No soy la dueña de Escaflowne ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría. Tampoco soy dueña de ninguna de las canciones ni melodías citadas en esta historia.

El Cisne Negro

Capítulo Cuatro: Relato

Hitomi

Desperté en la mitad de la noche, agitada. Abrí los ojos y traté de ajustarlos a la oscuridad. Pensé que aún estaba en ese sueño extraño en que me había despertado la última vez, en donde había estado…con él. Me había tomado en sus brazos, logrando que todo mi sufrimiento e inseguridad desaparecieran como polvo que se lleva el viento. Había escuchado su voz suave y reconfortante, y había sido tan real, que había sido capaz, incluso, de sentir un cosquilleo en mis dedos cuando toqué su piel.

Sin embargo, sabía que sólo había sido un sueño. Una fantasía maravillosa, un regalo que el universo me había dado momentáneamente, cansado seguramente de sólo enviarme pesadillas.

Aunque…un momento.

El techo se veía poco familiar. Este era alto, muy alto, casi tanto que no podía distinguir de qué color estaba pintado. Fruncí el ceño, recordando que el techo de mi habitación era de un brillante blanco. Este parecía ser de un color rojizo claro. Y…¿qué era ese diseño extraño? ¿Eran flores? Yo estaba segura de que nunca había empapelado las paredes de mi apartamento con ningún diseño. Bajé la mirada lentamente, y recordé que mi cama no era así de grande. Tampoco que mis sábanas eran de color amarillo, o así parecía en la tenue luz que se colaba por la ventana.

En ese momento me di cuenta de que no había sido un sueño: No sólo esta ventana en el lado equivocado de mi habitación, sino que además…podía ver la Tierra a través de sus cristales abiertos. Parpadeé un par de veces, negándome a creer que realmente esto estaba ocurriendo.

Ahí fue cuando, desviando mi mirada hacia el lado contrario, lo vi: Estaba sentado en un sillón, que aparentemente había sido movido hacia el lado de la cama desde otra habitación. Era grande, de cuero y en él, distinguí su figura, profundamente dormida. Ensanché la mirada cuando noté que su pecho se alzaba, para luego bajar, lentamente, al ritmo de su respiración. Aunque sabía que era él, en esta ocasión pude distinguir lo mucho que había cambiado. No sólo estaba más alto, sino que además, se veía muchísimo más musculoso que la última vez que lo había visto. Su cabello, sin embargo, seguía exactamente igual: alborotado, de un negro profundo, que caía de forma rebelde sobre sus ojos caoba, ahora fuertemente cerrados.

Sentí una punzada dentro de mí, pero no podía ponerle un nombre aún. Sin embargo, acostumbrada a sentir esta clase de dolor cuando me asustaba o angustiaba por algún motivo, me sorprendí cuando descubrí que era ciertamente agradable. Era como si verlo me provocara una inmensa tranquilidad, pero no sólo eso…como si mi cuerpo resonara por sí solo, sentí un extraño cosquilleo en las manos y en los brazos. El calor que había sentido en el supuesto sueño, que ahora sabía que no había sido producto de mi imaginación, me estaba abandonando lentamente. Y mi cuerpo estaba demandando que regresara, que volviera la sensación que experimentó cuando había estado envuelto en el protector y suave abrazo de…él.

En ese momento, a pesar de que me encontraba absorta contemplándolo, sentí una enorme sed. Mi mano voló a mi garganta, seca como arena bajo el sol. Recordé que el baño se encontraba a solo unos pasos de distancia, así que lo más silenciosamente que pude, me escabullí entre las sábanas, tratando de no despertarlo. Tuve cuidado de no apoyar mi pie derecho, por lo que me sostuve en el izquierdo, extendiendo los brazos a los lados, en perfecta tercera posición. De repente, a mi mente regresó aquel recuerdo cuando, recién iniciada en el mundo del ballet, sufrí un esguince en mi tobillo derecho en medio de una presentación de Raymonda. Había continuado bailando con naturalidad, a pesar de que me moría de dolor. Si había sido capaz de terminar una obra completa en el rol protagónico, podía perfectamente saltar hasta la entrada del baño sin problemas.

