Antes que nada, a aquellos que siguen la historia, perdón por el retraso.

No dejaré ninguno de mis fics inconcluso, aunque a veces puedan demorarse más de lo que desearía.

Un nuevo capítulo, un poco más cerca del final.

Mil gracias a Alatriel de Valinor por betear esto. Cualquier error que persista es mio.

Ausente

Capítulo 5

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La sargento Sally Donovan volvió a introducir los datos del arma requisada en el atraco a un banco que había sido frustrado apenas dos días antes. La primera búsqueda dio un resultado imposible, por lo que debía haberse equivocado en alguno de los números correspondientes a la identificación del arma. Los últimos días seguían siendo extraños, y a regañadientes admitía que la sensación de culpa era posiblemente la causante de sus noches de insomnio. Ver el despacho de Lestrade ocupado por otra persona la enfadaba, escuchar susurros a sus espaldas tampoco contribuía a estabilizarla. Lo más difícil era darse cuenta de que sus acciones habían afectado de forma tan irremediable la vida de personas a las que, de cierta forma, apreciaba… incluido el maldito Sherlock Holmes, al que no echaba de menos, pero comenzaba a pensar que quizá no era el gran fraude que en esos días aparecía en la prensa y que ella había contribuido a crear.

El ordenador dio el aviso de búsqueda concluida y Sally frunció el ceño al encontrarse con el mismo resultado: el arma que buscaba había ingresado en el depósito de Scotland Yard seis años antes y, habiendo concluido el juicio y las apelaciones, se había procedido a su destrucción hacía dos años.

Imprimió la página con los resultados y alzó la vista había la oficina de Lestrade. La D.I. Hopkins se afanaba en bucear en los archivos de los casos menores donde Sherlock había participado, y a juzgar por los rumores y la frustración de la D.I., no había el más mínimo resquicio, por lo que la revisión de los casos se estaba convirtiendo en la más importante pérdida de tiempo del departamento.

Durante un momento, pensó en ir donde el superintendente con su descubrimiento, pero su actitud en los últimos días hacia ella había sido beligerante. Él y todo su equipo estaba siendo sometido a los controles estrictos del delegado gubernamental, y una voz autorizada había dejado caer que era gracias a la labor de la sargento Donovan que se había puesto los ojos en la relajada disciplina del cuerpo de policía y sus asesores externos. Lo descartó al momento, dirigiendo la atención a Dimmock. Tras la baja forzada de Lestrade, Dimmock se había hecho cargo de su equipo, por lo que el volumen de trabajo era muy superior al que podía manejar, convirtiéndolo en esos días en malhumorado e impaciente. Finalmente, con un suspiro de resignación, se dirigió al despacho de Lestrade, llamando suavemente a la espera de que Hopkins fuese más tolerante con ella al ser recién llegada.

–Pase, Donovan –Hopkins levantó los ojos de la pantalla para mirar la cara de la sargento y después sus manos–. ¿Algo para añadir a los casos de Holmes?

Sally sintió el comentario como un jarro de agua fría. ¿Acaso lo único que se esperaba de ella era que continuase la guerra contra el detective incluso después de muerto? Algo debió dejarse traslucir en su rostro cuando Hopkins pareció relajarse y le indicó que se sentase.

–Lestrade la tiene en muy buen concepto, sargento, imagino que debe estar cansada de que se la cuestione desde el incidente. ¿Qué es?

Sally entregó la impresión a la D.I., ganando unos segundos para que a su voz fuese firme al hablar.

–Una de las armas del atraco al banco de Wormwood Street figura como destruida por la policía hace dos años. Salió de la comisaria de Tooting.

–¿La comisaria de Wilson?

–Si, señora.

–¿No hay error?

–Lo he comprobado. Necesitaría una prueba de balística para asegúranos que es la misma y el error no está en los datos de procedencia.

–¿Y por qué no la solicita?

