El sonido ululante del teléfono timbrando sin respuesta sonaba en sus oídos. Sabía que se había equivocado y que requería de la valiosa ayuda y pericia de su compañero durante todos estos años, después de que la mayoría de los detectives que trabajaban para el habían renunciado o habían sido despedidos debido a la falta de clientes.

-Detective privado Yuki Nigata , en este momento no puedo atenderlo, déje su mensaje y con gusto responderé a la brevedad...- la grabación le respondió al corpulento Hayashi.

-Ah...Yuki, quiero pedirte...ya sabes...una disculpa...- las palabras se enredaban en la lengua del hombre.- Necesito que regreses a trabajar conmigo en cuanto puedas. Voy a doblarte el sueldo. Me exalté demasiado en la discusión de ayer... Espero que respondas...-farfulló y colgó de inmediato.

Hayashi le dió una calada enorme a su cigarro y expulsó de las negras fosas nasales una gran cantidad de humo. Suspiró dentro de lo que su sistema respiratorio dañado por el tabaco se lo permitió. La noche anterior no había dormido, examinando todos los periódicos que pudo localizar, indagando todo lo que podía e interrogando a ciertos personajes del bajo mundo de Seika, sobre lo que pudiesen saber de la ladrona Saint Tail. No había hecho nada ilegal, se preciaba de, a diferencia de otros detectives privados de la ciudad de ser mucho más limpio en sus métodos.

Pero su reputación estaba dañada más bien, debido al trato desagradable y violento que tenía con los detectives a su cargo. Gozaba de ofenderlos, humillarlos y burlarse de ellos. Nunca aceptaba cuando se equivocaba, aún cuando sus subordinados se lo hiciesen ver con pruebas y testigos. Pero Yuki, era su detective más fiel, el que siempre estaba para apoyarlo aún en la mayor sequía laboral y en las peores condiciones. Se había dado cuenta de que por primera vez en su vida, estaba solo. Siempre lo había tenido todo, a nivel económico, afectivo y social, como un chico de buena familia en Seika, hijo único y adorado por sus padres y abuelos. El atleta más popular en el equipo de futbol americano y un joven sumamente apuesto y musculoso durante los años del bachillerato, querido por las chicas y admirado por los chicos, nunca había tenido grandes obstáculos hasta ahora, a los cincuenta años, divorciado, sin hijos debido a la esterilidad de su ex mujer, y con sus padres muertos, solo le quedaba el que posiblemente era su mejor y único amigo en el mundo, el flacucho y nervioso detective Nigata. Acabadas sus reflexiones, salió de despecho para irse a tomar alguna copa a un bar, el que era frecuentado por los miembros del departamento de policía de Seika. No era un gran bebedor, pero la melancolía y soledad que lo llenaban lo orillaron a buscar algún tipo de compañía, aun si fueran los oficiales ebrios de la policía de Seika. Se puso su gabardina y marchó a través de la luz anaranjada de las farolas nocturnas.

Caminando hacia la escuela, aquella mañana a Seira le pareció ver al hombre de bigote que le había exigido confesión días atrás. Lo vió inmiscuido en su rutina de ejercicio matinal, marchando a paso rápido enfrente de la capilla. Llevaba lentes oscuros y había volteado a ver hacia la capilla mientras pasaba trotando. La novicia sintió una ligera punzada de ansiedad, pero no le dió mucha mayor importancia. Al llegar a la escuela, todo transcurrió sin el mayor sobresalto hasta la hora del receso.

Meimi había faltado aquel ía a la escuela, según habían informado las profesoras, debido a que se había enfermado de fiebre. Seira tenía buena relación con Kyoko y Ryoko, las ruidosas, dicharacheras y cotillas amigas de Meimi, aunque no estaba acostumbrada a tenerlas como amigas principales, ya que se sentía incómoda con lo parlanchinas y extrovertidas que eran ambas. Tras charlar unos minutos con ella, decidió dar un apseo por los jardines de la escuela, donde los chicos en las mesas descansaban, estudiaban o comían sus almuerzos. Tras ver a varios chicos de primer grado jugando molestándose entre si y riendo, algo captó su atención en una de las bancas más alejadas.

Se encontró con el chico que había visto el día anterior. Tenía los ojos azules profundamente clavados en una libreta de hojas blancas mientras garabateaba, completamente ajeno al mundo que lo rodeaba. Como si solo existiesen el y su preciada libreta. Seira se acercó lentamente, intuyendo que no debía interrumpir al joven de su concentración. Notó que estaba hablando para sí mismo de manera ininteligible para Seira mientras dibujaba. De pronto, soltó una carcajada inesperada, sin dejar de mirar sus garabatos en el papel. Al moverse, se dió cuenta de que Seira lo miraba, y dio un salto horrorizado, poniéndose pálido y apretando el cuaderno contra su pecho.

-Lo siento mucho...!- chilló la novicia...-Siento mucho haberte interrumpido...Ya me voy...-

-No pasa nada. Disculpa, ¿quién eres?- habló el muchacho. A pesar de sus palabras, seguía alerta, como si alguien lo estuviese espiando. No miraba a los ojos de Seira. Parecía que su mirada iba a un punto por encima de los hombros de la chica.

-¿No me recuerdas?- se extrañó la muchacha- Soy la novicia, me pediste confesión el domingo. Te he esperado por varios días y no te he visto en la capilla.- El joven se ruborizó y su gesto se hizo aún más extraño. Se le notaba bastante tenso, por alguna razón que Seira desconocía. Un sielncio incómodo siguió. La chica, sin embargo, no se sentía tan cohibida como el joven.

-¿Cómo te llamas?- inquirió la novicia poniendo su gesto más amable y tranquilizador.- No tengas miedo de mí. No quiero hacerte nada malo...-

-Taro...Taro Hageyama...- respondió el joven artista. Su tensión parecía haber bajado un poco.-

-¿Puedo sentarme aquí?- El joven asintió.- Se le notaba que tenía muy poca experiencia para tratar con chicas. Regresó a su asiento, sin embargo, sus torpes refeljos hicieron que tropezara y se le escaparan los dibujos que sostenía en ls brazos. Seira ayudó a levantar los papeles al joven que apenas y pronunció palabra o la miró mientras ponían de velta en la mesa los materiales. Un dibujo captó la atención de la chica de inmediato. Era una catedral barroca dibujada con un detalle impresionante, con una geometría casi perfecta y una perspectiva casi fotográfica. La novia se quedó muda de la impresión mientras examinaba el dibujo.