Dado que recibo muchísimos mensajes al respecto, creo que es oportuno aclarar que mi hiatus estuvo relacionado a crisis económica, depresión y la universidad (que en gran parte es responsable de las primeras dos causas). No es que me olvidé de este fic, o que me gusta tardarme en actualizar.
Aclarado eso, gracias por los continuos mensajes de apoyo. Los quiero a todos. Ojalá les guste este cap.
Disclaimer: The Loud House no me pertenece. Fue creado por Chris Savino, y es propiedad de Nickelodeon y Viacom.
.
Capítulo 25:
Promesas.
.
—Con cuidado, con cuidado; sujétate fuerte.
—No hace falta, yo…
—Sólo sujétame, ¿si? No quiero que te resbales.
Comprendiendo que no tenía poder de decisión y que estaba a la merced de su hermana, Lincoln decidió no discutir, aceptando el brazo que ella le ofrecía y aferrándose a él con las pocas fuerzas que le quedaban. Ya habían pasado la peor parte, subir la empinada y resbaladiza ladera del arroyo, pero el usualmente banal camino de regreso al auto a través del sendero se presentaba como todo un desafío.
No sabía con exactitud cuánto tiempo había llorado junto a Lori. Probablemente unos quince minutos. Tal vez veinte. No sabía si era mucho o poco (a veces sentía que podría llorar por horas sin detenerse, y otras veces las lágrimas simplemente no querían salir), pero realmente lo había ayudado a desprenderse de aquel desgarrador sentimiento de desolación que se hallaba clavado en su corazón como un filoso puñal. Por primera vez desde su charla con Clyde, Lincoln había podido ser honesto con alguien. Había podido hablar de sus miedos e inseguridades y dejar salir todos esos horribles y dolorosos sentimientos que había ocultado en su interior. Sus problemas no habían desaparecido milagrosamente una vez que los había expresado verbalmente, pero el simple hecho de poder compartirlos con alguien era catártico por naturaleza.
No todo era color de rosas, sin embargo. El haber visto a Lori llorando desconsolada debido a él hizo germinar una terrible semilla de culpa que expandía raíces en su pecho, haciéndolo sentir miserable. Su familia lo estaba buscando bajo aquella lluvia torrencial que no parecía mostrar señales de apaciguar. Sabía que tenía que volver a su casa cuanto antes y enfrentarse a ellos. Todos preocupados por su culpa. Todos creyendo que quizás ya había muerto. Todo porque había tenido un… nuevo episodio, sea lo que fuera que esas cosas eran. No sabía a qué iba a enfrentarse, y eso lo asustaba.
Quizás fue este miedo el que lo llevó a aferrarse aún más fuerte al brazo de Lori, ocasionando que su hermana voltease a verlo mientras lo guiaba bajo la lluvia a través del parque. El viento los zarandeaba de lado a lado, queriendo voltearlos y aturdiéndolos con una caótica sinfonía, y su visión quedaba reducida a unos pocos metros, pues la pantalla de agua que caía a su alrededor no le dejaba ver con claridad los árboles y senderos más adelante.
— ¿Estás bien? —Preguntó su hermana, usando su brazo libre para acomodarle la campera, asegurándose de que estuviese lo más protegido posible del frío— Ya casi llegamos. Todo va a estar bien.
—L-Lo siento —alcanzó a decir en un susurro. Su garganta dolía de tanto llorar. De tanto gritar sin que nadie lo escuchara, sus sollozos y gemidos diluyéndose hasta desaparecer bajo el ruido de la tormenta.
—No tienes por qué…
—Lo siento —repitió.
Lori permaneció en silencio durante unos segundos, tras los cuales simplemente lo apretó más fuerte.
—Todo va a estar bien.
El viento y las pesadas gotas continuaban rodeándolos, y Lincoln no pudo evitar preguntarse si no estarían en algún tipo de huracán. Recordó aquella oportunidad en la que un tornado había golpeado Royal Woods, y aunque ellos habían estado en el sótano, pudo sentir la casa temblando y el horrible ruido de los fuertes vientos golpeando las ventanas. Quizás el hecho de estar al aire libre afectaba su percepción, pero le parecía estar en medio del mayor caos que recordaba haber vivido en su corta vida.
Afortunadamente, no les llevó mucho tiempo el atravesar la plaza de juegos y llegar a la acera. Los ojos de Lincoln se posaron brevemente en el cartel publicitario de la parada de autobús.
ACE SAVVY | MUY PRONTO…
Cerró sus ojos y tragó saliva con dificultad. Comenzó a respirar profundo. Una vez. Dos veces. Tres. Logró calmarse justo a tiempo, pues Lori lo había conducido hacia la puerta trasera de un auto, la cual se abrió cuando se acercaron. Su hermana se apresuró en hacerlo entrar, siguiéndolo en seguida y cerrando la puerta detrás de sí.
El seco impacto de la puerta al cerrarse pareció enmudecer el caos externo. Los vientos dejaron de atacarlo, y el sonido del agua cayendo sobre el techo y los vidrios palidecía en comparación con lo que se vivía por fuera. Fue como entrar a un refugio. El aire caliente de la calefacción del coche lo envolvió, entrando en sus pulmones y haciéndolo sentir seguro. Protegido.
Apenas tuvo tiempo para ponerse cómodo antes de que Carol le alcanzara una manta desde el asiento delantero y Lori se encargase de cubrirlo y secarle el cabello.
—Lori… —se quejó, por la rudeza con la que su hermana fregaba su cabello, tratando de secarlo.
—Hay que secarte, estás empapado.
—Tengo otra toalla, toma —ofreció Carol, y aunque Lincoln no pudo ver dado que su cabeza estaba envuelta en una toalla, sí sintió cómo Lori usaba su mano libre para continuar secando el resto de su cuerpo—. Oye, Lori, tú también deberías secarte, te puedes enfermar.
—Estoy bien, no te preocupes —dijo ella en seguida.
Él notó lo agitada que sonaba, y lo mucho que su voz temblaba. Un minuto más tarde, cuando ella consideró que su cabello estaba ya lo suficientemente seco, retiró la toalla de su rostro. Ahora que la lluvia ya no los golpeaba, Lincoln pudo apreciar con más detalle el cansado y desasosegado rostro de su hermana. El maquillaje caía por sus mejillas como dos entintados causales, esfumados casi por completo por acción de las gotas y las lágrimas.
Sin poder contenerse, se inclinó hacia delante para apoyar su cabeza contra el vientre de su hermana, rodeándola con sus mojados brazos. Lori soltó las toallas y frazadas y lo estrujó, sus dorados mechones dejando caer pesadas gotas sobre Lincoln.
—Carol… llévanos a casa, por favor —dijo con dificultad, como si el nudo en su estómago se hubiera extendido también a su garganta.
No hubo respuesta verbal, pero en seguida el motor del auto se encendió, y los tres comenzaron a moverse a través de la inundada calle camino hacia la Avenida Franklin 1216. Los dos hermanos no se separaron en ningún momento. Lincoln sólo había desaparecido por algunas horas, pero ambos las habían sentido como una eternidad, y parecían no estar dispuestos a separarse nuevamente de poder evitarlo.
El estrés continuaba emanando de cada fibra y poro de su ser, y por momentos no sabía si se encontraba temblando por el frío o por los nervios, el miedo, la desesperación. Y sin embargo, el reconfortante abrazo de su hermana parecía estar surtiendo efecto. Efímeros y aleatorios recuerdos de su niñez danzaron por su mente como flashes de luz, recordando sus peores momentos, pero sobre todo los siempre presentes abrazos de sus hermanas, levantando sus ánimos cuando más lo necesitaba. Sus miedos quizás lo acompañarían hasta el final, pero saber que no estaba solo era una grandiosa ayuda.
El camino de regreso a casa fue silencioso, salvo por el eco de las gotas sobre la carrocería y del limpiaparabrisas arrastrándose sobre el vidrio. Nadie sintió la necesidad de decir algo. Él estaba exhausto, drenado de energías, y su hermana estaba claramente tratando de mantener la compostura y no caer víctima de su propia desesperación. Carol, por su parte, parecía no tener intenciones de interrumpir el momento. Aprovechando su posición, Lincoln trató de espiar a quien conducía el auto, pero ella no volteaba a verlo, aparentemente concentrada en la calle por la que debía transitar. No estaba tan mal como Lori, pero su usualmente perfecto cabello estaba absolutamente desecho y mojado, al igual que su maquillaje y sus ropas caras.
Lincoln no entendía por qué ella estaba allí junto con Lori. Habían sido amigas hace muchos años, pero por algún motivo habían dejado de hablarse, y Carol ya no se reunía con Lori. Él la había extrañado al principio. Ella siempre era gentil con él cuando iba a jugar a la casa Loud, siempre tratando de incluirlo en los juegos, preguntándole cómo estaba y haciéndolo reír con chistes y bromas. Incluso cuando ella y Lori dejaron de ser amigas, Carol continuaba dándole likes a las publicaciones de Lincoln en redes sociales todo el tiempo, y en más de alguna oportunidad incluso le había escrito preguntándole cómo se encontraba, o felicitándolo por algo que hubiese logrado.
No podía decirse que eran amigos, pero Lincoln nunca había dejado de considerar a Carol como una de las amigas de Lori a quien más apreciaba. Incluso lo había ayudado en su plan para sacar la foto perfecta. No había estado muy contenta con cómo habían acabado las cosas… pero había ido allí de todas formas. Sólo porque él se lo había pedido.
Su vista periférica notó un movimiento extraño, y levantó la mirada hacia el espejo retrovisor. Se sintió completamente avergonzado al notar que los ojos de Carol estaban fijos en él a través del espejo, y ella probablemente había notado que él se la había pasado observándola durante los últimos minutos. Sin saber cómo reaccionar, hundió su rostro en el regazo de Lori, ocultándose de la mirada de Carol.
Sin más incidentes, pronto el auto se detuvo, y Lincoln oyó el suspiro de Lori.
—Llegamos —anunció la conductora, quizás en un intento de romper el hielo.
Lentamente y con mucho temor, Lincoln se separó del abrazo de su hermana para echar un vistazo a la casa. Vanzilla estaba allí estacionada en la acera, y detrás de ella, otro auto. El de Pop-Pop.
Su corazón comenzó a palpitar con fuerza.
— ¿Estoy en problemas? —Preguntó con dificultad.
—No, no… Todo está bien. Están preocupados, eso es todo. No te preocupes.
Aprovechando que Lincoln ya no estaba aferrándose a ella, Lori se inclinó hacia delante, colocando su mano izquierda en el hombro derecho de Carol. Cuando la rubia volteó, Lori la miró directamente a los ojos, y aunque Lincoln no podía ver su rostro desde donde estaba, conocía a su hermana mayor muy bien, y le era fácil imaginar su expresión llena de culpa y dolor.
—C-Carol, yo… No tengo palabras, sólo… Gracias. Gracias por todo. Yo no… Todos estos años yo… Yo creía… Siempre estuve celosa, y sentía que no éramos amigas, y tú siempre fuiste más popular que yo y eso me hacía sentir mal, y… Sólo…
—Lori, las dos nos comportamos como tontas —le aseguró Carol, colocando una mano sobre la suya—. No es tu culpa, yo también… alimenté esta rivalidad. Todo porque sentía que las personas te querían más que a mí, y me comporté como una idiota. Pero ya no importa, Lori, ya no importa. Si algún día necesitas algo… Sólo llámame, ¿sí?
Las dos amigas se movieron en sus asientos para poder darse un muy incómodo abrazo. Sólo duró unos pocos segundos, pero Lincoln sintió un cambio. Era difícil de explicar, pero sintió en su corazón que aquel abrazo deshacía años de rivalidad. Sanando viejas heridas que nunca habían sido admitidas.
Cuando se separaron, Carol le dedicó una mirada a Lincoln. El elocuente dolor que se podía ver reflejado en aquellos iris marrones fue suficiente para bajar sus defensas. Podía percibir que tenía algo que decirle, y aunque realmente no estaba en condiciones de tener ningún tipo de charla con nadie, no tenía a dónde ir, realmente.
—Lincoln… Eres el chico más encantador que jamás he conocido. Eres como el hermanito que nunca tuve — admitió, sus labios comenzando a temblar y sus ojos llenándose de lágrimas—. Y no puedo creer que esto esté pasando, pero… Sólo… Sólo dime si hay algo que pueda hacer por ti. Lo que sea.
Se sintió sumamente incómodo. ¿Cómo responder ante semejante declaraciones? ¿Qué decir en respuesta a ello? ¿Cómo saber si lo decía en serio, o si sólo lo decía por lástima? Sí, Carol siempre lo había tratado con mucho cariño, y sí, de vez en cuando ella le escribía para hablar con él… pero él jamás hubiese creído que ella tenía una opinión tan alta sobre él. ¿Cómo saber si era cierto?
Aunque lo cierto es que Lincoln tenía experiencia con chicas mostrando sus sentimientos, y Carol parecía honesta. Y el hecho de que había estado ayudando a Lori a encontrarlo era innegable. Quizás Lincoln había tenido un mayor impacto en la vida de esta chica de lo que él creía.
Abrumado por estas revelaciones y todavía en shock por todo lo que había transcurrido en las últimas horas, no supo cómo responder. Tan sólo atinó a asentir y dedicarle una débil sonrisa, esperando que fuera suficiente.
—De acuerdo… Tenemos que ir. Deben estar desesperados por verte —le dijo Lori.
Con una última despedida, Lori y Lincoln bajaron del auto. La tormenta los recibió una vez más, rodeándolos en una atmósfera hostil de pesadas gotas de lluvia y vientos que los hacían temblar. Asegurándose de cubrirlo con su propia campera y con una de las mantas que Carol les había dado, Lori condujo a Lincoln hacia la casa. La bruma y el agua que golpeaba su rostro no le permitió ver con claridad, pero estaba convencido de haber detectado movimiento en las cortinas. Cerró los ojos y se sintió al borde del llanto una vez más. Su familia estaba allí, esperándolo, y él iba a tener que enfrentarlos. Se había comportado como un idiota y los había preocupado a todos. Todo por un episodio de rabia y miedo. No se había podido controlar, lo había arruinado todo, y ahora iba a enfrentarse a las consecuencias.
No tuvo tiempo a reaccionar. Lori lo llevó rápidamente a través de los escalones y el porche. Ni siquiera tuvieron que golpear la puerta. En un instante Lincoln estaba de pie frente a la madera mojada por la lluvia, y al siguiente la puerta se había abierto y un par de brazos lo habían arrastrado dentro, rodeando su cabeza y su espalda y presionándolo contra el pecho de quién rápidamente identificó como su madre.
La tormenta de afuera no era nada en comparación con la tempestad que se desató dentro de la casa tras su llegada. La lluvia palidecía en comparación con las lágrimas que caían sobre la alfombra y sobre sí mismo. Los fortísimos vientos parecían suaves brisas de otoño junto a los sacudones que todas sus hermanas le daban a su madre para poder abrazarlo. Brazos de todos los tamaños trataron de tomarlo, de sujetarlo, de tocarlo para asegurarse que era real.
Lo peor, sin embargo, fueron los gritos. Una docena de voces llorando su nombre, gritando al mismo tiempo, haciendo preguntas, pidiendo explicaciones, rezando, maldiciendo, agradeciendo. Se sintió atrapado en un caótico vórtice de emociones tan furiosas e imparables como la peor de las tormentas. Le costaba ver con claridad, pero pudo detectar destellos aquí y allá de las ropas de todas sus hermanas, de sus padres y de Pop-Pop. Sus articulaciones apenas si podían moverse con lo mucho que todos lo tenían atrapado, como arenas movedizas que lo incapacitaban y de las que no podía escapar por más que intentase.
