El Joven Lobo Rey del Norte

Capitulo dos:

Preludio a los problemas.


Catelyn había tardado un tiempo en cogerle el gusto al bosque de los dioses.

La sangre Tully le corría por las venas, había nacido y se había criado en Aguasdulces, muy al sur, en la Forca Roja del Tridente. Allí el bosque de dioses era un jardín alegre y despejado, en el que las altas secuoyas proyectaban sombras sobre las aguas de arroyuelos cristalinos, los pájaros cantaban desde sus nidos escondidos y el aroma de las flores impregnaba el aire.

Eso era para los siete dioses, los adorados en el Sur.

Los dioses del Norte tenían un bosque muy diferente.

Era un lugar oscuro y primitivo, tres acres de árboles viejos que nadie había tocado en miles de años, mientras el castillo se alzaba a su alrededor.

Olía a tierra húmeda.

Era un bosque de recios árboles centinela parapetados tras agujas color verde grisáceo, robles imponentes y tamarindos tan viejos como el propio reino.

Allí los gruesos troncos negros estaban muy juntos, y las ramas retorcidas tejían una techumbre tupida, mientras las raíces deformes se entrelazaban bajo la tierra.

El silencio y las sombras imperaban, y los dioses de aquel bosque no tenían nombres.

Al principio había tenido cierto asco por aquel bosque tan diferente al que conocía, pero luego fue acostumbrándose.

Era una Stark, aunque fuese solo por matrimonio, y por tanto debía aprender a respetar las costumbres de su nuevo hogar.

Antes de darse cuenta, acudía a rezar a los dioses sin nombre por el bienestar de su familia, dejando bastante descuidado el sept de los siete que su esposo le había mandado a construir e incluso devolvió los septones que había mandado a traer de Aguasdulces.

Pero hoy iba por un motivo distinto.

Sabía que allí era donde estaría su Ned aquella noche. Siempre que le quitaba la vida a un hombre, buscaba la tranquilidad del bosque de dioses.

Catelyn encontró a su esposo sentado en una roca cubierta de musgo, bajo las ramas del arciano corazón.

Tenía el espadón Hielo sobre las rodillas, y estaba limpiando la hoja en aquellas aguas negras como la noche.

El mantillo milenario que cubría como una gruesa alfombra el suelo del bosque de dioses devoraba el sonido de sus pasos, pero los ojos rojos del arciano parecían seguirla mientras se acercaba.

-Ned -lo llamó.

Su esposo le miró, enfocando su mirada en ella.

-Catelyn -dijo su esposo, su voz siendo distante y formal- ¿Dónde están los niños?

Siempre le preguntaba lo mismo. A Catelyn le acordó, sin saber por qué, a un sueño que tenía que se repetía varias veces, estando dormida o incluso despierta, en esos días.

En el sueño lo veía a él, aunque no tan joven, sentado en una roca como aquella, antes de voltear a verla a ella y decirle ''Lily, ¿Dónde está Harry?".

-En la cocina, discutiendo cómo van a llamar a los cachorros -Cat se quitó la capa,y la tendió sobre el mantillo del bosque, y se sentó con la espalda apoyada contra el arciano- Robb decidió llamar al suyo ''Hedwig'' y Jon le puso al suyo ''Fantasma''. Arya llamó a su loba ''Nymeria'' y Sansa le puso ''Dama'' a la suya. Pero Rickon no parece muy seguro con su lobo.

''En la sala, con Canuto. Le da un poco de susto verlo en su forma animaga''

-¿Tiene miedo? -preguntó Ned.

"¿Harry tiene miedo?''

-Un poco -admitió- Sólo tiene tres años.

''Un poco, solo tiene un año, James''.

-Debe aprender a enfrentarse a sus miedos -Ned frunció el ceño- No va a tener tres años toda la vida. Se acerca el invierno.

''Debe enfrentarse con sus miedos. No tendrá un año toda la vida. Se acercan tiempos oscuros''.

Aquellas palabras le provocaron un escalofrío, como siempre. Eran el lema de los Stark.

Todas las familias nobles tenían un lema. Y esas consignas familiares, piedras de toque, aquella especie de plegarias, eran alardes de honor y gloria, promesas de lealtad y sinceridad, juramentos de valor y fidelidad... Todos menos el de los Stark.

El lema de los Stark era Se acerca el Invierno. Una llamada para estar a tiempo del peligro, de los cambios adversos.

-Se acerca el invierno -repitió ella.

''Se acercan tiempos oscuros''.

Quedaron en silencio por unos minutos. La vista de Catelyn se fijó en Hielo y el retal de cuero engrasado que su marido la pasaba por la hoja de la espada.

No le gustaban las espadas, pero era innegable que Hielo poseía una belleza propia. La habían forjado en Valyria, antes de que la Condenación cayera sobre el antiguo Feudo Franco, donde los herreros trabajaban el metal tanto con hechizos como con martillos. Hielo tenía cuatrocientos años y conservaba el filo del día en que la forjaron.

-He de reconocer que ese hombre murió bien -dijo Ned, minutos después- Me alegré por Bran. Habrías estado orgullosa de él.

-Siempre me enorgullezco de Bran -señaló ella.

Quedaron hablando de temas varios, hasta que le preguntó la razón de su visita. Catelyn asintió.

-Hoy hemos recibido noticias amargas, Ned- Catelyn tomó la mano derecha de su marido- No he querido molestarte hasta que no te hubieras aseado. -No había manera de suavizar el golpe, así que se lo dijo directamente- Lo siento mucho, mi amor. Jon Arryn ha muerto.

''Lo siento mucho, cariño. Tu padre ha muerto''.

Vió el dolor cruzar por el rostro de su Ned, y entendió lo duro que debía ser el golpe para él. Jon Arryn había sido como su padre para él.

Él puso la espada contra una piedra, y Catelyn lo abrazó.

Quedaron unos segundos callados antes de que Ned volviera a romper el silencio:

-¿Está confirmada la noticia?

-La carta llevaba el sello real, y era del puño y letra de Robert. Te la he guardado. Dice que la muerte de Lord Arryn fue muy rápida. El maestre Pycelle no pudo hacer nada, aparte de darle la leche de la amapola para que no sufriera.

-Algo es algo -suspiró.

Catelyn veía el dolor reflejado en su rostro, pero aun así su Ned pensó primero en ella:

-¿Y tu hermana? -preguntó- ¿Y el hijo de Jon? ¿Qué sabemos de ellos?

-El mensaje decía sólo que se encontraban bien, y que habían vuelto al Nido de Águilas - dijo Catelyn- Yo preferiría que hubieran ido a Aguasdulces. El Nido está tan arriba, es tan solitario... Además, fue siempre el hogar de Jon, no el de mi hermana. El recuerdo de su esposo estará en cada piedra. La conozco bien. Necesita el consuelo y el apoyo de su familia y amigos.

Sabía que su hermana cuando se casó con Jon Arryn no le amaba, pero estaba segura que con esos años de convivencia seguramente había desarrollado cariño hacia su persona.

-Tu tío está en el Valle, ¿no? Tengo entendido que Jon lo nombró Caballero de la Puerta.

-Brynden hará todo lo que pueda por ella y por el niño -asintió Catelyn- Eso me tranquiliza un poco, pero...

-Ve con ella -le pidió Ned- Llévate a los niños. Animad los salones con ruido, con gritos, con risas. Su hijo necesita la compañía de otros niños, y no podemos dejar sola a Lysa en estos momentos.

-No puedo hacer eso, mi señor. Una Stark pertenece al Norte, quiérase o no. -dijo con dulce reproche- Además… La carta traía otras noticias. El rey está de camino hacia Invernalia, viene a buscarte.

Ned tardó un momento en entender qué le decía, pero cuando lo comprendió desapareció la nube que le oscurecía los ojos.

-¿Robert viene hacia aquí?

Catelyn asintió, y el rostro de su esposo se iluminó con una sonrisa.

A ella le habría gustado compartir su alegría. Pero había escuchado las habladurías en los patios: una loba huargo (algo hasta en ese entoncesera considerado extinto) muerta en la nieve, con un asta rota en la garganta. El miedo le atenazaba el estómago como una serpiente que se le enroscara en las entrañas, pero se obligó a sonreír para aquel hombre al que amaba, aquel hombre que no creía en los presagios.

-Ya me imaginaba que te alegrarías -dijo- Tenemos que avisar a tu hermano, que está en el Muro.

-Desde luego -asintió Ned- Ben no se lo perdería por nada del mundo. Le diré al maestre Luwin que envíe su pájaro más veloz.

Ned se levantó y la ayudó a ponerse en pie.

-Ese hijo de... ¿Cuántos años han pasado? ¿Y no se le ocurre avisarnos con más antelación? ¿Decía el mensaje cuántas personas venían en el grupo?

-Calculo que, como mínimo, cien caballeros, con todos sus criados, y por lo menos cincuenta jinetes libres. También vienen Cersei y los niños.

-Robert querrá que vayan cómodos, no forzará mucho la marcha -dijo él- Mejor, así tendremos más tiempo para los preparativos.

