No soy la dueña de Escaflowne ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría. Tampoco soy dueña de ninguna de las canciones ni melodías citadas en esta historia.

El Cisne Negro

Capítulo Cinco: Propuesta

Van

"Majestad" – comenzó Marius, dando por iniciado el Consejo Real – "El resultado del encuentro con Círculo de Gaea no es el esperado."

Fijé mis ojos en él, molesto. Sabía que algo como esto iba a venir, luego de que desapareciera del banquete sin más, sin dar ninguna explicación. Sabía que los emisarios extranjeros se habían sentido ofendidos, pero francamente…no podía importarme menos. Hitomi había regresado, y ella era mi única preocupación en estos momentos. El Infierno mismo se podría haber desatado en el pasillo y no me habría dado cuenta.

"Explícate, Marius" – dije, en tono molesto – "Porque en el último Consejo les instruí que se encargaran de cosas menores en el banquete. Todos los acuerdos ya se encuentran cerrados y en perfectas condiciones. No hay ninguna razón para que se encuentren descontentos, a menos que esperaran que disfrutara de la velada, lo que no me parece importante."

"No es eso, Majestad" – continuó Marius – "Alcozeus y otros países fronterizos han también comenzado a preguntarse sobre…la estabilidad de nuestro reino"

La afirmación hizo que mi sangre hirviera. Claro que "los otros países" no tenían dicha preocupación: Seguramente, esto no era más que otra forma que ejercer presión para que accediera a la petición de Alcozeus para que me casara con esa mocosa impertinente de Fará. Al ver que no decía nada, Marius continuó:

"Existe la preocupación de que los acuerdos queden vacíos de contenido más adelante" – explicó – "De que la próxima generación vea sus intereses perjudicados al no tener un rey legítimo con el que negociar, ya que no habrá un heredero Fanel en el trono".

"No entiendo por qué eso debería preocupar al Círculo de Gaea" – dije, con tono serio – "Fanelia continuará siendo un reino estable y seguro con el que negociar, incluso si es que quien me suceda en el trono no sea un Fanel".

Ante la última frase, todo mi Consejo pareció alarmado e incómodo. Lo que yo sugería, y que lo había pensado hacía muchos años, era nombrar a mi sucesor, en lugar de concebirlo. Lo había decidido así porque la sola idea de unirme a alguien como esa muchacha, que insistían en poner bajo mis narices, me daba náuseas.

"Majestad" – dijo Marius – "Entendemos claramente, pero…los reinos del Círculo de Gaea dijeron que se sentirían más tranquilos si es que existiera la posibilidad de que, eventualmente, hubiera un heredero con el que negociar en el futuro".

"¿A qué te refieres?" – pregunté, ya cansado de sus evasivas – "¿Se sentirían más tranquilos si es que contrajera matrimonio con alguien y así crear la posibilidad de un heredero?"

"Exactamente"

"Me parece absurdo" – me puse de pie, lo que fue imitado por todo el Consejo – "Y me niego rotundamente a que otros países se entrometan en asuntos que no les concierne en lo absoluto".

Comencé a caminar, raudo, hacia la puerta, cuando la voz de Marius me detuvo.

"Majestad, esto podría significar una guerra en el futuro".

"¡PUES GUERRA TENDRÁN!" – rugí, girándome hacia él, furioso – "¡Y que no crean ni por un segundo que no libraré una batalla en contra de Alcozeus, o cualquier otro país que intente poner sus intereses por sobre los del reino de Fanelia! ¡¿Acaso no se han dado cuenta de que si llego a casarme con alguna de sus herederas intentarán arrasarnos con todo lo que tienen?! ¡Fanelia es el reino más poderoso de este sector de Gaea y todos esos buitres estarían felices de quitarnos lo que es nuestro, Y NO LO PERMITIRÉ!"

Noté que todo el Consejo asentía, salvo Marius, que continuaba imperturbable, con su mirada fija en mí.

En ese momento, decidí que tendría que estar atento a sus acciones, ya que no me gustaba para nada la luz de furia que vi en sus ojos.


