Para poder mantenerme fiel a la historia que planeé hace dos años, el episodio Selfie Improvement no será tenido en cuenta como canónico para este fanfic.

Disclaimer:

The Loud House y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Viacom, Nickelodeon y sus respectivos dueños.


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Capítulo 24:
La Tormenta.
Parte II.

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¡Lincoln! ¡Lincoln!

La voz de Lori se perdía entre las risas del resto de los niños y niñas que jugaban en la plaza. Ella caminaba entre columpios y sube y bajas, buscando con la mirada cualquier señal de cabello blanco.

Echó una mirada hacia atrás. Sus padres continuaban tratando de calmar a las gemelas, quienes lloraban en el carro de bebés doble que el abuelito Pop-Pop les había comprado. Lucy, de tan sólo tres años, estaba parada junto a ellos, tomando de la mano a su madre con un rostro imperturbable y una mirada perdida detrás de su cabello negro.

Sus padres estaban muy estresados, y si las gemelas no se calmaban, eran capaces de dar por finalizada la salida recreativa y regresar a casa. Lori no podía culparlos. Tener gemelas era toda una nueva experiencia para ellos. Por eso ella era la encargada de cuidar a los demás. Asegurarse de que Leni no se perdiera, que Luna no se alejara demasiado en sus caminatas, que Luan no contara chistes a extraños, que Lynn no se lastimara jugando, y sobre todo que no lastimara a su hermano.

Lincoln, sin embargo, no estaba jugando con Lynn, según la pequeña atleta le había dicho. Al parecer, por más ganas que tuviera de seguir a su hermana mayor, no estaba preparado para columpiarse hasta lo más alto y luego saltar sobre la arena. Se había ido, presuntamente, a jugar a los toboganes, pero Lori los había recorrido todos de arriba a abajo y no estaban por ningún lado.

Volvió a echar una rápida mirada a sus padres. No quería que supieran que no sabía dónde estaba su hermanito. Ella debía estar a cargo, era la hermana mayor. Incluso aunque no se lo pidieran, su responsabilidad era la de cuidar a todos, asegurarse de que todo estuviera en orden para que ellos pudieran descansar y relajarse al menos un poco. Con lo estresados que estaban, lo último que quería era que además tuvieran que salir a buscar a un niño.

¡Lincoln! —Volvió a llamar.

No estaba en la plaza de juegos, así que imaginó que quizás habría ido al baño. Lincoln siempre, SIEMPRE pedía que alguien lo acompañara porque le daba miedo cruzar al otro lado del parque solo. Mientras se acercaba al pequeño puente que cruzaba por encima del arroyo, se preguntó dónde debería buscar si es que no estaba allí. ¿Dónde podría estar? Estaban a muy pocos metros de la acera, podía ver la parada de autobús desde donde estaba. ¿Y si se había ido del parque? ¿Y si estaba persiguiendo un globo? ¿Y si vio un cachorrito que le recordó a Charles y había salido del parque para ir a buscarlo? No quería preocuparse, no quería hacerse ideas, pero era difícil estar tranquila sabiendo que, bajo su guardia, su hermanito de seis años no aparecía por ningún lado.

Puso un pie sobre el puente cuando un sonido llamó su atención. Creyó que podría haber sido el pequeño hilo de agua que golpeaba las rocas debajo del puente. Se quedó quieta unos instantes, y lo oyó de nuevo, esta vez absolutamente segura de que no era el agua en movimiento. Tenía muchos años de experiencia como hermana mayor, y podía reconocer un llanto en cualquier lugar.

Miró en todas direcciones, buscando a alguien llorando, pero no encontró a nadie. ¿Cómo podía escuchar un llanto si es que no había nadie cerca?

Agudizó el oído, y tras algunos segundos, miró hacia abajo. El puente sobre el que se encontraba era una pequeña estructura de madera que hacía una curva sobre la pendiente que llevaba al pequeño arroyo. Su padre lo había descrito en alguna oportunidad como un puente japonés, sea lo que fuese que eso significase. Lo único que sabía es que el piso era una serie de tablas de madera, y al mirar hacia ellos y concentrarse, creyó encontrar la fuente de sonido.

Volvió hacia atrás en sus pasos hasta el inicio del puente. Con cuidado, bajó por la inclinada pendiente de la ladera del arroyo. Volteó a su izquierda, y su instinto de hermana mayor se activó de inmediato.

¡Lincoln!

Se acercó tan rápido como pudo hacia la parte baja del puente, donde su hermano se hallaba sentado, llorando sobre sus antebrazos. Tenía suficiente espacio entre la tierra y el suelo como para maniobrar con facilidad y poder ponerse de cuclillas frente a él.

Linky, ¿qué te pasó? ¿Te lastimaste? —Preguntó, revisándolo con la mirada en busca de alguna herida y acariciando las partes expuestas de los brazos de su hermano para mostrarle que estaba allí para él.

El niño levantó la cabeza, y sólo con sus ojos llenos de lágrimas y sus labios temblando fue capaz de romperle el corazón a la mayor de las Loud. Ella mordió su labio inferior y abrió sus brazos. Lincoln no lo pensó dos veces y se inclinó hacia delante para permitirle que lo abrazara.

Estoy aquí, no llores. Todo está bien. Tranquilo.

S-Se burlaron —le dijo entre sollozos—. Unos niños s-se rieron de m-mi cabello.

Lori lo abrazó aún más fuerte. Todos en la familia sabían que Lincoln era muy tímido con respecto a su cabello. El blanco no era precisamente un color usual para el cabello de un niño pequeño. Gente en el centro comercial, en la escuela, en el autobús o en cualquier otro lugar solía quedarse mirándolo. Él trataba de ignorarlos, de esconderse detrás de sus hermanas o padres, pero los comentarios y las miradas siempre le llegaban, de una forma u otra.

Los niños, sobre todo, podían ser muy crueles. Lori lo sabía de primera mano. Este año había comenzado a tener problemas de acné, y la vida en la escuela había pasado a ser un infierno. No ayudaba en nada que Carol Pingrey continuara con su cutis perfecto atrayendo la atención de todos los chicos de su grado. Entendía lo que Lincoln sentía al ser objeto de burlas, pero mientras que ella podía poner la frente en alto y seguir adelante, su hermanito se tomaba las palabras muy a pecho.

Siempre había sido un niño extremadamente sensible y que necesitaba constantes muestras de apoyo por parte de sus hermanas. Solía sentirse distinto porque era el único niño entre todas ellas. Un extraño en su propia casa. Y aunque Lynn, Luan o incluso Luna no lo notasen, Lori podía ver que él necesitaba que le recordasen que era uno más de la familia. Tan valioso y amado como todas las demás.

No les hagas caso, Linky, sólo están celosos —le dijo, acariciando su espalda y hombros—. Sus cabellos son normales y aburridos, y tú tienes el color de la nieve y las nubes. Se ve hermoso en ti, y te hace especial.

Lincoln se separó un poco para ver a Lori. Algunas lágrimas continuaban cayendo por su rostro, y sus ojos la miraban suplicantes.

¿L-Lo dices en s-serio?

Colocó ambas manos en sus mejillas llenas de pecas y se inclinó para besarle la punta de la nariz. Le dedicó la más grande y cálida de sus sonrisas.

Absolutamente. Tú eres hermoso, tu cabello es hermoso, y si alguien se atreve a decir lo contrario, tendrán que vérselas conmigo.

Sus palabras, si bien no era la primera vez que se las decía, tuvieron un efecto balsámico en su hermano. Lincoln volvió a acercarse a Lori y apoyó su cabeza en su pecho, abrazándola con cuidado. Seguía sollozando, pero cada vez con menos intensidad, y tras varios minutos sintiéndose seguro en el abrazo fraternal de Lori mientras ella le susurraba bellas palabras al oído, el niño de cabello blanco logró calmarse, y juntos regresaron con sus padres tomados de la mano, con ella prometiéndole que le compraría un cono de su helado favorito.

Lori caminó siempre al frente, su mirada moviéndose de lado a lado estudiando a todas las personas del parque, preparada para saltar en defensa de su hermanito si es que alguien siquiera osaba quedarse mirándolo.

Lincoln caminó mucho más relajado y sin preocuparse, pues sabía que mientras su hermana mayor estuviera con él, nada ni nadie lo molestaría.


La Lori del presente estaba acostada sobre su cama, descalza a pesar del frío y con su teléfono olvidado en la mesa de luz a un costado de su cabeza. Observaba el techo, sus ojos fijos sin mirar en una pequeña mancha de humedad cerca de la esquina. El sonido de la fuerte lluvia golpeando su ventana y el techo servía como cortina de fondo para su melancólico estado de reposo y reflexión. Así había estado durante la última hora, tras volver de su pequeña visita al centro comercial con su novio y Ronnie Anne. Había sido muy breve. No habían parado a comer, no habían parado a charlar, no habían intercambiado muchas palabras, siquiera. Compraron lo que debían comprar, y tras encontrarse con Luna, Lynn, Lucy, las gemelas y su madre, Lori decidió volver a casa con ellas, despidiéndose de Bobby con un abrazo y un beso que no duró demasiado ni se sintió particularmente significativo.

Por primera vez en una larga hora, volteó su mirada hacia el teléfono. Su brazo izquierdo se movió finalmente de su regazo y, con la pereza de quien no tiene verdadero interés en nada, tomó el aparato y lo llevó hacia ella una vez más. Con un movimiento de su dedo desbloqueó la pantalla. Descartó todas las notificaciones que no le interesaban —comentarios, likes, videos, invitaciones de juegos—, marcó como leídos los más de doce mensajes que algunas de sus amigas le habían enviado, y abrió el chat de Bobby.

Cinco mensajes en la última hora, todos sin leer hasta aquel momento. No decían mucho. No decían nada, en verdad. Sólo él recordándole que si quería hablar podía hacerlo cuando quisiera. Que tendría su teléfono encima todo el día, y que incluso si es que estaba trabajando respondería para ella. Recordatorios de que podía confiar en él. Un gran "Te amo" con un corazón.

Lori cerró los ojos y suspiró, llevando su teléfono a su pecho. Lo cierto es que por más que quisiera llamarlo para repetirle una y otra vez lo mucho que lo amaba, sentía que no era el momento. No podía hacerlo, no tenía las energías necesarias. No estaba de humor.

Hacía diez días que no estaba de humor para nada. Apenas comía, pues su estómago estaba convencido de que no tenía apetito. Trataba de acabar su plato, pero no lo hacía porque necesitase satisfacer su hambre, sino que lo único que quería era no preocupar a sus padres y servir como ejemplo para sus hermanas. Quizás, si la veían alimentarse como correspondía, ellas también lo harían.

Ella siempre había sido el ejemplo a seguir. Como hermana mayor, era su deber ser el faro que guiara a todos los demás por la senda que sus padres le habían enseñado. Ellos estaban ocupados con sus trabajos y tratando de dividir su tiempo entre sus once hijos para encargarse de los pequeños detalles y acciones del día a día. Ese era el trabajo de Lori. Apoyarlos, ser su ayuda, su aliada en la difícil tarea de criar una familia. Nunca se había quejado, a pesar de lo duros que algunos sacrificios habían sido.

Ella nunca había podido ser libre, en algún sentido. Su responsabilidad como hermana mayor la obligaba a ceder más que ninguna otra. A la hora de cuidar a quien quiera que fuese el nuevo bebé de la familia, las hermanas menores no estaban obligadas a hacerlo, pero Lori sí. Ella siempre debía estar disponible para dar una mano cuando fuese necesario, por lo que su dedicación debía estar puesta al cien por ciento en la casa y la familia. No había podido ir a clases de costura con Leni. No había tenido la chance de ir al conservatorio musical con Luna. Sólo durante el último año es que había podido tomar clases de golf, a diferencia de Lynn, que practicaba seis deportes simultáneamente. Ella entendía la economía de la casa mejor que nadie más —Lisa quizás como la única excepción—, y era ese conocimiento lo que la inhibía a veces de pedir dinero a sus padres, a diferencia del resto.

Ella siempre había tenido que ganarse lo suyo con trabajo y esfuerzo. Y nunca se había quejado. Ni siquiera ahora, con diecisiete años, se quejaba del rol que le había tocado asumir. Ella era la responsable de mantener el orden en la casa, de asegurarse que todo estuviera bien, y tomaba aquel encargo con honor y valentía. Nunca había sentido pena de sí misma, pues para ella la familia lo era todo, y estaba enorgullecida de actuar como líder de la manada incluso si eso le generaba la animosidad temporal de sus hermanas, pues ella sabía que todo lo que hacía era para asegurarse que a estructura familiar no se desmoronara.

Estos días, sin embargo, no habían hecho más que obligarla a cuestionarse el éxito de su labor.

