Ikki apretó la venda que rodeaba su brazo e intentó mover sus dedos; le desesperaba no sentir su propia mano y mucho menos poder controlarla. Incluso cuando concentraba todo su cosmos en sanar, no era capaz de mover ni una sola articulación. Resignado, terminó de vendarse y apoyó la cabeza contra la pared con los ojos cerrados. Había recibido y propiciado golpes mucho peores, sin embargo, jamás había vacilado, mucho menos detenido sus ataques. Siempre había desplegado su poder agresivo sin pensar en controlarlo, por eso su mano no pudo soportar el impacto de tanta fuerza acumulada, mucho menos cuando continuó forzándola a la pelear. Se sentía patético e impotente, algo a lo que no estaba acostumbrado.

Hyoga y Shiryu se recuperaban con satisfacción. Él los observaba caminar con pasos cada vez menos vacilantes, su respiración cuando dormían era estable y tranquila e incluso había escuchado cantar en voz muy baja a Shiryu. Ikki ni siquiera quería dormir: en sueños veía una y otra vez el cuerpo de su hermano poseído por Hades con un agujero oscuro en el pecho y un corazón sangrando en su mano; veía la sonrisa maléfica y el destello maniaco de sus ojos. Le daba miedo admitir que a veces se le nublaba la vista mientras estaba despierto y entonces ella volvía a caer muerta sin que él pudiera hacer algo para evitarlo. Era verdad que las heridas provocadas por sus fantasmas no habían sanado en el pasado pero se había acostumbrado a vivir con su tristeza; estos eran espectros y tenían sed de miedo y de sangre: su miedo y su sangre.

De vez en cuando miraba la camilla a su lado para asegurarse de que todo estaba bien. Shun se la pasaba dormido casi todo el día y solo despertaba para comer y escupir espesa sangre negra que Ikki despreciaba profundamente. Los sanadores decían que era por la cantidad de hemorragias internas que su hermano tenía pero él estaba seguro de que eran restos del alma podrida de Hades que Shun aún no terminaba de expulsar. Sólo de pensarlo sentía el horror y la furia estallar dentro de su pecho.

Apoyó las manos en la camilla y se levantó. Le consolaba poder ponerse de pie y caminar aunque fueran unos pasos; solía dirigirse a la ventana del cuarto y observar el jardín del hospital: los días habían estado soleados, así que se podía apreciar un resplandor dorado que iluminaba la verdura del campo. La vista le ayudaba a distanciarse de la guerra. Prefería no pensar mucho en los caballeros dorados, pues habían muerto como todo guerrero debía morir, por lo que no sentía realmente pena ni tristeza. En quien no podía dejar de pensar era en ella; la promesa realizada a su madre tanto tiempo atrás le había dejado la sensación de que le debía a Pandora una vida feliz o al menos una muerte rodeada de flores y sol. Al final también a ella le había fallado: no pudo demostrarle que, para él, ella era mucho más que una maldición de los dioses.

Durmió unas horas sentado frente a la ventana. Al principio soñó que caminaba en las ruinas de la Isla de la Reina Muerte; a su alrededor estallaban cráteres y la piedra volcánica salía disparada en todas direcciones. Ikki temía ser calcinado por las columnas de llamaradas que surgían del suelo que pisaba, así que corría y gritaba el nombre de su hermano con desesperación; sin embargo, mientras más se esforzaba en encontrarlo, más inestable se volvía el ambiente. Llegó entonces al centro de la isla y casi cayó al centro de un cráter negro y profundo; creyó escuchar la voz de Shun llamarlo desde el interior pero cuando Ikki respondió con un alarido, una lengua de fuego enorme surgió del vacío y en el centro de la misma un ave fénix extendió sus alas. Él comprendió entonces que la isla era su corazón y el vacío se lo llevó. Mientras caía lloraba y susurraba el nombre de su diosa; en ese momento dos manos blancas tomaron las suyas y sus ojos azules como el cielo lo envolvieron.

Se incorporó como si un rayo de luz dorada lo hubiera reanimado y ahí estaba ella: inclinada sobre su hermano, con una de sus manos sobre su pecho y la otra sobre su frente. Sus rostros estaban a milímetros de distancia y susurraba palabras en los labios de Shun que sonaban como a una canción de cuna que lo estuviera llamando de vuelta.

-Athenea.

-Ikki

La joven depositó un suave beso en los labios de su hermano antes de voltear a verlo. Siempre que lo miraba Ikki tenía la sensación de que Saori esperaba algo de él: su lealtad, su fuerza o su compañía. Esta vez, sin embargo, lo único que escaló por su pecho fue una calidez inmensa.

-Pensamos que no te veríamos nunca más.

Ella se incorporó y extendió sus manos.

-Aquí me tienen.

Se le acercó con paso seguro hasta quedar frente a él. Cuando la tenía así de cerca, Ikki apenas podía creer que ella fuera una de las diosas más poderosas del Olimpo; se daba cuenta de su propia juventud arrebatada por la orfandad y la guerra. Mientras los niños se convirtieron en guerreros, la pequeña Saori Kido aprendió a ser líder, guerrera y protectora. Ambos cerraron los ojos cuando ella apoyó su frente en la suya.

-Vine a sanarlos, Ikki.

Lo soltó y volvió al lado de Shun.

-Tiene que recorrer este camino solo pero es fuerte y extremadamente poderoso. Sus enemigos temblarán el día en que Shun abrace el poder ofensivo de su cosmos; la reconciliación es un proceso que lleva tiempo, cuando llegue el momento, él sabrá alcanzarla. Por ahora bastará con que su corazón servicial sepa que lo estamos esperando.

-¿Saori?

Volvieron a mirarse a los ojos.

-¿También viniste por Seiya?

Ikki se sintió imponente: el tono de su pregunta no sólo exigía una respuesta pronta, sino también una negación rotunda a permanecer ignorante al estado de su amigo.

-Shun fue por él.

Una luz envolvente emergió de Shun e inundó el cuarto. Ikki sintió a su hermano como siempre había sido: inocente, cálido, fuerte. Encendió su cosmos y se dejó llevar por el llamado.