No soy la dueña de Escaflowne ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría. Tampoco soy dueña de ninguna de las canciones ni melodías citadas en esta historia.
Recuerdo que este fic está con calificación M por razones que se ven en este capítulo.
El Cisne Negro
Capítulo Siete: Unión
Hitomi
"¿Estás lista, Hitomi?"
La voz de Merle me sacó de mis pensamientos abruptamente. Llevaba varios minutos contemplándome en el espejo, y casi no podía creer lo que veían mis ojos: Parecía una completamente diferente versión de mí misma. Tenía puesto un largo y sencillo vestido blanco, con un diseño intrincado en la espalda, pero increíblemente hermoso. Mi cabello estaba recogido en una trenza, larga, decorada con cintas y flores. Pero eso parecía secundario en relación a lo iluminado de mi rostro. Jamás había visto una expresión tan genuina de felicidad en mis rasgos, ni tampoco aquella tranquilidad que parecía desprender. Sentía que debía estar nerviosa, que este no era un día como cualquier otro, pero…la verdad era que nunca me había sentido más en paz conmigo misma.
Merle se acercó a mí con lentitud, para luego coger mi mano. Observé su rostro sonriente, y como siempre, sentí el impulso de querer reír.
"Es tradición que la novia llegue un tanto tarde, pero ahora estamos muy atrasadas" – dijo, riendo – "El pobre de Van debe estar imaginándose ya que te arrepentiste".
Le devolví la sonrisa y me apresuré a salir de la habitación. Caminamos juntas, cogidas de la mano, por los pasillos del castillo. Una vez que llegamos a la entrada del inmenso salón, cuyas puertas estaban cerradas y protegidas por dos guardias con uniforme oficial, sentí que todo esto realmente estaba pasando y no era solo parte de un bello sueño del que debía despertar. Merle se acercó rápidamente a mí y besó mi mejilla tiernamente, soltando un leve sonido de felicidad y ansiedad. Luego, se ubicó detrás de mí.
Cogí aire y me di cuenta de que, detrás de esas puertas, se encontraba lo que yo quería, lo que había ansiado por años: felicidad pura. Miré a uno de los guardias, que asintió rápidamente y luego de golpear el piso con su estandarte, las puertas se abrieron. Sentí un millar de ojos sobre mí en tan solo un instante, pero incluso antes de que pudiera adaptarme a la imagen, mis ojos encontraron los suyos. Estaba esperándome al final de un enorme pasillo, con el emblema de Fanelia de fondo, ataviado de un traje claro y solemne. Sin embargo, todo eso pasó desapercibido para mí, considerando que, incluso a esta distancia, podía ver lo feliz que estaba de verme. A través de sus rebeldes cabellos negros como la noche, podía ver perfectamente cómo sus ojos gentiles brillaban ante mi presencia.
Caminé lentamente entre el pasillo de gente, notando levemente la elegancia con que estaba decorado el salón real. Enormes candelabros de oro colgaban del techo, y millares de flores adornaban el camino y los asientos de los invitados. Llegué hasta el final y me encontré con su mano extendida hacia mí. La tomé sin pensar dos veces, mientras sentía una enorme felicidad crecer en mi interior, al tiempo en que todo el Consejo Real se levantaba de sus sillas, ubicadas al final de la especie de altar al que habíamos subido.
Van me guiñó un ojo con complicidad, lo que hizo que una leve risa se escapara de mi garganta. Luego, sin decir absolutamente nada, se giró hacia la mesa que había al lado de donde estábamos parados. Sobre ella, había una bandeja de oro, que sólo tenía en su superficie dos anillos de distintos tamaños. Eran sencillas alianzas de color plateado, con algo grabado en ellas. Él tomó una de ellas y cogió mi mano izquierda, para luego deslizarla por mi dedo. Acto seguido, como habíamos conversado el día anterior, yo hice lo mismo. Luego, ambos extendimos nuestros brazos izquierdos delante del otro, para que Grey, en su calidad de consejero, los envolviera con un pañuelo blanco bordado con el emblema real.
"Por este acto" – dijo Grey – "Considérese completa la unión del rey Van Fanel de Fanelia y Hitomi Kanzaki. Que ambos reinen con justicia y humildad, y que sólo la muerte quiebre este vínculo".
La última frase fue repetida a coro por todos los asistentes. Aunque se suponía que la ceremonia fuese así de impersonal y formal, para mí fue todo lo contrario: Con esto, yo había sellado mi destino junto a Van, un destino que sólo me traería dicha y consuelo, por el resto de mis días. Y la luz de su mirada me decía que estaba igual de feliz que yo, y además, ansioso por empezar a vivir nuevamente. Sólo que esta vez, sería a mi lado.
