Un nuevo capítulo.
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Ausente

Capítulo 4

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La señora Hudson abrió la puerta sosteniendo un pañuelo en la mano y haciendo un valiente intento por darle una sonrisa a Lestrade.

-¡Querido! –dijo, dándole paso y cerrando la puerta tras ellos. Greg no pudo evitar ver la maleta que estaba en el pasillo junto a la puerta de su apartamento y la bolsa de lona al pie de las escaleras- ¿Vienes a ver a John? ¿Tienes tiempo para una taza de té?

-Claro, señora Hudson. En realidad, venía a verlos a los dos, saber cómo están.

Martha Hudson se limpió distraídamente la humedad de los ojos, haciendo entrar al D.I. y guiándolo a la cocina.

-John se va con Harriet, a despejarse… yo no puedo quedarme aquí, así que me voy con mi hermana unos días, hasta que los dos reunamos fuerzas –puso el hervidor, sentándose en la silla frente a Lestrade-. Está muy solo ahí arriba. Le he dicho que debe ocupar su mente, volver a trabajar, dejar que el tiempo pase, sé que el tiempo ayuda a que duela menos… pero se sienta en su silla y se queda sumido en sus pensamiento, como hacía mi pobre muchacho… -se levantó apretando el pañuelo contra la nariz. Lestrade se puso en pie con ella y comenzó a preparar las tazas que ella le pasó-. ¿Cómo pudo Sherlock hacerle eso? Nunca ha sido muy considerado con los demás, pero John… tenía que saber que verlo quitarse la vida así lo destrozaría…

-Señora Hudson, cuando uno llega a su límite rara vez piensa en lo queda atrás. Yo creía también que Sherlock no se dejaría hundir de esa manera. Ha soportado durante años que pongan en duda su forma de trabajar, y siempre parecía estar por encima de eso. Quizá había más detrás de todo esto que desgraciadamente ya no sabremos.

-Sherlock siempre fue muy sensible, su horrible hermano venía a acosarlo y yo veía como lo afectaba, aunque John sabe cómo manejarlo y ponía paz entre ellos… Pero ahora… ¿Sabe que aún no se ha dignado a pasar por aquí, a hacerse cargo de las pertenencias de su hermano? Es como si no le importara, ni siquiera ha suspendido la orden de pago del apartamento, y no tengo corazón para decirle a John que vamos a tener que decidir que hacer con todo si Mycroft no viene, su habitación, con toda su ropa, no puedo llevar a la iglesia esa ropa de marca… -se calló de forma abrupta cuando las lágrimas volvieron a caer por sus mejillas, apretando el pañuelo contra su nariz. Lestrade se vio abrazando a la mujer contra él con suavidad, dejando que sollozara sobre su chaqueta, incapaz decir nada que pudiera consolarla. -¡Oh, querido! Creo que no me importaría tener la nevera llena de dedos y ojos si pudiera tenerlo de vuelta.

Pasó casi una hora hasta que Lestrade se aventuró a dejar a la señora Hudson, más calmada y asegurándole que se encontraba mucho mejor después de tener un oído amable para desahogarse. Con el ánimo poco dispuesto subió los escalones hasta el piso, esperando encontrar nuevamente a John sentado en su silla como en los días anteriores. Para su sorpresa, estaba en pie, frente a la ventana en la que innumerables veces había visto a Sherlock tocando su violín. John se mantenía erguido, con los ojos fijos al otro lado de la calle, con la posición de un soldado en espera de la batalla.

-John –dijo, entrando apenas en la sala de estar- ¿Cómo estás amigo? La señora Hudson me ha dicho que vas a estar en casa de tu hermana unos días.

-¿Qué haces aquí? ¿Sigues haciendo el trabajo sucio de Mycroft y vienes a asegurarte que no me llevo nada?

