- Entonces, ¿lágrimas que sanan?
Ambos estaban sentados uno frente al otro con la mirada perdida en el fuego de la chimenea. Las llamas bailaban en los ojos de Ikki cuando Pandora se atrevió a mirarlo de reojo; el joven no había abandonado la expresión seria con la que la recibió cuando cruzó la puerta de la sala y se sentó en el sillón frente a el. Tampoco mudó su semblante en todo el rato que ella pasó explicándole cómo era que seguía con vida. Sólo se miraron una vez, en el momento en el que ella mencionó el llanto del fénix: su mirada azul era intensa y pesada, la de ella profunda y brillante. La conexión solo duró un instante que ninguno pudo soportar, a pesar del deseo abrasador de prolongarlo. Pandora suspiró antes de contestar.
- Así es.
Ikki volvió a mirarla y se perdió en el resplandor naranja del fuego proyectado en la piel de Pandora. Había escuchado su historia por segunda vez con el corazón dándole vuelcos y la sangre hirviendo en su cuerpo. Había colocado los dedos frente a su boca en un gesto pensativo con el fin de serenarse; tenía miedo de sus nervios destrozados por la última batalla. Pensaba en las lágrimas reprimidas que se habían secado en su corazón, pensaba en Esmeralda muerta en sus brazos mientras él se deshacía en un mar de llanto y permitía que la ira consumiera hasta el último rincón de su cosmos. El Fénix lo había aceptado por su odio, su amor, su intensidad y su sacrificio; a cambio le otorgó un poder milagroso pero sin poder revertir sus heridas. Las cicatrices y las pérdidas lo convertían en el hombre que era. Ahora estaba esta mujer con su porte orgulloso, muerta y renacida, agitando las olas de un pasado que no los dejaría escapar. Ahí estaba, como una puerta abierta que él ansiaba cruzar.
El caballero de Athenea cerró los ojos y silenció sus impulsos. Dirigió una última mirada al rostro de Pandora- a sus labios finos y su cuello blanco- antes de ponerse en pie y darse la vuelta.
- Me alegra que Athenea te diera una segunda oportunidad. Ojalá puedas ser feliz.
Caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Pandora apretó sus puños y cerró los ojos para aguantar las ganas de llorar; no soportaba el retumbar de su pecho que no dejaba de llamarlo, ni la emoción de su voz ahogada por las lágrimas. Aún así tuvo la fuerza para ponerse de pie y armarse de valor para decir con tono firme:
-Espera, Ikki.
Los segundos que ella tardó en atravesar la habitación y llegar hasta él le parecieron eternos. Se sintió avergonzado de sus propios latidos golpeándole las orejas con intensidad, de su miedo a lo que sentía y el impulso de voltear hacia ella. Sus manos lo quemaron cuando por fin lo tocó y sintió escalofríos cuando apoyó su mejilla en su espalda. Ikki se vio transportado a ese primer abrazo en el umbral del pasaje hacia los campos Elíseos, a la tristeza infinita de perderla momentos después de aceptar salvarla. Recordó las promesas rotas, haciéndose añicos cuando se volvió y la descubrió inerte; cuándo se agachó con lágrimas en los ojos y un solo deseo en el corazón: si pudiera, volvería atrás para encontrarte antes.
- Si hubiese muerto, volvería a nacer sólo para verte de nuevo.
Entonces lo besó. Fue una caricia suave, ligera, como si el pétalo de una flor de posara entre sus omóplatos y luego se fuera volando. Volteó cuando ella acababa de despegar sus labios y aprisionó sus manos entre la suya, colocándolas sobre su pecho. La mirada de Ikki se había tornado tan intensa que parecía abrasar con sus ojos el resto de la habitación; el azul de sus ojos brillaba a punto de explotar y se clavó en el tornasol profundo. Pandora tenía las mejillas encendidas, los ojos sorprendidos y los labios entreabiertos. El joven caballero inclinó su rostro, serio y decidido, hacia el de ella.
-Pandora.
-Ikki...
Entonces lo sintieron. Ikki se incorporó bruscamente y Pandora lo empujó detrás de ella; sus cuerpos se arrojaron tensos y atentos fuera de la habitación mientras Hyoga y Shiryu bajaban corriendo la escalera.
- ¿Sintieron eso?
- Este cosmos...
- ¿Qué diablos está pasando?
- ¿Athenea?
Todos miraron en la dirección en la que Pandora había lanzado la pregunta. Saori se encontraba en el pasillo principal: su semblante se mostraba serio, firme y atento pero no tenso; no era la mirada de quien espera a un enemigo.
- Caballeros, suban a sus habitaciones. Pandora, tú te quedas conmigo.
-Pero
-Saori...
- Fue una orden- esbozó una sonrisa dulce y cálida para tranquilizarlos-. Confíen en mí.
Ikki le dedicó una última mirada a Pandora antes de arrastrar a sus compañeros escaleras arriba. Apenas desaparecieron por la puerta, Tatsumi se dirigió hacia el portón. Ambas mujeres se colocaron en medio de la entrada principal a manera de recibimiento: la diosa se adelantó unos pasos para reafirmar su autoridad pero también para proteger a su amiga. Paradas la una junto a la otra se veían imponentes e invencibles. Acompañadas para sentirse poderosas.
Al menos así las percibió Perséfone una vez dentro de la mansión. ¿Hacía cuanto que no veía a Athenea? Desde mucho tiempo atrás, cuando los caballeros se hicieron hombres y participaron en la Guerra Santa. ¿Y Pandora? ¿Sabría que su aspecto se asemejaba al de su primera encarnación, mucho más que cualquiera de sus vidas pasadas? Se arrodilló ante ambas como muestra de paz y respeto; no había ido a pelear, por lo menos no contra ellas.
- Diosa Athenea.
- Levántate, Perséfone.
Saori no recordaba haber conocido a una mujer más hermosa: su cabello castaño oscuro con destellos cobrizos caía como una cascada de caireles hasta llegar a sus talones descalzos. Su vestido y sus ojos eran de color azul metálico, como el color del plumaje de las aves exóticas que surcaban el cielo durante la primavera. Múltiples flores brotaban de su cabello,abiertas como granates relucientes, como sus la labios carnosos; finalmente, su piel, oscura con destellos dorados. Era una visión abrumadora: ella era la reina de los ciclos y los caballeros habían asesinado a su rey.
- Vine a advertirte. Vine por tu ayuda. Vine por venganza.
Se incorporó y los cosmos divinos comenzaron a emanar de sus jóvenes almas: Pandora se sintió arrastrada por el tornado de poder que se levantaba ante ella. ¿Así se sentía atravesar un camino diseñado sólo para los dioses?
- Te necesito, hermana. Te necesito para enfrentar a nuestro padre.
Pandora aún seguía atónita cuando entraron al salón y cerró la puerta tras de sí.