Se puso de pie, aún con su teléfono en mano y se preparó para salir de su habitación. Echó una furtiva mirada a la cama de Leni. Al igual que la suya propia, no estaba hecha. Las sábanas estaban desarmadas y la almohada tirada en el suelo. Era difícil para todas concentrarse en las tareas del hogar, aunque Lori había encontrado que hacer las rondas de lavandería la hacían caer en la vieja rutina de siempre, y era capaz de desconectarse del mundo durante los ciclos de lavado, disfrutando al menos esos pocos minutos de paz y olor a lavanda.

Leni no estaba en casa en aquel momento, ocupada como estaba con todos los preparativos. Había muchas cosas que hacer y poco tiempo. Estaba preocupada por Leni, quizás más que cualquier otro miembro de la familia lo estaba, pero no había nada que pudiera hacer. No por ahora, al menos.

Salió de su habitación y se internó en el pasillo del primer piso. Otrora tan ruidoso y activo, ahora no era más que el fantasma de lo que había sido. Paredes vacías que no decían nada, un largo corredor cuyo silencio y falta de caos no era sino una prueba más de la desgracia que había caído sobre la casa Loud.

Una desgracia que Lori no podía controlar.

El único sonido provenía de la habitación justo enfrente de la suya. Lori tomó aire y decidió entrar allí.

Las dos hermanas residentes de la habitación se encontraban allí. Luna estaba sentada en el suelo con la espalda contra la pared justo debajo de la ventana. Tenía su guitarra acústica en la mano, y sus dedos se movían de una posición a otra, tocando una melodía lenta y decididamente triste. Tenía los ojos cerrados y cantaba en voz baja, preocupada más por el tempo que por la altura de las notas que producía con su voz.

Where are you now? I can hear footsteps, I'm dreaming
(¿Dónde estás ahora? Puedo escuchar pisadas, estoy soñando)
And if you will keep me from waking to believe this
(Y si quieres, evita que despierte para creer esto)

Lori no quiso interrumpirla. Incluso desde pequeña, antes de encontrar en el rock la pasión de su vida, Luna había recurrido a la música para escapar de sus problemas. No era buena con palabras, a veces le costaba expresar sus sentimientos incluso con ella, pero siempre tenía una canción en la cual ampararse para dejar ver a la verdadera Luna. Mucha gente creía que ella hablaba citando canciones sólo para divertirse o para alardear de sus vastos conocimientos musicales, pero lo cierto es que ella estaba siempre pensando en términos musicales. Todo lo filtraba a través de la música, así es como su mente funcionaba.

En una oportunidad, Lori debió hablar con sus profesoras para convencerlas de que Luna había reprobado su exposición oral sólo porque no la habían dejado presentar los temas en forma de canción. Decidieron darle una oportunidad, y su blues de la Segunda Guerra Mundial acabó con la mejor nota de la clase.

Conocía a su hermana, y sólo con escucharla podía entender el enorme dolor que sentía. Un dolor que jamás sería capaz de explicar con estúpidas y vacías palabras, pero que encontraba su salida en los tristes versos de una balada.

Are you afraid of being alone? Cause I am
(¿Tienes miedo de estar sólo? Porque yo sí)
I'm lost without you
(Estoy perdida sin ti)

Lori se recostó contra la pared opuesta, y quizás hizo algún ruido o quizás fue coincidencia, pero Luna abrió sus ojos finalmente y levantó la vista. Al igual que Leni y Lori, Luna había dejado de maquillar su rostro estos últimos días, pues no había nada más molesto que la máscara cayendo por sus mejillas a cada rato. Era raro ver sus párpados sin el clásico púrpura que ella usaba en homenaje al color favorito de Mick Swagger. Era tan raro como desolador, al igual que los ojos rojos e hinchados.

Su mano derecha dudó un instante, perdiendo el tiempo, pero en seguida ella se recuperó, volviendo a cantar mientras miraba a su hermana mayor.

Are you afraid of leaving tonight? Cause I am
(¿Tienes miedo de irte esta noche? Porque yo sí)
I'm lost without you
(Estoy perdida sin ti)

Las últimas palabras del estribillo de desvanecieron con la última nota. Luna esperó pacientemente a que las cuerdas dejaran de vibrar antes de mover su guitarra a un lado y juntar sus rodillas.

—Hey —le dijo a Lori, haciendo el esfuerzo por sonreír. La mayor apreció el intento.

El saludo alertó a Luan de la llegada de una nueva hermana. La comediante estaba recostada en su cama de costado, con la mirada en la pared. La había estado observando con tanta atención e interés como ella lo había hecho con el techo. Lori no sabía cuánto tiempo había estado así, pero por la forma en la que estiró sus brazos y espalda, supuso que bastante.

Luan también la miró, y asintió con la cabeza a modo de saludo.

Un incómodo silencio se produjo entre las tres. Lori siempre había tenido las palabras justas para decirle a sus hermanas, fuera cual fuera la situación. Ella siempre había estado preparada para todo. Podría haber escrito su propio manual de supervivencia familiar para recopilar los trucos y estrategias que garantizaban un soberbio control de la situación cualquiera fuera el caso. Ahora, sin embargo, sentía que la situación se escapaba de sus posibilidades. No había nada que decir, nada que hacer.

Sólo había algo que podía ofrecerles.

—Voy a estar en la cocina —les anunció en voz baja, aunque a diferencia de otros tiempos, no hubo ruido alguno que la silenciara—. Si necesitan algo… cualquier cosa…

Las dos niñas asintieron desde sus lugares en silencio, y desviaron la mirada. Lori esperó algunos segundos, su corazón deseando que le pidieran un consejo, unas palabras, un abrazo, cualquier cosa que ella pudiera darles para tratar de hacerlas sentir un poco mejor. El silencio, sin embargo, la obligó a salir de la habitación sin intercambiar más palabras.

Luna y Luan habían sufrido sus propias crisis en los últimos días. La primera había sido Luan, quien no había hablado con nadie de la familia por días en una especie de pacto de silencio que había jurado en secreto. No más bromas, no más trucos, no más risas. Silencio absoluto por parte de la comediante entre el lunes y el jueves. Las únicas palabras que había pronunciado habían sido venenosas acusaciones contra Lynn cuando ella le lanzó accidentalmente una almohada a Lincoln.

Luna, por su parte, había tenido su propia crisis el viernes. Lori se había quedado despierta hasta tarde, sin poder dormir como la mayoría de las noches. Había ido tres veces a revisar la habitación de Lincoln, encontrándolo durmiendo plácidamente junto a Lynn cada vez. El insomnio la tenía como presa, y lo único que podía hacer era quedarse despierta mirando el techo, esperando que los minutos pasaran hasta que su cuerpo no pudiera seguir más y cayera desmayada. Fue así que llegó a estar despierta cuando Luna llegó ebria a la noche de su concierto. El cansancio, la preocupación y su irritable estado mental la había llevado a tener una discusión con Luna que había acabado con la estrella de rock destruyendo su más valiosa guitarra.

Las dos habían sufrido mucho, pero incluso si todavía eran tristes y apagados reflejos de sus verdaderos seres, ambas habían mejorado. Luan había vuelto a hablar. Había vuelto a hacer bromas. Pasaba más tiempo con el resto de sus hermanas, pero en lugar de buscar juegos de palabras con todo, tomaba cada oportunidad para disculparse por sus actitudes pasadas. Luna se había disculpado con ella la mañana del domingo, había vuelto a tocar música, y aunque pasaba las tardes encerrada en su habitación o el garaje tocando las canciones que su corazón le decía, estaba mucho más receptiva a estar con el resto de las chicas. Las dos habían mejorado ligeramente, escapando por lo menos de la etapa más crítica de sus crisis.

Y Lori no las había ayudado en nada. No había sido ella quien las había salvado de aquella espiral de depresión.

Continuó caminando por el pasillo en dirección a la escalera cuando la puerta del medio se abrió. Lynn salía de allí, vestida con su uniforme de siempre y su nuevo peinado. Era un tanto extraño verla a ella con el cabello suelto extendiéndose más allá de sus hombros, con pequeñas ondulaciones en los tramos finales, seguramente cortesía de Lola.

Lynn y Lori se cruzaron, y las dos se detuvieron cuando estuvieron frente a frente.

— ¿A dónde vas? —Preguntó la mayor, colocando una mano sobre el hombro de su hermana.

—Al baño —respondió sin mucho entusiasmo la deportista.

La relación entre Lori y Lynn era un tanto extraña. No solían pasar tiempo juntas. No tenían muchos gustos en común excepto por el golf, e incluso allí, Lynn era demasiado ruidosa y tenía la entrada prohibida a los campos de entrenamiento. Los golfistas, al parecer, no tenían paciencia por niñas que trataban de desconcentrarlos o se reían de sus golpes.

Lynn era demasiado ruda y poco delicada, y encapsulaba en ella todo el descontrol y energía desaforada que Lori trataba a diario de mitigar en la casa. Ambas sabían que la mejor forma de evitar conflictos era no estar juntas demasiado tiempo, y la mayor parte de las veces, eso hacían.

Aún así la amaba como a todas las demás. Todavía recordaba a la pequeña niña que trataba de llamar su atención constantemente, para que viera lo rápido que corría, lo alto que saltaba, lo lejos que pateaba un balón. Solía buscar la aprobación de Lori en reemplazo, quizás, de la atención que sus padres no podían darle. Con el tiempo, la distancia creció entre ambas, pero Lori podía sentir el respeto que su hermanita todavía le tenía. Por más difícil de controlar que fuera, era de las pocas que no le hacía repetir la cosas antes de hacer caso. Una fuerte mirada, unas instrucciones claras, y Lynn accedía. No era algo que hiciera con todos, pero la pequeña atleta había estado en infinidad de equipos, y si había alguien que sabía de la importancia de respetar al capitán, era ella.

Los viajes en Vanzilla a las prácticas eran en verdad las pequeñas chances que las dos tenían para hablar a solas, y aunque a veces el silencio se volvía incómodo, la mayor parte de los viajes servían para recordarle a Lori que incluso sin demasiadas cosas en común, las dos eran hermanas, y se amaban profundamente.

—Oye Lynn, si necesitas algo, cualquier cosa, estaré en la cocina, ¿sí? —le dijo, apretando ligeramente su hombro.

Lynn asintió, su cabello siguiendo el movimiento de su cabeza.

—De acuerdo, gracias. Aunque creo que voy a estar en mi habitación por un rato —dijo, mirando por encima de su hombro hacia la puerta de la cual había salido—. Lucy está en su ataúd y quiero estar allí en caso de que salga y necesite un abrazo.

Lori siguió la mirada de su hermana.

— ¿Quieres que vaya a hablar con ella? Estos últimos días apenas se ha separado de ti, debes estar cansada. Deja que yo la ayude y tómate un descanso, ¿sí?

Los labios de Lynn se curvaron en una sonrisa, resaltando sus mejillas y las pecas que las cubrían.

—Gracias, en serio, pero ya sabes cómo es Lucy… Necesita espacio, tiempo… No puedes forzarla a hablar. Sólo puedes estar allí para cuando ella te necesite. Y aunque a veces me saque de quicio, es mi compañera de cuarto. Somos un equipo. Y es mi responsabilidad.

La mayor de las Loud la miró durante algunos segundos, estupefacta y sin saber cómo responder.

—Vaya, Lynn… —Finalmente le sonrió y la atrajo contra sí en un abrazo— Eres una excelente capitana. Sabes cómo manejar a tus jugadores.

La castaña le devolvió el abrazo sin apretar con todas sus fuerzas, sin tratar de levantarla, sin hacerle una llave de judo. Un sencillo y honesto abrazo.

—Aprendí de la mejor —susurró antes de separarse y continuar su camino hacia el baño. Lori la observó ir, reparando en lo madura que se veía de repente. Recordó cómo ella se había estado sobreexigiendo durante la semana anterior, hasta el punto de lastimar su muñeca. Recordó la pelea con Ronnie Anne, su incidente en la escuela, el mal humor con el que se la veía a cada momento. Hasta que luego su ira y su instinto autodestructivo se redujeron casi a la nada. Estaba triste, sí, pero mucho más controlada y serena.

Y Lori no había tenido nada que ver. No había podido ayudarla en nada.

Continuó hacia las escaleras, dejando atrás la habitación de Lucy y sin pasar por la de Lisa. No tenía ni idea cómo la pequeña genio estaba llevando la noticia. Parecía ocupada en sus experimentos, quizás incluso más que de costumbre. Tenía un coeficiente intelectual demasiado alto y la edad demasiado corta. No había forma de saber si esconderse en su trabajo era su forma de lidiar con el dolor, si es que entendía con precisión lo que estaba sucediendo, o qué es lo que pasaba por su cabeza.

El foco de su atención cambió cuando notó que las dos gemelas estaban sentadas una contra la otra en el primer escalón. Bajó con cuidado de no pisarlas y se colocó de pie junto a ellas.

