Primero un destello blanco, luego oscuridad. Fue como sumergirse en el mar, en un vacío profundo, sin salida. No se siente absolutamente nada por un tiempo. Después el dolor. Dios mío, el dolor. Sube baja, envuelve y se refuerza. Penetra por cada poro impregna cada lágrima. Sus ojos, sus ojos oscuros. Sus ojos llenándolo todo como ya lo hicieron una vez. Su cuerpo compartido por dos almas, una tan poderosa como para acabar con el universo. La otra pequeña, débil, asustada, a punto de desaparecer.

Sangre. Muerte. Sufrimiento. Cuerpos sin vida. Miradas sin luz.

Es el dueño y creador del infierno. Rey de la destrucción.

Un muchacho rubio le tiende la mano. Ambos han experimentado el mismo dolor.

- Es hora de que vuelvas.

Primero oscuridad, luego un destello blanco. Es consciente de su cuerpo acostado en la cama, de su respiración trabajosa, de su pesado corazón. A su lado logra distinguir otra camilla pero no alcanza a ver quien la ocupa. Siente ácido subir por su garganta y lo que lo despierta por completo es la sangre espesa, casi negra, que acaba de escupir.

-¡Shun!

Escucha como a su alrededor un par de personas corren apresuradas. Él tiembla y aprieta los ojos. Le da miedo la oscuridad aunque nunca ha sido cobarde. En la sombra de lo desconocido, la sonrisa blanca y terrorífica parece llamarlo. Sus gritos se intensifican.

Alguien toma su mano y apoya sus dedos en su frente. Siente la calidez que emana su cuerpo cuando se acerca.

- Ya pasó. Tranquilo, ya pasó. No tienes que ser fuerte, Shun.

- ¿Eres tú, Hyoga?- comienza a respirar profundamente mientras acarician su cabello- ¿Y mi hermano? ¿Dónde está Seiya?

Abre sus ojos y se incorpora rápidamente pero la niebla cubre su vista y se vuelve a tumbar. Un par de manos extras le tienden un vaso con agua para que beba. Él jadea pero después de un momento se vuelve a tranquilizar. Entonces sí lo mira; no ha soltado su mano y acaricia con sus dedos su cabello. Le sonríe con dulzura.

-Hola, amigo.

Shiryu limpia con un pañuelo la sangre que aún resbala por su barbilla. Hyoga sigue sin soltarlo; se inclina un poco más y apoya sus labios en su cabeza. Esta vez Shun cierra los ojos sin miedo y se permite descansar. Shiryu aprieta su hombro y le sonríe también. Con sus ojos color turquesa señala a la camilla que está a su izquierda. Shun gira levemente su rostro y lo ve. Ikki duerme profundamente y algunas gotas de sudor resbalan por su frente. El menor jadea e intenta incorporarse de nuevo.

-Tranquilo, compañero.- lo detiene Shiryu- Está bien. Despertó algunas horas antes que tú. Estaba algo agitado así que lo volvieron a dormir. Está estable.

Shun levantó su mano y la apoyó en el hombro de Shiryu. Así permanecieron un buen rato.

- ¿Cuánto llevan despiertos?

- Un par de días.- respondió Hyoga sin apartarse- Primero fue él y luego yo.

- ¿Cómo despertaron?

-Pues,- Shiryu sonrió a medias- todo lo bien que podía esperarse. Pasó un día entero para que pudieran estabilizarnos.

- Y otro para poder hablar.

- Y otro para pararnos.

- Y unas horas para que nos trajeran acá.

Esta vez Hyoga habló mirándolo a los ojos. Un mechón de cabello rubio caía en medio de su cara. Shun levantó la mano y lo apartó. Hyoga lo miró con calidez.

- Tu hermano despertó poco después de que nos transfirieran aquí.- continuó explicando Shiryu.- Gritaba aterrado. Cuando te vio acostado al lado de él casi salta de la camilla. También tuvimos que calmarlo pero tomó un par de tiempo y algunos sedantes.

-¿Yo también gritaba?

Ambos bajaron la mirada.

- No.

Los tres se quedaron callados unos minutos. El silencio se interrumpió cuando otro ataque de tos acometió contra Shun y paró hasta que vomitó la misma sangre espesa. Shiryu lo ayudó a limpiarse de nuevo.Notó que las manos de su amigo pelinegro ardían, su cara estaba roja y gruesas perlas de sudor le resbalaban por las mejillas.

-Amigo...

- No es nada, Shun. Sólo es fiebre.

Rodeado de sus amigos, Shun se quedó dormido. Esta vez sólo lo acosaron sombras amorfas en la oscuridad. Cuando despertó, los brazos de Hyoga lo rodeaban y él apoyaba su cabeza en su hombro. De pie, a su lado, un par de ojos azul profundo lo observaban. Parecían arder en fuego.

- Hermano.

Ikki lo ayudó a incorporarse y abrazados lloraron. Los sollozos despertaron a Hyoga y a Shiryu, que dormía apoyado en la camilla del fénix. Cuando se separaron, aún llorando, Shun reformuló la pregunta que nadie le había contestado.

- ¿Y Seiya?

Los tres rostros se ensombrecieron. Él entendió.

Nadie había visto a Athenea en todo ese tiempo.