No soy la dueña de Escaflowne ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría. Tampoco soy dueña de ninguna de las canciones ni melodías citadas en esta historia.
El Cisne Negro
Capítulo Dos: Deseo
Van
Ya ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba en la misma posición. Sabía que la reunión del Consejo Real había empezado hace un par de horas atrás, pero me encontraba demasiado absorto en mis pensamientos para prestar atención. Estaba sentado en mi silla habitual, la del Rey de Fanelia, título que me había sido impuesto al nacer, pero con el que nunca me había sentido verdaderamente cómodo. Sabía que, una vez terminada la guerra con Zaibach, y luego de reconstruir el reino, debía asumir mi posición, con todas las responsabilidades que ello implicaba. Sin embargo, en ese tiempo, Hitomi aún se encontraba a mi lado. Y ella había accedido, algún día, a compartir esa carga conmigo. Sí, aquel día en que regresó a la Luna Fantasma, le pedí formalmente que se convirtiera en reina de Fanelia, que gobernara junto a mí, que nunca más dejara mi lado y que convirtiéramos este lugar en nuestro hogar.
Diez años habían pasado desde ese día, y aunque no me costaba para nada admitirlo, me había transformado en la sombra de aquel muchacho joven, fuerte y voluntarioso que ella había conocido. Ahora, a mis veintiséis años recién cumplidos, tenía las mismas ganas de vivir que un hombre ciego, sordo y testarudo de noventa. Sabía que, a mis espaldas, mis consejeros y militares me consideraban un rey amargado y de mal temperamento, cosa que debería haberme molestado. Sin embargo, no parecía perturbarme en lo más mínimo.
La única que continuaba esforzándose por devolverme a la vida y energía de antaño era mi hermana menor, Merle. Contra mis deseos, se había instalado en el castillo junto a su esposo, Grey, a quien había hecho mi consejero. No es que no sintiera afecto por ellos, ni nada por el estilo, sino que sentía que mi propio egoísmo era lo que mantenía a mi hermana ahí. Ella debía vivir una vida maravillosa, formar una familia y un hogar, perseguir sus sueños y cumplirlos. No quedarse al lado de un hermano desagradable y amargado que parecía ser incapaz de reconectarse con el resto del mundo.
"¿Señor Van?"
Levanté la mirada por un instante, notando que seis pares de ojos estaban fijos en mí, con expresión atenta.
"Lo lamento" – dije, exhalando un suspiro cansado – "Estaba pensando en otra cosa. ¿Qué decían?"
Mis consejeros intercambiaron miradas de alerta entre ellos, inseguros. Fruncí el ceño, molesto como cada vez que me encontraba ante esta situación: Cada vez que sentían que lo que debían discutir iba a desagradarme, comenzaban a debatir silenciosamente entre ellos para decidir quién debía comenzar a hablar.
"Apreciaría que alguien me dijera qué sucede" – dije, con tono grave – "Sin más rodeos".
Grey, el marido de Merle, se aclaró la garganta levemente, dirigiendo su mirada hacia mí.
"La recepción, Señor Van" – comenzó Grey – "Los preparativos para la recepción de los representantes de los países fronterizos ya están listos"
"¿Y?" – pregunté, sin ningún tipo de interés.
"Es mañana, Van" – dijo Merle, quien había entrado a dejar algunas cartas para mí. A pesar de que se lo había prohibido, ella continuaba encargándose de mi correspondencia, como si fuese a recibir buenas noticias para mí – "Si prestases más atención a-" – Grey la miró con expresión enojada, lo que hizo que Merle guardara silencio inmediatamente. Muy discretamente, mi cuñado y yo cruzamos una leve sonrisa de complicidad. A pesar de que Merle era mi única familia, me había sorprendido la forma en que había logrado formar un vínculo de camaradería y compañía con su esposo. Últimamente, él era el único a quien podía considerar mi amigo verdadero.
"¿Entonces?" – pregunté, a mi Consejo – "Asumo que debo asistir, pero el resto se lo dejo a ustedes. Todos los asuntos de intercambios comerciales y política exterior ya los discutí personalmente, así que la recepción es una mera formalidad".
"No todos los asuntos, Señor Van".