—Chicas, ¿qué hacen? —Preguntó, poniendo su voz más dulce y suave.

Las dos niñas la miraron sin entusiasmo. Lana estaba ligeramente inclinada contra Lola, sus hombros y cabezas tocándose, pero ni la plomera hacía muecas por estar tocando el reluciente vestido de su gemela, ni la princesa hacía un escándalo por cómo su peinado estaba siendo arruinado por culpa de la sucia gorra roja.

—Esperamos —dijeron ambas al mismo tiempo.

Lori volteó hacia la puerta de entrada. Debió ahogar un suspiro resignado e ignorar la gélida sensación que la inundó, como si alguien derramara un frío líquido sobre sus hombros, arrastrándose lentamente por su espalda y penetrando hasta su corazón.

Ella también estaba esperando.

— ¿Quieren que juguemos a algo mientras tanto? —Les sugirió, poniéndose de cuclillas frente a sus hermanas— Puedo traer un juego de mesa. Podemos jugar a las cartas, o a lo que ustedes quieran. ¿Quieren que les ponga una película en la televisión?

Las gemelas miraron en dirección al sofá. Desde que Lori tenía memoria, el sofá siempre estaba siendo disputado. Con una sola televisión en la casa y trece personas con gustos absolutamente distintos, era inevitable que hubiera conflictos y auténticas guerras por el control remoto. Últimamente, sin embargo, nadie parecía interesado en ver sus programas favoritos. Lori ni siquiera había recordado que su serie favorita había estrenado un nuevo episodio el viernes.

Lola se acurrucó un poco más contra Lana, y su gemela la tomó de la mano.

—No, gracias —respondió la princesa.

—Vamos a quedarnos aquí —agregó la otra.

Lori no pudo sino asentir.

—Voy a estar en la cocina preparándome un café. Si quieren que les prepare algo, o quieren jugar, o necesitan cualquier cosa sólo vayan y avísenme, ¿de acuerdo?

Las niñas le sonrieron, y aunque no era la más feliz de todas las sonrisas que Lori había visto en su vida, se sintió muchísimo mejor porque pudieran hacer ese esfuerzo, por lo menos. Se acercó y les besó la frente a ambas. La gemelas habían sido las últimas de la familia en enterarse, y Lori creía que ellas todavía no habían terminado de comprender lo que estaba por suceder. Estaban absolutamente destrozadas, eso podía verse, pero quizás estaban aún procesándolo.

Habían recurrido una a la otra, eso era evidente. Siempre habían sido de pelearse por hasta los más ridículos motivos. Siempre buscando una enemistad que no estaba allí, sus intereses chocando y generando conflicto. Últimamente parecían estar peleándose por todo. Por quién tomaba la mayonesa. Por quién hacía el dibujo más lindo. Por quién debía usar el baño primero. Estaban atravesando una etapa de peleas que estaba cansando a todos.

Hasta que alguien habló con ellas y las hizo entrar en razón. Hasta que alguien tuvo el valor de decir lo que todos pensaban pero nadie trataba de arreglar. Y ese alguien no había sido Lori. Bajo su guardia, las cosas entre las gemelas habían comenzado a salirse de control, y ella no había estado allí para resolverlo.

Se alejó de las gemelas y entró al comedor. Lo primero que hizo fue echar un vistazo a la vitrina de trofeos. Una sábana blanca la estaba cubriendo, aunque una de las puertas colgaba convenientemente a un lado, mostrando el cristal roto donde "Lynn" la había "accidentalmente golpeado con una pelota de baloncesto". Su mente volvió a preguntarse por Leni, y cuándo la llamaría para que fuera a buscarla en Vanzilla. No recordaba si había salido con paraguas, pero incluso si lo tuviera la lluvia era demasiado fuerte, se enfermaría si volvía caminando.

Llegó pronto a la cocina, y mientras se preparaba un café, se preguntó en qué había fallado. ¿Cómo es que había perdido el control de todo en tan poco tiempo? Ella siempre se había jactado de conocer a sus hermanas mejor que nadie. Entendía cómo pensaban, cómo reaccionaban, lo que necesitaban oír y lo que había que hacer para ayudarlas. Se suponía que recaía en ella la responsabilidad de mantener el equilibrio en la casa. Como hermana mayor, era su deber el estar allí siempre que su familia la necesitase y solucionar las cosas.

Al menos eso había creído durante toda su vida. Esa era la mentira que se había repetido una y otra vez para convencerse a sí misma de que tenía un propósito, un rol que cumplir en la dinámica familiar.

No era buena en los deportes. No era graciosa. No era una prodigio musical. No era la chica más bella de la escuela. No era una genio. No tenía conocimientos mecánicos. No ganaba concursos. No tenía habilidad para la poesía. No era ninguna de las grandes cosas que el resto de su familia era, pero a ella no le importaba porque sabía que cumplía otra función. Ella era la que resolvía los problemas de los demás. Gracias a que ella no era buena en nada por ayudarlos, toda su familia podía triunfar. Sacrificaba su potencial para que todos los demás pudieran desbloquear el máximo suyo. Esa era su función, eso era para lo que vivía.

Pero ahora resultaba evidente para ella que ni siquiera en eso era la más útil. Lincoln era el verdadero sostén de la familia, ahora lo podía ver con claridad.

Lori podía mantenerlas disciplinadas, pero Lincoln era quien las mantenía felices. Él era quien conseguía llegar a sus corazones y hacerlas sentir mejor. Por mucho que Lori supiera lo que le pasaba a su hermanas, era Lincoln quien ideaba los planes para alegrarlas, quien encontraba las palabras justas para solucionar todo. Incluso cuando metía la pata, volverse el foco de atención de todas las hermanas era lo que usualmente solucionaba los problemas generales de la casa. Dejaban de pelearse entre ellas para concentrarse en Lincoln, y en tan sólo un día lo perdonaban —nunca podían permanecer enfadadas con él por mucho tiempo— y todo se solucionaba.

Lincoln, su hermanito menor, el chico más importante de su vida, hacía un mejor trabajo que ella en mantener unida a la familia. Nunca lo había considerado, pero ahora lo sabía.

Y si ella no servía para proteger y mantener unida a su familia, ¿para qué servía?

Se apoyó contra la encimera y bebió unos sorbos de su café. Miró hacia la ventana.

— ¿Por qué? —Preguntó a su reflejo en el cristal. Su rostro triste no supo responderle. Nadie sabía hacerlo. Nadie podía.

El patio se iluminó en un destello blanco y unos segundos después el rugido de un nuevo trueno sacudió la casa e hizo vibrar las ventanas. Lori recordó cuando Lincoln tenía tres años. En aquella época tenía miedo a las tormentas, y cada vez que había una de noche, él iba a su habitación y le pedía dormir con ella. Con el tiempo lo había superado, pero aún así se sobresaltaba de vez en cuando si un rayo o un trueno lo tomaba desprevenido.

Bebió un nuevo sorbo y apretó la taza con sus manos. No quería molestarlo, pero necesitaba hablar con él. Necesitaba oír su voz. Tomó su teléfono celular y llamó a su hermano. Estaba en la cocina, pero la casa estaba tan silenciosa que logró escuchar el sonido de una puerta de auto cerrándose con violencia desde la calle. Segundos después, una voz femenina gritaba algo.

Se asomó hacia el comedor, pero justo en ese momento atendieron el teléfono.

¿Hola? —Dijo una voz que decididamente no era la de su hermano.

— ¿Clyde?

¡¿L-L-L-LORI?!

Incluso sin verlo, Lori pudo imaginarse al mejor amigo de su hermano desmayándose. Puso los ojos en blanco.

— ¿Clyde, estás ahí? ¿Clyde?

Oyó los balbuceos incoherentes de un niño de once años que perdió el conocimiento y varias voces a su alrededor. Finalmente, alguien tomó el teléfono.

¿Hola?

Sonaba a una niña.

—Hola. Soy Lori, la hermana de…

Unos violentos golpes sacudieron la puerta de entrada. Lori casi deja caer la taza de su café y las gemelas gritaron asustadas.

¡ABRAN LA PUERTA! —Gritó la inconfundible voz de Pop-Pop, tratando de girar el picaporte y volviendo a golpear la madera como si quisiera tirarla abajo— ¡RITA! ¡RITA!

¿Qué hacía Pop-Pop visitándolos sin avisar? ¿Y por qué gritaba? Iba a ir hacia allí, pero vio a su padre acercándose a abrir la puerta.

¿Hola? —Volvió a preguntar la voz del otro lado del teléfono.

— ¡Oh! Sí, lo siento. Soy Lori, la hermana de Lincoln. ¿Quién habla?

Me llamo Jordan. Voy a la escuela con él.

Lynn Sr abrió la puerta de entrada, y Lori vio cómo Pop-Pop entraba, completamente empapado por la lluvia y con su rostro lleno de ira. Myrtle estaba detrás de él, cerrando el paraguas que evidentemente el abuelo no se había molestado en usar.

—Albert, ¿qué estás…?

— ¡¿Cómo pudiste ocultarme esto, Lynn?! —Gritó Pop-Pop, tomando a su yerno por el cuello de su camisa— ¡¿Por qué no me dijeron?!

Lori comprendió, en parte, lo que sucedía, pero aún así estaba confundida. ¿Qué Lincoln no había hablado con él el día anterior? Su madre le había dicho que eso habían hecho. ¿Por qué se lo veía tan furioso? Tenía que hablar con Lincoln cuanto antes.

—Jordan, escúchame, necesito que me pases con Lincoln —se apresuró a decirle, viendo cómo Myrtle y las gemelas trataban de hacer que Pop-Pop soltara a Lynn Sr. Luna bajó corriendo por las escaleras y Rita salió de su habitación cargando a Lily en brazos.

— ¡Papá, ¿qué estás haciendo?! —Gritó, acercándose a ellos.

El grito hizo llorar a Lily. Un esfuerzo colectivo de la familia logró hacer que Pop-Pop soltara su agarre sobre Lynn Sr. Lori se acercó más a la conmoción, y pudo ver gotas de lluvia cayendo sobre el rostro de su abuelo.

¿Eran gotas?

— ¡Sue me lo dijo! —Gritó mirando a su hija— ¡Sue me dijo la verdad! ¿Cómo pudiste esconderme esto por tanto tiempo?

Rita llevó una mano a su boca, y todos en la sala jadearon. Mientras Lily continuaba llorando en el fondo, el resto de la familia se tomó unos segundos para comprender lo que estaba ocurriendo. Lori sacudió la cabeza. Oh, Lincoln, ¿qué hiciste?

¿Lincoln? —Preguntó la voz de Jordan, sonando preocupada— ¿No está en tu casa?

Todo el mundo estaba tratando de explicarle a Pop-Pop la situación, preguntándole qué había pasado y cómo es que Lincoln no se lo había dicho el día anterior, pero Lori se desconectó totalmente de aquella conversación. Dio una media vuelta en su lugar y se cubrió la oreja libre con su mano para poder concentrarse en su teléfono.

— ¿En mi casa? No, Jordan, iba a reunirse con sus amigos, él… ¿por qué tienes su teléfono?

Se lo olvidó aquí, él… Lori, Lincoln se fue hace tres horas.

Un nuevo trueno sacudió los cielos. Si el estruendo hubiera afectado las débiles fundaciones de la casa y el techo hubiera colapsado sobre ella, Lori probablemente no lo habría notado. Sintió que su corazón se saltaba un latido y un escalofrío recorrió toda su columna, desde el inicio de su cuello hasta la parte más baja de su cintura. Parpadeó un par de veces y trató de asegurarde se que había escuchado bien.

— ¿Qué? —Preguntó— ¿A dónde se fue? ¿Con quién?

No, él… Se fue solo —explicó la chica, y Lori notó la culpa con la que hablaba—. Tuvimos una discusión y se fue corriendo. Creímos… creímos que estaba en su casa.

—Jordan, Jordan, ¿hace cuánto que se fue? —La apremió, su mano apretando el teléfono tan fuerte que temía romperlo.

No lo sé, un rato antes de que comenzara a llover, como hace tres horas. ¿No está allí? ¿No llegó? ¿Lori? ¿Hola? ¿Hola, estás allí?

No respondió. Era ligeramente consciente de que Pop-Pop estaba discutiendo con Rita y que Myrtle y Lynn Sr trataban de calmarlos. Sentía los llantos de Lily en el fondo, y al resto de sus hermanas hablando una encima de la otra diciendo quién sabe qué. La lluvia seguía golpeando las ventanas y el viento sonaba al pasar entre las copas de los árboles. El mundo seguía girando a su alrededor, pero aún así Lori se sintió en una burbuja aislada de toda interferencia. Lo único que escuchaba con claridad era su respiración agitada mientras su mente trataba de sacar cuentas sobre qué tan lejos la casa de Rusty estaba de la suya. ¿Cuánto tiempo podía uno tardar en caminar esa distancia? ¿Una hora? ¿Hora y cuarto?

