Gracias a Altariel de Valinor por subsanar errores.
Cualquiera de ellos que persista es mío.

Ausente

Capítulo 3

La capilla no era muy grande, aun así parecía estar casi vacía. Al frente de los bancos de la izquierda estaba Mycroft impecablemente vestido, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el mango de su paraguas, luciendo todavía un espléndido moretón en la mejilla. Sus padres habían excusado su ausencia por estar sumidos en la tristeza y la depresión, por lo que nadie lo acompañaba. Los bancos que estaban tras él los ocupaban seis personas, entre ellas Anthea, su Asistente Personal, y su chófer. Si Lestrade tuviese que apostar por la identidad de los otros cuatro diría que eran parte del personal del mismo Mycroft.

En la fila de bancos de la derecha, la primera fila estaba ocupada por un John silencioso que apenas había saludado a nadie y mantenía los ojos fijos en el ataúd cerrado. Su brazo rodeaba los hombros de la señora Hudson que no retenía sus lágrimas aunque intentaba llorar en silencio. Molly, Mike y dos trabajadores de San Bart`s estaban detrás de ellos, y una quincena de las personas sin hogar que formaban parte de la red que había ayudado en ocasiones a Sherlock, eran los ocupantes del resto de la capilla.

Greg Lestrade había tenido que esquivar a un par de fotógrafos cuando se dirigía al edificio, donde cuatro hombres que estaba seguro eran agentes del MI5 como mínimo, lo invitaron a identificarse. Cuando al fin accedió, se encontró con la escena que para él resultó desoladora. Sherlock Holmes, a pesar de su carácter, sus malas formas, su ego y su absoluta falta de humildad, había sido un buen hombre que había ayudado a muchas personas y que había trabajado para que la mala gente estuviese en la cárcel. Sherlock no se merecía esto, la humillación pública con mentiras y dejar este mundo como si no hubiese contado.

-¡Oh, mi pobre muchacho! –Las palabras de la señora Hudson retumbaron en el silencio opresivo del lugar, seguida de un susurro de John que la apretó suavemente contra él.

Lestrade avanzó por el pasillo lateral, dispuesto a deslizarse en uno de los últimos bancos, cuando Mycroft volvió el rostro para mirarlo fijamente. El aburrimiento y la impaciencia estaban pintadas en su cara, aunque intentó cambiar su expresión al dar un leve asentimiento de cabeza al Inspector. La corta ceremonia que se había concertado debería haber comenzado ya, pero el sacerdote venía con retraso. Sin pensarlo mucho, Greg cambió de opinión ocupando el sitio junto a Mycroft en el banco vacío.

-Este bando no es visto con buenos ojos, Inspector, debería estar con los amigos de mi hermano.

-¿Cómo estás, Mycroft? –era la primera vez que hablaban desde el suicidio de Sherlock. La vida de Lestrade se había vuelto del revés en los últimos días.

Después de esperar a que John recobrase el conocimiento cuando fue noqueado en la morgue, lidió con un enfadado exsoldado que se negó a hablar con él. Lo había informado de que el cuerpo de Sherlock ya había sido entregado a la familia tras la autopsia y que debía acompañarlo al Yard para una declaración de lo ocurrido tras su huida la noche anterior, así como para aclarar la orden de arresto que había sobre él. John lo acompañó, pero se negó a responder a ninguna de las preguntas de Dimmock o Gregson.

La suspensión de Lestrade se hizo efectiva por lo que se vio obligado a dejar el Yard hasta que fuese llamado para ser interrogado con respecto a los casos en los que participó Sherlock y que se estaban localizando para su revisión. Su esposa, tras una acalorada discusión, se había marchado unos días a casa de una amiga después de ver cómo Greg aparecía en los periódicos como poco más que el idiota del Yard que hacía todo aquello que decía el malogrado detective consultor. Y aunque Greg llamaba a John varias veces al día y se pasaba por Baker Street, solo conseguía monosílabos del médico, que se sentaba en su silla y mantenía la mirada fija en la de Sherlock, como si en algún momento pudiese volver a verlo allí. Cuando se cansaba del silencio, pasaba al apartamento de la señora Hudson y la escuchaba contar sus historias de las locuras de su pobre muchacho y como había quedado John destrozado por haberlo perdido de esa manera. En más de una ocasión se mordió la lengua para no preguntar a la buena mujer si ella sabía hasta dónde habían llegado y si John había perdido mucho más que un amigo.

