombra.
—O-Oh. Ya veo. Me, eh, me alegro por ustedes.
Decía estar alegre, pero ni su tono de voz ni su mirada angustiada parecía reflejar el sentimiento.
—Sí, estoy muy feliz —dijo él, su rostro con los mismos problemas que el de Cristina para reflejar los sentimientos que sus palabras profesaban—. Se siente ver querer a alguien y que la otra persona sea honesta con lo que siente, sin ridiculizarte o hacerte sentir mal por ello.
Lincoln estaba convencido de que ni aunque se hubiera puesto de pie y le hubiera dado una patada en la cara podría haberle causado tanto dolor a Cristina como con lo que acababa de decirle mientras la miraba a los ojos para que no le quedase duda alguna de a qué se estaba refiriendo. Su "amiga" le dedicó una mirada casi horrorizada. Sus labios comenzaron a temblar, y aunque trató de responderle, no logró hacerlo.
Con ambos puños cerrados sobre su falda, Cristina agachó la cabeza y miró hacia el tablero, tratando de escapar de los acusadores ojos de Lincoln. Él se quedó mirándola, sintiendo nada más que un pequeño grano de culpa al ver cómo los hombros de la niña temblaban y pequeñas lágrimas caían por sus ojos, apenas visibles excepto por la luz de la lámpara que brillaba en ellas.
Hubiese preferido que el juego continuase sin que nadie más lo notara, pero Jordan, desde el otro lado de la ronda, acabó con sus esperanzas.
— ¿Cris? ¿Estás bien? —Preguntó.
Cristina no le respondió. Se puso de pie y caminó rápidamente en dirección al baño de la casa de Rusty. Todos quedaron en silencio, y uno a uno, sus miradas cayeron en Lincoln, quien continuó pretendiendo estar ocupado con su teléfono a sabiendas de que su rostro dejaba ver con claridad cuán enfadado estaba. El primero en empezar a comprender lo que sucedía fue, por supuesto, su mejor amigo de toda la vida.
— ¿Pasó algo?
Lincoln miró a Clyde. Mantuvo la mirada por algunos segundos antes de voltear a ver al resto de sus amigos. Todos lo miraban preocupados. Lo querían, se preocupaban por él. Estaban allí por él, pero ninguno lo entendía. Nadie lo hacía. Nadie sabía todo lo que él estaba sufriendo, lo aterrado que se sentía ni el esfuerzo que debía hacer para mantener una actitud positiva en todo momento. Para fingir sonrisas, fingir que todo estaba bien, que estaba llevando esta situación mejor que nadie para no preocupar a los demás.
Pues ya no más. No podía permanecer allí sentado, mientras todos lo dejaban ganar en aquel estúpido juego de mesa, sentado junto a una chica que lo había hecho pasar muy malos momentos. Estaba cansado de las mentiras, la hipocresía, la falsa preocupación.
—Le refresqué la memoria —anunció, retándolos con la mirada a que alguien se atreviera a responderle mientras dejaba su teléfono sobre la alfombra.
— ¿A qué te refieres? —Preguntó Jordan.
—Le recordé cuando te envió a ti a que me dijeras que ya no quería que yo le hablara. Cuando se cambió de clases para no verme la cara. Ella me gustaba, e hizo todo lo posible para hacerme sentir mal. ¿Y ahora viene a verme y se supone que tengo que estar en buenos términos con ella?
Todos en la sala intercambiaron nerviosas miradas. Jordan, siendo una buena amiga de Cristina, pareció tomar como su responsabilidad el defenderla.
—Entiende, todos en clase comenzaron a hacerle bromas acerca de que era tu novia, se sentía incómoda —trató de explicar con suavidad.
—Oh, claro, qué terrible broma que la quisieran juntar conmigo, ¿verdad? Un insulto, me imagino. No se hubiera quejado si dijeran lo mismo de ella y Artie.
— ¡Claro que no! Escucha, ella…
—No me importa lo que diga, me hizo sentir muy mal y no tengo por qué fingir que no me molesta. ¡Yo no la invité a que venga! —Les dijo, agitando sus brazos exasperadamente.