Ahogué un grito de sorpresa cuando, luego de girarnos hacia la multitud, todos explotaron en gritos y expresiones de felicidad. Van rió al ver mi rostro sorprendido, y aunque estaba adoptando su faceta de rey en esos momentos, se permitió un instante para inclinarse hacia mí y besar suavemente mi mejilla. Sonreí ampliamente cuando caminamos juntos, cogidos de la mano, hacia la salida y bajo la mirada atenta de los asistentes, que continuaban demostrando su alegría. Al salir, y una vez que se cerraron las puertas, iba a continuar caminando hacia el salón en que sería el banquete de celebración, cuando súbitamente, sentí que mis pies se despegaban del suelo.
Dejé escapar una risa jovial cuando Van me levantó del piso y, en un gesto muy propio de él, me hizo girar en sus brazos. Sonreí aún más cuando, aun teniéndome en el aire, inclinaba su cabeza hacia atrás para besarme con suavidad. Estábamos completamente solos en el enorme pasillo, ya que sentía el eco de su risa por todo el espacio.
En ese momento, no supe qué me ocurrió: Estaba aun segura en los brazos de Van, con mis pies flotando en el aire, y cuando me besó, sentí un escalofrío extraño y desconocido invadir mi pecho, para luego deslizarse hasta mi estómago. De un instante a otro, la suave presión de sus labios no me pareció suficiente, y lo urgí con mi boca para que continuara. Sonriendo contra mis labios, Van abrió los suyos lentamente, pero emitió un sonido de sorpresa cuando mi lengua frenética entró en su boca, actuando completamente por sí misma. Comenzó a entrelazarla con la mía, de una forma suave y pausada, pero yo no podía con eso. Como si mi vida dependiera de ello, mis manos se aferraron a su cabello, desordenándolo de todas las formas posibles, mientras mi respiración se descontrolaba. Sentí cómo Van, extrañado, trataba de mantener la inocencia en ese beso, pero eso me exasperó: Siguiendo un impulso incontrolable dentro de mí, y aprovechando que aún estaba en el aire, rápidamente me erguí un poco y enlacé mis piernas en torno a sus caderas, mientras recorría cada centímetro de su boca con mi lengua. Una punzada de orgullo cruzó mi pecho cuando noté que Van temblaba, con sus manos en torno a mi cintura, mientras trataba de mantenerme en la misma posición. Sabía que no entendía nada, y yo tampoco. Sólo sabía que necesitaba más, que ninguna cercanía era suficiente.
Escuché que un sonido de sorpresa y satisfacción se escapaba de su garganta cuando despegué mi rostro del suyo y me lancé con urgencia a su cuello. Comencé a besarlo casi con furia, mientras cerraba más aún mis piernas en torno a su cintura. Van se tambaleó hacia adelante y en menos de un instante, sentí el contacto de la pared de piedra contra la piel de mi espalda. Aproveché de apoyarme contra la superficie para atraer más su cuerpo contra el mío, mientras continuaba besando su cuello y revolviendo su cabello. Van respiraba con dificultad, con una de sus manos apoyada en la pared, mientras la otra se mantenía inmóvil en mi cintura. Eso exasperó aún más a la suerte de fuerza animal que sentía en mi interior, y con un rápido movimiento, solté su cabello con una de mis manos y agarré con fiereza la falda de mi vestido por el lado derecho. La cabeza inclinada hacia atrás de Van, atrapada en esa posición por la insistencia de mi boca contra su cuello, se lanzó hacia adelante como un rayo cuando tomé la mano que tenía, lánguida, sobre mi cintura, para ponerla sobre mi muslo expuesto.
"Hito-"
Antes de que pudiera decir cualquier cosa, atrapé su boca con la mía. Nuevamente, actuó por sí sola, recorriendo cada espacio disponible con urgencia y ansiedad. Sin embargo, sentí que ese impulso, esa necesidad que sentí por tener su cuerpo contra el mío se veía enfrentada a otra fuerza mayor: Dejándose llevar por la urgencia de mis acciones, Van recorría mi pierna derecha con su mano prácticamente ardiendo, al principio de forma insegura, para luego perderse con determinación entre los pliegues de mi vestido. Arqueé la espalda instintivamente contra la pared de piedra al sentir el contacto de su piel sobre la mía, lo que hizo que él abandonara mis labios por un instante para comenzar a besar mi cuello con la misma fiereza que lo había hecho yo. Me sorprendí por el hecho de que mi cuerpo reaccionaba con violencia ante la forma en que me tocaba, pidiendo cada vez más. Me aferré aún más con mis piernas, enlazadas en su cintura, mientras él me empujaba con su cuerpo contra la pared en la que estaba apoyada, asegurándose así de que no me caería. Despegó su otra mano de la pared y con determinación, levantó el otro lado de mi vestido, buscando desesperadamente la piel de mis piernas. Cuando la encontró, me sostuvo con fuerza y luego, su boca descendió desde mi cuello para comenzar a besarme al nivel de la clavícula, al mismo tiempo en que, en un solo movimiento, presionó su cintura contra el punto en que sus piernas se unían con las mías.
