Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Historia con OOC(out of character)
[10]
Cerca de Ti
Esta noche no.
N.
Hinata estudió la nota que le habían entregado a primera hora de la tarde y luego la comparó con la que debería haber quemado. Parecía imposible que las hubiese escrito la misma persona. La última era más bien un garabato que podría haber escrito su debilitado padre.
No parecía algo que procediese del audaz, fuerte y atrevido lord Namikaze.
Un terror inesperado se apoderó de ella. Cuando Hinata salió del carruaje, él ya llevaba un rato peleando contra aquellos canallas. Había desaparecido entre las sombras y luego había vuelto a aparecer.
Había dado por hecho que estaba ileso, pero tal vez se hubiese equivocado. Podría estar herido. Y de gravedad. Habría sido típico de Namikaze preocuparse por ella y desatender sus propias heridas sólo por parecer valiente y sacrificado a sus ojos.
En aquel preciso momento, podría estar luchando contra una infección, temblando de fiebre, retorciéndose de dolor.
Su escritura indicaba claramente que le ocurría algo. Y su nota era tan contundente, tan seca...
Después de todo lo que habían pasado juntos se merecía una explicación. Y estaba decidida a obtenerla de un modo u otro.
Esperó hasta bien entrada la noche, hasta que la mayoría de las personas decentes estuviesen ya en sus casas. Luego pidió que le llevasen el carruaje a la puerta, e hizo lo mismo que había hecho la primera noche que visitó al conde, le pidió al cochero que la dejase en el parque St. James.
—No hace falta que espere — dijo.
—Milady...
—Estaré bien. —Se fue antes de que el hombre pudiese seguir discutiendo.
Se deslizó por los callejones, se escondió detrás de los árboles y con cuidado se fue acercando a la puerta del servicio. Llamó a ella con impaciencia.
Abrió una corpulenta mujer que llevaba un delantal sobre el camisón. No cabía duda de que era la cocinera: siempre dispuesta para preparar comida en cualquier momento.
—Necesito ver a su señor — dijo Hinata.
—Hoy no recibe visitas.
—¿Está en casa?
La mujer vaciló.
—Tengo que verlo. Es importante. —Hinata pasó de largo rozándola e ignorando sus protestas.
—¡Señor Fitzsimmons! ¡Señor Fitzsimmons! —gritó la cocinera.
Hinata jamás permitiría semejante griterío entre su servicio. Namikaze necesitaba una esposa. Y antes de que ese pensamiento llegase siquiera a completarse, recordó que ésa era ya una de sus prioridades. En caso contrario, ellos dos no tendrían ningún acuerdo.
El mayordomo entró en la cocina y abrió los ojos, sorprendido de encontrarla allí.
—Tengo que ver a lord Namikaze — anunció ella sin más preámbulos.
—Está acostado, señora.
—¿Enfermo?
—No me está permitido dar explicaciones sobre los asuntos de mi señor.
—Debo verlo. Es un asunto de vida o muerte. Me atrevería a decir incluso que lo despedirá si sabe que he estado aquí y que no me ha llevado ante su presencia de inmediato.
El hombre la estudió durante un largo momento: parecía estar planteándose si tenía agallas suficientes para discutir con ella; finalmente, hizo una pequeña reverencia y dijo: —Si es tan amable de venir conmigo...
Ella lo siguió fuera de la cocina y a través de un pasillo.
—Señora...
—Nadie sabe que estoy aquí —lo interrumpió ella, convencida de que intentaría disuadirla de su propósito. También tenía presente que la forma en que se dirigía a ella significaba que no tenía ni idea de la posición que ocupaba en la sociedad. Y eso era una ventaja.
Él suspiró como si aquélla fuese una carga demasiado pesada de sobrellevar. Mientras la acompañaba escaleras arriba, Hinata creyó conveniente preguntar: —Está solo, ¿verdad?
—Sí, señora.
De repente, ella se preguntó qué estaba haciendo allí, además de comportarse como una insensata. La relación de ellos dos era como la de un jefe y un sirviente, y Hinata era el jefe. No, no era así, eran una sociedad. Y necesitaba que él estuviese en perfecta forma física para que pudiese encargarse de su parte del trato. Por eso tenía que ir a comprobarlo, ver qué necesitaba y asegurarse de que lo conseguía.
Cuando llegaron al rellano superior de la escalera, el mayordomo se dirigió por el pasillo hasta una habitación cerrada. Hinata cogió un quinqué de una mesa.
