Si hay un aroma que Dio conoce mejor que ninguno, es el de los Joestar; principalmente el de Jotaro y Joseph, aunque luego de ver al resto, ya podría encontrarlos en esa ciudad solo por su aroma.
Dio entra a la habitación sigilosamente; abriría las ventanas de par en par si eso lo le afectara, se inclina ante Joseph y con su filosa uña del dedo índice recorre su rostro y cuello.
En ese cuerpo juvenil, Joseph era igualito a Jonathan, el horror.
Joseph ni enterado que Dio ha entrado a la habitación. Duerme desparramado sobre la cómoda cama, sin intenciones de despertar hasta el anochecer. Es de sueño profundo, tanto que hasta parece estar muerto.
Pero la historia es muy diferente al sentir la afilada uña de Dio sobre su piel. Sus ojos se abren de golpe, Hermit Purple se enreda en en brazo de Dio.
– No digas nada. Ya tengo suficiente con lo que hice para tener que escucharte.
Puede que tenga el Stand de Joseph agarrándole del brazo, con esas espinas enterrándose en la piel, pero Dio no va a desaprovechar la ocasión para burlarse de Joseph.
– ¿A qué te supo su sangre, Joseph? Apuesto a que peleó bastante y eso la hizo más exquisita, todo ese espíritu de lucha; puede que ya no sea un niño pero sin duda eso no ha cambiado en él.
– Oh my god. ¿En serio no vas a callarte?
– No debes sentirte culpable. Esto es lo que somos pero admito que me sorprendió , usar a tu propio nieto como alimento. – Ríe con malicia, se regocija del evidente enfado de Joseph. – ¡Eso me supera incluso a mi.
Joseph no quiere admitirlo, pero Dio tiene la razón: la sangre de Jotaro se le hizo la cosa más dulce y refrescante que haya probado en toda su maldita vida y se siente revitalizado por esta.
– Vete a la mierda, Dio. Tú hiciste casi lo mismo conmigo, por eso estoy así.
– No. – Responde con tono burlón, este es un momento que va a disfrutar plenamente. – No, yo te asesiné y lo haría de nuevo con gusto. Yo, Dio, necesitaba de la sangre Joestar para controlar el cuerpo se Jonathan. Tú estas así porque tu nieto es un idiota y tú no has podido contener tus deseos. Oh Joseph, el vínculo entre las presa y nosotros es algo muy fuerte. Que retorcido de tu parte elegir a tu propio nieto.
– Y eso te salio tan bien. Como cualquier otro de tus estúpidos planes. Tu, Dio, – imita su tono egocentrico; – eres un imbécil.
– La única razón por la que mis planes han fallado es por mi interés personal en Jonathan que evitó que los asesinara cuando era el momento perfecto. Y no pienso tolerar insultos de tu parte.
– Ugh no necesitaba saber sobre tus intereses con tu hermano.
– Hermano adoptivo. Tú no puedes ser tan ingenuo como Jonathan, no lo he mantenido a mi lado todos estos años por caridad.
Un motivo más para odiar a Dio.–– Ugh no, ha vivido toda su vida con una imagen muy diferente de su abuelo como para que ese bastardo la corrompa en menos de un parpadeo.
– ¡No necesitaba esa imagen mental! ¡Oh no! ¡Ahora no podré sacármelo de la cabeza!
– Eso no es mi culpa, tus fantasías no son cosa mía, Joseph.
Dio se pasea por la habitación sin pena alguna. No es muy diferente a donde ha dormido con Jonathan. Se sienta en la cama y se acuesta, con movimientos que tienen ese aire seductor y obsceno, Dio ha aprendido bastante sobre esa parte de su naturaleza.
Porque eso sólo puede empeorar para Joseph. El muy desgraciado se atreve a desparramarse sobre _su_ cama con ese aire tan... ¡fuck no! No va a pensar en lo bien que se ve. Bastardo.
Se reincorpora, poniendo distancia entre ellos y esfumando su Stand. Tiene sus dudas y quiere respuestas, aún si esas respuestas vienen de ese cabrón petulante. Mejor eso a seguir con el tema de su relación con Jonathan.
– ¿A qué te refieres con un vínculo? Pensé que ustedes sólo se deshacían de sus presas.
– Tú quieres respuestas, te las daré si tú me das información.
Dio se cruza de brazos. Le mira con desdén, aún si su nueva apariencia llama su atención. Joseph imita el gesto. Quiere respuestas, pero sabe que es arriesgado el tener ese tipo de conversación con Dio. Tendrá que ser cuidadoso con lo que le diga.
– ¿Qué quieres saber?
– Lo que sabes sobre la máscara de piedra, – una sonrisa bastante perversa se dibuja en su rostro, nada en el inspiraría confianza. – El incidente que tuviste aquí en Italia y sobre el que te gusta alardear.
– Ya conté esa historia antes. – Aparta la mirada como el que no quiere. – Las máscaras de piedra fueron destruidas al igual que sus creadores. El último fue lanzado al espacio y ahora debe estar a años luz de distancia de aquí.
Dio esta cómodamente acostado a nada de Joseph, apoyado en su brazo mientras su cabeza rubia reposa en su palma. Sólo lleva el pantalón puesto, uno bastante apretado que de hecho es de Jotaro; Holy se lo ha dado antes de partir a Nápoles.
Su mano libre acaricia su cuello pero pronto viaja por su pecho hasta su abdomen, es todo un bastardo indecente.
– No todas, obviamente. Y no soy el único que lo cree, no por nada tú nieto esta aquí. Fue lanzado desde la tierra, ¿Eh? ¿No has pensado que al salir de la atmósfera pudo ser atrapado por la gravedad de la Tierra o de la luna?
Hay un largo, muy largo silencio por parte de Joseph. En todos esos años nunca consideró la posibilidad que Kars pudiera estar aún gravitando cerca de la Tierra.
– Esperemos que no tengas razón, Dio... Sospecho que Kars no necesitaría de un Stand para poder adueñarse del mundo.
Esa idea le aterra. Si por algún motivo el asteroide regresara a la atmósfera y de ahí se estrellara... mierda, no habría forma de detenerlo.
– ¡Hasta crees que Jotaro me va a decir los motivos del viaje!
Dio es mañoso, poco a poco se mueve, con sutileza, es como un gato perezoso. Pronto le pone una mano en la pierna, se incorpora y cuando Joseph se diera cuenta lo tendría detrás suyo hablándole al oído.