Eso fue todo lo que hizo falta: Sintiendo una enorme explosión dentro de mí, mi cabeza se disparó hacia adelante y se hundió en su cuello, al mismo tiempo que de mi boca se escapaba un grito extasiado, que ahogué contra su piel. Él, jadeando, se detuvo en lo que estaba haciendo, al notar que perdía la fuerza con la que me había aferrado a él instantes antes. Todavía tenía mis brazos en torno a su cuello cuando, con suavidad, me sostuvo por la cintura, dejando que mis piernas, casi inconscientes, cayeran desde su cintura hacia el suelo. Me abrazaba contra su pecho, lo que me permitió notar el frenético ritmo de su corazón cuando, lentamente acercó sus labios hacia el lado izquierdo de mi cabeza.
"¿Hitomi…?" – su voz era grave, cargada de algo que no conocía hasta ese momento – "¿Tú…? ¿Acabas de…?"
Aún con la cabeza enterrada en su pecho, sintiendo cómo lentamente los latidos de mi corazón comenzaban a ralentizarse, sólo fui capaz de murmurar como respuesta:
"Sí, Van…"
Van
A pesar de que era la tercera copa de agua que bebía, todavía mi garganta se encontraba increíblemente seca. Estaba nervioso, impaciente y ansioso, todo al mismo tiempo, mientras observaba cómo todo el mundo parecía estar divirtiéndose en el enorme salón. Estaba arreglado de forma tal que las mesas se encontraban a los costados, mientras que hacia el final del salón, había una enorme mesa, en la cual sólo nos encontrábamos sentados en ese momento Hitomi y yo.
Mi mirada se desvió hacia ella, esperando que no lo notara. Ella se encontraba, al parecer, en el mismo estado que yo. Jugueteaba, nerviosa, con un trozo de tela de su vestido, estirándola y contrayéndola entre sus dedos. A pesar de que trataba de no demostrarlo, se estaba mordiendo el labio inferior, como cada vez que algo la perturbaba. Era tan adorable cuando desplegaba esa clase de gestos que apenas pude resistir el impulso de levantarla de la silla y llevármela de aquel lugar.
Porque desde que habíamos estado en el pasillo, solos los dos, no podía dejar de pensar en ello. ¿Qué había significado? ¿Estaba…obligándose a hacer esa clase de cosas ahora que ya estábamos casados? La sola idea me hizo desesperar: Yo había tenido cuidado de nunca cruzar esa línea, la línea física que existía entre ella y yo, por miedo a que se sintiera presionada. Hitomi todavía estaba herida, todavía sentía miedo y pánico cuando pensaba en las cosas que le habían pasado, el sufrimiento que había experimentado, y yo siempre había tenido el cuidado de nunca mencionar nada ni siquiera remotamente cercano a ese aspecto. Me asustaba la idea de que, ahora que ya estábamos oficialmente unidos…intentara obligarse a hacer algo para lo que no estaba lista, ni estaría nunca probablemente. Yo me había comprometido a amarla para siempre, y eso pretendía hacer. Por eso mismo, no quería, jamás, que se sintiera obligada a nada.
Sin embargo, cuando recordé su reacción, la forma en que me había presionado sin palabras a que cruzara esa línea, había parecido real. Completamente real. Tan real, que había tenido un inicio…y un final, para ella. De hecho, en mi miserable opinión, yo había tenido poco que ver. Cuando me volteé hacia ella, Hitomi se giró automáticamente hacia mí e iba a decirme algo, cuando otra voz la interrumpió:
"Majestad" – Era Grey, quien se encontraba inclinado hacia mí desde atrás – "Los emisarios ya están listos para volver a sus destinaciones, es casi medianoche".
De repente, nuevamente sentí la garganta seca: De acuerdo al protocolo real, ninguna celebración debía continuar pasada la medianoche, considerando las distancias que tenían que recorrer los emisarios para llegar al castillo. Eso significaba que la celebración de nuestro matrimonio, oficialmente, se había terminado. Asentí levemente y estiré mi mano hacia Hitomi. Noté que temblaba cuando la cogió para levantarse. El resto del salón saludó de forma solemne cuando salimos del salón, luego de que yo agradeciera su presencia de forma oficial antes de irnos.