Sus amigos nunca habían sabido mantener la calma en situaciones de estrés. Podía ver cómo Liam, Zach y Rusty comenzaban a sudar, frotaban sus manos, rascaban sus cabezas, desviaban las miradas. Incluso Jordan se veía sumamente incómoda, con sus dedos sujetando su trenza.
El único que parecía en control de sí mismo y con la confianza suficiente como para hacerle frente a Lincoln era, nada más y nada menos, que el más enclenque, inseguro y dubitativo de todos.
—Lincoln, Cristina lo siente —le dijo Clyde con calma y seguridad—. Está genuinamente arrepentida de lo que hizo, y quiso venir a verte para tratar de arreglar las cosas. Y creo que deberías perdonarla.
—Sí claro, "arrepentida". ¿Por qué no se acercó a pedirme disculpas hace un mes? O hace una semana. ¿Por qué ahora? ¿Eh? ¿Saben por qué? Porque estoy muriendo y ella, como todos ustedes, me trata como si yo ya estuviera muerto.
—Wow, ¿qué?
—Lincoln, nosotros no…
—Espera, espera…
— ¡Claro que…!
—Amigo…
Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo, tratando de decirle que no era así, que estaba equivocado, que esa no era su intención, pero Lincoln no quería escucharlos. Estaba más preocupado por su respiración agitada, su pecho oprimido, su garganta cerrándose. Se puso de pie y comenzó a caminar en círculos para calmarse.
—Lincoln, te lo juro, sólo estamos tratando de pasar un buen rato juntos, como siempre lo hacemos —le dijo Rusty, poniéndose de pie también, tratando de acercarse a él.
— ¡Es mentira y lo sabes! —Se quejó, sacudiendo la cabeza y llevando una mano al cuello de su camisa, que de repente parecía estar demasiado apretado— ¡Están dejándome ganar porque me tienen lástima! ¡No están jugando honestamente!
— ¡Es sólo un juego! —Se apresuró a decir Zach— ¡Lo siento, no debí ofrecerte mi carta, sólo quería ayudarte porque eres mi amigo!
—Sí, claro, ahora soy tu amigo, ¡ahora todo el mundo me quiere! ¿Saben cuántos mensajes he recibido de nuestros compañeros de clase? ¡Los mismos que se burlaron de mí cuando compartieron esas fotos donde estoy vestido de bebé, o los que subieron el video vergonzoso de todos nosotros en la fiesta de Jordan! ¡Todo el mundo pretende que siempre me quisieron, pero nunca me hablarían si no fuera porque me estoy muriendo!
Su boca estaba seca, necesitaba beber un litro de agua, y definitivamente necesitaba algo para calmar sus temblorosas manos. No sabía si sus amigos notaban su estado, si podían ver todo lo que le estaba ocurriendo, incluso cuestionaba cuántos de sus síntomas eran reales y cuántos estaban sólo en su mente. ¿Estaba exagerando? No entendía lo que le ocurría, todo a su alrededor comenzaba a dar vueltas y las paredes y el techo parecían cerrarse sobre él. Lo más parecido a esto que había experimentado en su vida era cuando debía trabajar con madera para la escuela. En aquellos casos, sin embargo, solía desmayarse casi de inmediato, antes de que las sensaciones escalasen a un punto insoportable. Lincoln casi estaba deseando poder desmayarse para dejar de sentirse tan mareado, acorralado. Aterrado.
—Nosotros siempre estuvimos aquí para ti, somos tus amigos —le dijo Liam.
— ¿Siempre? ¿Siempre? —Repitió, y al concentrarse en Liam y en las caras tristes y asustadas del resto de sus amigos, todo a su alrededor pareció enfocarse, dejar de moverse, y desesperado por alivio, se aferró a eso como un náufrago a la soga del salvavidas— ¡Tú también compartiste los videos que casi me dejan sin amigos! ¡Me evitabas en la cafetería para juntarte con Danny, Artie y Steve!
