CAPITULO 2

2017

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Edward levantó la mirada de su comida para ver a un pequeño niño parado en la ventana del restaurante, se veía que era un niño de la calle, su ropa rota y sucia, su carita llena de tierra, sus ojitos cansados y esa mirada de hambre que le partía el corazón, él sabía lo que era sentirse impotente, sabía lo que era sentir hambre, sabía lo que era pensar "¿hasta cuando voy a seguir sufriendo?", levantó la mano y llamó al camarero, sabía que no dejarían entrar al niño al restaurante, era uno muy lujoso y la gente que lo frecuentaba era muy pretensiosa.

-Se le ofrece algo, señor? – le preguntó el hombre con su acento británico bastante mas marcado de lo normal, Edward frunció los labios, era tan fácil darse cuenta cuando alguien se creía mejor que otros, tan solo remarcaban mas el acento y caminaban como si tuvieran un palo en el culo. Negó lentamente apartando ese pensamiento de su cabeza.

-Puedes traerme dos órdenes de bistec al punto, ensalada de patatas, y una botella grande de agua? - el camarero le mira confundido y luego ve su comida que apenas ha empezado a comer – y que sea para llevar. – el hombre asiente lentamente anotando el pedido y se aleja. Edward vuelve a mirar al niño en la ventana y se pregunta "¿Por qué se sigue torturando con la vista de las comidas que no puede tener?" Edward siempre fue mas realista.

Comió lo mas rápido que pudo y cuando llegó la comida empaquetada pagó con la tarjeta platino antes de irse. Al salir del restaurante miró al niño que seguía en la ventana, el pequeño estaba descalzo y sus pantalones rotos y muy desgastados. De nada valía darle dinero, alguien más iba a quitárselo pero por lo menos podía llenarle el estómago para que durmiera sin hambre esa noche. Se acercó al niño que lo miró con miedo, no debería tener más de seis añitos.

-Tienes hambre? – le preguntó serio, el niño solo asintió lentamente y con miedo. Edward le tendió la bolsa que le niño tuvo que cargar con ambas manos, era muy pesada para él. El pequeño lo miró asombrado – no dejes que te la quiten, escóndete y come algo, guarda un poco para más tarde.

-Sí, señor – y sin más el pequeño niño salió corriendo hacia un callejón. Edward cruzó la calle y se fue directo hasta su bugatti negro mate y quitando la alarma se subió.

Condujo desde su restaurante favorito hasta la casa de sus padres, desde que las pesadillas volvieron él se mudó a la casa grande abandonando su mini mansión por completo, ya tenía dos meses quedándose con ellos, a Carlisle y a Esme no les importaba recibir y convivir con su hijo menor nuevamente, en realidad era algo maravilloso para ellos, pero ambos sabían que no era normal, a su hijo le estaba pasando algo malo otra vez, no es usual que un joven de veintisiete años que vive solo desde los veinticinco vuelva a casa de sus padres sin decir una palabra.

Edward se detuvo en una señal de stop y vio como un chico de unos quince se acercó a limpiar el parabrisas con agua de jabón, él no le dijo nada a pesar de que había lavado su auto esa misma mañana, era un chico necesitado y mientras él pudiera ayudar, lo haría. Cuando el chico hubo acabado él le tendió dos billetes de veinte libras, el chico lo miro asombrado y desconfiado, Edward solo le sonrió.

-Úsalos bien, no lo desperdicies – y arrancó para dar la vuelta en la calle hacia la zona de lujo de Harrington, siguió conduciendo por unos diez minutos mas mientras veía la zona cara de suburbios y suspiraba, quizás todo lo que le pasó era por una causa o razón de peso mas grande, quizás él debía sufrir para ver la vida de otra forma, estaba claro en que no todo era color de rosa, pero tampoco sabía que tan oscuro podía ser el mundo.

Ni siquiera todos los años que ha tenido en terapia han podido alejar las pesadillas que todavía lo asechan, las sombras que aun lo persiguen, los dolores que todavía siente, a pesar de que todo está en su cerebro, todo es psicológico pero aun así todavía siente el dolor, la ansiedad, el miedo. Por esa razón fue que volvió a casa de sus padres, ese lugar es una gran manta de calma para él, ahí se siente seguro, se siente a salvo. A pesar de tener una mini mansión de lujo en uno de los suburbios del sur mas seguro de la ciudad, al despertar de una pesadilla no se siente seguro, no confía.