Caminamos por el pasillo, sumidos en un silencio incómodo. Sentí que mi corazón latía furiosamente, cada latido más fuerte que el anterior, a medida que nos acercábamos a la habitación. Cuando abrí la puerta, dejé que Hitomi pasara primero, dándome unos instantes para calmarme y ordenar mentalmente lo que quería decirle antes de entrar. Quería que supiera que no tenía motivo para estar nerviosa, que no tenía que hacer absolutamente nada que no quisiera pensando en que me haría feliz. Durante todo el camino, había notado que estaba nerviosa y ansiosa, mordiéndose el labio inferior cada vez más, al mismo tiempo que sentía su mano temblando en la mía.
Cerré la puerta y apoyé una mano en ella durante unos segundos, dándole la espalda. Ordené las frases en mi mente, y cuando consideré que ya había armado un discurso lo suficientemente coherente, me volteé.
Lo que vi, me dejó sin aliento instantáneamente: Ahí estaba ella, delante de mí, sin nada más que la luz de la luna, que se colaba por la ventana abierta, sobre su piel. Se había soltado el cabello, también, que ahora caía en definidos y bellos rizos sobre sus hombros. Me miraba fijamente, con una determinación que me recordó a la Hitomi que había conocido tantos años atrás. Me quedé quieto como estatua cuando se acercó lentamente hacia mí, incapaz de articular ni una sola palabra. Cuando sólo estaba a unos centímetros de mi rostro, el roce de su nariz contra la mía me devolvió a la realidad momentáneamente.
"Hitomi…" – murmuré, posando una mano sobre su mejilla – "No tienes que…quiero decir, no es necesario que-" – el discurso que tenía preparado se desvaneció de mi mente como si nada, al mismo tiempo en ella comenzaba a rozar mi mandíbula con sus suaves labios y a aferrarse al borde de mi chaqueta, empujándola hacia el piso – "Hitomi…" – repetí, tratando de concentrarme, mientras ella, una vez que la chaqueta estaba en el suelo, comenzaba a desabotonar mi camisa – "Hitomi, no debes…no tienes ninguna-"
"Van, ya basta" – dijo, mirándome con una sonrisa dibujada en el rostro. Vi cómo sus ojos brillaban con algo que supe que era, sencillamente…felicidad – "No se trata de lo que debo o no…se trata de lo que quiero" – se acercó nuevamente hacia mi cuello, que ya estaba completamente expuesto, y comenzó a besarlo, enviando escalofríos por mi espalda – "Y ahora" – agregó, viendo cómo mi camisa caía al suelo con poco esfuerzo – "Y siempre…" – continuó, acercando cada vez más su rostro al mío – "Te quiero a ti…a todo de ti".
Cuando sus labios encontraron los míos, una oleada enorme de calor se expandió por mi cuerpo. Cerré mis brazos en torno a su cintura, y en un movimiento rápido que ya habíamos practicado sólo horas antes, Hitomi dio un pequeño salto y enlazó sus piernas en torno a mi cintura. Recorrí nuevamente la piel cremosa de sus piernas, lo que hizo que suaves suspiros se escaparan por entre medio de sus labios, atrapados en los míos. Sus labios, al principio cálida y suavemente, ahora recorrían cada centímetro de los míos con la misma fiereza que había sentido en el pasillo. La ansiedad y urgencia con la que se aferraba a mi espalda, clavando levemente sus uñas en mi piel, me hizo actuar más rápido de lo que me creía capaz. Caminé con ella en mis brazos hacia la cama, y no había alcanzado a dejarla sobre ella cuando sus dedos ágilmente comenzaron a desajustar mis pantalones. Dejé que lo hiciera sin mi ayuda, ya estaba demasiado ocupado recorriendo cada centímetro de su piel con mis manos. Recorrí su espalda, sus hombros, descendí por su maravilloso pecho, para luego sentir cómo su piel se erizaba cuando la tocaba a la altura del abdomen. Sonreí suavemente cuando sentí cómo se estremecía y cerraba los ojos al sentir mis manos recorriendo su piel, y aunque quería continuar por todo el tiempo del mundo, Hitomi se aferró a la parte posterior de mi cuello y nuevamente hundió sus labios en los míos. Sentí sus dedos recorrer mi espalda, y continuar hacia abajo, deteniéndose en cada lado de mis caderas. Casi perdí la razón cuando sentí sus labios en mi cuello, al mismo tiempo en que pasaba sus uñas por el lado de mis caderas, subía a mis costillas y luego terminaba en mi espalda. Los escalofríos que sentía eran indescriptibles, y no pude sino besarla de forma más urgente y apasionada de lo que había hecho jamás, y que solo en mis sueños me había imaginado.