-Con el grupo viajan también los hermanos de la reina.

Ned hizo una mueca. No sentía el menor afecto hacia la familia de la reina, y era recíproco. Catelyn lo sabía muy bien. Los Lannister de Roca Casterly se habían unido muy tarde a la causa de Robert, cuando la victoria ya estaba asegurada, y eso no se lo había perdonado jamás.

-En fin, si por el placer de tener aquí a Robert tengo que pagar soportando una plaga de Lannisters, qué le vamos a hacer. Por lo visto Robert se trae a la mitad de su corte.

-A dónde va el rey, el reino lo sigue -señaló ella.

-Tengo muchas ganas de ver a los chiquillos. El pequeño todavía mamaba del pecho de la Lannister la última vez que nos encontramos. Ahora debe de tener ya cinco años, ¿no?

-El príncipe Tommen ha cumplido ya los siete. Tiene la edad de Bran. Por favor, Ned, cuidado con lo que dices. La Lannister es nuestra reina, y se dice que su orgullo crece con cada día que pasa.

-Tenemos que organizar un banquete con trovadores -dijo Ned apretándole la mano- faltaría más, y seguro que Robert quiere salir de caza. Enviaré a Jory hacia el sur con una guardia de honor para que los reciba en el camino real y les proporcione escolta hasta aquí. Dioses, ¿cómo vamos a dar de comer a tanta gente? ¿Y ya están en camino? Ese condenado infeliz... Voy a darle un par de patadas en ese culo de rey.

Catelyn rió, divertida, y su marido no tardó en acompañarla.

Sí.

¿Por qué debía preocuparse por sueños raros y por una loba huargo?


Castillo de Invernalia

Seis días después.

Los visitantes entraban como un río de oro, plata y acero bruñido por las puertas del castillo, más de trescientos, la élite de los abanderados, los caballeros, las espadas leales y los jinetes libres. Sobre ellos ondeaban una docena de estandartes dorados, agitados por el viento del norte, en los que se veía el venado coronado de Baratheon.

Robb y Jon no conocían personalmente a muchos de los jinetes pero sí habían escuchado lo suficiente de ellos para reconocerlos.

Un hombre de cabellos tan brillantes como el oro batido debía ser el famoso Jaime Lannister, y el corpulento con el espantoso rostro quemado debía ser Sandor Clegane.

El muchachito, de mirada superior, alto que cabalgaba junto a él sólo podía ser el príncipe heredero, y el hombrecillo atrofiado que iba detrás de ellos era sin duda el Gnomo, Tyrion Lannister.

Pero el hombretón corpulento que cabalgaba al frente de la columna, flanqueado por dos caballeros con las capas níveas de la Guardia Real, era un desconocido para ellos... hasta que se bajó del caballo de guerra con un rugido harto familiar, y estrechó a su padre en un abrazo de oso que le hizo crujir los huesos.

-¡Ned! ¡Cómo me alegro de verte! ¡Sigues igual, no sonríes ni aunque te maten! -El rey lo examinó de pies a cabeza y soltó una carcajada- ¡No has cambiado nada!

Robb podía decir que no estaba muy impresionado.

Había escuchado que hace quince años, Baratheon y su Señor Padre Eddard Stark, cabalgaron juntos para conquistar un trono.

El señor de Bastión de Tormentas, según descripciones, era en esa época un joven de rostro afeitado, ojos claros y torso musculoso; el sueño de cualquier doncella. Con sus dos metros de altura, se erguía por encima de todos los demás, y cuando se ponía la armadura y el gran yelmo astado de su Casa se convertía en un verdadero gigante. También tenía la fuerza de ungigante, y su arma favorita era una maza de hierro con púas que nadie podía levantar.

En aquellos tiempos, se decía, el olor del cuero y la sangre lo envolvía como un perfume.

Ahora era el perfume lo que lo envolvía como un perfume, y tenía una circunferencia tan excepcional como su estatura.

El Rey, el real y no el de las leyendas, lucía una barba negra y tan basta como el alambre, que por lo menos servía para ocultar la papada y los temblorosos mofletes del rey, pero nada podía disimular la barriga enorme ni las bolsas oscuras bajo los ojos.

Pero nadie podía decir nada al respecto, puesto que se trataba de un Rey nada menos.

Su padre, entendiendo ello, dijo unas palabras respetuosas al rey.

El resto del grupo también había desmontado, y los mozos de cuadra acudieron a llevarselos caballos.

La reina consorte de Robert, Cersei Lannister, entró a pie junto con sus hijos mayores. La casa sobre ruedas en que habían viajado, un enorme carruaje de dos pisos hecho de roble y metales dorados, que remolcaban cuarenta caballos de tiro, era tan ancha que no podía pasar por las puertas del castillo. Ned hincó una rodilla en la nieve para besar el anillo de la reina, mientras Robert abrazaba a Catelyn como si fuera una hermana largo tiempo ausente. A continuación presentaron a sus respectivos hijos, con los comentarios típicos por parte de los adultos.

-Este es mi hijo mayor, Jeoffrey -dijo Robert dando una palmada en el hombro del mencionado.

-Veo que ha crecido, su alteza- dijo Ned antes de señalar a su hijo- este es mi heredero, Robb.

Robb hizo una leve inclinación ante el príncipe, diciendo un noble ''un gusto conocerlo, majestad''.

Pero el príncipe se limitó a mirarlo con superioridad y un deje de asco.

Robb sintió como si el cuerpo le temblaba de indignación. Juró que si no hubiera sido porque Jon le puso una mano en el hombro, conteniéndole, hubiese respondido con veneno.

Myrcella y Tommen, los otros dos príncipes, fueron más corteses que el príncipe heredero cuando sus padres los presentaron y aceptaron las gracias de los otros Stark cuando se presentaron uno a uno.

Todo hubiera quedado ahí, y hubieran podido ir a descansar, pero el príncipe heredero necesitaba soltar la boca.

-¿Y tú? -dijo mirando a Jon- ¿acaso no va a presentarse, o es que eres un simple puerco?

Jon le miró con impasibilidad, tranquilamente. No parecía mostrar su ira pero era bastante obvio que quería ensartar al dichoso Jeoffrey con una espada.

En el Norte, los bastardos eran respetados más o menos; aunque no podían ser considerados como hijos legítimos y heredar legítimamente al padre, a menos que fueran reconocidos por los padres, contaban con el hecho de que no eran repudiados.

En el Sur las cosas eran totalmente opuestas. Por eso es que cuando se presentaban la gente del Sur y el Norte, intentaban no discutir del tema.

-Él… -dijo Robb pero su madre lo calló de una mirada.

-Él es Jon, nuestro hijo -dijo su señora Madre, poniendo un brazo en el hombro de Jon.

Jeoffrey intentó añadir algo pero en ese momento el Rey Robert evitó las confrontaciones.

-Llévame a tu cripta, Eddard -dijo el rey- Quiero presentar mis respetos.

Robb observó el rostro de su padre y se dio cuenta como algo cruzaba su rostro.

No hacía falta decir más.

La reina había iniciado una protesta, llevaban viajando desde el amanecer, todos estaban cansados y tenían frío; lo primero era descansar un rato. Que los muertos esperasen. No dijo más.

Robert le había dirigido una mirada, y su hermano gemelo, Jaime, la agarró por un brazo y la apartó de allí en silencio.

-Ese Jeoffrey es un imbécil -dijo Robb a Jon, un rato después cuando se encontraban en la recamara de este.

-No deberías hablar de nuestro príncipe así -dijo el otro, mientras buscaba ropa que ponerse en su armario- aunque sea un culo desagradable.

Robb rió entre dientes.

-Veo que tiene buenos ánimos, Snow- dijo viéndole- y, dígame ¿Qué va a ponerse para el banquete?

Debido a la visita de la familia real, se celebraría un banquete copioso. Estaba de más decir que los Stark, como anfitriones, debían mostrarse impecables esa noche.

-No lo sé. Algo poco llamativo.

-Poco llamativo, -Robb se levantó de la cama, caminando hasta su medio hermano- no me parece digno para la noche. Pensaba que te ibas a lucir bastante para opacarme esta noche.

Rió pero Jon no rió con él.

Parecía serio. Robb dejó la risa atrás para mirarle, confuso.

-No me digas que…

-Sí.

-No puedes, demonios, Snow.

-Claro que puedo, y debo.

-¿Es por ese bastardo del Príncipe? Juro que…

-Robb -le cortó Jon- No lo hago por el príncipe. Lo hago porque debo.

-¿De qué demonios hablas? -increpó.

-Somos hermanos, pero aun así… Tú llevas el apellido Stark y yo no. Queramos o no, no soy un Stark -le miró calmadamente, aunque era obvio que aquellas palabras no le daban alegría alguna.

Robb procesó sus palabras.

-Además -Jon le sonrió- ser bastardo tiene sus cosas buenas… Como el hecho de que podré beber sin que Padre me ande controlando.

