Despertar después de recibir una tremenda paliza es muy desagradable. Lo primero en aparecer es el ligero pánico que te invade cuando te das cuenta de que no tienes ni idea de dónde estás. Luego una descarga de adrenalina se frena por el dolor agudo con el que tu cuerpo protesta contra la imprudencia. Después los recuerdos comienzan a llegar como si un vendaval los arrojara y sólo se alcanzaran a ver destellos. Finalmente se arma el rompecabezas sólo para darte cuenta de que te molieron en grande y ahora debes pagar tu estupidez. Te acuestas en la camilla del hospital, disgustado por no haber resistido otro poco, y dejas que te hagan y deshagan.
Pero despertar después de que un dios, específicamente el dios del Inframundo, poseyera a tu mejor amigo, desangrara a tu diosa -está bien, eso no era tan inusual- y decidiera que era una buena idea atravesarte el pecho con una espada -porque por supuesto que no ibas a permitir que matara a Saori-, eso... eso era de otro cantar. O eso pensó Seiya cuando estuvo consciente de su situación.
De no ser por Seika, probablemente se hubiese vuelto loco. No podía hablar y nadie que no fuera personal médico o su familia directa podía acercársele. Esta condición no se debía únicamente a su delicado estado de salud, sino también a su cosmos; Hades lo había fragmentado de tal manera que explotaba más allá del octavo sentido. Incluso sus compañeros respondían sin que ninguno pudiera controlarlo. La única solución fue traer a Seika y dejarla con él. Ella ni siquiera se asustó; se acomodó en una cama improvisada en la habitación y se dedicó a cuidar de su hermano menor.
- Hoy ha salido el sol y hace un azul muy bello- decía con voz traquila.
Aunque no podía responderle, Seiya le agradecía. Saber que el sol aún podía brillar a pesar de que probablemente sus heridas no sanarían, no esta vez, lo consolaba. Pero aún faltaba algo.
La buscaba. Su cosmos se empeñaba en llamarla pero ella siempre rehuía. Podía sentir su soledad y su tristeza; podía entenderla porque él también las experimentaba. Seiya era un guerrero y había crecido rodeado de pérdidas. La muerte era algo con lo que estaba familiarizado. Pero siempre hubo alguien encima de él, alguien capaz de hacer cosas que él todavía debía aprender. La sabiduría de los caballeros dorados, su sola presencia recordándole que en las batallas los caballeros de bronce jamás estarían solos. La guerra santa se los había llevado a todos. Él sabía que no pudo haber sido de otra forma, que todos esos hombres estuvieron dispuestos a morir por ella desde la primera vez que la vieron. Sin embargo, la princesa hubiese querido tenerlos a su lado hasta que el tiempo viniera a cobrar lo que le pertenecía. Él también. Athenea no podía dejar de verlos como humanos, con un amor infinito que le provocaba culpa y vergüenza al no haber sabido protegerlos. Seiya le había salvado la vida ya tantas veces... Ahora quería salvarla de su tristeza también.
- Saori.
La perseguía como un cometa consciente de que va a desintegrarse mucho antes de llegar a la estrella remota. Valía la pena intentarlo, siempre había valido la pena. Desde el momento en el que supo que ella era Athena, quizá desde antes, le había entregado todo lo que él era y podía llegar a ser.
Un día despertó inquieto. El cosmos de Saori parecía haberse intensificado y ya no escapaba de sus caballeros; al contrario, esperaba que él le respondiera. Sin embargo, cuando lo hizo, emergió otra presencia. Alguien ya conocido, cuyo poder se extendía hacia un límite inalcanzable.
De pronto, se encontró en la cámara del patriarca. Saori estaba de pie frente al trono y acariciaba su ornamenta con una mirada de infinita tristeza. Parecía estar esperando a alguien, al caballero portador de ese cosmos abrumador. Seiya sintió miedo cuando la vio sola, así que reaccionó casi de manera instintiva: invocó a su armadura para proteger a la joven y llamó a sus compañeros; sin embargo, Athenea lo bloqueó con su propia energía, una oleada de calidez y tranquilidad.
- Hoy no, querido Seiya. Hoy sólo vas a limitarte a observar.
La puerta de la cámara se abrió para dejar pasar lo que parecía ser una estrella recién nacida encerrada en el cuerpo de una chica con ojos color tornasol. En ese instante Seiya pensó que era increíble lo que la luz del sol podía hacer con las personas: Pandora, a pesar de su paso vacilante, lucía un aura decidida y noble, muy lejana ya al miedo que inspiró su presencia en el castillo de Hades. "La belleza de la señortia Pandora sólo es equiparable al miedo que ella inspira"; así la describían los espectros.