Una pequeña parte de él se sentía feliz por estar de regreso en su hogar, de eso no había dudas, pero esto… Esto era demasiado. Él mismo continuaba asustado, dolido, confundido, y tanto caos, tantos gritos, tanta emoción… Se sintió aturdido. Todo parecía temblar a su alrededor como cuando trabajaba con madera, y las cosas daban vuelta, y perdió el foco, y las manos de su madre se veían doble y las voces de todos a su alrededor resonaban con furiosos ecos, y unas nuevas lágrimas caían por su rostro y se sentía mal, por Dios, se sentía muy mal, quería irse, quería escapar, quería que todo terminase y-
— ¡Ya basta!
La estruendosa voz de Lori sacudió la casa como un furioso trueno. La familia entera se detuvo en seco para observar a la mayor de las hermanas. Algunos con sorpresa, otros enfadados, otros confundidos, pero antes de que ninguno pudiera decir algo, los breves segundos de silencio fueron rotos por los agitados sollozos de Lincoln.
Todos tenían sus ojos en él, pero por primera vez desde que llegó, le prestaron atención. Estaba hiperventilando. Su boca se abría y se cerraba como un pez fuera del agua, tratando de obtener cuantas bocanadas de aire le fueran posible. Sus labios temblaban incontrolables, y su rostro estaba deformado en una mueca mientras las últimas lágrimas de su reserva caían de sus ya irritados ojos. No le gustaba mostrarse así. No quería que lo vieran tan vulnerable, pero la situación lo estaba superando. La culpa lo consumía por dentro como un enjambre de langostas.
Sintió el silencio mientras toda su familia lo observaba, pero en seguida los mojados brazos de Lori lo atrajeron hacia un nuevo abrazo. Ella estaba arrodillada en el suelo para estar a su altura, y lo rodeó para protegerlo del asedio de preguntas y emociones que el resto de la familia le lanzaba, con o sin intención. El reconfortante abrazo de Lori consiguió devolverle un poco de tranquilidad en tan penosas circunstancias, y fue capaz de al menos recuperar el aliento.
—Denle espacio —pidió Lori, acariciando la espalda de su hermano y mirando con intensidad al resto de su familia—. No lo abrumen.
Él continuó tratando de calmarse, pero antes de que pudiera recuperarse por completo, Rita y Lynn Sr se acercaron.
—Lincoln, hijo, gracias al Cielo —dijo su padre, su voz luchando por pasar a través del nudo de su garganta.
Separándose de Lori, dio dos pasos hacia delante, cayendo presa del mucho más fuerte abrazo de su madre. Rita lo abrazó contra ella, sus manos recorriendo el mojado cabello castaño y cerrándose sobre los pliegues de su empapada camisa, sin preocuparse por mojarse ella también. A diferencia de su esposo, quien trataba de mantener la serenidad, ella no tenía problemas en dejar que las lágrimas fluyeran libre.
—L-Lincoln… Lincoln… Pensé que… Creí q-que… Cielos, estaba t-tan preocupada...
El coro de sollozos a su alrededor continuaba sonando, interrumpiendo el silencio. Todo por él. Por su culpa. Por haber perdido el control no una, sino dos veces en el mismo día. Por ser débil. Por no ser fuerte por ellos.
Con delicadeza, aplicó una pequeña presión con sus manos para separarse de su madre. Quedó de pie frente a ella, cara a cara con su rostro lleno de dolor y preocupación, y sintió una gélida sensación expandiéndose por su cuerpo. Ningún hijo quiere jamás ver a su propia madre llorando, mucho menos por ellos. Dio un paso hacia atrás, quedando con Lori a su espalda, y el resto de su familia en frente. Esperando a escucharlo. Bajó la mirada hacia la alfombra, y sus dedos comenzaron a entrelazarse nerviosamente mientras su mente buscaba las palabras adecuadas.
—Mamá… Papá… Abuelos… Chicas —dijo, aquella última palabra impregnada en culpa y desazón— Yo… Lo siento. Lo s-siento mucho, yo no quería… No quería preocuparlos. No fue mi intención que todo esto pasara, yo… D-Debía sólo quedarme a jugar con C-Clyde y los demás, no debí haberme escapado, no debí haber olvidado mi t-teléfono, no debí haber d-desaparecido sin más… ¡Lo siento, lo siento! ¡N-No quería causarles más problemas! ¡T-Trato de ser fuerte por ustedes, p-pero…! ¡Pero…! ¡T-Tengo m-m-miedo! ¡Y y-y-yo…!
No supo quién fue la primera en lanzarse directo a sus brazos. A juzgar por el impacto que sintió en sus costillas, probablemente una de las gemelas, o Lucy, quizás. Y sin embargo, un instante después todas sus hermanas —incluso Lisa, para su sorpresa— se hallaban rodeándolo en un abrazo colectivo del cual no podría escapar incluso si lo intentara. Aunque no tenía planeado hacerlo. Su pequeña disculpa lo había quebrado una vez más. En su frágil y vulnerable estado bastaba sólo una pizca de emoción para que sus sentimientos fluyeran sin filtro. Amaba a sus hermanas. Las amaba más que a nada en este mundo. Más que a sí mismo. Y aunque no quería preocuparlas, aunque no quería verlas triste, aunque quería ser fuerte por ellas, aguantar todo el dolor y el miedo que lo corrompía por dentro, no podía negar que poder ser honesto con ellas se sentía bien. Muy bien. El saber que ellas estaban allí para él, para acompañarlo y contenerlo le hacía recordar por qué las amaba tanto.
—No te preocupes, Linky, te entendemos —le dijo Leni, casi en un susurro.
—Está bien tener miedo. Todos estamos asustados —dijo Lynn, carraspeando para ocultar su llanto.
—No tienes que guardarte nada. Puedes confiar en nosotras —agregó Lucy.
—Te preocupas demasiado por nosotras; tienes que preocuparte por ti mismo también, hermano. No descuides tu salud mental, Lincoln —le pidió Luna.
—Te amamos —lloraron las gemelas, abrazándolo aún más fuerte.
Lincoln cerró sus ojos y se dejó llevar por el abrazo grupal. No fue sino hasta unos minutos más tarde cuando lentamente comenzaron a liberarlo, soltándolo pero sin alejarse más de dos o tres pasos de él. Y fue en ese momento cuando notó el estado de algunas de sus hermanas.
—Lynn, ¿por qué estás así?
Su hermana mayor estaba de pie a su derecha, pero no vestía sus ropas usuales. Tenía puesto uno de sus tantos atuendos para dormir. Un jersey blanco con rayas rojas en las mangas cortas y un gran cinco en el frente. Sus shorts estaban ahora reemplazados por un pantalón de jogging rojo. Lo más llamativo y preocupante, sin embargo, es que tenía una toalla en los hombros, y su cabello, si bien no chorreaba agua como el de Lincoln, se veía sumamente húmedo, con los mechones de su flequillo pegándose sobre la preocupantemente pálida piel de su rostro.
Lynn mordió su labio y desvió la mirada por un instante hacia su izquierda. Lucy se encontraba allí, y al igual que ella, estaba vestida con su pijama, una toalla alrededor de sus hombros, y su cabello mojado.
—Salimos a buscarte —admitió Lynn, dirigiendo una rápida mirada de disculpa hacia sus padres, quienes simplemente suspiraron—. Tomé mi bicicleta y recorrimos todo el barrio.
Lincoln sintió un nuevo vuelco a su corazón. No sólo Lori, sino otras dos de sus hermanas habían salido voluntariamente bajo la terrible tormenta para buscarlo. Para tratar de encontrarlo y asegurarse de que estaba bien. Conmovido y sintiéndose altamente culpable, se acercó a Lynn y Lucy y las rodeó en un breve pero muy sentido abrazo. Las dos se pegaron a él, aceptando su disculpa, incluso si no sabían que esa era su intención.
—Lo siento mucho —les dijo, separándose de Lynn pero manteniendo un brazo rodeando a Lucy—. No debería haberles causado problemas. Sobre todo tú, Luce. Soy tu hermano mayor. Yo tengo que cuidarte, y por mi culpa…
—Ya cállate, Stinkoln —le dijo Lynn con una tímida sonrisa, dándole un suave golpe en el hombro, dejando descansar su mano allí—. Fuimos a buscarte porque estábamos preocupadas. Fue nuestra decisión. No es tu culpa.
Entre tantos sentimientos negativos de culpa, miedo, dolor e inseguridad, las palabras de su hermana le cayeron muy bien. Un pequeño atisbo de luz entre tanta oscuridad. Tras un nuevo y fugaz abrazo, se separó finalmente de ellas. Antes de poder siquiera voltear, un estornudo a su izquierda llamó su atención.
Lana, al igual que Lynn y Lucy, se veía completamente mojada y con una toalla rodeando sus brazos, hombros y espalda. Pero a diferencia de ellas, aún vestía sus ropas, húmedas y con algo de lodo. Lola estaba de pie a su lado, y las dos estaban tomadas discretamente de la mano. Sus ojos se veían grandes y brillosos, llenos de lágrimas.
— ¿Y a ti qué te pasó, Lana? No me digas que también saliste a buscarme —dijo Lincoln, arrodillándose frente a las gemelas y llevando una mano al rostro de Lana para secarle las lágrimas.
Lana movió lentamente la cabeza de lado a lado, tratando de mantener el contacto con la mano de Lincoln.
—Estábamos esperándote aquí con Luna y Luan —dijo Lola en una vocecita muy suave, distinta de la engreída y autoritaria voz que normalmente utilizaba—, y de repente ella ya no estaba más.
— ¿A dónde fuiste? —Preguntó Lincoln.
Tras unos segundos de silencio, la pequeña mecánica lo miró con temblorosos labios.
—F-Fui a construir un techito para el árbol —confesó—. Nuestro árbol. La lluvia era muy fuerte, lo iba a ahogar.
El árbol. Lincoln apenas si lo había regado en los últimos dos días. Su idea era dejar algo que pudiera seguir creciendo incluso cuando él ya no estuviera. Un pequeño recuerdo de su paso por el mundo. Y sí, había compartido el momento con Lana, pero él nunca lo había visto como si le estuviera dejando una responsabilidad, obligándola a proteger el árbol para preservar su memoria. Él imaginó que ella, de todas sus hermanas, sería quien probablemente más apreciaría la idea de plantar y cuidar un árbol. Pero al parecer, Lana se lo estaba tomando mucho más en serio de lo que él pretendía. Y no estaba seguro de que eso fuera bueno.
—Lana… Lo siento. No tendrías que haber salido. ¡Podrías enfermarte!
—Pero…
—Sin peros, ¿okay? —le dijo, quizás un poco más duro de lo que pretendía; suspiró y trató de sonreírle— ¿Cómo crees que me sentiría si una de mis hermanitas se enferma por mi culpa? No quiero que te arriesgues, ¿de acuerdo?
—Pero ese es nuestro árbol —se quejó Lana—. Tú lo dijiste.
—Sí, ya sé, pero…
— ¿Y por qué me regañas?
Cerró sus ojos y respiró profundo.
—No te estoy regañando, sólo…
— ¡Yo también estoy preocupada, ¿sabes?! —Le dijo, sonando ofendida y cada vez más cerca del llanto— ¡Todos estaban buscándote, y Lola y yo teníamos que quedarnos en casa! ¡N-No es justo!
—Lana, nena —intervino entonces Pop-Pop, acercándose a sus nietos—, tu hermano sólo está preocupado, ¿de acuerdo? No seas dura con él.
Tras darle unas palmaditas en la espalda a Lana, Albert dirigió sus ojos hacia su único nieto varón. Cuando sus miradas se cruzaron, Lincoln se sintió verdaderamente intimidado. Una parte de él esperaba que quizás nadie le hubiera dicho la verdad acerca de su condición, pero aquella posibilidad se presentaba como altamente improbable. E incluso si ese era el caso, lo cierto es que ya no tendría excusa alguna para escapar de la confrontación. Tendría que ser honesto con su abuelo frente a todos. Supuso que era un justo castigo por haber sido débil y no haberle dicho la verdad cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.
Pop-Pop tomó la iniciativa, arrodillándose frente a su nieto. Lincoln fue muy consciente de que toda la familia tenía los ojos fijos en ellos dos. Su hiperactiva mente lo llevó a preguntarse por un segundo si así es como se sentían los antiguos gladiadores al entrar al coliseo. Siendo el centro de atención sin quererlo. Estar totalmente expuesto, sin nada que hacer para evitarlo. Cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna, y comenzó a frotar nerviosamente sus manos. ¿Debía ser él quien comenzara? ¿Debía disculparse? ¿Decirle la verdad? ¿Preguntarle si ya la sabía?
La grande y poderosa mano del veterano de guerra se posó con delicadeza sobre el parietal derecho de Lincoln. Sus dedos acariciaron gentilmente los empapados mechones castaños, y los profundos y cansados ojos del anciano se llenaron de emoción.
—Hijo... —atinó a decir antes de inclinarse hacia delante, apoyando su frente contra la de Lincoln.
—Sue… ¿Sue te lo dijo? —Preguntó él, cerrando los ojos, preparándose para lo peor.
—Sí. Sí, me lo dijo todo. Mi pequeño…
Ante la atenta mirada del resto de la familia, Pop-Pop rodeó la espalda de Lincoln con sus brazos y lo estrujó en un afectuoso y desgarrador abrazo. Una vez, Lynn Sr había tenido que tomarse un viaje de una semana a Washington para cerrar un trato de la empresa informática con la que trabajaba. Lincoln recordó el abrazo que él y todas sus hermanas le habían dado, sabiendo que no lo verían por una semana. Un triste abrazo de despedida, tratando de recordar cada pequeño detalle, cada minúsculo milímetro de su cuerpo. Todos habían estado sumamente tristes por su partida. Las gemelas incluso lloraron esa primera noche.
Este abrazo era al menos diez veces más doloroso. Un abrazo de despedida sin el consuelo o la esperanza de un reencuentro. Los brazos de Lincoln hallaron su camino alrededor de su ancho abuelo, aferrándose a él tanto como pudo. En tan sólo diez días había repetido este momento una y otra y otra y otra vez, pero nunca se hacía sencillo. Despedirse por adelantado de su familia. Saber que las palabras que cargaban la noticia rompería los corazones de la gente a la que más amaba en el mundo. No era su culpa, lo sabía, pero aún así odiaba ser el heraldo de tan terrible tragedia.
—Trataste de decírmelo ayer… y yo no supe escucharte —se lamentó Albert.
—No… yo te mentí…
—Hiciste lo que pudiste —aseguró, separándose de él para poder verlo a los ojos—. Ahora me doy cuenta de lo que querías decirme. Jamás hubiese imaginado que… Nunca hubiese… Cielo Santo, Lincoln, hijo…
—Es mi culpa por no ser honesto —admitió Lincoln, cerrando los ojos y agachando la cabeza—. Todos estos días no hice más que mentir. A ti. A todos. No dejé que les dijeran nada a mis hermanas o mis amigos… No quería que nadie supiera…
—Tratabas de protegernos —intervino Lucy, pero él negó con decisión.
—No. No, no. Sólo me protegía a mí mismo… No quería verlos triste porque no quería sentirme mal. No estaba siendo considerado; estaba siendo egoísta.
—No digas eso —se apresuró a decir Luna, acercándose—. Lincoln, nosotras… todos estamos destrozados, ¿de acuerdo? Me quedé sin canciones para describir lo que siento. Pero… pero hermano, tú eres la víctima aquí.