El otro abrió grandemente los ojos, sorprendido, antes decir:

-Malditos sean los Otros…


Pentos

Su hermano le mostró el traje largo para que lo examinara.

-Mira qué belleza. Tócalo. Venga, acaricia la tela.

Ella lo tocó. El tejido era tan suave que parecía deslizaba como agua entre los dedos. Nunca había llevado nada tan delicado.

-¿Es para mí?

-Un regalo del magíster Illyrio -asintió Viserys con una sonrisa.

Aquella noche, su hermano estaba de buen humor.

-Este color te resaltará el violeta de los ojos. Y también dispondrás de joyas de oro, muchas. Me lo ha prometido Illyrio. Esta velada debes parecer una princesa.

''Una princesa'', pensó.

Ya se había olvidado de cómo era aquello. Quizá nunca lo había sabido del todo.

-¿Por qué nos ayuda tanto? -preguntó con voz tranquila- ¿Qué quiere de nosotros?

Llevaban casi medio año viviendo en la casa del magíster, comiendo en su mesa y mimados por sus criados. No era tonta, claro que no.

Tenía la edad suficiente para saber que regalos como aquéllos rara vez eran desinteresados allí, en la ciudad libre de Pentos.

-Illyrio no es ningún idiota -dijo Viserys- El magíster sabe que, cuando esté sentado en mi trono, no olvidaré a mis amigos.

Ella no dijo nada.

El magíster Illyrio comerciaba con especias, piedras preciosas, huesodragón y otras mercancías menos delicadas. Según los rumores tenía amigos repartidos por las Nueve Ciudades Libres, y aún más lejos, en Vaes Dothrak y en las legendarias tierras que se extendían más allá del mar de Jade. También se decía que jamás había tenido un amigo al que no hubiera vendido de buena gana por un precio razonable.

Era obvio para ella que Viserys era demasiado ingenuo.

-Illyrio va a enviar a las esclavas para que te bañen -dijo su hermano después de colgar el traje largo junto a la puerta- Quítate bien la peste a establo. Khal Drogo ya tiene mil caballos, esta noche busca una montura distinta -La examinó con gesto crítico- Sigues igual de desgarbada. Enderézate.

Le empujó los hombros hacia atrás con las manos.

-Que se enteren de que ya tienes formas de mujer- Rozó ligeramente los pechos incipientes y le hubiese pellizcado un pezón si ella no le hubiese apartado de un empujón.

Él la miró con odio, pero ella no se inmutó en lo absoluto. Su mirada era bastante dura.

Antes le había tenido miedo, bastante miedo, hasta que un día decidió que era suficiente. Su hermano era un cobarde cruel y violento con los débiles, por lo que se había fijado en hacerle daño durante largo tiempo.

Hasta que ella aprendió a defenderse, y un día él se despertó con una daga en el cuello.

- No me falles esta noche. Si me fallas, lo pagarás caro.

-Deja de hablar y vete. Haré lo que entienda a mi punto de vista.

Las torres cuadradas de ladrillo que conformaban el perfil de Pentos eran siluetas negras contra el cielo del ocaso. Dany alcanzaba a oír los cánticos de los sacerdotes rojos, que estaban encendiendo Las hogueras nocturnas, y los gritos de los chiquillos harapientos que jugaban al otro lado de los muros de la hacienda.

Suspiró.

En algún lugar hacia el poniente, más allá del mar Angosto, se extendía una tierra de colinas verdes, llanuras en flor y anchos ríos caudalosos, donde torres de piedra oscura se alzaban entre imponentes montañas grisáceas y los caballeros con armadura cabalgaban a la batalla bajo los estandartes de sus señores.

Los dothrakis denominaban aquel lugar Raesh Andahli, Tierra de los Ándalos. En las Ciudades Libres se hablaba de los occidentes y de los Reinos del Poniente.

Su hermano utilizaba un nombre más sencillo, la llamaba nuestra tierra. Para él, aquellas palabras eran como una plegaria. Si las repetía con frecuencia suficiente, los dioses acabarían por escucharlas.

''Nuestra por derecho de sangre, sólo la traición nos la arrebató, pero sigue siendo nuestra, será nuestra eternamente. No se le puede robar a un dragón lo que es suyo. No, no. El dragón recuerda. ''

Su hermano era un zopenco, con la locura Targaryen en sus venas, que nunca llegaría a ser Rey. En su opinión, podían haber muchas personas que esperasen en Poniente su llegada pero ninguna iba a seguir a un Rey débil como Viserys.

Cerró los ojos.

Llamaron suavemente a la puerta.

-Adelante- dijo mientras se apartaba de la ventana.

Las criadas de Illyrio entraron, hicieron una reverencia y pusieron manos a la obra. Eran esclavas, un regalo de uno de los muchos amigos dothrakis del magíster puesto que en la ciudad libre de Pentos no existía la esclavitud.

La anciana, menuda y gris como un ratoncillo, nunca abría la boca, pero la jovencita lo compensaba con creces.

Aquella chica de ojos azules y pelo rubio que no paraba de parlotear mientras trabajaba era, a sus dieciséis años, la favorita de Illyrio.

Le llenaron la bañera con agua caliente que habían subido de la cocina, y la perfumaroncon aceites aromáticos. La jovencita la ayudó a quitarse la túnica de algodón basto por encima de la cabeza y a meterse en la bañera.

El agua estaba demasiado caliente, pero ella no hizo ni un gesto, no dijo nada. Le gustaba el calor. La hacía sentir limpia.

''Nuestra casa es la casa del dragón. Llevamos el fuego en la sangre'' ésas eran las palabras de su hermano, y ella concordaba en ese punto (aunque su dichoso hermano no soportaba las temperaturas calientes).

La anciana le lavó la larga cabellera, tan rubia que era casi plateada, y se la desenredó suavemente, siempre en el más completo silencio. La chica le frotaba la espalda y los pies, y le comentaba la suerte que tenía.

-Drogo es tan rico que hasta sus esclavos llevan collares de oro. En su khalasar cabalgan cien mil hombres, su palacio de Vaes Dothrak tiene doscientas habitaciones, todas con puertas de plata maciza.

Y siguió sin cesar, largo rato, acerca de lo guapo que era el khal, alto y valiente, audaz en la batalla, el mejor jinete que jamás había montado a lomos de un caballo, un arquero perfecto... ella no dijo nada.

Cuando estuvo aseada, las esclavas la ayudaron a salir del agua y la secaron con toallas.

La chica le cepilló la cabellera hasta que quedó brillante como plata fundida, mientras la anciana la ungía con el perfume florespecia de las llanuras dothraki: una gota en cada muñeca, detrás de las orejas, en los pezones y la última, todo frescor, entre las piernas. La vistieron con las prendas etéreas que le había enviado el magíster Illyrio y le pusieron el vestido largo, de oscura seda color ciruela para que le resaltara el violeta de los ojos. La joven le calzó las sandalias doradas mientras la anciana le colocaba la diadema en el pelo y le deslizaba brazaletes de oro con incrustaciones de amatistas en las muñecas. Por último le pusieron el collar, un grueso torques dorado con grabados de antiguos jeroglíficos valyrianos.

-Ahora pareces toda una princesa -le dijo la chica asombrada cuando terminaron.

Ella contempló su imagen en el espejo azogado que Illyrio, siempre atento, le había proporcionado.

''Una princesa', pensó. Pero recordó lo que le había dicho la joven, que Khal Drogo era tan rico que hasta sus esclavos llevaban collares de oro. ''Veremos si al final me vuelvo como sus esclavos''.

Su hermano la esperaba en el fresco salón recibidor. Estaba sentado al borde de la piscina y removía el agua con los dedos. Al verla llegar, se levantó y la examinó con ojo crítico.

-Quédate ahí -le dijo- Tienes un aspecto...

-Regio -intervino el magíster Illyrio, que en aquel momento cruzaba el arco de la entrada.

Se movía con una delicadeza sorprendente para ser un hombre tan corpulento. Bajo las prendas sueltas de seda de colores llamativos, pliegues de grasa se le movían al caminar. Llevaba anillos en todos los dedos, y su criado le había aceitado la barba amarilla dividida en dos partes para que brillara como oro de verdad

-Que el Señor de la Luz os llene de bendiciones en este día venturoso, princesa -añadió al tiempo que le tomaba la mano. Hizo una inclinación galante con la cabeza, y los dientes amarillentos y podridos se le asomaron durante un momento entre el oro de la barba- Es una auténtica visión, Alteza, una auténtica visión -ahora se volvió a Visers- Drogo se quedará extasiado.

-Está muy flaca -replicó Viserys. Tenía el pelo rubio plata, como ella, y lo llevaba recogido hacia atrás y sujeto con un prendedor de huesodragón. Le daba un aspecto severo, que le enfatizaba los rasgos duros y huesudos del rostro. Apoyó la mano en el puño de la espada que le había prestado Illyrio- ¿Estás seguro de que a Khal Drogo le gustan las mujeres tan jóvenes?