Mi mirada se posó en Marius, mi consejero más antiguo. Era, por lejos, el más anciano y sabio de todos los presentes, compañero de armas de Balgus y mi padre. Sus ojos eran inescrutables, y sentí que un silencio ensordecedor se cernía en toda la habitación. Fruncí el ceño, molesto por no saber a qué se refería. Marius se inclinó levemente hacia mí, con expresión seria.
"Los representantes de Alcozeus continúan sin recibir una respuesta suya a su…oferta" – dijo, enfatizando en la última propuesta.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda sin piedad, mientras una furia indomable comenzaba a apoderarse de mi cuerpo. Traté de controlarme, sin éxito, ya que antes de darme cuenta, me había levantado de mi silla y había golpeado la mesa con mis puños. Vi cómo todos se crispaban en sus asientos, salvo Marius, quien continuaba con una expresión de inmutable seriedad en su rostro.
"Por última vez" – dije, por entremedio de mis dientes, juntos y rechinando – "No responderé ahora, ni nunca, a su propuesta."
"Señor Van, lo que piden es razonable" – explicó Marius – "Alcozeus es el país con el que más transacciones realizamos, es el más cercano a nuestras fronteras, y francamente, son quienes estarían más dispuestos a luchar a nuestro lado de ser necesario".
"Pues un acuerdo transfronterizo debiese ser suficiente" – dije, posando mi mirada furiosa sobre él – "No es necesario que unamos nuestros reinos".
"Señor Van" – continuó Marius, con una mirada amable y compasiva que me enervaba – "Piense en el futuro de Fanelia…En las presentes…circunstancias" – su última palabra casi logró que perdiera la razón de odio. Ella nunca había sido, ni sería, una mera circunstancia – "Es necesario pensar que su reino necesita seguridad, estabilidad y…un heredero. Su unión en matrimonio con la princesa Fará podría asegurar la paz y-"
"¡YA ES SUFICIENTE!" – Rugí, notando cómo Merle dejaba caer todas las cartas que llevaba en sus manos, y daba un paso atrás. Me incliné sobre la mesa, asegurándome de que todos estaban escuchándome – "Soy el Rey y responsable de Fanelia, y estoy dispuesto a hacer todos los esfuerzos para mantener la seguridad de cada uno de sus habitantes, pero no así. No contraeré matrimonio con nadie, porque no es necesario, ni ahora, ni nunca".
"¿Qué propone, entonces, Majestad?" – preguntó Marius. Todas las miradas se posaron en él, y luego, en mí. Era una insolencia que cuestionara mis decisiones de manera tan abierta, sobre todo en un asunto como este – "¿Dejar al reino sin heredero, guerra civil, destrucción y luchas por el trono una vez que haya muerto?"
Lo observé con una mirada furiosa por unos instantes, mientras sopesaba su pregunta en mi mente. ¿Qué era lo que haría? Yo era el último Fanel legítimo, un hijo, o hija, míos debían sucederme en el trono, pero…la sola idea de que alguien se sentara a mi lado en posición de reina, alguien que no fuese Hitomi, sólo lograba que amargas náuseas me invadieran sin misericordia. Me erguí en silencio, lo que indicaba que aquel Consejo Real había terminado por hoy, ya que todos los asistentes se levantaron de sus sillas e inclinaron su cabeza hacia adelante a modo de saludo.
Ignoré la mirada preocupada de Merle al salir de la habitación, con la misma actitud de un león enjaulado que es liberado inesperadamente. Caminé incesantemente por los pasillos del castillo, tratando de calmarme, pero era imposible. Quería ser un buen rey, quería lo mejor para mi pueblo, pero…no era capaz de cumplir con lo que me estaban pidiendo. Simplemente porque hacerlo, significaba renunciar definitivamente a la posibilidad de que volviese a mi vida. Casarme con otra mujer, incluso en el escenario de un matrimonio políticamente concertado, significaba abandonar la esperanza de que Hitomi regresara. Y aunque me costara admitirlo, ese sueño imposible era lo único que me mantenía vivo, era lo único a lo cual me había aferrado todos estos años…lo único que lograba que me levantara de la cama todos los días.
Cerré la puerta de mi estudio con un golpe seco, para luego apoyar mi espalda contra ella. Exhalé un suspiro cansado, sintiendo la mayor soledad posible, a pesar de encontrarme en un castillo plagado de gente.
Hitomi
"El cierre de la temporada invernal anoche fue espectacular, Hitomi" – dijo el director, desde el otro lado de su escritorio – "¿Tuviste la oportunidad de leer la prensa hoy?"