Liam bajó la cabeza, sin siquiera intentar defenderse. Lincoln hubiese querido que le respondiera, que tratase de convencerlo de que no era así, que pusiera la cara para que él pudiera continuar desquitándose en un intento por distraerse.
Ante la negativa de Liam por responderle, Lincoln decidió fijar su atención en otro de sus amigos. Se acercó caminando hacia él lo suficiente como para poder colocar un acusador dedo sobre su pecho.
—Y tú, Rusty, ¿recuerdas por qué te volviste mi amigo?
Volvió a golpear el pecho del pelirrojo con su dedo, y Rusty retrocedió un paso para evitar que le doliera.
—Y-Yo, eh…
—Te gustaba mi hermana Lynn, ¿no? Ella era mucho mejor que nosotros en bicicleta y te enamoraste después de la competencia que ganó —le recriminó, finalmente sacando a luz sentimientos enterrados en lo más profundo de su ser, demonios que había decidido olvidar y que el viejo Lincoln jamás hubiese traído a colación—. Solías tratarme como si fuera un tonto, pero siempre me pedías venir a mi casa para poder estar cerca de ella, hasta que trataste de invitarla a salir y ella se rió en tu cara. ¡Y aún así yo estuve allí para hacerte sentir mejor!
—P-Pero, Lincoln, t-tú, yo… Somos amigos —dijo, su rostro dolido por las acusaciones del otrora peliblanco.
—Has tratado de juntarte con todas las chicas y chicos populares, y sólo estás con nosotros porque fuimos tu última opción y los únicos que te aceptamos tal y como eres.
Se detuvo un segundo para llevar sus manos a su rostro, frotar sus ojos y sacudir su cabello. La sensación de mareo no se detenía. Sentía un nudo en la boca del estómago, como si estuviese a punto de vomitar. Sus rodillas y manos continuaban temblando, y mientras sacudía su cabello pudo sentir gotas de sudor apareciendo en su frente.
—Yo siempre estuve para ustedes, siempre los apoyé cuando nadie más lo hacía. ¿Pero qué hacían ustedes a la primera de cambio, eh? ¡Siempre se preocuparon por sus propias reputaciones! ¡Nunca dispuestos a darle una oportunidad a nadie!
—Lincoln, nosotros…
— ¡Cállate, Zach! —Estalló, y el pelirrojo retrocedió sobresaltado— ¿Acaso se olvidan de cuando mi hermana Lisa se unió a nuestra clase? ¡No me dejaron sentarme con ustedes en la cafetería porque no estaban dispuestos a darle una oportunidad a mi hermanita! ¡Me hicieron sentir mal por ser su hermano! ¿Y saben qué? ¡Si tuviera que elegir entre ella y ustedes, no lo pensaría ni un segundo en ir con ella!
—Lo sentimos, ¿de acuerdo? —Dijo Jordan Niña, dando un paso hacia adelante, mostrándole las palmas de sus manos en señal de paz— No somos perfectos, metimos la pata muchas veces. Yo también te traté mal en alguna ocasión, pero aún así te considero mi amigo. Te juro que nunca quise hacerte sentir mal a propósito. Por favor, Lincoln, no te pongas así, cálmate, sólo queremos estar aquí contigo porque te queremos.
— ¡Ya sé, pero no me están ayudando! —Se quejó, cerrando sus dedos en su cabello hasta que le causó dolor— ¡La estaba pasando bien con mis hermanas y mis padres hasta que ustedes me llamaron! ¡Y ahora sólo me tratan como si… como si tuvieran que…! ¡Me tratan diferente! ¡Sólo porque me estoy muriendo!
Su corazón palpitaba demasiado rápido, su respiración agitada le nublaba la vista, un zumbido en la oreja lo desorientaba. No entendía lo que estaba ocurriendo, pero no quería quedarse allí. Quería volver a su casa con su madre, o su padre, o cualquiera de sus hermanas para que lo ayudasen a calmarse. Estaba asustado y necesitaba la contención de su familia cuanto antes. Nunca debió haberse ido de su casa, ¿por qué no se había quedado allí? Se arrepentía de haberse alejado de su casa, de la gente que lo amaba.
