No soy la dueña de Escaflowne ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría. Tampoco soy dueña de ninguna de las canciones ni melodías citadas en esta historia.
El Cisne Negro
Capítulo Ocho: Conciliación.
Hitomi
Caminé, furiosa, por los pasillos del castillo. No sabía hacia dónde me dirigía, ni tampoco me importaba. Apenas había amanecido y todo a mi alrededor estaba completamente desierto. Un silencio profundo se cernía en torno a mí, y sólo podía escuchar los latidos frenéticos de mi corazón. Cuando llegué al jardín, me lancé sin pensar hacia el lugar que había encontrado meses atrás, aquel día en que había decidido casarme.
Genial, pensé. Llevaba, con suerte, doce horas casada y ya había tenido mi primera discusión con él. ¿Y por qué? Por mi culpa. Porque todavía, por dentro, era un animal herido cuyas heridas aún no sanaban. Y había reaccionado de la peor forma posible, gritando y llorando como una perfecta chiquilla malcriada.
Me senté, exhausta, en la banquilla que se encontraba en medio del jardín, exhalando un suspiro. Encogí mis rodillas contra mi pecho, tratando de ordenar mis pensamientos.
¿Qué había pasado?
La única forma de responderme era ordenar los hechos conforme habían pasado: El día anterior, había experimentado, por primera vez en toda mi vida, lo que era desear estar con alguien. Después de lo que me había pasado con Amano, nunca pensé que sería capaz de sentir algo así. Diablos, seis meses atrás, que era exactamente el tiempo que había pasado desde que había regresado a Gaea, ni siquiera era capaz de soportar que alguien estuviera a más de un metro de mí. Incluso, en los ensayos y presentaciones, tenía que controlar el pánico en mi interior cuando mi compañero de danza debía tocarme o levantarme en algún momento.
Pero cuando Van me había abrazado, luego de la ceremonia, lo había sentido por primera vez. En esos momentos, pensé que era, simplemente, amor. Pero no era solo eso, era verdadero y puro deseo. Deseo de tenerlo cerca, de tenerlo unido a mí en la forma más íntima posible. Y no había sido producto de ninguna presión externa, puesto que Van siempre se había comportado de forma reservada cuando se acercaba a mí. Había nacido de mí, y sólo de mí. La felicidad que sentí en esos momentos era indescriptible, porque significaba que, aun sin haberme dado cuenta, había sanado. El hecho de que quisiera estar con él de esa forma, y que lo hubiese sentido como increíblemente natural, hizo que me descontrolara y quisiera cada vez más. Todas mis barreras habían desaparecido, hasta que hace unos instantes atrás, en que se habían levantado nuevamente, más altas que nunca.
Porque apenas lo escuché culparse por lo que me había ocurrido, de repente, todos esos amargos recuerdos volvieron. Sabía que no había sido esa la intención de Van, pero igualmente, había ocurrido. Y lo que sentía en esos momentos, la razón por la que me había enfurecido con él era que sentía que me estaba obligando a volver a cómo era antes. Sentía que Van, con sus palabras, me robaba de la sensación de victoria que había experimentado el día anterior, cuando finalmente había sentido que…lo había vencido: Lo había vencido a él, a Amano, porque había alcanzado la felicidad a pesar de su promesa de hacerme sufrir hasta el día en que muriera, a su compromiso eterno a que nunca pudiera olvidar lo que me había hecho. Había logrado convencerme de una verdad oculta para mí: que yo era una mujer digna de ser amada, de ser deseada por otro ser humano…y con sus palabras, sentí que todos esos logros se habían perdido en el vacío.
Sostuve mi cabeza entre mis manos, cubriéndome los ojos de los rayos del sol. Exhalé otro suspiro, dándome cuenta de que no era su culpa. Era mía, que estaba dejando que nuevamente la sombra de mi sufrimiento se apoderara de mí, cuando tenía que hacer exactamente lo contrario. De repente, sentí que mi pecho se encogía de arrepentimiento, ya que había actuado de una forma increíblemente injusta: ¿Cómo podía haber esperado que a Van no lo afectara enterarse de lo que me había ocurrido? Por supuesto que había sido así, y lo que más me angustiaba, era que inmediatamente se había culpado. ¿Cómo podía ser culpa de él? No solo no tenía ninguna responsabilidad, sino que además, también había sufrido sin saber toda la verdad. Había estado diez años sumido en la miseria, esperando alguna señal de mí. Había desperdiciado esos años, y ante la oportunidad de continuar con su vida, había optado por continuar esperándome.