Levanté la mirada por unos instantes, encontrándome con sus ojos expectantes y llenos de felicidad. A pesar de que el director Williams era un hombre amable, de vasta experiencia en el mundo del ballet clásico, y que me había recibido con los brazos abiertos en la compañía, nunca había sido capaz de darle las gracias apropiadamente de haberme dado la oportunidad de ser la estrella. Además, nunca había sido capaz de devolver la calidez con la que conversaba conmigo, haciéndose un espacio en su apretado calendario para cruzar un par de palabras conmigo, para asegurarse de que me encontraba a gusto aquí.
"No, señor" – dije, lentamente – "No he leído ningún comentario".
"¡Pues deberías hacerlo!" – exclamó, contento – "¡La prensa artística te adora! Tu interpretación de Odette y Odile anoche ha sido calificada de hipnotizante, inigualable y símbolo de la perfección de una bailarina con un talento único en su especie" – dijo, leyendo las palabras de una página del periódico, para luego dejarlo caer, con una sonrisa, sobre su escritorio – "¡Eres todo un éxito, Hitomi, deberías estar orgullosa!"
La felicidad de su expresión se desvaneció completamente cuando observó mi rostro carente de cualquier emoción. Traté, lo mejor que pude, de esbozar una sonrisa.
"Lo lamento" – comenté, tratando de inventar una excusa – "Sólo estoy cansada por la presentación de anoche, director".
"Pues, claro, lo entiendo…" – murmuró, con una sonrisa amable en el rostro. Luego, jugó con sus dedos sobre el escritorio de madera de forma alegre - "Pero debido al éxito de anoche, necesitamos ya anunciar el espectáculo de inicio de la siguiente temporada" – Se incorporó por un momento, para luego entregarme un grueso cuaderno. Lo recibí y hojeé levemente, reconociendo la escenografía, el vestuario y a las bailarinas que posaban en las fotografías – "Abriremos con Giselle".
Asentí suavemente, comenzando a incorporarme de la silla. Sin embargo, me detuve cuando vi que se acercaba a mí: Era un hombre de gran estatura, como todos los antiguos grandes bailarines clásicos, pero que desprendía una suave aura de amabilidad y dulzura. Me observó con ojos expectantes, para luego posar una de sus arrugadas manos sobre mi mejilla derecha. Quise alejarme, pero pensé que ya había sido lo suficientemente descortés con él por hoy.
"Giselle es un papel difícil, Hitomi" – comenzó, casi como un murmullo – "¿Estás segura de que podrás con ello?"
"¿Por qué?" – la pregunta no me había ofendido, menos viniendo de él. El director sabía que yo era una excelente bailarina, sabía que no estaba cuestionando mis habilidades, sino que había una razón más poderosa para hacerme esa pregunta.
"Porque…" – dijo, con una expresión compasiva en el rostro – "Giselle es una muchacha dulce y…feliz" – la última palabra la articuló con suavidad, como si yo fuese a tomármelo como un insulto – "¿Estás segura de que podrás…simularlo?"
Sentí una punzada de dolor en mi pecho que casi hizo que quisiera cubrirlo con mi mano, al igual que la noche anterior. Incluso él, el amable director Williams, que me trataba como a una chiquilla a la que debía proteger…sabía que yo sólo sabía simular felicidad.
"Sí, señor" – murmuré, con una leve sonrisa – "No lo decepcionaré"
"Tú nunca podrías decepcionar a nadie, Hitomi" – sus palabras me calaron más hondo de lo que él sabía. Claro que era capaz de producir decepción. Por lo menos en una persona, había causado eso y mucho más – "Sólo quiero preguntarte una cosa…" – esperé, paciente, a que encontrara las palabras adecuadas – "¿Qué es lo que quieres, realmente? Para más adelante, para tu futuro…¿qué es lo que esperas?".
Sopesé su pregunta en mi mente por lo que me pareció una eternidad. Sin embargo, sólo habían pasado unos segundos cuando respondí, sin pensar demasiado:
"Lo espero" – dije, simplemente.
Mi respuesta pareció dejarlo incluso más confundido que antes. Sin embargo, extendió una suave sonrisa por su rostro, para luego acompañarme a la puerta.