Edward recuerda todo como si hubiera ocurrido todo esa misma mañana. La diferencia es que ocurrió hace mas de veinte años y él ya no es un niño indefenso, pero aun así sabe que no puede borrar años de tortura de su mente, y menos cuando están grabadas en su piel de manera permanente. A pesar de que se juró a sí mismo no volver a pensar en lo ocurrido, no puede evitar recordarlo y cada vez lo recuerda con mas claridad, con cada pesadilla se incrementa la ilusión de volverlo a vivir.

Tan solo tenía cinco años cuando su madre lo llevó a su primer día de colegio, él era un pequeño niño genio que iba a empezar a estudiar en una escuela para cerebritos, todo pasó demasiado rápido, ella solo se estaba despidiendo de él con muchos besos cuando una camioneta negra aparcó y se bajaron cuatro hombres con grandes armas apuntándole a todos. Tomaron a diez niños, fueron arrancados de los brazos de sus padres, incluyéndolo a Edward, que fueron arrojados dentro de la camioneta, luego sintió un pinchazo en su brazo y cayó en la inconciencia.

Cuando abrió los ojos se vio rodeado de una tenue luz estaba dentro de un cuarto de paredes negras todas arañadas y sucias, el piso de cemento estaba manchado de comida y rojo, lo que al parecer para un niño, era solo jugo. Habían otros quince niños mas con él en ese feo lugar. La puerta de hierro fue abierta y un gran tazón de arroz cocido casi quemado fue arrojado dentro de la habitación salpicando el piso. Varios niños que al parecer ya llevaban días ahí corrieron hacia el tazón peleando por comer.

Edward y los otros niños recién secuestrados solo se dedicaban a mirar asustados a los otros niños que estaban sucios, demasiado delgados y hambrientos. Muchos de ellos comenzaron a llorar, otros solo se cerraron en sí mismo al igual que hizo Edward, él solo se agazapó en una esquina, rodeó sus brazos por sus piernas y se dedicó a mirar a todos. Rato después la puerta volvió a abrirse, un hombre grande y lleno de cicatrices en el rostro entró, los niños sucios corrieron a las esquinas, el hombre sonrió con malicia y tomó a una niña por el cabello.

Ella comenzó a gritar y a llorar, pedía que la soltara, él no hizo caso, solo la empujó fuera de la habitación y cerró la puerta. Edward contó los segundos como le había enseñado su padre y sumando todo contó cuarenta y siete minutos, la puerta volvió a abrirse en ese lapso de tiempo y la niña a la que se habían llevado fue tirada dentro, cayó desmayada en el piso con su cara golpeada y sangre en su vestido, Edward no sabía lo que pasaba, no entendía nada pero sabía que mientras menos llamara la atención, mas probabilidades tenía de salir ileso.

Habían pasado muchos días, demasiados para contarlos, él ya era uno de esos niños sucio y con hambre. Cada vez que la puerta se abría era uno de los primeros en correr al tazón de arroz, comía todo lo que podía para no tocar la parte quemada, a veces solo no comía, sabía cuándo la comida era una trampa para dormir a los niños y llevarse a varios, unos regresaban golpeados y heridos, otros simplemente no regresaban. Sabía que había tenido demasiada suerte, ya era un niño mas grande, mas astuto pero aun así no pudo librarse de la maldad.

Habían pasado setecientos cincuenta y tres días, ya Edward tenía siete años, aunque no lo sabía con exactitud, él solo hacía una pequeña raya a la pared cada vez que caia la noche, se daba cuenta por la minúscula ventana de la asquerosa habitación. Se dijo a sí mismo que ese día era su cumpleaños, que era grande, ya tenía la edad suficiente para buscar la forma de escapar, fue una mala idea. Ese día, por estar planeando algún escape, no se dio cuenta que el tazón de comida era un trampa y él fue el primero en correr hacia este.

-Te tengo, niño – gruñó la voz del hombre de las cicatrices. Era un logro para aquel hombre que no lo había logrado capturar en dos años en aquella pequeña habitación. Edward se sentía mal por los demás niños pero solo se trataba de sobrevivir, y él quería salir de ahí. Pataleó, golpeó y empujó todo lo que pudo, fue en vano, el hombre grande, gordo y con cicatrices ya lo tenía.