Hitomi

Miré incesantemente por sobre mi hombro, como si alguien fuese a aparecer en aquel tejado. Era poco probable, considerando que apenas había amanecido. Me había escabullido de la habitación hábilmente, sin despertar a Van, quien se negaba a dejar aquel maldito sillón, ubicado al lado de la cama. Habían pasado doce días desde que había regresado, y a pesar de que el médico ya me había dicho que podía caminar normalmente, Van insistía en acompañarme todas partes. Además, ya se había acostumbrado a dormir en ese sillón, a mi lado pero manteniendo la distancia. Le dije mil veces que esta era su habitación y que yo podía irme a otra perfectamente, pero había insistido tanto, que finalmente me rendí.

Sin embargo, mi cuerpo estaba pidiéndome esto hacía varios días ya. Necesitaba moverme, dejar salir aquellas emociones nuevas que estaba experimentando. Desde que había regresado sentía estar en una montaña rusa todo el día, ya que en tan solo doce días, parecía haber recuperado una parte de mi alma. Ya no me alejaba instintivamente cuando Van tomaba mi mano o acariciaba suavemente mi rostro luego de conversar conmigo por horas. Ya no trataba de salir corriendo cuando Merle me abrazaba todas las mañanas, besaba mi mejilla al despedirse o peinaba mi cabello con suavidad.

Además, que era lo que más tenía problemas para manejar…me había dado cuenta de que, una parte de mí, había resucitado de la nada. Y esa parte de mí era…la que nunca había dejado de amar a Van. A pesar de que estaba segura de que esa parte de mí nunca regresaría, que estaba completamente muerta, ahora todo había cambiado. Cada vez que me miraba, que tocaba mi mano tímidamente…algo en mi interior volvía a encajar. Las piezas rotas que tenía dentro de mí, lentamente y cada día que pasaba, volvían a juntarse, sanando completamente. Al mismo tiempo, notaba que Van también parecía haber cambiado con mi llegada. Merle me había dicho que era un hombre amargo, desagradable y de mal temperamento, pero…nada de eso aparecía cuando se encontraba a solas conmigo. Al contrario, siempre me parecía dulce y amable, mientras notaba cómo trataba de reprimirse cada vez que quería acortar la distancia entre nuestros cuerpos, seguramente para no alterarme. Eso me enternecía aún más, la preocupación que demostraba por mí todos los días y, además…cómo había cumplido su promesa de no volver a cuestionar el motivo de mi retardado regreso.

¿Qué haría yo ahora? Necesitaba pensar, y por eso me había escabullido con el máximo sigilo de la habitación. Había tomado mi bolso con suavidad y había salido como un pequeño ratón, tratando de que incluso mi respiración no se escuchara. Luego, notando que todo el castillo continuaba en un silencio profundo, subí las escaleras que daban a la azotea, mientras me vestía rápidamente en el camino. Ya que sólo quería ensayar un poco y estirar las piernas, sólo me puse mis leggins ajustados de color negro y un vestido de algodón, ajustado, que me llegaba hasta las rodillas. Me senté en las escaleras antes de entrar a la azotea, y ahí amarré mis zapatillas de punta con cuidado.

Aún estaba de noche cuando comencé a moverme lentamente. Mi pie derecho aún me dolía un poco, pero no era nada que no pudiera controlar. Empecé con la obertura de El Lago de los Cisnes, como cada vez que necesitaba entrar en calor. Mi mente divagó hacia la Tierra, mientras continuaba moviéndome. ¿Habrían encontrado ya a mi reemplazo? ¿Se habrían preguntado dónde estaba? Seguramente el director habría intentado ya de hacer un par de averiguaciones pero nadie le contestaría. Después de todo, mi vida personal era un misterio para todos, y estaba segura de que no se harían demasiadas preguntas. Alguien más sería Giselle esta temporada…y la siguiente también, quizás.