– ¿Eran vampiros? ¿Dioses? ¿Cuáles eran sus poderes?
Nope.
N O P E.
Por más que intente no va a poder quitarse a Dio de encima. Y lo peor de todo es que Dio se mueve tan.. tan sensualmente. Carajo, no debería pensar en eso, no de él.
Su cuerpo tiembla involuntariamente por el toque; su piel aun conserva un poco de calidez que la sangre de Jotaro le ha otorgado.
– Ellos no eran dioses, aunque algunos los veneraron como tales. Tampoco eran vampiros, se alimentaban de los vampiros. Mierda, eran seres impresionantes, trascendían la humanidad, eran como... como dioses aztecas del fitness.
– Nunca imaginé que la descendencia de Jonathan fuera… como ustedes, – su nariz se frota contra su oreja. Follarse a Joseph sería caer bajo en sus estándares pero es un buen sustituto para Jonathan – Jonathan siendo tan correcto y tan bueno, ustedes fácilmente se parecen más a mi que a él
A Dio y a su orgullo no le gusta la descripción de Joseph de aquellos seres, como su enemigo lo ofende, como un ser que deseaba ser superior a todos el solo pensamiento de que había alguien más poderoso que él, lo indignaba.
Por otro lado, probablemente ellos eran justo lo que él quería ser y en alguna parte había uno que bien podría estudiar.
– En pocas palabras, los combatiste pero no te detuviste a pensar exactamente qué eran. Eso si es muy típico de los Joestar, son unos simplones. Si te pregunto cómo crearon las máscaras tampoco vas a saberlo, ¿Cierto? Y no me digas que no, yo siempre tengo razón.
Dio recargó su barbilla en su hombro y siguió digiriendo la información, entonces, ¿él era el alimento de algo más así como los humanos eran el suyo? Que repulsivo pensar que no estaba en el pináculo de la cadena alimenticia.
– Crearon las máscaras para poder ir más allá de sus limitaciones; al igual que los vampiros, el sol y el Hamon podía acabar con ellos.
– ¿El Hamon fue creado para combatirlos a ellos o a los de nuestra especie?– Y como desde hace rato pensaba en el cuerpo de Joseph temblando, le mordió el lóbulo de la oreja.
Por mas despreciable que sea Dio, había algo que evitaba que Joseph se apartara de él. Asume que debe ser algún sucio truco vampírico. Nada relacionado con lo bien que se ve o el cómo su maldita voz tiene un toque repulsivamente seductor.
– El Hamon... si, fue creado originalmente para combatir a los hombres del pilar. – Cada pelo en su cuerpo se eriza con la mordida. - Ya respondí lo que querías saber...
A Dio no le gustan los hombres del pilar pero mientras más lo piensa, ellos podrían ser la clave para alcanzar el "cielo", ese estado superior que ha añorado, o por lo menos una forma alternativa a la que ya tenía contemplada, pero la información es incipiente y se ha dado cuenta que en verdad no sabe mucho de su naturaleza, la máscara o sus creadores, lo peor es que indagar más allá de Jonathan o Joseph levantaría las alarmas de Jotaro.
Ahora más que nunca necesita la máscara de piedra.
– Realmente no has sido de mucha ayuda. Tus respuestas sólo generan más preguntas que sin duda, tu inútil mente no ha reflexionado.
¿Los stand estarán relacionados con esos seres o sólo serán una peculiar coincidencia?
– Tal vez no estas haciendo las preguntas correctas.
Hay muchos detalles que Joseph omite. No ve el motivo para contarle sobre su madre o sobre la piedra de Aja con la que Kars se convirtió en el "ser perfecto". Ahora que lo recuerda, aún queda un hombre del pilar en la Tierra: Santana, quien tras ser derrotado en México, sus restos fueron trasladados a una facilidad de la Fundación Speedwagon para contenerlo.
Tampoco ve motivos para contarle sobre Caesar... aunque quisiera saber cómo fue que trajo al equipo de Bucciarati de vuelta.
No. Desecha la idea rápidamente. Si hiciera eso con Caesar está seguro que jamás le perdonaría.
Dio sin duda cree que Joseph es un idiota a la par que esta seguro que no le ha contado todo. Así que, o lo persuade de otra forma o empieza a investigar por su cuenta. Sabe que acabará haciendo lo segundo pero no le desagrada la idea de persuadir a Joseph.
Se queda callado un rato pensando mientras juguetea con Joseph, no se ha cogido a nadie en un largo tiempo y Joseph es lo más tentador a la vista. Imaginará que es Jonathan mientras besa su cuello.
– No eres el Joestar que quiero seducir, pero me puedo divertir mucho contigo, Joseph, te demostraría que ser mi "aliado" es mejor que ser mi enemigo.
¿Acaso Dio no entendía el concepto de "espacio personal"? Joseph quiere creer que eso lo está haciendo sólo por joder, como si fuera un niño chiquito muy castroso.
– Fuimos criados diferente que Jonathan. – Aunque gran parte de su niñez la pasó bajo el cuidado de Erina y Speedwagon.
No le va a decir a Joseph, pero sospecha que fueron criados con más amor del que recibió Jonathan en su infancia. Por supuesto, todo gracias a él que lo fastidió en todo sentido.
Sigue sin sentir remordimiento por eso.
– No deberías desperdiciar esta bocanada de energía, Joseph. La sangre terminará por consumirse y en tu caso volverás a ser un viejo decrépito.
Un brazo lo usa para abrazarle, solo es un pretexto para pasar su mano por su pecho y sentir a través de la ropa sus músculos, la otra mano le da un apretón a su muslo.
Hay un ligero roce a la entrepierna de Joseph antes de soltarle y acostarse detrás de él.
El silencio se apodera del cuarto mientras que Dio sigue siendo nefasto.
Lo peor de todo es que no le desagradan sus caricias, pero tiene que recordarse de dos cosas muy, muy importantes:
1 - Suzie Q lo va a matar si la engaña de nuevo.
2 - Se trata de Dio._
– ¿Qué quieres preguntarme?
– Quería preguntarte sobre eso mismo: ¿Porqué me veo así apenas ahora? Se de otros que han usado la máscara y rejuvenecieron casi instantáneamente.
Una vez mas, su cuerpo le traiciona estremeciéndose al dejar de ser tocado. Se reacomoda, lo que menos quiere es darle la espalda a ese malnacido.
– También mencionaste un vínculo entre nuestras... presas y nosotros. No quiero volver a morder a Jotaro
Eso ni él lo cree y Dio tampoco.