Sin embargo, no había dejado de sorprenderme cómo había reaccionado yo: Por primera vez en más de una década, había, de hecho…reaccionado. Antes, como una criatura asustada, habría esperado a quedarme a solas para llorar en silencio. Pero ese día, había sido capaz de expresar con palabras lo que sentía, incluso si es que había escogido las frases equivocadas. A pesar del arrepentimiento y la tristeza que sentí en esos momentos, una pizca de orgullo apareció en mi pecho.
Me levanté del banquillo y caminé de regreso al castillo. Me apresuré lo que más pude, pensando en que tal vez Van aún se encontraría en la habitación. Cuando alcancé la puerta, me encontré con que el espacio se encontraba completamente vacío. Sentí en mi pecho una punzada de culpa, pero luego, algo encima de la cama captó mi atención. Me acerqué rápidamente, notando que sobre las sábanas, en perfecto orden, se encontraban mis leggins ajustados oscuros, mi vestido de algodón de color gris y, una al lado de la otra, mis zapatillas de punta. Encima de una de ellas, había una hermosa pluma blanca, larga y brillante. La tomé con una de mis manos y la presioné contra mi pecho, con una sonrisa.
Van
El sol había comenzado a descender cuando se terminó, por fin, la reunión del Consejo Real. Llevábamos todo el día revisando las nuevas versiones de los acuerdos con el Círculo de Gaea, y francamente, no podía estar más agotado. Tuve que recordarme varias veces durante todo el día que era el rey de Fanelia y que tenía que actuar como tal, pero varias veces había perdido la concentración. La discusión de aquella mañana con Hitomi me había dejado atónito, especialmente por lo insensible que había sido con ella.
Hitomi había confiado en mí, había compartido los secretos más íntimos conmigo, su sufrimiento y sus temores, y yo se los había lanzado en la cara. ¿Y por qué? Porque era un perfecto idiota que no pensaba antes de hablar. Ella había intentado ayudarme con el asunto del corte en su mano, se había preocupado de que yo no fuese objeto de cuestionamientos por parte de este mundo político al que pertenecía, y como resultado, yo había explotado en ira. En lugar de agradecerle, de vendarle la herida y abrazarla como se merecía, había alzado la voz en su presencia y la había hecho sentir mal consigo misma.
Muy bien, Van, pensé: Sólo llevas un día casado y ya lograste que la esposa, que nunca te has merecido, ya esté preguntándose por qué quiso casarse contigo en un primer lugar. Y lo único que se te ocurrió hacer, fue ordenar sus implementos de baile y dejarle una miserable pluma como muestra de arrepentimiento. Ni siquiera pudiste escribirle una nota o algo por el estilo porque eres demasiado torpe con las palabras, como claramente demostraste esta mañana.
Excelente, Van.
Una vez que mis consejeros comenzaron a retirarse, quise abalanzarme hacia la puerta para ir en busca de Hitomi, a quien no había visto en todo el día, pero las figuras de Grey y Aerius me lo impidieron. Ambos tenían expresiones sugerentes en el rostro, mientras me hacían una imperceptible señal de que querían que me quedara en el salón. Esperé a que los demás salieran, y cuando las puertas se cerraron, ambos hombres se acercaron a mí.
"Majestad" – comenzó Aerius – "Creo que tenemos noticias sobre lo de…Marius" – momentáneamente, toda mi atención se centró en ellos – "Vimos que recibió mensajes de Alcozeus de forma directa luego de que se anunciara oficialmente su compromiso con la reina Hitomi".
"¿Cómo lo saben?" – pregunté. Vi que Aerius se tensaba y que Grey, mi impulsivo y leal cuñado, aclaraba su garganta. Al ver que no me contestaban, continué, exasperado – "¿Y bien?"
"Esto…Van" – dijo Grey, nervioso – "Puede que yo haya…un poco, algo así como…interceptado su correspondencia" – Al ver que ensanchaba la mirada, se apresuró a elaborar más su discurso – "Es solo que me preocupé por ti, por Hitomi, por Merle que la adora como a una hermana y…no pude evitarlo, lo siento."
"Si me permite, Majestad" – intervino Aerius – "Yo estuve de acuerdo con Grey, no es solo su culpa."
Quise enojarme como debía, pero la verdad era que…no era así. El hecho de que estuvieran aquí, confesando haber cometido una imprudencia como esta, significaba que había algo preocupante en las comunicaciones de Marius.