Desde el inicio de la discusión, Lincoln sintió su corazón latiendo nervioso, palpitando en una lucha por no dejar salir los temores que tenía sellados en lo más profundo de su ser. Con el paso de los minutos, todos sus miedos fueron aumentando en intensidad hasta que finalmente la proverbial caja de Pandora se abrió, liberando todos los males a la conciencia de Lincoln.
Estaba lejos de su familia. Su cabeza daba vueltas, su corazón latía con fuerza. ¿Era esto lo que había sentido en el parque? No, no era lo mismo, no sentía un dolor agudo como si le clavaran agujas en las sienes, su cabeza no parecía a punto de estallar. No era eso, no lo era, NO LO ERA.
Pero bien podría haber sido. Podría haberle sucedido hace media hora, o de camino a la casa de Rusty. Y él habría estado lejos de su familia, lejos de sus papás, lejos de sus hermanas. Se había ido sin despedirse. Algunas de sus hermanas no habían estado en casa, y no había podido hablar con ellas. Lo último que las gemelas habían visto de él había sido en el desayuno, y luego él les había negado la posibilidad de jugar porque estaba ocupado con su proyecto secreto. Apenas si había hablado con Leni en la mañana. ¿Y qué hay de Lynn? ¿Sería su última memoria el hecho de que Lincoln había revelado un secreto frente al resto de sus hermanas? ¿Cómo podía ser esa la última memoria que tuviera de él?
¿Cómo podía estar allí? ¿Por qué estaba con esa gente falsa que sólo lo veía como un niño moribundo en lugar de ir con su familia?
—Tengo que irme.
Se abrió paso bruscamente entre Liam y Zach, haciendo caso omiso a las quejas de los dos chicos o a los pedidos de Clyde, Rusty, Jordan y la recién incorporada Cristina para que no se vaya. Ignoró todas la palabras que llegaban a sus oídos y simplemente abrió la puerta de entrada y salió a la calle.
Una parte de él fue consciente de la falta de sol y el frío que hacía, demasiado como para estar sólo con su camisa de polo. Aún así, mientras caminaba aceleradamente para alejarse de allí cuanto antes, poco le importó. Sólo quería despejarse, poder respirar aire fresco y despejar su mente.
Fue detenido abruptamente por una mano cerrándose alrededor de su muñeca y obligándolo a voltear. Quedó cara a cara con la enfadada mirada de Clyde
—Lincoln, escúchame, tienes que calmarte —le dijo, hablando lentamente.
—Suéltame, Clyde, me quiero ir.
—Amigo, estás sudando, sé lo que te está pasando, puedo ayudarte pero tienes que…
— ¡No sabes lo que me está pasando! —Le gritó, sacudiendo la cabeza— ¡Nadie lo sabe!
—Lincoln, soy tu mejor amigo, puedo ver que algo está mal.
—Suéltame.
—Por favor, no nos dejes, todos queremos estar contigo.
—Suéltame.
— ¡No seas egoísta, nosotros también queremos...!
Movió su muñeca hacia su cuerpo, desbalanceando a un sorprendido Clyde y trayéndolo contra él. Y justo cuando él lo soltó para tratar de agarrarse de sus hombros y no caer, Lincoln apoyó ambas manos en el pecho de su amigo y empujó con todas sus fuerzas. Clyde movió sus brazos como molinos y trastabilló hacia atrás, cayendo pesadamente con la espalda contra la dura y fría acera.
Lincoln oyó la queja de dolor de Clyde y los jadeos sorprendidos del resto de sus amigos desde la puerta de la casa, pero no le importó. Sus ojos se encontraron con los de Clyde, su mejor amigo de la infancia, la única persona que había estado allí para él siempre, y tras cerrar sus puños y dan un paso hacia delante para inclinarse sobre él, dejó salir las palabras que nunca creyó que podría gritarle.
— ¡DÉJAME SOLO!
Ignorando el rostro asustado de su amigo y las súplicas de todos los demás, Lincoln dio media vuelta y se alejó corriendo calle abajo, sin mirar hacia adelante, sin mirar hacia atrás, sólo alejándose de todo lo que lo hacía mal, dejando que sus piernas lo llevaran a un lugar más seguro.