—Si es tan amable de esperar aquí... —empezó a decir el hombre mientras abría la puerta. Pero ella no tenía intención de quedarse fuera y arriesgarse a que Namikaze le ordenase a su sirviente que la echase. Antes de que el mayordomo pudiese anunciarla o comentarle al conde su visita, lo apartó a un lado y entró diciendo:—Sus servicios ya no son necesarios.
Cerró la puerta ante la atónita expresión del sirviente y se dio la vuelta para mirar a la persona acostada en la enorme cama con dosel.
Namikaze estiró de la sábana y se tapó con ella la cadera, pero no logró impedir que Hinata pudiese ver una increíble pierna desnuda, un firme muslo y parte de una redondeada nalga. No llevaba camisa de dormir. Al parecer, no llevaba nada en absoluto.
—¿Qué haces aquí? —gruñó él, presionándose la frente con la mano—. Te he mandado... una nota.
—No te encuentras bien.
Soy muy consciente de ello.
—¿Te hirieron anoche?
—No digas tonterías y vete.
Se acordó de que su padre había sufrido dolores de cabeza durante mucho tiempo hasta que una noche...
—Deberías llamar a tu médico, el doctor Graves.
—Ya ha estado aquí. Sólo tengo jaqueca. Mañana ya estaré bien. Únicamente necesito dormir.
—Lo dices como si ya te hubiese ocurrido antes.
Se acercó un poco a él. Aquella habitación no olía como el dormitorio de un enfermo, no olía como la habitación de su padre. En ella se adivinaba una fuerte y amarga fragancia masculina. Por algún extraño motivo, esa fragancia le resultaba a Hinata mucho más embriagadora que el aroma de las flores.
—Entonces, ¿no te hirieron? —preguntó de nuevo.
—No. — Le costaba respirar.
Ella dejó el quinqué sobre la mesita de noche, luego se quitó la capa, la colocó sobre una silla y se sentó en la cama.
—Esto no es adecua...
—¡Chist! ¿Desde cuándo te preocupas por lo que es adecuado? Tú descansa.
Se inclinó hacia adelante, puso las manos a ambos lados de la cabeza de Naruto y empezó a masajearle las sienes suavemente. Él fruncía el ceño con fuerza y apretaba los dientes. Se podía ver el dolor en sus ojos.
—Estás jugando a un juego muy peligroso, Hinata.
—Nadie sabe que estoy aquí. He tomado precauciones y he sido muy cautelosa. No se ha dado cuenta ni el hombre que me seguía.
—¿Qué? — Naruto dio un salto en la cama, gruñó, se cogió la cabeza y volvió a recostarse sobre la almohada.
Maldición, maldición, maldición — murmuró, respirando con dificultad.
—¿Acaso blasfemar tres veces es más eficaz que hacerlo sólo una? — preguntó ella.
Él se río en voz baja.
—No creo, pero me produce cierta satisfacción. Ahora, háblame... de ese hombre que te está siguiendo.
—Sólo si cierras los ojos y me dejas que haga lo que pueda para aliviarte el dolor. Mi padre sufría horribles dolores de cabeza. Normalmente, le ayudaba aplicar presión en las sienes.
Hinata estaba lo bastante cerca como para ver que Namikaze conocía el dolor. En su cuerpo había pruebas más que suficientes; tenía un montón de pequeñas cicatrices en el rostro, en cada mejilla, en el torso... un torso enormemente atractivo. No soportaba imaginar que él hubiese sufrido. ¿Qué habría hecho para merecer una vida tan dura? Una vida que incluso ahora, cuando poseía cuanto podía desear, seguía haciéndolo sufrir.
—Cierra los ojos —le ordenó.
Para su sorpresa, él obedeció sin rechistar.
—No deberías...
—Chist —lo interrumpió Hinata—. Relájate. Voy a bajar un poco la intensidad del quinqué.
Lo había dejado junto a la cama, y se alejó para bajar la intensidad de la llama. Él gruñó como si al apartar ella las manos el dolor hubiese aumentado. Hinata se volvió a acercar y empezó a dibujarle círculos en las sienes.
—Tu mano.
—No me duele — mintió, sin saber muy bien por qué experimentaba aquella necesidad de aliviar su dolor incluso a expensas del suyo propio. Tal vez el percance de la noche anterior había creado un vínculo entre ellos. Habían peleado en la misma batalla y habían sobrevivido—. ¿Le has mandado una nota a Sakura?