"Recuerda que mañana en la noche haremos el anuncio a la prensa y a los invitados" – dijo, abriendo la puerta para que saliera – "Será una gran fiesta, y creo que las asistentes ya tienen preparado tu atuendo. Quién sabe…¡Quizás hasta lograremos pasarla b-"
"Gracias por su tiempo, director" – lo interrumpí, para luego perderme en el pasillo. No podía seguir soportando su mirada amable, pero inquisitiva, sobre mí. Caminé por los pasillos hasta llegar a mi camerino, que era el único refugio que tenía en aquel teatro, el único lugar en que no me sentía absolutamente expuesta y controlada. Me apoyé en la puerta y lentamente, alcé la mirada para encontrarme con mi reflejo en el espejo.
¿Me reconocería, si volviera a verme? Había crecido unos cuantos centímetros desde la última vez que había estado frente a él, pero…sentía que todo sobre mí era diferente. Estaba más delgada, muchísimo más, cualquiera me habría llamado "huesuda". Ahora tenía el cabello largo, hasta casi mi cintura, en un intento desesperado de dejar atrás la imagen que tenía antes. A pesar de que casi siempre lo llevaba amarrado en una coleta alta, cuando me sentía desesperada o me despertaba en las noches producto de mis constantes pesadillas, lo primero que hacía era aferrarme a la larga melena que caía sobre mis hombros. Era una especie de tótem, un punto fijo que me decía que ya no tenía dieciséis años, que estaba segura, que nada me ocurriría porque el tiempo había seguido su curso…sin embargo, siempre que pensaba en él, consideraba la posibilidad de cortármelo. Sólo para que él pudiera recordarme en cuanto me viera…sólo para que quizás lograra perdonarme. Quizás si pudiera mostrarle que, al menos, mi cabello seguía siendo el mismo…él podría volver a quererme.
Estúpida, pensé, ¿cómo diablos podría volver a quererte a ti?.
Van
Ignoré abiertamente la mirada inquisitiva de los asistentes cuando entré en el salón. Ya había declarado el inicio del baile de recepción formalmente apenas habían llegado al castillo, pero luego, había inventado una excusa para desaparecer durante un rato. Me había refugiado en mi estudio y me había quedado observando por la ventana por lo que me parecieron horas. Siempre encontraba un mínimo consuelo al contemplar la forma de la Luna Fantasma, imaginando cómo sería el hogar de Hitomi, preguntándome si sería feliz, si había encontrado algo similar a la felicidad. Sonreí levemente, mientras mis pensamientos amenazaban con tomar control de mi cuerpo: últimamente, había estado luchando constantemente contra el deseo de, simplemente, tomar Escaflowne e ir a la Luna Fantasma. No tenía intenciones de ir para recuperarla, pero…sólo deseaba verla. Aunque fuera tan sólo un instante. Quería asegurarme de que se encontraba bien, de que todo marchaba bien su vida…si tan sólo pudiera ver su rostro una última vez, y constatase que esbozaba una sonrisa despreocupada…sentía que sería capaz de seguir adelante con mi vida. Con esta vida, solitaria y lenta, que había aceptado ya como mi destino. Porque, a pesar de que ella me había dejado, sin ninguna explicación, mis sentimientos por ella nunca cambiarían. La amaría por siempre, y nunca traicionaría ese afecto. No sólo porque no quería casarme con otra mujer, sino porque amar a Hitomi era el acto más puro que conocía, y bien quería aferrarme a ello para siempre.
Ahora me encontraba nuevamente en el salón principal del castillo, que había sido decorado con esmero y cuidado. Hasta yo debía reconocer que era una visión esplendorosa, con finos candelabros colgando del techo, maravillosamente pulidos, flores por todos lados y banderas con los emblemas de los distintos países invitados. Sin embargo, volví a adoptar una actitud desinteresada cuando todos inclinaron sus cabezas ante mí para saludarme. Odiaba esa clase de formalidades y encuentros oficiales, con todo mi ser. Sabía que era parte de mis obligaciones, pero a pesar de ello, nunca me había sentido cómodo con toda esa pomposidad. Si tan solo hubiese tenido a Hitomi a mi lado, recordé, todo habría sido diferente. Ambos habríamos compartido esa carga, pero por lo menos habríamos encontrado consuelo en el otro. Siempre imaginaba una situación en la que Hitomi y yo entrábamos en este salón, en un evento similar. Actuábamos como verdaderos reyes, pero luego, a puertas cerradas, nos reíamos de nuestra propia torpeza. Eso era lo que más extrañaba: su dulce y suave risa, que siempre lograba que todas mis preocupaciones se derritieran como hielo bajo el calor del sol.