"¿Qué decían los mensajes?" – pregunté. Cuando notaron que no irrumpiría en gritos de reprobación, vi momentáneamente el alivio en sus rostros. Sin embargo, la preocupación reapareció rápidamente cuando se acercaron a mí.
"Majestad, al parecer Marius les había asegurado que lograría convencerlo de que se casaría con la princesa Fará" – explicó Aerius – "Y al parecer, también, tenían una especie de acuerdo respecto a la posición de Marius, una vez que se celebrara el matrimonio"
"¿Qué clase de acuerdo?"
"No lo sabemos" – dijo Grey, exhalando un suspiro molesto – "El mensaje era muy críptico, Van. Era casi un código secreto, pero algo sí está claro: Alcozeus está furioso con tu decisión, y en el mensaje que enviaron a Marius, decían que si él no cumplía con su parte del trato, sufriría graves consecuencias".
"Sospechamos que su parte del acuerdo, es intentar romper su unión con la reina" – continuó Aerius – "La única forma, ahora, de anular su matrimonio sería que este no fuese válido por algún motivo. Pero eso creemos que ya no funcionará" – de repente, sentí una mayor culpa dentro de mí: Hitomi, sin saberlo, me había salvado de una amenaza importante con el corte en su mano y la mancha en las sábanas de aquella mañana– "Sin embargo, todavía hay algo más que pueden intentar" – cuando me encontré con su mirada, noté que no podía continuar.
"Van…" – intervino Grey – "La única opción que les queda es que Hitomi…desaparezca".
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante sus palabras. La sola idea de algo semejante, de que le hicieran daño, de que la separaran de mí, hizo que una llama de ira se encendiera en mi interior.
"Escúchenme bien" – comencé, tratando de controlarme – "Quiero que doblen la guardia, y que pongan a alguien de confianza al lado de Hitomi a todas horas, no quiero que esté sola ni un miserable instante. Sólo yo podré relevar la guardia, hasta que yo no me encuentre a su lado, no quiero que se encuentre a solas, ¿entendieron?"
"Van, Hitomi sospechará que algo anda mal" – debido a la cercanía de Merle y Hitomi, Grey también había formado un vínculo con ella durante los últimos meses. – "Tal vez sería mejor que la pusieras al tanto de la situación" – me di cuenta de que tenía razón, aunque no quería hacerlo. Preocuparla de esa forma me parecía terriblemente injusto.
"Maldita sea" – dije, rechinando los dientes – "Se lo diré esta noche, y tú harás lo mismo con Merle, Grey." – al ver que asentía, continué – "Y quiero que todo, absolutamente todo lo que haga Marius, se me informe inmediatamente. Hasta no reunir pruebas suficientes de traición, no puedo juzgarlo, así que preocúpense de encontrarlas."
Luego de que asintieran, se retiraron. Apenas vi que desaparecían, salí del salón lo más rápido posible. Caminé incesantemente por los pasillos del castillo, dándome cuenta de que no sabía a dónde iba. No sabía en dónde se encontraba Hitomi, sólo sabía que iba a reunirse con la hija de Aerius para continuar sus lecciones de danza, pero no tenía la más mínima idea de dónde se encontraban habitualmente. Un pánico insoportable hizo que apresurar más el paso, imaginando que quizás se encontraban en el jardín.
Incluso si en esos momentos me odiaba, necesitaba asegurarme de que se encontraba bien. Necesitaba tenerla en mis brazos, sentirla segura contra mi cuerpo y sólo preocuparme de que nada malo le ocurriera. Continué caminando con rapidez por el pasillo, rogando para encontrarla cuando, de repente, el sonido de una leve risa me detuvo. Me volteé, para encontrarme con una puerta semi cerrada, perteneciente a una de los salones vacíos del castillo. Me acerqué lentamente hacia ella y vi que en su interior, se encontraba Hitomi.
Exhalé un suspiro aliviado cuando vi que se encontraba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas. Tenía puesto el atuendo que usaba para bailar, y desde donde me encontraba, vi que sonreía. No estaba sola en la habitación: Detrás de ella, se encontraba de pie la hija de Aerius, al igual que otras dos pequeñas niñas, que parecían muy a gusto jugando con el cabello de Hitomi. Habían trenzado intrincadamente su larga melena rubia, y ahora estaban poniendo pequeñas flores blancas entre medio de su cabello recogido. Hitomi reía suavemente, y cuando se volteó un poco hacia atrás, notó mi presencia. Por un instante, imaginé que me miraría con la misma expresión que había visto en la mañana, pero de repente, vi que parpadeaba un par de veces y me sonreía dulcemente.
