Para cuando el bote de rescate de Diciembre embarca de vuelta, no queda nadie en el refugio que haya llegado con él.
Peter se encuentra limpiando cuando el bote comienza a desembarcar y, en minutos, empieza a escuchar pedazos de noticias y rumores susurrados entre los recién llegados, como siempre. La gente evalúa rápidamente a los recién llegados y llega a un más rápido a conclusiones sobre ellos, especialmente si eran basadas en su lugar de origen. Si llegaba un grupo grande de supervivientes de una misma zona, significaba que todavía existía la esperanza de reconstruir en ese país. Si no llegaba ninguno de alguna otra, entonces no había esperanza para ellos y nada podía hacerse al respecto.
Generalmente, el niño ignora el chismorreo, mucho de este es incorrecto de todos modos. No hay nada nuevo que pueda aprenderse; la mayor parte del mundo está muerto, incluyendo su adorada familia, y más allá de eso, no le importa saber. No quiere regresar a la superficie y observar en que se ha convertido la tierra e indudablemente no quiere ver el foso lleno de esqueletos calcinados que está justo del otro lado de las puertas del búnker. Así que los ignora, mientras el demacrado equipo de rescatistas empieza a traer a los nuevos supervivientes dentro, y continúa limpiando los catres con los otros muchachos.
"¿Ya oíste?", dice uno.
"¿Qué?", pregunta otro.
"¡Del tipo que encontraron en este viaje!"
"¡Ahh, yo sí!", contesta un tercero. "¿El tipo rubio, no?
Uno de los chicos sacude el hombro de Peter. "¿Tú oíste?"
Peter lo mira de reojo cautelosamente y continúa trabajando. "No."
"A todos los encontraron en Holanda y en Francia, menos a uno."
"¡Ajá! El segundo niño asiente entusiasmadamente. "Lo encontraron aquí al norte, en la frontera de Alemania."
"¿Y?" Peter solo había estado medio escuchando a lo que decían de todos modos, mirando plácidamente la lona sucia frente a él. No le importa. Rumores son rumores y en ningún momento les han hecho bien a alguno de ellos, además ya había tenido suficiente haciéndose ilusiones.
"Y, lo que sucedió es que lo encontraron en lo poco que queda de Dinamarca. ¿Si sabes?, ¿El país que se hundió? Dicen que habla sueco."
La cubeta cae estrepitosamente y derrama agua mugrienta por todo el suelo al engancharse en su pie cuando sale corriendo desbocadamente en dirección a las puertas del búnker.
Le toma quince minutos empujarse entre la multitud hasta que finalmente llega al inicio de la línea, donde los rescatistas están vaciando de gente la caravana. Algunos pueden caminar por sí mismos, pero la mayoría son cargados dentro en camillas improvisadas o en los brazos de alguien y Peter observa, lleno de ansiedad, mientras traen a cada grupo al interior, buscando frenéticamente al rumoreado sueco. Cuando los grupos comienzan a disminuir, el niño tira de la manga de otro espectador.
"Escuché que encontraron a un hombre en Dinamarca… ¿no lo han traído dentro aún?", pregunta.
"Ajá,", contesta el hombre señalando con su pulgar hacia a la pared. "Lo metieron antes que al resto. Querían mantenerlo cerca de las puertas."
Peter frunce el ceño. "¿Por qué?
El hombre solo se ríe. "Menos distancia que recorrer cuando tengan que sacar en la mañana. Ya hay gente apartando lo que quede de su ropa"
Lo ojos de Peter se abren ampliamente mientras se aleja del hombre y comienza a examinar las paredes, buscando algún rastro de aquel que necesita encontrar. Hay montones de rostros nuevos; envueltos en raídas mantas de lana, algunos llorando y otros mirando fijamente el aire frente a ellos, todos tosiendo involuntariamente y apestando a enfermedad, aferrando sus pertenencias a sus pechos e ignorando las miradas avariciosas del resto.
En el otro extremo del búnker, apartado en el rincón, Peter finalmente encuentra al hombre en cuestión, tirado en el suelo debajo de una sábana y rodeado por un corro de gente susurrando, esperando como buitres, sin molestarse en acercarse a buscar señales de vida. Peter los empuja a un lado, gritándoles que se movieran y luego cayó en sus rodillas a un lado de la cubierta figura en el suelo, sus manos flotando sobre el sucio cobertor. A través de la tela, puede escuchar al hombre respirar, un sonido húmedo y traqueteante, demasiado leve y rápido para ser saludable, sus hombros moviéndose apenas debajo de la sábana.