-¡Oye! ¿A qué viene eso? –se envalentonó ante el tono desafiante de John, adelantándose hacia él. Cuando John se volvió a mirarlo no le gustó la mirada vacía que encontró-. Estoy preocupado por ti, no has salido de aquí en días.

-¿Qué quieres, Inspector? ¿Vienes a detenerme otra vez? ¿En algún periódico dicen que soy responsable de intentar asesinar al primer ministro? ¿O Donovan cree que voy…?

-¡Basta, John! Entiendo que estés molesto, pero hay cosas que escapan de mis manos.

-¡ERA TU AMIGO! –gritó John invadiendo en segundos el espacio personal de Greg con los puños apretados.

-¡SÍ, ERA MI AMIGO! –Gritó de vuelta- ¡Y lamento a cada minuto no haber hecho las cosas de otra forma, pero me lo puso muy difícil! Podía haber venido conmigo la primera vez, contestar a las preguntas que querían hacerle y dejar que todo se aclarase en unos días. Su hermano lo habría solucionado…

-Mycroft lo vendió –las palabras de John fueron poco más que un susurro, pero callaron a Lestrade.

-¿Qué?

-Moriarty… Mycroft cambió información con él. Moriarty le contaba sus secretos y Mycroft le entregaba la vida de Sherlock… todo… lo puso a merced de un loco porque la información que le daba era importante para el país y la Reina… y Sherlock era menos valioso…

-¡Dios, John! Eso no puede ser verdad –Lestrade se pasó las manos por la cara, sentándose en el sofá al sentir que las piernas le fallaban. Aquello no podía ser, algo estaba mal, Mycroft no pondría en peligro a Sherlock…

-Cuando nos fugamos aquella noche –continuó John-, nos separamos y fui a ver a Mycroft. Me había advertido de que teníamos asesinos vigilando Baker Street y quería que mantuviese un ojo sobre Sherlock… Lo que saldría en los periódicos, lo que esa mujer sabía, nadie excepto su hermano podía haberlo contado. Le pregunté,… y admitió que había cometido un error al revelarle a ese psicópata todo sobre Sherlock –John hablaba como un hombre derrotado, su voz apenas audible-. Para cubrirse ha dejado que lo consideren un farsante…

-Él quiere limpiar su nombre.

Una risa hueca escapó de los labios de John mirando a Lestrade.

-No invertirá un solo minuto de su precioso tiempo, o de ese personal que tiene a su disposición. Dejará que todos crean que Sherlock era una mentira.

Lestrade negó con la cabeza, son la vista en la alfombra pero los pensamientos en Mycroft, en esa actitud aburrida del funeral, la que era de esperar para aquellos que no conocían al hermano de Sherlock. Recordó el día que lo conoció, su evidente preocupación por el bienestar de su hermano, las veces que se había puesto en contacto para que lo "cuidase" en ocasiones que habían sido especialmente malas por los casos en los que había participado… Mycroft no era insensible, no lo habría puesto en peligro…

-Estoy suspendido hasta que se revisen los casos en los que Sherlock participó para Scotland Yard -dijo al fin, apartando la peligrosa línea de pensamiento en la que estaba a punto de sumergirse-. No encontrarán ninguna irregularidad, por lo que será revindicado pasado un tiempo. He pensado en ocuparme mientras tanto de sus casos particulares, ya sabes, para reforzar los argumentos de que era realmente el mejor detective consultor del Yard.

-El único del mundo.

-¿Qué? –Lestrade sentía que se repetía.

John se sentó sin ganas en su sillón, observando una vez más la silla vacía de su amigo ausente.

-Sherlock era el único Detective Consultor del mundo. Él inventó el puesto.

Lestrade sonrió, recordando al muchacho con síndrome de abstinencia que vomitó sobre sus zapatos después de llamarlo idiota.

-Por supuesto que sí, él no hubiese hecho menos.