Se detuvo un segundo para tragar saliva y apretar sus puños, y todos en la sala aprovecharon la pequeña pausa para aclarar sus gargantas y disimuladamente frotar sus ojos.
—No estamos destrozadas porque tenemos lástima de nosotras mismas. Estamos como estamos porque te amamos. Aceptaría un año de miseria sólo para verte feliz un día más, hermano. ¡Lo que sea para ayudarte!
—Lo que Luna quiere decir —se apresuró a intervenir Luan, colocando una mano en la espalda de su compañera de cuarto, tratando de calmarla antes de que se dejara llevar por las emociones—, es que tus sentimientos también importan. Importan mucho, muchísimo. Ahora mismo importan mucho más que los nuestros.
—Todos estos días estuviste tratando de ser fuerte por nosotras —continuó Lucy, su rostro empapado de lluvia y lágrimas—, cuando en verdad, nosotras deberíamos haber sido fuertes por ti. Lo siento, Lincoln.
Una a una, todas sus hermanas se disculparon, con ojos llorosos, labios temblorosos, manos inquietas y corazones abiertos. Un duro choque de sentimientos enfrentados se produjo en el corazón de Lincoln, generando impactos casi tan estruendosos como la tormenta de afuera. Por un lado, todavía se sentía miserable no sólo por todo lo que le había ocurrido aquel día, perdiendo el control de sus emociones, comportándose como un idiota con sus amigos, haciendo llorar a Cristina, empujando a Clyde y haber luego preocupado a toda su familia por haber desaparecido. Y sin embargo, había una parte de él que se sentía… liberada. Así como el cuerpo se relaja tras llorar y dejar salir todas las emociones, su mente y espíritu se sentían purificados. Haber llorado por horas. Haberle contado a Lori sus miedos. Escuchar de ellas palabras de aliento. Escuchar ahora a sus hermanas diciéndole que sus sentimientos también importaban. Que podía permitirse ser débil. Que podía permitirse estar asustado.
Pop-Pop usó su poderoso antebrazo para secar sus mejillas, parpadeando rápidamente para tratar de contenerse. Lincoln nunca había visto a su abuelo tan destruido. El viejo siempre había parecido estar por encima de todo, sin mostrarse débil. Incluso como sexagenario era capaz de patear el trasero de marines en un juego de paintball. Y sin embargo, ahora parecía estar cayéndose a pedazos. Deseó poder ayudarlo, pero ¿qué podía hacer?
Afortunadamente, no tuvo que hacer nada, pues las pequeñas y suaves manos de Myrtle se cerraron sobre los hombros de Albert. Sus delineados y siempre impecables ojos se fijaron en Lincoln, mirándolo con amor como si fuera su propio nieto.
—Toma el consejo de alguien quien vivió décadas sin familia, Lincoln. Ellos son realmente lo más preciado que tenemos. Entiendo que priorices los sentimientos de tus hermanas… pero no puedes descuidar los tuyos. Como Luan dijo, esos también importan. Y tu familia siempre estará aquí. En las buenas y en las malas. Nadie puede ser siempre fuerte. No temas ser vulnerable aquí. Nadie va a juzgarte. Estamos aquí para ti, para acompañarte. No temas ser tú mismo.
Nada podía quitar la horrible sensación de desesperación y profundo terror que se había instalado en el corazón de Lincoln. Siempre estaba allí, como una oscura presencia a la espera, un acechador sentimiento que no lo dejaría solo, y que lo atacaría en sus momentos de vulnerabilidad hasta el final. Nada podría eliminar esa angustia existencial que lo invadía… pero pequeños actos o medidas palabras podían calmarlo. Un abrazo. Una sonrisa. Un mensaje. Cosas que de antemano parecían insignificantes y tontas, de repente lo eran todo. No podía desarraigar la duda y el temor, pero la cura para su angustia no era sino amor. Sentirse amado. Sentirse querido. Contenido. No era una cura, no hacía desaparecer sus problemas, pero le permitía al menos sentir que no estaba solo, apreciar lo más bello de su vida, y al menos por un rato, olvidarse de lo malo y concentrarse en lo bueno.
Dando una larga mirada a su alrededor, rodeado de su familia, decidió aferrarse a esa positividad.
Un silencio incómodo prosiguió a las palabras de Myrtle. Incluso algunos pocos minutos después, cuando toda la familia se encontraba ya en condiciones de controlar sus llantos y emociones, nadie sabía bien cómo continuar o salir de aquel momento de comprensión, donde todos habían llegado a un común acuerdo emocional. Lincoln sentía la necesidad de pedir disculpas y de agradecer una vez más, pero a estas alturas temía sonar como un necio disco rayado, sus trilladas palabras cayendo en oídos sordos, sin impacto alguno. Fue entonces cuando alguien a su izquierda carraspeó, y al girar su cabeza, quedó estupefacto ante la pequeña chispa de malicia que brillaba en los ojos de Luan, últimamente tan fríos y grises, sin una sombra del otrora fuego que allí residía.
—Oye Lincoln, ¿te escondiste en una verdulería cuando golpeó la tormenta? —Preguntó Luan, habiendo capturado la atención de su hermano.
Lincoln parpadeó un par de veces, sintiendo de repente tan ajeno a aquel tono de travesura. Notó inmediatamente un cambio en el aire, al tiempo que toda su familia miraba entre sorprendida y confundida a la talentosa comediante.
—Eh… ¿no? ¿Por qué?
— ¡Porque llegaste emPAPAdo! ¿Entiendes? —Exclamó, extendiendo sus brazos como las alas de un ave en vuelo, al tiempo que su rostro lleno de lágrimas y sus ojos rojos desaparecían detrás de una auténtica y radiante sonrisa acompañada de un sonido que la casa de los Loud había extrañado en la última semana.
La risa.
Lincoln habría estado demasiado confundido como para poder reír, pero el sonido de Albert, Myrtle y sobre todo Lynn Sr entrando en tímidas carcajadas que rompían su dura caparazón de miseria fue suficiente como para tentarlo. Su pequeña risa comenzó como una mezcla de hipo y tos, pero en seguida adquirió el agudo tono de su infantil voz. Por supuesto, apenas pudo ser oído, ya que el resto de las hermanas y Rita dejaron salir agotados bufidos de falsa indignación, refutados todos por las sonrisas que trepaban por sus mejillas.
— ¿Qué? ¿No están de humor para bromas? ¿Es que acaso están aGOTAdos? ¡Jajajaja! ¿Entienden?
En esta ocasión, la risa de los varones (y Myrtle, quien siempre había encontrado el sentido de humor de Luan fascinante) creció de igual manera que las falsas quejas del resto de la familia, con Lori llamándola "literalmente irremediable", Lynn dándole un calculadamente suave golpe en el hombro, y Lana tirándole una toalla mojada al rostro. Para cuando todos estaban calmándose, Lincoln no logró contenerse más y se acercó a darle un fuerte abrazo a su hermana comediante.
— ¡Lincoln! ¡Aún estás mojado! ¡No seas PRECIPITADO! ¿Entiendes? —Se quejó, aunque no tardó ni un segundo en aferrarse a él y refregar su mejilla cálida contra el chorreante cabello de su hermanito menor. Su mayor fan. Su musa inspiradora.
—Luan tiene razón, cariño —dijo Rita, secando las lágrimas de su rostro con el dorso de su mano—. Deberías ir a darte una ducha de agua caliente cuanto antes. Ve ahora, te llevaré ropas cuando estés ahí dentro.
Iba a discutir, pero el sonido de su obstruida respiración no admitía argumento alguno. Asegurándole a todos que no tardaría, se quitó los zapatos y los calcetines. Sus dedos se veían blancos y arrugados como pequeñas pasas de uva tras haber estado atrapados por horas en pequeñas bolsas de cuero contenedoras de agua marca Adidas. Los flexionó tratando de recobrar el movimiento, y sintió la cálida alfombra bajo sus plantas por unos segundos antes de subir por las escaleras rumbo al baño del segundo piso.
Mientras se alejaba, oyó muchísimos suspiros, dejando escapar emociones contenidas. Lily comenzó a balbucear como siempre hacía, llamando la atención de Luna, quién la llevó hacia la cocina tarareando la melodía de I remember you. Para cuando llegó al octavo escalón, su oído captó a las gemelas corriendo, presuntamente, hacia la mayor de las hermanas, casi derribándola en un fuerte abrazo.
—Lo hiciste —dijeron ambas al mismo tiempo—. Cumpliste tu promesa.
Justo cuando doblaba hacia la izquierda en el pasillo de arriba, alcanzó a ver por el rabillo del ojo cómo toda la familia se acercaba a abrazar a Lori. Una tímida sonrisa asomó en su rostro.
Pronto, y en piloto automático, llegó al baño, encerrándose dentro y encendiendo de inmediato el agua caliente. Mientras el ruido de la ducha inundaba el pequeño cuarto y el vapor buscaba alguna apertura para escapar, él se desvistió. En todo este tiempo no se había dado cuenta de lo mucho que sus prendas se aferraban a su cuerpo, y lo pesadas que se habían vuelto con el agua. En un extraño chispazo de imaginación, se quitó su camisa de polo naranja y la dejó caer al suelo, pretendiendo estar quitándose peso extra para pelear como sus personajes favoritos de animé lo hacían. Sabiendo que nadie lo veía, se colocó en una exagerada y probablemente muy falsa pose de artes marciales, mirándose al espejo para ver qué tan cool se veía.
Su entusiasmo casi se esfumó al ver el reflejo de su cabello castaño. Su pose de batalla perdió forma, y pronto estuvo de pie, aún en ropa interior, en medio del baño, mirando los azulejos del suelo como si de una obra de arte se tratara. Una gélida garra comenzó a avanzar en su pecho, pero antes de que se cerrase sobre su corazón y tomase control de su mente y cuerpo, Lincoln sacudió la cabeza.
Estaba en su casa. Su familia lo amaba. Pensó en ellos, y milagrosamente, la sonrisa apareció naturalmente en su rostro. Tomó una gran bocanada de aire, y mientras el vapor de agua se metía en sus pulmones, liberando el camino de las vías respiratorias, otra cálida sensación germinó en su interior. No era invasivo como el líquido que Lori le había hecho beber, sino que parecía brotar de su alma. Era suave, reconfortante, agradable.
Quizás la pose de batalla era muy infantil y tonta, pero en aquel momento ser infantil era la última de sus preocupaciones, así que sin más removió la última prenda que le quedaba y se colocó debajo del torrente de agua, imaginando por momentos que estaba debajo de una cascada.
Veinte minutos más tarde, Lincoln se encontraba en su habitación, ya cambiado con su típico set de pijamas, con la diferencia de que ahora llevaba una remera de mangas largas debajo de su camisa, y medias y pantuflas para sus pies. Se sentía un poco culpable por haber tomado una laaaarga ducha de quince minutos, ignorando por completo que Lana, Lynn, Lucy y Lori estaban esperando su turno. Lynn y Lucy habían decidido compartir la ducha para ahorrar tiempo y agua, así que ahora Lori y Lana se encontraban fuera en el pasillo, temblando ligeramente. Lola y Leni trataban de secarlas y frotarlas con toallas para darles calor.
Su madre, Pop-Pop y Luna lo habían visitado a su habitación, preocupados de que necesitase algo y asegurándose de que estuviese bien. Les dijo que lo estaba, y sorpresivamente, no tuvo que mentir. Era… extraño. No estaba radiante de felicidad, pero se sentía estable. También cansado, y no sólo físicamente.
Cuando Rita y su abuelo decidieron volver a la sala para ayudar a Lynn Sr con los preparativos de la cena y demás, Lincoln aprovechó para preguntarle a Luna acerca del desastre que su desaparición había causado.
—Nada de esto es tu culpa, ¿me oyes, hermano? Más te vale que no comiences a sentir que tienes que disculparte ni nada —le advirtió, sonando extremadamente seria.
Y así le contó acerca de lo que había sucedido. La llegada de Pop-Pop, Lori llamando a su teléfono y hablando con Clyde y luego Jordan. El operativo de búsqueda. Lynn y Lucy escapando. Lori yendo por su cuenta. Lana corriendo hacia el jardín para cavar unos surcos que ayudasen a drenar el agua y colocar unas maderas a modo de techo sobre donde aparentemente habían plantado un árbol. Leni, llegando una hora y media más tarde, enterándose allí de la desaparición de Lincoln porque su teléfono se había quedado sin batería debido a "muchísimas llamadas importantes".
No sólo eso, sino que gran parte de sus conocidos se habían enterado de la situación. Habían llamado a todo el mundo tratando de encontrar a alguien que lo hubiese visto. Chunk, Chaz y Becky habían salido en sus autos a recorrer las calles. Los equipos de baloncesto y lacrosse de Lynn habían sido informados, y gran parte de los jugadores habían tomado sus paraguas y bicicletas, buscando por la ciudad al hermano menor de su capitana. Los papás de Clyde habían tenido que tomar su camioneta y unirse a su hijo, quien había escapado de la casa de Rusty para buscar a Lincoln bajo la implacable tempestad.
Lo más duro quizás fue oír cómo Bobby había tenido que llevar a Ronnie Anne, quien aparentemente no había parado de llamar a Luna y a Lynn, llorando abiertamente y tratando de saber si alguien tenía noticias de él.
—Tus compañeros nos contaron lo que sucedió —admitió Luna, sentada en la cama junto a él y rodeándolo con un brazo por encima de los hombros para acercarlo contra ella—. Te conozco, hermano. Sé que sientes que hiciste algo malo… Pero créeme cuando te digo que nadie te culpa.
Él suspiró.
—En parte, eso sólo me hace sentir peor.
—Tienes que dejar de disculparte por todo, hermano. Honestamente, está volviéndose un poco ridículo… Tienes que aceptar que no puedes controlar todo, en especial cuando se refiere a otras personas. No puedes sentirte responsable de que nos sintamos mal, o de que nos preocupemos.
—Es que no quiero causar problemas —admitió, deslizándose hacia abajo por el cuerpo de su hermana, hasta apoyar su cabeza en su regazo. Miró hacia arriba, encontrándose con la mucho más serena y calmada mirada de Luna—. Toda mi vida traté de manipular y engañar a la gente para sacar ventaja. Y nunca pensé que era algo malo… hasta ahora. Ahora siento que fui una mala persona, y… quiero cambiar eso. Quiero que me recuerden como una buena persona.
Los brillosos ojos de su hermana se enfocaron en él con calidez y comprensión. Quizás, si no hubiera pasado gran parte de la tarde llorando, se hubiese permitido hacerlo una vez más. Pero por el cansancio o por su instinto de hermana mayor, no lo hizo. Simplemente entrelazó los dedos de su mano derecha con los de Lincoln, mientras su otra mano le acariciaba la frente.
—No eres perfecto, Lincoln. Nadie lo es —le dijo con suavidad—. Todos somos egoístas de vez en cuando. Todos cometemos errores. Todos nos comportamos como idiotas y canallas alguna vez. No se trata de no ser eso nunca, sino de tratar de hacer las cosas bien cuando podemos. El hecho de que estés aquí sintiéndote mal por no haber sido bueno todo el tiempo habla muchísimo de lo grandioso que eres como persona. Y eso todos lo ven. ¿Por qué crees que esta gente salió a buscarte? ¿Porque te deben un favor? No, Lincoln. Porque te amamos. Tu familia, tus amigos. Y eso sólo lo logran las grandes personas. Quizás no seas, eh… "objetivamente" perfecto. Pero sí lo eres para mí.