Reprimí una sonrisa cuando me atreví a hacer algo más, y ella pareció apreciarlo inmensamente: Mientras besaba su cuello, la mano que no tenía apoyada en la almohada que estaba detrás de su cabeza, evitando que mi cuerpo la aplastara, bajó desde su cuello, por su pecho hasta su abdomen y luego…un poco más abajo. Hitomi despegó su rostro momentáneamente del mío para inclinar su cabeza hacia atrás, enterrándola en la almohada, cuando se dio cuenta de dónde se encontraban mis dedos. Sonreí ampliamente, sintiendo un orgullo desconocido para mí hasta ese momento, mientras continuaba besando su cuello, viendo cómo ella presionaba sus caderas cada vez más contra mi mano. Cuando noté que su respiración se agitaba cada vez más, y desesperadamente se apoderaba de mis labios, no pude resistir más a la tentación que tenía delante de mí.
Las uñas de Hitomi se clavaron en mi espalda, al mismo tiempo en que yo me aferraba a su espalda con fuerza, cuando entré en ella completamente. Por unos segundos eternos, simplemente la abracé, al igual que ella a mí, mientras trataba de ajustarme al pequeño espacio en el que me encontraba. Su cabeza se inclinó hacia atrás, y me encontré con su mirada brillante y cargada de deseo. Tan solo la forma en que me miró habría bastado para que una oleada de éxtasis se apoderara de mí, pero súbitamente, la preocupación que había sentido antes me invadió nuevamente.
"Hitomi…" – murmuré, rozando su nariz con la mía – "¿Te encuentras bien?"
Una enorme sonrisa se extendió por su rostro, pero luego, una expresión diferente, una que no había visto jamás, se apoderó de sus facciones. Luego, sus manos abandonaron mi espalda y fueron directo a mis caderas. En un solo movimiento, me empujó hacia ella, al mismo tiempo en que levantaba sus caderas y arqueaba su espalda. Luego, repitió el movimiento, cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior en una forma completamente diferente al gesto que había visto en infinidad de ocasiones anteriores. Eso fue suficiente estímulo para mí, ya que en menos de un instante, cubrí sus labios con los míos y comencé a moverme hacia ella suavemente. La sensación de estar dentro de ella, de Hitomi, la mujer a la que había esperado y anhelado tener así por una década, bajo mi cuerpo, era indescriptible. Sentía cómo su espalda se arqueaba cada vez más, instándome a aumentar el ritmo, lo que causaba estragos en su cuerpo.
En un instante, noté que comenzaba a respirar cada vez más rápido y que su cuerpo temblaba bajo el mío. Me incliné hacia su rostro, y vi cómo una de sus manos había abandonado su posición sobre mi piel, y cubría su boca con exasperación. Sin dejar de moverme, tomé su muñeca en mi mano y la enterré en la almohada tras su cabeza. Cuando intentó cubrirse con la otra, hice lo mismo, y me incliné al lado de su rostro.
"No, Hitomi…" – dije, en un susurro – "Quiero escucharte".
"Van…" – sentí nuevamente ese orgullo extraño cuando escuché su tono entrecortado, al mismo tiempo en que continuaba moviéndome lentamente – "Alguien podría…oír".
"Pues que escuchen" – Cuando me aseguré de que no podía mover sus manos, aumenté rápidamente el ritmo de mis caderas, con la suficiente fuerza para que ella enterrara cada vez más su cabeza en la almohada. Completamente fuera de control, hundí mi cabeza en el lado de su rostro, contra su oído, mientras continuaba con el mismo ritmo – "Que escuchen lo que estoy haciendo con mi esposa".
Esa última frase pareció ser lo que faltaba para que fuese ella la que perdiera el control esta vez. Lo que antes habían sido leves suspiros y exclamaciones suaves se transformaron en maravillosos gritos extasiados que eran la música más bella que hubiese escuchado jamás. De repente, sentí una contracción en el punto en que nos encontrábamos unidos y vi cómo la boca de Hitomi se abría en un grito sin sonido, seguido de un violento arqueo de su espalda. Levanté su delgado cuerpo en mis brazos, y me levanté sobre mis rodillas, prolongando la sensación que estaba recorriendo todo su ser. Me senté con ella aún sobre mí e iba a dejarla sobre la cama de espaldas cuando sus labios, de forma urgente, reclamaron los míos. Cerró sus brazos en torno a mi espalda y, lentamente, comenzó a balancearse sobre mis caderas.
Traté de inclinarme hacia adelante para dejarla sobre la cama nuevamente, pero en un gesto suave, me lo impidió poniendo mis manos sobre mis hombros. Quería continuar como habíamos estado antes, concentrándome en que fuera ella quien recibiera mi atención, y no al revés, pero cuando nuevamente intenté ir hacia adelante, ella autoritariamente puso una mano en mi cuello y con la otra, jaló de la parte posterior de mi cabello. Sentí una leve punzada de dolor, que desapareció inmediatamente cuando ella continuó balanceándose sobre mis caderas, enviando otra ola enorme de placer por mi cuerpo. Su boca reclamó la mía y cuando aumentó el ritmo, escuché con satisfacción los mismos sonidos anteriores, que ahora se mezclaban con los míos.