-Lo que importa es su linaje. Es suficientemente mayor para el khal -le respondió Illyrio

por enésima vez- Y miradla ahora. Ese pelo rubio, esos ojos púrpura... La sangre de la antigua Valyria corre por sus venas, no cabe duda, no cabe duda. Además, es la hija del viejo rey y la hermana del nuevo, Drogo enloquecerá por ella.

Cuando le soltó la mano, ella se dio cuenta de que había podido aguantar el tacto de alguien tan repugnante.

-Tienes razón -dijo su hermano, titubeante- A esos bárbaros les gustan cosas muy ños, caballos, ovejas...

-Será mejor que no se lo digáis a Khal Drogo -señaló Illyrio.

-¿Me tomas por idiota? -La ira relampagueó en los ojos lila de su hermano.

''Todos lo hacemos, querido Viserys'' pensó ella.

-Os tomo por un rey -contestó el magíster con una ligera reverencia- Los reyes no adoptan las mismas precauciones que los hombres vulgares. Perdonadme si os he ofendido.

Se dio a vuelta y dio unas palmadas para llamar a los porteadores.

Las calles de Pentos estaban ya oscuras cuando se pusieron en marcha en el palanquín de Illyrio, decorado con tallas muy elaboradas. Dos criados caminaban delante para iluminarles el camino con recargadas lámparas de aceite de cristal azul claro, mientras una docena de hombres fuertes cargaban las varas sobre sus hombros. Dentro, tras las cortinas, hacía calor e iban demasiado apretados. Ella percibía con claridad el hedor de las carnes pálidas de Illyrio incluso a través de sus perfumes pegajosos.

Su hermano, que iba junto a ella tendido entre almohadones, no se dio cuenta. Su mente estaba muy lejos, al otro lado del mar Angosto, en un trono que no iba a conseguir nunca.

-No nos hará falta todo su khalasar -dijo Viserys, jugueteando con el pomo de la espada prestada, aunque ella sabía que nunca había blandido una por necesidad- Me bastará con diez mil. Sí, con diez mil dothrakis puedo arrasar los Siete Reinos. Y hay otros que tampoco quieren al Usurpador. Tyrell, Redwyne, Darry, Greyjoy... Los de Dorne arden en deseos de vengar la muerte de Elia y de sus hijos. Y el pueblo llano estará con nosotros. Claman por su rey -Miró a Illyrio con ansiedad- ¿No es cierto?

''Patetico''.

-Son vuestro pueblo, y os aman -dijo el magíster Illyrio, afable- A lo largo y ancho de todo el reino, en todos los poblados, los hombres brindan por vos en secreto y las mujeres bordan dragones en los estandartes y los esconden a la espera del día en que volváis cruzando las aguas -Se encogió de hombros- Al menos, eso me dicen mis agentes.

Ella no disponía de agentes ni de manera alguna de saber qué hacía o pensaba el pueblo al otro lado del mar Angosto, pero desconfiaba de las palabras aduladoras de Illyrio. En realidad, desconfiaba de todo lo que viniera de él. En cambio, su hermano asentía con entusiasmo como el estúpido que era.

-Yo mismo me encargaré de dar muerte al Usurpador -prometió el joven, que nunca había matado a nadie-, igual que él mató a mi hermano Rhaegar. Y también acabaré con Lannister, el Matarreyes, por lo que le hizo a mi padre.

-Eso sería de lo más apropiado -dijo el magíster Illyrio.

Ella vio asomarse una sonrisa entre los labios regordetes, pero su hermano no se dio cuenta.

Viserys asintió y apartó una cortina para contemplar la calle.

La mansión de nueve torreones de Khal Drogo se alzaba junto a las aguas de la bahía, con los altos muros de ladrillo cubiertos de hiedra clara. Illyrio les había dicho que fue un regalo de los magísteres de Pentos al khal. Las Ciudades Libres siempre eran así de generosas con los señores de los caballos.

-No es que tengamos miedo de esos bárbaros -les explicó con una sonrisa- El Señor de la Luz defendería los muros de nuestra ciudad contra un millón de dothrakis... o eso nos aseguran los sacerdotes rojos. Pero ¿para qué correr riesgos, cuando la amistad se puede comprar a tan bajo precio?

''Ahí tiene un buen punto''.

El palanquín se detuvo ante la puerta de la finca, y uno de los guardias de la casa apartó bruscamente los cortinajes. Tenía la piel cobriza y los ojos almendrados de los dothrakis, pero iba afeitado y llevaba el casco de bronce con punta de los Inmaculados. Les dirigió una mirada fría. El magíster Illyrio le gruñó algo en el áspero idioma dothraki; el guardia replicó de la misma manera y les hizo una señal para que cruzaran la puerta.

Dany advirtió que su hermano tenía la mano crispada sobre la empuñadura de la espada ajena.

"El cobarde está con ganas de mearse"

-Eunuco insolente -murmuró Viserys mientras el palanquín se alzaba de nuevo y se dirigía hacia la casa.

-Esta noche habrá muchos hombres importantes en el banquete -Las palabras del magíster Illyrio eran pura miel- Son personas que tienen enemigos. El khal está obligado a proteger a sus invitados, sobre todo a vos, Alteza. No cabe duda de que el Usurpador pagaría mucho por vuestra cabeza.

-Sí, claro -asintió Viserys, sombrío, sin darse cuenta de la pseudo burla- Ya lo ha intentado más de una vez, Illyrio. Sus asesinos a sueldo nos siguen adondequiera que vayamos. Soy el último dragón, y no podrá dormir tranquilo mientras yo viva.

El palanquín aminoró la marcha y se detuvo. Alguien apartó los cortinajes, y un esclavo le tendió la mano a Daenerys para ayudarla a salir. Ella se fijó en que el collar que llevaba era de bronce comente. Su hermano la siguió, todavía con la mano sobre la empuñadura de la espada, aferrándola con fuerza. Hizo falta la ayuda de dos hombres fuertes para poner de nuevo en pie al magíster Illyrio.

En el interior de la casa, el olor a especias, a limón dulce y a canela, creaba una atmósfera casi palpable. Los acompañaron hasta un salón recibidor en el que había una vidriera de cristal coloreado que representaba la Condenación de Valyria. A lo largo de las paredes se quemaba aceite en lámparas de hierro negro. Un eunuco situado bajo un arco de piedra con motivos vegetales anunció su llegada.

-Viserys de la Casa Targaryen, el tercero de su nombre -proclamó con voz alta y clara- rey de los ándalos y los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino. Su hermana, Daenerys de la Tormenta, princesa de Rocadragón. Su honorable anfitrión, Illyrio Mopatis, magíster de la Ciudad Libre de Pentos.

Pasaron junto al eunuco para acceder a un patio de muros cubiertos de hiedra clara. La luz de la luna teñía las hojas con tonalidades hueso y plata mientras los invitados paseaban ante ellas.

Muchos eran señores dothrakis de los caballos, hombres corpulentos de piel rojiza, con largos bigotes adornados con anillos de metal y las cabelleras negras bien aceitadas, trenzadas y llenas de campanillas. Pero entre ellos había también matones y mercenarios de Pentos, Myr y Tyrosh; un sacerdote rojo aún más gordo que Illyrio; hombres velludos del Puerto de Ibben; y señores de las Islas del Verano, de piel oscura como el ébano.

Ella no tardó en darse cuenta de que era la única mujer.

-Aquellos tres de allí son jinetes de sangre de Drogo -les susurró Illyrio, inclinándose hacia ellos- El que está junto a la columna es Khal Moro, con su hijo Rhogoro. El hombre de la barba verde es el hermano del arconte de Tyrosh, y el que está detrás de él es Ser Jorah Mormont.

-¿Un caballero? -preguntó Daenerys.

El último nombre le había llamado la atención.

-Ni más ni menos -Illyrio sonrió tras la barba- Ungido con los siete óleos por el mismísimo Septon Supremo.

-¿Qué hace aquí?

-El Usurpador quería ajusticiarlo -les dijo Illyrio- Alguna disputa sin importancia. Creo que vendió unos cazadores furtivos a un esclavista tyroshi en vez de entregarlos a la Guardia de la Noche. Una ley absurda. Cada uno tendría que ser libre para hacer lo que quisiera en sus tierras.

''Parece que hizo algo más que eso'' analizó.

-Quiero hablar con Ser Jorah antes de que acabe la velada -dijo Viserys.

Dany analizó al caballero con interés

. Era un hombre de cierta edad, más de cuarenta años, y tenía una calvicie incipiente, pero parecía fuerte y en forma. Sus ropas no eran de seda y algodón, sino de lana y cuero. Llevaba una túnica color verde oscuro, con el bordado de un oso negro sobre las dos patas traseras.

-Venid, mi querida princesa -susurró Illyrio- Ahí está el khal en persona.

Suspiró suavemente antes de asentir.

Se dio la vuelta con calma y miró al hombre que probablemente sería su marido.

''La joven esclava no andaba desencaminada'', pensó.