Las dos mujeres se miraron, Hopkins sabía la respuesta, pero quería saber si Donovan sería capaz de vocalizarla.

–Medio departamento está atascado por mi culpa, señora. Si pido que se desentierren las pruebas de un caso cerrado y juzgado por algo tan débil como una coincidencia en el registro de armamento… ¿sabe cuánto tardaré en quedarme sin empleo?

–Déjelo pasar. Los errores de transcripción son más comunes de lo que admitimos.

Para el absoluto horror de Donovan, una voz en su cabeza con el tono de Sherlock Holmes le susurró que un nombre mal escrito era un error de transcripción, pero el número de identificación de un arma no podía ser pasado por alto.

–No puedo, señora –susurró. Levantó los hombros y recuperó el papel–. Haré una petición para la prueba, gracias, señora.

Se había alejado sólo tres metros de la oficina con paso duro y parpadeando furiosamente cuando la voz de Hopkins la llamó. Regresó en espera de una reprimenda cuando ella estaba ya tecleando en su ordenador nuevamente.

–Antes de pedir ese permiso vamos a caminar un paso por delante. Haga un seguimiento de las armas que han sido destruidas en ese mismo lote, use mis credenciales para acceder a la base de datos. Busque si hay constancia de al menos tres delitos con armas que no deberían seguir estando en circulación para descartar el error de transcripción. Nos pondremos con ello en cuanto las tenga.

–Sí, señora –una sonrisa aliviada curvó los labios de Sally, sintiendo como la confianza que volvía a ella.

–Y, Donovan –añadió Hopkins–, céntrese en el presente.

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Soltó la maleta junto a la puerta de la habitación de invitados de la casa de su hermano, no es que fuese un piso demasiado amplio, pero la soltería a la que David no quería renunciar ya le había proporcionado a Greg un sitio donde dormir en las cada vez más frecuentes peleas con su esposa. Esta vez no iba a ser una visita de un par de noches, esta vez Lestrade saldría de allí para instalarse en algún sitio que pudiese permitirse. Después de varios intentos fallidos de recuperar su matrimonio, Lestrade se había rendido.

Eran más de las diez de la noche y el día había sido agotador, por lo que sólo quería ir a la cama y no despertarse en al menos treinta horas. Nunca le habían gustado las discusiones, y habían sido muchos reproches y trapos sucios los que habían salido a relucir en las últimas horas. Se quitó a chaqueta y se metió en el aseo para cambiarse, últimamente había dejado allí un pijama y un pequeño neceser con artículos de higiene. Cuando regresó a la habitación, sacó su móvil, sorprendiéndose al encontrar una docena de llamadas perdidas y una cantidad indecente de mensajes de voz. Los menajes eran de su mujer, en todos los tonos imaginables, excepto el último. Navegó por el buzón hasta que llegó ese último, escuchando la voz de Sally Donovan.

–Greg… –era evidente que la sargento sonaba como alguien muy borracho–… yo… sólo quería decirte que lo siento… soy una mala persona… era tu amigo, ahora lo sé… todos piensan que me alegro que saltara, y no es verdad… y yo veo cómo me mira John, cómo me miran todos… a veces pienso que os alegraríais si yo… –escucha como sorbe, como si estuviese llorando– …no quiero que nadie me mire así… –la voz de Sally se alejó del micrófono y Lestrade escuchó claramente la voz de un hombre– "Oh, aquí estás ¿a quién llamas, sargento?" reconoció la voz de Wilson antes de que el mensaje terminara.

Un escalofrío recorrió la espalda del D.I.. Sally no era aficionada a la bebida, si bien celebraba de vez en cuando con unas cervezas, nunca sobrepasaba el límite. Las veces en que habían tenido fracasos dolorosos, Sally solía fumar casi sin interrupción hasta ponerse enferma, atiborrándose después con indecentes cantidades de chocolate. Que Wilson entre todos fuese la persona que estaba con ella mientras estaba teniendo una crisis de conciencia, no sonaba como ella.

