JAIME

Despertó con las primeras luces del alba, bien descansando y con gran apetito. Después de muchas noches durmiendo en el suelo, su espalda agradecía descansar sobre un lecho de plumas. Desayunó pan, huevos fritos y un pedazo de pastel de manzana. Se quedó un rato relajado, saboreando los momentos previos al combate. Echaba de menos esta sensación...- Se dijo. Ganar o morir...- El Lannister se pusó en pie y comenzó a vestirse con calma, como tantas veces había hecho. Primero los pantalones acolchados, después el jubón, blanco como la nieve. Sobre este, la cota de malla, y finalmente, la coraza de Lord Comandante de la Guardia Real. Podría haberse puesto la armadura dorada de la casa Lannister, pero no quería tener ese gesto con su padre. Se colocó los guanteletes y las perneras y finalmente las botas.

Cogió el cinturón y se lo ajustó a la cintura, con la espada de acero valyrio a un lado y la daga en el otro. Desenvainó el arma. El acero brilló al reflejar la luz, arrancando destellos oscuros y rojizos. Una espada así necesita un nombre- Pensó. Alzó la espada para ponerla frente a sus ojos. El rostro de Daenerys apareció fugazmente por sus ojos. Si... Dragonblood (Sangre de dragón).

Con la espada recién bautizada bajó los cuatro pisos de la Torre de la Mano. Antes de salir al patio se encontró a la última persona con la que se quería encontrar en ese momento.

Cersei...- Jaime se detuvo en seco al ver a su hermana.

¿Por qué...?- Su hermana tenía el rostro lleno de lágrimas- El mató a tu hijo-

Él no lo hizo- Jaime se acercó a ella- Cersei... Sé como te sientes, pero confía en mi-

¿Qué... Qué te han hecho?- Cersei no podía dejar de llorar- Antes defendías a tu familia... A tus hijos... A mi-

Y lo seguiré haciendo- Levantó la barbilla de su hermana para que le mirase a los ojos- Llevas mucho tiempo sola, pero ya no estás sola, estoy contigo-

Cersei le miró con esos ojos verdes que antaño tanto le hacían sentir. Después se arrojó a sus brazos.

Jaime yo... No quiero que te maten- Abrazó al caballero con todas sus fuerzas- Él es grande y...-

No me matará- Jaime la abrazó también- Confía en mi-

Y una vez más noto como su hermana temblaba en sus brazos. Por fuera era todo arrogancia y prepotencia, pero eso solo era una capa... Igual que la suya. Jaime se separó lentamente, con delicadeza, como si Cersei fuese un objeto frágil que se pudiese romper.

Nos vemos luego- Dijo el Lannister, dejando a Cersei más sola e indefensa que nunca.

Al fin salió al patio, donde tendría lugar el combate. El día era gris y hacía viento. El Sol luchaba por asomarse entre las nubes. Al parecer, más de un millar de personas se habían congregado para presenciar el que podría ser un combate legendario. Se apelotonaban en las escaleras de torres y torreones. Observaban desde las puertas y los establos, desde ventanas y puentes, desde tejados y balcones. Y el patio estaba abarrotado. Había tanta gente que sus hermanos de la Guardia Real tuvieron que empujarlos para hacer hueco y que el combate pudiese desarrollarse. Una voz familiar le habló a sus espaldas.

Hermano... Gracias- Dijo Tyrion- Vas a jugarte la vida por mi-

No será la primera- Respondió Jaime sonriente- Ni la última-

Estaré en deuda contigo siempre- Hacía mucho que Jaime no escuchaba a Tyrion hablar sin sarcasmos.

Bueno... Puede que hoy muera-

En ese caso estaré aún más en deuda-

Los dos hermanos se abrazaron, quien sabe si por última vez. Tras esto Jaime se dio la vuelta y caminó hasta el centro del círculo que habían formado para el combate. Vio a Cersei, que había recuperado la entereza, subir por las escaleras del palco rudimentario que habían construido para presenciar el combate. Junto a ella, Tywin Lannister, el que una vez fue su padre, con el rostro serio y los ojos clavados en su hijo. No puedo creer que vaya a permitir esto- Se dijo Jaime.

La Montaña que cabalga entró entonces en el círculo. Ser Gregor, con armadura, era el hombre más gigantesco que se había visto jamás. Llevaba una gruesa coraza de acero negro, mellada y arañada en mil combates. Llevaba además un yelmo plano atornillado al gorjal, con respiraderos y una estrecha hendidura para que pudiese ver. Bajo todo ese metal debía llevar varias capas de prendas acolchadas de cuero y tela, haciendo de todas esas protecciones una muralla prácticamente impenetrable. Parece como si lo hubieran esculpido en roca- Pensó Jaime. Ser Gregor Clegane clavó su mandobe en el suelo. Debía medir casi dos metros de largo. Dos metros de mortífero metal. Y lo maneja con una sola mano...

Lord Tywin lanzó una mirada breve a su hijoo antes de alzar la mano. No parecía tener intención de detener el combate. Ser Osmund Kettleblack le entregó a Ser Gregor un enorme escudo de roble con refuerzos de acero. Cincuenta pasos los separaban. Jaime avanzó con rapidez, Ser Gregor, lentamente. Cuando estuvieron solo a diez pasos, el Lannister se detuvo.

Siento tener que matarte- Dijo Jaime- Aunque seguramente merezcas la muerte-

La Montaña siguió avanzando, sin inmutarse. Jaime se echó a un lado. Ser Gregor empezó a correr y descargó su mandoble con un golpe brutal que Jaime esquivó con facilidad y disparó la punta de su hoja de acero valyrio como un aguijonazo, pero Ser Gregor recibió el golpe con su escudo y lo desvió hacia un lado y contraatacó con un tajo relampagueante del mandoble. El Lannister lo esquivó girando y volvió a atacar. Se oyó el chirrido del metal contra el metal cuando la hoja se deslizó por la coraza de la Montaña, dejando un brillante arañazo.