Sus rodillas temblaron y el café que acababa de beber parecía estar haciendo un agujero en su estómago, como si hubiera ingerido ácido. Su boca estaba seca y los dedos le dolían de la fuerza con la que apretaba el teléfono. Respiró hondo y trató de que su voz no temblase.

—Jordan, quiero que llames a todos los amigos de Lincoln y les preguntes si lo han visto —explicó con suavidad—. Y si alguien lo vio, llámame a este número inmediatamente.

La chica comenzó a decir algo, pero Lori cortó la llamada y dejó caer su teléfono sobre la mesa. Se apoyó contra ella, con sus manos cerrándose sobre el borde, y agachó la cabeza.

Tres horas. Tres. Horas. En una caminata que no podría haber demorado más de una hora y media. Bajo la lluvia torrencial. Creyó que iba a vomitar, pero se contuvo. No podía estar débil. Tenía que ser fuerte. Tenía que…

Tenía que encontrar a su hermano.

Sus instintos se activaron. Ese pensamiento le devolvió lucidez a su mente, y su aturdimiento y confusión fue reemplazado por el más puro estado de terror y desesperación que recordaba haber sentido alguna vez en su vida.

— ¡MAMÁ! ¡PAPÁ!

Se acercó gritando a donde todos estaban discutiendo. Ninguno pareció prestarle atención, todos ocupados echándose culpas, buscando excusas, tranquilizando a otros, bebés llorando, niñas haciendo preguntas, estúpidas discusiones mientras Lincoln estaba quién sabe dónde.

— ¡YA CÁLLENSEEEEEEEEEEEEEE!

Cuando terminó su grito y abrió los ojos, se encontró a todos mirándola expectante. Estaba comenzando a agitarse y sus manos temblaban. Ni siquiera sabía si lo que sentía en su rostro era sudor o si había una gotera en la casa. No tenía tiempo para preocuparse por ello, y mucho menos para perder tiempo con su familia siendo estúpida y peleándose por nada.

—Lori, ¿qué ocurre? —Preguntó su padre, acercándose al ver el estado en el que su hija mayor se encontraba.

—L…

Su garganta le falló. Le costaba respirar con tranquilidad, y debió tragar saliva un par de veces para hallar el aliento suficiente como para poder mirarlos a todos a los ojos y pronunciar una palabra:

—Lincoln.


Los minutos que siguieron fueron demasiado caóticos como para que ninguno de los presentes pudiera recordar con exactitud qué fue lo que ocurrió. Lo único que todos lograron comprender fue la idea de que Lincoln debería haber llegado a casa horas atrás y no lo había hecho. No estaba en casa y no estaba con sus amigos. Nadie sabía dónde se encontraba, pero todo apuntaba a que estaba solo en algún lugar de Royal Woods en medio de una impresionante tormenta.

La sala de estar se convirtió en una hecatombe de gente moviéndose de un lado a otro. Chocando entre ellos, corriendo a buscar sus abrigos, niñas llorando, gente preocupada. Lynn Sr fue el encargado de tomar las riendas y organizar a la familia. Él tomaría a Vanzilla e iría junto con Rita a buscar a Lincoln. Pop-Pop y Myrtle tomarían el auto en el que habían llegado y saldrían también a buscarlo por otra ruta. Todos los demás debían quedarse en casa por si acaso Lincoln regresaba. Tenían instrucciones de llamar a toda la gente que conocieran y tratar de averiguar si es que alguien había visto a Lincoln.

—Papá, por favor, déjame ir —le suplicó Lori—. ¡Por favor!

—Lori, necesito que te quedes aquí para cuidar a tus hermanas —repitió su padre, terminando de colocarse su abrigo y tomando las llaves de la camioneta.

— ¡Pero papá...!

— ¡Sin peros! ¡Necesito que…! ¡LYNN JR, LUCY, VENGAN PARA ACÁ EN ESTE MISMO INSTANTE!

A través de la ventana pudieron ver a las dos niñas saliendo desde el patio trasero, vestidas con sus camperas. Lynn llevaba consigo su bicicleta, y Lucy corría detrás de ella con su paraguas negro. Rita salió y les gritó para que se quedaran, pero las dos se subieron a la bicicleta y se alejaron bajo la lluvia sin que nadie pudiera hacer nada.

Lynn Sr dio un doloroso golpe a la pared y volvió a ver a Lori.

— ¡Te necesito a ti aquí para que estas cosas no pasen! —Dijo, señalando con el brazo en dirección a las dos niñas que acababan de desobedecerlo— ¡La tormenta es muy fuerte y no quiero que salgan a la calle! ¡Podrían enfermarse! ¡Quédense aquí! ¡Todas!

Sin esperar una respuesta, salió de la casa y se alejó junto con su esposa en Vanzilla.

Lori quedó de pie frente a la puerta cerrada. Apretaba sus puños con furia, y estaba a punto de comenzar a llorar de la impotencia. Lincoln, Linky, su hermanito estaba perdido por allí fuera, y ella debía quedarse en casa sin hacer nada. Quedarse allí, esperando a que otros lo encontrasen. Él estaba fuera, con frío, mojado, asustado. O quizás no, quizás… quizás él…

Llevó sus manos a su cabello y gritó con rabia.

— ¿L-Lori?

Una suave voz la hizo voltear. Lola y Lana estaban abrazadas, con lágrimas cayendo por sus mejillas hasta la alfombra. Temblaban como si el frío del exterior estuviera calando en sus huesos. Detrás de ellas, Luna y Luan observaban todo al borde de las lágrimas también. Luan se mordía las uñas de los dedos y Luna caminaba impacientemente en círculos, tomándose el rostro y despeinando su cabello.

— ¿V-Va a… va a volver? —Preguntó Lana, llorando incluso más fuerte tras preguntarlo.

Fue como una daga a su corazón. Una muy afilada daga, bañada en veneno de serpiente que se clavó en lo más profundo de su ser. Era la pregunta que Lori no se atrevía a hacerse. No quería pensar en ello, no quería siquiera admitir esa posibilidad.

No estaba lista. Nunca lo estaría. Desde hacía más de una semana que no podía imaginarse cómo sería la vida después de esto. Se quedaba despierta todas las noches hasta que no podía aguantar más e iba a verlo dormir. Entraba en silencio en su habitación y lo observaba durante largos períodos de tiempo. Se concentraba en su precioso rostro cansado, en su respiración, en las muecas que hacía de vez en cuando. Observaba a su hermanito dormir y recordaba todas las cosas que habían pasado juntos. Todo lo que habían hecho. Lo bueno, lo malo, lo triste, lo divertido. No podía creer que esto estuviera pasándole. No podía ser cierto.

Las gemelas continuaban esperando su respuesta, y Lori se agachó para estar a su altura.

—Lincoln va a volver. Va a volver —repitió con seguridad, tratando de convencer no sólo a las niñas, si no a sí misma—. Está perdido, pero lo van a encontrar. Lo van a traer a casa, y todos vamos a estar juntos.

No podía ser el final. Las cosas no podían ser así. Ella no se había despedido aún. No le había dicho todo lo que tenía que decirle. No le había explicado lo muchísimo que él significaba para ella. Era su mundo, su musa, su hermano. Tenía que hacérselo saber. No podía aceptar a posibilidad de no decírselo, de haber perdido su oportunidad para hablar con él.

— ¿Dónde está? —Preguntó Luan en voz alta, su voz cansada como si acabara de inflar todos los globos de una fiesta— ¿A dónde iría?

—Su amiga dijo que tuvieron una pelea, quizás quiere estar solo —sugirió Luna, todavía dando vueltas alrededor del sofá—. Quizás esté esperando a que deje de llover. Se olvidó su teléfono, no tiene cómo llamarnos.

—Él no nos haría esto —replicó Luan, negando con la cabeza—. Sabe que nos preocuparíamos, trataría de comunicarse con nosotros.

— ¿Y cómo lo haría? No tiene su teléfono —se quejó la rockera, sonando irritada—. Está bien, mamá y papá van a encontrarlo.

— ¿No te parece extraño? ¿En serio no crees que algo…?

— ¡No estoy diciendo lo que me parece posible, Luan, estoy diciendo lo que quiero que sea! —Le gritó, interrumpiéndola y tirándose de su cabello— ¡No sabemos dónde está y se olvidó su teléfono, así que no podemos rastrearlo! ¡Lo único que me queda pensar es que está esperando seguro a que la lluvia termine para poder volver!

Las gemelas continuaron llorando, y esta vez Luan se les unió. Luna intercambió una mirada preocupada con Lori, y las dos mayores de la casa vieron en los ojos de la otra la misma preocupación y esfuerzo por mantener la calma y fingir que las cosas no estaban tan mal frente a sus hermanas menores que cada una sentía. Luna suspiró y se acercó a Luan para tratar de contenerla, y Lori quedó sola, de pie, rodeada de una familia en ruinas.

Apretó sus puños. Luna tenía razón. Podía detenerse a pensar en todo lo malo que podría haber pasado, pero no podía permitírselo. Lincoln estaba bien. Perdido, pero bien. En eso debía concentrarse. En que sus padres lo encontrarían. En que su abuelo lo encontraría. En que Lynn y Lucy, en su audacia e imprudencia, lo harían.

Cualquiera menos ella, porque no había nada que ella pudiera hacer. Estaba encerrada en su casa, sin poder salir, sin poder ayudar en la búsqueda, sin ninguna manera en la que podía ayudar. Luna tenía razón, Lincoln no tenía su teléfono, no había forma de contactarlo o rastrearlo, no había nada que ella pudiera...

¡Rastrearlo!

Como una saeta dorada, pasó entre las gemelas y corrió escaleras arriba, casi tropezándose en el séptimo escalón por culpa de su velocidad y falta de cuidado. No se preocupó ni se detuvo hasta que llegó al primer piso, viró a la derecha, y comenzó a golpear desesperada en la primera puerta.

— ¡Lisa! ¡Lisa, abre la puerta!

Continuó golpeando, sin esperar respuesta alguna. Trató de girar el picaporte, pero estaba trabado. Irritada, trató de golpearla con su hombro, queriendo derribarla de ser necesario. Ante el primer fuerte impacto que sacudió la puerta, una luz roja se encendió junto a la cerradura, y Lori pudo oír varias trabajas y sonidos metálicos del otro lado.

— ¡Lisa, escúchame, es importa, abre la puerta! —Gritó, golpeando nuevamente.

Esta vez sus golpes no hicieron temblar la puerta ni hicieron tanto ruido como antes. Sea lo que fuere que había activado seguramente era algo que no podría romper.

Un pequeño panel de la puerta se abrió, dejando ver un altavoz.

Estoy ocupada, unidad familiar. Si es por la llegada de Pop-Pop que mis sensores detectaron, comunícale de mi parte que mis estudios e investigaciones son de vital importancia y requieren mi completa devoción para…

— ¡No es sobre Pop-Pop, es sobre Lincoln, idiota! —Gritó, golpeando con sus puños y hasta con sus pies la ahora reforzada puerta— ¡Escúchame, te necesitamos! ¡ÉL TE NECESITA!

Esperó interminables segundos hasta que el sonido de pesadas trabajas mecánicas volvieron a sonar, ahogando el sonido de la lluvia sobre el tejado. Poco después, la puerta se abrió, y Lori pudo encontrarse con el aparentemente imperturbable rostro de su hermana menor.

—Tienes mi atención —dijo ella—. ¿Qué ocurre?

No entró en detalles ni perdió tiempo. Le explicó a Lisa todo lo que tenía que saber.

—Mamá, papá, el abuelo y Lynn y Lucy salieron a buscarlo, pero no podemos saber dónde está. Y peor aún, no sabemos cómo está, así que no me importa qué tipo de investigación estés haciendo, déjala a un lado y ayúdanos a encontrarlo cuanto antes.

Durante toda su explicación, el rostro de Lisa no se mostró afectado en lo más mínimo. Lo único que Lori pudo ver fue cómo su hermana se ponía ligeramente más seria. Sus labios un poco más apretados, sus cejas fruncidas, pero no parecía tan ansiosa como Lori esperaba que estuviera. Como debería estar.

—Nada malo debería haberle sucedido —dijo finalmente, caminando una vez más dentro de su habitación; Lori entró tras de ella, temiendo quedarse encerrada fuera una vez más—. Le hice nuevos estudios esta misma mañana, el suero experimental L-37 no mostraba señales de estar perdiendo efecto, su metabolismo se mantenía estable dentro de los parámetros deseados, la metástasis se encontraba controlada y alejada de los órganos principales, las probabilidades de una recaída inesperada en los próximos tres días son sólo del quince por ciento.