Corrió y corrió, tan distraído que tuvo mucha suerte de no chocarse con nadie. Apenas miraba antes de cruzar la calle, y un par de peatones debieron moverse para evitar el impacto. Sus insultos y palabras no lo afectaron, pues en lo único que podía pensar era en alejarse de la casa de Rusty. No quería estar con sus amigos, no quería pensar. Quería correr y, en lo posible, llegar a su casa cuanto antes.
Por supuesto, la casa de Rusty quedaba al otro lado de la ciudad, y si bien Royal Woods era una pequeña ciudad de veinte mil habitantes, las piernas de Lincoln no pudieron alejarse más de algunas calles antes de rendirse. Había llegado a una parada del bus, y aprovechó el momento para sentarse.
No sólo el cansancio lo había hecho detenerse, sino también la ansiedad que lo obligó a sentarse y cerrar los ojos. Recordó su mañana, y cómo se había sentido al pensar en su enfermedad. Era la misma sensación. Sentirse atrapado dentro de su propio cuerpo, con sus nervios haciéndole creer que estaba por vomitar, que las grises nubes del cielo caían y se cerraban sobre él, que todo a su alrededor daba vueltas en un huracán de sinsentido y ansiedad.
Subió sus pies al banco y abrazó sus rodillas contra su pecho, escondiendo su cabeza entre ellas y cerrando los ojos.
Trató de calmarse. Comenzó a respirar lentamente. Tomaba aire, lo mantenía dentro de sus pulmones y luego lo dejaba salir en un tembloroso soplo. Repitió el proceso, tratando de poner la mente en blanco, concentrándose en su cuerpo, su respiración, sus manos brazos sujetando sus piernas, intentando volver a ganar control de sí mismo.
No supo cuánto tiempo le llevó, pero tras un largo, largo rato, su respiración ya no era temblorosa. Se sentía más calmado, con su corazón latiendo con normalidad, sus manos tranquilas y sin temblar. Lentamente, alzó la cabeza y bajó los pies, sentándose erguido y estirándose. Sus piernas y cuello se encontraban entumecidos, pero prefería lidiar con esa incomodidad antes que con estos nuevos y repentinos ataques de ansiedad.
Llevó una mano a su cara y se la refregó con cuidado. Podía sentir sus axilas transpiradas y su camisa pegada a su espalda por el sudor. Nunca le había gustado estar así. Se sentía sucio. Aún así, ni todo el hedor del mundo podría compararse con lo sucia que sentía su conciencia.
Ahora calmado, veía sus acciones con una nueva luz, y una gran bola de arrepentimiento y vergüenza pesaba en su estómago como si hubiese tragado un muñeco de plomo. Por Dios, ¿qué había hecho? ¿Por qué había hecho llorar a Cristina? Ella sólo estaba preocupada por él. Había ido hasta allí sabiendo que él estaba probablemente enfadada con ella, sólo para tener la oportunidad de disculparse nuevamente. Y él le había respondido sabiendo que la haría llorar. Tan sólo recordando la mirada dolida que ella le había dado mientras las lágrimas comenzaban a caer por su rostro le partía el corazón. Por más reparos que tuviera con ella, no dejaba de ser una niña, y no había nada que le doliera más que ver a una niña llorar.
Y luego, el resto de sus amigos. No podía creer que hubiese perdido el control de aquella manera. Las cosas que había dicho… las había pensado en alguna oportunidad. Se encontraba a sí mismo pensando en ellas cuando se peleaba con ellos o cuando se sentía mal, pero nunca se las hubiera dicho. Nunca les podría haber recriminado nada porque ellos eran los mejores amigos que podía tener. Incluso si tenía pequeñas espinas guardadas en su corazón, lo cierto es que él probablemente era quien les había causado más dolores de cabeza con sus alocadas ideas y planes, y aún así ellos estaban allí para él. Siempre lo habían estado.