-Lo llamé maquina… antes… cuando…. –John respiró con dificultad, cerrando los ojos incapaz de encontrar las palabras-, llamaron para hacerme salir de allí, dejarlo solo… ahora sé que quería alejarme para… lo que hizo. ¿Cómo se supone que alguien como él no vería otra salida? Todas esas acusaciones, esa maldita periodista…

Carraspeando, Lestrade se puso en pie. Había ido a Baker Street con un objetivo claro, y a la vista del camino de los pensamientos de John que se centraban en culpar a Kitty Riley, no debía retrasarlo.

-Necesito que hagas una cosa por mí, John –el médico no se dignó a mirarlo-, necesito que me entregues tu arma.

-La gente de Mycroft ya ha estado aquí…

-Se llevaron la de Sherlock, lo sé, te estoy pidiendo la tuya, la que tenías en Dartmoor, la que mató a Jefferson Hope –los ojos de John se clavaron en los de Lestrade con una expresión cerrada-. Sé seguir las pistas por mí mismo, y en este momento me preocupa la seguridad de varias personas.

-No tengo ningún arma.

-John… no quiero que los agentes se presenten aquí para hacer un registro y encuentren algo que pueda perjudicarte a ti o la memoria de Sherlock. Sé razonable.

-No tenías problemas para traer a tus perros a buscar drogas cuando querías obligarlo a trabajar en tus casos difíciles.

-No sigas por ahí -Lestrade avanzó, sintiendo que la terquedad de John se le hacía difícil de llevar-. O me das el arma o la busco yo, decide.

John se puso en pie, cuadrando los hombros y apretando los puños.

-Quiero ver como lo intentas.

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No fue una buena pelea. Unas horas después, con una bolsa de hielo en el hombro, Lestrade se dio cuenta de que John había estado buscando desesperadamente a alguien con quien descargar la ira que sentía, y él le había dado la excusa perfecta. No fueron muchos golpes, pero sí hubo forcejeo y algún mobiliario por los suelos, hasta que la señora Hudson se presentó en el piso y dio un grito compungido. Los dos hombres se apresuraron a separarse, y aunque John volvió a negarse a hablar, fue Greg quien se retiró, acompañándola hasta su propio apartamento, asegurándole que no era tan malo como parecía. Cuando el D.I. se acercó a la puerta para marcharse, la señora Hudson lo hizo esperar mientras entraba apresuradamente a su apartamento. Salió llevando una bolsa de Speedy que puso en las manos de Lestrade.

-Escuché la discusión –dijo ella señalando la bolsa-, y tiene razón querido, esto no debe estar aquí -Lestrade miro dentro de la bolsa, para confirmar lo que ya sabía: ahí estaba el arma de John a medias envuelta en un paño de cocina– La saqué de su habitación mientras estabais peleando… temo que pueda hacer algo terrible…

-Gracias, señora Hudson –dijo palmeando su mano con suavidad y dándole una sonrisa-. Me encargaré de que no se meta en líos.

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Después de eso, Greg había dejado el arma debajo de la rueda de repuesto de su coche, a la espera de saber qué hacer exactamente con ella. Llegó a su apartamento y envió un mensaje de texto desde el teléfono prepago, escondiéndolo después tras el lavabo y mirándose en el espejo para evaluar el daño. Apenas pasaron un par de minutos cuando el móvil oculto sonó.

- Espero que el daño no sea tan grave como parece –la voz de Mycroft sonó al otro lado con lo que a Lestrade le pareció diversión, sin dignarse siquiera a un saludo.

-Buenos tardes a ti también. ¿Llamas para que haga de chico de los recados otra vez?

-Mi querido Inspector, a pesar de la opinión que se ha formado después de tratar estos años con mi hermano, mi interés está en su bienestar y en el de las personas por las que él se preocupaba. Únicamente quería que supiera que aprecio su esfuerzo por la seguridad del bueno del Doctor Watson, pero había más que buscar en Baker Street por lo que aún sigue estando armado. Haré que uno de mis agentes de ocupe de eso, no volveré a molestarlo con ese particular.

