La luz se colaba por sus párpados cerrados provocándole extrañas visiones. Sentía como si flotara en una nube blanca y el aire cálido besara su cara; sin embargo, sabía que debía bajar. Dentro de su pecho una burbuja cálida crecía y buscaba embargar hasta el último mechón de su cabello, abarcarla hasta la punta de su pie. La llamaba también. Tenía una voz luminosa, clara y poderosa. Era una voz divina.

En realidad se encontraba acostada en una cama mullida con sábanas ligeras. Su mano reposaba a un lado de su cara, en una posición de sueño tranquilo. El aire hacía bajar su pecho con suavidad y la luz iluminaba su cabello color tornasol. Se veía en paz, incluso feliz. A Kiki le gustaba pensar que se podía quedar así para siempre. Desde que la encontró se ocupó de ella, veló su sueño y procuró que nadie los molestara. Sabía perfectamente quién lo había guiado hasta ella e intuía las razones de Athenea para hacerlo. Sólo él podría esperar a que su cosmos volviera pues había aprendido de su maestro el camino de vuelta que emprenden las constelaciones cuando regresan a la vida.

Mu, el caballero de Aries. Su corazón se estremeció al recordar al hombre que lo había acompañado toda su vida y ahora lo había dejado. Extrañaría su sonrisa, sus manos entre sus cabellos, la alegría y serenidad de su presencia. Mu dejaba un mar de cosas que podrían haber sido pero ahora se extinguían lentamente. Sabía que no debía llorar amargamente su muerte pues había perecido en batalla, como tenía que haber sido. Su maestro era un hombre ejemplar y el mundo entero estaba agradecido por su sacrificio. Kiki agregó su vida a la lista de cosas que le debía y ahora jamás podría pagarle. Estaba perfectamente consciente de que debía afrontar su pérdida como un caballero, pero el sentimiento dentro de su pecho correspondía más al de un ser indefenso.

Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas y cayeron cerca del rostro de Pandora. El pequeño a su lado no pudo evitar pensar en qué pasaría cuando ella despertara. La diosa de la Tierra la quería a su lado y quizá pensaba que podría serle útil. O la había perdonado y quería darle una segunda oportunidad de ser feliz. Por eso la había regresado a la vida.

O eso creía él.

No sabía que en realidad las decisiones de Athenea eran posteriores a la salvación de la chica. Él no estuvo en el momento en el que el último suspiro de su alma tomada por la mano de Tánathos abandonó su cuerpo,cuando las lágrimas del ave milagrosa se posaron en sus labios. El llanto que puede curar cualquier herida, incluso una provocada por un dios, la condujo a un sueño profundo y reparador. Esa despedida que sellaba una promesa pendiente; una promesa que esperaba ser cumplida.

Kiki miró por la ventana de los aposentos del santuario. Se preguntó cómo estarían los caballeros de bronce. Había escuchado que Shiryu y Hyoga ya habían despertado. Los dos hermanos aún dormían y Seiya...

Volvió sus ojos al rostro apacible que se encontraba frente a él. Visto lejos de las sombras, rodeado de toda esa luminosidad, su cara era una cara hermosa: había perdido un poco de su palidez extrema y un leve color rosado asomaba en sus mejillas y sus labios. Kiki se preguntó si sus amigos se verían igual o si aún sangrarían sus heridas. La guerra había terminado pero ahora venía la recuperación, no sólo de sus cuerpos, sino de sus propias mentes y su espíritu. Quizá por eso Pandora descansaba tanto: su alma aún tenía que luchar contra su reencarnación fragmentada. Reconciliar a Pandora, la diosa maldita, con la niña cuyos sueños quedaron destruidos bajo el juego de Hades.

¿Qué pasaría ahora que no estaba Hades? ¿Cómo serían veladas las almas de los antiguos? ¿Por qué un dios podía volverse un ser tan cruel?

Polvo estelar. Partículas diminutas en un caos infinito que no obedece razón alguna. Eso son las vidas humanas: pequeñas, insignificantes... brillantes. Imprescindibles. Kiki sabía que cada cosmos originado era producto de un choque de estrellas; cada ser constituye su propio microcosmos y su energía influye directamente en el funcionamiento del universo. Para los dioses, los seres humanos eran apenas polvo. Para la historia de la creación cada vida era un milagro.

Eso era lo que ella veía a través de sus párpados: polvo flotando en un rayo de luz. Entonces sonrió y estiró su mano para alcanzar el polvo estelar. Fue en ese momento que la burbuja dentro de ella colmó todo el universo. Cuando paró de brillar, abrió sus ojos.