"¡No lo toques!" grita alguien. "¡Esta enfermo!"
Peter los ignora y jala la manta.
Un sollozo escapa de él apenas se asienta en el suelo la cubierta.
Era solo un extraño. No lo conoce. Su cabello es rubio y largo y esta chamuscado, su mandíbula fijada en una mueca endurecida mientras sangre gotea de sus oídos cada vez que respira trabajosamente. Incluso con las quemaduras en su piel, Peter nota casi inmediatamente que el hombre es sueco.
No usa anteojos.
No tiene las manos endurecidas con callos.
No es a quien quiere ver en ese momento.
Peter vuelve a cubrirlo con la manta y se levanta torpemente, tallándose los ojos mientras se abre camino entre la multitud para regresar a su cama. Se deja caer en ella y oculta su cara en su húmeda y maloliente almohada, enterrando sus uñas en las palmas de sus manos con la intención de detenerse de hacer demasiado ruido mientras las lágrimas caen apresuradamente por sus mejillas hasta encontrar el sucio material de su cama.
Los rumores son solo eso. Rumores. Debería haber aprendido ya.
Se esconde debajo de las mantas y aferra el frente de su camisa. Nunca encontró a Inglaterra y esto no había resultado diferente en absoluto. Nunca debió de haberse ilusionado. Suecia está muerto. Finlandia está muerto. La tierra está muerta, la gente está muerta, los animales están muertos.
Todo está muerto.
"Papá….." murmura ahogadamente contra su almohada.
La respuesta nunca llega y el hombre enfermo está muerto antes de que acabe el día.
Pasan seis meses y los botes dejan de venir.
Al principio, el número de supervivientes que son rescatados baja, las barcazas trayendo una docena de gente a comparación de los grupos de cincuenta, aproximadamente, que habían estado manteniendo y la gente que lograba sobrevivir el viaje a Múnich no siempre vivían lo suficiente como para necesitar una cama. Sin embargo, pronto doce se convierten en diez y diez se convierten en cinco, y para Junio, nadie ha escuchado nada de los capitanes en más de un mes y las puertas del búnker solo se abren para sacar a los muertos.
Cuando llega Julio, las raciones comienzan a desaparecer y, sin barcos que vengan, ya no se puede depender de las raciones que estos logren traer para mantener los suministros abastecidos. Peter mantenía sus raciones decentemente escondidas y seguras, pero el robo remplazó rápidamente al sistema de trueque y pronto, sus barras de proteína y vegetales enlatados comienzan a desaparecer, y tiene que esconder todo lo que le queda en una mochila vieja que carga consigo todo el tiempo, dormido o despierto.
Incluso dejando de fuera sus bienes robados, la salud de Sealand no era envidiable. Su nariz esta perpetuamente goteante y cuando los filtros de aire del búnker dejan de funcionar, frecuentemente pierde la voz por el esfuerzo que requiere respirar el aire caliente y cargado de polvo. Esta tembloroso y débil, y ha perdido más peso del que le gustaría admitir; suficiente como para que ya no pueda mantenerse cálido en las noches, aunque se cubra con su pequeño montón de andrajosas mantas de lana. Se recuesta de lado y se hace bolita lo más que puede, frotando sus manos por sus delgados brazos y piernas, intentando calentarse un poco con la fricción, sus dientes castañeando hasta la mañana siguiente cuando suena la campana y se obliga a salir de su cama para continuar su trabajo de limpieza.
Es el único que queda con ese trabajo. Los tres chicos que alguna vez lo acompañaron están muertos hace tiempo. Uno murió de hambre, otro de alguna enfermedad, el otro de un golpe a la cabeza que recibió luego de que lo atraparan robando una caja de curitas.
Es un desastre, y todos los días que Peter despierta, aun respirando, se pregunta si en realidad le quedan motivos para estar agradecido.
Algunas veces, cuando hay tormentas lo suficientemente fuertes, Sealand puede escuchar la lluvia golpeteando contra las puertas del refugio.