– A ti no te convirtió la máscara. Fue mi sangre que no te entregué de forma voluntaria. Los modos son importantes para nosotros, Joseph. Cuando fuiste convertido eras más parecido a uno de mis zombis que a un vampiro. Odio decirlo pero tu fuerte voluntad y tu Stand te permitieron conservar tu consciencia, el poco alimento que recibiste evitó que te degradaras. Eso solo es la mitad de la explicación.
– Soy muy necio como para acabar como un estúpido zombie.
Hasta que ve algo bueno de su "problema", podría decir que derrotó a Dio al haberse impuesto y no acabar como un zombie.
– No te estaba halagando.
Le mira a los ojos, si fuera humano volvería a alimentarse de él. Esa juventud es apetecible. Los Joestar eran una patada en el culo pero no existía mayor tentación para él que ellos, incluso Jotaro que parecía un insípido conservaba esa exquisita vitalidad.
– Igual lo tomaré como un halago.
Si hay algo que la edad no pudo arrebatarle a Joseph Joestar es su vitalidad. Aun a su avanzada edad seguía comportándose como el joven que fue durante los 40s, su estado ahora refleja esa misma vitalidad. Otro rasgo que le define son sus ojos que bordan entre el verde y el azul, la misma mirada determinante que posee Jonathan y que ha sido heredada al resto de la familia junto con la marca de la estrella.
Le toma del brazo y tira de él; gustosamente le explica el resto al oído con ese tono de voz que parece un infame hechizo. Un siseo, suave, seductor; un veneno dulce y adictivo que deja a sus presas como los desea.
– La sangre es poderosa, Joseph, ¿No lo recuerdas? Cuando yo poseía el cuerpo de Jonathan, teníamos un vínculo, ese que te permitía espiarme como un maldito voyeur.
– Tu también nos espiabas, de alguna forma mandabas a tus asesinos detrás de nosotros.
– Me defendía ¿Porqué les ofende tanto que intentara defender mi vida? Yo no enfermé a Holy Joestar, ni siquiera sabía de su existencia.
Omite el detalle donde consideró mandar asesinos a acabar con ella o que pensó secuestrarla. No, esos son detalles innecesarios.
– Estabas usando el cuerpo de mi abuelo como un maldito traje, no íbamos a esperar las mejores intenciones de tu parte.
– ¡Claro! Olvidaba que soy el monstruo bajo la cama de los Joestar. Deberían agradecerme, sino fuera por mi, no tendrían un Stand.
Siendo sinceros, si. Dio había sido ese mismo monstruo durante todos esos años; un mal recuerdo que había regresado a... quien sabe exactamente a qué.
– Nadie pidió tener un Stand. Habría preferido que la familia tuviera una vida normal.
– ¿Normal? – Hasta se ríe de esa ridícula idea. – Los Joestar perdieron ese derecho cuando encontraron la máscara de piedra.
Y eso ni había sido su culpa pero el destino así fue escrito. La "gravedad" hizo que George Joestar y Dario Brando se encontraran, durante décadas su historia se fue hilando hasta llegar a ese punto.
Joseph nunca supo el cómo fue que la máscara de piedra llegó a manos de los Joestar. Todo ese tiempo creyó que había sido Dio que la había encontrado inicialmente.
– La sangre de los nuestros nos alimenta más que cualquier otra. Vas a volver a morder a Jotaro porque no encontrarás sangre más deliciosa que la suya y Jotaro se entregará a ti gustoso. Tal vez tenemos algún tipo de poder psíquico por supervivencia. Tal vez sólo somos criaturas muy obscenas. Cuando encontraba una presa interesante no la mataba al instante, bebía de ellos y buscaba otros placeres en ellos, hasta que se desgastaban.
Por lo menos eso hacia antes de Jonathan. Aún recuerda esas frías noches en Cairo, sus amantes que no duraban más de una noche y otros más interesantes; solitarios, jóvenes y viriles.
Kakyoin sabe a la perfección eso.
Volver a morder a Jotaro, esa idea en si le parece obscena, pero la posibilidad que sea él mismo quien se ofrezca ya no suena tan mal. O tal vez sea así por la forma en la que Dio le susurra a su oido.
– Eso es retorcido... yo no podría hacer eso con Jotaro.
Sería muy ingenuo pensar que Dio se limitó a mirar, o acariciar su joven y hermoso rostro. No, Dio le acarició la espalda y el trasero, no halagaría su figura en ningún momento pero considerando que lo veía como un perro a un filete, Joseph podría darse una idea. Las nada buenas intenciones de Dio son tan claras como el agua. A Joseph no le gusta la mirada que le dirige, y quisiera que tampoco le gustara la caricia de esa maldita mano que baja de su espalda hacia su trasero.
– Pero lo hiciste con él. Si te pesa tanto sólo acaba con su vida, así que acabará la tentación. Sé como son ustedes, vas a pelear pero esto no es algo que se pueda ganar.
– Eso es algo que te gustaría, deshacerte de Jotaro de una vez por todas. – No va a dejarle avanzar mas. Atrapa su muñeca con su brazo mecánico. – No voy a matar a mi propio nieto.
Dio odia esa determinación Joestar que tanto ha frustrado sus planes. La detesta y al mismo tiempo despierta muchas cosas que lo asquean. Joseph es admirable y apetecible como Jonathan y por eso los odia.
Y desea.
– Me atrapaste, este fue mi plan todo el tiempo, ¡De nuevo el ingenio Joestar frustra mis planes! – Aparta la mano apenas le agarra y de paso le da un empujón, Dio no es despreciado, es él quien desprecia a otros. – No lo hagas, la otra opción es que te sigas alimentando de él, al final ambas opciones llevan a la muerte.
Y parece que sin importar la decisión que tome Joseph, Jotaro sigue teniendo una condena de muerte provocada por él mismo. No sólo eso, teme que su sed por esa sangre en particular no sea sólo en Jotaro y acabe por extenderse contra los demás.
Rueda de la cama con el empuje, quedando al borde de esta; en ningún momento aparta la mirada de Dio.
– No me estas dejando muchas opciones.
– ¿Así que ahora quieres que el monstruo bajo la cama resuelva tus problemas?
– No, pero en vista que el monstruo decidió salir debajo de la cama y meterse hasta la sala de nuestro apartamento sin ser invitado, sería bueno que hiciera de su parte.