Él no pudo evitar sonreír. Luna siempre había tenido un talento natural para las palabras. Tantas horas escuchando canciones, metáforas, figuras retóricas y lenguaje extravagante la habían vuelto una poeta en el día a día, cuando decidía dejar de lado el acento inglés y abrir su corazón. Era realmente una chica que exuberaba pasión y sentimiento puro.
Ella pareció confundir su sonrisa con una irónica, sin embargo, pues chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco, como si él fuera demasiado terco como para aceptar un cumplido. Lincoln sintió la pierna derecha de su hermana rebotar un par de veces mientras pensaba, y para su sorpresa, la habitación fue rápidamente inundada por una suave, rasposa y cálida melodía.
Maybe
You'll never see in you what I see
The little things you do that make me go crazy
I'm not crazy
You're perfectly perfect…
Someday
You're gonna see you're beautiful this way
And that you're always gonna make me go crazy
I'm not crazy
You're perfectly perfect to me
Cuando hubo terminado de cantar, Luna cerró los ojos por un segundo, tomando aire y dejándolo salir en un largo y estirado suspiro. Al abrir los ojos de nuevo, se encontró con la maravillada mirada de su hermanito.
— ¿Qué? —Preguntó, levantando una ceja.
Lincoln continuó observándola como un niño en presencia de Santa Claus. Ciertamente no era Navidad, pero acababa de recibir un inesperado regalo que definitivamente habría formado parte de su lista si en efecto la festividad estuviese cerca.
—Cantaste —dijo simplemente, ganándose una sonrisa tímida pero honesta, llena de sentimientos encontrados. Una sonrisa que parecía pedir una disculpa, pero que le aseguraba que todo estaría bien. O al menos tan bien como las circunstancias lo permitieran.
Luna se veía cambiada. Todavía asustada, todavía dolida, pero definitivamente no era la misma chica que había llorado con él en la tienda de campaña. Algo había cambiado en su interior. Como la luz de una pequeña llama encendiéndose una vez más. Deseó que su momento con ella pudiera durar más, tener la posibilidad de pasar algunos minutos con esta Luna que parecía ser la de siempre, la que él atesoraría en su memoria, pero en una familia tan grande como la suya, momentos a solas eran escasos y preciosos.
Unos suaves y ligeros golpes en la puerta los interrumpieron. Lincoln se sentó derecho, permitiéndole a Luna tomar la llave que él había dejado sobre su escritorio y usarla para abrir la puerta y encontrarse con Lola. La princesa vestía su típico vestido rosa, pero aquello, su tiara y sus pendientes eran lo único que quedaba que la identificara como múltiple ganadora de premios de bellezas. Durante los últimos dos días, desde que se enteró de la fatídica noticia, la pequeña había dejado de maquillarse. No más base para aclarar su tez, no más sombra de párpados ni delineador en sus pestañas, ni lápiz labial que acentuase su rojizo color. En aquel momento ni siquiera estaba vistiendo sus rosados guantes, dejando al descubierto sus pequeñas y suaves manos, con sus siempre impecables uñas mostrando ahora algunas señales de que el esmalte magenta se estaba descascarando.
No es que no se viera hermosa, pero a su belleza natural ahora se le agregaba un elemento, distinto pero no por ello menos hermoso en sus propios méritos, que ella usualmente trataba de hacer desaparecer. Vulnerabilidad.
—Hey, Dulcinea. ¿Vienes a ver a Lincoln? —Preguntó la mayor.
—Sí —respondió Lola, evitando cruzar miradas, con sus manos acariciándose casi sin pensar—. ¿Puedo…? ¿Podrías dejarnos a solas?
Luna asintió, tragando saliva y carraspeando para poder mostrarse tan alegre y feliz como su hermanita la necesitaba.
— ¡Por supuesto! Tengo que ir a hablar con Leni, de todas formas —dijo, y Lincoln no puedo evitar sorprenderse al notar lo honesta que sonaba.
Con una acotada despedida, Luna abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí una vez que Lola hubo entrado, dejando a la princesa y al otrora entrenador solos, cara a cara. En cuanto el eco de los pasos se perdió por el pasillo, Lola sigilosamente se acercó a cerrar la puerta con llave. Volteó lenta, muy lentamente con los ojos cerrados y dejó salir un suspiro que parecía haber estado gestándose por algunos minutos, apresurándose a continuación a trepar a la cama junto a Lincoln y rodearlo con sus pequeños brazos, escondiendo su rostro en el pecho de su hermano. No comenzó a llorar inmediatamente, pero mientras él correspondía el abrazo, pudo sentir las manos de Lola cerrándose en su camisa, y su pequeño cuerpo temblando contra él.
—Estaba tan asustada —admitió con un hilo de voz, aferrándose a él con todas sus fuerzas.
—Lamento haberme escapado así. No debí hacerlo —admitió, acariciando la espalda de Lola—. Pero tu hermano está aquí ahora. No temas. Todo va a estar bien.
—Pensé que estabas… que tú… que… ¡No tienes idea de cuánto me asusté! —Se quejó, separándose para mirarlo con ojos de cachorro, llevando sus manos de su espalda hasta colocarla sobre sus mejillas— ¡No estaba lista! ¡Hay tantas…! Yo… Tú…
La pequeña estaba comenzando a hiperventilar, y Lincoln, por mucho que creyera (y supiera ahora de primera mano) que dejarse llevar por las emociones podía ser terapéutico, no quería que su hermanita de seis años entrase en una crisis nerviosa.
—No estés asustada, ¿ok? Estoy aquí —le aseguró, tocándose el pecho con la palma de su mano—. Escucha, yo… Lamento no estar pasando tanto tiempo con todas. Siempre fue difícil dividirme en diez, y ahora… Ahora tengo que aprovechar al máximo el tiempo con ustedes. Y a veces soy injusto. Y lo lamento. Lo último que quiero es que sientas que no estoy contigo lo suficiente. ¿Podrías perdonar al grandulón de tu hermano que es muy tonto organizando su tiempo?
Lo había dicho con un tono ligeramente burlón, tratando de hacerle ver que era en parte un juego. En parte también quería transformar la situación en una donde él se disculpase, haciéndole creer que era su culpa y que al perdonarlo estaban dando por cerrado el incidente. Distraerla del hecho de que si bien esta vez había llegado a casa… pronto llegaría el día en el que no lo hiciera. Y, sin embargo, su juego no pareció surtir efecto en ella, sino que parecía incluso haberla enfadado un poco. Lola apretó sus puños, mordiéndose el labio inferior tan fuerte que Lincoln temió que se lastimara.
—N-No deberías disculparte —dijo ella, luchando por dejar salir las palabras, como si decirlas fuese una tarea que la hería por dentro—, soy… soy yo la que tiene que pedirte perdón.
Lincoln chasqueó la lengua.
—No sé por qué lo dices, yo…
—Perdón por siempre mandonearte —comenzó, agachando la cabeza en vergüenza, sin poder encontrar dentro de sí el valor para mirar a los ojos a su hermano—. Por decirte qué hacer, tratarte como… c-como un mayordomo. Perdón p-por chantajearte, y, y, y por obligarte a hacer cosas que no querías. Tú siempre… T-Tú siempre me ayudaste a ser una mejor competidora. Me entrenaste… Me ayudabas a mejorar. ¡Me enseñaste a leer! Siempre fuiste el mejor hermano mayor de todo el mundo entero, y… Y yo n-nunca fui buena contigo.
Fue en ese momento que la pequeña finalmente se quebró, dejándose caer hacia delante, su frente chocando con el preparado pecho de Lincoln, quien la recibió con brazos abiertos, encerrándola en un cálido abrazo. Trató de decir algo, de reconfortarla, de asegurarle que estaba equivocada, pero ella no lo dejó hablar.
—Lo siento, lo siento, lo siento. No fui la mejor mostrándolo, pero tú eres mi hermano, y siempre te quise. Mucho, mucho. Y ahora… Y ahora… Yo sólo… Quiero que sepas que en verdad lo siento, y que de ahora en más tú serás el príncipe y yo la invitada, y… Y además…
No pudo ver su rostro, pero sintió cómo tragaba saliva, y casi pudo imaginar la cara de dolor y decepción que puso al pronunciar las siguientes palabras.
—…no estoy enfadada contigo por preferir a Lana.
—Espera, ¿qué? —dijo, separándose de ella.
Pocos temas producían en Lincoln reacciones tan fuertes y negativas como la idea de que él tuviese hermanas favoritas. Hermanas a quien él quisiera más que otras. Siendo el hijo del medio y además el único varón, muchísimas veces había surgido la disputa familiar sobre a quién él quería más. Las mayores sacando a valer memorias de cuando él era pequeño y había jugado a casarse con algunas de ellas, las menores haciendo valer el poder que tenían para que él jugase con ellas ahora. Él siempre había estado por supuesto en medio del fuego cruzado de estas disputas, y ante su negativa por elegir a una (o a un grupo, ya fuese menores vs mayores o rubias vs castañas vs Lucy), usualmente era quien se llevaba el enojo de sus hermanas. Al menos por unas horas, hasta que se tranquilizaban y se acercaban una por una a disculparse. La idea de tener una hermana favorita le resultaba casi insultante. Por más de que se pelease con algunas más seguido que con otras, o de que ocupase mayor parte de su tiempo con las más sociales de sus hermanas, las amaba a todas por igual, incondicionalmente. Le recordó un poco a cuando su padre estaba horrorizado por creer que ellos pensaban que él tenía favoritos.
El asunto tomaba extrañamente una nueva dimensión cuando se trataba de las gemelas. Él sabía mejor que nadie que Lola y Lana eran muy diferentes una de otra, desde carácter hasta gustos. Aún así, la idea de que una de ellas creyera que él podría querer más a su gemela… De alguna manera sonaba aún más cruel.
— ¡Lola! ¡Yo no quiero más a Lana que a ti! —Le dijo, sonando casi ofendido. Adecuadamente, ya que sí lo estaba.
Su hermana aún se negaba a verlo, pero los sonidos de su garganta y sus hombros temblorosos hablaban por sí mismos. Un sacudón de su pecho más fuerte de lo usual la hizo temblar a tal punto que su tiara se deslizó desde la cima de su cabeza hasta caer sobre su regazo, rodando finalmente hasta quedar inmóvil y temporalmente olvidada sobre la alfombra.
—N-No es cierto… Pero no te culpo. No culpo a nadie —dijo, y más que el llanto, lo que en verdad le dolió a Lincoln fue la sinceridad con la que hablaba—. Ella es la gemela buena. Ella es la que juega con ustedes. Yo soy la tonta que los manda, que los reta, que los amenaza. Ustedes juegan con ella, pero juegan para mí. Y es mi culpa, Linky, es mi c-culpa. Lo siento mucho, mucho, mucho, y no hay nada que pueda hacer, pero… Pero al menos… Al menos quiero que sepas q-que voy a cambiar. V-Voy a ser una mejor hermana, y voy a jugar con todos, y no voy a quitarle dinero a nadie, ni a espiarlos, y… Y… Y aún más importante…
Levantó una vez más la mirada. Su falta de maquillaje la hacía ver aún más como una pequeña niña de seis años, y verla llorando de forma tan abierta y vulnerable le causó a Lincoln un dolor insoportable que atacaba lo más profundo de su ser, y que sólo pudo ser elevado por las poderosas y desgarradoras palabras que ella pronunció.
—...dijiste… dijiste que siempre vas a estar cuidándome… mirándome… y quiero que veas que te amo y que cambié para ser una mejor hermana. La hermana que merecist… que mereces —se corrigió, acercándose a abrazarlo una vez más, tan fuerte que sus corazones trataban de sincronizarse , mientras ambos pares de brazos se entrelazaban como nudos que ni el tiempo ni la distancia podrían jamás desatar.
No supo cuánto tiempo habría estado ella estudiando su pequeño discurso, pero no había duda de que esta era la misma niña que aplastaba a la competencia en todos los desfiles con sus elocuentes respuestas y sueños para mejorar el mundo. No tenía idea de dónde había sacado que él podría preferir a Lana sobre ella, ni por qué parecía de repente tener una tan baja opinión de sí misma.
Le costó uno o dos minutos encontrar el aire para hablar, pero cuando lo hizo, las palabras fluyeron sin tener que esforzarse.
—Lola yo te amo tanto como al resto. Ni más, ni menos. Las amo a todas, y por supuesto que eso te incluye a ti. No sé, eh, no sé qué hice para que creas que Lana es mi favorita, pero lo siento si te di esa impresión. No tienes que demostrarme que me quieres… Yo lo sé.
—No es cierto, yo soy mala —le dijo con voz quebrada—. Los escuché decirlo en alguna ocasión, cuando no sabían que los espiaba. Y tienen razón, s-sí soy m-mala…
—Todos hablamos mal de nosotros de vez en cuando —dijo, forzando una pequeña risa—. ¿Cuántas veces nos quejamos de las bromas de Luan? ¿O de los ruidos de Luna? ¿O los golpes de Lynn? ¿O los errores de Leni? ¿O de mí leyendo en ropa interior? No somos ángeles. Tú no eres perfecta, pero no tienes que serlo para que yo te quiera. Y no… Escucha, no tienes que demostrarle nada a nadie. Si quieres jugar más con nos… con las chicas… hazlo, pero no porque creas que te voy a querer más. Jamás podría querer a ninguna de ustedes más de lo que lo hago ahora, porque las quiero con todo, todo mi corazón.
Una pausa. Una que sirvió para calmar sus mentes, y también para que Lola pudiese perderse en el cariñoso abrazo de su hermano, y dejar que su cálido amor se transmitiera a ella, como un abrigo en una noche de invierno, envolviéndola en una agradable sensación de tranquilidad y estabilidad.
— ¿Es… es muy tarde ya? —Preguntó ella, con su voz luchando para escapar de su garganta— ¿Vas a recordarme como una niña consentida y mandona?
— ¿Cómo vas a recordarme tú? —Contraatacó Lincoln, tratando disimuladamente de conocer la respuesta a una de las grandes preguntas que recorrían su mente desde hace diez días.
Lola no respondió de inmediato, necesitando algunos segundos para formular sus pensamientos y darles forma de palabra.
—Como mi hermano. Que siempre me perdonó y trató de ayudarme en todo.
—Y tú serás mi hermanita, que siempre me dio una mano cuando la necesité —dijo, sonriendo y fallando en contenerse unos segundos más tarde al agregar: —, y quien me compró los mejores calzoncillos que tuve en mi vida.
Lola rió, apoyando su cabeza cómodamente en el espacio creado por el cuello y el hombro de su hermano.
—Eres un tonto…
—Supongo que lo soy.
—Pero en serio, te quiero mucho.
—Yo también, princesa.
—Sólo dime Lola.
— ¿Qué tal Lols?
—...hecho.
Lentamente se separaron, y los dos aprovecharon a secarse la cara con una de las frazadas de Lincoln. Lola trató de disimular cuando se secaba los mocos que caían por su nariz, y Lincoln no hizo comentario alguno. Incluso las princesas tenían sus momentos terrenales con mocos que limpiar.
— ¿Hace mucho que te sentías así? —Le preguntó, colocando una mano en su espalda mientras ella se bajaba de su regazo y se sentaba a su lado.
—Más o menos —respondió casi en un murmullo, sus labios apenas abriéndose—. Quería decírtelo… Pero no quería molestarte… Pero hoy… Bueno…
—Ya, ya. No te preocupes. Entiendo. Me alegro que me lo dijeras. Somos hermanos, tenemos que ser honestos el uno con el otro. ¿Qué tal si prometemos decirnos la verdad de ahora en más? No más secretos. ¿Trato, Lols?