Khal Drogo era un palmo más alto que el hombre de mayor estatura de la sala, pero su andar era ligero, tan elegante como el de la pantera del zoológico privado de Illyrio. También era más joven de lo que Daenerys pensaba, puesto que no tendría más de treinta años. Tenía la piel del color del cobre bruñido, y lucía muchos anillos de oro y bronce en el espeso bigote.

—Tengo que ir a presentar mis respetos —digo el magíster—. Esperad aquí, le diré que venga.

-¿Le has visto la trenza, hermanita? -le preguntó Viserys mientras Illyrio se alejaba, agarrándola del brazo pero ella le lanzó una mirada helada que hizo que se apartase.

La trenza de Drogo era negra como la noche, estaba impregnada de aceites aromáticos y adornada con multitud de campanillas que tintineaban suavemente cada vez que se movía. Le colgaba por debajo de la cintura, más abajo incluso de las nalgas, y la punta le rozaba la parte trasera de los muslos.

-¿Ves lo larga que la lleva? -continuó Viserys, un tanto molesto- Cuando un dothraki cae derrotado en combate, le cortan la trenza para que todo el mundo sepa que ha sido avergonzado. Khal Drogo nunca ha perdido una batalla. Es la reencarnación de Aegon Lordragón, y tú vas a ser su reina.

Dany contempló a Khal Drogo. Tenía el rostro severo y cruel, con ojos tan fríos y oscuros como el ónice. En un momento, el hombre inició a caminar hacia ellos

-Sonríe -susurró Viserys, nervioso, con la mano otra vez en la empuñadura de la espada- Y haz el favor de erguirte. Que vea que tienes tetas. Ya andas bastante escasa aunque te pongas derecha.

Daenerys le miró con inexpresividad, ignorándole, y caminó hacia el encuentro de Khal Drogo. De nada valió la mirada asustada de Viserys ni el rostro embardunado de sorpresa de Mopatis, Daenerys caminó hacia él.

El dothraki la miró, evaluándola. Era mucho más pequeña que él, una gata comparada al lado de un león del desierto, pero su mirada estaba fija en los ojos fríos del Khal.

-Disculpe, Khal Drogo, ella es… -intentó decir Illyrio pero ella le interrumpió.

-Así que vos debes ser el hombre que va a tocarme de marido-dijo ella en el dialecto dothraki.

Los ojos del Khal brillaron por primera vez en la vela con interés.

-Y tú debes ser una muchacha insolente- La voz del Khal era áspera, aunque no parecía tan amenazante- deberías tener más respeto ante un Khal. Voy a encargarme de que entiendas tu lugar de las peores maneras si no te rebajas.

-Le invito a esperar un par de días, para nuestra boda. Veremos si realmente sus palabras se hacen realidad o mi daga por la noche.

Khal Drogo sonrió, bastante satisfecho, a la inexpresiva Daenerys.

-Espero que tus palabras no se las lleve el viento- y volviéndose a Illyrio dijo-: En una semana.


Invernalia.

Tal como le había dicho a Robb, ser bastardo tenía más o menos sus privilegios. Aquella noche, mientras se llenaba una vez más la copa de vino de la jarra de un mozo que pasaba junto a él, pensó que ésa era una de ellas.

Volvió a ocupar su lugar en el banco, entre los escuderos jóvenes, y bebió. El sabor dulce y afrutado del vino veraniego le impregnó la boca y dibujó una sonrisa en sus labios.

La sala principal de Invernalia estaba llena de humo y el aire cargado del olor a carne asada y a pan recién hecho.

Los estandartes cubrían los muros de piedra gris. Blanco, oro y escarlata: el huargo de los Stark, el venado coronado de los Baratheon y el león de los Lannister.

Un trovador tocaba el arpa alta al tiempo que recitaba una balada, pero en aquel rincón de la sala apenas se lo escuchaba por encima del crepitar de las llamas, el estrépito de los platos y las copas, y el murmullo de cientos de conversaciones ebrias.

Corría la cuarta hora del festín de bienvenida dispuesto en honor al rey.

Sus hermanos ocupaban sitios asignados con los príncipes, junto al estrado donde Lord y Lady Stark agasajaban a losreyes. Seguramente su padre permitiría a Robb beber una copa de vino dada la importancia de la ocasión, pero sólo una.

En cambio allí abajo, en los bancos, nadie impedía a Jon beber tanto como quisiera para saciar su sed.

Y estaba dándose cuenta de que tenía la sed de un hombre, para regocijo de los jóvenes que lo rodeaban y lo animaban a servirse de nuevo cada vez que vaciaba la copa. Eran buenos muchachos, y Jon disfrutaba de las historias que contaban, anécdotas de peleas, de cama y de caza. Estaba seguro de que sus compañeros eran más divertidos que los hijos del rey.

Para satisfacer su curiosidad le había bastado observar a los visitantes cuando entraron en la sala. El cortejo había pasado a escasa distancia del lugar que se le había asignado en el banco, y Jon había tenido ocasión de examinar a cada uno de ellos.

Su señor padre iba a la cabeza, acompañando a la reina. Era tan bella como comentaban los hombres. Se adornaba la larga cabellera rubia con una diadema engastada con piedras preciosas, cuyas esmeraldas le hacían juego con los ojos verdes. Su padre la ayudó a subir a la tarima y la acompañó a su asiento, pero la reina ni siquiera lo miró.

''Estúpida''

A continuación iba el rey Robert, con su Señora madre del brazo que buscó a Jon con la mirada. Pudo leer su mirada, una mirada que no auguraba muchas cosas buenas, ''más te vale no emborracharte, o voy a encargarme de que no salgas vivo de esta, Jon Snow''.

Sintió como los pelos de su cuerpo se erizaban y apartó la mirada para observar a Baratheon.

Al igual que Robb, el rey fue una gran decepción para Jon.

Su padre le había hablado a menudo de él: el sin par Robert Baratheon, demonio del Tridente, el guerrero más feroz del reino, un gigante entre los príncipes... Jon sólo veía a un hombre gordo y de rostro congestionado bajo la barba, que sudaba en sus ropas de seda. Caminaba como si ya hubiera bebido bastante.

Tras ellos llegaron los jovenes.

El pequeño Rickon iba el primero, con toda la dignidad que era posible en un chiquillo de tres años.

Jon tuvo que apremiarlo para que siguiera avanzando, porque se detuvo ante él para charlar.

Justo detrás iba Robb, vestido con ropas de lana gris con ribetes blancos, los colores de los Stark. Llevaba del brazo a la princesa Myrcella. Era apenas una chiquilla, no llegaba a los siete años, con una cascada de rizos dorados recogidos en una redecilla enjoyada. Jon advirtió las miradas de reojo que lanzaba a Robb mientras avanzaban entre las mesas y las sonrisas tímidas que le dirigía. Robb ni siquiera se daba cuenta, puesto que le estaba echando una que otra mirada a Jon con el ceño fruncido.

Genial, otro que no quería que se emborrachase.

Sus medio hermanas iban con los príncipes.

A Arya le había tocado acompañar a Tommen, un niño regordete que llevaba el pelo rubio, casi blanco, más largo que ella.

Sansa, dos años mayor, iba con el príncipe heredero, Joffrey Baratheon. El muchacho tenía trece años, era más joven que Jon y que Robb, pero para consternación de ambos los superaba a ambos en altura. El príncipe Joffrey tenía el cabello de su hermana y los ojos verde oscuro de su madre. Los espesos rizos dorados le caían sobre la gargantilla de oro y el cuello alto de terciopelo. Sansa, a su lado, parecía radiante de felicidad, pero a Jon no le gustaron los labios fruncidos de Joffrey, ni la mirada aburrida y desdeñosa que dirigió al salón principal de Invernalia.

''Ese hijo de puta…''

Los últimos grandes señores en entrar fueron su tío, Benjen Stark, de la Guardia de la Noche, y el joven pupilo de su padre Theon Greyjoy. Benjen dedicó a Jon una cálida sonrisa al pasar junto a él. Theon le dedicó un asentimiento de cabeza.

Cuando todos se hubieron sentado, tras los brindis y los agradecimientos recíprocos, comenzó el banquete.

Jon había empezado a beber en aquel momento, ignorando las palabras de su madre y hermano, y no había parado.

Algo se le frotó contra la pierna por debajo de la mesa. Jon vio los ojos rojos que se alzaban para mirarlo.

-¿Otra vez tienes hambre? -preguntó.

Todavía quedaba medio pollo a la miel en la mesa. Jon fue a arrancarle un muslo, pero se le ocurrió una idea mejor. Pinchó la pieza entera y la dejó caer al suelo, entre las piernas.

Fantasma lo devoró en un silencio salvaje. A sus hermanos no les habían dejado asistir al banquete con los lobos, pero en aquel rincón de la sala había innumerables chuchos, y nadie había protestado por la presencia de su cachorro. Se dijo que en aquel aspecto también tenía suerte.

Le escocíeron los ojos. Se los frotó con energía, maldiciendo el humo. Bebió otro trago de vino y se dedicó a mirar cómo su huargo devoraba el pollo.