Dio deseaba que Joseph y Jotaro murieran y ese camino era perfecto. Joseph lo mataría y cuando Jotaro no estuviera sería fácil deshacerse de Joseph, quizá lo ayudaría a arrastrarse hacia el suicidio.
Con ese pensamiento en mente no supo ni porqué abrió la boca de nuevo.
– Sólo no bebas hasta matarlo, inútil. Estos cuerpos pueden arrastrarnos a ser animales sanguinarios, pero por lo menos yo me considero más que eso. Piensa en Jotaro un manjar que no puedes consumir diariamente Están esas estúpidas bolsas, ¿no? Sigue bebiendo de estas y cuando lo anheles demasiado solo ve a su lado. Personalmente, esperaría a que se me ofreciera pero a mi me gusta verlo humillado y dudo que seas capaz de usar nuestros talentos. En general eres bastante vulgar.
En el fondo Dio desea que Joseph fracase, que el hambre pueda más y termine matando a Jotaro. Pero conoce a los Joestar y las cosas nunca son así de fáciles con ellos.
Y, sorpresivamente, Dio hace de su parte con un consejo que nunca esperó escuchar de él.
Pensó que al probar la sangre fresca ya no podría aguantar esa tentación, le va a costar trabajo el estar cerca de Jotaro, pero es algo que por el bien de todos debe intentar.
– Hablando sobre esos talentos... – En verdad no quiere preguntar, pero la curiosidad le puede más. – ¿Cómo lo hiciste? Lo de anoche…
– ¿Qué méritos has hecho para que te enseñe a revivir a los muertos? – Una mejor pregunta seria ¿Para qué quiere saber eso Joseph?
– Te conté todo lo que sé sobre la máscara de piedra y los hombres del pilar. Es justo que también obtenga respuestas sobre como usar estas habilidades; en vista que ya no hay motivos para esconderme.
Debió suponer que tener ese tipo de respuestas no va a ser nada fácil.
– Además, no te he corrido del cuarto o de la cama aún. Seguro debe haber algo más que tú quieras saber.
– La información que me diste fue incipiente ya sea porque realmente no lo sabes y eres un inútil o porque no quieres decirme lo más importante, así que no fuiste de ayuda, además, ya te di suficiente información sobre tu problemita con Jotaro.
– ¿Qué más quieres que te diga? Ya no hay usuarios de Hamon, si eso es otra cosa que te preocupa. – Aunque la idea de enseñarles a Josuke y Jolyne se le ha cruzado por la cabeza.
– Tengo a The World. Los usuarios del Hamon son lo que menos me preocupa, pero ya que la historia de la máscara de piedra y la del Hamon están entrelazada, no se puede entender una sin la otra.
– ¿Entonces para qué tanto interés en esa máscara?
– Aun si tuviera un plan perverso que involucrara tu muerte y la de los tuyos, ¿Crees que te lo diría?
– Estoy seguro que aun tienes algún plan perverso que involucre mi muerte y posiblemente la de los demás. Eso, o el hacer de nuestras vidas una patada en el culo.
– Tengo planes para ti en este momento, Joseph, pero dudo que te desagraden. – Una pausa, le mira de arriba a abajo. – Quítate la ropa. Toda.
Joseph se queda callado, pensando en sus escasas opciones. Se levanta de la cama, con los brazos cruzados -y bien marcados. No le gusta como le mira Dio, ni tampoco que le exija quitarse la ropa, pero... carajo. El conocimiento tiene un costo. Poco a poco, empieza quitándose la camisa y aventándosela en la cara.
– Que quede algo claro, Dio: esto se queda entre nosotros.
Se desabrocha el cinturón, la ropa le queda mucho mas holgada tras haber recuperado su juventud.
– Entre nosotros, por supuesto. – Tira la camisa de Joseph al piso como si fuera un trapo sucio. – Todo lo que pase en esta habitación será nuestro pequeño secreto, Joseph.
No esperaba que aceptara y mucho menos tan rápido.
Esta muy complacido.
– Empieza a hablar, Dio. – Jala de su cinturón, tirándole como si fuera un látigo. Por si acaso, también se asegura de cerrar la puerta bajo seguro.
Esa ropa de anciano no lo favorece en nada pero bajo esta, Joseph era tan atractivo como Jonathan, con el plus de ese aire pícaro. Es muy diferente a Jonathan; él no es un peleador honorable como Jonathan. Todas sus hazañas las hizo con astucia y trampas, engañando a sus enemigos y usando su carisma a su favor.
A lo mejor, piensa Dio, si en lugar de Jonathan hubiera conocido a Joseph primero se habría hecho amigo de este; pese a toda esa idiotez y nobleza Joestar, Joseph no era un hombre santo.
– Revivir a los muerto ¿eh? – Se relame los labios. Maldito Joseph y su aire tan sensual. – Ser usuarios de Stand nos hace suceptibles a ver lo que esta "al otro lado" ¿crees en fantasmas, Joseph? Podemos atraer a lo que se han ido. Acercate, Joseph, quiero tocarte.
– Los he visto. – Se acerca hasta quedar a su lado al borde de la cama. El pantalón ya sin el cinturón le queda flojo; considera el comprar ropa nueva que refleje su apariencia actual. Recuerda el caso de Reimi, una chica de Morioh, una de las primeras víctima de Kira Yoshikage. – ¿Cómo es posible atraerlos?
Porque Joseph definitivamente no actúa como si estuviera castrado o fuera una monja como los otros dos Joestar. Dio gatea por la cama hasta él, pone una mano en su vientre y luego tira del pantalón con fuerza hasta hacerlo caer.
– No es el instructivo para programar la videocasetera. Practicaste el Hamon ¿No es así? Esto también debe practicarse. Cuando toco los cadáveres – va a tirar de su ropa interior ahora, no estará complacido hasta verlo totalmente desnudo, luego sube por su cuerpo tallando sus manos por su piel – percibo todos los espíritus que lo rodean. Sólo busco el correcto y lo llamo, pero no es algo que vas a aprender de la noche a la mañana, Joseph ¿A quién quieres revivir?
– Solo pediste que me quitara la ropa.
Cosa que él esta haciendo ahora. Su pantalon cae con facilidad y a este le sigue la ropa interior.
– Ajá ¿Y creíste que me iba a detener sólo con ver? Esa ingenuidad es más propia de Jonathan que tuya. Ya no somos humanos, Joseph, sólo mírate, ahora eres más como yo, ¿Qué tiene de malo matar el tiempo entre nosotros?
