Pandora miraba por la ventana de su cuarto en la mansión Kido mientras esperaba el regreso de Saori. Habían decidido que la joven diosa iría por sus amigos al hospital para sanarlos y posteriormente regresaría con ellos a casa, donde finalmente hablarían; entonces podría presentarse. Aunque se veía diferente, la visión que la joven tenía de sí misma no había cambiado: era una agresora que había colaborado con la destrucción de la humanidad y seguía viva únicamente por el espíritu misericordioso de Athenea... Y por él.

Ikki. De sólo pensar que estaba a unas horas de volver a verlo, sentía que su pulso se aceleraba y su cosmos comenzaba a emitir destellos luminosos. Las promesas se arremolinaban y explotaban dentro de los recuerdos hasta hace poco dormidos, los hilos se tensaban como las cuerdas de un arpa, resonaban canciones viejas que creía ya haber olvidado. ¿Qué tan poderoso puede llegar a ser un cuento? ¿Pueden las palabras crear puentes entre el espacio y el tiempo para que dos personas puedan encontrarse? ¿Existe el destino, las coincidencias o corazones que se buscan con insistencia?

Escuchó a alguien tocar la puerta así que volteó. Apenas se asomaba su cabeza pelirroja por el marco de la puerta cuando Pandora le permitió pasar; le parecía curioso que la mirada cautelosa de Kiki la intimidara, pues para ella era un recordatorio de que sus acciones no serían fáciles de olvidar.

- ¿Han llegado ya?

- No, aún no.

Kiki desvió la mirada y se abrazó. Movía sus pies con nerviosismo.

-¿Puedo... Esperar aquí... Contigo?

Como única respuesta, Pandora le señaló un espacio a su lado en la butaca frente a la ventana. Kiki se acercó y apoyó su cabeza en sus manos; ambos dejaron escapar un profundo suspiro que èl respondió con una sonrisa. El niño extendión su mano y rozó la venda que envolvía la mano derecha de la joven; parte del castigo impartido por Thanathos e Hypnos había sido que el anillo con forma de serpiente, que portaba cuando era comandante de los espectros, le quemara la mano y dejara una marca permanente en su piel: ella le pertenecía al rey del Inframundo aunque desertara de su mandato. Kiki tuvo que utilizar mucha de su energía de regeneración para poder sacar la joya incrustada y sanar la herida, sin embargo, las curaciones seguían siendo necesarias.

- ¿Te duele mucho?

- No me duele para nada, has hecho un buen trabajo.

Kiki retiró el contacto y volvió su vista al frente.

- ¿Estás nerviosa?

Las imágenes pasaron volando frente a ella como si las viviera otra vez: la primera vez que ella y Shun se miraron, Saga, Shura y Camus desintegrándose en polvo estelar, ella tridente en mano mientras destrozaba las flores de Orfeo, la sangre de Ikki escurriendo, Seiya en el infierno helado, la primera vez que lo miró a los ojos, la maldición, "Yours ever"...

- Sí, estoy nerviosa.

El cielo tenía una hermosa tonalidad rosada y los rayos del sol corrían en forma de ríos de oro mientras las nubes se extendían rodeadas por un resplandor naranja. Los colores cálidos la fascinaban particularmente: ¿Cómo había sido capaz de olvidar la visión abrasadora de un atardecer? El gris se lo tragó todo, incluso el movimiento constante de la vida. La tranquilidad no era estática, la quietud absoluta era la muerte: el cielo, la tierra y los cosmos explotan en paisajes luminosos e irrepetibles. Esa era la verdadera utopía.

Ambos dieron un respingo y se pararon de golpe cuando un automóvil negro entró al patio de la mansión. Kiki se precipitó escaleras abajo mientras Pandora permanecía paralizada frente a la ventana; la primera en bajar fue Saori, quien inmediatamente dirigió su mirada hacia donde ella estaba. Se quedaron serias, clavadas la una en la otra sin poder sonreír hasta que la joven diosa desvió sus ojos para ayudar a sus caballeros .Pandora se alejó de la ventana; no quería verlos hasta que estuvieran frente a frente, los cinco contra ella, vulnerables, resentidos, débiles... Pero juntos. Sabía que Saori no la dejaría sola, por eso sólo quedaba esperar.

- ¡Shiryu!

El joven caballero de dragón abrazó con fuerza al niño que se lanzó sobre él, llorando, en el momento que cruzaron la puerta de la mansión. Tanto él como Hyoga e Ikki tenían ya la fuerza para caminar aunque fuera con pasos trémulos, no así Seiya y Shun que necesitaron sillas de ruedas para poder salir del hospital. Detrás de Seiya estaba Seika, radiante y luminosa, empujando la silla de su hermano menor. El joven caballero de pegaso tenía la mirada ausente y seguía sin pronunciar palabra, sin embargo, acarició con cariño el cabello pelirrojo de Kiki cuando éste se acercó a abrazarlo. Hyoga, por su parte, empujaba la silla de Shun; de manera casi imperceptible el joven Andrómeda recargaba su cabeza en los dedos del cisne y Hyoga respondía con una pequeña caricia y las mejillas encendidas. Finalmente, Ikki iba del brazo de Saori para demostrarle así su compromiso fiel como su protector y el de sus amigos menores. Mientras se instalaban en la sala, Pandora apretaba con su fuerza su puño contra su corazón y salía por fin de su cuarto.