- Me llena de alegría ver tu rostro tan luminoso.
Saori sonreía de manera genuina. Bajó los escalones de la tarima donde se encontraba y esperó hasta que su interlocutora estuviera frente a ella. Pandora la miró un momento directamente a los ojos. Seiya sintió que todos sus sentidos estaban en guardia y cualquier movimiento de la intrusa provocaría un incontrolable ataque de su parte. Ella se arrodilló.
- Diosa Athenea, te agradezco profundamente que dos veces me hayas salvado: la primera cuando mediante el valor y el amor de tus caballeros despertaste mi alma de la gris ilusión en la que Thánathos e Hypnos la habían encerrado; la segunda, cuando por tu perdón me permitiste volver a la vida y me encomendaste a quien con tanto esmero me ha cuidado. Ahora me arrodillo ante ti y te juro lealtad; dispón de mí como mejor te convenga. Te pertenezco ahora y, si tú lo permites, te acompañaré aún cuando de este mundo se borre mi existencia.
Seiya se sintió azorado por la honestidad con la que esa mujer- la ex comandante de las tropas del inframundo, aquella que podía helarte la sangre en las venas con tan solo mirarla, la misma que lo había enviado al infierno helado sin piedad alguna- se humillaba ante Saori -su Saori. Recordó entonces cómo Ikki había aparecido en los campos Elíseos con el rosario de Pandora en la mano y un extraño brillo en los ojos. Esta mujer había sido capaz de conmover al más obstinado de todos los caballeros de Athenea, a quien más odio guardaba en su corazón. Ahora, ella ni siquiera se atrevía a mirar directamente a la diosa de la Tierra y sólo abrio los ojos cuando escuchó una risa, clara y dulce como el agua de un río.
- No digas tonterías- Saori se arrodilló frente a ella, sonriendo y con lágrimas en los ojos-. ¿Pertenecerme? Uno de mis caballeros logró atravesar el Inframundo gracias a tu valor. ¿Sabes cuánto tiempo he estado entre estas paredes, sola, rodeada únicamente de hombres? No quiero que me pertenezcas, quiero que seas libre y que dentro de tu libertad decidas si aceptas la amistad y el amor que ahora te ofrezco.
El corazón del joven caballero de pegaso estaba profundamente conmivido: las lágrimas de Pandora resbalaban por sus mejillas cuando se lanzó a los brazos de Saori y ésta la recibió como si la hubiese esperado siempre. Lloraban, reían, se miraban y decían frases extrañas
- Yo también estaba sola.
- Te esperé por tanto tiempo.
-Aquí estoy.
Athenea besó la frente de Pandora y ésta le besó las manos. Volvieron a reír y a llorar con Seiya como testigo de las caricias que ambas se profesaban.
- Eres preciosa.- Saori enjuagó las lágrimas de Pandora y acarició su cabello.
- Mi belleza sólo es equiparable al miedo que inspiro- contestó ella con una sonrisa triste en sus labios.
- Tu belleza sólo es equiparable a la fuerza que habita en tu interior; los hombres siempre han sentido miedo de las mujeres poderosas.
Seiya sentía cómo el cosmos de Saori lo invitaba a acercarse a la recién llegada pero él se sentía aún desconfiado y confundido. A través del espacio sus heridas continuaban palpitando y la espada de Hades continuaba quemándole el pecho. Se preguntó si llegaría el día en que pudiera perdonar a Pandora. Lo siento, Athenea. Aún no es tiempo.
Pandora salió de la habitación luego de que la diosa le dijera que se reencontraría con ella en un momento. El joven se quedó inmóvil, pensando en que ya era momento de regresar a su cuerpo puesto que el encuentro había terminado; sin embargo, un par de manos blancas y suaves rodearon su rostro y ahí estaba ella. Ella que era infinito amor, ella que estaba más allá de lo que él jamás podría llegar, la única a la que seguiría ciegamente hasta el final sólo para perecer en sus brazos. Quería abrazarla, quería estrecharla contra su cuerpo y pedirle que se quedara con él, aunque supiera que era egoísta. Pero la necesitaba y necesitaba saber que ella estaría ahí. Sus labios se rozaron suavemente antes de que lo despidiera.
- No te preocupes, querido. Muy pronto estaré contigo.
Seiya abrió los ojos y miró a Seika, sentada como siempre en el sillón junto a su cama. Sus ojos se encontraron un momento y ella entendió. Por primera vez en mucho tiempo, el muchacho fue capaz de esbozar una sonrisa.
