- Cuéntame la historia de Pandora, mamá.

- Pero ya te tienes que dormir.

- Por favor, quiero soñar con ella...

Sonrió a sus ojitos insistentes. Acarició su cabello y le hizo una caricia en sus mejillas. Tomó aire y entonces comenzó...

Había una vez una mujer sumamente hermosa, a quien los dioses habían creado para castigar la arrogancia de los hombres. La enviaron a la Tierra y cuando ellos la encontraron la recibieron como un regalo. En sus manos, esta bella criatura cargaba todos los males del universo y su misión era desatarlos en el mundo: las enfermedades, las tristezas, las envidias y la esperanza.

Los dioses la crearon para que su corazón fuera frío como el hierro, incapaz de sentir amor o compasión; sin embargo, ¿cuántas veces los dioses han perdido el control sobre sus creaciones? La luz del sol, las flores, el canto de los pájaros y la compañía de las personas logró fundir el corazón de esta joven hasta que se convirtió en una divinidad humana. Ansiaba con todo su espíritu formar parte de una familia que la amara y con la que pudiera disfrutar una vida feliz. Pero los hombres no olvidan ni perdonan. La mujer fue condenada a ser recordada como aquella que trajo los males a este mundo, por lo que los seres que la rodeaban la despreciaban y huían de ella. Así que sólo le quedó caminar con la esperanza guardada en la caja maldita, y continuar rezando para que algún día alguien fuera capaz de mirar en su corazón.

Pasó mucho tiempo y la llama oculta se fue apagando. Presa de la tristeza y la desesperación, la joven llamó a la muerte para que acabara con su sufrimiento. Su sorpresa fue gigantesca cuando se encontró con un hombre de cabello y ojos oscuros que la saludó con una cálida sonrisa. Hablaron durante un largo rato. Él le contó cómo sus hermanos mayores le habían asignado un reino de muerte y desolación, pero que aún así él había encontrado la manera de ser feliz. "Sólo la muerte es verdaderamente justa", le dijo el hombre, "los hombres encuentran al final de su vida aquello que siempre estuvieron buscando". La muchacha le dijo entonces que su fin había llegado definitivamente, pues al fin había conocido a alguien capaz de entenderla, escucharla y creer en ella.

"Puedes venir a mi reino", dijo él, "vivir conmigo, ser mi amiga y acompañarme en mi soledad"

Ella accedió con inmensa felicidad y juró guardarle lealtad.

El inframundo era ciertamente un lugar tenebroso, lleno de castigos, lamentos y sufrimiento para aquellos que habían vivido buscando la violencia y la destrucción. Sin embargo, era tal la belleza de las almas que al morir iban al lugar de los corazones puros que todos los tormentos del Tártaro se olvidaban con facilidad. El joven rey hablaba de cómo él pretendía un día gobernar en la Tierra y dar a las personas la salvación y la paz eterna para que ningún alma volviera a sufrir el castigo perpetuo. Ella creía firmemente en él.

Sucedió que un día él le comunicó que la hora de su utopía había llegado, sin embargo, para hacerla posible, tendrían que derrotar a una diosa egoísta y cruel que utilizaba a un grupo de hombres para defender el estilo de vida impuro que los habitantes de la Tierra llevaban. Se organizó un ejército sumamente poderoso, liderado por los tres jueces del infierno, guerreros temibles, leales e invencibles. Gracias al poder de su señor, estos seres obtuvieron la vida eterna y poderes de la oscuridad. Una noche antes de partir al campo de batalla, la joven fue llamada por su adorado amo a sus aposentos. Con el corazón desbocado, ella acudió a la cita. La noche estaba estrellada y fresca, el cielo de un color azul brillante. "Pronto esos colores impuros se irán para que el mundo quede cubierto con el manto pacífico de la oscuridad. Tú estarás conmigo". Ella asintió prrofundamente conmovida. Dentro de la recámara sagrada se encontraban otros dos hombres con una energía capaz de destruir el universo. Le dijeron que ellos sabían su pasado y necesitaban de su origen divino para acompañar al futuro monarca. Le concedieron entonces, un cosmos que casi podía equipararse en poder con el de los dioses que la habían creado.

Partieron a la primera Guerra Santa. Ella nunca confrontó a sus enemigos directamente, sino que con su inteligencia y fuerza se convirtió en la mano derecha de su señor, guiaba a su ejército hacía la victoria y ellos la consideraban también su ama.

La diosa protectora de la Tierra resultó ser mucho más fuerte de lo que esperaban. Sus guerreros combatían con fireza, nobleza y lealtad irrompible. Muchas veces el ejército del infierno fue derrotado pero después de doscientos años regresaban para intentar lograr su utopía.

Un día el asesino de los dioses, un guerrero celestial de corazón limpio, logró lastimar a su señor. Tras la nueva derrota y retirada, el monarca decidió encerrar su cuerpo en un lugar sagrado y que su alma reencarnara en un ser humano. Para probar sus buenas intenciones, comunicó que el elegido sería el ser con el corazón más puro de la Tierra. Antes de que él se encerrara, ella prometió reencarnar también y cuidarlo hasta que obtuvieran la victoria. Volvió a la tierra y ahí construyó una mansión que se convertiría en el castillo de su amo, cuando el momento de realizar su sueño llegara.

Dicen que cada 200 años Hades despierta e intenta sumir al mundo en una perpetua oscuridad. Dicen que Pandora vuelve a liderar el ejército de los espectros para cumplir el sueño del único ser capaz de ver más allá de su sino...

- Mamá, ¿Pandora es mala?

- No lo creo, mi vida. Creo que somos capaces de buscar amor en cualquier sitio.

- ¿Y es cierto que Hades despertará y nos destruirá?

- No lo sé. Espero que no.

- Yo también espero que no sea cierto para poder estar contigo y mi hermanito siempre.

Sonrió con dulzura y arropó al pequeño. Antes de dormir le dio un beso en la frente a manera de despedida.

- Mamá

- ¿Sí, cariño?

- Yo no quiero que Pandora siga sufriendo.

La conmovió la dulzura y la nobleza de esa criatura a la que amaba con todo su corazón. Le dijo entonces que le prometiera que si algún día conocía a alguien como Pandora, o a la joven misma, procuraría entender su sufrimiento, escucharla y brindarle la comprensión que ella siempre había buscado. El niño lo prometió y después cerró sus ojos azules. Cuando su madre salió de su cuarto y sólo quedó la oscuridad de la noche, él prometió también encontrarla y quedarse con ella.