A Jaime le bullía la sangre. Para aquello había nacido, jamás se sentía más vivo que cuando estaba luchando, cuando la vida y la muerte dependían de cada golpe. Con un golpe rápido acertó a la montaña en el vientre. El acero valyrio perforó la armadura, pero no logró llegar al vientre. Gregor le lanzó una estocada pero falló, a lo que Jaime respondió con un golpe descendente que la Montaña detuvo con el escudo. Dragonblood parecía tener vida propia. Jaime la manejaba de tal manera que la hoja parecía una mancha de color oscuro en el aire, impactando en el vientre, el escudo, el yelmo... El acero brillaba, el acero cantaba, gritaba y resoplaba... La danza del acero.

Tengo que cansarlo- Pensó Jaime. Jaime comenzó a bailar alrededor de la Montaña. El enorme hombre giraba de un lado a otro, pero el visor tan estrecho no le permitía ver bien. Ser Gregor lanzaba tajos al aire tratando de alcanzar a Jaime, mientras el Lannister se dedicaba a esquivar los golpes y a mantener la distancia. Pero en un momento dado, Jaime resbaló y perdió el equilibrio. Al verlo, Ser Gregor cargó de frente. De pronto, la montaña estaba tan cerca que podía golpearle. Su enorme mandoble describía arcos en el aire. Jaime esquivó el primero y paró el segundo golpe con su espada. El acero chocó contra el acero, con un ruido ensordecedor, haciendo que Jaime retrocediese. Jaime pudo escuchar el grito de su hermana.

El Lannister retrocedió esquivando por pulgadas los tajos asesinos de ser Gregor, que le perseguía dando voces. No utiliza palabras, se limita a rugir como un animal- Pensó Jaime. En un momento dado, la Montaña realizó un golpe brutal que lo habría partido de arriba a abajo, pero consiguió echarse a un lado y, al ver el torso desprotegido de su rival, la espada del Lannister se movió como un relámpago, atravesando coraza, cota de malla y cuero curtido. Gregor soltó un rugido gutural cuando Jaime y hizo girar su espada antes de sacarla, cubierta de sangre.

¡Tira tu arma!- Dijo Jaime

Pero su masivo rival no obedeció. Comenzó a atacar de nuevo, pero ahora con demasiada lentitud. El Lannister volvió a esquivarlo y pasó a la ofensiva. Lanzó una estocada, que Ser Gregor detuvo dando un paso atrás, pero Jaime siguió presionando y atacando. En cuanto la Montaña detenía un golpe ya tenía encima el siguiente. En pocos segundos el escudo de roble del gigante se había convertido en un amasijo de golpes y astillas. Jaime convirtió una estocada al rostro en un tajo directo a la axila, que no estaba protegida por la armadura, desgarrando la cota de malla y el cuero. La sangre comenzó a brotar, cubriendo la enorme armadura de un color rojo oscuro cuando Ser Gregor dejó caer el escudo. La Montaña retrocedió un paso, con un gemido lastimero.

Jaime miró entonces a su padre, que no mostraba expresión alguna. Terminaré ahora con esto- Se dijo. Agarró la empuñadura de su arma con las dos manos para golpear de forma brutal el mandoble de Ser Gregor desviándolo a un lado y alzó la espada con todo el peso de su cuerpo para atravesar de lado a lado al enorme hombre, que cayó de rodillas , formando poco a poco un gran charco de sangre en el suelo.

Dejó a la Montaña muriendo en el suelo y caminó hasta el palco en el que estaba su padre.

¿Es esto lo que querías padre?- Preguntó en voz alta para que todo el mundo lo escuchase- ¿O quizá preferías verme muerto?-

Lord Tywin no respondió. Solo hizo un gesto a los guardias para que liberasen a Tyrion y se marchó en dirección al torreón de la Mano del Rey. A su lado Cersei miró a Jaime con un gesto extraño. Por un momento creyó que se iba a acercar pero, finalmente, se marchó en la dirección opuesta a la de su padre.

El silencio se apoderó del patio. Solo se escuchaban los tosidos cubiertos de sangre de Ser Gregor, que aguardaba pacientemente la muerte. Jaime creyó que su sufrimiento había sido suficiente. Se acercó al moribundo con su daga en la mano y la introdujo por la ranura del visor con una punzada rápida y certera, poniendo fin a la vida de la Montaña que cabalga.

Ahora podrán llamarte Ser Jaime, el Matagigantes- Dijo Tyrion acercándose a él- Acabas de matar al puto Gregor Clegane-

Parece que los dioses han creído conveniente que la vida del Gnomo valga más que la de la Montaña- Dijo Jaime sonriendo.

La vida no valdría nada sin estas paradojas- Tyrion rió también- ¿Qué haremos ahora?-

Puede que recuperar el amor de padre resulte complicado- Jaime recuperó la espada del torso de Ser Gregor- Así que volveré a Roca Casterly. Tú deberías hacer lo mismo-

No estaba en mis planes esperar pacientemente a mi muerte en Desembarco del Rey-

Los dos hermanos abandonaron la plaza abriéndose paso entre empujones. Jaime notó como todas las miradas se clavaban en ellos. Me están juzgando, siempre lo hacen- Pensó Jaime. Solo son ovejas, y yo soy un león. ¿Es que no acabáis de verlo, idiotas?-