Con el pie derecho en el aire, me equilibré perfectamente. Inhalé con profundidad, como cada vez que me preparaba para un grand-jete alturnan y estiré mis brazos y mi cabeza hacia atrás. Me impulsé con un swing de mi pierna derecha y, un instante después, estaba en el aire. Estiré la pierna izquierda lo más que pude para aterrizar sobre ella, y-

"¡HITOMI!"

Maldita sea.

Tuve suerte de no quebrarme el tobillo al aterrizar estrepitosamente sobre él, soltando un alarido de dolor ahogado cuando mi cadera aplastó la parte trasera de mi pie derecho. Traté de incorporarme rápidamente para dejar de presionarlo, pero en menos de un instante, mi cuerpo ya no estaba en suelo. En lugar de eso, me encontraba inmovilizada completamente por unos brazos que no eran míos.

"Con un demo-" – su voz era gruñido casi sin aliento– "¿Qué…? ¿Qué intentaste hacer? ¿Estás herida? ¿Te sientes mal?"

Gracias a la luz de la luna que se colaba por la ventana, pude ver sus facciones con más claridad. Su rostro perfilado y agudo, estaba teñido de confusión y preocupación, mientras trataba de recuperar el aliento. Por mi parte, yo me encontraba anonadada por el hecho de ahora encontrarme atrapada contra su pecho, con sus brazos firmemente cerrados en torno a mi figura, que aún no tocaba el piso. Un aroma similar a la madera recién quemada alcanzó mi nariz, notando que provenía de su cuello, y por un brevísimo instante, volví a tener quince años. Volví a flotar en el aire, protegida por sus brazos…y sus alas.

"Quería…" – comencé, tratando de alzar la voz para que fuera algo más que un murmullo – "Quería un poco de agua".

"¿Por qué no me despertaste, entonces?" – noté que estaba luchando por no perder la paciencia, lo que momentáneamente, hizo que una sonrisa que ya no me creía capaz de esbozar, se apoderara de mi rostro. Antes, a la antigua Hitomi…siempre la había hecho reír el hecho de que Van tuviese mal temperamento y explotara por las cosas más mínimas. Esa Hitomi voluntariosa y amable que reía por todo, por un instante, volvió a mi cuerpo. – "¿Puedo dejarte en el piso sin que intentes algo como esto, de nuevo?" – su voz me sacó de mis pensamientos e hizo que lo mirara. Asentí levemente, para luego sentir el contacto de piso de madera con mi pie izquierdo. Asegurándose de que me había equilibrado, Van desapareció rápidamente por la puerta del baño, lo que me permitió continuar observando la habitación. Mis ojos se detuvieron en la ventana.

La imagen de mi planeta captó toda mi atención en esos momentos. De repente, recordé cómo había llegado ahí: Furiosos escalofríos recorrieron mi espalda cuando su imagen se apoderó de mi mente. Recordaba haber estado parada al borde del puente, dispuesta a saltar, y por un instante, volví a sentir un pánico y terror indescriptibles. Sin embargo, se desvanecieron cuando observé nuevamente la imagen por la ventana.

Había escapado. Había escapado de él, al único lugar al que, de seguro, nunca iba a poder seguirme.

Una sensación curiosa, muy parecida a la victoria, invadió todo mi cuerpo. Y luego, sentí como si algo se desprendiera de mi ser, un sentimiento amargo me abandonaba, y volaba por la habitación, hacia la ventana, para después desvanecerse en el aire nocturno.

"¿Te encuentras bien, Hitomi?"

Nuevamente, su voz me sacó de un estado de delicada contemplación. Me volví hacia él, y algo en mí, que creía perdido, se encendió súbitamente. No sabía realmente qué era, pero era parecido a la alegría. Agradecí mentalmente que estuviera ahí, parado frente a mí, incluso si es que no hacía o decía nada. Su sola cercanía me devolvía a la cordura y a una tranquilidad que había olvidado. Asentí levemente, viendo cómo se acercaba y me entregaba un vaso con agua. Bebí con avidez, para luego devolvérselo con lentitud. Mis ojos nuevamente, volaron hacia la ventana, mientras sentía una suave brisa entrar por ella y envolverme con suavidad.