Me senté en la silla, finamente adornada, que estaba al centro de la mesa principal del banquete. Observé cómo todos los presentes continuaban bailando y riéndose con suavidad, lo cual me tenía completamente sin cuidado. Tan sólo un par de horas más quedaban para que pudiese despedirme y retirarme a mi habitación. Deseé mentalmente que el tiempo transcurriera más rápido, para poder quitarme el maldito atuendo formal que llevaba puesto. Sabía que era un rey, pero verme como uno, siempre me había molestado. A pesar de que había querido llevar un atuendo sencillo y oscuro, Merle había insistido en ponerme la chaqueta oficial sobre mi simple camisa negra y pantalones oscuros. El emblema del dragón, bordado en brillante hilo rojo sobre el color negro del terciopelo, simplemente me recordaba a aquellos días de guerra y desolación.
Sentí, de repente, un suave toque sobre mi antebrazo derecho. Me crispé en mi asiento, molesto por ser interrumpido tan abiertamente en mis pensamientos. Me giré hacia el origen del toque, para encontrarme con una figura cuya sola presencia cerca de mí, me provocaba náuseas: Mirándome atentamente, con una sonrisa dibujada en su rostro claro, se encontraba la princesa Fará. Era una joven de alrededor de unos veinte años, de piel clara y enormes ojos cristalinos. Su cabello rubio, casi albino, caía sobre sus hombros en delicados rizos, que seguramente habían sido objeto de varias horas de preparación. Su sonrisa se extendió aún más cuando notó mi expresión sorprendida, seguramente imaginándose que su belleza me tenía cautivado.
Nada podía estar más lejos de la realidad. Su mera presencia y cercanía lograban que sintiera ganas de dejar todo tirado, olvidarme de las formalidades, y salir huyendo del castillo.
"Esta velada ha sido maravillosa, Majestad" – su voz era un mero murmullo, cargado de seducción – "Y usted, un anfitrión excepcional".
"Gracias" – dije, notando con una mirada inquisitiva que su mano no abandonaba mi antebrazo aún. Sin querer parecer demasiado maleducado, retiré mi brazo del apoyo de la silla con lentitud y me alejé un poco de ella – "Ha sido muy amable de parte de todos ustedes el dejar sus responsabilidades y actividades para poder asistir".
"Oh, no ha sido ninguna molestia, en lo absoluto" – dijo, acercándose levemente – "De hecho, entre usted y yo…estaba ansiosa por regresar a Fanelia. Me recuerda mucho a Alcozeus, es realmente hermoso. Además, su gente es tan amable y atractiva…al igual que su rey" – al pronunciar la última frase, las náuseas en mi interior aumentaron.
No pude más que acceder a la petición que mi pecho estaba haciendo desde que había empezado aquel encuentro. Con una leve sonrisa y un asentimiento de cabeza, me incorporé rápidamente y abandoné el salón. Nuevamente, la música se detuvo y noté, molesto, que todos inclinaban otra vez sus cabezas al verme pasar. Casi podía sentir que un rugido rabioso, ansioso por salir, estaba agolpándose en mi garganta. Sin embargo, inhalé profundamente y dejé que mis pasos me guiaran hacia el exterior del castillo.
Caminé incesantemente, ansioso por dejar atrás el sonido de la música y las conversaciones. Sin haberlo planeado, mis pasos me llevaron hasta el bosque, hasta aquel lugar en el que se encontraba Escaflowne, enterrado en aquel prado en donde me había despedido de Hitomi. Me detuve, sin entender realmente por qué me encontraba ahí. Observé cómo miles de luciérnagas flotaban alrededor, mientras, lentamente, comencé a avanzar hasta el enorme guymelef. En su base, hace aproximadamente cuatro años atrás, había enterrado algo mucho más preciado para mí. Quizás el objeto más preciado que tenía. Me arrodillé lentamente, para luego comenzar a escarbar en la tierra levemente húmeda que había a los pies del gigante de hierro y piedra que, inmóvil, parecía observar mis acciones.