Lo que más le dolía, sin embargo, era cómo había tratado a Clyde. Lo había empujado. ¡Clyde! Su mejor amigo de toda la vida, la persona en la que más confiaba fuera de su familia. Clyde era el hermano que él nunca había tenido. No podría olvidar nunca la imagen de verlo tirado en el suelo con dolor en el rostro. Todo porque no había podido controlarse, y le asustaba pensar que cada día le era más difícil hacerlo.
El lunes se había enfadado con las gemelas. Se suponía que iba a pasar una tranquila tarde con ellas antes de decirles la verdad, y sin embargo su comportamiento había dejado mucho que desear en su opinión. Debería haber sido más amable, tranquilizarlas antes de darles la noticia en lugar de hacerlas preocupar por él. Al día siguiente, se había enfadado con Ronnie Anne durante y después del desayuno en su casa. Ella sólo estaba preocupada por él, y sin embargo él había perdido el control. Y ahora, por tercer día consecutivo, había perdido los estribos y había arruinado la mañana que sus mejores amigos habían querido brindarle.
Lo más preocupante era, sin embargo, lo insignificante e inútil que se había sentido por segunda vez en el día. Se había sentido un rehén en su propio cuerpo. Había experimentado algo similar dos días atrás, cuando una crisis nerviosa lo había llevado a casi cortarse el cabello antes de recapacitar y tan sólo teñírselo, pero ahora estos dos ataques habían sido mucho más fuertes. El mundo se cerraba a su alrededor, y por largos minutos, todo lo que podía hacer era sentarse y esperar a que pasara.
No le gustaba sentirse así. Le daba miedo. Incluso ahora, ya calmado y dueño de su cuerpo y mente, tenía ganas de llorar. Era una angustia que le hacía sentir un vacío en el estómago. Le erizaba el vello de los brazos y le hacía sentir un escalofrío recorriendo su espalda que ni el frío de aquel nublado mediodía podía siquiera intentar provocar en él. Necesitaba a sus padres, necesitaba a Lori, a cualquiera de tus hermanas; a todas ellas. Llevó una mano a su bolsillo para tomar su teléfono celular y llamar a…
Su bolsillo estaba vacío. Revisó el otro, pero sólo sintió un par de billetes y monedas. Se golpeó la frente con la palma de su mano y dejó salir un quejido. ¿Dónde lo había dejado? Recordaba estar fingiendo que lo revisaba antes de discutir con sus amigos y luego… Sí, lo había dejado tirado sobre la alfombra. Claramente no se había imaginado que se escaparía corriendo de la casa de su amigo.
Genial. Estaba sólo, asustado, angustiado, incomunicado, y lejos de casa. Todavía estaba relativamente cerca de la casa de Rusty, podría caminar de regreso, aprovechar para disculparse, y llamar a su casa para volver con sus seres queridos. Podría hacerlo, pero se sentía increíblemente avergonzado. Ni siquiera podía imaginarse cómo lo recibirían sus amigos, o qué podía decir para hacerlos sentir mejor.
—Hola, sí, je, perdón por lo de hace un rato, no lo decía en serio. Me olvidé el teléfono, déjenme que llamo a mis padres para irme, ¿dale? ¡Sin resentimientos! ¡Chao!
No había palabras que pudieran expresar su profundo arrepentimiento y vergüenza. Lincoln era un experto en disculpas, pero ni siquiera él podía pensar en cómo pedirles perdón de manera honesta y significativa. No sabía si podrían perdonarlo. Sí, seguramente lo disculparían, ¿pero no quedarían en verdad dolidos por las cosas que les había dicho?
No estaba listo para enfrentarlos. No tan pronto. No podía ir con ellos, debería…
El suave eco de un trueno en la distancia lo hizo levantar la vista hacia el cielo. Las nubes se movían lentamente, cubriendo toda la ciudad en un inestable manto con distintas tonalidades de gris. Fue consciente de repente del frío que hacía.