Fue llevado por un pasillo poco iluminado hasta un salón completamente blanco, ahí un doctor le sacó sangre e hizo unas pruebas, estuvo retenido en ese lugar casi por una hora. Cuando el doctor volvió el solo pudo entender palabras como "Es compatible" "llévenlo a quirófano" "no lo maten" Edward estaba demasiado asustado, su papá era médico y sabía que cuando alguien iba a quirófano iban a abrirlo para arreglarle algo, pero él estaba bien, no le dolía nada. Recordó aquel documental de tráfico de niños que vio con su hermana mayor y pensó lo peor.

"Van a sacarme algo"

"Van a vender mis órganos"

"me van a matar"

Esas palabras en la cabeza de un pequeño niño impactan mas que una bala en el corazón, saber que ya no tienes esperanzas para vivir, que tu vida se resume a sufrir y morir en un lugar olvidado. Recordó como en el documental los cuerpos de los niños eran encontrados años después, mutilados y sin muchos de sus órganos, solo eran huesos y gusanos, él no quería terminar así. Sintió un pinchazo en su brazo y luego se durmió.

Cuando Edward despertó sentía que le dolía todo, los brazos, las piernas, el cuello y sentía un horrible dolor en el torso, quiso tocarse el estómago para ver que era pero sus manos y pies estaban amarrados, trató de levantar la cabeza pero también le dolía y estaba muy mareado, estuvo en un estado semi consciente por días hasta que lo dejaron de nuevo en la habitación de paredes negras, cuando levantó su camisa divisó una enorme cicatriz en el lado derecho de su estómago, la tocó, no era reciente, ya estaba curada, no sabía cuantos días estuvo ahí pero sabe que algo le quitaron.

Edward sacudió la cabeza para tratar de borrar esos recuerdos y aparcó el auto justo detrás del auto de su hermana mayor. Se bajó y entró a la casa escuchando la música alta y el olor de la parrilla, sonrió sabiendo que su cuñado y mejor amigo estaba ahí haciendo de la casa de sus padres lo que quisiera. Era un respiro de aire fresco, Emmett era como otro hijo para los Cullen, un hijo al que Edward le tomó mucho tiempo aceptar, no fue fácil volver y verse reemplazado por otro chico.

-Hey, Edward! – este sonrió al oír la voz estridente de Emmett McArty, un enorme tipo que jugaba futbol y estaba casado con su hermana desde hacía un año. – te estabas tardando, ve a cambiarte, hoy es día de piscina y parrilla. Te tocan las bebidas.

-En seguida vuelvo – dijo mirando a Emmett en pantalones playeros y sin camisa, su hermana tenía un bañador de una sola pieza rojo tipo salva vidas y su padre tenía pantalones bermudas y una camiseta. Al entrar a la casa se topó con su madre que iba saliendo con una bandeja llena de carne para asar y cubiertos – hola, mamá – le saludó Edward dándole un beso en la cabeza, Esme sonrió dulcemente, amaba a su pequeño mas que a nada en el mundo, era su consentido a pesar de que le llevaba unas dos cuartas de estatura.

-Hola, mi príncipe – le dijo ella con cariño, ese siempre fue su apodo y ella sabía que ahora necesitaba más amor, sabía que algo le pasaba a su pequeño, aunque nunca supo que pasó mientras estuvo secuestrado, o no supo la mayoría de las cosas que le pasaron, él nunca lo habló con sus padres, solo con terapeutas que aun seguía frecuentando. Esme solo le daba mas amor cuando sabía que su hijo lo necesitaba. – listo para la parrillada? – le preguntó mirándolo con adoración, Edward le sonrió, le gustaba el cariño excesivo de su madre, lo mantenía con los pies en la tierra.

-Casi, voy a cambiarme y vuelvo – Ella asintió y Edward siguió su camino hasta su habitación en la segunda planta. Entró a su armario y buscó un par de pantalones playeros rojos y una camiseta blanca, nunca le ha gustado que lo vean desnudo o que lo vean sin camisa, tiene demasiadas cicatrices en el cuerpo, prefiere evitar las miradas curiosas y de lastima, por eso mismo no hay espejos en ninguna parte de la casa, excepto en la habitación de Rose, la de sus padres y el baño de invitados, el resto de la casa está libre de ellos.

