Lloraba.
Había pedido que nadie cruzara el camino hacia las doce casas; todos merecían descansar y estar cerca de sus compañeros. Ella se encargó de todo: los funerales, las tumbas, las lápidas, el luto. Todo. Fue ella quien abrazó a Kiki cuando lo encontró llorando en la casa de Aries y se lo llevó con ella para asignarle una tarea especial. Juntos recorrieron el camino. Trató de emanar un aura de paz y consuelo en el camino para el niño que caminaba de su mano, sollozando e hipando de tristeza. Entonces llegaron al templo. Lo acompañó hasta su propio cuarto y no se despegó de él hasta asegurarse de que estuviera completamente dormido. Regresó a la explanada donde antes se encontraba la estatua de Athenea. Todavía estaba la sangre seca, su sangre, sobre el piso de piedra. Tomó la daga entre sus manos y le pareció ver frente a ella una mirada azul como el cielo profundo.
- Athenea.
Fue en ese momento cuando se desmoronó. Lloraba a gritos, los llamaba, pedía perdón. Apretaba el arma contra su pecho y deseó que le hubiese atravesado el corazón cuando era una bebé. Todo con tal de que ellos vivieran. Gemía, jadeaba, se enterraba las uñas en el cuerpo. Se sentía pequeña, inútil y abandonada.
Después se encerró en la cámara del patriarca y no hizo otra cosa que llorar. Sus ojos estaban enrojecidos, sus labios cuarteados y secos, su cara estaba sucia y la marca de las lágrimas había dejado líneas blancas en su piel; pero no le importaba y seguía llorando. No recordaba la última vez que había bebido agua o comido. Estaba demacrada y acabada. Jadeaba porque hasta había perdido su voz. Quería perderse también.
Había llorado así una vez antes, en ese mismo lugar. Después de la batalla del santuario, cuando ocupó su lugar en el trono del patriarca, había comenzado a llorar. Entonces se sentía indefensa, como si alguien hubiese puesto el peso del mundo sobre sus hombros y ella supiera que no era lo suficientemente fuerte como para sostenerlo. La Tierra confiaba en ella y no se lo merecía. En ese entonces alguien entró a la habitación y al verla intentó retroceder. Pero ella ya lo había visto.
- Si gusta puedo volver más tarde.
- No.
Fue lo único que dijo. Ambos se quedaron callados, ella con la mirada baja y él mirándola a ella. Caminó hasta los pies de la escalera donde ella se encontraba y se arrodilló.
- A sus servicios, diosa Athenea.
No pudo soportarlo. Bajó precipitadamente los escalones y se lanzó a su pecho. Le pidió perdón por sus amigos, por su incompetencia, por no merecerse ni siquiera la mirada de alguno de ellos. Escondió su cara entre los pectorales de la armadura dorada y sollozó. Milo la rodeó con sus brazos y besó su cabeza.
- No diga eso. Jamás vuelva a decir eso. Sólo es una niña de trece años que vivió toda su vida alejada de este lugar. Nosotros, cada uno de los que nos atrevimos a alzar nuestro puño contra usted y nuestros propios compañeros, somos los únicos responsables de nuestras acciones. Decidimos aferrarnos a nuestra necedad. Si hay alguien responsable de la muerte de tantos caballeros es el hombre que nos engañó, no usted.
Ella sólo sollozó más fuerte. Poco a poco comenzó a tranquilizarse y en ningún momento el caballero dorado la soltó. Sintió como la tristeza era desplazada rápidamente por una sensación cálida; como si la luz del sol emanara desde su propio cuerpo y la iluminara toda. Sonrió y besó al caballero de Escorpio en la mejilla. Él se ruborizó y desvió la mirada, lo cual provocó que ella soltara una carcajada que sonó al correr del agua pura.