Para su sorpresa y ligera confusión, Lola llevó un dedo a su barbilla, entrecerrando los ojos y mordiéndose la lengua mientras pensaba.
—Bueno, hay algo en lo que voy a tener que mentirte —admitió como si se tratase de algo absolutamente normal e inconsecuente—, pero sí quiero decirte la verdad de todo lo demás.
— ¿Y de qué tienes que mentirme?
Puso los ojos en blanco, haciéndole saber que acababa de hacer una pregunta estúpida. Se habría sentido ofendido, de no ser porque la tensión parecía estar disipándose de su cuarto.
—No voy a decirte —contestó, como si fuera obvio—. Pero… bueno, sólo diré que es algo bueno. Para que no te preocupes.
Analizó el rostro de su hermanita durante algunos segundos, tratando de ver cuánta información podía sacarle. Pero tratar de leer a Lola cuando ocultaba algo era como tratar de leer latín con un alfabeto maya. Simplemente no puedes.
—De acuerdo —dijo, admitiendo su derrota—. No preguntaré más. ¿Hay algo más que quieras hablar?
—No, no quiero molestarte.
—No eres una molestia.
—Aún así, mamá y papá nos dijeron que quizás necesitas un rato a solas y que no te asfixiemos. Sólo vine porque… ya sabes.
—Está bien. No te preocupes. Gracias —le dijo, acercándose a darle un suave beso en la frente—. Eres una buena hermana. Nunca lo olvides.
El rostro de Lola se iluminó como si acabaran de otorgarle un premio, y tras despedirse con un muy agudo y emocionado "¡Nos vemos luego, Linky!", se fue casi saltando de la habitación de su hermano. Él se quedó sentado en su cama, sonriendo, disfrutando el momento de pequeña felicidad. Se preguntó cuánto tiempo persistiría la alegría en el rostro de Lola, cuánto duraría la felicidad antes de que el buen momento se desvaneciera y el ariete de la terrible realidad golpeara las puertas de sus corazones.
Toda esta terrible experiencia sin embargo le había enseñado que cada momento era un regalo, y que en él caía la responsabilidad de aprovecharlos y tratar de sacar lo mejor. Y sobre todo, le tocaba a él asegurarse de arreglar sus propios errores.
Sentado en su cama, estiró su brazo hacia uno de los cajones de su escritorio y rápidamente extrajo su walkie talkie. A estas alturas no recordaba qué tan pequeños eran cuando los papás de Clyde se los regalaron. Uno para cada uno, con alcance suficiente como para que pudieran hablar desde sus casas. En esa época, los padres de Lincoln aún no estaban convencidos de que niños menores de diez años necesitasen teléfonos, por lo que sus walkie talkies eran el único medio de comunicación que tenían. Incluso hoy, con ambos teniendo teléfonos celulares, muchas veces preferían hablar por la vieja y confiable ruta.
Era especialmente útil para situaciones como esta, donde Lincoln no contaba con su teléfono. Muchas veces no lo tenía cargado —encontrar un cargador o un tomacorrientes libre en una casa de trece personas no era tarea fácil—, o lo dejaba accidentalmente en silencio. Su walkie talkie, sin embargo, estaba siempre a disposición, pues era su línea de emergencia con su mejor amigo. Un amigo que seguramente estaba del otro lado de la línea, desesperado por oír su voz. Preocupado por su desaparición. Lo sabía, porque así era Clyde. Incluso si Lincoln había sido un idiota y no mereciera perdón, su mejor amigo lo perdonaría.
Quería llamarlo, pero se sentía avergonzado. No sabía qué decir. No sabía cómo disculparse. No había excusas para su comportamiento. Clyde seguramente las buscaría. Trataría de decirle que todo estaba bien, que lo perdonaba, que lo entendía, que no tenía nada de qué preocuparse, pero eso era mentira. No quería un perdón fácil, o que le disculparan todo sólo porque estaba muriendo.
Aún así, todo el punto de su Operación Despedida era tratar de saldar sus cuentas y dejar una buena imagen de sí mismo para que sus seres queridos lo recordasen de la mejor manera. No sabía cómo arreglar la situación, pero no podía permitirse morir peleado con su mejor amigo de la infancia. Tomó el walkie talkie y lo acercó lentamente hacia su rostro, todo su cuerpo inundado con el mismo falso valor y temor a lo inminente que un niño siente sentado en el consultorio de un médico mientras espera a que le den una vacuna. Su dedo índice titubeó por encima del botón, y su boca se abrió con temor, preparado para llamar al Cadete Clyde…
Fue entonces cuando las luces atenuaron y un foco estalló en el pasillo.
El ruido del cristal rompiéndose lo sobresaltó, con las esquirlas de vidrio golpeando las paredes del pasillo e incluso la puerta de su habitación. La luz sobre su cama comenzó a parpadear, atenuándose hasta casi extinguirse para luego inmediatamente brillar más intensamente de lo usual. Tras el susto inicial, fue rápido en apagarla para evitar que esa también estallase.
— ¡Lisa! —Escuchó, la enfadada voz de Lori resonando desde el baño. Su ducha con Lana probablemente no había acabado aún. Dejando el walkie talkie sobre su cama, Lincoln salió hacia el pasillo. Luan, Luna, Lynn, Lucy, Leni y Lola estaban todas asomándose desde sus habitaciones, con miradas casi aburridas y apenas confundidas, acostumbradas ya a los experimentos de Lisa interrumpiendo la paz en la casa. Lynn y Lucy estaban ya vistiendo sus pijamas, aunque la deportista había cambiado sus shorts por unos pantalones de jogging más cálidos, y las dos llevaban puestas pantuflas que usualmente guardaban sólo para los fríos días de invierno. Lynn, al igual que durante todo el día y desde la noche anterior, llevaba su cabello suelto, sin la clásica cola de caballo. Parecía estar aceptando este nuevo look.
Las luces del pasillo continuaban titilando, y el suave zumbido de la corriente pasando por la ya rota lámpara se oía incluso por sobre la torrencial lluvia sobre el techo.
— ¡Lisa! —Exclamó Lynn Sr, marchando por las escaleras hasta llegar al primer piso, visiblemente molesto, pero no irritado o particularmente enfadado. Su mirada subió inmediatamente a la bombilla estallada— Lola, Lucy, no caminen descalzas. Luna, ve por la escoba y trata de juntar los trozos de vidrio. ¡Lisa, si estás tratando de fusionar a Charles y Walt de nuevo voy a confiscar tu decodificador genético!
Extendió su mano en dirección a la perilla de la puerta, preparado para entrar y regañar a su hija de ser necesario, pero centímetros antes de que pudiera tocarla, un visible arco de electricidad salió disparado desde el frío metal hacia sus dedos. Lynn Sr dio un salto en su lugar y dejó salir un agudo chillido, alejando su mano tanto como le era posible. Lincoln se acercó, confundido, y ahora que su atención estaba puesta en la perilla, notó minúsculos arcos eléctricos saltando alrededor del metal, como una lámpara de plasma abierta, produciendo parte del zumbido eléctrico que resonaba por el pasillo.
— ¡Chicas, no toquen las puertas! —Advirtió Lynn Sr, sacudiendo su mano, tratando de quitarse lo que, Lincoln intuyó, debía parecerse a esa horrible sensación de golpearse el codo y sentir que todos los nervios del brazo se encendían en llamas, consumiendo la carne y la sanidad de la persona durante unos pocos segundos— ¡Lisa! ¡Apaga lo que estés haciendo!
No hubo respuesta alguna.
— ¡Lisa Marie Loud! —Rugió, cubriendo su puño con su sweater y golpeando la puerta— ¡Abre la puerta!
Rita, cargando a Lily, y los abuelos aparecieron por las escaleras, preocupados y preguntando qué estaba ocurriendo. Por el otro extremo del pasillo, la puerta del baño se abrió, con Lori y Lana, cubiertas con toallas, uniéndose a la multitud que se aglomeraba frente a la puerta de la pequeña genio. Lynn Sr y Pop-Pop trataron de abrir la puerta, sólo para recibir nuevas descargas eléctricas desde la perilla, cada vez más dolorosas, y comprobar que estaba cerrada con llave. Continuaron golpeando, gritando para tratar de que la pequeña los oyera e hiciera caso. Por debajo de la rendija de la puerta, grandes destellos se veían de forma intermitente, como un gran reflector de luz fluctuante y palpitante. Incluso con el ruido de la lluvia y el caos de la más de docena de voces preocupadas, el zumbido eléctrico continuó creciendo como un enjambre de insectos rodeando a Lincoln y su familia.
Luego de que Pop-Pop tratase de forzar la puerta abierta tras embestirla con su hombro por delante, un pitido electrónico sonó por un segundo, y una pesada cortina metálica cayó por delante de la puerta, silenciando el zumbido, extinguiendo la luz que se filtraba, y efectivamente sellando la habitación.
— ¡LISA! —Gritó Rita, quien ya había dejado a Lily en brazos de Luan— ¡LISA SAL DE AHÍ!
Lincoln, al igual que el resto de la familia, había pasado ya de creer que sólo se trataba de alguno de los tantos molestos experimentos de Lisa a estar perfectamente asustado y preocupado. Sí, ella solía crear pequeñas explosiones, y sí, la luz solía cortarse de vez en cuando por culpa de sus ensayos. Pero incluso en esas situaciones, Lisa respondería con explicaciones acerca de por qué no debían preocuparse, y de lo muy importante que era para la raza humana tener la respuesta definitiva de si era moral colocarle ketchup a los huevos en la comida o no. El hecho de que en esta ocasión no respondiese en absoluto, el experimento pareciera ser peligroso, y una cortina metálica se cerraba para separarla del resto de la familia… No eran buenos augurios.
Su mente, con médicamente confirmado trastorno por déficit de atención con hiperactividad, repasó rápidamente su última semana con Lisa. Apenas si había hablado con ella durante sus chequeos diarios. Se dio cuenta de que más allá del hecho de que había pasado noches despierta y que había amenazado a un colega por videollamada, él no sabía con certeza qué es lo que pasaba por la mente de su hermanita. Y por supuesto, esta revelación no hizo sino hacer brotar en su interior un sentimiento de culpa, y con ello, un sentido de responsabilidad. Si Lisa estaba haciendo algo peligroso, quizás había sido su culpa por no controlarla. Y si este era el caso, tendría que ser él quien tomara cartas en el asunto. Mientras toda su familia tenía la atención puesta en el acero que protegía la puerta, él avanzó sigilosamente a través de ellos y del pasillo.
La puerta no era la única forma de entrar a la habitación de Lisa.
Se internó en la habitación de sus dos hermanas mayores sin que nadie lo viera. Abrió el armario de Leni para tomar prestadas sus botas de lluvia y un piloto que le quedaba bastante holgado y grande, lo cual en definitiva era una ventaja. Tras respirar hondo un par de veces para hallar el valor y no arrepentirse, se dirigió expeditivamente hacia la ventana, abriéndola y saliendo hacia el techo.
Tenía experiencia subiendo allí; lo había hecho la noche anterior con Lucy, pero la lluvia añadía un nuevo elemento de peligro y complejidad al que no estaba acostumbrado. El viento lo zarandeaba como si de un muñeco de trapo se tratase, y la suela de la bota parecía tratar de hacer todo lo posible para resbalar sobre la superficie lisa y mojada. Sin embargo, su instinto de hermano mayor pudo más que su falta de atletismo, y en seguida atravesó el ancho de la casa, llegando frente a la ventana de la habitación de Lisa. Si por debajo de la puerta se filtraba una potente luz, la ventana parecía ofrecer una vista al núcleo incandescente del mismísimo Sol. Un fulminante resplandor le dio de lleno en el rostro cuando se posó frente al marco, y por un instante, Lincoln temió perder la vista si es que no cerraba sus ojos.
Desviando la mirada, abrió con dificultad la ventana y cayó dentro de la habitación, su rostro golpeando de lleno la seca y suave alfombra. Se puso de pie y con una mano cerró el vano por donde había accedido a la habitación.
— ¡LISA! ¡LISA, ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?! —Gritó, tratando de hacerse oír por encima de todos los ruidos.
— ¡HERMANO, ¿QUÉ…?! ¡NO DEBERÍAS ESTAR AQUÍ! —Dijo la ¿agitada? y chillona voz de su hermanita, en algún lado hacia su derecha.
Colocó todo su antebrazo por encima de sus ojos, escudándose de la intensa luz que lo bañaba.
— ¡LISA, ESTO PARECE PELIGROSO! ¡APÁGALO! —Gritó, tambaleándose peligrosamente en dirección hacia donde suponía que su hermana se encontraba.
— ¡NO PUEDE SER DETENIDO, UNIDAD FAMILIAR! ¡DETENER LA HIPERACELERACIÓN METABÓLICA SERÍA FATAL PARA LOS SUJETOS DE PRUEBA! ¡QUEDA POCO! ¡DEBEMOS ESPERAAAaaaaAAaaAaAAAAAAAAR!
Oír la frase "sujetos de prueba" ya lo había preocupado, pero ni eso se comparó al susto que se llevó al sentir los vellos de sus brazos y piernas erizarse por la corriente eléctrica y el grito casi de dolor de Lisa. Alguna computadora de la habitación estaba lanzando chispas. Sea lo que fuese que estaba ocurriendo, Lincoln tenía que detenerlo.
Comenzó a caminar hacia el origen del chispoteo, decidido a comenzar a apretar todos los botones posibles hasta hacerlo detener, pero un furioso "¡NO!" precedió a la pequeña niña embistiéndolo como si estuvieran jugando al fútbol americano. Cayó de espaldas sobre el suelo, con su hermana sentada en su pecho, tomándolo de las manos y tratando de detenerlo. Lo cual no resultó para nada complicado, considerando que acababa de quitarle el aire y las fuerzas para moverse.
Al parecer no bromeaba al decir que lo que sea que estaba experimentando estaba pronto a acabar. El sonido de la electricidad fue in crescendo, y la luz se hacía más y más fuerte. Parecía que la habitación entera iba a estallar, y Lincoln instintivamente se liberó del agarre de Lisa y la aferró contra sí mismo, tratando de protegerla si es que algo salía extremadamente mal. El zumbido se hizo inaguantable, las ventanas vibraron, la luz consumió todo…
Y de repente, silencio y oscuridad. No hubo ninguna explosión. No fue un paulatino descenso de la intensidad del ataque a sus sentidos. De un instante al otro, todo había acabado, y Lincoln tardó unos segundos en entender que nada había explotado. Los golpes de las gotas sobre el techo y contra la ventana comenzaron a registrarse en sus oídos, y dejó salir un muy nervioso suspiro.
Aún confundido, tardó en reaccionar cuando Lisa inmediatamente se separó de él, corriendo presuntamente hacia sus equipos. Lincoln parpadeó un par de veces, sus ojos enfocándose en el techo de la habitación. No estaba a oscuras como creía. Luz de pequeñas lámparas iluminaban el recinto, aunque no eran nada comparadas con la nova que acababa de extinguirse. Con cuidado, se puso de pie, frotando sus ojos y quitándose el mojado e incómodo piloto de lluvia.
Su hermana llevaba puesta su bata de laboratorio blanca, grandes guantes de goma color verde pálido, y unas gafas protectoras absolutamente negras. Su cabello, usualmente despeinado, era ahora un desastre, erizado en todas las direcciones. Estaba de pie frente a lo que parecía ser una gran pecera con decenas y decenas de cables de todos los tamaños y colores posibles, conectadas a distintos grupos electrógenos que ahora humeaban, con marcas de quemaduras eléctricas alrededor de los enchufes. Uno de los aparatos que se encontraba sobre la gran caja de vidrio tenía una especie de antena invertida con una esfera metálica en su punta, de la que todavía salían pequeños arcos eléctricos, cada vez más pequeños.