Cuando estuvo listo salió de su habitación y se fue hasta el patio, el día en familia siempre le hacía olvidar los malos recuerdos aunque sea por un rato. Su familia siempre le reconfortaba y por mas que su padre y su mejor amigo le preguntaron que fue lo que ocurrió en aquellos años oscuros y él se negó a contestar, siempre han estado ahí para él, siempre lo han apoyado y lo han alentado a que siga con su vida, ahora es un hombre libre, un hombre fuerte, decidido y con ánimos de seguir viviendo. Tiene una gran familia que lo ama y le da mucho amor, lo valoran y lo aman

A pesar de estar completamente roto por dentro.

-Hijo, necesito un favor tuyo – Edward levantó la mirada cuando oyó a su padre, él estaba haciendo las hamburguesas con Emmett mientras su padre hacia la ensalada con su madre.

-¿Qué será? – pregunta mientras voltea una de las carnes de hamburguesa.

-En dos días tenía que ir a america, hay una empresa en venta y de verdad que quiero comprarla, es un precio bastante razonable, parece mucho pero la empresa es la numero uno del país así que me gustaría que fueras por mi. – Edward lo mira frunciendo el ceño.

-Por qué yo? – pregunta sin entender, su padre es el presidente de las empresas Cullen, mientras que él es el vicepresidente. Cullen Co. Se dedica a la compra venta de empresas y dependiendo de su productividad las desmantelan o las hacer resurgir, es un trabajo constante y cansado pero muy lucrativo.

-Hijo, tu padre está viejo – le dice Carlisle con una sonrisa triste – y con la arritmia de hace una semana el doctor me ha impedido montarme en aviones, y mas si son distancias tan largas. Puedes hacerlo por mi? – Edward le sonrió con tristeza. La mención de que es un hombre viejo no le gusta, perder a su padre es una de las cosas que jamás quiere experimentar, ya ha perdido mucho en su vida, órganos vitales, esperanza, felicidad, orgullo y hasta dignidad, perder a su familia es lo último que quiere experimentar.

-No digas eso, no estás viejo. Y claro que sí, yo iré – la tarde y la noche pasaron en un abrir y cerrar de ojos, se bañaron en la piscina, comieron hamburguesa y carne asada con ensalada, bebieron un poco de cerveza y luego todos se fueron a la cama.

Cuando Edward se halló acostado en su, poco iluminada, habitación, se maldijo por su falta de autoestima. Justo ahora su padre estaba acostado junto a su madre y su mejor amigo estaba acostado junto a su hermana que es su esposa, él no tenía a absolutamente nadie, su autoestima lo había abandonado hace mucho tiempo, su orgullo salió por la puerta y jamás regresó después de que tuvo que comer su comida directamente del piso sin tocarla con las manos y su dignidad desaparecido cuando le arrebataron su virtud a la fuerza.

Son malos recuerdos, horribles recuerdos pero son difíciles de sacar de su cabeza. Aún recuerda cuando tenía diez años, seguía siendo un prisionero, no recuerda cuantas veces fue operado, la mayoría de las veces las operaciones fueron reconstructivas, cada vez que lo agarraban tratando de escapar le propinaban una golpiza que le dejaba huesos rotos y ganas de morirse, nunca lo dejaban morir, no lo dejaban marchitarse, decían que era valioso, las palabras que mas escuchaba era…

"Va a ser un excelente candidato"

"Nos servirá para la mafia"

"Tiene valor pero eso se arregla"

"es guapo, servirá para Dom"

"Dom necesita nuevos niños"

"Aún es joven, consérvalo para Dom"

"no golpeen su cara, él es de Dom"

Tan solo recordarlo le causaba escalofríos, la simplemente mención de "Dom" le causaba un dolor indescriptible que le hacía querer tirarse al piso y acurrucarse en posición fetal y llorar hasta secarse. Debido a ello ahora no tiene nada que lo haga parecer merecedor de una pareja, de una mujer, y si lo ven con las cicatrices sería peor, huirían de él. Prefiere evitarse una vergüenza y quedarse solo. Con ese ultimo pensamiento se quedó dormido hasta la mañana siguiente, gracias a Dios sin pesadillas.

