No soy la dueña de Escaflowne ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría. Tampoco soy dueña de ninguna de las canciones ni melodías citadas en esta historia.
El Cisne Negro
Capítulo Tres: Reencuentro
Van
Llevaba los últimos minutos completamente quieto, arrodillado al lado de mi cama, observando su quieta figura sobre las mantas. Tenía los ojos completamente cerrados, sumida en un profundo sueño, mientras sus manos descansaban relajadamente sobre su estómago. Su cabello, ahora largo, se extendía como un abanico sobre las almohadas.
Luego de que se desmayara bajo la lluvia, no desperdicié ni un solo instante en cuestionamientos ni dudas. Sólo la tomé en mis brazos, ligera como una pluma, y me apresuré a llevarla al interior del castillo. Recordando que la entrada principal estaba llena de invitados, que sin duda comenzarían a preguntar por qué llevaba a una joven inconsciente en mis brazos, me escabullí con ella por la entrada de atrás. Ahí, escapándose de la pomposidad del banquete, me encontré con Grey, quien por lo bajo, se aterrorizó al verme entrar con Hitomi en mis brazos, completamente mojados y con expresión descompuesta en mi rostro. Le ordené, más autoritario de lo que pretendía, que le dijera a Merle que la necesitaba en mi habitación. Agregué que les dijera a los invitados que me encontraba enfermo y que me disculparan por no despedirlos. Luego, subiendo los peldaños de dos en dos, me apresuré a entrar en mis aposentos, cerrando la puerta lo más discretamente posible.
Una vez ahí, la deposité sobre las mantas, tratando de no despertarla. No podía creer que realmente estaba ahí, en mi habitación, sobre mi cama…y que tan solo unos instantes antes, la había sostenido protectoramente en mis brazos. En ese momento pude notar todos los cambios en su apariencia: Estaba más delgada que antes, pero la belleza de su figura continuaba intacta. Sus brazos y piernas parecían más largos que antes, al igual que su cabello, cuyo corte antes me había parecido tan extranjero e intrigante. Sin embargo, ahora tenía unos largos rizos de color miel, que la hacían aún más hermosa, si es que eso era siquiera posible.
Durante diez largos años había imaginado este momento, pero había resultado completamente diferente a lo que había soñado. Sin embargo, de alguna forma, era incluso mejor que en mis fantasías, ya que ahora tenía una oportunidad única para contemplarla en silencio, sin que mis constantes pensamientos amargos me interrumpieran. Tratando de no despertarla, me quité los guantes de cuero, dejándolos caer despreocupadamente al piso y, lentamente, tracé una línea con mis dedos por su mejilla derecha. Inmediatamente, la sensación de su piel contra la mía, suave como el pétalo de una flor, hizo que me estremeciera.
De repente, me sobresalté al escuchar que la puerta de mi habitación se abría de par en par, y en el umbral, me encontré con mi hermana menor. Estaba vestida acorde a la circunstancias, pero su expresión despavorida me dio a entender que ya estaba al tanto de lo que había ocurrido. Detrás de ella, con la misma expresión asustada, se encontraba Grey. Merle corrió a mi lado, mientras notaba cómo gruesas lágrimas comenzaban a brotar de sus mejillas.
"No puedo creer que esto sea verdad, que realmente se encuentre aquí" – la voz de Merle estaba quebrada, abrumada por lo que estaba sintiendo – "¿Qué pasó, cómo es que-"
De repente, un leve murmullo hizo que los dos nos fijáramos en la figura dormida de Hitomi. Estaba tan absorto en mis pensamientos que no había notado que unas suaves perlas de sudor comenzaban a decorar su frente, y que, bajo sus párpados, sus ojos se movían sin cesar. Antes de que pudiera hacer algo, Merle se había ya inclinado sobre el cuerpo de Hitomi, posando una de sus manos sobre su frente. Luego, dirigió sus ojos furiosos hacia mí.
"¡Maldita sea, Van!" – exclamó, en un susurro enojado – "¡Está ardiendo en fiebre!"