Un par de veces, al encontrarse solo en su apartamento, se había permitido maldecir a Sherlock por haber sido un idiota, limpiándose lágrimas que no le daba vergüenza derramar después de varias cervezas. Quizá nunca se lo había dicho, pero él había considerado a Sherlock un amigo y por Dios que lo echaba de menos. Le frustraba no poder restregarles a todos como sólo con su mente e incluso sus capacidades mermadas por sus adicciones, había sido mejor detective que todos ellos

Ahora, mirando su ataúd, se preguntaba cómo era posible que el hombre a su lado, su hermano, quien había estado sobre él como una sombra protectora, pareciera no estar más afectado que si hubiese perdido uno de sus paraguas. Él creía conocerlo mejor, y Mycroft Holmes quería a su hermano y se había preocupado por él constantemente.

-Lamento lo de su suspensión, Inspector –murmuró Mycroft, la vista fija en la puerta de la que salía por fin el sacerdote-. Es injusta, pero no puedo intervenir debido al evidente conflicto personal.

-No se me permite participar en la revisión de los casos.

-En los policiales no, soy consciente, pero quizá los casos particulares… ¿estaría dispuesto a realizar un informe sobre ellos? El blog del doctor Watson es una narración superflua y dirigida a un público poco riguroso. Usted podría documentar los casos de Sherlock para respaldar la veracidad de sus acciones.

Lestrade siguió con la vista los movimientos del sacerdote, que no parecía dispuesto a comenzar.

-¿No vas a encargarte de limpiar su nombre? –preguntó con incredulidad.

-Esa tarea no me corresponde, Inspector, habría dudas razonables. No, ese trabajo es suyo y del Dr. Watson, si lo acepta –Mycroft se dignó a mirarlo, con un brillo que a Lestrade le pareció divertido, descolocándolo por completo-. Le haré llegar una relación con los casos que mi hermano ha tomado desde que adquirió su licencia de detective. Tendrá algo en lo que ocupar el tiempo que tarde su readmisión en Scotland Yard. Dejaré en sus manos los tratos con el bueno del Dr. Watson, ya que él y yo no estamos en las mejores relaciones en este momento.

-¿Por qué John dijo que lo habías vendido? ¿A Sherlock?

El sacerdote dio un golpe en el micrófono, saludando a las personas reunidas con una sonrisa al ganarse la mirada de todos. En ese momento Mycroft apartó la mirada de Lestrade, levantando la máscara de indiferencia en su rostro.

-Debería pasarse al bando correcto, Inspector.

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La ceremonia fue corta, insulsa, nadie habló de Sherlock y nadie se reunió tras el funeral. Molly se despidió con vagas excusas, marchándose mientras se tragaba los sollozos después de apretar suavemente la mano de John. Lestrade intentó acercarse, pero la mirada con la que fue recibido era muy similar a la que le dieron a Mycroft, y aunque se ofreció para llevar a John y la señora Hudson a Baker Street, lo rechazaron en favor de Mike Stamford.

Cuando aquel día terminó, Greg Lestrade se encontró en el cementerio, observando cómo era colocada la lápida negra sobre la tumba fresca del que había sido algo así como un amigo. Mycroft, o más bien su personal, se había encargado de que todo aquello terminara de forma rápida, sin ruido y lejos de los ecos de la prensa que aún hablaba de Sherlock y sus mentiras. Le extrañaba que no hubiese habido más periodistas o curiosos, pero pensó que también de eso se habría encargado Mycroft, el Cargo Menor del Gobierno, el hombre que podía hacer desaparecer informes, que se metía en sus archivos o alteraba los registros de Scotland Yard… el hombre que mantenía a una férrea vigilancia sobre su hermano desde el día que lo conoció…

-Algo… -susurró para sí mismo, entrecerrado los ojos para mirar la lápida –tu maldito hermano trama algo…

Cuando conoció a Sherlock, Mycroft había sido muy claro con él al hacerle saber que pondría todo lo que tenía a su disposición, gracias a su puesto, al servicio de la seguridad de Sherlock, aún en contra del mismo detective. Levantó la vista al oír las pisadas de alguien que se acercaba por detrás. De todas las personas que podrían acercarse, Dan Wilson no era uno de los que él habría esperado.