Él movió un poco la cabeza de un lado a otro.
—Supondrán lo que me pasa.
Entonces, estaba claro que aquello ya le había sucedido antes y además que lo sufría en solitario.
¿Por qué no estaba allí Sakura para cuidarlo?
—¿Qué te ha dicho el doctor Graves?
—Me ha dado unos polvos, pero no me han ayudado mucho. —Su respiración pareció relajarse un poco—. Ahora háblame de ese hombre.
Se preocupaba por ella incluso rabiando de dolor. Y estando sola en su habitación, o en su cama, para ser exactos, se comportaba como un perfecto caballero. Hinata siempre había pensado que Naruto Namikaze era un granuja, un diablo, y muchos otros apelativos desagradables, pero estaba descubriendo que su leyenda quedaba muy lejos de la realidad. La leyenda hablaba de un hombre digno de desprecio; la realidad era que se trataba de alguien por quien ella podría llegar a sentir algo muy profundo. Quería alejar de él cualquier molestia y proporcionarle todo el bienestar de que fuese capaz.
—No sé. Quizá sea una tontería, pero no dejo de ver a un hombre. Creo que siempre es el mismo. Es difícil asegurarlo, porque sólo le he vislumbrado la cara. Cada vez que lo veo, se da la vuelta y se marcha, y sería inapropiado que yo me acercase a hablar con él.
—Entonces tal vez no sea nada.
—Eso es lo que he intentado pensar, pero lo que me llama la atención es lo mucho que se esfuerza por pasar desapercibido. Ayer fui a varias tiendas, donde compré un montón de cosas que no necesito, y él siempre parecía estar esperando fuera cuando yo salía. Pero a la que miraba a otro lado y luego volvía a mirar hacia donde estaba él, había desaparecido.
—Quizá sea uno de tus muchos admiradores.
Ella contestó con tono burlón: —Yo no tengo admiradores.
—Eso resulta difícil de creer.
Parecía a punto de quedarse dormido y Hinata no pudo evitar pensar que con sus atenciones había conseguido aliviarle el dolor. Intentó reprimir los celos que sintió de repente al pensar que algún día sería Sakura la que estaría allí, atendiendo sus necesidades. A ella le gustaba Sakura. Le gustaba mucho.
Era buena, y nada pretenciosa. Hinata entendía muy bien los temores de la joven; las mujeres que formaban parte de los círculos aristocráticos eran mucho más seguras de sí mismas.
—Ese tipo... ¿crees que puede haber algún motivo por el que te pueda estar siguiendo? —preguntó Namikaze.
—Que yo sepa, no. No creerás que es el responsable del ataque de la otra noche, ¿verdad?
Naruto abrió los ojos de golpe y la preocupación le arrugó la frente.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque me parece mucha coincidencia. No se me ocurre ningún motivo por el que nadie pueda estar siguiéndome.
—El ataque de la otra noche estoy convencido de que tiene más que ver conmigo que contigo. Sería de mucha ayuda que pudieses describirme al hombre. —¿Por qué sería de ayuda? Para descubrir de quién se trata.
—Oh, claro, porque tú conoces a todos los maleantes de Londres, ¿no?
—La verdad es que conozco a muchos. Dime, ¿qué aspecto tiene?
—Lleva un sombrero de ala grande, por lo que no estoy segura del color de su pelo. Creo que es oscuro. Sus facciones son duras, pero resulta difícil describirlas porque no tiene nada especialmente distintivo.
—¿Lo reconocerías si volvieses a verlo?
—Es posible, pero no deberías preocuparte por eso en este momento —dijo en voz baja—. Ahora tienes que concentrarte en superar el dolor.
Él asintió ligeramente y volvió a cerrar los ojos.
—Sigue hablando — ordenó, en un tono tan suave que más bien parecía una súplica.
—¿Sobre qué?
—Dime... ¿cómo vas con Sakura?
Ella suspiró. Debería haber supuesto que querría hablar de su gran amor.
—Va muy bien. Es muy lista, tal como tú dijiste. Pero creo que debería impartirle alguna lección fuera de su despacho. Creo que sería mejor hacerlo aquí. En el club no hay servicio de té, ni comedor. No es un entorno femenino.
—Esta casa tampoco.
—Pero lo será cuando te cases. Ya hablaremos de eso cuando estés mejor.