-¿Y para eso llamas? No esperaba la cortesía de que me tuvieras al día de tu intrusión en la vida de John.

-Necesito el arma que le ha requisado.

-Tengo que hablar contigo de algo que me ha contado John. ¿Para qué la quieres?

-Mejor que no lo sepa, Inspector. Déjela en el lugar que la ha depositado, le enviaré la dirección de un taller y un contacto, se harán cargo de limpiar el maletero del vehículo y de paso obtendrá una puesta a punto sin perjuicio monetario para usted...

-Y todo cortesía del gobierno…

-Considérelo una compensación por los golpes recibidos.

-Deberías ver al otro.

-De hecho… lo veo. Buenas tardes, Inspector… Y, Greg, deberías volver al gimnasio. –La línea se cortó antes de poder hacer ninguna observación.

Cuando colgó el teléfono, Lestrade evaluó su condición física, admitiendo que si bien le sobraban un par de kilos, se mantenía en buen estado para su edad. Después de eso se acomodó en el sofá, con su bolsa de hielo y varios dolores en las zonas en las que había recibido los golpes. Volvió a los archivos de los casos de Sherlock, comenzando a tomar notas de las personas a las que debería entrevistar cuando su teléfono oficial sonó con un mensaje. Era la cita programada para su vista a un taller habitual de los vehículos de la policía. Al consultarlo vio las dos llamadas perdidas de su mujer, debían haber sonado cuando hablaba con Mycroft en el baño. Devolvió la llamada, pero su esposa no contestó, ni a esa ni a las seis siguientes a lo largo una hora. Cuando al fin pudo contactar ella se excusó por hacer estado en una habitación distinta con su hermana, algo que a Lestrade le resultó difícil creer cuando quince minutos antes esa hermana le había informado que hacía tres semanas que no la veía.

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-Mañana estará vinculada la muerte de Hope con uno de los sicarios de Moriarty –dijo Mycroft sin levantar la vista de los documentos que leía-, la numeración del arma será una de las supuestamente destruidas por la policía.

-Lo dejarás desarmado…

-Ya discutimos eso, hermano mío –Mycroft levantó los ojos para ver la irreconocible figura de Sherlock. Vestido como uno de los componentes de su red, y oliendo del mismo modo, se sentaba en uno de los sillones de la biblioteca con la evidente satisfacción de saber cuánto incomodaba a su hermano mayor-. Tengo alguien sobre John las veinticuatro horas, el arma que aún conserva será sistemáticamente revisada y su munición retirada para evitar incidentes. Captará la indirecta en breve, es un hombre algo más inteligente que la media. Si lo veo necesario haré una actuación más disuasoria.

Sherlock sacó de la sudadera que llevaba un paquete de cigarrillos, encendiendo uno sin prestar atención a la mirada disgustada de Mycroft.

-Entonces –dijo después de exhalar el humo-, en tres días saltará la red de policías que desvían las armas que deberían haber sido destruidas.

-Eso nos llevará a las bandas con las que trafican, después de estudiar los perfiles de los implicados puedo confirmar que tendremos tres informantes que nos llevarán al siguiente escalón con gusto y comenzaremos el rastreo de las cuentas. En seis o siete días estarás detrás de la primera célula continental y podrás abandonar Londres ¿será eso un problema?

-Tú asegúrate de que tus contactos europeos sepan qué hacer.

-Tendrás que asumir más de una nueva identidad, Sherlock. No hay segunda oportunidad si fallas –Mycroft se echó hacia atrás en si sillón, observando el leve temblor casi inadvertido de las manos de su hermano-. Estarás solo, hermano mío.

-Estar solo me protegerá –la mirada de Sherlock se desvió durante una segundo, como si hubiese recordado algo-. ¿Qué harás con Lestrade?

Mycfoft volvió a poner la vista en los documentos, tardando unos segundos en responder.

-Tendré que ocuparme de él, personalmente.