Marcó el número de Sally, esperando, oyendo los tonos de llamada hasta que se extinguieron. Lo intentó dos veces más antes de levantarse y volver a vestirse de nuevo. Salía ya por la puerta cuando se le ocurrió llamar a Anderson, no era un secreto que seguían manteniendo una relación informal y solían marcharse juntos. Sólo consiguió la confirmación de lo que ya esperaba: Sally no estaba con él. Hizo un repaso mental de los lugares comunes en los que solían tomar algo tras el cierre de los casos, cuando volvió al apartamento para buscar apresuradamente como una ocurrencia de última hora, el arma, que aún permanecía encerrada en su caja metálica en la que la había traído en el fondo de su maleta. Con una sensación de urgencia, envió un mensaje apresurado a su hermano informándole de que había dejado la maleta y llegaría más tarde esa noche.

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En ninguno de los lugares habituales habían visito a Sally en los últimas semanas, no contestaba al móvil y había dejado media docena de mensajes en su contestador. Con un fuerte portazo, volvió a poner el motor en marcha, decidiendo que si no conseguía localizar a la sargento Donovan en su casa, iría directamente al Yard. Estaba esperando en un semáforo en rojo cuando vio pasar a un hombre de la complexión de John, visiblemente borracho y hablando al parecer con el aire. Lo observó hasta que se perdió de vista en un callejón, sin llegar a saber si realmente era el amigo del malogrado detective. Se dijo que debía llamarlo sin demora, averiguar cómo estaba llevando el luto… Sacó su móvil secundario y llamó, cuando una inquietante posibilidad en la que no había pensado se hizo hueco en su mente. No se sorprendió demasiado cuando al segundo tono, la voz de Mycroft sonó fuerte y seria al otro lado. Eran las dos y media de la mañana, ¿acaso ninguno de los Holmes dormía?

–Buenas noches, Inspector.

–Mycroft, espero no haberte despertado.

–No, siempre es de día en algún lugar del mundo, y siempre hay problemas que requieren atención. Imagino que esta no es una llamada social ¿qué puedo hacer por ti?

–¿Sabes dónde está John? Quiero decir, ¿tienes alguna vigilancia sobre él a tiempo real o solo supervisas sus movimientos?

–¿Puedo saber para qué necesitas saberlo?

Lestrade dejó escapar el aire, no muy seguro de si su presentimiento estaba realmente fundado.

–Simplemente… John no lo está pasando bien, y… hay personas que él puede considerar responsables de lo que sucedió con Sherlock.

–Te refieres a la sargento Donovan y al oficial forense Philip Anderson, los instigadores de que el superintendente Gregson ordenara la detención de mi fallecido hermano.

–Sí –la voz de Greg apenas fue un susurro, no había emoción en la voz de Mycroft, nada de la rabia o el dolor que era de esperar de alguien que acababa de perder a una miembro de su familia directa. Él estaría devastado si estuviese en su lugar.

–El doctor Watson se encuentra en un hotel bastante decente en Holland Road, ha consumido alcohol como para dormir al menos doce horas. Tengo vigilancia a tiempo real, sí. No ha salido a buscar venganza, si es lo que teme. ¿Debo deducir que alguna de esas personas no se encuentra localizable para usted?

–Sí –Lestrade detuvo el vehículo a un lado de la carretera, consciente de que hablar con Mycroft sobre las dudas que en ese momento tenía, requería de mucha de su atención–. Es… Sally, Donovan, dejó un mensaje en mi contestador hace unas horas, parecía no estar muy lúcida, y la acompañaba Dan Wilson –escuchó el leve suspiro a través de la línea y lo que parecían los dedos sobre un teclado de fondo.

–Permanezca donde está hasta que pueda darle una ubicación.