Cuando mis manos encontraron la cadena del pequeño pendiente, mi corazón se encogió abruptamente. Lo cogí entre mis dedos, tratando, torpemente, de quitar la tierra que se había aferrado a su forma durante todos estos años. A pesar de su suciedad y la oscuridad que reinaba a mi alrededor, la piedra rosa brilló suavemente apenas la toqué. Cerré los ojos, inhalando nuevamente, para luego tratar de comprender por qué había decidido desenterrarlo. Era como si mi mente hubiera querido que desenterrara una parte de mí que se encontraba dormida, y quisiera despertarla.
Lentamente, acerqué el pendiente hacia mi corazón. Dejé que el dolor y la angustia me dominaran momentáneamente, pero luego, quise pedir un deseo. El único deseo que albergaba en mi corazón después de aquellos espantosos y solitarios diez años.
"Deseo que seas feliz, Hitomi".
Hitomi
"Estás lista, Hitomi" – murmuró Martha, la asistente principal de la compañía – "Te ves absolutamente maravillosa" – agregó, sonriendo.
Le devolví la mirada en el espejo, tratando de recordar su apellido. Ella era la única asistente que era genuinamente amable conmigo, pero además, era discreta. Lo sabía porque, en los primeros años en que había iniciado mi carrera en la compañía, varias veces me había sorprendido en mi camerino, llorando. Y en todas esas ocasiones, ella siempre había, silenciosamente, intentado ofrecerme algún consuelo. Lo demostraba en pequeñas cosas, como por ejemplo, al día siguiente de uno de mis quiebres emocionales, había encontrado una pequeña caja de chocolates en mi mesa de maquillaje. En otra ocasión, había dejado una pequeña rosa blanca al interior de mi bolso deportivo, la única posesión que tenía de mi pasado, y que nunca olvidaba llevar conmigo.
Martha era una muchacha más joven que yo, tendría quizás, unos veinte años. Era maquilladora profesional, estilista y diseñadora, la había escuchado decir en una ocasión. Siempre estaba preocupada de que mis atuendos me quedaran perfectamente ajustados, ella era la que cuidaba mi cabello antes de las presentaciones, y ahora, me había preparado para la fiesta del inicio de temporada. Había seleccionado mi vestido, similar al de Giselle, pero con ciertos ajustes más elegantes. Era largo, blanco y de encaje, con pequeños toques de cristal. La parte de arriba era un intrincado diseño de encaje y piedras de fantasía que brillaban bajo la luz de mi camerino, para luego continuar en una larga falda blanca, drapeada y de fácil movimiento.
Me había peinado, también, y como resultado, ahora mis normalmente despreocupados rizos estaban perfectamente definidos. Se encontraban semi amarrados en un pequeño moño a la altura de mi nuca, decorados con flores frescas y cintas blancas. Mi rostro también había cambiado, gracias al esmero de sus habilidades como maquilladora: Había delineado perfectamente mis ojos verdes, que ahora eran similares a los de un gato, salvo por la sombra suave de color dorado que iluminaba mis párpados.
Sonreí levemente, pero me sentí inmediatamente mal al ser incapaz de recordar el apellido de Martha. Era una muchacha adorable, que siempre había estado preocupada de mí hasta en los mínimos detalles…y yo era un bloque de hielo que ahora ni siquiera podía recordar su nombre completo.
"Gracias…Martha" – murmuré, con una leve sonrisa.
"De nada, preciosa" – respondió, levemente sorprendida por mis torpes palabras – "Ahora ve y pásatela bien".
"Lo intentaré" – dije, levantándome con lentitud, para ir a por mi bolso. Sabía que no debía andar con un bolso enorme y deportivo en una fiesta de gala, pero nunca me había sentido cómoda sin él. Decidí que mejor lo escondería en la recepción del teatro, para tomarlo una vez que me fuera.
"Hitomi…" – me volteé cuando dijo mi nombre, para encontrarme con su mirada amable – "Quizás esto sea muy entrometido de mi parte, pero…creo que entiendo cómo te sientes" – mi silencio la animó a seguir hablando – "Te sientes sola, pero no tienes que estarlo. Quizás solo necesitas…una amiga. Si te parece bien, podríamos ir a tomar algo un día de estos, ¿qué opinas?"