El eco de nuevos golpes en la puerta metálica sonó dentro de la habitación mientras Lincoln se acercó caminando hacia su hermana, quien se mantenía frente al vidrio, quieta, petrificada, en silencio, sin mirarlo.
— ¿Lisa? ¿Estás bien? ¿Qué fue lo que-? Oh, ¡Dios!
Su corazón y estómago dieron un vuelco cuando vio la grotesca imagen que se encontraba tras el cristal. Tirados en el suelo, inmóviles, o dando incómodos y tambaleantes pasos antes de caer inertes al suelo, más de una docena de ratones cubrían la base del prisma acristalado. Tenían en su oreja diferentes etiquetas de colores con números llegando —al menos en lo que pudo ver— hasta el quince. Algunos continuaban arrastrándose casi sin energías, o retorcían sus piernas o cola en pequeños espasmos, pero la mayoría… La mayoría…
Sólo podía esperar que Lana nunca se enterase de esto.
— ¿Qué es esto? —Preguntó en voz alta, haciendo su mejor esfuerzo para no vomitar.
Sin respuesta.
—Lisa, ¿qué está pasando? ¿Estás bien? ¿Por qué… por qué mataste a estos ratones? —Ella murmuró algo inteligible— ¿Qué dijiste?
Ella se quitó sus gafas protectoras.
—Son… Son sujetos de prueba —dijo, carraspeando para que su voz sonase clara—. Y… Yo no… Yo… N-No deberían… Tienen que c-curarse.
— ¿Curarse? ¿Por qué…? ¿Qué les hiciste?
Silencio. La mano derecha de Lisa se apoyó sobre el vidrio.
— ¿Qué les hiciste? —Repitió, acercándose más.
—Los enfermé.
— ¿Q-Qué?
—Les… Les implanté tu enfermedad —admitió, sus ojos siguiendo los últimos movimientos de uno de los animales
— ¡¿Qué?! Oh por Dios, ¡Lisa! ¡¿Cómo…?! ¡¿Cómo pudiste…?! ¡Eso es horrible!
Si su acusador y asqueado tono de voz la ofendió, ella no lo dejó ver. Continuó quieta donde estaba, con su pequeña mano apoyada aún en el cristal, viendo los resultados de sus experimentos. Cuando habló, su voz sonó suave y aguda, y Lincoln se sorprendió al oírla. Era… extraño. Lisa solía hablar con entereza y seguridad, absolutamente convencida de que todo lo que decía era cierto, verdadero, comprobado e irrefutable. Su tono de voz no dejaba lugar a la duda. Y ahora por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, sonaba auténticamente confundida, como si estuviera viendo un espejismo.
—Creé diecisiete diferentes combinaciones de enzimas y compuestos proteicos inmunológicos que deberían combatir tu enfermedad —explicó, lenta y monótonamente—. Estudié todos los experimentos jamás realizados para encontrar una cura a ella. Consulté con los mejores doctores e investigadores del mundo. Puse… puse a prueba teorías aún no confirmadas, e intenté algunas innovaciones de mi propia autoría. Cada uno de los diecisiete sueros debería funcionar. Las simulaciones por computadora eran esperanzadoras. Sólo necesitaba acelerar el metabolismo de los animales para ver quién se curaba primero. Para encontrar la cura más rápida y segura. Yo no… No… No entiendo. No entiendo.
Una horrible sensación se expandió por el corazón de Lincoln, llenando su cuerpo de fríos sentimiento que, como pequeñas estacas de hielo, se clavaban en él, haciéndolo temblar. Si acaso era auténticamente frío, terror, desesperación, o una combinación de las tres, no lo supo en ese momento.
—Pero… ¿y lo que he estado tomando estos días? Creí que… Es decir, sé que no es la cura de la gripe.
El gran suspiro de Lisa empañó la superficie del vidrio frente a ella. El casi ahogado sonido de voces y golpes en la puerta de acero de la habitación no los distrajo. Apenas si lo percibieron.
—Tus instintos no estaban equivocados. No. No era la cura de la gripe común. Te mentí cuando anuncié la presencia del virus en estado de incubación en tu sistema sanguíneo.
— ¿Y qué me diste, entonces?
—Un compuesto hormonal sintetizado en base a tu fisiología específica, teóricamente capaz de regularizar los procesos de homeostasis propios de tu organismo.
— ¿O sea?
Esperó algún bufido, queja, o incluso algún comentario sarcástico acerca de su reducida capacidad de entendimiento, pero Lisa aún sonaba anonadada, como si su mente no estuviera realmente puesta en la conversación.
—Equilibrar tu cuerpo. Tratar de que la enfermedad no avance. Ganar tiempo, por más mínimo que fuera. Tiempo para… para completar esto. La cura que necesitas. Debería estar aquí, debería verla, pero... —La pequeña volteó, y su pálido y usualmente inexpresivo rostro estaba ahora teñido de duda— No entiendo estos resultados. Según mis cálculos, esto debería curar la condición. ¿Por qué no funcionó?
La pequeña pizca de esperanza que él mismo se negaba a admitir que existía en su interior se consumió, desapareciendo y dejando un frío vacío tras de sí. Nunca se había permitido detenerse a considerar la posibilidad de que Lisa pudiera salvarlo, pero de alguna forma, la esperanza había encontrado un lugar en su corazón. Perder esta última vela que resplandecía tenuemente en la oscuridad fue tan doloroso como inesperado.
Trató de encontrar las palabras, pero las ideas chocaban en su mente, y no se sintió capaz de hilvanar un pensamiento.
—Al menos lo intentaste —dijo, tratando de ofrecer algún tipo de consuelo y agradecimiento a su hermana.
Nunca imaginó la reacción que generarían sus palabras. No previó su boca abierta, su sorprendido parpadeo, sus puños cerrándose, su ceño frunciéndose, y todo su pequeño cuerpo entrando en un estado de furia, como un pequeño huracán.
— ¡No me hables con condescendencia, unidad familiar! —Estalló— ¡¿"A menos lo intentaste"?! ¡¿Qué clase de pensamiento conformista es ese?! ¡Evidentemente hubo un fallo en el experimento! ¡Mi máquina de hiperaceleración metabólica ha de habido estar mal calibrada, causando la defunción de los sujetos de prueba A-P! ¡Es sólo menester el esperar un par de días para sintetizar una nueva tira de sueros experimentales y aplicarlos a nuevos sujetos de prueba Q-Gbeta! ¡S-Sólo debo recalibrar mis activos para solucionar cualquiera fuera la variable que comprometió las pruebas!
Lincoln se sintió ligeramente intimidado por el repentino cambio de humor de su hermana.
—Lisa… no puedes seguir matando animales...
— ¡No morirán, puesto que no volveré a cometer errores! ¡Los nuevos sujetos se curarán como estaba previsto, seleccionaré entre ellos la cura más eficiente, e iniciaremos inmediatamente el tratamiento para garantizar tu pronta y satisfactoria recuperación!
— ¿En serio…? Oye, escúchame con atención. ¿En verdad crees que hubo un error en el experimento? O quizás… ¿o quizás es que no has podido encontrar una cura?
— ¡Tonterías! ¡Mis sueros atacan todas las variables conocidas y avaladas por la ciencia medicinal! —Rugió— ¡Traté todas las combinaciones posibles! ¡La cura ha de estar aquí, al menos en UNO de ellos!
—O quizás no existe —dijo, haciendo un enorme esfuerzo por no bajar la cabeza y llorar—. Lisa, los doctores dijeron que no había cura. No hay nada que hacer…
— ¡Ellos no son yo, unidad familiar! ¡Yo soy Lisa Loud, la persona más joven en jamás graduarse con una tesis doctoral!
—Pero sigues siendo humana —intervino, agachándose para estar a su altura, colocando ambas manos sobre los temblorosos hombros de su hermana—. Lisa, eres increíblemente inteligente, pero no todos los problemas de la vida tienen solución.
— ¡Tiene que haberla! ¡No sería justo!
—La vida tampoco es justa…
— ¡¿Por qué te rindes?! —Le gritó en la cara, llenando su rostro de saliva— ¡¿Es que no confías en mí?! ¡D-Debo haber cometido un error! ¡Puedo tener la cura a tu enfermedad! ¡¿Por qué tratas de disuadirme?! ¡¿No te das cuenta que estoy tratando de salvarte?!
— ¡Lo sé! ¡Claro que lo sé! ¡Y nadie más que yo quiere creer que existe una cura! ¡Pero lo intentaste, y no funcionó! ¡No quiero que te pierdas a ti misma por el loco sueño de salvarme!
— ¡Mi salud es irrelevante aquí!
— ¡NO PARA MÍ! —Gritó, dándole un pequeño sacudón que movió sus grandes gafas. Sus emociones finalmente pudieron más que su voluntad, y tras una tarde en donde creía haber llorado todas las lágrimas que le quedaban, fue una vez más probado equivocado— ¡Ya pasó más de una semana de las dos que los doctores me dieron y apenas si has salido de tu laboratorio para estar conmigo! ¡Voy a morir sin que juguemos o simplemente estemos juntos! Lo único que me queda es tratar de disfrutarlas a todas ustedes tanto como pueda, pero apenas puedo estar contigo. Y… Y también es mi culpa, ¿de acuerdo? Supongo que una parte de mí quería que encontraras una cura… Pero ya no hay tiempo. No sé cuánto me queda, pero quiero aprovecharlo al máximo. Por favor, no vamos a tener otra oportunidad para pasar nuestro tiempo juntos. No dejes pasar estas oportunidades.
Lisa sacudió su cabeza lado a lado, tan fuerte y rápido que Lincoln temió que las gafas salieran volando. Sus pequeñas manos subieron hasta su cabello, sacudiéndolo y tirando de los despeinados mechones casi dolorosamente.
—Pero debería poder salvarte —se lamentó, su furia dando paso al dolor en su voz—. Todos mis logros… Mis condecoraciones, mis invenciones… No sirven de nada si no puedo resolver la única prueba que realmente importa. ¿Qué clase de persona sería si no puedo salvarte?
Su empatía era quizás la característica que Lincoln más apreciaba de su persona. Sin embargo, no era necesario ser muy perspicaz o conocer a Lisa tanto como él lo hacía para entender que la niña estaba desesperada. Había puesto sobre sus pequeños hombros la responsabilidad de curar una enfermedad terminal para salvar a su hermano. Una responsabilidad demasiado grande y pesada para ella.
—Oye. Mírame —dijo, las palabras escapando con dulzura de su garganta al tiempo que sus manos se deslizaban por el cuello de Lisa hasta atrapar sus mejillas y levantar su barbilla para que lo mirara a los ojos—. Que no puedas salvarme no te convierte en un fracaso. Significa que eres humana, y que no siempre podrás salvar a todos. Pero todavía tienes tiempo para acompañarme y llevarte tantas memorias bonitas como puedas.
Ella colocó una mano sobre los nudillos de Lincoln, acariciándolo antes de cerrar los ojos para controlar sus emociones.
—No puedo permitirme perderte, Lincoln. Necesito tiempo. Puedo resolver es-sto, tengo que hacerlo. Y-Yo…. solo necesito… —Sus ojos se abrieron e iluminaron, como si la proverbial lámpara se hubiera encendido dentro de su cabeza y no sobre ella— ¡Criogénesis! ¡Lincoln, tal vez haya posibilidades! ¡P-Podemos congelarte, mantenerte como estás ahora, y darme tiempo a hallar una cura! ¡T-Tal vez me lleve años, p-pero podré hacerlo! ¡Algún d-d-día lo haré! ¡Te despertaré cuando la tenga, te salvaré, y todo volverá a la normalidad!
Lo miraba con una sonrisa, pero era tan forzada como desgarradora.
—Lisa…
—Podemos hacerlo… Puedo tratar curarte…
Aprovechándose de su gran ventaja física, la tomó en brazos y trajo contra sí para abrazarla, enterrando su rostro y sus gafas en su hombro.
—Preferiría que trates de acompañarme.
—N-N-No puedo… N-No quiero… Lincoln…
—Shh.
—T-Te… Yo… ¡L-Lo intenté! ¡T-T-Traté!
—Lo sé…
— ¡Perdóname! —Se lamentó, su voz quebrada e irreconocible— ¡Perdón! ¡Lincoln, lo siento! ¡Lo siento! ¡Traté! ¡N-No puedo salvarte! ¡No… puedo!
La lluvia continuó cayendo sobre Royal Woods. Los vientos nunca dejaron de sacudir a los árboles. El Sol permaneció oculto tras las espesas y oscuras nubes, cayendo tras el horizonte sin nadie que lo observase. El mundo siguió girando, pero nada fue nunca igual para los dos hermanos que, separados de todo y todos por una cortina metálica indestructible, dijeron adiós a las esperanzas que les quedaban. Unidos en un abrazo más fuerte que ninguna fuerza de la naturaleza, hermano y hermana dejaron definitivamente atrás el futuro que podría llegar a ser, y se concentraron en el presente que era.
La familia, entendiblemente asustada, mostró su unidad y solidaridad cuando las puertas del laboratorio se abrieron finalmente, y Lincoln y Lisa salieron al pasillo. Cualquier tipo de castigo, enfado o queja murieron al instante. Pasado el susto, nadie podía realmente culpar a Lisa. Los adultos y algunas de las perspicaces niñas lograron comprender lo que la científica había estado tratando de hacer. El ánimo de la casa, que poco a poco parecía haber estado recuperándose, tomó una nueva caída. Todo el mundo permaneció en el pasillo, sin saber cómo reaccionar, echando tristes miradas a la forma en la que Lisa era cargada por Lincoln, llorando silenciosamente en su hombro. Lynn Sr fue el primero en romper la monotonía, anunciando casi sin ánimos que iba a dirigirse a la cocina a preparar la cena. Preguntó a su suegro y Myrtle si iban a quedarse, quienes aceptaron sin dudarlo.
Fue Myrtle quien apareció al rescate, aclarando su garganta, aplaudiendo al aire y poniendo su mejor sonrisa ante la adversidad.
— ¿Saben? Scoots y los otros ancianos del centro de retiro estaban hablando de que hoy habría una repetición del final de temporada de El Barco de los Sueños. ¿Qué dicen si vamos todos a verlo a la sala?
Pequeñas sonrisas se plantaron en los rostros de las niñas, pero todas voltearon inmediatamente a ver a Lincoln, dejando en claro que él tendría la última palabra en el asunto.
—Sí, claro —dijo, secándose la nariz y las mejillas con su antebrazo antes de sonreír también—. ¡Ya lo vi tres veces por internet desde su estreno, pero todavía lloro cuando Karen se reencuentra con James!
—Literalmente adoro cuando los mejores amigos se convierten en pareja —dijo Lori, llevando las manos a su pecho, sobre su corazón.
— ¡Él todavía guardaba la carta que le envió en quinto grado! —Chilló Leni, abrazándose a Luna.
Con todas las niñas hablando de lo romántico que el final de temporada había sido, la familia entera bajó a la sala de estar y tomaron posición en el sofá. Lincoln en el medio, con Lily y Lisa compartiendo lugar sobre su regazo, las gemelas acurrucadas a cada lado de él, Lynn y Lucy a su derecha, Lori y Leni a su izquierda, y Luna y Luan quedándose de pie apoyadas en el respaldo del sofá justo por encima de su cabeza.