"Hitomi…" – gruñí, o algo muy parecido a eso, mientras sentía cómo rápidamente dejaba de tener control sobre mi cuerpo, al ritmo desenfrenado de sus caderas sobre mí – "Detente y déjame volver a-"
"Quédate dónde estás" – dijo, moviéndose cada vez más rápido contra mí, para luego comenzar a besar mi mandíbula con fiereza.
"Pero-" – ya no podía pensar bien, ni tampoco concentrarme.
"Porque tu esposa te lo ordena."
Su tono seguro e identificarse autoritariamente como mi esposa, fue todo lo que necesité. Me rendí ante sus movimientos, sorprendido por los sonidos que se escapaban de mi garganta, mientras me aferraba, desesperado, a su espalda. Cuando no pude aguantar más, hundí mi cabeza en su pecho, al mismo tiempo en que ella arqueaba nuevamente la espalda y dejaba escapar el grito más hermoso que hubiese escuchado jamás.
Los débiles rayos del amanecer que entraban por la ventana me despertaron, lentamente. Abrí los ojos e, instintivamente, mi brazo buscó a tientas su figura. Cuando no la encontré, me incorporé casi de un salto. Me encontraba solo sobre la cama, en un laberinto de sábanas revueltas. Busqué con la mirada por la habitación, cuando un leve sonido me distrajo.
Alcé una ceja, curioso y caminé por la habitación hasta su origen. Escuché cómo desde el interior del baño, se escuchaba una suave voz, que alegremente tarareaba una canción que no conocía.
"¿Hitomi?" – pregunté, casi murmurando.
La canción se detuvo abruptamente, para luego responder:
"¡Pasa, estoy aquí dentro!"
Abrí la puerta lentamente, para encontrarme con un espectáculo que podría haberme quedado contemplando por siempre: Sumida en un millar de brillantes burbujas, dentro de la enorme bañera, se encontraba ella. Su piel, completamente mojada, brillaba levemente, al igual que sus rizos descompuestos, que flotaban sobre el agua. Una enorme sonrisa apareció en su rostro cuando sus ojos se encontraron con los míos, a la que respondí con otra de igual magnitud.
"Lo siento, te veías tan dulce durmiendo que no quise despertarte" – murmuró, riendo y encogiéndose de hombros – "Pero Merle ayer me puso una sustancia asquerosa y pegajosa en el cabello para mantener firme mi peinado y quería quitármela".
"Pero valió la pena, ¿o no?" – pregunté, riendo – "Te veías preciosa ayer"
"Tú también" – de repente, alzó una ceja y recorrió con sus ojos mi figura de arriba abajo – "Aunque creo que así tal como estás me pareces aún más atractivo".
Considerando todo lo que había pasado en las últimas horas, y cuando los recuerdos me golpearon de lleno en el pecho, no pude evitar que nuevos escalofríos recorrieran mi espalda. Ella pareció notarlo, y con una expresión extraña en el rostro, jugueteó con las burbujas sin dejar de mirarme.
"Puedes venir a acompañarme, si quieres" – dijo, en un murmullo sugerente – "El agua aun no se enfría".
Me perdí en su mirada y en su expresión seductora. ¿Cuándo había pasado esto? ¿Cómo había pasado esto? ¿Qué había hecho que, de pronto, todas sus heridas interiores sanaran? Porque anoche no vi ni siquiera un rastro de duda, miedo o reserva en ella, al contrario, había actuado con la fiereza y ansiedad de antaño, cuando ninguna de las cosas terribles que me había contado habían ocurrido. Sin embargo, decidí que ya no era necesario que siguiera torturándome con esa clase de preguntas, cuando claramente…ella tampoco quería seguir haciéndolo. Al contrario, en esos momentos estaba esperándome, y yo no podía sino acceder a cualquier cosa que ella quisiera de mí.
Con una sonrisa, vio cómo entraba en la bañera, en el otro extremo opuesto al cual ella se encontraba. No tuve que esperar demasiado a que se acercara a mí, incorporándose lentamente y permitiéndome apreciar otra vez la belleza de su cuerpo. Finas gotas de agua se deslizaban desde su cuello hasta su estómago, y sentí como nunca el impulso de querer atraparlas con mis manos. Hitomi se acercó y suavemente, acarició mi mejilla con una de sus manos. Cuando sentí el contacto de su pecho contra el mío, me estremecí y, con urgencia, atrapé sus labios con los míos. Ella dejó escapar una leve risa, mientras, sus brazos salían completamente del agua para abrazarme. Recorrí su pequeña espalda con mis manos, bajé por su cintura y luego, hundí las manos en el agua para sentir la suavidad de sus piernas. Un suspiro suave se escapó de su boca, al tiempo en que inclinaba su cabeza hacia atrás, lo que me dio la oportunidad de trazar una línea por su cuello con mis labios. Tenía un sabor dulce sobre su piel, y el aroma a flores que expedía comenzó a intoxicarme.