Es un sonido reconfortante, monótono y consistente, y le recuerda a su hogar, trayendo consigo el casi irreal aroma de naturaleza, fresca y limpia, cada vez que las nubes se arremolinan sobre Múnich. Esta consiente que la lluvia que cae ahora no es igual a la que solía llover antes, y que si fuera él a salir al exterior, haría que sus pulmones dolieran más de lo que lo hacen ahora; aun así, con cada tormenta se contenta con arrastrar su cama hasta la entrada del búnker, donde puede tumbarse entre las cubiertas y escuchar a las gotas tamborileando contra la puerta.
Esas son las únicas noches donde puede dormir bien y sentirse descansado en la mañana.
Sin embargo, comete el error de convertirlo en un hábito, y pronto los otros se enteran del hecho de que cuando llueve, está lo suficientemente desconectado de su pequeño y pútrido mundo como para que cualquier ladrón se acerque sin problemas. Su alijo de raciones se hace más pequeño cada vez que duerme cerca de las puertas, pero por lo que al concierne, es un pequeño precio a pagar por las horas de sueño profundo que consigue.
Pero llega una noche en la que su sueño es perturbado.
Esta acostado sobre su estómago, con las sabanas cubriendo su cabeza, cuando el constante sonido de la lluvia es interrumpido por el apagado ruido metálico del cierre de su mochila abriéndose. Hace apenas un ruido; apenas un leve clic. Pero el breve segundo de su existencia es suficiente para arruinar la lluvia, y Peter se levanta veloz de su cama, encontrándose con los sobresaltados ojos de un hombre que estaba en el suelo. El hombre es relativamente nuevo, habiendo venido con el último grupo, y aún se ve decente de salud. Su cabello aún no ha perdido todo su lustre y su piel es rosada, aún no ha sido arruinada por meses de vivir bajo tierra. Mira fijamente a Peter desde su arrodillada posición, con la mochila sostenida en ambas manos, y por un instante solo se miran el uno al otro, antes de que el hombre se apresure a sus pies e intente correr.
Peter no sabe porque siempre corren. No es como si hubiera algún lugar a donde ir.
Aun así, la mochila contiene lo último de sus raciones y Sealand sale disparado, arrojándose hacia el hombre, aferrándose a su cintura y arrastrándolo al suelo cerca de una línea de catres a lo largo de la pared. La mochila cae de su mano y Peter se arrastra por encima de él para tomar una de las correas, jadeando por el esfuerzo de correr por menos de un medio minuto y jala la mochila hacia arriba mientras empieza a regresar a su cama.
La mano del hombre se cierra alrededor del tobillo de Peter y se voltea para recostarse sobre su estómago mientras fuerza las piernas del muchacho bajo el, haciendo que chocara contra el empapado piso de concreto, al mochila rodando una vez más fuera de su alcance. Sealand suelta un fuerte quejido y patea en dirección al extraño.
"¡Suéltame!" le grita. "¡Esa mochila es mía!"
El hombre gruñe y empuja a Peter de lado. Empieza a levantarse y a moverse hacia adelante para alcanzar la bolsa, pero Sealand toma la parte de atrás de su camisa en un puño y lo jala al suelo otra vez. "¡Detente, mocoso! "Sisea, pateándolo. Su suela alcanza la barbilla de Peter y lo empuja a su espalda. El hombre se inclina a recoger la bolsa, y Peter, de nuevo, se lanza hacia él.
"¡Dámela! ¡No te pertenece!" Logra agarrar la mochila y la aferra contra su pecho, justo en el momento que el hombre lo lanza, haciéndolo patinar a lo largo del piso. Se pone de pie con sus temblorosas rodillas cubiertas de raspones y abraza la mochila estrechamente, lanzando una mirada de desprecio al hombre. El hombre le devuelve la mirada con un enojo igual y vuelve al acecho, sus manos hechas puños y una mueca desfigurando sus labios.
"Dámela, pequeño de mierda." Toma el frente de la camisa de Sealand y lo levanta en el aire, lanzando su puño hacia atrás. "Dásela a alguien que todavía tiene alguna oportunidad"
Peter está a punto de responder, pero el forcejeo se ve interrumpido por una fuerte detonación metálica. Ambos se quedan congelados y el búnker entero se queda callado un instante, toda persona con ojos funcionales volteando a mirar hacia las puertas del refugio. Hay un momento de silencio hasta que resuena una segunda explosión en el recinto y la gente se ocultó rápidamente; se vuelcan unos sobre otros, sobre abrigos y cubos vacíos en un esfuerzo por esconderse detrás de cualquier cosa sólida, el pánico colándose en la gente que luchaba por un lugar donde refugiarse. Nadie nuevo había pisado el búnker en meses, pero los rumores de intrusos violentos se han anidado en las mentes de los residentes y gracias a la violencia y enfermedad diarias, la paranoia se había hecho dueña de todo mundo.