Los perros correteaban entre las mesas tras los pasos de las camareras. Uno de ellos, una perra negra de grandes ojos amarillos, captó el olor del pollo. Se metió bajo el banco para reclamar su parte.

Jon observó el enfrentamiento. La perra lanzó un gruñido bajo y se acercó más. Fantasma alzó la vista en silencio y clavó aquellos ojos rojos en la hembra. La perra lanzó al aire una dentellada desafiante.

Era tres veces más grande que el cachorro de huargo pero Fantasma no se movió. Se irguió junto a su botín, abrió la boca y enseñó los colmillos. La perra se puso en tensión, ladró de nuevo y cambió de idea con respecto a aquella pelea. Se dio media vuelta y se alejó, no sin lanzar otra dentellada al aire por cuestión de orgullo. Fantasma volvió a concentrarse en su comida.

Jon sonrió y acarició el pelaje blanco tupido por debajo de la mesa. El huargo alzó la vista hacia él, le dio un mordisquito cariñoso en la mano y siguió comiendo.

-¿Éste es uno de los huargos de los que tanto se habla? -preguntó una voz conocida, muy cerca de él.

-Sí -dijo Jon sonriendo a su tío Ben, que le había puesto una mano en la cabeza y le revolvía el pelo casi igual que él había hecho con el lobo- Se llama Fantasma.

Uno de los escuderos interrumpió la anécdota procaz que estaba contando para hacer sitio al hermano de su señor en el banco. Benjen Stark se sentó a horcajadas y le quitó la copa a Jon de entre los dedos.

-Vino veraniego -dijo tras beber un sorbo- No hay nada más dulce. ¿Cuántas te has tomado, Jon?

Jon sonrió.

Ben Stark se echó a reír.

-Lo que me temía. En fin, yo era más joven que la primera vez que me emborraché a conciencia. -Cogió de la bandeja más cercana una cebolla asada que rezumaba salsa oscura y le dio un mordisco. Se oyó un crujido cuando le hincó los dientes.

Su tío era un hombre de rasgos afilados, duros como la roca, pero los ojos azul grisáceo siempre parecían sonreír. Iba invariablemente vestido de negro porque pertenecía a la Guardia de la Noche. Aquella velada sus ropas eran de suntuoso terciopelo negro, con botas altas de cuero y un cinturón ancho con hebilla de plata. Llevaba una gruesa cadena de plata en torno al cuello. Mientras se comía la cebolla, Benjen observó a Fantasma con gesto divertido.

-Un lobo muy tranquilo -señaló.

-No se parece a los otros -asintió Jon- Nunca hace ruido. Por eso le he puesto el nombre de Fantasma. Bueno, por eso y porque es blanco. Los otros son todos oscuros, grises o negros.

-Todavía hay huargos más allá del muro. A veces los oímos cuando salimos de expedición- Benjen Stark clavó los ojos en Jon durante un largo momento—. ¿No comes en la misma mesa que tus hermanos?

Jon sintió un golpe en el estómago ante esas palabras.

-Casi siempre -respondió con voz neutra- Pero Lady Lannister ha pensado que esta noche sería un insulto para la familia real sentar a un bastardo entre ellos.

-Ya entiendo -Su tío echó un vistazo por encima del hombro, hacia la mesa de la tarima al otro lado de la sala- Ned y Cat, y hasta Robb, no parecen nada contentos esta noche.

Jon también se había dado cuenta. Un bastardo tiene que aprender a fijarse en todo, a descubrir las verdades que la gente oculta tras los ojos.

Sus padres respetaban todas las normas del protocolo y de la cortesía, pero había en ellos una tensión que Jon les había visto en escasas ocasiones. Hablaban poco, y miraban la sala.

Su madre y hermano parecían buscarlo con la mirada, pero su padre parecía perdido en sus pensamientos.

A dos asientos de su Señor Padre, el rey se había pasado la noche bebiendo. Tenía el rostro regordete congestionado bajo la espesa barba negra. Había hecho muchos brindis, había reído con todas las bromas y había atacado cada plato como si estuviera muerto de hambre; a su lado, la reina parecía gélida como una escultura de hielo.

tura de hielo.

-La reina también está enfadada -dijo Jon- Mi padre ha bajado con el rey a la cripta esta mañana. La reina no quería que fuera.

-Te fijas en todo, ¿eh? -Benjen le miró con una ligera sonrisa- Un hombre como tú nos sería muy útil en el Muro.

-Robb es mejor que yo con la lanza -dijo Jon henchido de orgullo- pero yo soy mejor con la espada, y dice Hullen que cabalgo tan bien como cualquiera del castillo.

-No está nada mal. Llévame contigo cuando vuelvas al Muro —pidió Jon en un impulso repentino—. Mi padre me dejará ir si se lo pides tú, estoy seguro.

-El Muro es un lugar duro para un chico, Jon

-Ya casi soy un hombre -protestó él- Mi próximo día del nombre cumpliré quince años, y dice el maestre Luwin que los bastardos crecemos antes que los otros niños.

-Eso es cierto -dijo Benjen con una mueca. Cogió la copa de Jon, la llenó de la jarra más próxima y bebió un largo trago- Pero, ¿por qué?

¿Por qué servir en la guardia?

Había pensado en aquello mucho tiempo, cuando por las noches yacía en la cama y sus hermanos dormían a su alrededor.

Algún día Robb heredaría Invernalia, y como Guardián del Norte tendría el mando de grandes ejércitos. Bran y Rickon serían los abanderados de Robb y gobernarían territorios en su nombre. Sus hermanas Arya y Sansa se casarían con herederos de otras grandes casas, y se irían hacia al sur para ser las señoras de sus castillos. Pero, ¿qué lugar había para un bastardo?

Jon sabía que su familia lo quería, y él también los quería, bastante, pero… no quería ser una molestia en lo absoluto. No quería estar en el medio, sin poder hacer nada en lo absoluto.

-Nadie sabe, -dijo Benjen- Al fin y al cabo todavía eres joven. Puedes esperar un par de años antes de tomar una decisión definitiva, Jon. Tus hermanos te necesitan.

-¿Me necesitan?

Benjen asintió.

-Tu padre es joven, ciertamente, pero no se sabe cuándo los viejos dioses quieran llevárselo. Robb te necesitará también. Bran y Rickon todavía son jóvenes, y necesitan tu instrucción. Quizá sea cierto que habrán maestres que le enseñarán, pero siempre está bien un hermano que te guíe.

Jon le miró un tanto sorprendido.

-Además, no siempre se necesita ser un acaudalado. Las Casas Baratheon y Stark fueron fundadas en un inicio por bastardos, Jon, no se te olvide.

Quedaron en silencio. Ambos siguieron bebiendo y comiendo, ignorando el estrepito a su alrededor.

-Pero, supongo que eres un hombre- su tío volvió a romper el silencio unos minutos después- y por tanto debo respetar tu opinión. Voy a hablar con Ned sobre eso.

Jon dio otro trago a su jarra.

-No hace falta -dijo- ya decidí.

Benjen le sonrió.

-Me alegro, Jon- Se metió otra cebolla en la boca- ahora, ¿Qué te parece si celebramos bebiendo tu primera y última vez probando vino?

Jon le miró desconcertado antes de, por un extraño presentimiento, voltear a la mesa real y toparse con la mirada de lobo de su señora madre. Tragó en seco. Volteó la mirada a su tío.

-Vamos.

De todas formas, estaba seguro de que sería la última vez que probara el vino en un muy largo tiempo.


Cuatro días después.

Aposentos de Eddard y Catelyn Stark, Invernalia.

-Le diré que no -decidió Ned mientras se volvía hacia ella. La preocupación se reflejaba en sus ojos, tenía una sombra de duda en la voz.

-No puedes -dijo Catelyn mientras se incorporaba en la cama- No puedes y no debes.

-Mi deber está aquí, en el Norte. No quiero ser la Mano de Robert.

-No lo va a entender. Ahora es rey, y los reyes no son como los otros hombres. Si te niegas a hacer lo que te pide querrá saber por qué, y tarde o temprano empezará a pensar que estás en su contra. ¿No comprendes que eso nos pondría en peligro a todos? -ella no quería que su esposo fuese a Desembarco, pero tenía que pensar de manera racional y dar vueltas a las posibilidades.

-Robert jamás me haría daño ni a mí ni a mi familia -Ned sacudió la cabeza rehusando aceptar esa posibilidad- Estamos más unidos que si fuéramos hermanos. Si me niego, rugirá, gritará y maldecirá, y antes de una semana nos estaremos riendo del tema juntos. Lo conozco.

-Conocías a Robert, Cariño -replicó ella- Al rey no lo conoces de nada.

Su marido le observó, sabiendo que ella tenía razón, pero no dijo nada.

-Para un rey el orgullo lo es todo, mi señor. Robert ha venido hasta aquí a verte, para otorgarte lo que él considera un gran honor. Sobretodo que ahora quiere que Jeoffrey y Sansa se unan.

-¿Honor? -Ned rió con amargura.