Al principio, todas parecían estar luchando por estar tan cerca de él como les fuera físicamente posible, exprimiéndolo hasta ser casi doloroso, pero en cuanto la icónica canción de entrada comenzó a sonar, todas se relajaron y fueron capaces de disfrutar cada momento del alucinante capítulo.
Lincoln se dio cuenta de que nunca sería realmente capaz de olvidarse de que pronto moriría. El recuerdo estaba siempre presente en su mente, una sombra que cubría todo lo que le ocurría. Pequeños momentos o insignificantes escenas le harían pensar en todo lo que no llegaría a vivir, o lo que se perdería. Era imposible escapar de la espada de Damocles que colgaba sobre su cabeza, amenazando con caer en cualquier momento, pero descubrió que rodeado de todos sus seres queridos, oyendo sus risas, sus quejas, sus gritos cada vez que el atractivo pelirrojo que hacía el papel de James aparecía en escena… Su vida no sería una larga, pero la habría vivido rodeado de las mejores personas del mundo. No era un consuelo en sí mismo… pero era un bonito pensamiento que lo ayudaba a disfrutar de las pequeñas cosas.
El llamado a la cena llegó justo cuando el capitán del barco tomaba el timón y le decía a Karen que él entendía, que la amaría por siempre, pero que sabía que su corazón le pertenecía a James, y que él entendía si ella decidía dejar el Barco de los Sueños para quedarse en la costa siciliana con su alma gemela. El verdadero héroe no reconocido de la serie, a los ojos de Lincoln. Pese a los llamados de Lynn Sr, toda la familia, incluidos Rita y los abuelos, se quedó hasta que la cámara mostró las siluetas de Karen y James compartiendo su beso, con el atardecer detrás de ellos y el lujoso crucero alejándose en el horizonte, buscando nuevas personas a quienes cumplir sus sueños. Una ronda de aplausos se hizo presente, y en cuanto se sentaron en la mesa, todos tomaron sus servilletas para secarse los ojos.
—Oh, Lynn, ¡esto se ve maravilloso! —Lo felicitó Gran-Gran, admirando la gran variedad de platos que el señor Loud había preparado para satisfacer las papilas gustativas de todos los presentes.
—Estoy convencido de que Rita se casó para no tener que cocinar ella —dijo con una sonrisa Albert, ganándose un trozo de baguette a la cabeza, cortesía de su hija.
—Papá es el mejor cocinero del mundo —aseguró Lana, probando su platillo y dejando salir un satisfecho "¡Mmmh!"
—Difícil discutir con eso —admitió Rita, su voz igual de rasposa que los últimos días, dándole un cariñoso beso en la mejilla a su esposo.
Lynn Sr sonrió, pero su mirada bajó rápidamente a su plato, el cual observó durante largos minutos, sin que nadie realmente lo notara. Lily parecía ser la única que, sentada junto a él, trataba de llamar su atención para que le convidara algún trozo de su comida. Luan, notando a la infante a su lado, se percató antes que nadie.
—Eh, ¿papá? ¿Estás bien? Apenas has probado tu Lynnsotto.
Naturalmente, el comentario llamó la atención de la mesa, y todas las miradas quedaron puestas en el hombre sentado en la cabecera. Él suspiró y dejó sus cubiertos a un lado de su plato, cerrando los ojos y tomando aire antes de levantar la vista.
—Yo… tengo un anuncio que hacer. Tomé una decisión, y necesito hablarla con todos.
Esperó unos segundos, mordiendo subrepticiamente su labio inferior y tamborillando la mesa con sus dedos.
—Creo… que voy a renunciar a mi trabajo —anunció.
Todos intercambiaron sorprendidas y ligeramente preocupadas miradas. Lincoln trató de encontrar alguna respuesta en sus hermanas, pero ni Lynn, ni Luna, ni Lucy parecían tener idea de lo que estaba ocurriendo.
—Pero… creí que, como que, te gustaba estar en tu empresa y eso —dijo Leni, rascando su barbilla con su tenedor con pedazos de albóndiga él.
—Me encanta el ambiente, y tengo muchos amigos allí —concedió su padre, alcanzándole una servilleta para que se limpiara el rostro—. Pero… bueno, la paga no es nada del otro mundo, honestamente. No es algo para lo que no pueda encontrar reemplazo.
— ¿Y por qué quieres dejarlo, cariño? ¿Hay algo más que quieras hacer? —Preguntó una preocupada Rita, colocando su mano sobre la de su esposo.
—Estoy contento allí, pero no es lo que me hace feliz. Tuve la oportunidad de acceder a este trabajo, pero no es lo que quiero para mi vida. Y… Pues… Sólo digamos que estoy comprendiendo que no hay excusas para privarnos de lo que nos hace feliz. Siempre he tenido un sueño… pero dejé que la conformidad y la rutina me ganasen. No fui lo suficientemente valiente para perseguirlo, pero no podría jamás perdonarme si es que no lo intento, al menos.
Sus ojos hicieron un gran esfuerzo por quedarse fijos en la mesa frente a él, pero no pudo evitar que por un breve momento se fijaran en su hijo.
—Sé que dejar mi actual trabajo por un sueño no es garantía de nada. Y créanme, no quiero ganar menos de lo que gano ahora, ni quiero que sus vidas se vean afectadas por mis decisiones. Así que si creen que es tonto, o no es práctico… con que sólo uno o una de ustedes me diga que no, será suficiente para que cancele esta fantasía. Sólo díganlo y lo haré.
— ¿Pero cuál es tu sueño? —Preguntó Luna, inclinándose hacia delante en la mesa.
Una pequeña sonrisa se extendió por su rostro.
—Ser un chef profesional —confesó—. Trabajar en una cocina, preparando platillos para acompañar los momentos más importantes de las personas. Quiero que recuerden con una sonrisa lo que comieron en su primeras citas, en sus cenas de aniversarios, en los cumpleaños de sus hijos, el día que acabaron la universidad y salieron a festejar con amigos. Conozco algunos lugares que están buscando maestros cocineros. Podría empezar allí. Sé que puedo impresionar a los dueños, y puedo con la presión de preparar muchas comidas en poco tiempo. Es mi sueño: empezar allí, y quizás algún abrir mi propio restaurante. Cocinar es la actividad que más disfruto. Me encantaría poder vivir de ello. Pero sé que es un sueño poco convencional, ciertamente no tan interesante como trabajar en una empresa informática, así que entiendo si es que…
Los gritos de felicidad y apoyo no lo dejaron terminar. Le fue difícil concentrarse en lo que cada una de sus hijas le decía, pero por sus sonrisas, pulgares arriba y la felicidad de sus tonos de voz, pudo hacerse una idea del mensaje general.
Lincoln, por su parte, estaba irradiando alegría. Siempre había creído que su padre tenía un gran potencial para ser un chef. Su comida era apreciada y alabada por todos los que la probaban. Y además, él mismo había notado lo feliz que Lynn Sr se veía cada vez que cocinaba. No era raro verlo cantar solo en la cocina, bailando mientras reunía los ingredientes o batía la masa. Era claro que su pasión estaba en la cocina, y escuchar que estaba dispuesto a luchar por cumplir su sueño le transmitió una gran inspiración y felicidad a Lincoln. Lo alentó, diciéndole que sonaba maravilloso, y que contaba con su total apoyo.
La única pequeña mota que manchaba la felicidad de aquel momento fue el pensar en que probablemente no estaría vivo para ver a su padre abrir su propio restaurante.
Pasado un rato después de la cena, Pop-Pop y Myrtle anunciaron que debían volver al centro de retiro. Contaban con un permiso especial de Sue para volver tan tarde como quisieran, pero aún así estaban cansados y necesitaban dormir, y la casa Loud era muy acogedora y abierta a recibir gente, pero lamentablemente no contaba con colchones extra. Con grandes abrazos y promesas de volver al día siguiente para estar con él, los abuelos se despidieron de Lincoln y las chicas, quienes volvieron a colocarse frente a la televisión para ver una comedia romántica en su servicio de streamming favorito.
Estaban allí sentados, riéndose a carcajadas de un tipo siendo perseguido por una cabra con un sostén en la cabeza cuando Lisa sorprendió a todos.
—Lincoln, hoy quiero dormir contigo —dijo, lo suficientemente fuerte como para que todas escucharan.
Las risas callaron de inmediato, y los semblantes serios se centraron en el chico y la pequeña científica. Él sintió la tensión elevándose mientras más se prolongaba el silencio, y se preguntó cómo podría salir del compromiso en el que, ya lo sabía, su hermanita menor acababa de colocarlo.
—Uh, lo siento, pero hoy es mi turno —dijo Lola, tratando de sonar amable y comprensible, pero con un tono de voz que no dejaba lugar a la duda.
—Nuestro turno —la corrigió Lana, entrecerrando los ojos y frunciendo los labios, desconfiada.
— ¿Hay que sacar turno? —Preguntó Leni, confundida— Porque yo quería dormir con él hoy.
—Pues lo siento, pero todas ustedes ya tuvieron sus chances —dijo simplemente Lisa, cortante—. Y, además, yo lo dije primero.
— ¡Claro que no, yo ya lo había decidido! —Se quejó Lola.
—Nosotras lo habíamos decidido.
—Oigan, chicas, esto no es una competencia… —dijo Lynn, ganándose una sorprendida mirada y una ceja alzada por parte de Lincoln, a lo que ella respondió cruzándose de brazos y sacándole la lengua.
—Tiene razón, no se peleen —intervino Lori, alzando sus manos para tratar de tranquilizar a sus hermanas—. Lola, Lana… creo que deberían dejar que Lisa pase un tiempo con Lincoln.
— ¡Oh, vamos! ¡Estamos esperando hace días!
—Everything's gonna be alright —les dijo Luna, en su voz de canción, antes de continuar con un tono ligeramente más desanimado—. Some get a little, and some get none.
Las pequeñas continuaron peleando, con Lucy sumándose a la disputa, y las mayores luciendo derrotadas, como si ellas también quisieran participar en la carrera por el premio mayor, pero su sentido de responsabilidad no se los permitía.
Por favor, no me hagan elegir, pensó Lincoln. Porque su cama no era lo suficientemente grande para cuatro personas, y si tenía que elegir entre Lisa o las gemelas, su cerebro le decía que escoger a Lisa era lo más justo. Le parecía injusto, sin embargo. Las amaba enormemente, a todas por igual, y la idea de tener que elegir con quién pasar la que bien podría ser su última noche… La mera idea le causaba náuseas y le revolvía el estómago. Él no quería elegir. Si por él fuese, estaría con todas...
Lincoln L. Loud era muchísimas cosas, pero uno de sus epítetos predilectos era "el hombre con el plan". Su capacidad para improvisar y resolver problemas era casi tan genial como su capacidad de empatizar con otros, y estaba muy orgulloso de ella.
—Tengo una idea —les dijo, levantando su dedo índice hacia el techo, sus dientes reluciendo una gran sonrisa.
Todas se callaron y lo observaron con atención.
— ¿Qué tal si traemos todos los colchones a la sala y hacemos una pijamada aquí? ¡Todos juntos!
Una a una, las sonrisas aparecieron en sus rostros, e incluso Lily comenzó a aplaudir y festejar. Seguramente no había entendido nada de lo que Lincoln había dicho, pero la felicidad del ambiente debió propagarse a ella también.
—Es una excelente idea, pero creo que tendríamos que preguntarle a mamá para saber si…
— ¡Mamá! —Gritó Luan, con las manos formando un megáfono alrededor de su boca, interrumpiendo a Lori— ¿Podemos traer los colchones y dormir todos en la sala? ¡Fue idea de Lincoln!
Rita, quien se había encerrado en su habitación, no respondió, pero Lynn Sr se asomó desde la cocina y la sala de estar, todavía con sus guantes amarillos de lavar los trastos.
— ¿Todos? ¿Los once? —Preguntó.
—En efecto —respondió Lisa.
Su padre lo consideró durante una fracción de segundo, antes de sonreírles a sus hijas.
— ¡Como si tuvieran que preguntarlo! ¡Vayan a traer esos colchones, almohadas y frazadas!
Con un grito de guerra, todos fueron a sus respectivas habitaciones, y desarmaron sus camas para realizar una ruidosa y desprolija mudanza. Lynn fue lo suficientemente considerada como para cargar ella misma su colchón y los de las gemelas, quienes apenas si podían arrastrarlos por la alfombra de sus habitaciones. Al llegar al estar, tuvieron que llevar el sofá contra la pared que daba a la habitación de sus padres, dejando lugar libre para que todas comenzaran un juego de tetris, tratando de ubicar los diez colchones y la cuna en el pequeño espacio que les quedaba. Lisa tuvo que intervenir y realizar planos en crayón para aprovechar el espacio al máximo, con Lincoln en el centro y todas a una distancia relativamente equidistante de él.
Lincoln se sintió como cuando era más pequeño. Muchas veces él, Lynn, Lori y Luna habían jugado a hacer sus fuertes de colchones y almohadas, teniendo sus versiones de pequeñas pijamadas. Las gemelas también lo habían hecho con él en alguna oportunidad. Era siempre muy divertido, incluso si todas sus hermanas roncaban como rinocerontes congestionados. Lo hacía sentir cercano a ellas, y en aquel momento, eso era lo que más necesitaba en el mundo.
A pedido de Lynn Sr, Lori encendió el hogar, pretendiendo que el fuego los mantuviera cálidos y protegidos del frío de la tormenta, la cual por suerte pareció amainar entrada la noche, y para cuando todos estaban ya acostados en sus respectivas camas mirando la televisión, de la feroz tempestad no quedaba más que una suave lluvia que golpeaba delicadamente las ventanas. Luna cerró las cortinas y bajó las persianas del estar, mientras Luan buscaba alguna otra película o serie que todos pudieran ver, ahora que la comedia había acabado.
Todos estuvieron de acuerdo con mirar una serie animada sobre una princesa mágica obteniendo una poderosa espada para revelarse contra un imperio opresor. La serie se veía fabulosa, y todos parecían estar sumamente interesados en la trama. Lincoln la disfrutó, pero para cuando el tercer capítulo empezó, su mente ya no estaba tan centrada en el show. Su mirada recorrió los rostros de sus hermanas. Iluminadas con una mezcla de las luces de colores de la televisión y el cálido e incandescente resplandor del fuego de leña, todas veían sonrientes la serie. Algunas estaban tan absortas que ni siquiera notaban que él las estaba mirando, y otras lo veían y le sonreían y saludaban suavemente con la mano, volviendo a fijar la mirada en la pantalla cuando él se movía a la siguiente.
Las vio felices, y su espíritu se alegró, pero había algo en su interior que no le permitía ser feliz al cien por ciento. Era un pensamiento que desde hacía mucho que tenía. Uno que, en definitiva, había sido el puntapié inicial para su Operación Despedida. Era un miedo que le avergonzaba admitir, en cierta manera. Lo preocupaba muchísimo, y lo hacía sentir inseguro, y no sabía si realmente era algo que podía compartir con ellas. Pero si había algo que su tarde de llanto bajo el puente junto con Lori le había enseñado, es que algunas emociones duelen menos cuando se las deja salir en lugar mantenerlas embotelladas por dentro.
—Oigan, ¿chicas? —Las llamó, en silencio para no despertar a Lily, quien ya dormía plácidamente en su cuna— Puedo… ¿puedo preguntarles algo?
La respuesta unánime fue la que esperaba. La serie quedó absolutamente olvidada, el foco de atención puesto ahora en él.