Mientras bailaba, volví a preguntarme qué era lo que quería realmente. Sabía que nadie había tocado el tema de mi llegada, pero…tampoco de mi partida. Merle había dicho que este era mi hogar, pero Van…él no había dicho nada por el estilo. Sin embargo, cada minuto libre que tenía lo compartía conmigo, se preocupaba de mí hasta el punto de lograr que me sintiera asfixiada y, además, insistía en cuidarme mientras dormía. No había forma de que estuviera confundiendo toda la situación, ¿verdad? ¿O en realidad estaba malinterpretándolo?

De repente, me quedé congelada en la mitad de un giro cuando noté que ya no estaba sola en la azotea. Enfoqué la mirada hacia la pequeña figura que, encogida, trataba infructuosamente de esconderse tras la puerta de entrada. Traté de acercarme, pero vi que se encogía más aún. Me recordó a mí misma, a la Hitomi que le tenía pánico a la cercanía de cualquier criatura.

Esperé, pacientemente, a que se decidiera a salir: Una pequeña niña, de quizás unos siete años, apareció en el umbral de la puerta. Tenía puesta una camisa de dormir de color claro y dos largas trenzas de color oscuro caían detrás de sus orejas. Sus ojos eran grandes y azules, y en esos momentos, me observaban con una enorme curiosidad.

"Hola" – murmuré, haciendo una pequeña reverencia. Ella me observó con ojos brillantes, al mismo tiempo que una sonrisa se extendía por su rostro. Se acercó a mí con más confianza, y cuando estuvo al frente, sus ojos se detuvieron en mis zapatillas.

"Hola" – contestó, con una sonrisa y sin dejar de mirar mis pies – "¿Cómo te llamas?".

"Hitomi" – dije, inclinándome hacia adelante nuevamente – "¿Y tú?"

"Me llamo Ella" – dijo, sonriendo otra vez. Su expresión era la más dulce que hubiera visto jamás.

"Hola, Ella" – saludé, sonriendo también – "¿Qué haces por aquí a esta hora?"

"Mi papi es consejero del rey" – explicó, en un tono solemne que hizo que me entraran ganas de reír – "Vivo aquí en el castillo, pero me gusta escaparme para ver salir al sol".

"A mí también" – comenté. Literalmente, yo había hecho lo mismo que esta niña, escaparme un rato de la supervisión ajena.

"¿Eres un hada?" – preguntó, de repente, mirándome hacia arriba desde su posición – "¿Estabas tratando de volar?"

"Oh, no…" – su pregunta me enterneció tanto, que solté una pequeña risa – "Estaba bailando".

Me miró, atenta, por largos instantes. Luego, una enorme sonrisa se extendió por su rostro, casi más brillante que los rayos que comenzaban a aparecer por el horizonte.

"¿Podrías enseñarme?"


Van

Cuando vi que Hitomi no estaba en la habitación, inmediatamente sentí una oleada de pánico. Observé hacia la puerta del baño, que estaba completamente abierta, sumida en la oscuridad. Me incorporé de un salto, y al notar que no había nadie en la habitación, que estaba absolutamente solo, me lancé al pasillo. Miré hacia todas direcciones, conteniendo el aliento y sintiendo cada vez más aguda la sensación de terror corriendo por mi espalda.

¿La cocina, quizás? Quizás habría ido a visitar a Merle y se habían quedado conversando, pero…¿en la mitad de la noche había ido a verla? ¿Cómo no la había escuchado?

Caminé por el pasillo hacia la cocina, cuando la imagen de una puerta abierta me detuvo: Era la puerta que daba a la azotea del castillo. Me acerqué para cerrarla, cuando escuché un sonido suave desde arriba. Comencé a subir las escaleras, notando que las voces eran cada vez más claras y distintivas. Una vez que alcancé la puerta de la azotea, mi corazón se detuvo completamente: Hitomi se encontraba sobre el piso, erguida completamente sobre uno de sus pies, calzando unas extrañas zapatillas de punta, mientras su otra pierna se encontraba elevada hacia atrás, en un perfecto ángulo recto. Sus brazos estaban estirados hacia el cielo, permitiéndome ver lo largo y delgados que eran. Frente a ella, una pequeña niña, vestida en una camisola de dormir, trataba de imitarla con dificultad, tambaleándose. Luego, Hitomi tomó las manos de la pequeña y, tarareando suavemente una melodía que desconocía, comenzó a ayudarla a girar sobre sus pies erguidos, mientras esbozaba una dulce sonrisa.