Alarmado, puse una de mis manos sobre las de Hitomi, y noté que estaban completamente gélidas. Me incorporé rápidamente para cubrirla con las mantas, pero Merle, sacudiendo la cabeza, me lo impidió. Se volteó hacia Grey, quien nos miraba en silencio a ambos desde la puerta.
"Grey, ve por el médico. Hitomi necesita ayuda" – luego de ver que su marido desaparecía por el pasillo, su mirada se deslizó con horror hacia los pies de la cama, cuya cubierta comenzaba a teñirse de sangre – "¿Qué demoni-"- se inclinó sobre el extremo y vio la herida del pie de Hitomi, que yo había olvidado completamente – "¡Van, maldita sea!" – repitió, mostrándome los colmillos, escondidos en su boca la mayoría de tiempo – "¡Hitomi está herida y congelada hasta los huesos porque no le has quitado la ropa mojada, y tú no haces más que mirarla!"
Dándome un empujón, comenzó a delicadamente a buscar dónde podía desabotonar el vestido de Hitomi. Con la garganta seca, noté cómo lentamente mi hermana exponía la piel de la joven dormida, quedando con tan solo una especie de vestido delgado que le llegaba apenas a tocar las rodillas. Merle emitió un bufido, molesta por mi actitud, mientras arrugaba el vestido de Hitomi y se dirigía hacia el armario para guardarlo. Desde el otro extremo de la habitación, me susurró:
"Quítale esa cosa del pelo para que este más cómoda".
Notando que era lo mínimo que podía hacer, me incliné hacia la figura de Hitomi, y lo más suavemente posible, comencé a quitarle las flores y cintas que seguramente estaban clavándose en su cabeza. Sin embargo, no esperé lo que sucedió después: Ella aún emitía murmullos delirantes, pero esta vez, sus ojos desenfocados se abrieron de golpe. Yo estaba apoyándome en una mis manos, al lado de su cabeza, sobre la almohada, mientras con la otra comenzaba a desenredar su cabello. Cuando sus ojos encontraron los míos, en menos de un instante, un grito de terror rompió el silencio de la habitación. Completamente gélido, ni siquiera opuse resistencia cuando sentí el contacto de su mano contra mi rostro. Gritando desaforada, Hitomi lanzaba golpes ciegos con sus manos congeladas, temblando fuera de sí.
El terror que ella sentía lo sentí también dentro de mí. Traté de sostener sus manos lo más suavemente posible, lo que solo logró que gritara aún más fuerte.
"¡Hitomi, tranquila!" – exclamé, sosteniendo sus muñecas, lo que sólo provocaba espasmos en su delgado cuerpo al intentar zafarse. Ella ni siquiera podía enfocar la mirada producto de la fiebre, por lo que solo continuaba gritando al tope de lo que le permitían sus pulmones – "¡Estás bien, estás a salvo, en-"
"¡NO ME TOQUES!" – rugió, de repente, cerrando los ojos y rechinando los dientes – "¡ALÉJATE DE MÍ, MALDITO MONSTRUO!" – Ante la última frase, intenté soltar uno de sus brazos, pero inmediatamente supe que intentaría golpearme otra vez, por lo que volví a sostenerla con fuerza. De repente, por un brevísimo instante, sus ojos se abrieron y gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas empapadas de sudor – "¡TE ODIO!" – gritó, con la cabeza enterrada hacia atrás en las almohadas. Nuevamente, cerró los ojos y cogió aire – "¡TE ODIO, AMANO!"
En ese momento, entró Poncy, el médico del castillo, acompañado de Grey. Ambos quedaron gélidos de espanto ante el espectáculo que vieron, pero Poncy, siendo el hombre mayor y experto que era, rápidamente salió del asombro. Se acercó con paso resuelto hacia Hitomi, quien lloraba y decía frases incoherentes, tratando de que la soltara.
"Todo el mundo, fuera" – ordenó Poncy, mirándome con gravedad – "Incluido usted, Majestad".
"No la dejaré" – dije, con la misma resolución con la que él me había ordenado que saliera – "Lo que sea que tengas que hacer, lo harás conmigo en esta habitación".