Quizá a Dio ya no le parece caer tan bajo estar con Joseph, no cuando el cuerpo de ese bastardo parece cincelado por los mismo ángeles.
Y tal vez un pequeño desliz con él no sea tan malo; en verdad espera que esto no salga de la habitación. Odia admitirlo pero Dio tiene la razón, tienen más en común de lo que le gustaría.
Ahora se encuentra completamente desnudo frente al muy bastardo, todo por preguntar sobre algo que aun no está del todo seguro si quiere o no hacerlo.
– Caesar... –Responde resignado y niega con la cabeza. No debería ser tan abierto con Dio, pero hay algo en él que le obliga a serlo, tal vez sea la cercanía o ese enfermizo lazo que los une por la sangre. – Lo conocí aquí cuando pasó todo este asunto de la máscara.
– Los Joestar son una maldición para otros, me sorprende que la gente no huya de ustedes .
Un beso en el cuello de Joseph, otro en su barbilla, sus labios suelen estar pintados pero luego de anoche, apenas y queda de su labial verde.
– Pobrecillo Joseph, llorando por su viejo amante. Debe ser huesos y polvo hoy en día pero podemos arrancarle cualquier cosa a la muerte.
Podría ofrecerse a ayudarle y así ganarse a Joseph pero no lo considera tan ingenuo, prefiere verlo intentar y fracasar, luego verlo arrastrarse hacia él para pedirle ayuda.
También podría contarle de cómo aprendió a hacerlo, contarle que practicó primero con animales muerto, cadáveres frescos, podría hablarle de todos sus enfermizos experimentos que le permitieron medir hasta dónde llegaban sus habilidades pero sólo Pucci ha sido privilegiado oyendo esas historias, ni a Jonathan le contaría.
No aprecia las burlas de Dio, pero los besos lo compensan de forma muy retorcida. El muy bastardo sabe como atraer a otros bajo sus encantos. Son criaturas profanas, creadas bajo el invento de otro monstruo con aspiraciones divinas.
No quiere pensar en el parentesco que comparte con Dio, le es mejor enfocarse en esos labios malditos que recorren su juvenil piel.
– Vas a necesitar de mi hijo, y yo no se si sus..."talentos" sean tan grandes. Lleva algo que le perteneció, algo que los una y aún más importante… – Otro jalón de brazo con la fuerza suficiente para tumbarlo en la cama y sentarse sobre él. – No le digas a nadie que fui tan considerado contigo.
– Los huesos se pueden reparar... – Para eso piensa usar a Josuke, cree que él podría reparar los destrozados restos de Caesar.
Joseph está desnudo, su ropa yace al pie de la cama, lo único que trae consigo ahora es un viejo collar con una joya.
– ¿Ah si? ¿Cómo? – No puede ser con el Stand de Giorno porque apenas le conocen, Hermit Purple no puede, tampoco Star Platinum o Hierophant Green. – ..el otro chico, Su stand puede hacerlo ¿Cierto?
No debió de hablar de mas, con eso acaba de echar de cabeza la habilidad de Crazy Diamond. Pero siendo objetivos, eso no hacia mucha diferencia, Josuke estaría en desventaja ante Dio y The World.
– Ese otro chico es mi hijo.
Dio hace cuentas mentalmente, Joseph ya no era un jovencito cuando engendró a ese muchacho, se ríe, de saber que aún era capaz de desempeñarse así, tal vez no habría sido tan agresivo con él desde el inicio.
Tiene que levantarse un momento sobre la cama para quitarse el resto de su ropa, procurando en el proceso sobar con el pie la bien dotada entrepierna de Joseph. Desde su posición, tiene una muy buena vista de Dio quitándose la ropa, y con eso junto a la sobada que tiene su polla, es de esperarse que esta reaccione.
Carajo, no recuerda la última vez que tuvo sexo, o que se le haya podido parar. Hasta empieza a ver lo bueno de su condición.
– Háblame de tu amante muerto, Joseph ¿se ponía sobre ti? Los hombres italianos son muy apasionados.
Así vuelve a sentarse, su polla frente a los ojos de Joseph, su culo sobre este y sus manos sobre su pecho, juega a pellizcar uno de sus pezones mientras le observa. Maldito Joestar perfectos en tantos sentidos.
Sea lo que sea que haga le gusta estar arriba.
Curioso e incapaz de dejar de molestarlo sigue hablando mientras es su culo quien se encargaría de atender la polla de Joseph y si se le ocurre callar es para sacar la lengua y recorrer sus perfectas tetas masculinas.
– Caesar no fue mi amante... – No alcanzó a serlo, pero sabía que sentía algo por él. – Nosotros nunca... nunca llegamos a nada de eso.
Pasó cerca de un mes a su lado, entrenando bajo la tutela de su madre, Lisa Lisa. Él tenía los días contados por el veneno de los hombres del pilar y Caesar buscaba vengar a sus ancestros que cayeron por consecuencia de la máscara y sus creadores.
Siente el peso una vez más sobre él, esas nalgas perfectas sobre su polla, sus odiosas manos sobre su pecho como si fuera un jodido gato que está a nada de usarlo como su afilador de garras personal.
Jodido Dio, ¿quien le dió el derecho a ser tan hermoso?
– Pero querías, es tan típico de ustedes seguir esas reglas mundanas.
Sus labios de deslizan por su pecho, sus colmillos se entierran alrededor de sus pezones; la sangre de otros vampiros no les produce ningún placer y las marcas sanarán pronto, pero eso no evita que podrá jactarse de haber mordido a Joseph Joestar y con suerte sacarle algún gemido.
Ya podía jactarse de ponérsela dura.
– En mis tiempos esto nos habría llevado a prisión, pero eso jamás me detuvo. – Los besos siguen por su vientre. Cada odioso músculo es delineado por su lengua hasta llegar a su ombligo. Joseph era ese tipo de hombres que debe explorarse a consciencia. Admite mentalmente que es justo lo que quiere hacer con Jonathan.
Y ni tan lejano está eso, aun en esos tiempos habían lugares donde ver a dos hombres juntos no era muy bien visto. Quiere pensar que con el cambio de milenio eso también cambiará. Afortunadamente tiene el tiempo de sobra para ver eso.
– No me recuerdes que tan anciano eres. – Sus manos se aventuran a jalar de esas rubias hebras. Las uñas de Dio dejan sus marcas, abriéndole la piel brevemente antes que se regenere. Esos colmillos no deberían de sentirse tan bien pero lo hacen.