Él esbozó una media sonrisa. —No te gusta perder ninguna discusión, ¿eh?
—No me había dado cuenta de que estuviésemos discutiendo, pero ¿hay alguien a quien le guste perder? —Se incorporó y le susurró al oído—: Ahora, intenta dormir. Cuando te despiertes, el dolor habrá desaparecido.
Se le estaban cansando los brazos. Se cambió de postura para poder apoyar los codos en la cama. No se había dado cuenta de que, al hacerlo, le apoyaría los pechos en la espalda. Él estaba demasiado mal para notarlo, pero ella era muy consciente de que los pezones se le estaban endureciendo. A decir verdad, hasta le hacían daño. Quizá aquella noche los dos acabasen doloridos de un modo u otro. Lo que no podía negar era que estaba muy a gusto donde estaba.
Siguió masajeándole las sienes, y luego empezó a acariciarle las mejillas con los pulgares.
Mientras lo hacía, se concentró en las finas líneas que le recorrían el rostro. No debía de tener mucho más de treinta años y, sin embargo, las penurias que había pasado se dibujaban en su cara. Aquella primera noche en la biblioteca, Hinata había observado el retrato de un hombre que debía de ser el anterior conde. No resultaba difícil ver las similitudes. Aunque Naruto decía que él no veía ninguna, ella quería pensar que sí. Qué diferente hubiese sido aquel retrato si el hombre allí plasmado hubiese vivido una infancia tan dura como el hombre que estaba cuidando ahora.
No quería admitir lo mucho que se preocupaba por él, lo mucho que estaba empezando a importarle. Como amigo. Una amiga preocupándose por un amigo. Jamás habría nada más que eso entre los dos. Naruto estaba enamorado de Sakura, y Hinata, bueno, ella aún no había conocido al hombre que pudiera ganarse su corazón. Aunque debía admitir que había algo en Namikaze que la fascinaba. Aquella extraña honestidad, lo dispuesto que estaba a defenderla. La profundidad del amor que sentía por otra mujer y lo lejos que estaba dispuesto a llegar para tenerla en su vida.
Hinata no podía imaginar cómo se sentiría ella si un hombre le demostrase tal devoción. Después de conocer al conde, no sabía si se podría conformar con un marido que le ofreciese menos; si es que algún día conocía a alguien con quien creyese que le gustaría casarse.
Sintió que la tensión empezaba a abandonar a Naruto y que se estaba quedando dormido. En realidad, ya podía irse, pero no tenía ganas de hacerlo. Ignoró los consejos de su buen juicio y apoyó la cabeza sobre su pecho para escuchar los latidos de su corazón.
A pesar de lo mucho que le dolía la cabeza, había sido lo suficientemente considerado como para escribirle una nota.
Consideración. Jamás habría esperado tal cosa de él. Bondadoso. Honesto. Valiente. Delicado. Cuidadoso.
Hinata pensaba que iba a pactar con el diablo, pero éste estaba empezando a parecer, al menos a sus ojos, un verdadero ángel.
Un ángel oscuro para ser más exactos, pero un ángel a fin de cuentas.
—¡Mamá!
—Silencio, cariño, silencio, no podemos hacer ruido. Vamos a jugar a un juego. Nos vamos a esconder de papá.
—Tengo miedo.
—Chist. No tengas miedo, cariño. Silencio. Mamá no dejará que te ocurra nada malo.
Naruto se despertó sobresaltado; sentía una presión en el pecho. El sueño le había vuelto a provocar el dolor de cabeza contra el que había estado luchando todo el día, desde que había salido de casa de Nagato Uzumaki, para ser exactos. Pero no era en éste en quien no dejaba de pensar. Pensaba en el callejón: en los cuchillos, en los palos, en la crueldad del ataque. Naruto no dejaba de ver a Hinata del mismo modo en que la había visto aquella noche, con el rabillo del ojo, defendiéndolo, levantando la mano para recibir la cuchillada destinada a él.
Naruto solía pedirle al cochero que tomase distintos caminos de regreso a casa, porque ya los habían atacado en más de una ocasión. Pero desde que se asoció con Hinata se había vuelto imprudente.
Quería llevarla a su domicilio en el menor tiempo posible. No quería pasar más rato del necesario en el carruaje, respirando su dulce fragancia, conversando con ella, conociéndola mejor, empezando a verla como algo más que la hija mimada de un duque.