— ¿Quince por ciento? —Fue lo primero que dijo Lori. No entendía mucho de estadística, pero descuentos del quince por ciento en ropa siempre eran bienvenidos. Era más de lo que estaba dispuesta a aceptar en estas circunstancias— Espera, espera, espera. ¿Dijiste suero experimental? Lisa, ¿qué rayos has estado haciendo?

— ¡No tenía efectos secundarios! —Explicó— ¡Ninguno de los roedores de prueba mostraron señales de deficiencia hormonal o…!

— ¡¿Roedores de prueba?! ¡Lisa Marie Loud, ¿qué demonios le diste?!

— ¡Tiempo! —Gritó ahora la pequeña genio, acercándose a una pizarra llena de cálculos y anotaciones, señalando enérgicamente con sus manos, como si aquellas palabras extrañas hicieran entender a Lori— ¡Hice todo lo posible para mantener su cuerpo en un estado de homeostasis, regulándolo y manteniéndolo a salvo hasta que ESTO estuviera completo!

Su brazo derecho apuntó ahora hacia su escritorio, y la atención de Lori se posó sobre una gran ampolla de decantación que, gota a gota, dejaba caer un líquido rojo sobre un pequeño frasco no más grande que uno de perfume. Un pedazo de cinta adhesiva blanca estaba pegado al cristal, con un rudimentario número 4 dibujado encima. En el otro lado de la mesa, los primeros tres frascos se encontraban ya llenos, mientras que todos los que faltaban para completar una docena se hallaban todavía vacíos.

— ¿Qué es eso? —Preguntó Lori, no queriendo ilusionarse.

—Mi investigación —explicó Lisa, acercándose a la ampolla, mirándola con devoción—. Todo en lo que he estado trabajando desde el domingo pasado. Mi ún… Nuestra única esperanza.

Lori trató de comprender. ¿Acaso…? ¿Estaba ella implicando que…?

—No está listo —dijo, sin embargo, y la pequeña luz de esperanza que Lori había visto se extinguía frente a sus ojos—. Necesito más tiempo. Necesito más horas.

Sus pequeños puños se cerraron sobre el escritorio, y se volteó. Por primera vez en mucho tiempo, Lori vio emoción en los ojos de la pequeña genio.

Miedo.

—Estoy cerca. Muy cerca —dijo, sus labios apretándose para no temblar—. No puede ser ahora. No puede ser. Lori, estoy cerca.

Se acercó a su hermana mayor, quien debió agacharse para poder poner una mano sobre su hombro. No recordaba haberla visto tan afectada en mucho tiempo.

—Lisa, escúchame, tenemos que encontrar a Lincoln cuanto antes —le dijo, tratando de mantener la calma—. Sé que no hiciste caso cuando mamá y papá te dijeron que quitaras los rastreadores que nos pusiste. Ya no importa, ¿de acuerdo? No importa lo que dijeron. Úsalo y dinos dónde está.

Los ojos de Lisa se desviaron a un costado y agachó la cabeza.

—No puedo.

— ¡Lisa, Lincoln está perdido en medio de una tormenta, dime dónde rayos está!

— ¡No puedo saberlo! —Gritó, ambas manos cerrándose alrededor del marco de sus lentes— ¡Destruí todos los implantes que podrían causar alguna interferencia o daño a su fisiología! ¡Lori, si sigue… si sigue vivo, necesitamos encontrarlo cuanto antes! ¡Cualquier alteración a su estado de salud podría ser catastrófica para su condición! ¡No puede enfermarse, su cuerpo necesita todas sus energías para combatir su condición!

"Si sigue vivo". Las palabras golpearon a Lori como ladrillo. Su estómago dio un vuelco, su cabeza comenzó a doler. Su mente la llevó en un doloroso viaje al pasado, recordándole la ocasión en la que Lincoln había convencido al dueño del arcade para dejarlo trabajar en lugar de ella por una noche, la noche que ella quería pasar junto a Bobby en un baile de la escuela.

Lincoln, el niño más amable, cariñoso y atento del mundo. Su mundo. Él estaba ahora lejos de casa. Con suerte, aún estaba vivo, pero incluso así, estaba solo, asustado, incomunicado, perdido en algún lugar de Royal Woods bajo la tormenta más grande que ella podía recordar en los últimos meses. La lluvia torrencial golpeaba la ventana de la habitación de Lisa, y cada gota sonaba como una pequeña manecilla del reloj, indicándole la carrera a contrarreloj en la que el destino los había puesto.

Él estaba ahí fuera en algún lado.

¿Qué hacía ella allí?

—Tengo que encontrarlo —susurró, soltando a Lisa y poniéndose desesperadamente de pie.

Trató de alejarse, pero la científica la detuvo.

—Lisa, no tenemos tiempo, si no sabes dónde está, déjame ir para…

—Tienes que darle esto.

Confundida, la mayor observó cómo Lisa abrió un gabinete de su escritorio. Extrajo de allí un pequeño botiquín, y tras marcar un código de seis dígitos, el botiquín se abrió, dejando salir aire sellado herméticamente. Con temblorosas manos —cosa que ella nunca había visto en Lisa—, la niña extrajo un pequeño frasco de cristal, con un tapón sellando un líquido amarillo en su interior.

— ¿Qué es eso?

—Si lo encuentras, tienes que darle esto —le dijo, casi tropezándose con sus pequeños pies mientras se acercaba a ella para alcanzarle el frasco—. Lori, esto potenciará su sistema inmunológico y aumentará su temperatura corporal para prevenir infecciones. Tienes que dárselo de inmediato. Encuéntralo. Dale esto, que lo beba todo, y quizás… quizás haya esperanza.

Finalizó su frase con una larga mirada hacia la ampolla de destilación a su izquierda.

Lori no perdió tiempo. Corrió hacia su habitación, tomó su campera de abrigo y lluvia, guardó el frasco en el bolsillo más seguro y bajó a toda velocidad por las escaleras mientras trataba de colocársela.

— ¿Lori? ¿Qué estás haciendo? —Preguntó Luan.

—Luna, Luan, quédense aquí y cuiden a las niñas —le explicó, cerrando el cierre de su campera—. Voy a ir a buscarlo.

— ¿Qué? Lori, escuchaste a papá —dijo Luna—, no tienes auto, la tormenta…

—¡Lincoln está ahí afuera, Luna! —La interrumpió, acercándose y tomándola de los hombros— Por favor, yo lo conozco, sé los lugares que le gustan, quizás está e-en los arcades, o comiendo una pizza, o-o… Necesito que ayudes a Luan a cuidar a las gemelas.

—Hermana…

—Te lo ruego, Luna, por favor —le dijo, sus ojos luchando por no mostrar debilidad—. Tengo que encontrar a Lincoln. Por favor.

Luna y Luan intercambiaron una mirada. La mayor no iba a esperar mucho más por una respuesta antes de irse por la fuerza si era necesario, pero antes de que su paciencia llegase al límite, Luna dio un paso hacia delante y la abrazó con todas sus fuerzas. Lori respondió al abrazo, cerrando sus ojos y apretándola fuerte antes de separarse.

—Llama a Leni y dile que se quede en el centro comercial —le dijo, terminando de acomodar su abrigo, asegurándose de que el frágil frasco estuviese seguro donde estaba—. Que busque en los salones de comida y la tienda de cómics. Que pregunte a los guardias de seguridad. Intenta llamar a Juegos y Comidas Guss y que busquen a un chico con camisa naranja. Y comunícate con Bobby, que averigüe si está con Ronnie Anne o si ella lo vio en algún lado. Si se enteran de algo, llamen a todos de inmediato. Quédense aquí y no salgan.

Se despidió de Luan con un rápido gesto de la cabeza y se dirigió a la puerta, pero las gemelas tiraron de su campera.

— ¿Qué? —Preguntó irritada, volteando a verlas.

Inmediatamente se arrepintió, pues las dos niñas continuaban llorando y la veían con ojos llenos de lágrimas que brillaban de emoción y angustia.

—E-Encuéntralo —le rogó Lola.

—T-Tráelo a c-casa —agregó Lana.

Carraspeó para quitarse el nudo de su garganta y miró con seguridad a sus hermanas.

—Lo haré.

Salió de la casa sin perder más tiempo. En cuanto cerró la puerta detrás de ella fue verdaderamente consciente de la intensidad de la tormenta. El viento movía las copas de los árboles como si fueran esos muñecos danzantes llenos de aire de las afueras de algunos comercios. La lluvia caía a baldazos constantes, una catarata que cubría toda la ciudad. Por un momento se sintió aprehensiva de caminar sin paraguas ni botas de lluvia.

Pero luego recordó que Lincoln tampoco tenía ninguna de las dos, y se lanzó sin dudar tras de él.

Los primeros minutos fueron terribles. Antes de llegar a la esquina ya no quedaba parte de su cuerpo que estuviera seca. Podría haberse tirado a una piscina y difícilmente quedaría más mojada. Sus piernas desprotegidas, su rostro, su cuello, incluso sus medias estaban ya llenas de agua, y cada paso era una incomodidad. Le costaba ver por culpa del viento que golpeaba de lleno su rostro, pero aún así caminaba con los ojos abiertos, atenta ante cualquier señal de naranja.

— ¡LINCOLN! —Comenzó a gritar, tratando de que su voz se oyera por encima del estruendoso temporal.

Cada paso era como abrirse camino por una cortina interminable de agua que estorbaba en todas las direcciones, pero Lori no se detuvo en ningún momento. Caminó y caminó, gritando cada quince metros el nombre de su hermanito, esperando que él la oyera y corriera a sus brazos como lo hacía cuando era más pequeño y ella iba a buscarlo al patio trasero para que fuera a almorzar. Ella se paraba en la escalera y él corría hasta dar un salto y caer en sus brazos, sabiendo que su hermana siempre lo atraparía.

— ¡LINCOLN! ¡LINCOLN!

Sus gritos se perdían en la soledad de las calles. Nadie parecía interesado en salir de sus hogares con la tormenta, y tan sólo un par de autos circulaban de aquí a allá, lo suficientemente considerados como para no arrojar agua sobre Lori. En un par de ocasiones se cruzó con peatones que la miraban preocupados debajo de sus paraguas.

— ¿Ha visto a un niño? ¿Once años, camisa naranja, pantalones de jean? —Les preguntaba, sin preocuparse por qué tan desesperada o loca pareciera. Cada vez estaba a punto de decir "cabello blanco", lo cual hubiese sido una grandísima ayuda para que lo recordasen, pero a último momento siempre recordaba que ya no era más así. ¿Por qué había cambiado su cabello? ¿Por qué Leni lo había ayudado? Había callado sus dudas desde el inicio, pero ahora se sentía totalmente destrozada por haberlo permitido. No podía culpar a Leni, y en verdad tampoco a su hermano, pero ahora mismo habría sido una gran ayuda para identificarlo más fácilmente. Sólo podía rezar porque la gente recordase una camisa naranja.

Nadie lo había visto, sin embargo, y en cuanto se lo hacían saber ella continuaba su marcha hacia el otro lado de la ciudad, gritando y gritando sin perder la esperanza.

Lincoln la había ayudado a conseguir un empleo para pagarse sus gastos. Había organizado a todas sus hermanas para confrontar a su novio cuando creyó equivocadamente que la estaba engañando. Había reconocido que necesitaba de su ayuda para mantener la casa bajo control. Era el niño más tierno, amable, hermoso y perfecto del mundo. Su hermanito. Su copo de nieve.

— ¡LINCOLN!

Oyó el sonido de un auto acercándose por la calle desde atrás, y se movió lejos de la acera para que las ruedas no la mojaran. Su cabeza giraba de un lado a otro, tratando de revisar las dos aceras al mismo tiempo en búsqueda de cualquier señal, cualquier indicio o pista que pudiera llevarlo hacia su hermano.

No se interesó en al auto hasta que oyó que se detenía junto a ella y una ventanilla bajaba.

— ¿Lori?

Se detuvo en el acto. Cerró los ojos y levantó la vista hacia el cielo, sintiendo que la lluvia que golpeaba en su rostro no era más que el universo escupiendo en ella. Ya estaba al borde del colapso y de un ataque de pánico tal y como estaban las cosas. Lo último que necesitaba era a la estúpida de Carol Pingrey deteniendo su lujoso coche a su lado.

Giró la cabeza. Carol la miraba desde el asiento del conductor, con una ceja alzada. Ella estaba seca, impecable, con su cabello perfecto ondulado tal y como a ella y a todo el mundo le gustaba. Lori, mientras tanto, chorreaba agua por cada rincón de su cuerpo, con su cabello caído y pegado a su frente, espalda y hombros.

No quería ser vista así, no quería lidiar con Carol, pero se tragó su orgullo pues había algo infinitamente más importante que su absurda competencia con su rival de la escuela.

—Lori, ¿qué haces en la…?