Joseph por mas necio que sea, se le sale un gemido. Su polla se ha endurecido por completo, solo quiere que, cual sea el plan "maligno" de Dio que lo haga de una jodida vez.
– ¿Cómo era Caesar? ¿Qué tipo de hombre fue?
Si le preguntan dirá que nada de eso le interesa pero lo hace, disfruta conversando con Joseph y por supuesto seguir bajando por su cuerpo. Muerde el muslo derecho, lame sus testículos con total fascinación, aspira con fuerza el aroma almizclado de su miembro.
– Caesar... – Hace memoria de esos tiempos tan lejanos. Su cara se sonroja, de estar vivo estaría incluso sudando. – Él era... era un buen hombre. Honorable, pero muy impulsivo...
La siguiente mordida en su muslo le saca del recuerdo y la culpa; Joseph se sobresalta y regresa su atención a Dio y a sus lascivos actos.
Esa impulsividad fue la causante de su trágica muerte. Aun después de tanto tiempo, Joseph aun no se ha perdonado por la última pelea que tuvieron.
– Entonces tú y él eran muy parecidos. – Porque Joseph no le parece muy sensato.
– Eramos jóvenes y teníamos el tiempo sobre nosotros.
Dio le pela los dientes cuando le jala del cabello, a pesar de su noble labor de lamerle las bolas a Joseph Joestar y masturbarle con la mano le esta escuchando muy atentamente.
– Los Joestar nunca me decepcionan, la naturaleza fue tan generosa con ustedes, no se lo merecen.
– Así que de ahí viene esa obsesión con nosotros.
– No inicié una guerra con ustedes solo por sus genitales.
Y podría explicarle, a lo mejor hasta sentiría cierto alivio al contarle su doloroso pasado, siempre imaginó teniendo esa conversación con Jonathan pero la sensación de humillación siempre lo detuvo.
Joseph no pregunta los motivos de Dio, la única versión de la historia que conoce es aquella que Erina le había contado. Tal vez le pregunte en otro momento para escuchar la otra versión.
Por supuesto no le explicó nada a Joseph. Decidió que meterse su verga completa a la boca era más inteligente; iba a mamarle hasta que se volviera loco, aunque no quería tragarse la corrida de Joseph. No en esta ocasión por lo menos, lo dejaría duro y húmedo, perfecto para su propio placer.
No estaba aquí para complacerlo, se dice a si mismo; todo esto era para su propio placer.
Porque ahora Dio no puede hablar teniendo su verga bien metida en la boca. Ah, joder, el roce de esos colmillos es exquisito, Joseph suelta otro gemido y empuja la cadera.
Quien sabe, tal vez se llegue a la paz entre la familia y Dio con eso. Tal vez Joseph considere cooperar con él.
Una buena cogida por el apoyo de Joseph Joestar, Dio olvida que se atrapan más moscas con miel que con hiel. Como con Jonathan, si se hubiera portado diferente, si desde un inicio hubiera sido el niño bueno que se esperaba, todo hubiera sido suyo, incluyendo Jonathan.
Ver a Dio mamándosela es... ciertamente es algo. Algo que en toda su maldita vida se le cruzó por la cabeza. Sin embargo, ahí está ahora; gimiendo de placer con la mirada fija en esos crueles ojos que le observan de vuelta.
Ah, pero que curiosas vueltas da la vida, ¿no lo creen?
Sonrosado y jadeante, Joseph no sabe si va a durar más tiempo, o si Dio planea dejarle ahí con el pito duro. Eso sería muy cruel, pero viniendo de él no le extrañaría.
Hay un ruido bastante obsceno y húmedo que se produce entre la boca de Dio y la polla de Joseph. Dio lo mira de soslayo con sus perversos ojos carmesí, la ventaja de no necesitar respirar es que puede mantener aquel vaivén un buen rato.
Al sacar la dura verga de Joseph de su boca, la saliva de Dio les unía.
– Ni creas que te dejaré estar arriba, que te quede claro que este momento yo mando, Joseph.
– ¿Parece que me voy a mover de aqui?
No, de hecho le gusta tener ese panorama frente suyo, tener a ese bastardo montándole.
Dio regresa a su posición inicial: sentado sobre él, con el pene húmedo entre sus nalgas. Dio toma las manos de Joseph y las dirige hacia su cadera. Quería que le tocara pero no se sentía preparado para pedirle abiertamente sus caricias; eso le parecía más obsceno que chuparle la verga.
Y Joseph que Dio guie sus manos a su cadera, le sostiene y le acaricia, le clava sus propias uñas y dirige sus manos para masturbarle.
No es la primera vez que Dio hace eso. Lo hizo muchas veces por placer o para obtener algún beneficio en su juventud. Después de convertirse, ninguno de sus amantes lo tocó de esa forma.
Tampoco le iba a decir a Joseph que era el primero luego de tanto tiempo. Prefiere de nuevo hablar con acciones, dirigiendo esa polla dentro de su apretado culo. El dolor no es un problema y en un solo y fuerte movimiento termina por meterla por completo.
Joseph vería por primera vez a Dio gemir de placer.
– Más te vale aguantar… – Amenazó, tal vez no sonaba tan temible en ese momento con el cuerpo tembloroso y su voz jadeante.
Su polla acaba aprisionada entre las nalgas del rubio, incrustándose de un sólo sentón. Joseph se arquea y da otro obsceno gemido culposo.
– Parece que no has follado en mucho tiempo.
Cosa que puede decir de él mismo Por fortuna eso tiene solución y la encuentra mientras monta a Joseph.
– ¿Te has mordido la lengua...?
No recuerda la última vez que tuvo sexo. Sabe que fue hace más de... mucho tiempo. Demasiado para su gusto. Joseph no lo admitirá (por ahora), pero esta es su primera vez con un hombre.
– Eso quisieras.
Dio siempre manejó la etiqueta de su época a la perfección, todo un caballero aunque en el fondo no lo fuera, esas cosas por supuesto no tienen cabida ahí en ese momento. Si, se trata de Joseph Joestar, si, le preferiría muerto como a toda su estirpe y si, su enorme polla lo pone como loco.
Se guarda un rato el orgullo para gemir con cada sentón que da sobre Joseph, que ofensa pensar que le gusta que le toque ¿Qué pensará Joseph mientras le masturba? Realmente los dos están perdiendo, o ganando, bastante ahí.
Dio se inclina para besarle, porque esa "fea" boca le llama. Ese beso estará muy lejos del que le dio a Jonathan. Le gusta imponerse ante sus amantes y espera que Joseph peleé, no es un hombre que se rinda fácil.