Juntas, completamente ignorantes de mi presencia, continuaron bailando con suavidad y gracia. Sonreí ampliamente cuando vi la expresión de Hitomi, que no parecía ni un poco frustrada por los torpes intentos de la niña de mantenerse en la misma posición que ella. Por el contrario, su rostro parecía iluminado por una enorme alegría, mientras todo su cuerpo desprendía un aura de tranquilidad y belleza que lograron que mi corazón palpitara con más velocidad que nunca antes. Imaginé una situación similar, en donde yo entraba en un escenario como este, y me encontraba con ella haciendo exactamente lo mismo….solo que la niña no sería una desconocida, sino quizás, una pequeña que tuviese sus rasgos y los míos mezclados.

De repente, mientras giraba lentamente, la pequeña notó mi presencia: Emitiendo un grito de sorpresa muy agudo, que me sobresaltó, rápidamente se equilibró sobre el piso y corrió a esconderse detrás de las piernas de Hitomi. Ella, por su parte, identificó la fuente de la sorpresa de la pequeña y simuló molestia en su rostro, poniendo ambas manos sobre cada lado de sus caderas.

"Qué inoportuno de tu parte aparecer así, Van" – me regañó, escondiendo una sonrisa – "Y asustaste a mi alumna en el proceso".

"Mis disculpas" – dije, escondiendo una sonrisa y haciendo una pronunciada reverencia de arrepentimiento hacia la pequeña niña – "No tenía intenciones de asustarla, princesa" – agregué, guiñándole un ojo con complicidad. La pequeña salió de su escondite, y con una sonrisa, hizo una reverencia, sosteniendo con sus manos la falda de su camisola.

Hitomi sonrió levemente y se inclinó hacia la pequeña. Ella le devolvió la sonrisa ampliamente, lo que hizo que nuevamente sintiera la oleada de ternura que me había invadido antes.

"Tus padres deben ya estar preguntándose dónde estás, Ella" – dijo, trazando una línea sobre su rostro, que súbitamente se llenó de tristeza.

"¿Puedes volver a enseñarme mañana, Hitomi?" – preguntó la pequeña, abriendo sus enormes ojos claros – "Prometo que pediré permiso para venir".

Hitomi pareció debatirse un momento. Luego, una dulce sonrisa apareció en su rostro, enviando suaves escalofríos a mi espalda. Era tan hermosa cuando sonreía.

"De acuerdo" – dijo, asintiendo.

Sonreí aún más cuando la pequeña soltó un grito de felicidad y, súbitamente, abrazó las piernas de Hitomi. Por su parte, ella tiernamente acarició su cabello, esbozando una bella sonrisa. Ella hizo un gesto de despedida hacia mí, y sin más, se lanzó corriendo a las escaleras, cantando alegremente.

Hitomi la vio desaparecer por la puerta, con esa dulce sonrisa en el rostro que se negaba a desvanecerse. Me acerqué a ella lentamente, y notando que no se alejaba, me envalentoné lo suficiente para posar una de mis manos en su mejilla. Sentí una oleada de satisfacción cuando su mirada se iluminó, al mismo tiempo que una suave sonrisa reaparecía en su bello rostro.

"Lamento haberme escapado" – dijo, con una mirada que me demostraba que no estaba arrepentida en lo absoluto – "Pero en realidad necesitaba estirarme un poco".

"Lo sé" – dije, dejando escapar una leve risa – "Lamento si es que sentiste que estabas prisionera, Hitomi, no era mi intención. Solo…quería cuidar de ti".