"¡Van, con un demonio!" – Merle, que durante todo este rato había estado demasiado pasmada como para moverse siquiera, se acercó rápidamente a mí y me cogió del brazo. Sin embargo, no me moví – "Van" – repitió, esta vez en un tono serio, muy impropio de ella – "Hitomi necesita ayuda, ahora mismo. Y tú la ayudarás esperando fuera de la habitación".
Volví a posar mis ojos en la figura de Hitomi, temblorosa y que rápidamente comenzaba a perder fuerzas. Sus respiraciones eran cada vez más entrecortadas y la anterior furia que había desplegado parecía haber desaparecido completamente, ya que sus muñecas ahora colgaban, lánguidas, entre medio de mis dedos. A pesar de que todos me miraban, esperando a que saliera de la habitación, me permití un segundo para acercar una de sus manos congeladas hacia mi rostro, prometiéndole de este modo que no estaría lejos. Luego, con un gruñido, solté sus manos y me dirigí, raudo, hacia la puerta.
En silencio, esperé por lo que me parecieron horas, en el pasillo que estaba fuera de mi habitación. Merle estaba a mi lado, sin las ganas o el valor de decir ni una sola palabra. A su lado, se encontraba Grey, que seguramente estaba más que confundido por toda esta situación, y ninguno de nosotros dos tenía la más mínima intención de explicarle algo.
La reacción furiosa y aterrorizada de Hitomi continuaba reproduciéndose, fresca, en mi mente. Nunca la había visto en tal estado de desesperación, lo que inevitablemente hizo que un enorme sentimiento de culpa me aplastara, llegando incluso a encorvarme: Algo debía haberle ocurrido a lo largo de estos años, algo terrible, algo que había dejado marcas profundas en su interior…y yo no había estado a su lado para protegerla. Me maldije por ser tan estúpido como para pensar que ella no había regresado tan solo porque había conocido a alguien más, a alguien de su mundo. Claro que no era así, Hitomi nunca me habría hecho eso, y ahora, gracias a que no había tenido el valor de ir a la Luna Fantasma para asegurarme de que se encontraba bien, ella estaba sufriendo. Debería haber ido a verla, debería haberla vigilado desde las sombras y así evitar cualquier daño dirigido hacia su persona. Pero no, me había quedado aquí, durante diez malditos años, sintiendo lástima por mí mismo, mientras la única mujer a la que había amado como alguna vez amé la vida…no podía ni siquiera pensarlo.
"¿Quién es 'Amano'?"
La voz de Merle me sacó de mis pensamientos. De repente, reparé en su expresión confundida, y en la forma inquisitiva en que me estaba mirando.
"¿Qué?" – pregunté, sacudiendo la cabeza.
"Hitomi" – explicó, haciendo un gesto hacia la puerta cerrada de mi habitación – "Dijo, muy claro 'te odio, Amano'…¿Sabes a quién se refiere?".
La idea de que el sufrimiento de Hitomi tuviera un nombre, hizo inmediatamente que mi sangre hirviera. Sin embargo, a pesar de que tenía el hábito de torturarme recordando cada una de las conversaciones que había tenido con Hitomi, ese nombre no me traía ningún recuerdo. Sacudí la cabeza negativamente, para luego continuar en silencio.
Cuando la puerta se abrió, rápidamente me incliné hacia adelante. Poncy se asomó por el umbral, y comprobando una vez más hacia la cama el estado de su paciente, cerró la puerta tras de sí.
"Se encuentra bien" – comentó. Sin embargo, el alivio que sentí momentáneamente desapareció cuando noté su expresión preocupada – "Su estado de salud es solo…conmoción".
"¿Ah?" – preguntó Merle – "¿A qué te refieres, Poncy?"
"Necesita reposo, y por sobre todo, estar tranquila" – agregó, mirándome severamente – "Tuve que coser su pie, tenía un pedazo de vidrio clavado en él. Por lo tanto, recomiendo que no camine por al menos un par de días. En caso contrario, la herida volverá a abrirse"
"De acuerdo" – dijo Merle, resuelta y girándose hacia Grey – "Dile a las criadas que preparen el cuarto de huéspedes al lado de nuestra habitación, Grey. Llevaremos a Hitomi ahí y yo haré guardia esta noche, ya mañana pod-"
"Hitomi no se moverá de donde está"
Sentí, de repente, todas las miradas sobre mí.