Su ofrecimiento, tan sincero y amable, removió una fibra un mí. Sintiendo que las lágrimas amenazaban con aparecer, simplemente asentí. Ella, acostumbrada a mi silencio, pareció aceptar mi respuesta como si le hubiese contestado de verdad. Sonrió ampliamente y antes de salir, acarició levemente mi hombro con su mano derecha.
Bajé las escaleras hasta encontrarme con la figura del director, quien estaba a unos peldaños de distancia. Había escogido ese lugar para hacer el anuncio, a la multitud elegantemente vestida que esperaba sus palabras. Se giró por un instante hacia mí, ofreciéndome su mano para que la cogiera. Lo hice, lo que hizo que los asistentes comenzaran a aplaudir y a corear mi nombre. Hice una reverencia leve, tratando de darles a entender que agradecía ese recibimiento.
"Queridos invitados" – dijo el director, con una amplia sonrisa, y sin soltar mi mano – "Como ya saben, esta noche es muy especial para nosotros. No sólo con esto damos por finalizada nuestra temporada invernal, sino que además, recibimos, con gran placer, el inicio de la temporada de verano en nuestra compañía" – una ronda de aplausos lo silenció por un instante, suficiente para que cogiera aire y me mirara – "Y anunciamos que nuestra talentosa Hitomi Kanzaki, la próxima temporada, encarnará a la hermosa y suave Giselle, quien enfrentará la posibilidad de encontrar el amor y…"
De repente, dejé de escuchar. A mi alrededor, solo hubo silencio, una vez que me encontré con aquel rostro entre la multitud. Estaba atrás, más alto que nunca, con su cabello recogido en una coleta morena. Sus ojos me atravesaron de lado a lado, mientras una oleada de terror y pánico me invadió sin misericordia. Podía escuchar el golpeteo de mi corazón en mi garganta, mientras sentía que mis rodillas comenzaban a temblar. Todo dentro de mí me decía que debía escapar, que debía correr, que aquel miedo que sentía no era normal, sino que eran mis instintos de supervivencia los que me estaban alertando de su presencia. El director notó que mi mano temblaba, y con una rápida mirada, supo que algo me ocurría.
"Y es por eso" – continuó, mirándome – "Que agradecemos a Hitomi su presencia y la de todos ustedes. Por favor, continúen con la fiesta" – cuando otra ronda de aplausos y coreos irrumpió en el salón, aprovechó para acercarse a mí con expresión preocupada – "Hitomi, ¿qué ocurre?" – preguntó, junto a mi oído – "Parece como si hubieras visto a un-"
No le di oportunidad de terminar. Soltando su mano lo más rápido que pude sin parecer una loca deschavetada, me precipité escaleras abajo. Noté que él, aquel maldito a quien le debía toda la miseria en la que me había sumido en todos estos años, me seguía con una mirada atenta y depredadora. Inmediatamente, cuando me tambaleé al llegar al final de las escaleras, noté que comenzaba a caminar dificultosamente entre la multitud, directo hacia mí.
Pero esta vez, mi cuerpo fue más rápido. Volteándome hacia la dirección opuesta, comencé a correr hacia la salida, escuchando cómo murmullos apremiantes comenzaban a llenar el espacio. Pero no me importó, corrí como nunca en mi vida, deteniéndome solo un instante para coger mi bolso, escondido en la recepción del teatro. Me giré por un instante, notando que él se encontraba cada vez más cerca de mí. Reprimiendo un grito de terror, me precipité hacia la salida, golpeando las puertas giratorias de cristal lo más fuerte que pude. Bajé las escaleras de entrada del teatro, y dándome cuenta de que los zapatos de tacón alto solo me ralentizarían, me los quité apresuradamente. En ese momento, lo vi, parado en la entrada, dispuesto a seguirme.
Me lancé a la calle abarrotada de gente, sin importarme que empujara a alguien en mi desesperado esfuerzo por escapar. Iba descalza, pero era la única forma en la que podía alcanzar velocidad. Giré varias veces mi cabeza, notando que me seguía con paso presuroso. Corrí aún más, esta vez por la vía de las bicicletas, que estaba vacía. Sentía, por el sonido de sus zapatos contra el asfalto, que también había cambiado de rumbo y ahora se encontraba directamente detrás de mí. El pánico e instinto de supervivencia se apoderaron de mí, logrando que cogiera aún más velocidad. Me enorgullecí momentáneamente de que aún pudiera recorrer grandes distancias a un poderoso ritmo sin cansarme. Cuando crucé la calle para ir hacia el puente, noté que una ciclista había interceptado su camino, obligándolo a detenerse. Sintiendo que era la oportunidad para escapar, me lancé a correr por el puente que estaba sobre el río, pero el momentáneo alivio que sentí se desvaneció completamente cuando sentí un agudo dolor en mi pie derecho. Caí estrepitosamente sobre el suelo, con el bolso que tenía cruzado en mi pecho sobre mí. Noté que me había clavado un vidrio en mi pie derecho y que ahora sangraba a borbotones. Me incorporé lo más rápido que pude, solo para ver que su figura ahora estaba quieta, a solo unos pasos de distancia de mí.