A la mañana siguiente Edward se fue directo al baño, se había levantado con una muy dura erección que no lo dejaba caminar. No era la primera vez que despertaba así, cuando no tenía pesadillas podía levantarse con una semi erección, aunque habían días que despertaba tan duro que necesitaba liberarse masturbándose, lamentablemente no podía hacerlo, a pesar de los años de terapia él no podía tocarse sin sentir repulsión por si mismo.

Una sola vez lo intentó, estaba tan duro y la necesidad de tocarse era tan intensa que no se resistió, se había metido a la ducha, había puesto el agua tibia, tomó un poco de vaselina y se acaricio con lentitud, con calma, fue relajante, fue excitante, era la primera vez que sentía un toque gentil en su cuerpo, naturalmente eran tratos bruscos y malos. No pensó en nada, tan solo se avocó a las sensaciones en el vientre, a los espasmos y al vaivén de su mano acariciándose. Se corrió duro, fuerte y con mucha intensidad, gimió y se apretó el glande mientras se corría, cuando miró hacia abajo vio lo apretado que tenía su pene entre su mano, el semen en el piso dispersándose con el agua y la sensación de culpabilidad por gustarle la sensación de brusquedad en su cuerpo, no debía, era malo, era asqueroso. Se tiró al piso y lloró por mas de una hora.

Abrió el grifo del agua fría y se metió bajo el agua helada, con suerte eso bajaría su erección. Esa era su rutina, bajar las malditas erecciones que no era capaz de tocar, salió veinte minutos después de la ducha un poco mas relajado, ya no había erección y estaba listo para comenzar el día. Se metió al armario y sacó unos vaqueros negros, una camisa de lino y una chaqueta casual negra, se puso unos zapatos casuales y peinó su cabello con sus manos.

Por su cabeza no pasó ni un segundo verse en un espejo, no podía, no debía. Había visto demasiada mierda, demasiado dolor, demasiada impotencia en esos reflejos que quedó traumado, quizás para toda la vida, confiaba en las palabras de su madre en cuanto a su aspecto, para él estaba mas que bien. Bajó las escaleras y se fue directo a la cocina, ahí ya estaban sus padres, su hermana y su cuñado desayunando.

-Buenos días, familia! - saludó sonriéndole a todos. Besó la frente de su padre que se hallaba desayunando mientras leía el periódico, beso la mejilla de su hermana que estaba junto a su padre, abrazó a su madre y besó su cabello, inclusive besó a Emmett en la cabeza para sentarse a su lado, le gustaba dar mucho cariño para recibirlo.

-Buenos días, hijo. Desayuno? - dice su madre mientras le sirve un plato. Edward asiente.

-Amaneciste de buen humor, hermanito - Sonríe Rose mientras se sirve un poco mas de comida, algo que asombra demasiado, inclusive Emmett se asombra al verla comer mas.

-Al parecer tu también, Rosi - murmura Edward mientras empieza a devorar su desayuno.

-Hey, broh. Que te parece si vamos al bar mas tarde, Rosi ya me dio permiso. - Edward lo mira enarcando una ceja, Carlisle se ríe.

-Necesitas el permiso de mi hija para salir? - pregunta Carlisle de manera burlona.

-bueno, tu también los necesitas de tu esposa - contraataca Emmett.

-Yo no nece... - se detiene al escuchar un carraspeo que viene de Esme que está mirándole con una ceja enarcada y semblante burlón - mejor me callo. - Edward y Emmett ríen a carcajadas. - por cierto, hijo. Necesito que salgas hoy a américa.

-Por qué? Pensé que era mañana? - pregunta serio deteniendo el vaso de jugo a medio camino de su boca.

-me ha llamado el abogado de la empresa. Tienen dos ofertas mas en puerta que si quería mantener mi oferta que adelantara la reunión. Debes reunirte esta noche con el encargado de la empresa.

-Esta noche? Debo salir ahora? - pregunta con frustración, no le gusta salirse de su zona de confort, le gusta analizar y organizar sus cosas, le asusta actuar espontáneamente y ese viaje es jodidamente espontaneo.