"Lo sé" – contestó, poniendo una de sus manos sobre la mía, que aún no abandonaba su mejilla – "Y te agradezco mucho por eso, pero ya me encuentro muchísimo mejor. No necesitas continuar preocupándote".

Me tomé un momento para observarla atentamente, reparando en lo extraño de su atuendo.

"¿Esto es lo que utilizas para bailar?" – pregunté, interesado.

"Oh" – dijo, de repente, notando también cuán extraña me parecía la forma en que estaba vestida – "No, solo para ensayar" – explicó – "En las presentaciones ocupo el atuendo que va con el personaje que interpreto" – de repente, nuevamente comenzó a sonreír – "Estaba estirando un poco cuando Ella apareció y me pidió que le enseñara a bailar".

"Parece que hiciste una nueva amiga" – comenté, sonriendo también – "Y que está ansiosa por continuar aprendiendo de ti".

"Eso parece…quizás eso es lo que debería hacer" – comentó, en voz baja y distraída. Noté que se debatía con algo en su interior, lo que hizo que quisiera tomar su barbilla entre mis dedos y obligarla, con suavidad, a que me mirara.

"¿Qué sucede, Hitomi?" – pregunté, sintiendo un rayo de preocupación atravesar mi cuerpo, como cada vez que la veía desconcertada – "¿Qué tiene de malo que le enseñes a una niña a bailar?"

"Nada, es solo que…¿por cuánto tiempo?" – su pregunta hizo que me estremeciera. ¿A qué se refería? ¿Quería volver a la Luna Fantasma? Me pregunté qué ocurriría si fuese así. Un frío espantoso invadió mi pecho, logrando que quisiera evadir su mirada. Ella se dio cuenta y, en un gesto urgente que no la había visto hacer desde que había llegado, cogió mi rostro entre sus manos. Sus ojos verdes brillaban como nunca, haciendo que un leve rayo de esperanza cruzara mi pecho – "¿Cuánto tiempo puedo enseñarle, Van?" – preguntó, mordiéndose el labio inferior, preocupada – "¿Hasta cuándo puedo…quedarme?"

"¿Hasta cuá-" – su pregunta me pareció, por un instante, absurda. ¿Cómo podía preguntarme hasta cuándo? Me acerqué más a ella y volví a poner mi mano en su mejilla – "Hitomi" – me apresuré a decir – "Puedes quedarte todo el tiempo que quieras o necesites, este siempre va a ser tu-"

"¿Puedo quedarme para siempre?" – soltó, ansiosa – "¿Puedo quedarme aquí, para enseñarle a Ella y a otras niñas a bailar? ¿Puedo vivir aquí, con Merle, con Grey y…contigo? ¿Para siempre?".

La explosión que sentí en mi pecho fue indescriptible. Antes de que pudiera impedirlo, me abalancé sobre ella y cerré mis brazos en torno a su cintura. Escuché un sonido ahogado escaparse de su pecho cuando la levanté del piso y hundí mi cabeza en su cuello. Sentí el golpeteo de su corazón contra el mío, y un escalofrío, esta vez maravilloso, recorrió mi espalda cuando los delgados brazos de Hitomi se cerraron en torno a mí. Me quedé en silencio, dejando que el aroma que desprendía invadiera mis pulmones, mientras sentía cómo, suavemente, Hitomi pasaba sus largos dedos por mi cabello.

"Esto…¿significa que sí?" – la escuché decir, en un susurro muy suave.

Lentamente, volví a dejarla sobre el piso, tratando de que no notara lo felizmente descompuesto que estaba. Quería continuar abrazándola, e incluso, atreverme a algo más. Sin embargo, sabía que ella aún estaba en proceso de sanación, y no necesitaba enfrentarse a esa clase de cosas. Nuevamente tomé su rostro sorprendido entre mis manos, y asentí, con una enorme sonrisa. Ella puso sus manos sobre las mías, y tímidamente, rozó juguetonamente la punta de su nariz con la mía. Cuando lo hizo, quise acercarme más, pero su voz me detuvo abruptamente:

"Ahora" – dijo, alejando su rostro rápidamente del mío – "Tú vas a decirme qué es lo que te preocupa".

