Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Historia con OOC(out of character)


[8]


Agresión

Naruto estaba sentado en su carruaje y no podía evitar sentirse irritado por la gran cantidad de tiempo que pasaba preparándose para aquellas visitas nocturnas al club Kiba's. Él jamás había tenido que ceñirse a ningún horario, y ahora tenía que hacerlo cada noche. No sólo debía tener en cuenta la hora de llegar al club, sino también la hora de irse. Hinata insistía en ello. Las tres como máximo. Por lo visto su cutis necesitaba que descansara un mínimo de horas.

Aunque él no atribuía su belleza a la cantidad de horas que dormía. Estaba seguro de que podría pasar una semana entera despierta y seguiría estando arrebatadora. Su hermosura era algo que iba mucho más allá de su piel de alabastro o de su cabello color negro azulado. Era la confianza que irradiaba; parecía estar exigiendo que, de algún modo, cuando un hombre la mirara no viese nada más que perfección.

Naruto había conocido a muchas mujeres guapas, pero nunca se había planteado el motivo por el que se lo parecían. Hinata lo desconcertaba. No era especialmente llamativa y, sin embargo, era incapaz de recordar una mujer que le pareciese más atractiva.

Ni siquiera Sakura se le podía comparar y eso que los rasgos de ésta eran bonitos, por lo que, en principio, ella debería ser la más guapa de las dos. La verdad era que siempre le había gustado mucho contemplar a Sakura, pero cuando miraba a Hinata veía algo más. Algo que no era capaz de identificar, algo que no podía comprender. Pero no se estaba tomando todas aquellas molestias por Hinata. Lo hacía por Sakura. Estaba dedicando a todo aquello un exorbitante cantidad de tiempo por ella.

Antes de pedirle que se casara con él, siempre iba al club Kiba's cuando quería, y aunque no iba vestido como un mendigo, no se molestaba en afeitarse, bañarse y ponerse ropa limpia. Ahora, incluso se cepillaba el pelo y se echaba colonia con aroma a sándalo. Siempre como un pincel.

Ya hacía varias noches que pasaba por ese calvario y, no obstante, Sakura no tenía siquiera oportunidad de darse cuenta. En cuanto llegaba con Hinata a la puerta trasera y recorrían el pasillo privado, ella desaparecía en el despacho de Sakura, cerraba la puerta, y se quedaban allí encerradas en secreto hasta que Hinata volvía a salir, lista para irse a casa.

Él sabía que si pudiese ver a Sakura al llegar, ella le dedicaría una de sus dulces sonrisas, pero a aquellas tardías horas, el aliento de Naruto olía a whisky, tenía el pelo revuelto de tanto tocárselo, y ya no estaba de buen humor; por primera vez en su vida, estaba perdiendo en las mesas de juego. Estaba distraído y no se podía concentrar en los caballeros sentados alrededor de la mesa. Quería saber qué estaba ocurriendo detrás de aquella maldita puerta.

Para añadir más motivos a su irritación, los informes de Gaara no le resultaban de mucha ayuda. Esa tarde, Hinata había vuelto a visitar a la duquesa Ino Yakushi por lo visto, estaba ayudándola a organizar una fiesta, se había comprado un abanico y un paraguas nuevo, y había entrado en una librería, de la que había salido con un paquete que Gaara, con ayuda de unas cuantas monedas, había podido saber que contenía David Copperfield. Según le explicó el librero, lady Hinata Hyuga era una gran admiradora de Dickens.

También se había parado frente al orfanato de Sakura. Se había detenido en la calle y lo había observado. ¿Por qué habría hecho tal cosa? ¿Cómo conocía siquiera la existencia del lugar? Ahora estaban de camino a su casa, y Naruto no sabía más de lo que sabía cuándo la había recogido hacía ya varias horas.

─Bueno, ¿cuándo podré ver algún progreso? ─preguntó con sequedad.

─Cuando estemos preparadas.

─Supongo que a estas alturas ya le habrás enseñado algo.

─Le he enseñado muchas cosas.

─Ponme un ejemplo.

─No le pienso facilitar una lista de nuestros avances. Ya los verá cuando estemos preparadas.