El nudo que había tenido en el estómago durante todo el día, súbitamente desapareció. Contemplé, un poco más relajado, la escena en donde ella estaba simplemente ahí, sentada mientras tres niñas peinaban su cabello, preguntándome cómo había llegado a ser tan afortunado de tenerla. Sentía unas enormes ganas de congelar esa imagen, de nunca más tener que verla sufrir, ni menos preocuparla con lo que iba a tener que decirle más tarde. Pero por otro lado, habíamos prometido confiar para siempre en el otro, y no podía ocultárselo, no solo porque su seguridad dependía de ello, sino porque sabía que Hitomi era lo suficientemente fuerte como para soportarlo. Era cierto que había regresado a Gaea con heridas abiertas, pero ahora había cambiado. Con el transcurso de los meses, había visto cómo la antigua Hitomi había reaparecido, para quedarse.
De repente, las niñas notaron que su modelo miraba hacia la puerta, por lo que se voltearon hacia donde yo me encontraba. Las tres emitieron gritos de sorpresa y rápidamente se escondieron detrás de la figura de Hitomi. Alcé una ceja, preguntándome por qué siempre lograba asustar a la gente que me veía de inesperadamente. Entré en el salón lentamente, mientras veía cómo Hitomi se alzaba del suelo y se giraba hacia las niñas.
"Continuaremos mañana, ¿les parece?" – dijo, con tono alegre.
Las tres asintieron, sonrientes, para luego echarse a correr hacia la puerta, pasando por mi lado como si nada. Las observé desaparecer, de nuevo preguntándome qué era tan amenazador de mi aspecto que, al parecer, causaba pánico.
"Parece que tu fama del malvado rey gruñón no te ha abandonado aún"
Me volteé rápidamente cuando escuché su voz, sorprendido. Al parecer, continuaba teniendo esa especial habilidad de leer mis pensamientos incluso cuando no había dicho ni una sola palabra. Me encontré con su rostro tranquilo, sin ni un solo rastro de la angustia que había visto aquella mañana. De repente, sentí el impulso de acercarme a ella para abrazarla, pero me detuve, inseguro respecto a cómo reaccionaría.
"Hitomi…" – comencé, nervioso– "Yo…lo lamento. Por favor, perdóname, lo que dije esta mañana…es decir, sí, es verdad, siento que podría haber evitado todo lo que te ocurrió si tan solo hubiese sido más valiente, pero…jamás pienses que esa culpa fue lo que me llevó a casarme contigo. Tampoco fue lástima, ni nada por el estilo, sino que…" – de repente, sentí que nada de lo que estaba diciendo tenía ningún sentido, a menos que le dijera la verdad – "Hitomi, lo hice porque te amo. Eres todo lo que amo".
Vi que se acercaba a mí lentamente e inclinaba la cabeza hacia atrás para encontrar su mirada con la mía. Una expresión confusa apareció, de la nada, en su rostro.
"Lo lamento, yo también" – dijo, en un tono tan serio que me daba a entender que había algo más profundo que quería decirme – "No eras tú quien debía ir por mí, fui yo la que tenía que regresar. No tenías nada de qué salvarme, yo era quien debía rescatarme. Yo fui la que debió haber escapado de la prisión mental en la que me tenía atrapada" – luego, puso su mano sobre mi mejilla suavemente – "Debí haber sido más valiente entonces, pero ahora sí lo soy. Lamento haberte gritado, Van" – agregó, encogiéndose de hombros y sonriendo levemente.
"Oh, no lo lamentas para nada" – dije, riendo. Luego, dando por finalizada la discusión, observé alrededor. – "¿Escogiste este salón para hacer tus clases? ¿Es suficiente el espacio?"
"Creo que sí" – comentó, mirando hacia el techo – "Necesitaré instalar unas barras en los bordes y unos cuantos espejos, pero…" – se detuvo para coger mi mano – "Podemos hablar de eso después de que me digas por qué estás tratando de desviar mi atención".
Me giré abruptamente hacia ella, notando que estaba seria como nunca.
"Estás asustado" – dijo, frunciendo el ceño. No había ni una sola pizca de duda en sus ojos, simplemente estaba afirmándolo.
"¿Qué te hace pensar eso?" – pregunté, tratando inútilmente de restarle importancia al asunto.