"¿Eh?" – pregunté, confundido – "¿De qué hablas?".

Me lanzó una mirada suficiente, para luego tomar mi mano. Me guió hasta el borde de la azotea, en donde tomó asiento y me indicó con un gesto que hiciera lo mismo. Estábamos, ahora en otro lugar, pero como siempre, sentados uno frente al otro.

"Aprecio que trates de que tus asuntos no me afecten, Van" – dijo, seriamente – "Pero has hecho mucho por mí y quiero devolverte el favor. Algo te preocupa hace algunos días y veo que está comenzando a angustiarte de verdad. Por favor" – la forma en que se acercó a mí, con sus enormes ojos verdes brillando con los rayos del amanecer, me estremeció – "Cuéntame qué es".

Exhalé un suspiro cansado. No quería agobiarla con asuntos políticos, bajo ningún respecto, pero la forma en que lo había pedido no me dejó espacio de discusión: Lo más sencillamente que pude, le expliqué lo que había pasado en el Consejo Real algunos días antes. Le conté que sospechaba de Marius, y de que el asunto del matrimonio y la ausencia de un heredero real estaba comenzando a preocuparme más de lo necesario. No quería realmente desconfiar de uno de los antiguos compañeros de armas de mi padre, pero siempre había considerado tener buenos instintos, y ahora ellos me indicaban que algo andaba mal. Cuando llegué a la parte de qué era lo que tenía pensado hacer, decidí confiar en ella aún más y compartir mis planes:

"He hablado con Grey" – dije, ante su mirada atenta – "Cuando Merle se casó con él, y con el paso del tiempo formamos este vínculo…supe que podía confiar en él. Merle puede que sea distinta a mí, pero fue criada como princesa, recibió la misma preparación que yo. Es por eso que decidí que, cuando llegue el momento, le traspasaré el trono a ella, para que gobierne junto a Grey. Lo hice consejero por esa razón y él aceptó".

"¿Entonces Merle no tiene idea?" – preguntó, alzando una ceja – "¿Sabe que será reina algún día?"

"No" – dije, exhalando otro suspiro cansado – "Y creo que me odiará al principio, pero luego aceptará. Esta vida sé que no le agrada, pero Merle fue tan hija de mis padres como yo, y sé que está consciente de que es una Fanel. Sé que cambiará de opinión…eventualmente" – Observé a Hitomi nuevamente, notando que estaba muy concentrada mirándome. Fruncía el ceño cada vez más, y cuando iba a preguntarle qué ocurría, me interrumpió:

"La solución es fácil, Van" – dijo, muy seria – "Tus consejeros dicen que se mantendrá la paz en la medida de que exista la posibilidad de que haya un heredero Fanel."

"Lo sé" – dije, molesto cuando recordé la reunión de unos días atrás – "Pero para eso, tengo que casarme".

"Pues cásate".

La determinación con la que me estaba mirando me asustó un poco. ¿Acaso no me había escuchado en lo absoluto? Las únicas opciones que tenía en esos momentos era escoger a una de las herederas de alguno de los países del Círculo, y no sabía cuál de todas ellas era la peor. Todas eran hijas de reyes sedientos de poder, que apenas llegasen al trono de Fanelia, arrasarían con los recursos de mi hermoso país, a costa del trabajo del pueblo al que amaba.

"No voy a casarme con Fará ni con ninguna de ellas" – dije, frunciendo el ceño – "Preferiría morir antes que eso".

"Qué dramático eres" – comentó, alzando una ceja – "Y no me refería a ello, sé que no tienes ninguna intención de contraer matrimonio con ninguna princesa".

"¿Entonces?"

"Cásate con alguien que no sea una princesa" – dijo, encogiéndose de hombros con sencillez.

La miré, confundido, cuando de repente, mi corazón se detuvo por enésima vez aquella corta mañana:

"Cásate conmigo".

Continuará…