—Carol —la interrumpió, acercándose a la ventanilla y tratando de que no notase que algunas de las gotas que resbalaban por su rostro no habían caído del cielo—, ¿has visto a mi hermano?

La rubia ladeó la cabeza.

— ¿Tu hermano? ¿Te refieres a…?

— ¡LINCOLN, CAROL, LINCOLN! —Le gritó—¡Mi hermano, once años, de esta altura, camisa naranja! ¡Tenía el cabello blanco pero se lo tiñó de castaño! ¡¿Lo has visto o no?!

Carol la miró confundida por unos instantes. Desvió los ojos a la calle por un segundo, como si esperara verlo allí, y luego volvió a fijarse en ella.

—No, yo… eh, no lo he visto.

Lori había tenido la ligera esperanza de que, quizás, su archienemiga fuera la clave para poder encontrar a su hermano y llevarlo sano y salvo de regreso a casa. Hubiese sido poético que ella lo rescatara. Lori le habría perdonado todo, dejaría de competir con ella y la dejaría ganar todos los concursos, torneos y competencias de redes sociales que quisiera. Pero pese a estar dispuesta a sacrificarlo todo, no hubo ninguna pista para ella.

—Gracias —acertó a decir casi sin voz antes de alejarse caminando lo más rápido que podía. Ignoró la mirada que la chica le dirigió, trató de ignorar todo. Lo único en lo que podía concentrarse era en encontrar a su hermano.

Una vez Lincoln se había perdido en la playa. Estuvieron buscándolo por media hora hasta que Luan lo halló en la parte más alejada, jugando entre las rocas. Habían sido unos de los treinta minutos más aterradores de la vida de Lori, pues la última vez que lo habían visto había estado en la orilla del mar, y el miedo de toda la familia había sido que una ola lo hubiera arrastrado hacia las profundidades.

Esta vez, el terror era mucho mayor. Estaba comenzando a llorar sólo de imaginarse que, quizás, ya era demasiado tarde. Quizás la marea del destino lo había reclamado, y ni ella ni nadie había estado allí con él para salvarlo.

Un auto volvió a detenerse junto a ella, pero esta vez oyó el ruido de una puerta.

— ¡Lori!

Miró hacia su izquierda, preparada para gritarle a Carol cosas de las que su madre no estaría orgullosas, pero los insultos murieron en su garganta al ver que la puerta del pasajero estaba abierta y la conductora palmeaba el asiento, mirándola con preocupación.

— ¿Qué? —Dijo en voz baja, aunque no había forma de que la oyera con el viento y la lluvia.

— ¡Sube! ¡Busquémoslo desde el auto, es más seguro!

No estaba segura de haber entendido bien, pero todos los gestos que hacía parecían indicar que la estaba invitando a subirse con ella. Que se subiera a su lujoso auto pese a estar absolutamente empapada.

— ¡Vamos, yo te llevo! —La apremió desde el auto.

Nunca hubiese podido concebir la idea de compartir un auto con Carol Pingrey, mucho menos que fuese esta última la que le ofreciera llevarla. Pese a lo onírico de la situación, sin embargo, y aunque una pequeña parte de ella no podía evitar sentir que acabaría arrepintiéndose, no necesitó demasiado apremio para salir de debajo de la lluvia y subirse al auto junto con su eterna rival.

Carol se estiró hacia atrás y buscó con la mano por debajo de su asiento. Con algo de esfuerzo, logró sacar una manta. La golpeó un par de veces para tratar de quitarle el polvo, y cuando consideró que estaba lo suficientemente limpia, se la alcanzó a Lori.

—Toma, sécate el rostro —le dijo con calma—. ¿Estás buscando a tu hermano? ¿Qué le pasó?

Mientras se sacaba lo que podía de su cabello y rostro, Lori le resumió lo que había ocurrido en las últimas horas. Trató de mantenerse con fuerza, de no quebrarse, pero repetir las cosas en voz alta era doloroso, como si cada palabra que decía fuera grabada a fuego en su piel.

—N-No sabemos dónde está, y…. y… hace frío, y está lloviendo, y...

Se cubrió el rostro con la manta y ahogó un grito de desesperación. Estaba perdiendo el tiempo. Cada segundo que pasaba sin hallar a Lincoln era un segundo más que hacía aumentar su terror. Las probabilidades de que algo terrible hubiera ocurrido se hacían más reales en su mente, pasando muy por encima de ese ya alto quince por ciento del que Lisa le había hablado, y de sólo pensar…

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Carol, cerrando los ojos y con las manos en el aire, tratando de concentrarse—. Dime dónde es la casa de su amigo y recorreremos el camino que Lincoln habría hecho para volver, ¿te parece? ¿Lori?

Ella quería responderle, pero no podía hacerlo. ¿Y si Lincoln ya estaba muerto? ¿Y si su hermano había encontrado su muerte solo en la tormenta? Sin nadie de quien despedirse, sin nadie a quien abrazar, sin nadie que le sostuviera la mano mientras la luz de sus ojos…

— ¡Lori!

La chica Loud levantó la cabeza de la manta y miró a su rival. Carol tenía el ceño fruncido de preocupación y la miraba como si en verdad estuviese preocupada por ella. Demasiado sincero como para fingirlo.

—Lori, escúchame, no puedo ni imaginarme por lo que estás pasando, pero tienes que concentrarte. Tu hermano te necesita.

"Tu hermano te necesita". Su hermano, Lincoln. Sí, tenía razón. Él la necesitaba. Todavía estaba con vida, estaba por allí en algún lugar, buscando refugio de la lluvia, esperando a que alguien lo encontrase. Y ella lo haría. Ella lo hallaría y pondría a salvo, iba a llevarlo de regreso a casa tal y como le había prometido a las gemelas.

—Sí… Sí, tienes razón, él… me necesita.

—Así es, está esperando a su hermana mayor —le aseguró Carol con suavidad—. Ahora, piensa, ¿a dónde había ido?

Lori cerró los ojos y recitó la dirección de Rusty de memoria. Carol inmediatamente puso en marcha el motor y comenzó a conducir hacia allí. Conducían relativamente rápido, pero ambas tenían sus ojos atentos en busca de cualquier movimiento en la calle y las aceras, esperando poder encontrarse con Lincoln en cualquier momento.

—Lori, yo… —comenzó Carol, con la mirada fija en la calle y los alrededores— Nos enteramos en la escuela acerca de lo de tu hermano. Sólo quiero decirte que no puedo ni imaginar lo que estás pasando, y que si algún día necesitas algo, cualquier cosa, puedes contar conmigo. Sé que… Sé que no somos las mejores amigas, ¿ok? Y es mi culpa. Solíamos ser muy cercanas, pero yo siempre estuve celosa de la atención que tu familia te daba y lo mucho que te querían, y supongo que para sentirme mejor traté de…

—Carol, no es el momento —la interrumpió Lori, con la frente apoyada contra la ventanilla tratando de ver más lejos.

—Sí, lo siento —se disculpó de inmediato—. Tienes razón.

Las dos continuaron buscando con la mirada, deteniéndose cada vez que se cruzaban con algún peatón o vehículo y preguntando si habían visto a Lincoln. No hubo suerte. Nadie había visto a ningún niño caminando solo por la lluvia. La tormenta, mientras tanto, no parecía querer darles ningún descanso. Los relámpagos iluminaban las calles enteras por varios segundos, y los truenos se oían como lejanas explosiones que silenciaban los gritos de Lori cada vez que ella bajaba la ventanilla para llamar a su hermano.

—Nos estamos acercando a la casa de su amigo —anunció Carol, girando en una esquina—. Lori, tú lo conoces mejor que nadie. Dijiste que se había peleado con sus amigos. ¿Hacia dónde iría? ¿Qué hay por aquí cerca?

—No lo sé, no lo sé —respondió, su mente trabajando a toda velocidad, tratando de ponerse en los zapatos de Lincoln—. Él no es de pelearse, Carol, no sé qué le pasó. No sé qué estaba pensando.

Un hombre caminaba con un paraguas por la acera izquierda, y Carol se detuvo junto a él, bajó la ventanilla y le preguntó. Tampoco sabía nada de un niño de once años vagando solo por las calles. Estaban a unas diez calles de la casa de Rusty, y Lori estaba considerando sugerir que dieran la vuelta y buscasen por otras calles. Estando tan cerca de la casa de su amigo, lo lógico hubiera sido que Lincoln volviera hacia allí. Incluso si habían discutido, el sentido común debería haber triunfado. Lincoln era un niño extremadamente inteligente. Era brillante, perspicaz, sensato. No se volvería caminando a través de la ciudad. Buscaría algún teléfono público, o algún lugar desde donde contactarse con sus padres o con ella. Incluso si la lluvia lo hubiese sorprendido…

Por supuesto, había otra explicación. Una más sencilla pero mucho más terrible y dolorosa. Una explicación que Lori no estaba dispuesta a aceptar hasta que no lo viera con sus propios ojos. E incluso entonces no estaba segura de poder vivir con ello. Su corazón nunca lo aceptaría.

Volvió a bajar la ventanilla.

— ¡LINCOLN! ¡LINCOLN! ¡LINCOLN!

Gritaba con toda la fuerza de su garganta sabiendo muy bien que no había forma de que no le doliera al día siguiente. Le molestaba ver la falta de movimiento en la ciudad. Nadie quería salir, todo el mundo estaba tranquilo en la seguridad de su casa, inconscientes de que en ese mismo momento un niño de once años podría estar muriendo, y que toda una familia lo buscaba desesperada. ¿Cómo podían estar sentados en sus sillones bebiendo café caliente mientras su hermano no aparecía?

Recorría con la vista las aceras, buscando cualquier indicio de su hermano. Fue entonces cuando vio un cartel que le trajo memorias. Un nombre que no había leído en años, pero que solía ser causa de alegría para toda la familia.

— ¡Detén el auto! —Le pidió a Carol.

La chica pareció sorprendida, pero hizo lo que Lori le pidió.

— ¿Viste algo? ¿Qué…? ¿A dónde vas?

Lori no se molestó en responder. Bajó del auto, recibiendo una vez más la embestida de la lluvia y el azote del viento. Los resistió sólo gracias a la fuerza que pensar en Lincoln le otorgaba, y en seguida abrió la puerta de la heladería El Tío Pistacho.

—Oh, niña, ¿te atrapó la lluvia? —Le dijo un hombre detrás del mostrador. Parecía ser más grande que Lynn Sr, con su cabello canoso y las primeras señales de arrugas en su rostro, y sus pequeños y redondos ojos la estudiaban con preocupación mientras terminaba de limpiar su mostrador con un trapo.

—Señor, perdone la molestia —le dijo desde su lugar, sin querer entrar para no mojar el reluciente suelo—, pero estoy buscando a mi hermano.

El hombre se irguió derecho y dejó a un lado su trapo.

— ¿Tu hermano?

—Él n-no llegó a casa —explicó, luchando contra sus nervios para que las palabras fluyeran de manera inteligente—. Está enfermo y no sabemos dónde está. ¿Lo ha visto? Once años, cabello b… cabello castaño, una camisa naranja.

El hombre frunció el ceño e inclinó la cabeza, buscando en su memoria. Lori estaba ya preparándose para una nueva decepción, para recibir un nuevo puñetazo en su esperanza. Estaba quedándose sin opciones. Sólo le quedaba continuar deambulando por la ciudad y rezar para que, por un acto de fortuna, lo encontrase de milagro.

Cuando el heladero chasqueó los dedos y levantó la cabeza con decisión, fue como si los cielos se abrieran y un rayo de Sol cayera sobre ella.

—Vino hace unas horas —le dijo el hombre.

Las rodillas de Lori temblaron y amenazaron con hacerla caer. Se acercó corriendo al mostrador, ya sin importarle que pudiera estar ensuciando el comercio de aquel hombre que de repente se veía como un salvador, un verdadero héroe.

— ¿Hace cuánto? ¿Sabe a dónde se fue? ¿Cómo se veía? —Le preguntó, inclinándose sobre el mostrador.

—Fue uno de los pocos clientes que tuve hoy. La gente no toma mucho helado cuando hace frío —recordó, rascándose la cabeza—. Todavía no estaba lloviendo cuando vino, pero fue sólo unos minutos antes de que comenzara. Me pidió una copa de…

—Menta granizada —se apresuró a decir Lori, con lágrimas en sus ojos—. Es su favorito.

—Sí, precisamente.

Ella jadeó y debió sostenerse del mostrador para no caerse. Era él. Lincoln había estado allí.

—Se veía triste, así que le puse chispitas extra a su helado —continuó el hombre—. Le pregunté qué hacía tan desabrigado y le advertí sobre la lluvia, pero me dijo que no había problema, que iba a tomarse el autobús hasta su casa. Pero no sé a qué autobús se refería, porque dos minutos después empezó a llover, y cuando salí para entrar la pizarra con los precios miré hacia la parada y él no estaba. El autobús no había pasado aún.