"¿Quieres ir a sentarte cerca de la ventana?"

Me giré rápidamente hacia él, sorprendida. Sus ojos brillaban con curiosidad, y en ese momento, recordé que él tenía esa impresionante habilidad de anticiparse a lo que yo estaba pensando. Me perdí momentáneamente al interior de esos ojos profundos que no veía hace tantos años, y antes de darme cuenta, asentí nuevamente.

Me sorprendí, por enésima vez en esos últimos instantes, cuando se acercó hacia mí y mi cuerpo no reaccionó tratando de alejarse. Al contrario, mis brazos, antes de darme cuenta, ya se encontraban cerrados en torno a su cuello, al mismo tiempo en que sentía que me levantaba del piso sin ningún esfuerzo. Sentí verdadero deleite cuando ese aroma a madera, grave y cítrico al mismo tiempo, volvía a alcanzar mi nariz, despertando al resto de mis sentidos con un solo esfuerzo. Después, escondí una leve sonrisa cuando, suavemente, depositaba mi cuerpo en el alféizar de la ventana. Noté que trataba de asegurarse de que no me caería hacia el jardín que estaba unos tres pisos más abajo, pero internamente sabía que no lo haría. Tenía, después de todo, un excelente equilibrio.

Lo seguí con la mirada, tratando de memorizar su figura con todas mis fuerzas. Luego de que me dejase en esa posición, se alejó hacia el lado opuesto del alféizar, sentándose cómodamente en él, mirándome. Sentí cómo sus ojos me atravesaban de lado a lado, pero por primera vez en muchos años, no me sentí ni juzgada ni asustada. Él no estaba tratando de atravesar las millones de barreras que yo había levantado entre el mundo exterior y yo, sino que simplemente…parecía estar contemplándome. Y no sólo eso…al interior de sus ojos, distinguí aquella chispa, aquel brillo iridiscente que siempre aparecía cada vez que me tenía frente a él.

"¿Qué intentaste hacer antes?" – de repente, su voz rompió el silencio en el que nos encontrábamos – "¿Realmente ibas a…saltar hasta allá? – la forma en que alzó, incrédulo, una de sus cejas, hizo que sonriera levemente.

"Puedo hacerlo" – comenté, mirando hacia mis pies – "Con un solo pie"

"¿Cómo?" – preguntó, sorprendido – "Es imposible hacerlo sin caerte".

"Lo hago a menudo" – continué. Noté que no recordaba la última vez en que había cruzado más de dos frases seguidas con otro ser humano, y ahora, a solo horas de haberme reencontrado con él, ya había dicho tres – "A veces con música en el fondo".

"No entiendo a qué te refieres" – dijo, alzando ambas cejas esta vez.

"Soy bailarina de ballet, Van" – expliqué, mirando nuevamente hacia mis pies – "Hace diez años aproximadamente".

"¿Ballet?"

"Es un tipo de danza…es…" – traté de encontrar las palabras adecuadas para que me entendiera – "Un arte. Son historias representadas a través del baile, al ritmo de composiciones musicales, del sonido del violín, chelo, a veces piano y…" – me quedé en silencio, sorprendida de mí misma, por lo animada que me encontraba. Él pareció notarlo, y para que continuara, se inclinó hacia adelante para prestarme aún más atención.

"¿Qué clase de historias?" – preguntó, con genuino interés por lo que hacía. Parecía fascinado por lo que le estaba contando.