Él siempre había evitado a la aristocracia porque no quería averiguar en qué se parecía a ellos. No quería verlos como personas a las que pudiese llegar a respetar. A través de Hinata, estaba empezando a entender que también tenían miedos, sueños, esperanzas y cargas. Tenían problemas, como cualquier otra persona, y les hacían frente como todos los demás.
Si los viese como lo que realmente eran, lo que había hecho para convertirse en uno de ellos lo avergonzaría más de lo que ya lo avergonzaba. Naruto creció aprendiendo a adueñarse de lo que no le pertenecía para poder sobrevivir. Si declarase que él no era el verdadero conde de Namikaze, ¿lo perdonarían? ¿O acabaría bailando colgado de una soga? En realidad, lo que quería era bailar con Hinata.
Se obligó a volver a la realidad. ¿Por qué estaba pensando en ella, soñando con ella...? ¿Por qué podía olerla con tanta intensidad?
Abrió los ojos y se miró el pecho, donde sentía el peso.
«Hinata. ¿Qué está haciendo...?»
Entonces se acordó: su llegada, cómo le había masajeado las sienes y había conseguido que se durmiese como un niño. ¿Había dormido alguna vez tan profundamente? Hasta que aquel sueño lo había despertado. Cuando intentaba recordarlo, el dolor de cabeza volvía a atacarlo sin piedad, así que desistió. Las jaquecas no eran tan frecuentes cuando estaba en Londres, pero durante las temporadas que pasaba en la residencia del campo lo asaltaban casi a diario. En el aire de allí había algo que no le sentaba bien. Estaba casi seguro de ello.
Volvió un poco la cabeza y vio la mano vendada de Hinata. Cuando se quedó dormida debió de dejarla apoyada sobre la almohada, que ahora estaba toda manchada de sangre. Masajearle las sienes le había producido dolor, tendría que regañarla por ello.
Pero se había sentido tan bien no estando solo... Se le ocurrían más de mil motivos por los que ella no debía estar allí con él. El peor de todos era que lo tentaba como nadie lo había hecho en muchísimo tiempo.
Debía de ser porque hacía mucho tiempo que no estaba con ninguna mujer. Eso era lo que se repetía una y otra vez. Eso era lo que quería creer. Del mismo modo que el conde había querido creer que él era su nieto, Naruto quería creer que lo que estaba empezando a sentir por Hinata era sólo lujuria, sólo necesidades físicas, sólo significaba que ella incitaba sus deseos carnales, nada más.
Porque un hombre no podía amar a dos mujeres. Y su corazón pertenecía a Sakura. Siempre había sido así. Y Hinata sólo era... valiente, fuerte, decidida.
Pensando en lo irritante que era y en que jamás se doblegaría ante los deseos de ningún hombre, le cogió un mechón de pelo y lo acarició entre el índice y el pulgar mientras se imaginaba soltándole toda la melena y sintiendo aquella sedosa cascada deslizarse sobre su pecho. Quería enterrar la cara en ella, sentir mucho más que la sedosa suavidad de su pelo: quería notar su aterciopelada piel. Deslizarse en su interior, deleitarse con su calidez, su fragancia, su suavidad.
No pudo controlarse y se le escapó un gemido de deseo.
Ella abrió los ojos y le sonrió con inocencia, ignorando el tormento que recorría el cuerpo de él.
—¿Cómo va tu cabeza? —preguntó, como si despertarse en la habitación de un hombre fuese tan normal como tomar té para desayunar.
—Mucho mejor.
—Bien.
Hinata se incorporó y Naruto se dio cuenta de que la tienda de campaña que había aparecido en medio de su cama no iba a ayudar mucho a que ella no se diese cuenta de su reacción al tenerla tan cerca.
Cualquier otra mujer soltera no sabría lo que significaba aquello, pero ¿no le había dicho a Kiba que fantaseaba con hombres? Y si lo hacía, entonces sabía... Alargó el brazo y la cogió de la mejilla para evitar que mirase en una dirección que los incomodaría a ambos.
—Dame un momento.
Hinata frunció el ceño.
—Para asegurarme de que el dolor de cabeza no me vuelve.
Ella le acarició el pelo que le crecía junto a la sien.
—No te debería volver, por lo menos en un rato.
Aquello no lo estaba ayudando en absoluto. Al contrario, estaba provocando que la tienda de campaña fuese cada vez más alta.