El autobús. Sí, tenía sentido, lo hubiese dejado en la puerta de su casa. Era la forma más rápida y segura de llegar desde el otro lado de la ciudad, por supuesto que alguien tan listo como Lincoln hubiese pensado en ello. Según el heladero, sin embargo, él no se había subido a ningún bus y sin embargo no estaba en la parada. ¿Había ido a otro lugar? ¿Qué había ocurrido?

¿Dónde estaba Lincoln?

— ¡Gracias, gracias! —Le dijo. Lo hubiera abrazado si es que no estuviera del otro lado del mostrador.

El hombre le dio algunas palabras de apoyo y le deseó lo mejor, pero Lori no le prestó demasiada atención. Se apresuró en salir del negocio y detenerse en la acera. La lluvia caía una vez más sobre ella, pero a estas alturas no era una molestia. No tenía tiempo para concentrarse en el flequillo que se pegaba a su rostro, en los sonidos que hacían sus zapatos cada vez que daba un paso o el agua se filtraba hasta sus medias y pies. Toda su atención estaba puesta en encontrar… ¡Allí!

— ¡Lori! ¿A dónde vas? —Le gritó Carol, pero la mayor de las Loud no se molestó en responderle. Cruzó la calle a toda velocidad y corrió hacia la parada del autobús. Un pequeño banquito con un techo de acrílico que no serviría de refugio en una lluvia tan fuerte como esta. A cada lado de la pequeña estructura habían dos paneles publicitarios, de esos donde suelen promocionar nuevas hamburguesas o películas.

Uno de esos carteles de películas fue lo que no le permitió ver la escena del crimen hasta que llegó allí. Detuvo su carrera de inmediato, como si hubiera golpeado de lleno contra una pared. El color se le fue del rostro, y con mucho cuidado, se arrodilló en las baldosas mojadas.

Carol llegó unos segundos más tarde, corriendo detrás de ella, usando una cartera como improvisado paraguas.

— ¡Lori! ¿Qué fue lo que…?

Se calló en cuanto vio a su compañera de clases, otrora amiga, llorando de rodillas en el suelo. Las baldosas estaban empapadas con el agua de la lluvia, pero toda la parada estaba también teñida del verde menta que se había derretido y volcado del recipiente de helado que Lori tenía en sus manos.

—Oh —dijo, temblando por el frío—. ¿Eso es de…?

—Iba a tomarse el autobús —explicó Lori, derramando lágrimas sobre el casi vacío recipiente—. Estaba esperándolo, pero no lo hizo. ¡¿Por qué?! ¡¿A dónde fue?! ¡¿Qué le pasó?!

—Lori, escucha, quizás se cansó de esperar —Carol se agachó junto a ella y colocó una mano en su espalda—. Quizás comenzó a llover y buscó algún lugar para no mojarse.

Carol volteó en dirección a la calle y comenzó a nombrar en voz alta los distintos lugares donde Lincoln podría haber buscado refugio. El centro comercial quedaba a mitad de camino. Había un local de Burpin Burger doce calles más abajo. También podría haber tomado un desvío cinco calles hacia la derecha para ir al cine.

Lori estaba demasiado preocupada como para poder tomar en cuenta las sugerencias de Carol, pero apreciaba el esfuerzo que su amiga —sí, en aquel momento sentía que debía llamarla así— realizaba por ella. Mientras sujetaba contra sí el pote de helado que su hermanito había comprado apenas unas horas atrás, recordó la primera vez que Lincoln había probado helado de menta granizada.

Ella se lo había dado. Siempre había sido su favorito, y una tarde decidió compartir su tazón con su hermanito bebé. Le había encantado, y ahora, diez años después, había vuelto a comprar uno de ese mismo sabor.

Tenía que encontrarlo. Tenía que cumplir con su promesa.

Estiró una mano hacia Carol, y su amiga la ayudó a ponerse de pie. La joven Pingrey continuó dándole sugerencias de los lugares a los que Lincoln podría haberse dirigido para resguardarse de la lluvia, y Lori trató de pensar como él. ¿A dónde iría? Si ella fuese Lincoln y la lluvia torrencial lo atrapara estando fuera, ¿a dónde iría a refugiarse?

Comenzó a mirar a sus alrededores, dando vueltas en su lugar como una loca. El autobús, evidentemente, no había sido una opción. ¿Dónde, entonces? No había nada cerca, estaban en la otra punta de la ciudad, en las afueras del Sunnyside Garden, sin nada que…

Sunnyside Garden. Lori recordaba aquel lugar. Sus padres solían llevarlos allí no hace mucho tiempo atrás. A ellos les gustaba porque había menos gente que en el parque central y les era más fácil cuidarlos a todos. Todos habían pasado muchísimos buenos momentos allí, se habían divertido en las hamacas, los toboganes, los subes y baja, jugando junto al arroyo… El arroyo…

Volteó hacia el jardín. Los árboles se movían, resistiendo los fuertes vientos que sacudían sus copas. Podía ver algunos juegos, completamente vacíos, y un poco más allá…

Volvió a dejar a Carol atrás, internándose a toda velocidad en el parque. Corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron, dejando atrás los toboganes donde Luna solía deslizarse y los columpios de los que Lynn saltaba. Pasó el arenero donde Luan practicaba sus actos de payaso, pero el solado mojado la hizo resbalar y ella cayó con las rodillas primero sobre las baldosas frías. Dejó salir un pequeño grito de dolor, e incluso sin revisar pudo sentir el raspón que se había hecho en las rodillas y un codo, de donde pronto sangraría sin dudas.

Ignoró el dolor y se puso de pie una vez más. Ni el diluvio, ni el dolor, ni el viento la detendrían mientras se acercaba cada vez más al arroyo y al puente que había para cruzar por encima. Se salió del camino, dirigiéndose hacia el costado del puente. El pequeño arroyo estaba ligeramente más encausado gracias a la lluvia, pero aún así había una importante ladera llena de lodo y plantas.

Lori trató de bajar con cuidado, pero uno de sus pies resbaló, y ella se deslizó dos metros hasta detenerse al borde del arroyo. Lori maldijo en voz alta, pero se puso de pie, luchando por encontrar sostén en todo el lodo.

Cuando finalmente lo logró, volteó para ver qué había debajo del puente japonés, y fue entonces cuando creyó que se desmayaría. Cayó de rodillas sobre el lodo y llevó una mano a su pecho. Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía y sentía que quería salir de su cuerpo. Su garganta se cerró y tardó varios segundos en poder tomar aire, como si hubiese estado bajo el agua y sus pulmones se negasen a aceptar oxígeno. Se quedó mirando tanto como pudo, asegurándose de que su mente no le estaba jugando ninguna mala pasada, que no era un espejismo de sus deseos lo que veía, sino la verdadera imagen de su hermano allí debajo.

—Lincoln… —pronunció casi sin aliento— Lincoln…. ¡LINCOLN!

El niño estaba sentado debajo del puente, con las rodillas contra su pecho y la cabeza entre ellas. Sus manos estaban aferrándose desesperadamente a sus patillas, y todo su cabello estaba despeinado, con su pequeño copete casi desecho. Tras oír el grito de su hermana levantó la cabeza.

El corazón de Lori dio un vuelco cuando vio las lágrimas cayendo por aquel precioso pero pálido rostro, con sus ojos rojos y sus labios temblando. Con las últimas fuerzas que le quedaban, se puso de pie y corrió hacia él, agachándose para caber debajo del puente y rodeándolo con sus brazos antes de que él pudiera reaccionar. Lo apretó contra ella, sintió el calor de su cuerpo, apoyó su cabeza sobre la de él, y tras respirar el olor a shampoo que todavía tenía, lloró.

Lloró más fuerte de lo que recordaba haber llorado nunca. Gemidos que se extendían tanto como sus pulmones le permitían. Respiraciones entrecortadas que la agitaban, mareándola y haciéndole perder el sentido de la orientación y el equilibrio. No los necesitaba, sin embargo, pues se aferraba a Lincoln como si su vida dependiera de ello y no había ningún lugar al que necesitase ir. Allí, donde la lluvia no los alcanzaba, mientras ella se mecía hacia delante y hacia atrás con él en brazos, llorando a viva voz y con su corazón expulsando toda la angustia y el temor que había acumulado, fue consciente de todo lo que casi había perdido.

Un torrente de memorias cayó sobre ella como las gotas caían sobre el arroyo que pasaba frente a ellos. El día que él nació y cómo ella fue la primera de sus hermanas en alzarlo. Cuando él tenía cinco meses y ella le cambió los pañales por primera vez. Cuando le enseñó a andar en bicicleta. Su primer día de escuela. Su cumpleaños número siete. El Halloween del 2013. Cuando él tomó la "foto perfecta". Todos los momentos que había compartido con él, todo lo que él había hecho por ella. Pensó en ello, y finalmente el miedo de haber estado a punto de perderlo todo la sacudió hasta sus huesos. Se dio cuenta de lo débil que era, de lo mucho que lo amaba y necesitaba. Ella y todas las demás.

Lincoln, tras superar la sorpresa inicial, también la abrazó, enterrando su rostro en su pecho para seguir llorando. Ella no sabía por qué lloraba, pero no le importaba. Estaría allí para él, y nada malo le pasaría en su guardia.

Su llanto lo sacudió, haciéndolo temblar, y el movimiento le recordó a Lori el frío que hacía. Hizo un esfuerzo inhumano por separarse de él apenas lo suficiente para quitarse su campera y colocársela a él. Lincoln trató de protestar, pero ella no pudo ni quiso oírlo. Lo envolvió con su abrigo y volvió a abrazarlo, sus manos vagando por su cuerpo, apretando sus brazos, su torzo, su cabeza, sus hombros, queriendo sentir que era real, asegurándose de que en verdad estaba allí.

— ¡Lori! ¡Lori! ¡AAAH!

Lori miró hacia atrás, y vio a Carol haciendo todo lo posible para no resbalar. La chica trataba de usar su cartera para cubrirse tanto como podía de la lluvia, sin muchos resultados, pero dejó de protestar cuando los vio. Dijo algo por lo bajo, algo que Lori no llegó a escuchar, y se acercó corriendo a ellos. Se agachó y entró al pequeño espacio debajo del puente.

— ¡Lincoln! ¿Está bien? ¿Cómo está? —Preguntó, casi desesperada.

—E-Está bien… Está bien… Está bien —repitió ella una y otra vez, aferrándose a él incluso más fuerte.

Escuchó el suspiro aliviado de Carol, y por unos minutos, los tres permanecieron en silencio con excepción de los llantos ahogados de los dos Loud. Lori sabía que no podían quedarse allí, pero quería… no, necesitaba poder hablar con Lincoln a solas. Con cuidado, tomó su teléfono celular, lo desbloqueó y se lo alcanzó a Carol.

—B-Busca… busca a Luna y llámala —le pidió—. Dile que… dile que lo encontré. Está conmigo. Está a salvo.

Carol tomó el teléfono y la miró a los ojos. Comprendió de inmediato.

—Los esperaré en el auto —le dijo, asegurándole que les daría un muy necesario tiempo a solas. Pareció a punto de acercarse a darles un abrazo, pero se arrepintió a último momento y se alejó sin agregar nada más.

De nuevo a solas con su hermano, Lori trató de calmarse. Era difícil hacerlo, pero necesitaba estar lo más serena posible. Tomó aire varias veces, las suficientes como para poder hacerlo sin jadear o entrecortar su aliento.

—Toma esto —dijo, buscando con temblorosas manos por el bolsillo donde había guardado el frasco de Lisa. Lo extrajo y abrió cuanto antes, acercándolo a la boca de su hermano—. Lincoln, tienes que beber esto.

—L-Lori, e-estoy…

—Sólo bébelo —suplicó, colocando el borde contra sus labios.

Temblando, él abrió su boca un poco, y Lori inclinó el frasco para que el brebaje entrase en la boca de Lincoln. Él tomó dos tragos, pero entonces sus ojos se abrieron y alejó su cabeza. Lori lo observó asustada mientras él tosía.

— ¡Q-Quema! —Se quejó, todavía tosiendo.

"Aumentará su temperatura corporal," Lisa le había dicho. "Tiene que beberlo todo."

—Linky, Linky, tienes que terminarlo —le dijo, colocando una mano detrás de la cabeza de su hermano, acercándole nuevamente el frasco.

— ¡N-No q-quiero! —Se quejó, aún llorando.

Una afilada navaja cortó a través del corazón de Lori, haciéndola sangrar por dentro. Sus dientes se apretaron tanto que temía astillarlos, pero incluso en su dolor, sabía lo que tenía que hacer.

— ¡Tienes que beberlo, Linky! ¡Hazlo! ¡Por mí!

