Seira salía de la ducha. Solo con una toalla cubriendo su cuerpo y la piel húmeda, le pareció escuchar un ruido en los arbustos de su casa, junto a la ventana de la cocina. Justo arriba de la cocina era donde estaba el cuarto de baño, por eso pudo oírlo por la diminuta ventana del sanitario. Era extraño, ya que vivía en una calle muy tranquila, y no era habitual que las personas se metiesen a su jardín. Su tía no estaba, ya que trabajaba en un negocio familiar como cocinera. La joven novicia tenía el día libre. Aquel sábado era como cualquier otro, solo el conocido zumbido de las cigarras a la distancia en un día seminublado.
Otra vez aquel sonido, cuando bajó a la cocina para prepararse el desayuno. No le dió importancia, puesto que podría tratarse de un perro o gato callejero buscando comida. Su barrio era famoso por tener un bajo índice de asaltos y delincuencia en general. Justo cuando terminaba de preparar los hot cakes, el ruido fue más fuerte. Algo o alguien estaba removiendo entre las ramas del viejo arbusto de ornato. Se asomó por fin a la ventana, y sólo se encontró con la planta, tan inerte y pacífica como siempte. Pero esta vez, le pareció oir un ligero click a pocos metros de ella. Cerró las cortinas de la ventana y continuó con su rutina habitual, sin darle más trascendencia al curioso acontecimiento con el arbusto.
El convento ya la esperaba, aquel día sería importante ya que las monjas superioras les darían una charla a las novicias, un sermón de rutina para que comprendieran lo que significaba ser una sirviente de Dios y su papel en la sociedad. Tras una predecible charla por parte de la madre superiora y las sores adjuntas, Seira regresó a hacer lo que hacía todos los días al convento, a colaborar para las misiones de caridad, a hacer la limpieza del atrio de la iglesia y ser ayudante en la recolección del diezmo. Habría varias misas aquel día. La novicia realizó sus actividades habituales de hermana en entrenamiento sin ninguna alteración, hasta que llegó el mediodía. La primera homilía del día llegó y con ella un grupo moderado de personas que iban a recibir la bendición del sacerdote. Aquel día era seira quien era la encargada de recolectar las limosnas, y recibió con una sonrisa a la familia Haneoka que, como cada domingo venía a la misa de mediodía. La gente salió por fin de la ceremonia, listos para retomar sus actividades de un día de descanso. Justo cuando la novicia se despedía de su amiga Meimi Haneoka, un joven pálido con expresión indefinida llegó dando tropezones hacia Seira.
-En que te puedo ayudar?- sonrió alegremente la monja. El muchacho no respondió. La escrutó con sus enormes ojos saltones de color azul pálido,más claros que los de Meimi.-
-Nada, hermana...Es solo que la he visto por aquí y-y...-el chico se puso nervioso de pronto y clavo los ojos en el suelo...- me preguntaba si usted recibe las confesiones...- mumuró el joven. Se veía algo mayor que Seira y Meimi. Quizás era uno de los chicos de tercer grado. -Yo también soy alumno de esta escuela, pero nunca he tenido el valor de...- su expresión vacía y neutra se hizo más evidente mientras evitaba mirar a los ojos a la muchacha. La chica sintió compasión por aquel joven.
-Ah, por supuesto!- respondió entusiasmada la novicia.- Ven a verme por las tardes, de cinco a seis estoy libre. Que Dios te bendiga...-
-Sí, si gracias, gracias...- el joven se alejó con un paso torpe. Su voz monocorde y sus gestos no se parecían mucho a los de otros chicos de su edad, pensaba Seira mientras el muchacho era escoltado pors sus padres hasta el auto familiar. Un hombre de edad mediana y lentes de gruesa montura negra llegaba hacia Seira. La miró brevemente y le preguntó con una gran sonrisa. Tenía el pelo canoso despeinado y una expresión de ligera melancolía.
-Estoy buscando a la hermana encargada de las confesiones entre semana...- Seira no notó nada anormal en el sujeto.
-¡Por supuesto, soy yo!- El hombre sonrió levemente con su mandíbula baja ligeramente salida. - Ah! De acuerdo, le buscare si le necesito, hermana. Hasta luego!- El sujeto se alejó de inmediato, casi con una agilidad inusitada para un hombre de su edad y peso. La novicia no había notado que un hombre de bigote había escuchado la conversación y ya había llegado junto a ella, causándole un sobre salto. Las carcajadas amistosas del hombre espantaron a Seira, quiens e dió la vuelta aprensiva.
-Perdóneme hermana! Es que...necesito confesarme urgentemente. El semblante del hombre cambió. Se puso tembloroso y a mover un pie incontrolablemente.
-Lo siento mucho, pero tendrá que esperar a mañana...- contestó la monja apenada de verdad por los nervios del individuo.- Por favor!- gritó el hombre llamando la atención de unos cuantos rezagados que salían de la iglesia, casi vacía.
-Discúlpeme, pero aunque estemos en domingo, tengo obligaciones y una familia con la que convivir...- chilló la monja empezando a impacientarse. Lo siento mucho. Dios te bendiga. Confía en Él. Él nunca te abandonará. - El tipo de mediana edad, traje fino y aspecto respetable se dió la vuelta como un remolino, bufando de ira. Seira se alejó lo más pronto que pudo, sin ganas de discutir más. Le afligía de verdad no haber podido ayudar al hombre. Regresó con las hermanas a las cocinas para continuar laborando con ellas en la preparación de alimentos para enviar al refugio de personas sin hogar de la ciudad. La monja no dejó de reflexionar en el resto del día sobre la labor que hacía como oyente de confesión y consejera para aquellos que se alejaban de los caminos del Señor.
En su confesionario había conocido a toda clase de personas que habían dado fe de todo tipo de situaciones, desde chicos que tenían con problemas con sus padres, esposos y esposas infieles, hasta personas que habían escapado de adicciones y de situaciones que amenazaban sus vidas. Pero lo que a ella le resultaba más importante, era saber que ocurría con aquellas personas que habían tenido un predicamento en el que algún objeto material, de valor simbólico o real, les había sido arrebatado injustamente. Es allí donde ella y Meimi, unían sus talentos para descubrir la verdad...