-A sus ojos, sí.

-¿Y a los tuyos?

Ella guardó silencio por unos segundos, juntando las palabras apropiadas.

-El príncipe Jeoffrey no me acaba de convencer totalmente. Tiene una mirada que me da malos presentimientos, pero todavía es un niño. Solo hay que darle un tiempo lejos de la Reina, y quizás se descongele. Quizá en el futuro luego veas que es una buena decisión. Además faltan años para decidir si el matrimonio se llevará a cabo. En cuanto a ser la mano del Rey… La idea no me alegra nada en lo absoluto, Ned. Pero es necesario.

-¿Necesario? -Ned le miró confuso.

Catelyn asintió.

-Sí, amor. Necesario. Robert te necesita. Hay un nido de víboras en Desembarco, y te necesita. Solo tú puedes ayudarlo y encargarte de que no tengamos a un próximo Aerys Targaryen pronto.

Su marido pareció meditarlo, antes de caminar hacia ella. Ella se levantó de la cama y caminó hacia él.

Sus caderas desnudas fueron rodeadas por los brazos de su Ned, mientras ella colocaba su cabeza en el pecho de su marido. Ned besó su frente.

-¿Eso cree Mi Señora? -susurró él.

Ella lo miró.

-Sí.

-Voy a extrañarte, Mi Señora.

-Yo también, Mi Señor. Pero podría dejarme un regalo.

-¿Regalo?

-Sí -Catelyn le observó, susurrando en voz baja- quizá cuando vuelva, podría sorprenderle con un niño en brazos.

Los labios de ella tocaron los de Eddard, uniéndose lentamente, con deseos, cuando sonó, estrepitoso e inesperado, un golpe en la puerta. Catelyn dio un salto de la impresión y Ned se dio la vuelta con el ceño fruncido.

-¿Qué pasa?

La voz de Desmond les llegó del otro lado.

-Mi señor, está aquí el maestre Luwin. Ruega que lo recibáis, dice que es urgente.

-¿Le has dicho que había dado orden de que no se me molestara?

-Sí, mi señor, pero ha insistido.

-Muy bien. Hazlo pasar.

Ned se acercó al guardarropa y se puso una gruesa túnica.

Catelyn advirtió de pronto que hacía mucho frío. Se sentó en la cama y se volvió a cubrir hasta la barbilla con las pieles.

-Sería mejor que cerraras las ventanas.

Ned asintió con gesto ausente. El maestre Luwin entró en la habitación.

El maestre esperó a que la puerta se cerrara tras él para empezar a hablar.

-Mi señor -dijo a Ned-, perdonad que os moleste mientras descansáis. Me han dejado un mensaje.

-¿Que te han dejado un mensaje? -Ned lo miró, irritado- ¿Quién? ¿Ha llegado un jinete? No me han informado.

-No ha venido ningún jinete, mi señor. Se trata de una caja de madera tallada, la pusieron en la mesa de mi observatorio mientras dormitaba. Los criados dicen que no vieron a nadie, pero sin duda quien la trajo venía en el grupo del rey. No hemos recibido más visitas del sur.

-¿Una caja de madera? -se interesó Catelyn.

-Dentro había una lente nueva para el observatorio, magnífica, por cierto. Parece de Myr. Los fabricantes de lentes de Myr no tienen rival.

-Una lente -gruñó Ned con el ceño fruncido. Aquellas cosas le colmaban la paciencia, y Catelyn lo sabía- ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

-Lo mismo me pregunté yo -dijo el maestre Luwin- Obviamente, aquello no era sólo lo que parecía.

-Una lente es un instrumento para ayudarnos a ver -Catelyn se estremeció pese a las gruesas pieles.

-Cierto, mi señora -Luwin rozó con los dedos el collar de su orden, que llevaba bajo la túnica; era una cadena pesada, muy ajustada al cuello, cada eslabón forjado con un metal diferente.

-¿Y qué querrán que veamos con mayor claridad? -Catelyn volvió a sentir en las entrañas los aguijonazos de la curiosidad

-También eso me lo pregunté -El maestre Luwin se sacó un rollo de papel de la manga—. El verdadero mensaje estaba en un fondo falso que encontré al desmontar la caja de la lente, pero no es para mí.

-Bien, dámelo -Ned tendió la mano.

-Lo siento, mi señor -dijo Luwin sin moverse- El mensaje no es para vos tampoco. Pone que es privado para Lady Catelyn. ¿Puedo?

Catelyn asintió, no se atrevía a hablar. El maestre puso el papel en la mesita junto a la cama. Estaba sellado con una gota de cera azul. Luwin hizo una reverencia y se volvió para retirarse.

-Quédate, Luwin -le ordenó Ned. El tono de su voz era serio.

Cogió la carta con manos vacilantes. Las pieles se deslizaron y dejaron al descubierto su desnudez sin que a ella le importara. La cera azul mostraba el sello de laCasa Arryn, la luna y el halcón.

-Es de Lysa. -Catelyn miró a su esposo- No nos va a gustar lo que diga. Este mensaje está lleno de dolor, Ned. Lo presiento.

-Ábrelo -Ned tenía el ceño fruncido y el rostro cargado de preocupación.

Catelyn rompió el sello. Recorrió las líneas con la mirada. Al principio no les encontró sentido. De pronto se acordó.

-Lysa no ha querido correr ningún riesgo. Cuando éramos niñas, teníamos un lenguaje secreto.

-¿Aún lo entiendes?

-Sí -reconoció ella.

-Entonces dinos qué pone.

-Será mejor que me retire -sugirió el maestre Luwin.

-No -pidió Catelyn, puesto que le tenía demasiada confianza al buen y desinteresado maestre- Vamos a necesitar tu consejo.

Salió de entre las mantas y se bajó de la cama. El aire nocturno envolvía su piel desnuda con la frialdad de una mortaja. Cruzó la habitación.

El maestre Luwin apartó la vista, sonrojado. Incluso Ned parecía algo escandalizado.

-¿Qué haces? –preguntó el lord Stark, ruborizada

-Encender la chimenea —eplicó Catelyn. Se puso una túnica y se arrodillo ante la chimenea fría.

-El maestre Luwin... -empezó Ned con su perorata de la decencia femenina y esas cosas.

-El maestre Luwin me ha atendido en todos y cada uno de mis partos. No es momento para falsos recatos.

Deslizó el papel entre la leña y puso los troncos más gruesos encima. Leyó la carta durante unos segundos antes de mirar a Ned.

-Lysa dice que Jon Arryn fue asesinado.

-¿Quién lo hizo?

-Los Lannister. La Reina.

-Dioses -susurró Ned- ¿Cuál es tu opinión, mi señora?

-Lysa es impulsiva, pero este mensaje se escribió con mucho cuidado y ella lo ocultó para que sólo lo viera yo. Sabía que, si caía en malas manos, supondría su sentencia de muerte. Si decidió correr semejante riesgo es que tiene algo más que simples sospechas -Miró a su esposo- Ahora sí que ya no podemos elegir. Tienes que ser la Mano de Robert. Tienes que ir con él al sur y descubrir la verdad,

Se dio cuenta al momento de que Ned había llegado a la misma conclusión.

-El sur es un nido de víboras, pero si no queda de otra lo haré. Por Robert y por Jon.

-La Mano del Rey tiene mucho poder, mi señor -Luwin se tiró del collar en el punto donde le estaba rozando la delicada piel del cuello- Poder para descubrir la verdad acerca de la muerte de Lord Arryn, y para llevar a los asesinos ante la justicia del rey. Poder para proteger a Lady Arryn y a su hijo si todo esto es cierto.

-Aun así… tengo miedo -admitió Ned- Mi padre fue al sur una vez para responder a la llamada de un rey. Jamás volvió a casa.

-Era otra época -dijo el maestre Luwin- Era otro rey.

-Sí -aceptó Ned,-Catelyn -ella lo miró- Tendrás que gobernar el norte en mi lugar mientras yo le hago los recados a Robert. Siempre tiene que haber un Stark en Invernalia. Robb ha cumplido ya catorce años, pronto será un hombre adulto. Tiene que aprender a gobernar, y yo no estaré aquí para enseñarle. Que tome parte en los consejos cuando los celebres. Debe estar preparado cuando llegue su momento.

-Quieran los dioses que sea dentro de muchos años -murmuró el maestre Luwin.

Confío en ti como si fueras de mi propia sangre, maestre Luwin. Quiero que aconsejes a mi esposa en todo, en lo importante y en lo trivial. Enseña a mis hijos lo que necesitan saber. Se acerca el invierno.

El maestre Luwin asintió con gesto grave.

Se hizo el silencio, hasta que Catelyn reunió valor suficiente para plantear la pregunta cuya respuesta más temía.

-¿Y los demás niños?

Ned se levantó, la abrazó y le alzó la barbilla para mirarla a los ojos.

-Rickon es muy pequeño .dijo con voz dulce- Se quedará con Robb y contigo. Los demás vendrán conmigo.