"Se quedará en mi habitación y yo cuidaré de ella" – dije, en un tono que no admitía discusión alguna.
"¡Pero, Van-"
"Concuerdo con el rey" – dijo Poncy, parándose junto a mí y desviando su mirada hacia Merle – "En el estado en que se encuentra, no es aconsejable moverla"
"Van, entonces déjame a mí cuidar de ella esta noche, ya mañana podrás-"
"No voy a repetirlo, Merle" – mi hermana se crispó ante mi expresión furiosa – "Yo, y sólo yo, cuidaré de Hitomi. Cuando necesite que tomes mi lugar, te lo haré saber, pero por ahora, quiero que todos regresen a sus habitaciones y me dejen a solas con ella".
Grey puso una mano sobre el hombro de Merle, quien luego de lanzarme una mirada preocupada, se giró para caminar de regreso a su habitación por el pasillo. Iba a entrar a la habitación nuevamente, cuando una mano sobre mi hombro me detuvo.
"Majestad" – dijo Poncy, asegurándose de que nadie estuviese escuchando nuestra conversación – "Necesito decirle algo más".
Notando que él parecía extremadamente preocupado, molesto por tener que alejarme de la habitación, le hice un gesto rápido para que entráramos a mi estudio, adyacente a mis aposentos. Cerré la puerta lo más suavemente posible, puesto que sabía que, debido a la cercanía con la habitación, cualquier ruido de mi estudio podía escucharse en donde estaba Hitomi. Una vez ahí, sentí una punzada de miedo en mi pecho cuando vi la expresión horrorizada que Poncy tenía en el rostro.
"¿Qué sucede?" – pregunté, casi en un susurro.
"La joven…" – comenzó, aclarándose la garganta – "Lo que dije sobre su estado es cierto, la fiebre y su reacción son producto de una grave conmoción, de un…trauma" – cuando fruncí el ceño, confundido, continuó explicando – "Sólo he visto este tipo de reacciones en…soldados que regresan luego de haber estado prisioneros por largo tiempo."
Lo que me decía no tenía ningún sentido. Hitomi, si bien había aparecido nerviosa y temblorosa, no parecía haber estado en alguna situación así. Por el contrario, se veía de una belleza incomparable, con aquel bello vestido y flores en su cabello.
"Quise revisar su estado completamente una vez que la sedé con un somnífero" – explicó – "Y noté que en ciertas partes de su cuerpo, hay diversas…cicatrices" – "Son quemaduras principalmente, pero lo que me preocupa, es en los lugares en donde las vi".
"Poncy, qué demonios-"
"¡Majestad!" – exclamó, de repente, completamente horrorizado – "Esta muchacha fue torturada e incluso…" – noté que no sabía cómo continuar, cómo decirlo sin seguir alterándose – "Creo firmemente que fue abusada".
Sus últimas palabras hicieron un eco terrible en mi mente.
Hitomi…mi dulce y amable Hitomi, había sufrido en manos de alguien, alguien que aún no tenía rostro para mí, pero que incluso sin conocerlo, se transformó en mi peor enemigo en tan solo un instante. Una ira que nunca había experimentado me invadió, fue como si una ola de furia se apoderara de mí. Quise gritar, destruir todo a mi alrededor y luego ir en busca de aquel maldito para encargarme personalmente de que su vida terminase, bajo mis manos. Sin embargo, recordé que Hitomi se encontraba tan solo a unos metros de distancia de mí, y que ahora, más que nunca, necesitaba que estuviese a su lado. No sabía cómo, ni cuánto tardaría, pero decidí en ese momento que mi único propósito de aquí en adelante sería ella.
Sería asegurarme de que fuese feliz, incluso si es que después de ello, decidiera irse una vez más.
"Majestad" – dijo Poncy, caminando hacia la puerta – "Regresaré mañana para comprobar cómo evoluciona su estado de salud, pero le recomiendo que nada la perturbe. No debe sufrir emociones fuertes en el frágil estado en que se encuentra"
"Gracias, Poncy" – noté que mi voz no había recuperado su tono normal, seguía siendo un gruñido gutural – "Mañana te pediré que vengas, cuando se encuentre mejor".