-se que te pido mucho haciendo esto de repente pero... Si no fuera importante no te lo pediría. - la mirada de Carlisle era suplicante y Edward se sintió mal enseguida.

-Está bien, déjame reorganizar mi agenda. - Edward sacó su teléfono para buscar su aplicación de organizador - dime a que hora sale el vuelo, la hora de la reunión, donde voy a quedarme y con quien me reuniré.

-Entonces no iremos al bar? - la mirada de Emmett era triste - pasé una semana pidiendo permiso! - exclamó indignado.

-para la semana siguiente te parece bien? - le preguntó Edward mirando su agenda, tampoco iba a ir a ese bar hoy, no estaba en su agenda, no improvisaba y menos en un bar. Emmett se encoge de hombro y asiente mientras toma un gran bocado de gofres con miel.

-El vuelo sale a las nueve - Edward miró su reloj, tenía una hora para empacar e irse - te vas a hospedar en el Hilton, la reunión será en La Nova Rosa un restaurante italiano que queda a unos diez minutos de camino, una limusina pasará por ti a las ocho de la noche, te dará chance de descansar y organizarte allá.

-Bien - asiente Edward anotando todo - con quien me reuniré?

-James Witherdale.

-perfecto. Voy a empacar, si tienes algún otro detalle, dimelo. - Carlisle asiente y ve como Edward se aleja escaleras arriba luego de acabar su desayuno. Sabe que su hijo no ha superado sus traumas pero se siente orgulloso de que sepa sobrellevarlos.

Edward entró al armario y tomó la maleta mas grande, guardó varios trajes, ropa interior, zapatos, pijamas y ropa casual, no sabía cuanto tiempo iba a quedarse en New York y eso le desagradaba "Maldita sea mi obsesión por controlarlo todo" pero no era su culpa, era una de las tantas formas de sobrellevar sus pesadillas y traumas. Cerró la maleta y bajó las escaleras, ya su padre lo estaba esperando con las llaves del auto en la mano, sabía que iba a llevarlo, él conocía su trauma a viajar en avión.

Justo ahora solamente era una angustiosa ansiedad controlada, nadie más que su terapeuta y él sabían el terror que le tenía a volar. Mientras estuvo secuestrado no conoció más que la habitación donde estaban todos los niños y el quirófano, pero la primera vez que fue sacado de ese lugar fue montado en un avión para llevarlo con "Dom" su vida jamás volvió a ser igual, vivía más en aviones que en tierra y fue humillado y torturado de tantas formas que solo con ver uno entraba en pánico.

Con mucha ayuda de terapeutas pudo mitigar un poco ese miedo y terror hacia los aviones, no era capaz de montarse en un jet privado pero si en un avión comercial, uno donde haya mucha gente, donde no se encuentre solo nunca. Su padre lo dejó en el aeropuerto con unos veinte minutos de sobra, se despidió de él con un abrazo y le prometió llamarlo al estar en New York. Carlisle miró a su hijo entrar al aeropuerto y rezó para que todo fuera bien, para que pudiera subir al avión sin miedo y para que algún día superara sus temores, esos de los que nunca jamás tendrá idea, de esos que jamás ha llegado a imaginar.

Edward subió al avión, tenía un puesto en primera clase, estaba sudando y sentía algo de ansiedad pero fue calmándose al ver la gente subir y llenar los asientos vacíos. Edward quería, añoraba y esperaba algún día superar sus temores, no podía negar que tenía una familia amorosa, cariñosa y dispuesta a todo por él pero nadie sabía lo que él sufría en silencio, todo lo que lloraba, todo lo que lamentaba. Quería vivir sin miedos, quería ser alguien normal, alguien común.

"Es triste pensar que jamás voy a ser feliz de verdad"

ummmm...

Hola?

eeeeh, no se como empezar.

quizá pidiendo disculpas por haber desaparecido de aqui por... no se.. mas de aun año?

en mi defensa... y se que aun asi no es justificable:

había olvidado que había empezado a publicar esta historia y en serio no me acordaba.

estaba revizando mi historial de escritos y vi que en serio lo abandoné pero tengo mas de la mitad de esta historia. (la unica historia que no perdí)

asi que si deciden quedarse, les prometo que la iré publicando y prometo no desaparecer ni dejarla a medias