Sin más la llamada se cortó, Greg se quedó en medio de Tooley Street, mirando cómo se apagaba la pantalla del teléfono. No se dio cuenta de que habían pasado casi diez minutos hasta que el teléfono vibró con la entrada de un mensaje de texto. Al abrirlo leyó "Urgencias St. Bart's"

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Cuando Mycroft envió la ubicación a Lestrade, salió de la biblioteca subiendo a la habitación que ocupaba Sherlock por aquellos días. Lo encontró sentado frente a la pantalla del ordenador, en bata y con el cabello aún húmedo tras haberse duchado para quitarse la suciedad y la sangre que apenas una hora antes lo cubría de pies a cabeza. Mycroft vio las marcas en los nudillos, el golpe de la mejilla que comenzaba a oscurecer, lo que parecían arañazos en el cuello y varias marcas de dedos.

–Le he dado al Inspector Lestrade la ubicación de la sargento Donovan. ¿Hay posibilidad de que ella pueda identificarte si recupera el conocimiento? –Sherlock se limitó a ignorarlo, tecleando aún y descartando resultados de búsqueda– Sherlock –insistió–, debo saber qué medidas debo tomar para evitar complicaciones, ¿ella te vio?

Por fin el detective levantó la vista hacia su hermano.

–Sí, pero puedes estar seguro que no lo dirá a nadie.

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Greg Lestrade se mantuvo al otro lado del vidrio, observando a la mujer que estaba conectada a no menos de tres monitores. Su rostro apenas reconocible era doloroso de ver, igual que el brazo atravesado por el armazón metálico.

–Una llamada alertó de que habían atacado a una mujer de color cerca de la estación de Chancery Lane –Hopkins apenas alzó la voz, pero aun así Lestrade la escuchó con absoluta claridad–. Había alguien con ella habiendo RCP cuando llegó la ambulancia y uno de nuestros coches, pero salió corriendo y se escabulló antes de que nadie pudiera darse cuenta. Tenemos una descripción, pero puede ser cualquiera de los que duermen en la calle estos días. Puede que sea la misma persona que llamó…. –Hopkins suspiró con frustración–. Quien quiera que lo haya hecho se ensañó con ella. Al parecer a Wilson lo tomaron por sorpresa y le dieron dos disparos con su propia arma, aunque se defendió a juzgar por como lo encontramos. Cuando Donovan despierte, sabremos algo más de como sucedió todo, y si hay suerte tendremos algo para coger a quien ha hecho esto.

–Ella me dejó un mensaje de voz. Al parecer Wilson y ella estaban juntos, no sabía que estaban cerca, no es el tipo de Sally de todas formas.

–Donovan y yo estamos siguiendo una pista que conecta la comisaria de Wilson con algunas irregularidades, imagino que estaba intentando averiguar algo a través de él. No es el curso de acción que había esperado, pero Sally tiene ideas propias.

Lestrade permaneció en silencio. Le habían advertido contra Wilson no hacía mucho, y ahora el hombre estaba muerto y una integrante de su equipo en estado grave tras haber tenido una charla informal con él. No creía en las coincidencias y Sally, aparte de buena policía, sabía defenderse si estaba en condiciones de hacerlo.

–¿Crees que puedes pedir un análisis para narcóticos? –Dijo, al fin–, cuando me llamó parecía estar en descontrol y no es normal en ella. Si habéis hecho saltar alguna alarma que involucra a policías corruptos esto puede ser un intento de contenerlo.

–Bien visto –contestó Hopkins, mirándolo por un momento–, ¿vas a quedarte? He hablado con su hermano pero no llegará hasta última hora de mañana, y realmente me gustaría no dejar que esto se enfríe.

–Sí, me quedaré –murmuró Lestrade, volviendo mirar la figura inconsciente de su amiga. Comenzaba a tener demasiadas preguntas sin respuesta y no era algo que le gustase. –Si despierta te llamaré. Quizá recuerde algo que ayude.