Una vez que Poncy se fue, me quedé por unos instantes parado en medio del estudio, completamente rígido de ira. Sentía que mi cuerpo temblaba, producto de la rabia que sentía, tanto contra aquel que la había herido, como contra mí mismo. Qué estúpido, imbécil, maldito, maldito, MALDITO IDIOTA, era. Todo esto era mi culpa, debería haber ido hace años a la Luna Fantasma, para verla, para asegurarme de su bienestar, para protegerla sin que me viera, pero no, había decidido alejarme porque ella se había alejado primero. Pero nunca me había detenido a pensar que ella me había necesitado, sino que mi mente se contentó con creer que ella había encontrado la felicidad en su mundo.
¿Y por qué? Porque era un idiota. Porque era un imbécil que nunca había creído realmente que Hitomi quisiera estar conmigo. Porque siempre pensé que alguien como yo no se merecía a alguien tan puro y leal como ella, y por eso, la había dejado ir, sin darme cuenta de que en realidad, era yo quien la había abandonado.
Caminé lentamente hacia la habitación, viendo su figura descansando sobre las mantas. Me arrodillé a su lado, viendo cómo su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración, ya no entrecortada y asustada, sino suavemente acompasada. Su rostro parecía tranquilo y en paz, no quedaba ni un solo rastro de aquella expresión aterrorizada que había visto instantes atrás. Me acerqué lentamente hacia su figura y puse una de mis manos en su mejilla derecha. Sonreí levemente cuando, instintivamente al parecer, su rostro se inclinó hacia un lado, quedando mi mano atrapada entre su piel y la almohada. Levanté la otra mano y, con suavidad, dejé que uno de mis dedos se enlazara en uno de sus delicados rizos color miel.
"Ojalá logres perdonarme algún día" – murmuré.
No me di cuenta en qué minuto de la noche apoyé mi cabeza en el borde de la cama y me quedé dormido, con mi mano aún sosteniendo el rostro de Hitomi.
Abrí los ojos pesarosamente, sintiendo cada músculo de mi cuerpo atrofiado. Noté que estaba en una posición extraña, medio arrodillado y medio inclinado sobre el borde de la cama. Los débiles rayos de sol que entraban por la ventana me indicaron que ya había amanecido, pero era aún muy temprano. Me incorporé lentamente, para darme cuenta de que ya no sentía la presión en la mano derecha. Alarmado, levanté la cabeza de un golpe, lo que hizo que la figura que estaba sobre la cama se encogiera, con miedo.
Hitomi estaba despierta, sentada sobre la cama. Su cabello rubio caía grácilmente sobre sus hombros, en un millar de rizos que se mecieron suavemente cuando un poco de brisa del amanecer se coló por la ventana abierta. Sus manos sostenían las sábanas contra su cuerpo, que estaba cubierto únicamente por aquella especie de vestido de satín que se asemejaba a una camisola de dormir. Sin embargo, su expresión asustada y confusa era lo único que tenía toda mi atención en esos momentos.
"Hitomi…" – murmuré, alejándome un poco de ella. Quería estar cerca, pero recordé el consejo de Poncy, y decidí darle espacio para que se ajustara al hecho de que estaba aquí. La miré por largos segundos, para luego incorporarme con lentitud. Siguió atentamente mis movimientos, para luego dejar que sus ojos vagaran por la habitación. Quise sonreír cuando la vi fruncir levemente el ceño, notando que estaba tratando de asegurarse de que lo que estaba viendo era real. Luego, volvió a posar sus ojos en mí.
"¿Van?" – su voz era igual de suave, incluso más, de lo que recordaba.
"Sí…" – dije, sintiendo un leve alivio recorrer mi pecho – "Soy yo, Hitomi"
"¿Qué estás…? ¿Qué estoy…?" – parecía incapaz de encontrar las palabras – "¿Cómo llegué aquí?"
Me di cuenta de que…no tenía idea. No sabía por qué yo había ido a buscar el pendiente, ni por qué, luego de hacerlo, ella había regresado. Había deseado que fuese feliz, pero…sólo había dicho en voz alta lo que siempre había querido para ella, y no entendía por qué ello había traído como consecuencia que regresara a Gaea.