—¿Cómo has sabido lo que tenías que hacer? —preguntó, buscando una distracción, algo que la mantuviese distraída hasta que él pudiese recuperar el control de su rebelde virilidad.
—Ya te lo he dicho, mi padre tenía jaquecas.
—He oído que está enfermo.
La joven asintió, se sentó mejor y se puso las manos sobre el regazo.
—Sí, sufrió una apoplejía.
Él bajó el brazo para dejar de tocarla.
—Lo siento. Ésa debe de ser una carga muy pesada para ti. ¿Tu primo no debería volver a Londres?
—él no lo sabe. Él y papá tuvieron una pelea, mi padre no puede aceptar, pues que él sea el heredero al título, mi madre no tuvo hijos varones. Pero no se puede hacer nada. Yo sólo oí los gritos. Apuesto a que no lo sabías.
—No, no lo sabía.
—Todo el mundo cree que Sasuke es un irresponsable, un sinvergüenza, ya sabes el duque Uchiha, su hermano mayor, tiene esa fama. Muchas veces, he pensado en escribirle para contárselo, pero mi padre se pone muy nervioso cuando lo menciono. Sin embargo, últimamente pienso mucho en lo que dijiste de que el anterior conde deseaba que fueras su nieto con todas sus fuerzas... ¿Y si el mayor deseo de mi padre es ver a Sasuke antes de morir, pero es demasiado orgulloso para admitirlo? Después de todo es lo más cercano a un hijo varón que ha tenido ¿Me perdonará Sasuke por no escribirle y contarle lo que está ocurriendo? ¿Tú me perdonarías?
Sus palabras lo cogieron por sorpresa y se alegró de que su cuerpo ya hubiese recuperado su estado normal. «Gracias a Dios. Gracias a Dios.»
—¿Quieres que le escriba yo?
Ella sonrió con dulzura.
—No, claro que no. Pero ¿crees que debería hacerlo, incluso sabiendo que mi padre no quiere que lo haga? Si fuese tu familiar, ¿querrías saber que está enfermo?
—Creo que debes seguir tu propio instinto. Haz lo que te dicte el corazón.
Ella se río, divertida. ¿Conocía a alguna mujer que se sintiese tan a gusto en su propia piel como Hinata? Cuando cumpliese su cargo, ¿qué parte de ella moriría con ese asesinato? ¿Cómo la afectarían sus acciones? Hacer cualquier cosa que la cambiase sería el peor de los crímenes, un pecado imperdonable, pensó.
—¿Sabes que antes de presentarme en tu casa la primera vez pensaba que eras un hombre sin corazón?
—Estabas en lo cierto.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No, en absoluto. Eres alguien muy complicado. No creo que tengas ni idea de lo complicado que eres. —Le pasó la mano por el rostro —. ¿Cómo te hiciste estas cicatrices? Naruto la cogió de la mano, de la mano herida. Ella jadeó. Él maldijo.
—Lo siento. —Se llevó sus dedos a los labios y se los besó con dulzura—. Es que no deberías... no deberías.
Hinata abrió mucho los ojos, como si acabara de despertarse y se hubiese dado cuenta de...
—Oh, cielo santo, claro que no debería. Estoy en la habitación de un hombre. Oh, perdóname, no sé en qué estaba pensando. Me tengo que ir.
Se bajó a toda prisa de la cama y se dirigió rápidamente a la puerta. Naruto giró la cabeza hacia el lado contrario, pero se volvió de nuevo para mirarla.
—¿Hinata?
Ella se detuvo en la puerta, con la mano en el pomo y mirando hacia otro lado.
—Dime que no le has pedido a tu cochero que te dejase en la puerta principal.
Hinata negó con la cabeza. —Me ha dejado en el parque, pero le he dicho que no me esperase.
—Entonces, dame unos minutos para vestirme y te acompañaré a casa.
Ella asintió, abrió la puerta y salió de la habitación.
Naruto se tumbó boca arriba y se quedó mirando fijamente el dosel que cubría la cama. Jamás había tenido a una mujer en su habitación, en su lecho, sin hacerle el amor. Le parecía inconcebible que eso acabase de ocurrir, pero lo que más lo asombraba era la inmensa satisfacción que sentía por haber tenido allí a Hinata. Era suficiente.
Quería más, muchísimo más, pero lo que ella le había dado era suficiente.
Él quería a Sakura, siempre la había amado. Pero últimamente parecía capaz de pensar sólo en Hinata.
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Continuará...