Me aferré aún más a sus caderas cuando ella se irguió un poco sobre sus rodillas, y me dejó entrar. Tomó mi cabeza entre sus manos y su boca, ardiendo, comenzó a besarme con la misma urgencia que yo a ella. Ya sabía que, cuando nos encontrábamos así, era mejor que no discutiera. Y yo, a pesar de que era un rey y estaba acostumbrado a dar órdenes, en esos momentos era el hombre más feliz de toda Gaea de ser quien las recibiera. No me importó ser, en ese escenario, quien no tuviera el control de la situación. Al contrario, ese extraño orgullo que no había experimentado jamás nuevamente se apoderó de mí, al notar cómo mi esposa disfrutaba al tenerme así, bajo su completa voluntad. Vi, con satisfacción, cómo su cabeza se inclinaba hacia atrás, dejando escapar suspiros cada vez más altos y aumentaba cada vez más la fricción y ritmo de sus caderas sobre las mías. Me uní a ella, asfixiando los sonidos que se escapaban de mi garganta contra la piel de su cuello, aferrándome cada vez más a su espalda, mientras sentía cómo rápidamente estábamos llegando, juntos, a un maravilloso clímax de éxtasis. Cuando Hitomi arqueó su espalda y sentí cómo se contraía el punto en que su cuerpo se unía al mío, todo mi ser se tensó y me uní a la oleada explosiva de placer en la que nos habíamos envuelto.
Cerré mis brazos aún más en torno a ella, mientras sentía cómo los latidos de mi corazón, al igual que los de ella, comenzaban a ralentizarse. Tenía su cabeza aun escondida en mi cuello, mientras jugueteaba con mi cabello. Dejé escapar una risa cuando sentí un cosquilleo suave al sentir su respiración contra mi piel, lo que la hizo reír también. Se incorporó levemente y besó la punta de mi nariz. Ver su rostro lleno de felicidad hizo que mi pecho se inflara también de paz y tranquilidad.
"Aunque me encantaría quedarme aquí por el resto del día…y de todos los días" – dijo, sonriendo – "Tengo una cita hoy en un rato más".
"¿Una cita?" – pregunté, curioso – "¿Con quién?".
"Con Ella" – contestó – "Y con otras tres niñas que parece que también quieren aprender a bailar".
"Ya que lo mencionas" – dije, recordando algo de repente – "He estado pensando que quizás necesites un espacio para eso. Hay un salón disponible en el castillo, ¿te parece si es que te reúnes con uno de los arquitectos? Podría adaptarlo según lo que necesites, quizás podrías iniciar una especie de escuela y-" – No pude continuar porque sus labios prácticamente me aplastaron. Reí contra su boca, mientras sentía cómo cerraba sus brazos en torno a mi cuello. Luego, sonreí aún más cuando me encontré con su rostro, cubierto de una expresión de entusiasmo.
"¿En serio?" – preguntó – "¿Mi propia escuela de baile?".
"¿Por qué te gusta tanto bailar?" – de repente, me di cuenta de que nunca se lo había preguntado – "No quería agobiarte con preguntas antes, pero ahora me encantaría saberlo".
"Porque es un lenguaje universal" – dijo, sonriendo – "Porque no se necesitan palabras para entender la historia. No es como en los libros, en donde hay siempre mensajes ocultos entre las letras. En el baile, todo es claro y prístino y-" – de repente, se detuvo al ver la forma en que la estaba observando – "Lo siento, me dejé llevar un poco, sé que no es un tema particularmente entretenido pero-"
"Me encanta cuando te dejas llevar, ya sea hablando, riendo o…haciendo otras cosas" – dije, alzando una ceja y rozando su boca con la mía – "Quizás esta noche quieras dejarte llevar de nuevo…prometo que no opondré resistencia".
Rió nuevamente y plantó un dulce beso en mis labios, para luego salir de la bañera lentamente. Observé, conteniendo la respiración, cómo se envolvía en una toalla, mientras finas gotas de agua caían desde su cabello mojado. Se giró un momento para sonreírme, y luego se dirigió de puntillas hacia la habitación. Reí ante la forma en que parecía escabullirse, sintiendo una oleada de ternura. Era tan reconfortante ver que la dulce y amable Hitomi de la que me había enamorado no había desaparecido, sino que siempre había estado ahí. Me hizo sentir aún más completo el hecho de que había decidido quedarse, aquí, conmigo, para siempre. No sólo eso…ella había escogido algo más importante aún, que básicamente era, ser feliz. Y que por fin esa felicidad fuese a mi lado, era algo más maravilloso aún.