Para deleite de Dio, Joseph demuestra que a pesar de su edad, no ha olvidado como dar un buen beso. Es un amante exigente, al beso le acompaña con mordidas, le jala del cabello y encaja sus uñas en su espalda.
Joseph Joestar no es un caballero, no como Jonathan. Tampoco es honrado, se lo demuestra a Dio con la forma en que mueve su cadera al compás de los sentones, dejando que la fricción entre sus cuerpos haga lo que hasta hace un momento sus manos estaban haciendo con su polla.
Dio tendrá que aprender a vivir en un mundo donde en verdad ha gozado siendo cogido por Joseph Joestar. Al igual que Dio, Joseph debe de lidiar con el hecho que acaba de coger con el sujeto que intentó matarlos hace mas de diez años; mismo sujeto que por su sangre ahora es un vampiro.
Y si, ese mismo Dio cuyos sentones le están volviendo loco. Cuyos besos le roban el aliento que mantiene más por costumbre que por necesidad.
No, corrección: él se esta follando a Joseph, no al revés. Aún si es su polla la que esta dentro de su culo y cada vez que se mueve golpea exquisitamente su interior. Luego de besos que dejarían sin aliento a un ser humano, separa sus bocas, un hilo de saliva les une; sus cuerpos no sudan pero aún pueden compartir otros fluidos.
– La tienes tan grande, ¿Lo había hecho con otro hombre? Apuesto a que no. – Los chupetones que iría dejando por su cuello desaparecían en nada, no habría constancia alguna de lo que hicieron que otros pudieran ver. Dio muerde su oreja, la lame, le gime como un descarado al oído.
– No... es la primera vez que estoy con un hombre. – Responde entre jadeos. Agradece mentalmente que no vaya a quedar ninguna marca que pueda incriminarlo.
No cree poder aguantar mas. Sus garras se entierran en la espalda de Dio, sus colmillos se clavan en su hombro izquierdo, siente el orgasmo próximo.
– ¡Que honor! ¡Soy el primer hombre de Joseph Joestar!
Sonaría más burlón sino soltara tremendo gemido poco después.
Dio grita su nombre, ha de abrazarle y despojado de todo atisbo de rabia y entregado solo al clímax, invoca su nombre demostrando un genuino deseo por él.
¡El muy bastardo se ha atrevido a morderle! Y él termina por disfrutarlo. Hasta le gustaría ser humano para sentir como toma su sangre. Se ha de desquitar enterrando las uñas en su pecho y antes de que lo imagine se esta corriendo entre ambos cuerpos.
Se ha movido con vehemencia y acaba por retorcerse del mas puro y sucio placer que solo puede dar acostarse con su enemigo.
Joseph le reclamaría por la burla, pero prefiere darle otra mordida para callar sus propios gemidos. Se corre en su interior, como no lo había hecho en mucho, mucho tiempo. Ahora ambos están manchados, es la única evidencia que hay en sus cuerpos sobre lo ocurrido.
Le gusta escuchar su nombre, aun si es de Dio de quien proviene tal clamor. Se quita toda pena, pasa la lengua por donde acaba de morder para ir por su cuello, dejandole otra mordida.
Tal vez esta no sea primera y última vez.
Dio se estremece con la segunda mordida, tan placentera como sentir la maldita corrida de Joseph llenándole.
El aroma va a delatarlos, tienen olfatos muy sensibles.
Ha sido la mejor cogida en décadas, tal vez la mejor de su (no)vida. La costumbre de Dio es despachar al amante en turno luego del acto, patear a Joseph fuera de la cama sería lo justo, pero sus cuerpos aún están tibios y la compañía de Joseph no es tan molesta como imaginó.
Aun si a Dio se le ocurriera el patearlo, Joseph alegaría que esa sigue siendo su habitación. Y Dio le diría que esa es la casa de su hijo, por lo tanto es como su casa y puede patearlo de la cama si le viene en gana.
Pero en bien de la paz, nada de eso sucedió. Ambos se encuentran ahora recostados uno a lado de otro, manchados y satisfechos por lo que ha sido una cogida inolvidable.
– Muerdes a tu nieto y duermes con el enemigo, eres una vergüenza para los Joestar. – Rueda a su lado, aún si le hubiera gustado quedarse encima otro rato, se conforma con acomodar su cabeza junto a su hombro. Desearía que Jonathan fuera como tú.
– Jonathan parece demasiado bueno como para hacer eso... pensé que ustedes dos ya tenían algo. – Porque no ve otro motivo para que Jonathan permaneciera tanto tiempo a lado de él.
– Lo que Jonathan y yo tenemos… no tengo idea de que es precisamente. He concluido que lo que nos une es el fatídico destino y los sentimientos que compartimos están entre el desprecio absoluto y la resignación ante la inevitable necesidad de estar juntos. Hice cosas muy obscenas con el cuerpo de Jonathan pero en estos años viviendo juntos sólo nos hemos besado una vez. Así que si imaginaste que es era mi amante, no lo es.
– Creeme que no es algo que hubiese querido imaginar.
– Cuando conocí a Jonathan era como un ave en una jaula de oro. La mansión Joestar estaba a unas tres horas de Liverpool, la finca más cercana era la de los Pendleton, pero eran otros tiempos. Aun si Erina y Jonathan se llevaban bien, una señorita de buena familia no podía estar a solas con un jovencito, por supuesto también estaban los hijos de los sirvientes de la mansión. Pese a lo amable que era George Joestar, hablamos de siglos de diferencias sociales que no se pueden sortear. Así que cuando llegué a su vida prácticamente éramos nosotros dos.
Parece inquieto en la cama, tal vez porque se debate si hacerlo o no, al final termina abrazando a Joseph.
– Ya debes haber oído de todas las cosas horribles que le hice; como lo del maldito perro o el beso que le di a Erina a la fuerza. Pero tal vez no has oído de que estudiábamos, desayunábamos, comíamos y cenábamos juntos. Cuando nuestro padre partía estábamos sólo nosotros en esa enorme mansión. Pasamos Navidad solos – el recuerdo le saca una risa. – Me levantaba antes de que Jonathan lo hiciera y ocultaba sus regalos, admito que disfrutaba viéndole llorar. Nos enfermamos de varicela al mismo tiempo y pasamos dos semanas durmiendo juntos, aislados del resto para no contagiar a nadie, Jonathan me pateaba por las noches y yo lo tiraba de la cama para que aprendiera su lugar. "Quédate ahí como un perro y muérete", le decía; pero a media noche bajaba y me acostaba a su lado, él me abrazaba y yo me acurrucaba a su lado ¿Porqué lo hacía? No lo se, aún no lo se.