Desde entonces habían estado todos juntos, como una familia. Cuando no estaban en batalla, se quedaban con ella y le enseñaban múltiples cosas. A Aldebarán, por ejemplo, le gustaban las flores. Siempre que salían de paseo a los jardines del santuario, ella lo llenaba de pequeñas flores blancas. El gigantón sólo reía y disfrutaba los cariños de la joven. Con Shaka y el maestro se podían mantener largas pláticas sobre el cosmos y la historia del santuario. Aioria le había enseñado a bailar. Mu le contaba historias de Shion y ella lo hacía reír con sus recuerdos de niña. Junto con Milo, bajaban al pueblo que se encontraba en la falda del cerro del santuario y convivían con las personas. También le habían enseñado una canción que cantaban de niños cuando Saga y Aioros entrenaban con ellos; cuando eran doce. Tantas veces en la noche había invocado los cosmos de los caballeros fallecidos. Sentía como sus constelaciones venían a ella y la colmaban del microcosmos que cada uno había creado. La invadían hasta la última gota de sangre y pasaban a ser parte de su poder divino.
Pero ahora estaba de nuevo sola y ellos habían muerto por ella, por el amor a sus compañeros, sus discípulos, su hogar y a su diosa. Siete. Sólo siete sobrevivientes de una guerra cruel y sin sentido. Siete sobrevivientes, de los cuales cinco eran sus amigos y protectores. Ellos cinco que siempre corrían cuando ella los necesitaba, que nunca dudaron, que la amaban más de lo que ella podía merecerse. Ella los amaba también y su deseo había sido no involucrarlos en esta guerra, aunque sabía que dos de ellos estaban fatídicamente destinados a participar. Ambos habían abrazado el camino que les correspondía: uno de ellos guerrero desde el principio de los tiempos hasta el final; el otro, el elegido, el que se entregó al más oscuro de los infiernos. Por ella. Siempre por ella.
Deseó no haber nacido. Deseó que todos esos niños jamás hubiesen pisado la fundación de su abuelo porque así no se hubiesen convertido en caballeros. Vivirían felices, en un lugar tranquilo y el peso del destino estaría sólo en los hombros de ella.
- Somos responsables de nosotros mismos, joven Athenea.- le dijo una vez el viejo maestro mientras miraban los sellos a punto de romperse- Nosotros decidimos hasta dónde seremos capaces de llevar nuestra lealtad. El sacrificio de nuestras vidas es una elección con la que otros no deben cargar.
- Yo soy responsable de ustedes.
- Eres responsable de esta Tierra, no de los que juramos pelear por ti.
Pensaba que de verla ahora, los caballeros dorados sentirían vergüenza de ella. Sonreía ante esos pensamientos pues tampoco se sentía orgullosa de sí misma. Recordaba lo que en el Olimpo se opinaba de ella.
- ¡Ay, hermanita!.- le dijo Ares una vez mientras miraban a los personas.- eres demasiado humana.
-Este mundo está corrompido. Los humanos son seres imperfectos que únicamente saben sembrar a su paso el odio y la destrucción. No merecen las bellezas que les hemos proporcionado.
"Se equivocan". Más lágrimas resbalaron de sus ojos "Somos nosotros quienes no los merecemos".
Athenea limpió sus ojos y se puso de pie. Pensaba en Seiya y sus amigos. Pensaba en la entrega con la que él luchaba y el amor tan grande que los cinco se profesaban entre sí. Definitivamente su poder se lo debía a las redes que entre todos habían tejido, ellos y los caballeros dorados. Esa era la red que la sostenía. Caminó hasta la puerta del templo y salió a la explanada desde donde pudo imaginar el hospital en el que seguramente seguían internados sus caballeros.
- Seiya.- llamó. Su cosmos le respondió. Diosa y Pegaso permanecieron unidos en la energía del universo- Seiya, te juro que seré la diosa que se merecen. Ahora yo tomaré el hilo.
En ese momento otro cosmos gigantesco despertó. Saori Kido sonrió, dejó que una última lágrima resbalara por su mejilla y se dio la vuelta. Había llegado el momento.