Todos saben que están muriendo, pero están demasiado asustados para enfrentarlo de la mano de alguien que no fuera ellos mismos.
El hombre traga saliva y suelta a Peter para buscar el mismo un lugar donde esconderse. Peter se levanta lentamente y tropieza de regreso a su cama, con su mochila asegurada sobre sus hombros mientras arrastra su catre lejos de la puerta, hasta la esquina y se mete debajo. Sabe que debería estar asustado; los pesados cierres en las puertas están rotos y cualquiera puede abrirlo desde afuera, supervivientes e invasores por igual. Pero en su estado exhausto, solo logra mantener un leve nerviosismo cuando el ruido se detiene y lo remplaza el gruñido oxidado de la manija de la puerta al girar.
El silencio permea el búnker y nadie emite ni el más leve sonido cuando las puertas rechinan al abrirse, la lluvia y el viento barriendo sobre la silenciada multitud que permanecía escondida. Peter cruza sus brazos y esconde su rostro en medio de ellos, intentando hacerse lo más pequeño posible y escuchando, tenso, las pisadas que hacían eco a través del refugio. Los pasos eran lentos y cuidadosos, cada uno acompañado del sonido de metal cencerreante y de ropa mojada que se agita como plástico. Peter curiosamente levanta su cabeza lo suficiente para mirar alrededor de su cama, alcanzando a ojear al intruso mientras se mueve hacia el centro del recinto, iluminado por la última tenue bombilla que les queda.
Era alto, y estaba completamente empapado por la lluvia, su rostro cubierto por lo que parecía ser un andrajoso trozo de sábana vieja y sus ojos blindados por oscuras gafas de soldadura, en las que en ambas lentes corrían caminos de lodo y agua. Mantenía el cuello de su pesado abrigo parado y cerrado alrededor de su cuello, abotonado hasta arriba, la desgarrada orilla de este manchada y pegándose a sus botas altas. Camina lento y con una ligera cojera, y mantiene sus manos enguantadas alrededor de la culata de un viejo y largo rifle mientras que avanza con cautela dentro del amplio lugar.
Peter traga saliva pesadamente y esconde su rostro de nuevo. Ha pasado más de un año desde que se haya encontrado con alguien armado por última vez, y no desea particularmente ver dentro del barril del rifle si significa que estaría apuntándole a la cara.
Las pisadas se detienen en el centro de la habitación y, por un momento, no existe ni un solo sonido. El rifle hace clac cuando el extraño lo coloca en su hombro y se escucha un leve crujir de la tela.
"¿Hola?", llama con una voz ronca. "¿Hay alguien vivo aquí?"
Peter levanta su cabeza inmediatamente. Conoce esa voz.
Se fuerza a sí mismo a levantarse, y a atravesar el camino hasta el centro del búnker, deteniéndose a unos metros del extraño. El hombre lo voltea a ver, sorprendido, y comienza a retroceder, su rifle deslizándose de sus manos y cayendo al suelo. La cubierta empapada de su cara estaba semi desenrollada y Peter puede ver apenas su boca, con labios cuarteados y pálidos escondidos bajo la colorida tela, observando mientras se abren y cierran inútilmente.
"¿P-Peter...?" Otro momento silencioso, esta vez roto por apagados susurros de los demás residentes al ver como el extraño tiraba de las gafas y de su paliacate, quitándoselos y revelando una mata de descuidado cabello rubio y ojos azules abiertos de par en par. Su mano deja caer el trozo de tela y Peter simplemente se deshace.
Su cabello es más largo de lo que Sealand recuerda y uno de sus ojos permanece entrecerrado, ahora de un color blancuzco y lechoso, pero aun con su cuerpo enflaquecido y sus facciones puntiagudas, la conexión es inmediata. Tiene el mismo rostro y la misma sonrisa estúpida y cuando se arrodilla frente a él y abre sus brazos, los ojos de Peter se llenan de lágrimas, un sollozo forzado escapando de él mientras se abalanza hacia adelante.