-No lo soportaré -entendía que su esposo se fuese, pero sus ¿hijos? No podía dejarlos en aquel nido de víboras que era el Sur. Los Stark eran del Norte.

-Tendrás que soportarlo, Amor. Sansa tiene que casarse con Joeffrey, o por lo menos deben creer eso, ahora está claro, no podemos darles el menor motivo para que duden de nuestra devoción. Y ya va siendo hora de que Arya aprenda las costumbres de una corte sureña. Dentro de pocos años ella también estará en edad de casarse.

Sansa brillaría con luz propia en la corte, se dijo Catelyn para sus adentros, y bien sabían los dioses que a Arya le hacía falta refinarse un poco. De mala gana, las dejó partir en su corazón. Pero a Bran, no. A Bran, imposible.

Bran era tan dulce. Tan inocente…

-Sí –dijo- Pero por favor, Ned, por el amor que me profesas, deja que Bran se quede aquí, en Invernalia. No tiene más que siete años.

-Yo tenía ocho cuando mi padre me envió como pupilo al Nido de Águilas -respondió Ned- Ser Rodrik me ha contado que Robb y el príncipe Joffrey no simpatizan. Eso no es bueno. Bran puede tender un puente entre ellos. Es un niño dulce, con la risa fácil, se hace querer. Que crezca con los pequeños príncipes, que se haga amigo de ellos igual que Robert y yo nos hicimos amigos. Así muestra Casa estará a salvo.

Tenía razón. Catelyn lo sabía. Pero eso no lo hacía menos doloroso. Los iba a perder a los cuatro, a Ned, a las dos niñas y a su querido Bran. Sólo le quedarían Robb y el pequeño Rickon. Ya sentía el peso de la soledad. Invernalia era un lugar tan, tan vasto...

-Pero que no se acerque a los muros -dijo con valor- Ya sabes cuánto le gusta trepar a Bran.

-Gracias, mi señora -susurró Ned, secándole a besos las lágrimas de los ojos antes de que se derramaran- Es muy duro, lo sé.

-¿Qué pasa con Jon Nieve, mi señor? -preguntó el maestre Luwin.

-Se queda aquí -Catelyn miró a su marido con cara de ''no quieras discutir contra mí''- Robb lo necesitará.

Su relación con Jon no había sido nada fácil en un principio.

Muchos hombres tenían bastardos. Catelyn lo había sabido toda su vida. No le sorprendió descubrir que, en el primer año de su matrimonio, Ned había tenido un hijo con alguna chica a la que conoció estando en campaña. Al fin y al cabo tenía necesidades de hombre, y aquel año lo habían pasado separados, Ned guerreaba en el sur mientras ella permanecía a salvo en el castillo de su familia en Aguasdulces. Al fin y al cabo ella pensaba más en Robb, el bebé que mamaba de su pecho, que en aquel marido al que apenas conocía.

Pero cuando trajo al pequeño Jon, su hijo bastardo, y decidió criarlo, Catelyn se sintió enojada con él. Lo trató de forma distante durante los primeros años de vida, odiándolo.

En su mente, influenciada por las creencias sureñas en ese entonces, los bastardos eran aves de mal agüero y por tanto despreciaba al pequeño Jon. Hasta que un día, él corrió a sus brazos gritando '' ¡Mamá!''.

Aquello la había cogido bastante por sorpresa, pero antes de darse cuenta, había alzado al niño entre sus brazos e inició a llorar dándose cuenta de lo estúpida que fue con un niño cuyo único pecado fue nacer ilegitimo.

Desde ese día, ella había cambiado su manera de actuar hasta que poco a poco Catelyn Tully murió y Catelyn Stark tomó forma y Jon pasó a ser otro de los cachorros Stark. El segundo hijo mayor de Eddard y Catelyn.

-Por cierto, vuestro hermano Benjen vino a verme hace unos días, quería hablarme de Jon. Por lo visto el muchacho aspiraba a vestir el negro.

-¿Quiere unirse a la Guardia de la Noche? -Ned estaba sorprendido.

Catelyn fulminó con la mirada a Luwin.

-Servir en el Muro es un gran honor, mis señores -dijo el maestre Luwin.

-Y hasta un bastardo puede llegar muy alto en la Guardia de la Noche -reflexionó Ned- Jon es demasiado joven. Si un hombre maduro quiere prestar el juramento es una cosa, pero un niño de catorce años...

-Ni hablar, Jon se queda aquí- dijo Catelyn y Ned le sonrió- Jon se queda en su hogar. Puede que no haya salido de mis entrañas, pero lo he criado como uno y él…

-Heredará el foso Cailin -completó Eddard.

Durante esos quince años que Lord Eddard Stark tenía dominio sobre el Norte, se había mandado a construir asentamientos por todo el Norte y reconstruir fortalezas derruidas tales como el Foso Cailin. El Foso Cailin terminaría de ser construido en un par de años, en uno o dos, y para cuando eso fuera así, Jon Snow sería nombrado como el señor de dichas tierras.

Quizá las leyes prohibían declararlo un Stark (al fin y al cabo habían tres varones vivo con el apellido) pero no prohibirían volverlo un Señor de unas tierras, sobre todo teniendo en cuenta de que los Baratheon eran descendientes de Orys Baratheon, hermano bastardo de Aegon El Dragón Targaryen.

El maestre asintió.

-Me alegro bastante por Jon. De todas formas, Benjen lo convenció de que esperase un par de años. Ahora, disculpadme, pero debo irme- hizo una reverencia antes de retirarse- Mis huesos ya no son como antes, que pasen buenas noches.

Ambos se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro, luego de que Luwin se fuera. Todavía seguían conmocionados.

La carta, la muerte de Arryn, la separación.

¡Aveda Kedavra!

Antes de darse cuenta, estaba temblando.

Ned la abrazó.

-Tengo miedo, -confesó ella.

Tenía miedo de perderlo, de ya no volverlo a ver nunca más, de que aquella maraña de intrigas políticas lo atrapara a él y a sus hijos.

Ned la observó. Sus ojos ocultaban la preocupación para consolarla.

-No es fácil, mi señora, lo sé- dijo- pero debo hacerlo.

-Prometeme que volverás, Ned -ella lo miró- prométemelo.

El hombre le sonrió suavemente.

-Lo prometo, mi señora.

Catelyn sonrió con él, pero el frío todavía seguía pegado en sus bajos muslos.


Y he aquí el segundo capítulo de esta historia que está comenzado de viento en popa. Veintiocho páginas, un éxito para mí si se preguntan.

Quiero agradecer las personas que siguen esta historia y también a las que han comentado, en especial a Guest (anónimo) y W.M King. También me di cuenta de que alguien, Guest01, comentó que la historia le parecía igual a muchas otras, y debo decir que lo puede parecer en un principio pero no tengo ningún interés en seguir el mismo rumbo de muchos otros. Idea parecida, quizá, pero trama, no señor (o por lo menos vamos a intentarlo uwu). Respondiendo a Guest, sí, pienso ponerle a Harry/Robb una pareja pero debe ser alguien poderoso y que pueda mantener el control del Norte junto a su marido y contribuir al aumento de las filas norteñas; sería como un acuerdo matrimonial o algo así.

En cuanto a la historia, espero sus opiniones sobre cómo se van desarrollando las cosas. ¿Qué les parecen los 'sutiles' cambios que he hecho en algunos personajes?

Siempre me pareció que Catelyn era muy buena persona persuadiendo y sabía de cierta manera de gobernar además de ser una madre amante y esposa preocupada, pero también me pareció que era un personaje lleno de prejuicios, bastante ingenuo y que nunca se adaptó bien al Norte. Era como si vivía en el Norte pero siempre su alma giraba en torno al sur. Sin contar de su odio injustificado hacia Jon.

Así que pensé en la idea de una Catelyn con la sabiduría y el inmenso cariño maternal de Lily Potter, así como la astucia, y con un gran nivel de adaptación al punto de considerarse una norteña ahora. Así mismo, ha impulsado a su marido a crear más fortalezas y asentamientos en el Norte, así como yacimientos de las montañas, para convertir al Norte en un lugar mucho más poderoso y preparado que el de nuestro buen Martin.

En cuanto a Jon, al principio decidí que se incluyera en la Guardia de la Noche pero luego cambié de opinión debido a que tengo otros planes para él. Y como ya se vió, será el futuro Señor de Foso Cailin, aunque es lo que se cree… el futuro ya dirá.

Y en cuanto a Daenerys, le di un cambio radical en su forma de ser. De asustadiza y cobarde en sus inicios, la volví una poderosa guerrera que está totalmente decidida a tomar el control de medio mundo y en el futuro será una gran rival para Robb.

Y, por último, en cuanto a Robb, hasta ahora no ha tenido tanto protagonismo aunque ya en los siguientes capítulos tendrá más protagonismo. A pesar de que el fic trata sobre Robb, también voy a tratar el punto de vista de otros personajes (Daenerys, Arya, Catelyn, Jon y uno que otro) para que se vea como impactan las cosas en un futuro entre todos los bandos.