¿Porqué le contaba todo eso a Joseph? tampoco lo sabía, era más fácil explicar porqué se lo había cogido o lo volvería a hacer en el futuro.
– Escuché lo del perro y lo del beso. Al parecer habían muchas cosas que la abuela Erina no me contó sobre ustedes. Como el hecho que ella fue quien los metió en ese ataúd, para empezar. En realidad nunca imaginé que su infancia juntos era así... es extraño, toda mi vida he tenido una imagen muy diferente de ustedes dos.
Aunque bien, Erina no era una santa. Le había ocultado la verdad sobre su madre durante muchos años. ¿Qué otros secretos se habrá llevado a la tumba?
Y así es como el monstruo debajo de la cama salió de su escondite, subió a la cama, le dio la mejor cogida de su vida y ahora le está abrazando y contando parte de su historia.
Que vueltas da la vida, ¿no lo creen así?
Tal vez muchas vidas se habrían salvado de saberse la historia completa.
– Debiste escuchar muchas cosas terribles de mi, todas son ciertas. Lo que le hice a Jonathan, a mi padre biológico, a nuestro padre; lo que hice al convertirme. No me arrepiento de nada – mentira, tiene sus arrepentimientos pero eso es algo que no va a confesarle a Joseph. – Creíste que sólo éramos dos antagonistas: el bien y el mal encarnados. Lo fuimos, pero también fuimos hermanos.
Dio hace una pausa, levanta la mirada para verle, ve a Jonathan a través de él. Es molesto, así que solo se enfoca en las diferencias entre ellos. Le jala del brazo una vez más. Exige ser abrazado, como un gato malcriado en busca de atención. Le alivia que Joseph no hablará de ello, por eso se siente con tanta libertad, ni siquiera puede hablar de lo que le ha dicho porque tendría que explicar cómo obtuvo esa información.
Lo tiene contra su pecho, es raro pero agradable, frota su nariz contra su cabello y aspira su aroma, el bastardo huele tan bien.
– A mi también me cuesta aceptarlo. No sé que pensaba esa mujer al salvarme, tal vez no creía que fuera a sobrevivir. Ni yo, ni ella, ni la bebé que había salvado. Quizá pensó que todos íbamos a morir e hizo un último acto piadoso. Erina fue quien me venció. No fue Jonathan, ni ese hombre Zeppeli… tampoco me vencieron ustedes, fue tu hija.
– Tal vez ni ella lo sabía.
Es una conversación que no va a salir de aquella habitación, tal vez es por eso que Dio siente tanta confianza en contarle todos esos detalles privados. No es que Joseph planee aprovecharse de eso, de todas formas le parece intrigante el saber los detalles que durante toda su vida ignoró.
– Esa bebé que salvó del barco era mi madre. Pero quien en verdad me crió fueron Erina y Robert. Erina estaba embarazada en ese entonces, al final su hijo como esa bebé se casaron; mi padre murió poco después de la primera guerra mundial y mi madre tuvo que fingir su muerte y asumir otra identidad aquí en Italia. Se dedicó a entrenar usuarios de Hamon. Ella murió hace unos años.
Dio no sabía nada de lo que Joseph le estaba contando, asumió que Erina estaba embarazada pero nunca iba a imaginarse que esa bebé contribuyó a la estirpe Joestar o que incluso se volvió una maestra del Hamon.
También ahora entiende porque no supo nada del hijo de Jonathan, por más que haya investigado al respecto.
– Erina debe estar muy decepcionada de haber criado a alguien que tuvo el descaro de follarse al enemigo de su familia. Siempre pensé que Speedwagon era un simplón que sólo sabía seguir a Jonathan, pero admito que me equivoqué. Hizo una interesante fortuna de la que no dudo han abusado.
– Erina ya no está aquí para decepcionarse. – No quiere pensar en cómo sería si pudiera verlo. – Robert fue un buen hombre, Jonathan cambió su vida para bien. Como agradecimiento a esto su fortuna y recursos siguen a disposición de la familia... estoy seguro que él amaba a Jonathan como algo más que un amigo.
– Sólo un hombre enamorado sería tan idiota para seguir a un necio como Jonathan, puedes estar seguro que Jonathan no se dio cuenta.
Porque sólo tenía ojos para Erina. No para Robert, ni mucho menos para él.
Estúpido JoJo.
– No puedo creer que Jonathan sea tan denso como para no haberlo notado...
Aunque por lo que ha visto de Jonathan, tal vez si sea en verdad así de denso. Incluso compadece a Dio un poco. A Dio no le habría gustado ser compadecido pero era verdad, prefiere encontrar consuelo en Joseph.
– ¿Porqué tu madre fingió su muerte? ¿Tiene que ver con la máscara de piedra? ¿los hombres del pilar? Asumo que ella te enseñó a usar el Hamon y sospecho que no vas a querer decirme toda la verdad. Está bien, hemos hablamos demasiado y lo he disfrutado. Ahora quiero dormir, no podemos salir hasta que el sol se oculte…
– Tal vez te cuente el resto de la historia la próxima vez...
Si es que hay una próxima vez. ¿Acaso acaba de insinuar que quiere una próxima vez? En fin, se siente relajado, suficiente para cerrar los ojos sin moverse de su posición. Siente a Dio restregando su cara contra su cabello. También percibe su aroma, no lo encuentra desagradable. Su presencia le hace sentir cierta paz, o tal vez sea aun la sensación post-coito.
– ¿Próxima vez? ¿Quién dice que habrá una próxima vez? – La habría, Dio no va a hacer a un lado a un amante tan fascinante como Joseph; le enseñará a hacer cosas muy sucias y quizá sigan platicando, es un hombre listo, y un anciano como él, a los viejos como ellos les gusta hablar del pasado.
Joseph ya no le contesta. Tiene la certeza que eso va a repetirse y eso no le molesta en lo absoluto. Dio, a pesar de lo odioso que puede ser, le resulta interesante y puede aprender varias cosas de él.
¿Quién diría que un día Dio se sentiría lo suficientemente cómodo para quedarse bien dormido en brazos de Joseph? Si, si se hubieran conocido en otras circunstancias habrían sido en verdad muy buenos amigos.
¿Qué pasará cuando los descubran?