"¡Mathias!" exclama, su voz quebrándose, y se engancha al cuello de Dinamarca, aferrándose a él cuándo sus rodillas ceden, haciendo que colapse en sus brazos temblando desastrosamente, con lluvia empapando su camisa. Lo inunda un alivio incontenible que se transforma en cálida alegría cuando Dinamarca no desaparece bajo sus manos como lo hace en sus sueños e hipando, entierra su cara en el hueco en su cuello mojado. "E-Estas bien…"
Los brazos de Dinamarca se cierran alrededor de él y lo estrechan en un abrazo, que en cualquier otro momento le hubiera parecido demasiado apretado, mientras una de sus manos sostiene su cabeza, corriendo sus dedos por su cabello. "Peter," exhala calladamente. "Peter, estas…." Se aleja lo suficiente para poder tomar la cara de Sealand en sus manos mientras su ojo bueno lo miraba de arriba abajo, evaluándolo con incredulidad antes de sonreír ampliamente y llevarlo de nuevo a sus brazos, meciéndose con él y riendo con su rostro en el hombro del niño. "¡Mierda, Peter!"
Mientras Peter está ocupado agarrándose a él y llorando en su abrigo, el resto comienza a salir de sus escondites y pronto un círculo se forma alrededor de ellos, ojos mirando con sospecha el rifle en el suelo y la mochila grande en la espalda de Dinamarca. Antes de que Peter pueda siquiera recuperar el aliento, una de las encorvadas veteranas del refugio se adelanta y agarra a Dinamarca por el cuello de su abrigo, jalándolo hacia atrás lo suficiente para llamar su atención.
"¿Quién eres?" Sus ojos se entrecierran cuando Dinamarca la ignora, sacudiendo su mano de su hombro y volviendo a sostener a Sealand contra su pecho. Ella frunce el ceño y le da un empujón bruscamente. "¡Te hice una pregunta! "Ladra. "¿Qué haces aquí?"
Dinamarca se gira y lanza una mirada penetrante. "¿Te importaría? "Gruñe y aprieta más al chico contra él. "No sé si se haya dado cuenta, pero estamos teniendo un momento aquí."
Ella lo mira punzantemente y mueve su cabeza en dirección a las puertas del búnker. "No te puedes quedar." Escupe las palabras con enojo. "No hay suficientes camas y no hay suficiente comida." Patea su rifle de regreso a él, deslizándolo hasta que choca con sus huesudas rodillas. "Sal de aquí"
"¡No!" Peter se sacude a Dinamarca de encima, escapando de la seguridad de su abrazo, para pararse delante de él protectoramente. "P-Por favor, no necesita…puede quedarse con mi cama y parte de mi comida y-y…" Tose, haciendo un sonido húmedo, y frota sus manos en sus ojos hundidos. "Déjelo quedarse "Se acerca y toma la mano de Dinamarca, ayudándolo a levantarse y aferrándose a su brazo. "Por favor, deje que se quede"
La mujer los mira fijamente a ambos y cruza sus brazos sobre su pecho. "¿Qué relación tienes con él?" Le dirige una mirada de maliciosa incredulidad al danés, pero él no hace caso mientras pone su mano sobre el hombro de Sealand. "Dame un buen motivo para no tirarlo de regreso a la lluvia."
Peter traga saliva con pesadez y aprieta la mano de Dinamarca. "E-Es…" Muerde su labio y se para más cerca del hombre. "Es mi tio."
Hay una pausa en la que la mujer los examina a ambos y Dinamarca envuelve los hombros del niño con sus manos unidas aun, regresándole la mirada en una silenciosa lucha de voluntades. Luego de un momento, su cara se tuerce con desprecio y hace un movimiento desdeñoso con su mano.
"Está bien. Puede quedarse esta noche." Su mano se cierra en un puño y con la otra apunta directo a él. "Pero no te quiero ver aquí en la mañana. ¿Comprendes?"
Dinamarca frunce el ceño. "¿Quién carajos murió y te hizo jefa?"
"Mitchell Donnoven," Replica tensamente. "No puedes pararte de su cama, no hables con nadie, no toques nada. ¿Quedó claro?"
Los brazos de Dinamarca siguen abrazando a Sealand. "Como el cristal"
"Bien." Da media vuelta y comienza a caminar de regreso a su lugar en el búnker, pero cambia de parecer e intenta volver para adueñarse del rifle en el suelo. Sin embargo, Dinamarca es más rápido que ella, y fácilmente lo pone fuera de su alcance.
