Dedicado a mi querida Chia Moon. Porque sí, porque la quiero mucho, y todos tenemos días en que necesitamos que alguien nos lo diga.
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Verbo
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3. Ikigai
«La razón de ser, lo que te despierta por las mañanas»
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Sora dio vueltas y vueltas en la cama. Pero no había manera de dormir. Miró el reloj: eran las 2 de la madrugada.
Terminó por rendirse media hora después. Encendió la luz y pensó que lo mejor sería hacer algo de provecho, ya que lo de descansar estaba descartado. Se sentó en el escritorio y comenzó a dibujar bocetos, tratando de adelantar trabajo, pero parecía que nada le salía bien.
Frustrada después de haber borrado mil veces y haber dejado el papel arrugado, escondió la cara entre los brazos. Y respiró despacio, intentando contener las ganas de llorar.
La vibración de su teléfono, porque le había llegado un mensaje, hizo que diera un respingo.
De: Taichi [3:27]:
He visto luz en tu ventana. Tienes cinco minutos para cambiarte y bajar, o subo a por ti.
De: Sora [3:27]:
¿Qué dices? ¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres hacer?
De: Taichi [3:28]:
Te quedan ya solo cuatro minutos. Vamos a compartir un refresco en un bordillo cualquiera.
Sora se mordió el labio, sopesándolo un momento, pero terminó por levantarse corriendo para vestirse. Tres minutos después ya bajaba por las escaleras y se encontró allí a Taichi.
—Veo que la amenaza iba en serio —dijo ella, a modo de saludo.
—Siempre van en serio —respondió él en tono travieso.
Caminaron por la calle a ratos en silencio, a ratos hablando de tonterías. Era agradable tener las calles para ellos, con sus voces rebotando en los edificios porque eran el único sonido, con las farolas alumbrándoles los pasos.
Pararon en una máquina expendedora y Taichi compró el refresco que había prometido. Al parecer, no llevaba encima dinero para nada más. Siguieron andando hasta que llegaron a un puente de esos peatonales que pasaban sobre la carretera. Se sentaron con las piernas colgando, coladas entre los barrotes.
El refresco soltó un chasquido cuando Sora abrió la lata. El primer trago le supo más dulce de la cuenta.
—Tienes que dejar de hacer eso —dijo él, de pronto.
—¿El qué? —La pregunta era innecesaria, sabía a qué se refería.
—Dejar de agobiarte. De ver solo los problemas. De centrarte solo en las cosas malas que tienes. Piensa en las buenas.
—¿En cuáles?
—En tu mejor amigo, que es guapo, atlético y encantador. —Sora rio y le dio un golpe juguetón en las costillas—. En Mimi, que está preocupada por ti y no deja de preguntarme todos los días si debería decirte algo o no, porque no quiere agobiarte. En todos los demás, que te aprecian tanto como tú a ellos. En que tienes un pelo naranja muy inusual y genial. En que tienes mucho talento…
—Taichi —lo interrumpió.
—¿Qué?
—Que tienes razón. Es solo que a veces necesito que alguien me lo recuerde.
—Para eso estoy yo —dijo él, arrebatándole la lata para dar un largo trago. Tan largo, que se atragantó y empezó a toser.
Sora se rio de nuevo, mientras daba palmadas en la espalda a Taichi.
Él tenía razón. A pesar de lo graves que pudieran parecer sus problemas a veces… debía pensar en todas las cosas buenas que también tenía. Y si se había ganado personas que se preocupasen por ella, estaba claro que algo hacía bien.
Sonrió y le plantó un beso en la mejilla a su mejor amigo. Él le revolvió el pelo.
Tal vez otro día, en alguna otra madrugada, Sora le diría a Taichi que él era la principal razón por la que se levantaba cada mañana. Por esa noche, simplemente apoyó la cabeza en el hombro del chico y, con las piernas colgando en ese puente sobre la carretera, vieron juntos el amanecer.