"No lo sé" – dije, simplemente – "Vi el pilar de luz, lo seguí, y luego…aquí estabas".
Parpadeó varias veces, incluso más confundida. Sus ojos nuevamente se desplazaron por la habitación, para detenerse en mí. Me exploró de arriba abajo con sus enormes y brillantes ojos verdes, con una expresión que me pareció adorable.
"Estás más alto" – comentó, casi como un murmullo.
"Y tú incluso más hermosa que antes" – respondí, automáticamente. Me maldije por mi estupidez y torpeza, cerrando los ojos. Sólo hace unas horas atrás Poncy me había dicho que no debía perturbarla ni molestarla, y en menos de un minuto, yo ya estaba tratando de recuperar el tiempo perdido e intentando que volviéramos al punto en que nos encontrábamos antes de separarnos. Sin embargo, cuando abrí los ojos nuevamente, noté que un leve tono rosáceo había invadido sus pálidas mejillas. Bajó la mirada cuando se encontró con la mía y, nerviosamente, sus dedos jugaron con las sábanas. Luego, observó la habitación nuevamente y algo pareció preocuparla, ya que, en un gesto que recordaba perfectamente, se mordió el labio inferior – "¿Sucede algo, Hitomi?" – cuando lancé la pregunta, sus ojos se posaron en mí y sentí, como un adolescente, un leve cosquilleo en la parte posterior de mi cuello. A pesar de que habían pasado diez años, ella seguía teniendo un efecto muy poderoso sobre mí. Aclaré mi garganta, y continúe – "¿Necesitas algo?"
"Sí, esto…" – comenzó, nerviosa – "Necesito…ir al baño".
"Oh" – dije, aliviado, ya que me había imaginado algo peor – "Está justo detrás de esa puerta" – continué, apuntando hacia el lado derecho de la habitación, lo que hizo que ella girara su cabeza hacia allá. Luego, olvidando completamente lo que había pasado la noche anterior, me acerqué con rapidez hacia ella e intenté tomarla en mis brazos. Sin embargo, cuando notó la cercanía de mi cuerpo con el suyo, instintivamente se encogió y se alejó de mí.
"No me toques" – dijo, automáticamente, cubriéndose con las sábanas.
Me congelé justo donde estaba y di un paso atrás. Qué idiota, maldita sea. Segunda torpeza en menos de cinco minutos, todo un récord, incluso para mí.
Pero luego, sentí una punzada de culpa cuando volví a mirarla: Estaba temblando levemente, mirándome con los ojos más abiertos que nunca, mientras una de sus manos cubría su boca y la otra se aferraba a las sábanas contra su cuerpo. Luego, vi que sus ojos comenzaban a brillar producto de las lágrimas que empezaron a agolparse en su interior.
"Lo siento" – susurró, parpadeando un par de veces y dejando caer la mano que cubría su rostro, luchando contra las lágrimas - "No quería…es decir, sé que no…"
"Hitomi, no te disculpes. Lo entiendo" – dije, tratando de enfatizar la última frase – "No voy a hacerte daño" – aseguré, levantando mis manos frente a ella – "Pero tienes una herida en el pie, y el médico me indicó que no debías caminar por un par de días." – Mi mirada se dirigió hacia la puerta, mientras sopesé alguna alternativa – "Iré por alguna criada para que te ayude ir al-"
"No" – su voz me detuvo, y en menos de un segundo, ya me había volteado nuevamente para mirarla. Había soltado las sábanas que la cubrían y como resultado, ahora pude apreciar lo delgado de sus brazos y la belleza con que se erguía sobre la cama. – "No te vayas"
Evité, sin éxito, sonreír.
Tercera torpeza, en no más de siete minutos.
Muy bien, Van.