─¿Me podrías dar una fecha estimada de cuándo será eso?

─No.

─Estoy impaciente por casarme con ella.

─Sí, lo sé.

Lo dijo con un suspiro, como si fuese algo que no le importase en absoluto.

─Pensaba que tú estarías igual de impaciente de que me ocupase de tu asuntillo ─le recordó él.

─Lo estoy... lo estaba... lo...

─¿Te lo estás replanteando?

─No, en realidad no. Yo sólo... He oído que Nagato Uzumaki está intentando demostrar que no es usted el legítimo heredero.

¿Qué tenía eso que ver con su acuerdo? ¿Cómo se había enterado ella? ¿Y por qué no se había enterado él? Aun así, no pensaba dejar que se diera cuenta de que sus palabras lo habían cogido por sorpresa.

─Pareces preocupada. Te aseguro que no hay ningún motivo para inquietarse. Ya ha amenazado con hacerlo muchas veces. Normalmente, cuando quiere que le aumente la asignación.

─¿Le da una asignación?

─No sé por qué te sorprendes tanto. No es extraño que un lord se preocupe de los que tiene a su cargo. El conde Jiraya me pidió que me ocupase de ellos, y yo así lo hago.

─¿Remordimientos de conciencia?

─¿Por qué no puede ser un acto de bondad?

─¿Me está diciendo que es usted un hombre bondadoso?

Él se río.

─No mucho. Ya sabes lo que soy, Hinata. O más importante, lo que no soy. No soy el legítimo heredero. No soy el verdadero nieto del anterior conde de Namikaze. Pero él me legó sus títulos y sus propiedades a mí y yo acepté.

─¿No le preocupa que yo pueda acudir a los tribunales a testificar a favor del señor Nagato?

─No me preocupa en absoluto. Ahora tú y yo somos cómplices de un crimen, Hinata. Tú y yo. Si intentas destruirme, caerás conmigo. Tendrás que explicar cuándo te lo conté. Y cuando se sepa que has pasado todas estas noches conmigo...

Dejó que su voz se fuese diluyendo en la aterciopelada noche con la tácita promesa de la represalia. Represalias que jamás llevaría a cabo. Él no era de los que hacían daño a las mujeres. Aunque eso era algo que ella no sabía. Hinata esperaba lo peor de él. Pese a que había momentos en que pensaba que ella era distinta, sabía que en el fondo lo veía igual que todo el mundo: como un canalla, un sinvergüenza, un hombre cuya vida se asentaba en los cimientos del engaño; y tarde o temprano su fachada se desmoronaría...

Él, en cambio, la veía a ella como a... una dama. Aristocrática, elegante. La fragancia a rosas que desprendía había empezado a impregnar sus ropas y se había adueñado de su olfato. Había descubierto que podía olerla también durante el día, y se sorprendía a sí mismo mirando a su alrededor, preguntándose si estaría por allí, si se las habría arreglado para acercarse sin que él se diese cuenta.

Cuando caminaba por las calles atestadas de gente, a veces creía oír su voz entre la multitud. Naruto quería mantener la máxima distancia posible y, sin embargo, ella había conseguido introducirse en su vida. Quería preguntarle tantas cosas... Cómo le había ido el día, de qué había hablado con sus amigas. Quería saber cuál de los libros de Dickens era su favorito. A qué otros autores leía. Qué cosas hacía que Gaara no podía ver. Qué era lo que la hacía más feliz, qué la entristecía.

De repente, uno de los caballos relinchó, el carruaje se tambaleó y luego se detuvo.

─¿Qué diablos...?

─¿Qué ocurre? ─ preguntó ella.

De debajo del asiento, Naruto cogió un bastón que ocultaba una espada en su interior. Nunca se sabía cuándo habría que vérselas con los habitantes de los bajos fondos de Londres.

─Quédate aquí.

Saltó del carruaje y cerró la puerta tras de sí. Era muy tarde y la calle estaba desierta... a excepción de los seis canallas que aguardaban frente a él.

Uno de ellos le había puesto un cuchillo en el cuello a su lacayo, y otro había hecho lo mismo con el cochero. Aunque Naruto los había entrenado a conciencia para evitar justamente eso, imaginaba que aquellos tipos habrían salido de la nada y los habrían cogido por sorpresa.

