De pronto, el muchacho se lo arrebató bruscamente.

-Ah...perdona, yo no quise...- gorjeó la monja apenada...-Pero...es bellísima...- El chico miró por primera vez a Seira con sus ojos azules grandes y cristalinos. La chica no supo describir lo que sintió, pero un calor invadió su cara y su pecho al observar de frente por primera vez el rostro del joven. Este no parecía haber notado el rubor en las mejillas de la novicia ni su expresión avergonzada de golpe.

-¿De verdad te parece bella?- contestó Taro con su voz plana y carente de entonación.- El que hizo mal, soy yo...no estoy acostumbrado a que las personas...vean lo que hago...- concluyó.

-Pero es muy lindo!- suplicó la chica de pelo castaño.- Digo, me parece que alguien debería apreciar tu talento... No deberías dejarlo sólo para tí...- Taro no hizo nada mas que quedarse hecho piedra en su lugar. Él también se estaba sonrojando. Seira se avergonzó aún más y decidió cambiar el tema. El chico había fijado su mirada en las delicadas y femeninas manos de la novicia, posadas sobre sus piernas, que también llamaron la atención del muchacho.

-Bueno...- Que es lo que querías decirme? - Haciendo un esfuerzo por ocultar su bochorno, sonrió lo mejor que pudo. - Haré una excepción esta vez. Puedes confesarte ahora mismo que nadie nos está oyendo.-

-No puedo hacerlo ahora.- farfulló Taro guardando su cuaderno de dibujo y sus lápices. -Ya...iré después a la capilla...- Y sin avisar, se levantó de su asiento y se marchó. Seira no comprendía lo que sucedía. El joven no parecía ser mala persona, pero le perturbaba su trato social extraño.

La salida de la escuela llegó unas dos horas más tarde, con el barullo que conllevaba que el grupo enorme de chicos adolescentes salía por el portón. Seira buscó con la mirada a Taro de entre la multitud de muchachos y muchachas que caminaba por la explanada frontal de la escuela. No lo vió pero si le pareció ver, sentado en una banca, mirando en dirección a la puerta de la escuela, al hombre canoso con prognatismo que la había abordado el domingo. Sin prestarle mayor atención, se dirigió diligentemente de regreso a casa.

-¡Esta lista la comida!- anunció alegremente la robusta tía de Seira, Nodoka cuando la chica cruzó la puerta un olor delicioso llegó hasta su nariz. -¿Cómo le fue a mi sobrina hermosa?- la rotunda mujer abrazó con gran cariño a su sobrina, que le devolvió el gesto...-Bien...-susurró la chica. Nodoka se dió cuenta de que algo no andaba bien con su sobrina. Intuyó que quizás no era el momento para indagar más. Se sentaron a comer en silencio.

-Hice tu postre preferido, dulce de leche... En el restaurante les gusta mucho. Es una fortuna que no quede lejos de aquí, con tanta comida que tenemos que preparar no me daría tiempo de venir a verte.- habló benévolamente la señora Mimori.- Seira forzó un gesto amable. La mujer la miró con compasión y acarició su blanca mano que estaba posada sobre la mesa.

-Pequeña, algo te pasa y no me quieres contar que és...- los ojos de Nodoka brillaron amorosamente.¿Son cosas de chicas, ya sabes? ¿Te ha dado una infección?- La monja negó con la cabeza, sintiéndose cohibida.- O te gusta un muchacho...? - sonrió con complicidad Nodoka mientras Seira se ponía colorada de golpe. - No te sientas mál, mi niña hermosa.- dijo estrechando la mano de su sobrina.- Siempre he pensado que es una locura esto...esto a lo que tu obligó tu abuela...- su rostro se volvió sombrío de golpe. No te imagino en un convento. No lo creo conveniente para tí.- La novicia le devolvió una triste mirada de resignación a su tía, que le hizo una dulce caricia en el rostro. - Me parece que...te están quitando tu juventud.- concluyó la mujer con un gesto grave.

-Pero así lo quiso la abuela Hayako... después de que murió mamá. No quiso que cometiera el mismo error que ella...- la chica se encogió en su lugar, sin poder mirar a su tía al rostro. La mujer se puso muy seria de golpe. No sólo era la voluntad de su abuela lo que hacía continuar con su entrenamiento religioso, sino también el secreto que compartía con su mejor amiga.

-¿Estás diciendo otra vez que eres un error, Seira?- espetó- No quiero volver a oír que digas eso. Que tu padre haya sido un irresponsable para encargarse de tí y haya dejado a tu madre, no es tu culpa. Ahora que su hijo esta muerto y tu madre no puede atenderte, le es fácil negar sus errores.- gruñó la mujer. -Para tu abuela es fácil deslindarse de su hija. Aunque ella no haya podido sostener sus votos de mona, es su responsabilidad. Tu no tienes nada que ver con ello. Me molesta que tu abuela siga haciendo de la vista gorda y pensando que tu madre fue internada por gusto propio...-Ella paga parte de tu educación, pero eso no le da derecho a decidir tu destino...- Seira tenía una expresión de tristeza profunda, mientras se mordía los labios. -

-Yo no te dejaré sola, querida.- Nodoka abrazó a su sobrina entre sus anchos y blancos brazos.- Y ya veré si puedo evitar que sigas perdiendo tu tiempo en ese convento.-

Seira suspiró. Su madre había caído presa de esquizofrenia mientras se entrenaba para ser una monja años antes de que ella naciese, y había abandonado la religión para irse con su padre, a quien la chica no conocía. Según su tía, su padre era un empresario que había caído en el alcohol y se había deslindado de su hija para evitar perder su reputación y posición social. Tras empezar una fallida rehabilitación, recayó y sufrió un accidente automovilístico donde perdió la vida. Por su parte, la madre de Seira había empeorado en su enfermedad mental, debido a las adicicones que compartió con su marido, al grado que perdió la noción de sí misma y del mundo que la rodeaba. Nodoka había adoptado a Seira y la había criado como su hija con su apellido. La novicia sólo había visto a su madre un par de veces en la vida, y no había sido reconocida por ella. Su enfermedad, según los doctores, ya había avanzado a un punto irreversible que solo quedaba el tenerla internada y aislada del mundo, con una fuerte medicación y el cuidado de profesionales de la salud las veinticuatro horas del día. El corazón lastimado de Seira se dividía y se inundaba de confusión, de modo que quizás, su misión para ayudar a la gente con aydua de Saint Tail, era sólo una forma de buscar lo positivo dentro de un destino inevitable que alguien más decidió...