Sacudí la cabeza, resignado ante mi propia estupidez, pero igualmente caminé lentamente hacia ella. Con cada paso que daba, me aseguraba de que ella supiera que no tenía ninguna otra intención más que ayudarla a ir hacia donde lo necesitaba. Ella siguió mis movimientos con expresión atenta, para luego, lentamente, comenzar a empujar las sábanas hacia atrás. Evité mirar sus largas piernas, para que no se sintiera expuesta. Luego, con suavidad, me incliné hacia adelante, sonriendo mentalmente al notar que no se alejaba de mí, sino que al contrario, extendía sus largos y delgados brazos para pasarlos detrás de mi cuello. La levanté, sin ningún esfuerzo, permitiéndome un breve instante, e inhalar el delicioso aroma que su cuerpo desprendía. Me dirigí hacia el baño, y una vez ahí, la deposité sobre el suelo de cerámica. Me sorprendió el equilibrio que poseía sobre solo un pie, y cómo, a pesar de encontrarse herida, mantenía una postura erguida y quieta.
"Esperaré ahí fuera" – dije, señalando la habitación – "Dime cuando estés lista y vendré por ti".
Vi que asentía, y luego, cerré la puerta detrás de mí. No me permití ni un instante de felicidad, puesto que ahora no era momento para endulzar mis pensamientos de adolescente. Hitomi necesitaba de mi ayuda, y yo no debía esperar absolutamente nada a cambio. Al contrario, era yo quien debía enmendar todo lo posible esta situación, pues yo, y solo yo, era el culpable de su estado actual.
Cuando escuché cómo la puerta se abría nuevamente, me apresuré para ayudarla. Estaba ahí, nuevamente erguida sobre solo un pie, pero parecía más compuesta que antes. Se había lavado la cara y como resultado, ahora su pálida piel hacía un bello contraste con sus enormes ojos verdes. Me acerqué con lentitud una vez más, notando que ella parecía un poco más cómoda con el hecho de tenerme cerca. La tomé en mis brazos nuevamente, e iba a dejarla sobre la superficie de la cama, cuando sentí que cerraba más sus delgados brazos en torno a mi cuello. Estaba inclinado sobre la cama, dispuesto a depositarla sobre ella, cuando el sonido de su voz me detuvo.
"No…" – murmuró, contra mi oído – "No me sueltes".
Sentí algo explotar dentro de mi pecho. En ese momento, el sonido de su petición curó todas las heridas que tenía abiertas en mi interior.
Acallando la voz de Poncy dentro de mi mente, hice lo único que me pareció adecuado. En lugar de dejarla sobre la cama, me volteé y me senté yo sobre ella, con Hitomi en mis brazos. Ella se encogió aún más en mi regazo, inclinándose hacia adelante y cerrando uno de sus brazos en torno a mi espalda, mientras el otro continuaba firmemente aferrado a mi cuello. Removí la mano que estaba bajo sus rodillas lentamente, y con suavidad, la posé sobre su espalda. Al notar que se crispaba un poco, la quité rápidamente, pero luego, noté que asentía de forma muy leve. Envalentonado otra vez, puse mi mano sobre su espalda, y al ver que no se alejaba, con la otra sostuve la parte posterior de su cuello, cerrando de esta forma completamente mis brazos en torno a ella.
Podría haberme quedado así para siempre. Sentí cómo su respiración, nerviosa y agitada anteriormente, ahora se acompasaba suavemente a los latidos de su corazón. Noté cómo, lentamente, dejaba de temblar y su cuerpo comenzaba a relajarse con cada segundo que pasaba. No tardó demasiado en quedarse profundamente dormida nuevamente, lo que supe cuando sus brazos cayeron, lánguidos, a ambos lados de su cuerpo.
Dejé que transcurrieran unos minutos más para luego, lentamente, volver a incorporarme. La dejé con cuidado sobre la cama, y sin hacer ruido, la cubrí con las sábanas. Me debatí por unos momentos, pero luego, no pude resistir más: Me incliné cuidadosamente sobre su cabeza, y con la mayor suavidad posible, besé su frente. Tan solo ese leve toque fue suficiente para que los escalofríos más poderosos se apoderaran de mi espalda, mientras mis instintos más profundos trataban de empujarme a que hiciera más, mucho más. Sin embargo, resistí aquella urgencia y me conformé con un leve roce de mis labios contra su piel.
Volví a la posición de antes y me dispuse, otra vez, a cuidarla mientras dormía.
Continuará…