Levantó su muñeca y echó una mirada al reloj de Adrien. Apenas pasado el mediodía. Debería poder llegar a casa antes de almorzar. Revisó luego sus alrededores. Estaba en una parada de bus junto a la entrada del Sunnyside Garden, un pequeño parque por donde corría un pequeño tramo del arroyo que nacía en el bosque que daba nombre a la ciudad y desembocaba en el mar. Conocía el lugar, cuando era niño solía ir allí con su familia, antes de que Vanzilla estuviese siempre a punto de romperse y fuera mucho más práctico que todos fueran al parque central, más extenso y cercano a su casa. Tenía dinero de sobra como para pagarse un boleto de autobús y volver a su casa.
Se sentó a esperar, resignado a ser regañado por olvidarse el teléfono, por volverse en autobús, y sabiendo que su relación con sus amigos podría estar dañada para siempre. Quería ir con su familia cuanto antes, pero era muy probable que antes de que terminase el día tratara de comunicarse con Clyde e intentar hacer las pases.
No estaba en condiciones de dejar pasar mucho tiempo antes de hacerlo.
Sacudió su cabeza. No. No tenía que pensar en eso, debía concentrarse. Sonreír. Pensar en cosas bonitas. Debía ser fuerte por los demás para no estallar nuevamente. Necesitaba algo para distraerse y pensar en otra cosa.
Levantó la vista y vio, en la acera de enfrente, la vidriera de El Tío Pistacho, una vieja heladería que había estado allí desde antes que Lincoln naciera. Hacía años que no probaba uno de sus famosos helados. Tan sólo con pensar en ellos, su boca se llenó de baba, y podría jurar que sentía el sabor de la menta granizada en la punta de su lengua.
Volvió a mirar el cielo. No había vuelto a oír otro trueno, pero era obvio que podría comenzar a llover en cualquier momento. Hacía mucho frío también, pero… ¿se supone que debía esperar a volver a estar en aquel lugar con un día soleado? No estaba en condiciones de desperdiciar ninguna oportunidad. Tras contar su dinero una vez más y echar una mirada a la calle para asegurarse de que el autobús no se acercaba, decidió cruzar a la tienda y comprar un helado.
Apenas unos minutos más tarde, Lincoln volvía con su pequeño pote de helado y una cuchara en mano. El sabor era tan legendario como lo recordaba, e incluso si no se suponía que debiera comer postre antes del almuerzo y aunque hacía tanto frío que su cuerpo le pedía por favor que no continuase, disfrutó cada pequeño bocado.
La vida era para disfrutar de los pequeños placeres, y mientras se acercaba nuevamente a la parada de autobús y a los carteles publicitarios de películas que la rodeaban, concluyó que el helado de menta granizada era definitivamente uno de ellos.
Estaba ya en la otra acera cuando una gota cayó sobre su cabello. Levantó la vista hacia el cielo, y otra más impactó en su frente. Si llegaba mojado, su familia iba a regañarlo en serio. Nunca les había gustado que fuera descuidado, que saliera sin abrigo o que no prestase atención a las advertencias sobre el clima. Seguramente iban a volver a repetir sus discursos, y él iba a tener que disculparse con todos ellos. Lo perdonarían, sin embargo, porque su familia lo amaba tanto como él los amaba a todos y cada uno de ellos. Eran, sin duda alguna, las luces que brillaban en la oscuridad cuando más los necesitaba.
Poco a poco, y a medida que se acercaba al banquito de la parada de bus, la llovizna hizo acto definitivo de presencia, la frecuencia de las gotas incrementando lento pero seguro, cubriendo la acera de pequeñas manchas allí donde el agua caía. Continuó acercándose, dando un nuevo bocado a su helado y acelerando el paso, mirando fijamente a la parada y todo lo que la rodeaba, los anuncios de nuevas películas, los árboles, el parque, la…
Lincoln Loud se detuvo de repente. La lluvia caía sobre sus hombros, su cabeza, sus manos y su helado. Con la mirada fija hacia delante, sus ojos quedaron perplejos, sus labios cubiertos de menta dejaron salir un jadeo, un escalofrío recorrió su cuerpo…
A pesar de todo, consiguió tragar el helado que tenía en su boca.
Su último helado.
.
.
¡No se pierdan la conclusión el viernes 10 de Agosto!