El terror se apoderó de mí, pero algo distinto resonaba en mi mente.
"¿Qué es lo que quieres, Hitomi?"
Mi mirada se cruzó la con la suya, penetrante y fría. Sabía que este día llegaría, que algún día volvería a encontrarme con él, y ahora, no tenía ninguna escapatoria. Porque no importaba a qué países fuera, no importaba que me desplazara constantemente. Él me encontraría, solo para herirme una vez más, como me había prometido.
"¿Qué es lo que esperas realmente, Hitomi?"
Supe, en ese momento, que deseaba algo con todas mis fuerzas. Antes, había pensado que mi único deseo era olvidar. Luego, pensé que era avanzar hacia algo, lo que fuera. En ese momento, me di cuenta de que era otra cosa lo que deseaba.
Deseaba ser feliz.
Ante su mirada atónita, y decidiendo que no podía soportarlo más, tomé la única salida que tenía disponible en ese escenario. Sin pensarlo dos vez, e ignorando el dolor que me produjo en el pie, di un salto seguro hacia el borde del puente y me lancé al río.
Sin embargo, nunca alcancé a tocar el agua.
Van
Parpadeé varias veces cuando, a la distancia, vi el pilar de luz azul y brillante en la mitad del bosque. Me negaba a creer que estaba viendo realmente lo que estaba viendo. Sin embargo, el pendiente de Hitomi comenzó a emitir un extraño calor al interior de mi puño cerrado, hasta el punto de sentir que me estaba quemando, incluso teniendo los guantes de cuero puestos.
Sin pensar, me lancé a correr hacia el bosque. Seguí el resplandor de luz que se veía a través de las gruesas ramas, mientras continuaba repitiéndome que esto bien podría ser solo un sueño. Sin embargo, cuando me detuve ante el pilar de luz, que lentamente depositaba una delgada y pequeña figura en la suave hierba, comencé a creerlo.
Estaba encogida en el suelo, temblando. Sólo podía ver su espalda, cuya piel brillaba bajo la luz de la luna, al igual que las piedras que adornaban el blanco vestido largo que llevaba puesto. Noté, alarmado, que estaba herida, ya que gruesas gotas de sangre caían desde su pie descalzo, comenzando a manchar la tela arrugada de su vestido. Su cabello, que veía desde atrás, caía suavemente sobre sus hombros, adornado por un intrincado diseño de flores y cintas.
Cuando se giró abruptamente, no fui capaz de moverme. Me encontré con sus brillantes ojos verdes, que parecían resplandecer más con los colores que decoraban su piel y con la fina línea oscura sobre sus párpados. Parpadeó varias veces, en un claro estado de asombro, al igual que yo. Me miró con expresión impávida, al mismo tiempo en que gruesas gotas de agua comenzaban a caer desde el cielo.
En menos de un instante, había comenzado a llover. Y luego de otros segundos, ambos ya estábamos empapados, pero ninguno era capaz de moverse. Sin embargo, un sonido, el sonido más hermoso que había oído jamás, irrumpió el silencio abrumador que se había cernido sobre nosotros.
"¿…Van?"
Su voz pareció devolverme el alma que sentía que ya no poseía. Di un paso tembloroso hacia ella, quien se quedó quieta como el hielo. Sin embargo, pude ver una expresión de alivio en su rostro cuando se dio cuenta de que realmente estábamos ahí, uno frente al otro.
"Hitomi…" – murmuré, sintiendo que una sonrisa comenzaba a dibujarse en mi rostro.
Sin embargo, la felicidad momentánea desapareció cuando tuve que correr a su lado y sostenerla en mis brazos, para evitar que, inconsciente, cayera al piso.
Continuará…