"No lo creo," dice en un gruñido, sonriendo satisfactoriamente cuando lo mira furiosamente. "Me costó demasiado tiempo encontrarlo como para dejar que te lo quedes. Es mío, y también esta." Le da una palmada a la mochila en su espalda. "Y si encuentro a cualquiera de ustedes tocándola," Señala a Peter. "O a él o cualquiera de sus pertenencias, destrozare sus caras antes de que se enteren que está sucediendo." Les sonríe confiadamente, inclinando su cabeza hacia un costado. "¿Quedó claro?"
Se da la vuelta, furiosa y sigue caminando.
"Como cristal."
Peter guía a Dinamarca a su catre cerca de la pared, ignorando fácilmente las miradas fijas de los demás residentes, y lo obliga a sentarse luego de que se quitara sus botas y abrigo húmedos, dejándolo en un par de pantalones viejos y un suéter raído. Se deja caer en el borde de la cama y observa sin dejar de sonreír como Sealand se hace un lio preocupándose por él, ni siquiera cuando hace el esfuerzo de cubrirlo con una manta y poner su abrigo a secar en el travesaño bajo su cama.
"No puedo creer que estés vivo…" murmura. "¿Cómo saliste de Inglaterra?"
Peter se agacha a esconder las botas de Dinamarca bajo su abrigo. "No sé." Se vuelve a enderezar mientras se quita su mochila de la espalda. "No recuerdo nada. Uno de los botos me recogió y me dejó aquí." Abre su maleta para sacar una caja de barras energéticas, pero la mano de Dinamarca lo detiene.
"Toma, puedes quedarte con esto, "dice, y se inclina a recoger su propia mochila, abriendo el cierre y sacando una lata sin etiqueta de ahí. Sonríe ampliamente y cruza sus piernas, señalando su regazo para que Sealand se siente en lo que el busca una cuchara en su bolsillo. "Es un regalo."
Peter asiente y guarde de nuevo su bolsa, encaramándose en las piernas de Dinamarca, su espalda recostada sobre su pecho, sonriendo cuando el danés los cubre a ambos con la manta, mientras el intenta quebrar una cara de la lata.
"¿De qué es?" pregunta.
Dinamarca se encoje de hombros. "¿Quién sabe?" Recarga su mentón suavemente en la cabeza de Sealand. "Algo genial, de seguro." Peter puede sentir su mandíbula girando para formar otra sonrisa. "Pero no me importa lo que sea. Este día no podría ser mejor."
La parte de arriba de la lata se suelta y Peter da un vistazo al interior, sus manos volando rápidamente a cubrir la abertura, una expresión de pánico capturando su rostro al instante. Dinamarca parpadea, sorprendido. "¿Qué sucede?"
Peter sacude su cabeza. "No podemos dejar que nadie vea esto," dice en un susurro. "Hay gente aquí que nos mataría por algo de esto."
Dinamarca se detiene, y luego de un momento, jala la manta sobre sus cabezas y se recarga en la pared para cubrirlos completamente. "¿Qué tiene la lata?"
"Espagueti." Voltea a ver a Dinamarca, con sus ojos abiertos como platos. "¿Dónde lo encontraste?"
"En una gasolinera quemada en las afueras de Bern."
Peter boquea en shock. "¿En Suiza? ¿Cómo lograste-?"
Dinamarca lo interrumpe y pone la cuchara en su mano, el suave cuero de sus guantes contrastando la dura piel de las manos de Sealand. "Podemos discutir eso después," dice y envuelve los dedos del chico alrededor del utensilio. "Come. Estas incluso más flaco que antes."
Peter toma la cuchara y la sumerge en los helados fideos, asistiendo despacio. "Tú también."
Dinamarca se levanta de hombros y, a través de su camisa, el niño puede ver las protuberantes clavículas del danés moviéndose por encima del trozo de tela. "Igual sigo siendo más grande que tú." Bromeó. Llevo su brazo alrededor de la cintura de Peter y se volvió a acomodar en su cabeza. "Ahora come."
Sealand gira la cuchara hasta que logra recolectar algunos fideos. "Okey." Dice, mordiendo su labio. "Pero solo si tú también comes. Podemos compartirlo."