"Oh, bueno…son mayormente historias de fantasía. Hace dos noches, por ejemplo, presentamos El Lago de los Cisnes." – No me di cuenta de que yo también me había inclinado hacia él, para acortar la distancia entre nosotros – "Es una historia de una princesa, Odette, que es transformada en un cisne blanco por un hechicero malvado, llamado Rothbart. Es una maldición que la mantiene prisionera, salvo por unas horas cada noche, cuando recupera su forma humana. Conoce a un príncipe, Sigfrido, que se enamora de ella y le promete que romperá el maleficio al escogerla como esposa." – Casi podía sentir su aliento sobre el mío – "Pero el día en que debe hacerlo, Rothbart aparece con su hija, el cisne negro, Odile, que por su parecido con Odette, confunde al príncipe y…" – El rostro de Van estaba a escasos centímetros del mío.

"¿Y qué ocurre?" – murmuró él, con expresión expectante.

"Él escoge a Odile" – casi sonreí cuando vi cruzar un rastro de decepción en su rostro – "Y Odette muere."

Terminé mi relato, sólo para darme cuenta de que, sin haberlo planeado, mis dedos se habían entrelazado a los suyos. Alcé la mirada, notando que él, también estaba sorprendido por la naturalidad con la que nos habíamos acercado.

"¿Cómo pudo confundirla tan fácilmente?" – preguntó Van, de repente.

"En la historia, se supone que son exactamente iguales" – expliqué, sintiendo, de repente, algo extraño en mi interior. ¿Qué era? ¿Ternura?

"Nadie puede ser exactamente igual a otro" – dijo, pensativo – "No hasta ese punto de confusión".

"En algunas versiones, Odette y Odile son gemelas idénticas".

"Aun así" – comentó, distraído. Parecía estar absorto en un pensamiento que yo desconocía – "Aunque apareciera alguien exactamente igual a la persona que amas, sería imposible confundirla con otra" – de repente, sentí sus ojos brillantes sobre los míos, para luego dar paso a una sonrisa tan dulce, que estaba segura sería capaz de derretir el hielo más grueso con un solo roce – "No eres la gemela de Hitomi, ¿verdad?".

No supe cómo, pero de repente, sentí el impulso de querer reír. Por un instante, me transporté diez años atrás, cuando aún tenía quince años, y él estaba a mi lado. Recordé de golpe todas aquellas ocasiones en que él había expresado sus sentimientos por mí de las formas más extrañas posibles. Siempre parecía luchar con las palabras, por lo que me lo demostraba con gestos urgentes e, incluso, torpes. Una sonrisa, sin mi autorización, se expandió por mi rostro, lo que al parecer no pareció desapercibido: Jugueteando con sus dedos entre los míos, una leve risa se escapó de su pecho, voló por el aire nocturno y atravesó el mío, llenándolo de un calor impresionante que nunca pensé que volvería a sentir. Sin embargo, mi humor cambió rápidamente cuando, suavemente, preguntó:

"¿Por qué no regresaste antes, Hitomi?"

Solté su mano a una velocidad impresionante, de manera instintiva. El calor maravilloso que había sentido instantes antes desapareció abruptamente, y de repente, solo sentí frío en mi interior. No me di cuenta tampoco que encogí mi cuerpo rápidamente, lo que hizo que Van se crispara un poco, al notar cómo abrazaba mis rodillas contra mi pecho, creando así una barrera involuntaria entre su cuerpo y el mío.

"No puedo hablar de eso, Van" – dije, automáticamente – "Por favor, no me lo pidas".

Van aguardó unos momentos, observándome, atento. Luego, con lentitud, se acercó a mí, testeando con su mirada si es que me encontraba cómoda con su cercanía. Alzó una mano levemente y la posó sobre una de las mías. Cuando vio que no me encogía ni me alejaba, esbozó una leve sonrisa, para luego mirarme.

"No es necesario que hables de ello nunca, si eso es lo que quieres" – dijo, casi en un susurro – "Sólo quiero que sepas que…estoy muy feliz de que hayas vuelto".


Van

Ni siquiera me di cuenta que había amanecido.