"¿Por qué no me contestas y ya, Van?" – me preguntó de vuelta, notando cómo empezaba a enojarse – "Y no creas ni por un segundo que no te gritaré si es que no me respondes con la verdad".
"Porque no quiero que tú te asustes" – era la verdad, y ella lo supo en ese momento. Se acercó a mí y besó suavemente mi mejilla. Luego, con una caricia, empujó mi cabello hacia atrás.
"Y yo quiero que dejes de verme como a un pajarillo frágil y asustadizo, porque no lo soy" – dijo, seria nuevamente – "Soy tu esposa, la mujer que está a tu lado, pase lo que pase".
"Lo sé" – dije, frustrado – "Lo sé, Hitomi, es solo que…ojalá no tuviera que preocuparte. Ojalá solo tuvieras que preocuparte de ser feliz, de bailar, de enseñarle a otras niñas lo que sabes...y no de asuntos políticos."
Vi que se alejaba de mí, para luego sentarse en el piso del salón. Abrazó sus rodillas y luego, con una mano, hizo un gesto para que la acompañara. Solté un suspiro molesto y la obedecí, sentándome a su lado. Traté de explicarle con el mejor detalle posible lo que había hablado con Grey y Aerius, y cómo ahora existía una amenaza que no sabíamos qué tan grave era. Me preparé para lo peor cuando le dije que había ordenado que debía estar acompañada por alguien de confianza a todas horas, y que intentaría que no interfiriera en ninguna de sus actividades. Conociéndola, imaginé que intentaría persuadirme, que estaba exagerando, pero…como siempre, era soñar demasiado intentar adelantarme a sus acciones.
"Es decir" – comenzó, frunciendo el ceño – "Que pondrás a alguien para que me vigile, durante todo el día, en caso de que tu consejero intente matarme".
Escucharla decir esas palabras tan abiertamente, sin ninguna clase de temor, logró que me pusiera nervioso.
"Hitomi, llámame exagerado, sobreprotector o lo que se te ocurra, pero no cambiaré de opinión. Tendrás a alguien a tu lado en caso de ser necesario, y no intentes-"
"Me parece razonable" – dijo, encogiéndose de hombros. Al ver que la miraba, atónito, agregó, con tono resuelto – "No solo no quiero que me maten, sino que no voy a permitir que ninguna zorra aristocrática venga a reemplazarme".
La miré, pasmado por algunos segundos: No solo no estaba ni un poco asustada, sino que parecía estar enojada por toda la situación. Me alegró el hecho de que aceptara las medidas de seguridad que había planeado, pero no me esperé esa clase de reacción.
"¿Qué?" – preguntó, alzando una ceja – "¿Acaso tus consejeros piensan que pueden librarse tan fácil de mí y poner a una princesa cualquiera a tu lado, así como así? Pues que lo olviden, soy la Étoile del Royal Ballet" – cuando vio que no entendía lo último, agregó – "Aquí puede que no sea nada, pero de donde vengo, es un gran título" – vi cómo se erguía, orgullosa y me apuntaba con el dedo – "Diles que vine para quedarme, y de pasada, acláraselo a todas esas princesitas de no sé dónde y-"
No pudo continuar porque ya me había abalanzado sobre ella, cerrando mis brazos en torno a su espalda y aplastando sus labios contra los míos. Perdió el equilibrio y se fue hacia atrás, pero alcancé a atraparla justo antes de que cayera al suelo. Me apoyé con una mano al lado de su cabeza, mientras con la otra la sostenía al nivel de la cintura. Rápidamente, se aferró a mi cabello, al mismo tiempo en que respondía a mis labios urgentes y ansiosos. Se separó por un momento de mí para intentar decir algo, pero pareció olvidarlo cuando comencé a besar su cuello con ardor, mientras la mano que tenía en su cintura, por sí sola, empezaba a bajar para encontrar el borde de su vestido.
"Es adorable que pienses que otra podría ocupar tu lugar" – dije, contra su oído, mientras sentía cómo sus manos acariciaban mi espalda – "Adorable y…muy atractivo" – agregué, besando su cuello.
"¿Y es que acaso es así?" – preguntó, inclinando su cabeza hacia un lado, para darme más acceso a su piel.
"Nadie, jamás…podría ocupar tu lugar, Hitomi" – le aseguré – "Te puedo convencer si es que no me crees".
"No me importaría que lo intentaras" – murmuró, para luego hundir nuevamente sus labios en los míos.
Solté una risa suave contra su boca, al mismo tiempo en que mis manos se perdían en los pliegues de su vestido.
Continuará…