Solo hasta que Dinamarca asiente Peter comienza a comer. Después de tantos meses de insípidas raciones, los endulzados y algo gomosos fideos son como nada que haya probado antes; casi había olvidado el toque acido de los tomates y el cortante sabor de la sal, y la suave resistencia de la pasta entre sus dientes es un bienvenido cambio de las secas barras que se desmoronaban en las manos a las que se ha acostumbrado. Dinamarca ríe por lo bajo viendo a Peter devorar la lata y entre los dos, el espagueti se termina en menos de un minuto. Sealand esconde la lata en su bolsa antes de que alguien pueda verla, pero sin salir de su fuerte de sábanas.
Aunque apenas fue media lata, Peter se siente lleno por primera vez en más de un año.
Dinamarca se vuelve a tumbar de lado y Sealand sigue su ejemplo, enrollándose a su lado y tomando el frente de su arrugada camisa en su mano. Sigue un poco mojado y huele a sudor y humo, aunque no del tipo químico. No puede reconocerlo por completo, pero le recuerda a Sealand un poco de una fogata. Como las fogatas que solía hacer con…
Peter traga pesadamente. "Um…"
Dinamarca envuelve sus brazos alrededor de Peter e inclina su cabeza para poder verlo. "¿Qué sucede?"
"¿Has…." Sus dedos aprietan el pedacito de tela del suéter de Dinamarca. "¿Has encontrado a alguien más?" pregunta suavemente.
Dinamarca hace una larga pausa, deteniéndose a exhalar lentamente; es un sonido bajo y traqueteante. "Algunos," dice después de un momento. "Encontré a España en Nápoles… perdió una pierna pero está arreglándoselas."
"¿Estuviste en Italia?"
Asiente. "Solo por un tiempo. Feliciano sigue por ahí, pero Romano está muerto." Exhala con pesadez de nuevo. "Mónaco estaba con ellos y estaban intentando sacar gente de los escombros del Capitolio. Habían escuchado un rumor de que Prusia y Alemania seguían vivos así que…." Desvía su mirada un poco. "Así que aquí estoy."
"Pero no has encontrado a…"
"No." Dinamarca lo interrumpe. "Nadie de los que queremos encontrar." Abraza a Sealand más tensamente y lo acerca a su cuerpo.
"Oh."
Dinamarca pone su mano cubriendo la nuca de Peter y lo guía cerca para enterrar su cara en el cabello del niño. "No pienses en eso ahora." Dice suavemente. "Has tenido mucho tiempo solo para pensar en todo eso. Te explicaré más en la mañana ¿está bien'"
Sealand mueve la cabeza en asentimiento y talla sus ojos. "Está bien."
Pasan algunos momentos intentando acomodarse, aun debajo de su cubierta y Peter intenta lo más que puede ignorar el olor de fogata y el hecho de que siente las costillas de Dinamarca en su brazo mientras él lo envuelve protectoramente con su cuerpo. Levemente, Sealand percibe un traqueteante sonido ahogado viniendo del pecho del danés, pero decide concentrarse en el latir de su corazón, un recordatorio sólido de que seguía ahí. No le importa que su camisa sigue húmeda o de que su abrazo es asfixiante; la calidez que emana de ambos y queda atrapada entre las sábanas es mucho más reconfortante, y por primera vez desde La Calamidad, Peter se siente seguro. No protegido u oculto, si no verdaderamente seguro.
Arrastra su mano hacia abajo, hasta que se une con la del otro, y toca sus nudillos con las puntas de los dedos. "¿Dinamarca?" murmura.
"¿Mm?"
"¿Um…podrias…uh…" titubea. "¿Puedes quitarte tus guantes un momento?"
Dinamarca se ve dubitativo pero asiente y, algo impedido por su posición, estira su mano para quitarse el guante y lo guarda en su bolsillo, estirando sus dedos mientras Peter extiende su mano y la envuelve en la suya, una de ellas varias veces más grande que la otra, que se cierra en torno a la de Peter. Cierra sus ojos y respira profundamente, las comisuras de su boca pintándose en una sonrisa cuando siente las rasposas manos del danés cubriendo sus nudillos, una sensación familiar que lo envuelve repentinamente. Es una cosa tan pequeña, tan insignificante, pero hace que Peter quiera llorar de nuevo.
Las manos de Dinamarca están cubiertas de callosidades.