Hitomi y yo seguíamos en la misma posición, sentados uno frente al otro, en el alféizar de la ventana. Habíamos conversado por horas, aunque más que nada, ella se había dedicado a escuchar. Además de contarme que ahora se dedicaba a ser bailarina, que ya no residía en su país natal y que vivía sola, no había comentado mucho más. Se había referido, entusiasmada, a las numerosas obras que había representado con quienes llamaba su "compañía de baile". Sin embargo, noté que no había mencionado tener amistades, o alguna relación cercana con alguien. Y por la forma en que había reaccionado después de preguntarle por qué no había regresado antes, no necesité más información: Algo le había sucedido, y como resultado, había expulsado a todos a su alrededor. Casi podía ver un círculo de metal a su alrededor, que impedía que alguien se acercara. Sin embargo, me sentí ciertamente especial al descubrir que seguía confiando en mí, ya que incluso, llegó a confesar que no había hablado de este modo con nadie en mucho tiempo.

Eso me hizo sentir culpable, y esperanzado, todo al mismo tiempo: Por un lado, lamentaba que los últimos diez años, ella hubiese sufrido en soledad. Yo mismo me consideraba miserable desde que había partido, pero al menos, tenía a mi hermana menor y, luego, a su marido, que pacientemente había formado un vínculo conmigo. Hitomi, por sus propias palabras, no tenía a nadie. Sin embargo, no pude evitar sentir un rastro de esperanza dentro de mí, al darme cuenta de que, quizás, esto podía significar un nuevo comienzo para nosotros. Si no tenía razones para regresar…quizás querría quedarse aquí. No me importaba si es que nunca retomábamos la relación que habíamos iniciado hace diez años atrás, no me preocupaba el hecho de que no volviese a amarme como antes…pero si tan solo decidiera quedarse, al menos cerca…me consideraría el hombre más afortunado del mundo.

Un golpeteo suave en la puerta nos interrumpió, cuando ya los rayos del sol entraban brillantes por la ventana. Abriendo la puerta con suavidad, una cabeza de color rosa, tímidamente, se asomó por el umbral. Claramente, Merle quería chequear el estado de Hitomi, al igual que el día anterior. Sin embargo, ella había descansado todo el día y no había notado su presencia en la habitación. Miré rápidamente hacia Hitomi, quien estaba esbozando ya una leve sonrisa. Sintiéndome seguro de que no la alteraría, le indiqué a Merle que pasara.

Al principio, las dos se miraron por un largo rato, sopesando seguramente los cambios físicos en una y otra. Luego, Hitomi rompió el silencio:

"Qué alta estás".

Eso fue lo único que Merle necesitó: Con gruesas lágrimas corriendo por sus mejillas, mi hermana se abalanzó sobre Hitomi, quien instintivamente se encogió un poco. Sin embargo, cuando mi hermana cerró sus brazos en torno a su delgada figura, volvió a respirar normalmente. Incluso, alzó una de sus manos y acarició con suavidad el cabello de Merle.

"¡Hitomi, no puedo creer que estés aquí!" – exclamó, alejándose un poco y acariciando ansiosamente el rostro y el cabello de Hitomi – "¡Casi me muero del susto cuando comenzaste a gritar como loca, ardiendo en fiebre y-"

"¿Gritando?" – preguntó Hitomi, frunciendo el ceño – "¿Cuándo estuve gritando?".

Le lancé una mirada de reprobación a Merle, quien se estremeció un poco al darse cuenta de su error. Luego, haciendo como si nada, volvió a abrazarla.

"¡¿Qué importa?!" – exclamó, contenta – "¡Lo importante es que estás aquí! ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? ¿Por qué no viniste a vernos antes? ¡Tengo tanto que contarte! ¡Oh, Dios, no has conocido a Grey todavía! ¡Le diré que venga y-"

"Merle" – intervine, con tono serio – "Hitomi necesita descansar" – enfaticé en la última palabra, tratando de que recordara lo que Poncy nos había dicho a ambos respecto al estado de salud de Hitomi.