Luego de terminar, me envolví a la altura de la cintura con una toalla y caminé hacia la habitación. Mis ojos se detuvieron, por un instante en las sábanas de la cama, en donde había una pequeña mancha de color oscuro. Fruncí el ceño, extrañado y luego reparé en la figura de Hitomi, que estaba tranquilamente de pie al lado de ella. Todavía no se había vestido, estaba envuelta en la toalla aún, pero…cuando vi que presionaba una de sus manos contra la palma de la otra, teñida de sangre, sentí que me congelaba. Se volteó rápidamente hacia mí, permitiéndome ver que sostenía lánguidamente una daga, que yo tenía en uno de los cajones de la habitación, y que un corte profundo en su mano derecha se dibujaba ahora en su, antes, intacta piel.
"¡Hitomi, qué-" – en tan solo un instante, estuve a su lado. Le quité la daga de un tirón y la dejé caer, para luego tomar su mano herida. Aún salía sangre de él, pero parecía menos grave de lo que me había imaginado – "¡¿Qué pasó, por qué-"
"Tranquilo, Van, es solo un corte superficial" – dijo – "Mira, ya está dejando de sangrar" – agregó, levantando un poco su mano, presa en la mía.
"Pero, qué es lo que estabas trat-"
"Van" – dijo, poniendo su otra mano en mi pecho – "Tranquilízate, solo lo hice para que no tengas problemas con tus consejeros".
"¡¿Qué?!" – exclamé, con ojos desorbitados – "¿De qué hablas?"
"Merle me dijo que, luego de la ceremonia, buscarían pruebas de que tú y yo…ya sabes" – dijo, apuntando con la cabeza hacia la cama – "Y bueno, quise hacer mi parte y ayudart-"
"¡Maldita sea Merle por andar metiendo las narices donde no debe! – rugí, lo que la hizo dar un paso atrás, asustada – "¡Yo nunca habría permitido que mis malditos consejeros empezaran a buscar pruebas de nada!"
"Van, sólo quería-"
"¡Nunca más vuelvas a hacerte daño por mi culpa, Hitomi! – su mirada asustada debió haberme detenido, pero por alguna extraña razón, no podía dejar de gritar – "¡¿Entendiste?! ¡Nunca más vuelvas a hacer algo como esto, suficiente daño te he hecho yo como para que además, tengas que coger una maldita daga y-"
"¿Cuándo me has hecho daño tú?" – me interrumpió, con una expresión confundida – "Tú nunca has hecho nada que pudiera dañarme"
"¡¿NO?!" – grité – "¡TE DEJÉ IR, HITOMI! ¡DEBERÍA HABER IDO POR TI! ¡Pero no, me conformé con pasar la siguiente década sintiendo lástima por mí mismo, mientras un hijo de perra te torturaba y abusaba!" – me detuve cuando vi que todo su cuerpo se tensaba y sus ojos se agrandaban, con horror. Volví a mis cinco sentidos de forma inmediata cuando vi que su vista se nublaba a causa de las lágrimas, pero cuando intenté acercarme para abrazarla, se alejó. De repente, vi que volvía a adoptar esa actitud fría y desolada que había visto cuando recién había regresado. Sentí verdadero terror cuando, desesperadamente, quiso que soltara su mano.
"Eso es todo lo que ves en mí, ¿verdad?" – dijo, reprimiendo un sollozo – "Cada vez que me miras, solo ves eso, ¿no es cierto? A la pobre y golpeada Hitomi que no pudiste rescatar, pero no A MÍ! ¡¿PENSABAS EN ESO ANOCHE, TAMBIÉN?!" – El tono desgarrador cuando hizo la pregunta, prácticamente me partió en dos – "¡Pensabas que estabas con lo que queda de mí, ¿no es cierto?! ¡¿Y ayer acaso te casaste con el resto que otro dejó?! ¡¿TE CASASTE CONMIGO PORQUE SIENTES LÁSTIMA?! ¡¿O sólo lo hiciste porque te sientes culpable de lo que me pasó?!"
"¡¿Cómo puedes pensar eso?!" – exclamé, tratando desesperadamente que me dejara acercarme a ella, pero rápidamente se alejó. – "Hitomi, jamás podría…" – comencé, cerrando los ojos para tratar de ordenar lo que quería decir. Sin embargo, ella, a una velocidad increíble, se puso un vestido largo que tenía ya sobre la cama. Lo cerró a la altura de su cintura y se calzó los zapatos bajos. Traté de acercarme a ella, pero su mano alzada a la altura de mi pecho me lo impidió.
Con una última mirada, salió de la habitación como un tornado.
Continuará…