—Miren, yo… No quiero arruinar el momento. Y… y lo siento si esto las pone incómodas, o suena muy… no lo sé… ¿Fuera de lugar? ¿Egocéntrico? No lo sé, no es mi intención ser así. No sé si hago bien en preguntarles, pero… Pero yo…
—Oye, Lincoln —lo interrumpió Lori. Él dejó de entrelazar nerviosamente sus dedos para mirarla—. Respira. Más profundo. Sí, así. Ahora de nuevo. Muy bien. ¿Te sientes mejor?
Asintió tímidamente.
—Perfecto. Tómate tu tiempo, pero no te preocupes. Puedes preguntarnos lo que quieras, sea lo que sea. Estamos aquí para ti. ¿Verdad chicas?
—En efecto.
— ¡Sí!
— ¡Sí!
—No pienso moverme.
— ¡Ni lo dudes!
—Por supuesto.
—Eso ni se pregunta, hermana.
—Espera, ¿cuál era la pregunta?
Una tímida sonrisa asomó en su rostro, pero la seriedad pronto volvió a él, y el cambio en su semblante no pasó desapercibido para sus hermanas, quienes lentamente se acercaron a él, gateando hasta rodear su colchón de cerca. No era fácil para él decir lo que estaba a punto de decir, pero no iba a tener muchas más oportunidades de decirlo, y lo cierto es que la duda lo carcomía por dentro. Tenía que compartirlo. Tenía que quitárselo de encima.
—Yo… Bueno, todos sabemos que… Pronto… Ya saben. Y me cuesta mucho, pero me ayuda el pensar en que todas ustedes van a poder seguir adelante, eventualmente. Y… Y aunque yo… Aunque no esté aquí p-para decirles cuánto las apoyo, quiero que sepan que siempre, siempre voy a estar a su lado, d-dándoles ánimos cuando lo necesiten. Y… Y yo quiero que todas sigan adelante, y cumplan sus sueños, y sean las mejores mujeres del mundo… Pero… Y-Yo… No quiero ser egoísta, pero a veces… Tengo… Tengo m-miedo de… de que se olviden de mí. Quiero que sigan adelante, y no quiero que vivan tristen, pero… N-No sé, yo sólo quiero… No quiero que…
Le fue imposible terminar su pensamiento. Llevó sus rodillas contra su pecho y las abrazó con fuerza, cubriendo casi todo su rostro con sus brazos, dejando sólo sus ojos para ver sus reacciones. Los labios temblorosos y ojos brillantes no eran precisamente lo que necesitaba o quería ver, pero supuso que era inevitable.
Leni fue la primera que lo abrazó con fuerza, y tras ver que una lo hacía, todas las demás se sumaron. Le hubiera gustado devolver el gesto, pero ya lo habían rodeado por todos los ángulos, y sus brazos eran incapaces de moverse.
— ¡Por supuesto que no, Lincoln! ¡¿Cómo podríamos olvidarnos de ti?! —Dijo Luan, sonando casi ofendida por la idea.
—Eres nuestro único hermano —dijo Lucy, su voz susurrando cerca de su oído—, ahora y por el resto de la eternidad. Eso nunca cambiará.
— ¡No eres sólo mi hermano! —Un fuerte apretón en su brazo y hombro derecho confirmó la posición de Lynn— ¡Desde que tengo memoria, tú has sido mi mejor amigo! ¡Nadie me entiende como tú, Lincoln! ¡Jamás podría olvidarte, ni en un cuatrillón de años!
—Lo siento —se disculpó él, llorando sobre lo que parecía ser el cabello sin tiara de Lola—. No quiero que vivan tristes, pero… No sé, me asusta pensar que quizás algún día… ¿Está mal que no quiera que me olviden?
La explosión de respuestas a su pregunta fue la más elocuente muestra de que quizás estaba preocupándose demasiado. Sus hermanas parecían entre asustadas y ofendidas de que pudiera llegar a creer que existía la posibilidad de que se olvidasen de él.
— ¿Estás demente?
— ¡Nunca podría olvidarte, tonto!
— ¿Cómo puedes decir eso?
— ¿En serio crees que no te quiero lo suficiente como para no olvidarte?
—If there's only one thing you can believe it's true: I live my life for you.
Continuaron asegurándole que sus miedos estaban injustificados, y algunas de ellas estuvieron peligrosamente cerca de insultarlo por poder siquiera creer que podrían olvidarlo. Pero pasada la sorpresa e indignación iniciales, incluso las más despistadas como Lynn y Leni notaron lo mucho que esto significaba para Lincoln, y cuánto estaba él esperando una respuesta que lo dejara tranquilo. La primera en tomar cartas en el asunto fue Lori, quien hizo separar a las chicas para que él tuviera espacio para respirar, y también para que la viera a los ojos cuando le hablaba.
—Lincoln, escúchame con atención —le dijo, tomando una de sus manos entre las suyas—. Entiendo tu miedo… Y entiendo tu pregunta. No está mal que quieras que te recordemos, no está para nada mal. Pero quiero que entiendas cuando te digo que nunca, jamás en mi vida sería capaz de olvidarte. ¿Entiendes? Nunca. Por el resto de mi vida, serás mi hermanito, la mejor persona que jamás conocí, y con quien compartí más de once maravillosos años. Mi vida va a seguir adelante, pero a donde vaya tú vas a estar conmigo.
Una idea cruzó por su cabeza, y soltó su mano para poder levantar la suya propia, con todo el puño cerrado excepto su dedo meñique, el cual sobresalía como un pequeño gancho que le ofrecía. Un tanto confundido, él imitó el gesto, sus dedos entrecerrándose como eslabones de una cadena que, como estaba por descubrir, jamás se quebraría.
—Te prometo que pase lo que pase, encuentre donde me encuentre, sin importar qué tan ocupada, cansada, o anciana esté, voy a pensar en ti. Una vez a la semana. Dos. Sin importar qué tan problemática, ocupada, o literalmente insoportable sea mi vida, hasta el día en que nos encontremos de nuevo, voy a dedicar algún momento de mi semana a recordarte y contarle a cuantos pueda que tuve al mejor hermano del mundo. Te lo prometo.
Los dos tenían ojos llorosos, pero Lincoln fue quien se quebró por completo ante aquella promesa. Asintió como podía, sin encontrar las palabras para responder. Lori no las necesitó. Se inclinó hacia delante y le plantó un beso en la frente. Luego miró a su izquierda y le señaló a Leni para que se acercara, colocándose frente a él.
—Leni, prométele algo a Lincoln. Algo para que nunca, nunca lo olvides —le pidió.
Le modista se tomó algunos segundos, mordiendo su lengua en un adorable gesto de concentración, pero rápidamente extendió ella también su dedo meñique, tomando el de Lincoln.
—Linky, te prometo… Te prometo… ¡Oh, sí! ¡Ya sé! Tú eres muy amable conmigo, y siempre me tratas bien. Así que, como que cuando vea a alguien que necesite ayuda, voy a tratar de ser buena y ayudarlo.
Pareció que iba a terminar allí, pero Lori se acercó a susurrarle algo a su oído.
— ¡Oh, claro! Y siempre me voy a acordar que es gracias a ti. Porque tú eres en verdad la persona más amable que conozco. Y… y aunque tú seas, o sea, más chico que yo… Yo quiero seguir tu ejemplo y ser más como tú.
Le hubiese gustado tener algo para decirle, pero su estado emocional no le permitía. Sólo pudo ser testigo de cómo Leni le sonrió hasta que Luna se acercó a ella, colocando una mano sobre su hombro, pidiendo permiso para ocupar su lugar frente a él y unir sus meñiques.
—No sé si mi carrera musical llegue a triunfar algún día, pero tú siempre serás mi musa, hermano. Mi inspiración, el alma de mis canciones. Si es que algún día logre sacar algún disco, siempre tendré una canción dedicada a ti. Y si no llego a hacerlo, de todas formas ten pon seguro que cada año componeré una canción dedicada al amor, a la amistad, y a la persona que más amo y amaré. Incluso si es todo lo que hago por la música, dejaré una discografía dedicada a ti, hermano. En mi corazón, tú vivirás. Desde hoy será y para siempre, amor.
Luna lo abrazó con todas sus fuerzas antes de dejarle lugar a Luan.
—Tú me hiciste descubrir la pasión por las bromas, y el poner sonrisas en los rostros de las demás personas. Cuando más triste me sienta, o cuando vea que otras personas están mal… Voy a hacer todo lo posible para animarme o animarlos, porque tú me enseñaste que la risa es la mejor medicina. Voy a encargarme de que la gente sea tan feliz como tú me has hecho.
No se la veía muy feliz, con sus ojos rojos y mejillas surcadas por ríos de lágrimas, pero al menos un intento de sonrisa se esbozaba en su rostro, y la suavidad con la que sostenía su meñique lo conmovió. Suavidad que contrastó con la energía e ímpetu con el que Lynn se arrodilló frente a él. Envolvió su meñique con el de ella, y como si eso no fuera suficiente, levantó los dedos de su otra mano haciendo la señal de los boy scouts. Tenía la barbilla levantada y el pecho inflado, tratando de parecer controlada y seria, pero sus verdaderas emociones afloraban incontroladas.
—De ahora en más, cada vez que anote un punto, termine una carrera, finalice un partido, entre o salga del campo, me prepare para empezar o acabe un tiro… Vaya ganando o perdiendo, haya hecho mi mejor actuación o la más apestosa de la historia… Siempre, sin falta, voy a mirar al cielo y dedicártelo a ti. Siempre. Porque tú siempre me apoyaste en todo, y a partir de ahora, tú serás mi talismán de la suerte.
Parecía estar luchando por contenerse, así que rápidamente se movió para dejarle lugar a Lucy, quien tímida, lentamente se acercó a él. Acarició sus manos con nerviosismo antes de entrelazar sus dedos. Abrió y cerró la boca un par de veces, luchando por encontrar las palabras adecuadas.
—Te prometo que jamás te olvidaré. Yo… Suelo tratar de hablar con los espíritus. Muchas veces… Bueno, no suelen responder. Y a veces me desanima. Pero sé que me oyen, y sé que aunque no puedas responderme, tú también me oirás, como siempre oyes mis poemas. Lincoln, juro solemnemente que siempre que tenga una noche libre voy a tratar de contactarte en el otro plano. Te contaré de mi día, lo que pienso, lo que hago… Nunca voy a olvidar lo que me dijiste, y te recordaré como el hermano que siempre me escuchó cuando necesité ayuda.
A diferencia de su compañera de cuarto, no rehuyó de sus sentimientos, inclinándose hacia delante para rodear el cuello de su hermano con sus brazos. Él la abrazó con fuerza, acariciando su espalda, deseando que su garganta no estuviese tan cerrada y pudiera decirle cuánto la quería. No pareció necesitarlo para saberlo, sin embargo, y le dejó su lugar a una ansiosa Lola, que pese a no controlar sus lágrimas, lo miraba con determinación.
—Hoy te prometí que iba a ser una mejor persona, y eso es lo que voy a hacer. Te prometo que cada vez que me de cuenta que estoy siendo mala, deshonesta, o que estoy tratando mal a las personas, voy a pensar en ti, y voy a tratar de cambiar. De ser más buena…. al menos que se merezcan que sea mala con ellos, ¿no? ¡P-Pero voy a tratar de ser buena siempre que pueda!
Quiso reír un poco, pero en verdad le era difícil no sentirse emocionado por la madurez y crecimiento que su hermanita demostraba. Quería abrazarla y asegurarle de que no era mala, que era maravillosa y que la amaba con todo su corazón, pero Lana estaba esperando su turno también, e impacientemente ocupó su lugar, ofreciéndole, extrañamente, el otro meñique.
—Estaba usando el otro para urgarme la nariz —se disculpó, con una pequeña sonrisa asomando entre tanta tristeza y seriedad—. Pero… te prometo que… Que… Uh… Bueno, voy a cuidar el árbol que plantamos. Voy a hacer que crezca fuerte, y sano, y alto, ¡muy alto! ¿Y recuerdas cuando salvamos a todas esas ranas de tu clase? Estaban muy felices de tener un estanque. Y fue gracias a ti que logramos convencer al director Huggings. Voy a tratar de seguir haciendo eso, de salvar animales, pero cada vez que cree un lugar para ellos, le voy a poner tu nombre. Para que no sólo yo te recuerde, sino para que todo el mundo sepa que eres alguien que se preocupa por los demás, sean sus hermanas, o inocentes animales desconocidos. ¡Todos van a saber lo muy buena persona que fuiste!
Finalmente, Lisa se acercó a él. Todavía conmocionada por lo que había pasado algunas horas atrás, parecía abrumada por la gran cantidad de emociones que circulaban por sus venas y que, por primera vez en mucho, mucho tiempo, ella permitía que tomaran las riendas. A diferencia del resto, quienes sorprendentemente parecieron idear las promesas rápidamente, ella se tomó su tiempo, largos y largos segundos hasta que su pequeño y suave dedo tomó el de Lincoln.
—Lincoln, hermano… Hoy dijiste algo muy cierto. En mi afán por expandir las fronteras de la ciencia, he descuidado el área social de mi vida. Está científicamente comprobado que los vínculos sociales y de fraternidad son fundamentales para la salud de los seres humanos. Por algún motivo, nunca me he sentido de todo cómoda dejando la ciencia de lado para interactuar con otros. Pero en vista de las circunstancias, veo claro mi error. No puedo realizar una promesa tan concisa como las de algunas de nuestras hermanas, pero… En tu memoria, y gracias a tus enseñanzas, te prometo en este sencillo acto que trataré de dejar de lado mis inhibiciones y entraré en mayor contacto con mis hermanas, amigos, y colegas. Trataré de ser más… amigable. Y lo haré por ti. Recordando y honrando tu memoria. Aprendí física termonuclear y teoría cuántica en libros universitarios, pero fue mi hermano mayor quien, desde la comodidad de mi casa, me enseñó la importancia de vivir con otros.
Tras la promesa de Lisa, Lori fue quien nuevamente adoptó el rol de líder, hablando con sencillez y calidez.
—Todas te hicimos una promesa, Lincoln, y jamás la olvidaremos. Ni a ellas, ni a ti. Porque tú eres nuestro hermano. Y los Loud somos una familia muy grande, pero muy unida. Te amamos, Lincoln.
—Te amamos —repitieron todas.
Con el ruido casi olvidado de la televisión, el suave toqueteo de las últimas gotas de lluvia sobre la ventana, el aleatorio crepitar de la leña en el fuego, y el resonante eco de promesas que jamás serían olvidadas, los niños Loud se unieron en un fuerte abrazo. Cuando los llantos finalizaron y sus energías quedaron drenadas, todas volvieron a tomar sus frazadas y almohadas, dispuestas a descansar.
La lógica y matemática distribución de colchones de Lisa quedó absolutamente olvidada, con todas buscando estar lo más cerca posible de Lincoln, pegadas a él o a las hermanas que había entre ellos. La suma de frazadas debía de ser incómoda, pero él ni siquiera lo notó.
Por primera vez en más de una semana, se sintió perfecto.
.
.
.
.
.
Originalmente, el sueño de Lynn Sr iba a ser el abrir una peluquería lol Esto lo pensé allá por Julio del 2016, lo de la cocina y su restaurante era imposible de haber predicho. Pero hey, ya que en este fic nunca dejó su trabajo de IT, me pareció interesante modificar mi idea original para tratar de establecer un poco más de contacto con el canon.
El próximo capítulo será el final. Queda una hermana que necesita su pequeño momento de protagonismo, y varios pequeñas tramas secundarias que requieren de un cierre. Pronto tendremos respuestas a todas estas preguntas… pronto.
Muchas gracias por acompañarme en este largo viaje. Los quiero.