Merle se giró hacia mí, e iba a decirme algo, cuando de repente, noté que otra figura estaba en el umbral. Me giré rápidamente, para darme cuenta de que Marius estaba ahí, mirando la escena atentamente. Hizo una breve reverencia hacia mí, pero luego, sus ojos se trasladaron hacia Hitomi. Decir que no me gustó la forma en que la miró, es quedarse corto. Fruncí el ceño cuando noté que recorría su figura con rostro molesto, para luego inspeccionar la habitación con su mirada, deteniéndose en las sábanas revueltas.

Sintiendo que no tenía ningún motivo para que, silenciosamente, le faltase el respeto de esa forma a Hitomi, me levanté de un salto. Ello hizo que Marius se irguiera automáticamente, recordando de repente que no había entrado a la habitación de un hijo suyo adolescente o algo por el estilo, sino a la de un rey que no tenía que explicar sus acciones a nadie.

"Buenos días, Majestad" – dijo, aclarándose la garganta – "Lamento molestarlo en presencia de su invitada, pero el Consejo necesita discutir algo urgente con usted".

Noté que los ojos de Hitomi estaban sobre mí. Sentí una punzada de rabia, molesto ante la posibilidad de tener que dejar su lado, pero al parecer, no tenía ninguna alternativa. Miré a Merle, quien asintió levemente, dándome a entender que se encargaría de la situación. Luego, me giré hacia Marius, quien mantenía una postura rígida, sin mirarme.

"Iré de inmediato" – dije, para luego agregar, con el tono más autoritario que pude – "Puedes retirarte"

Marius inclinó su cabeza hacia abajo, y luego, a toda velocidad, abandonó la habitación. Me giré hacia Hitomi, quien me miraba atentamente. Me incliné levemente hacia ella y tracé una línea con uno de mis dedos sobre el dorso de su mano.

"Volveré más tarde, Hitomi" – le aseguré – "Merle te acompañará hasta que yo llegue".

Con una sonrisa leve, asintió.

Me reprendí mentalmente cuando sentí una punzada de orgullo atravesar mi pecho cuando noté tristeza en sus ojos, al verme partir.


Hitomi

Me sorprendió el hecho de que mi cuerpo no opuso ninguna resistencia cuando Merle me quitó la camisola que tenía puesta para ayudarme a entrar en la enorme tina del baño. Lo atribuí al hecho de que estaba acostumbrada a que las asistentes entraran y salieran de mi camerino cuando me estaba vistiendo, e incluso, me ayudaran a ajustar mi atuendo antes de una presentación.

Sin embargo, cuando entré en el agua caliente, plagada de burbujas, sentí un enorme alivio al ver que ella comenzaba a frotar mis brazos y mi espalda con una suave esponja. Merle estaba en silencio, pero sonriendo al mismo tiempo. Sentí un calor enorme en mi pecho al notar la delicadeza y ternura con la que lavaba mi cabello, desenredándolo suavemente con sus dedos largos, para luego enjuagarlo con un jarrón de agua tibia. Mi visión comenzó a nublarse cuando mis ojos se llenaron de lágrimas, al notar que pasaba una peineta por mi cabello lentamente, como si fuese una niña pequeña a la que quería inmensamente.

Ella notó cómo trataba de evadir su mirada, pero en lugar de decir algo o preguntarme qué me ocurría, simplemente continuó con su tarea, suave y tiernamente. Me di cuenta de que eso era lo que no sabía distinguir: La forma en que me estaba ayudando era, en realidad, afecto. No había experimentado esa sensación en tantos años, que ya no sabía qué era.

"Listo" – dijo Merle, golpeando mis hombros amablemente – "Como nueva".

La miré por unos instantes, mientras se alejaba para coger unas toallas y envolverme en ellas. Continuó pasando la tela sobre mi cuerpo con suavidad, mientras escuchaba cómo tarareaba alegremente una canción que desconocía. Luego, me ayudó a ponerme un vestido largo, que era similar a un kimono, de seda roja bordada con dorado. Era muy cómodo, similar a una bata de dormir, salvo porque era considerablemente más hermoso. Dejé mi cabello mojado, largo sobre mi espalda, para luego apoyarme en el brazo de Merle. Caminamos juntas, lentamente, hacia la ventana otra vez, para sentarnos juntas en el alféizar, como antes había hecho con Van.