-¡Inspector! –saludó Wilson, tendiéndole la mano y echando una mirada a los dos hombres que daban los últimos toques a la lápida.

-Ya no soy inspector, al menos por el momento –sacó el paquete de cigarrillos de la chaqueta y le ofreció uno al sargento, quien lo rechazó- ¿Qué haces aquí?

-Venía a presentar mis respetos –dijo habiendo un gesto a la tumba-. No tuve la suerte de trabajar con él, pero seguía sus casos. No creo lo que la prensa y algunos policías dicen. La envidia hace que las personas acusen a quienes son claramente mejores.

Lestrade observó al joven al soltar el humo de una calada profunda.

-Donovan es esencialmente una buena policía, llevo años trabajando con ella. Sus dudas estaban bien argumentadas y había una base sólida para que al menos interrogase a Sherlock sobre el secuestro de los hijos del embajador. Él tomó el camino difícil en lugar de confiar en su inocencia -. El D.I. observaba atentamente a Wilson, esperando ver algún indicio que justificase la animadversión repentina y la desconfianza-. Además, Sherlock siempre fue un jodido grano en el culo para trabajar –Wilson le mantuvo la mirada.

-Creí que era amigo suyo.

-Podemos dejarlo en un molesto idiota que no seguía las reglas.

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Como había dicho Mycroft, tres cajas de archivos, cuatro discos duros y un ordenador portátil fueron entregados a las seis de la mañana siguiente en casa de Lestrade por dos de los hombres de Mycroft. Con el sueño aún en los ojos y una taza de café solo, Greg se sentó en el sofá, contento de no tener que discutir con su mujer porque el trabajo lo había seguido a casa aun estando suspendido. La noche anterior habían estado hablando por teléfono y habían terminado por decirse cosas que llevaban mucho tiempo por salir, lo que significaba al menos una semana más de soltería para Greg, quien empezaba a pensar que ese estado era el más cómodo.

Al comenzar a sacar los archivos de las cajas, un teléfono cayó de entre ellos sobre la mesa de café. Era básico, sin internet y podía decir que con bastantes años. Levantó la tapa y se sorprendió al ver como se encendía la pantalla, donde estaba el aviso de un mensaje de texto de un número bloqueado. Poniendo los ojos en blanco, abrió el mensaje.

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"Ya hemos jugado a esto hace algunos años, Inspector. Sabe qué hacer."

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Lestrade reprimió una maldición, cerrando el mensaje y revisando el teléfono. Había sólo un número en la lista de contactos, sin nombre. Apretando el móvil en la mano, se dirigió al baño cerrando la puerta antes de marcar. En el segundo tono, alguien descolgó al otro lado y la voz monótona de Mycroft lo saludó.

-Buenos días, Inspector.

-¿A qué demonios estás jugando?

-Si tuviera que desconfiar de alguien de su oficina como uno de los infiltrados del malogrado Richard Brook, más conocido como Moriarty… ¿quién se le viene a la cabeza?

-¿Qué? –la mente de Lestrade se detuvo.

-Alguien ayudó a tender la trampa. La sargento Donovan es demasiado obvia, ella sólo es un peón involuntario. De su oficina, Inspector, ¿quién?

Un dolor de cabeza comenzó a aparecer desde detrás de la nuca de Greg. Cerró los ojos para hacer un repaso de su personal. La mayoría de ellos no soportaba a Sherlock, a casi todos los había ridiculizado de una forma u otra a los largo de los años…

-Wilson –murmuró cómo si hubiese tenido una epifanía-. Llegó tres días antes de que todo se fuese a la mierda, y parece haberse convertido en mi sombra. Se toma mucho interés en mi relación con Sherlock.

-No es tan tonto como Sherlock quería creer –Mycroft parecía estar contento-. Soltando Yard está comprometido para usted, Inspector. Mantenga a Wilson cerca, comparta algunas de sus averiguaciones menos relevantes y no lo pierda de vista hasta que pueda hacerme cargo de él.

-¿Vas a decirme qué está pasando? Hay cosas que no entiendo.

-A su debido tiempo, Inspector. Mientras tanto le agradecería que se hiciese cargo del arma del doctor Watson. La de mi hermano ha sido retirada por mi asistente esta misma mañana, pero temo que John esté tentado a hacer uso de la suya, ya sea contra él mismo u otras personas a las que cree responsables.

-¿Cómo tú?

-Pensaba más en cierta periodista.