Su hermano la miró a los ojos, sumamente asustado, pero ella no se dejó vencer. Con una mano detrás de su cabeza para evitar que se moviera, ella volvió a acercar el líquido a él, colocándolo contra su boca.

Lincoln aún lloraba, pero cerró sus ojos y, de muy mala gana, aceptó continuar bebiendo aquel extraño compuesto. Todo su cuerpo se retorcía, y Lori hubiese deseado poder cargar ella con todo el dolor. Cargaría con gusto la cruz que él soportaba, aceptaría cualquier castigo del destino con tal de que él no sufriera.

Tras un interminable minuto, él finalmente acabó de beber el brebaje de Lisa. Lori dejó caer el frasco de cristal, y abrazó a su hermano contra ella, llorando sobre su cabeza. El ruido del arroyo corriendo a un lado de ellos y la lluvia inundando la ciudad no importaban. Todo su mundo estaba reducido a él y a ella misma, unidos bajo las tablas de madera de aquel viejo puente.

—Lo siento —le dijo él, ya más calmado, llorando todavía a viva voz—. No q-quería preocuparte, yo sólo… yo…

—Está bien, está bien —lo tranquilizó, besándole la frente tantas veces como pudo—. Estás aquí, eso es lo importante. Estás bien. Oh, Lincoln, por Dios, qué alivio.

—Lo siento, no quise… no pude evitarlo —le confesó, llorando más fuerte—. No pude evitarlo.

Ella se separó lo suficiente como para colocar sus manos en las mejillas de Lincoln, obligándolo a que la vea a los ojos. Su debilitado corazón se agrietó aún más al verlo tan vulnerable y aterrado, y sólo pudo esperar que el calor que sentía en sus mejillas fuese un efecto positivo de lo que fuera que Lisa le había dado.

— ¿Qué pasó? ¿Por qué viniste aquí?

Él trató de bajar la mirada, pero ella no se lo permitió.

—Lincoln, dímelo, por favor —insistió, su dolor palpable en su voz.

Los hombros de su hermanito continuaron sacudiéndose, y parecía poco probable que estuviera en condiciones para hablar. Iba a insistir de nuevo, pero él llevó la frente hacia delante para apoyarla una vez más contra su esternón.

—No quiero… no quiero preocuparte —susurró él.

— ¡Sea lo que sea, dímelo! ¡No te lo guardes! ¡No te preocupes por mí, Lincoln, dime lo que te ocurre!

Era un niño al borde de iniciar la pubertad, pero su llanto no se diferenciaba en nada del de un niño pequeño. Agudo, fuerte, descontrolado. Ella estaba asustada, pues no recordaba verlo tan vulnerable, tan desesperado, tan aterrado.

—No importa lo que sea, yo voy a estar aquí, Lincoln —le aseguró, dándole un nuevo beso en su mojado cabello—. No estás solo. Lo trabajaremos juntos. Linky, habla conmigo.

Él estiró sus brazos para rodear el pecho de su hermana, y ella lo aceptó, acomodando su campera para que lo cubriera aún más.

—Es… es tonto...

— ¡No! ¡Lincoln, no! No voy a enfadarme, te lo juro. Déjame ayudarte, por favor. Te lo ruego.

Acurrucado contra su hermana mayor, al resguardo de la lluvia y sin nadie que los interrumpiera, Lincoln se sinceró. Le contó de su humor, cada vez más difícil de controlar en los últimos días. Le explicó con detalle lo que le había pasado esa misma mañana. Aquella horrible sensación que lo invadió por varios minutos. También le contó, en tanto su llanto se lo permitía, todo lo que había ocurrido en casa de Rusty. La razón por la que se había enfadado y todo lo que su cuerpo experimentó. Lori no pudo evitarlo, lloró más fuerte al escuchar todo por lo que su hermanito estaba pasando. Nunca se imaginó que estaría sufriendo de aquella forma, y se sentía una idiota y una inútil por no haberse dado cuenta antes. No lo interrumpió en ningún momento, sólo se dedicó a escucharlo, a abrazarlo, a acariciar su espalda, brazos y cabeza.

—Y entonces… e-entonces volví a la parada —le dijo Lincoln, temblando; si lo hacía por el frío o por el miedo, ella no podía saberlo—. Y había… había un... p-póster de Ace Savvy.

Levantó la cabeza para mirar a Lori a los ojos, las lágrimas cayendo por sus mejillas como canillas abiertas.

—Van a hacer una película —explicó, con una mueca de dolor—. V-Va a estrenarse en seis meses… A-Ace… Ace Savvy… Es m-mi superhéroe f-favorito y… y yo… y yo voy a morir antes de verla.

Ella jadeó, sintiendo una fría mano que se cerraba sobre su corazón. Lincoln no estaba mucho mejor.

—V-Voy a morir, y… ¡Y hay mucha cosas q-q-que no voy a poder hacer! —Estalló, desahogándose con ella— ¡T-Tengo miedo! ¡N-No quiero morir, Lori, no quiero morir! ¡T-Tengo miedo, pero no puedo dejar que nadie lo sepa! ¡Tengo que… ser fuerte! ¡Por ustedes! ¡Porque no quiero verlas llorar! ¡P-Pero no puedo! ¡No puedo, Lori, no puedo!

Sus palabras se perdieron en un llanto desconsolado, un llanto que sólo podía ser comparado con el de Lori mientras lo abrazaba y trataba de ayudarlo. Sus jadeos se habían transformado en algo que se acercaba más a gritos, perdiéndose en el total caos a su alrededor, sin nadie más que ella para escucharlos en aquel recóndito rincón del parque. Gritos que helaban su corazón y la llenaban de desesperanza, de un dolor que golpeaba cada nervio de su cuerpo y se expandía por ella como una plaga.

Debería haberlo sabido… Esa entereza… Esa solemne actitud con la que él parecía encarar su enfermedad… No era real. No era más que la máscara que Lincoln vestía cuando estaba cerca de ellas, preocupado más por la salud y el estado emocional de su familia que por la suya propia. Así era él. Egoísta y tacaño de vez en cuando, pero siempre poniendo a su familia por delante, incluso antes que él. Debería haberse imaginado que todo el esfuerzo que él ponía en ayudar a sus hermanas lo estaba agotando. Estaba callando su propia voz, embotellando sus sentimientos, miedos y preocupaciones a presión, forzándose a no aceptar lo que realmente sentía, y eso evidentemente había tenido sus consecuencias. Ataques de ira, ataques de pánico. Mucho más dolor del que un niño de once años debería sentir.

Lori no sabía qué hacer, ni qué decirle. ¿Cómo podía hacerlo sentir mejor, decirle que todo estaría bien, si ella misma sentía un dolor que le partía el alma y la dejaba de rodillas? No podía ni siquiera imaginar todo lo que Lincoln sentía. Comprendía, en parte, el por qué lo hacía, por qué se guardaba todo para sí mismo. Al igual que ella, quería evitar que la casa se desmoronase. Los dos trataban de ayudar al resto a vivir con esta terrible noticia, a sobrellevarla como les fuera posible. Sentían en ellos la responsabilidad de cargar con el peso para que los demás no lo hicieran.

Lincoln, sin embargo, era un niño, y como principal víctima de las circunstancias, pedirle que cargue con todo el peso de su angustia y miedos era injusto. Inhumano. Quizás él fuera un mejor líder que ella. Quizás él era quien mantenía el balance en la casa. Quizás ella le había fallado a su familia, a sus padres, a sus hermanas, a sí misma, y no había asumido la responsabilidad que todos esperaban y necesitaban que asumiera. Podría haberle fallado a todos ellos.

Pero no le fallaría a Lincoln.

—Linky, mírame —le pidió, separándose de él.

Su hermano lloraba desconsolado entre sus brazos, pero levantó la vista y posó sus ojos heridos en los de su hermana. Ella usó sus pulgares para tratar de secar las lágrimas que caían por sus mejillas, y conjuró todas las fuerzas que todavía le quedaban para hablarle.

—No quiero que seas fuerte por mí. Hazlo por nuestras hermanas si quieres, por mamá, por papá. Sé fuerte por ellos… pero no tienes que serlo por mí. Quiero que vengas a verme siempre que te sientas mal, y quiero que dejes salir lo que de verdad sientes. No pretendas, no quieras engañarme, no te preocupes por mí. No… Quizás no pueda hacerte sentir mejor… pero estaré allí contigo. Siempre. Hasta el final. Porque por más que seas el chico más hermoso, amable, atento, perfecto y maravilloso que existe en este mundo, pero sigues siendo mi hermanito. Y yo soy tu hermana mayor. Siempre lo seré. Y siempre estaré allí cuando me necesites.

Él cerró los ojos y su boca se transformó en una fea mueca al tiempo que su llanto volvía a atacarlo con fuerza, renovando el asedio a su corazón. Ella lo rodeó con sus brazos, lo acercó a su cuerpo y comenzó a mecerse junto a él, como hacía cuando eran más pequeños.

—Estoy aquí… Estoy aquí… No me iré a ningún lado —le aseguró entre susurros, acompañando sus gritos de angustia con su silenciosas pero dolorosas lágrimas—. Estoy aquí.

La lluvia continuó cayendo a su alrededor. Los relámpagos y truenos dominaban la tarde. El arroyo seguía su curso en dirección al océano, y los vientos parecían querer componer una melodía con la fuerza con la que sacudían los árboles, pero nada de ello pareció importar a los dos hermanos. Carol Pingrey tendría que esperar en el auto, pues Lori no pensaba abandonar a su hermano ni a aquel pequeño refugio bajo ninguna circunstancia; no mientras ella fuera el único hombro con el que Lincoln podía contar para llorar libremente. No mientras fuera ella la única salida segura para los sentimientos de Lincoln. Era ella quien debía ser fuerte ahora. Por él, por Lincoln, por su hermano. Era ella quien debía dejar su seguridad y sentimientos de lado para permitirle a él descargarse. Ella era la única que podía tomar la pesada carga que Lincoln había puesto sobre sus hombros.

Y aunque el peso la derrumbase, aunque sus hombros no pudieran, aunque la titánica tarea de Atlas reposara ahora en ella, dejándola de rodillas, lastimándola, haciéndola sentir débil, destrozándola por dentro, ella no se quejaría. Lo resistiría; sobreviviría. Lo aguantaría tanto como fuera necesario con tal de que él no tuviera que hacerlo.

Porque esa era su tarea. Ella era la hermana mayor, era ella quien debía estar allí para todos sus hermanos, estar allí para aliviar las cargas de todos. Era ella en quien todos debían y podían contar. Sacaría fuerzas de donde no las tenía con tal de ayudar a Lincoln. Su abrazo y presencia absorberían el veneno sin preocuparse por el costo, por cómo su propia salud podría quedar afectada.

Todo por él. Por Lincoln. Por su hermano menor.


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Ok, uh, pido disculpas a todos los que pensaron que este era el capítulo final. Cuando hablé de "no se pierdan la conclusión" me refería a la conclusión del capítulo que, como dije, había dividido en dos partes. Y cuando lo comparé con Infinity War y la culminación de dos años de trabajo (nota aparte, sí saben que el MCU sigue después de Infinity War, no?), lo decía porque este capítulo es el quiebre máximo. Durante dos años, trabajé a Lincoln preocupado por sus hermanas, ayudando a sus seres queridos uno por uno. Dejándose a sí mismo de lado para salvar al resto. Y finalmente, pagó el precio. Esta fue la crisis de Lincoln. Ahora sabemos lo que ha estado ocurriendo dentro de su mente, de su corazón. Sus ataques de pánico (no sé si fui claro, hay una diferencia entre sus ataques de pánico [lo que sufrió a antes de cortarse el cabello, al inicio del capítulo anterior y luego con sus amigos, este último del cual trató de huir distrayéndose en su enojo] y sus ataques de ira como el que tuvo con Ronnie Anne o las gemelas; los de pánico fueron causados cuando se detuvo a pensar en que está muriendo, y los de ira cuando su paciencia no pudo más]) no son más que el producto de no tener a nadie con quién llorar. De no dejarse sentir. De no aceptar la cruda verdad, de escapar de ella ayudando a los demás, olvidándose de sí mismo.

Para evitar mayores inconvenientes y posibles equivocaciones de mi parte, voy a ser más directo: quedan dos capítulos más. Un capítulo, y luego el final. Final final. No habrá epílogo, no habrá continuación, segundas partes, nada. Si me lleva 40K palabras, leerán (o no) 40K palabras. Dos capítulos más, punto.

Muchas gracias a todos los que me escribieron, leí todos y cada uno de sus mensajes. ¡Son muchos! Pero los leo todos. Un abrazo gigante, queridos lectores, y nos vemos en la próxima.

P.D.: El miércoles pasado, el día que subí el cap 23, subí a YouTube un trailer del capítulo, con escenas y diálogos de la serie y la música del trailer de Infinity War. Véanlo si quieren, está cool, lol.