Le conté lo mismo que a Van, respecto a mi carrera y lo que había hecho, sin ningún detalle, los últimos diez años. Por su parte, Merle me relató cómo había conocido a Grey, que había sido prácticamente amor a primera vista, que llevaban un año casados y que, a pesar de la testarudez de Van, se había instalado en el castillo para acompañarlo, renunciando a irse de ahí.

"¿Por qué?" – pregunté, sorprendida – "¿Por qué no quisiste ir y estar con Grey en otro lugar?"

Me arrepentí de haber sido tan entrometida, puesto que una sombra de tristeza cruzó el rostro de Merle. Me mordí el labio inferior y traté de disculparme, pero su voz me interrumpió:

"Hitomi…" – murmuró, mirándome fijamente – "No me he ido porque no quise abandonar a mi hermano. Van…no ha sido el mismo desde que te fuiste. Él no quiere que te diga esto, pero creo que tienes derecho a saberlo: Luego de que te fueras…te esperó. Por años, por todos estos años. Aceptó que quizás habías encontrado la felicidad en tu mundo y eso te impidió regresar. Imaginó que habías conocido a alguien valioso para ti, y también logró hacer las paces con eso, pero…se convirtió en un hombre amargo luego de abandonar la esperanza de que volvieras algún día. Ya no queda mucho de aquel muchacho que conociste, porque creo que…esa parte ya falleció. El día que te fuiste para no volver."

"Merle…" – mi voz estaba quebrada por la tristeza y angustia que sentía – "No encontré ninguna maldita felicidad, no fue por eso que no regresé".

"¿Pero, entonces…?" – comenzó, acercándose ágilmente hacia mí – "¿Qué fue lo que sucedió? Hitomi, yo sé que amabas a Van, y él a ti, pero…no logro entenderlo, tenían la oportunidad de ser felices juntos y…no volviste".

Me perdí en su mirada, y de repente, sentí el impulso de querer contárselo. El cariño y preocupación que había expresado mientras se ocupaba de mí, que me hubiese recibido como a una hermana a la que había esperado por años, y además, el hecho de que ahora no estuviese juzgándome por mis acciones, me dio el valor necesario. Las palabras fluyeron entrecortadas desde mi garganta, mientras luchaba por contener las lágrimas sin ningún éxito. Vi que Merle adoptaba una expresión horrorizada con cada palabra que decía a lo largo de mi relato, para luego cubrirse la boca con las manos. Su rostro se empapó de lágrimas cuando llegué a la parte final, la que no había sido capaz de articular desde hace diez años…aquel día en que confesé lo que me había ocurrido a mis padres, y no me habían creído. Le conté también que me había reencontrado con él, cómo me había escapado, y cómo, al desear algo al universo, había sido transportada de regreso…hasta aquí.

Hasta a Van.

Cuando terminé, esperé, en silencio. Merle continuaba con la boca cubierta por sus manos, mientras parecía incapaz de contener el llanto.

"Merle, por favor" – le dije, en un susurro apremiante – "Debes prometerme que no le dirás nada a Van".

"¡Claro que no!" – exclamó, de repente – "¡Jamás me atrevería!" – luego, se acercó a mí y cerró sus brazos en torno a mi figura – "Hitomi…lo lamento tanto. Dios, no puedo imaginar siquiera…Debes haberte sentido tan sola, tan desconsolada…por supuesto que ahora entiendo por qué no podías regresar, pero" – cogió mi rostro entre sus manos para observarme con determinación entre sus pestañas empapadas – "Pero tiene que haber una razón por la que regresaste, y creo que sé cuál es".

Al igual que aquella vez en que me había refugiado bajo el cobertizo y me había encontrado con aquel anciano, las palabras de alguien resonaron en mí con un sentido que acepté sin chistar:

"Este es tu hogar, Hitomi" – dijo ella, con una sonrisa amplia – "Tu felicidad está aquí…sólo que no lo sabías".

Continuará…