- Fue una guerra cruel- comenzó a decir Saori una vez que los siete estuvieron sentados en la sala-, quizá la más dura que hemos tenido. Hicimos sacrificios y sufrimos pérdidas que nos han herido profundamente- Bajó los ojos y apretó los puños. Kiki abrazó a Shiryu con más fuerza-. Lo siento. Yo debí protegerlos, a todos ustedes. Debí hacer más. Es algo que no volverá a repetirse.

-La tierra está a salvó, Athenea- respondió Hyoga-. Es lo único que debe importar.

Saori le dedicó una agradecida sonrisa antes de continuar.

-Cuerpo, cosmos y corazón. Todos lastimados al final. Probablemente en esta ocasión nos lleve más tiempo y más trabajo sanar nuestras heridas pero tengan por seguro que no los dejaré solos. Esta vez yo seré su sostén; siete fuimos los sobrevivientes de la guerra en el Inframundo pero no cargaremos solos con la responsabilidad de construir nuestras vidas de nuevo.

- ¿Siete?

- Sí, caballeros, siete.

Shiryu se precipitó a ponerse en guardia frente a todos sus compañeros, al igual que Hyoga, quien de un salto se colocó frente a Shun; éste último la miraba perplejo, inclinado sobre su silla, y a su lado Seika los miraba a todos profundamente confundida. Ikki se había puesto de pie de un brinco: estaba completamente boquiabierto, apenas podía respirar, la sangre se le había subido a las mejillas y sus ojos brillaban intensamente. El único que no estaba sorprendido era Seiya, quien la miraba fijamente y con el cuerpo tenso.

Saori se puso de pie junto a Shiryu y lo obligó a relajarse mientras Kiki tiraba de las mangas de su camisa. Hyoga y Shun dirigieron sus atónitas miradas hacia ella y también bajaron la guardia, al igual que Ikki, quien intentó tomar una postura más serena pero sin poder deshacerse del brillo de sus ojos. Pandora caminó hacia él directamente; sentía los latidos de su corazón golpearle en los oídos conforme se acercaban, quería llorar de felicidad y abrazarlo como esa última vez pero no debía. Cuando estuvieron a centímetros de distancia, ella inclinó su cabeza y bajó la mirada.

-Caballero de Fénix, te agradezco profundamente tu misericordia gracias a la cual sigo con vida- sin permitir le responder, miró a los demás jóvenes y volvió a inclinarse-. A ustedes, caballeros de Athenea, les ruego perdón por mis pasadas acciones: por mi causa sufrieron y perdieron a muchos seres queridos. Comprendo si no pueden aceptar mis disculpas, pero ahora soy leal a la diosa Athenea y estaré donde ella me lo pida.

Un silencio sepulcral inundó la habitación. Todos sabían que era demasiado y necesitarían tiempo para comprender cómo era que esa joven y la cruel comandante de Hades fueran la misma persona. Shun se sintió mareado: la presencia de Pandora le brindaba un inexplicable alivio, sin embargo, le aterraba la idea de que si la joven vivía, eso significaba que el ciclo de la Guerra Santa no se había roto por completo y su reencarnación continuaba esperándolo. Athenea pareció darse cuenta de su estado y los mandó a todos a descansar.

Pandora aprovechó la ocasión para colocarse detrás de Saori, quien posó su mano sobre el brazo de la joven como gesto tranquilizador. Después le pidió que la acompañara a indicarle a Seika cuál sería su habitación y dónde podría quedarse Seiya. Seika pareció entusiasmada con la idea de tener más chicas a su lado, pues casi inmediatamente se abalanzó sobre Pandora y la tomó del brazo: Saori se hizo cargo de Seiya. Después de ellas, los cuatro compañeros salieron de la sala con sus rostros serios y consternados. Shiryu caminó hacia las escaleras con Kiki revoloteando alrededor; Hyoga se disponían a hacer lo mismo y conducir a Shun pero el menor miró a su hermano y extendió un brazo hacia él.

Ikki no despegaba la vista del pasillo por el que ahora caminaban las tres jóvenes y su amigo. Quería hablar con ella, debía hacerlo, e intentaba llamarla con su mirada, aunque esperaba que no escuchara los gritos que resonaban dentro de su garganta. Con un gesto le indicó a su hermano que se adelantara y volvió su atención a Pandora. Esta vez sus ojos se encontraron- milagroso momento en el que dos miradas se comunican en medio de choques eléctricos-. Ella pareció comprender, pues asintió con suavidad y luego continuó con su camino. Una vez que todos hubieron desaparecido entre los pasillos de la mansión, Ikki regresó a la sala donde el crepitar del fuego acompañaría sus pensamientos hasta que llegará el momento de encontrarse.