Era muy fácil volverse confiado.

─¿Esto es un atraco, caballeros? ─preguntó con suma tranquilidad. Desde donde estaba, podía ver que tenían más cuchillos y algunos palos de madera.

─Lo será cuando te hayamos mandado al infierno.

A Hinata el corazón le latía tan fuerte que apenas podía respirar. Levantó un poco la cortina. Había más sombras que luz, pero pudo ver que Namikaze estaba rodeado. Su única arma era aquel bastón.

Entonces, moviéndose a toda prisa, sacó de él un desagradable instrumento en forma de espada.

─Creo, caballeros, que van a ser ustedes los que se reunan con el diablo, no yo. Y atacó al hombre que sujetaba a su lacayo. Éste se las arregló para liberarse y tirar al suelo al asaltante.

Ella se dio cuenta de que el movimiento no había sido más que un truco para distraer a aquel granuja y que su lacayo pudiese soltarse, porque aún no había acabado su embestida, cuando ya se estaba dando la vuelta para atacar al hombre que sujetaba al cochero. Éste le dio un codazo a su captor y evitó el filo del cuchillo con habilidad.

Mientras sus dos sirvientes hacían cuanto podían para deshacerse de dos de los ladrones que los estaban atacando, Namikaze se las tenía que ver con los otros cuatro, que no dudaron en aprovecharse de la injusta situación en la que se encontraba. Hinata supuso que aquella clase de canallas acostumbraban a comportarse siempre así.

El conde alcanzó en el estómago a uno de ellos. Cuando el hombre se agachó hacia adelante a consecuencia del golpe, se le cayó al suelo el largo garrote de madera que llevaba entre las manos.

Hinata pensó que si pudiese cogerlo, podría darle unos buenos coscorrones en la cabeza con él. Antes de que pudiese pensarlo mejor, abrió la puerta y salió...

Namikaze estaba de espaldas y un hombre armado con un cuchillo se le acercaba por detrás.

─¡Noooooo! ─gritó ella.

Sintió cómo un ardiente fuego le recorría la palma y entonces se dio cuenta de que había interpuesto la mano para evitar que el cuchillo alcanzase al conde. El hombre que sujetaba el cuchillo pareció completamente anonadado al darse cuenta de que había herido a una dama.

Hinata observó el reguero carmesí que le teñía el guante, se tambaleó y cayó al suelo.

─¡Vámonos de aquí! ─gritó uno de los asaltantes.

A ella le pareció que alguien gruñía y oyó el eco de unos pasos que se acercaban.

─¿Hinata? Parpadeó.

Naruto estaba arrodillado a su lado. ¿Qué estaba haciendo ella allí, en el suelo? ¿Cuándo se había caído? ¿Por qué de repente estaba todo tan oscuro?

─Te iba a matar ─murmuró. O eso le pareció, porque las palabras parecían proceder de algún lugar muy lejano.

─Ésa no es excusa para ponerte en peligro.

El muy ingrato la cogió en sus brazos y la subió al carruaje. En cuanto la depositó en su interior, entró a toda prisa y se sentó a su lado.

─Toma ─dijo, y ella sintió cómo le envolvía la mano con algo mientras el coche se ponía en marcha.

─Tus sirvientes...

─Están bien.

─¿Qué es esto?

─Mi pañuelo.

─Se va a estropear.

─Cielo santo, Hinata, tienes una herida en la mano. Me importa un cuerno un trocito de tela.

─Tu lenguaje es vulgar.

─Creo que las circunstancias lo justifican.

─Así es.

Él se río. El relajante sonido hizo que ella tuviese ganas de pasarle los dedos por el pelo y asegurarse de que no estaba herido.

─¿Quiénes eran? ─preguntó.

─No lo sé ─contestó él en voz baja.

─Querían matarte.

él no dijo nada.

─¿Por qué? ─ insistió ella.

─Soy un hombre con muchos enemigos, Hinata. ─La acercó hacia sí y le besó la cabeza ─. Pero nunca antes había tenido un precioso ángel de la guarda.

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Continuará...