Atravesó el jardín que rodeaba la mansión y se detuvo un momento para sentir la luz de la luna llena bañar su piel. El mundo para ella era un pergamino donde podía leer los ciclos que conformaban el tiempo y la historia. Todo se repetía en sincronía perfecta de tal manera que segundo a segundo se engendraban nuevos seres con un camino propio dentro del vórtice de historias que sólo se repiten: algunos ciclos eran abruptos, como el latir de un corazón; otros más eran milenarios como las constelaciones en el cielo.
Caminó con los dedos estirados hacia las flores; los pétalos besaban su piel con delicadeza y los tallos se inclinaban ante la que reconocían como su dueña. Bajo sus pies sentía la tierra temblar por la caída del que alguna vez fue su hogar. Para ella, su verdadero reinado se encontraba en el nacimiento de los brotes, el eterno despertar; pero había aceptado con dignidad la responsabilidad de portar la corona de otro mundo. Admiraba el poder que encerraba la muerte y la reconocía como su semilla: predecesora y sucesora eterna. Ella era la mujer fénix.
Incluso había aprendido a amarlo. Acariciaba su piel pálida y besaba sus labios fríos para que ambos se fusionaran en un ciclo: donde termina tu cuerpo empieza el mío, no hay espacios vacíos entre él y yo; sólo existe el fuego del renacimiento eterno consumado en el amor infinito. Sabía que él la amaba a ella y que su compasión trascendía el deseo de cualquier dios. Excepto uno.
El ciclo de la Guerra Santa se había roto: finalmente el círculo quedó sellado, sin embargo, quedaba un cabo suelto que ella debía atar. Los dioses no mueren. Los dioses no ceden. Los padres no paran hasta que obtienen lo que quieren.
Perséfone se acercó a la puerta de la mansión Kido con el corazón desecho, iluminado. Quería venganza y quería paz. Tocó la puerta porque sabía exactamente a quién acudir.
La Guerra Santa había terminado pero ese era solo el principio.
